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sábado, abril 17, 2010

Leyendas Y Tradiciones



Leyendas Y Tradiciones



José Zorrilla


UNA AVENTURA DE 1360




En las frondosas campiñas


que con sus ondas serenas


fecunda el Guadalquivir


antes que en el mar se pierda,


sentada está una ciudad


que majestuosa ostenta


lo atrevido de sus torres,


lo antiguo de sus almenas.


El río su bella imagen


en su corriente refleja


pasando enorgullecido


por pasar tan junto a ella.


Y ella se mira en sus aguas


contemplando allí altanera


su antigüedad y poder


y su proverbial belleza.


Espesos muros la ciñen,


y frondosísimas huertas,


y apiñados olivares,


y fertilísimas vegas.


Radiante sol la ilumina,


y la bordan sus laderas


altos y copados árboles


y olorosas flores bellas.


Alegre gente la vive,


que las calurosas siestas


y las perfumadas noches


pasa al son de la vihuela,


ya en sus entoldados patios,


entre fuentes y macetas,


ya en sus floridos jardines


gozando sus auras frescas.


Ciudad de hermoso recuerdo,


ciudad bella entre las bellas,


de los moros es envidia,


de los cristianos soberbia.


Sevilla, en fin, y esto basta,


que todo el nombre lo encierra;


y hablando de la hermosura


todo es una cosa mesma.


En Sevilla, pues, y en una


noche azulada de aquéllas


en que la luna derrama


tranquila claridad trémula,


y en lo cóncavo del aire


resplandecen las estrellas,


y más allá con más brillo


los luceros reverberan;


en una de aquellas noches


en que todo se presenta


blanco, pacífico, hermoso,


y que la mente embelesa,


y los sentidos embriaga


y el corazón enajena;


noche de aventuras propia


en mil trescientos sesenta


(edad en que esto pasaba,


si mi memoria no yerra),


por la calle de la Sierpe,


media noche siendo apenas,


dos hombres en la ancha plaza


con prisa y silencio se entran.


Largas capas les envuelven,


no porque precisas sean,


sino porque bien les cubran


de las personas las señas.


Por el lado de la sombra,


punta a punta la atraviesan


de la calle de la Sierpe


hasta la calle de Génova,


y el bulto de sus espadas,


que bajo la capa llevan,


las plumas de sus birretes


y el rumor de sus espuelas,


por hidalgos les acusan,


por más que entrambos se empeñan


en pasar como personas


de común raza plebeya.


Al fin cuando ya contaban


tomar una callejuela


que al alcázar los llevase


sin pasar frente a la iglesia,


paróse el más alto de ellos,


diciendo : "¿Qué sombra es ésa


que tras el pilar se oculta,


Benavides? Yo dijera


que es un hombre". Y Benavides,


al que pregunta contesta


"Llegad, señor, sin cuidado,


que ya imagino quién sea,


y hará paso al conocerme,


que es hombre que me respeta,


porque me debe favores


e hicimos juntos la guerra".


Siguió andando Benavides;


siguió el otro, por respuesta


dándole sólo el silencio


que satisfacerle muestra,


y frente al hombre llegando


que junto al pilar espera,


mostrándose Benavides,


dejó franca la carrera.


“Dios te guarde, Andrés", le dijo


el que va, pasando cerca.


"Buenas noches" dijo el hombre,


saludando con llaneza:


y pasaron los hidalgos,


y siguió el otro en su espera.


Y, entre los dos que se van


por la oscura callejuela,


conversación en voz baja


se entabló de esta manera:


"¿Quién es ese hombre?


-Un soldado


que entró poco hace en la regla


de San Francisco, cansado


del servicio y de la guerra.


-¿Y por qué precisamente


en tal ocasión lo deja,


pudiendo darle fortunas


estos tiempos -de revueltas?


-Dice que al rey don Alonso


sirvió de grado, y por fuerza


no quiere servir a nadie.


-Ya entiendo.


-Señor...


-Le lleva


la opinión del vulgo necio,


que mal de don Pedro piensa.


-Ya veis, señor, pues al claustro


se acoge, con su conciencia


se lo habrá mirado bien.


-Y a tales horas, ¿qué espera,


solo en mitad de la plaza,


sin el traje de su regia?


-Señor, es historia larga.


-Tal cual es quiero saberla.


-Son cosas qué-importan poco.


-A mí todo me interesa;


decid, pues.


-Pues escuchad.


Ya sabéis que representan


al Rey los monjes franciscos,


que habiendo en su casa mesma


un manantial necesario


para el buen servicio de ella,


el derecho a los vecinos


se les quite de que puedan


servirse de él en su daño,


porque sin agua les dejan.


Los vecinos, como tienen


aquella fuente más cerca,


para tomarla a su gusto


su viejo derecho alegan.


-Y tienen razón, y el Rey


se la da.


-Por esa muestra


de su Real benignidad,


de los vecinos se aumenta


la osadía, y de los monjes


el trabajo y la impaciencia.


De aquí nacen las hablillas,


las voces y las quimeras;


los vecinos a los monjes


tal vez obligar intentan


a que de noche y de día


les tengan franca la puerta.


Los monjes quieren cerrarla


como lo manda su regla,


y esto ocasiona denuestos


y escandalosas pendencias.


Los vecinos traen soldados,


gente de su parentela;


los frailes sacan domésticos


y deudos que los defiendan;


y como ven que su Rey


lo que le piden les niega,


los del pueblo cobran bríos,


y los frailes se exasperan.


Esto duró hasta que Andrés,


hombre a quien nada amedrenta,


hombre que usa de las armas


con asombrosa destreza,


con sus escrúpulos dando


de una sola vez en tierra,


asió su espada saliendo


de los suyos en defensa.


Burlábanse al principio,


mas él se ha dado tal priesa


en asentar cintarazos


con tal fortuna y destreza,


que del manantial los monjes


son dueños a la hora de ésta.


-¿Tan bizarro es ese Andrés?


-Tan bizarro y tan a prueba,


que él solo guarda la plaza


y ninguno se le acerca.


-El miedo de los villanos


es quien su valor pondera.


-De quien queráis informaos;


veréis que nadie lo niega.


Es hombre que, si le dicen


que una calle por apuesta,


guarde una noche, es seguro


que nadie pasa por ella.


-¿Y no hay justicia en Sevilla,


un hombre que le contenga?


-Ya veis, se acoge a sagrado,


y los bravos le respetan."


Murmuró el que preguntaba


unas palabras inciertas,


que expiraron en murmullo


cual pronunciadas apenas.


Y como a un postigo oculto


que da al alcázar se llegan,


callaron ambos a dos,


llamando a espacio a la puerta.


Abrióles un pajecillo,


y entrando los dos por ella,


quedó el silencio en el aire


y en soledad la plazuela.


Está la siguiente noche


tocando en la misma flora,


y desde el cenit vertiendo


la luna luz melancólica.


Ni una ráfaga de viento


la soledad silenciosa


interrumpe, ni una nube


del cielo el azul entolda.


Toda Sevilla es silencio,


reposa Sevilla toda,


que duerme al son que la arrullan


del Guadalquivir las ondas.


Apenas de tarde en tarde


atraviesa una persona


las calles a largos pasos,


o en una reja se aposta.


Y los grandes edificios


que la extensa plaza forman,


sobre el suelo de la plaza


tienden su gigante sombra.


En un pilar apoyado


de una callejuela angosta,


por do un largo pasadizo


en la plaza desemboca,


hay un hombre que está en vela,


y a quien la noche medrosa


presta contornos fantásticos


y faz amenazadora.


Inmoble en la oscuridad,


no parecen que le importan


ni el relente de las noches


ni el ver que pasan las horas.


Si espera a alguien, nadie acude


a la cita misteriosa;


si aguarda algún hora fija,


su venida fue bien pronta.


Frente por frente al convento


de San Francisco se aposta,


cuya puerta se ve franca


como abandonada y sola.


¿Es que aquel hombre la guarda,


o es que en acecho la ronda?


Porque él la guarda o la acecha


con una intención incógnita.


En esto la plaza adentro,


por la calle de la Sierpe


un hombre desembocando,


a largos pasos se mete.


Un solo punto los ojos


en su derredor revuelve,


y viendo al hombre que aguarda,


vase a él rápidamente,


el sombrero hasta las cejas


y el embozo hasta los dientes.


Llegó al que esperaba, y plática


entablaron de esta suerte: .


-¡Andrés!


-¿Quién me llama?­


-Un hombre.


-¿Me conoce?


-Sí


-¿Qué quiere?


-Que tenga por tu aljibe


un privilegio mi gente.


Me han dicho que tú tan sólo


a tu convento defiendes,


y que cejan los villanos


y la canalla te teme.


-Y te han dicho la verdad.


-Por eso precisamente


he venido aquí esta noche,


por si al cabo empacho tienes


en dejarme hacer de día


lo que de noche no entiende


ninguno en el barrio.


-Hidalgo,


si eso trae, errado viene;


todos han de tomar agua,


o nadie absolutamente.


-¿Conque contra el Rey te opones,


que lo contrario te advierte?


-Yo contra el Rey no me opongo,


mas cuido mis intereses;


y pues por ellos no cuidan,


siendo inútiles, sus leyes,


hombre a hombre, y fuerza a fuerza,


aquí has de encontrarme siempre.


Será injusticia y escándalo,


será cuanto se quisiere;


mas, a quien osados cargan, necio es, si no se defiende. -Hazlo, pues.


-Enhorabuena,


hidalgo, y tened presente


que habéis venido a buscarme.


-Menos hablar y defiéndete.


Y esto diciendo uno y otro


a cuchilladas se meten


con tanto brío que chispas


de las espadas encienden.


El caballero le carga


tan fiera y bizarramente,


que el hacerle cara el otro,


hasta milagro parece.


Dan, vuelven, paran, reciben;


ni uno ceja ni otro cede;


Andrés con calma y acierto,


el otro como una sierpe:


mas es inútil, el monje


es tan diestro y es tan fuerte,


que aunque es el hidalgo un hombre


que como un tigre revuelve,


y cuyo brazo muy pocos


a resistirle se atreven,


de poco o nada le sirven


lo que sabe y lo que puede.


Al fin, el monje, mirando


que el intento con que viene


es tal, que mucho peligra


si no se concluye en breve,


lanzóle tal multitud


de tajos y de reveses,


que el otro cejó seis pasos,


diciendo: -¡Demonio, tente!­


Túvose Andrés, y el incógnito,


la mano franca tendiéndole,


dijo: "Lo que quieras pídeme,


que todo te lo mereces.


-Yo nada de vos espero.


¿Qué podéis vos ofrecerme?


-A todo por tu valor,


el rey don Pedro se ofrece.


-Señor -exclamó el buen monje


ante sus plantas rindiéndose-,


perdonad si estuve osado...


-Andrés, obraste valiente;


concédote lo que quieras,


para que de mí te acuerdes.


-Señor, de nuestra agua os pido


la propiedad solamente.


-Desde esta noche a los monjes


anuncia que la poseen."


Y tomando el rey don Pedro


por el callejón de enfrente,


volvióse al convento el fraile,


agradecido y alegre.




JUSTICIAS DEL REY DON PEDRO



I



Cuando su luz y su sombra


mezclan la noche y la tarde,


y los objetos se sumen


en la sombra impenetrable,


en un postigo excusado,


que a una callejuela sale


de una casa, cuya puerta


principal da a la otra calle,


dos hombres que se despiden


se ven, aunque no se sabe­


n¡ cuál de los dos se queda


ni cuál de los dos se parte.


Ambos mirándose atentos,


ambos un pie hacia adelante,


parados en el dintel


están, y entrambos iguales.


Por fin el más viejo de ellos,


hundiendo el mustio semblante


entre el sombrero y la capa,


en ademán de marcharse,


torció la cabeza a un lado,


pronunciando un no tan grave,


que bien se vio que era el fin


de las pláticas de enantes.


Sin duda el otro entendido,


no encontró qué replicarle,


pues bajando la cabeza,


callóse por un instante.


-Buenas noches -dijo el viejo-.


Tartamudeó un "Dios le guarde"


el otro; mas, decidiéndose,


hizo hacia el viejo un avance.­


-"Mírelo bien, y cuidado


no se arrepienta, compadre.


-Nunca eché más de una cuenta.


-Piénselo bien, y no pase


sin contar lo que va de él


a don Juan de Colmenares.


-Señor -replicó el anciano-,


en tiempos tan deplorables,


yo sé que lo pueden todo


los ricos y los audaces.


-Pues mire lo que le importa;


que rica y audaz señales


son con que marca la fama


a los que en mi casa nacen.


Callaron por un momento,


y continuando mirándose


dijo el viejo tristemente,


aunque en tono irrevocable:


-Nunca lo esperé de vos;


mas tampoco vos ni nadie


puede esperar más de mí.


-Pues, entonces, adelante


idos, buen viejo, con Dios,


qué estoy de prisa y es tarde."


Cerró la puerta de golpe,


a escuchar sin esperarse


una respuesta que el viejo


tuvo tentación de darle;


y acaso por su fortuna


quedó a tal punto en la calle


para dársela a la puerta,


donde la deshizo el aire.


Volvió el anciano la espalda,


y en dos golpes desiguales,


sus pasos descompasados


pueden de lejos contarse;


porque sus pies impedidos,


deben a su edad y achaques


una muleta que marcha


un pie que los suyos antes.


La esquina a espacio traspuso,


y a poco otro hombre más ágil,


saliendo por el postigo,


siguió en silencio su alcance.


Túvose al 'volver la esquina;


tendió sus ojos sagaces,


y enderezó los oídos


atento por todas partes;


mas, no oyendo ni escuchando


de qué poder recelarse,


tomando el rastro del viejo,


echó por la misma calle.


II




En un aposento ambiguo,


medio portal, medio tienda,


que hace asimismo las veces


de cocina y de despensa,


pues da su entrada a la calle


y en confuso ajuar ostenta


camas, hormas y un caldero


colgado en .la chimenea,


hay seis personas distintas,


que hacen al pie de la letra


(salvo el padre, que está ausente)


una raza verdadera.


Un mozo de veinte abriles;


una muchacha risueña


de diez y seis; tres muchachos,


y una anciana de sesenta.


Y aunque a las veces nos turban


engañosas apariencias,


zapateros son de oficio,


si a espacio se considera,


que está la estancia aromada


con vapores de pez negra,


que ribetea la moza,


y que el mozo maja suela.


-Mucho tarda -dijo el último­


padre esta noche, Teresa.


-Ya ha tiempo que ha anochecido.


-Muchacho, atiza esa vela


y deja quieto ese bote.


Y esto diciendo en voz recia


el mozo, siguió en silencio


cada cual en su tarea,


el chico sitiando al bote,


ribeteando la doncella,


majando el mozo a compás,


y dormitando la vieja.


Con monótonos murmullos


arrullaban esta escena


el son de la escasa lluvia


de un aguacero que empieza,


el no interrumpido son


con que hierve la caldera,


y el tumultuoso chasquido


con que la luz chisporrea.


-¿Las nueve son? - dijo el mozo.


-Eso las ánimas suenan


con sus campanas - repuso


santiguándose Teresa.


-¡Las ánimas, y aún no viene!­


Y echando atrás la silleta,


se puso el mancebo en pie,


y encaminóse a la puerta.


Al ruido que hizo en el cuarto,


despertándose la vieja,


dijo: -¿Rezáis a las ánimas?


-Sí, señora: estése queda.


Asió el mancebo la aldaba,


mas la había alzado apenas,


cuando un espantoso golpe


venció la puerta por fuera.


-¡Muerto soy! - dijo una voz;


Cayó un embozado en tierra,


y viose un hombre que huía


al fin de la callejuela.


En derredor del caído


se agolparon, que aún conserva


algún resto de la vida


que le arrancan a la fuerza;


mas no bien le desenvuelven,


por ver piadosos si alienta,


un grito descompasado


lanzó... la familia entera.


Blasfemó el mozo con ira,


desmayóse la doncella,


y la anciana y los muchachos


en llanto a la par revientan.


-Padre, ¿quién fue? - preguntaba


sosteniendo la cabeza


del anciano moribundo


el hijo, que llora y tiembla.


Echóle triste mirada


su padre, como quien lega


su razón y su justicia


en quien se fija con ella.


-Juan ...


-¿Qué Juan?


-De Colmenares -


balbuceó con torpe lengua,


y sobre el brazo del hijo


dobló la faz macilenta.


Reinó un silencio solemne


por un instante en la escena,


y a reunirse empezaron


vecinos de ambas aceras.


Llegó la justicia al punto,


y mientras justicia ella,


partió por la turba el mozo


en haz de intención siniestra.


-¿Dónde va? - dijo un corchete.


-Siendo yo su sangre mesma,


¿adónde sino al culpable?


-Soy con vos.


-Enhorabuena.


-Por si acaso, va seguro... -


dijo para sí el de presa,


mientras el mozo resuelto,


ganó a una esquina la vuelta.




III




Son treinta días después,


y en mismo lugar y hora,


la misma vieja y los chicos


con mesa, mancebo y moza.


Cada cual en su tarea


sigue en paz, aunque se nota


que todos tienen los ojos


del mancebo en la faz torva.


Él, sin embargo, en silencio


prosigue atento su obra,


sin levantar la cabeza,


que sobre el pecho se apoya.


Tan doblada la mantiene,


que apenas la llama roja


que da la luz, alumbrarle


las cejas fruncidas logra;


y alguna vez que el reflejo


las negras pupilas toca,


tan viva luz reverberan,


que chispas parecen brotan.


La verdad es, que una lágrima


que a sus -párpados asoma,


viene anunciando un torrente


en que el corazón se ahoga.


Y el mozo, por no aumentar


de los suyos la congoja,


a duras penas le tiene


dentro el pecho y le sofoca.


Largo rato así estuvieron


en atención afanosa,


todos mirando al mancebo,


y éste mirando a sus hormas;


hasta que al cabo Teresa,


más sentida o más curiosa,


le dijo: -¿Estás malo, Blas?


Y a su vez limpia y sonora


siguió otro largo intervalo


de larga atención dudosa.


Nada el hermano responde,


mas ella su afán redobla,


que no hay temor que la tenga,


la valla de una vez rota.


-¿Cómo estás tan cabizbajo?...


Y aquí Blas interrumpióla.


-¿Y qué tengo que decir


a quien sin padre y sin honra


debe vivir para siempre?


Y aquí la familia toda


rompió en ahogados sollozos


a tan infausta memoria.


Sosegóse, y siguió Blas


en voz lamentable y honda


-Él rico, y nosotros pobres ;


débil la justicia, y poca,


y el Rey en caza y en guerra,


¿qué puede alcanzar quien llora?


-Qué, ¿por libre se atrevieron? ...


-Poco menos, pues sus doblas


pudieron más con los jueces


que las leyes.


-¡Las ignoran!


dijo indignada Teresa.


-¡No, hermana ; las acogotan !


contestó Blas, sacudiendo


su mazo con ciega cólera.


Siguió en silencio otro espacio,


y otra vez Teresa torna:


-Mas la sentencia, ¿cuál fue? -


dijo, y calló vergonzosa.


-¿La sentencia? -gritó Blas


revolviendo por las órbitas


los negros y ardientes ojos-.


¿La sentencia pides?, óyela.


Todos se echaron de golpe


sobre la mesilla coja,


que vaciló al recibirles,


a oír lo que tanto importa.


-Sabéis que el de Colmenares


hoy pingüe prebenda goza


en la iglesia, y que a Dios gracias


y a mi diligencia propia,


se le probó que dio muerte


a padre (que en paz reposa).


Pues bien: no sé por qué diablos


de maldita jerigonza


de conspiración que dicen


que con su muerte malogra,


dieron por bien muerto a padre,


y al clérigo...


-¿Le perdonan?


-No, ¡ vive Dios! le condenan.


¡ Mas ved qué dogal le ahoga!


Condénanle a que en un año


no asista a coro, mas cobra


su renta; es decir, le mandan


que no trabaje, y que coma.


Tornó a su silencio Blas,


y a sus sollozos la moza,


ella cosiendo sus cintas,


y él machacando sus hormas.




IV




Está la mañana limpia,


azul, transparente, clara,


y el sol de entre nubes rojas


espléndida luz derrama.


Toda es tumulto Sevilla,


músicas, vivas y danzas;


todo movimiento el suelo,


toda murmullos el aura.


Cruzan literas y payes,


monjes, caballeros, guardias,


vendedores, alguaciles,


penachos, pendones, mangas.


Flota el damasco y las plumas


en balcones y ventanas,


y atraviesan besamanos


donde no caben palabras.


Descórrense celosías,


tapices visten las tapias,


los abanicos ondulan


y los velos se levantan.


Cuantas hermosas encierra


Sevilla a su gloria saca,


cuantos buenos caballeros


en sus fortalezas guarda,


ellos porque son galanes,


y ellas porque son bizarras;


las unas porque la adornen,


los otros para admirarlas.


Óyense al lejos clarines,


y chirimías y cajas,


y a lengua suelta repican


esquilones y campanas.


Mas no vienen los hidalgos


armados hasta las barbas,


ni el pálido rostro asoman


las bellas amedrentadas;


que no doblan los tambores


en son agudo de alarma,


ni las campanas repican


a rebato arrebatadas;


que es la procesión del Corpus.


que ya traspone las gradas


del atrio, y el Rey don Pedro


acompañándola baja.


Padillas y Coroneles


y Albuquerques se adelantan,


con Osorios y Guzmanes,


pompa ostentando sobrada.


Y bajo un palio don Pedro,


de ocho punzones de plata,


descubierta la cabeza


y armado hasta el cuello, marcha.


En torno suyo el cabildo


diez individuos encarga


que de escuderos le sirvan


en comisión poco santa ;


mas tiempos son tan ambiguos


los que estos monjes alcanzan,


que tanto arrastran ropones


como broqueles embrazan.


Entre ellos se ve a don Juan


de Colmenares y Vargas,


que deja por vez primera


la reclusión de su casa,


no porque el año ha cumplido,


sino porque el año paga,


y doblas redimen culpas


si se confiesan doradas.


Rosas deshojan sobre ellos


las hermosísimas damas,


y toda es flores la calle


por donde la corte pasa.


Envidia de las más bellas,


salió a un balcón del alcázar


la hermosísima Padilla,


origen de culpas tantas.


Hízola venia don Pedro,


y al responderle la dama,


soltó sin querer un guante,


y ojalá no le soltara.


Lanzóse a tomar la prenda


muchedumbre cortesana


muchos llegaron a un tiempo,


mas nadie tomar osaba,


que fuera acción peligrosa,


aparte de lo profana.


Partiendo la diferencia,


salió de la fila santa


el bizarro Colmenares


con intención de tomarla.


Mas no bien dejó su mano


del palio al punzón de plata,


y puso desde él al rey


cuatro pasos de distancia,


cuando un mancebo iracundo,


con irresistible audacia,


se echó sobre él, y en el pecho


le asentó dos puñaladas.


Cayó don Juan; quedó el mozo


sereno en pie entre los guardias,


que le asieron, y don Pedro


se halló con él cara a cara.


La procesión se deshizo;


volvió gigante la fama


el caso de boca en boca,


y ya prodigios contaban.


Juntáronse los soldados


recelando una asonada;


cercaron al Rey algunos


y llenó al punto la plaza


la multitud, codiciosa


de ver la lucha empezada


entre el sacrílego mozo


y el sanguinario monarca.


Duró un instante el silencio,


mientras el Rey devoraba


con sus ojos de serpiente


los ojos del que le ultraja.


-¿Quién eres? - dijo, por fin,


dando en tierra una patada.


-Blas Pérez - contestó el mozo


con voz decidida y clara.


Pálido el rey de coraje,


asióle por la garganta,


y así en voz ronca le dijo,


que la cólera le ahogaba


"¿Y yendo tu rey aquí,


¡voto a Dios!, por qué no hablaste,


si con la ocasión te hallaste


para obrar con él así?"


Soltóse Blas de la mano


con que el rey le sujetaba,


y, señalando al difunto,


repuso tras breve pausa:


-Mató a mi padre, señor;


y el tribunal, por su oro,


privóle un año del coro,


que en vez de pena es favor.


-Y si vende el tribunal


la justicia encomendada,


¿no es mi- justicia abonada


para quien justicia mal?


Cuando el miedo o la malicia


(dijo Blas) tuercen la ley,


nadie se fía en el rey,


medido por su justicia.


Calló Blas, y calló el rey


a respuesta tan osada


y los ojos de don Pedro


bajo las cejas chispeaban.


Tendiólos por todas partes,


y al fuego de sus miradas,


de aquéllos en quien las puso


palidecieron las caras.


Temblaron los más audaces,


y el pueblo ansioso esperaba


una explosión de don Pedro


más recia que sus palabras.


Rompió el silencio. por fin,


y en voz amistosa y blanda,


el interrumpido diálogo


así con el mozo entabla:


-¿Qué es tu oficio?


-Zapatero.


-No han de decir ¡vive Dios!


que a ninguno de los dos


en mi sentencia prefiero.


Y encarándose don Pedro


con los jueces que allí estaban,


dando un bolsillo a Blas Pérez,


dijo en voz resuelta y alta:


"Pesando ambos desacatos,


si con no rezar cumple él


en un año, cumples fiel


no haciendo en otro zapatos."


Tornóse don Pedro al punto,


y brotó la turba osada


murmullos de la nobleza


y aplausos de la canalla.


Mas viendo el rey que la fiesta


mucho en ordenarse tarda,


echando mano al estoque,


dijo así, ronco de rabia:


"¡ La procesión adelante,


o meto cuarenta lanzas


y acaban ¡voto a los cielos!


los salmos a cuchilladas P'.


Y como consta a la Iglesia


que es hombre el rey de palabra,


siguieron calle adelante


palio, pendones y mangas.






A BUEN JUEZ, MEJOR TESTIGO


Tradición de Toledo




I




Entre pardos nubarrones


pasando la blanca luna


con resplandor fugitivo,


la baja tierra no alumbra.


La brisa con frescas alas


juguetona no murmura,


y las veletas no giran


entre la cruz y la cúpula.


Tal vez un pálido rayo


la opaca atmósfera cruza,


y unas en otras las sombras


confundidas se dibujan.


Las almenas de las torres


un momento se columbran


como lanzas de soldados


apostados en la altura.


Reverberan los cristales


la trémula llama turbia,


y un instante entre las rocas


ríela la fuente oculta.


Los álamos de la vega


parecen en la espesura


de fantasmas apiñados


medrosa y gigante turba;


y alguna vez desprendida


gotea pesada lluvia,


que no despierta a quien duerme,


ni a quien medita importuna.


Yace Toledo en el sueño


entre las sombras confusas,


y el Tajo a sus pies pasando


con pardas ondas la arrulla.


El monótono murmullo


sonar perdido se escucha,


cual si por las hondas calles


hirviera del mar la espuma.


¡Qué dulce es dormir en calma


cuando a lo lejos susurran


los álamos que se mecen,


las aguas que se derrumban!


Se sueñan bellos fantasmas


que el sueño del triste endulzan,


y en tanto que sueña el triste,


no le aqueja su amargura.


Tan en calma y tan sombría


como la noche que enluta


la esquina en que desemboca


una callejuela oculta,


se ve de un hombre que aguarda


la vigilante figura,


y tan a la sombra vela


que entre las sombras se ofusca.


Frente por frente a sus ojos


un balcón a poca altura


deja escapar por los vidrios


la luz que dentro le alumbra;


mas ni en el claro aposento,


ni en la callejuela oscura


el silencio de la noche


rumor sospechoso turba.


Pasó así tan largo tiempo


que pudiera haberse duda


de si es hombre, o solamente


mentida ilusión nocturna;


pero es hombre, y bien se ve,


porque con planta segura


ganando el centro a la calle


resuelto y audaz pregunta:


",Quién va?", y a corta distancia


el igual compás se escucha


de un caballo que sacude


las sonoras herraduras.


-" ,Quién va?" - repite, y cercana


otra voz menos robusta


responde : "Un hidalgo, ¡calle!"


Y el paso el bruto apresura.


-Téngase el hidalgo - el hombre


replica, y la espada empuña.


-Ved más bien si me haréis calle


-repusieron con mesura­


que hasta hoy a nadie se tuvo


Ibán de Vargas y Acuña.


-Pase el Acuña y perdone­


dijo el mozo en faz de fuga,


pues teniéndose el embozo


sopla un silbato, y se oculta.


Paró el jinete a una puerta,


y con precaución difusa salió


una niña al balcón


que llama interior alumbra.


"¡Mi padre!", clamó en voz baja


y el viejo en la cerradura metió


la llave pidiendo


a sus gentes que le acudan.


Un negro por ambas bridas


tomó la cabalgadura,


cerróse detrás la puerta


y quedó la calle muda.


En esto desde el balcón,


como quien tal acostumbra,


un mancebo por las rejas


de la calle se asegura.


Asió el brazo al que apostado


hizo cara a Ibán de Acuña,


y huyeron con el embozo


velando la catadura.




II




Clara, apacible y serena


pasa la siguiente tarde,


y el sol tocando a su ocaso


apaga su luz gigante:


se ve la imperial Toledo


dorada por los remates


como una ciudad de grana


coronada de cristales.


El Tajo por entre rocas


sus anchos cimientos lame,


dibujando en las arenas


las ondas con que las bate.


Y la ciudad se retrata


en las ondas desiguales,


como en prenda de que el río


tan afanoso la bañe.


A lo lejos en la vega


tiende galán por sus márgenes


de sus álamos y huertos


el pintoresco ropaje,


y porque su altiva gala


más que a los ojos halague,


la salpica con escombros


de castillos y de alcázares.


Un recuerdo es cada piedra


que toda una historia vale,


cada colina un secreto


de príncipes o galanes.


Aquí se bañó la hermosa


por quien dejó un rey culpable


amor, fama, reino y vida


en manos de musulmanes.


Allí recibió Galiana


a su receloso amante


en esa cuesta que entonces


era un plantel Me azahares.


Allá por aquella torre


que hicieron puerta los árabes


subió el Cid sobre Babieca


con su gente y su estandarte.


Más lejos se ve al castillo


de San Servando o Cervantes,


donde nada se hizo nunca


y nada al presente se hace.


A este lado está la almena


por do sacó vigilante


el conde don Peranzules


al rey, que supo una tarde


fingir tan tenaz modorra


que político y constante,


tuvo siempre el brazo quedo


las palmas al horadarle.


Allí está el circo romano,


gran cifra de un pueblo grande,


y aquí la antigua basílica


de bizantinos pilares,


que oyó en el primer concilio


las palabras de los padres


que velaron por la Iglesia


perseguida o vacilante.


La sombra en este momento


tiende sus turbios cendales


por todas esas memorias


de las pasadas edades,


y del Cambrón y Visagra


los caminos desiguales,


camino a los toledanos


hacia las murallas abren.


Los labradores se acercan


al fuego de sus hogares,


cargados con sus aperos,


cansados de sus afanes.


Los ricos y sedentarios


se tornan con paso grave


calado el ancho sombrero,


abrochados los gabanes,


y los clérigos y monjes


y los prelados y abades


sacudiendo el leve polvo


de capelos y sayales.


Quédase solo un mancebo


de impetuosos ademanes


que se pasea ocultando


entre la capa el semblante.


Los que pasan le contemplan


con decisión de evitarle,


y él contempla a los que pasan


como si a alguien aguardase.


Los tímidos aceleran


los pasos al divisarle,


cual temiendo de seguro


que les proponga un combate ;


y los valientes le miran


cual si sintieran dejarle


sin que libres sus estoques,


en riña sonora dancen.


Una mujer también sola


se viene el llano adelante


la luz del rostro escondida


en tocas y tafetanes.


Mas en lo leve del paso


y en lo flexible del talle


puede a través de los velos


una hermosa adivinarse.


Vase derecha al que aguarda


y él al encuentro la sale


diciendo... cuanto se dicen


en las citas los amantes.


Mas ella galanterías


dejando severa aparte,


así al mancebo interrumpe


en voz decisiva y grave:


-Abreviemos de razones,


Diego Martínez ; mi padre,


que un hombre ha entrado en su ausencia


dentro mi aposento sabe;


y así quien mancha mi honra


con la suya me la lave ;


o dadme mano de esposo,


o libre de vos dejadme


Miróla Diego Martínez


atentamente un instante,


y echando a un lado el embozo,


repuso palabras tales:


-Dentro de un mes, Inés mía,


parto a la guerra de Flandes;


al año estaré de vuelta


y contigo en los altares.


Honra que yo te deduzca


con honra mía se lave,


que por honra vuelven honra


hidalgos que en honra nacen.


-Júralo - exclamó la niña.


-Más que mi palabra. vale


no te valdrá un juramento.


-Diego, la palabra es aire.


-¡Vive Dios que estás tenaz!


Dalo por jurado y baste.


-No me basta, que olvidar


puedes la palabra en Flandes.


-¡Voto a Dios!, ¿qué más pretendes?


-Que a los pies de aquella imagen


lo jures como cristiano


del santo Cristo delante.


Vaciló un poco Martínez,


mas porfiando que jurase


llevólo Inés hacia el templo


que en medio de la vega yace.


Enclavado en un madero,


en duro y postrero trance,


ceñida la sien de espinas,


descolorido el semblante,


víase allí un crucifijo


teñido de negra sangre,


a quien Toledo devota


acude hoy en sus azares.


Ante sus plantas divinas


llegaron ambos amantes,


y haciendo Inés que Martínez


los sagrados pies tocase,


preguntóle


-Diego, ¿juras


a tu vuelta desposarme?


Contestó el mozo


-¡ Sí, juro!


Y ambos del templo se salen.




III




Pasó un día y otro día,


un mes y otro mes pasó


y un año pasado había;


mas de Flandes no volvía


Diego, que a Flandes partió.


Lloraba la bella Inés


su vuelta aguardando en vano;


oraba un mes y otro mes


del crucifijo a los pies


do puso el galán su mano.


Todas las tardes venía


después de traspuesto el sol,


y a Dios llorando pedía


la vuelta del español,


y el español no volvía.


Y siempre al anochecer,


sin dueña y sin escudero,


en un manto una mujer


el campo salía a ver


al alto del Miradero.


¡Ay del triste que consume


su existencia en esperar!


¡Ay del triste que presume


que el duelo con que él se abrume


al ausente ha de pesar!


La esperanza es de los cielos


precioso y funesto don,


pues los amantes desvelos


cambian la esperanza en celos,


que abrasan el corazón.


Si es cierto lo que se espera,


es un consuelo en verdad,


pero siendo una quimera,


en tan frágil realidad


quien espera desespera.


Así Inés desesperaba


sin acabar de esperar,


y su tez se marchitaba,


y su llanto se secaba


para volver a brotar.


En vano a su confesor


pidió remedio o consejo


para aliviar su dolor;


que mal se cura el amor


con las palabras de un viejo.


En vano a Ibán acudía,


llorosa y desconsolada,


el padre no respondía,


que la lengua le tenía


su propia deshonra atada.


Y ambos maldicen su estrella,


callando el padre severo


y suspirando la bella,


porque nació mujer ella,


y el viejo nació altanero.


Dos años al fin pasaron


en esperar y gemir,


y las guerras acabaron,


y los de Flandes tornaron


a sus tierras a vivir.


Pasó un día y otro día,


un mes y otro mes pasó,


y el tercer año corría;


Diego a Flandes se partió,


mas de Flandes no volvía.


Era una tarde serena;


doraba el sol de Occidente


del Tajo la vega amena,


y apoyada en una almena


miraba Inés la corriente.


Iban las tranquilas olas


las riberas azotando


bajo las murallas solas,


musgo, espigas y amapolas


ligeramente doblando.


Algún olmo que escondido


creció entre la yerba blanda,


sobre las aguas tendido


se reflejaba perdido


en su cristalina banda.


Y algún ruiseñor colgado


entre su fresca espesura


daba al aire embalsamado


su cántico regalado


desde la enramada oscura.


Y algún pez con cien colores,


tornasolada la escama,


saltaba a besar las flores


que exhalan gratos olores


a las puntas de una rama.


Y allá en el trémulo fondo


el torreón se dibuja


como el contorno redondo


del hueco sombrío y hondo


que habita nocturna bruja.


Así la niña lloraba


el rigor de su fortuna,


y así la tarde pasaba


y al horizonte trepaba


la consoladora luna.


A lo lejos por el llano


en confuso remolino,


vio de hombres tropel lejano


que en pardo polvo liviano


dejan envuelto el camino.


Bajó Inés del torreón,


y llegando recelosa


a las puertas del Cambrón,


sintió latir zozobrosa,


más inquieto el corazón.


Tan galán como altanero


dejó ver la escasa luz


por bajo el arco primero


un hidalgo caballero


en un caballo andaluz.


Jubón negro acuchillado,


banda azul, lazo en la hombrera,


y sin pluma al diestro lado


el sombrero derribado


tocando con la gorguera.


bombacho gris guarnecido,


bota de ante, espuela de oro,


hierro al cinto suspendido,


y a una cadena prendido,


agudo cuchillo moro.


Vienen tras este jinete,


sobre potros jerezanos,


de lanceros hasta siete,


y en la adarga y coselete


diez peones castellanos.


Asióse a su estribo Inés,


gritando: "¿Diego, eres tú?"


Y él, viéndola de través,


dijo: "¡Voto a Belcebú,


que no me acuerdo quién es!"


Dio la triste un alarido


tal respuesta al escuchar,


y a poco perdió el sentido


sin que más voz ni gemido


volviera en tierra a exhalar..


Frunciendo ambas a dos cejas,


encomendóla a su gente


diciendo: "¡Malditas viejas


que a las mozas malamente


enloquecen con consejas!"


Y aplicando el capitán


a su potro las espuelas,


el rostro a Toledo dan,


y a trote cruzando van


las oscuras callejuelas.




IV




Así por sus altos fines


dispone y permite el cielo


que puedan mudar al hombre


fortuna, poder y tiempo.


A Flandes partió Martínez


de soldado aventurero,


y por su suerte y hazañas


allí capitán le hicieron.


Según alzaba en honores


alzábase en pensamientos,


y tanto ayudó en la guerra


con su valor y altos hechos,


que el mismo rey a su vuelta


le armó en Madrid caballero,


tomándole a su servicio


por capitán de lanceros.


Y otro no fue que Martínez,


quien ha poco entró en Toledo,


tan orgulloso y ufano


cual salió humilde y pequeño.


Ni es otro a quien se dirige,


cobrado el conocimiento,


la amorosa Inés de Vargas,


que vive por él muriendo.


Mas él, que olvidando todo


olvidó su nombre mesmo,


puesto que Diego Martínez


es el capitán don Diego,


ni se ablanda a sus caricias,


ni cura de sus lamentos,


diciendo que son locuras


de gente de poco seso;


que ni él prometió casarse


ni pensó jamás en ello.


¡Tanto mudan a los hombres


fortuna, poder y tiempo!


En vano porfiaba Inés


con amenazas y ruegos;


cuanto más ella importuna,


está Martínez severo.


Abrazada a sus rodillas,


enmarañado el cabello,


la hermosa niña lloraba


prosternada por el suelo.


Mas todo empeño es inútil,


porque el capitán don Diego


no ha de ser Diego Martínez,


como lo era en otro tiempo.


Y así llamando a su gente,


de amor y piedad ajeno


mandóles que a Inés llevaran


de grado o de valimento.


Mas ella antes que la asieran


cesando un punto en su duelo,


así habló, el rostro lloroso


hacia Martínez volviendo:


"Contigo se fue mi honra,


conmigo tu juramento;


pues buenas prendas son ambas


en buen fiel las pesaremos."


Y la faz descolorida


en la mantilla envolviendo


a pasos desatentados


salióse del aposento.




V




Era entonces en Toledo


por el rey gobernador


el justiciero y valiente


don Pedro Ruiz de Alarcón.


Muchos años por su patria


el buen viejo peleó;


cercenado tiene un brazo,


mas entero el corazón.


La mesa tiene delante,


los jueces en derredor,


los corchetes a la puerta


y en la derecha el bastón.


Está, como presidente


del tribunal superior,


entre un dosel y una alfombra


reclinado en un sillón,


escuchando -con paciencia


la casi asmática voz


con que un tétrico escribano


solfea una apelación.


Los asistentes bostezan


al murmullo arrullador;


los jueces medio dormidos


hacen pliegues al ropón;


los escribanos repasan


sus pergaminos al sol.


Los corchetes a una moza


guiñan en un corredor,


y abajo, en Zocodover,


gritan en discorde son


los que en el mercado venden


lo vendido y el valor.


Una mujer en tal punto,


en faz de gran aflicción,


rojos de llorar los ojos,


ronca de gemir la voz,


suelto el cabello y el manto,


tomó plaza en el salón


diciendo a gritos: "¡Justicia,


jueces; justicia, señor!"


Y a los pies se arroja humilde,


de don Pedro de Alarcón,


en tanto que los curiosos


se agitan alrededor.


Alzóla cortés don Pedro


calmando la confusión


y el tumultuoso murmullo


que esta escena ocasionó,


diciendo


-Mujer, ¿qué quieres?


-Quiero justicia, señor.


-¿De qué?


-De una prenda hurtada.


-¿Qué prenda?


-Mi corazón.


-¿Tú le diste?


-Le presté.


-¿Y no te le han vuelto?


-No.


-¿Tienes testigos?


-Ninguno.


-¿ Y promesa?


-¡Sí, por Dios!


Que al partirse de Toledo


un juramento empeñó.


-¿Quién es él?


-Diego Martínez.


-¿ Noble?


-Y capitán, señor.


-Presentadme al capitán,


que cumplirá si juró.


Quedó en silencio la sala,


y a poco en el corredor


se oyó de botas y espuelas


el acompasado son.


Un portero, levantando


el tapiz, en alta voz


dijo: "El capitán don Diego.­


Y entró luego en el salón


Diego Martínez, los ojos


llenos de orgullo y furor.


¿Sois el capitán don Diego


-díjole don Pedro- vos?


Contestó altivo y sereno


Diego Martínez:


-Yo soy.


-¿Conocéis a esta muchacha?


-Ha tres años, salvo error.


-¿Hicísteisla juramento


de ser su marido?


-No.


-¿Juráis no haberlo jurado?


-Sí juro.


-Pues id con Dios.


-¡Mientes! - clamó Inés llorando(


de despecho y de rubor.


-Mujer, ¡piensa lo que dices!


-Digo que miente: juró.


¿Tienes testigos?


-Ninguno.


-Capitán, idos con Dios,


y dispensad. que acusado,


dudara de vuestro honor.


Tornó Martínez la espalda


con brusca satisfacción,


e Inés, que le vio partirse,


resuelta y firme gritó:


-Llamadle, tengo un testigo.


Llamadle otra vez, señor.


Volvió el capitán don Diego,


sentóse Ruiz de Alarcón,


la multitud aquietóse


y la de Vargas siguió:


-Tengo un testigo a quien nunca


faltó verdad ni razón.


-¿Quién?


-Un hombre que de lejos


nuestras palabras oyó


mirándonos desde arriba.


-¿Estaba en algún balcón?


-No, que estaba en un suplicio


donde ha tiempo que expiró.


-¿Luego es muerto?


-No, que vive.


-Estáis loca, ¡vive Dios!


¿Quién fue?


-El Cristo de la Vega


a cuya faz perjuró.


Pusiéronse en pie los jueces


al nombre del Redentor,


escuchando con asombro


tan excelsa apelación.


Reinó un profundo silencio


de sorpresa y de pavor,


y Diego bajó los ojos


de vergüenza y confusión.


Un instante con los jueces


don Pedro en secreto habló,


y levantóse diciendo


con respetuosa voz:


"La ley es ley para todos;


tu testigo es el mejor,


mas para tales testigos


no hay más tribunal que Dios.


Haremos ... lo que sepamos;


escribano: al caer el sol,


al Cristo que está en la vega


tomaréis declaración."




VI




Es una tarde serena,


cuya luz tornasolada


del purpurino horizonte


blandamente se derrama.


Plácido aroma las flores


sus hojas plegando exhalan,


y el céfiro entre perfumes


mece las trémulas alas.


Brillan abajo en el valle


con suave rumor las aguas,


y las aves en la orilla


despidiendo al día cantan.


Allá por el Miradero,


por el Cambrón y Visagra,


confuso tropel de gente


del Tajo a la vega baja.


Vienen delante don Pedro


de Alarcón, Ibán de Vargas,


su hija Inés, los escribanos,


los corchetes y los guardias;


y detrás monjes, hidalgos,


mozas, chicos y canalla.


Otra turba de curiosos


en la vega les aguarda,


cada cual comentariando


el caso según le cuadra.


Entre ellos está Martínez


en apostura bizarra,


calzadas espuelas de oro,


valona de encaje blanca,


bigote a la borgoñesa,


melena desmelenada,


el sombrero guarnecido


con cuatro lazos de plata,


un pie delante del otro,


y el puño en el de la espada.


Los plebeyos de reojo


le miran de entre las capas:


los chicos, al uniforme,


y las mozas a la cara.


Llegado el gobernador


y gente que le acompaña


entraron todos al claustro


que iglesia y patio separa.


Encendieron ante el Cristo


cuatro cirios y una lámpara,


y de hinojos un momento


le rezaron en vox baja.


Está el Cristo de la Vega


la cruz en tierra posada,


los pies alzados del suelo


poco menos que una vara;


hacia la severa imagen


un notario se adelanta,


de modo que con el rostro


al pecho santo llegaba.


A un lado tiene a Martínez,


a otro lado a Inés de Vargas,


detrás al gobernador


con sus jueces y sus guardias.


Después de leer dos veces


la acusación entablada,


el notario a Jesucristo


así demandó en voz alta


"Jesús, Hijo de María,


ante nos esta mañana


citado como testigo


por boca de Inés de Vargas,


¿juráis ser cierto que un día


a vuestras divinas plantas


juró a Inés Diego Martínez


por su mujer desposarla?"


Asida a un brazo desnudo


una mano atarazada


vino a posar en los autos


la seca y hendida palma,


y allá en los aires ¡Sí, juro!,


clamó una voz más que humana.


Alzó la turba medrosa


la vista a la imagen santa...


Los labios tenía abiertos


y una mano desclavada.




CONCLUSIÓN




Las vanidades del mundo


renunció allí mismo Inés,


y espantado de sí propio


Diego Martínez también.


Los escribanos temblando


dieron de esta escena fe,


firmando como testigos


cuantos hubieron poder.


Fundóse un aniversario


y una capilla con él,


y don Pedro de Alarcón


el altar ordenó hacer


donde hasta el tiempo que corre


y en cada año una vez,


con la mano desclavada


el crucifijo se ve.







EL CAPITÁN MONTOYA


Fragmentos



I


LA CRUZ DEL OLIVAR




Muerta la lumbre solar


iba la noche cerrando,


y dos jinetes cruzando


a caballo un olivar.


Crujen sus largas espadas


al trotar de los bridones


y vense por los arzones


las pistolas asomar.


Calados anchos sombreros,


en sendas capas ocultos,


alguien tomara los bultos


lo menos por bandoleros.


Llevan, porque se presuma


cuál de los dos vale más,


castor con cinta el de atrás,


y el de adelante con pluma.


Llegaron donde el camino


en dos le divide un cerro,


y presta, una cruz de hierro


algo al uno de divino.


Y es así, que si los ojos


por el izquierdo se tienden,


sotos se ven que se extienden


enmarañados de abrojos.


Mas vese por la derecha


un convento solitario,


en campo de frutos vario


y de abundante cosecha.


Echóse a tierra el primero,


y al dar la brida al de atrás,


-Aquí -dijo- esperarás.


Y el otro digo: -Aquí espero.


Y hacia el convento avanzando,


del caballero, en la oscura


sombra, se fue la figura,


hasta perderse menguando.


Quedó el otro en soledad,


y al pie de la cruz sentado


siguió inmoble y embozado


en la densa oscuridad.


Mugía en las cañas huecas


en son temeroso el viento,


rasgándose turbulento


por entre las ramas secas.


Y en los desiguales hoyos,


con las lluvias socavados,


hervían encenagados


sin cauce ya los arroyos.


No había una turbia estrella


que el monte alumbrara acaso,


ni alcanzaba a más de un paso,


ciega la vista sin ella,


ni señal se apercibía


de vida en el olivar,


ni más voz que el rebramar


del vendaval que crecía.


Y al hierro santo amarrados


ambos caballos estaban,


y allí en silencio aguardaban,


a esperar acostumbrados.


Ni de la áspera maleza,


pisada al agrio rumor,


les volvió su guardador


sólo una vez la cabeza.


Un pie sobre el otro pie,


embozado hasta las cejas


metido hasta las orejas


el sombrero, se le ve


como un entallado busto


de alguno que allí murió,


y allí ponerse mandó


por escarmiento o por susto.


Ni incrédulo faltaría


que, si cerca dél pasara,


medroso se santiguara


dudando lo que sería.


Que a quien suele con la luz


y en compañía


bueno es hacerle pasar


de noche junto a una cruz.


Mas esto se quede aquí;


y volviendo yo a mi cuento,


digo que dudoso y lento,


gran rato se pasó así.


Y ya se estaba una hora


de espera a expirar cercana,


cuando sonó una campana


de lengua aguda y sonora.


Y aún duraba por el viento


su vibración, cuando el guía


alguien notó que venía


por el lado del convento.


Sacó la faz del embozo,


y oyendo el son más distinto,


echóse la mano al cinto


y, ¿Quién va?, el amo y el mozo


preguntaron a la par;


mas conocidos los sones,


asieron de los bridones


y volvieron a montar.


Y es fama que, menos fiero


el señor con el criado,


dejóle andar a su lado


como digno compañero.



......................................




II


AVENTURA INEXPLICABLE




Tras grave asunto, a juzgar


por lo que van espoleando,


corren dos hombres cruzando


a caballo un olivar.


No está la noche muy clara;


mas bien se ve al pie de un cerro


una cruz grande de hierro


que dos caminos separa;


y de advertir fácil es,


aun a los ojos peores,


que son dos los corredores,


y los caballos son tres.


Echó pie a tierra el primero,


y, al dar la brida al de atrás,


le dijo: "Aquí esperarás."


Y el otro dijo: "Aquí espero."


Y hacia el convento avanzando


del caballero en la oscura


sombra se fue la figura,


hasta perderse, menguando.


Y aquí, ¡oh mi lector amigo!,


fuerza será que convengas


en que es preciso que vengas


hacia el convento conmigo.


Sigue mi camino pues,


y de una verja detrás,


un atrio acaso hallarás


a pocos pasos que dés.


Sube tres gradas, si puedes;


da un paso más, y con él


tocarás en el cancel,


donde es fuerza que te quedes.


¿Ves un hombre que, embozado,


encorvando la figura,


por la estrecha cerradura


en mirar está ocupado?


Acércate sin temor,


que lo que alcanza por dentro


no hace temible el encuentro


del capitán reñidor.


Tú, lector, preguntarás:


"¿Conque el capitán es ése?"


El mismo, mal que te pese;


pero hazte un poquito atrás.


Porque, levantando el brazo,


empuja a espacio la puerta,


entró, y dejándola incierta,


sopló el aire y dio un portazo.


Mas veo, lector, que dices,


sin que pueda replicarte,


que esto es, llamándote, darte


con la puerta en las narices,


mas tu impaciencia sosiega;


todo lo presenciarás;


que del poeta a eso y más


el poder mágico llega.


Está el capitán en pie


en medio de la ancha nave,


y a la verdad que no sabe


ni qué pasa ni qué ve.


El templo mira enlutado


con lúgubre terciopelo,


mucha gente haciendo duelo


y un féretro en medio alzado.


Vense en el paño del túmulo


entrelazados blasones


y a la luz de los blandones,


un cadáver en su cúmulo.


Mondes le rezan en coro


tristísimos funerales,


y le alumbran con ciriales


pajes de libreas de oro.


La muchedumbre que asiste,


y que la tumba rodea,


dado que bien no se vea


se ve que de noble viste,


y parece que, al bajar .


el que ha finado, a su nicho


memoria tuvo capricho


de su opulencia en dejar.


Y al par que su eterna calma


las oraciones consuman,


mirras y esencias perfuman


la despedida del alma.


Música triste le aduerme,


salmodias le santifican,


e hisopos le purifican


el cuerpo que yace inerme.


Mas aquellas oraciones


y responsorios precisos


llevan de anatema visos


y planta de maldiciones.


A veces son sus compases


hondos, siniestros, horribles,


murmurando incomprensibles


negras e incógnitas frases.


En son lento, ronco y quedo


se hacen oír otras veces,


y entonces aquellas preces


hielan los huesos de miedo.


Otras semejan aullidos


discordes, desesperados,


lamentos de condenados


de los infiernos salidos.


Otras lejanos rumores


cual de tormentas se escuchan,


o de ejércitos que luchan


los espantosos clamores.


Y siempre siendo los mismos


los sones que se levantan,


responsos a un tiempo cantan


y murmuran exorcismos


Atónito de la escena


extraña y aterradora


que encuentra tan a deshora


y le asombra y enajena,


don César con paso lento,


entre la turba mezclado,


dirigióse a un enlutado


que oraba en aquel momento.


"-¿Quién es el muerto, sabéis


-dijo- a quien rezando están?


Y él respondió : -El capitán


Montoya. ¿Le conocéis?"


Mudo quedó de sorpresa


don César oyendo tal;


mas no lo tomó tan mal


como tal vez le interesa.


Volvióle la espalda, pues,


diciendo : -Me ha conocido,


y burlárseme ha querido;


mas luego veré quién es.


Siguió la iglesia adelante


y una capilla al cruzar,


vio un sepulcro preparar,


entre otros varios, vacante.


Y a un personaje que halló


de luto, y que parecía


que el trabajo dirigía,


el capitán se acercó.


"-¿Para quién abren la hoya?


-le dijo-. Y el enlutado


le contestó de contado:


-Para el capitán Montoya."


Mudósele la color


a don César; mas repuesta


su calma, al de la respuesta


volvió entre risa y furor.


Miróle de arriba abajo,


pero no le conoció;


segunda vez le miró


pero fue inútil trabajo.


Ni recordó que quizás


le hubiese visto la cara,


ni imaginó que la hallara


tan repugnante jamás.


Que encontró en ella tal gesto


de aterradora hediondez,


que, por no verla otra vez,


dejó caviloso el puesto.


Fuése a otro punto a situar,


diciendo : -¡Ese hombre estremece!


de aquel sepulcro parece


que le acaban de sacar.


Uno tras otro se puso


a contemplar los que vía;


mas a nadie conocía,


de lo que andaba confuso.


Tenían todos las caras


descoloridas y secas,


y dijeran que eran huecas,


a más de antiguas y raras.


Cansado de fiesta tal,


y a impulsos dé una aprensión,


llegóse a un noble. varón


que oraba con un cirial.


Cabe él la rodilla apoya,


y dícele ya con miedo:


-¿Quién es el muerto? - y muy quedo


contestó el otro : -Montoya.


Del catafalco a los pies


llegó entonces decidido,


de aquella duda impelido,


a ver el muerto quién es.


Por los monjes atropella;


trepa al túmulo; la caja


descubre, ase la mortaja,


y él mismo se encuentra en ella.


Miró y remiró y palpó


con afán hondo y prolijo,


y al fin, consternado, dijo:


-¡Cielo santo, y quién soy yo!


Miró la visión horrenda


una y otra y otra vez,


y nunca más que a sí mismo


en aquel féretro ve.


Aquél es su mismo entierro,


su mismo semblante aquél;


no puede quedarle duda,


su mismo cadáver es.


En vano se tienta ansioso;


los ojos cierra, por ver


si la ilusión se deshace,


al obra de sus ojos fue.


Ase su doble figura,


la agita, ansiando creer


que es máscara puesta en otro


que se le parece a él.


Vuelve y revuelve el cadáver


y le torna a revolver;


cree que sueña, y se sacude


porque despertarse cree,


y tiende el triste los ojos


desencajados doquier.


Mas, ¡nuevo prodigio!, mira


a las puertas, y al dintel


ve que despiden el duelo,


de duelo henchidos también,


don Fadrique y doña Diana


que arrastran luto por él.


Baja, les tiende los brazos,


les nombra, cae a sus pies.


-¡Miradme! - les dice, atónito,


Montoya soy; vedme bien.


Y ellos le miran estúpidos


sin poderle conocer,


e inclinando las cabezas,


replican: -Montoya fue.


Entonces, desesperado


con angustia tan cruel,


vase otra vez hacia el muerto,


demandándole quién es.


-¿No hay quién sepa aquí quién soy?


¿No hay a salvarme poder?


Y allá desde el presbiterio,


de las rejas al través,


oyó una voz que decía:


-Sí, te conozco, mi bien.


Abre. ¿Qué tardas? Partamos;


yo soy tu amor, soy tu Inés.


Y los brazos le tendía


la de Alvarado también,


de la reja tentadora


tras el cuádruple cancel.


Mas viéndola cual espectro


que le persigue a su vez,


gritaba él: -¡Aparta, aparta!,


¿Que soy cadáver no ves?


Y apenas palabras tales


pronunció, cuando tras él


vio llegarse aquel fantasma


cuyo gesto de hediondez


le hizo miedo y no le pudo


recordar ni conocer.


Contemplóle de hito en hito;


le asió del brazo después,


y así con voz espantosa


vio que le dijo: -¡Pardiez!


Tú eres quien cambia conmigo.


A mi sepultura ven.


Y a esta horrorosa sentencia,


ya sin poderse valer,


cayó en el suelo Montoya,


falto de aliento y de pies.


"-¿Dónde estoy? ¿Qué es de mi vida?


¿Respiro aún? - exclamó


Montoya, abriendo los ojos,


con desfallecida voz.


-Señor, estáis en mis brazos.


-¿Eres tú, Ginés?


-Yo soy.


-¿Dónde estamos?


-En la cruz.


-¿Del olivar?


-Sí, señor.


-¿No estuve yo en el convento?


Pues ¿quién de allí me sacó?


-Yo fui, señor.


-¡ Tú, Ginés!


-Perdonad: temí por vos;


y viendo que el tiempo andaba,


y ni seña ni rumor


esperanza me infundían,


tras vos eché.


-¡Santo Dios!


¿Y llegaste?. ..


-A la iglesia.


-¿Atraído por el són ?


-Señor, no he oído nada.


¿No os lo dije?


-¿Cómo no?


¿Dentro la iglesia no viste


los enlutados en pos


de mi cadáver? - Miróle


absorto de admiración


el mozo, y dijo: -Soñamos,


o vos, don César, o yo.


Ni vi ni oí cosa alguna.


-¿Conque es mía esa visión?


A mis ojos solamente


horrenda se presentó!


¿No viste conmigo a nadie?


-Os juro a mi salvación


que solo os hallé, tendido


al pie del altar mayor,


y viendo el peligro doble


del sitio y la situación,


ni me detuve a pensar


si estábais herido o no;


cargué con vos, y me vine:


ni oí ni vi más, señor."


Calló Ginés, y don César


a estas palabras quedó


distraído y abismado


en honda meditación.


Mirábale de hito en hito


Ginés, que aterrado vio


de la faz del capitán


la extraña transformación.


Desencajados los ojos,


palidecido el color,


torvo el mirar, parecía,


más que vivo, aparición,


sentado en el pedestal


de la cruz, do él le posó,


inmóvil permanecía


sin fuerza y sin intención,


amarrado a un pensamiento


que bullía en su interior,


y que se veía que todas


las potencias le absorbió,


como quien mira aterrado


negra y horrible visión


que le borra de los ojos


cuanto existe en derredor.


Temeroso el buen criado


por su juicio y su razón


dirigióle atentas frases


con afán consolador.


Mas él ni tornó los ojos


ni a sus voces respondió,


ni agradeció sus cuidados,


que en nada puso atención;


y al cabo de largo trecho,


con repentino vigor


levantándose en silencio,


en su corcel cabalgó.


Hincóle los acicates


y el poderoso bridón,


tras un peligroso brinco,


a todo escape salió.


Santiguóse el buen Ginés,


y en su ruin superstición


dijo: -¿Si tendrá los malos?


Y a escape tras él echó.



...........................................




PARA VERDADES, EL TIEMPO,


Y PARA JUSTICIAS, DIOS


Tradición




I




Juan Ruiz y Pedro Medina.


dos hidalgos sin blasón,


tan uno del otro son


cual de una zarza una espina.


Diz que Pedro salvó a Juan


la vida en lance sangriento;


prendas de tanto momento


amigos por cierto dan.


Pasan ambos por valientes


y mañeros en la lid,


y lo han probado en Madrid


en apuros diferentes.


Ambos pasan por iguales


en valor y en osadía,


pero en fama de hidalguía


no son lo mismo cabales.


Que es Juan Ruiz hombre iracundo,


silencioso por demás,


que no alzó noble jamás


el gesto meditabundo.


Ancha espalda, corto cuello,


ojo inquieto, torvas cejas,


ambas mejillas bermejas,


y claro y rubio el cabello.


Y aunque lleva en la cintura


largo hierro toledano,


dale, brillando en su mano,


más villana catadura.


Y aunque arrojado y audaz


en la ocasión, rara vez,


carece su intrepidez


de son de temeridad.


Ágil, astuto o traidor,


hijo de ignorada cuna,


debe acaso a su fortuna


mucho más que a su valor.


Presentóse ha pocos años


de Indias advenedizo,


diz que con nombre postizo


cubriendo propios amaños.


Mas vertió lujo y dinero


en festines y placeres,


aunque fue con las mujeres


más falso que caballero.


Hoy pasa pobre y obscuro,


una existencia común,


y medra o mengua según


los dados le dan seguro.


Hombre de quien saben todos


que vive de malvivir,


mas nadie sabrá decir


por cuáles, o de qué modos.


Modelos en amistad


ambos para el vulgo son,


mas con Pedro es la opinión


menos rígida en verdad.


Porque es Pedro, aunque arrogante


y orgulloso en demasía


mozo de más cortesía


y más bizarro talante.


De ojos negros y rasgados


con que a quien mira desdeña,


nariz corta y aguileña,


con bigotes empinados.


Entre sombrero y valona


colgando la cabellera,


y alto el gesto en tal manera,


que cuando cese perdona.


Mas si sombras de matón


tales maneras le dan,


tiénela más de galán


por su noble condición.


Que no hay en Madrid mujer


que un agravio recibiera,


que a su espada no tuviera


satisfacción que deber.


Ni hay ronda ni magistrado


que en revuelta popular,


no le haya visto tomar


ayuda y parte a su lado.


Tales son Ruiz y Medina,


de quienes por concluir,


fáltame sólo decir


que amaban a Catalina.


Es ella una moza obscura,


de talle y de rostro apuesta,


mas tan gentil como honesta,


y como agraciada pura.


Ámala Ruiz, pero calla,


acaso porque su amor


para mujer de su honor


palabras de amor no halla.


Él con ansia la contempla


al abrigo del embozo


pero el ímpetu de mozo


ante su virtud se templa,


que es tan dulce su mirar,


que su luz por no perder,


cuando se quiso atrever


sólo se atrevió a callar.


Y es tan flexible su acento


que para no interrumpirle,


tener es fuerza al oírle


con los labios el aliento.


Medina, que fue soldado


sobre Flandes por Castilla,


y a los usos de la villa


de más tiempo acostumbrado,


suplicóla tan rendido,


tan cortés la enamoró,


que ella amor le prometió


como él fuere su marido.


"¡Eso sí!, ¡por San Millán!",


dijo Pedro con denuedo;


y la calle de Toledo


tomó en resuelto ademán.




II




Contento Pedro Medina


con su amorosa ventaja,


más a carreras que a pasos


iba cruzando la plaza.


Saltábale el corazón


a cada paso que daba,


y frotábase ambas manos


bajo la anchurosa capa.


Los labios le sonreían,


y los ojos le brillaban


al reflejo que en el pecho


despide la amante llama.


Las gentes le hacían sitio


porque cerca no pasara,


que según iba resuelto,


que fuese audaz recelaban.


Mas él va tan divertida


en sus amores el alma,


que ni ve donde tropieza,


ni cura de los que pasan.


Topó al volver una esquina


una vieja, y al dejarla


derribada en tierra dijo:


"Nos casaremos mañana".


Énredósele el estoque


en el manto de una dama,


y rasgándole una tercia,


echóla un voto de a vara.


Así dando y recibiendo


encontrones y pisadas,


dio por fin con la hostería


donde su amigo jugaba.


Fue a la mesa, y preguntando


a Juan si pierde o si gana,


pidió vino y añadióle:


-Cuando acabes, dos palabras.


Recibió Juan sus monedas,


y terciándose la capa


sentóse al lado de Pedro


diciendo bajo: -¿Qué pasa?


-Me caso - dijo Medina.


Miróle Juan a la cara,


y frunciendo entrambas cejas


tosió, sin responder nada.


-¿Qué piensas? - preguntó Pedro.


-En ti y tu mujer pensaba -


contestó Juan suspirando,


con voz ronca y apagada.


-¿Supondrás que es Catalina?


-Y lo siento con el alma.


-¡Cómo!


-Porque tengo celos.


-¡Por San Millán !


-Yo la amaba,


-¿Y ella?


-Nunca se lo dije,


pero ocurrióseme...


-¡Acaba !


-Para decirla mi amor


escribirla hoy una carta.


Callaron ambos : Medina


remedio al caso buscaba


el codo sobre la mesa,


sobre la mano la barba.


Al fin como quien resuelve


negocio que aflige y cansa


pidió papel y tintero


diciendo a Juan : -¡Por mi alma,


que en mi vida en tal apuro


vacilar tanto pensaba;


y a no serte tú quien eres,


metiéralo a cuchilladas ;


pero escribe, y que responda


a cuál de nosotros mata!


Escribió Juan, mas rasgando


al mejor tiempo la carta,


-Echemos - -dijo- los dados,


y al que la mayor le caiga,


si es a mí, la escribo al punto ;


si es ti, Pedro, te „asas.


Tiró Juan y sacó nueve;


y asiendo el vaso con rabia,


tiró Pedro, y sacó doce,


con que los dos se levantan


Y atravesando la turba


que curiosa los cercaba,


parten la calle en silencio,


dándose entrambos la espalda.




III




Son a mi pensar los celos


delirio, pasión, o mal,


a cuyo influjo fatal


lloraran los mismos cielos.


A manos de tal pasión


el más cuerdo desespera,


pues quien con celos espera


atropella su razón.


Si con celos esperar


es importuna porfía,


ceder celoso en un día


cuanto se amó, no es amar.


De celos verse morir,


y en silencio padecer,


son celos tan de temer


cuantos duros de sufrir.


Y así con celos amar


vale casi aborrecer,


pero con celos ceder,


es igual que delirar.


Y si otro más favorecido


goza el bien que se perdió,


se habrá el disfavor sentido,


mas perdido el amor, no.


Porque en quien goza favor


sobra tal vez confianza,


y celos sin esperanza


suelen guardar más amor.


Si favor nunca tuvimos,


aun es suerte más cruel,


porque vemos ahora en él


cuanto bien haber pudimos.


Y así pienso que son celos


delirio, pasión, o mal,


a cuyo influjo fatal


lloraran los mismos cielos.


Por eso llora Juan Ruiz,


celoso y desesperado


el bien que Pedro ha ganado


más galán o más feliz.


Por eso en la soledad


se mesa barba y cabellos,


sin mirar que no está en ellos


su amante fatalidad.


¡Oh, que no fueron antojos


sus amorosos desvelos!,


que el amor que hoy le da celos


entróle ayer por los ojos.


-"¿Y por qué no me atreví?


-clama triste en su aflicción-,


¡y hoy acaso esta pasión


pudiera arrancar de mí!


Mas volveré, ¡vive Dios !


¿Pero qué he de conseguir


si la he dejado elegir


marido de entre los dos?".


Y a su despecho tornando,


semejábase en su afán,


una fiera a quien están


dentro la jaula acosando.


Sin darse el triste solaz,


cruzaba el cuarto sin tino,


pero no hallaba camino


de dar al ánima paz.


Silbaba al dejar rabioso


paso al comprimido aliento,


y hollaba con pie violento


el pavimento ruinoso.


Iba adelante y atrás


sin reflexión que le acuda,


y a la par pidiendo ayuda


a Cristo y a Satanás.


Túvose un momento al fin,


y en el temblor que le aqueja


se ve bien que se aconseja


con un pensamiento ruin.


Volvió a girar otra vez,


y otra a tenerse volvió;


en esto dobló un reloj


en una torre las diez.


Entonces quedando fijo


exclamó en la oscuridad


"Hoy se casan, es verdad ;


hace un mes que me lo dijo."


Ciñó con esto el acero


con desdén a la cintura;


y salióse a la ventura,


la vuelta del Matadero.




IV




Es una noche sin luna,


y un torcido callejón


donde hay en un esquinazo


agonizando un farol.


Un balcón abierto a medias,


por los vidrios de color


arroja al aire en tumulto


de danza el confuso son.


Se oye el compás fugitivo


que llevan con pie veloz


los que danzan descuidados


dentro de la habitación.


Y se ven cruzar sus sombras


una a una y dos a dos


en fantástica carrera


y en monótona ilusión.


La casa es la de Medina,


que en ella a fiesta juntó


sus amigos y parientes


después de traspuesto el sol.


Allí, con franca algazara


festeja a la que adoró,


de quien aguarda esta noche


prendas de cumplido amor.


Está la niña galana


cual nunca el barrio la vio,


suelto en rizos el cabello,


que exhala fragante olor;


la falda de raso blanco


y acuchillado el jubón,


con vueltas de terciopelo


azul del cielo el color ;


con una hebilla de plata


ajustado el cinturón,


de donde baja en mil pliegues


un encaje en derredor;


y de un lazo de corales,


que Pedro la regaló,


lleva en una cruz de oro


la imagen del Redentor.


Tanta ventura en un día


nunca Pedro imaginó,


y así anda desatentado


girando en la confusión.


A cada vuelta se mira,


en los ojos de su amor,


y en la luz de aquellos soles


se le quema el corazón.


Y, en fin, para concluir,


se cantó, cenó y bailó,


como es costumbre en las bodas


desde entonces hasta hoy;


hasta que cansados unos


del baile, otros del calor,


las viejas del tardo sueño,


los músicos de su-son,


los muchachos de la bulla,


y los novios del honor


que les hacen sus amigos


en tan precisa ocasión,


despidiéronse uno a uno


echando sobre los dos


más bendiciones que plagas


causó a Egipto Faraón.


Quedáronse entrambos solos


la amada y el amador,


por vez primera en la vida


a merced de su pasión.


Mirábala embelesado


el amoroso español,


trémulo el rostro de gozo


y de dicha el corazón.


Mirábale ella anhelante


encendida de rubor, •


húmedos los negros ojos


con tiernísima afición.


Él diciéndola : "-¡Alma mía!",


diciéndole ella: "-¡Mi sol!",


entre el son de ardientes besos


de regalado sabor.


En esto en la estrecha calle


temible ruido sonó


de voces y cuchilladas


en medrosa confusión,


y al angustiado lamento


de uno que grita : "-¡Favor!


¡Ayudadme, que me matan!"


Pedro a la calle bajó


con el estoque en la diestra


y en la siniestra el farol.


Asomóse Catalina


amedrentada- al balcón


llamando a Pedro afanosa


de algún daño por temor.


Alzó Medina la cara,


y la luz con ella alzó,


pero apenas el reflejo


dio en el rostro de su amor,


una estocada traidora


por el costado le entró.


Lanzó un grito el desdichado


que partía el corazón;


lanzó la hermosa un gemido


de intensísimo dolor,


y el moribundo Medina


volviendo el gesto a un rincón,


hacia una imagen de Cristo,


de quien devoto vivió,


dijo expirando: "Soy muerto,


¡Acorredme, Santo Dios!"


y quedó tendido en tierra,


sin movimiento y sin voz.


Alzóse a su lado un hombre,


y diciendo en ronco son


"¡Maldita sea mi alma!",


mató la luz y escapó.






V




Tuvieron así los años,


uno, dos, tres, hasta siete,


embozada en el misterio


aquella embozada muerte.


En vano acudieron pronto


vecinos a socorrerle,


para vengarle los hombres,


para mentir las mujeres.


En vano salieron unos


casi desnudos a verle,


y otros salieron jurando,


armados hasta los dientes.


Nada sirvieron entonces,


ni jubones ni broqueles;


Medina quedó sin vida,


y sin justicia el aleve.


En vano son las pesquisas


de los irritados jueces,


en vano son los testigos,


las citas y los papeles.


En vano el caso averiguan


una, dos, tres, quince veces;


cada vez más se confunden


los golillas y corchetes.


En vano sobre la rastra


anduvieron diligentes


olfateando la presa


los alanos de las leyes;


porque todos son testigos,


todos declaran contestes,


todos son los agraviados,


mas ninguno delincuente.


Hubo alborotos por ello,


y pendencias más de veinte;


mas Pedro quedó sin vida,


y sin justicia el aleve.


Catalina le lloraba


desconsolada y doliente


minutos, horas y días,


noches, semanas y meses.


Un año estuvo en el lecho


con accesos de demente,


y un año a su cabecera


veló Juan Ruiz sin moverse.


Dio con la puerta en los ojos


a padrinos y parientes,


diciendo: "Mientras yo viva,


no faltará quien la vele."


Y en vano le murmuraron


de tal conducta las gentes;


Juan se mantuvo constante


a la cabecera siempre,


sin que a sondear su alma


alcanzara algún viviente


a través de la reserva


y el misterio que mantiene.


Curóse al fin Catalina,


y el tiempo, que tanto puede,


siendo remedio y sepulcro


de los males y los bienes,


volvió la luz a sus ojos,


Y el pudor volvió a su frente,


y el talismán de la risa


a sus labios transparentes;


y salió ufana diciendo


a cuantos por verla vienen


que la vida con que vive


sólo a Juan Ruiz se la debe.


Éste, a pretexto de amigo


del triste que en polvo duerme,


no se aparta de su lado


hasta que la noche viene.


Entonces a lentos pasos


la esquina inmediata tuerce,


y en las revueltas del barrio


como un fantasma se pierde.


Mas no faltó en él alguno


que a media voz se atreviese


a decir que cuando pasa


por ante el Cristo se tiene,


y el embozo hasta los ojos,


el sombrero hasta las sienes,


cruza azaroso la calle,


como si alguien le siguiese.


En estas conversaciones,


cada vez menos frecuentes


pasaron al fin los años,


uno, dos, tres, hasta siete.



VI




Pagada la Catalina


de amistad tan firme y tierna,


de tanto afán y desvelos,


de tan rendida fineza,


escuchó a Juan una tarde,


los ojos fijos en tierra,


dulces palabras de amores


de la balbuciente lengua.


Instó un día y otro día,


quedó siempre sin respuesta ;


volvió a sus ruegos Juan Ruiz,


volvió a su silencio ella.


Pasóse un mes y otro mes,


y tornó Ruiz a su tema,


y tornó a callar la niña


entre enojada y risueña.


Mas tanto lidió el galán,


tanto resistió la bella,


que al cabo la linda viuda


dijo a Juan de esta manera:


-Puesto que es muerto Medina


(¡Dios en su gloria le tenga!),


y por siete años cumplidos


mi fe le he guardado entera,


y él ha visto nuestro amor


allá de la vida eterna,


os daré, Juan Ruiz, mi mano,


y mi corazón con ella.


Amigo de Pedro fuisteis,


y yo os debo la existencia;


conque es justo, a mi entender,


os cobréis entrambas deudas.


Púsose Juan Ruiz de hinojos


a los pies de la doncella,


y asiéndola las dos manos


humildemente las besa.


Acordáronse las bodas,


mas Catalina aconseja


que sean cuando él quisiese,


pero que sin ruido sean.


Las malas mañas o antojos


o tarde o nunca se dejan,


y Juan en su mocedad


gustó de bulla y de fiesta.


Así, aunque pocos convida


para que a las bodas vengan,


buscó unos cuantos amigos


que le alegraran la mesa.


Trajo vinos los mejores,


y viandas las más frescas,


y apuntó por hora fija


de noche las diez y media.


Gustaba Juan sobre todo


de cabezas de ternera,


y asábalas con tal maña,


que a cualquier gusto pluguieran.


Gozaba en esto gran nombre


entre la gente plebeya,


de tal modo que le daban


el apodo de Cabezas.


Ocurrióle a media tarde


darse a luz con tal destreza,


y embozándose en la capa,


salió en busca de una de ellas.


Mataban aquella tarde


en el Rastro una becerra;


compró el testuz y cubrióle


asido por una oreja.


Volvió a doblar el embozo


y contento con la presa


de la calle en que vivía


tomó rápida la vuelta.


Iba Juan Ruiz con la sangre


dejando en pos roja huella


que marcaba su camino


sobre las redondas piedras.


En esto entrando en su barrio,


al doblar una calleja,


dos ministros de justicia


le pasaron muy de cerca.


Él siguió y pasaron ellos


advirtiendo con sorpresa


la sangre con que aquel hombre


el sitio que anda gotea.


Él siguió y tornaron ellos


por sobre el rastro que deja,


hasta entrar en otra calle


obscura, sucia y estrecha.


En un rincón embutida


a la luz de una linterna,


de Cristo Crucificado


se ve la imagen severa.


Paróse Juan; los corchetes,


que en el mismo punto llegan,


viendo que duda y vacila


en faz de preso le cercan.


"-¡Fuera el embozo! -gritaron-:


muestre a la luz lo que lleva."


Volvió los ojos al Cristo


Juan, y helósele en las venas,


a una memoria terrible,


cuanta sangre hervía en ellas.


-¡Fuera el embozo ! -repiten-,


y él acongojado tiembla,


sintiendo un cambio espantoso


que pasa en su mano mesma.


Quiso hablar, y atropellado,


un "¡Dejadme!" balbucea.


Deahiciéronle el embozo,


y mostrando Ruiz la diestra,


sacó asida del cabello


de Medina la cabeza.


-¡Acorredme, Santo Dios!,


grita aterrado y la suelta;


mas la cabeza oscilando


entre los dedos le queda.


-¡Yo le maté! -clama entonces


hoy ha siete años, por ella.


Y sin voz ni movimiento


cayó desplomado en tierra.




CONCLUSIÓN




Y así fue: que aquella noche


de sangrienta confusión,


en que al ruido de una riña


Pedro a la calle bajó


con el estoque en la diestra


y en la siniestra el farol,


no era en ella otro que Ruiz


quien llevaba lo mejor.


Como un imán a una aguja


arrastra constante en pos,


como una serpiente a un pájaro,


a una paloma un halcón


entorpecen y fascinan,


sin que ala ni pie veloz


para huirle les acudan,


a impulsos de su pasión


anduvo así Juan vagando


de la fiesta en derredor.


Y. oía por las ventanas


de danza el confuso son.


Y vía cruzar las sombras,


una a una, y dos a dos,


en fantástica carrera


y en monótona ilusión.


Así lloraba acosado


de sus celos y su amor,


cuando oyó de una pendencia


vivo y cercano rumor:


cerróse en ella a estocadas


tan sin acuerdo y razón,


que a cuantos hubo a las manos


adelante se llevó.


En esto acudió Medina,


y Catalina al balcón,


de la suerte recelando,


acelerada salió.


Mas al ver cuán afanosa


curaba ella de otro amor,


cegaron a Ruiz los celos,


el despecho le embriagó,


y al tiempo que alzaba Pedro


el brazo con el farol,


matóle a la faz de Cristo,


como villano, a traición.


De entonces, en los siete años,


después del hecho traidor,


ni una sola vez, de miedo,


por ante el Cristo pasó.


Llegó la primera al cabo,


y en ella al Cielo ocasión


demostrar que hay infalibles


tribunales sólo dos


de irrevocable sentencia,


sin cotos ni apelación.


Para verdades, el TIEMPO,


y para justicias, Dios.


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