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lunes, marzo 05, 2007

EL LIBRO DE NOT - LA BIBLIA DE LOS VAMPIROS

EL LIBRO DE NOD.


Los primeros tiempos




Sueño los primeros tiempos
De la más larga memoria.
Canto los primeros tiempos
De todos más viejo Padre.
5 Canto los primeros tiempos
Y el claro amanecer
De toda la Oscuridad.

En Nod , donde la luz
Del Paraíso alumbra
10 El azabache nocturno
Y gotas de nuestros padres
Mojan y ablandan el suelo.

De nos, todos y cada uno,
Decidimos poder como
15 Quisiéramos vivir y
Coger nuestros alimentos
De las entrañas de la tierra.

Yo, primogénito Caín,
Con útiles puntiagudos ,
20 Planté semillas oscuras,
Las regué dentro de la tierra,
Las cuidé, las vi crecer.

Él, segundogénito Abel,
Cuidó de los animales,
25 Ayudó en sus sangrientos
Partos, los alimentó,
Y también los vio crecer.

Yo lo amaba, a mi hermano.
Él, él era el más brillante,
30 El más dulce, el más fuerte.
Él era la prima parte
De toda mía alegría.

Entonces, en un día
De abril, nuestro Padre dijo:
35 "Caín, Abel, un regalo
A Aquél en lo Alto debéis
Hacer, un sacrificio -
Un don de la prima parte
De todo cuanto tenéis".

40 Yo, primogénito Caín,
Recolecté tiernos brotes,
Y los frutos más brillantes,
Y la yerba más fresca.

Y él, segundogénito Abel,
45 Sacrificó el más joven,
El más fuerte, el más tierno
De todos sus animales.

Sobre el altar de nuestro Padre
Posamos los sacrificios
50 Y prendimos fuego so ellos,
Y el humo se los llevó
Hacia Aquél en lo Alto.

El sacrificio de Abel,
Segundogénito, olió
55 Dulce a Aquél en lo Alto,
Y Abel fue bendecido.

Yo, primogénito Caín,
Fui golpeado desde lo lejos
Por una severa palabra
60 Y una maldición, pues indigno
Resultó mi sacrificio.

Miré el sacrificio de Abel,
Todavía humeante,
La carne, la sangre.
65 Lloré, me tapé los ojos,
Oré de día y de noche.

Y cuando nuestro Padre dijo:
"El tiempo del sacrificio
Ha llegado ya de nuevo".

70 Y Abel condujo su más joven,
Su más tierno, más amado
Hacia el fuego sacrificial.

Yo no llevé mi más joven,
Mi más tierno, pues sabía
75 Que Aquél en lo Alto
De ningún modo los querría.

Y mi hermano, querido Abel,
Me dijo: "Caín, no has traído
Un sacrificio, un regalo
80 De la prima parte de
Tu alegría, para quemarlo
En la ara de Aquél en lo Alto".

Yo lloré lágrimas de amor
Cuando, con mis útiles
85 Puntiagudos, sacrifiqué
Aquello que era la parte
Primera de mi alegría,
Mi hermano.

Y la Sangre de Abel
90 Cubrió el altar, y olía
Dulce mientras ardía.

Pero mi Padre dijo:
"Maldito estás, Caín,
Quien mataste a tu hermano.
95 Como yo fui expulsado,
Así lo serás tú" .

Y Él me exilió
A vagar en la oscuridad,
La tierra de Nod .

100 Me precipité en la Oscuridad.
No vi ninguna luz
Y estaba asustado .
Y solo

La llegada de Lilith


Estaba solo en la oscuridad
Y mi hambre creció.
Estaba solo en la oscuridad
Y mi frío creció.
5 Estaba solo en la oscuridad
Y lloré .

Vino entonces a mí,
Una voz suave, dulce,
Palabras de socorro,
10 Palabras de consuelo .

Una mujer, oscura
Y hermosa, con sus ojos
Cortando la oscuridad,
Vino entonces a mí .

15 “Conozco tu historia,
Caín de Nod”, me dijo,
Sonriendo.
“Estás hambriento ¡Ven!
Tengo comida.
20 Tienes frío ¡Ven!
Tengo ropas.
Estás triste ¡Ven!
Tengo consuelo”.

“¿Quién podría consolar
25 Alguien tan maldito como yo?
¿Quién me vestiría?
¿Quién me alimentaría?”

“Soy la primera esposa
De tu padre, quien discutió
30 Con Aquél en lo Alto
Y obtuvo la Libertad
En la Oscuridad.
Yo soy Lilith .

Una vez, tuve frío,
35 Y no hubo calor para mí.
Una vez, tuve hambre,
Y no hubo comida para mí.
Una vez, estuve triste,
Y no hubo consuelo para mí”.

40 Con ella me llevó,
Me alimentó y me vistió.
Y en sus brazos,
Encontré consuelo.
Lloré hasta que la sangre
45 Goteaba desde mis ojos.
Y ella con sus besos
Las llevó lejos .

La magia de Lilith


Moré en la Casa de Lilith
Por un tiempo. Y pregunté:
“Desde la Oscuridad,
¿Cómo construiste
5 este lugar,
Cómo pudiste tejer
Estas ropas,
Cómo pudiste cultivar
Esta comida?”

10 Y Lilith sonrió y dijo:
“No como tú, estoy Despierta.
Veo los Peligros que giran
A tu alrededor.
Creo lo que necesito
15 Mediante el Poder ”

“Despiértame entonces, Lilith”
Dije. “Necesito tener
Este poder. Entonces,
Podré tejer mis ropas,
20 Cultivar mi comida,
Construir mi propia Casa”.

La preocupación tiñó
El rostro de Lilith. Y dijo:
“Ignoro lo que el Despertar
25 Hará para ti, pues tú
Estás realmente Maldito
Por tu Padre.
Podrías morir, podrías
Cambiar para siempre”.

30 Y Caín díjole a esto:
“Incluso entonces,
Una vida sin Poder
No sería realmente vida.
Moriría sin tus dones.
35 No viviré como tu Esclavo”.

Lilith me amaba,
Y yo lo sabía;
Haría lo que le pedí,
Aunque no lo deseara.

40 Y fue entonces cuando Lilith,
La de ojos brillantes,
Me Despertó.
Se cortó con un cuchillo,
Y sangró para mí.
45 Bebí del cuenco. Era dulce .

Entonces caí al Abismo .
Caí para siempre,
Cayendo en la más profunda
Oscuridad.

La tentación de Caín



Y desde la Oscuridad
Vino una luz brillante –
Fuego en medio la noche .
Y el arcángel Miguel
5 Se reveló ante mí.
Yo no tenía miedo.
Pregunté qué deseaba.

Miguel, General del Cielo,
Custodio de la llama sagrada,
10 Me habló con estas palabras:
“Hijo de Adán. Hijo de Eva,
Tu crimen es grande,
Pero también es grande
La compasión de mi Padre.
15 ¿No te arrepentirás
Del mal que has hecho,
Y dejar que Su compasión
Te limpie y purifique?”

Y yo respondí a Miguel:
20 “No por la gracia de [Aquél en lo Alto],
Sino por la mía propia
Viviré, con mi soberbia ”.

Miguel así me maldijo:
“Entonces, mientras camines
25 Por esta tierra,
Tu y tus hijos temeréis
Mi llama viviente,
Que morderá profundo
Y saborear vuestra carne ”.

30 Y por la mañana,
Vino Rafael , con alas
Cargadas de inocencia,
Luz sobre el horizonte,
El conductor del Sol,
35 El guarda del Este.

Rafael habló, diciendo:
“Caín, hijo de Adán,
Hijo de Eva,
Tu hermano Abel.
40 Te perdona tus pecados.
¿No te arrepentirás
Y aceptarás la redención
Del Todopoderoso?”

Yo respondí a Rafael:
45 “No por el perdón de Abel,
Sino por el mío propio
Seré perdonado”.

Rafael así me maldijo:
“Entonces, mientras tus pasos
50 Pisen esta tierra,
Tu y tus hijos
Temeréis el amanecer,
Y los rayos del sol
Os buscarán
55 Para quemaros como el fuego
Dondequiera que os escondáis.
Escóndete ahora del Sol,
Para ponerte su corona”.

60 Pero yo encontré
Un lugar secreto,
Profundo en la tierra,
Y me escondí de la luz
Del Sol.
65 Dentro de la tierra
Dormí hasta que la Luz del Mundo
Se escondió tras la montaña
De la Noche .

Cuando me alcé
70 De mi sueño diurno,
Escuché el sonido
De gentiles alas veloces .
Vi las negras alas de Ariel
Cubriéndome alrededor –
75 Ariel, segador,
Angel de la Muerte,
Oscuro Ariel,
Quien mora en las tinieblas.

Ariel rápidamente dijo:
80 “Hijo de Adán, Hijo de Eva,
Dios Todopoderoso
Perdona tus pecados.
¿Aceptarás la redención
Y me dejarás llevarte
85 Hacia tu recompensa,
Nunca más maldito ?”

Y dije yo entonces
A Ariel, el de negras alas:
“No por la redención
90 Del Todopoderoso,
Sino por la mía propia,
Viviré.
Soy lo que soy,
Hice lo que hice,
95 Y esto no cambiará ”.

Y entonces, mediante Ariel,
Pavoroso Ariel,
Dios Todopoderoso
Me maldijo, diciéndome :
100 “Entonces, mientras camines
Por esta tierra,
Tu y tus hijos
Abrazaréis las Tinieblas,
Beberéis sólo sangre,
105 Comeréis sólo cenizas ,
Seréis como fuisteis
En el momento de morir,
Nunca muriendo,
Continuando viviendo.
110 Caminaréis para siempre
En las Tinieblas,
Todo cuanto toquéis
Se desmoronará,
Hasta el último día”.

115 Lancé un grito
Cargado de angustia
Por esta terrible maldición,
Y lloré sobre mí.

120 Derramé sangre.
Puse las lagrimas
Dentro de un recipiente,
Y las bebí .

Cuando alcé la vista
125 De mi cuenco de pesar
El arcángel Gabriel,
Gentil Gabriel,
Señor de la Redención,
Se apareció ante mí.

130 Díjome el arcángel Gabriel:
“Hijo de Adán, Hijo de Eva,
Observa:
La redención del Padre
Es mayor de lo que jamás
135 Podrías imaginar,
Pues, incluso ahora,
Hay una senda abierta,
El camino de la Redención,
Y llamarás a este camino [Golconda ].
140 Habla a tus hijos de él,
Pues por él volverán
A residir en la Luz”.

Y después de esto,
La oscuridad
145 Se alzó cual un velo,
Y la única luz era
Los ojos de Lilith.

Mirando a mi alrededor
Supe que había Despertado.

150 Cuando mis energías
Por primera vez surgieron
A través de mí,
Descubrí cómo poder
Como el rayo moverme [Celeridad],
155 Cómo coger prestada
La fuerza de la tierra [Potencia],
Cómo ser cual piedra [Fortaleza].
Éstas fueron como respirar
Fue una vez para mí.

160 Lilith entonces me mostró
Cómo se ocultaba
De los cazadores [Ofuscación],
Cómo exigía obediencia [Dominación],
Cómo pedía respeto [Presencia].

165 Entonces, Despertándome
Aún más rápido, encontré
Cómo alterar las formas [Protean],
Cómo dominar animales [Animalismo],
Cómo hacer que los ojos
170 Miren más allá de la vista [Auspex] .

Entonces Lilith me ordenó
Que me detuviera,
Pues había sobrepasado
Todos mis límites,
175 Había ido demasiado lejos,
Había amenazado
Mi propia esencia.

Utilizó sus poderes
Y me ordenó parar.
180 Debido a su poder,
Yo la obedecí,
Pero profundo en mí,
Dentro fue plantada
Una semilla de rebelión.
185 Y cuando me dio la espalda,
Abrí mi ser de nuevo,
Lo abrí a la Noche,
Y vi en las estrellas
Infinitas posibilidades,
190 Y conocí un camino,
Un camino de poder y Sangre
Para que yo lo siguiera,
Así pues abrí en mí
Esta Senda Definitiva ,
195 Desde donde otros caminos
Procederían.

Con este nuevo poder,
Rompí las cadenas
Que puso en mí
200 La Señora de Noche.
Dejé la reina Condenada
Ese mismo atardecer,
Ocultándome en sombras,
Huí a las tierras de Nod
205 Y llegué a un lugar
Donde no pudieran encontrarme
Ni siquiera sus demonios.


El cuento de Zillah



Dejadme contaros
El cuento de Zillah ,
Primera amante de Caín,
Primera esposa de Caín,
5 La más dulce sangre,
La más suave piel,
Los más claros ojos.

Sola entre sus nuevos hijos,
A Ella amó Caín.
10 Y Ella desconocía su amor,
Girándole la espalda.

Ni regalos, ni sacrificios,
Ni perfumes, ni plomas ,
Ni bellos bailarines,
15 Ni cantantes, ni bueyes,
Ni esculturas, ni bellas ropas,
Nada transformaría
Su pétreo corazón
En dulces frutos.

20 Y Caín tiró de su barba ,
Y lloró sobre su cabello,
Y erró por la naturaleza,
De noche, pensando en ella.
Quemándose por ella.
25 Y una noche se encontró
A la Bruja, cantándole
A la luna.

Caín dijo a la Bruja:
“¿Por qué cantas así?”
30 Y la Bruja contestó:
“Porque suspiro por aquello
Que no puedo tener...”

Dijo Caín a la Bruja:
“También yo suspiro.
35 ¿Qué puede uno hacer?”
La Bruja sonrió y dijo:
“Bebe mi sangre esta noche,
Caín, padre de Vástagos,
Y vuelve mañana,
40 De noche.
Entonces, te mostraré
El saber de la Luna” .
Caín entonces bebió
Del desnudo cuello,
45 Y se fue.

Bajo la siguiente noche,
Caín encontró a la Bruja
Durmiendo sobre una roca.
“Despiértate, Bruja”,
50 Díjole Caín, “He vuelto”.
La Bruja abrió un ojo
Y dijo: “Estoy soñando
Con tu solución.
Bebe de mi otra vez,
55 Y vuelve mañana, de noche.
Trae un cuenco de cerámica.
Trae un cuchillo afilado.
Tendré entonces tu solución”.
Otra vez más Caín bebió
60 La sangre de la Bruja,
Quien, inmediatamente,
Cayó en profundo sopor.

Cuando Caín volvió,
A la siguiente noche,
65 La Bruja lo miró,
Y sonrió. “Felicidades,
Señor de la Bestia ”,
Dijo entonces la Bruja,
“Tengo el saber que buscas.
70 Toma algo de mi sangre,
En el cuenco que traes,
Mézclalo con estas bayas,
Y con estas yerbas,
Y bébete el elixir.

75 Serás irresistible.
Serás potente .
Serás dominante .
Serás ardiente.
Serás candente.
80 El corazón de Zillah
Se fundirá,
Como la nieve en primavera”.

Y Caín bebió el elixir,
Pues estaba enamorado,
85 De Zillah, la de claros ojos,
Y tanto deseaba su amor.

Y la Bruja se rió,
Se rió alto y claro.
¡Ella lo había engañado!
90 ¡Ella lo había atrapado!
Caín estaba furioso,
Más allá de todo límite,
Quería desgajar a la Bruja,
Recurrió a sus poderes
95 Para obtener toda su fuerza.

La Bruja se rió otra vez,
Y dijo: “No lo hagas”.
Y Caín no pudo hacer nada
Que fuera en su contra.
100 La Bruja se rió otra vez,
Y dijo: “Ámame”.
Y Caín no pudo hacer nada
Excepto contemplar
Sus ancianos ojos
105 Y desear su curtida piel.
La Bruja se rió y dijo:
“Hazme inmortal”.

Y Caín la Abrazó,
Y ella rió de nuevo,
110 Rió con en puro éxtasis
Del Abrazo,
Pues no le dolió.

“Te he hecho poderoso,
Caín de Enoch, Caín de Nod,
115 Pero siempre estarás atado
A mí.
Te he hecho señor de todos,
¡Pero jamás me olvidarás!
Tu sangre, potente como es,
120 Ahora atará a quien la beba,
Al igual que tú hiciste,
Una vez cada noche,
Durante tres noches.
Serás el señor,
125 Serán tus esclavos,
Como tú eres el mío.
Y aunque Zillah te amará,
Como tú deseaste,
Tu me amarás, para siempre.
130 Ve ahora, y reclama
Tu amada concubina.
Yo te esperaré
En los lugares más oscuros,
Mientras preparo más pócimas
135 Para tu salud”.

Y así, muy deprimido,
Caín volvió a Enoch,
Y cada noche,
Durante tres noches,
140 Zillah bebió de su Sire,
Aunque no lo supo.
Y, la tercera noche,
Caín anunció
Que se casaría con Zillah,
145 Su mas dulce Chiquilla,
Y ella aceptó.

El cuento de la bruja



Durante un año y un día
Caín trabajó al servicio
De una Bruja,
Quien con la sabiduría
5 De la sangre, lo ató
Más fuerte que a un prisionero.

Lo visitaría de noche,
Forzaría a entregarle su sangre
Para sus secretos elixires
10 Y potentes fórmulas.
Tomaría a los hijos
De sus hijos, y jamás
Volverían a ser vistos.

Pero Caín era sabio.
15 No volvió a beber su sangre.
Y ella no se lo pidió,
Creyendo que él sería
Para siempre su Esclavo.

Una noche, en el bosque,
20 Caín fue a ver a la Bruja,
Le habló de terribles sueños
Que tenía mientras dormía.

“Temo por mi vida, Bruja,
Temo la profecía de Ariel ,
25 Y el ansia de mis hijos
Por beber mi sangre.
Enséñame oculto saber
Que me haga poderoso
Entre los míos”.

30 Y la Bruja fue a un ciprés
Y arrancó una rama.
Cogió un cuchillo
Y le sacó punta.

“Toma esta madera viviente,
35 Afilada, fuerte,
Y atraviesa el corazón
De tus hijos rebeldes.
Lo dejará inmóvil,
Y so tu voluntad.
40 En lugar de beber
La sangre de tu corazón,
Sentirá todo el peso
De tu justicia”.

Caín dijo: “Gracias, Madre”.
45 Y, moviéndose veloz,
Tomó la estaca de ciprés,
La alzó y profunda clavó
En el corazón de la Bruja.

Pues Caín, sabio Caín,
50 De ella no se alimentó
Durante un año y un día;
Y forzó su Voluntad
Mediante sus manos,
Rompió el Vínculo
55 Que ella puso en él,
Y cambió su fortuna.

El cuento de la primera ciudad


En el inicio de todo
Sólo existía Caín;
Caín, quien [sacrificó] a su hermano
Desbordado por el amor .
5 Caín, quien fue exiliado;
Caín, quien fue maldito
Con la inmortalidad;
Caín, quien fue maldito
Con el ansia por la sangre.
10 Es de Caín de quien venimos,
El Sire de nuestro Sire.

Durante toda una era
Vivió en [la tierra de Nod],
En soledad y sufrimiento
15 Durante un eón estuvo solo,
Pero la memoria cambiante
Ahogó su tristeza.
Y así regresó
Al mundo de los mortales,
20 Al mundo que su hermano
[Seth, trigénito de Eva,]
Y [los hijos de Seth]
Habían creado.

Retornó y fue bienvenido,
25 [Pues nadie podía lastimarle
Debido a la Marca
Que le fue impuesta].
La gente vio su poder,
Y lo adoraron.
30 [Creció en poder,
Y su poder era fuerte,
Sus métodos para hacerse
Respetar y obedecer
Eran grandes].

35 [Y los Hijos de Seth
Lo nombraron] Rey
De su gran Ciudad,
La Primera Ciudad.

Pero Caín estaba solo
40 En su Poder.
En su interior germinó
La semilla de la soledad,
Y creció una oscura flor.
Vio dentro de su sangre
45 Potencia de fertilidad.
Invocando demonios
Y escuchando con atención
La sabiduría susurrada,
Aprendió a crear
50 A sus propios hijos.
Llegó a conocer su poder,
Y, al conocerlo,
Decidió Abrazar
Alguien próximo a él.

55 Y Ariel, temible Ariel,
Se mostró a Caín
Esa misma noche,
Y le dijo:

"Caín, aunque poderoso
60 Y marcado por Dios,
Sabe esto:
Que todo Chiquillo tuyo
Portará tu maldición,
Que cualquiera de tu Progenie
65 Caminará para siempre
Por la Tierra de Nod,
Temerá llama y sol,
Beberá sólo sangre
Comerá sólo cenizas .
70 Y desde cuando lleven consigo
La celosa semilla
Que su padre puso en ellos,
Conspirarán y lucharán
Entre ellos unos con otros.
75 No condenes aquellos
De entre los nietos de Adán
Que anden en la rectitud.
¡Caín!
¡Contén tu terrible Abrazo!"

80 Sin embargo, Caín supo
Qué debía hacer; y un joven,
Llamado Enosh , el más querido
De la estirpe de Seth, pidió
Ser Hijo del Padre oscuro.
85 Y aunque Caín era consciente
De las palabras de Ariel,
Tomó a Enosh; lo arropó
En el oscuro Abrazo.

Y así fue como sucedió
90 Que Caín engendró a Enoch,
Y haciéndolo llamó Enoch
A la Primera Ciudad.
Y ocurrió que Enoch
Pidió un hermano, una hermana,
95 Y Caín, Padre indulgente,
Se los dio a Enoch, y sus nombres
Fueron Zillah, cuya sangre
Era la escogida de Caín,
E Irad, cuya fuerza
100 Sirvió el brazo de Caín.

Y estos Vástagos de Caín
Aprendieron cómo crear
Su propia Progenie,
Y Abrazaron, sin pensarlo,
105 A más de la gente de Seth.

Y entonces el sabio Caín
Dijo a sus descendientes:
"Un final para este crimen.
No deberá haber más".
110 Y, como su palabra
Era la ley,
Su Progenie obedeció.

La ciudad perduró eras,
Y se convirtió en el centro
115 De un poderoso Imperio.
Caín se relacionó
Con aquellos distintos a él.
Los [hijos de Seth]
Lo conocían,
120 Y él, a su vez,
Conocíalos a ellos.

Pero el mundo se oscureció.
Los hijos de Caín
Vagaban acá y acullá,
125 Saciando su perversidad.

Y Caín ardió de cólera
Cuando sus hijos lucharon.
Descubrió mentiras
Cada vez que se insultaban.
130 Conoció la tristeza
Cuando los vio abusar
[De los hijos de Seth].

Caín leyó las señales
En el cielo crepuscular,
135 Pero a nadie dijo nada.

Entonces llegó el Diluvio,
Una gran inundación
Que purificó el mundo.
La Ciudad pereció,
140 Con ella los hijos de Seth.

Otra vez, Caín cayó
En gran melancolía,
Y huyó a la soledad.
Nos abandonó, a nosotros,
145 A su progenie,
A nuestro propio destino.

Pudimos encontrarlo,
Después de mucho buscar,
Enterrado en la tierra,
150 Pero nos ordenó
Que nos fuéramos, diciendo
Que el Diluvio fue un castigo,
Por haber regresado
Al mundo de los vivos
155 Y por haber quebrantado
La verdadera ley.
Nos pidió que nos fuéramos
Para así poder dormir.

Y así volvimos solos
160 Para emprender la búsqueda
De los hijos de Noé.
Y a ellos anunciamos
Que éramos los nuevos señores.
Cada uno creó Progenie
165 Para poder ensalzar
La gloria de Caín,
Per no poseíamos
Ni su sabiduría
Ni su autocontrol.
170 Se alzó una gran guerra,
Los Antiguos enfrentados
Contra su Progenie,
Tal como dijo Ariel,
Y la Progenie asesinó
175 A sus padres.

Se alzaron empuñando
Fuego y madera,
Espadas y garras
Para destruir aquellos
180 Que los habían creado.

Los rebeldes edificaron
Una ciudad nueva.
Lejos del caído Imperio,
Reunieron los Trece clanes,
185 Dispersados por la Gran Guerra,
Y los llevaron todos juntos.

Llevaron al Clan Monárquico [Ventrue],
Al Clan de la Bestia [Gangrel],
Al Clan de la Luna [Malkavian],
190 Al Clan de los Ocultos [Nosferatu],
Al Clan Vagabundo [Ravnos],
Al Clan de la Rosa [Toreador],
Al Clan de la Noche [Lasombra].
Al Clan de los Escultores [Tzimisce],
195 Al Clan de la Serpiente [Setitas],
Al Clan de la Muerte [Giovanni ],
Al Clan de los Sanadores [Salubri],
Al Clan de los Cazadores [Assamitas],
Y al Clan Erudito [Brujah].

200 Construyeron una ciudad
De renombrada belleza,
Y la gente los adoraba,
Como si fueran dioses.
Crearon su propia Progenie,
205 La Cuarta Generación.

Pero temían la Jyhad,
La Profecía de Ariel,
Y a estos nuevos Chiquillos
Les era prohibido engendrar
210 A otros de su raza.
Este poder se guardaron
Los Antiguos para sí.
Cuando un Chiquillo era creado,
Se lo cazaba hasta matarlo,
215 Y a su sire con él.

Aunque Caín estaba lejos,
Podíamos percibir
Cómo nos vigilaba,
Y sabíamos que era él
220 Quien marcó las pautas
De nuestros movimientos
Y de nuestros destinos.

Él maldijo a [Malkav]
Cuando difamó su imagen,
225 Y lo condenó a la locura,
Para siempre jamás.
Cuando [Nosferatu] dio
Rienda suelta a sus placeres
Con sus propios Chiquillos,
230 Caín posó su mano
Sobre [Nosferatu],
Y le dijo que siempre
Vestiría su maldad,
Y quebró su imagen.
235 Nos maldijo a todos,
Por haber matado
La prima parte de sus Hijos,
La Segunda Generación,
Pues los habíamos cazado,
240 Uno a uno, Zillah la Bella,
Irad el Fuerte y Enoch
El Primer Señor.
Los lloramos a todos,
Pues éramos todos iguales,
245 Todos descendientes
De los hijos de Caín.

Aunque esta ciudad
Era tan grandiosa
Como aquella de Caín,
250 Esta también envejeció.
Como hace todo ser vivo,
Lentamente empezó a morir.
Los dioses, al principio,
No vieron la verdad,
255 Y cuando se dieron cuenta
Ya era muy tarde.

Pues, como dijo Ariel,
De la semilla del Mal
Floreció una rosa
260 De color rojo sangre,
Y [Troile], El Chiquillo
Del Chiquillo de su Chiquillo
Se alzó, y asesinó
A su Padre, Brujah.
265 Y comió de su carne.
La guerra sacudió
Los cimientos de la ciudad,
Y nada volvería a ser
Lo que había sido.

270 Los Trece vieron su ciudad
Destruida; y, su poder,
Extinto.
Tuvieron que huir,
Su Progenie junto a ellos.
275 Pero muchos murieron,
Pues habían crecido débiles.
Sin su autoridad,
Todos pudieron crear
Su propia Progenie,
280 Y, muy pronto,
Hubo muchos Vástagos
Que regían la Tierra.
Pero no podía durar.

Pasó el tiempo,
285 Y hubo demasiados Vástagos,
Y la guerra estalló
Como antes estallara,
Los Antiguos, ocultos,
Habían aprendido
290 Lo que era la cautela,
Pero sus Chiquillos
Habían fundado
Ciudades y Progenies,
Y fueron ahora ellos
295 Los que murieron en batalla.
Fue tan grande la guerra
Que no sobrevivió
Ninguno de esa Generación.
Olas de carne mortal
300 Cruzaron continentes
Para aplastar y quemar
Ciudades de Vástagos.
Los mortales creyeron
Que luchaban sus guerras.
305 Pero fue por nosotros
Que derramaron su sangre.

Cuando acabo la guerra,
Todos los Vástagos
Se escondieron de los otros,
310 Y de los humanos
Que vivían alrededor.
Escondidos permanecemos hoy,
Pues la Jyhad aún continúa.

Y nadie predecirá
315 Cuándo se alzará Caín
De su sueño en la tierra,
Y reclamará
La ciudad de Gehenna,
La Última Ciudad,
320 La Ciudad del Juicio.
La Jyhad aún continúa.



domingo, marzo 04, 2007

CUENTO DE TERROR // EN LA CRIPTA

EN LA CRIPTA


Nada más absurdo, a mi juicio, que esa tópica asociación entre lo hogareño y lo saludable que parece impregnar la sicología de la multitud. Mencione usted un bucólico paraje yanqui, un grueso y chapucero enterrador de pueblo y un descuidado contratiempo con una tumba, y ningún lector esperará otra cosa que un relato cómico, divertido pero grotesco. Dios sabe, empero, que la prosaica historia que la muerte de George Birch me permite contar tiene, en sí misma, ciertos elementos que hacen que la más oscura de las comedias resulte luminosa. Birch quedó impedido y cambió de negocio en 1881, aunque nunca comentaba el asunto si es que podía evitarlo. Tampoco lo hacía su viejo médico, el doctor Davis, que murió hace años. Se acepta generalmente que su dolencia y daños fueron resultado de un desafortunado resbalón por el que Birch quedó encerrado durante nueve horas en el mortuorio cementerio de Peck Valley, logrando salir sólo mediante toscos y destructivos métodos. Pero mientras que esto es una verdad de la que nadie duda, había otros y más negros aspectos sobre los que el hombre solía murmurar en sus delirios de borracho, cerca de su final. Se confió a mí porque yo era médico, y porque probablemente sentía la necesidad de hablar con alguien después de la muerte de Davis. Era soltero y carecía completamente de parientes.
Birch, antes de 1881, era el enterrador municipal de Peck Valley, siendo un rústico y primitivo, incluso para como puede ser ese tipo de gente. Lo que he oído sobre sus métodos resulta increíble, al menos para una ciudad, e incluso Peck Valley se habría estremecido de haber conocido la dudosa ética de sus artes mortuorias en materias tan escabrosas como el apropiarse de los forros, invisibles bajo la tapa del ataúd, o el grado de dignidad que daba al disponer y adaptar los miembros no visibles de sus inquilinos sin vida a unos recipientes no siempre calculados con exactitud precisa. Más concretamente, Birch era dejado, insensible y profesionalmente indeseable, aunque no creo que fuera mala persona. Era, sencillamente, tosco de temperamento y profesión... bruto, descuidado y borracho, y así lo probaba su fácil tendencia a los accidentes, así como su carencia de esos mínimos de imaginación que mantiene el ciudadano medio dentro de ciertos límites fijados por el buen gusto.
No sabría decir cuándo comienza la historia de Birch, ya que no soy un relator avezado. Supongo que puede empezar en el frío diciembre de 1880, cuando el terreno se heló y los sepultureros descubrieron que no podían cavar más tumbas hasta la primavera. Afortunadamente, el pueblo era pequeño y las muertes bastante escasas, por lo que fue imposible dar a todas las cargas inanimadas de Birch un paraíso temporal en el simple y anticuado mortuorio. El enterrador se volvió doblemente perezoso con aquel tiempo amargo y pareció sobrepasarse a sí mismo en descuido. Nunca había colocado juntos tantos ataúdes flojos y contrahechos, o abandonado más flagrantemente el cuidado del oxidado cerrojo de la puerta del mortuorio, que abría y cerraba a portazos, con el más negligente abandono.
Al fin llegó el deshielo de primavera y las tumbas fueron laboriosamente habilitadas para los nueve silenciosos frutos del espantoso cosechero que les aguardaba en la tumba. Birch, aun temiendo el fastidio de remover y enterrar, comenzó a trasladarlos una desagradable mañana de abril, pero se detuvo, tras depositar a un mortal inquilino en su eterno descanso, por culpa de una tremenda lluvia que pareció irritar a su caballo. El cadáver era el de Darius Park, el nonagenario, cuya tumba no estaba lejos del mortuorio. Birch decidió que, el día siguiente, empezaría con el viejo Matthew Fenner, cuya tumba también se encontraba cerca; pero la verdad es que pospuso el asunto por tres días, no volviendo al trabajo hasta el día 15, Viernes Santo. No siendo supersticioso, no se fijó en la fecha, aunque tras lo que pasó se negó siempre a hacer algo de importancia en ese fatídico sexto día de la semana. Desde luego, los sucesos de aquella noche cambiaron enormemente a George Birch.
La tarde del 15 de abril, viernes, Birch se dirigió a la tumba con caballo y carro, dispuesto a trasladar el cuerpo de Matthew Fenner. Él admite que en aquellos momentos no estaba del todo sobrio, aunque entonces no se daba tan plenamente a la bebida como haría más tarde, tratando de olvidar ciertas cosas. Se encontraba sólo lo bastante mareado y descuidado como para fastidiar a su sensible caballo, sofrenándolo junto al mortuorio, por lo que éste relinchó y piafó y se agitó, tal como lo hiciera la ocasión anterior, cuando le molestó la lluvia. El día era claro, pero se había levantado un fuerte viento, y Birch se alegró de contar con refugio mientras corría el cerrojo de hierro y entraba en el vestíbulo de la cripta. Otro no podría haber soportado la húmeda y olorosa estancia, con los ocho ataúdes descuidadamente colocados, pero Birch, en aquellos días, era insensible y sólo cuidaba de poner el ataúd correcto en la tumba correspondiente. No había olvidado las críticas suscitadas por los parientes de Hannah Bixby cuando, deseando transportar el cuerpo de ésta al cementerio de la ciudad a la que se habían mudado, encontraron en la caja al juez Capwell bajo su lápida.
La luz era tenue, pero la vista de Birch era buena y no cogió por error el ataúd de Asaph Sawyer, a pesar de que era muy similar. De hecho, había fabricado aquella caja para Matthew Fenner, pero la dejó a un lado, por ser demasiado tosca y endeble, en un rapto de curioso sentimentalismo provocado por el recuerdo de cuán amable y generoso fue con él el pequeño anciano durante su bancarrota, cinco años antes. Había dado al viejo Matt lo mejor que su habilidad podía crear, pero era lo bastante ahorrativo como para guardarse el ejemplar desechado y usarlo cuando Asaph Sawyer murió de fiebres malignas. Sawyer no era un hombre amable y se contaban muchas historias sobre su casi inhumano temperamento vengativo y su tenaz memoria para ofensas reales o fingidas. Con él, Birch no sintió remordimientos cuando le asignó el destartalado ataúd que ahora apartaba de su camino, buscando la caja de Fenner.
Fue justo al reconocer el ataúd del viejo Matt cuando la puerta se cerró de un portazo, empujada por el viento, dejándolo en una penumbra aún más profunda que la de antes. El angosto tragaluz admitía sólo el paso de los más débiles rayos, y el ventiladero sobre su cabeza virtualmente ninguna, así que se vio obligado a un profano palpar mientras hacía un trastabilleante camino entre las cajas, rumbo al pestillo. En esa penumbra fúnebre agitó el mohoso pomo, empujó las planchas de hierro y se preguntó por qué el enorme portón se había vuelto repentinamente tan recalcitrante. En ese crepúsculo, además, comenzó a comprender la verdad y gritó en voz alta, mientras su caballo, fuera, no pudo más que darle una réplica, aunque poco amistosa. Porque el pestillo tanto tiempo descuidado se había roto sin duda, dejando al descuidado enterrador atrapado en la cripta, víctima de su propia desidia.
Aquello debió suceder sobre las tres y media de la tarde. Birch, siendo de temperamento flemático y práctico, no gritó durante mucho tiempo, sino que procedió a buscar algunas herramientas que recordaba haber visto en una esquina de la sala. Es dudoso que sintiera todo el horror y lo horripilante de su posición, pero el solo hecho de verse atrapado tan lejos de los caminos transitados por los hombres era suficiente para exasperarlo por completo. Su trabajo diurno se había visto tristemente interrumpido, y a no ser que la suerte llevase en aquellos momentos a algún caminante hasta las cercanías, debería quedarse allí toda la noche o más tarde. Pronto apareció el montón de herramientas y, seleccionando martillo y cincel, Birch regresó, entre los ataúdes, a la puerta. El aire había comenzado a ser excesivamente malsano, pero no prestó atención a este detalle mientras se afanaba, medio a tientas, contra el pesado y corroído metal del pestillo. Hubiera dado lo que fuera por tener una linterna o un cabo de vela, pero, careciendo de ambos, chapuceaba como podía, medio a ciegas.
Cuando se cercioró de que el pestillo estaba bloqueado sin remisión, al menos para herramientas tan rudimentarias y bajo tales condiciones tenebrosas de luz, Birch buscó alrededor otra forma de escapar. La cripta había sido excavada en una ladera, por lo que el angosto túnel de ventilación del techo corría a través de algunos metros de tierra, haciendo que esta dirección fuera inútil de considerar. Sobre la puerta, no obstante, el tragaluz alto y en forma de hendidura, situado en la fachada de ladrillo, dejaba pensar en que podría ser ensanchado por un trabajador diligente, de ahí que sus ojos se demoraran largo rato sobre él mientras se estrujaba el cerebro buscando métodos de escapatoria. No había nada parecido a una escalera en aquella tumba, y los nichos para ataúdes situados a los lados y el fondo -que Birch apenas se molestaba en utilizar- no permitían trepar hasta encima de la puerta. Sólo los mismos ataúdes quedaban como potenciales peldaños, y, mientras consideraba aquello, especuló sobre la mejor forma de colocarlos. Tres ataúdes de altura, supuso, permitirían alcanzar el tragaluz, pero lo haría mejor con cuatro, lo más estable posible. Mientras lo planeaba, no pudo por menos que desear que las unidades de su planeada escalera hubieran sido hechas con firmeza. Que hubiera tenido la suficiente imaginación como para desear que estuvieran vacías, ya resultaba más dudosa.
Finalmente, decidió colocar una base de tres, paralelos al muro, para colocar sobre ellos dos pisos de dos y, encima de éstos, uno solo que serviría de plataforma. Tal estructura permitiría el ascenso con un mínimo de problemas y daría la deseada altura. Aún mejor, pensó, podría utilizar sólo dos cajas de base para soportar todo, dejando uno libre, que podría ser colocado en lo alto en caso de que tal forma de escape necesitase aún mayor altitud. Y, de esta forma, el prisionero se esforzó en aquel crepúsculo, desplazando los inertes restos de mortalidad sin la menor ceremonia, mientras su Torre de Babel en miniatura iba ascendiendo piso a piso. Algunos de los ataúdes comenzaron a rajarse bajo el esfuerzo del ascenso, y él decidió dejar el sólidamente construido ataúd del pequeño Matthew Fenner para la cúspide, de forma que sus pies tuvieran una superficie tan sólida como fuera posible. En la escasa luz había que confiar ante todo en el tacto para seleccionar la caja adecuada y, de hecho, la encontró por accidente, ya que llegó a sus manos como a través de alguna extraña volición, después de que la hubiera colocado inadvertidamente junto a otra en el tercer piso.
Al cabo, la torre estuvo acabada, y sus fatigados brazos descansaron un rato, durante el que se sentó en el último peldaño de su espantable artefacto; luego, Birch ascendió cautelosamente con sus herramientas y se detuvo frente al angosto tragaluz. Los bordes eran totalmente de ladrillo y había pocas dudas de que, con unos pocos golpes de cincel, se abriría lo bastante como para permitir el paso de su cuerpo. Mientras comenzaba a golpear con el martillo, el caballo, fuera, relinchaba en un tono que podría haber sido tanto de aliento como de burla. Cualquiera de los dos supuestos hubiera sido apropiado, ya que la inesperada tenacidad de la albañilería, fácil a simple vista, resultaba sin duda sardónicamente ilustrativa de la vanidad de los anhelos de los mortales, aparte de motivo de una tarea cuya ejecución necesitaba cada estímulo posible.
Llegó el anochecer y encontró a Birch aún pugnando. Trabajaba ahora sobre todo el tacto, ya que nuevas nubes cubrieron la luna y, aunque los progresos eran todavía lentos, se sentía envalentonado por sus avances en lo alto y lo bajo de la abertura. Estaba seguro de que podría tenerlo listo a medianoche... aunque era una característica suya el que esto no contuviera para él implicaciones temibles. Ajeno a opresivas reflexiones sobre la hora, el lugar y la compañía que tenía bajo sus pies, despedazaba filosóficamente el muro de piedra, maldiciendo cuando lo alcanzaba un fragmento en el rostro, y riéndose cuando alguno daba en el cada vez más excitado caballo que piafaba cerca del ciprés. Al final, el agujero fue lo bastante grande como para intentar pasar el cuerpo por él, agitándose hasta que los ataúdes se mecieron y crujieron bajo sus pies. Descubrió que no necesitaba apilar otro para conseguir la altura adecuada, ya que el agujero se encontraba exactamente en el nivel apropiado, siendo posible usarlo tan pronto como el tamaño así lo permitiera.
Debía ser ya la medianoche cuando Birch decidió que podía atravesar el tragaluz. Cansado y sudando, a pesar de los muchos descansos, bajó al suelo y se sentó un momento en la caja del fondo a tomar fuerzas para el esfuerzo final de arrastrarse y saltar al exterior. El hambriento caballo estaba relinchando repetidamente y de forma casi extraña, y él deseó vagamente que parara. Se sentía curiosamente desazonado por su inminente escapatoria y casi espantado de intentarlo, ya que su físico tenía la indolente corpulencia de la temprana media edad. Mientras ascendía por los astillados ataúdes sintió con intensidad su peso, especialmente cuando, tras llegar al de más arriba, escuchó ese agravado crujir que presagiaba la fractura total de la madera. Al parecer, había planificado en vano elegir el más sólido de los ataúdes para la plataforma, ya que, apenas apoyó todo su peso de nuevo sobre esa pútrida tapa, ésta cedió, hundiéndole medio metro sobre algo que no quería ni imaginar. Enloquecido por el sonido, o por el hedor que se expandió al aire libre, el caballo lanzó un alarido que era demasiado frenético para un relincho, y se lanzó enloquecido a través de la noche, con la carreta traqueteando enloquecidamente a su zaga.
Birch, en esa espantosa situación, se encontraba ahora demasiado abajo para un fácil ascenso hacia el agrandado tragaluz, pero acumuló energías para un intento concreto. Asiendo los bordes de la abertura, trataba de auparse cuando notó un extraño impedimento en forma de una especie de tirón en sus dos tobillos. Enseguida sintió miedo por primera vez en la noche, ya que, aunque pugnaba, no conseguía librarse del desconocido agarrón que hacía presa de sus tobillos en entorpecedora cautividad. Horribles dolores, como de salvajes heridas, le laceraron las pantorrillas, y en su mente se produjo un remolino de espanto mezclado con un inamovible materialismo que sugería astillas, clavos sueltos y similares, propios de una caja rota de madera. Quizás gritó. Y en todo momento pateaba y se debatía frenética y casi automáticamente mientras su conciencia casi se eclipsaba en un medio desmayo.
El instinto guió su deslizamiento a través del tragaluz, y, en el arrastrar que siguió, cayó con un golpetazo sobre el húmedo terreno. No podía caminar, al parecer, y la emergente luna debió presenciar una horrible visión mientras él arrastraba sus sangrantes tobillos hacia la portería del cementerio; los dedos hundiéndose en el negro mantillo, apresurándose sin pensar, y el cuerpo respondiendo con una enloquecedora lentitud que se sufre cuando uno es perseguido por los fantasmas de la pesadilla. No obstante, era evidente que no había perseguidor alguno, ya que se encontraba solo y vivo cuando Armington, el guarda, respondió a sus débiles arañazos en la puerta.
Armington ayudó a Birch a llegar a una cama disponible y envió a su hijo pequeño, Edwin, a buscar al doctor Davis. El herido estaba plenamente consciente, pero no pudo decir nada coherente, sino simplemente musitar: "¡Ah, mis tobillos!" "Déjame" o "Encerrado en la tumba". Luego llegó el doctor con su maletín, hizo algunas preguntas escuetas y quitó al paciente la ropa, los zapatos y los calcetines. Las heridas, ya que ambos tobillos estaban espantosamente lacerados en torno a los tendones de Aquiles, parecieron desconcertar sobremanera al viejo médico y, por último, casi espantarlo. Su interrogatorio se hizo más que médicamente tenso, y sus manos temblaban al curar los miembros lacerados, vendándolos como si desease perder de vista las heridas lo antes posible.
Siendo, como era Davis, un doctor frío e impersonal, el ominoso y espantoso interrogatorio resultó de lo más extraño, intentando arrancar al fatigado enterrador cada mínimo detalle de su horrible experiencia. Se encontraba tremendamente ansioso de saber si Birch estaba seguro -absolutamente seguro- de que era el ataúd de Fenner en la penumbra, y de cómo había distinguido éste del duplicado de inferior calidad del ruin de Asaph Sawyer. ¿Podría la sólida caja de Fenner ceder tan fácilmente? Davis, un profesional con larga experiencia en el pueblo, había estado en ambos funerales, aparte de haber atendido a Fenner como a Sawyer en su última enfermedad. Incluso se había preguntado, en el funeral de éste último, cómo el vengativo granjero podría caber en una caja tan acorde al diminuto Fenner.
Davis se fue el cabo de dos horas largas, urgiendo a Birch a insistir en todo momento que sus heridas eran producto enteramente de clavos sueltos y madera astillada. ¿Qué más, añadió, podría probarse o creerse en cualquier caso? Pero haría bien en decir tan poco como pudiera y en no dejar que otro médico tratase sus heridas. Birch tuvo en cuenta tal recomendación el resto de su vida, hasta que me contó la historia, y cuando vi las cicatrices -antiguas y desvaídas como eran- convine en que había obrado juiciosamente. Quedó cojo para siempre, porque los grandes tendones fueron dañados, pero creo que mayor fue la cojera de su espíritu. Su forma de pensar, otrora flemática y lógica, estaba indeleblemente afectada y resultaba penoso notar su respuesta a ciertas alusiones fortuitas como "viernes", "tumba", "ataúd", y palabras de menos obvia relación. Su espantado caballo había vuelto a casa, pero su ingenio nunca lo hizo. Cambió de negocio, pero siempre anduvo recomido por algo. Podía ser sólo miedo, o miedo mezclado con una extraña y tardía clase de remordimiento por antiguas atrocidades cometidas. La bebida, claro, sólo agravó lo que trataba de aliviar.
Cuando el doctor Davis dejó a Birch esa noche, tomó una linterna y fue al viejo mortuorio. La luna brillaba en los dispersos trozos de ladrillo y en la roída fachada, así como en el picaporte de la gran puerta, lista para abrirse con un toque desde el exterior. Fortificado por antiguas ordalías en salas de disección, el doctor entró y miró alrededor, conteniendo la náusea corporal y espiritual ante todo lo que tenía ante la vista y el olfato. Gritó una vez, y luego lanzó un boqueo que era más terrible que cualquier grito. Después huyó a la casa y rompió las reglas de su profesión alzando y sacudiendo a su paciente, lanzándole una serie de estremecedores susurros que punzaron en sus oídos como el siseo del vitriolo.
-¡Era el ataúd de Asaph, Birch, tal como pensaba! Conozco sus dientes, con esa falta de incisivos superiores... ¡Nunca, por dios, muestre esas heridas! El cuerpo estaba bastante corrompido, pero si alguna vez he visto un rostro vengativo... o lo que fue un rostro... ya sabe que era como un demonio vengativo... cómo arruinó al viejo Raymond treinta años después de su pleito de lindes, y cómo pateó al perrillo que quiso morderlo el agosto pasado... era el demonio encarnado, Birch, y creo que su afán de revancha puede vencer a la misma Madre Muerte. ¡Dios mío, qué rabia! ¡No quiero ni pensar en que se hubiera fijado en mí!
-¿Por qué lo hizo, Birch? Era un canalla, y no le reprocho que le diera un ataúd de segunda, ¡pero fue demasiado lejos! Bastante tenía con apretujarlo de alguna manera ahí, pero usted sabía cuán pequeño de cuerpo era el viejo Fenner.
-Nunca podré borrar esa imagen de mis ojos mientras viva. Usted debió de patalear fuerte, porque el ataúd de Asaph estaba en el suelo. Su cabeza se había roto y todo estaba desparramado. Mira que he visto cosas, pero eso era demasiado. ¡Ojo por ojo! Cielos, Birch, usted se lo buscó. La calavera me revolvió el estómago, pero lo otro era peor... ¡Esos tobillos aserrados para hacerle caber en el ataúd desechado de Matt Fenner!



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