.

GOTICO

↑ Grab this Headline Animator

..

mitos-mexicanos juegos gratis Creative Commons License Esta obra es publicada bajo una licencia Creative Commons.

.

.

-

,

miércoles, junio 20, 2007

LOS NIÑOS FELICES // ARTHUR MACHEN

LOS NIÑOS FELICES

Arthur Machen

Un día después de la Navidad de 1915, mis deberes profesionales me llevaron al Norte; o, para ser más preciso, como nuestros convencionalismos, al "Distrito Nordeste". Había habido ciertas charlas singulares; varios chismorreos respecto a que los alemanes tenían un "escondrijo" por parte de Malton Head. Nadie parecía saber exactamente qué hacían allí o que esperaban lograr. Mas la información corría como un incendio de una boca a otra, y se creyó conveniente que tal habladuría fuese seguida hasta sus orígenes, y expuesta al público o negada de una vez por todas.

Me dirigí, pues, al Distrito Nordeste, el domingo 26 de diciembre de 1915, y continué mis investigaciones a partir de la Bahía Helmsdale, que es un pequeño pueblo marítimo situado a tres kilómetros escasos del cabo Malton. La gente de los prados y las marismas también se habían enterado de la fábula, considerándola con supremo desdén. Por lo que pude averiguar, dicho cuento había tenido origen en los juegos de unos niños que durante el verano habían vivido en Helmsdale. Habían improvisado un burdo drama de espías alemanes y su captura, y habían utilizado la Caverna Helvy, situada entre Helmsdale y el cabo Malton, como escenario de sus juegos. Esto era todo; aparentemente, los bobos habían hecho el resto; los bobos que creían de todo corazón a los "rusos", y se persignaban ante aquel que expresaba sus dudas respecto a los "Angeles de Mons".

- Los niños forjaron un cuento que no se creían - me espetó un habitante del pueblo, que seguramente me juzgó más prudente que otras personas.

Naturalmente, no podía comprender, pese a todo, que un periodista tiene dos deberes: proclamar la verdad y denunciar la mentira.

A primeras horas de la tarde del lunes, ya había terminado con los "alemanes" y su escondite, y decidí detenerme en Banwick antes de regresar a casa, pues había oído comentar a menudo que era un lugar bellísimo y curioso. De modo que cogí el tren de la una y media, y empecé a internarme, deteniéndome en muchas estaciones desconocidas en medio de las grandes mesetas; cambié de tren en Marishes Ambo, y proseguí el viaje por un territorio extraño, a la escasa luz de la tarde invernal. De pronto, el tren abandonó el terreno llano y comenzó a descender por una cañada profunda y estrecha, oscurecida por bosques a cada lado, amarillenta por las ramas quebradas, solemne en su soledad. Lo único que se movía era el río acaudalado y turbulento que espumeaba sobre las rocas, y formaba plácidos remansos en las orillas.

Los oscuros bosques se diseminaron en grupos de antiguas matas de espinos; grandes rocas grises, de formas raras, surgían del suelo; y otras dentadas se elevaban hacia las alturas a cada lado de la cañada. El río iba creciendo y ensanchándose, y siguiendo su curso llegamos a Banwick al ponerse el sol.

Contemplé la maravilla de la ciudad a la luz del crepúsculo, rojizo por occidente. Las nubes ensombrecían los rosales; había mares de verdor por entre islas de luz carmesí; y nubes relucientes como espadas flamígeras, como dragones de fuego. Y por debajo de aquellos colores, de aquellas luces confundidos se veían las luces del puerto abajo, y más arriba, al otro lado del puente, la abadía en ruinas y la inmensa iglesia en la colina.

Salí de la estación por una antigua calle, tortuosa y estrecha, con recintos cavernosos y patios que se abrían al otro lado, y tramos de peldaños que ascendían hacia las terrazas de las casas, o descendían al puerto y a la marea del agua. Distinguí muchas casas torcidas, casi hundidas por el peso de los años, casi por debajo del nivel del suelo, con techumbres de troncos de árbol derruidas y portales encorvados, con rastros de grabados grotescos en sus muros. Y cuando llegué al muelle, al otro lado del puerto había la más asombrosa confusión de techos de tejas rojas que había visto en mi vida, y la gran iglesia normanda de color gris, en la colina pelada que los dominaba. Más abajo, las barcas se balanceaban con la marea, y el agua ardía en los fuegos del atardecer. Era la ciudad de un sueño mágico. Estuve en el muelle hasta que en el cielo hubo desaparecido todo resplandor, y las aguas y la noche invernal quedaron completamente a oscuras en Banwick.

Hallé una vieja posada junto al puerto. Los muros de las habitaciones iban al encuentro unas de otras, formando unos extraños e inesperados ángulos; había agudas proyecciones y raras junturas de ladrillos, como si una habitación tratase de internarse en otra; había indicios de escaleras imprevistas en los rincones de los techos. Mas también había un bar donde Tom Smart había gustado de sentarse, con un buen fuego de leños, viejos sillones y bastantes perspectivas de conseguir "algo caliente" después de cenar.

Me senté en tan agradable lugar una hora o dos, y conversé con la amable gente del pueblo que entraba y salía. Todos me hablaban de las viejas aventuras o la industria de la población. Antaño era un gran puerto ballenero, y tenían unos magníficos astilleros; y más adelante, Banwick fue famoso por su corte del ámbar.

- Pero ahora ya no es nada - se entristeció un parroquiano del bar -, y nosotros nada poseemos.

Salí a dar una vuelta antes de cenar. Banwick estaba en tinieblas, en espesas tinieblas. Por buenos motivos, no ardía en sus calles ni una sola luz; y apenas se distinguían algunos resquicios luminosos a través de los visillos de las ventanas. Era como andar por una ciudad de la Edad Media, con las formas antiguas de las casas apenas visibles en la oscuridad, formas que me recordaban los cuadros extraños y cavernosos del París y Tours medievales que trazó Doré.

Apenas había nadie en las calles; aunque todos los patios y callejones parecían llenos de niños. Divisé a varios corriendo aquí y allá. Y nunca había oído unas voces infantiles tan felices. Unos cantaban, otros reían, y atisbando por una de las oscuras cavernas, percibí un corro de niños que danzaban, dando vueltas y más vueltas, cantando con voces muy diáfanas una bella melodía; seguramente una tonadilla local, supuse, ya que se trataba de unas modulaciones que jamás había escuchado.

Regresé a la posada y hablé con su propietario respecto a la gran cantidad de niños que jugaban en las oscuras calles y en los patios, y en lo felices que todos me habían parecido.

Durante un instante me contempló fijamente y al fin me dijo:

- Bueno, caballero, los niños andan un poco sueltos estos días. Sus padres se hallan en el frente, y sus madres no pueden dominarlos ni sujetarlos en casa. De modo que todos se han vuelto un poco salvajes.

Había algo raro en su expresión. Pero no conseguí descubrir en que estribaba la rareza. Y me di cuenta de que mi observación le había dejado inquieto, pero yo ignoraba en absoluto qué le pasaba. Cené y me senté un par de horas a discutir de los "alemanes" en su escondite del cabo Malton.

Terminé mi relato del mito alemán, y en vez de irme a la cama, decidí que debía dar otra vuelta por Banwick, envuelto en su maravillosa oscuridad. De modo que salí y crucé el puente subiendo por la calle del otro lado, donde se veía (se hubiese visto en pleno día) el amontonamiento de tejados rojos casi unos encima de otros, que había contemplado aquel atardecer. Ante mi asombro, vi que los extraordinarios niños de Banwick continuaban en la calle, alborotando, jugando y riendo, bailando y cantando, por las escaleras que daban a los patios interiores, pareciendo de esta forma que flotasen en el aire. Sus alegres carcajadas resonaban como campanadas en la noche.

Eran las once y cuarto cuando salí de la posada, y estaba precisamente pensando que las madres de aquella población eran excesivamente indulgentes con sus hijos, cuando éstos empezaron a entonar la antigua melodía que ya había escuchado antes. Las diáfanas y modélicas voces se elevaban en la oscuridad: a lo que me pareció, por centenares. Yo me hallaba en una callejuela, y vi con gran estupor que los niños pasaban ante mí en una larga procesión que ascendía por la colina hacia la abadía. Ignoro si había aparecido una luna muy pálida, o si las nubes pasaban por delante de las estrellas; pero el aire se aplacó, y conseguí divisar a los niños con toda claridad, andando lentamente y cantando, en un transporte de exaltación en tanto entonaban la dulce melodía en medio del bosque invernal, que en aquellos momentos parecía transformado por una temprana primavera.

Todos vestían de blanco, algunos con extrañas marcas en sus cuerpos que, supuse, tenían cierto significado en aquel fragmento de místico misterio que estaba yo contemplando.

Muchos llevaban coronas hechas con algas húmedas en torno a las sienes; uno mostraba una cicatriz pintada en la garganta; un chiquillo llevaba una túnica abierta, y señalaba una profunda herida encima del corazón, de la que parecía manar sangre; otro niño tenía las manitas muy separadas, con las palmas llenas de espinos y sangrando, como si se las hubiesen atravesado. Uno de los cantores llevaba un bebé en brazos, e incluso éste presentaba una herida en la cara.

La procesión pasó ante mí, y oí cantar a los niños mientras seguían ascendiendo por la colina hacia la antigua iglesia. Regresé a la posada, y al atravesar el puente me asaltó de repente la idea de que era el día de los Santos Inocentes. Sin duda, acababa de presenciar una confusa reliquia de alguna tradición medieval, por lo que al llegar a mi destino le formulé al posadero unas preguntas al respecto.

Entonces comprendí el significado de la extraña expresión que antes había observado en su rostro. Empezó a temblar y a estremecerse de horror; y luego se alejó de mí como si yo fuese un mensajero de la muerte.

Unas semanas más tarde estaba leyendo un libro titulado "Los antiguos ritos de Banwick". Lo había escrito, en el reinado de la reina Isabel I de Inglaterra, un autor anónimo que había conocido el esplendor de la antigua abadía y la desolación que la asoló. Y hallé este pasaje:

"Y en el Día de los Inocentes, a medianoche, se celebró un maravilloso y solemne servicio religioso. Ya que cuando los monjes terminaron de cantar el Tedéum en los maitines, subió al altar el abad, espléndidamente ataviado con una vestidura de oro, por lo que era una maravilla contemplarle. Y también entraron en el templo todos los niños de tierna edad de Banwick, todos ataviados con túnicas blancas. Luego, el abad empezó a cantar la misa de los Santos Inocentes. Y cuando terminó la consagración de la misa, se adelantó hasta el Santo Libro el niño más pequeño de cuantos se hallaban presentes y podían estar de pie. Y este niño llegó al altar, y el abad lo instaló en un trono de oro reluciente, y se inclinó y lo adoró, entonando:

Talium Regnum Celoerum, Aleluya. De éste es el Reino de los Cielos, Aleluya.

Y todo el coro cantó en respuesta:

Amicti sunt stolis albis, Aleluya, Aleluya. (Vestidos están con túnicas blancas, Aleluya, Aleluya).

Y el prior y todos los monjes, por orden, adoraron y reverenciaron al niño que se hallaba sentado en el trono."

Yo había presenciado la procesión de la Orden Blanca de los Santos Inocentes. Había visto a los que salían cantando de las aguas profundas donde se hallaba el Lusitania; había visto a los mártires inocentes de los campos de Flandes y Francia
regocijándose ante la idea de oír misa en su morada espiritual.

viernes, junio 15, 2007

RESUMEN DE MAXIMAS de FRANÇOIS DE LAROCHEFOUCAULD

Máximas
François de Larochefoucauld



1. Lo que tomamos por virtudes a menudo no es más que un compuesto de
diversas acciones y diversos intereses que el azar o nuestro ingenio
consiguen armonizar, y no es siempre el valor y la castidad lo que hace que
los hombres sean valientes y que las mujeres sean castas.

2. El amor propio es el mayor de los aduladores.

3. Por muchos descubrimientos que hayamos hecho en el país del amor
propio, siempre quedarán muchas tierras desconocidas.

4. El amor propio es más ingenioso que el hombre más ingenioso de este
mundo.

5. La duración de nuestras pasiones depende tan poco de nosotros como la
duración de nuestra vida.

6. La pasión a menudo convierte en loco al más sensato de los hombres, y a
menudo también hace sensatos a los más locos.

7. Esas acciones grandiosas y espléndidas que deslumbran, según los políticos
son efecto de grandes designios, pero por lo común tan solo son efecto del
talante y de las pasiones. Así, la guerra de Augusto con Antonio, que se
atribuye a la ambición de ambos por llegar a ser dueños del mundo, tal vez
no fue más que una consecuencia de la envidia.

8. Las pasiones son los únicos oradores que siempre persuaden. Son como un
arte de la naturaleza cuyas reglas son infalibles; y el hombre más romo
cuando le domina la pasión persuade mejor que el más elocuente que carece
de ella.

9. Las pasiones contienen una injusticia y un interés propio que hace que sea
peligroso seguirlas, y que convenga desconfiar de ellas, incluso cuando
parecen muy razonables.

10. Existe en el corazón humano una generación perpetua de pasiones, de tal
manera que la ruina de una coincide casi siempre con el advenimiento de
otra.

11. Las pasiones engendran a menudo otras que son sus contrarias: la avaricia
produce a veces la prodigalidad, y la prodigalidad la avaricia; a menudo
somos firmes por ser débiles, y audaces por cobardía.

12. Por mucho que nos esforcemos por cubrir las pasiones con apariencias de
piedad y de honor, siempre se manifiestan a través de esos velos.

13. Nuestro amor propio sufre con mayor impaciencia la condenación de
nuestras aficiones que la de nuestras pasiones.

14. No sólo los hombres tienden a perder el recuerdo de los beneficios y de las
injurias, sino que incluso odian a sus benefactores y dejan de odiar a quien
los ofendió. La perseverancia en recompensar el bien y vengarse del mal les
parece una servidumbre demasiado gravosa.

15. La clemencia de los príncipes a menudo no es más que política para ganarse
el afecto de los pueblos.

16. Esa clemencia, de la que se hace una virtud, a veces se practica por vanidad,
otras por pereza, a menudo por miedo, y casi siempre por esas tres razones
juntas.

17. La moderación de las personas felices se debe a la placidez que la buena
fortuna da a su temperamento.

18. La moderación es un temor a caer en la envidia y en el desdén que merecen
los que se embriagan con su dicha; es una vana ostentación de la fuerza de
nuestro ánimo; y finalmente, la moderación de los hombres que se ven muy
encumbrados es un deseo de parecer más grandes aún que su buena fortuna.

19. Todos tenemos fortaleza suficiente para soportar los males ajenos.

20. La fortaleza de los hombres juiciosos no es más que el arte de encerrar el
propio desasosiego dentro del corazón.

21. Aquellos a quienes se condena al suplicio manifiestan a veces una fortaleza
y un desprecio a la muerte que en realidad no es más que el temor a mirarla
cara a cara; de modo que puede decirse que esa fortaleza y ese desprecio son
para su ánimo lo que la venda es a sus ojos.

22. La filosofía triunfa fácilmente de los males pasados y de los males por venir,
pero los males presentes triunfan sobre ella.

23. Pocos son los que conocen la muerte; es algo que no suele aceptarse por
decisión propia, sino por estolidez y por costumbre, y la mayoría de los
hombres mueren porque no hay remedio para la muerte.

24. Cuando los grandes hombres se dejan abatir por la duración de sus
infortunios, demuestran que sólo los soportaban por la fuerza de su
ambición, y no por la de su ánimo, y que, sin más diferencia que una gran
vanidad, los héroes son iguales que los demás hombres.

25. Se necesitan virtudes más grandes para soportar la prosperidad que la suerte
adversa.

26. Ni el sol ni la muerte pueden mirarse de hito en hito.

27. A menudo se hace ostentación de las pasiones, aunque sean las más
criminales; pero la envidia es una pasión cobarde y vergonzosa, que nadie se
atreve nunca a admitir.

28. En cierto modo los celos son algo justo y razonable, puesto que tienden a
conservar un bien que nos pertenece o que creemos que nos pertenece,
mientras que la envidia es un furor que no puede tolerar el bien de los
demás.

29. El mal que hacemos no nos atrae tanta persecución y tanto odio como
nuestras buenas cualidades.

30. Tenemos más fuerza que voluntad, y a menudo para disculparnos a
nosotros mismos suponemos que las cosas son imposibles.

31. Si no tuviéramos defectos no sentiríamos tanto placer descubriendo los de
los demás.

32. Los celos se alimentan de dudas, y se convierten en furor o se extinguen
apenas pasamos de la duda a la certidumbre.

33. El orgullo se resarce siempre y no pierde nada, incluso cuando renuncia a la
vanidad.

34. Si no tuviéramos orgullo no nos quejaríamos del de los demás.

35. El orgullo es igual en todos los hombres, sólo varían los medios y la manera
de manifestarlo.

36. Parece como si la naturaleza, que tan sabiamente dispuso los órganos de
nuestro cuerpo para hacernos felices, hubiera querido darnos también el
orgullo para evitarnos el dolor de conocer nuestras imperfecciones.

37. El orgullo interviene más aún que la bondad en nuestras represiones a
quienes han cometido algún yerro, y les reprendemos más que para
corregirles, para convencerles de que estamos exentos de él.

38. Prometemos según nuestras esperanzas, y cumplimos según nuestros
temores.

39. El interés habla toda suerte de lenguas y representa toda suerte de
personajes, incluso el del desinteresado.

40. El interés, que ciega a unos, ilumina a otros.


41. Los que ponen demasiado empeño en las cosas pequeñas, por lo común se
hacen incapaces de hacer las grandes.

42. Carecemos de fuerza suficiente para seguir toda nuestra razón.

43. Con frecuencia el hombre cree estar conduciéndose a sí mismo cuando es
conducido, y mientras con su mente tiende a una meta, su corazón le
arrastra insensiblemente hacia otra.

44. La fuerza y la flaqueza del ánimo tienen nombres engañosos; en realidad no
son más que la buena o mala disposición de los órganos del cuerpo.

45. El capricho de nuestro humor es aún más arbitrario que el de la suerte.

Resumen virtual ...

Seguidores

UNOS SITIOS PARA PERDERSE UN RATO

¿QUIERES SALIR AQUI? , ENLAZATE