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lunes, junio 09, 2008

1ª SELECCION MAUPASSANT __ UN BANDIDO CORSO

SELECCION MAUPASSANT
UN BANDIDO CORSO
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El camino ascendía suavemente hacia el centro del bosque de Al-tone. Los desmesurados abetos formaban sobre nuestras cabezas una bóveda quejumbrosa, dejaban oír algo así como un lamento continuo y triste, mientras que a derecha e izquierda sus delgados y rectos troncos semejaban un ejército de tubos de órgano, de los que parecía salir la monótona música del viento en las cimas.
Al cabo de tres horas de marcha, el número de aquellos largos y juntos maderos disminuyó; de trecho en trecho un árbol gigantesco, apartado de los demás, y abierto como una sombrilla enorme, ostentaba su copa de un sombrío verde; y de pronto llegamos al límite del bosque, a unos cien metros por debajo del desfiladero que conduce al inculto valle de Niolo.
En las dos altas cumbres que dominan este paraje, algunos viejos árboles disformes parecen haber subido penosamente, como exploradores enviados delante de una compacta muchedumbre. Volviéndonos, divisamos todo el bosque, extendido a nuestros pies, semejante a una inmensa cubeta de madera cuyos bordes, que parecían tocar el cielo, eran desnudas rocas que lo cerraban por todas partes.
De nuevo nos pusimos en marcha, y diez minutos después llegábamos al desfiladero.
Entonces contemplé un país sorprendente. A la conclusión de otro bosque un valle, pero un valle como no los había yo visto, una soledad de piedra de diez leguas de longitud, extendida entre dos montañas de dos mil metros de altura y sin un sembrado, sin un árbol a la vista. Es el Niolo, la patria de la libertad corsa, la inaccesible ciudadela de donde nunca los invasores pudieron expulsar a los montañeses.
—Ahí es también donde están refugiados todos nuestros bandidos—me dijo mi acompañante.
Pronto llegamos al fondo de aquel agujero inculto y de indescriptible belleza.
Ni una hierba, ni una planta; granito, nada más que granito. Delante de nosotros, hasta donde alcanza la vista, un desierto de granito resplandeciente, calentado como un horno por un furioso sol que parece expresamente suspendido sobre aquel desfiladero de piedra. Cuando se alzan los ojos hacia las cuestas, se queda deslumbrado y estupefacto. Se muestran rojas y labradas como festones de coral; todas las cimas son de pórfido; y el cielo, por encima de ellas, parece violeta, lila, descolorido por la vecindad de aquellos extraños montes. Más abajo el granito es gris chispeante, y a nuestros pies parece raspado, molido: caminamos sobre un polvo reluciente. A nuestra derecha, en un largo y tortuoso carril, un tumultuoso torrente ruge y corre. Y se tambalea uno bajo aquel calor, entre aquella lava, en aquel valle ardiente, árido, inculto, cortado por aquel arroyo turbulento, que parece tener prisa por huir, impotente para fecundar las rocas, perdido en aquel horno que se lo bebe ávidamente sin verse nunca por él atravesado y refrescado.
Pero de pronto apareció a nuestra izquierda una cruz de madera clavada en un pequeño montón de piedras. Un hombre había sido muerto allí. Dije a mi acompañante:
—Hábleme usted de sus bandidos.
El me contestó:
—He conocido al más célebre, al más terrible de todos ellos, al llamado Santa Lucía, y voy a referir a usted su historia.
Al ser muerto su padre en una disputa, por un joven del país, según se dijo, Santa Lucia quedó solo con su hermana. Era un muchacho débil y tímido, pequeño, enfermizo, sin ninguna energía. No prometió la vendetta al asesino de su padre. Todos sus parientes le fueron a ver, le suplicaron que se vengase; él permanecía sordo a sus amenazas y sus ruegos.
Entonces, siguiendo la vieja costumbre corsa, la hermana, llena de indignación, le quitó su ropa negra, a fin de que no llevase luto por el fallecimiento de una persona muerta sin venganza. Pues también insensible a este ultraje, y, por no descolgar la escopeta, aún cargada, de su padre, se encerró en un aposento de la casa, dejando de salir en absoluto, incapaz de arrostrar las desdeñosas miradas de los mozos del país.
Transcurrieron dos meses. Parecía haber olvidado hasta el crimen, y vivía con su hermana en el fondo de su casa.
Y, un día, aquel en quien recaía la sospecha del asesinato, se casó. A Santa Lucia no pareció impresionarle la noticia; mas he aquí que, para desafiarle sin duda, el supuesto criminal pasó, al ir a la iglesia, por delante de la morada de los huérfanos.
El hermano y la hermana comían, asomados a la ventana, unos pastelillos fritos, cuando el joven divisó a la gente de la boda desfilando delante de su casa. De repente empezó a temblar; se incorporó, sin decir una palabra; se santiguó; tomó la escopeta, qué tenía colgada en el hogar, y salió a la calle.
Cuando, más adelante, hablaba de esto, decía:
—No sé lo que sentí; fue como un calor súbito en la sangre; y comprendí que era necesario hacer aquello; que, a pesar de todo, yo no hubiera podido resistir, y fui a esconder la escopeta en el bosque del camino de Corte.
Una hora después regresaba sin nada en las manos, con su aire habitual, fatigado y triste. Su hermana se creyó que no tenía ninguna idea.
Pero, al anochecer, desapareció.
Su enemigo debía ir a Corte aquella noche misma, a pie y con sus dos testigos de boda.
Avanzaban por el camino cantando; Santa Lucía se irguió de pronto ante ellos, y, mirando frente a frente al asesino, exclamó:
—¡Ha llegado tu hora!
Luego, a quema ropa, disparó sobre él su escopeta.
Uno de los testigos escapó; elotro miraba al joven, murmurando:
—¿Qué has hecho, Santa Lucía? Qué has hecho?
Después quiso ir a Corte a buscar quien auxiliase al herido.
Pero Santa Lucía le gritó:
—Si das un paso más, te rompo una pierna.
El otro, que conocía su timidez, le replicó:
—No eres capaz.
Y siguió corriendo.
Más no tardó en caer con el muslo roto de un balazo.
Y Santa Lucía, acercándose a él, agregó:
—Voy a examinar tu contusión. Si no es grave, me contentaré con eso; si es grave, te remataré.
Miró detenidamente la herida; juzgándola mortal, volvió a cargar lentamente la escopeta, invitó al herido a rezar una oración y le partió el cráneo.
Al siguiente día estaba en el monte.
—¿Y sabe usted lo que el tal Santa Lucia hizo luego?
Toda su familia fue detenida por los gendarmes. Su tío el cura, quien se sospechaba le había incitado a la venganza, fue también encarcelado y acusado por los parientes del muerto. Pero se escapó, cogió a su vez una escopeta y se reunió con su sobrino en el bosque.
Entonces Santa Lucía mató, uno tras otro, a los acusadores de su tío, sacándoles los ojos para enseñar a los demás a no afirmar lo que no hubiesen visto.
Mató a todos los parientes, a todos los aliados de la familia enemiga. Mató además a catorce gendarmes, incendió las casas de sus adversarios y fue hasta su hasta su muerte el más terrible de todos los bandidos de que se tiene memoria.
*

El sol desaparecía detrás de Monte Cinto y la sombra inmensa de la montaña de granito se extendía sobre el granito del valle. Apretamos el paso para llegar antes que anocheciera al pueblecillo de Albertacce, especie de montón de piedras pegadas a los costados de piedra del árido desfiladero. Y dije pensando en el bandido:
—¡Qué terrible costumbre la de vuestra vendetta!
Mi acompañante replicó con resignación: —¿Qué quiere usted? ¡Se cumple con un deber!

CANTO DE UN GALLO -- GUY DE MAUPASSANT -- SELECCION Y 2ª

CANTÓ UN GALLO
GUY DE MAUPASSANT


Berta de Avancelles había desatendido hasta entonces todas las súplicas de su desesperado admirador el barón Joseph de Croissard. Durante el invierno en París, el barón la había perseguido ardorosamente, y después organizaba diversiones y cacerías en su residencia señorial de Carville, procurando agradar a Berta.
El marido, el señor de Avancelles, no veía nada ni entendía nada, como siempre acontece. Según pública opinión, estaba separado de su mujer por impotencia física, motivo suficiente para que la señora le despreciase. Además, tampoco su figura le recomendaba: era un hombrecillo rechoncho, calvo, corto de brazos, de piernas, de cuello, de nariz, de todo.
Berta, por el contrario, era una arrogante figura, una hermosa mujer, morena y decidida, riendo siempre con risa franca y sonora; y, sin preocupárse jamás de la presencia de su marido, quien públicamente la llamaba «señora puches», miraba con cierta expresión complacida y cariñosa los robustos hombros, los bigotes rubios y soberbios de su admirador invariable y tenaz, el barón Joseph Croissard.
Sin embargo. Berta no había hecho aún concesión alguna.
El barón se arruinaba por ella, proyectando sin cesar fiestas campestres, cacerías, placeres nuevos, a los cuales invitaba a las más distinguidas personas que veraneaban en aquella comarca.
Todos los días los perros aullaban por el bosque, persiguiendo al zorro y al jabalí; cada noche, deslumbrantes fuegos artificiales mezclaban sus resplandores fugaces con los de las estrellas, mientras que las ventanas del salón proyectaban sobre los paseos ráfagas de luz cruzadas a cada punto por movibles sombras.
Era en otoño. Las hojas caídas de los árboles revoloteaban sobre el césped como bandada de pajarillos. El aire estaba impregnado con perfumes de tierra húmeda como el olor de la carne cuando se despoja una mujer, después de una fiesta, de los vestidos que la cubrieron.

II

Cierta noche, al principio del verano, la señora de Avancelles había respondido al señor de Croissard, que la hostigaba con sus ruegos:
—Si he de caer, amigo mío, será cuando caigan las hojas de los árboles. Por ahora no tengo tiempo; estoy muy distraída.
El recordó siempre aquella frase burlona y atrevida: y a fuerza de insistir un día y otro, acortaba las distancias, conquistando el corazón de la mujer, que, sin duda, sólo resistía ya por cierto respeto a las conveniencias mundanas.
Se trataba de una gran cacería, y la víspera la señora de Avancelles le había dicho al barón, riendo:
—Si mata usted a un jabalí, me obligo a premiarle.
Desde antes de amanecer, el barón estaba ya en el monte reconociendo todos aquellos lugares en que la fiera podía ocultarse; acompañó a sus monteros, dispuso la traílla, lo oragnizó todo, preparando su triunfo, y cuando los cuernos de caza dieron aviso para la partida, compareció embutido en un estrecho traje, rojo y oro, irguiéndose con tantas energías como si en aquel instante acabase de abandonar la cama.
Salieron los cazadores. El jabalí, perseguido por los perros, corrió a través de las malezas; los caballos galopaban por los angostos senderos del bosque, mientras que por los caminos más anchos, algo distantes, rodaban sin ruido los coches del acompañamiento.
Berta, maliciosamente, retenía lo más posible al barón en un paseo interminable, bordeado por doble fila de encinas que lo cubrían formando bóveda.
Estremeciéndose de amor y de inquietud, escuchaba con un oído la conversación burlona de su adorada, y con el otro escuchaba sin cesar el trompeteo de los ojeadores y los ladridos de los perros que se alejaban.
¿Ya no me quiere usted? —decía ella.
—¿Cómo puede usted imaginarlo? —contestaba él.
—Porque la caza. le interesa más que yo —proseguía Berta.
—¿No me ha ordenado usted que mate un jabalí? —suspiraba el barón.
—Sí; pero es necesario que lo mate usted estando yo presente —añadió ella con seriedad.
Entonces, el barón, estremecido, clavó la espuela y dijo, impacientándose:
—Pero, señora, es imposible si no salimos de aquí.
—Nada; como dije ha de ser —añadió Berta, riendo—, y si no es como dije..., peor para usted.
Entonces ella le habló con ternura, apoyando una mano en el brazo del hombre o acariciando, como distraída, las crines de su caballo.

III


Torcieron a la derecha, por un camino estrecho, y de pronto, para evitar una rama que le impedía el paso, ella se inclinó sobre su acompañante, de tal modo, que le hizo cosquillas en la cara con su abundante y rizado cabello. Entonces él no pudo contenerse y, apoyando en la mejilla de la mujer sus bigotazos rubios, la besó con fiereza.
Ella no se rebeló de momento, quedando inmóvil bajo aquella caricia abrasadora; pero al poco rato se sacudió violentamente, y, sea por casualidad, sea de intento, sus labios encontraron los del hombre.
Luego el caballo de Berta salió al galope y el barón la siguió; así fueron mucho rato en silencio y sin dirigirse ni una mirada.
El tumulto de la cacería estaba ya próximo; la espesura parecía estremecerse, y de pronto, rápido, tronchando las ramas de los arbustos, ensangrentado, sacudiendo a los perros que le hacían presa, el jabalí apareció.
Entonces el barón, riendo triunfalmente, dijo:
—Quien me quiera, que me siga.
Y desapareció entre los matorrales como si el bosque lo hubiera tragado.
Cuando Berta llegó, minutos después, a una calva del bosque donde no había malezas ni árboles que privaran la vista, el barón se levantaba del suelo, manchado, con la chaquetilla rota y las manos ensangrentadas; el jabalí,tendido a sus pies, mostraba en el cuello el cuchillo de caza del barón, hundido hasta el puño. Regresaron de noche, con antorchas encendidas, en un ambiente suave y melancólico. La luna plateaba los resplandores rojizos de las teas; columnas de humo ennegrecían el azul del cielo. Los perros comían las entrañas y tripas del jabalí, saltando y ladrando. Los ojeadores y los monteros hacían ruidosa música, turbando el silenció del bosque, repetida por los ecos ocultos de lejanos valles, despertando a los ciervos y turbando en sus madrigueras a los conejos.
Las aves nocturnas revoloteaban, sorprendidas, y las damas, alteradas por tantas emociones dulces y violentas. apoyándose en el brazo de los caballeros, se apartaban por las avenidas arenosas, antes que los perros acabaran su festín.



IV

Dominada por los entusiasmos y placeres del día, Berta dijo al barón:
—¿Quiere usted que demos un paseo por el parque?
Y él, sin responder, tembloroso, emocionado y desfallecido, la siguió.
Se besaron bajo las ramas, casi desprovistas de hojas, que dejaban paso a la claridad suave de la luna, y su amor, sus deseos, su ansia de caricias’ adquirieron tal vehemencia, que a punto estaban de caer al pie de un árbol.
Los cuernos de caza habían enmudecido. Los perros no ladraban ya.
—Retirémonos —dijo Berta.
Cuando se hallaron frente a la casa, ella murmuré con voz temblorosa:
—Amigo mío, estoy fatigada; quiero acostarme.
Y mientras él abría los brazos para estrecharla dándole el último beso, ella escapaba murmurando:
—No, no...; voy a dormir. ¡Quien me quiera que me siga!
Pasada uno hora, cuando toda la casa, en silencio, parecía muerta, el barón salió de su cuarto, acercándose a paso de lobo a la puerta de su amiga. Llamó dulcemente;pero como ella no respondía, se resolvió a entrar. El pestillo no estaba echado.
Ella deliraba, de codos en la ventana.
El se arrojó a sus pies, besando el cuerpo de la mujer a través de la bata de noche; Berta callaba, hundiendo sus dedos finos en la cabellera del barón.
Y de pronto, desligándose, como si hubiera tomado una importante resolución, murmuró con su expresión atrevida, pero en voz baja:
—Vuelvo en seguida; aguárdeme usted aquí.
Entonces, a tientas, confundido, con las manos temblorosas, el barón se desnudó de prisa y se hundió entre las sábanas; se revolvía y se estiraba con delicia; casi olvidaba sus amores al sentir acariciado por el suave lienzo su cuerpo rendido.

V

Ella no volvía; acaso tardaba expresamente para que languideciera su esperanza. El barón cerraba los ojos, se hundía gozoso en un bienestar exquisito; soñaba dulcemente, aguardando con delicia la cosa deseada. Pero poco a poco se entumecía toda su carne; su pensamiento se oscurecía, incierto, borroso. La fatiga poderosa le venció al fin; se quedó dormido.
Dormía con un sueño pesado; el invencible sueño de los cazadores. Durmió hasta la aurora.
De pronto, como había quedado abierta la ventana, resonó en la habitación el canto de un gallo. Bruscamente sorprendido por aquel grito penetrante, abrió los ojos el barón.
Sintiendo junto a su cuerpo el de una mujer, hallándose en un lecho que no era el suyo y no recordando nada, sorprendido, preguntó al despertar:
—¿Qué? ¿Dónde estoy? ¿Qué sucede?
Entonces Berta, que no había dormido en toda la noche, mirando, a aquel hombre despeinado, con los ojos enrojecidos, los labios secos, respondió, con la misma implacable altivez que usaba para tratar a su marido:
—No es nada. Que ha cantado un gallo. Vuelva usted a dormirse, caballero, y no le importe; ya no tiene usted nada que hacer.

Y 3º .SELECCION DE MAUPASSANT -- AHOGADO

AHOGADO
MAUPASSANT

I

Todos conocían en Fècamp la historia de la tía Patin. Era una mujer que no había sido feliz, ni mucho menos, con su marido; porque su marido la apaleaba lo mismo que se apalea el trigo en las granjas.
Era patrón de una lancha de pesca, y se casó con ella, de esto hacía tiempo, porque era bonita, aunque pobre.
Buen marinero, pero hombre violento, el tío Patin era cliente asiduo de la taberna del tío Aubán, en la que se echaba al cuerpo, los días en que no pasaba nada, cuatro o cinco copas, y los días en que se le había dado bien la pesca, ocho, diez o más, si se lo pedía el cuerpo, como él decía.
Servía el aguardiente a los parroquianos la hija del tío Aubán, una morena de buen ver, que si atraía a la clientela era únicamente por su buen palmito, porque jamás había dado que hablar con su conducta.
Cuando Patin entraba en la taberna, le producía satisfacción el verla, y le dirigía piropos corteses, frases moderadas de mozo formal. Después de la primera copa, ya la llamaba bonita; a la segunda, le guiñaba el ojo; a la tercera, se le declaraba: «Si usted quisiese, Deseada...», pero nunca acababa la frase; a la cuarta copa, intentaba sujetarla por la falda para darle un beso, y cuando llegaba a la décima, tenía que encargarse de seguir sirviéndole el mismo tío Aubán.
El tabernero, práctico en todos los recursos del oficio, hacía que Deseada tratase con la clientela, para que ésta hiciese más gasto; y Deseada, que por algo era hija del tío Aubán, se rozaba con los bebedores y bromeaba con ellos, siempre con la sonrisa en los labios y una expresión de picardía en los ojos.
A fuerza de beber copas de aguardiente, acabó Patln por hacerse a la cara de Deseada, y pensaba ya en ella hasta en el mar, cuando tiraba las redes, muy lejos de la costa, lo mismo en las noches de viento que en las de calma, lo mismo si era noche de luna que si era noche cerrada. Y mientras sus cuatro compañeros dormitaban con la cabeza apoyada en el brazo, Patín, a popa, con el timón en la mano, pensaba en Deseada. La vela sonriéndole siempre, y que le servia el aguardiente amarillo con un ligero movimiento del hombro, diciéndole antes de retirarse:
—¡Así! ¿Quiere algo más?
De tanto tenerla dentro de sus ojos y dentro de sus recuerdos, le entraron tales ansias de casarse con ella, que ya no pudo dominarse, y pidió su mano.
El era rico; la embarcación y los aparejos eran de su propiedad, y tenía una casa al pie de la colina, frente al rompeolas; el tío Aubán, en cambio, no poseía nada. Fue acogida su petición con la mayor solicitud, y la boda tuvo lugar lo antes posible, porque las dos partes tenían prisa, aunque por diferentes razones.
Pero a los tres días de la boda Patin estaba hecho un lío, y se preguntaba a si mismo cómo había podido metérsele en la cabeza aquella idea de que Deseada era diferente de las demás mujeres. Si que había hecho el idiota preocupándose por una que no tenía una perra, y que seguramente lo había embrujado con su aguardiente !Eso era, por su aguardiente, en el que habría mezclado algún asqueroso bebedizo!
Desde que empezaba la pesca no dejaba de blasfemar; rompía la pipa a fuerza de morderla, maltrataba de palabra a su tripulación, y después de jurar a boca llena contra todo lo habido y por haber, valiéndose de todas las fórmulas conocidas, descargaba las heces de su rabia contra todos los peces y crustáceos que iba sacando uno a uno de las redes, y no los echaba a los canastos sin dedicarles un insulto o una frase sucia.
Y como, al volver a su casa, era su mujer, la hija del tío Aubán, quien estaba al alcance de su boca y de su mano, pronto acabçp tratándola como a la mujer más arrastrada. Ella, que ya estaba acostumbrada a los malos tratos de su padre, le oía con resignación, y esta tranquilidad exasperaba a su marido, que una noche pasó de las palabras a los golpes. Y desde entonces la vida en aquella casa fue espantosa.
No se habló de otra cosa durante diez años en el muelle que de las palizas que Patin pegaba a su mujer, y de las palabrotas y blasfemias que soltaba cuando le dirigía la palabra. Era, en efecto un especialista en hablar mal, poseyendo una riqueza de vocabulario y una sonoridad de voz superiores a todo lo conocido en Fècamp. En cuanto su barca aparecía a la entrada del puerto, de regreso de la pesca, ponía todo el mundo atención, esperando oir la primera andanada que siempre lanzaba desde el puente de su embarcación contra el rompeolas así que divisaba el gorrillo blanco de su compañera.
Hasta en los días de mar gruesa, en pie en la popa, atento a la vela y al rumbo, y a pesar del cuidado que tenía que tener con aquella boca de entrada, estrecho y difícil, y con las olas de mucho fondo que se precipitaban como montañas por el estrecho corredor, se esforzaba por descubrir entre las mujeres de los marineros que esperaban a éstos, entre salpicaduras de espuma de las olas, a la suya, la hija del tío Aubán, la pordiosera.
Y en cuanto la descubría sin importarle el ruido de las olas y del viento, le largaba una rociada de insultos con voz tan estentórea que hacía reír a todos, aun que todo el mundo compadeciese a la mujer. Luego, cuando atracaba al muelle, tenía un modo de descargar su lastre de galantería, según frase suya, al mismo tiempo que el pescado, que atraía alrededor de su puesto de amarre a todos los pilluelos y desocupados del puerto.
Unas veces como cañonazos, secos, estrepitosos; otras veces como truenos que retumbaban durante cinco minutos, descargaba por su boca un huracán tal de palabrotas, que parecía tener en sus pulmones todas las tormentas del Padre Eterno.
Después, ya en tierra, al verse con ella cara a cara, en medio de los curiosos y de las sardineras, revolvía en lo más hondo de la bodega para sacar a flote todos los insultos que se le habían olvidado, y así por todo el camino hasta casa: ella delante, él detrás; ella llorando, él gritándole.
Y ya a solas con ella y a puerta cerrada, la golpeaba con el menor pretexto. Cualquier cosa le daba motivo para levantar la mano, y todo era empezar para no acabar ya, escupiéndole a la cara las verdaderas razones de su odio.
Cada bofetada, cada golpe, iba acompañado de una imprecación ruidosa: «¡Toma, zarrapastrosa! ¡Toma, arrastrada! ¡Toma, muerta de hambre! ¡Bonito negocio hice el día que me enjuagué la boca con el veneno del canalla de tu padre!»
La pobre mujer vivía siempre asustada, con el alma y el cuerpo en vilo, en una expectativa enloquecedora de injurias y de palizas.
Y así diez años. Era tan asustadiza que se ponía pálida para hablar con cualquiera, y ya no podía pensar en otra cosa que en los golpes que la esperaban, acabando por ponerse seca, amarilla y delgada como un pescado ahumado.

II

Una noche, estando su hombre en el mar, la despertó de pronto el gruñido de fiera que el viento deja escapar cuando llega como perro lanzado contra su presa. Se incorporó en la cama, emocionada; pero como ya no se oía nada volvió a acostarse; pero casi en seguida entró por la chimenea un bramido, que hizo estremecer toda la casa, y que llenó luego todo el espacio, como si cruzase por el cielo una manada de animales furiosos, resoplando y mugiendo. Se levantó y se dirigió hacia el puerto. Otras mujeres llegaban también de todas partes con sus linternas. Los hombres acudían corriendo, y todos se quedaban mirando en la noche hacia el mar, viendo rebrillar las espumas en la cresta de las olas. Quince horas duró la tempestad. Once marineros no regresaron, y uno de los once era Patín.
Restos de su barca, la Joven Amelia. fueron encontrados hacia Dieppe. Cerca de Saint-Valéry se recogieron los cadáveres de los hombres de su tripulación; pero jamás apareció el suyo. La quilla de la embarcación daba lugar a suponer que había sido partida en dos, y esto hizo que su mujer esperase y temiese durante mucho tiempo su regreso; porque si había habido un abordaje, era posible que el otro barco lo hubiese recogido a él solo y lo hubiese llevado lejos.
Después, y poco a poco, se fue haciendo a la idea de considerarse viuda, aunque bastase para sobresaltarla el que una vecina, un pobre o un vendedor ambulante entrasen de pronto en su casa.
*

Habrían pasado cuatro años desde la desaparición de su marido. Una tarde, caminando por la calle de los Judíos, se detuvo delante de la casa de un antiguo capitán de barco que había fallecido hacia poco, y cuyos muebles estaban subastándose.
En aquel mismo instante se sacaba a la puja un loro, un loro verde, con la cabeza azul, que miraba a la concurrencia con disgusto e inquietud.
—¡Tres francos! — gritaba el vendedor—. Un pájaro que habla tan bien como un abogado, ¡tres francos!
Una amiga de la viuda de Patin le dio un golpecito con el codo:
—Usted, que es rica, debería comprarlo—le dijo—. Le serviría de compañía este pájaro, y vale más de treinta francos. Puede revenderlo cuando quiera en veinte o veinticinco.
—¡Cuatro francos, señoras. Cuatro francos!—repetía el subastador—. Canta vísperas y predica como el padre cura. ¡Es un fenómeno..., un prodigio!
La señora Patin pujó cincuenta céntimos. y le fue entregado aquel bicho de nariz corva dentro de una pequeña jaula que se llevó a casa.
Lo instaló en su sitio, pero al abrir la puerta de alambre con intención de darle de beber, recibió un picotazo en el dedo que le atravesó la piel e hizo brotar sangre.
—¡Vaya si es un mal bicho! —exclamó la mujer.
Sin embargo, después que ella le dio cañamones y maíz, consintió en que le alisase las plumas, aunque miraba con aire receloso su nueva casa y a su nueva dueña.
Empezaba a despuntar el día siguiente, cuando, de pronto, la la señora Patin oyó con toda claridad una voz fuerte, sonora, retumbante, la voz mismísima de Patin, que gritaba:
—¿Te vas a levantar o no te vas a levantar, mala pécora?
La acometió un terror tan grande, que se tapó la cabeza con la ropa de cama. Conocía bien aquellas palabras, porque eran precisamente las que todas las mañanas, desde que abría los ojos, le gritaba a la oreja su difunto marido.
Temblorosa, acurrucada, preparando la espalda a la paliza que veía encima, murmuraba entre las sábanas:
—¡Señor, Dios mío, ahí está! ¡Ahí está, Señor! ¡Ha vuelto, santo Dios!
Transcurrían los minutos; ningún ruido turbaba el silencio de la habitación. Sacó la cabeza, toda trémula, segura de que estaba allí, acechándola, dispuesto a pegarla.
Y no vio nada; tan sólo un rayo de sol que pasaba a través del-cristal de la ventana. Entonces pensó:
—Seguramente que se ha escondido.
Espero largo rato, y acabó por recobrar la tranquilidad, pensando:
—Habré soñado, porque no se le ve por ninguna parte.
Volvía ya a cerrar los ojos, tranquilizada casi, cuando estalló muy próxima la voz furibunda, la voz de trueno del ahogado, que vociferaba:
—¡Recontra, recrisma, recáspita! ¿Te levantas o no, puerca?
Saltó de la cama movida por el resorte de la obediencia, de su obediencia pasiva de mujer vapuleada, que no ha olvidado en cuatro años los palos, ni los olvidará nunca, y que se acordará siempre de aquella voz. Y contestó:
—Voy en seguida, Patin. ¿Qué es lo que quieres?
Pero Patin no contestó.
Aterrada, miró a su alrededor, buscó por todas partes: en los armarios, en la chimenea, debajo de la cama, pero no encontró a nadie, y entonces se dejó caer en una silla, loca de angustia y convencida de que era el espíritu de Patín el que había vuelto para atormentarla, y que lo tenía allí, junto a ella.
Se acordó súbitamente del granero, que tenía acceso por el exterior por medio de una escalera. De fijo que se había escondido allí para pillarla de sorpresa. Seguramente que habría ido a parar a alguna costa habitada por salvajes, y no había podido escapar antes de entre sus manos; pero había vuelto, y con peores intenciones que nunca. No le cabía duda alguna, después de oír el timbre de aquella voz suya.
Levantó la cabeza hacia el techo y preguntó:
—¿Estás ahí arriba, Patin? Patin no contestó.
Entonces ella salió de casa, y poseída de un miedo espantoso, que aceleraba los latidos de su corazón, subió por la escalera, se asomó a la lumbrera, miró al interior, sin ver nada; entró, registró, sin encontrar nada.
Se sentó encima de un haz de paja, y rompió a llorar; pero mientras sollozaba, oyó, traspasada de un terror angustioso y sobrenatural, en su habitación, debajo de donde ella estaba, la voz de Patín, que conversaba en tono menos colérico, más tranquilo, y que decía:
—¡Puerco de tiempo! ¡Y ese condenado mar! ¡Puerco de tiempo! ¡y yo sin desayunarme aún... carámbanos!
Ella le gritó a través del techo:
—Voy en seguida, Patin: te prepararé la sopa. No te enfades, que en seguida estoy ahí.
Y bajó comiendo.
No había nadie dentro de la toda casa.
Se sintió desfallecer, como si la hubiese tocado la mano de la Muerte, e iba ya a echar a correr para pedir socorro en la vecindad, cuando estalló junto a su misma oreja la voz:
—¡Que no me he desayunado, ree......contra!
Y el loro la contemplaba desde jaula con sus ojos redondos, en los que había una expresión de astucia y malignidad.
También ella le miró, fuera de sí, murmurando:
—¡Ah! ¿Conque eras tú?
Y entonces él agregó, moviendo la cabeza:
—Espera, espera, espera, que te voy a enseñar a estarte mano sobre mano.
¿Qué ocurrió entonces en el interior de aquella mujer? Tuvo la clara sensación y el convencimiento de que era él en persona, el muerto, que se le aparecía, que se había escondido bajo las plumas de aquel animal para volver a atormentarla; que no haría más que blasfemar de la mañana a la noche, como en otro tiempo, y morderla e injuriarla para que viniesen los vecinos y se riesen a costa suya. Entonces la señora Patin se abalanzó, abrió la jaula, cogió al pájaro, que se defendía con pico y garras, arrancándole la piel. Pero ella lo sujetaba con toda la fuerza de sus dos manos, y se tiró al suelo encima de él, y se revolvió una vez y otra vez con frenesí de poseída, lo aplastó, lo dejó convertido en una piltrafa, en una cosita blanda, verde, que ya no se movía, que ya no hablaba, de miembros flácidos; cogió un trapo de cocina y lo envolvió en él como en un sudario; salió de su casa en camisa, con pies descalzos, cruzó el muelle en el que se estrellaban las pequeñas olas del mar, sacudió el trapo y dejó caer aquella cosa muerta que parecía un puñado de hierba verde; volvió a su casa, se puso de rodillas delante de la jaula vacía, y pidió perdón al Señor, trastornada por lo que había hecho, sollozando como si acabase de cometer un horrendo crimen.

domingo, mayo 11, 2008

APARICIÓN -- GUY DE MAUPASSANT

APARICIÓN
GUY DE MAUPASSANT

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Estábamos en un hotel de la calle de Grenelle, propiedad de uno de los amigos allí reunidos. Cada cual de nosotros había contado su historia, una historia que afirmaba ser verdadera.
El marqués de Tour-Samonél que no había hablado todavía, se levantó y fue a apoyarse en la chimenea. Era un anciano de ochenta y dos años de edad, de aspecto respetable y simpático. En medio del silencio que reinaba, dijo con voz algo temblorosa.
—Yo también sé una historia hasta tal punto extraña, que ha sido la obsesión de mi vida.
Hace más de cincuenta y seis años que me ocurrió la aventura que voy a contarles, y que no pasa un mes sin que sueñe con ella. Desde aquel día me ha quedado algo así como una marca, como una huella de miedo... ¿Comprendéis? Sí, durante diez minutos he experimentado un tan horrible espanto, que desde aquella hora me ha quedado en el alma una especie de terror constante. Los ruidos inesperados me hacen estremecer. Los objetos que distingo mal, las sombras de la noche me hacen sentir un deseo, una necesidad loca de escapar. En fin, que tengo miedo de noche como los niños.
¡Oh! Jamás hubiera confesado esto antes de llegar a la edad que tengo. Ahora ya puedo decirlo. A un hombre de ochenta y dos años le está permitido no ser valiente ante los peligros imaginarios. Frente a un peligro cierto, verdadero, no he retrocedido jamás, amigos míos.
Esta historia que vais a oír ha trastornado, de tal modo mi espíritu, ha arrojado en mí una turbación tan profunda, tan aterradora y tan misteriosa, que jamás he tenido valor para contarla. La he guardado en el fondo íntimo de mí mismo, en ese fondo donde se ocultan los secretos tristes y vergonzosos, todas las inconfesables debilidades que tenemos en nuestra existencia.
Voy a referiros la aventura tal como ocurrió, sin tratar de explicarla. Seguramente tiene explicación a menos que no haya tenido en mi vida aquella hora de locura. Pero no; no he estado loco y os daré de ello la prueba. Imaginad vosotros lo que queráis.
He aquí los hechos:
Era el mes de Julio de 1827 y yo me encontraba de guarnición en Rouen.
Un día que me paseaba por el muelle, me encontré frente a un hombre que creí reconocer, sin recordar con precisión quién era. Hice, por instinto, un movimiento para detenerme. Aquella persona notó el gesto, me miró y cayó en mis brazos.
Era un amigo de la niñez al que había querido mucho. Hacía cinco años que no le había visto y parecía haber envejecido medio siglo. Tenía el pelo completamente blanco y andaba encorvado como un anciano bajo el peso de los años. Comprendió mi sorpresa y me contó su vida. Una terrible desgracia la había destrozado.

Locamente enamorado de una muchacha se había casado con ella en una especie de éxtasis de felicidad. Después de un año de dicha sobrehumana y de pasión desenfrenada murió repentinamente de una enfermedad del corazón, herida tal vez por la intensidad misma de su amor.
Mi amigo abandonó su quinta el día mismo del entierro y había venido a habitar su hotel en Rouen. Allí vivía solitario y desesperado; roído por el dolor, y tan mísero y triste que sólo pensaba en el suicidio.
Puesto que he tenido la suerte de encontrarte, me dijo, voy a rogarte que me hagas un gran servicio, que es el de ir a la quinta y buscar en la mesa de mi cuarto, de nuestro cuarto, unos papeles de los que tengo urgente necesidad. No puedo encargar de ese cuidado a un subalterno o a otra persona cualquiera, porque necesito llevar este asunto con una discreción y un silencio absoluto. En cuanto a mí, por nada del mundo entraría en aquella casa.
Te daré la llave de esa habitación que yo mismo cerré al partir, y la de mi mesa. Mi jardinero, para el que te daré una carta, te franqueará la entrada de la quinta.
Pero ven a almorzar conmigo mañana y hablaremos de este asunto.
Prometí hacerle aquel ligero favor. Después de todo no se trataba para mi sino de un paseo a caballo, pues su dominio se encontraba situado a cinco leguas de Rouen, aproximadamente.
Al día siguiente, a las diez de la mañana, fui a su casa. Durante el almuerzo mi amigo apenas pronuncio veinte palabras. Me rogó que le dispensara: el pensamiento de la visita que yo iba a hacer en aquella habitación, donde yacía su felicidad, le trastornaba, según me dijo. Me pareció, en efecto, agitado, preocupado, como si se estuviera riñendo en su alma un misterioso combate.
Al fin me explicó exactamente lo que tenía que hacer. Era bien sencillo. Debería recoger dos paquetes de cartas, encerradas en el primer cajón de la derecha del mueble, cuya llave me entregó.
—No necesito rogarte que no las leas, añadió.
Me sentí casi ofendido por aquellas palabras y se lo hice comprender algo vivamente. Mi amigo balbuceó:
—Perdóname ¡Sufro tanto!
¡Y se echó a llorar!
A la una de la tarde me separé de él para ir a cumplir mi misión.
Hacía un tiempo espléndido y marchaba al trote largo a través de los prados, escuchando el canto de las alondras y el ruido rítmico de mi sable sobre la bota.
Al entrar en el bosque puse mi caballo al paso. Las ramas de los árboles me acariciaban la cara; y a veces cogía con los dientes una hoja y la mascaba ávidamente poseído de una de esas alegrías de vivir que le llenan a uno, sin saber por qué, de una felicidad tumultuosa y como impalpable de una especie de borrachera de fuerza.
Al aproximarme a la quinta, busqué en mi bolsillo la carta para el jardinero y vi con extrañeza que el sobre estaba cerrado. De tal modo me sorprendió y me irritó aquel detalle, que estuve a punto de volver sin cumplir mi comisión. Pero se me ocurrió que iba a demostrar una susceptibilidad de mal gusto. Mi amigo, en la turbación en que se encontraba, podía muy bien haber cerrado la carta, sin darse cuenta.
La finca parecía abandonada desde hacía más de veinte años. La empalizada abierta y podrida se conservaba milagrosamente en pie. La hierba llenaba los paseos; no se distinguían las plantabandas de césped.
Al ruido que hice pegando con el pie en un gallinero, salió un hombre por una puerta situada a un lado de la casa y pareció estupefacto al verme. Salté a tierra y le entregué mi carta; la leyó,, la releyó, la volvió a leer, me miró por encima del papel, y metiéndose al fin la carta en el bolsillo, me dijo:
—¡Y bien! ¿qué es lo que usted desea?
Yo contesté bruscamente:
—Ya debe usted saberlo puesto que en la carta recibe usted las órdenes de su amo: quiero entrar en la casa.
El hombre pareció aterrado y balbuceó:
—¿De modo que va usted a... a su cuarto?
Yo empezaba a impacientarme.
—¡Por vida de!... ¿Va usted ahora a interrogarme? ¡A usted qué le importa?
—No, caballero.., pero es que... es que esa habitación no ha sido abierta desde... desde la.. la la muerte. Si quiere usted esperarme cinco minutos, voy a ver..., a ver si...
Yo le interrumpí con cólera.
—¿Cómo es eso?... ¿Se está usted burlando de mí? No puede usted entrar en ese cuarto, puesto que tengo yo la llave.
El jardinero no sabía qué decir.
—Entonces, caballero, voy a enseñarle a usted el camino.
—Enséñeme usted la escalera y déjeme usted solo: yo encontraré la habitación que busco.
—Pero.., señor.., sin embargo...
No pudiendo contenerme más tiempo le aparté bruscamente y penetré en la casa.
Atravesé primero la cocina, luego dos piececitas que el jardinero habitaba con su mujer; franqueé después un gran vestíbulo, subí la escalera y reconocí la puerta indicada por mi amigo.
La abrí sin trabajo y entré.
La habitación estaba tan oscura que no distinguí nada al principio. Me detuve sobrecogido por ese olor particular entre moho y polvo de las piezas deshabitadas y condenadas de las habitaciones muertas.
Poco a poco mis ojos se habituaron a la oscuridad, y vi con bastante precisión una gran pieza en desorden, una cama sin sábana, pero conservando los colchones y las almohadas, sobre una de las cuales se veía la huella profunda de un codo o de una cabeza, como si acabaran de colocarse encima.
Dos o tres sillas estaban caídas en el suelo; y noté que una puerta, la de un armario sin duda, había permanecido entreabierta.
Con objeto de dar más luz fui a la ventana y la abrí. Pero la falleba de la persiana estaba tan enmohecida que no logré hacerla ceder.
Traté de romperla con el sable, sin conseguirlo. Comenzaba a irritarme por aquellos inútiles esfuerzos, y como mis ojos se habían acostumbrado al fin perfectamente a la oscuridad, renuncié a la esperanza de ver más claro y me dirigí a la mesa.
Me senté y abrí el cajón indicado. Estaba lleno hasta los bordes. Yo solo necesitaba tres paquetes que sabía cómo reconocer y me puse a buscarlos.
Estaba haciendo esfuerzos por descifrar los sobrescritos, cuando me pareció oír, o, mejor dicho, sentir un rozamiento detrás de mi. No le di importancia pensando que una corriente de aire habría movido alguna tela o alguna cortina. Pero al cabo de un minuto, otro movimiento, casi indistinto, me hizo sentir sobre la piel un singular, ligero y desagradable estremecimiento. Era tan tonto, tan pueril sentir la insignificante emoción, que, por pudor a mí mismo, no quise volver la cabeza. Acababa de encontrar el segundo de los paquetes que buscaba y había descubierto ya el tercero, cuando un penoso y profundo suspiro lanzado sobre mi hombro me hizo dar un salto a dos metros de distancia. En mi ímpetu me había vuelto la mano en la empuñadura de mi sable, y ciertamente si no lo hubiera encontrado a mi lado, hubiese huido como un cobarde.
Una mujer alta, vestida de blanco, me miraba de pie delante del sillón donde yo estaba sentado un segundo antes.
Sentí agitados mis miembros por un estremecimiento tal que estuve a punto de caer redondo al suelo. ¡Oh! nadie puede comprender, a menos de haberlos experimentado, esos espantosos y estúpidos terrores. El alma se hunde, no se siente el corazón; el cuerpo entero se pone flojo, flácido, blando como una esponja: se diría que todo el interior se derrumba...
Yo no creo en los fantasmas; pues bien, me he sentido desfallecer de miedo hacia los muertos; y he sufrido, ¡oh! sí, sufrido en pocos instantes más que en todo el resto de mi vida, con la irresistible angustia de los espantos sobrenaturales. Si aquella mujer no hubiera hablado, me hubiese muerto quizá. Pero habló: habló con una voz dulce y dolorosa que hacía vibrar los nervios. No osaré decir que me hice dueño de mí y recobré la razón. No. Estaba aturdido, enloquecido, hasta el extremo de no saber lo que hacía; pero esa especie de íntimo orgullo que tengo dentro de mí, tal vez debido a mi oficio de soldado, me hizo, casi a pesar mío mostrar un continente sereno. Afectaba tranquilidad por mí y por ella, sin duda; por ella, cualquiera que fuese: mujer o espectro. Yo me di cuenta de todo esto más tarde, porque os aseguro que en el instante de la aparición no pensaba en nada. Tenía miedo, sencillamente.
Ella dijo:
—¡Oh, caballero, usted puede hacerme un gran favor!
Quise responder, pero me fue imposible pronunciar una palabra. Un ruido vago salió de mi garganta.
La aparición continuó:
—¿Qu.iere usted? ¡Puede curarme, salvarme ¡Sufro horriblemente! ¡ Sí, sufro mucho, mucho!
Y se sentó suavemente en mi sillón, siempre mirándome.
—¿Quiere usted ?—repitió.
Yo dije: —¡Sí!—con la cabeza, porque tenía la voz paralizada.
Entonces me mostró un peine de concha y murmuró:
—¡Péineme usted, ¡oh!, péineme usted; eso me aliviará; me curará; es necesario que me peinen.
Mire usted mi cabeza... ¡Cuánto sufro; y mis cabellos qué daño me hacen!
Sus cabellos sueltos, muy largos, muy negros pendían por encima del respaldo del sillón y tocaban al suelo.
¿Por qué hice aquello? ¿Por qué recibí, estremecido, aquel peine y por qué tomé en mis manos aquellos largos cabellos que me produjeron en la piel una atroz sensación de frío como si hubiese manejado serpientes?
No lo sé...
¡Esa sensación la conservo en los dedos y me estremezco sólo al recordarla!
La peiné, yo no sé cómo; manejé aquella cabellera de hielo. La retorcí, la anudé, la trencé como se trenza la crin de un caballo... Ella suspiraba, movía la cabeza, parecía contenta... dichosa.
De pronto me dijo: —¡Gracias!—me arrancó el peine de las manos y huyó por la puerta que yo había visto entreabierta.

Quedé solo, y, durante algunos segundos, experimenté esa turbación, esa especie de asombro que se siente al despertar después de una pesadilla. Poco a poco fui recobrando el sentido; corrí a la ventana y rompí la persiana con mi furioso empuje.
La luz entró de lleno en la estancia. Me lancé sobre la puerta por donde aquel ser extraño había desaparecido. La encontré cerrada e inquebrantable.
Entonces me invadió la fiebre de la huida, un pánico, el verdadero pánico de las batallas. Cogí precipitadamente los tres paquetes de cartas sobre la mesa, cuyos cajones habían quedado abiertos; atravesé la habitación corriendo, bajé cuatro a cuatro los escalones y no sé cómo ni por dónde me encontré fuera. A diez pasos de distancia vi mi caballo... corría hacia él, monté y partí a galope.
No detuve la velocidad de mi marcha hasta llegar a Rouen, delante de mi casa.
Di las bridas a mi ordenanza y subí a escape a mi cuarto, donde me encerré para reflexionar.
Durante una hora me pregunté ansiosamente si no había sido el juguete de una alucinación. Seguramente he sufrido uno de esos enloquecimientos del cerebro que hacen creer en lo sobrenatural.
Iba ya a suponer todo lo pasado una quimera, una ilusión de mis sentidos, cuando me aproximé a la ventana. Mis ojos por casualidad descendieron sobre mi pecho. ¡Tenía lleno el dolman de cabellos de mujer largos y negros que se habían enredado en los botones!
Los cogí uno a uno y los fui arrojando a la calle con mis temblorosos dedos.
Después llamé a mi ordenanza. Me sentía demasiado turbado y emocionado para ir el mismo día a casa de mi amigo. Además, necesitaba reflexionar profundamente en la conversación que con él tendría.
Le envié, pues, sus cartas de las cuales entregó un recibo al soldado, al que preguntó con mucho interés por mí. Cuando mi ordenanza le dije que estaba algo enfermo a causa del sol que había tomado en el camino, pareció inquietarse.
Al siguiente día, apenas rayando el sol, fui a su casa resuelto a contarle todo lo sucedido. No le encontré. Según me dijeron había salido la víspera y no habla vuelto. Volví por la tarde. Nadie le había visto. Esperé una semana. No apareció. Entonces me decidí a dar parte a la policía. Se le buscó por todos lados sin descubrir una huella de su paso.
Se practicó un minucioso registro en la quinta abandonada. No se descubrió nada sospechoso.
Ningún indicio reveló que allí hubiera estado oculta una mujer.
La investigación judicial no dio resultado alguno y nadie se volvió a ocupar del asunto.
Y desde hace cincuenta y seis años no he tenido noticia de todo aquello. No sé más.

lunes, abril 14, 2008

EN FAMILIA --GUY DE MAUPASSANT


EN FAMILIA
GUY DE MAUPASSANT
...el terrible duelo, tras el fallecimiento...

El tranvía de Neuilly había dejado atrás la puerta Maillot y corría en línea recta a todo lo largo de la gran avenida que
va a parar al Sena. La maquinilla, enganchada a su vagón, pitaba para que se apartasen de su camino, escupía su vapor,
jadeaba como corredor al que falta el aliento, y sus émbolos se movían con ruidos precipitados de piernas de hierro. Caía
sobre la calle el pesado calor de una tarde de verano, y, aunque no soplaba brisa alguna, ascendía del suelo un polvillo
blanco, calizo, opaco, asfixiante y cálido que se pegaba a la húmeda piel, cegaba la vista, penetraba en los pulmones.
La gente salía a la puerta de sus casas, en busca de aire.
El vagón de pasajeros tenía bajadas las ventanillas, y todas sus cortinas ondeaban, sacudidas por la rápida carrera. Eran
pocas las personas que iban dentro, porque en días tan calurosos la gente prefería viajar en la imperial o en las
plataformas. Iban obesas señoras de vestidos presuntuosos, burguesas de barriada que suplen la distinción de la que
carecen con una tiesura inoportuna, oficinistas cansados del despacho, de caras amarillentas, cintura doblada y un hombro
algo más alto que otro, del mucho trabajar encorvados sobre la mesa. La expresión intranquila y triste de sus rostros
revelaba también preocupaciones domésticas, constantes apuros monetarios y viejas esperanzas definitivamente fracasadas;
porque todos ellos formaban parte de ese ejército de pobres hombres raídos que vegetan económicamente en mezquinas casas de yeso, que tienen por jardín un arríate y se alzan en medio esos campos de los alrededores de París, en los que
aprovechan los residuos de todos los pozos negros.
Muy próximo a la portezuela, un hombre bajito, gordo, de cara abotagada y barriga que le caía entre la piernas, vestido
todo él de negro, conversaba con otro alto y seco, de aspecto desaliñado con un traje blanco muy sucio y un viejo panamá
en la cabeza. Se expresaba el primero con lentitud, y sus titubeos daban a veces la impresión de tartamudez; era el señor
Caraván y ocupaba el cargo de oficinal primero en el Ministerio de Marina. El otro había sido antaño oficial de Sanidad a
bordo de un barco mercante y acabó estableciéndose en la plazoleta de Courbevoie, en donde ejercitaba sobre la
desgraciada población los inseguros conocimientos de medicina que había recogido en su vida aventurera. Se llamaba Chenet,y se hacía llamar doctor. Corrían malas lenguas sobre su moralidad.
El señor Caraván llevó siempre la vida rutinaria de los burócratas. Todas las mañanas desde hacía treinta años marchaba
indefectiblemente a su despacho por el mismo camino, y se tropezaba, a la misma hora y en los mismos lugares, con las
mismas caras de hombres que se dirigían a sus negocios y por idéntico camino regresaba todas las tardes, encontrando
rostros idénticos, que iba viendo envejecer.
Todos los días compraba por unas monedas su periódico en la esquina del faubourg Saint-Honoré; iba luego en busca de dos
panecillos, y penetraba finalmente en el Ministerio, a la manera del reo que se constituye en prisión. Una vez dentro, se
dirigía con paso rápido y corazón desasosegado a su despacho temiendo siempre encontrarse con una reprimenda motivada por cualquier posible negligencia suya.
Ningún incidente vino jamás a variar la rutina monótona de su existencia porque nada le afectaba como no fuesen los
asuntos de oficina, el escalafón y las gratificaciones. No sabía hablar de otra cosa que de los asuntos del servicio lo
mismo cuando se encontraba en el Ministerio que cuando estaba con los suyos —porque se había casado con la hija de un
colega que no llevó consigo dote alguna.
Atrofiado por la tarea embrutecedora y cotidiana, no había en su espíritu lugar para pensamientos esperanzas, ensueños
que no guardasen relación con su Ministerio. Pero todos sus goces de empleado tenían un dejo de amargura que los echaba a perder: el acceso a los cargos de jefe y subjefe de los señores comisarios de Marina, de los hojalatero, mote que se les
daba por sus galones de plata. Este era el tema que todas las noches, mientras cenaba, le daba ocasión para exponer ante
su esposa, que compartía sus rencores, los irrebatibles argumentos que demostraban la iniquidad que suponía desde todo
punto de vista el dar puestos en París a unas gentes cuyo puesto estaba en el mar.
Era ya viejo, pero su vida se había deslizado sin que él se diese cuenta, porque había pasado, sin transición del colegio
al Ministerio y si en aquél temblaba de los pasantes, en éste siguió temblando de los jefes, que le inspiraban verdadero
pánico. El umbral del despacho de estos déspotas de oficina lo azogaba de pies a cabeza y de aquel terror continuo le
había quedado su cortedad, la actitud humilde y una como tartamudez nerviosa.
Conocía de París lo que puede conocer un ciego al que su perro deja cada día bajo la misma puerta, y los hechos y
escándalos que leía en su periódico barato no tenían para él otro alcance que el de unos cuentos fantásticos, inventados
a capricho para distracción de los pobres empleados. Pasaba por alto las informaciones políticas, que ya su periódico le
servía desfiguradas y a gusto del partido que lo pagaba; él era hombre de orden, reaccionario, sin partido determinado,
pero enemigo de todas las “novedades”. Por las tardes, cuando subía por la avenida de los Campos Elíseos, miraba aquella
agitada muchedumbre de paseantes y la marca retumbante de los carruajes con los ojos de un viajero extrañado que
atraviesa países lejanos.
Por haber cumplido aquel mismo año los treinta de servicio obligatorio, lo habían condecorado a primeros de enero con la
cruz de la Legión de Honor, que sirve a las administraciones militarizadas para recompensar la larga y lamentable
servidumbre —que ellas califican de leales servicios prestados— de estos tristes galeotes, remachados a la carpeta verde.
Aquella inesperada dignidad alteró de arriba abajo sus costumbres, revistiéndolo de una idea nueva y elevada de su
capacidad. Suprimió en adelante los pantalones de color y las americanas de fantasía, y ya sólo vistió pantalones negros
y levita larga, en la que su “cinta”, muy ancha, resaltaba más. De la noche a la mañana se transformó en otro Caraván, de
hablar hueco, porte majestuoso, protector, que se afeitaba todas las mañanas, se limpiaba con más esmero las uñas y se
mudaba cada dos días de ropa interior, movido de un legítimo sentimiento de decoro y de respeto a la Orden nacional.
Estando en casa, no se le caía de la boca lo de “mi cruz”. Le acometió un orgullo tan desmedido, que se le hacía
insoportable el ver cinta alguna en el ojal de la solapa de los demás. Las condecoraciones extranjeras, sobre todo, lo
sacaban de quicio— “no se debía tolerar que nadie las llevase en Francia”—, y tenía especial inquina al doctor Chenet, a
quien todas las tardes encontraba en el tranvía luciendo siempre un distintivo, fuese blanco, azul, anaranjado o verde.
Por lo demás, desde el Arco de Triunfo hasta Neuilly, la conversación de aquellos dos hombres nunca variaba. Al igual que
los días precedentes empezaron en esta ocasión por ocuparse de ciertos abusos locales que los exasperaban a los dos,
poniendo al alcalde de Neuilly por los suelos. Caraván, cosa inevitable estando con un médico, abordó el capítulo de las
enfermedades, con la esperanza de espigar gratuitamente algunos consejos interesantes, y quién sabe si una consulta,
dándose maña para que no se le viese el juego. Es preciso decir que su madre le traía intranquilo de un tiempo a esta
parte. La acometían síncopes frecuentes y prolongados, pero no admitía que la cuidasen como era debido, aunque había
cumplido ya los noventa.
Caraván se mostraba enternecido con la avanzada edad de su madre, y hacía con insistencia al doctor Chenet la misma
pregunta: “¿Ve usted a mucha gente de sus años?”. Y se frotaba las manos de gusto, no precisamente porque estuviese muy
interesado en que aquella buena señora se eternizase sobre la tierra, sino porque la prolongada vida de la madre era como
una promesa para el hijo.
Siguió diciendo: “La verdad es que en mi familia se vive largo. Tengo la certeza de que yo mismo, salvo accidente, me
moriré de viejo.” El oficial de Sanidad le lanzó una mirada compasiva, examinó un instante la cara coloradota de su
vecino, el gordo cerviguillo, la panza que le colgaba entre las piernas de una gordura flácida, el contorno apoplético de
oficinista sedentario y sin nervio, y, como resultado de ese examen, se echó atrás de un papirotazo el panamá de color
arratonado que le cubría la cabeza, y contestó con retintín:
—De eso hay mucho que hablar, compadre porque su vieja es de temperamento nervioso, y usted es gordo y fofo.
Caraván se calló, desconcertado.
El tranvía llegó a la estación. Los dos compañeros echaron pie a tierra, y el señor Chenet convidó a un trago de vermut
en el café del Globo, que se hallaba enfrente, y del que uno y otro eran clientes habituales. El dueño, amigo de ambos,
les alargó dos dedos de la mano, y ellos le dieron un apretón por encima de las botellas del mostrador; después se
dirigieron a una mesa en la que había tres aficionados al dominó que no se habían movido de allí en toda la tarde. Se
cruzaron frases cordiales, y el inevitable “¿Qué hay de nuevo?”. Los jugadores siguieron con su partida. Cuando los
recién llegados se retiraron, les dieron las buenas tardes. los jugadores les alargaron las manos sin alzar la cabeza y
cada cual se fue a comer a su casa.
Ocupaba Caraván, cerca de la plazoleta de Courbevoie una casita de dos pisos, y en el bajo estaba instalado un peluquero.
Dos dormitorios el comedor y la cocina, con un juego único de sillas, desencoladas y vueltas a encolar, que pasaban de
una habitación a otra, según lo exigía el momento, componían el departamento que la señora Caraván se entretenía en
limpiar, en tanto que su hija María Luisa, de doce años, y su hijo Felipe Augusto, de nueve, se entregaban a toda clase
de travesuras en los arroyos de la avenida, alternando con los pilluelos del barrio.
Caraván había instalado a su madre en el piso superior; ésta se había hecho popular en aquellos alrededores por su
avaricia, y su delgadez hacía decir a la gente que el Señor había echado mano, al hacerla, de sus mismos principios de
ahorro. Siempre malhumorada, no pasaba día sin riñas y arrebatos furiosos. Apostrofaba desde su ventana a los vecinos que
salían a la puerta de sus casas, los vendedores ambulantes de frutas y verduras, a los barrenderos y a los muchachos, y
éstos, en venganza, la iban siguiendo de lejos cuando salía a la calle, y le gritaban: “¡Ensuciacamas!”
Una criadita normanda, de un atolondramiento increíble, atendía los quehaceres de la casa, y dormía en el segundo piso,
junto a la vieja, por si le sobrevenía algún accidente.
Al entrar Caraván en casa, su mujer, atacada de la enfermedad crónica de hacer limpieza, sacaba brillo con un trapo de
franela a la caoba de las sillas, desparramadas por la soledad de las habitaciones. Siempre tenía puestos los guantes de
hilo; se adornaba la cabeza con una cofia de cintajos multicolores, que se le ladeaba sobre una o reja, y cuando alguien
la sorprendía con la cera, el cepillo, el limpiametales o la lejía, recitaba el mismo estribillo:
—No soy rica; todo es sencillo en mi casa, y el único lujo que puedo permitirme es el de la limpieza, que, después de
todo, suple a cualquier otro.
Estaba dotada de un sentido práctico tenaz, y su marido se dejaba llevar en todo por ella. Primero en la mesa, y después
en la cama, charlaban todas las noches largo y tendido de los asuntos de la oficina, y aunque él le llevaba veinte años,
se desahogaba con ella como con un director espiritual y no se apartaba de sus consejos.
Jamás había sido bonita, y en aquella época era fea, menuda y flaca. Su desmañada manera de vestir ocultó siempre ciertos
débiles atributos femeninos que se hubieran puesto de realce con un poco de arte en la disposición de su tocado. Las
faldas parecían colgarle siempre de un lado, y tenía el hábito, que llegaba a tomar visos de tic nervioso, de rascarse a
cada momento, en cualquier parte, sin preocuparse de los que estaban delante. En cuestión de adornos de su persona, no
iba más allá de los cintajos de seda, entrelazados profusamente en las cofias presuntuosas que usaba en casa.
Así que vio entrar a su marido, se levantó, y besándole en las patillas, le preguntó:
—¿Te acordaste de ir a casa de Potin, querido?
La pregunta se refería a un encargo que él había prometido hacer.
Se dejó caer, aterrado, en una silla: era la cuarta vez que lo olvidaba.
—Es una fatalidad —decía—, es una fatalidad: me paso el día pensando en que tengo que ir, pero así que llega la hora de
salir se me va de la memoria.
Al verlo afligido, ella le dijo para consolarlo:
—¿Qué más da? Ya te acordarás mañana. Y ¿qué hay de nuevo por el Ministerio?
—Un acontecimiento: otro hojalatero más que ha sido nombrado subjefe.
Ella se puso muy seria:
—¿En qué oficina?
—En la de compras al extranjero.
Ella mostró enfado:
—Entonces ha sido para el puesto de Ramón, precisamente el que yo hubiera querido para ti. ¿Y Ramón? ¿Retirado?
El balbució: “¡Retirado!”. Esto la encolerizó, y la cofia se le vino al hombro:
—Se acabó, pues. No hay que pensar en ese momio. Y ¿cómo se llama el tal comisario?
—Bonassot.
Echó ella mano al anuario que tenía siempre al alcance, y buscó: “Bonassot. Tolón. Nació en 1851. Alumno comisario en
1871. Subcomisario en 1875”. De súbito le preguntó:
—¿Es de los que han navegado?
Esta pregunta tranquilizó a Caraván. Su panza se vio sacudida por un acceso de regocijo:
—Lo mismo que Balin, lo mismísimo que Balin, su jefe —y agregó, riéndose con más fuerza, una broma muy gastada que a los del Ministerio los divertía muchísimo-: Que no los envíen de inspección al apostadero naval de Point-du-Jour, porque se
marearían en la escampavía.
Pero su mujer seguía muy seria, como si no le hubiese oído, y al fin murmuró rascándose la barbilla:
—¡Qué lástima, no disponer de un diputado! Si alguien contase en la Cámara todo lo que ocurre en esa casa, el ministro
saltaría en el acto...
Le cortaron la frase los gritos que estallaron en la escalera. María Luisa y Felipe Augusto, que regresaban de la calle,
se propinaban, a medida que subían, bofetadas y puntapiés. La madre se precipitó furiosa, tomó a cada uno por un brazo, y
de una sacudida vigorosa los metió en el departamento.
Al ver a su padre, corrieron hacia él: los besó con ternura, con fruición; luego se sentó, los puso sobre sus rodillas y
lió con ellos una charla íntima.
Felipe Augusto era un rapazuelo feo de ver, despeinado, sucio de los pies a la cabeza, con expresión de idiota. María
Luisa se asemejaba ya a su madre, se expresaba igual que ella, repetía sus dichos y hasta imitaba sus gestos. También
ella preguntó:
—Y ¿que hay de nuevo por el Ministerio?
A lo que el padre contestó, regocijado:
—Que tu amigo Ramón el que viene a cenar con nosotros todos los meses, nos abandona Lísita. Han puesto en su lugar a un nuevo subjefe.
Clavó ella la mirada en la cara de su padre, y le dijo con un tono de lástima, propio de niña precoz:
—Otro más que te ha echado a la cola, ¿no es eso?
Al padre se le cortó la risa, y no contestó; después, para cambiar de conversación, preguntó a su mujer, que se había
puesto a limpiar los vidrios:
—¿Mamá sin novedad, arriba?
La señora Caraván dejó de frotar, se volvió, enderezó la cofia que se le escapaba hacia la espalda y contestó con labios
trémulos:
—De tu madre te quiero hablar, precisamente ¡Me ha hecho una de las suyas! Figúrate que la señora Lebaudin, la mujer del
peluquero, subió hace un rato para pedirme prestado un paquete de almidón; yo había salido y tu madre la ha echado de la
puerta, tratándola de mendiga. Me ha tenido que oír la vieja; aunque se ha hecho la desentendida, como siempre que se le
cantan las verdades; pero que te conste que está tan sorda como yo; todo lo suyo es cuquería, y la prueba la tienes en
que se ha subido derechita a su cuarto, sin decir esta boca es mía.
Caraván, corrido, no contestó y en ese instante hizo acto de presencia la criadita para anunciar precisamente que la cena
estaba lista. Entonces él echó mano a un palo de escoba que tenían siempre oculto, y dio tres golpes en el cielo raso.
Luego pasaron al comedor, y la señora Caraván, la joven, sirvió la menestra, mientras esperaban que bajase la anciana.
Esta se retrasaba, y la sopa iba enfriándose, en vista de lo cual se pusieron a comer sin prisa; quedaron vacíos los
platos y volvieron a esperar. La señora Caraván, furiosa, la tomó con su marido:
—Lo hace a propósito, ¿comprendes? Porque sabe que te pones siempre de su parte.
El marido, muy perplejo y cogido entre dos fuegos, envió a Maria Luisa en busca de su abuela, y se quedó inmóvil, con los
ojos bajos, mientras su mujer daba golpecitos rabiosos con la punta de su cuchillo en el extremo inferior de su vaso.
La puerta se abrió de improviso y volvió a entrar la niña, sola, sin aliento y muy pálida, diciendo precipitadamente:
—Abuela está caída en el suelo.
Caraván se puso en pie de un salto, tiró la servilleta sobre la mesa y se lanzó hacia el piso de arriba, resonando en la
escalera su paso firme y precipitado. Su mujer, que supuso que era todo una treta de su suegra, le siguió sin prisa,
encogiéndose despectivamente de hombros.
La anciana yacía cuan larga era boca abajo, en medio de la habitación. Cuando su hijo dio vuelta al cuerpo apareció su
cara seca e inmóvil, de piel amarillenta, arrugada, curtida, con los ojos cerrados, apretados los dientes flaca y rígida.
De rodillas junto a ella, gimoteaba Caraván:
—¡Pobre madre mía, pobre madre mía!
Pero la otra señora Caraván dictaminó, después de mirarla unos momentos:
—¡Bah! Otro síncope más, y eso es todo. Créeme, lo ha hecho para estropeamos la cena.
Trasladaron el cuerpo a su cama, lo desnudaron por completo, y todos —Caraván, su mujer y la criada— se dedicaron a darle fricciones. Pero por más que hicieron no volvió en sí. Enviaron entonces a Rosalía en busca del doctor Chenet. Vivía en
el muelle, en dirección a Suresne. La distancia era grande y la espera fue larga. Pero, al fin llegó, y después de
examinar, palpar y auscultar a la anciana, pronunció el veredicto:
—Esto se acabó.
Caraván se arrojó sobre el cuerpo, sacudido por sollozos precipitados. Besaba convulsivamente la cara rígida de su madre,
llorando con tal profusión, que su lágrimas caían como gotas de agua sobre el rostro de 1a difunta.
La otra señora Caraván sufrió un acceso bastante decoroso de dolor; en pie detrás de su marido, lanzaba débiles gemidos y
se frotaba con obstinación los ojos.
De improviso se enderezó Caraván; tenía el rostro abotagado, los ralos cabellos en desorden y estaba feísimo con la
sinceridad de su dolor.
—¿Está usted seguro, doctor..., completamente seguro?
El oficial de Sanidad se acercó rápidamente, manipuló el cadáver con destreza profesional, y en seguida expresó:
—Vea, amigo; fíjese en este ojo.
Levantó el párpado y apareció bajo su dedo la mirada de la anciana, como cuando estaba viva, con la pupila un poco más
dilatada tal vez. Caraván recibió un golpe en pleno corazón, y el espanto caló hasta el tuétano de sus huesos. El señor
Chenet cogió el brazo crispado, tiró de los dedos para abrirlos con fuerza y con la expresión airada de quien discute con
un contradictor, siguió diciendo:
—¿Y esta mano? ¿Qué me dice de esta mano? Tranquilícese: yo no me equivoco nunca en casos como éste.
Caraván se dejó caer otra vez sobre la cama, se revolcó, casi casi berreó; su mujer, entre tanto, sin dejar de lloriquear,
hacía lo necesario. Acercó la mesa de noche, la cubrió con un paño blanco, colocó encima cuatro velas, las encendió,
sacó de detrás del espejo de la chimenea un manojo de boj que estaba allí colgado, lo colocó en medio de las velas sobre
un plato y llenó éste de agua clara, a falta de agua bendita. Cruzó por su cabeza un pensamiento, y cogiendo un pellizco
de sal lo echó en el agua, imaginando sin duda que así suplía la bendición.
Cuando terminó de ejecutar aquel simbolismo, inseparable de la muerte, permaneció en pie, inmóvil. El oficial de Sanidad,
que la había ayudado, le dijo por lo bajo:
—Hay que llevarse de aquí a Caraván.
Hizo una señal afirmativa, se acercó a su marido, que seguía sollozando de rodillas, y lo alzó por un brazo, a tiempo que
el señor Chenet lo levantaba del otro. Empezaron por sentarlo en una silla; su mujer, besándole en la frente, le echó un
pequeño sermón. El oficial de Sanidad apoyaba sus razonamientos, le recomendaba entereza, valor, resignación; en fin,
todo lo que nadie tiene en las desgracias fulminantes. Cuando ya no tuvieron nada que decir, volvieron a cogerlo del
brazo y se lo llevaron.
Lagrimeaba, como un muchacho grande, con hipos convulsivos, desmadejado, con los brazos colgantes y las piernas flojas;
bajó la escalera sin darse cuenta, moviendo maquinalmente los pies.
Lo dejaron en el sillón que ocupaba siempre para comer, frente a su plato casi vacío, que aún tenía la cuchara metida en
un resto de sopa. Y allí se quedó, sin moverse, con la mirada clavada en su vaso, tan entontecido que ni pensar podía.
En un rincón del comedor hablaba la señora Caraván con el médico: se enteraba de las formalidades que había que llenar,
pedía informes prácticos. El señor Chenet, que parecía estar esperando algo, acabó por coger su sombrero y se despidió
diciendo que no había cenado. Ella exclamó entonces:
—Pero cómo, ¿no ha cenado usted? Quédese, doctor. quédese. Se le servirá de lo que hay, porque ya supondrá que nosotros no estamos para comer gran cosa.
Rehusó, excusándose; ella insistió:
—Quédese, se lo ruego. En momentos como éste, se agradece la compañía de los amigos. Además, tal vez usted consiga que marido se consuele un poco. Está muy necesitado de que le den ánimos.
El doctor asintió con la cabeza, y dejó el sombrero encima de un mueble.
—Siendo así, acepto, señora.
Dio ella instrucciones a Rosalía, que estaba como desatinada y tomó asiento a la mesa, según dijo, “para hacer que comía,
y acompañar al doctor”. Se volvió a servir la sopa fría. El señor Chenet aceptó otro plato. Vino después una fuente de
cuajada a la lionesa, que esparció un aroma de cebolla, decidiéndose la señora Caraván a probarla.
—Está sabrosísima —dijo el doctor.
La señora se sonrió:
—¿Verdad que sí? —se volvió hacia su marido para decirle—: Haz por comer un poco, mi pobre Alfredo, aunque sólo sea para echar alguna cosa al estómago. Piensa en que tienes que velar.
Caraván alargó dócilmente el plato, lo mismo que se habría metido en cama si se lo hubiesen pedido, obedeciendo en todo,
sin resistencia y sin reflexión. Y comió.
El doctor se sirvió a sí mismo por tres veces: la señora Caraván pinchaba de cuando en cuando con su tenedor una buena
presa, y la engullía con calculado descuido.
Cuando sacaron una ensaladera rebosante de macarrones, murmuró el doctor:
—¡Caramba!... Esto parece cosa buena.
La señora Caraván no dejó esta vez a nadie sin servir. Llenó hasta los platillos en que metían sus dedos los niños, y
éstos, sin nadie que se ocupase de ellos, bebían vino puro y se acometían a puntapiés por debajo de la mesa.
El señor Chenet trajo a colación el gusto de Rossini por este plato italiano. De pronto soltó esta gracia:
—Se podría hacer un cuplé:
El maestro Rossini
pedía macarrones...
Pero nadie le prestaba atención. La señora Caraván se quedó de pronto pensativa, y repasaba mentalmente las probables
consecuencias de aquel acontecimiento, mientras que su marido hacía bolitas de pan entre los dedos, las colocaba luego en
el mantel y se quedaba mirándolas fijamente con expresión estúpida. Le abrasaba una sed ardiente, y a cada momento se
llevaba a la boca el vaso lleno de vino hasta los bordes. La conmoción y el dolor habían hecho perder el aplomo a su
razón; ésta parecía flotar, girar ingrávida en el repentino estupor de los comienzos de una digestión difícil.
Por su parte, el doctor bebía como una cuba y daba ya señales de estar borracho. la misma señora Caraván, que no bebía
más que agua, sufría la reacción que sigue a toda sacudida nerviosa, se mostraba excitada, inquieta, y su cabeza estaba
algo confusa.
El señor Chenet empezó a referir anécdotas, que a él le parecían chistosas, de escenas mortuorias En los suburbios de
París, donde abunda la población procedente de provincias, se tropieza uno con la indiferencia propia del campesino hacia
los difuntos. ya pueden ser éstos el padre o la madre. Hay una irrespetuosidad una inconsciencia feroz, que es corriente
en el campo, pero muy rara en la capital.
—La semana pasada, sin ir más lejos —agregó. me llaman de la calle de Puteaux y allá voy. Me encuentro con que el enfermo era ya cadáver, y junto a la cama a la familia, que se bebía tranquilamente una botella de anís, que habían comprado el
día anterior, para satisfacer un capricho del moribundo.
La señora Caraván no le escuchaba; toda su atención estaba concentrada en la herencia. El señor Caraván se había quedado con el cerebro vacío y era incapaz de comprender nada.
Se sirvió el café, muy cargado, como para levantar los ánimos. Se le regó de coñac, y cada taza hizo subir a las mejillas
de los bebedores un súbito rubor, confundiendo aún más las últimas ideas de aquellos espíritus ya vacilantes.
El doctor echó mano de pronto a la botella del aguardiente, y sirvió a todos la última. No hablaban; embotados por el
suave calor de la digestión, embebidos, a pesar suyo, en el bienestar puramente animal que el alcohol proporciona después
de comer, saboreaban muy despacio el coñac azucarado, que formaba un almíbar amarillento en el fondo de las tazas.
Los chicos se habían quedado dormidos y Rosalía los acostó.
Maquinalmente empujado por la necesidad de aturdirse que domina a los desgraciados se sirvió Caraván aguardiente varias
veces. Sus ojos, de mirada estúpida, resplandecían.
El doctor se levantó, al fin, para marcharse y cogió a su amigo del brazo:
—¡Ea!, venga conmigo —le dijo—. Le sentará bien un poco de aire fresco. No conviene estarse quieto cuando nos domina la
pena.
El otro obedeció dócilmente, se puso el sombrero, tomó el bastón y salió; los dos, agarrados del brazo, fueron caminando
hacia el Sena, bajo la claridad de las estrellas.
Flotaban hálitos embalsamados en la noche calurosa, porque era la estación en que todos los jardines del contorno se
cuajan de flores, y sus perfumes que duermen durante el día, parecen despertar cuando llega el crepúsculo, y se esparcen
diluidos en las brisas ligeras que corren por la oscuridad.
La ancha avenida estaba desierta y silenciosa, flanqueada por dos hileras de faroles de gas, que se alargaban hasta el
Arco de Triunfo. Allá lejos, envuelto en roja neblina, rebullía París ruidosamente. Era como un retumbo continuo, al que
de tiempo en tiempo parecía responder a lo lejos, en la llanura, el silbido de un tren, que se acercaba a toda marcha, o
que huía, cruzando la provincia, hacia el Océano.
Al recibir aquellos dos hombres en la cara el aire de la calle, se quedaron al pronto sorprendidos; el doctor se tambaleó,
y Caraván sintió que se multiplicaban los vértigos que venían acometiéndole desde la cena. Caminaba como entre sueños,
con la inteligencia embotada, paralizada, sin que el dolor le aguijonease embargado por una especie de insensibilidad
moral que le hacía incapaz de sufrir; parecía que le hubiesen quitado un peso del alma, y los tibios vapores que se
esparcían en la noche aumentaban esta sensación de alivio.
Cuando llegaron al puente, torcieron a mano derecha, y el río les lanzó en pleno rostro una fresca bocanada. Corría,
melancólico y sosegado, delante de un cortinaje de altos álamos, y las estrellas nadaban en el agua, zarandeadas por la
corriente. La neblina blancuzca que flotaba en el ribazo de enfrente enviaba a sus pulmones un olor de humedad; Caraván
se detuvo bruscamente, sorprendido por aquel aroma del río que agitaba en su corazón memorias muy lejanas.
Volvió a ver de improviso a su madre, la de otros tiempos, la de su niñez, de rodillas y encorvada delante de la puerta
de su casa, allá en Picardía, lavando en el arroyuelo que cruzaba el jardín la ropa amontonada a su lado. En medio del
silencio sereno del campo oía el golpear de la ropa sobre la tabla y su voz que gritaba: “Alfredo, tráeme jabón”. Era
este mismo olor de agua que corre, la misma neblina que se desprendía de las tierras empapadas la misma vaporosidad
pantanosa; aquel sabor le había quedado para siempre imborrable, y volvía a sentirlo precisamente la noche misma en que
su madre acababa de morir.
Se detuvo como envarado por un suave arrebato de desesperación. Fue un relámpago que aclaró de golpe todo el alcance de su desgracia; aquel soplo errante que se atravesó en su camino lo precipitó en el negro abismo de los dolores
irremediables Sintió el alma desgarrada por aquel separarse para siempre. Quedaba su vida truncada por la mitad; su
juventud entera desaparecía, engullida por aquella muerte. Allí acababa el antiguamente, se esfumaban las memorias de la
adolescencia; nadie quedaba ya para hablarle de las cosas de antes, de las personas que conoció en otros tiempos, de su
tierra, de él mismo, de las intimidades de su vida pasada. Era un pedazo de su mismo ser el que había dejado de existir;
en adelante, correspondía morir al resto.
Empezó a llamar, uno tras otro, a sus recuerdos. Apareció la mamá de más joven, vestida de prendas que se habían ajado
sobre ella, que de tanto usarlas parecían inseparables de su persona; la veía en mil momentos que ya tenía olvidados: con
rasgos que ya se habían borrado, con sus gestos, las inflexiones de su voz, con sus costumbres, manías, indignaciones,
con las arrugas de su cara, los movimientos de sus dedos descarnados y en todas las actitudes familiares que ya no
volvería a tener más.
Lanzó algunos gemidos, agarrándose al doctor. Sus flácidas piernas temblaban; toda su voluminosa persona sufría las
sacudidas de los sollozos, mientras que balbucía:
—¡Madre mía, pobre madre, pobre madre mía!...
Pero su compañero, que seguía borracho y que soñaba con acabar la velada en ciertos lugares que frecuentaba en secreto,
se impacientó con aquel acceso agudo de dolor, lo hizo sentarse en la hierba de la orilla y lo abandonó al poco rato con
el pretexto de que tenía que ver a un enfermo.
Caraván lloró largo rato; cuando se le agotaron las lágrimas; cuando todo su dolor se derritió en agua, como quien dice,
experimentó otra vez alivio, sosiego, tranquilidad súbita.
Había salido la luna, y bañaba el horizonte con su luz plácida. Los grandes álamos se erguían con reflejos de plata, y la
niebla se alzaba sobre la llanura como nieve flotante; ya no nadaban las estrellas en el río; lo revestía una capa de
nácar y seguía deslizándose, rizado por escalofríos brillantes. La atmósfera era suave y perfumada la brisa. El sueño de
la tierra estaba impregnado de languidez y Caraván bebía aquella suavidad de la noche; aspiraba profundamente y tenía la
sensación de que un frescor, un sosiego, una paz sobrehumana le iba calando hasta la extremidad de sus miembros.
Sin embargo, no se resignaba a dejarse invadir por aquel bienestar, y repetía:
—Madre mía, pobre madre.
Y hacía fuerza para llorar, recurriendo a una especie de sentido del deber de hombre honrado; pero todo era en vano, y
los mismos pensamientos que hacía poco le habían arrancado tan grandes sollozos no despertaron ya en él tristeza alguna.
Se levantó con el propósito de volver a su casa, y deshizo lo andado con paso lento, envuelto en la tranquila
indiferencia de la naturaleza serena, y con el corazón apaciguado, a pesar suyo.
Al llegar al puente, distinguió la linterna del último tranvía que estaba preparado para arrancar y, más allá, los
ventanales iluminados del café del Globo.
Lo acometió la necesidad de contarle a alguien la catástrofe, de excitar la conmiseración, de hacerse el interesante.
Adoptó una expresión compungida, empujó la puerta del establecimiento y avanzó hacia el mostrador, en el que el dueño
vociferaba como siempre. Había calculado ya la impresión que produciría: todos los concurrentes se pondrían en pie al
verlo, yendo hacia él con la mano extendida: “Pero ¿qué le pasa?”. Nadie reparó en el desconsuelo que se retrataba en su
rostro. Puso los codos sobre el mostrador y se apretó la frente entre las manos, murmurando:
—¡Dios mío, Dios mío!
El dueño se quedó mirándolo.
—¿Se siente enfermo, señor Caraván?
Este contestó:
—No, querido amigo; es que acaba de fallecer mi madre.
El dueño dejó escapar un “¡Ah!” distraído: pero en aquel instante gritó desde el fondo del local un cliente:
—Oiga, un bock, por favor.
El dueño le contestó en el acto con su vozarrón:
—Ahora mismo. ¡Bruum! Ya está —y se precipitó con su servicio, dejando a Caraván estupefacto.
Los tres aficionados al dominó seguían jugando, absortos y como pegados a los asientos, en la misma mesa en que los vio
antes de cenar. Caraván se acercó para mendigar compasión. Advirtiendo que no se daban por enterados de su presencia, se decidió a hablar:
—Después que estuve aquí me ha ocurrido una gran desgracia.
Los tres alzaron un poco la cabeza al mismo tiempo, pero sin quitar ojo a las fichas que tenían en la mano.
—¿Sí? ¿Qué ha sido?
—Acaba de fallecer mi madre.
Uno de los jugadores murmuró: “¡Vaya!”, con ese tono de lástima que suena a falso, de los indiferentes. Otro, que no
encontró de momento palabras, movió la cabeza y dejó escapar una especie de silbido triste. El tercero reanudó el juego,
como diciéndose para sus adentros: “Si no es más que eso....”
Caraván esperaba una de esas frases que, como suele decirse, brotan del corazón. Al ver la acogida que se le dispensaba,
se alejó, indignado de la tranquilidad que demostraban ante el dolor de un amigo, aunque para entonces aquel dolor se
había embotado de tal manera que ni él mismo lo sentía.
Se marchó.
Su mujer, en camisón, le esperaba sentada en una silla baja, junto a la ventana abierta, dándole siempre vueltas a la
idea de la herencia.
—Desnúdate —le dijo—. Tenemos que hablar; pero lo haremos en la cama.
El levantó la cabeza, señalando el techo con la mirada:
—Pero... arriba no hay nadie.
—Sí, señor; está Rosalía con ella, y tú la relevarás a las tres, cuando hayas echado un sueño.
Por lo que pudiera ocurrir, Caraván se quedó en calzoncillos, se ató un pañuelo alrededor del cráneo y se reunió con su
mujer, que acababa de meterse entre las sábanas.
Permanecieron un rato sentados, el uno junto al otro. Ella meditaba. A pesar de la hora que era, su cofia lucía un nudo
rosa y se ladeaba hacia una oreja, para no apartarse de la invencible costumbre de todas las que se ponía.
De improviso, volvió la cara hacia su marido, y le dijo:
—¿Sabes si tu madre ha hecho testamento?
El titubeó:
—Yo creo... que no... Desde luego que no... no lo ha hecho.
La señora Caraván clavó su mirada en los ojos de su marido, y cuchicheó con voz rabiosa:
—Pues se ha portado cochinamente, después de diez años que llevamos matándonos por servirle, dándole casa y poniéndole mesa. No habría sido tu hermana capaz de hacer por ella lo que nosotros, ni yo tampoco lo habría hecho de haber sabido el
pago que me esperaba. Te digo que eso es una mancha para su memoria. Me dirás que nos abonaba una pensión; pero no es dinero con. lo que se pagan las atenciones de los hijos; se deja constancia de ellas, después de la muerte, con un
testamento. Eso es lo que hacen las gentes que tienen dignidad. De modo, pues, que me he molestado y me he desvivido en
balde. ¡Es una indecencia! ¡Es una verdadera indecencia!
Caraván, fuera de sí, repetía:
—Mujer, mujer, por favor; yo te lo ruego.
Ella acabó por calmarse, y volvió al tono de sus diarias conversaciones:
—Habrá que avisar a tu hermana mañana temprano.
El dijo con sobresalto:
—Es cierto; no se me había ocurrido. Le pondré un telegrama en cuanto amanezca.
Ella le interrumpió, como mujer que lo tiene todo previsto:
—No, envíaselo entre las diez y las once, para que tengamos tiempo de desenvolvernos antes que lleguen, porque desde
Charenton hasta aquí tienen para dos horas o más. Les diremos que no sabías lo que hacías. Con avisarles por la mañana
habremos cumplido.
Caraván se dio una palmada en la frente y exclamó con el acento de cortedad que adoptaba siempre para referirse a su jefe,
porque sólo con pensar en él ya se echaba a temblar:
—Habrá que avisar también al Ministerio.
Ella replicó:
—¿Avisar? ¿Por qué? En momentos como éste, nadie puede molestarse por un olvido. Si me hicieses caso, no avisarías; tu
jefe se tendría que callar y le harás pasar un berrinche.
—¡Pero bien gordo que lo va a pasar cuando vea que falto! Tienes razón, tu idea es genial. Se le van a atragantar las
palabras cuando le diga que ha muerto mi madre.
El chupatintas, encantado de la jugarreta, se frotaba las manos, imaginándose la cara que pondría su jefe. En aquel
momento, y en la habitación de encima de él, yacía el cuerpo de la anciana, y a su lado dormía la criada.
La señora Caraván permanecía en actitud recelosa, como obsesionada por un problema difícil de expresar. Pero, al fin, se
decidió:
—Tu madre te dijo que era para ti su reloj, el de la muchacha del emboque, ¿no es cierto?
El rebuscó en su memoria, y contestó:
—Sí, en efecto; pero de esto hace mucho tiempo; fu cuando vino a vivir aquí. Me dijo: “El reloj será para ti, me cuidas
bien”.
La señora Caraván, tranquilizada con esto, se expresó ya con todo sosiego:
—Siendo así, habrá que ir por él, creo yo, porque si damos tiempo a que venga tu hermana, no consentirá que lo tomemos.
El titubeaba:
—¿Crees tú?...
Ella se molestó.
—¡Naturalmente que lo creo! Una vez que lo tengamos aquí, si te he visto no me acuerdo; nuestro y nada más que nuestro.
Lo mismo que la cómoda que tiene en su habitación, la de la cubierta de mármol: ésa me la dio a mí un día que estaba de
buenas. Bajaremos las dos cosas al mismo tiempo.
Caraván no parecía muy convencido.
—¡Pero mujer, contraemos una gran responsabilidad!
Ella se revolvió, furiosa:
—¿De veras? ¿Vas a ser el mismo de siempre? Eres capaz, por no dar un paso, de dejar que tus hijos mueran de hambre; de eso eres tú capaz. Puesto que ella me la dio, nuestra es la cómoda; no vas a decir que no. Y si le molesta a tu hermana,
que venga a decírmelo a mí. Mucho se me da a mí de tu hermana. ¡Ea, levántate, y traeremos en seguida las cosas que tu
madre nos ha dado!
Trémulo y derrotado, salió Caraván de la cama y fue a meterse los pantalones; pero ella no le dejó:
—¿Para qué te vas a vestir? Sube en calzoncillos, no hay necesidad de más; yo iré tal como estoy.
Los dos echaron a andar en ropas menores; subieron las escaleras sin hacer ruido, abrieron con precaución la puerta y
penetraron en la habitación. Las cuatro velas encendidas alrededor del plato de boj bendito parecían ser los únicos
guardianes de la anciana, que descansaba rígida, porque Rosalía dormía con leve ronquido, repantigada en su poltrona, con
las piernas estiradas, las manos cruzadas encima de la falda, la cabeza caída a un lado y la boca abierta.
Caraván se posesionó del reloj. Era uno de tantos cachivaches grotescos que produjo en abundancia el arte imperial. Una
figura de chica joven, de bronce dorado, con la cabeza adornada de flores variadas, tenía en la mano un emboque cuya bola
servía de péndulo.
—Dámelo a mí, y coge tú el mármol de la cómoda —le dijo su mujer.
Obedeció, dando resoplidos, y se echó al hombro el mármol con no pequeño esfuerzo.
Hicieron un viaje. Caraván se agachó al pasar la puerta y bajó las escaleras temblando; su mujer caminaba de espaldas,
alumbrándole con una mano y sujetando con la otra el reloj, debajo del brazo.
Una vez dentro de su departamento, dejó ella escapar un profundo suspiro:
—Lo más difícil está hecho; vamos por lo demás.
Pero los cajones del mueble estaban completamente llenos de ropa de la anciana. Había que esconderla en algún lado.
La señora Caraván tuvo una inspiración:
—Súbeme el baúl de madera de pino que hay en el vestíbulo. No vale ni dos francos. Aquí estará perfectamente.
Una vez el baúl arriba, comenzó el traslado.
Uno tras otro, iban sacando los puños y cuellos postizos, las camisas, las cofias, todos los modestos trapos de aquella
buena mujer que estaba tendida allí, a sus mismas espaldas, y los iban colocando metódicamente en el baúl de madera, de
forma que cayese en el engaño la señora Braux, la otra hija de la difunta, a la que esperaban que llegase sin falta al
día siguiente.
Terminada esta tarea, bajaron en primer lugar los cajones y después el cuerpo del mueble, agarrándolo cada uno de un lado.
Estuvieron largo rato calculando en qué sitio quedaría mejor. Optaron por colocarlo en el dormitorio, frente a la cama,
entre las dos ventanas.
Puesta la cómoda en su sitio, colocó en ella la señora Caraván su propia ropa. El reloj quedó encima de la chimenea de la
sala; la pareja se quedó estudiando el efecto que producía. Su satisfacción fue completa e inmediata.
—¡Magnífico! —exclamó ella.
Y él respondió:
—Sí, magnífico.
Entonces se acostaron. Apagó ella la vela, y al poco rato dormían todos en los dos pisos de la casa.
Era pleno día cuando Caraván abrió los ojos. Despertó con la cabeza algo aturdida, y tardó algunos minutos en acordarse
del acontecimiento. Le dio un gran vuelco el corazón y saltó de la cama, muy emocionado, con ganas de llorar.
Subió inmediatamente a la habitación del piso superior. Rosalía continuaba durmiendo, en la misma postura de la víspera,
porque se había pasado toda la noche en un solo sueño. La envió a su trabajo, cambió las velas gastadas por otras y se
quedó contemplando a su madre, mientras cruzaban por su cerebro los pensamientos aparentemente. profundos, las
vulgaridades religiosas y filosóficas que asaltan a las inteligencias corrientes en presencia de la muerte.
Al oír que lo llamaba su mujer, bajó. Había preparado ella una lista se todo lo que tenía que hacer por la mañana, y se
la entregó. Al ver todos aquellos renglones, se quedó Caraván aterrado:
1º Declarar la defunción en la Alcaldía.
2º Avisar al médico que certifica las defunciones.
3º Encargar el féretro.
4º Pasar por la iglesia.
5º Avisar a la funeraria.
6º Ir a la imprenta a buscar las esquelas.
7º A casa del notario.
8º Poner un telegrama a la familia.
Y una barahúnda de otros pequeños encargos. Cogió su sombrero y se marchó.
Como la noticia había corrido, empezaron a llegar vecinas para ver a la muerta.
En la peluquería de la planta baja se había desarrollado ya una escena a este propósito entre la mujer y el marido, que
estaba afeitando a un cliente.
La mujer, sin dejar de hacer calceta, murmuro:
—Otra que se ha ido; pero ésta era una avara como no hay muchas. La verdad es que yo no le tenía ninguna simpatía, pero
no tendré más remedio que ir a verla.
El marido refunfuñó mientras enjabonaba la barba del paciente:
—¡Vaya un capricho! ¡Hay que ser mujer para eso! No les basta con fastidiar a la gente en vida, que ni aun después de
muerto le dejan a uno tranquilo.
Pero su esposa, sin desconcertarse, siguió diciendo:
—No puedo resistirlo; tengo que ir. No pienso en otra cosa desde que ha amanecido. Creo que si no la viese no conseguiría
olvidarme de ella en toda mi vida. Cuando la haya mirado bien y me haya quedado con su cara, me sentiré tan satisfecha.
El de la navaja se encogió de hombros y se explayó con el señor a quien estaba raspando la mejilla:
—¿Me quiere usted decir qué ideas tienen en la cabeza estas condenadas mujeres? Lo que es a mí, maldita la gracia que me
hace ver a un muerto.
Pero su mujer había escuchado sus palabras y le contestó sin turbarse:
—¿Y qué quieres? Somos así.
Dejó encima del mostrador su trabajo de punto y subió al primer piso.
Habían llegado ya dos vecinas y conversaban acerca del suceso con la señora Caraván, que les daba toda clase de detalles.
Se dirigieron a la cámara mortuoria. Las cuatro penetraron a paso de lobo; rociaron, una después de otra, la sábana con
el agua salada, se arrodillaron, se persignaron, mascullando una oración; volvieron a ponerse en pie y permanecieron
largo rato contemplando el cadáver con ojos dilatados y boca de asombro, mientras la nuera de la difunta se tapaba la
cara con un pañuelo, simulando un hipo desesperado.
Cuando ésta se volvió para salir de allí, descubrió, en pie junto a la puerta, a María Luisa y a Felipe Augusto, en
camisa los dos, mirando con curiosidad. Olvidó su fingido dolor y se lanzó hacia ellos con la mano en alto, gritando
iracunda:
—¿Queréis largaros de aquí, condenados?
Al subir diez minutos después con una nueva hornada de vecinas, y después de rociar nuevamente con el agua sobre la
suegra con el ramo de boj, de rezar, lloriquear cumplir con todos los ritos, se volvió a tropezar con sus dos hijos, que
otra vez le habían seguido los pasos. Otra vez les dio ella de coscorrones, por no faltar a su deber pero en la siguiente
ocasión ya no se preocupó de ellos y siempre que volvía con nuevas visitas, los rapazuelo iban detrás, se arrodillaban
también en un rincón y repetían invariablemente cuanto veían hacer a su madre.
A primera hora de la tarde fue disminuyendo la muchedumbre de curiosas. Al rato, ya no vino nadie. La señora Caraván bajó
a su casa, para ocuparse de todos los preparativos de la ceremonia fúnebre, y la muerta se quedó completamente sola.
La ventana de la habitación estaba abierta. Penetraba un calor tórrido, con bocanadas de polvo; cerca del cuerpo inmóvil
danzaban las llamas de las cuatro velas. Algunas mosquitas trepaban, iban y venían por la sábana, por el rostro de ojos
cerrados, por las dos manos estiradas.
Maria Luisa y Felipe Augusto habían salido a corretear por la avenida. Se vieron en seguida rodeados de camaradas,
principalmente de chicas, que son las más despiertas y las que primero presienten los misterios de la vida. Preguntaron
éstas como si ya fuesen personas mayores:
—¿Se ha muerto tu abuela?
—Sí, ayer por la noche.
—Y ¿cómo es un muerto?
Maria Luisa explicaba, daba detalles de las velas, del manojo de boj, de la cara. Se despertó una gran curiosidad en
todos los pequeños y pidieron subir a ver a la muerta.
María Luisa organizó inmediatamente un primer viaje con cinco chicas y dos chicos: los mayores, los más atrevidos. Los
obligó a descalzarse para que no los sintieran; se escabulló la banda dentro de la casa y subió con la ligereza de una
tropa de ratoncillos.
Dentro ya de la habitación, arregló la hija el ceremonial, imitando a su madre. Condujo solemnemente a sus camaradas, se
arrodilló, hizo la señal de la cruz, movió los labios, roció el lecho, y cuando los chicos, apelotonados, se acercaban
con temor, curiosidad y placer para contemplar el rostro y las manos, ella estalló de improviso en falsos sollozos,
cubriéndose los ojos con su pañuelo. Se calmó bruscamente, acordándose de los que esperaban a la puerta, y se llevó
corriendo a todos los presentes, para regresar en seguida con otro grupo, y luego con otro, porque todos los rapazuelos
de los alrededores, hasta los mendigos desarrapados, acudían para participar en aquella diversión desconocida. Y en cada
visita repetía la nieta de cabo a rabo, con absoluta perfección, todos los pasos y muecas de la madre.
Pero acabó por cansarse. Atraídos por otro juego, se alejaron los chicos. Entonces se quedó la anciana abuela
completamente olvidada por todo el mundo.
La sombra inundó la habitación, y la inquieta llama de las velas hacía bailar destellos sobre el rostro, seco y arrugado.
Caraván subió a eso de las ocho, cerró la ventana y puso otras velas. Entraba ya con toda naturalidad, como si llevase
viendo durante meses el cadáver. Hasta comprobó que aún no presentaba síntomas de descomposición, y se lo comunicó a su mujer cuando iban a sentarse para cenar. Ella contestó:
—Pero si parece de madera; es capaz de conservarse un año.
Nadie habló una palabra mientras comían la menestra. Los niños, que habían correteado todo el día, dormitaban en sus
sillas, extenuados de fatiga, y todos callaban.
La luz de la lámpara se amortiguó de improviso.
La señora Caraván se apresuró a subir la mecha, pero el aparato carraspeó, y la luz se apagó. ¡Se habían olvidado de
comprar aceite! Mandar por él a la tienda retrasaría la cena; se buscaron velas, pero no había más que las que estaban
encendidas arriba, en la mesilla de noche.
La señora Caraván, rápida en tomar decisiones, envió a Maria Luisa en busca de dos. Quedaron esperándola a oscuras.
Se oyeron con toda claridad los pasos de la niña en la escalera, Hubo unos segundos de silencio; se la oyó luego que
bajaba precipitadamente. Abrió la puerta, espantada, aún más emocionada que la víspera, cuando anunció la catástrofe, y
murmuró casi ahogándose:
—¡Ay papá; la abuelita está vistiéndose!
Caraván se enderezó tan violentamente, que su silla fue a dar con la pared. Balbució:
—¿Que se está...? Pero ¿qué es lo que dices?
María Luisa repitió, agarrotada por la emoción:
—Que sí..., que se viste..., que la abuelita se está vistiendo para bajar.
Se precipitó como un loco escaleras arriba; le seguía su mujer, presa del más completo aturdimiento. Se detuvo aquél
delante de la puerta del segundo piso, trémulo de espanto, sin atreverse a entrar. ¿Qué es lo que iban a ver sus ojos?
Más valerosa, la señora Caraván dio vuelta al cerrojo y penetró en la habitación.
La estancia parecía más sombría; una figura alargada y flaca se movía en el centro. Era la vieja, que estaba en pie; al
salir del sueño letárgico, medio inconsciente todavía, se había puesto de lado, se incorporó sobre un codo y apagó tres
de las velas que ardían junto al lecho mortuorio. Después, recobrando fuerzas, se levantó para buscar sus trapos. La
falta de la cómoda la desorientó al principio, pero fue desocupando el baúl hasta encontrar sus prendas, y se vistió
tranquilamente. Vació el plato de agua, volvió a colocar el manojo de boj detrás del espejo, puso las sillas en su sitio,
y se disponía a bajar cuando aparecieron ante ella el hijo y la nuera.
Caraván tuvo un arranque, le tomó las manos, la besó, con lágrimas en los ojos; su mujer, a espaldas suyas, repetía con
tono hipócrita:
—¡Qué felicidad! ¡Oh, qué felicidad!
Sin enternecerse, sin dar siquiera muestras de comprender, rígida como una estatua y glacial la mirada, se limitó la
vieja a preguntar:
—¿Estará pronto la comida?
El, sin saber lo que decía, balbució:
—Sí, te estábamos esperando, mamá.
La cogió del brazo con una solicitud extraordinaria mientras que la señora Caraván, la joven, con la vela la mano para
alumbrarlos, bajaba de espaldas las escaleras, escalón por escalón, lo mismo que había bajado la noche anterior delante
de su marido cargado con el mármol.
Al llegar al primer piso estuvo a punto de tener un encontronazo con unas personas que subían. Eran los parientes de
Charenton: la señora Braux, seguida de su esposo.
Alta, gruesa, con barriga de hidrópica, que la obligaba a echar el torso hacia atrás, abrió los ojos de espanto estuvo a
pique de echar a correr. El marido, zapatero socialista, pequeño y de barba cerrada, que le llegaba hasta la nariz, un
verdadero mono, refunfuñó sin pizca de emoción:
—Pero ¡cómo! ¿Es que acaba de resucitar?
Cuando la señora Caraván vio quiénes eran, quiso decirles algo con muecas desesperadas, y luego en voz alta:
—¡Cómo! ¡Vosotros aquí! ¡Qué sorpresa más agradable!
La señora Braux, atónita, no sabía qué pensar, y contestó a media voz:
—Nos pusimos en camino al recibir vuestro telegrama suponiendo que todo había terminado.
Su marido, detrás de ella, la pellizcaba para que se callase, y con sonrisa maliciosa, que su barba tupida no dejaba ver,
exclamó:
—Habéis sido muy amables invitándonos. Nos pusimos en camino inmediatamente.
Esta manera de expresarse era una alusión a la hostilidad que desde hacía tiempo reinaba entre los dos matrimonios. Como
la vieja llegaba en ese instante al descansillo, se adelantó con vehemencia y restregó en su mejillas la pelambrera de su
cara, gritándole a la oreja, porque era sorda:
—¿Cómo seguimos, madre? Siempre tan tiesa, ¿eh?
La señora Braux, pasmada de ver bien viva a la que calculaba encontrar muerta, ni siquiera se decidía a besarla,
obstruyendo con su enorme barriga el descansillo y cortando el paso a todos.
La anciana, inquieta y recelosa, pero sin abrir la boca, miraba a toda aquella gente, y sus ojillos, grises, duros e
inquisidores, iban del uno al otro, rezumando pensamientos demasiado claros, que embarazaban a sus hijos.
Caraván dijo, queriendo aclarar la situación:
—Ha estado algo enferma, pero ya pasó; ahora se encuentra perfectamente ¿Verdad, madre?
La vieja, entonces, reanudando la marcha, contestó con voz resquebrajada y como lejana:
—Ha sido un síncope; oía todo lo que hablabáis.
Siguió a estas palabras un silencio lleno de perplejidades. Entraron en el comedor, y se sirvió una cena improvisada en
pocos minutos.
El único que se mantenía sereno era el señor Braux. Su cara de maligno gorila se contraía con muecas, y dejaba caer
frases de doble sentido que ponían en evidente aprieto a todos.
El timbre del vestíbulo sonaba a cada instante, y a cada llamada entraba desatinada Rosalía en busca de Caraván , y éste
salía precipitadamente tirando su servilleta. Su cuñado llegó a preguntarle si es que era aquel su día de recibir. A lo
que contestó balbuciendo:
—Son nada más que encargos.
Le trajeron un paquete, y en su atolondramiento procedió a abrirlo: recuadradas de negro, aparecieron las esquelas.
Enrojeció hasta los ojos, cerró el paquete y se lo metió en el pecho.
Su madre no lo había visto; tenía clavados obstinadamente los ojos en su reloj, cuyo emboque dorado columpiaba encima de
la chimenea. El silencio era glacial, y el embarazo de todos, cada vez mayor.
De pronto la vieja, volviendo hacia su hija la cara arrugada de bruja, puso en la mirada un escalofrío de malignidad, y
dijo:
—Ven el lunes con tu pequeña, que quiero verla.
La señora Braux contestó, radiante:
—Sí, mamá.
La señora Caraván, la joven, palideció y desfallecía de angustia.
Los dos hombres, entre tanto, se fueron soltando a hablar, enzarzándose, sin motivo que valiese la pena, en una discusión
política. Braux, que defendía las doctrinas revolucionarias y comunistas, bregaba irritado, y le brillaban los ojos en el
rostro peludo:
—¡Caballero —gritaba—, la propiedad es un robo que se hace al trabajador; la tierra es de todos; las herencias son una
infamia y una vergüenza!...
Calló bruscamente, corrido, como quien se da cuenta que acaba de soltar una majadería. Después agregó, con menos
vehemencia:
—No es ésta ocasión para discutir esos temas.
Se abrió la puerta y apareció el doctor Chenet. Tuvo un instante de azaramiento, se rehízo en seguida y se acercó a la
vieja:
—¡Ajá, la abuelita! Hoy la encuentro bien. Me daba en las narices, créame; y hace un momento, subiendo la escalera, me lo
decía a mí mismo: apuesto a que me la encuentro levantada a la abuela.
Le dio unas suaves palmaditas en la espalda, y agregó:
—Fuerte como el Puente Nuevo; van ustedes a ver cómo nos entierra a todos.
Tomó asiento, aceptando el café que le ofrecían, interviniendo en la conversación de los dos hombres, y apoyando a Braux,
porque él también había andado mezclado en la Commune
13
La vieja se sintió cansada, y quiso retirarse. Caraván se apresuró a ayudarla. Ella clavó los ojos en los de él, y le
dijo:
—Lo que vas a hacer tú es subirme en seguida mi reloj y mi cómoda.
Se cogió del brazo de su hija y desapareció con ella, mientras él balbucía:
—Sí, mamá.
Los esposos Caraván quedaron consternados, mudos, perdidos en un horrible desastre, mientras Braux se frotaba las manos
de gusto, paladeando su café.
Loca de ira, la señora Caraván se fue de improviso hacia él, gritándole a voz en cuello:
—Usted es un ladrón, un tunante, un canalla... Le escupo a usted a la cara..., le..., le...
Se ahogaba, sin dar con la frase; pero él se reía, y continuaba bebiendo.
Su mujer, que regresaba en aquel mismo instante, se fue hacia su cuñada, y las dos, una voluminosa, de barriga
amenazadora, la otra, epiléptica y seca, de voz altanera y mano trémula, se lanzaron a boca llena montones de injurias.
Chenet y Braux se interpusieron y éste cogió a su mujer por los hombros y la echó fuera, gritándole:
—Basta ya, pedazo de burra, no hace falta alborotar tanto.
Se oyó cómo se alejaban por la calle, riñendo.
El señor Chenet se despidió.
Los esposos Caraván quedaron frente a frente.
Entonces él se dejó caer en una silla, le corrió por las sienes un sudor frío, y murmuró:
—¿Y qué le digo yo mañana a mi jefe?


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