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jueves, agosto 21, 2008

H. G. Wells - MISERIA EN LOS ZAPATOS

H. G. Wells - Miseria de los zapatos


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MISERIA DE LOS ZAPATOS
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"No tiene sentido, decía uno de mis amigos, reflexionar sobre los
zapatos". A mí, sin embargo, siempre me ha gustado mirarlos y reflexionar
sobre ellos. Tengo la extraña idea de que las cuestiones más complejas se
podrían comparar con los zapatos, y quizás por esto los zapateros son tan
a menudo filósofos. Quizás el destino me ha dado esta convicción. Gran
parte de mi infancia la he pasado en la cocina de un sótano; la ventana
daba a un pasillo encajonado y cerrado por un enrejado, delante de la
ventana de la tienda de mi padre. De manera que cuando miraba por la
ventana, en lugar de ver -como los niños de una educación superior- la
cabeza y el cuerpo de la gente, veía su base. Y conocí a toda clase de
tipos sociales, simplemente como zapatos y, más exactamente, como suelas
de zapatos. No fue sino más tarde, y no sin estudio, que ajusté a estas
bases cabezas, cuerpos y piernas.
Se paraban junto a la tienda botines y zapatos (sin duda alguna con la
gente encima): finos y pretenciosos botines de mujer: buenos o malos, unos
nuevos y en buen estado, otros desgastados por la marcha, compuestos o
para componer; calzados de hombres, bastos o finos, zapatos de goma, de
tenis, zuecos. No vi zapatos amarillos, no estaban de moda aún; pero vi
almadreñas. Los zapatos venían y convergían en la ventana, y el desarrollo
emocional de estos duos se expresaba por la agitación continua o por los
puntapiés.
... Esto puede, en cierto modo, explicar que me preocupe de los zapatos.
Pero mi amigo creía que no había por qué pensar en los zapatos.
Mi amigo era un novelista realista, y un hombre al que había abandonado
toda esperanza. No sé cómo la esperanza había salido de su vida; alguna
enfermedad sutil del alma había terminado por quitarle toda iniciativa y
la fe en el porvenir, y ahora intentaba vivir los años de ocaso que se
abrían delante de él, en una especie de confort libresco, rodeado de cosas
que parecían apacibles y bellas, cuando no pensaba en las que son penosas
y crueles. Nos cruzó un vagabundo que arrastraba su pierna por el camino.
"Talón torcido", dije cuando le hubimos pasado; "por estas carreteras mal
empedradas nadie va con los pies descalzos". Mi amigo hizo un gesto hosco
y hubo un pequeño silencio entre nosotros. Los dos pensábamos; después de
un rato cuando comenzamos a hablar de nuevo, y hasta que se hartó, hicimos
el recuento de la miseria de los zapatos.
Estábamos de acuerdo en que para la mayor parte de la gente de este país,
los zapatos son constantemente una fuente de aflicción, una causa de
sufrimiento de malestar, de disgusto, de inquietud. Para hacernos una idea
concreta de la cosa, intentamos estadísticas arriesgadas. "A esta hora".
dije, "una persona de cada diez en estas islas sufre por sus zapatos".
Mi amigo pensó que más bien era una de cada cinco.
"En la vida de un hombre pobre o de la mujer de éste y más todavía en la
vida de sus hijos, esta miseria de los zapatos se presenta y se repite de
año en año y de día en día".
Hicimos una especie de clasificación de estos males. Hay el mal de los
zapatos nuevos.
Están hechos de materiales malos, impermeables al aire y, como suele
decirse, "pesan en lo pies".
No están hechos a la medida. Mucha gente se compra zapatos hechos; no
pueden pagarse otros, y con la dócil filosofía de la pobreza, los llevan
para "hacerse a ellos". Tienen el pulgar y el dedo pequeño apretados, el
empeine del pie oprimido e inflado; y como una especie de acompañamiento
crónico de estas presiones, los callos y todas sus miserias. Los pies de
los niños están verdaderamente torcidos por este método de adaptar al ser
humano a la cosa; y como consecuencia de todo esto, a mucha gente le da
vergüenza dejarse ver con los pies descalzos. (Yo tenía la costumbre de
invitar a la gente que venía a verme en los días calurosos a jugar al
tenis sobre hierba con los pies descalzos -una cosa deliciosa-, pero me di
cuenta que muchos estaban molestos al pensar que tenían que exponer dedos
torcidos y callos, y otras desgracias de este género).
El tercer mal de los zapatos nuevos es que están mal hechos y con malos
materiales, crujen y hacen un insolente comentario sobre el paso de la
gente. Pero estos males son pequeños al lado de los que aparecen cuando
los zapatos han sido usados. Es entonces cuando aprietan seriamente. De
estos males de los zapatos pasados, mi amigo y yo , antes de que él
abandonase la partida, habíamos contado tres clases principales:
Existen las diversas clases de irritaciones debidas al roce: la peor, sin
duda alguna, es la del talón, cuando algo va mal en la caña, cerca del
talón. Cuando era un chiquillo, he tenido que soportar eso días y días,
pues no había otros zapatos para mí. Después está la irritación que se
produce cuando la plantilla interior del zapato se pliega, muy parecida a
la que conocen los pobres por los calcetines zurcidos a menudo y a la
ligera. Y después tenemos la irritación de los zapatos hechos que se han
comprado un poco anchos o un poco largos, para evitar las apretaduras y
los callos. Al cabo de poco tiempo se hace un pliegue a lo ancho de la
parte vacía en la parte de delante, y cuando el zapato se acartona por la
humedad o por alguna otra causa, la base de los dedos se pellizca. Así,
por más que haga, no se librará de ello. Tengo también un recuerdo muy
vivo del roce de los nudos que se hacen para arreglar los cordones que se
rompen -pues no siempre se pueden comprar cordones nuevos- y que se notan
por dentro. Y finalmente el roce de la lengüeta que se pliega.
Después están los miserias que proceden del desgaste de la suela. Está la
torcedura del tobillo porque ya no hay tacón y la sensación de que no se
está seguro: igualmente la desagradable sensación de que no se tiene buena
presencia de espaldas, que mucha gente debe soportar.
Me es casi siempre penoso andar detrás de las chicas jóvenes que van a su
trabajo, que tienen que andar mucho para ir y volver y usan mucho sus
zapatos, porque sus tacones parecen estar siempre torcidos. Las jóvenes
deberían estar siempre bonitas; y la mayor parte podrían estarlo si no
fuese por sus pobres pies torcidos, la gracia de sus andares echados a
perder y esa especie de desviación de columna vertebral, todo lo cual me
afecta y hace que me ponga furioso con un mundo que las trata así. Y
después están los clavos que salen, los clavos de los zapatos. Se esfuerza
uno en marchar valientemente, con la esperanza de encontrar pronto un
rincón tranquilo y un momento favorable para remachar su clavo. En tercer
lugar coloco en este capítulo la suela que golpea. Mis zapatos terminaban
siempre por ahí; gastaba primero la delantera y la suela se volvía de
delante hacia atrás. Cuando se anda se pone a raspar el suelo. Se dan
pasos fantásticos para evitar esto; uno se siente horriblemente
avergonzado. Al final hay que sentarse descaradamente en el borde del
camino y cortar lo que sale.
Nuestra tercera clase de miseria fue la de las grietas y vías de agua.
Sobre todo son sufrimientos morales, la humillación de ver esta horrible
abertura entre la parte que cubre los dedos y lo alto de los zapatos, por
ejemplo; pero además hay que relacionarlo con los enfriamientos, los
catarros, y una larga serie de consecuencias desagradables.
Hablamos también de la miseria de sentarse a su trabajo (como lo hacen
tantos escolares en Londres todos los días de lluvia) con la suela de los
zapatos gastada y agujereada, que ha cogido agua, y de constiparse...
Y de estos ejemplos, mi pensamiento iba a otros. Hice un descubrimiento.
Siempre había censurado a la gran masa de pobres londinenses por no pasar
los domingos y días de fiesta en hacer buenas marchas, el mejor de los
ejercicios. Me había permitido decir un día a Margate: "¡Qué idiotas son
todos estos jóvenes que no paran de dar vueltas alrededor de los quioscos
de música, en lugar de corretear por las colinas de Kent!". Pero me he
arrepentido de estas palabras. ¡Grandes correrías!. Sus zapatos le
hubieran hecho daño. Sus zapatos no hubieran resistido. Lo comprendí todo.
Pero mis palabras iban más lejos. Ex pede Herculem, dije: estas miserias
de los zapatos no son más que un ejemplo. Los vestidos que lleva la gente
no son mejores que sus zapatos, y las casas donde viven son muchos peores,
¡Y pensar en el triste almacén de ideas, con errores y prejuicios, donde
sus pobres espíritus han sido ahogados por su educación!. ¡Piense en la
manera que esto les abruma y les irrita!. Si alguien expusiera la miseria
de estas cosas... Piense un momento en los resultados de una alimentación
pobre, malsana, mala; en los ojos, en las orejas, en los dientes mal
cuidados!. ¡Piense en la cantidad de dolores de muelas
"¡ Le digo que no hay que pensar en esas cosas!", gemía mi amigo, con
acento de desesperación; y no quiso oír nada más a ningún precio...
¡Y pensar que en otro tiempo había escrito libros llenos de estas mismas
preguntas, antes de que la desesperación le hubiese hundido!
Conozco una persona, otro de mis amigos, que puede atestiguarlo, que ha
conocido todas las miserias de los zapatos y que, ahora, las ha superado,
pero no las ha olvidado. Una buena oportunidad, puede que ayudada de una
cierta habilidad por su parte, le ha elevado de la clase donde uno se
compra sus zapatos y sus trajes de lo que queda de 280 pesetas por semana,
a aquella donde se gastan de 30.000 a 40.000 pesetas al año (1) en
vestirse a veces se los manda hacer a medida, los guarda en un armario
conveniente y tiene gran cuidado con ellos; de manera que sus botines, sus
zapatos, sus zapatillas no rozan, ni aprietan, ni crujen, ni le hacen daño
ni le incomodan, ni le molestan nunca, y cuando extiende sus pies delante
del fuego no le recuerdan que es un pobre diablo, buscando su endeble vida
en las sobras del mundo. Se imaginarán que tiene todas las razones
posibles para felicitarse y ser dichoso, viendo que han llegado los días
buenos después de los malos. Pero, tal es la rareza del corazón humano, no
está contento en absoluto. El pensamiento de que tantos están peor que él
en esta cuestión del calzado no le da ninguna satisfacción. Sus zapatos le
hacen daño por mandato.
La cólera que ha conocido otras veces, sufriendo él mismo, cuando
arrastraba tristemente los pies a través de la animación alegre de los
barrios elegantes de Londres, metidos en zapatos que le hacían daño, la
siente igualmente viva ahora que anda bien a gusto, per entre gente de la
que sabe, con una inexorable clarividencia, que sufren de una manera casi
intolerable. No tiene la optimista ilusión de que las cosas van bien para
ellos. La gente estúpida que ha estado siempre acomodada, que ha tenido
siempre buenos zapatos, pueden pensar así, pero él no. En cierto sentido
el pensamiento de los zapatos le enoja más que antes. Antes estaba
descontento de su suerte, pero descontento sin esperanza; pensaba que los
zapatos malos, los vestidos feos y modestos, las casas enmohecidas,
formaban parte de la naturaleza de las cosas. Ahora, si ve a un niño que
llora o refunfuña y tropieza en el pavimento, o a una vieja campesina
arrastrarse penosamente a lo largo de un sendero, no ve ya en ello la
garra del Destino. Su cólera está iluminada por el pensamiento de que hay
locos en este mundo que hubieran debido prever e impedir esto. No maldice
más el destino, sino la imbecilidad de los hombres de Estado y de la gente
poderosa y responsable, que no han tenido ni el coraje ni la valentía ni
la intención de cambiar la mala organización que nos da estas cosas.
No crean que insisto sin razón sobre la buena suerte de mi segundo amigo,
si les digo que antes estaba siempre fastidiado y con el ánimo triste, que
cogía resfriados a causa de sus malos trajes, sentía vergüenza de su
apariencia sórdida, que sufría con sus dientes mal cuidados y con una
alimentación mediocre, tomada a malas horas, con la casa fea y malsana de
donde vivía y con el aire corrompido de ese barrio de Londres, con cosas
que en verdad, están muy por encima del poder de un pobre hombre
sobrecargado de trabajo el poder remediarlas, si no se le ayuda... Y ahora
todas estas cosas enojosas han salido de su vida; ha consultado dentistas
y médicos, no tiene casi días ensombrecidos por resfriados, no tiene
absolutamente ningún dolor de muelas ni indigestiones.
Mi intención, al contar la buena suerte de este hombre afortunado, no es
otra que demostrar que esta miseria de los zapatos no es una maldición
inevitable lanzada sobre la humanidad. Si puede escapar uno, los demás
también. Sería completamente abolida, si se considerara con interés. Si
usted sufre, o, lo que es más importante para la mayor parte de los
hombres, si alguien a quien usted quiere o sufre por los zapatos, porque
le hacen daño o porque son muy feos y no puede hacer nada para remediarlo,
es simplemente que le ha tocado el lado malo de un mundo mal gobernado. No
todos están en el mismo caso.
Y esto que he dicho de los zapatos es verdad respecto a todas las otras
pequeñas cosas de la vida. Si su mujer coge un resfriado fuerte porque sus
zapatos son demasiados finos para la estación, o no tiene ganas de salir
porque está muy mal vestida; si sus hijos están afeados por bultos, o por
trajes sucios, viejos y que no son de sus talla; si es taciturno y
dispuesto a pelearse con cualquiera no acepte creer la pesada broma de que
ese es el triste destino de la humanidad. Esas gentes que usted quiere
viven en un mundo mal repartido del que solo conocen el lado malo, y todas
esas desgracias son la demostración cotidiana.
Y no diga: "Es la vida". No crea que esas miserias son el resultado de una
maldición inevitable. La prueba de lo contrario la vemos claramente Hay
gentes, no más merecedoras que otras, que no sufren ninguna de estas
cosas. Puede tener la idea de que usted no merece más que una vida
miserable y pobre en la que sus zapatos le harán siempre daño; pero ¿es
que los niños, las jóvenes y toda la multitud de pobres y honestas gentes
no merecen nada mejor?


Una posible discusión
Ahora, supongamos que alguien discute lo que estoy diciendo. Espero que
nadie me negará que gran parte del sufrimiento de nuestro mundo civilizado
(no digo todo, sino solamente una gran parte) proviene del conjunto de
miserables insuficiencias de las que he cogido el más simple ejemplo en
esta miseria de los zapatos. Pero creo que mucha gente estará dispuesta a
asegurar que estos sufrimientos sean inevitables. Dirá que es imposible
que todo el mundo tenga lo mejor; que de todas las buenas cosas,
comprendido el buen cuero y los buenos zapatos, no hay bastante para todo
el mundo: que la gente de clase baja no debería quejarse de su vida
miserable e incómoda, sino considerarse dichoso por vivir, teniendo en
cuenta lo que son, y que no es bueno enfrentarse contra cosas que no
pueden cambiar ni volverse mejores. Estos argumentos no pueden ser
desechados sin más; es muy cierto que todo el mundo no puede tener lo
mejor; y está dentro de la naturaleza de las cosas que ciertos zapatos
sean mejores y otros peores. A algunas personas -sea por pura casualidad o
por la fuerza de su poder- les caerán en suerte los zapatos superiores, el
cuero más fino y el corte más elegante. Nunca he negado eso. Nadie sueña
con un tiempo donde todos tendrán exactamente zapatos igual de buenos; no
predico una igualdad tan infantil, tan imposible. Pero va mucha distancia
de reconocer la necesidad de una cierta vanidad pintoresca e interesante
en esta cuestión de calzado, a admitir que la mayor parte de la gente no
puede esperar nada mejor que estar calzados de una manera a menudo penosa,
incómoda, malsana o muy fea de ver. Es algo que me rehuso por completo a
aceptar. Hay el suficiente buen cuero en el mundo para hacer buenos y
bonitos zapatos y calzado para todos los que tengan necesidad, bastantes
hombres desocupados, y bastante fuerza y máquinas para hacer todo el
trabajo requerido; bastantes inteligencias sin empleo para organizar la
fabricación de zapatos y su distribución a todo el mundo. ¿Dónde está el
obstacúlo?
Hagamos la pregunta de otra manera, Vemos por un lado -puede juzgar por sí
mismo, en cualquier lugar "chic" de Gran Bretaña- gente mal calzada,
incómoda y penosamente, zapatos viejos, podridos, horribles; por otro
lado, vastas extensiones de terreno en el mundo, con posibilidades
ilimitadas de ganado y de cuero, y mucha gente que, sea por fortuna, sea
efecto de una crisis en los negocios, están sin hacer nada. Y nos
preguntamos: "¿Por qué no poner esta gente a la obra para hacer y
distribuir los zapatos?
Imagine que usted mismo intenta organizar algo de esta especie de Empresa
de Zapatos gratuitos, y considere qué dificultades encontrará primero.
Primero tiene que buscar el cuero. Imagínese partiendo hacia América del
Sur. Por ejemplo, para buscar el cuero: para comenzar por el principio, se
pone a matar y a desollar un rebaño de ganado. Enseguida es interrumpido.
Su primer obstáculo se presenta en la persona de un hombre que les dice
que el ganado y el cuero son suyos. Usted explica que tiene necesidad de
cuero para la gente que no tiene zapatos convenientes en Inglaterra. Le
responderá que le importa un rábano lo que usted quiere hacer con ello:
antes de cogerlo, tiene que comprarlo; este cuero es de su propiedad
privada, el ganado y el suelo donde pasta el ganado. Si le pregunta que
cuánto quiere por su cuero, le dirá francamente que todo lo que pueda
sacarle. Si por azar, es una persona de una bondad de carácter
completamente excepcional, podrá quizás discutir con él. Podrá exponerle
que este proyecto de dar a la gente excelentes zapatos era magnífico y
pondría fin a muchas de las miserias humanas. Hasta puede ocurrir que
simpatice con su generoso entusiasmo, pero creo que le encontrará de
piedra, en su resolución de sacar por su cuero todo lo que pueda pagarle,
haciendo el máximo esfuerzo. Supongamos que ahora le dice: "Pero, ¿cómo ha
llegado a poseer este suelo y este ganado, de manera que esté entre ellos
y la gente que los necesita, sacándoles este provecho?". O bien comenzará
a contarle una larga serie de desatinos, lo que es más probable, se
enfadará y rehusará responder. Siguiendo sus dudas en cuanto a la justicia
de su propiedad sobre estas cosas, podrá admitir que merece un salario
razonable por el cuidado que ha tenido del terreno y del rebaño. Pero los
ganaderos son una raza violenta y brutal, y es dudoso que pudiese ir lejos
con su proposición de un salario razonable. Tendrá que comprar el cuero de
este propietario a buen precio -dejándole que saque todo lo que pueda- si
quiere continuar su proyecto.
Bien; entonces tendría que traer este cuero hasta aquí, y para ello le
haría falta expedirlo por ferrocarril o por barco, y de nuevo se
encontraría con gente sin deseo ni voluntad de ayudarle en su proyecto,
obstruyendo su camino, resueltos a sacar de usted hasta el último céntimo
en el curso de su negocio de proveer a todo el mundo de buenos zapatos.
Vería que el ferrocarril es una propiedad privada, de uno o varios
empresarios, y que cada uno de ellos no estaría satisfecho con un simple
salario en relación con sus servicios. También ellos estarán decididos a
exigir de usted hasta el último céntimo. Si hiciese encuestas sobre la
cuestión, probablemente encontraría que los verdaderos propietarios del
ferrocarril y del barco son compañías de accionistas, y que el interés
obtenido en esta etapa sobre los zapatos del mundo pobre va a llenar los
bolsillos de ancianas señoras en Torquay, de pródigos en París, de
"gentlemen" bien calzados en los clubs de Londres, todos ellos gentes
distinguida.
Bueno; por fin su cuero está en Inglaterra; ahora quiere hacer los
zapatos, Lo lleva hasta un centro de población, invita a los obreros a
venir, instala talleres y máquinas en un terreno inocupado, y se lanza en
un furor de industria generosa, a hacer zapatos... ¿Me comprende usted?.
He aquí que un propietario se adelanta, reclama este terreno como su
propiedad, pide un alquiler, una suma enorme. Y descubre que sus obreros
no pueden tener una casa a menos de pagar también un alquiler -cada
pulgada del país es propiedad de alguien, y un hombre no puede cerrar los
ojos durante una hora sin el consentimiento de algún propietario-. Y el
alimento que comen, sus zapateros, los vestidos que llevan, han pagado
todos por ello tributo y beneficio a propietarios de tierras, de coches,
de casas, tributo sin fin, más allá del justo salario del trabajo que ha
sido realizado por ellos...
Podríamos continuar así. Pero usted comienza ahora a ver una parte al
menos de las razones por las cuales todos no tenemos buenos y cómodos
zapatos. Habría bastante cuero, y ciertamente hay bastante trabajo y
suficientes inteligencias en el mundo para organizar esto y una infinidad
de otras cosas buenas. Pero la institución de la propiedad privada de la
tierra y de productos naturales, el obstáculo de esas reclamaciones que le
impiden utilizar el suelo, o de desplazar los materiales, y que es
necesario comprar a precios exorbitantes, he aquí lo que obstaculiza el
camino. Todos estos propietarios se pegan como parásitos a su negocio y a
cada nueva etapa; y cuando tenga estos buenos zapatos en Inglaterra se
dará cuenta de que cuestan alrededor de 25 francos el par, un precio fuera
de los medios de la mayoría de la gente, Y no le parecerá mi imaginación
demasiado extravagante, si le confieso que cuando pienso en todo esto, y
miro en la calle los zapatos de los pobres, y los veo cortados, deformes y
muy feos, veo también muchos pequeños fantasmas del suelo, propietarios de
todas clases, pululando como sanguijuelas bajos sus pobres pies heridos y
cansados, cogiendo mucho y no dando nada, y que son única causa verdadera
de todas estas miserias.
Y pensamos, ¿es eso una cosa necesaria e inevitable?. He aquí la pregunta
clave. No hay ningún otro medio de arreglar las cosas que dejar a estos
empresarios exigir lo que reclaman, y chupar de la vida del pueblo común
el confort, la fortaleza de ánimo, la dicha. Porque naturalmente no se
contentan con que los zapatos sean insuficientes y malos. Las exigencias y
los beneficios de los propietarios del suelo y de los inmuebles, son las
que hacen nuestras casas tan pesadas, sórdidas y caras, que hacen que
nuestras carreteras y nuestros ferrocarriles tan molestos e incómodos, que
roen nuestras escuelas, nuestros vestidos, nuestra comida: los zapatos no
han sido más que un ejemplo de un mal universal.
Ante esto, mucha gente dice que hay cosas más interesantes que hacer, y
que el mundo podría ser infinitamente mejor en todos estos aspectos, más
feliz y mejor que nunca ha sido, negando que existe la propiedad privada
en todas estas cosas universalmente necesarias. Dicen que es posible que
el suelo sea puesto en explotación, y que las cosas comunes y necesarias,
como el cuero y los zapatos hechos, sean surtidas, y realizados una serie
infinita de otros servicios de interés general, no para el provecho de
unos individuos sino para el bien de todos. Proponen que el Estado tome el
suelo, los ferrocarriles, los barcos y otras muchas empresas a sus
empresarios que no las usan más que para usurpar al pueblo medio para sus
estériles gastos privados, y deberían por el contrario administrar estas
cosas generosa y esforzadamente, no para la ganancia sino para el
servicio. Consideran que la verdadera raíz del mal es esta idea de lucro.
Esta penosa aflicción por los zapatos no es más que un símbolo típico para
los socialistas y para la gente que tiene la esperanza de llegar a un
cambio en el mal estado de las cosas actualmente.


¿El socialismo es posible?
No pretenderé ser imparcial en esta materia y discutir como si mi opinión
no estuviese fundada sobre la cuestión de saber si el mundo sería mejor,
suponiendo que se pudiese abolir la propiedad privada respecto al suelo y
a muchas otras cosas de utilidad general. Creo que la propiedad privada de
estas cosas no es más necesaria e inevitable que la propiedad privada de
nuestros semejantes, o de los puentes y carreteras.
La idea de que todas las cosas puedan ser reclamadas como propiedad
privada pertenece a las edades sombrías de la humanidad, y no es solamente
una monstruosa injusticia, sino un inconveniente todavía más monstruoso.
Supongamos que todavía admitimos la propiedad privada de las carreteras, y
que todo aquél que posee un pedazo quiere negociar con nosotros antes de
que podamos pasar en coche. Diría usted que la vida no se podría soportar.
Pero realmente, es un poco de esto lo que pasa hoy día cuando tomamos el
tren, y es completamente así para aquellos que tienen necesidad de un
trozo de tierra donde vivir. No veo que haya más dificultad en organizar
el cultivo del suelo, las fábricas y demás cosas de este género, para el
bien general público, que las carreteras y los puentes, el correo y la
policía. No veo ninguna imposibilidad al socialismo dentro de estos
límites.
Abolir la propiedad privada de estas cosas sería abolir toda esta nube de
parásitos cuya ansia de beneficios y dividendos es un obstáculo para una
gran cantidad de útiles o seductoras empresas y hace que sean costosas e
imposibles. Supondría esto abolirlas; ¿pero sería esto un mal?
¿Y por qué no coger esta especie de propiedad a los que poseen?.
Antiguamente, no solamente los esclavos han sido explotados por sus amos,
sin compensación o casi sin ella, sino que la historia de la humanidad por
horrible que parezca, presenta incontables casos de amos de esclavos
renunciando ellos mismos a sus derechos humanos. Quizás piense que es una
injusticia y un robo apropiarse de la gente. ¿Pero no es éste el caso?.
Suponga que viese muchos niños en una guardería infantil, tristes y
desgraciados, porque uno de ellos, que ha sido muy mimado, ha cogido todos
los juguetes y pretende guardarlos y no dejar ninguno a los otros... ¿Es
que no deposeería a este niño, por muy sinceramente convencido que
estuviese de que su manera de obrar era justa?. De hecho, es esta la
posición del propietario hoy día. Pensaré quizás que los propietarios, del
suelo por ejemplo, deberían ser pagados y no despojados, Pero como
encontrar el dinero para pagarlos quiere decir poner un impuesto sobre la
propiedad de alguien, cuyos derechos son quizás mejores, no logro ver
dónde está la honestidad de este proceder. No se puede dar propiedad por
propiedad más que comprando y vendiendo; y si la propiedad privada no es
un robo, entonces es no solamente el socialismo, sino el impuesto
ordinario el que lo es. Pero si el impuesto es un procedimiento
justificable, si pueden tasarme (como lo estoy) por los servicios públicos
a razón de una peseta y más por cada veinticinco que gano (2), no sé por
qué no se le pone un impuesto al propietario del suelo, de la mitad, de
las dos terceras partes o de todo su terreno si hace falta, o al
accionista del ferrocarril de diez o quince francos sobre veinticinco de
obligaciones.
En todo cambio es necesario que alguien salga perdiendo; cada progreso en
las máquinas y en la organización industrial priva a pobres gentes de su
renta, y no veo por qué tenemos que ser tan singularmente solícitos con
los ricos con los que no han producido nada en toda su vida, cuando son
obstáculo para el bien general. Y aunque niego el derecho a la
compensación, no niego que se llegue a él probablemente. Cuando se trata
de método, se puede muy concebir que nosotros podamos dar al propietario
compensaciones parciales y hacer toda clase de concesiones para evitar ser
crueles a su manera de ver, en nuestro esfuerzo de poner fin a las mayores
crueldades de hoy.
Pero, una vez puesta aparte la justicia de la causa, mucha gente parece
considerar el socialismo como una vana quimera, porque dicen que "va
contra la naturaleza humana". Se nos dice que todos aquellos que poseen
una pizca de propiedad, en tierras o en acciones, o en alguna otra cosa,
se opondrían vivamente al advenimiento del socialismo, y como esta gente
tiene todo el tiempo y toda la industria del mundo, y toda la gente capaz
y enérgica tiende naturalmente a entrar en esta clase, no habrá nunca una
fuerza eficaz que instale el socialismo, Pero esto refleja una concepción
muy pobre de la naturaleza humana. Hay sin duda muchos ricos de alma
oscura y baja que odian y temen el socialismo por razones puramente
egoístas; pero sin embargo es muy posible ser propietario y al mismo
tiempo desear ver al socialismo establecido.
Por ejemplo, el hombre de mundo cuyos negocios privados conozco mejor que
nadie, el segundo amigo de que he hablado, el propietario de todo ese buen
calzado, da tiempo, fuerza y dinero por acelerar esta esperanza de
socialismo, a pesar de que paga un impuesto sobre al renta de 1200 francos
por año y posee títulos y tierras por varios millones de libras. Y esto no
lo hace por espíritu de sacrificio. Cree que viviría feliz, y más agusto
en una organización socialista, donde no le sería necesario agarrarse a
este salvavidas de la propiedad individual. Encuentra -y mucha gente de su
posición piensa de la misma manera- que es una recriminación perpetua de
una vida de confort y de agradables ocupaciones, el ver tanta gente, que
podrían ser para él amigos o simpáticos socios, detestablemente mal
educados, alojados, con los zapatos y los vestidos más abominables, y con
el espíritu tan detestablemente falseado, que no quieren tratarlo como a
un igual. Le parece que es el niño mimado de la guardería; se siente
avergonzado y menospreciado, y como la caridad individual no parece que
empeora las cosas, está dispuesto a dar gran parte de su vida y a perder
si hace falta su pequeña posesión alegremente, para cambiar el estado de
cosas actual de una manera inteligente.
Estoy convencido de que hay mucha más gente mucho más rica e influyente
que piensa del mismo modo. Lo que me parece un obstáculo grande para el
socialismo, es la ignorancia, la falta de valor, la estúpida falta de
imaginación de la gente pobre, demasiado tímida y demasiado vergonzosa y
torpe, para considerar algún cambio que les salve. Pero a pesar de esto la
educación popular prosigue y estoy casi seguro que en las próximas
generaciones encontraremos socialistas hasta en los suburbios (Slums) (3).
La gente desprovista de imaginación que posee algún trozo de propiedad,
algunas hectáreas de terreno o algunos miles de francos en la Caja Postal
de Ahorros, opondrán sin duda la resistencia pasiva más tenaz, y son, me
temo, junto con los ricos insensibles, con los que tendremos que contar
como nuestros enemigos irreconciliables, y que constituyen los pilares
inconmovibles del orden actual.
Los elementos bajos y perezosos de la "naturaleza humana" están y estarán,
lo admito, contra el socialismo, pero no son toda la "naturaleza humana",
ni siquiera la mitad. ¿Y cuándo, a lo largo de la historia del mundo, la
bajeza y el miedo han ganado una batalla?. Es la pasión, el entusiasmo; la
indignación los que forman el mundo según su voluntad, y no me explico
como alguien puede recorrer las calles apartadas de Londres o de cualquier
otra gran ciudad de Inglaterra, sin llenarse de vergüenza y resolverse a
poner fin al estado de cosas bajo y horrendo que esto deja ver.
Y no creo que sea sostenible el argumento de "la naturaleza humana" contra
el socialismo.


Socialismo significa revolución
Entendámonos bien sobre este punto: Socialismo significa revolución,
cambio en el curso de la vida cotidiana. El cambio puede ser muy gradual,
pero será muy completo. No se puede cambiar el mundo y al mismo tiempo no
cambiarlo, Encontraréis socialistas a medias, o al menos gente que se dice
socialista, que dicen que no, y que juran que algún extraño cambalache a
propósito del gas municipal y del agua es el socialismo, y que acuerdos
celebrados en los pasillos de la Cámara entre conservadores y liberales
son el medio de abrir la era de la salvación. ¡Es como denominar a la
lámpara del techo de una sala de conferencias la gloria de Dios en el
cielo!. El socialismo quiere cambiar, no solamente los zapatos que lleva
la gente en los pies, sino también los trajes que tienen, las casas que
habitan, el trabajo que hacen, la educación que reciben, su posición, sus
honores y todo lo que poseen. El socialismo quiere hacer un mundo nuevo
del viejo.
Este mundo no puede ser establecido más que por la resolución manifiesta,
inteligente y valerosa de una gran multitud de hombres y mujeres. Es
necesario ver claramente que el socialismo significa un cambio completo,
una ruptura con la historia, con muchas cosas pintorescas; desaparecerán
clases enteras. El mundo será otro completamente, con otras casas y otras
gentes. Todos los oficios, todas las industrias cambiarán, la medicina se
practicará en otras condiciones; las profesiones del ingeniero, del sabio,
del actor , del sacerdote, las escuelas, los hoteles, tendrán que
experimentar un cambio interno tan completo, como el de una oruga que se
vuelve mariposa.
Si esto les da miedo, más vale que sea ahora que más tarde. Es necesario
cambiar el sistema entero si queremos terminar con estas miserias
horribles que hacen que nuestro estado actual sea detestable para todo
hombre y mujer dotados de inteligencia.
Es este, y no menos, el fin de todos los socialistas sinceros, el
establecimiento de una organización nueva y mejor, por la abolición de la
propiedad privada del suelo, de los productos naturales y de su
explotación, un cambio tan profundo como hubiese sido la abolición de la
propiedad privada de los esclavos en la Roma o Atenas antiguas. Si pedís
menos que esto, si no estáis dispuestos a luchar por esto, no sois
verdaderamente socialistas. Si tenéis miedo de todo esto, tendréis
entonces que acomodar vuestra vida a una especie de felicidad personal y
egoísta, dejando las cosas como están, y concluir con mi otro amigo que no
hay que reflexionar acerca del calzado. La idea dominante sobre la que
debemos insistir es que el socialismo es un proyecto práctico o de sentido
común, para cambiar nuestra idea convencional sobre lo que es o no es
propiedad, y para reorganizar el mundo una vez revisados estos conceptos.
Unas cuantas personas, encontrando que es demasiado claro y directo, se
han esforzado en exponerlo de una manera magnífica y oscura; le dirán que
la base del socialismo es la filosofía de Hegel, o que se confunda en una
teoría de la renta, o que es algo que hay que hacer con una especie de
hombre intratable que se llama el Superhombre, y toda clase de cosas
brillantes, absurdas y molestas.
En lo que respecta al pueblo inglés, parece que la teoría del socialismo
se ha subido a las nubes, y que su práctica ha descendido a las
alcantarillas, y es conveniente advertir a la gente que intente informarse
que ni las fórmulas de arriba, ni la tarea de abajo, son otra cosa que
accidentales acompañamientos del socialismo. El socialismo es un gran
proyecto, pero simple, claro y humano; sus fines no serán alcanzados por
el hombre culto ni por la habilidad, sino por la resolución clara, la
abnegación, el entusiasmo y la colaboración leal de grandes masas de gente.
Lo importante es, en consecuencia, sacar a las grandes masas de su
confusión intelectual y de la indecisión de hoy. Supongamos que usted
simpatiza con lo dicho en este folleto, y que, como mi segundo amigo,
encuentra que la penosa indigencia, la grave miseria de gran parte de los
hombres de nuestro mundo vuelven casi intolerable la vida en las
condiciones presentes, y que es en el sentido del socialismo donde está la
sola esperanza de un serio remedio.
¿Qué tenemos que hacer?. Evidentemente esforzarnos lo más posible en hacer
de los demás socialistas; organizarnos nosotros mismos con los demás
socialistas sin pararnos a mirar cuestiones de clase o pequeños detalles
de doctrina: hacermos oír, dejarnos ver, como socialistas efectivos, donde
y cuando podamos hacerlo. Tenemos que pensar en el socialismo, leer y
discutir sobre él. Tenemos que confesar nuestra fe abierta y francamente.
Debemos rehusar ser llamados liberales o conservadores, republicanos o
democrátas, o cualquier otra apelación ambigua. Debemos crear y unir por
todos los lados una organización socialista, un club, un grupo, sea lo que
sea, de manera que nos hagamos notar. Para nosotros, como para los
primeros cristianos, predicar nuestro evangelio es nuestra suprema
esperanza. Hasta que los socialistas pueden ser contados por millones, no
habrá gran cosa de lograrlo. Cuando estén ahí, un nuevo mundo será nuestro.
Ante todo, si tuviera un consejo que dar a un camarada socialista, le
diría: "Aférrate a la idea simple y esencial del socialismo, que es la
abolición de la propiedad privada en todo aquello que no sea lo que un
hombre ha ganado o fabricado, No compliques tu causa con sistemas. Y ten
presente en tu mente, si es posible, una especie de talismán que te
mantenga en este evangelio esencial, fuera de la turbación y de las luchas
que suscitan las discusiones cotidianas."p> Por mi parte, tengo como he
dicho al principio, un interés especial en el calzado, y he aquí mi
talismán: la imagen de una niña de diez a once años, mal alimentada, pero
más bien guapa, sucia, y con las manos endurecidas por rudos trabajos, su
pobre cuerpo gracioso de niña cubierto de malos harapos, y en los pies
gruesos zapatos usados que la hacen daño. Y en particular pienso en sus
pobres tobillos delgados y en sus pies que arrastra, y todos esos
fantasmas de poseedores y de accionistas de los que he hablado acompañando
su martirio, con sanguijuelas pegadas a sus pies.
Deseo ver cambiar en el mundo la causa de este estado de cosas y no me
preocupo de los obstáculos que se presentan en el camino ¿Y usted?p> He
aquí un sencillo ejemplo brutal para ilustrar lo que he dicho. Es un
extracto de una carta de un obrero a mi amigo, Sr. Chiozza Money, uno de
los escritores mejor informados acerca de los problemas de trabajo en
Inglaterra:
"Soy bracero, y gano regularmente 30 chelines por semana (425 pesetas).
Soy el feliz (¿) padre de seis hijos que están bien. El año pasado compré
veinte pares de zapatos. Este año, hasta hoy, he comprado diez pares, por
dos libras (340 pesetas), y, sin embargo, mi mujer y cinco de los niños no
tienen más que un par. Yo tengo dos pares, y los dos calan; pero ahora no
veo la ocasión de comprar nuevos. Debo decir además que mi mujer es una
excelente ama de casa, y que yo mismo soy un hombre de lo más sobrio.
Tanto es así, que si pusiese a un lado lo que gasto de superfluo en un
año, no tendría para comprarme un par de zapatos con ellos. Pero he aquí
lo que quería decir: "En 1903, mi salario era de 25 s/l. D. por semana, y
tenía entonces ya mis seis hijos. Mi vecino de descansillo hacía y
remendaba zapatos. No tenía trabajo, y esto duraba meses. Durante este
tiempo los zapatos de mis hijos necesitan repararse, y yo necesitaba
remendarlos tal cual. Un día pensé que estaba remendando zapatos de un
lado de un muro, y que mi vecino no tenía trabajo del otro lado, y hubiera
tenido necesidad de la obra que estaba obligado a hacer yo mismo". El muro
era una organización comercial de la sociedad basada en la propiedad
individual del suelo y de los productos naturales. Estos dos hombres
estaban forzados a trabajar para propietarios, o de ningún modo. La comida
primero, más el alquiler, y los zapatos, si puede, cuando todos los
propietarios están pagados...


(1) Cálculo a partir de datos actualizados. Es más significativo
relacionarlo con el nivel español de la época.
(2) Impuesto sobre rendimientos del trabajo personal. El IRTT es
actualmente de cerca del 14% sin mínimo exento.
(3) El libro está escrito en la Inglaterra de principios de siglo.


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