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jueves, mayo 22, 2008

LAS HOJAS SECAS -- G. A. BECQUER

LAS HOJAS SECAS
G. A. BEQUER




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El sol se había puesto. Las nubes, que cruzaban hechas jirones sobre mi cabeza, iban a
amontonarse unas sobre otras en el horizonte lejano. El viento frío de las tardes de otoño
arremolinaba las hojas secas a mis pies.
Yo estaba sentado al borde de un camino por donde siempre vuelven menos de los que van.
No sé en qué pensaba, si en efecto pensaba entonces en alguna cosa. Mi alma temblaba a punto
de lanzarse al espacio, como el pájaro tiembla y agita ligeramente las alas antes de levantar el
vuelo.
Hay momentos en que, merced a una serie de abstracciones, el espíritu se sustrae a cuanto le
rodea y, repleglándose en sí mismo, analiza y comprende todos los misteriosos fenómenos de la
vida interna del hombre.
Hay otros en que se desliga de la carne, pierde su personalidad y se confunde con los elementos
de la naturaleza, se relaciona con su modo de ser y traduce su incomprensible lenguaje.
Yo me hallaba en uno de esos últimos momentos, cuando sólo y en medio de la escueta llanura
oí hablar cerca de mí.
Eran dos hojas secas las que hablaban y éste, poco más o menos, su extraño diálogo:
-¿De dónde vienes, hermana?
-Vengo de rodar con el torbellino, envuelta en la nube de polvo y de las hojas secas, nuestras
compañeras, a lo largo de la interminable llanura. ¿Y tú?
-Yo he seguido algún tiempo la corriente del río hasta que el vendaval me arrancó de entre el
légamo y los juncos de la orilla.
-¿Y adónde vas?
-No lo sé. ¿Lo sabe acaso el viento que me empuja?
-¡Ay! ¿Quién diría que habíamos de acabar amarillas y secas, arrastrándonos por la tierra,
nosotras, que vivimos vestidas de color y de luz, meciéndonos en el aire?
-¿Te acuerdas de los hermosos días en que brotamos, de aquella apacible mañana en que, roto el
hinchado botón que nos servía de cuna, nos desplegamos, al templado beso del sol, como un
abanico de esmeraldas?
-¡Oh! ¡Qué dulce era sentirse balanceada por la brisa a aquella altura, bebiendo por todos los
poros al aire y la luz!
-¡Oh! ¡Qué hermoso era ver correr el agua del río que lamía las retorcidas raíces del añoso
tronco que nos sustentaba, aquel agua limpia y transparente que copiaba como un espejo el azul
del cielo, de modo que creíamos vivir suspendidas entre dos abismos azules!
-¡Con qué placer nos asomábamos por cima de las verdes frondas para vernos retratadas en la
temblorosa corriente!
-¡Cómo cantábamos juntas imitando el rumor de la brisa y siguiendo el ritmo de las ondas!
-Los insectos, brillantes, revoloteaban, desplegando sus alas de gasa, a nuestro alrededor.
-Y las mariposas blancas y las libélulas azules que giran por el aire en extraños círculos, se
paraban un momento en nuestros dentellados bordes a contarse los secretos de ese misterioso
amor que dura un instante y les consume la vida.
-Cada cual de nosotras era una nota en el concierto de los bosques.
-Cada cual de nosotras era un tono en la armonía de su color.
-En las noches de luna, cuando su plateada luz resbalaba sobre la cima de los montes, ¿te
acuerdas cómo charlábamos en vez baja entre las diáfanas sombras?
-Y referíamos con un blando susurro las historias de los silfos que se columpian en los hilos de
oro que cuelgan las arañas entre los árboles.
.Hasta que suspendíamos nuestra monótona charla para oír embebecidas las quejas del ruiseñor,
que había escogido nuestro tronco por escabel.
-Y eran tan tristes y tan suaves sus lamentos, que, aunque llenas de gozo al oírle, nos amanecía
llorando.
-¡Oh! ¡Qué dulces eran aquellas lágrimas que nos prestaba el rocío de la noche y que
resplandecían con todos los colores del iris a la primera luz de la aurora!
-Después vino la alegre banda de jilgueros a llenar de vida y de ruidos el bosque con la
alborotada y confusa algarabía de sus cantos.
-Y una enamorada pareja colgó junto a nosotros su redondo nido de aristas y de plumas.
-Nosotras servíamos de abrigo a los pequeñuelos contra las molestas gotas de la lluvia en las
tempestades de verano
-Nosotras les servíamos de dosel y los defendíamos de los importunos rayos del sol.
-Nuestra vida pasaba, como un sueño de oro, del que no sospechábamos que se podría
despertar.
-Una hermosa tarde en que todo parecía sonreír a nuestro alrededor, en que el sol poniente
encendía el ocaso y arrebolaba las nubes, y de la tierra ligeramente húmeda se levantaban
efluvios de vida y perfumes de flores, dos amantes se detuvieron a la orilla del agua y al pie del
tronco que nos sostenía.
-¡Nunca se borrará ese recuerdo de mi memoria! Ella era joven, casi; una niña, hermosa y
pálida. Él le decía con ternura: «¿Por qué lloras?». «Perdona este involuntario sentimiento de
egoísmo -le respondió ella, enjugándose una lágrima-. Lloro por mí. Lloro la vida que me huye.
Cuando el cielo se corona de rayos de luz, y la tierra se viste de verdura y de flores, y el viento
trae perfumes y cantos de pájaros y armonías distantes, y se ama y se siente una amada, ¡la vida
es buena!» «¿Y por qué no has de vivir?», insistió él, estrechándole las manos conmovido.
«Porque es imposible. Cuando caigan secas esas hojas que murmuran armoniosas sobre
nuestras cabezas, yo moriré también y el viento llevará algún día su polvo y el mío, ¿quién sabe
adónde?» Yo lo oí y tú lo oíste, y nos estremecimos y callamos. ¡Debíamos secarnos!
¡Debíamos morir y girar arrastradas por los remolinos del viento! Mudas y llenas de terror
permanecíamos aún cuando llegó la noche. ¡Oh! ¡Qué noche tan horrible!
-Por la primera vez faltó a su cita el enamorado ruiseñor que la encantaba con sus quejas.
-A poco volaron los pájaros y con ellos sus pequeñuelos, ya vestidos de plumas. Y quedó el
nido solo, columpiándose lentamente y triste como la cuna vacía de un niño muerto.
-Y huyeron las mariposas blancas y las libélulas azules, dejando su lugar a los insectos oscuros
que venían a roer nuestras fibras y a depositar en nuestro seno sus asquerosas larvas.
-¡Oh! ¡Y cómo nos estremecíamos encogidas al helado contacto de las escarchas de la noche!
-Perdimos el color y la frescura.
-Perdimos la suavidad y la forma y lo que antes, al tocarnos, era como un rumor de besos, como
murmullo de palabras de enamorados, luego se convirtió en áspero ruido, seco, desagradable y
triste.
-¡Y al fin volamos desprendidas!
-Hollada bajo el pie del indiferente pasajero, sin cesar arrastrada de un punto a otro entre el
polvo y el fango, me he juzgado dichosa cuando podía reposar un instante en el profundo surco
de un camino.
-Yo he dado vueltas sin cesar, arrastrada por la turbia corriente, y en mi larga peregrinación vi
solo, enlutado y sombrío, contemplando con un mirada distraída las aguas que pasaban y las
hojas secas que marcaban su movimiento, a uno de los dos amantes cuyas palabras nos hicieron
presentir la muerte.
-¡Ella también se desprendió de la vida y acaso dormirá en una fosa reciente, sobre la que yo
me detuve un momento!
-¡Ay! Ella duerme y reposa, al fin; pero nosotras, ¿cuándo acabaremos este largo viaje...?
-¡Nunca...! Ya el viento que nos dejó reposar un punto vuelve a soplar, y ya me siento
estremecida para levantarme de la tierra y seguir con él. ¡Adiós, hermana!
-Adiós!


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Almanaque literario de la Biblioteca de Gaspar Roig
1871

domingo, febrero 24, 2008

LAS SEPULCRALES - CUENTO - GUY DE MAUPASSANT

Las Sepulcrales

(Les tombales-1891)



Guy de Maupassant



Estaban acabando de cenar. Eran cinco amigos, ya maduros, todos hombres de mundo y ricos; tres de ellos casados, los
otros dos solteros. Se reunían así todos los meses, en recuerdo de sus tiempos mozos; acabada la cena, permanecían
conversando hasta las dos de la madrugada. Seguían manteniendo amistad íntima, les agradaba verse juntos, y eran tal vez
aquellas veladas las más felices de su vida. Charlaban de todo, de todo lo que al hombre de París interesa y divierte. Al
estilo de los salones de entonces, hacían de viva voz un repaso de lo leído en los diarios de la mañana.

Uno de los más alegres entre los cinco era José de Bardón, soltero, quien sólo pensaba en vivir de la manera más
caprichosa la vida parisiense. No era un libertino, ni un depravado; más bien era versátil, el calaverón todavía joven,
porque apenas alcanzaba los cuarenta. Hombre de mundo, en el más amplio y benévolo sentido que se puede asignar al
vocablo, estaba dotado de mucho ingenio, aunque no de gran profundidad; enterado de muchas cosas, no llegaba por eso a
ser un verdadero erudito; rápido en el comprender, pero sin verdadero dominio de las materias, convertía sus
observaciones y aventuras -cuanto veía, se encontraba o descubría- en episodios de novela a un tiempo cómica y filosófica,
y en comentarios humorísticos que le daban en la capital fama de hombre inteligente.

Le correspondía en aquellas cenas el papel de orador. Se daba por descontado que siempre contaría algún lance, y él
llevaba su cuento preparado. No aguardó, para entrar en materia, a que se lo pidiesen.

Fumando, con los codos sobre la mesa, una copita de fine champagne a medio llenar delante de su platillo, entumecido por
aquella atmósfera de humo de tabaco aromatizado por el vaho del café caliente, se sentía en su propio elemento, como
ciertos seres que en determinados lugares y circunstancias parecen estar como en casa; por ejemplo: una beata en la
iglesia o un pez de colores en su globo de cristal.

Entre bocanada y bocanada de humo, comenzó a decir:

-Me ocurrió no hace mucho una curiosa aventura.

De todas las bocas salió casi a un tiempo la misma petición:

"¡Venga!"

Él prosiguió:

-Allá voy. Ya saben que yo recorro París como los coleccionistas de chucherías los escaparates. Ando al acecho de escenas,
de tipos, de cuanto pasa por la calle y de cuanto en la calle ocurre.

"Hacia la mitad de septiembre, con unos días magníficos, salí de casa por la tarde, sin rumbo fijo. Más o menos, nunca
falta ese deseo indefinido de visitar a una mujer bonita cualquiera. Se hace un repaso mental de las que conocemos,
comparándolas, sopesando el interés que nos inspiran, el encanto que sobre nosotros ejercen, y se deja uno llevar por la preferida del día. Pero un sol hermoso y una atmósfera tibia borran muchas veces las ganas de hacer visitas.

"Esa tarde hacía un sol hermoso y una atmósfera tibia; encendí un cigarro y me dejé ir, sin pensarlo siquiera, hacia los
bulevares exteriores. Caminando sin rumbo ni propósito, me asaltó de improviso la idea de seguir hasta el cementerio de
Montmartre y penetrar en él. A mí me gustan mucho los cementerios; responden a la necesidad que siento de sosiego y de
melancolía. Hay en ellos, además, buenos amigos a los que ya nadie visita; yo sí voy a verlos de cuando en cuando. En ese
cementerio de Montmartre, precisamente, tengo un capítulo de amor, una querida que me hizo sufrir mucho y sentir mucho:
una mujercita adorable, cuyo recuerdo me deja profundamente dolorido, pero también pesaroso..., pesaroso por muchos
conceptos... Sobre su tumba suelo abandonarme a mis pensamientos... Todo ha acabado para ella.

"Mi amor a los cementerios nace también de que son ciudades enormes, habitadas por un número prodigioso de personas.
Imagínense la cifra de muertos que habrá en espacio tan reducido, la cantidad de generaciones de parisienses que están
alojadas allí para siempre, trogloditas perpetuos, encerrados cada cual en su pequeña bóveda cubierta con una piedra o
marcada con una cruz, mientras los imbéciles de los vivos exigen tanto espacio y arman tanto estrépito.

"Hay más aún: en los cementerios hallamos monumentos casi tan interesantes como en los museos. Tengo que decir que la
tumba de Cavaignac me ha traído el recuerdo de la obra maestra de Jean Goujon, la estatua yacente de Luis de Brézé, en la
capilla subterránea de la catedral de Ruán; de ahí ha salido, señores, ese arte que llamamos moderno y realista. La
estatua yacente de Luis de Brézé tiene más de verdad, más de carne que se quedó petrificada en las convulsiones de la
agonía que todos los cadáveres dislocados que hoy se someten al tormento sobre las tumbas.

"Puédese admirar también en el cementerio de Montmartre el monumento de Baudin, obra que tiene cierta majestad; el de
Gautier, el de Murger. ¿Quién depositaría en éste la solitaria y modesta corona de amarillas siemprevivas que vi yo hace
poco? ¿Las llevó la última superviviente de sus alegres modistillas, viejísima ya y tal vez hoy portera de algún inmueble
de los alrededores? ¡El monumento tiene una linda estatuilla de Millet, carcomida de suciedad y de abandono! ¡Para que cantes a la juventud, oh, Murger!

"Entré, pues, en el cementerio de Montmartre, y me sentí de pronto impregnado de tristeza, pero no de una tristeza
exagerada, sino de una de esas tristezas capaces de sugerir al hombre que goza de buena salud esta reflexión: 'No es muy
alegre este lugar; pero de aquí a que yo venga ha de pasar un tiempo...'

"El ambiente de otoño, con su olor a tibia humedad de hojas muertas y sol extenuado, mortecino y anémico, agudiza,
envolviéndola en poesía, la sensación de soledad, de acabamiento definitivo que flota sobre aquel lugar en el que el
hombre husmea la muerte.

"Iba adelantando a paso lento por las calles de tumbas en las que los vecinos no se tratan ni se acuestan por parejas ni
leen los periódicos. Pero yo sí que me puse a leer los epitafios. Les aseguro que es la cosa más divertida del mundo. Ni
Labiche ni Meilhac me han movido jamás a risa tanto como la comicidad de la prosa sepulcral. Las planchas de mármol y las
cruces en que los deudos de los muertos dan rienda suelta a su dolor, hacen votos por la felicidad del que se fue y
pintan el anhelo que los acucia de ir a reunirse con él, son más eficaces que las mismas obras de Paul de Kock para
descongestionar el hígado... ¡Vaya bromistas!

"Lo que mayor reverencia me inspira en este cementerio es la parte abandonada y solitaria, poblada de grandes tejos y
cipreses, viejo barrio de los muertos antiguos que ha de convertirse pronto en un barrio flamante, cuando se derriben los
árboles verdes, nutridos con savia de cadáveres humanos, para ir colocando en fila, debajo de pequeñas chapas de mármol,
a los difuntos recientes.

"Cuando, a fuerza de vagabundear por allí, sentí aligerado mi espíritu, supe comprender que la insistencia traería el
aburrimiento y que no me quedaba por hacer otra cosa que llevar el homenaje fiel de mi recuerdo al lecho postrero de mi
amiguita. Al acercarme a su tumba, experimenté una ligera angustia. ¡Pobre mujercita querida, tan gentil, tan apasionada,
tan blanca, tan lozana como era!... Mientras que ahora..., si esa losa se alzase...

"Asomado por encima de la verja de hierro, le expresé, muy quedo, mi aflicción, completamente seguro de que ella no me
oía. Disponíame a partir, cuando vi que se arrodillaba junto a la tumba de al lado una mujer vestida de negro, de luto
riguroso. El velo de crespón, echado hacia atrás, dejaba al descubierto una linda cabeza rubia, y sus cabellos, partidos
en dos bandas laterales simétricas, brillaban con reflejos de luz de aurora, entre la noche de su tocado. Me quedé donde
estaba.

"No cabía duda de que el dolor que la aquejaba era profundo. Sepultados los ojos en las palmas de las manos, rígida como
estatua que medita, volando en alas de sus pesares, desgranando a la sombra de sus ojos ocultos y cerrados las cuentas
del rosario torturador de sus recuerdos, se le hubiera podido tomar por una muerta que estaba pensando en un muerto.
Adiviné de improviso que iba a romper a llorar; lo adiviné por un movimiento apenas perceptible de sus espaldas, algo así
como un escalofrío del viento en un sauce. Al suave llanto de los primeros momentos sucedió otro más fuerte, acompañado
de rápidas sacudidas del cuello y de los hombros. Dejó ver de pronto sus ojos. Estaban cuajados de lágrimas y eran
encantadores; los paseó en torno suyo, y tenían expresión de loca que parece despertar de una pesadilla. Cayó en la
cuenta de que yo la miraba y ocultó, como avergonzada, el rostro entre las manos. Sus sollozos se hicieron convulsivos y
su cabeza se fue inclinando lentamente hacia el mármol. Apoyó en él su frente, y el velo, que se desplegó en torno de
ella, vino a cubrir los ángulos blancos de la sepultura amada como una pena nueva. La oí gemir y, de pronto, se desplomó,
quedando inmóvil y sin conocimiento, con la mejilla apoyada en la loseta.

"Me precipité hacia ella, le di golpecitos en las manos, le soplé sobre los párpados, y entre tanto recorría con mi vista
el sencillo epitafio: 'Aquí descansa Luis-Teodoro Carrel, capitán de infantería de marina, muerto por el enemigo en
Tonquín. Rogad por él'.

"La muerte databa de algunos meses. Me enternecí hasta derramar lágrimas y puse doble interés en mis cuidados. Fueron
eficaces y ella volvió en sí. Mi emoción se reflejaba en mi rostro -no soy mal parecido, aún no he cumplido los cuarenta.
Me bastó su primera mirada para comprender que sería atenta y agradecida. Lo fue, después de otro acceso de lágrimas y de contarme su historia, que fue saliendo entrecortada de su pecho anhelante; cómo al año de casados cayó el oficial muerto
en Tonquín, y cómo había sido el suyo un matrimonio de amor, porque ella era huérfana de padre y madre, y apenas disponía de la dote reglamentaria.

"Le di ánimos, la consolé, la incorporé, la levanté del suelo y luego le dije:

"-No debe permanecer aquí. Venga.

"Ella murmuró:

"-Me siento incapaz de caminar.

"-Yo la sostendré.

"-Gracias, caballero, es usted bondadoso. ¿También usted ha venido a llorar a algún muerto?

"-También, señora.

"-¿Tal vez a una mujer?

"-A una mujer; sí, señora.

"-¿Su esposa?

"-Una amiga mía.

"-Se puede querer a una amiga tanto como a su propia esposa; la pasión no reconoce ley.

"-Exacto, señora.

"Y hétenos en marcha, juntos los dos, ella apoyándose en mí, yo llevándola casi en brazos por los caminos del cementerio.
Fuera ya de éste, murmuró con acento desfallecido:

"-Temo que me vaya a dar un desmayo.

"-¿Por qué no entramos en algún sitio? Podría tomar usted alguna cosa.

"-Entremos, sí, señor.

"Descubrí un restaurante, uno de esos establecimientos en los que los amigos del difunto celebran haber cumplido ya con
la pesada obligación. Entramos. Hice que bebiese una taza de té bien caliente, y esto pareció reanimarla. Se esbozó en
sus labios una tenue sonrisa. Me habló de sí misma.

"Era triste, muy triste, encontrarse sola en la vida; sola siempre en casa, noche y día; sin tener ya nadie a quien dar
su cariño, su confianza, su intimidad.

"Tenía visos de sincero todo aquello. Dicho por tal boca, resultaba un encanto. Me enternecí. Era muy joven, quizá de
veinte años.

"Le dirigí algunos cumplidos, que ella aceptó con agrado. Me pareció que aquello se alargaba demasiado y me brindé a

llevarla a su casa en carruaje. Aceptó, y dentro ya del coche nos quedamos tan juntos, hombro con hombro, que el calor de
nuestros cuerpos se mezclaba a través de la ropa, que es una cosa que a mí me trastorna por completo.

"Al detenerse el carruaje frente a su casa, me dijo ella en un susurro:

"-Vivo en el cuarto piso, y me siento sin fuerzas para llegar por mi pie hasta arriba. Puesto que ha sido tan bondadoso,
¿quiere darme una vez más su brazo para subir a mis habitaciones?

"Me apresuré a aceptar. Subió despacio, jadeando mucho. Cuando estuvimos frente a su puerta, agregó:

"-Entre usted y pase conmigo unos momentos para que pueda darle las gracias.

"Entré, ¡vaya si entré!

"El interior era modesto, casi tirando a pobre, pero sencillo y muy en orden.

"Nos sentamos, el uno junto al otro, en un pequeño canapé, y otra vez me habló ella de su soledad. Llamó a su criada, con
intención de ofrecerme alguna bebida, pero la criada no acudió, con grandísimo contento mío. Supuse que la tendría nada
más que para las mañanas; lo que se llama una asistencia.

"Se había quitado el sombrero. Era un verdadero encanto de mujer, y sus ojos claros se clavaban en mí; se clavaban de tal
manera y eran tan claros, que sentí una tentación terrible, y me dejé llevar de la tentación. La cogí entre mis brazos, y
sobre sus párpados, que se cerraron de pronto, puse besos... y besos... y cada vez más besos.

"Ella forcejeaba, rechazándome, a la vez que repetía:

"-Acabe..., acabe..., acabe ya.

"¿En qué sentido lo decía? Dos por lo menos puede tener, en situaciones semejantes, el verbo acabar. Yo le di el que era
de mi gusto, y salté de los ojos a la boca para hacerla callar. No llevó su resistencia al extremo; y cuando, después de
tamaño insulto a la memoria del capitán muerto en Tonquín, volvimos a mirarnos, vi en ella una expresión de languidez,
enternecimiento y resignación, que disipó mis inquietudes.

"Entonces me mostré galante, solícito, agradecido. Después de otra charla íntima de casi una hora, le pregunté:

"-¿Dónde acostumbra cenar?

"-En un pequeño restaurante aquí cerca.

"-¿Completamente sola?

"-Desde luego.

"-¿Quiere cenar conmigo?

"-¿Dónde va a ser?

"-En un buen restaurante del bulevar.

"Se mostró un poco reacia. Insistí, y ella se rindió, diciendo para justificarse a sí misma:

"-Me aburro tanto..., tanto.

"Y agregó a continuación:

"-Es preciso que me ponga un vestido menos lúgubre.

"Se metió en su dormitorio y cuando reapareció vestía de alivio luto; estaba encantadora, delicada y esbelta con su
sencillísimo vestido gris. Tenía, por lo visto, trajes distintos para el cementerio y para la ciudad.

"La cena fue cordial. Bebió champaña, se enardeció, cobró valor y yo me recogí a su casa con ella.

"Esta conexión, trabada sobre las tumbas, duró cerca de tres semanas. Pero todo cansa, y aún más las mujeres. La dejé,
alegando como pretexto cierto viaje ineludible. Me despedí con mucha esplendidez, lo que me valió su efusivo
agradecimiento. Me hizo prometer, me hizo jurar que volvería a visitarla a mi regreso. Parecía que, en efecto, me hubiese
tomado algo de cariño.

"Corrí en busca de otras ternuras, y transcurrió casi un mes sin que el pensamiento de entrevistarme otra vez con aquella
delicada amante funeraria se me presentase con fuerza tal que me obligase a ceder a él. A decir verdad, nunca la olvidé
por completo. Me asaltaba a menudo su recuerdo como un misterio, como un problema de psicología, como una de esas
cuestiones inexplicables cuya solución nos aguijonea.

"Sin saber por qué sí ni por qué no, vino a figurárseme cierto día que otra vez iba tropezar con ella en el cementerio de
Montmartre, y allí me fui.

"Largo rato anduve paseando sin encontrar más que a las visitas corrientes de aquel lugar, es decir, personas que no han
roto del todo sus lazos con los muertos. Ninguna mujer derramaba lágrimas sobre la tumba del capitán muerto en Tonquín,
ni había flores ni coronas sobre el mármol.

"Pero al desviarme por otro barrio de aquella gran ciudad de difuntos, descubrí de pronto, al final de una estrecha
avenida de cruces, a una pareja, hombre y mujer, que venían en dirección a donde yo estaba. ¡Qué asombro! ¡Era ella! ¡La
reconocí cuando se acercaron!

"Me vio, se ruborizó y, al rozar yo con ella de pasada, me dirigió un guiño imperceptible que quería decir: 'Haga como
que no me conoce', pero que también debía de entenderse como: 'No dejes de verme, amor mío.'

"Su acompañante era un caballero distinguido, elegante, oficial de la Legión de Honor, como de cincuenta años. La iba
sosteniendo como yo mismo la sostuve cuando salimos del cementerio.

"Me alejé de allí, estupefacto, dudando aún de lo que había visto, preguntándome en qué clasificación biológica habría
que colocar a la cazadora sepulcral. ¿Era una chica cualquiera, una prostituta inspirada que hacía sobre las tumbas su
cosecha de hombres tristes, apegados a la memoria de una mujer, esposa o amante, y sacudidos todavía por el recuerdo de
las caricias que se fueron para siempre? ¿Era ella la única? ¿Existen otras más? ¿Se trata de una verdadera profesión?
¿Corren unas el cementerio como otras corren la acera? ¡Cazadoras sepulcrales! ¿O es que tuvo ella acaso la idea
admirable, de una filosofía profunda, de explotar la necesidad de un amor que quienes lo perdieron sienten reavivarse en
aquellos lugares fúnebres?


"¡Me hubiera gustado saber el nombre del difunto de quien había enviudado por aquel día!"

viernes, marzo 30, 2007

GUY DE MAUPASSANT // LA MANO


GUY DE MAUPASSANT
LA MANO

Estaban en círculo en torno al señor Bermutier, juez de instrucción, que daba su
opinión sobre el misterioso suceso de Saint-Cloud. Desde hacía un mes, aquel
inexplicable crimen conmovía a París. Nadie entendía nada del asunto. El señor
Bermutier, de pie, de espaldas a la chimenea, hablaba, reunía las pruebas,
discutía las distintas opiniones, pero no llegaba a ninguna conclusión.
Varias mujeres se habían levantado para acercarse y permanecían de pie, con
los ojos clavados en la boca afeitada del magistrado, de donde salían las graves
palabras. Se estremecían, vibraban, crispadas por su miedo curioso, por la
ansiosa e insaciable necesidad de espanto que atormentaba su alma; las
torturaba como el hambre.
Una de ellas, más pálida que las demás, dijo durante un silencio:
-Es horrible. Esto roza lo sobrenatural. Nunca se sabrá nada.
El magistrado se dio la vuelta hacia ella:
-Sí, señora es probable que no se sepa nunca nada. En cuanto a la palabra
sobrenatural que acaba de emplear, no tiene nada que ver con esto. Estamos
ante un crimen muy hábilmente concebido, muy hábilmente ejecutado, tan bien
envuelto en misterio que no podemos despejarle de las circunstancias
impenetrables que lo rodean. Pero yo, antaño, tuve que encargarme de un
suceso donde verdaderamente parecía que había algo fantástico. Por lo demás,
tuvimos que abandonarlo, por falta de medios para esclarecerlo.
Varias mujeres dijeron a la vez, tan de prisa que sus voces no fueron sino una:
-¡Oh! Cuéntenoslo.
El señor Bermutier sonrió gravemente, como debe sonreír un juez de
instrucción. Prosiguió:
-Al menos, no vayan a creer que he podido, incluso un instante, suponer que
había algo sobrehumano en esta aventura. No creo sino en las causas naturales.
Pero sería mucho más adecuado si en vez de emplear la palabra sobrenatural
para expresar lo que no conocemos, utilizáramos simplemente la palabra
inexplicable. De todos modos, en el suceso que voy a contarles, fueron sobre
todo las circunstancias circundantes, las circunstancias preparatorias las que me
turbaron. En fin, estos son los hechos:
Entonces era juez de instrucción en Ajaccio, una pequeña ciudad blanca que se
extiende al borde de un maravilloso golfo rodeado por todas partes por altas
montañas.
Los sucesos de los que me ocupaba eran sobre todo los de vendettas. Los hay
soberbios, dramáticos al extremo, feroces, heroicos. En ellos encontramos los
temas de venganza más bellos con que se pueda soñar, los odios seculares,
apaciguados un momento, nunca apagados, las astucias abominables, los
asesinatos convertidos en matanzas y casi en acciones gloriosas. Desde hacía
dos años no oía hablar más que del precio de la sangre, del terrible prejuicio
corso que obliga a vengar cualquier injuria en la propia carne de la persona que
la ha hecho, de sus descendientes y de sus allegados. Había visto degollar a
ancianos, a niños, a primos; tenía la cabeza llena de aquellas historias.
Ahora bien, me enteré un día de que un inglés acababa de alquilar para varios
años un pequeño chalet en el fondo del golfo. Había traído con él a un criado
francés, a quien había contratado al pasar por Marsella. Pronto todo el mundo
se interesó por aquel singular personaje, que vivía solo en su casa y que no salía
sino para cazar y pescar. No hablaba con nadie, no iba nunca a la ciudad, y cada
mañana se entrenaba durante una o dos horas en disparar con la pistola y la
carabina.
Se crearon leyendas entorno a él. Se pretendió que era un alto personaje que
huía de su patria por motivos políticos; luego se afirmó que se escondía tras
haber cometido un espantoso crimen. Incluso se citaban circunstancias
particularmente horribles.
Quise, en mi calidad de juez de instrucción, tener algunas informaciones sobre
aquel hombre; pero me fue imposible enterarme de nada. Se hacía llamar sir
John Rowell.
Me contenté pues con vigilarle de cerca; pero, en realidad, no me señalaban
nada sospechoso respecto a él. Sin embargo, al seguir, aumentar y generalizarse
los rumores acerca de él, decidí intentar ver por mí mismo al extranjero, y me
puse a cazar con regularidad en los alrededores de su dominio.
Esperé durante mucho tiempo una oportunidad. Se presentó finalmente en
forma de una perdiz a la que disparé y maté delante de las narices del inglés.
Mi perro me la trajo; pero, cogiendo en seguida la caza, fui a excusarme por mi
inconveniencia y a rogar a sir John Rowell que aceptara el pájaro muerto.
Era un hombre grande con el pelo rojo, la barba roja, muy alto, muy ancho, una
especie de Hércules plácido y cortés. No tenía nada de la rigidez llamada
británica, y me dio las gracias vivamente por mi delicadeza en un francés con
un acento de más allá de la Mancha. Al cabo de un mes habíamos charlado unas
cinco o seis veces. Finalmente una noche, cuando pasaba por su puerta, le vi en
el jardín, fumando su pipa, a horcajadas sobre una silla. Le saludé y me invitó a
entrar para tomar una cerveza. No fue necesario que me lo repitiera.
Me recibió con toda la meticulosa cortesía inglesa; habló con elogios de Francia,
de Córcega, y declaró que le gustaba mucho esta país, y esta costa.
Entonces, con grandes precauciones y como si fuera resultado de un interés
muy vivo, le hice unas preguntas sobre su vida y sus proyectos. Contestó sin
apuros y me contó que había viajado mucho por África, las Indias y América.
Añadió riéndose:
-Tuve muchas aventuras, ¡oh! yes.
Luego volví a hablar de caza y me dio los detalles más curiosos sobre la caza
del hipopótamo, del tigre, del elefante e incluso la del gorila.
Dije:
-Todos esos animales son temibles.
Sonrió:
-¡Oh, no! El más malo es el hombre.
Se echó a reír abiertamente, con una risa franca de inglés gordo y contento:
-He cazado mocho al hombre también.
Después habló de armas y me invitó a entrar en su casa para enseñarme
escopetas con diferentes sistemas. Su salón estaba tapizado de negro, de seda
negra bordada con oro. Grandes flores amarillas corrían sobre la tela oscura,
brillaban como el fuego. Dijo:
-Eso ser un tela japonesa.
Pero, en el centro del panel más amplio, una cosa extraña atrajo mi mirada.
Sobre un cuadrado de terciopelo rojo se destacaba un objeto rojo. Me acerqué:
era una mano, una mano de hombre. No una mano de esqueleto, blanca y
limpia, sino una mano negra reseca, con uñas amarillas, los músculos al
descubierto y rastros de sangre vieja, sangre semejante a roña, sobre los huesos
cortados de un golpe, como de un hachazo, hacia la mitad del antebrazo.
Alrededor de la muñeca una enorme cadena de hierro, remachada, soldada a
aquel miembro desaseado, la sujetaba a la pared con una argolla bastante fuerte
como para llevar atado a un elefante. Pregunté:
-¿Qué es esto?
El inglés contestó tranquilamente:
-Era mejor enemigo de mí. Era de América. Ello había sido cortado con el sable
y arrancado la piel con un piedra cortante, y secado al sol durante ocho días.
¡Aoh, muy buena para mí, ésta.
Toqué aquel despojo humano que debía de haber pertenecido a un coloso. Los
dedos, desmesuradamente largos, estaban atados por enormes tendones que
sujetaban tiras de piel a trozos. Era horroroso ver esa mano, despellejada de esa
manera; recordaba inevitablemente alguna venganza de salvaje. Dije:
-Ese hombre debía de ser muy fuerte.
El inglés dijo con dulzura:
-Aoh yes; pero fui más fuerte que él. Yo había puesto ese cadena para sujetarle.
Creí que bromeaba. Dije:
-Ahora esta cadena es completamente inútil, la mano no se va a escapar.
Sir John Rowell prosiguió con tono grave:
-Ella siempre quería irse. Ese cadena era necesaria.
Con una ojeada rápida, escudriñé su rostro, preguntándome: "¿Estará loco o
será un bromista pesado?" Pero el rostro permanecía impenetrable, tranquilo y
benévolo. Cambié de tema de conversación y admiré las escopetas. Noté sin
embargo que había tres revólveres cargados encima de unos muebles, como si
aquel hombre viviera con el temor constante de un ataque.
Volví varias veces a su casa. Después dejé de visitarle. La gente se había
acostumbrado a su presencia; ya no interesaba a nadie.
Transcurrió un año entero; una mañana, hacia finales de noviembre, mi criado
me despertó anunciándome que Sir John Rowell había sido asesinado durante
la noche.
Media hora más tarde entraba en casa del inglés con el comisario jefe y el
capitán de la gendarmería. El criado, enloquecido y desesperado, lloraba
delante de la puerta. Primero sospeché de ese hombre, pero era inocente. Nunca
pudimos encontrar al culpable.
Cuando entré en el salón de Sir John, al primer vistazo distinguí el cadáver
extendido boca arriba, en el centro del cuarto. El chaleco estaba desgarrado,
colgaba una manga arrancada, todo indicaba que había tenido lugar una lucha
terrible.
¡El inglés había muerto estrangulado! Su rostro negro e hinchado, pavoroso,
parecía expresar un espanto abominable; llevaba algo entre sus dientes
apretados; y su cuello, perforado con cinco agujeros que parecían haber sido
hechos con puntas de hierro, estaba cubierto de sangre.
Un médico se unió a nosotros. Examinó durante mucho tiempo las huellas de
dedos en la carne y dijo estas extrañas palabras: -Parece que le ha estrangulado
un esqueleto.
Un escalofrío me recorrió la espalda y eché una mirada hacia la pared, en el
lugar donde otrora había visto la horrible mano despellejada. Ya no estaba allí.
La cadena, quebrada, colgaba.
Entonces me incliné hacia el muerto y encontré en su boca crispada uno de los
dedos de la desaparecida mano, cortada o más bien serrada por los dientes justo
en la segunda falange.
«Luego se procedió a las comprobaciones. No se descubrió nada. Ninguna
puerta había sido forzada, ni ninguna ventana, ni ningún mueble. Los dos
perros de guardia no se habían despertado.
Ésta es, en pocas palabras, la declaración del criado:
Desde hacía un mes su amo parecía estar agitado. Había recibido muchas
cartas, que había quemado a medida que iban llegando. A menudo, preso de
una ira que parecía demencia, cogiendo una fusta, había golpeado con furor
aquella mano reseca, lacrada en la pared, y que había desaparecido, no se sabe
cómo, en la misma hora del crimen.
Se acostaba muy tarde y se encerraba cuidadosamente. Siempre tenía armas al
alcance de la mano. A menudo, por la noche, hablaba en voz alta, como si
discutiera con alguien.
Aquella noche daba la casualidad de que no había hecho ningún ruido, y hasta
que no fue a abrir las ventanas el criado no había encontrado a sir John
asesinado. No sospechaba de nadie.
Comuniqué lo que sabía del muerto a los magistrados y a los funcionarios de la
fuerza pública, y se llevó a cabo en toda la isla una investigación minuciosa. No
se descubrió nada.
Ahora bien, tres meses después del crimen, una noche, tuve una pesadilla
horrorosa. Me pareció que veía la mano, la horrible mano, correr como un
escorpión o como una araña a lo largo de mis cortinas y de mis paredes. Tres
veces me desperté, tres veces me volví a dormir, tres veces volví a ver el odioso
despojo galopando alrededor de mi habitación y moviendo los dedos como si
fueran patas.
Al día siguiente me la trajeron; la habían encontrado en el cementerio, sobre la
tumba de sir John Rowell; le habían enterrado allí, ya que no habían podido
descubrir a su familia. Faltaba el índice.
Ésta es, señoras, mi historia. No sé nada más.
Las mujeres, enloquecidas, estaban pálidas, temblaban. Una de ellas exclamó:
-¡Pero esto no es un desenlace, ni una explicación! No vamos a poder dormir si
no nos dice lo que según usted ocurrió.
El magistrado sonrió con severidad:
-¡Oh! Señoras, sin duda alguna, voy a estropear sus terribles sueños. Pienso
simplemente que el propietario legítimo de la mano no había muerto, que vino
a buscarla con la que le quedaba. Pero no he podido saber cómo lo hizo. Este
caso es una especie de vendetta.
Una de las mujeres murmuró:
-No, no debe de ser así.
Y el juez de instrucción, sin dejar de sonreír, concluyó:
-Ya les había dicho que mi explicación no les gustaría.

GUY DE MAUPASSANT

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