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sábado, junio 12, 2010

Jorge Manrique - (1440-1479) - Coplas por la muerte de su padre




Jorge Manrique

(1440-1479) Coplas por la muerte de su padre Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte 5 tan callando, cuán presto se va el placer, cómo, después de acordado, da dolor; cómo, a nuestro parecer, 10 cualquiera tiempo pasado fue mejor. Pues si vemos lo presente cómo en un punto se es ido y acabado, 15 si juzgamos sabiamente, daremos lo no venido por pasado. No se engañe nadie, no, pensando que ha de durar 20 lo que espera, más que duró lo que vio porque todo ha de pasar por tal manera. Nuestras vidas son los ríos 25 que van a dar en la mar, que es el morir; allí van los señoríos derechos a se acabar y consumir; 30 allí los ríos caudales, allí los otros medianos y más chicos, y llegados, son iguales los que viven por sus manos 35 y los ricos. Invocación: Dejo las invocaciones de los famosos poetas y oradores; no curo de sus ficciones, 40 que traen yerbas secretas sus sabores; A aquél sólo me encomiendo, aquél sólo invoco yo de verdad, 45 que en este mundo viviendo el mundo no conoció su deidad. Este mundo es el camino para el otro, que es morada 50 sin pesar; mas cumple tener buen tino para andar esta jornada sin errar. Partimos cuando nacemos, 55 andamos mientras vivimos, y llegamos al tiempo que fenecemos; así que cuando morimos descansamos. 60 Este mundo bueno fue si bien usáramos de él como debemos, porque, según nuestra fe, es para ganar aquél 65 que atendemos. Aun aquel hijo de Dios, para subirnos al cielo descendió a nacer acá entre nos, 70 y a vivir en este suelo do murió. Ved de cuán poco valor son las cosas tras que andamos y corremos, 75 que en este mundo traidor, aun primero que muramos las perdamos: de ellas deshace la edad, de ellas casos desastrados 80 que acaecen, de ellas, por su calidad, en los más altos estados desfallecen. Decidme: la hermosura, 85 la gentil frescura y tez de la cara, el color y la blancura, cuando viene la vejez, ¿cuál se para? 90 Las mañas y ligereza y la fuerza corporal de juventud, todo se torna graveza cuando llega al arrabal 95 de senectud. Pues la sangre de los godos, y el linaje y la nobleza tan crecida, ¡por cuántas vías y modos 100 se pierde su gran alteza en esta vida! Unos, por poco valer, ¡por cuán bajos y abatidos que los tienen! 105 otros que, por no tener, con oficios no debidos se mantienen. Los estados y riqueza que nos dejan a deshora, 110 ¿quién lo duda? no les pidamos firmeza, pues son de una señora que se muda. Que bienes son de Fortuna 115 que revuelven con su rueda presurosa, la cual no puede ser una ni estar estable ni queda en una cosa. 120 Pero digo que acompañen y lleguen hasta la huesa con su dueño: por eso nos engañen, pues se va la vida apriesa 125 como sueño; y los deleites de acá son, en que nos deleitamos, temporales, y los tormentos de allá, 130 que por ellos esperamos, eternales. Los placeres y dulzores de esta vida trabajada que tenemos, 135 no son sino corredores, y la muerte, la celada en que caemos. No mirando nuestro daño, corremos a rienda suelta 140 sin parar; desque vemos el engaño y queremos dar la vuelta, no hay lugar. Si fuese en nuestro poder 145 hacer la cara hermosa corporal, como podemos hacer el alma tan glorïosa, angelical, 150 ¡qué diligencia tan viva tuviéramos toda hora, y tan presta, en componer la cativa, dejándonos la señora 155 descompuesta! Esos reyes poderosos que vemos por escrituras ya pasadas, por casos tristes, llorosos, 160 fueron sus buenas venturas trastornadas; así que no hay cosa fuerte, que a papas y emperadores y prelados, 165 así los trata la muerte como a los pobres pastores de ganados. Dejemos a los troyanos, que sus males no los vimos 170 ni sus glorias; dejemos a los romanos, aunque oímos y leímos sus historias. No curemos de saber 175 lo de aquel siglo pasado qué fue de ello; vengamos a lo de ayer, que también es olvidado como aquello. 180 ¿Qué se hizo el rey don Juan? Los infantes de Aragón ¿qué se hicieron? ¿Qué fue de tanto galán, qué fue de tanta invención 185 como trajeron? Las justas y los torneos, paramentos, bordaduras y cimeras, ¿fueron sino devaneos? 190 ¿qué fueron sino verduras de las eras? ¿Qué se hicieron las damas, sus tocados, sus vestidos, sus olores? 195 ¿Qué se hicieron las llamas de los fuegos encendidos de amadores? ¿Qué se hizo aquel trovar, las músicas acordadas 200 que tañían? ¿Qué se hizo aquel danzar, aquellas ropas chapadas que traían? Pues el otro, su heredero, 205 don Enrique, ¡qué poderes alcanzaba! ¡Cuán blando, cuán halaguero el mundo con sus placeres se le daba! 210 Mas verás cuán enemigo, cuán contrario, cuán cruel se le mostró; habiéndole sido amigo, ¡cuán poco duró con él 215 lo que le dio! Las dádivas desmedidas, los edificios reales llenos de oro, las vajillas tan febridas, 220 los enriques y reales del tesoro; los jaeces, los caballos de sus gentes y atavíos tan sobrados, 225 ¿dónde iremos a buscallos? ¿qué fueron sino rocíos de los prados? Pues su hermano el inocente, que en su vida sucesor 230 se llamó, ¡qué corte tan excelente tuvo y cuánto gran señor le siguió! Mas, como fuese mortal, 235 metióle la muerte luego en su fragua. ¡Oh, juïcio divinal, cuando más ardía el fuego, echaste agua! 240 Pues aquel gran Condestable, maestre que conocimos tan privado, no cumple que de él se hable, sino sólo que lo vimos 245 degollado. Sus infinitos tesoros, sus villas y sus lugares, su mandar, ¿qué le fueron sino lloros? 250 ¿Qué fueron sino pesares al dejar? Y los otros dos hermanos, maestres tan prosperados como reyes, 255 que a los grandes y medianos trajeron tan sojuzgados a sus leyes; aquella prosperidad que tan alta fue subida 260 y ensalzada, ¿qué fue sino claridad que cuando más encendida fue amatada? Tantos duques excelentes, 265 tantos marqueses y condes y varones como vimos tan potentes, di, muerte, ¿dó los escondes y traspones? 270 Y las sus claras hazañas que hicieron en las guerras y en las paces, cuando tú, cruda, te ensañas, con tu fuerza las atierras 275 y deshaces. Las huestes innumerables, los pendones, estandartes y banderas, los castillos impugnables, 280 los muros y baluartes y barreras, la cava honda, chapada, o cualquier otro reparo, ¿qué aprovecha? 285 que si tú vienes airada, todo lo pasas de claro con tu flecha. Aquél de buenos abrigo, amado por virtuoso 290 de la gente, el maestre don Rodrigo Manrique, tanto famoso y tan valiente; sus hechos grandes y claros 295 no cumple que los alabe, pues los vieron, ni los quiero hacer caros pues que el mundo todo sabe cuáles fueron. 300 Amigo de sus amigos, ¡qué señor para criados y parientes! ¡Qué enemigo de enemigos! ¡Qué maestro de esforzados 305 y valientes! ¡Qué seso para discretos! ¡Qué gracia para donosos! ¡Qué razón! ¡Cuán benigno a los sujetos! 310 ¡A los bravos y dañosos, qué león! En ventura Octaviano; Julio César en vencer y batallar; 315 en la virtud, Africano; Aníbal en el saber y trabajar; en la bondad, un Trajano; Tito en liberalidad 320 con alegría; en su brazo, Aureliano; Marco Tulio en la verdad que prometía. Antonio Pío en clemencia; 325 Marco Aurelio en igualdad del semblante; Adriano en elocuencia; Teodosio en humanidad y buen talante; 330 Aurelio Alejandro fue en disciplina y rigor de la guerra; un Constantino en la fe, Camilo en el gran amor 335 de su tierra. No dejó grandes tesoros, ni alcanzó muchas riquezas ni vajillas; mas hizo guerra a los moros, 340 ganando sus fortalezas y sus villas; y en las lides que venció, muchos moros y caballos se perdieron; 345 y en este oficio ganó las rentas y los vasallos que le dieron. Pues por su honra y estado, en otros tiempos pasados, 350 ¿cómo se hubo? Quedando desamparado, con hermanos y criados se sostuvo. Después que hechos famosos 355 hizo en esta misma guerra que hacía, hizo tratos tan honrosos que le dieron aún más tierra que tenía. 360 Estas sus viejas historias que con su brazo pintó en juventud, con otras nuevas victorias ahora las renovó 365 en senectud. Por su grande habilidad, por méritos y ancianía bien gastada, alcanzó la dignidad 370 de la gran Caballería de la Espada. Y sus villas y sus tierras ocupadas de tiranos las halló; 375 mas por cercos y por guerras y por fuerza de sus manos las cobró. Pues nuestro rey natural, si de las obras que obró 380 fue servido, dígalo el de Portugal y en Castilla quien siguió su partido. Después de puesta la vida 385 tantas veces por su ley al tablero; después de tan bien servida la corona de su rey verdadero: 390 después de tanta hazaña a que no puede bastar cuenta cierta, en la su villa de Ocaña vino la muerte a llamar 395 a su puerta, diciendo: «Buen caballero, dejad el mundo engañoso y su halago; vuestro corazón de acero, 400 muestre su esfuerzo famoso en este trago; y pues de vida y salud hicisteis tan poca cuenta por la fama, 405 esfuércese la virtud para sufrir esta afrenta que os llama. No se os haga tan amarga la batalla temerosa 410 que esperáis, pues otra vida más larga de la fama glorïosa acá dejáis, (aunque esta vida de honor 415 tampoco no es eternal ni verdadera); mas, con todo, es muy mejor que la otra temporal perecedera. 420 El vivir que es perdurable no se gana con estados mundanales, ni con vida deleitable en que moran los pecados 425 infernales; mas los buenos religiosos gánanlo con oraciones y con lloros; los caballeros famosos, 430 con trabajos y aflicciones contra moros. Y pues vos, claro varón, tanta sangre derramasteis de paganos, 435 esperad el galardón que en este mundo ganasteis por las manos; y con esta confianza y con la fe tan entera 440 que tenéis, partid con buena esperanza, que esta otra vida tercera ganaréis.» «No tengamos tiempo ya 445 en esta vida mezquina por tal modo, que mi voluntad está conforme con la divina para todo; 450 y consiento en mi morir con voluntad placentera, clara y pura, que querer hombre vivir cuando Dios quiere que muera 455 es locura. Oración: Tú, que por nuestra maldad, tomaste forma servil y bajo nombre; tú, que a tu divinidad 460 juntaste cosa tan vil como es el hombre; tú, que tan grandes tormentos sufriste sin resistencia en tu persona, 465 no por mis merecimientos, mas por tu sola clemencia me perdona.» Fin: Así, con tal entender, todos sentidos humanos 470 conservados, cercado de su mujer y de sus hijos y hermanos y criados, dio el alma a quien se la dio 475 (en cual la dio en el cielo en su gloria), que aunque la vida perdió dejónos harto consuelo su memoria. 480

sábado, mayo 15, 2010

Ambrose Bierce EL SECRETO DEL BARRANCO DE MACARGER

Ambrose Bierce

EL SECRETO DEL BARRANCO DE MACARGER





Al noroeste de Indian Hill, a unas nueve millas en línea recta, se encuentra el barranco de Macarger. No tiene mucho de barranco, pues se trata de una mera depre­sión entre dos sierras boscosas de una altura conside­rable. Desde la boca hasta la cabecera, porque los barrancos, como los ríos, tienen una anatomía propia, la distancia no es superior a las dos millas, y la anchura en el fondo sólo rebasa en un punto las doce yardas; durante la mayor parte del recorrido, a ambos lados del pequeño arroyo que fluye por él en invierno y se seca al llegar la primavera, no hay terreno llano. Las escarpadas laderas de las colinas, cubiertas por una vegetación casi impenetrable de manzanita y chamiso, no tienen otra separación que la de la anchura del curso del río. Nadie, a no ser un ocasional cazador intrépido de los contornos, se aventura a meterse en el barranco de Macarger que, cinco millas más adelante, no se sabe ni qué nombre tiene. En esa zona, y en cualquier dirección, hay muchos más accidentes topográficos notables que no tienen nombre y resultaría vano in­tentar descubrir, preguntando a los lugareños, el ori­gen del nombre de éste.
A medio camino entre la cabecera y la desemboca­dura del barranco de Macarger, la colina de la derecha según se asciende está surcada por otro barranco, corto y seco, y donde ambos se unen hay un espacio llano de unos dos o tres acres, en el que hace unos cuantos años había un viejo albergue con una sola habitación. Cómo habían sido reunidos los materiales de aquella casa, pocos y simples como eran, en aquel lugar casi inaccesible, es un enigma en cuya solución habría más de satisfacción que de beneficio. Posiblemente el lecho del arroyo sea un camino en desuso. Es seguro que el barranco fue explorado en otra época con bastante minuciosidad por mineros, que debieron de conocer algún medio de entrar, al menos, con animales de carga para transportar las herramientas y los víveres. Al parecer, sus beneficios no fueron suficientes para justificar una inversión considerable y enlazar el ba­rranco de Macarger con cualquier centro civilizado que disfrutara del honor de tener un aserradero. La casa, sin embargo, estaba allí; la mayor parte de ella. Le faltaba la puerta y el marco de una ventana, y la chimenea de barro y piedras se había convertido en un rimero desagradable sobre el que crecía una espesa maleza. El humilde mobiliario que pudiera haber ha­bido y la mayor parte de la baja techumbre de madera había servido como combustible en los fuegos de campamento de los cazadores; cosa que también debió de ocurrirle a la cubierta del viejo pozo que, en la época de la que escribo, se abría allí bajo la forma de un hoyo cercano, no muy profundo pero bastante ancho.
Una tarde de verano, en 1874, siguiendo el lecho seco del arroyo, llegué al barranco de Macarger a través del estrecho valle en el que desemboca. Iba cazando codornices y llevaba ya unas doce en la bolsa cuando me topé con la casa descrita, cuya existencia ignoraba hasta entonces. Después de inspeccionar las ruinas con bastante atención, reanudé mi actividad cinegética y, como quiera que tuve un gran éxito, la prolongué hasta casi el anochecer, momento en que me di cuenta de que me encontraba muy lejos de cualquier lugar habi­tado, y demasiado lejos como para llegar a uno antes de que cayera la noche. Pero en el zurrón llevaba comida y la casa podría proporcionarme refugio, si es que era eso lo que necesitaba en una noche cálida y seca en las estribaciones de Sierra Nevada, donde se puede dormir cómodamente al raso sobre un lecho de agujas de pino. Tengo tendencia a la soledad y me encanta la noche; por eso mi proposición de dormir al aire libre fue pronto aceptada, y cuando la noche se echó encima yo ya tenía mi cama hecha con ramas y briznas de hierba en una esquina de la habitación y asaba una codorniz en el fuego que había encendido en el hogar. El humo salía por la ruinosa chimenea, la luz iluminaba la habitación con su agradable resplan­dor y, mientras consumía mi sencilla comida a base de ave sin mas aderezos y bebía lo que quedaba de una botella de vino tinto que durante toda la tarde había sustituido al agua de la que carecía la región, experi­menté una sensación de bienestar que alojamientos y comidas mejores no siempre producen.
Sin embargo, faltaba algo. Tenía sensación de bie­nestar, pero no de seguridad. Me descubrí a mí mismo mirando a la entrada abierta y a la ventana sin marco con más frecuencia de lo que sería justificable. Fuera de estas aberturas todo estaba oscuro, por lo que fui incapaz de reprimir un cierto sentimiento de apren­sión mientras mi fantasía se hacía una imagen del mundo exterior y la llenaba de entidades poco amis­tosas, naturales y sobrenaturales, entre las cuales des­tacaban, en los apartados respectivos, el oso pardo, del que yo sabía que todavía se veía de vez en cuando por la región, y el fantasma, del que tenía razones para pensar que no era así. Desgraciadamente, nuestros sentimientos no siempre respetan la ley de las proba­bilidades, y aquella noche lo posible y lo imposible resultaban para mí igualmente inquietantes.
Todo aquel que haya tenido experiencias similares debe de haber observado que uno se enfrenta a los peligros reales e imaginarios de la noche con mucho menos reparo al aire libre que en una casa sin puerta. Eso fue lo que sentí mientras yacía sobre mi frondoso canapé en una esquina de la habitación, junto a la chimenea, en la que el fuego se iba extinguiendo. Tan fuerte llegó a ser la sensación de la presencia de algo maligno y amenazador en aquel lugar que me di cuenta de que era incapaz de apartar la vista de la entrada, que en aquella profunda oscuridad era cada vez menos visible. Cuando la última llama produjo un chispazo y se apagó, agarré la escopeta que había dejado a mi lado y dirigí el cañón hacia la entrada ya imperceptible, con el pulgar en uno de los percutores, dispuesto a cargar el arma, la respiración contenida y los músculos tensos y rígidos. Pero al cabo de un rato dejé el arma con un sentimiento de vergüenza y mortificación. ¿De qué tenía miedo? ¿Y por qué? Yo, para quien la noche había sido

un rostro más familiar
que el de ningún hombre...

¡Yo, en quien aquel elemento de superstición here­ditaria del que nadie está completamente libre había conferido a la soledad, a la oscuridad y al silencio un interés y un encanto de lo más seductor! No podía comprender mi desvarío y, olvidándome en mis conjeturas de la cosa conjeturada, me quedé dormido. Y entonces soñé.
Me encontraba en una gran ciudad de un país extranjero; una ciudad cuyos habitantes pertenecían a mi misma raza, con pequeñas diferencias en el habla y en el vestir. En qué consistían exactamente esas dife­rencias era algo que no podía precisar; mi sensación de ellas no era clara. La ciudad estaba dominada por un castillo enorme sobre un promontorio elevado cuyo nombre sabía, pero era incapaz de pronunciar. Recorrí muchas calles, unas anchas y rectas, con construccio­nes altas y modernas; otras estrechas, oscuras y tortuo­sas, con viejas casas pintorescas de tejados a dos aguas, cuyas plantas superiores, decoradas profusamente con grabados en madera y piedra, sobresalían hasta casi encontrarse por encima de mi cabeza.
Buscaba a alguien a quien nunca había visto, aun­que sabía que cuando le encontrara le reconocería. Mi búsqueda no era casual y sin objeto. Tenía un método. Iba de una calle a otra sin dudarlo y conseguía abrirme paso por un laberinto de intrincados callejones, sin temor a perderme.
De repente me detuve ante una puerta baja de una sencilla casa de piedra que podría haber sido la vivien­da de un artesano de los mejores y entré sin anunciar­me. En la estancia, amueblada de un modo bastante modesto e iluminada por una sola ventana con peque­ños cristales en forma de diamante, no había más que dos personas: un hombre y una mujer. No se dieron cuenta de mi presencia, circunstancia que, como suele ocurrir en los sueños, parecía completamente natural. No conversaban; estaban sentados lejos el uno del otro, con aire taciturno y sin hacer nada.
La mujer era joven y muy corpulenta, con hermosos ojos grandes y una cierta belleza solemne. El recuerdo de su expresión permanece extraordinariamente vivo en mí, pero en los sueños uno no observa los detalles de los rostros. Sobre los hombros llevaba un chal a cuadros. El hombre era mayor, moreno, con un rostro de maldad que resultaba aún más lúgubre debido a una gran cicatriz que se extendía diagonalmente desde la sien izquierda hasta el bigote negro. Aunque en mi sueño daba la impresión de que, más que pertenecer a la cara, la rondaba como algo independiente (no sé expresarlo de otra manera). En el momento que vi a aquel hombre y a aquella mujer supe que eran marido y mujer.
No recuerdo con claridad lo que ocurrió después; todo resultaba confuso e inconsistente, debido, creo, a un atisbo de consciencia. Era como si dos imágenes, la escena del sueño y mi verdadero entorno, se hubie­ran mezclado, una incrustada en el otro, hasta que la primera fue desdibujándose, desapareció, y me encon­tré completamente despierto en la habitación vacía, tranquilo y absolutamente consciente de mi situación.
Mi estúpido miedo había desaparecido y, cuando abrí los ojos, vi que el fuego, que no estaba apagado del todo, se había reavivado al caer una rama e ilumi­naba de nuevo la habitación. Debía de haber dormido sólo unos minutos, pero aquella pesadilla sin impor­tancia me había impresionado tan vivamente que ya no tenía sueño. Al cabo de un rato, me levanté, avivé el fuego y, tras encender una pipa, procedí a meditar sobre mi visión de un modo tremendamente metódico y absurdo.
Me habría dejado entonces perplejo tener que ex­plicar en qué sentido era digna de atención. En el primer momento de análisis serio que dediqué al asunto, reconocí en Edimburgo la ciudad de mi sueño, ciudad en la que nunca había estado; por tanto, si el sueño era un recuerdo, lo era de imágenes y descrip­ciones. Tal reconocimiento me impresionó bastante; era como si hubiera algo en mi mente que insistiera de un modo rebelde, contra la razón y la voluntad, en la importancia de todo esto. Y aquella facultad, fuera la que fuese, aseguraba además un control de mi discurso.
-Claro -dije en voz alta, de modo involuntario-, los MacGregor deben de proceder de Edimburgo.
En aquel momento, ni la esencia de aquel comen­tario, ni el hecho de haberlo hecho, me sorprendió lo más mínimo. Me pareció completamente normal que yo conociera el nombre de mis compañeros de sueño y algo de su historia. Pero pronto comprendí el absur­do de todo aquello. Empecé a reírme a carcajadas, vacié las cenizas de la pipa y me tumbé de nuevo sobre el lecho de ramas y hierba, donde me quedé absorto contemplando el débil fuego, sin volver a pensar ni en el sueño ni en el entorno. De pronto, la única llama que aún quedaba se redujo por un momento y, eleván­dose de nuevo, se separó de las ascuas y se extinguió en el aire. La oscuridad se hizo absoluta.
En ese instante, al menos eso me pareció antes de que el resplandor de la llama hubiera desaparecido de mi vista, se produjo un sonido sordo y seco, como el de un cuerpo pesado al caer, que hizo temblar el suelo sobre el que descansaba. Me incorporé de golpe y tanteé en la oscuridad en busca de la escopeta; pensé que alguna bestia salvaje habría entrado de un salto a través de la ventana abierta. Mientras la endeble es­tructura seguía temblando por el impacto, oí un ruido de golpes, de pies que se arrastraban por el suelo y, después, como si lo tuviera ahí al lado, el estremecedor grito de una mujer en agonía mortal. Nunca había oído ni concebido un grito tan espantoso. Me asustó profundamente. Por un momento no fui consciente de otra cosa que de mi propio terror. Por fortuna, mi mano había encontrado el arma que estaba buscando y aquel tacto familiar hizo que me restableciera. Me puse en pie de un.salto, entornando los ojos para ver algo a través de la oscuridad. Los violentos sonidos habían cesado pero, lo que era aún más terrible, se oía, a intervalos más o menos largos, el débil jadeo inter­mitente de una criatura viva que agonizaba.
Cuando mis ojos se acostumbraron a la lánguida luz de los rescoldos, pude distinguir las formas de la puerta y de la ventana, más negras que el negro de las paredes. Luego, la distinción entre la pared y el suelo se hizo apreciable y por fin conseguí captar los contornos y toda la extensión del suelo, de un extremo al otro de la habitación. No se veía nada y el silencio era absoluto.
Con una mano un tanto temblorosa y la otra aga­rrando todavía la escopeta, avivé el fuego e hice un examen crítico de la situación. No había rastro alguno de que la habitación hubiera sido visitada. Sobre el polvo que cubría el suelo se podían ver mis propias huellas, pero ninguna otra. Encendí de nuevo la pipa, me abastecí de combustible partiendo un par de tablo­nes delgados del interior de la casa (no me atrevía a salir a la oscuridad exterior) y pasé el resto de la noche fumando, pensando, y alimentando el fuego. Aunque me hubieran regalado años de vida, no habría permi­tido que aquel pequeño fuego se apagara de nuevo.
Algunos años más tarde conocí en Sacramento a un hombre llamado Morgan, para quien llevaba una carta de presentación de un amigo suyo de San Francisco. Una noche, mientras cenaba con él en su casa, observé varios «trofeos» en la pared que indicaban que era aficionado a la caza. Resultó que así era y, al relatar algunas de sus proezas, mencionó haber estado en la región donde había tenido lugar mi aventura.
-Mr. Morgan -le pregunté bruscamente-, ¿conoce usted un lugar allí arriba llamado el barranco de Macarger?
-Sí, y tengo buenas razones para ello -contestó-. Fui yo quien informó a la prensa, el año pasado, del descubrimiento de un esqueleto allí.
No tenía conocimiento de ello. La información, al parecer, había sido publicada mientras yo estaba fuera, en el Este.
-Por cierto -dijo Morgan-, el nombre del barranco es una corrupción; debería llamarse «de MacGregor». Querida -añadió dirigiéndose a su esposa-, Mr. El­derson ha derramado su vino.
Lo que no era del todo exacto. Sencillamente se me había caído, con copa y todo.
-En otro tiempo hubo una vieja choza en el barran­co -prosiguió Morgan cuando el desastre acarreado por mi torpeza había sido subsanado-, pero precisa­mente antes de mi visita fue derribada, o mejor dicho, desparramada, porque los escombros fueron disemi­nados por todo su alrededor; hasta las planchas del suelo estaban separadas. Entre dos traviesas que toda­vía quedaban en pie, mi compañero y yo encontramos los restos de un chal a cuadros y, al examinarlo, descubrimos que rodeaba los hombros de un cuerpo de mujer de la que apenas quedaban los huesos, cu­biertos en parte por restos de ropa, y por la piel, seca y marrón. Pero le ahorraremos las descripciones a Mrs. Morgan -añadió sonriendo. En verdad, la dama había mostrado un gesto que era más de repugnancia que de compasión-. Sin embargo -continuó-, es necesario decir que el cráneo apareció fracturado por varios lugares, como si hubiera sido golpeado con un instru­mento no muy afilado; y que el propio instrumento, una pequeña piqueta con manchas de sangre, yacía bajo unos tablones cercanos.
Mr. Morgan se volvió hacia su esposa.
-Perdona, querida -dijo con afectación solemne-, por mencionar estos desagradables detalles, incidentes naturales, aunque lamentables, de una discusión con­yugal, consecuencia, sin duda, de una desafortunada insubordinación de la esposa.
-Tendría que ser capaz de hacerlo -repuso la dama con serenidad-; me lo has pedido tantas veces y con esas mismas palabras...
Me dio la impresión de que estaba muy contento de continuar con su relato.
-A raíz de éstas y de otras circunstancias -señaló-, el juez dedujo que la difunta, Janet MacGregor, había encontrado la muerte a causa de los golpes infligidos por alguna persona desconocida para el jurado; pero añadió que las pruebas apuntaban hacia la culpabili­dad de su marido, Thomas MacGregor. Pero de él no se ha vuelto a saber ni a oír nada. Se supo que la pareja procedía de Edimburgo, aunque no... Pero, querida, ¿no te das cuenta de que hay agua en el plato de los huesos de Mr. Elderson?
Yo había dejado un hueso de pollo en mi lavamanos.
-En un pequeño armario encontré una fotografía de MacGregor, pero ello no condujo a su captura.
-¿Me permite verla? -pregunté.
La fotografía mostraba a un hombre moreno con un rostro de maldad que resultaba aún más lúgubre debido a una gran cicatriz que se extendía, diagonal­mente, desde la sien izquierda hasta el bigote negro.
-A propósito, Mr. Elderson -dijo mi amable anfi­trión-, ¿puedo saber por qué me preguntó usted por el barranco de Macarger?
-Perdí una mula cerca de allí una vez -contesté-, y ese infortunio me ha... me ha trastornado bastante.
-Querida -dijo Mr. Morgan con la entonación mecánica de un intérprete que traduce-, la pérdida de la mula de Mr. Elderson le ha hecho servirse pimienta en el café.


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