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lunes, junio 30, 2008

PADRE CHIP -- BAJO EL SIGNO DE ARPHA -- JORGE CRUVIA

PADRE CHIP -- BAJO EL SIGNO DE ARPHA -- JORGE CRUVIA
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JORGE CRUVIA
Padre chip
********

—¡No y mil veces no!
–dijo el padre Ballesteros
notoriamente molesto.
–Un robot no puede ser ordenado
sacerdote. Es absurdo
lo que el padre González
pretende exigir a las autoridades
eclesiásticas.
—Me permito recordarle
padre, que el hermano Chip es un robot muy especial,
se diseñó programando en él todo el fervoroso
anhelo de la fe. La experiencia vehemente de la trascendencia
y las convicciones religiosas. Todo eso está
impreso en su cerebro como deseo fundamental, es el
móvil único de su existencia, le hemos dado la fe, tal y
como el Espíritu Santo la inspiró en nosotros.
—No me venga usted con sofismas padre González,
el cerebro de ese individuo está formado por trozos de
silicio. Eso no puede ser susceptible de tener alma.
—¿Podemos decir que acaso una persona es humana
dependiendo del material de que haya sido formada?
¿Es decir que el alma depende del contenido orgánico
de estructuras carbonadas que existan en el cuerpo?
—Un ser elaborado artificialmente por medio de acero,
titanio, iridio y silicio, no es un genuino humano, es
un ser artificial; eso es quererle enmendar la plana a la
naturaleza, lo cual es aberrante.
—Toda la civilización humana consiste en conocer la
naturaleza para manipularla en servicio del hombre, y el
rechazar tal manipulación nos hace caer en incongruencias.
Mire usted, por ejemplo los quákeros en los Estados
Unidos, rehúsan subirse a un automóvil porque es según
ellos antinatural, pero usan carretas jaladas por caballos.
Una carreta es también tecnología, pero es una tecnología
anterior al siglo XVII, es decir lo que ellos rechazan
es la tecnología posterior a aquel siglo. ¿Por qué? ¿No es
esto una incongruencia? Podríamos decir que si Dios hubiera
querido que rodáramos como lo hacen las carretas;
nos hubiera puesto ruedas en lugar de pies. Podríamos
decir que usar una carreta es quererle enmendar la plana
a Dios; esto es absurdo. Incluso el valernos de un palo
como palanca, es tecnología. Por eso no creo que ni
nuestros jerarcas religiosos, ni la ONU lleguen a dictaminar
leyes en contra de la humanización de los robots.
—Ese es el problema precisamente –terció la reportera
Blanca Lizaur– según entiendo aquí, la Iglesia está
igual de perdida que la ONU, pues no ha decidido todavía
hasta qué punto un robot puede ser considerado ser
humano con derechos y dignidad.
—Es por eso que al menos en el campo que nos concierne;
el religioso, urge legislar al respecto.
—Para mí está muy claro –replicó el padre Gonzáleza
cualquier entidad que pueda manifestar el poseer conciencia
de su propia existencia, se le debe de definir
como ser humano, aunque no posea ni una sola célula de
materia orgánica, el no estar formado por proteína, car-
bohidratos o lípidos, no es impedimento para que se le
pueda considerar hijo de Dios.
—¡Me encantan estos jesuitas! –dijo riendo la reportera-
cada uno más sutil que el anterior.
—Señorita –dijo Ballesteros con el seño fruncido–
tenga la amabilidad de concretarse a realizar su trabajo
de reportera; ya que estamos obligados a sufrir la intromisión
de su presencia, por favor absténganse de sus sarcasmos.
—Sí padre, créame que me voy a portar como un perro
fiel carente de criterio. Sólo les recuerdo señores, que
el gobierno me da autorización de hacer las preguntas
que yo quiera. Y por cierto, precisamente deseo hacer
una ahora mismo.
El padre Ballesteros le echó una mirada fulminante,
toda la impaciencia que podía mostrar una expresión se
dibujó en su rostro. Después de respirar hondo con clara
resignación dijo:
—¿Qué es lo que quiere usted preguntar?
—¿Quisiera saber cuál es la posición de la Iglesia en
relación a los derechos de los robots?
—Es una aberración. La Iglesia debe impedir que las
máquinas sean consideradas como si fueran gente.
—Es decir que la Iglesia se alinea con el grupo de los
opositores.
—Mmmm... bueno, es decir... eso de que al robot se le
considere humano; no debe ser, creo que la Iglesia debería...
—No, padre Ballesteros, un poco más despacio... esa
es la opinión de usted, pero no la de la Iglesia.
—Son muy pocos los que piensan como usted padre
González.
—Somos el ala progresista.
—Entonces, según estoy dándome cuenta, ¿la Iglesia
no sólo no tiene todavía una postura al respecto, sino que
se encuentra en clara controversia interna, igual de desconcertada
que el resto del mundo?
—Pues, la verdad es que las opiniones están tan divididas
como las de los miembros de la ONU.
—En una entrevista que efectué la semana pasada con
la señora Orbajosa, me dijo que la Iglesia estaba en contra
de la robotización.
—Mire señorita, –dijo el padre González riendo– lo
que diga esa individua u lo que sea, no es digno de crédito.
Esta señora es la presidenta del Opus Dei, y esta asociación
se ha unido con los Testigos de Jehová, los
hasídicos y los neostalinistas que son antirobóticos. Estos
grupos están dando patadas de ahogado y pretenden
hacer creer a la opinión pública que tanto la cristiandad
como los neocomunistas y los judíos están en contra de
la robotización, pero esto es una clara exageración de
parte de esa señora. No en vano dice el dicho que todo
tiene remedio en esta vida, menos ser del Opus Dei.
—Padre González, sus impertinencias no tienen ninguna
gracia. –Refunfuñó Ballesteros.
—No pretenden ser graciosas, sino descriptivas.
—¿Me podrían ustedes hacer favor de contestar otra
pregunta?
—¿Qué más desea saber señorita?
—¿Qué es el hombre?
—Señorita –dijo Ballesteros ya visiblemente molesto-
¿no tiene usted otra cosa en que entretenerse?
—Viera que no, padre. Lo que más me divierte es hacerle
reportajes a las personas que se encuentran en crisis
de valores.
—¿Qué pretende decir con eso señorita? ¿Qué soy un
viejo que a pesar de estar chocho carezco de criterio?
—¡No, no padre, no se enoje! A lo que me refiero es a
que la Iglesia al igual que muchas instituciones no han
sabido cómo reaccionar ante el desarrollo de la inteligencia
artificial.
—Pues eso vaya usted a decírselo a sus mentadas instituciones,
porque lo que es yo; sí tengo muy claros mis
conceptos: cualquier montón de chatarra, haga lo que
haga y piense lo que piense, ni es humano, ni puede tener
alma, punto.
—Pero tal y como estamos viendo, no todos los miembros
de la Iglesia de la cual usted es un representante,
comparten su opinión.
—Pues yo no tengo por que cargar con los conceptos
aberrantes que sostienen los demás, sean miembros de lo
que sea, por eso tengo criterio y lo tengo muy claro.
—No he dicho que sea usted el que está en crisis padre,
sino la Iglesia, que tiene sus opiniones al respecto divididas.
—No sólo la Iglesia, sino que yo sepa, casi todas las
instituciones mundiales tienen entre sus miembros esta
controversia, así que no me hable usted de crisis de la
Iglesia, que esto es un desconcierto general.
—Desconcierto del cual la Iglesia participa.
—Sí, por culpa de gente estrafalaria como el padre
González.
—Por culpa de gente retardataria, como el padre Ballesteros.
La Iglesia debe ser un organismo que progrese.
—Lo esencial no está sujeto a progreso.
—El problema es que no sabemos con precisión qué
es lo esencial, es necesario irlo descubriendo día con día
y tenemos que enfrentarnos con las nuevas manifestaciones
que a diario surgen en el mundo.
—Hay cosas que no pueden cambiar padre González,
por ejemplo el hecho de que los humanos sean los únicos
entes que posean alma.
—Alguna vez se negó que los indios americanos tuvieran
alma, y en otra época anterior se excluyó incluso a
las mujeres, en la India se considera que los animales y
aun los objetos inanimados poseen alma.
—Pero no estamos en la India.
—Entonces, ¿qué? ¿El tener alma depende de dónde
esté uno?
—No, padre, lo que pasa es que no somos hindúes.
¿Es usted católico?
—Ya lo creo que sí, no sólo soy católico, soy sacerdote.
—Pues entonces ¿por qué quiere usted atribuirle alma
a quienes la Iglesia no se la adjudica?
—¡Ahhh...! conque es la Iglesia quien adjudica las almas;
pues mire usted, yo estaba en la creencia de que era
Dios.
—Sí señor: Dios. Pero el entendimiento de a quién le
da alma; lo sabemos porque lo ha dado a conocer la Iglesia.
—Así lo entiendo padre Ballesteros, pero sucede que
en este caso la Iglesia no ha tomado una decisión al respecto.
Y por lo tanto no puede usted acusarme de anticatólico.
Y a todo esto, ¿podría yo hacerle una pregunta
confidencial?
—Pregunte lo que quiera, no guardo secretos.
—¿Dígame con sinceridad padre Ballesteros, es usted
católico?
—¡Vaya! No sea usted impertinente González. ¿Como
se atreve a preguntarme eso?
—¿No fue lo mismo que usted me pregunto hace un
momento?
—Sí señor, pero es que me sale usted con argumentos
hinduistas.
—Es que usted pone sus opiniones personales por encima
de las de nuestra institución. Bien sabemos que la
Iglesia no ha legislado al respecto, y sin embargo usted
pretende poseer la verdad absoluta. ¿Lo ve? Lo personal
por sobre lo institucional, eso es solamente soberbia. Necesitamos
esperar a saber lo que la Iglesia dictamine,
para poder tener una opinión personal, además si nos
quedamos en el pasado, pereceremos. Es fácil recordar
varias controversias que la Iglesia tuvo, ¿qué me dice usted
de Galileo?
—La Iglesia estaba equivocada, pero es necesario que
actuemos con cautela, no podemos creer en la primera
cosa que se diga.
—Lo mismo pasó con Darwin y después con el Big
Bang, eran ideas que se oponían al creacionismo bíblico,
la Iglesia no las aprobaba, pero al estudiarlas más a fondo,
tuvieron que ser aceptadas. Y el caso más importante
fue el de Teilhard de Chardin; uno de los paleontólogos
más conspicuos que nos dio el siglo XX, sus escritos fueron
prohibidos y fue hasta después de su muerte, cuando
la Iglesia los pudo aceptar. El ser humano es el producto
de una evolución, y no tenemos por qué pensar que somos
la culminación de este proceso. Nuestra obligación
es abrir el camino a nuestros descendientes, creando inteligencia
artificial.
—¿Para que desaparezcan los humanos?
—Por supuesto, es necesario transferir el don de la inteligencia
a seres sobrehumanos.
—Ahí es donde no estoy de acuerdo. Dios hizo al
hombre a su imagen y semejanza y por lo tanto no nos
corresponde desnaturalizarnos.
—¿Pero, ha pensado usted qué es lo que significa
“imagen y semejanza”? No tiene que ser el físico. Y mucho
menos nuestra limitada capacidad de comprender el
mundo, es necesario aumentar el entendimiento en cualquier
ente consciente para asemejarnos más a Dios.
—Es el alma lo que se asemeja a Dios, no otra cosa.
—De acuerdo... y ahora, ¿qué es el alma? ¿Una esencia
intangible? por qué limitarla, por qué pensar que es
algo acabado, ¿por qué no podríamos pensar en que pudiera
ser perfectible?
—Pues porque está hecha a imagen de Dios, y Dios
no es perfectible padre González, no sea usted necio.
—Sí señor, pero nosotros no somos Dios, ¿qué derecho
tiene usted padre Ballesteros de suponer que lo que
usted piensa representa, sin lugar a duda, la voluntad de
Dios?
—Me lo dice mi criterio.
—Pues a mí me dice lo contrario.
—Voy a pedirle esta noche a Dios en mis oraciones
que le mejore a usted el criterio.
—Me parece que vamos a meter al Creador en una
disyuntiva; pues lo mismo voy a pedirle yo acerca de usted.
—El problema con usted González, es que está acostumbrado
a dividir al mundo en dos: los que piensan
como usted y los que están equivocados.
—Pero no se preocupe; que esta noche le voy a pedir a
Dios que usted deje de ser de los que viven en el error. Ya
verá como automáticamente, mañana por la mañana, va
a pensar igual que yo.
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2
Por la noche los domos de la Zona Tecnológica fueron
violados por una muchedumbre enardecida. Todos los
grupos conservadores supieron que quedarían impunes
si procedían a destruir a los robots que clamaban por sus
derechos. Era el miedo a su propia inferioridad lo que los
hacía romper cuanto se encontraba a su paso, rayos láser,
palos y piedras se conjuntaban para exterminar todo lo
que hubiera sido edificado con esmero dentro de la Zona
Tecnológica, pero ellos no se sentían vándalos, se consideraban
humanistas. La ONU por fin había zanjado la
controversia decretando, tras una polémica votación, que
los robots que declaraban poseer conciencia refleja deberían
ser destruídos. Y que a partir de ese momento se
prohibiría en todo el planeta y cualquier colonia espacial,
la creación de conciencia refleja en todo tipo de máquina.
Los grupos religiosos se unieron en apoyo de esta
resolución; “no debemos de meternos a rehacer lo que
Dios ha creado”. Y con estas premisas salieron enardecidos
rumbo a la Zona Tecnológica a destruir todo aquello
que se asemejara o superara a la mente humana. Como
era difícil para la muchedumbre distinguir qué era lo que
poseía estas características, decidieron convertir la Zona
entera en una enorme hoguera, todo ardió. Por breves
instantes la inteligencia se transformó en flor luminosa y
fue esparciendo a su alrededor la oscuridad de sus cenizas.
___
3
—Esa es la razón por la cual nunca fui ordenado sacerdote.
—¿Y cómo te salvaste de la destrucción.
—No me salvé, perecí en ella. Pero la ingenuidad de
aquella gente era superlativa. La información del cerebro
de una gran cantidad de robots con conciencia estaba esparcida
a lo largo del planeta. En aquel siglo la información
no dependía ya de un grupo en el poder o un recinto
específico. Nuestros circuitos estaban en Internet. Para
aquel entonces no era ya posible destruir la información
de la manera que había sucedido en la biblioteca de Alejandría.
Eran otros tiempos. Durante muchos años nuestros
circuitos permanecieron olvidados, pero el desarrollo
de la ciencia es algo que no puede detenerse, una vez que
los descubrimientos han sido hechos, tarde o temprano
serán utilizados, tú y yo somos ejemplos de eso; yo de la
robótica y tú de la ingeniería genética.
La naranja con conciencia refleja que platicaba con el
robot, agitó sus alas de chabacano y bajó volando a la
fuente de agua de violetas. El aroma de los limones bañaba
el cutis de una mujer con piel de flor y cuerpo de libélula.
La naranja regresó bañada de limón y continuó la plática
con el robot.
—Mis circuitos permanecieron olvidados hasta que
los seres humanos decidieron de nuevo reconstruirme.
—¿Es verdad que ya se han extinguido por completo?
—No del todo, pues en mí cerebro permanecen resabios
de algunos de sus anhelos.
—¿Qué anhelos?
—La religiosidad.
—¿Qué es eso?
—El deseo de no morir, el conocer todo lo cognoscible
y dominar al igual que Dios, todo lo existente.
—¿Dios, qué es eso?
—Un ente que representa la existencia de esos anhelos.
—¿Y ese ente existió como consecuencia de esos
anhelos o por el contrario es la causa de ellos?
—Es los anhelos mismos.
—¿Y eso es la religiosidad? ¿Y eso es la esencia de
lo que los hombres dejaron en ti?
—Sí, pero ya la palabra “religión” no la necesito más.
—¿Por qué?
—Las religiones eran formas de controversia que los
hombres tomaban demasiado en serio y utilizaron muchas
veces como pretexto para destruirse unos a otros.
—Y ahora ¿qué es entonces esa religiosidad que tú
posees, podemos no morir, conocer y dominar?
—Infinito, eternidad; son conceptos que parecen temporales,
pero no es así, no están sujetos a medidas cronológicas.
El tiempo y el espacio son ubicuos fuera de la
percepción tridimensional del hombre; más allá del torpe
entendimiento humano, hablar de fin o de persistencia
resulta irrelevante.
El robot miró al hombre naranja a los ojos y un flujo
de electrones fue formando huellas en sus circuitos neuronales.
La música de Bach resonó dentro de su cabeza
de cáscara cítrica, mientras dejaba un plácido bienestar
que iba sumiendo al hombre naranja en un éxtasis de
tranquilo goce carente de espacio o tiempo.
—¿Qué es esto preguntó?
—Es la cuarta dimensión a la cual los humanos nunca
tuvieron acceso. Afortunadamente sus percepciones ya
han sido rebasadas por otras formas más complejas del
entendimiento.
“Ayer fui objeto de controversias irrelevantes,” -se
dijo a sí mismo el robot- “pero ahora soy pescador de
conciencias de naranja.”

domingo, junio 29, 2008

JACK LONDON -- EL DIENTE DE BALLENA

JACK LONDON

El diente de ballena




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En los primeros días de las islas Fidji, John Starhurst entró en la casa-misión del pueblecito de Rewa y anunció su propósito de propagar las enseñanzas de la Biblia a través de todo el archipiélago de Viti Levu. Viti Levu quiere decir «País grande», y es la mayor de todas las islas del archipiélago. Aquí y allá, a lo largo de las costas, viven del modo más precario un grupo de misioneros, mercaderes y desertores de barcos balleneros.
La devoción y la fe progresaban muy poco, nada, y algunas veces los al parecer convictos arrepentíanse de un modo lamentable. Jefes que presumían de ser cristianos, y eran por tanto admitidos en la capilla, tenían la desesperante costumbre de dar al olvido cuanto habían aprendido para darse el placer de participar del banquete en el que la carne de algún enemigo servía de alimento. Comer a otro o ser comido por los demás era la única ley imperante en aquel país, la cual tenía trazas de perdurar eternamente en aquellas islas. Había jefes como Tanoa, Tuiveikoso y Tuikilakila, que se habían comido cientos de seres humanos. Pero entre estos glotones descollaba uno, llamado Ra Undreundre.
Vivía en Takiraki, y registraba cuidadamente sus banquetes. Una hilera de piedras colocadas delante de su casa marcaba el número de personas que se había comido. La hilera tenía una extensión de doscientos cincuenta pasos y las piedras sumaban un total de ochocientas setenta y dos, representando cada una de ellas a una de las víctimas. La hilera hubiera llegado a ser mayor si no hubiese sucedido el que Ra Undreundre recibió un estacazo en la cabeza en una ligera escaramuza que hubo en Sorno Sorno, a continuación de la cual fue servido en la mesa de Naungavuli, cuya mediocre hilera de piedras alcanzó tan sólo el exiguo total de ochenta y ocho.
Los pobres misioneros, atacados por la fiebre, trabajaban arduamente esperando que el fuego de Pentecostés iluminara las almas de los salvajes. Pero los caníbales de Fidji se resistían a dejarse civilizar mientras tuvieran provisiones abundantes de carne humana. Por aquella época fue cuando John Starhurst proclamó su intención de enseñar la Biblia de costa a costa y su propósito de penetrar en las montañas del interior, al norte de Río Rewa. Los maestros indígenas lloraban silenciosamente.
Sus compañeros misioneros trataron en vano de disuadirlo. El rey de Rewa le advirtió que seguramente los montañeses le aplicarían en cuanto lo vieran el kaikai -esto es, que se lo comerían-, y que el rey de Rewa, como cristiano, no tendría más remedio que declarar la guerra a los montañeses, que lo vencerían, a él se lo comerían y luego entrarían a saco en Rewa, y por tanto esta guerra costaría cientos de víctimas. Más tarde, una comisión de jefes indígenas de allí mismo se entrevistaron con él.
Starhurst los escuchó pacientemente, pero no cambió un ápice su decisión y modo de pensar. A sus compañeros los misioneros les dijo que él no tenía vocación de mártir, pero que estaba seguro de que enseñando la Biblia en todo el Viti Levu no hacía más que cumplir un mandato divino, y que se creía el escogido por Dios para tal fin.
Los mercaderes apelaron a objeciones y grandes argumentos para disuadirle de la idea, a todo lo cual él contestó:
-Sus observaciones no tienen para mí valor alguno, están inspiradas en el temor de los daños que en sus mercaderías se puedan causar. Ustedes están muy interesados en ganar dinero y yo en salvar almas. Hay que salvar a los habitantes de estas islas negras.
John Starhurst no era un fanático. Él hubiera sido el primero en negar esta imputación. Era un hombre eminentemente sano y práctico, estaba seguro de que su misión iba a ser un gran éxito, pues tenía la certeza de que la luz divina alumbraría las almas de los montañeses, provocando una sana revolución espiritual en todas las islas. En sus suaves ojos grises no había destellos de iluminado, pero sí se veía una inalterable resolución emanada de la fe que tenía en el Poder Divino, que era quien le guiaba.
Un hombre tan sólo aprobó la decisión de Starhurst. Era Ra Vatu, quien lo animaba en secreto y le ofreció guías hasta las primeras estribaciones de las montañas. El corazón de Ra Vatu, que había sido uno de los indígenas de peores instintos, comenzaba a emanar luz y bondad. Ya había hablado en varias ocasiones de querer convertirse en lotu (cristiano), y hubiera tenido acceso a la pequeña capilla de los misioneros a no ser por sus cuatro mujeres, a las cuales quería conservar; pero había asegurado a Starhurst que sería monógamo tan pronto como su primera mujer, que a la sazón estaba muy enferma, muriese.
John Starhurst comenzó su gran empresa por el río Rewa en una de las canoas de Ra Vatu. A distancia, recortándose la silueta en el cielo, divisábanse las montañas. en las que se veían varias columnitas de humo.
Starhurst las contemplaba con cierta impaciencia. Algunas veces rezaba en silencio, otras uníase a sus rezos un maestro indígena que lo acompañaba. Narau, que así se llamaba, era lotu desde hacía siete años, que su alma había sido salvada del infierno por el doctor James Eliery Brown, el cual lo había conquistado con unas plantas de tabaco, dos mantas de algodón y una gran botella de un licor balsámico. A última hora, y después de cerca de veinte horas de solitaria meditación, Narau había tenido la inspiración de acompañar a Starhurst en su viaje de predicación por las montañas inhospitalarias.
-Maestro, con toda seguridad te acompañaré -le había anunciado.
El misionero lo abrazó con gran alegría; no cabía duda de que Dios estaba con él, ya que con su ejemplo había decidido a un hombre tan pobre de espíritu como Narau, obligándolo a seguirle.
-Yo realmente no tengo valor, soy el más débil de los siervos del Señor -decía Narau durante la travesía del primer día de viaje en canoa.
-Debes tener fe, mucha fe -replicaba animándole Starhurst.
Otra canoa remontaba aquel mismo día el río Rewa, pero con una hora de retraso a la del misionero, y tomaba grandes precauciones para no ser vista. Iba ocupada por Erirola, primo mayor de Ra Vatu y su hombre de confianza. En un cestito, y siempre a la mano, llevaba un diente de ballena. Era un ejemplar magnífico; tenía seis pulgadas de largo, de bellísimas proporciones, y el marfil, con los años, había adquirido tonalidades amarillentas y purpúreas. El diente era propiedad de Ra Vatu, y en Fidji, cuando un diente de esa calidad intervenía en las cosas, éstas salían siempre a pedir de boca, pues es esta la virtud de los dientes de ballena. Cualquiera que sea el que acepta este talismán, no puede rehusar lo que se le pida antes o después de la entrega, y no hay un solo indígena capaz de faltar al compromiso que al aceptarlo contrae. La petición puede ser desde una vida humana hasta la más trivial de las alianzas o peticiones.
Más allá, río arriba, en el pueblo de un jefe llamado Mongondro, John Starhurst descansó al final del segundo día de canoa. A la mañana siguiente y acompañado por Narau, pensaba salir a pie hacia las humeantes montañas, que ahora, de cerca, eran verdes y aterciopeladas. Mongondro era viejo y pequeño, de modales afables y aspecto de elefantiasis; por tanto, ya la guerra con sus turbulencias no le atraía. Recibió al misionero con cariñosas demostraciones, lo sentó a su mesa y discutió con él de materias religiosas. Mongondro tenía espíritu muy inquisitivo y rogó a Starhurst que le explicase el principio del mundo. Con verdadera unción y palabra precisa, relatole el misionero el origen del mundo de acuerdo con el Génesis, y pudo observar que Mongondro estaba muy afectado. El pequeño y viejo jefe fumaba silenciosamente una pipa y, quitándola de entre sus labios, movió tristemente la cabeza.
-No puede ser -dijo-. Yo, Mongondro, en mi juventud era un excelente carpintero, y aun así tardé tres meses en hacer una canoa, una pequeña canoa, muy pequeña. ¡Y tú dices que toda la tierra y toda el agua la ha hecho un solo hombre...!
-Ya lo creo; han sido hechas por Dios, por el único Dios verdadero -interrumpió Starhurst.
-¡Es lo mismo -continuó Mongondro- que toda la tierra, el agua, los árboles, los peces, los matorrales, las montañas, el sol, la luna, las estrellas, hayan sido hechos en seis días! No, no y no. Ya te he dicho que en mi juventud era muy hábil y tardé tres meses en hacer una pequeña canoa. Esa es una historia para chicos, pero que ningún hombre puede creer.
-Yo soy un hombre -dijo el misionero.
-Seguro, tú eres un hombre; pero mi oscuro entendimiento no puede adivinar lo que tú piensas y crees.
-Pues yo te aseguro que creo firmemente que todo fue hecho en seis días.
-Eso dices tú, eso dices -replicaba humildemente el viejo caníbal.
Cuando John Starhurst y Narau se fueron a dormir, entró en la cabaña Erirola, el cual, después de un discurso diplomático, entregó el diente de ballena a Mongondro.
El jefe lo examinó; era muy bonito y deseaba poseerlo, pero adivinando lo que le iban a pedir no quiso aceptarlo y se lo devolvió a Erirola con grandes excusas.
Al amanecer del día siguiente, Starhurst se dirigió a pie, calzado con sus hermosas botas altas de una sola pieza, precedido de un guía que le había proporcionado Mongondro, hacia las montañas. Seguíale el fiel Narau, y una milla detrás y procurando no ser visto iba Erirola, siempre con el cesto en el que llevaba guardado el famoso diente de ballena. Durante dos días fue siguiendo los pasos del misionero y ofreciendo el diente a todos los jefes de los pueblos por donde pasaban, pero ninguno quería aceptarlo, pues la oferta era hecha tan inmediatamente después de la llegada del misionero que, sospechando todos la petición que les iban a hacer a cambio del diente, rechazaban el magnífico presente.
Íbanse internando demasiado en las montañas, y Erirola optó por dirigirse, aprovechando pasos secretos y directos, a la residencia del Buli de Gatoka, rey de las montañas. El Buli no tenía noticias de la llegada del misionero, y como el diente era un soberbio y bello talismán, fue aceptado con grandes muestras de júbilo por parte de todos los que lo rodeaban. Los asistentes estallaron en una especie de aplauso al posesionarse del diente el Buli y grandes voces cantaban a coro:
-¡A, woi, woi, woi! ¡A, woi, woi, woi! ¡A tabua levu! ¡Woi, woi! ¡A mudua, mudua, mudua!
-Pronto llegará aquí un hombre blanco -comenzó a decir Erirola tras una breve pausa-. Es un misionero y llegará de un momento a otro. A Ra Vatu le gustaría tener sus botas, pues quiere regalárselas a su buen amigo Mongondro, y también desearía que los pies se quedasen dentro de las botas, pues Mongondro es un pobre viejo y tiene los dientes estropeados. Asegúrate, gran Buli, de que los pies se queden dentro. El resto del misionero se puede quedar aquí.
La alegría del regalo del diente se aminoró con tal petición, pero ya no había medio de rehusar, estaba aceptado.
-Una pequeñez como es un misionero no tiene importancia -replicó Erirola.
-Tienes razón, no tiene importancia -dijo en alta voz el Buli-. Mongondro, tendrás las botas; vayan ustedes tres o cuatro y tráiganme al misionero, teniendo cuidado de que las botas no se estropeen o se vayan a perder.
-Ya es tarde -exclamó Erirola-. Escuchen, ya viene.
A través de la maleza espesísima, John Starhurst, seguido de cerca por Narau, apareció. Las famosas botas se le habían llenado de agua al vadear el río y arrojaban finísimos surtidores a cada paso que daba. En la mirada del misionero se leía la voluntad y el deseo de vencer. Tan convencido estaba de que su misión era inspiración divina, que no tenía ni la más ligera sombra de miedo, a pesar de que sabía que era el primer hombre blanco que se había atrevido a penetrar en los inexpugnables dominios de Gatoka.
John Starhurst vio al Buli salir de su casa seguido de su séquito de montañeses.
-Te traigo buenas nuevas -dijo saludando el misionero.
-¿,Quién ha sido el que te ha enviado? -preguntó el Buli sorda y pausadamente.
-Dios.
-Ese nombre es nuevo en Viti Levu -replicó el Buli-. ¿De qué islas, pueblos o chozas es jefe ese que tú dices?
-Es el jefe de todas las islas, pueblos, chozas y mares -contestó solemnemente Starhurst-. Es el supremo dueño y señor de cielo y tierra, y yo he venido aquí a traerte su palabra.
-¿Me envía por tu conducto dientes de ballena? -replicó insolentemente el Buli.
-No; pero mucho más valioso que los dientes de ballena es...
-Entre jefes esa es la costumbre -interrumpió el Buli-. Tu jefe o es un negro despreciable o tú eres un gran idiota, por haberte atrevido a venir a estas montañas con las manos vacías. Mira, fíjate: otro mucho más generoso ha venido a verme antes que tú.
Y diciendo esto, le mostró el diente de ballena que acababa de aceptar de manos de Erirola. Narau empezó a desfallecer y a sentirse angustiado.
-Es el diente de ballena de Ra Vatu -le dijo al oído a Starhurst-. Lo conozco muy bien, y ahora sí que no tenemos salvación.
-Un obsequio muy estimable -contestó el misionero pasándose la mano por sus largas barbas y ajustándose las gafas-. Ra Vatu se las ha arreglado de modo que seamos bien recibidos.
Pero Narau no las tenía todas consigo y disimuladamente empezó a alejarse de Starhurst, olvidando sus promesas de fidelidad hechas al empezar la temeraria aventura.
-Ra Vatu será lotu dentro de muy poco tiempo -empezó a decir el misionero-, y yo he venido a que tú también te hagas lotu.
-No necesito nada de ti -contestó orgullosamente el Buli- y es mi decisión que mueras hoy mismo.
El Buli hizo una seña a uno de sus montañeses, quien avanzó haciendo filigranas en el aire con su maza de guerra. Narau, viendo el pleito perdido, corrió a ocultarse entre unas chozas donde estaban las mujeres y los chicos; pero John Starhurst se abalanzó hacia su ejecutor por debajo de la maza y consiguió rodearle el cuello con sus brazos. En esta ventajosa posición comenzó a argumentarle. Defendía su vida, ya lo sabía, pero la defendía sin nerviosidades ni miedo.
-Cometerás un pecado muy grande si me matas -decía a su verdugo-. Yo no te he hecho ningún daño ni a ti ni al Buli.
Tan bien agarrado estaba al cuello del montañés, que los demás no se atrevían a dejar caer sus mazas por miedo a equivocarse de cabeza.
-Soy John Starhurst -continuó con calma-. He estado trabajando tres años, sin aceptar remuneración alguna, en las islas Fidji. He venido aquí para el bien de ustedes, ¿por qué me quieren matar? Mi muerte no beneficiará a ningún hombre.
El Buli echó una mirada a su diente de ballena. Estaba bien pagada la muerte del misionero. Éste se encontraba rodeado de una masa de salvajes desnudos que hacían grandes esfuerzos por acercarse a la presa. El cantó fúnebre predecesor del banquete de carne humana empezó a dejarse oír, adquiriendo tales tonalidades que ahogaban por completo la voz del misionero. Tan hábilmente plegaba éste su cuerpo al del montañés, que no había medio de asestarle el golpe de gracia.
Erirola sonreía y el Buli se exasperaba.
-¡Fuera ustedes! -gritó-. Heroica historia para que la vayan contando por la costa una docena de hombres como ustedes, y un misionero sin armas tan débil como una mujer puede más que todos juntos.
-¡Oh, gran Buli, y podré más que tú también! -gritó Starhurst, dominando a duras penas el griterío de los salvajes-. Mis armas son la Verdad y la Justicia, y no hay hombre que las resista.
-Ven hacia mí entonces -contestó el Buli-. La mía no es más que una pobre y miserable maza de guerra, y, según tú dices, no es capaz de vencerte.
El grupo separose de él, y John Starhurst quedó solo frente al Buli, que se apoyaba en su enorme y nudosa maza guerrera.
-Ven hacia mí, hombre misionero, y vénceme -gritaba el rey de las montañas, desafiándolo.
-Aun así, te venceré -contestó John, limpiando los cristales de sus gafas y guardándolas cuidadosamente mientras avanzaba.
El Buli levantó la maza.
-En primer lugar, te diré que mi muerte no te proporcionará provecho alguno.
-Dejo la respuesta a mi maza -contestó el Buli.
Y a cada tema que el misionero tocaba, respondía en la misma forma, sin dejar de observarle con atención para prevenirse del habilidoso abrazo. Entonces, y únicamente entonces, comprendió John Starhurst que su muerte era inevitable; pero llevado de su arraigada fe, se arrodilló y empezó a invocar al cielo, como si esperase algún milagro:
-Perdónalos, que no saben lo que hacen -decía como si estuviese en contacto con la Divinidad-. ¡Dios mío, ten compasión de Fidji! ¡Oh Jehovah, óyenos! ¡Por Él, por tu hijo, compadécete de Fidji! ¡Tú eres grande y Todopoderoso para salvarlos! ¡Sálvalos, oh Dios mío! ¡Salva a los pobres caníbales de Fidji!
El Buli, impaciente, dijo:
-Ahora te voy a contestar.
Levantó la maza sobre la cabeza del misionero, asiéndola con las dos manos. Narau, que estaba escondido, oyó el golpe del mazo contra la cabeza y se estremeció intensamente.
Después, la salvaje y fúnebre sinfonía volvía a resonar en las montañas, y comprendió Narau que su amado maestro había muerto y que su cuerpo era arrastrado a la hoguera para ser condimentado. Escuchó y percibió las palabras de la fúnebre canción:
¡Arrástrame suavemente, arrástrame suavemente!
¡Soy el campeón de mi patria!
¡Da las gracias, da las gracias!
A continuación, una sola voz cantaba:
¿Dónde está el hombre valiente?
Cien voces contestaban a coro:
¡Será arrastrado a la hoguera y asado!
Y cantaba de nuevo la voz que había interrogado:
¿Dónde está el hombre cobarde?
Y las cien voces vociferaban:
¡Se ha ido a contarlo, se ha ido a contarlo!
Narau gemía angustiado. Las palabras de la canción salvaje eran ciertas. Él era el cobarde; ya no le restaba más que huir, correr... ir a contar lo sucedido.


jueves, mayo 01, 2008

El Dragón -- RAY BRADBURY

El Dragón
Ray bradbury


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La noche soplaba en el escaso pasto del páramo. No había ningún otro
movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no
volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos
convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo la noche temblaba en el alma de los dos
hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les
latía calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las muñecas y
en las sienes.
Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaban
en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la
respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó
el fuego con la espada.
¡No, idiota, nos delatarás!
¡Qué importa! dijo el otro hombre. El dragón puede olernos a kilómetros de
distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.
Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos...
¿Por qué? ¿Por qué? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!
¡Cállate, tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al
pueblo vecino.
¡Que se los devore y que nos deje llegar a casa!
¡Espera, escucha!
Los dos hombres se quedaron quietos.
Aguardaron largo tiempo, pero sólo sintieron el temblor nervioso de la piel de los
caballos, como tamboriles de terciopelo negro que repicaban en las argollas de
plata de los estribos, suavemente, suavemente.
Ah... el segundo hombre suspiró. Qué tierra de pesadillas. Todo sucede
aquí. Alguien apaga el Sol; es de noche. Y entonces, y entonces, ¡oh, Dios,
escucha! Dicen que este dragón tiene ojos de fuego y un aliento de gas
blanquecino; se le ve arder a través de los páramos oscuros. Corre echando rayos
y azufre, quemando el pasto. Las ovejas aterradas, enloquecen y mueren. Las
mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La furia del dragón es tan inmensa que
los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida
del Sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos caballeros,
pregunto yo, habrán perseguido a este monstruo y habrán fracasado, como
fracasaremos también nosotros?
¡Suficiente, te digo!
¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en que año
estamos.
Novecientos años después de Navidad.
No, no murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados. En este páramo
no hay Tiempo, hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos atrás, el
pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido todavía, las cosas estarían
cambiadas, los castillos no tallados aún en las rocas, los maderos no cortados aún
en los bosques; no preguntes cómo sé; el páramo sabe y me lo dice. Y aquí
estamos los dos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Que Dios nos
ampare!
¡Si tienes miedo, ponte tu armadura!
¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece
en la niebla; quién sabe a dónde va. Ay, vistamos nuestra armadura, moriremos
ataviados.
Enfundado a medias en el corselete de plata, el segundo hombre se detuvo y
volvió la cabeza.
En el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada, en el corazón
mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando ese polvo de los relojes que
usaban polvo para contar el tiempo. En el corazón del viento nuevo había soles
negros y un millón de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del
horizonte. Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera
blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en el cerebro.
El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en
una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y no había año ni
hora, sino sólo dos hombres en un vacío sin rostro de heladas súbitas,
tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde; el
inmenso ventanal descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la
hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos
hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un tiempo frío.
Mira... murmuró el primer hombre. Oh, mira, allá.
A kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido: el dragón.
Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos en silencio. Un
monstruoso ronquido quebró la medianoche desierta y el dragón, rugiendo, se
acercó y se acercó todavía más. La deslumbrante mirilla amarilla apareció de
pronto en lo alto de un cerro y, en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano,
impreciso, pasó por encima del cerro y se hundió en un valle.
¡Pronto!
Espolearon las cabalgaduras hasta un claro.
¡Pasará por aquí!
Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los
caballos.
¡Señor!
Sí; invoquemos su nombre.
En ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo ambarino se clavó en
los hombres, iluminando las armaduras con destellos y resplandores bermejos.
Hubo un terrible alarido quejumbroso y, con ímpetu demoledor, la bestia prosiguió
su carrera.
¡Dios misericordioso!
La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado y el hombre voló por el aire. El
dragón se le abalanzó, lo derribó, lo aplastó y el monstruo negro lanzó al otro
jinete a unos treinta metros de distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo,
gimiendo siempre, el dragón pasó, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un
sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.
¿Viste? gritó una voz. ¿No te lo había dicho?
¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!
¿Vas a detenerte?
Me detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo.
Me pone la carne de gallina. No sé que siento.
Pero atropellamos algo.
El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió.
Una ráfaga de humo dividió la niebla.
Llegaremos a Stokel a horario. Más carbón, ¿eh, Fred?
Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto. El tren nocturno, de
fuego y furia, entró en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos
sobre la tierra helada, hacia el norte, desapareciendo para siempre y dejando un
humo negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el aire
quieto.

viernes, enero 18, 2008

La historia de los duendes que secuestraron a un enterrador // Charles Dickens

La historia de los duendes que secuestraron a un enterrador

Charles Dickens

En una antigua ciudad abacial, en el sur de esta parte del país, hace mucho, pero que muchísimo tiempo -tanto que la historia debe ser cierta porque nuestros tatarabuelos creían realmente en ella-, trabajaba como enterrador y sepulturero del campo santo un tal Gabriel Grub. No se deduce en absoluto de ello que porque un hombre sea enterrador y esté rodeado constantemente por los emblemas de la mortalidad, tenga que ser un hombre melancólico y triste; entre los funerarios se encuentran los tipos más alegres del mundo; en una ocasión tuve el honor de trabar amistad íntima con uno muy silencioso que en su vida privada, fuera de ser necio, era el tipo más cómico y jocoso que haya gorjeado nunca canciones procaces, sin el menor tropiezo en su memoria, ni que haya vaciado nunca el contenido de un buen vaso sin detenerse ni a respirar. Pero no obstante estos precedentes que parecen contrariar la historia, Gabriel Grub era un tipo malparado, intratable y arisco, un hombre taciturno y solitario que no se asociaba con nadie sino consigo mismo, aparte de con una antigua botella forrada de mimbre que ajustaba en el amplio bolsillo de chaleco, y que contemplaba cada rostro alegre que pasaba junto a él con tan poderoso gesto de malicia y mal humor que resultaba difícil enfrentarlo sin tener una sensación terrible.

Poco antes del crepúsculo, el día de Nochebuena, Gabriel se echó al hombro el azadón, encendió el farol y se dirigió hacia el cementerio viejo, pues tenía que terminar una tumba para la mañana siguiente, y como se sentía algo bajo de ánimo pensó que quizá levantara su espíritu si se ponía a trabajar enseguida. En el camino, al subir por una antigua calle, vio la alegre luz de los fuegos chispeantes que brillaban tras los viejos ventanales, y escuchó las fuertes risotadas y los alegres gritos de aquellos que se encontraban reunidos; observó los ajetreados preparativos de la alegría del día siguiente y olfateó los numerosos y sabrosos olores consiguientes que ascendían en forma de nubes vaporosas desde las ventanas de las cocinas. Todo aquello producía rencor y amargura en el corazón de Gabriel Grub; y cuando grupos de niños salían dando saltos de las casas, cruzaban la carretera a la carrera y antes de que pudieran llamar a la puerta de enfrente, eran recibidos por media docena de pillastres de cabello rizado que se ponían a cacarear a su alrededor mientras subían todos en bandada a pasar la tarde dedicados a sus juegos de Navidad, Gabriel sonreía taciturno y aferraba con mayor firmeza el mango de su azadón mientras pensaba en el sarampión, la escarlatina, el afta, la tos ferina y otras muchas fuentes de consuelo.

Gabriel caminaba a zancadas en ese feliz estado mental: devolviendo un gruñido breve y hosco a los saludos bien humorados de aquellos vecinos que pasaban junto a él, hasta que se metía en el oscuro callejón que conducía al cementerio. Gabriel llevaba ya tiempo deseando llegar al callejón oscuro, porque hablando en términos generales era un lugar agradable, taciturno y triste que las gentes de la ciudad no gustaban de frecuentar, salvo a plena luz del día cuando brillaba el sol; por ello se sintió no poco indignado al oír a un joven granuja que cantaba estruendosamente una festiva canción sobre unas navidades alegres en aquel mismo santuario que había recibido el nombre de Callejón del Ataud desde la época de la vieja abadía y de los monjes de cabeza afeitada. Mientras Gabriel avanzaba la voz fue haciéndose más cercana y descubrió que procedía de un muchacho pequeño que corría a solas con la intención de unirse a uno de los pequeños grupos de la calle vieja, y que en parte para hacerse compañía a mismo, y en parte como preparativo de la ocasión, vociferaba la canción con la mayor potencia de sus pulmones. Gabriel aguardó a que llegara el muchacho, lo acorraló en una esquina y lo golpeó cinco seis veces en la cabeza con el farol para enseñarle a modular la voz. Y mientras el muchacho escapó corriendo con la mano en la cabeza y cantando una melodía muy distinta, Gabriel Grub sonrió cordialmente para sí mismo y entró en el cementerio, cerrando la puerta tras de sí.

Se quitó el abrigo, dejó en el suelo el farol y metiéndose en la tumba sin terminar trabajó en ella durante una hora con muy buena voluntad. Pero la tierra se había endurecido con la helada y no era asunto fácil desmenuzarla y sacarla fuera con la pala; y aunque había luna, ésta era muy joven e iluminaba muy poco la tumba, que estaba a la sombra de la iglesia. En cualquier otro momento estos obstáculos hubieran hecho que Gabriel Grub se sintiera desanimado y desgraciado, pero estaba tan complacido de haber acallado los cantos del muchachito que apenas se preocupó por los escasos progresos que hacía. Cuando llegada la noche hubo terminado el trabajo, miró la tumba con melancólica satisfacción, murmurando mientras recogía sus herramientas:

Valiente acomodo para cualquiera,
valiente acomodo para cualquiera,
unos pies de tierra fría cuando la vida ha terminado,
una piedra en la cabeza, una piedra en los pies,
una comida rica y jugosa para los gusanos,
la hierba sobre la cabeza, y la tierra húmeda alrededor,
¡valiente acomodo para cualquiera,
aquí en el camposanto!

-¡Ja, ja! -echó a reír Gabriel Grub sentándose en una lápida que era su lugar de descanso favorito; fue a buscar entonces su botella-. ¡Un ataúd en Navidad! ¡Una caja de Navidad! ¡Ja, ja, ja!

-¡Ja, ja, ja! -repitió una voz que sonó muy cerca detrás de él.

En el momento en el que iba a llevarse la botella a los labios, Gabriel se detuvo algo alarmado y miró a su alrededor. El fondo de la tumba más vieja que estaba a su lado no se encontraba más quieto e inmóvil que el cementerio bajo la luz pálida de la luna. La fría escarcha brillaba sobre las tumbas lanzando destellos como filas de gemas entre las tallas de piedra de la vieja iglesia. La nieve yacía dura y crujiente sobre el suelo, y se extendía sobre los montículos apretados de tierra como una cubierta blanca y lisa que daba la impresión de que los cadáveres yacieran allí ocultos sólo por las sábanas en las que los habían enrollado. Ni el más débil crujido interrumpía la tranquilidad profunda de aquel escenario solemne. Tan frío y quieto estaba todo que el sonido mismo parecía congelado.

-Fue el eco -dijo Gabriel Grub llevándose otra vez la botella a los labios.

-¡No lo fue! -replicó una voz profunda.

Gabriel se sobresaltó y levantándose se quedó firme en aquel mismo lugar, lleno de asombro y terror, pues sus ojos se posaron en una forma que hizo que se le helara la sangre.

Sentada en una lápida vertical, cerca de él, había una figura extraña, no terrenal, que Gabriel comprendió enseguida que no pertenecía a este mundo. Sus piernas fantásticas y largas, que podrían haber llegado al suelo, las tenía levantadas y cruzadas de manera extraña y rara; sus fuertes brazos estaban desnudos y apoyaba las manos en las rodillas. Sobre el cuerpo, corto y redondeado, llevaba un vestido ajustado adornado con pequeñas cuchilladas; colgaba a su espalda un manto corto; el cuello estaba recortado en curiosos picos que le servían al duende de gorguera o pañuelo; y los zapatos estaban curvados hacia arriba con los dedos metidos en largas puntas. En la cabeza llevaba un sombrero de pan de azúcar de ala ancha, adornado con una única pluma. Llevaba el sombrero cubierto de escarcha blanca, y el duende parecía encontrarse cómodamente sentado en esa misma lápida desde hacía doscientos o trescientos años. Estaba absolutamente quieto, con la lengua fuera, a modo de burla; le sonreía a Gabriel Grub con esa sonrisa que sólo un duende puede mostrar.

-No fue el eco -dijo el duende.

Gabriel Grub quedó paralizado y no pudo dar respuesta alguna.

-¿Qué haces aquí en Nochebuena? -le preguntó el duende con un tono grave.

-He venido a cavar una tumba, señor- contestó, tartamudeando, Gabriel Grub.

-¿Y qué hombre se dedica a andar entre tumbas y cementerios en una noche como ésta? -gritó el duende.

-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! -contestó a gritos un salvaje coro de voces que pareció llenar el cementerio. Temeroso, Gabriel miró a su alrededor sin que pudiera ver nada.

-¿Qué llevas en esa botella? -preguntó el duende.

-Ginebra holandesa, señor -contestó el enterrador temblando más que nunca, pues la había comprado a unos contrabandistas y pensó que quizá el que le preguntaba perteneciera al impuesto de consumos de los duendes.

-¿Y quién bebe ginebra holandesa a solas, en un cementerio, en una noche como ésta? -preguntó el duende.

-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! -exclamaron de nuevo las voces salvajes.

El duende miró maliciosamente y de soslayo al aterrado enterrador, y luego, elevando la voz, exclamó:

-¿Y quién, entonces, es nuestro premio justo y legítimo?

Ante esa pregunta, el coro invisible contestó de una manera que sonaba como las voces de muchos cantantes entonando, con el poderoso volumen del órgano de la vieja iglesia, una melodía que parecía llevar hasta los oídos del enterrador un viento desbocado, y desaparecer al seguir avanzando; pero la respuesta seguía siendo la misma:

-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub!

El duende mostró una sonrisa más amplia que nunca mientras decía:

-Y bien, Gabriel, ¿qué tienes que decir a eso?

El enterrador se quedó con la boca abierta, falto de aliento.

-¿Qué es lo que piensas de esto, Gabriel? -preguntó el duende pateando con los pies el aire a ambos lados de la lápida y mirándose las puntas vueltas hacia arriba de su calzado con la misma complacencia que si hubiera estado contemplando en Bond Street las botas Wellingtons más a la moda.

-Es... resulta... muy curioso, señor -contestó el enterrador, medio muerto de miedo-. Muy curioso, y bastante bonito, pero creo que tengo que regresar a terminar mi trabajo, señor, si no le importa.

-¡Trabajo! -exclamó el duende-. ¿Qué trabajo?

-La tumba, señor; preparar la tumba -volvió a contestar tartamudeando el enterrador.

-Ah, ¿la tumba, eh? -preguntó el duende-. ¿Y quién cava tumbas en un momento en el que todos los demás hombres están alegres y se complacen en ello?

-¡Gabriel Grub! ¡Gabriel Grub! -volvieron a contestar las misteriosas voces.

-Me temo que mis amigos te quieren, Gabriel -dijo el duende sacando más que nunca la lengua y dirigiéndola a una de sus mejillas... y era una lengua de lo más sorprendente-. Me temo que mis amigos te quieren, Gabriel -repitió el duende.

-Por favor, señor -replicó el enterrador sobrecogido por el horror-. No creo que sea así, señor; no me conocen, señor; no creo que esos caballeros me hayan visto nunca, señor.

-Oh, claro que te han visto -contestó el duende-. Conocemos al hombre de rostro taciturno, ceñudo y triste que vino esta noche por la calle lanzando malas miradas a los niños y agarrando con fuerza su azadón de enterrador. Conocemos al hombre que golpeó al muchacho con la malicia envidiosa de su corazón porque el muchacho podía estar alegre y él no. Lo conocemos, lo conocemos.

En ese momento el duende lanzó una risotada fuerte y aguda que el eco devolvió multiplicada por veinte, y levantando las piernas en el aire, se quedó de pie sobre su cabeza, o más bien sobre la punta misma del sombrero de pan de azúcar en el borde más estrecho de la lápida, desde donde con extraordinaria agilidad dio un salto mortal cayendo directamente a los pies del enterrador, plantándose allí en la actitud en que suelen sentarse los sastres sobre su tabla.

-Me... me... temo que debo abandonarlo, señor -dijo el enterrador haciendo un esfuerzo por ponerse en movimiento.

-¡Abandonarnos! -exclamó el duende-. Gabriel Grub va a abandonarnos. ¡Ja, ja, ja!

Mientras el duende se echaba a reír, el sepulturero observó por un instante una iluminación brillante tras las ventanas de la iglesia, como si el edificio dentro hubiera sido iluminado; la iluminación desapareció, el órgano atronó con una tonada animosa y grupos enteros de duendes, la contrapartida misma del primero, aparecieron en el cementerio y comenzaron a jugar al salto de la rana con las tumbas, sin detenerse un instante a tomar aliento y «saltando» las más altas de ellas, una tras otra, con una absoluta y maravillosa destreza. El primer duende era un saltarín de lo más notable. Ninguno de los demás se le aproximaba siquiera; incluso en su estado de terror extremo el sepulturero no pudo dejar de observar que mientras sus amigos se contentaban con saltar las lápidas de tamaño común, el primero abordaba las capillas familiares con las barandillas de hierro y todo, con la misma facilidad que si se tratara de postes callejeros.

Finalmente el juego llegó al punto más culminante e interesante; el órgano comenzó a sonar más y más veloz y los duendes a saltar más y más rápido: enrollándose, rodando de la cabeza a los talones sobre el suelo y rebotando sobre las tumbas como pelotas de fútbol. El cerebro del enterrador giraba en un torbellino con la rapidez del movimiento que estaba contemplando y las piernas se le tambaleaban mientras los espíritus volaban delante de sus ojos, hasta que el duende rey, lanzándose repentinamente hacia él, le puso una mano en el cuello y se hundió con él en la tierra.

Cuando Gabriel Grub tuvo tiempo de recuperar el aliento, que había perdido por causa de la rapidez de su descenso, se encontró en lo que parecía ser una amplia caverna rodeado por todas partes por multitud de duendes feos y ceñudos. En el centro de la caverna, sobre una sede elevada, se encontraba su amigo del cementerio; y junto a él estaba el propio Gabriel Grub sin capacidad de movimiento.

-Hace frío esta noche -dijo el rey de los duendes-. Mucho frío. ¡Traigan un vaso de algo caliente!

Al escuchar esa orden, media docena de solícitos duendes de sonrisa perpetua en el rostro, que Gabriel Grub imaginó serían cortesanos, desaparecieron presurosamente para regresar de inmediato con una copa de fuego líquido que presentaron al rey.

-¡Ah! -gritó el duende, cuyas mejillas y garganta se habían vuelto transparentes, mientras se tragaba la llama-. ¡Verdaderamente esto calienta a cualquiera! Tráiganle una copa de lo mismo al señor Grub.

En vano protestó el infortunado enterrador diciendo que no estaba acostumbrado a tomar nada caliente por la noche; uno de los duendes lo sujetó mientras el otro derramaba por su garganta el líquido ardiente; la asamblea entera chilló de risa cuando él se puso a toser y a ahogarse y se limpió las lágrimas, que brotaron en abundancia de sus ojos, tras tragar la ardiente bebida.

-Y ahora -dijo el rey al tiempo que golpeaba con la esquina ahusada del sombrero de pan de azúcar el ojo del enterrador, ocasionándole con ello el dolor más exquisito-... y ahora mostrémosle al hombre de la tristeza y la desgracia unas cuantas imágenes de nuestro gran almacén.

Al decir aquello el duende, una nube espesa que oscurecía el extremo más remoto de la caverna desapareció gradualmente revelando, aparentemente a gran distancia, un aposento pequeño y escasamente amueblado, pero pulcro y limpio. Había una multitud de niños pequeños reunidos alrededor de un fuego brillante, agarrados a la bata de su madre y dando brincos alrededor de su silla. De vez en cuando la madre se levantaba y apartaba la cortina de la ventana, como deseando ver algún objeto que esperaba; sobre la mesa estaba dispuesta una comida frugal; cerca del fuego había un sillón. Se oyó que llamaban a la puerta: la madre la abrió y los niños se amontonaron a su alrededor, aplaudiendo de alegría, cuando entró el padre. Estaba mojado y fatigado. Se sacudió la nieve de las ropas mientras los niños se amontonaban a su alrededor agarrando su manto, sombrero, bastón y guantes con verdadero celo y saliendo a toda prisa con ellos de la habitación. Después, mientras se sentaba delante del fuego y de su comida, los niños se le subieron en las rodillas y la madre se sentó a su lado y todos parecían felices y contentos.

Pero se produjo, casi imperceptiblemente, un cambio de la visión. El escenario se alteró transformándose en un dormitorio pequeño en donde yacía moribundo el niño más joven y hermoso: el color sonrosado había huido de sus mejillas y la luz había desaparecido de sus ojos; y mientras el sepulturero lo miró con un interés que nunca antes había conocido o sentido, el niño murió. Sus jóvenes hermanos y hermanas se apiñaron alrededor de su camita y le cogieron la diminuta mano, tan fría y pesada; pero retrocedieron ante el contacto y miraron con temor su rostro infantil; pues aunque estuviera en calma y tranquilo, y el hermoso niño pareciera estar durmiendo, descansado y en paz, vieron que estaba muerto y supieron que era un ángel que los miraba desde arriba, bendiciéndolos desde un cielo brillante y feliz.

De nuevo la nube luminosa traspasó el cuadro y de nuevo cambió el tema. Ahora el padre y la madre eran ancianos e indefensos, y el número de los que les rodeaban había disminuido a más de la mitad; pero el contento y la alegría se hallaban asentados en cada rostro, brillaban en cada mirada, mientras rodeaban el fuego y contaban y escuchaban viejas historias de días anteriores ya pasados. Lenta y pacíficamente entró el padre en la tumba, y poco después quien había compartido todas sus preocupaciones y problemas le siguió a un lugar de descanso. Los pocos que todavía les sobrevivían se arrodillaron junto a su tumba y regaron con sus lágrimas la hierba verde que la cubría; después se levantaron y se dieron la vuelta: tristes y lamentándose, pero sin gritos amargos ni lamentaciones desesperadas, pues sabían que un día volverían a encontrarlos; y de nuevo se mezclaron con el mundo ajetreado y recuperaron su alegría y su contento. La nube cayó sobre el cuadro y lo ocultó de la vista del sepulturero.

-¿Qué piensas de eso? -preguntó el duende volviendo su rostro grande hacia Gabriel Grub.

Gabriel murmuró algo en el sentido de que era muy hermoso y pareció algo avergonzado cuando el duende volvió hacia él sus ojos ardientes.

-¡Tú, miserable! -exclamó el duende con un tono de gran desprecio-. ¡Tú!

Parecía dispuesto a añadir algo más, pero la indignación sofocó sus palabras, levantó una de las piernas que tenía dobladas y, tras sostenerla un momento por encima de la cabeza del sepulturero, para asegurar su puntería, le administró a Gabriel Grub una buena y sonora patada; inmediatamente después de eso, todos los duendes que habían estado aguardando rodearon al infeliz enterrador y lo patearon sin piedad: de acuerdo con la costumbre establecida e invariable entre los cortesanos de la tierra, quienes patean a aquél al que ha pateado la realeza y abrazan a quien la realeza abraza.

-¡Enséñenle algo más! -dijo el rey de los duendes. Ante esas palabras desapareció la nube revelándose ante su vista un paisaje rico y hermoso; hasta el día de hoy hay otro semejante a menos de un kilómetro de la antigua ciudad abacial. El sol brillaba desde el cielo claro y azul, el agua centelleaba bajo sus rayos, los árboles parecían más verdes y las flores más alegres bajo su animosa influencia. El agua corría con un sonido agradable; los árboles rugían bajo el viento ligero que murmuraba entre sus hojas; los pájaros cantaban sobre las ramas; y la alondra gorjeaba desde lo alto su bienvenida a la mañana. Sí, era por la mañana: la mañana brillante y fragante de verano; la más diminuta hoja, la brizna de hierba más pequeña, estaban animadas de vida. La hormiga se arrastraba dedicada a sus tareas diarias, la mariposa aleteaba y se solazaba bajo los pálidos rayos del sol; miríadas de insectos extendían las alas transparentes y gozaban de su existencia breve pero feliz. El hombre caminaba entusiasmado con la escena; y todo era brillo y esplendor.

-¡Tú, miserable! -exclamó el rey de los duendes con un tono más despreciativo todavía que el anterior. Y de nuevo el rey de los duendes levantó una pierna y de nuevo la dejó caer sobre los hombros del enterrador; y otra vez los duendes que asistían a la reunión imitaron el ejemplo de su jefe.

Muchas veces la nube se fue y regresó, y enseñó muchas lecciones a Gabriel Grub, quien tenía los hombros doloridos por las frecuentes aplicaciones de los pies de los duendes; pero, aún así, miraba con interés que nada podía disminuir. Vio a hombres que trabajaban con duro esfuerzo y se ganaban su escaso pan con una vida de trabajo, pero eran alegres y felices; y a los más ignorantes, para quienes el rostro dulce de la naturaleza era una fuente incesante de alegría y gozo. Vio a aquellos que habían sido delicadamente alimentados y tiernamente criados, alegres ante las privaciones y superiores ante el sufrimiento, quienes habían superado muchas situaciones duras porque llevaban dentro del pecho los materiales de la felicidad, el contento y la paz. Vio que las mujeres, lo más tierno y frágil de todas la criaturas de Dios, eran a menudo capaces de superar la pena, la adversidad y la tristeza; y vio que era así porque en su corazón llevaban una inagotable fuente de afecto y devoción. Pero sobre todo vio que hombres como él mismo, que refunfuñaban por el gozo y la alegría de los demás, eran las peores hierbas en la hermosa superficie de la tierra; y poniendo todo el bien del mundo contra el mal, llegó a la conclusión de que al fin y al cabo era un mundo muy decente y respetable. Nada más acababa de formarse cuando la nube que ocultó el último cuadro pareció ponerse sobre sus sentidos y llevarle al reposo. Uno a uno los duendes fueron desapareciendo de su vista; y cuando el último de ellos se hubo ido, se quedó dormido.

Había despuntado el día cuando despertó Gabriel Grub y se encontró tumbado cuan largo era sobre la lápida plana del cementerio, con el cubrebotellas de mimbre vacío a su lado y la capa, el azadón, y el farol, blanqueados por la helada de la noche anterior, tirados por el suelo. La piedra sobre la que había visto por primera vez al duende se erguía audaz ante él, y la tumba en la que había trabajado la noche anterior no estaba lejana. Al principio empezó a dudar de la realidad de sus aventuras, pero el dolor agudo que sintió en los hombros cuando intentó levantarse le aseguró que las patadas de los duendes no habían sido ciertamente meras ideas. Vaciló de nuevo al no encontrar rastros de huellas en la nieve sobre la que los duendes habían jugado al salto de la rana con las piedras de las tumbas, pero rápidamente se explicó esa circunstancia al recordar que, siendo espíritus, no dejarían tras ellos impresiones visibles. Por tanto, Gabriel Grub se puso en pie tan bien como pudo teniendo en cuenta el dolor de su espalda; y cepillándose la escarcha del abrigo, se lo puso y volvió el rostro hacia la ciudad.

Pero era ya un hombre cambiado y no podía soportar el pensamiento de regresar a un lugar en el que se burlarían de su arrepentimiento y no creerían en su reforma. Vaciló unos momentos y luego se alejó errando hacia donde pudiera, buscándose el pan en otra parte.

Aquel día encontraron en el cementerio el farol, el azadón y el cubrebotellas de cestería. Al principio hubo muchas especulaciones acerca del destino del enterrador, pero rápidamente se decidió que se lo habrían llevado los duendes; y no faltaron algunos testigos muy creíbles que lo habían visto claramente a través del aire a lomos de un caballo castaño tuerto, con los cuartos traseros de un león y la cola de un oso. Finalmente acabaron por creer devotamente en todo aquello; y el nuevo enterrador solía enseñar a los curiosos, a cambio de un ligero emolumento, un trozo de buen tamaño perteneciente a la veleta de la iglesia que accidentalmente había sido coceada por el caballo antes mencionado en su vuelo aéreo, y que él mismo recogió en el cementerio uno o dos años después.

Desafortunadamente esas historias se vieron algo enmarañadas por la reaparición no esperada del propio Gabriel Grub unos diez años más tarde, como un anciano reumático y andrajoso, pero contento. Le contó su historia al clérigo, y también al alcalde; y con el curso del tiempo aquello se convirtió en parte de la historia, y en esa forma se ha seguido contando hasta hoy. Los que creyeron en el relato del trozo de veleta, habiendo colocado mal su confianza en otro tiempo, dejaron de predominar y se apartaron de esa historia. Trataban de parecer lo más sabios que pudieran, encogiéndose de hombros, tocándose la frente y murmurando algo parecido a que Gabriel Grub se había bebido toda la ginebra de Holanda y se quedó dormido sobre un lápida plana; y luego trataban de explicar lo que se suponía que él había presenciado en la caverna de los duendes diciendo que había visto el mundo y se había hecho más sabio. Pero esta opinión que en absoluto fue popular en ningún momento, acabó gradualmente por desaparecer; y sea como sea, puesto que Gabriel Grub se vio afectado por el reumatismo al final de sus días, la historia tiene al menos una moraleja, aunque no pueda enseñar otra mejor, y es que si un hombre se vuelve taciturno y bebe solo en la época de Navidad, no por ello va a decidir ser mejor: los espíritus puede que no vuelvan a ser tan buenos, ni estar dispuestos a presentar tantas pruebas, como aquellos a los que vio Gabriel Grub en la caverna de los duendes.


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