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jueves, abril 24, 2008

Metzengerstein -- EDGAR ALLAN POE


Metzengerstein
Edgar Allan Poe
Pestis eram vivus - mariens tua mars era. (1)
(Martín Lutero)
***
---
El horror y la fatalidad han aparecido libremente en todas las edades. ¿Por qué atribuir entonces una fecha a la historia
que vaya contar? Baste decir que en la época de que hablo existía en el interior de Hungría una arraigada, aunque oculta,
creencia en las doctrinas de la metempsícosis. De estas doctrinas mismas -esto es, de su falsedad o de su probabilidad-
nada diré. Afirmo, sin embargo, que gran parte de nuestra incredulidad (como dice La Bruyere, de toda nuestra
infelicidad) vient de ne pouvoir etre seuls (2).
Pero en algunos puntos la superstición húngara tendería por completo a lo absurdo. Ellos -los húngaros- diferían
esencialmente de sus autoridades orientales. He aquí un ejemplo: el alma -afirman, y cito las palabras de un agudo e
inteligente parisiense- ne demeure qu'une seule fois dans un corps sensible: au reste un cheval, un chien, un homme meme,
n' est que la ressemblance peu tangible de ces animaux (3).
Las familias de Berlifitzing y Metzengerstein hallábanse enemistadas desde hacía varios siglos. Jamás hubo dos casas tan
ilustres agriadas mutuamente Por una enemistad tan mortal. El origen de la enemistad parecía radicar en las palabras de
una antigua profecía: "Un augusto nombre sufrirá una espantosa caída cuando, como el jinete sobre su caballo, la
mortalidad de Metzengerstein triunfe sobre la inmortalidad de Berlifitzing".
Seguramente estas palabras significan poco o nada en sí mismas. Pero causas más triviales han dado origen -y no hace
falta que nos remontemos mucho- a consecuencias memorables. Además, los dominios de las casas rivales eran contiguos y
ejercían desde largo tiempo una influencia rival en los asuntos de un gobierno bullicioso. Por otra parte, vecinos tan
inmediatos son rara vez amigos y los habitantes del castillo de Berlifitzing podían contemplar desde sus elevados
contrafuertes las ventanas del palacio de Metzengerstein. Y no era en absoluto la magnificencia más que feudal así
ostentada al que intentaba mitigar los irritables sentimientos de los Berlifitzing, menos antiguos y menos ricos. ¿Cómo
extrañarse entonces de que las necias palabras de una predicción lograran hacer estallar y mantener viva la discordia
entre dos familias ya predispuestas al rencor por todas las razones de un orgullo hereditario?. La profecía parecía
entrañar, si es que entrañaba algo, el triunfo final de la casa más poderosa. Y lo más débiles y menos influyentes la
recordaban con amarga animosidad.
Wilhelm,conde de Berlifitzing, aunque de augusta estirpe, era en la época de nuestra narración un anciano achacoso y
chocho, que sólo se hacía notar por una loca e inveterada antipatía personal hacia la familia de su rival y por una
pasión desordenada hacía la equitación y la caza, a cuyos peligros ni su debilidad personal ni su incapacidad mental le
impedían dedicarse a diario.
Frederick, barón de Metzengerstein, no había alcanzado aún la mayoría de edad. Su padre, el ministro G..., había muerto
joven, y su madre, lady Mary, lo siguió muy pronto. Frederick tenía a la sazón dieciocho años, edad que no representa
casi nada en las ciudades; pero en una soledad, y en una soledad tan magnífica como la de aquella vieja soberanía, el
péndulo vibra con un sentido más hondo.
Debido a las peculiares circunstancias derivadas de la administración de su padre, el joven barón heredó, al morir aquél,
sus vastos dominios. Rara vez se había visto a un noble húngaro dueño de un patrimonio semejante. Sus castillos eran
incontables. El más esplendoroso, el más amplio, era el palacio Metzengerstein. La línea fronteriza de sus dominios nunca
había sido claramente definida, pero su parte principal abarcaba un circuito de cincuenta millas.
La herencia de un propietario tan joven, inmensamente rico y dotado de un carácter bien conocido, provocó pocas dudas
sobre su probable línea de comportamiento. En efecto, durante los tres primeros días la conducta del heredero excedió la
de Herodes y superó en magnificencia la expectación de sus admiradores más entusiastas. Vergonzosos libertinajes,
flagrantes felonías, atrocidades inauditas, hicieron comprender rápidamente a sus temblorosos vasallos que ni la servil
sumisión por parte de ellos, ni los escrúpulos de conciencia por parte del amo, les garantizarían de allí en adelante
contra las garras despiadadas del pequeño Calígula. Durante la noche del cuarto día estalló un incendio en las
caballerizas del castillo de Berlifitzing, y la opinión unánime agregó la acusación de incendiario a la ya horrenda lista de delitos y enormidades del barón.
Pero durante el tumulto ocasionado por el accidente, el joven aristócrata se hallaba aparentemente sumido en meditación
en una amplia y desolada estancia enclavada en la parte alta del palacio solariego de Metzengerstein. Las ricas aunque
ajadas colgaduras, que cubrían fúnebremente las paredes, representaban figuras vagas y majestuosas de mil ilustres
antepasados. Aquí sacerdotes revestidos de rico manto de armiño y dignatarios pontificales sentábanse familiarmente con
el autócrata y el soberano, vetaban los deseos de un rey temporal o contenían con el fiar de la supremacía papal el cetro
rebelde del archienemigo. Allí las atenazadas y enormes figuras de los príncipes de Metzengerstein, montados en sus
briosos corceles de guerra, que pisoteaban los cadáveres del enemigo caído, sobrecogían los nervios más firmes con su
vigorosa expresión; y allí también las figuras voluptuosas, como de cisnes, de las damas de antaño flotaban lejos, en el
laberinto de una danza irreal, a los sones de una melodía imaginaria.
Pero mientras el barón escuchaba o fingía escuchar el creciente alboroto en las caballerizas de Berlifitzing o meditaba
quizá algún nuevo acto de audacia aún más osado, sus ojos se volvieron sin querer hacia la figura de un enorme caballo
pintado con un color que no era natural, representado en el tapiz como perteneciente a un sarraceno antepasado de la
familia de su rival. El caballo aparecía en primer plano, inmóvil como una estatua, mientras más allá, hacia el fondo, su
derribado jinete perecía bajo el puñal de un Metzengerstein.
En los labios de Frederick se dibujó una sonrisa diabólica al darse cuenta de lo que sus ojos contemplaban
inconscientemente. No pudo, sin embargo, apartarlos de allí. Antes bien, una ansiedad abrumadora parecía caer sobre sus
sentidos como un paño mortuorio. A duras penas podía conciliar sus soñolientas incoherentes sensaciones con la certeza de
hallarse despierto. Cuanto más lo contemplaba, más absorbente era el encantamiento y más imposible le parecía poder
arrancar su mirada de la fascinación del tapiz. El tumulto del exterior se hizo de repente más violento y Frederick logró
concentrar su atención en los rojizos resplandores que las llameantes caballerizas proyectaban sobre las ventanas de la
estancia.
Su nueva actitud, empero, no duró mucho, y sus ojos volvieron a posarse maquinalmente en el muro. Para su indescriptible
horror y asombro, la cabeza del gigantesco corcel parecía haber cambiado de posición durante aquel intervalo. El cuello
del animal, antes curvado, como si la compasión lo hiciera inclinarse sobre el postrado cuerpo de su amo, se tendía ahora
en dirección al barón. Los ojos, antes invisibles, mostraban una expresión enérgica y humana y brillaban con un extraño
resplandor rojizo, como de fuego; y los abiertos belfos de aquel caballo aparentemente furioso permitían ver sus
sepulcrales y repulsivos dientes.
Estupefacto de terror el joven aristócrata se dirigió tambaleante hacia la puerta. En el momento de abrirla, un relámpago
de luz roja flameó dentro de la habitación proyectando claramente su sombra sobre la trémula tapicería, y Frederick se
estremeció al ver que aquella sombra (mientras él permanecía vacilante en el umbral) asumía la postura exacta y llenaba
completamente el contorno del implacable y triunfante matador del Berlifitzing sarraceno.
Para aliviar la depresión de su espíritu, el barón salió presuroso al aire libre. En la puerta principal del palacio
encontró a tres caballerizos, que con gran dificultad y con riesgo de sus vidas trataban de calmar los convulsivo saltos
de un gigantesco caballo de color de fuego.
-¿De quién es este caballo? ¿Dónde lo habéis encontrado? -preguntó el joven con un tono tan sombrío como colérico, al
reconocer inmediatamente que el misterioso corcel de la tapicería era la réplica exacta del furioso animal que tenía ante
los ojos.
-Es vuestro, señor -contestó uno de los caballerizos-, o al menos no sabemos que nadie lo reclame. Lo capturamos cuando
huía echando humos y espumeante de rabia de las caballerizas incendiadas del conde de Berlifitzing. Suponiendo que era
uno de los caballos extranjeros del conde fuimos a devolverlo, pero los mozos negaron haber visto nunca al animal, lo
cual es extraño puesto que muestra señales evidentes del fuego del que se ha librado de milagro.
-Las letras W. V. B. están cláramente marcadas en su frente -interrumpió el segundo caballerizo-. Como es natural
supusimos que eran las iniciales de Wilhelm van Berlifitzing, pero en el castillo niegan terminantemente que el caballo
les pertenezca.
-¡Es muy extraño! -dijo el joven barón con aire pensativo y sin cuidarse al parecer del sentido de sus palabras-. Como
decís, es un caballo notable, un caballo prodigioso, aunque, como justamente observáis, tan peligroso como intratable...
Pues bien, dejádmelo -agregó luego de una pausa-, quizá un jinete como Frederick de Metzengerstein sepa domar hasta el
mismísimo diablo de las cuadras de Berlifitzing.
-Os engañáis, señor; este caballo, como creo haberos indicado, no proviene de las cuadras del conde, pues, en tal caso,
conocemos muy bien nuestro deber para traerlo a presencia de vuestra familia.
-¡Cierto! -observó secamente el barón.
En aquel momento un ayuda de cámara llegó corriendo desde el palacio todo sofocado. Musitó al oído de su amo para
informarle de la repentina desaparicion de un pequeño trozo de la tapicería de cierto aposento, agregando numerosos
detalles tan precisos como concretos. Pero como comunicó todo aquello en un tono de voz muy bajo no se escapó nada que
pudier satisfacer la excitada curiosidad de los caballerizos.
Mientras duró el relato del paje, el joven Frederick pareció agitado por muy diversas emociones. No obstante, pronto
recobró la calma, y una expresión de resuelta perversidad afloró a su rostro cuando daba órdenes perentorias para que la
estancia en cuestión fuera al punto cerrada y se le entregara inmediatamente la llave.
-¿Habéis oído la noticia de la lamentable mUerte del viejo cazador Berlifitzing? -dijo uno de sus vasallos al barón
cuando, después de marcharse el ayuda de cámara, el enorme corcel, que el noble acababa de adoptar como suyo, redoblaba su furia, mientras lo llevaban por la larga avenida que se extendía desde el palacio hasta las caballerizas de los
Metzengerstein.
-¡No! -exclamó el barón, volviéndose bruscamente hacia el que hablaba-. ¿Que ha muerto, dices?
-Es cierto, señor, y pienso que para un noble de vuestro apellido no será una noticia desagradable.
Una rápida sonrisa cruzó por el rostro del barón.
-¿ Cómo ha muerto?
-Entre las llamas, cuando se esforzaba imprudentemente por salvar una parte de sus caballos de caza favoritos.
-¡Re...al...men...te! -exclamó el barón, pronunciando cada sílaba como si una idea apasionante se apoderara en ese
momento de él.
-¡Realmente! -repitió el vasallo.
-¡Espantoso! -dijo tranquilamente el joven que regresó en silencio al palacio.
Desde aquella fecha, una notable alteración tuvo lugar en la conducta exterior del disoluto barón Frederick von
Metzengerstein. Su conducta defraudó todas las esperanzas y se mostró en completo desacuerdo con las expectativas y
manejos de más de una madre de niña casadera; al mismo tiempo, sus hábitos y maneras siguieron diferenciándose más que
nunca de los de la aristocracia circundante. Jamás se lo veía allende los límites de sus dominios y en su vasto mundo
ocial carecía de compañero, a menos que aquel extraño e impetuoso corcel de ígneo color, que montaba continuamente,
tuviera algún misterioso derecho a ser considerado como su amigo.

A pesar de lo cual y durante largo tiempo llegaron a palacio las invitaciones de nobles vinculados con su casa.
-¿Honrará el barón nuestras fiestas con su presencia?
-¿ Vendrá el barón a cazar con nosotros a una montería de jabalíes?
Las altaneras y lacónicas respuestas eran siempre:
-Metzengerstein no irá a la caza.
-Metzengerstein no concurrirá.
Aquellos repetidos insultos no podían ser tolerados por una aristocracia igualmente arrogante. Las invitaciones se
hicieron menos cordiales, menos frecuentes, hasta que cesaron por completo. Se oyó incluso a la viuda del infortunado
conde de Berlifitzing expresar su esperanza de que «el barón tuviera que quedarse en su casa cuando no deseara estar en
ella, puesto que desdeñaba la compañía de sus iguales, y que cabalgara cuando no quisiera cabalgar, puesto que prefería
la compañía de un caballo».
Estas palabras eran tan sólo el estallido de un rencor hereditario y probaban simplemente el poco sentido que tienen
nuestras palabras cuando queremos que sean especialmente enérgicas.
Los más caritativos, sin embargo, atribuían aquella alteración en la conducta del joven noble al natural dolor de un hijo
por la pérdida prematura de sus padres; ni que decir tiene que olvidaban su atroz y despreocupada conducta durante el
breve período que siguió de cerca a aquellas muertes. No faltaban quienes presumían en el barón un concepto excesivamente altanero de la dignidad. Otros (entre los cuales cabe mencionar al médico de la familia) no vacilaban en hablar de una
melancolía morbosa y mala salud hereditaria; la multitud hacía correr oscuras insinuaciones de naturaleza más equívoca.
Por cierto que el perverso cariño del joven barón por su caballo -cariño que parecía acendrarse a cada nueva prueba que
daba el animal de sus feroces y demoníacas inclinaciones- llegó a ser a la larga, a los ojos de los hombres, un cariño
horrible y contra natura. Bajo el resplandor del mediodía, en la oscuridad nocturna, enfermo o sano, en la calma o en la
borrasca, el joven Metzengerstein parecía estar clavado a la montura de aquel caballo colosal, cuya indomable audacia
armonizaba tan bien con su manera de ser.
Había, por añadidura, circunstancias que unidas a los últimos acontecimientos conferían un carácter extraterreno y
portentoso a la manía del jinete y a las posibilidades del corcel. Habíase medido cuidadosamente la longitud de sus
saltos, que excedían de manera asombrosa las conjeturas más fantásticas. El barón no usaba ningún nombre especial para su caballo pese a que todos los demás de su propiedad lo tenían. Su caballeriza también estaba situada a cierta distancia de
las otras, y sólo su amo osaba penetrar allí y acercarse al animal para darle de comer y ocuparse de su limpieza. Era
además notable que, aunque lo tres mozos que lo habían capturado cuando huía del incendio de Berlifitzing lo habían
contenido por medio de una cadena y de un lazo, ninguno de los tres podía afirmar con certeza que durante aquella
peligrosa lucha o en otro momento posterior hubiesen puesto sus manos sobre el cuerpo de la bestia.
Esas pruebas de una inteligencia especial en la conducta de un caballo lleno de ardor no tiene por qué provocar una
atención fuera de lo común; pero ciertas circunstancias se imponían a los espíritus más escépticos y flemáticos; se
afirmó incluso que, a veces, la asombrada multitud que contemplaba a la bestia había retrocedido horrorizada ante la
profunda e impresionante significación de su terrible apariencia; ciertas ocasiones en que, incIuso el joven
Metzengerstein, retrocedía palideciendo ante la expresión repentina y penetrante de aquellos ojos casi humanos del corcel.
Nadie dudó, sin embargo, del ardiente y extraordinario cariño que sentía el joven por las fogosas cualidades de su
caballo. Nadie, salvo un insignificante pajecillo contrahecho que interponía su fealdad en todas partes y cuyas opiniones
poseían muy poca importancia. Este paje (si es que merece la pena mencionar sus opiniones) tenía el descaro de afirmar
que su amo no saltaba nunca a la silla sin un estremecimiento tan inexplicable como imperceptible y que al regresar de
cada una de sus interminables y habituales correrías, cada rasgo de su rostro aparecía reformado por una expresión de triunfante malignidad.
Cierta tempestuosa noche, al despertar de un pesado sueño, Metzengerstein bajó como un maníaco de su estancia y montando a caballo a toda prisa se precipitó hacia las profundidades de la selva. Un hecho tan corriente no llamó especialmente la
atención, pero sus criados esperaron con intensa ansiedad su regreso; pocas horas después de su partida, los muros del
magnífico y suntuoso palacio de Metzengerstein empezaron a crujir ya temblar hasta sus cimientos bajo la acción de una
masa densa y lívida de indomable fuego.
Cuando fueron vistas aquellas llamas por primera vez era demasiado tarde; habían hecho ya tan terribles progresos que
todos los esfuerzos por salvar una parte cualquiera del edificio eran evidentemente inútiles; la atónita muchedumbre se
concentró alrededor envuelta en un silencio y patético asombro. Pero pronto un nuevo y pavoroso objeto atrajo la atención
de la multitud, demostrando hasta qué punto es más intensa la excitación provocada en ella por la contemplación de una
agonía humana que la causada por los espectáculos más aterradores de la materia inanimada.
Por la larga avenida de añosos robles, que formaba el principio de la floresta y que conducía hasta la entrada del
palacio de Metzengerstein, se vio venir un corcel dando enormes saltos, que llevaba en su silla un jinete sin sombrero y
con las ropas revueltas, semejante al verdadero Demonio de la Tempestad. Indiscutiblemente el jinete no dominaba aquella
carrera. La angustia de su rostro, los esfuerzos convulsivos de todo su cuerpo patentizaban una lucha sobrehumana; pero
ningún sonido, salvo un solo grito, escapó de sus labios desgarrados, que se mordía una y otra vez en la intensidad de su
terror. Por un momento resonó el golpeteo de los cascos, agudo y penetrante, por sobre el mugido de las llamas y el
aullido del viento; un instante después, franqueando de un solo salto el portón y el foso, el corcel se precepitó por la
escalinata del palacio y desapareció con su jinete en aquel torbellino de caótico fuego.
La furia de la tempestad cesó de inmediato, siendo sucedida por una profunda y sorda calma. Una blanca llamarada envolvía
aún el edificio como un sudario, mientras en la serena atmósfera brillaba un resplandor sobrenatural, mientras caía
pesadamente sobre los muros una nube de humo mostrando distintamente la colosal figura de un... caballo.
(1)."En vida era tu azote; muerto será tu muerte"
(2)."Proviene de no poder estar solos"
Mercier, en Lán deux mille quatre cents cuarante, mantiene seriamente las doctrinas de la metempsícosis y J. D´Israeli
afirma que "no hay ningun sistema tan sencillo y que repugne menos a la inteligencia". Se dice asimismo que el coronel
Ethan Allen, "el muchacho de las montañas verdes", era asimismo un adepto de la metempsícosis. (Nota de Edgar Allan Poe)
(3). "Solo permanece una vez en un cuerpo sensible: por lo demas, un caballo, un perro, un hombre mismo, no es sino la
semejanza poco tangible de esos animales".

miércoles, noviembre 28, 2007

El Corazón Delator // POE

El Corazón Delator
Edgar Allan Poe


¡ES VERDAD! nervioso, muy, muy terriblemente nervioso yo había sido y soy; ¿pero por qué dirán
ustedes que soy loco? La enfermedad había aguzado mis sentidos, no destruido, no entorpecido. Sobre
todo estaba la penetrante capacidad de oír. Yo oí todas las cosas en el cielo y en la tierra. Yo oí
muchas cosas en el infierno. ¿Cómo entonces soy yo loco? ¡Escuchen! y observen cuan
razonablemente, cuan serenamente, puedo contarles toda la historia.
Es imposible decir cómo primero la idea entró en mi cerebro, pero, una vez concebida, me acosó día y
noche. Objeto no había ninguno. Pasión no había ninguna. Yo amé al viejo. El nunca me había hecho
mal. Él no me había insultado. De su oro no tuve ningún deseo. ¡Creo que fue su ojo! Sí, ¡fue eso!
Uno de sus ojos parecía como el de un buitre -- un ojo azul pálido con una nube encima. Cada vez que
caía sobre mí, la sangre se me helaba, y entonces de a poco, muy gradualmente, me decidí a tomar la
vida del viejo, y así librarme del ojo para siempre.
Ahora éste es el punto. Ustedes me imaginan loco. Los locos no saben nada. Pero ustedes deberían
haberme visto. Ustedes deberían haber visto cuan sabiamente yo procedí --¡con qué cuidado! -- ¡con
qué previsión, con qué disimulo, yo me puse a trabajar! Nunca fui más amable con el viejo que
durante toda la semana antes de matarlo. Y cada noche cerca de la medianoche yo giraba el picaporte
de su puerta y lo abría, ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando había hecho una apertura suficiente
para mi cabeza, ponía una oscura linterna sorda todo cerrada, cerrada para que ninguna luz saliera, y
entonces metía mi cabeza. ¡Oh, ustedes habrían reído al ver cuan hábilmente la metía! La movía
lentamente, muy, muy lentamente, para no perturbar el sueño del viejo. Me tomó una hora poner mi
cabeza entera dentro de la apertura hasta poder ver como él yacía sobre su cama. ¡Ja! ¿habría sido un
loco tan inteligente como para hacer esto? Y entonces cuando mi cabeza estaba bien dentro del cuarto
abrí la linterna cuidadosamente -- oh, tan cuidadosamente -- cuidadosamente (ya que los goznes
crujían), la abrí apenas tanto como para que un único rayo delgado cayera sobre el ojo de buitre. Y
esto lo hice durante siete largas noches, cada noche sólo a la medianoche, pero encontraba el ojo
siempre cerrado, y así era imposible hacer el trabajo, porque no era el viejo quien me vejaba sino su
Ojo Perverso. Y todas las mañanas, cuando el día irrumpía, iba con audacia a su cuarto y le hablaba
valientemente, llamándolo por su nombre en un tono cordial, y averiguando cómo había pasado la
noche. Entonces pueden ver que tendría que haber sido un viejo muy profundo, en verdad, para
sospechar que cada noche, cerca de las doce, yo lo observaba mientras dormía.
Hacia la octava noche fui más precavido que lo común en abrir la puerta. El minutero de un reloj se
mueve con más rapidez que mi propia mano. Nunca antes de esa noche había yo sentido el alcance de
mis propias facultades, de mi sagacidad. Apenas podía contener mis sentimientos de triunfo. Pensar
que allí estaba yo, abriendo la puerta poco a poco, y él ni siquiera soñaba con mis actos o
pensamientos secretos. Yo casi reí con la idea, y quizás él me oyó, ya que de repente se movió en la
cama como alarmado. Ahora ustedes pueden pensar que di marcha atrás -- pero no. Su cuarto era tan
como negro como la brea con la pesada oscuridad (las persianas estaban bien cerradas por el miedo a
los ladrones), y por eso sabía que él no podía ver que la puerta se abría, y seguí empujándola
constantemente, constantemente.
Entré mi cabeza, y estaba por abrir la linterna, cuando mi pulgar se resbaló sobre la lata que la
cerraba, y el viejo saltó en la cama, gritando, "¿Quién anda ahí?"
Me quedé muy quieto y no dije nada. Durante una hora entera no moví ni un músculo, y mientras
tanto no lo oí acostarse. Todavía estaba sentado en la cama, escuchando; al igual que yo lo he hecho
noche tras noche escuchando los relojes de la muerte en la pared.
En un momento, oí un suave gemido, y supe que era el gemido del terror mortal. No era un gemido de
dolor o de pena -- ¡oh, no! Era el sonido sofocado que se levanta desde el fondo del alma cuando ésta
se sobrecarga de temor. Yo conocía bien el sonido. Hace algunas noches, justo a medianoche, cuando
todo el mundo dormía, ha brotado de mi propio pecho, profundizando, con su tremendo eco, los
terrores que me enloquecían. Digo que lo conocía bien. Yo sabía lo que el viejo sentía, y lo compadecí
aunque en mi corazón riera. Sabía que él había estado despierto desde el primer ruido débil cuando se
había vuelto en la cama. Sus temores habían estado creciendo en él desde entonces. Había tratado de
imaginarlos sin causa, pero no podía. Se había estado diciendo a sí mismo, "No es nada, es el viento
en la chimenea, es sólo un ratón corriendo en el piso," o, "es un grillo que ha cantado sólo una vez."
Sí, se había tratado de confortar sí mismo con estas suposiciones; pero fue todo en vano. TODO EN
VANO, porque la Muerte aproximándose a él, lo había acechado con su sombra negra y había
envuelto a la víctima. Y era la influencia fúnebre de la sombra no percibida lo que le hizo sentir,
aunque no veía ni oía, sentir la presencia de mi cabeza dentro del cuarto.
Cuando hube esperado un largo tiempo muy pacientemente sin oír que se recostara, resolví abrir un
poco -- una muy, muy pequeña rendija en la linterna. Así la abría -- ustedes no pueden imaginar qué
tan sigilosamente, sigilosamente - - hasta que al fin un único rayo tenue como el hilo de una araña se
disparó desde la rendija y cayó sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, bien, bien abierto, y me puse furioso al observarlo. Lo vi con perfecta precisión -- todo
un azul sombrío con un horrendo velo encima que heló la misma médula de mis huesos, pero no pude
ver nada más de la persona o cara del viejo, ya que había dirigido el rayo como por instinto
precisamente sobre el punto maldito.
¿Y ahora, no les he dicho que lo que ustedes confunden con locura no es sino la hiperestesia de los
sentidos? ahora, digo, vino a mis oídos un sonido apagado, sordo, penetrante, así como el de un reloj
envuelto en algodón. Reconocí ese sonido también. Era el golpeteo del corazón del viejo. Aumentó mi
furia como el golpeteo de un tambor estimula al soldado en el coraje.
Pero aún así me contuve y me quedé quieto. Apenas respiraba. Sostuve la linterna inmóvil. Traté de
mantener lo más firmemente que pude el rayo sobre el ojo. Mientras tanto el compás infernal del
corazón aumentó. Creció más rápido y más rápido, y más fuerte y más fuerte, cada instante. ¡El terror
del viejo debe haber sido extremo! Se hizo más fuerte, digo, más fuerte cada momento! -- ¿me
entienden bien? Les he contado que soy nervioso: y sí lo soy. Y entonces a la hora muerta de la noche,
en el silencio terrible de esa casa vieja, un ruido tan extraño como ése me excitó a un terror
incontrolable. Pero aún así, por algunos minutos más me contuve y me quedé quieto. Pero el golpeteo
se hizo más fuerte, ¡más fuerte! Pensé que el corazón iba a estallar. Y ahora una inquietud nueva se
apoderó de mí -- ¡el sonido sería oído por un vecino! ¡La hora del viejo había llegado! Con un gran
alarido, abrí la linterna y salté dentro del cuarto. Él gritó una vez -- solamente una vez. En un instante
lo arrastré al piso, y tiré la pesada cama sobre él. Entonces sonreí alegremente, al ver el acto tan bien
hecho. Pero por muchos minutos el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Esto, sin
embargo, no me molestó; no podría oírse a través de la pared. En algún momento cesó. El viejo estaba
muerto. Saqué la cama y examiné el cadáver. Sí, él estaba muerto, bien muerto como una piedra. Puse
mi mano sobre el corazón y la mantuve allí varios minutos. No había pulsación. Bien muerto como
una piedra. Su ojo ya no me molestaría más.
Si todavía me creen loco, ya no lo pensarán cuando describa las precauciones sabias que tomé para el
ocultamiento del cuerpo. La noche pasaba, y trabajé rápidamente, pero en silencio. Lo primero que
hice fue desmembrar el cadáver. Corté la cabeza. Después, los brazos. Después, las piernas.
Levanté tres de las tablas del piso del cuarto, y deposité todo entre las maderas. Luego reemplacé las
placas tan hábilmente tan hábilmente, que ninguno ojo humano -- ni siquiera el suyo -- podría haber
detectado algo fuera de lugar. No había nada para lavar -- ninguna mancha de ningún tipo -- ni un
rastro de sangre -. Había sido demasiado cuidadoso para que eso ocurriera.
Cuando había llegado al fin de estas labores, eran las cuatro en punto --aún oscuro como a
medianoche. Cuando la campanada señaló la hora, hubo un golpe en la puerta de calle. Bajé para abrir
con el corazón alegre, --porque ¿qué había de temer yo ahora? Entraron tres hombres, quienes se
presentaron, con perfecta suavidad, como oficiales de policía. Un grito había sido oído por un vecino
durante la noche; la sospecha de algún crimen se había despertado, la información había llegado a la
oficina de la policía, y ellos (los oficiales) habían sido enviados para investigar las propiedades.
Sonreí, -- ¿porque qué había yo de temer? Les di la bienvenida a los caballeros. El grito, dije, fue mío
en un sueño. El viejo, mencioné, había partido al campo. Llevé a mis visitantes por toda la casa. Los
invité a que buscaran --que buscaran bien. Los conduje, en un momento, a su habitación. Les mostré
sus tesoros, seguros, inalterados. Con el entusiasmo de mi confianza, traje sillas al cuarto, y les rogué
que descansaran aquí de sus fatigas, mientras yo mismo, con la osadía salvaje de mi triunfo perfecto,
coloqué mi propio asiento en el mismo lugar sobre el que descansaba el cadáver de la víctima.
Los oficiales estaban satisfechos. Mi COMPORTAMIENTO los había convencido. Yo estaba
particularmente tranquilo. Ellos se sentaron y mientras yo contestaba animadamente, charlaron de
cosas familiares. Pero, mientras tanto, sentí que me iba poniendo pálido y deseé que se fueran. La
cabeza me dolía, y me imaginé un zumbido en mis oídos; pero ellos aún estaban sentados, y aún
charlaban. El zumbido se hacía más claro: hablé desenfrenadamente para conseguir librarme de lo que
sentía: pero continuó y ganó carácter definitivo -- hasta que, en un momento, descubrí que el ruido
NO estaba dentro de mis oídos.
Sin duda que ahora me puse MUY pálido; pero hablé más fluidamente, y en voz más alta. Sin
embargo el sonido aumentó -- ¿y qué podía hacer? Era un sonido APAGADO, SORDO,
PENETRANTE -- MUY PARECIDO AL QUE HACE UN RELOJ ENVUELTO EN ALGODÓN.
Me costaba respirar, y sin embargo los oficiales no lo oían. Hablé más rápido, más vehementemente
pero el ruido constantemente aumentaba. Me levanté y argumenté sobre tonterías, en un tono alto y
con gesticulaciones violentas; pero el ruido constantemente aumentaba. ¿Por qué no se iban ellos?
Recorrí el piso de aquí para allá con pasos pesados, como si me excitaran a la furia las observaciones
de los hombres, pero el ruido constantemente aumentaba. ¡Oh Dios! ¿qué PODÍA yo hacer? ¡Lancé
espuma -- enloquecí -- maldije! Movía la silla en la que había estado sentado, y la hacía rechinar sobre
las tablas, pero el ruido se levantaba sobre todo y continuamente aumentaba. Se hizo más fuerte --
más fuerte -- ¡más fuerte! Y todavía los hombres charlaban gratamente, y sonreían. ¿Era posible que
no lo oyeran? ¡Dios Todopoderoso! -- ¿nada, nada? ¡Ellos oían! -- ¡ellos sospechaban! -- ¡ellos
SABÍAN! -- ¡ellos se estaban burlando de mi horror! -- esto pensé, y esto pienso. ¡Pero cualquier cosa
era mejor que esta agonía! ¡Cualquier cosa era más tolerable que este desprecio! ¡Ya no podía
soportar más esas sonrisas hipócritas! ¡Sentí que debía gritar o morir! -- y ahora --otra vez
--¡escuchen! ¡más fuerte! ¡más fuerte! ¡más fuerte! ¡MÁS FUERTE! --
"¡Villanos!" grité, "¡no disimulen más! ¡Admito el acto! -- ¡arranquen las tablas! -- ¡aquí, aquí! -- ¡es
el latir de su horrible corazón!"

lunes, junio 11, 2007

EL DIABLO EN EL CAMPANARIO // EDGAR ALLAN POE

EL DIABLO EN EL CAMPANARIO

EDGAR ALLAN POE

¿Qué hora es?

Locución antigua


Todos saben de una manera vaga que el lugar más bello del mundo es -o era, desgraciadamente- el pueblo holandés de Vondervotteimittiss.No obstante, como se encuentra a cierta distancia de todas las grandes vias, en una situación, por decirlo asi, extraordinaria, probablemente lo haya visitado un corto número de mis lectores.Por esta razón, considero oportuno, para entretenimiento de aquellos que no hayan podido hacerlo, entrar en algunos pormenores con respecto a él. Y esto es realmente tanto más necesario cuanto que, si me propongo relatar los calamitosos acontecimientos por los que últimamente ha pasado su territorio, es sólo con la esperanza de conquistar para sus habitantes la simpatia popular. Ninguno de quienes me conocen dudará de que el deber que me impongo no sea ejecutado con toda la habilidad de que soy capaz, con esa rigurosa imparcialidad, escrupulosa comprobación de los hechos y la ardua confrontación de autoridades que deben distinguir siempre a aquél que aspira al titulo de historiador.

Gracias a la ayuda conjunta de monedas, manuscritos e inscripciones, estoy autorizado a afirmar positivamente que el pueblo de Vondervotteimittiss existió siempre, desde su fundación, precisamente en las mismas condiciones en que hoy se encuentra. Por lo que respecta a la fecha de su origen, me es singularmente penoso no poder hablar sino con esa precisión indefinida con que los matemáticos se ven a veces obligados a conformarse con determinadas fórmulas algebraicas. La fecha -me está permitido hablar asi-, habida cuenta de su prodigiosa antigüedad, no puede ser menor que una cantidad determinable cualquiera.

Con respecto a la etimologia del nombre Vondervotteimittiss, confieso, no sin pena, estar en duda. Entre una serie de opiniones sobre este delicado punto, muy sutiles algunas de ellas, otras muy eruditas y otras lo suficientemente en oposición, no hallo ninguna que pueda considerar satisfactoria. Tal vez la idea de Grogswigy, que coincide casi con la de Kroutaplenttey, deba aceptarse prudentemente. Está concebida en los siguientes términos: Vondervottimittiss; Vonder lege Donder, Votte mittiss; quasi und Bleitziz, Bleitziz, obsol, pro Blitzen. A decir verdad, esta etimologia encuentra, de hecho, bastante confirmación en algunas señales de fluido eléctrico que pueden verse todavia en lo alto del campanario del Ayuntamiento.

Sea como fuere, no es mi intención comprometerme en una tesis de esta importancia, y le ruego al lector ávido de informaciones que consulte los Orationculce de Rebus ProeterVetoris, de Dundergutz; que vea, también, Bunderbuzzard, de Derivationibus, desde la página 27 a la 1010, infolio, edición gótica, caracteres rojos y negros, con llamadas y signaturas, y que consulte también las normas marginales del autógrafo de Stuffundpuff, con los subcomentarios de Gruntundguzzell.

A pesar de la oscuridad que envuelve de este modo la fecha de la fundación de Vondervotteimittiss y de la etimologia de su nombre, no cabe duda, como ya he dicho, de que ha existido siempre tal como lo vemos en la actualidad. El más viejo hombre del lugar no recuerda ni la más leve diferencia en el aspecto de una parte cualquiera de él, y, en realidad, la simple sugestión de tal posibilidad seria considerada como un insulto. El pueblo está situado en un valle perfectamente circular, cuya circunferencia mide, poco más o menos, un cuarto de milla, y está rodeado completamente por lindas colinas, cuyas cimas jamás pensaron sus habitantes hollar con su planta. No obstante, estos dan una excelente razón de su proceder, por cuanto creen que no hay absolutamente nada al otro lado.

Aldrededor del lindero del valle -que es completamente liso y pavimentado en toda su extensión con ladrillos planos- hay una ininterrumpida fila de sesenta pequeñas casas. Se apoyan por detrás sobre las colinas, y, por tanto, todas miran al centro de la llanura, que se encuentra justamente a sesenta yardas de la puerta delantera de cada casa. Cada una de estas tiene a la entrada un jardincillo, con una avenida circular, un reloj solar y veinticuatro coles.

Las mismas construcciones son tan absolutamente iguales, que es imposible distinguir una de otra. A causa de su extrema antigüedad, el estilo arquitectónico es un tanto extravagante, pero por esta razón, es todavia notablemente pintoresco. Estas casas están construidas con pequeños ladrillos, bien endurecidos al fuego, rojos, con cantos negros, de tal modo, que las paredes parecen un tablero de ajedrez de grandes proporciones. Los remates están vueltos del lado de la fachada y poseen cornisas tan grandes como el resto de la casa en los bordes de los tejados y en las puertas principales. Las ventanas son estrechas de amplio alféizar, y sus vidrieras están formadas por cristales pequeñisimos y muchos trocitos de madera. El tejado está recubierto por una gran cantidad de tejas de puntas arrolladas. La madera es toda de un color sombrio, totalmente tallada, pero de dibujos poco variados, puesto que, desde tiempos inmemoriales, los tallistas de Vondervotteimittiss no han sabido esculpir más que dos objetos: un reloj y una col. Ahora bien: hay que reconocer que esto lo hacen admirablemente, y lo prodigan con singular ingeniosidad en cualquier sitio que pueda encontrar el cincel.

Las habitaciones son tan parecidas a la parte interior como a la externa, y los muebles son todos de un solo modelo. El piso está pavimentado con baldosas cuadradas. Las sillas y mesas son de madera negra, con patas torneadas, delgadas y finas por abajo. Las chimeneas son largas y altas, y no solamente frontal, sino que, además, sostienen en medio de la repisa un auténtico reloj que produce un prodigioso tictac, con dos floreros, cada uno de los cuales contiene una col, situados en los extremos a modo de bastidores. Entre cada col y el reloj se encuentra, además, un muñeco chino, panzudo, con un gran agujero en medio de la barriga, a través del cual puede verse la esfera del reloj.

Los lares son amplios y profundos, con retorcidos morillos. Continuamente arde un gran fuego sobre el que se encuentra una enorme marmita llena de sauerkraut (1) y carne de cerdo, incesantemente vigilada por la dueña de la casa. Esta es una gruesa y vieja señora, de ojos azules y colorado rostro, que se toca con un inmeso gorro semejante a un pilón de azucar, adornado con cintas purpúreas y amarillas; su traje es de mezclilla anaranjada, larguisimo por detrás y de estrecha cintura, por otros conceptos demasiado corto, porque deja descubierta la mitad de la pierna. Estas son un poco gruesas, lo mismo que los tobillos, pero están cubiertas por un lindo par de medias verdes. Sus zapatos, de cuero rosado, están atados con un lazo de contas amarillas dispuesto en forma de col. En su mano izquierda tiene un pesado relojito holandés, y con la derecha maneja una gran cuchara para el sauerkraut y la carne de cerdo. A su lado se encuentra un gato gordo y manchado, que exhibe en la cola un relojillo de cobre dorado de repetición, que "los chiquillos" le han atado alli como juego.

En cuanto a estos chicos, los tres están en el jardin, cuidando del cerdo. Todos tienen dos pies de altura, se tocan con tricornios y visten chalecos purpúreos que les llegan casi a los muslos, calzones de piel de gamo, medias rojas de lana, zapatos con gruesas hebillas de plata y largas blusas con grandes botones de nácar. Cada uno tiene una pipa en la boca y un abultado reloj en la mano derecha. Una bocanada de humo, una mirada al reloj; una mirada al reloj, una bocanada de humo. Asi están. El cerdo, que es corpulento y perezoso, se entretiene unas veces en mordisquear las hojas que han caido de las coles y otras en querer morderse el relojito dorado que aquellos picaros han atado también al rabo de este personaje, con objeto de embellecerle tanto como al gato.

Exactamente enfrente de la puerta de entrada, en una poltrona de amplio respaldo forrado de cuero, con patas torneadas y finas, como la de las mesas, se ha instalado el viejo propietario de la casa. Es un viejecillo excesivamente hinchado, con grandes ojos redondos y una enorme doble papada. Su indumentaria se parece a la de los muchachos, y nada más tengo que decir sobre este particular. Toda diferencia consiste en que su pipa es un poco mayor que la de aquellos, y, por tanto, puede lanzar más humo. Lo mismo que ellos, tiene un reloj, que guarda en el bolsillo. A decir verdad, tiene algo que hacer más importante que vigilar un reloj, y esto es lo que voy a explicar. Está sentado, con la pierna derecha sobre la rodilla izquierda. Tiene el semblante grave y conserva siempre uno, por lo menos, de sus ojos decididamente fijo en cierto objeto muy interesante del centro de la llanura.

Este objeto está situado en el campanario del Ayuntamiento. Los miembros del Consejo son todos unos hombrecillos achaparrados, adiposos e inteligentes, con ojos gruesos como salchichas y enormes papadas. Visten trajes mucho más largos, y las hebillas de sus zapatos son mucho mayores que las del resto de los habitantes de Vondervotteimittiss. Desde que resido en el pueblo han celebrado varias sesiones extraordinarias. Han tomado estos tres importantes acuerdos:

"Es un crimen alterar el buen viejo ritmo de las cosas."

"No existe nada tolerable, excepto Vondervotteimittiss."

"Juramos eterna fidelidad a nuestros relojes y a nuestras coles."

Sobre el salón de sesiones se encuentra el campanario, y en el campanario o torre está, y siempre ha estado, desde tiempo inmemorial, el orgullo y maravilla del pueblo: el gran reloj de la aldea de Vondervotteimittiss. Y hacia ese objeto están vueltos los ojos de los viejos caballeros que se encuentran sentados en poltronas forradas de cuero.

El gran reloj tiene siete esferas, una sobre cada una de las siete caras del campanario, de modo que se le puede observar comodamente desde todos los barrios. Estas esferas son enormes y blancas, y las agujas, pesadas y negras. En la torre está empleado un hombre cuya sola misión consiste en cuidar de la misma; pero tal función es la más perfecta de las sinecuras, porque desde tiempos inmemoriales el reloj de Vondervotteimittiss jamás ha necesitado de sus servicios. Hasta esos últimos dias, la simple suposición de semejante cosa era considerada una herejia.

Desde los más antiguos tiempos que los archivos registran, las horas habian sonado regularmente en la gran campana, y, en realidad, lo mismo acontecia con todos los demás relojes, grandes y pequeños, de la aldea. Nunca existió lugar comparable a este en señalar con tanta exactitud y regularidad las horas. Cuando el voluminoso mazo juzgaba llegado el momento de decir: "¡Las doce!", todos sus obedientes servidores abrian simultáneamente sus gargantas y respondian como un solo eco. En resumen: los buenos burgueses estaban encantados con su sauerkraut, pero orgullosos de sus relojes.

Todas las personas que disfrutan de sinecuras son objeto de mayor o menor veneración, y como el campanero de Vondervotteimittiss poseia la más perfecta de ellas, es el más perfectamente respetado de todos los mortales. Es el principal dignatario de la aldea, e incluso sus mismos cerdos le contemplan reverentemente. La cola de su casaca es mucho mayor. Su pipa, las hebillas de sus zapatos, sus ojos y su estómago son mucho mayores que los de ningún otro viejo caballero de la aldea, y en cuanto a su papada, es no solamente doble, sino triple.

Descrito el feliz estado de Vondervotteimittiss. ¡Ay, que lástima que tan delicioso cuadro estuviese condenado a sufrir un dia una cruel transformación!

Hace muchisimo tiempo que ha sido aceptado y comprobado por los habitantes más sabios de la aldea un provervio según el cual "nada bueno puede venir de allende las colinas". Y, en realidad, hay que creer que estas palabras contenian en si algo profético. Faltaban cinco minutos para el mediodia de anteayer cuando, en lo alto de la cresta de las colinas del lado Este, surgió un objeto de extraño aspecto. Semejante acontecimiento era propio para despertar la atención universal, y cada uno de los viejos hombrecillos, sentados en sus poltronas tapizadas de cuero, volvió uno de sus ojos, desorbitado por el espanto, hacia el fenómeno, continuando con el otro fijo sobre el reloj del campanario.

Faltaban sólo tres minutos para el mediodia cuando se comprobó que el simple objeto en cuestión era un pequeño jovencillo que parecia extranjero. Descendia por la colina con enorme rapidez, de modo que todos pudieron verle muy pronto fácilmente. Era, realmente, el más sorprendente hombrecillo que se habia visto jamás en Vondervotteimittiss. Tenia el rostro negro como el humo, larga nariz ganchuda entre los ojos, que parecian lentejas; enorme boca y magnifica hilera de dientes, que parecia muy interesado en exhibir riéndose de oreja a oreja. Añádase a esto patillas y bigote, y no creo que nada más quedase por ver en su rostro. Tenia la cabeza descubierta, y su cabellera habia sido cuidadosamente arreglada con papillotes para rizarla. Componiase su indumentaria de una casaca ajustada y colgante, que terminaba en una especie de cola de golondrina -por uno de cuyos bolsillos dejaba colgar una larga punta de un pañuelo blanco-; de unos calzones de casimir negro; medias negras y unos escarpines que parecian medio zapatos, cuyos cordones consistian en enormes lazos de raso negro. Bajo uno de sus brazos llevaba un chapeau-debras, y bajo el torso, un violin casi cinco veces mayor que él. En su mano izquierda tenia una tabaquera de oro, de donde continuamente cogia pulgaradas de rapé con la actitud más vanidosa del mundo, mientras saltaba descendiendo la colina y dando toda clase de pasos fantásticos. ¡Bondad divina! Era un gran espectáculo para los honrados burgueses de Vondervotteimittiss.

Hablando claramente: el picaro reflejaba en su rostro, a pesar de su sonrisa, un audaz y siniestro carácter. Mientras se dirigia apresuradamente hacia el pueblo, el aspecto singularmente extraño de sus escarpines bastó para despertar muchas sospechas; y más de un burgués que le contempló en ese dia hubiese dado algo por dirigir una ojeada bajo el pañuelo de blanca batista que colgaba de tan irritante modo del bolsillo de su casaca con cola de golondrina. Pero lo que despertó principalmente una justa indignación fue el hecho de que aquel miserable botarate, mientras ejecutaba tan pronto un fandango como una pirueta, no guardaba una regla en su danza y no poseia ni la menor noción de lo que se llama llevar el compás.

Mientras tanto, los buenos habitantes del pueblo ni habian aún tenido tiempo para abrir del todo sus ojos cuando, exactamente medio minuto antes del mediodia, se precipitó el tunante, como os digo, en medio de aquella buena gente, hizo aqui un chassez, alli un balancez, y después de una pirouette y un pas-de-zephyr, se dirigió como una flecha a la torre del Ayuntamiento, donde el campanero fumaba estupefacto con una actitud de dignidad y temor. Pero el pillastruelo le agarró primero de la nariz, se la sacudió, tiró de ella, le puso sobre la cabeza su gran chapeau-de-bras, hundiéndoselo hasta la boca, y después, levantando su enorme violin, le golpeó con él duramente tanto rato y con tal violencia, que, dado que el vigilante estaba muy gordo y el violin era amplio y hueco, se hubiese jurado que todo un regimiento con enormes tambores redoblaba diabólicamente en la torre del campanario de Vondervotteimittiss.

No se sabe a qué desesperado acto de venganza hubiese impulsado aquel indignante ataque a los aldeanos, de no haber sido por el importantisimo hecho de faltar medio segundo para el mediodia. Iba a sonar la campana y era absoluta y suprema necesidad que todos consultasen sus relojes. Era indudable, sin embargo, que, exactamente en ese instante, el pillo que se habia introducido en la torre queria algo que se relacionaba con la campana, y metiase donde nadie le llamaba. Pero como empezaba a tocar, nadie tenia tiempo de vigilar las maniobras del traidor, porque cada uno de los hombres del pueblo era todo oido contando las campanadas.

-Una... dijo el reloj.

-Una... -replicó cada uno de los viejos hombrecillos de Vondervotteimittiss, en cada sillón tapizado de cuero.

-Una... -dijo el reloj de su mujer.

Y:

-¡Dos! -repitieron todos los ecos mecánicos.

-¡Tres! ¡Cuatro! ¡Cinco! ¡Seis! ¡Siete! ¡Ocho! ¡Nueve! ¡Diez! -dijo la campana.

-¡Tres! ¡Cuatro! ¡Cinco! ¡Seis! ¡Siete! ¡Ocho! ¡Nueve! ¡Diez! -respondieron los otros.

-¡Once! -dijo la grande.

-¡Once! -aprobó toda la pequeña gente.

-¡Doce! -dijo la campana.

-¡Doce! -contestaron ellos, perfectamente satisfechos y dejando caer sus voces a compás.

-¡Han dado las doce! -dijeron todos los viejecillos, guardando de nuevo sus relojes.

Sin embargo, la gran campana no habia acabado aún.

-¡Trece! -dijo.

-¡Trece! -exclamaron todos los viejecillos, palideciendo y dejando caer las pipas de sus bocas, mientras descabalgaban sus piernas derechas de sus rodillas izquierdas-. ¡Trece! -gimotearon-. ¡Trece! ¡Trece! ¡¡Dios santo, son las trece!!

¿Describiré la espantosa escena que se originó? Todo Vondervotteimittiss estalló de repente en un lamentable tumulto.

-¿Qué le ocurrirá a mi barriga? -gritaron todos los niños-. ¡Tengo hambre desde hace una hora!

-¿Qué les pasará a mis coles? -exclamaron todas las mujeres-. ¡Deben de estar cocidas hace una hora!

-¿Qué le ocurre a mi pipa? -juraron todos los viejecillos-. ¡Rayos y truenos! Debe de estar apagada desde hace una hora.

Y volvieron a ocultar sus pipas con gran rabia. Se arrellanaron en sus sillones y aspiraron el humo con tal prisa y ferocidad, que inmediatamente quedó el valle velado por una nube impenetrable.

Mientras tanto, las coles iban adquiriendo tonalidades purpúreas, y parecia que el mismo viejo diablo en persona se apoderase de todo lo que tenia forma de reloj. Los relojes tallados sobre los muebles ponianse a bailar como si estuvieran embrujados, mientras que los que se encontraban sobre las chimeneas apenas si podian contener su furor y se obstinaban en un toque incesante: "¡Trece! ¡Trece! ¡Trece!" Y el vaivén y movimiento de sus péndulos era tal, que resultaba verdaderamente espantoso de ver.

Lo peor era que los gatos y los cerdos no podian soportar más el desarreglo de los relojillos de repetición atados a sus colas, y ostensiblemente lo demostraban huyendo hacia la plaza, arañándolo y revolviéndolo todo, maullando y gruñendo, produciendo un espanto aquelarre de maullidos y gruñidos, lanzándose a la cara de las personas, metiéndose debajo de las faldas, produciendo la más terrible algarabia y la más tremenda confusión que persona sensata pudiera imaginar. En cuanto al miserable tunante instalado en la torre, hacia evidentemente todo lo posible por lograr que la situación fuera más aflictiva. De cuando en cuando podia vislumbrársele en medio del humo. Continuaba siempre alli, en la torre, sentado sobre el cuerpo del campanero, que yacia de espaldas.

El infame conservaba entre sus dientes la cuerda de la campana, sacudiéndola sin parar con su cabeza, de izquierda a derecha, y produciendo tal barullo, que mis oidos se estremecen aún ahora al recordarlo. Descansaba sobre sus rodillas el enorme violin, que rascaba sin acorde ni compás con sus dos manos, procurando fingir horrorosamente, ¡oh infame payaso!, que estaba tocando la canción de Juddy O´Flannagan and Paddy O´Rafferty.

Como las cosas habian llegado a tan lamentable estado, abandoné con repugnancia el lugar, y ahora dirijo un llamamiento a todos los amantes de la hora exacta y del buen sauerkraut. Marchemos en masa hacia el pueblo y restauremos el antiguo orden de cosas en Vondervotteimittiss, expulsando de la torre a aquel bellaco.



martes, mayo 29, 2007

MORELLA // E.A. POE

Morella
Edgar Allan Poe
El mismo, por si mismo únicamente, eternamente uno, y solo.
Platón: Symposium


Consideraba yo a mi amiga Morella con un sentimiento de profundo, aunque muy singular afecto. Habiéndola conocido casualmente hace muchos años, mi alma, desde nuestro primer encuentro, ardió con un fuego que no había conocido antes jamás; pero no era ese fuego el de Eros, y representó para mi espíritu un amargo tormento la convicción gradual de que no podría definir su insólito carácter ni regular su vaga intensidad. Sin embargo, nos tratamos, y el destino nos unió ante el altar; jamás hablé de pasión, ni pensé en el amor. Ella, aun así, huía de la sociedad, y dedicándose a mí, me hizo feliz. Asombrarse es una felicidad, y una felicidad es soñar.
La erudición de Morella era profunda. Como espero mostrar, sus talentos no eran de orden vulgar, y su potencia mental era gigantesca. Lo percibí, y en muchas materias fui su discípulo. No obstante, pronto comprendí que, quizá a causa de haberse educado en Pressburgo ponía ella ante mí un gran número de esas obras místicas que se consideran generalmente como la simple escoria de la literatura alemana. Esas obras, no puedo imaginar por qué razón, constituían su estudio favorito y constante, y si en el transcurso del tiempo llegó a ser el mío también, hay que atribuirlo a la simple, pero eficaz influencia del hábito y del ejemplo.
Con todo esto, si no me equivoco, pero tiene que ver mi razón. Mis convicciones, o caigo en un error, no estaban en modo alguno basadas en el ideal, y no se descubriría, como no me equivoque por completo, ningún tinte del misticismo de mis lecturas, ya fuese en mis actos o ya fuese en mis pensamientos.
Persuadido de esto, me abandoné sin reserva a la dirección de mi esposa, y me adentré con firme corazón en el laberinto de sus estudios. Y entonces —cuando, sumiéndome en páginas aborrecibles, sentía un espíritu aborrecible encenderse dentro de mí— venía Morella a colocar su mano fría en la mía, y hurgando las cenizas de una filosofía muerta, extraía de ellas algunas graves y singulares palabras que, dado su extraño sentido, ardían por sí mismas sobre mi memoria. Y entonces, hora tras hora, permanecía al lado de ella, sumiéndome en la música de su voz, hasta que se infestaba de terror su melodía, y una sombra caía sobre mi alma, y palidecía yo, y me estremecía interiormente ante aquellos tonos sobrenaturales. Y así, el gozo se desvanecía en el horror, y lo más bello se tornaba horrendo, como Hinnom se convirtió en Gehena.
Resulta innecesario expresar el carácter exacto de estas disquisiciones que, brotando de los volúmenes que he mencionado, constituyeron durante tanto tiempo casi el único tema de conversación entre Morella y yo.
Los enterados de lo que se puede llamar moral teológica las concebirán fácilmente, y los ignorantes poco comprenderían, en todo caso. El vehemente panteísmo de Fichte, la palingenesia modificada de los pitagóricos, y por encima de todo, las doctrinas de la Identidad tal como las presenta Schelling, solían ser los puntos de discusión que ofrecían mayor belleza a la imaginativa Morella. Esta identidad llamada personal, la define con precisión mister Locke, creo, diciendo que consiste en la cordura del ser racional. Y como por persona entendemos una esencia inteligente, dotada de razón, y como hay una conciencia que acompaña siempre al pensamiento, es ésta la que nos hace a todos ser eso que llamamos nosotros mismos, diferenciándonos así de otros seres pensantes y dándonos nuestra identidad personal. Pero el principium individuationis —la noción de esa identidad que en la muerte se pierde o no para siempre— fue para mí en todo tiempo una consideración de intenso interés, no sólo por la naturaleza pasmosa y emocionante de sus consecuencias, sino por la manera especial y agitada como la mencionaba Morella.
Pero realmente había llegado ahora un momento en que el misterio del carácter de mi esposa me oprimía como un hechizo. No podía soportar por más tiempo el contacto de sus pálidos dedos, ni el tono profundo de su palabra musical, ni el brillo de sus melancólicos ojos. Y ella sabía todo esto, pero no me reconvenía.

Parecía tener conciencia de mi debilidad o de mi locura, y sonriendo, las llamaba el Destino. Parecía también tener conciencia de la causa, para mí desconocida, de aquel gradual desvío de mi afecto; pero no me daba explicación alguna ni aludía a su naturaleza. Sin embargo, era ella mujer, y se consumía por días. Con el tiempo, se fijó una mancha roja constantemente sobre sus mejillas, y las venas azules de su pálida frente se hicieron prominentes. Llegó un instante en que mi naturaleza se deshacía en compasión; pero al siguiente encontraba yo la mirada de sus ojos pensativos, y entonces sentíase mal mi alma y experimentaba el vértigo de quien tiene la mirada sumida en algún aterrador e insondable abismo.
¿Diré que anhelaba ya con un deseo fervoroso y devorador el momento de la muerte de Morella? Así era; pero el frágil espíritu se aferró en su envoltura de barro durante muchos días, muchas semanas y muchos meses tediosos, hasta que mis nervios torturados lograron triunfar sobre mi mente, y me sentí enfurecido por aquel retraso, y con un corazón demoníaco, maldije los días, las horas, los minutos amargos, que parecían alargarse y alargarse a medida que declinaba aquella delicada vida, como sombras en la agonía de la tarde.
Pero una noche de otoño, cuando permanecía quieto el viento en el cielo, Morella me llamó a su lado. Había una oscura bruma sobre toda la tierra, un calor fosforescente sobre las aguas, y entre el rico follaje de la selva de octubre, hubiérase dicho que caía del firmamento un arco iris.
—Éste es el día de los días —dijo ella, cuando me acerqué—; un día entre todos los días para vivir o morir. Es un día hermoso para los hijos de la tierra y de la vida, ¡ah, y más hermoso para las hijas del cielo y de la muerte!
Besé su frente, y ella prosiguió:
—Voy a morir, y a pesar de todo, viviré.
—¡Morella!
—No han existido nunca días en que hubieses podido amarme; pero a la que aborreciste en vida la adorarás en la muerte.
—¡Morella!
—Repito que voy a morir. Pero hay en mí una prenda de ese afecto, ¡ah, cuan pequeño!, que has sentido por mí, por Morella. Y cuando parta mi espíritu, el hijo vivirá, el hijo tuyo, el de Morella. Pero tus días serán días de dolor, de ese dolor que es la más duradera de las impresiones, como el ciprés es el más duradero de los árboles. Porque han pasado las horas de tu felicidad, y no se coge dos veces la alegría en una vida, como las rosas de Paestum dos veces en un año. Tú no jugarás ya más con el tiempo el juego del Teyo; pero, siéndote desconocidos el mirto y el vino, llevarás contigo sobre la tierra tu sudario, como hace el musulmán en la Meca.
—¡Morella! —exclamé—. ¡Morella! ¿cómo sabes esto?
Pero ella volvió su rostro sobre la almohada, un leve temblor recorrió sus miembros, y ya no oí más su voz.
Sin embargo, como había predicho ella, su hijo —el que había dado a luz al morir, y que no respiró hasta que cesó de alentar su madre—, su hijo, una niña, vivió. Y creció extrañamente en estatura y en inteligencia, y era de una semejanza perfecta con la que había desaparecido, y la amé con un amor más ferviente del que creí me sería posible sentir por ningún habitante de la Tierra.
Pero, antes de que pasase mucho tiempo, se ensombreció el cielo de aquel puro afecto, y la tristeza, el horror, la aflicción, pasaron veloces como nubes. He dicho que la niña creció extrañamente en estatura y en inteligencia. Extraño, en verdad, fue el rápido crecimiento de su tamaño corporal; pero terribles, ¡oh, terribles!, fueron los tumultuosos pensamientos que se amontonaron sobre mí mientras espiaba el desarrollo de su ser intelectual. ¿Podía ser de otra manera, cuando descubría yo a diario en las concepciones de la niña las potencias adultas y las facultades de la mujer, cuando las lecciones de la experiencia se desprendían de los labios de la infancia y cuando veía a cada hora la sabiduría o las pasiones de la madurez centellear en sus grandes y pensativos ojos? Como digo, cuando apareció evidente todo eso ante mis sentidos aterrados, cuando no le fue ya posible a mi alma ocultárselo más, ni a mis facultades estremecidas rechazar aquella certeza, ¿cómo puede extrañar que unas sospechas de naturaleza espantosa y emocionante se deslizaran en mi espíritu, o que mis pensamientos se volvieran, despavoridos, hacia los cuentos extraños y las impresionantes teorías de la enterrada Morella? Arranqué a la curiosidad del mundo un ser a quien el Destino me mandaba adorar, y en el severo aislamiento de mi hogar, vigilé con una ansiedad mortal cuanto concernía a la criatura amada.
Y mientras los años transcurrían, y mientras día tras día contemplaba yo su santo, su apacible, su elocuente rostro, mientras examinaba sus formas que maduraban, descubría día tras día nuevos puntos de semejanza en la hija con su madre, la melancólica y la muerta. Y a cada hora aumentaban aquellas sombras de semejanza, más plenas, más definidas, más inquietantes y más atrozmente terribles en su aspecto. Pues que su sonrisa se pareciese a la de su madre podía yo sufrirlo, aunque luego me hiciera estremecer aquella identidad demasiado perfecta; que sus ojos se pareciesen a los de Morella podía soportarlo, aunque, además, penetraran harto a menudo en las profundidades de mi alma con el intenso e impresionante pensamiento de la propia Morella. Y en el contorno de su alta frente, en los bucles de su sedosa cabellera, en sus pálidos dedos que se sepultaban dentro de ella, en el triste tono bajo y musical de su palabra, y por encima de todo —¡oh, por encima de todo!— en las frases y expresiones de la muerta sobre los labios de la amada, de la viva, encontraba yo pasto para un horrendo pensamiento devorador, para un gusano que no quería perecer.
Así pasaron dos lustros de su vida, y hasta ahora mi hija permanecía sin nombre sobre la tierra. «Hija mía» y «amor mío» eran las denominaciones dictadas habitualmente por el afecto paterno, y el severo aislamiento de sus días impedía toda relación. El nombre de Morella había muerto con ella. No hablé nunca de la madre a la hija; érame imposible hacerlo. En realidad, durante el breve período de su existencia, la última no había recibido ninguna impresión del mundo exterior, excepto las que la hubieran proporcionado los estrechos límites de su retiro.
Pero, por último, se ofreció a mi mente la ceremonia del bautismo en aquel estado de desaliento y de excitación, como la presente liberación de los terrores de mi destino. Y en la pila bautismal dudé respecto al nombre. Y se agolparon a mis labios muchos nombres de sabiduría y belleza, de los tiempos antiguos, y de los modernos, de mi país y de los países extranjeros, con otros muchos, muchos delicados de nobleza, de felicidad y de bondad. ¿Qué me impulsó entonces a agitar el recuerdo de la muerta enterrada? ¿Qué demonio me incitó a suspirar aquel sonido cuyo recuerdo real hacía refluir mi sangre a torrentes desde las sienes al corazón? ¿Qué espíritu perverso habló desde las reconditeces de mi alma, cuando, entre aquellos oscuros corredores, y en el silencio de la noche, musité al oído del santo hombre las sílabas «Morella»? ¿Qué ser más demoníaco retorció los rasgos de mi hija, y los cubrió con los tintes de la muerte cuando estremeciéndose ante aquel nombre apenas audible, volvió sus límpidos ojos desde el suelo hacia el cielo, y cayendo prosternada sobre las losas negras de nuestra cripta ancestral, respondió: «¡Aquí estoy!»?
Estas simples y cortas sílabas cayeron claras, fríamente claras, en mis oídos, y desde allí, como plomo fundido, se precipitaron silbando en mi cerebro. Años, años enteros pueden pasar; pero el recuerdo de esa época, ¡jamás! No desconocía yo, por cierto, las flores y la vid; pero el abeto y el ciprés proyectaron su sombra sobre mí noche y día. Y no conservé noción alguna de tiempo o de lugar, y se desvanecieron en el cielo las estrellas de mi destino, y desde entonces se ensombreció la tierra, y sus figuras pasaron junto a mí como sombras fugaces, y entre ellas sólo vi una: Morella. Los vientos del firmamento suspiraban un único sonido en mis oídos, y las olas en el mar murmuraban eternamente: «Morella.» Pero ella murió, y con mis propias manos la llevé a la tumba; y reí con una risa larga y amarga al no encontrar vestigios de la primera Morella en la cripta donde enterré la segunda.

FIN


COMO UN LEON // E.A.POE

COMO UN LEON

EDGAR ALLAN POE


Sátiras del Obispo Hall

...Todo el mundo andaba
Sobre los diez dedos de sus pies de puro asombro.


Yo soy -o mejor dicho fui- un gran hombre; pero no soy ni el autor de Junius ni el Hombre de la Máscara de Hierro, ya que mi nombre, según tengo entendido, es el de Robert Jones, y nací en algún lugar de la ciudad de Fum-Fudge.

El primer acto de mi vida fue el de agarrarme la nariz con ambas manos. Mi madre, al verme, consideró que era un genio; mi padre se puso a llorar de alegria y me regaló un tratado de nasologia. Antes de que empezara a usar pantalones ya me lo conocia a la perfección.

Empezé entonces a tantear mi camino en el terreno de las ciencias, y pronto comprendi que un hombre que tuviera una nariz lo suficientemente conspicua podria, por el simple expediente de seguirla, llegar a conseguir la filiación a los Leones. Pero mis intereses llegaban más allá de la teoria. Todas las mañanas le daba a mi probóscide un buen tirón y me tragaba media docena de copas de aguardiente.

Cuando fui mayor de edad, mi padre me preguntó un dia si querria acompañarle a su estudio.

-Hijo mio -dijo una vez que nos hubimos sentado-, ¿cual es el objetivo final de tu existencia?

-Padre mio -le respondi-, el estudio de la Nasologia.

-¿Y qué es, Robert -me preguntó-, la Nasologia?

-Señor -le dije-, es la Ciencia que estudia las Narices.

-¿Y podrias explicarme -me dijo- cuál es el significado de una nariz?

-La nariz, padre mio -le dije muy conmovido-, ha sido definida de diversas formas por aproximadamente un millar de autores -en ese punto saqué mi reloj-. Es ya mediodia, sobre poco más o menos. De aqui a medianoche tendremos tiempo de repasar todas ellas. Por lo tanto, para empezar, la nariz, según Bartholinus, es aquella protuberancia, aquel bulto, aquella excrecencia, que...

-Ya es suficiente, Robert -me interrumpió el bondadoso anciano caballero-. Estoy asombrado por la extensión de tus conocimientos... te aseguro... por mi alma -aqui cerró los ojos, poniéndose la mano sobre el corazón-. ¡Ven aqui! -aqui me cogió del brazo-. Ya se puede considerar que tu educación ha sido completa; ya va siendo hora de que empieces a desenvolverte por tu cuenta, y lo mejor que puedes hacer es seguir tu nariz... de modo que... de modo que... de modo que... -aqui me echó escaleras abajo de una patada, y sali por la puerta-. De modo que fuera de mi casa, ¡y que Dios te bendiga!

Al sentir en mi el divino afflatus consideré que aquel accidente habia sido más afortunado que otra cosa. Decidi aceptar el consejo paterno. Decidi seguir a mi nariz. Le pegué uno o dos tirones alli mismo y más adelante escribi un panfleto sobre Nasologia.

Toda la ciudad de Fum-Fudge estaba alborotada.

-¡Un genio soberbio! -decia el Quarterly.

-¡Un soberbio fisiólogo! -decia el Westminster.

-¡Un individuo inteligente! -decia el Foreign.

-¡Un magnifico escritor! -decia el Edinburgh.

-¡Un pensador profundo! -decia el Dublin.

-¡Un gran hombre! -decia Bentley.

-¡Un alma divina! -decia Fraser.

-¡Uno de nosotros! -dijo Blackwood.

-¿Quién podrá ser? -dijo Mrs. Bas-Bleu.

-¿Qué podrá ser? -dijo miss Bas-Bleu la Mayor.

-¿Dónde podrá estar? -dijo mis Bas-Bleu la Pequeña.

Pero no presté ninguna atención a toda esta gente; me limité a entrar en el estudio de un artista.

La Duquesa de Dios-me-Bendiga estaba posando para su retrato; el Marqués de Esto-y-lo-Otro cuidaba del perrito de lanas de la Duquesa; el conde de Esto-y-Aquello jugueteaba con sus sales, y su Alteza Real del Mirame-y-No-me-Toques estaba recostada contra el respaldo de su silla.

Me aproximé al artista y alcé la nariz.

-¡Oh, maravillosa! -suspiró su Gracia.

-¡Oh, cielos! -ceceó el Marqués.

-¡Oh, escandaloso! -gimió el Conde.

-¡Oh, abominable! -gruñó su Alteza Real.

-¿Cuánto quiere por ella? -preguntó el artista.

-¡Por su nariz! -gritó su Gracia.

-Mil libras -dije yo sentándome.

-¿Mil libras? -inquirió el artista meditativamente.

-Mil libras-dije yo.

-¿Me la garantizaria usted? -dijo él, poniendo mi nariz a la luz.

-Si -dije, hinchándola bien.

-¿Es realmente un original? -inquirió, tocándola con reverencia.

-¡Humph! -dije yo, echándola a un lado.

-¿No se le ha sacado ninguna copia? -me exigió, examinándola al microscopio.

-Ninguna -dije yo, alzándola.

-Admirable -exclamó, desarmado por la belleza de la maniobra.

-Mil libras -dije yo.

-¿Mil libras? -dijo él.

-Exactamente -dije yo.

-Entonces las tendrá -dijo él-. ¡Qué pieza de virtu!

De modo que me firmó un cheque alli mismo e hizo un boceto de mi nariz. Alquilé unas habitaciones en Jermyn Street, y le mandé a su majestad la noventa y nueve edición de mi "Nasologia", junto con un retrato de mi probóscide. El pequeño y patético calavera del principe de Gales me invitó a cenar.

Eramos todos leones y recherches.

Habia un platonista moderno. Citaba a Porphirio, Iamblico, Plotino, Procio, Hierocles, Máximo, Tyrio y a Syriano.

Habia un hombre entusiasmado por la hipótesis de la perfectabilidad humana. Citaba a Turgôt, Price, Priestley, Condorcet, De Staël y "El estudiante Ambicioso en Mal Estado De Salud".

Estaba también sir Paradoja Positiva. Observó que todos los tontos eran filósofos, y que todos los filósofos eran tontos.

Estaba Aestheticus Ethix. Habló acerca del fuego, de la unidad y de los átomos; del alma dual y del alma pre-existente; de la afinidad y la discordia; de la inteligencia primitiva y de la homeomeria.

También estaban Teólogos Teologia. Habló acerca de Eusebio y Ariano, de la herejia y el Concilio de Niza, del Puseyismo y el consubtancialismo, de Homousies y Homoiousios.

Estaba Fricassée del Rocher de Cancale. Mencionó al Muriton de lengua escarlata, las coliflores con salsa velouté, la ternera à la Ste. Menehold, el escabeche à la S. Florentin y la gelatina de naranja en mosaiques.

Estaba Bibulus O´Bumper. Tocó el tema de Latour y Markbrünnen, del Mousseux y el Cambertin, del Richbour y el St. George, del Haubrion, Leonville y Medoc, del Barac y el Preignac, del Grâve, del Sauterne, del Lafitte y del St. Peray. Negaba con la cabeza ante el Clos de Vougeot, y era capaz de distinguir con los ojos cerrados entre un Jerez y un Amontillado.

Estaba el Señor Tintontintino de Florencia. El habló en su discurso acerca de Cimabue, Carpaccio y Argoostino. Acerca de la tristeza de Caravaggio, de la amenidad de Albano, de los colores de Tiziano, de las fraus de Rubens y de las bufonadas de Jan Steen.

Estaba también el presidente de la universidad de Fum-Fudge. El mantenia la opinión de que en Tracia, la luna recibia el nombre de Bendis, el de Buqbastis en Egipto, el de Diana en Roma y el de Artemisa en Grecia.

Estaba un Gran Turco de Estambul. No podia evitar el pensar que los ángeles eran caballos, gallos y toros, que alguien en el sexto cielo tenia setenta mil cabezas, y que la tierra estaba sustentada por una vaca azul celeste, que tenia un incalculable número de cuernos verdes.

Estaba Delphinus Poliglota. Nos contó lo que habia ocurrido con ochenta y tres tragedias desaparecidas de Esquilo, con las cincuenta y cuatro oraciones de Isaias, con los trescientos noventa y un discursos de Lysias, con los ciento ochenta tratados de Teofrasto, con el octavo libro de las secciones cónicas de Apolonio, con los himnos de Pindaro y con sus ditirambos, y con las cuarenta y cinco tragedias de Homero junior.

Estaba Ferdinand Fitz-Fossillus Feldespato. Nos habló acerca de los fuegos internos y las formaciones del terciario, acerca de los aeriformes, fluidiformes y solidiformes; acerca del cuarzo y la marga, acerca de los esquistos y la turmalina, acerca del yeso y el basalto, acerca del talco y las rosas calcáreas, acerca de la blenda y la hornblenda, acerca de la mica y de los aglomerados, acerca de la cianita y la lepidolita, acerca de la hematita y la tremolita, acerca del antimonio y la calcedonia, acerca del manganeso y de todo lo que se les puede ocurrir.

También estaba yo. Hablé acerca de mi mismo, de mi mismo, de mi mismo; acerca de la Nasologia, de mi panfleto y de mi mismo. Alcé mi nariz y hablé acerca de mi mismo.

-¡Un hombre maravillosamente inteligente! -dijo el Principe.

-¡Soberbio! -dijeron sus invitados, y a la mañana siguiente, su Gracia de Dios-me-Bendiga me hizo una visita.

-¿Querrá usted ir a mi casa de Almack, preciosa criatura? -me preguntó, dándome golpecitos en la sotabarba.

-Será un honor para mi -repliqué yo.

-¿Con nariz y todo? -me preguntó.

-¡Por mi vida! -le repliqué.

-Entonces, aqui tiene usted una tarjeta, mi vida. ¿Puedo entonces decir que irá usted?

-Mi querida Duquesa, de todo corazón.

-¡Bah! Eso no me vale... Pero ¿de toda nariz?

-Hasta la última particula de ella, amor mio -dije yo; de modo que le di un par de estrujones y me encontré en Almack´s.

Las habitaciones estaban sofocantemente llenas.

-¡Ahi viene! -dijo alguien desde la escalera.

-¡Ahi viene! -dijo alguien desde más arriba.

-¡Ahi viene! -dijo alguien desde todavia más lejos.

-¡Ha venido! -exclamó la Duquesa-. ¡Ha venido, el muy amorcito -y agarrándome con firmeza las dos manos, me dio tres besos en la nariz.

Esto produjo verdadera sensación.

-¡Diavolo! -exclamó el Conde Capricornutti.

-¡Dios me guarde! - murmuró Don Stilete.

-¡Mille tonnerres! -exclamó el principe de Grenouille.

-¡Tousand teufel! - gruñó el Elector de Bluddennuff.

Aquello no se podia soportar. Me enfadé. Me puse grosero con Bluddennuff.

-¡Señor! -le dije- es usted un babuino.

-¡Señor -replicó él, después de una pausa-, Donner und Blitzen!

Esto era más de lo que se podia esperar. Intercambiamos nuestras tarjetas. En Chalk, a la mañana siguiente, le arranqué la nariz de un disparo, y después fui a visitar a mis amigos.

-¡Bète! -dijo el primero.

-¡Bobo! -dijo el segundo.

-¡Imbécil! -dijo el tercero.

-¡Asno! -dijo el cuarto.

-¡Mentecato! -dijo el quinto.

-¡Simplón! -dijo el sexto.

-¡Lárgate! -dijo el séptimo.

A la vista de aquello, empecé a sentirme mortificado, y, en consecuencia, fui a ver a mi padre.

-Padre -le pregunté-, ¿cuál es el objetivo fundamental de mi vida?

-Hijo mio -me replicó-, sigue siendo el estudio de la Nasologia, pero al acertarle en la nariz al elector has ido más allá de lo deseable. Tú tienes una magnifica nariz, eso es cierto, pero, por otro lado, Bluddennuff no tiene nariz. Tú has sido condenado, y él se ha convertido en el héroe de la jornada. Concedido que en Fum-Fudge, la grandeza de un león se mide en razón al tamaño de su probóscide, pero ¡el cielo me valga! ¿Cómo se puede competir con un león que no la tiene en absoluto?

viernes, mayo 04, 2007

LA CARTA ROBADA // E. A. POE

La Carta Robada
Edgard Allan Poe



Nihil sapientis odiosus acumine nimio. SENECA


Al anochecer de una tarde oscura y tormentosa en el otoño de18..., me hallaba en París, gozando de la
doble voluptuosidad de la meditación y de una pipa de espuma de mar, en compañía de mi amigo C.
Auguste Dupin, en un pequeño cuarto detrás de su biblioteca, autroisieme, No. 33, rue Dunot, faubourg
St. Germain. Durante una horapor lo menos, habíamos guardado un profundo silencio; a
cualquier casual observador le habríamos parecido intencional y exclusivamente ocupados con las
volutas de humo que viciaban la atmósfera del cuarto. Yo, sin embargo, estaba discutiendo mentalmente
ciertos tópicos que habían dado tema de conversación entre nosotros, hacía algunas horas solamente; me
refiero al asunto de la rue Morgue y el misterio del asesinato de Marie Rogét. Los consideraba de algún
modo coincidentes, cuando la puerta de nuestra habitación se abrió para dar paso anuestro antiguo
conocido, monsieur G***, el prefecto de la policía parisina.
Le dimos una sincera bienvenida porque había en aquel hombre casi tanto de divertido como de despreciable,
y hacía varios años que no le veíamos. Estábamos a oscuras cuando llegó, y Dupin se
levantó con el propósito de encender una lámpara; pero volvió a sentarse sin haberlo hecho, porque
G*** dijo que había ido a consultarnos, o más bien a pedir el parecer de un amigo, acerca de un asunto
oficial que había ocasionado una extraordinaria agitación.
- Si se trata de algo que requiere mi reflexión - observó Dupin,absteniéndose de dar fuego a la mecha
-, lo examinaremos mejor en la oscuridad.
- Esa es otra de sus singulares ideas - dijo el prefecto, que tenía la costumbre de llamar "singular" a
todo lo que estaba fuera de su comprensión, y vivía, por consiguiente, rodeado de una absoluta legión
de"singularidades".
- Es muy cierto -respondió Dupin, alcanzando a su visitante una pipa, y haciendo rodar hacia él un
confortable sillón.
- ¿Y cuál es la dificultad ahora? -pregunté- Espero que no sea otro asesinato.
- ¡Oh! no, nada de eso. El asunto es muy simple, en verdad, y no tengo duda que podremos manejarlo
suficientemente bien nosotros solos; pero he pensado que a Dupin le gustaría conocer los detalles
del hecho, porque es un caso excesivamente singular!...
- Simple y singular -dijo Dupin.
- Y bien, sí; y no exactamente una, sino ambas cosas a la vez. Sucede que hemos ido desconcertados
porque el asunto es tan simple, y, sin embargo nos confunde a todos.
- Quizás es precisamente la simplicidad lo que le desconcierta a usted -dijo mi amigo.
- ¡Qué desatino dice usted! -replicó el prefecto, riendo de todo corazón.
- Quizás el misterio es demasiado sencillo -dijo Dupin.
- ¡Oh! ¡por el ánima de! ... ¡quién ha oído jamás una idea semejante!
- Demasiado evidente por sí mismo.
- ¡Ja! ¡ja! ¡ja!... ¡ ¡jo! ¡jo! ¡jo! -reía nuestro visitante, profundamente divertido- ¡Oh, Dupin, usted me
va a hacer reventar de risa.
- ¿Y cuál es, por fin, el asunto de que se trata? -pregunté.
- Se lo diré a usted -replicó el prefecto, profiriendo un largo, fuerte y reposado puff y acomodándose
en su sillón- Se lo diré en pocas palabras; pero antes de comenzar, le advertiré que este es un asunto
que demanda la mayor reserva, y que perdería sin, remedio mi puesto si se supiera que lo he confiado a
alguien.
- Continuemos -dije.
- 0 no continúe -dijo Dupin.
- De acuerdo; he recibido un informe personal de un altísimo personaje, de que un documento de la
mayor importancia ha sido robado de las habitaciones reales. El individuo que lo robó es conocido;
sobre este punto no hay la más mínima duda; fue visto en el acto de llevárselo. Se sabe también que
continúa todavía en su poder.
- ¿Cómo se sabe esto? -preguntó Dupin.
- Se ha deducido perfectamente -replicó el prefecto-, de la naturaleza del documento y de la no
aparición de ciertos resultados que habrían tenido lugar de repente si pasara a otras manos; es decir, a
cansadel empleo que se haría de él, en el caso de emplearlo.
- Sea usted un poco más explícito -dije.
- Bien, puedo afirmar que el papel en cuestión da a su poseedor cierto poder en una cierta parte,
donde tal poder es inmensamente valioso.
El prefecto era amigo de la jerga diplomática.
- Todavía no le comprendo bien -dijo Dupin.
- ¿No? Bueno; la predestinación del papel a una tercera persona,que es imposible nombrar, pondrá en
tela de juicio el honor de un personaje de la más elevada posición; y este hecho da al poseedor
del documento un ascendiente sobre el ilustre personaje, cuyo honor y tranquilidad son así comprometidos.
- Pero este ascendiente -repuse- dependería de que el ladrón sepa que dicha persona lo conoce.
¿Quién se ha atrevido?...
- El ladrón -dijo G***- es el ministro D***, quien se atreve a todo; uno de esos hombres tan inconvenientes
como convenientes. El método del robo no fue menos ingenioso que arriesgado. El documento en
cuestión, una carta, para ser franco, había sido recibida por el personaje robado, en circunstancias que
estaba sólo en el boudoir real.Mientras que la leía, fue repentinamente interrumpido por la entrada de
otro elevado personaje, a quien deseaba especialmente ocultarla.Después de una apresurada y vana
tentativa de esconderla en una gaveta, se vio forzado a colocarla, abierta como estaba, sobre una mesa.
La dirección, sin embargo, quedaba a la vista; y el contenido, así cubierto, hizo que la atención no se
fijara en la carta. En este momento entró el ministro D***.
Sus ojos de lince perciben inmediatamente el papel, reconocen la letra de la dirección, observa la
confusión del personaje a quien ha sido dirigida, y penetra su secreto. Después de algunas gestiones
sobre negocios, de prisa, como es su costumbre, saca una carta algo parecida a la otra, la abre, pretende
leerla, y después la coloca en estrecha yuxtaposición con la que codiciaba. Pónese a conversar de
nuevo, duranteun cuarto de hora casi, sobre asuntos públicos. Por último, levantándose para marcharse,
coge de la mesa la carta que no le pertenece. Su legítimo dueño le ve, pero, como se comprende, no
se atreve a llamarla atención sobre el acto en presencia del tercer personaje que estaba asu lado. El
ministro se marchó dejando su carta, que no era de importancia, sobre la mesa.
- Aquí está, pues -me dijo Dupin-, lo que usted pedía para hacerque el ascendiente del ladrón fuera
completo, el ladrón sabe de que esconocido del dueño del papel.
- Sí - replicó el prefecto -; y el poder así alcanzado en los últimos meses ha sido empleado, con objetos
políticos, hasta un punto muy peligroso. El personaje robado se convence cada día más de la necesidad
de reclamar su carta. Pero esto, como se comprende, no puede serhecho abiertamente. En fin, reducido
a la desesperación, me ha encomendado el asunto.
- ¿Y quién puede desear -dijo Dupin, arrojando una espesa bocanada de humo-, o siquiera imaginar,
un oyente mas sagaz que usted?
- Usted me adula -replicó el prefecto- pero es posible que algunas

opiniones como ésas puedan haber
sido sostenidas respecto a mí.
- Está claro -dije-, como lo observó usted, que la carta está todavía en posesión del ministro, puesto
que es esta posesión, y no su empleo,lo que confiere a la carta su poder. Con el uso, ese poder desaparece.
- Cierto -dijo G***-, y sobre esa convicción es bajo la que he procedido. Mi primer cuidado fue
hacer un registro muy completo de la residencia del ministro; y mi principal obstáculo residía en la
necesidad de buscar sin que él se enterara. Además, he sido prevenido delpeligro que resultaría de
darle motivos de sospechar de nuestras intenciones.
- Pero -dije-, usted se halla completamente au fait en este tipo deinvestigaciones. La policía parisina ha
hecho estas cosas muy a menudo antes.
- Ya lo creo; y por esa razón no desespero. Las costumbres del ministro me dan, además, una gran
ventaja. Está frecuentemente ausente de su casa toda la noche. Sus sirvientes no son numerosos.
Duermen a una gran distancia de las habitaciones de su amo, y siendo principalmente napolitanos, se
embriagan con facilidad.
Tengo llaves, como usted sabe, con las que puedo abrir cualquier cuarto o gabinete de París. Durante
tres meses, no ha pasado una noche sin que haya estado empeñado personalmente en escudriñar
lamansión de D***. Mi honor está en juego y, para mencionar un gran secreto, la recompensa es
enorme. Por eso no he abandonado la partida hasta convencerme plenamente de que el ladrón es mas
astuto que yo mismo. Me figuro que he investigado todos los rincones y todos los escondrijos de los
sitios en que es posible que el papel pueda ser ocultado.
- ¿Pero no es posible -sugerí-, aunque la carta pueda estar en la posesión de] ministro, como es incuestionable,
que la haya escondido en alguna parte fuera de su casa?
- Es poco probable -dijo Dupin- La presente y peculiar condiciónde los negocios en la corte, y especialmente
de esas intrigas en las cuales se sabe que D*** está envuelto, exigen la instantánea validez del
documento, la posibilidad de ser exhibido en un momento dado, un punto de casi tanta importancia
como su posesión.
- ¿La posibilidad de ser exhibido? -dije.
- Es decir, de ser destruido -dijo Dupin.
- Cierto -observé-; el papel tiene que estar claramente al alcance de la mano. Supongo que podemos
descartar la hipótesis de que el ministro la lleva encima.
- Enteramente -dijo el prefecto- Ha sido dos veces asaltado pormalhechores, y su persona rigurosamente
registrada bajo mí propiainspección.
- Se podía usted haber ahorrado ese trabajo -dijo Dupin- D***,presumo, no está loco del todo; y si
no lo está, debe haber previsto esas asechanzas; eso es claro.
- No está loco del todo -dijo G***-; pero es un poeta, lo que considero que está sólo a un paso de la
locura.
- Cierto -dijo Dupin después de una larga y reposada bocanada de humo de su pipa-, aunque yo
mismo sea culpable de algunas malas rimas.
- Supongamos -dije-, que usted nos detalla las particularidades de su investigación.
- Los hechos son éstos: dispusimos de tiempo suficiente y buscamos en todas partes. He tenido larga
experiencia en estos negocios.Recorrí todo el edificio, cuarto por cuarto, dedicando las noches de toda
una semana a cada uno. Examinamos primero el mobiliario decada habitación. Abrimos todos los
cajones posibles; y supongo que usted sabe que, para un ejercitado agente de policía, son imposibles
los cajones secretos. Cualquiera que en investigaciones de esta clase permite que se le escape un cajón
secreto, es un bobo. La cosa así, es

sencilla. Hay una cierta cantidad de capacidad, de espacio, que
contaren un mueble. En este caso, establecemos minuciosas reglas. La quincuagésima parte de una línea
no puede escapársenos. Después del gabinete, consideramos las sillas. Los cojines son examinados con
esasdelgadas y largas agujas que usted me ha visto emplear. De las mesas,removemos las tablas superiores.
- ¿Por qué?
- Algunas veces la tabla de una mesa, u otra pieza de mobiliariosimilarmente arreglada, es levantada
por la persona que desea ocultarun objeto; entonces la pata es excavada, el objeto depositado dentro
desu cavidad y la tabla vuelta a colocar. Los extremos de los pilares de las camas son utilizados con el
mismo fin.
- ¿Pero la cavidad no podría ser detectada por el sonido? pregunté.
- De ninguna manera, si cuando el objeto es depositado se coloca a su alrededor una cantidad suficiente
de algodón en rama.
Además, en nuestro caso, estábamos obligados a proceder sin ruidos.
- Pero no pueden ustedes haber removido, no pueden haber hecho

pedazos todos los artículos de
mobiliario en que hubiera sido posible depositar un objeto de la manera que usted menciona. Una carta
puedeser comprimida hasta hacer un delgado cilindro en espiral, no difiriendo mucho en forma o volumen
a una aguja para hacer calceta, y deesta forma puede ser introducida en el travesaño de una silla,
por ejemplo. No rompieron ustedes todas las sillas, ¿no es así?
- Ciertamente que no; pero hicimos algo mejor: examinamos los

travesaños de cada silla de la casa, y
en verdad, todos los puntos deunión de todas las clases de muebles, con la ayuda de un
poderoso

microscopio. Si hubiera habido alguna huella de reciente remoción, no
habríamos dejado de
notarla instantáneamente. Un solo grano del serrín producido por una barrena en la madera, habría sido
tan visible como una manzana. Cualquier alteración en las encoladuras, cualquier desusado agujerito en
las uniones, habría bastado para un seguro descubrimiento.
- Presumo que observarían ustedes los espejos, entre los bordes y las láminas, y examinarían los lechos,
y las ropas de los lechos, asícomo las cortinas y las alfombras.
- Eso, por sabido; y cuando hubimos registrado absolutamente todas las partículas del mobiliario de
esa manera, examinamos la casa misma. Dividimos su entera superficie en compartimentos, que numeramos
para que ninguno pudiera escapársenos, después registramospulgada por pulgada el terreno de la
pesquisa, incluso las dos casas adyacentes, con el microscopio, como antes.
- ¡Las dos casas adyacentes! -exclamé-; deben ustedes haber causado una gran agitación.
- La causamos; pero la recompensa ofrecida es prodigiosa.
- ¿Incluyeron ustedes los terrenos de las casas?
- Todos los terrenos están enladrillados, comparativamente nos dieron poco trabajo. Examinamos el
musgo de las junturas de los,ladrillos, y no encontramos que lo hubieran tocado.
- ¿Buscaron ustedes entre los papeles de D***, por consiguiente, y entre los libros de su biblioteca?
- Ciertamente; abrimos todos los paquetes y legajos; y no sólo ¡Abrimos todos los libros, sino que
dimos vuelta todas las hojas de todos los volúmenes, no contentándonos con una simple sacudida
de ellos, como acostumbran a hacer algunos de nuestros agentes de policía. Medimos también el espesor
de cada tapa de libro, con la más cuidadosa exactitud, y aplicamos a cada uno el más celoso examen
con el microscopio. Si cualquiera de las encuadernaciones hubiera sido tocada para ocultar la carta,
habría sido completamente imposible que el hecho escapara a nuestra observación. Unos cinco o seis
volúmenes,recién traídos por el encuadernador, los examinamos con todo cuidado, sondeando las
tapas.
- ¿Registraron el suelo, bajo las alfombras?
- Sin duda. Removimos todas las alfombras, Y examinamos los bordes con el microscopio.
- ¿Y el papel de las paredes?
- También.
- ¿Buscaron en los sótanos?
- Sí
- Entonces -dije- han hecho ustedes un mal cálculo, y la carta noestá entre las posesiones del ministro,
como suponen.
- Temo que usted tenga razón -repuso el prefecto-. Y ahora, Dupin, ¿qué me aconseja que haga?
- Hacer una nueva revisión de la casa de] ministro.
- Eso es absolutarnente innecesario -replicó G***-; estoy tan seguro como que respiro, de que la
carta no está en la casa.
- Pues no tengo mejor consejo que darle -dijo Dupin ¿Téndrá usted, como es natural, una cuidadosa
descripción de la carta?
- ¡Ya lo creo!
Y aquí el prefecto, sacando un memorándum, nos leyó en voz alta un minucioso informe de la carta,
especialmente de la apariencia externa del documento perdido. Poco después de esta descripción,
cogió su sombrero y se fue, mucho más desalentado de lo que le había visto nunca antes.
Casi cerca de un mes había pasado, cuando nos hizo otra visita,encontrándonos ocupados exactamente
de la misma manera que la otra vez. Cogió una pipa y una silla, y principió una conversación
sobre cosas ordinarias. Por último, le dije:
- Y bien, señor G***, ¿qué hay sobre la carta robada? Presumo que se habrá usted convencido, al fin,
de que no hay cosa más difícil que sorprender al ministro.
- ¡Que el diablo lo confunda! esa es la verdad; hice el nuevo examen, sin embargo, como Dupin me lo
aconsejó, pero ha sido tiempo perdido, como yo suponía.
- ¿A cuánto asciende la recompensa ofrecida, dijo usted? preguntó Dupin.
- ¿Cuánto? una gran cantidad, una recompensa verdaderamente liberal; no quiero decir cuánto exactamente,
pero diré una cosa: y esque estaría dispuesto a dar un cheque con ¡mi firma por cincuenta
milfrancos, a cualquiera que me entregara la carta. El asunto se está haciendo día a día cada vez más
importante, y la recompensa ha sido recientemente doblada. Pero aunque fuera triplicada, no podría
hacermás de lo que he hecho.
- Veamos- dijo Dupin lentamente, entre una y otra bocanada de humo-; realmente pienso, G***, que
usted no ha hecho todo lo que podía en este asunto. ¿No cree que podría hacer un poco más?
- ¿Cómo? ¿De qué manera?
- ¡Pst! creo, puff, puff, que usted podría, puff, puff, pedir consejosobre este asunto; puff, priff, puff.
¿Se acuerda usted de lo que secuenta de Abernethy!
- ¡No! ¡Al diablo con su Abernethy!
- ¡Está bueno! al diablo con él, y buena suerte. Pero he aquí el hecho. Una vez, cierto ricacho muy
avaro concibió la idea de obtenegratis de ese Abernethy una opinión médica. Habiendo procurado
coese objeto estar solo con él en una conversación corriente, le insinuó su propio caso como el de un
individuo imaginario.
- Supongamos- dijo el tacaño -, que sus síntomas son tales y tales;ahora doctor, ¿qué le aconsejaría
usted?
- ¿Qué le aconsejaría? -dijo Abernethy-; ¡psh! que viera a un médico.
- Pero -dijo el prefecto, algo desconcertado-, yo estoy dispuesto a pedir consejo, y a pagarlo. Daría
realmente cincuenta mil francos acualquiera que me ayudara en este asunto.
- En ese caso - replicó Dupin, abriendo un cajón y sacando una libreta de cheques-, puede usted
perfectamente hacerme un cheque por
la cantidad mencionada. Cuando lo haya firmado, le entregaré la
carta.
Quedé estupefacto. El prefecto parecía como herido por un rayo.Durante algunos minutos permaneció
sin habla y sin movimiento,mirando incrédulamente a mi amigo con la boca abierta y los ojos
que parecían saltárseles de las órbitas; después, aparentemente recobrandola conciencia de su ser,
cogió una pluma y, después de algunas pausas y miradas sin objeto, hizo por último y firmó un cheque
por 50.000 francos, y lo alcanzó por sobre la mesa a Dupin. Éste lo examinó cuidadosamente y lo
guardó en su cartera; después, abriendo su escritorio,cogió de él una carta y la entregó al prefecto. El
funcionado se abalanzó sobre ella en una perfecta convulsión de alegría, la abrió con mano temblorosa,
arrojó una rápida ojeada a su contenido, y entonces, agitado y fuera de sí, abrió la puerta y sin ceremonia
de ninguna especie salió del cuarto y de la casa, sin haber pronunciado una sílaba desde que Dupin le
había pedido que hiciera el cheque.
Cuando nos quedarnos solos, mi amigo consintió en darme explicaciones.
- La policía parisina -dijo- es sumamente buena en su especialidad. Es perseverante, ingeniosa, astuta
y perfectamente versada en los conocimientos que sus deberes parecen necesitar con más urgencia.
Así, cuando G*** nos detalló su modo de registrar los sitios en la casade D***, tuve plena confianza
en que había practicado una investigación satisfactoria, hasta donde lo permiten sus conocimientos.
- ¿Hasta dónde lo permiten? -pregunté.
- Sí -dijo Dupin- Las medidas adoptadas eran, no solamente lasmejores de su clase, sino que se
acercaban a la perfección absoluta. Sila carta hubiera estado oculta en el radio de esa pesquisa, los
agentesde policía, indiscutiblemente, la hubieran encontrado.
Me sonreí por toda respuesta, pero mi amigo parecía perfectamente serio en todo lo que decía.
- Las medidas, pues - continuo él-, eran buenas en su clase y bien ejecutadas; su defecto estaba en ser
inaplicables al caso y al hombre.Un cierto conjunto de recursos altamente ingeniosos son para el prefecto
una especie de lecho de Procusto, a los que adapta forzadamente sus designios. Así es que perpetuamente
yerra por ser demasiado profundo, o demasiado superficial, en los asuntos que se le confían,
y muchos niños de escuela son mejores razonadores que él. He conocido uno, de unos ocho años de
edad, cuyos éxitos adivinando en el juego de "pares y nones" atraían la admiración de todo el mundo.
Este juego es simple, y se juega con canicas. Uno de los jugadores oculta en sumano una cantidad de
esas canicas, y pregunta a otro si ese número es par o no. Si el preguntado adivina, gana una; si no,
pierde una. El niño de que hablo, ganaba todas las canicas de la escuela. Por consiguiente, tenía algún
método para acertar, y éste se basaba en la simple observación y el cálculo de la astucia de sus contrincantes.
Por ejemplo, un simple bobalicón es su contrario, y levantando una mano cerrada, y pregunta:
¿son pares o nones? Nuestro niño replica: "Nones",y pierde; pero a la segunda vez gana, porque
entonces se dice así mismo: "El bobalicón tenía pares la primera vez, y su cantidad de astucia es justamente
la suficiente para llevarlo a poner nones en la segunda; por consiguiente, apostaré "nones"; apuesta
a nones, y gana.Ahora, con un bobo de un grado mayor que el primero, hubiera razonado así: "Este
tal, sabe que en el primer caso aposté a nones, y en el segundo se le ocurrirá, en el primer impulso, una
simple variación de pares a nones, como hizo mi otro contrario; pero entonces un segundo pensamiento
le sugerirá que ésta es una variación demasiado simple,y, finalmente, decidirá poner pares como antes.
Por consiguiente,apostaré a pares"; apuesta a pares, y gana. Ahora bien, este sistema derazonar en el
niño de escuela, a quien sus compañeros llamaban afortunado, ¿qué es, en último análisis?
- Es simplemente -dije- una identificación del intelecto del razonador con el de su contrario.
- Eso es - dijo Dupin -; y después de preguntar al niño cómoefectuaba esa completa identificación en
que residía su éxito, recibí lasiguiente respuesta: "Cuando deseo saber cuán sabio o cuán estúpido,o
cuán bueno o cuán malo es alguien, o cuáles son sus pensamientos en un instante dado, acomodo la
expresión de mi rostro, tan cuidadosamente como me sea posible, de acuerdo con la expresión del
rostro de él, y entonces trato de ver qué pensamientos o sentimientos nacen en mi mente, que igualen o
correspondan a la expresión de mi cara."La respuesta de este niño de escuela supera incluso la éxpurea
profundidad que ha sido atribuida a La Rochefoucault, la Bruyere, Maquiavelo y Campanella.
- Y la identificación -dije- del intelecto del razonador con el de su contrario, depende, si le entiendo a
usted bien, de la exactitud con que se mide la inteligencia de este último.
- Para su valor práctico depende de eso - replicó Dupin-; y el prefecto y toda su cohorte fracasan tan
frecuentemente, primero, por nolograr dicha identificación, y segundo, por mala apreciación, o mas bien
por no medir la inteligencia con la que se miden. Consideran únicamente sus propias ideas ingeniosas; y
buscando cualquier cosaoculta, tienen en cuenta solamente los medios con que ellos la
habríanescondido. Tienen mucha razón en todo: que su propio ingenio es unafiel representación del de
las masas; pero cuando la astucia del reo esdiferente en carácter de la de ellos, el reo se les escapa; es
lógico. Eso sucede siempre que esa astucia es superior de la de ellos, y, muy habitualmente cuando está
por abajo. No tienen variación de principio en sus investigaciones; lo más que hacen, cuando se ven
excitados poralgún caso insólito, por alguna extraordinaria recompensa, es extendero exagerar sus
viejas rutinas de práctica, sin modificar sus principios.Por ejemplo, en este caso de D***, ¿qué se ha
hecho para modificar elprincipio de acción? ¿Qué es todo este taladrar, probar, hacer sonar y registrar
con el microscopio, y dividir la superficie del edificio encuidadosas pulgadas cuadradas y numeradas?
¿Qué es todo eso, sino una exageración de la aplicación de unprincipio o conjunto de principios de
pesquisa, que está basado sobreun conjunto de nociones respecto a la ingeniosidad humana, a que
elprefecto, en la larga rutina de su deber, se ha acostumbrado? ¿No veusted que G*** da por sentado
que todos los hombres que quierenocultar una carta, si no precisamente en un agujero hecho con
barrenaen la pata de una silla, lo hacen, cuando menos, en algún oculto agujero o rincón sugerido por el
mismo tenor del pensamiento que inspira aun hombre la idea de esconderla en un agujero hecho en la
pata de unasilla? ¿Y no ve usted también que tales rincones buscados para ocultar,se emplean únicamente
a las ocasiones ordinarias, y sólo son adoptados por inteligencias ordinarias? Porque en todos
los casos de ocultamiento cabe presumir que en principio se ha efectuado dentro de esascoordenadas;
y su descubrimiento depende, no tanto de la perspicacia ,sino del simple cuidado, la paciencia y la
determinación de los buscadores; y cuando el caso es de importancia, o lo que quiere decir lomismo a
los ojos policiales, cuando la recompensa es de magnitud, lascualidades en cuestión jamás fallan.
Ahora entenderá usted indudablemente lo que quise decir, sugiriendo que, si la carta hubiera sido
ocultada en cualquier parte dentrode los límites del examen del prefecto, o en otras palabras, si el
principio inspirador de su ocultación hubiera estado comprendido dentro delos principios del prefecto,
su descubrimiento habría sido un asuntoabsolutamente fuera de duda. Este funcionario, sin embargo, ha
sidocompletamente engañado; y la fuente originaria de sus fracaso resideen la suposición de que el
ministro es un loco porque ha adquiridofama como poeta. Todos los locos son poetas; esto es lo que
cree elprefecto, y es simplemente culpable de un non disiributio medii alinferir de ahí que todos los
poetas son locos.
- ¿Pero se trata realmente del poeta? -pregunté- Hay dos hermanos, me consta, y ambos han alcanzado
reputación en las letras. Elministro, creo, ha escrito doctamente sobre cálculo diferencial. Es
unmatemático y no un poeta.
- Está usted equivocado; yo le conozco bien, es ambas cosas.
Como poeta y matemático, habría razonado bien; como simplematemático no habría razonado absolutamente,
y hubiera estado amerced del prefecto.
- Usted me sorprende -dije- con esas opiniones, que han sido contradecidas por la voz del mundo.
Suponga que no pretenderá aniquilaruna bien digerida idea con siglos de existencia.
La razón matemática ha sido largo tiempo considerada como larazón por excelencia.
- Il y a parier - replicó Dupin, citando a Chamfort-, que toute idéepublique, toute convention reçue, est
une sottise, car elle a convenueau plus grand nombre.¹ Los matemáticos, concedo, han hecho cuanto
les ha sido posible para difundir el error popular a que usted alude, y que no es menos un error porque
haya sido promulgado comoverdad. Con un arte digno de mejor causa, por ejemplo, han introducido el
término "análisis" con aplicación al álgebra.
Los franceses son los culpables de esta superchería popular; perosi un término tiene alguna importancia,
si las palabras derivan algúnvalor de su aplicabilidad, "análisis" expresa "álgebra", poco más
omenos, como en latín ambitus implica "ambición", religio, "religión",homines honesti, "un conjunto de
hombres honorables".
- Temo que se enemiste usted -dije- con alguno de los algebristasde París; pero prosiga.
- Disputo la validez, y por consiguiente, el valor de esa razón quees cultivada en una forma especial
distinta de la abstractamente lógica.Disputo, en particular, la razón extraída del estudio de las matemáticas.
Las matemáticas son la ciencia de la forma y la cantidad; el razonamiento matemático es simplemente
la lógica aplicada a laobservación a la forma y la cantidad. El gran error consiste en suponerque
hasta las verdades de lo que es llamado álgebra pura son verdadesabstractas o generales. Y este error
es tan extraordinario, que me confundo ante la universalidad con que ha sido recibido. Los
axiomasmatemáticos no son axiomas de validez general. Lo que es verdad derelación (de forma y de
cantidad), es a menudo grandemente es falsorespecto a la moral, por ejemplo. En esta última ciencia
por lo generalincierto que el todo sea igual a la suma de las partes. En química elaxioma falla también.
En el caso de una fuerza motriz falla igualmente, pues dos motores de un valor dado no alcanzan necesariamente
alsumarse una potencia igual a la suma de sus potencias consideradaspor separado. Hay
muchas otras verdades matemáticas, que son verdades únicamente dentro de los límites de la relación.
Pero el matemático arguye, apoyándose en sus verdades finitas, según es costumbre,como si ellas
fueran de una aplicabilidad absolutamente general, comosi el mundo imaginara, en realidad, que lo son.
Bryant, en su recomendable Mitología, menciona una análoga fuente de error, cuandodice que "aunque
las fábulas paganas no son creídas, sin embargo loolvidamos continuamente, y hacemos inferencias de
ellas, como sifueran realidades". Entre los algebristas, no obstante, que son realmente paganos, las
"fábulas paganas" son creídas, y las inferencias sehacen, no tanto por culpa de la memoria, sino por una
incomprensibleperturbación mental. En una palabra, no he encontrado nunca unsimple matemático en
quien se pudiera confiar, fuera de sus raíces yecuaciones, o que no tuviera por artículo de fe, que x2 +
px es absolutae incondicionalmente igual a q. Diga usted a uno de esos caballeros,por vía de experimento,
si lo desea, que usted cree que puede presentarse casos en que x1 + px no es absolutamente
igual a q, y después dehaberle hecho entender lo que quiere decir, eche a correr tan pronto como le sea
posible, porque, sin ninguna duda,tratará de darle una paliza.
"Quiero decir - continúo Dupin, mientras me reía yo de su últimaobservación- que si el ministro hubiera
sido nada más que un matemático, el prefecto no habría tenido necesidad de darme este cheque.Le
conocía yo, sin embargo, como matemático y como poeta, y mismedidas fueron adaptadas a su capacidad,
con referencia a las circunstancias de que estaba rodeado. Le conocía como a un cortesano,
yademás como un audaz intrigant. Un hombre así, pensé, debe conocerlos métodos ordinarios de
acción de la policía. No podía haber dejadode prever, y los sucesos han probado que no lo hizo, los
registros a losque fue sometido. Debe haber previsto las investigaciones secretas desu casa. Sus frecuentes
ausencias nocturnas, que eran celebradas por elprefecto como una buena ayuda a sus éxitos,
las miré únicamentecomo astucias para procurar a la policía la oportunidad de hacer uncompleto registro,
y hacerles llegar lo más pronto posible a la convicción a la G*** llegó por último, de que la carta
no estaba en casa.
Comprendí también que todo el conjunto de ideas, que tendría algunadificultad en detallar a usted
ahora, relativo a los invariables principios de la policía en pesquisas de objetos ocultados, pasaría
necesariamente por la mente del ministro. Eso le llevaría, de una manerainevitable, a despreciar todos
los escondrijos ordinarios. No podía,reflexioné, ser tan simple que no viera que los más intrincados y
másremotos secretos de su mansión serían tan de fácil acceso como losrincones más vulgares, a los
ojos, a los exámenes, a los barrenos y losmicroscopios del prefecto. Vi, por último, que se vería
impulsado,como en un asunto de lógica, a la simplicidad, si no la había deliberadamente elegido por su
propio gusto personal. Recordará usted quizácon cuanta gana se rió el prefecto, cuando le sugerí en
nuestra primera entrevista que era muy posible que este misterio le perturbara tantopor ser su descubrimiento
demasiado evidente."
- Sí - dije-, recuerdo bien su hilaridad. Creí realmente que sufriríaconvulsiones.
- El mundo material - continúo Dupin- abunda en muy estrictasanalogías con el espiritual; y así se ha
dado algún color de verdad aldogma retórico de que la metáfora o el símil pueda ser empleada paradar
más fuerza a un pensamiento o embellecer una descripción. Elprincipio de visinertia, por ejemplo,
parece idéntico en física y metafísica. No es más cierto en la primera, que un gran cuerpo es puesto
enmovimiento con más dificultad que uno pequeño, y que su subsecuenteimpulso es proporcionado a
esa dificultad, que lo es en la segunda, queintelectos de la más vasta capacidad, aunque más potentes,
constantesy fecundos en sus movimientos que los de inferior grado, son sin embargo los menos prontamente
movidos, y más embarazados y llenos devacilación en los primeros pasos de sus progresos. Otra
cosa: ¿ha notado usted alguna vez cuáles son las muestras de tiendas que más llaman la atención?
- Nunca se me ocurrió pensarlo -dije.
- Hay un juego de adivinanzas -replicó él- que se juega con unmapa. Uno de los jugadores pide al otro
que encuentre una palabradada, el nombre de una ciudad, río, estado o imperio; una palabra, enfin,
sobre la abigarrada y confusa superficie de un mapa. Un novato enel juego trata generalmente de
confundir a sus contrarios, dándoles abuscar los nombres escritos con las letras más pequeñas; pero el
buenjugador escogerá entre esas palabras que se extienden con grandescaracteres de un extremo a
otro del mapa. Éstas, lo mismo que losanuncios y tablillas expuestas en las calles con letras
grandísimas,escapan a la observación a fuerza de ser excesivamente notables; yaquí, la física inadvertencia
ocular es precisamente análoga a la inteligibilidad moral, por la que el intelecto permite que pasen
desapercibidas esas consideraciones, que son demasiado evidentes y palpables porsí mismas. Pero
parece que éste es un punto que está algo arriba oabajo de la comprensión del prefecto. Nunca creyó
probable o posibleque el ministro hubiera dejado la carta inmediatamente debajo de lasnarices de todo
el mundo, a fin de impedir que una parte de ese mundopudiera verla.
Pero cuanto más reflexionaba sobre el audaz, fogoso y discernido ingenio de D***, sobre el hecho de
que el documento debía haberestado siempre a mano, si intentaba usarlo con ventajoso fin; y sobre
ladecisiva evidencia, obtenida por el prefecto, de que no estaba ocultodentro de los límites de sus
pesquisas ordinarias, más convencidoquedaba de que para ocultar aquella carta el ministro había
recurridoal más amplio y sagaz expediente de no tratar de ocultarla absolutamente.
Convencido de estas ideas, me puse mis gafas verdes y una hermosa mañana, como por casualidad,
entré en la casa del ministro.Encontré a D*** bostezando, extendido cuan largo era,
charlandoinsustancialmente, como de costumbre, y pretendiendo estar aquejadodel más abrumador
ennui. Sin embargo, es uno de los hombres másrealmente activos que existen, pero tan sólo cuando
nadie lo ve.Para pagarle con la misma moneda, me quejé de mis débilesojos, y lamenté la forzosa
necesidad que tenía de usar gafas, bajo elamparo de las cuales examinaba cuidadosa y completamente
toda lahabitación, mientras en apariencia sólo me ocupaba de la conversacióncon mi anfitrión.Presté
especial atención a una gran mesa- escritorio, cerca de lacual estaba sentado D***, y sobre la que
había desparramados confusamente diversas cartas Y otros papeles, uno o dos instrumentos demúsica
v algunos libros. En ella, no obstante, después de un largo ydeliberado escrutinio, no vi nada capaz de
provocar mis sospechas.Por último, mis ojos, examinando el circuito del cuarto, se posaron sobre un
miserable tarjetero de cartón afiligranado, que pendía deuna sucia cinta azul, sujeta a una perillita de
bronce, colocada justamente sobre la repisa de la chimenea. En aquel tarjetero, que tenía treso cuatro
compartimentos, había seis o siete tarjetas de visita y unasolitaria carta. Esta última estaba muy manchada
y arrugada. Se hallaba rota casi en dos, por el medio, como si una primera intención dehacerla
pedazos por su nulo valor hubiera sido cambiado y detenido.Tenía un gran sello negro, con el monograma
de D***, muy visible, yel sobre escrito y dirigido al mismo ministro revelaba una letra menuda y
femenina.
Había sido arrojada sin cuidado alguno, y hasta desdeñosamente,parecía, en una de las divisiones
superiores del tarjetero.No bien descubrí la carta en cuestión, comprendí que era la queandaba buscando.
En verdad, era, en apariencia, radicalmente distintade aquella que nos había leído el prefecto una
descripción tan minuciosa. Aquí el sello era grande y negro, con el monograma de D***;en la otra era
pequeño y rojo, con las armas ducales de la familiaS***. Aquí la dirección del ministro era diminuta y
femenina; en laotra la letra del sobre, dirigida a un cierto personaje real, era marcadamente enérgica y
decidida; el tamaño era su único punto de semejanza. Pero la naturaleza radical de esas diferencias, que
era excesiva,las manchas, la sucia y rota condición del papel, tan inconsistente conlos verdaderos
hábitos metódicos de D***, y tan reveladoras de daruna idea de la insignificancia del documento a un
indiscreto; estascosas, junto con la visible situación en que se hallaba, a la vista detodos los visitantes, y
así coincidente con las conclusiones a que yohabía llegado previamente; esas cosas, digo, eran muy
corroborativasde sospecha, para quien había ido con la intención de sospechar.Demoré mi visita tanto
como fue posible, y mientras manteníauna de las más animadas discusiones con el ministro, sobre un
tópicoque sabía que jamás había dejado de interesarle y apasionarle, volquémi atención, en realidad,
sobre la carta. En aquel examen, confié a lamemoria su apariencia externa y su colocación en el tarjetero;
y porúltimo, hice un descubrimiento que borraba cualquier duda trivial quepudiera haber concebido.
Registrando con la vista los bordes del papel,noté que estaban más chafados de lo que parecía necesario.
Presentaban una apariencia de rotura que resulta cuando un papel liso, habiendo sido una vez
doblado y apretado, es vuelto a doblar en unadirección contraria, con los mismos pliegues que ha
formado el primitivo doblez. Este descubrimiento fue suficiente. Fue claro para mí quela carta había
sido dada vuelta, como un guante, lo de adentro paraafuera; una nueva dirección y un nuevo sello le
habían sido agregados.Dilos buenos días al ministro, y me marché enseguida, abandonandosobre la
mesa una tabaquera de oro.A la mañana siguiente fui en busca de la tabaquera, y reanudamos
placenteramente la conversación del día anterior. Mientras Estábamos en ella empeñados, un fuerte
disparo, como de una pistola, seoyó inmediatamente debajo de las ventanas del edificio, y fue
seguidopor una serie de gritos de terror, y exclamaciones de una multitudasustada. D*** se lanzó a una
de las ventanas, la abrió y miró hacia lacalle. Mientras, me acerqué al tarjetero, cogí la carta, la metí en
mibolsillo y la reemplacé por un facsímil (de sus caracteres externos) quehabía preparado cuidadosamente
en casa, imitando el monograma deD***, con mucha facilidad, por medio de un sello de miga de
pan.El turnulto en la calle había sido ocasionado por la loca conducta de un hombre con un fusil. Había
hecho fuego con él entre ungrillo de mujeres y niños. Se comprobó, sin embargo, que el armaestaba
descargada, y se le permitió que continuara su camino, como aun lunático o un ebrio. Cuando se hubo
retirado, D*** se separó de laventana, a donde le había seguido yo inmediatamente después de conseguir
mi objeto. Al poco rato me despedí de él. El pretendido lunáticoera un hombre a quien yo había
pagado para que produjera el tumulto.
- Pero, ¿qué propósito tenía usted -pregunté- para reemplazar lacarta por un facsímil? ¿No hubiera
sido mejor, en la primera visita,arrebatarla abiertamente y salir con ella?
- D*** -replicó Dupin- es un hombre arrojado y valiente. Su casa,además, no carece de servidores
consagrados a los intereses del amo.Si hubiera yo hecho la atrevida tentativa que usted sugiere,
jamáshabría salido vivo de allí y el buen pueblo de París no hubiera vuelto asaber más de mí. Ya conoce
usted mis ideas políticas. Pero tenía unasegunda intención, aparte de esas consideraciones. En este
asunto,obré como partidario de la dama comprometida. Durante dieciochomeses el ministro la tuvo en
su poder Ella es la que lo tiene ahora ensu poder; como D*** no sabe que la carta no está ya en su
tarjetero,proseguirá con sus presiones como si la tuviera. Así provocará, élmismo, su ruina política. Su
caída, además, será tan precipitada comoridícula. Es igualmente exacto hablar, a propósito de su caso,
del facilis descensus Avernis; pues en todas especies de ascensiones, como laCatalani dice del canto, es
mucho más fácil subir que bajar. En elpresente caso no tengo simpatía, ni siquiera piedad, por el que
desciende. D*** es ese monstrum horrendum, el hombre de genio sinprincipios. Confieso, sin embargo,
que me gustaría mucho conocer elpreciso carácter de sus pensamientos cuando, siendo desafiado
poraquella a quien el prefecto llama "una cierta persona", se vea forzadaa abrir la carta que le dejé para
él en el tarjetero.
- ¿Cómo? ¿escribió usted algo particular en ella?
- Claro. No parecía del todo bien dejarla en blanco; eso hubierasido insultante.. Cierta vez D***, en
Viena, me jugó una mala pasada,acerca de la que le dije, sin perder el buen humor, que no lo
olvidaría.Así, como comprendí que sentiría alguna curiosidad respecto a laidentidad de la persona que
había sobrepujado su inteligencia, penséque era una lástima no dejarle un indicio para que la conociera.
Comoconoce perfectamente mi letra, me limité a copiar en medio de la página estas palabras:
... Un dessein si funeste, S'il n'est digne d'Atrée, est digne de Thyeste, que se pueden encontrar en
el Atreo de Crébillon.
Acerca del autor
Edgard Allan Poe
(1809 - 1849)
Datos biográficos: Escritor estadounidense. Debido a la muerte de sus progenitores fue adoptado
por un comerciante llamado Allan,que lo envió a estudiar a Inglaterra, de donde regresó en 1820. Fue
expulsado de la Universidad de Virginia, y un tiempo después unas deudas de juego motivaron el
distanciamiento con su padre adoptivo. Fue nombrado director del Southern Literary Messenger, pero
abandonó el cargo por los ataques de hipocondría y el abuso del alcohol. La muerte de su esposa
acentuó estas dos inclinaciones. Un ataque de delírium trémens produjo su fallecimiento. Se destacan en
ssu obra los cuentos da horror y fantásticos, ha sido admirado por escritores de las más diversas
procedencias geográficas, no así por la crítica estadounidense.
Acerca de esta obra: Ingenioso y magistral relato. El autor introduce el mecanismo de detección
mediante la deducción que tan bien sabe manejar. Original, profundo, Poe justifica con esta obra, y
muchas más, el ser uno de los grandes de la literatura anglosajona. Puede serle muy útil el haber leído
este libro cuando tenga que ocultar algo.
El arte y diseño de tapa de esta edición han sido realizados por Ptricio Olivera.

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