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lunes, abril 02, 2007

RELATO : EL ORACULO DE DELFOS Y TESEO

El oráculo de Delfos

Los cuatro jinetes, de repente, dejaron de bromear. Habíanllegado a los pies del Parnaso, y la presencia del dios Apolo, el más implacable del Olimpo, se hacía sentir enel aire. Con sus corazas de bronce, los cuatro jinetes habíanatravesado, procedentes de la ciudadela de Atenas,
las llanuras y los montes del Citerón y el Helicón, y en su camino habían inspirado en quienes los contemplaban el mismo temor que ellos ahora percibían en las inmediacionesdel santuario de Apolo en Delfos.
El templo estaba situado entre dos muros de roca decolor cobrizo y, por los destellos que despedían cuando el sol se reflejaba en ellas, recibían el nombre de Fedríadas, las Brillantes. A los lados de la vía sagrada que conducía hasta el santuario yacían las ofrendas de los que
hasta allí acudían.
Rodeado de un semicírculo de elevadas montañas pobladas de abetos y dominando desde la altura el mar del golfo de Corinto, Delfos era el centro del mundo porque así lo había decretado Zeus: el padre de los dioses soltó dos águilas desde los extremos de la Tierra y éstas
cruzaron su vuelo en el punto exacto en el que se elevaron después las murallas de Delfos. En ese lugar, el soberano de los dioses colocó una enorme roca blanca labrada, a la que llamó ómphalos, ombligo, y allí su hijo Apolo decidió levantar su principal santuario. Sin embargo,
ello no fue fácil, porque el lugar estaba habitado por Python, una gigantesca serpiente, hija de la Tierra, que dominaba las regiones vecinas y que poseía el don de la adivinación. Sólo tras un encarnizado combate pudo Apolo levantar su principal morada en la Tierra. El dios llegó a la gruta en la que la serpiente dormitaba, enroscada con la boca unida a la cola. Sigilosamente, Apolo dio una vuelta en torno a ella, oscuro e implacable como la noche, pero, a pesar de su sigilo, la serpiente se despertó y comenzó a desenrollarse, preparada para trabar combate con el extraño. Con un rápido movimiento, alargó la cabeza y escupió su veneno contra el hijo de Zeus, que tuvo el tiempo justo para apartarse y preparar una de sus mortíferas flechas. Cuando la serpiente se erguía para llevar a cabo otro ataque, el dios disparó su arco de plata, la
punta de la flecha penetró en la carne del dragón y fue, poco a poco, destrozando sus ponzoñosas entrañas. Sin comprender qué le ocurría, la serpiente se irguió para un nuevo ataque y, una tras otra, las flechas del «dios que dispara a lo lejos» la volvieron a atravesar, hasta que finalmente
cayó desplomada sobre el suelo.
A continuación, Apolo recogió las gotas de veneno que habían quedado impregnadas en la roca y en la tierra y, con su sabiduría divina —porque conocía todo lo que se refería a venenos y pociones curativas—, preparó un brebaje, lo ingirió y adquirió así su capacidad profética.
Así fue como el santuario de Apolo en Delfos se convirtió en obligado lugar de peregrinación y todos aquellos que querían emprender un peligroso viaje o una guerra acudían al templo y preguntaban a los dioses cuál sería su destino.
Egeo, el wánax de Atenas, también vislumbraba amenazadoras sombras en su futuro, y por esta razón acudía a la morada de Apolo.
—A partir de aquí, se acabaron las bromas —ordenó con gesto severo el Señor de Hombres a los tres guerreros que le acompañaban, y éstos guardaron silencio,
como si nunca hubieran tenido la capacidad de hablar.
Estos tres guerreros eran los lawagetas de Egeo, sus lugartenientes: a un solo gesto suyo se hubieran dejado matar en el campo de batalla y no pocas veces le habían salvado la vida en pasadas incursiones contra ciudadelas enemigas. Entre ellos imperaba un férreo sentido de la
camaradería forjado a lo largo de los años y las aventuras; algunos de aquellos hombres incluso habían peleado junto a su padre y le habían visto crecer, y aunque no habían dejado de bromear con su wánax acerca del motivo que les llevaba hasta el ombligo del mundo, cada vez que
Egeo daba una orden, ellos todavía sentían un estremecimiento bajo la armadura.
No en vano, el motivo por el que se encontraban allí respondía a una cuestión de Estado: el rey de Atenas, el Señor de Hombres, aún no tenía descendencia y sus tres hermanos —en especial Palante y sus hijos, que dominaban los territorios vecinos— ansiaban apoderarse de la
ciudad consagrada a Atenea: los hermanos de Egeo solían proclamar que la ausencia de un heredero legitimaba aquellas ambiciones. Desde Mégara, desde Eubea y desde el
sur del Ática, el círculo que los tres hermanos habían trazado en torno a Atenas se estrechaba más y más, y aunque Egeo había tomado como esposas a dos princesas
—primero a Mélite y luego a Calcíope—, ninguna de ellas le había dado la deseada descendencia. Por ese motivo, para consultar al dios de los oráculos cómo poner remedio a tan delicada situación, el señor de Atenas se habíaencaminado con sus tres hombres de confianza hasta elsantuario sagrado de Delfos, en la montañosa Fócide.
Los cuatro jinetes llegaron a las puertas del temploy se apearon de sus caballos. El invierno era todavía unrecuerdo cercano (sólo con las primeras flores Apolo regresaba
del lejano país de los Hiperbóreos) y la noche no
tardaría en caer: convenía apresurarse si querían conocer
las revelaciones del dios antes de que acabara el día, de
modo que tras atar sus monturas entraron en el templo
sin dilación.
Allí encontraron a un anciano, el custodio del sagrado
recinto, envuelto en un austero manto gris.
—Venerable sacerdote —dijo Egeo, al tiempo que depositaba
en sus manos el pélanos, la torta de cebada que
servía como ofrenda—, deseamos que el oráculo nos responda,
sin ocultarnos ningún detalle, la pregunta que
venimos a formularle.
—El oráculo ni responde ni oculta, solamente advierte
—contestó la voz cavernosa del sacerdote de Apolo,
clavando sus ojos blancos y ciegos sobre el rostro del
rey ateniense—. ¿Os habéis purificado? Sabéis que la divinidad
detesta que en su templo entren hombres con las
manos manchadas de sangre y, por el ruido de vuestras
armas, sospecho que lleváis derramada mucha sangre ajena
a vuestras espaldas.
—Nos hemos purificado, venerable sacerdote —respondió
humildemente Egeo.
—Sin embargo —añadió el anciano—, también sabréis
que el dios aprecia la sangre de un ternero sobre su
altar.
Sin mediar más palabras, Lykos, el más joven de los
lawagetas de Egeo, se dirigió hacia su caballo y des-
cargó el ternero que traían preparado para el sacrificio.
A continuación, se lo entregó a Egeo, que lo llevó cogido
por las cuatro patas hasta el altar. El animal se arqueaba
y mugía, acaso presintiendo su inminente holocausto. El
sacerdote vertió el agua purificadora sobre la fría piedra
del altar y Egeo sujetó firmemente al animal contra ella.
Entonces, el sacerdote elevó una plegaria a Apolo y, acto
seguido, atravesó con un cuchillo la garganta del ternero,
que, junto a un río de sangre, dejó escapar por la
abertura de la herida su último mugido. Después, el oficiante
descuartizó al animal y procedió a quemar las partes
incomestibles, aquellas que se reservaban para los
dioses desde los tiempos del titán Prometeo; el resto, las
carnes más jugosas, se repartieron convenientemente entre
los cuatro hambrientos guerreros, que llevaban día y
medio sin probar bocado, salvo el pan y las olivas que
había traído el invierno. Luego, el sacerdote tomó su
parte y, tras recoger los restos, procedió a reconstruir ritualmente
la forma del animal sacrificado y le preguntó
a Egeo cuál era la cuestión que quería plantear al dios
de los oráculos.
—Deseo saber, oh sacerdote de Apolo, si los dioses
me concederán un heredero y qué debo hacer para lograrlo.
—La divinidad te lo dirá —contestó el sacerdote, haciéndole
un gesto con la mano para que pasara al interior
de una estancia contigua. Los hombres de Egeo también
quisieron traspasar el umbral, pero el anciano se lo prohibió
con un enérgico movimiento de su mano.
Egeo comenzó a descender por unas escaleras que
lo condujeron hasta una tenebrosa y fría cámara subterránea,
el ádyton. La sala de las profecías se encontraba
apenas iluminada por una débil luz verdosa. Una vapo-
rosa gasa, que hacía las veces de cortina, confería esa onírica
tonalidad a una pequeña hoguera que ardía un poco
más allá. El Señor de Hombres permaneció de pie,
sobrecogido por la atmósfera sagrada del lugar. Tras la
gasa, pudo adivinar la demacrada presencia de una figura
femenina, era la Pitia, la voz humana del dios Apolo, que
se disponía a celebrar sus divinos rituales: se acababa de
purificar bañándose con el agua de la fuente Castalia, un
manantial que debía su nombre a la joven muchacha que
se había arrojado en ella cuando huía del propio Apolo.
Ahora, la Pitia masticaba una hoja de laurel, mientras
permanecía sentada sobre el trípode adivinatorio de
la deidad, al lado del mismísimo ómphalos, el ombligo del
mundo.
Egeo volvió a formular la pregunta.
—¿Qué he de hacer, oh Pitia, voz divina de Apolo,
para tener descendencia? —y su voz retumbó en las
paredes de la gruta.
La Pitia, entonces, envuelta en los vapores que brotaban
del subsuelo a través de una grieta en la tierra, entró
en éxtasis y comenzó a agitarse, como si el dios mismo
la poseyera y se hiciera dueño de su cuerpo; se agitaba
febrilmente y pronunciaba palabras que Egeo apenas
podía comprender. Su voz parecía emerger de las profundidades
del Hades y Egeo entendió que verdaderamente
una fuerza sobrenatural hablaba por ella. Y entonces,
como si el dios hubiera decidido abandonar su
cuerpo, la Pitia dejó de emitir sonidos inconexos y se desplomó
desfallecida sobre el suelo de la cámara. El rey de
Atenas quiso ir hacia ella y descorrió ligeramente la gasa
que les separaba: la visión de la Pitia provocó en él un
estremecimiento. Lo que había sobre el suelo no era una
mujer, sino un despojo cadavérico envuelto en una túni-
ca del color del laurel. Parecía que sobre aquella mujer
se acumularan más de doscientos años de existencia.
Cuando fue a tocarla, una mano le retuvo.
—No lo hagas —escuchó decir al anciano guardián
del templo—. Ya has visto más de lo que un mortal ha
podido ver jamás. Ni siquiera nosotros, sus sacerdotes,
hemos visto jamás la Voz de Apolo... El dios quiso que
sus sacerdotes fueran ciegos.
—¡Pero no ha contestado a mi pregunta! ¡No ha dicho
ni una sola palabra que un hombre pudiera entender!
—contestó Egeo, aún estremecido ante la imagen
que acababa de contemplar—. ¡No ha respondido a mi
pregunta...!
—Apolo no responde; el dios advierte —y tendiéndole
una tablilla, añadió—: Y esto es lo que el dios te advierte:
ASKOU TON PROUKHONTA PODA MEGA PHERTATE LAON
ME LUSEIS PRIN DEMON ATHENEON EISAPHIKESTHAI
El Señor de Hombres tomó la tablilla y repitió lentamente
las palabras de la Pitia: «El cuello que sobresale
del odre, oh el mejor de los hombres, no lo desates hasta
llegar a Atenas».
—¿Que no desate el cuello del odre? ¡Por la sangre podrida
de la Hidra! ¿Qué quiere decir esto? —se atrevió a
blasfemar Egeo cuando, ya bien entrada la noche, estuvieron
lo bastante lejos del templo de Delfos como para
no excitar la ira del dios.
—Si así lo deseas, Señor de Hombres Egeo, podemos
ir a preguntarlo a algún otro oráculo, al de Lebadea,
por ejemplo... Al menos allí se manifiestan a través del
sueño —dijo Lykos, entre risas que fueron secundadas
por el resto.
—¿Por qué tan cerca? Podemos cabalgar unos doce
días más sin dormir hasta el oráculo de Zeus en Dodona
—prosiguió Esténelo—. El rumor de las hojas de
los árboles y el silbido del viento con el que Zeus contesta
es más fácil de comprender que los mensajes de la
Pitia.
—No creo que sea necesario —dijo a su vez Nykteo,
con rostro serio—. Creo haber averiguado el sentido del
oráculo.
—¿Sabes qué significan las extrañas palabras del
oráculo, Nykteo? Entonces, explícalas sin demora, y si tu
interpretación me parece convincente, te librarás de montar
guardia cuando nos detengamos a dormir —contestó
Egeo, mirándolo con un gesto de duda.
—El significado del oráculo es claro —comenzó a
decir Nykteo—: El dios ha dicho que no vuelvas a mear
hasta que lleguemos a Atenas —y rompió en una sonora
carcajada.
Todos celebraron el ingenio de Nykteo y golpearon
sus muslos con gran algarabía.
—Me parece, Nykteo —dijo el wánax, en venganza
por la broma que habían hecho a su costa—, que harás
guardia toda la noche, como tu propio nombre indica.
¿Ves cómo yo también sé interpretar las palabras?
Además, puedes empezar ahora mismo. Nos detendremos
aquí. Nos espera un duro viaje. Aún no volveremos
a Atenas.
A pesar del cansancio, ninguno de los tres guerreros
se atrevió a poner ninguna objeción a la decisión de su
wánax: ni siquiera osaron preguntarle cuál era el rumbo
que a partir del día siguiente tomarían. Él lo declararía
sin que se lo pidieran y, si prefería mantener calladas sus
intenciones, ya lo descubrirían cuando llegaran al lugar
de destino.
Así, bajo los pinos de un bosque que se encontraba
en la ruta hacia Tebas, la ciudad de Cadmo, tras despojarse
de sus vestimentas guerreras, el yelmo de colmillos
de jabalí y el grueso coselete de lino reforzado con láminas
de bronce, los cuatro jinetes se dispusieron a pasar la
noche al raso.
—¿Conocéis la historia de la fundación de Tebas, la
ciudad de las siete puertas? —dijo Esténelo, interrumpiendo
el murmullo de los árboles y los inquietantes graznidos
de las aves nocturnas.
—¿Y qué si la conocemos? —contestó Nykteo desde
su puesto de guardia—; nos la vas a contar de todos
modos. Es lo único que hacéis los viejos, contar tonterías
que no interesan a nadie.
—Deja que la cuente —intervino Egeo—. Es un buen
conjuro para que nos visite el dios de los sueños y podamos
dormir.
—Os contaré cómo se fundó Tebas. Yo no digo que
fuera así —comenzó a relatar Esténelo, el más veterano
de los lawagetas de Egeo—, sólo digo que lo cuento tal
y como a mí me lo contaron. Según dicen, Zeus, el padre
de dioses, se enamoró de Europa, la hija del rey Agenor,
y, para seducirla, fue hasta las playas de Fenicia y se
apareció ante ella bajo la forma de un hermoso y manso
toro. Zeus tomó esta figura para que la joven confiara en
él y se acercara sin temor...
—Esténelo, ¿no entiendes que somos tus compañeros,
guerreros aqueos, y no tus nietos? —interumpió
Nykteo.
—¿Por qué no te callas tú? —gritó Lykos, tumbado
junto a la hoguera—. ¡Me estaba quedando dormido y
me has despertado!
—Continuaré —dijo Esténelo—. El caso es que Europa
montó sobre el lomo del toro y éste se fue adentrando
en el mar poco a poco, sin que la muchacha lo
notara, hasta que hubieron avanzado tanto en las aguas
que la joven no pudo escapar. Así fue como Zeus la llevó
hasta algún lugar desconocido, donde yació con ella.
¿Queréis vino? Bueno, continuaré. Cuando Agenor supo
que su hija había desaparecido, envió a sus hijos a buscarla
por todos los rincones del mundo. Y a Cadmo le
correspondió venir hasta estas tierras que pisamos, junto
a sus hombres. ¿Adivinaréis qué hizo Cadmo? —se
detuvo un instante y volvió a beber—. Lo primero que
hizo fue consultar el oráculo de Apolo, como nosotros.
¡Ah, por eso me ha venido a la cabeza esta historia! ¡Se
acabaría el mundo antes de que supiérais qué le contestó
la Pitia...!
—Que no desatara el cuello del odre —sonrió Nykteo.
—Le dijo —continuó Esténelo, haciendo caso omiso
a la broma de Nykteo— que siguiera su camino hasta
que encontrara una vaca con una marca peculiar sobre
su lomo, dos lunas sobre sus ijadas; y le encomendó que
la siguiera y que, sobre el lugar que ésta se tumbara a descansar,
fundara una ciudad. Cadmo hizo lo que la voz
del dios le había indicado y, tras encontrar y seguir a la
vaca, llegó al lugar donde habría de fundar la ciudadela
de Tebas. Así que Cadmo y sus hombres trazaron con
un arado el contorno de la ciudad, marcando en él las
siete entradas sobre las que luego se levantaron las famosas
Siete Puertas de Tebas. Las habréis visto si habéis
estado allí.
Esténelo observó a sus compañeros, que lo miraban
como quien espera la conclusión de un cuento. El
viejo bebió de nuevo y continuó:
—Para consagrar la nueva ciudad a una divinidad,
como bien sabéis, tenían que hacer un sacrificio, pero
les faltaba el agua purificadora, así que Cadmo envió a
sus hombres a por ella. Éstos llegaron a un manantial
(algunos dicen que era la fuente Castalia), pero ocurrió
que estaba custodiado por la monstruosa serpiente del
dios de la guerra Ares. Esperad, esperad todavía un poco,
que ahora viene lo mejor. La serpiente devoró a todos
los soldados; sin embargo, Cadmo, advertido por la diosa
Atenea de lo que había ocurrido, dio muerte a la serpiente,
vengando así a sus compañeros. Siguiendo los
consejos de la diosa, Cadmo sembró los colmillos del
monstruo en la tierra y al instante brotaron de ella innumerables
guerreros completamente armados y dispuestos
a atacarle. Una vez más, la diosa se puso de parte
del fenicio y le dijo que arrojara piedras en medio de
ellos con el ánimo de confundirlos. Efectivamente, los
guerreros, desconcertados, creyeron que entre sí se estaban
lanzando piedras y se atacaron unos a otros hasta
que sólo quedaron en pie cinco de ellos, los Hombres
Sembrados, los antepasados de los tebanos que hoy habitan
la ciudadela. Luego ocurrirían muchas cosas, algunas
ciertamente maravillosas, como cuando Cadmo
tomó por esposa a una hija del dios Ares para reconciliarse
con él. Esa joven se llamaba Harmonía, pero la historia
de las bodas de Cadmo y Harmonía será para otra
ocasión...
—Pero... Esténelo —intervino nuevamente Nykteo—,
¿qué ocurrió con Europa? ¿La encontró o no la
encontró? ¿Qué fue de la hija de Agenor?
—Bueno, ésa es una historia... muy larga. Yo sólo
quería contar cómo se fundó Tebas. Quizá te lo cuente
cuando te interesen las historias de viejos.
Los otros dos guerreros ya habían caído en brazos
del sueño y había mucho camino que recorrer en la jornada
siguiente. Bajo el manto oscuro de la noche, sólo se
oían los rumores de sus criaturas más salvajes.

MAS FRASES CELEBRES

La mujer llora antes del matrimonio, el hombre después.
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Antes que te cases, mira lo que haces.
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Casarse por segunda vez es el triunfo de la esperanza sobre la experiencia.
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No quiso la lengua castellana que de casado a cansado hubiese más de una letra de diferencia.
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El matrimonio es una barca que lleva a dos personas por un mar tormentoso; si uno de los dos hace algún movimiento brusco, la barca se hunde.
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El matrimonio es una cadena tan pesada que para llevarla hace falta ser dos y, a menudo, tres.
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He buscado el sosiego en todas partes, y sólo lo he encontrado sentado en un rincón apartado, con un libro en las manos.
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Los mejores libros son aquellos que quienes los leen creen que también ellos pudieron haberlos escrito.
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Un libro hermoso es una victoria ganada en todos los campos de batalla del pensamiento humano.
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Un libro es un regalo estupendo, porque muchas personas sólo leen para no tener que pensar.
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Encomiéndate a Dios de todo corazón, que muchas veces suele llover sus misericordias en el tiempo que están más secas las esperanzas.
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Prefiero equivocarme creyendo en un Dios que no existe, que equivocarme no creyendo en un Dios que existe. Porque si después no hay nada, evidentemente nunca lo sabré, cuando me hunda en la nada eterna; pero si hay algo, si hay Alguien, tendré que dar cuenta de mi actitud de rechazo.
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Estoy convencido de que en un principio Dios hizo un mundo distinto para cada hombre, y que es en ese mundo, que está dentro de nosotros mismos, donde deberíamos intentar vivir.
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El hombre sabio no debe abstenerse de participar en el gobierno del Estado, pues es un delito renunciar a ser útil a los necesitados y un cobardía ceder el paso a los indignos.
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No es sabio el que sabe donde está el tesoro, sino el que trabaja y lo saca.
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Los sabios tienen las mismas ventajas sobre los ignorantes que los vivos sobre los muertos.
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Toda la tierra está al alcance del sabio, ya que la patria de un alma elevada es el universo.
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Los sabios emiten ideas nuevas; los necios las expanden.
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He descubierto que no hay forma más segura de saber si amas u odias a alguien que hacer un viaje con él.
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El que está acostumbrado a viajar, sabe que siempre es necesario partir algún día.
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Se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte.
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Un viaje es una nueva vida, con un nacimiento, un crecimiento y una muerte, que nos es ofrecida en el interior de la otra. Aprovechémoslo.
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El que emplea demasiado tiempo en viajar acaba por tornarse extranjero en su propio país.
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El que no ha salido jamás de su país está lleno de prejuicios.
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He descubierto que no hay forma más segura de saber si amas u odias a alguien que hacer un viaje con él.
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La única manera de conservar la salud es comer lo que no quieres, beber lo que no te gusta, y hacer lo que preferirías no hacer.
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El hombre es el único animal que come sin tener hambre, bebe sin tener sed y habla sin tener nada que decir.
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Para lograr todo el valor de una alegría has de tener con quien repetirla.
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Todo hombre es como la Luna: con una cara oscura que a nadie enseña.
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Cuando yo tenía catorce años, mi padre era tan ignorante que no podía soportarle. Pero cuando cumplí los veintiuno, me parecía increíble lo mucho que mi padre había aprendido en siete años.
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La raza humana tiene un arma verdaderamente eficaz: la risa.
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Recogéis a un perro que anda muerto de hambre, lo engordáis y no os morderá. Esa es la diferencia más notable que hay entre un perro y un hombre.
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La raza humana tiene un arma verdaderamente eficaz: la risa.
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Nada prende tan pronto de unas almas en otras como esta simpatía de la risa.
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La risa nos mantiene más razonables que el enojo.
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Es verdad que optamos por la risa en casi todas las situaciones, con excepción de una que otra visita al dentista.
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¡Cuántas cosas hay en una risotada! Es la clave secreta con que se descifra un hombre entero.
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Sentir que se ríe de nosotros algo al mismo tiempo inferior y más fuerte que uno es espantoso.
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La risa no es más que la gloria que nace de nuestra superioridad.
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Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano.
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La esperanza es el sueño del hombre despierto.
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Un barco no debería navegar con una sola ancla, ni la vida con una sola esperanza.
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Cada criatura, al nacer, nos trae el mensaje de que Dios todavía no pierde la esperanza en los hombres.
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Es mejor viajar lleno de esperanza que llegar.
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En cada amanecer hay un vivo poema de esperanza, y, al acostarnos, pensemos que amanecerá.
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Para entender el corazón y la mente de una persona, no te fijes en lo que ha hecho no te fijes en lo que ha logrado sino en lo que aspira a hacer.
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No busques al amigo para matar las horas, sino búscale con horas para vivir.
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La más bella palabra en labios de un hombre es la palabra madre, y la llamada más dulce: madre mía.
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Debe haber algo extrañamente sagrado en la sal: está en nuestras lágrimas y en el mar.
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Protegedme de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños.
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Bueno es dar cuando nos piden; pero mejor es dar sin que nos pidan, como buenos entendedores.
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Los hombres que no perdonan a las mujeres sus pequeños defectos jamás disfrutarán de sus grandes virtudes.
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No progresas mejorando lo que ya esta hecho, sino esforzándote por lograr lo que aun queda por hacer.
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Si haces bien para que te lo agradezcan, mercader eres, no bienhechor; codicioso, no caritativo.
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La confianza en la bondad ajena es testimonio no pequeño de la propia bondad.
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Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa.
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No dejes que se muera el sol sin que hayan muerto tus rencores.
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Puesto que yo soy imperfecto y necesito la tolerancia y la bondad de los demás, también he de tolerar los defectos del mundo hasta que pueda encontrar el secreto que me permita ponerles remedio.
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Nadie puede hacer el bien en un espacio de su vida, mientras hace daño en otro. La vida es un todo indivisible.
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No hay camino para la paz, la paz es el camino.
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La verdad es totalmente interior. No hay que buscarla fuera de nosotros ni querer realizarla luchando con violencia con enemigos exteriores.
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Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego.
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No debemos perder la fe en la humanidad que es como el océano: no se ensucia porque algunas de sus gotas estén sucias.
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La humanidad no puede liberarse de la violencia más que por medio de la no violencia.
*****
La violencia crea más problemas sociales que los que resuelve.
*****
El hombre nació en la barbarie, cuando matar a su semejante era una condición normal de la existencia. Se le otorgo una conciencia. Y ahora ha llegado el día en que la violencia hacia otro ser humano debe volverse tan aborrecible como comer la carne de otro.
*****
La violencia es miedo de las ideas de los demás y poca fe en las propias.
*****
Toda reforma impuesta por la violencia no corregirá nada el mal: el buen juicio no necesita de la violencia.
*****
Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol.

*****
Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano.
*****
Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos.
*****
Si el hombre no ha descubierto nada por lo que morir, no es digno de vivir.
*****
Nada que un hombre haga lo envilece más que el permitirse caer tan bajo como para odiar a alguien.
*****
Nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como del estremecedor silencio de los bondadosos.
*****
Nada se olvida más despacio que una ofensa; y nada más rápido que un favor.
*****
Una nación que gasta más dinero en armamento militar que en programas sociales se acerca a la muerte espiritual.
*****
Nada en el mundo es más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda.
*****
La justicia se defiende con la razón y no con las armas. No se pierde nada con la paz y puede perderse todo con la guerra.
*****
Gracias a la guerra uno no sólo puede morir por sus ideales, sino que incluso puede morir por los ideales de otro.
*****
Ningún hombre es tan tonto como para desear la guerra y no la paz; pues en la paz los hijos llevan a sus padres a la tumba, en la guerra son los padres quienes llevan a los hijos a la tumba. *****
No puedo creer que me condecoren. Yo creía que era necesario conducir tanques y ganar guerras.
*****
Se tardan veinte o más años de paz para hacer a un hombre, y bastan veinte segundos de guerra para destruirlo.
*****
En la guerra como en el amor, para acabar es necesario verse de cerca.
*****
Temer al amor es temer a la vida, y los que temen a la vida ya están medio muertos.

*****
Vivir no es sólo existir,
sino existir y crear,
saber gozar y sufrir
y no dormir sin soñar.
Descansar, es empezar a morir.
*****
Prefiero morir de pie que vivir siempre arrodillado.
*****
Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo.
*****
Estar preparado es importante, saber esperar lo es aún más, pero aprovechar el momento adecuado es la clave de la vida.
*****
Las mujeres han sido hechas para ser amadas, no para ser comprendidas.
*****
Uno debería estar siempre enamorado. Por eso jamás deberíamos casarnos.
*****
Si usted quiere saber lo que una mujer dice realmente, mírela, no la escuche.
*****
Un hombre puede ser feliz con cualquier mujer mientras que no la ame.
*****
La mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella.
*****
Perdona siempre a tu enemigo. No hay nada que le enfurezca más.
*****
No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo.
*****
Nunca vaciles en tender la mano; nunca titubees en aceptar la mano que otro te tiende.
*****
A perdonar sólo se aprende en la vida cuando a nuestra vez hemos necesitado que nos perdonen mucho.
*****
.Enseñemos a perdonar; pero enseñemos también a no ofender. Sería más eficiente.
*****.
Solo existen dos cosas importantes en la vida. La primera es el sexo y la segunda no me acuerdo. *****
Me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida.
*****
No sólo de pan vive el hombre. De vez en cuando, también necesita un trago.
*****
El miedo es mi compañero más fiel, jamás me ha engañado para irse con otro.
*****
El amor es la respuesta, pero mientras usted la espera, el sexo le plantea unas cuantas preguntas.
*****
En realidad, prefiero la ciencia a la religión. Si me dan a escoger entre Dios y el aire acondicionado, me quedo con el aire.
El sexo sin amor es una experiencia vacía. Pero como experiencia vacía es una de las mejores. *****
Lo que me preocupa no es que me hayas mentido, sino que, de ahora en adelante, ya no podré creer en ti.

*****
La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era niño.
*****
Los monos son demasiado buenos para que el hombre pueda descender de ellos.
*****
La potencia intelectual de un hombre se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar.
*****
La verdad es que amamos la vida, no porque estemos acostumbrados a ella, sino porque estamos acostumbrados al amor.
*****
Sin música la vida sería un error.
*****
Aquel que tiene un porqué para vivir se puede enfrentar a todos los "cómos".

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