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martes, diciembre 30, 2008

CANTATA 140 -- PHILIP K. DICK



CANTATA 140
PHILIP K. DICK

* * *
La joven pareja —de cabellos negros, piel oscura, probablemente mexicanos o
portorriqueños— permanecía de pie, presa de nerviosismo, junto al mostrador de Herb
Lackmore y el muchacho, el marido, decía en voz baja:
—Señor, queremos que nos ponga a dormir. Queremos transformarnos en bibs.
Dejando su escritorio, Lackmore caminó hasta el mostrador, y aunque no le
gustaban los Cols (parecía que cada mes llegaban más a la sucursal del Ministerio de
Bienestar Social Especial, en Oakland), dijo con un tono de voz como para tranquilizar
a ambos:
—¿Lo habéis pensado bien, muchachos? Es una decisión importante. Podríais
quedar fuera de acción cerca de doscientos años. ¿Habéis consultado al menos a
algún consejero profesional?
El muchacho, mirándola a ella, tragó saliva y murmuró:
—No, señor. Lo hemos decidido entre mi esposa y yo. Ninguno de nosotros puede
encontrar trabajo y en cualquier momento nos desalojarán del dormitorio. Ni siquiera
tenemos vehículo, y sin un vehículo no se puede hacer nada. No se puede ir a ninguna
parte. No se puede ni buscar trabajo.
Lackmore pudo apreciar que no se trataba de un joven mal parecido. Debía de
tener unos dieciocho años, y todavía usaba chaqueta y pantalones evidentemente
militares. La joven tenía el cabello largo; era muy pequeña, de ojos negros y brillantes y
rostro de rasgos delicados, casi de muñeca. No dejaba de mirar a su marido.
—Voy a tener un hijo—dijo abruptamente.
—¡Oh, al diablo con vosotros dos! —exclamó Lackmore, enfadado—. ¡Salid de aquí
al instante!
Bajando culpablemente las cabezas, el muchacho y su mujer se volvieron para
regresar a la céntrica calle de Oakland, California, muy transitada desde las primeras
horas de la mañana.
—¡Id a ver a un especialista!—les gritó Lackmore, pese a que le irritaba darles el
consejo. Le molestaba tener que ayudarles, pero alguien tenía que hacerlo. ¡En qué
aprieto se habían metido! Porque, sin duda, vivían en una pensión militar del Gobierno
y era obvio que, si la muchacha estaba encinta, los echarían de allí sin más dilación.
Tirando de la manga de su arrugada chaqueta en un gesto de duda, el joven Col
preguntó:
—Señor, ¿cómo hacemos para encontrar a un especialista?
Era la ignorancia típica de los estratos sociales de piel oscura, no obstante las
interminables campañas educacionales del Gobierno. No era de extrañar que sus
mujeres quedaran preñadas.
—Consultad el listín telefónico —contestó Lackmore—. En la sección abortos,
terapéutica... O si no, en consejeros. ¿Habéis entendido?
—Sí, señor. Gracias—asintió rápidamente el muchacho.
—¿Sabes leer?
—Sí. He ido a la escuela hasta los trece años.
En el rostro del joven se notaba un orgullo fiero; sus negros ojos resplandecían.
Lackmore volvió a leer su periódico; no tenia más tiempo para regalar. No cabía
duda de que querían convertirse en bibs— Que se les mantuviera en conserva,
inalterables, en un almacén del Estado, año tras año hasta que... ¿Mejoraría alguna
vez el mercado de trabajo? Personalmente, Lackmore lo dudaba, y hacía tiempo que
andaba en aquellas lides; tenía noventa y cinco años: era un veterano. En sus buenos
años había puesto a dormir a cientos de personas, casi todas ellas jóvenes como
aquella pareja.
Y... morenos.
La puerta de la oficina se cerró. La pareja se había ido tan silenciosamente como
llegó.
—Suspirando, Lackmore comenzó a leer de nuevo el artículo sobre el divorcio de
Lurton D. Sands hijo, el suceso más sensacional del momento; como de costumbre,
leía ávidamente cada palabra.
Para Darius Pethel, el día había comenzado con llamadas videofónicas de airados
clientes que se quejaban de que no les compusiera sus transcursores instantáneos.
Les respondía de manera tranquilizadora, diciendo que en cualquier momento
recibirían la visita de un técnico, y, a la vez, esperaba que Erickson hubiera comenzado
ya su trabajo en la sección de reparaciones de Transcursores Instantáneos Pethel,
Ventas y Reparaciones.
Apenas se desvaneció su imagen del videófono Pethel buscó entre los papeles de
su escritorio el ejemplar del día del Informe Nacional de Negocios; estaba al tanto de
todo el desarrollo económico del planeta. Esto sólo bastaba para situarlo por encima de
sus empleados; esto, su fortuna y su avanzada edad.
—¿Qué dice el Informe?—preguntó su vendedor, Stu Hadley; había hecho una
pausa en sus actividades y estaba de pie en la entrada de su oficina, con una escoba
magnética en la mano.
Pethel leyó en silencio el mayor de los titulares:
LAS VENTAJAS DE UN PRESIDENTE NEGRO PARA LA ECONOMIA
COMUNITARIA DE LA NACION.
Abajo había una fotografía tridimensional y móvil de James Briskin. Pethel oprimió
el botón que se encontraba en uno de los bordes del retrato y la imagen cobró vida; el
candidato Briskin sonrió. Los labios del negro se movieron bajo el oscuro bigote y sobre
su cabeza apareció un globo, en el que se leían sus palabras:
"Mí primera tarea será encontrar una colocación adecuada para los numerosos
millones de durmientes."
—Y descargar hasta el último bib otra vez en la bolsa de trabajo—murmuró Pethel,
soltando el botón que accionaba las palabras—. Si triunfa este tío, el país caerá en la
ruina.
Pero era inevitable. Tarde o temprano habría un Presidente negro, después de todo
desde los sucesos de 1993 había más Cols que Caúcs.
Abatido por este pensamiento, pasó a la segunda página, en busca de novedades
sobre el escándalo de Lurton Sands; siendo tan funestas las noticias políticas, tal vez
esto le alegrara. El famoso cirujano de trasplantes estaba metido en un complicado
juicio de divorcio con su igualmente famosa esposa Myra. De ambos lados se hacían
cargos y ya habían comenzado a filtrarse jugosos detalles. Según los periódicos, el
doctor Sands tenía una amante; por este motivo, Myra había iniciado la querella, y con
derecho. Pethel pensaba, recordando las décadas finales del siglo XX, que ya no era
como en los días de antaño. Ahora corría el año 2080, pero la moral pública y privada
había empeorado.
Se preguntaba por qué querría el doctor Sands una amante, cuando todos los días
pasaba por allí el satélite Salón de los placeres. Decían que se podía elegir entre
quinientas muchachas.
El mismo no había visitado nunca el satélite de Thisbe Olt. Como muchos
veteranos, no estaba de acuerdo con él; era una solución demasiado radical para el
problema de la superpoblación. En el 76 los ancianos se habían opuesto a través de
cartas y telegramas a que el Congreso autorizara su creación, pero de todos modos la
ley se había impuesto; probablemente, según creía Pethel, porque la mayoría de los
senadores pensaba frecuentarlo. De hecho, ahora lo hacían con regularidad.
—Si todos los blancos nos muriésemos... comenzó a decir Hadley.
—Escucha—dijo Pethel—. Ya hemos perdido esa oportunidad. Si Briskin consigue
que los bibs se pongan de su lado, aumentará su poder; en cuanto a mí, no puedo
dormir pensando en toda esa gente, en su mayoría muchachos, echados en los
almacenes del Gobierno año tras año. Fíjate en el talento que se desperdicia. ¡Es...
burocrático! SóIo un recalcitrante gobierno socialista hubiera soñado con esa solución.
Mirando con severidad al vendedor, le dijo:
—Si no hubieras conseguido este empleo conmigo, hasta tú podrías...
Hadley le interrumpió tranquilamente:
—Pero yo soy blanco.
Pethel continuó leyendo y vio que el satélite Thisbe Olt había rendido mil millones
de dólares americanos en 2079. "Caramba—se dijo—; es un gran negocio." Ante él
había una foto de Thisbe; con su cabello blanco cadmio y sus pechos cónicos, un
poquito altos, su aspecto era un deleite estético. La lámina la mostraba convidando a
sus clientes del satélite con un cóctel de tequila, aunque debía de tratarse de algún otro
estimulante, ya que el tequila, por derivar de la planta del mescal, había sido declarado
ilegal en la decorosa Tierra.
Pethel oprimió el botón de la lámina y acto seguido los ojos de Thisbe
resplandecieron, su cabeza se volvió, y sobre su cabeza apareció otro globo con la
siguiente leyenda:
Señor ejecutivo norteamericano, ¿tiene usted molestas urgencias personales? Siga
el consejo de los médicos: ¡Venga al Salón!
Pethel pensó que aquello era un anuncio, no una noticia.
—Disculpe.
Había entrado un cliente y Hadley había ido a su encuentro.
"¡Dios mío!—se dijo Darius Pethel al reconocer al cliente—. ¿No habíamos
reparado ya su transcursor?"
—Se puso de pie, comprendiendo que sería necesaria su presencia para apaciguar
a aquel hombre —era Lurton Sands—, que, debido a sus recientes problemas
hogareños, se había vuelto últimamente regañón y malhumorado.
—Sí, doctor —dijo Pethel—. ¿Qué puedo hacer hoy por usted?
Como si no lo supiera. El doctor Sands tenía suficientes problemas con tratar de
desembarazarse de Myra y procurar que su amante no le dejara; necesitaba en verdad
su transcursor instantáneo en buen estado. A diferencia de los otros clientes, sería
difícil quitarse de encima a aquel hombre.
Tirando de su frondoso bigote en un acto inconsciente, el candidato presidencial
Briskin dijo:
—Estamos en un círculo vicioso, Sal. Debería despedirte. Tratas de hacerme
comprender el asunto de los Cols, cuando sabes muy bien que he pasado veinte años
adulando a toda la estructura del poder blanco. Con franqueza, creo que tendríamos
mejor suerte si intentáramos conseguir el voto de los blancos y no el de los negros. Sé
cómo apelar a ellos; me he acostumbrado a hacerlo.
—Estás equivocado—arguyó Salisbury Heim, asesor de su campaña política—.
Escucha esto y trata de entenderlo, Jim. Tú debes apelar al joven moreno y a su mujer,
mortalmente asustados de que su única perspectiva sea concluir como bibs en algún
almacén del Gobierno. "Encerrados en una botella", como ellos dicen. Esta gente ve en
ti a...
—Pero yo me siento culpable.
—¿Por qué?—preguntó Sal Heim.
—Porque soy un embustero. No puedo clausurar los almacenes del Ministerio de
Bienestar Social Especial— tú lo sabes. Me has hecho prometerlo y desde ese
momento no he cesado de devanarme los sesos pensando cómo podría hacerlo. Pero
no encuentro modo alguno.
Echó una ojeada a su reloj de pulsera; disponía aún de un cuarto de hora antes de
su discurso.
—¿Has leído el discurso que me escribió Phil Danville?—preguntó, metiendo la
mano en el bolsillo de su chaqueta.
—¡Danville! —exclamó Heim, con el rostro convulso—. Creí que ya te habías
librado de él. Dame eso.
Cogió las hojas dobladas y comenzó a leerlas.
—Danville es un imbécil. Mira —dijo, mientras agitaba la primera hoja frente a los
ojos de Jim Briskin—. De acuerdo con esto vas a prohibir el tráfico desde los Estados
Unidos hasta el satélite Thisbe. ¡Eso es una locura! Si el Salón de los Placeres se
cierra, la tasa de nacimientos volverá a crecer hasta donde estaba. Y entonces, ¿qué?
¿Cómo se las ingeniará Danville para contrarrestar este efecto?
Después de una pausa, Briskin comentó:
—El Salón de los Placeres es inmoral.
—Seguro —farfulló Heim—. Y los animales deberían llevar pantalones.
—Tiene que haber una solución mejor que ese satélite.
Heim permaneció en silencio y continuó leyendo el discurso.
—Te hace defender esa anticuada técnica de recreación planetaria de Bruno Mini,
totalmente desacreditada—observó, mientras doblaba los papeles y se los devolvía a
Jim Briskin—. ¿Adónde quieres llegar? Apoyas un esquema de colonización planetaria
ensayado y desechado hace veinte años; defiendes la clausura del Salón de los
Placeres... A partir dé esta noche vas a ser muy popular, Jim. Pero, ¿popular entre
quiénes, si se puede saber? Tan sólo contéstame esto: ¿a quién te diriges con este
discurso?
Hubo un silencio.
—¿Sabes qué pienso? —insistió al poco rato—. Que ésta es una elaborada
estratagema tuya para desligarte de la cuestión. Para mandar al diablo todo este
asunto. Es tu modo de eludir responsabilidades. Te vi hacer lo mismo en la
Convención, con aquel discurso apocalíptico que pronunciaste y que dejó a todos
desconcertados, con una curiosidad morbosa. Pero, por fortuna, ya habías sido
designado. Era demasiado tarde para que la Convención te repudiara.
Briskin se explicó:
—En ese discurso expresé mis convicciones reales.
—¿Qué, que la civilización está condenada a causa de la superpoblación? ¡Buenas
convicciones para el Primer Presidente Col!
Heim se incorporó y fue hasta la ventana; se quedó mirando hacia el centro de
Philadelphia: los helicópteros a reacción que aterrizaban, los torrentes de autobuses y
las rampas por donde los peatones iban y venían, entrando y saliendo de los
rascacielos.
—A veces—dijo Heim en voz alta—, parece que creas que la civilización está
condenada porque ha aceptado un candidato negro, que posiblemente resulte electo;
creer eso, en cierta forma, es denigrarte.
—No—respondió Briskin tranquilamente.
Su largo rostro se mantuvo inmóvil.
—Te diré qué debes decir en tu discurso de esta noche—declaró Heim, de
espaldas a Briskin—. Primero hablas una vez más de tu relación con Frank Woodbine,
puesto que a la gente siempre le atraen los exploradores del espacio. Woodbine es un
héroe, mucho más que tú o el otro, como se llame. Ya sabes a quién me refiero; a tu
adversario, el candidato de los demócratas-conservadores.
—William Schwarz.
Heim asintió exageradamente.
—Sí, eso es. Y después de que hayas fanfarroneado con lo de Woodbine y
hayamos mostrado algunas tomas en las que estéis tú y él juntos en varios planetas,
haces una broma sobre el doctor Sands.
—No—se opuso Briskin.
—¿Por qué no? ¿Acaso Sands es una vaca sagrada? ¿No puedes meterte con él?
Jim Briskin replicó lenta y concienzudamente:
—Porque Sands es un gran médico y los medios de información no tienen por qué
ridiculizarlo como lo hacen.
—Claro, él debe de haber salvado la vida de tu hermano. Debe de haber
encontrado un nuevo tipo de bazo en el momento preciso. O tal vez haya salvado a tu
madre justo cuando...
—Sands ha rescatado a cientos, miles de vidas. Incluso de Cols. Tanto si podían
pagarle como si no.
Briskin calló un instante y luego agregó:
—Además, he conocido a su esposa Myra y no me ha gustado. Años atrás fui a
verla.
—¡Bien!—interrumpió Heim con violencia—. Podemos usar eso en tu favor...
Estando Nonovulid al alcance de cualquiera; eso demuestra que eres un tipo previsor,
Jim. Usas la cabeza.
Golpeaba su frente mientras lo decía.
—Ahora me quedan cinco minutos —comentó Briskin mecánicamente.
Espió las páginas del discurso de Phil Danville y las devolvió al bolsillo interior de
su chaqueta. A pesar de que el tiempo era aún caluroso, usaba un convencional traje
oscuro. Eso y una resplandeciente peluca roja habían sido sus rasgos distintivos desde
los días en que era locutor de noticiarios de televisión.
—Pronuncia ese discurso—opinó Heim—, y habrás muerto para la política. Pero
si...
Se interrumpió. La puerta de la oficina se había abierto y su esposa Patricia había
aparecido en ella. —Disculpa que te interrumpa—dijo, pero desde fuera se oyen
perfectamente tus alaridos.
Heim echó entonces un vistazo al gran salón, atestado de adolescentes
briskinistas: voluntarias uniformadas, que habían venido de todo el país para colaborar
en la elección del candidato republicano—liberal.
—Lo siento—murmuró Heim.
Pat entró en el despacho y cerró la puerta tras ella.
—Creo que Jim tiene razón, Sal—observó.
Era pequeña y de cuerpo gracioso; en otra época había sido bailarina. Tomó
asiento y encendió un cigarrillo.
—Cuanto más ingenuo, mejor parece Jim—manifestó, dejando escapar el humo
gris por entre sus labios pálidos y luminosos—. Aún llevas a cuestas cierta reputación
de cínico cuando, por el contrario, deberías ser otro Wendell Wilkie.
—Wilkie perdió las elecciones—señaló Heim.
—Y Jim también podría perderlas —dijo Pat, apartando de sus ojos un largo
mechón de cabellos—. Pero si pierde podrá volver a presentarse y ganar la próxima
vez. Para él lo importante es aparecer inocente y sensible, como una persona dulce
que carga sobre sus hombros todo el sufrimiento del mundo, porque ésa es su forma
de ser. No puede evitarlo; tiene que sufrir. ¿Te das cuenta?
—No sois más que aficionados—gruñó Heim.
Los segundos pasaban y las cámaras de televisión estaban listas para empezar;
Jim Briskin podía disponer del tiempo necesario para su discurso. Se sentó ante el
pequeño escritorio que utilizaba cada vez que se dirigía al público. Frente a él, cerca de
su mano, yacía el texto de Phil Danville. Todavía no había resuelto qué haría con él y
meditaba en su sillón, mientras los técnicos se preparaban para la grabación.
El discurso seria radiado a la estación retransmisora del satélite del partido
republicano—liberal y desde allí se difundiría repetidamente hasta alcanzar el punto de
saturación necesario. Era probable que los intentos de interferencia de los
demócratas—conservadores fallaran, ya que la fuerza de recepción del satélite RL era
enorme. El mensaje se llevaría a cabo a pesar del Acta de Tompkin, que autorizaba la
interceptación de material político. Y simultáneamente se podría interferir el discurso de
Schwarz; su emisión estaba programada para la misma hora.
Frente a Jim se hallaba sentada Patricia Heim, sumergida en una nube de nervios
e introspección. Y en la cabina de control, Briskin pudo divisar a Sal, ocupado con los
ingenieros de TV, cerciorándose de que la imagen fuera atractiva.
Por último, apartado por su propia voluntad en, un rincón, estaba Phil Danville.
Nadie hablaba con Danville; los señores del partido, que entraban y salían del estudio,
ignoraban astutamente su presencia.
Un técnico hizo una seña a Jim. Era tiempo de empezar el discurso.
—Le ha hecho popular en estos días—dijo Jim Briskin ante las cámaras de TV—
mofarse de los viejos sueños y esquemas para la colonización planetaria. ¿Cómo
puede ser tan insensata la gente? Tratando de vivir en un medio ambiente del todo
inhumano..., en mundos jamás proyectados para el Homo Sapiens. Es curioso ver
cómo han tratado de alterar durante décadas este entorno hostil, procurando satisfacer
las necesidades humanas... y han fracasado.
Hablaba lentamente, casi arrastrando las palabras; se tomaba su tiempo. Gozaba
de la atención de toda la nación y se disponía a hacer buen uso de ella.
—Así, ahora estamos a la búsqueda de un planeta ya hecho, otro Venus, o con
más exactitud, lo que Venus nunca fue específicamente. Lo que nosotros esperábamos
que fuera: lozano, pródigo, sencillo y productivo; Jardín del Edén esperando que
fuéramos a descubrirlo.
Patricia, en una actitud reflexiva, fumaba su selecto cigarro "EI Producto", sin
apartar su mirada de él.
—Bien—dijo Briskin—, nunca lo encontraremos. Y si lo encontráramos, sería
demasiado tarde. Demasiado pequeño, demasiado lejano. Si queremos otro Venus,
otro planeta que podamos colonizar, tendremos que construirlo nosotros mismos.
Podemos reírnos de Bruno Mini hasta la muerte, pero el hecho es que él tenía razón.
Desde la cabina de control y presa de una densa angustia, Sal Heim tenía clavados
los ojos en él. Lo había hecho. Había ratificado el abandonado proyecto de Mini de
recrear la ecología de otro mundo. La locura reaparecería.
La cámara se apagó. Volviendo la cabeza, Jim Briskin vio la expresión que había
en el rostro de Sal Heim. Le habían interrumpido desde la sala de control; Sal había
dado la orden.
—¿No vas a dejarme terminar?—preguntó Jim
La voz de Sal tronó, amplificada:
—¡No, maldita sea! ¡No!
Poniéndose de pie, Pat le ordenó:
—Tienes que dejarle. El es el candidato. Si quiere hundirse, déjale.
También de pie, Danville exclamó roncamente:
—Si vuelves a interrumpirle, lo difundiré públicamente. Diré que le manejas como a
un títere.
Y acto seguido se encaminó hacia la puerta del estudio, decidido a irse. Era
evidente que pensaba cumplir lo que había dicho.
Jim Briskin dijo:
—Es mejor que enciendas todo otra vez, Sal. Ellos tienen razón; debes dejarme
hablar.
No estaba enojado; sólo impaciente. Su deseo era continuar, nada más.
—Vamos, Sal—agrego con calma—. Estoy esperando.
Sal Heim y una camarilla del partido conferenciaban en la cabina de control.
—Va a ceder—comentó Pat a Jim—. Le conozco.
No había expresión alguna en su rostro; ella estaba molesta por la situación, pero
se había propuesto sobrellevarla.
—Tienes razón —convino Jim.
—¿Verás luego la repetición del discurso, Jim? —preguntó Pat—. Por
consideración a Sal, ¿sabes? Para estar seguro de que lo que has dicho era lo que te
proponías.
—Desde luego—aseguró Jim—. De todos modos había pensado hacerlo.
La voz de Sal Heim bramó desde el altavoz de una pared:
—¡Maldito sea tu negro pellejo Col, Jim!
Briskin esperó en su escritorio, con los brazos cruzados y una sonrisa burlona en
los labios.
Después del discurso, la secretaria de Prensa Dorothy Gill detuvo a Jim Briskin en
el pasillo, diciéndole:
—Señor Briskin, ayer me pidió usted que averiguara si Bruno Mini vivía aún. Y, en
cierto modo, está vivo.
La joven examinó sus anotaciones y prosiguió:
—Ahora trabaja como vendedor para una compañía de frutos secos en
Sacramento, California. Es evidente que ha dejado su carrera de recreación, pero
posiblemente su discurso le haga volver a ella.
—No lo creo—dijo Briskin—. A Mini puede disgustarle que un Col recoja sus ideas
y las difunda.
—Gracias, Dorothy.
A su lado, Sal Heim meneó la cabeza y declaró:
—Jim, no tienes el más mínimo instinto político.
Encogiéndose de hombros, Jim Briskin repuso:
—Es posible que tengas razón.
Ese era su estado de ánimo ahora; se sentía pasivo y deprimido. De todos modos
el daño estaba hecho. El discurso había sido grabado y ya estaban transmitiéndolo al
satélite RL. La revisión que había hecho de él era, en el mejor de los casos, superficial.
—He oído lo que dijo Dorothy—comentó Sal—. Es decir, que tendremos a ese Mini
por aquí; habrá que lidiar con él en medio de todos nuestros Problemas. De todas
maneras, ¿qué tal te vendría un trago?
—Aceptado—dijo Jim Briskin—. Donde tú quieras. Indica el camino.
—¿Puedo ir con vosotros? —preguntó Patricia, apareciendo junto a su esposo.
—Seguro—repuso Sal, mientras la rodeaba con un brazo y la estrechaba contra
sí—. Una copa bien grande, alta y llena de burbujillas caprichosas y refrescantes que
duran todo el trago: como les gusta a las mujeres.
Cuando salieron a la calle, Jim Briskin vio a dos manifestantes que llevaban
pancartas.
MANTENGA BLANCA LA CASA BLANCA
¡NO DEJE QUE AMERICA SE ENSUCIE!
ASEO
Los dos manifestantes, dos jóvenes Caucs, clavaron sus ojos en él; Sal y Patricia
les miraron fijamente. Nadie habló. Varios fotógrafos dispararon sus cámaras; la luz de
sus flashes iluminó por un instante la estática escena, y luego Sal y Patricia, seguidos
por Jim Briskin, continuaron su camino. Los dos manifestantes siguieron su marcha.
—Malditos—murmuró Pat, mientras los tres se sentaban dentro de una cabina en
la cafetería que quedaba frente al estudio de televisión.
Jim Briskin observó:
—Cumplen con su flmción. Evidentemente, Dios quiere que hagan eso.
El incidente no le molestaba de manera particular; de un modo u otro, esto había
formado parte de su vida desde que tenia memoria.
—Pero Schwarz ha aceptado que las cuestiones de raza y religión quedaran fuera
de la elección —protestó Pat.
—Bill Schwarz, sí—subrayó Jim Briskin—, pero Verne Engel, no. Y es Engel quien
conduce ASEO, no Schwarz.
—Sé de sobras que el DC apoya económicamente ASEO—argulló Sal—. Sin ese
apoyo se vendría bajo en cuestión de horas.
—No estoy de acuerdo contigo—dijo Jim—. Creo que el odio se organizará siempre
en torno a agrupaciones como ASEO y que siempre habrá gente que las apoye.
Después de todo, ASEO tenia un propósito. No querían que hubiera un Presidente
negro; ¿no tenían derecho acaso a opinar así? Algunas personas eran de este parecer,
otras no; era muy natural. "¿Y por qué —se preguntaba— debemos pretender que la
raza no sea un factor de elección? Lo es, en realidad. Soy un negro. La posición de
Verne Engel es objetivamente correcta." La verdadera incógnita era: ¿qué porcentaje
del electorado sustentaba las ideas de ASEO?
Ciertamente, ASEO no heria sus sentimientos; no podían herirle: ya tenia una larga
experiencia acumulada durante sus años de locutor de noticiarios. "En mis años de
negro norteamericano", pensó ácidamente.
Un niño, blanco, llegó a la cabina, llevando consigo un lápiz y un bloc de papel.
—Señor Briskin—dijo—, ¿puede firmarme un autógrafo?
Jim garabateó su firma y el niño salió corriendo a encontrarse con sus padres en la
puerta de la cafetería. La pareja, bien vestida, joven y obviamente de clase alta, le hizo
señas alegremente.
—¡Estamos con usted! —gritó el hombre.
—Gracias—contestó Jim, asintiendo con la cabeza y tratando sin éxito de parecer
también alegre.
—Vaya humor que tienes—comentó Pat.
Briskin asintió en silencio.
—Piensa en toda la gente de piel blanca como las azucenas—observó Sal—, que
va a votar a un Col. Hombre, es muy estimulante. Prueba que no todos los blancos
hemos caído tan bajo.
—¿Dije alguna vez que así fuera?—preguntó Jim
—No, pero lo crees. No confías realmente en ninguno de nosotros.
—¿De dónde has sacado eso?—inquirió Jim, enojado.
—¿Qué vas a hacerme?—exclamó Sal—. ¿Cortarme en trocitos con tu rasuradora
magnético-electrográfica?
Pat se interpuso tajantemente.
—¿Qué haces, Sal? ¿Por qué hablas a Jim de ese modo?—y mirando alrededor
nerviosamente, agregó—: Imagina que por casualidad alguien escuchara.
—Estoy tratando de sacarlo de su depresión—replicó Sal—. No me gusta verle
ceder ante los otros Esos manifestantes de ASEO le preocupan, pero él no quiere
reconocerlo.
Miró a Jim.
—Te lo he oído decir varias veces—dijo—: "No pueden herirme". Por supuesto que
pueden. Ahora mismo te han herido. Tú pretendes que todos te quieran, los blancos y
los Cols, todos. No comprendo cómo has logrado ingresar en la política. Debiste
haberte quedado como locutor, deleitando a jóvenes y viejos. Especialmente a los
adolescentes.
Jim declaró:
—Quiero ayudar a la raza humana.
—¿Cambiando la ecología de los planetas? ¿Lo dices en serio?
—Si me eligen para el cargo, estoy decidido a nombrar director del Programa
Espacial a Mini, sin conocerle personalmente; voy a darle la oportunidad que nunca ha
tenido, ni siquiera cuando...
—Si te eligen, podrías absolver al doctor Sands —sugirió Pat.
—¿Absolverle? —dijo Jim, mirándola desconcertado—. No lo están juzgando; sólo
está tratando de divorciarse.
—¿No has oido los rumores?—preguntó Pat—. ¡Su mujer está a punto de desvelar
un crimen que éI ha cometido, y asi podrá ganar el juicio y quedarse con todas las
propiedades de ambos. Nadie sabe de qué se trata, pero ella ha dejado entender que...
—No quiero oírlo—objetó Jim Briskin.
—Puede que tengas razón—reflexionó Pat—. El divorcio de los Sands se está
volviendo desagradable. Mencionarlo, como quiere Sal, podría volverse en tu contra. La
amante, Cally Vale, ha desaparecido; probablemente la hayan asesinado... Tal vez no
nos necesites, después de todo.
—Os necesito—concretó Jim—, pero no para que me embrolléis en los problemas
matrimoniales del doctor Sands.
Tomó su bebida.
El técnico Rick Erickson, de Transcursores Instantáneos Pethel, Ventas y
Reparaciones, encendió un cigarrillo e inclinó su banquillo hacia atrás, empujándose
con sus huesudas rodillas contra la mesa de trabajo. Frente a él estaba la torrecilla
principal de un transcursor defectuoso. Concretamente, el pertenecía al doctor Lurton
Sands.
Siempre había habido desperfectos en los transcursores. El primero que se había
puesto en uso estaba fuera de servicio; eso ocurrió varios a atrás, pero desde entonces
los transcursores no habían modificado en lo esencial.

Históricamente, el primer transcursor defectuoso había pertenecido a un empleado
de Investigaciones Terran, llamado Henry Ellis. Siguiendo una costumbre muy humana,
Ellis no había comunicado el desperfecto a sus patrones... o, por lo menos, eso era lo
que recordaba Rick. A la sazón, él no había entrado en la profesión, pero el mito
subsistía, una leyenda increíble que aún circulaba entre reparadores de transcursores y
según la cual, gracias al defecto de su aparato, Ellis—se hacia difícil creerlo—había
compuesto la Santa Biblia.
Los transcursores se caracterizaban por hacer posible una forma limitada de viaje a
través del tiempo. A lo largo del tubo de su artefacto—se decía—Ellis había encontrado
un punto débil, una trémula luz dentro de la cual se podía ver una acción instantánea.
Se había agachado y había observado un conglomerado de personas pequeñas que
gemían con voces aceleradas, moviéndose precipitadamente en el mundo, al otro lado
de la pared del tubo.
¿Quién era aquella gente? En un principio, él no lo supo, pero aun así había
trabado relación con ellos; había aceptado unas hojas—sorprendentemente finas y
pequeñas—, que contenían preguntas y las había llevado al equipo de decodificación
de lenguaje que funcionaba en Investigaciones Terran y, una vez los extraños escritos
de la gente pequeña estuvieron traducidos, los llevó a una de las computadoras
grandes de la compañía para que contestara las preguntas.
Luego volvió al Departamento de Lingüística al caer la noche, retornó al tubo del
transcursor para devolver a la gente pequeña —en su propio idioma—las respuestas a
sus preguntas.
Evidentemente, si hay que dar crédito a esto, Ellis era un hombre caritativo.
Sin embargo, Ellis suponía que no se trataba de una raza terráquea, e insistía en
que era un diminuto planeta de otro sistema. Estaba equivocado. Conforme a la
leyenda, la gente pequeña pertenecía al propio pasado de la Tierra; el idioma,
naturalmente, era hebreo antiguo. Rick no pretendía saber si la historia era o no cierta,
pero, en todo caso, debido a alguna sospechosa infracción de las leyes de la
compañía, había sido despedido de Investigaciones Terran, y desde entonces había
desaparecido. Quizá había emigrado; ¿quién podía saberlo? ¿A quién podía
importarle? La misión de Investigaciones Terran era descubrir la pequeña mancha del
tubo y procurar que efecto no reapareciera en los sucesivos transcursores.
De repente, en el extremo de la mesa de trabajo Rick, sonó con estridencia el
intercomunicador.
—Oye, Erickson—dijo la voz de Pethel—. El doctor Sands está aquí y pregunta por
su transcursor. ¿Cuándo estará listo?
Con el mango de un destornillador, Rick Erickson golpeó fuertemente la torrecilla
del artefacto de Sands. "Será mejor que suba y hable con Sands —pensó—. Esto me
está volviendo loco. No es posible que funcione tan mal como para que se queje así."
De dos en dos escalones, Rick Erickson subió a la planta baja. Allí, por la puerta
principal, salía un hombre; era Sands: Erickson le reconoció por las fotos de los
periódicos. Se apresuró y le dio alcance al llegar a la calle.
—Oiga, doc . ¿Cómo dice usted que su aparato le traslada de golpe a Portland,
Oregón y sitios por el estilo? No es posible... ¡No está preparado para eso!
Se quedaron mirándose el uno al otro. El doctor Sands, bien trajeado, enjuto y
ligeramente calvo, de piel muy bronceada y nariz afilada, le miraba de un modo
complejo, calculando la respuesta. Parecía inteligente, muy inteligente.
"Así que éste es el hombre sobre el que todo mundo escribe—se dijo Erickson—.
Sabe vivir mejor que cualquiera de nosotros; su traje es de piel de alacrán marciano."
No obstante, se sintió irritado. El doctor Sands tenía modales suaves; bien parecido al
frisar los cuarenta y cinco años, tenía aire de afabilidad bonachona y confundida, como
fuera incapaz de comprender o manejar los sucesos que le habían sobrecogido.
Erickson lo notaba; doctor Sands tenía una distinción trastornada, apabullada.
Mas no por ello dejaba de ser un caballero. En un tono calmoso y preciso dijo:
—Pues parece que eso es lo que hace. Me gustaría poder darle más detalles, pero
la mecánica nunca ha sido mi fuerte.
Su sonrisa desarmó a Erickson, haciendo que se avergonzara de su rudeza.
—Bueno..—dijo Erickson, cambiando de actitud—. La culpa la tiene IT. Podrían
haber eliminado hace años los defectos de los transcursores. Es una lástima que usted
tenga un cacharro así.
"No pareces tan mal tío", reflexionó.
—Un cacharro así —repitió el doctor Sands— encima eso. Es mi suerte, ¿sabe?
Todas mis cosas han andado igual últimamente.
Su expresión cambió; parecía divertido.
—Tal vez yo pudiera hacer que IT se lo cambiase por otro —comentó Erickson.
Sands meneó la cabeza con energía.
—No—dijo—. Quiero ése especialmente.
Su tono se había vuelto firme; lo decía en serio.
—¿Por qué?
¿Quién podía querer quedarse con un verdadero cacharro? No tenia sentido. De
hecho, todo el asunto olía de un modo extraño, que Erickson, con su aguda
perspicacia, había detectado; en sus horas de trabajo había alternado con muchos
clientes.
—Porque es mío—respondió Sands—. Lo elegí yo.
Continuó su camino, calle abajo.
—No pensará que voy a creerme eso—dijo Erickson, como para si.
Sands se detuvo y preguntó:
—¿Qué?
Retrocedió un paso, ahora con el rostro sombrío. La afabilidad había desaparecido.
—Discúlpeme. No quise ofenderle —dijo Erickson, mirando a Sands fijamente.
No le gustó lo que vio. Bajo la suavidad del doctor Sands había una gran frialdad,
algo estático y frío. No era una persona común, y Erickson se sintió incómodo.
—Arréglelo pronto—dijo Sands con sequedad.
Se volvió y se fue con grandes zancadas, dejando a Erickson perplejo.
"¡Diablos!—se dijo éste, silbando—. Pobre de mi, no querría tener líos con él."
Caminó hacia el establecimiento. Bajando los escalones de uno en uno, con las manos
hundidas en los bolsillos, pensó que lo mejor sería armar de nuevo el aparato y hacer
un viaje en él. Se acordó otra vez del viejo Henry Ellis, el primer hombre que había
recibido un transcursor defectuoso. Recordaba que Ellis tampoco había querido
cambiarlo. Tenía sus buenas razones.
De vuelta al taller del sótano, Rick se sentó junto a la mesa de trabajo, cogió la
torrecilla principal del transcursor instantáneo del doctor Sands y comenzó a unir sus
piezas. Al cabo de poco rato había vuelto a colocarlo hábilmente en su lugar y lo había
enganchado al circuito.
"Ahora—se dijo, mientras conectaba la energía motriz—, veamos adónde nos
lleva." Pasó a través del aro brillante que rodeaba la entrada del artefacto y se
encontró—como de costumbre—, dentro de un tubo gris informe, que se estrechaba en
ambas direcciones. Tras él, enmarcada por la abertura quedaba su mesa de trabajo. Y
frente a él...
La ciudad de Nueva York. La visión inestable de una activa esquina de la calle a la
que daba la oficina del doctor Sands. Y más arriba, el prisma triangular del enorme
edificio de plástico—una mezcla de compuestos rexeroides de Júpiter—, con su
infinidad de pisos, sus innumerables ventanas... y más allá los retropropulsores
individuales despegando o llegando a las rampas, en las cuales los transeúntes se
desplazaban en multitudes tan densas que parecían autodestructivas. La ciudad más
grande del mundo, cuatro quintos de ella quedaban bajo tierra; lo que Erickson veía no
era más que una escasa porción, sólo una traza de su extensión visible. Nadie, en toda
su vida, ni siquiera un veterano, podía verla integra; la ciudad era demasiado extensa.
"¿Lo ves? —rezongaba Erickson para sí—. El transcursor funciona a la perfección;
esto no falla, es exactamente lo que debe ser." Agachándose, deslizó su mano experta
por la superficie de transcursor. ¿Qué buscaba? No lo sabía. Algo que justificara la
insistencia del doctor en conservar especialmente aquel transcursor.
Se tomaría el tiempo necesario. No le corría prisa. Estaba decidido a encontrar lo
que buscaba.
El discurso sobre recreación planetaria que había pronunciado Jim Briskin —
grabado en las primeras horas del día y luego retransmitido por el satélite RL—, había
sido demasiado penoso como para que Salisbury Heim lo soportara. Por eso había
decidido tomarse una hora de descanso y buscar alivio como lo hacían mucho
hombres: subió a un taxi a reacción y en pocos instantes volaba hacia el satélite Salón
de 20 placeres. "Deja que Jim se canse de hablar de ese chiflado programa de
ingeniería de Bruno Mini—pensaba en el asiento trasero del taxi aéreo, gozando de
aquella pausa en sus tareas—. Deja que él mismo se ahorque. Por lo menos yo no
tengo por qué dejarme arrastrar en su caída. A veces me tienta la idea de desertar del
partido poco antes de las elecciones y pasarme al lado de los demócratasconservadores."
Sin lugar a dudas, Bill Schwarz le recibiría con los brazos abiertos. Heim ya había
tanteado, a través de un contacto muy sutil, la posible reacción de la oposición.
Schwarz había aprovechado estos tenues lazos para expresar su entera conformidad
ante una eventual unión de fuerzas con él. Sin embargo, Heim no estaba preparado
aún para hacer su jugada; no había desarrollado bien su plan.
Al menos no hasta entonces. Aquella inesperada y desoladora sorpresa... ¡Justo
cuando el partido tenía tantos problemas por resolver!
El quid de la cuestión—sabía esto por los padrones electorales—era que Jim
Briskin iba a la zaga de Schwarz, a pesar de contar con todos los votos de los Cols,
que incluían también las razas no negras, tales como los portorriqueños de la costa
Este y los mexicanos del Oeste. La diferencia era amplia. Pero, ¿por qué se rezagaba
Briskin? Porque todos los blancos concurrirían a las elecciones, mientras que sólo un
sesenta por ciento de los Cols se dejarían ver ese día. Se mostraban increíblemente
apáticos con respecto a Jim. Tal vez pensaran—Sal lo había oído decir—que Jim se
había vendido a los intereses de los blancos. Que no era, aun siendo Col, un autentico
líder de la gente de su raza. Y en alguna medida era verdad. Porque Jim Briskin
representaba tanto a blancos como a Cols.
—Ya hemos llegado, señor—le informó el conductor del taxi.
El vehiculo aminoró la marcha y se posó sobre la superficie en forma de pechos de
mujer, a unos diez metros del pezón rosado que hacia las veces señal de posición.
—¿Usted es el asesor de Jim Briskin?—preguntó el conductor, que era Col,
volviéndose hacia él—. Le he reconocido. Oiga, señor Heim; él no está vendido, ¿no es
cierto? He oido a mucha gente discutir sobre eso, pero no creo que él sea de ésos,
estoy seguro.
—Jim Briskin—dijo Heim, mientras buscaba su billetera—jamás se ha vendido a
nadie. Y nunca se venderá. Puede decir eso a sus hermanos de raza, porque es
verdad.
Pagó su viaje. Se sentía malhumorado. Condenadamente malhumorado.
—¿Pero es cierto que...?
—Trabaja con gente blanca, si. Mi esposa y yo trabajamos con él. ¿Y qué? ¿Acaso
van a desaparecer blancos cuando Briskin sea electo? ¿Es lo que queréis? Porque si
queréis eso, no lo vais a conseguir.
—Creo que sé a qué se refiere—manifestó el conductor, asintiendo lentamente—.
Usted opina que él esta a favor de toda la gente, ¿no es eso? Comparte intereses de la
minoría blanca al igual que los de la mayoría Col. Os va a proteger incluso a vosotros,
los blancos.
—Eso es —contestó Salisbury Heim, mientras abría la puerta del taxi—. Como
usted dice, incluso a nosotros, los blancos.
Ya estaba de pie sobre el pavimento. "Si, incluso a nosotros—se dijo. Porque lo
merecemos."
—Hola, señor Heim.
Era una melodiosa voz de mujer. Heim se volvió.
—¡Thisbe! —exclamó, complacido—. ¿Cómo estás?
—Feliz de verte y de que no te hayas quedado abajo sólo porque tu candidato no
nos aprueba—dijo Thisbe Olt.
Arqueó graciosamente sus brillantes cejas, pintadas de color verde. En su rostro
estrecho, como de arlequín, relucieron incontables puntos de luz pura, clavados en su
piel; daban a su semblante misterioso la apariencia de la belleza siempre renovada. En
verdad se había renovado a lo largo de varias décadas. Cimbreándose, esbelta, casi
frágil, jugueteaba con las pequeñas borlas, hechas de una tela impregnada de piedras,
que colgaban de su brazo desnudo; se había puesto ropas ligeras para salir a recibirle
y él se sentía complacido. Ella le atraía mucho; hacía tiempo que le gustaba.
Cautelosamente, Sal Heim preguntó:
—¿Qué te hace pensar que Jim Briskin tenga algún motivo de queja contra el
Salón, Thisbe? ¿Alguna vez ha dicho algo al respecto?
Que él supiera, las opiniones de Jim sobre este punto nunca se habían hecho
públicas; por lo menos, él había tratado siempre de que las mantuviera ocultas.
—Esas cosas se saben pronto aquí, Sal —explicó Thisbe—. Creo que deberías
entrar y hablar de ello con George Walt— están abajo, en su oficina del nivel C. Tienen
un par de cosas que decirte, Sal. Lo sé porque les he oído discutirlas.
Molesto, Sal comenzó a decir:
—No he venido para...
¿De qué servía? Si los dueños del Salón querían hablarle, era conveniente que
fuera.
—De acuerdo—contestó.
Siguió a Thisbe en dirección al ascensor.
Pese a sus esfuerzos por evitarlo, siempre que trababa conversación con George
Walt se angustiaba. Eran una clase especial de mutantes; nunca había visto a nadie
como ellos. No obstante su impedimento, George Walt habían alcanzado un gran poder
económico en la sociedad. Se rumoreaba que el satélite Salón de los placeres era sólo
una de su posesiones, cuyo conjunto estaba vastamente diseminado en el mapa
financiero del mundo moderna Ellos eran una clase de mutantes gemelos, unidos por la
base del cráneo, de modo que una sola estructura cefálica servía a ambos cuerpos
separados. Era
evidente que la personalidad George habitaba un hemisferio del cerebro y usaba
un solo ojo: el derecho, según recordaba Sal. Y la personalidad Walt existía en el otro
lado, distinta, con su idiosincrasia propia, sus tendencias y sus puntos de vista... y su
ojo propio, desde el cual observaba el universo exterior.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el nivel C, un sirviente uniformado,
que hacía las veces de policía, detuvo a Sal.
—El señor George Walt quieren verme—arguyó éste—. O al menos eso me ha
dicho la señorita Olt.
—Por aquí, señor Heim —rogó entonces el sirviente, llevando la mano
respetuosamente hacia su gorra, mientras conducía a Sal a través del silencioso pasillo
alfombrado.
Fue guiado hasta una espaciosa habitación. En ella estaban George Walt,
sentados en un canapé. Los dos cuerpos se pusieron de pie a un mismo tiempo,
sosteniendo entre ellos la cabeza común. La cabeza, con las entidades de los
hermanos bien separadas, hizo un gesto de bienvenida y la boca sonrió. Un ojo—el
izquierdo—le miraba con fijeza, mientras el otro se extraviaba vagamente, como si
estuviera preocupado.
Los dos cuellos se unían de un modo tal que la cabeza y el rostro quedaban algo
inclinados hacia atrás. George Walt tendían siempre a mirar por encima de su
interlocutor, no importaba quién fuera, y a esto se agregaba su singular expresión.
Todo
hacía que parecieran formidables, que fuera imposible atraer su atención. La
cabeza era de tamaño normal, pese a todo, al igual que los cuerpos. El cuerpo de la
izquierda—Sal no recordaba a quién pertenecía—llevaba ropas informales: una camisa
de algodón, anchos pantalones y sandalias en los pies. El de la derecha, en cambio,
llevaba un traje con una sola chaqueta, corbata y una capa corta abotonada de color
gris. Las manos del cuerpo de la derecha estaban hundidas en los bolsillos del
pantalón, postura que le daba un aire de autoridad cuando no de edad, ya que parecía
notablemente mayor que su gemelo.
—Soy George—dijo con amabilidad la cabeza. ¿Cómo está, Sal Heim? Me alegro
de verle.
El cuerpo de la izquierda extendió su mano, caminó hacia ellos y estrechó
enérgicamente su mano. El cuerpo de la derecha no quiso estrechar la suya; la dejó en
el bolsillo.
—Soy Walt—indicó luego la cabeza, con me afabilidad—. Queríamos discutir con
usted sobre candidato, Heim. Siéntese y tome un trago. Diga ¿qué quiere que le
prepare?
Los dos cuerpos se las arreglaron para ir juntos hasta el copero, en el que podía
verse un bar bien provisto. Las manos de Walt abrieron una botella aguardiente de
maíz, mientras las de George preparaban hábilmente un Old Fathioned, mezcla azúcar,
agua y bíter en el fondo de un vaso. Juntos George Walt terminaron de preparar el
cóctel y se lo alcanzaron a Sal.
—Gracias—dijo Sal, cogiendo el vaso.
—Le habla Walt—dijo la cabeza común—. Sabemos que si Jim Briskin resulta
elegido, dará instrucciones a su secretario de Justicia para que encuentre el modo de
clausurar el satélite. Es un hecho ¿no?
Los dos ojos, ahora juntos, clavaron en él mirada intensa y astuta.
—No sé dónde podéis haber oído una cosa así —replicó Sal, evasivamente.
—Le habla Walt—anunció la cabeza—. Hay informante en su organización. Por eso
nos enteramos. Usted se da cuenta de lo que esto significa. Tendremos que volcar
nuestro apoyo en Schwarz. Sabe usted muy bien la cantidad de transmisiones que
hacemos a la tierra día tras día.
El suspiró. El Salón mantenía una corriente ininterrumpida de shows de baja
calidad, que llegaban a través de una gran variedad de canales, y aunque estaban
dirigidos a los hombres, eran vistos por casi todo el país. Los shows, especialmente
esa orgía en la que aparecía la misma Thisbe—con su famoso despliegue de músculos
contrayéndose y extendiéndose—eran un poderoso impulso para la actividad del
satélite. Organizar una campaña en contra de Briskin sería muy sencillo: los publicistas
del satélite eran diestros profesionales.
Dejando el vaso, Sal se puso de pie y se encaminó hacia la puerta.
—Adelante. Poned vuestros shows en contra de Briskin. Ganaremos de todos
modos las elecciones, y entonces sí podéis estar seguros de que él os clausurará. Es
más, yo en persona os lo garantizo ahora mismo.
La cabeza parecía preocupada.
—¡Eso sería abuso de poder! —bramó.
Sal se encogió de hombros.
—Yo sólo protejo los intereses de mi cliente; sereis vosotros los que comenzasteis
con amenaza.
—Le habla George—señaló con rapidez la cabeza. Esto es lo que yo creo que hay
que hacer. Presta atención, Walt. Queremos que Jim Briskin venga hasta aquí y se
fotografíe públicamente.
Walt mismo celebró la propuesta.
—Es una buena idea. ¿Entiende, Sal? Briskin llega, rodeado por todos los medios
de difusión y besa a una de nuestras chicas; a él le conviene, pues aparecerá como un
hombre normal, no como cretino. De ese modo os beneficiáis vosotros. Unos elogios.
Un buen toque final, aunque optativo. Por ejemplo, puede decir que los intereses de la
nación tienen...
—Nunca lo hará—aseguró Sal—. Antes perdería las elecciones.
La cabeza dijo con acento lastimero—
—Le daríamos la mujer que quisiera; tienen quinientas para elegir.
—No tendréis suerte —dijo Sal Heim—. Si me hicieseis esa oferta a mí, yo
aceptaría en seguida. Pero no Jim. Él es... chapado a la antigua. Es puritano. Hasta
podría decirse que es un remanente del siglo XX.
—O del XIX—dijo venenosamente la cabeza.
—Decid lo que os parezca—apuntó Sal—. A él no le importa. El tiene sus
convicciones; creedme, este satélite es... una deshonra. El modo en que hacen las
cosas aquí, bum, bum, bum..., todo mecánicamente, sin que haya contacto personal,
sin que las relaciones personales tengan una base humana. Conducís esto como un
autoservicio; yo no me opongo, ni la mayoría de la gente lo hace, porque ahorra
tiempo. Pero Jim se opone, porque es un sentimental.
Los dos brazos derechos amenazaron a Sal mientras la cabeza decía a viva voz:
—¡Al diablo con eso! Aquí arriba somos tan sentimentales como el que más.
Ponemos música de fondo en todos los cuartos y las muchachas aprenden siempre el
nombre de pila de todos los clientes y se les exige llamarlos por éste y no por ningún
otro. ¿Cuánto más sentimentales quiere que seamos, por el amor de Dios? ¿Qué es lo
que en realidad desea?
En tono aún más alto, casi rugiendo, agregó:
—¿Una ceremonia de casamiento antes y un divorcio después para que sea un
matrimonio legal? ¿Es eso? ¿O quiere que enseñemos a las chicas a planchar y a usar
ropas de mamá y calzones y que los clientes paguen para verles los tobillos? Escuche,
—su voz bajó de tono y se volvió siniestra, letal—.Escuche, Sal Heim—repitió—.
Conocemos nuestro negocio. No se meta en él y nosotros no nos metemos en el suyo.
A partir de esta noche, nuestros anunciadores insertarán un aviso a favor de Schwarz
en cada transmisión que se haga a la Tierra; justo en medio de esa gloriosa obra de
arte, usted sabe a qué me refiero, cuando las muchachas..., bueno, ya sabe. Quiero
decir, en esa parte precisamente. Vamos a hacer una campaña acerca de esto; lo
expondremos al público. Vamos a asegurar la reelección de Schwarz. Y asegurar que
la derrota de ese Col sea completa, total.
Sal no dijo palabra. La amplia oficina alfombrada quedó en silencio.
—¿No va a responder, Sal? ¿Va a quedarse de brazos cruzados?
—He venido hasta aquí para visitar a una chica que me gusta—declaró Sal—. Se
llama Sparkey Rivers. Querría verla ahora. Se sentía fatigado.
—Es diferente de todas las que he probado—agregó—. Pero en seguida,
pasándose la mano por la frente murmuró—: No, estoy muy cansado ahora. He
cambiado de idea. Me iré.
—Si es tan buena como dice—observó la cabeza, no le requerirá ningún esfuerzo.
Se rió festejando su ocurrencia, y mientras una de sus manos oprimía un botón en
el escritorio, ordenando.
—Enviad aquí a una tal Sparkey Rivers.
Sal asintió con desgana. Después de todo, era eso lo que había ido a buscar. Ese
antiguo y valioso medio.
—Usted trabaja demasiado, Sal—mencionó cabeza—. ¿Qué ocurre? ¿Va
perdiendo el RL? Temo que necesita nuestra ayuda, y mucho.
—¿Ayuda? ¡Qué va!—repuso Heim—. Lo que necesito es un descanso de varias
semanas, pero precisamente aquí. Debería coger un taxi e irme a Africa a cazar arañas
o lo que esté de moda ahora.
Con todos sus problemas había perdido contacto con la moda.
—Las arañas cavatrincheras están muy pasadas —le informó la cabeza—. Ahora
se acostumbra de nuevo cazar polillas nocturnas.
El brazo derecho de Walt señaló la pared y pudo ver, expuestos detrás de un
cristal, tres enormes cadáveres iridiscentes, cuyos numerosos colores brillaban bajo un
haz de luz ultravioleta.
—Los he cogido yo mismo—dijo la cabeza. E inmediatamente se regañó—. No
fuiste tú. He sido yo. Tú las viste, pero yo las metí en el tarro mortífero.
Sal Heim se sentó en silencio a esperar a Sparkey Rivers, mientras los dos
habitantes de la casa discutían entre sí quién de ellos había atrapado polillas africanas.
El eficiente y costoso detective privado Tito Velli, de piel oscura, alcanzó a la mujer
sentada frente a él, en su oficina de Nueva York, las conclusiones que, a partir de los
datos suministrados, había extraído su computadora Altac 3-60. Era una buena
máquina.
—Cuarenta hospitales —dijo Tito—. Cuarenta operaciones de trasplante este
último año. Estéticamente, es improbable que el Fondo de Reserva de Organos Vitales
de la ONU dispusiera de tantos órganos en un lapso tan limitado, pero es posible. En
palabras, la pista no nos sirve.
Myra Sands acarició su falda pensativamente y encendió un cigarrillo.
Elegiremos al azar entre los cuarenta —indicó—. Quiero que investigue a cinco o
seis de ellos, al menos. ¿Cuánto cree que le llevará hacerlo?
Tito calculó en silencio.
que ir allí y hablar con la gente.
Desde luego, si pudiera averiguarlo por videófono...
Le gustaba trabajar con el videófono. De ese modo podía quedarse cerca de la
Altac 3-60 y si se le asaltaba alguna duda, podía colocar los datos en el aparato y
obtener sin demora una decisión. Sentía respeto por la 3-60. Le había costado una
fuerte cantidad de dinero un año atrás y no podía permitirse el lujo de dejarla ociosa; no
si era posible evitarlo a veces.
Estaba en una situación difícil. Myra Sands no es de las que toleran la
incertidumbre; para ella, las cosas debían ser esto o aquello, o A o no A. Hacía uso de
la ley de Aristóteles del Medio ido, más que nadie que él conociera. La administradora
era una mujer hermosa, extremadamente educada; tenia cabellos claros y frisaba los
cuarenta. Su pose era erguida; su traje, de lana lunar amarillo chillón; sus piernas,
largas y perfectas. Su mentón prominente dejaba ver—a Tito por lo menos— la fuerza
inflexible de su personalidad. Myra antes que nada, una mujer de negocios; como de
las más destacadas autoridades de la nación en el campo de la terapia especializada
en genes tenía elevados ingresos y altos honores. Ella lo sabía muy bien. Al fin y al
cabo, había trabajado muchos años en esto. Tito respetaba a los profesionales
independientes; después de todo, él también era propio patrón; no estaba sujeto a
nadie, a ninguna organización que le subvencionara ni tampoco a una entidad
económica. El y Myra tenían algo en común. Aunque, por supuesto, ella lo hubiera
negado. Myra Sands era muy orgullosa; para ella, Tito Cravelli era más que un
empleado a quien había contratado para averiguar —o mejor, para confirmar— cierta
información sobre su marido.
Tito no podía imaginar por qué Lurton Sands se había casado con ella.
Seguramente había habido un conflicto —psicológico, social, sexual, profesional—
desde el principio.
No encontraba explicación para la química que unía a hombres y mujeres con lazos
de odio y sufrimiento, a veces a lo largo de noventa años consecutivos. En su profesión
Tito había visto mucho de todo esto, lo suficiente como para no olvidarlo en sus años
de veterano.
—Llame al Hospital Lattimore de San Francisco —ordenó Myra, con voz firme y
autoritaria—. En agosto, Lurton hizo allí un transplante de bazo a un mayor del Ejército.
Creo que su nombre era Wall o algo parecido. Recuerdo que para esa época Lurton
estaba, ¿cómo le diré? Había bebido un poco de más. Era de noche y estábamos
cenando. Lurton hablaba de algo raro, maldiciendo. Decía algo como "pagar muy caro"
por un bazo. Usted sabe, Tito, que los precios del FROV están estrictamente fijados por
la ONU y no son altos; al contrario, son muy bajos. Por eso el fondo se queda tan a
menudo reservas de algunos órganos. No es tanto por la falta de suministros como por
el exceso de pedidos.
—Hum—murmuró Tito, tomando nota.
—Lurton siempre decía que si al menos el FROV aumentara los precios...
—¿Está segura de que era un bazo?—interrumpió Tito.
—Si—repuso Myra, asintiendo bruscamente y exhalando un humo gris, que llegaba
hasta la lámpara situada tras ella y que, formando una nube, se metió dentro de la
pantalla. Afuera estaba oscuro: eran las siete y media.
—Un bazo—apuntó Tito, recapitulando—. En Agosto de este año. En el Hospital
Lattimore de San Francisco. Un mayor del Ejército llamado...
—Ahora me parece que era Wozzeck—indicó—. ¿O ése es un compositor de
óperas?
—Es una ópera—explicó Tito—. De Berg. Ya casi no la representan.
Cogió el receptor del videófono.
—Trataré de comunicarme con las oficinas del Lattimore: allá en la costa sólo son
las cuatro y media.
Myra se puso de pie y vagó incansablemente por la oficina, restregándose las
manos enguantadas en esto que irritaba a Tito, impidiéndole concentrase en la
llamada.
—¿Ha cenado ya?—le preguntó, mientras esperaba la conferencia.
—No. Pero nunca como antes de las ocho y media a nueve; es una barbaridad
comer más temprano.
—¿Puedo invitarla a cenar, señora Sands? Conozco un pequeño restaurante
armenio que es maravilloso. La comida está preparada realmente por seres humanos.
—¿Seres humanos? ¿Qué quiere decir?
—Sistemas autónomos de preparación de comidas —murmuró Tito—. ¿O es que
usted no come nunca en restaurantes autoprep?
En realidad, los Sands eran ricos, era posible que siempre consumieran comida
hecha por seres humanos. Tito agregó:
—Personalmente no soporto los autoprep. La comida es siempre igual, nunca está
quemada, nunca —se interrumpió al ver que en la pantalla del videófono comenzaban
a formarse, en miniatura, los rasgos de una empleada del Lattimore. Le dijo—:
Señorita, pertenezco a la compañía Consultores para Investigación de los Factores de
Vida de Nue
York. Le llamo para que me informe sobre una operación que se practicó a un
mayor Wozzeck Olleck en el pasado mes de agosto; un trasplante de bazo.
—Espere —dijo Myra, súbitamente—. Ahora me acuerdo. No era de bazo... Era de
islotes de Langerhans, esa parte del páncreas que regula la producción de azúcar en el
cuerpo. Me acuerdo porque Lurton se puso a hablar de eso al verme poner dos
cucharadas de azúcar en el café.
—Buscaré eso entonces —dijo la muchacha Lattimore, que había escuchado a
Myra.
Se volvió hacia el fichero.
—Lo que quiero averiguar—especificó Tito—la fecha exacta en que se pidió el
órgano al FR de la ONU. Si usted pudiera facilitarme ese dato, por favor.
Esperó con su acostumbrada paciencia. Su posición requería esa virtud por encima
de cualquier otra incluyendo la inteligencia.
Al cabo de unos instantes, la chica dijo:
—El doce de agosto de este año se efectuó trasplante a un coronel Weiswasser.
Islotes de Langerhans, obtenidos el día anterior, once de agosto por FROV. La
operación estuvo a cargo del doctor Sands, y, naturalmente, él certificó la utilización del
órgano.
—Gracias, señorita—exclamó Tito, y cortó la comunicación
—Las oficinas del FROV están cerradas—informó Myra, cuando Tito volvió a
marcar—. Deberá esperar hasta mañana.
—Es que conozco a alguien de allí—replicó Tito, mientras continuaba marcando el
número.
—Finalmente consiguió hablar con Gus Anderton, su contacto en el banco de
órganos vitales de la FROV.
—Gus, te habla Tito. Fíjate, por favor, en agosto, islotes de Langerhans. ¿De
acuerdo? Mira si cirujano de quien te hablé activó unas en esa agencia.
—El contacto retornó casi en seguida con la respuesta.
—Es correcto, Tito; todo coincide. Once de agosto, islotes de Langerhans.
Transferidos por Saltamontes en Acción al Lattimore de San Francisco. Pura rutina.
Tito Cravelli cortó el circuito, exasperado. Después de una pausa, Myra, que seguía
paseando sin cesar por la oficina, exclamó:
—¡Pero estoy segura de que ha obtenido órganos ilegalmente! Nunca ha dejado
morir a nadie, pero el sabe que jamás ha habido tantos órganos en banco de reservas;
tiene que haberlos conseguido en algún otro lado. Lo mismo que ahora; estoy
convencida.
—De decirlo a probarlo...
Volviéndose a él, Myra chasqueó los dedos, observando:
—Aparte del banco de la ONU, sólo hay otro lugar adonde podría acudir.
—De acuerdo —expuso Tito, asintiendo—. Pero como dice su abogado, debe tener
pruebas antes de formular el cargo; si no él entablará juicio por calumnia, libelo,
difamación y todas esas cuestiones. Es lógico; usted no le deja alternativa.
—Esto no le gusta a usted nada—comentó Myra.
Tito se encogió de hombros.
—No es necesario que me guste—explicó—. No es eso lo que cuenta.
—Pero piensa que estoy metiéndome en terreno peligroso.
—Sí, claro. Aun si fuera cierto que Lurton Sand lo hizo.
—No diga "aun si fuera cierto". Es un fanático y usted lo sabe muy bien. Lurton se
identifica tan plenamente con su imagen pública de salvador de vidas, que esto ha
provocado en él una ruptura psicológica con la realidad. Es probable que haya
comenzado con poca cosa, con lo que le habrá parecido una situación especial, una
excepción; necesitaría un órgano determinado y lo habrá tomado. Y la vez siguiente...,
le habrá resultado más fácil. Y así, sucesivamente.
—Comprendo—dijo Tito.
—Creo que empiezo a saber qué es lo que debemos hacer—manifestó Myra—. Lo
que usted deberá hacer. Comience por aquí: comuníquese con su contacto en la ONU
y averigüe qué órganos faltan en este momento al banco. Luego será necesario
producir otra situación de urgencia: busque en algún hospital a alguien que necesite un
trasplante de ese órgano y haga que la persona pida que la atienda Lurton. Me doy
cuenta de que esto va a costar un montón de dinero, pero estoy dispuesta a hacerme
cargo de los gastos. ¿Entiende?
—Entiendo—dijo Tito.
"En otras palabras, tenderle una trampa a Lurton Sands—pensó—. Aprovechar su
determinación por salvar la vida a un moribundo..., hacer de su humanitarismo el
instrumento de su destrucción. ¡Vaya manera de ganarme la vida! El pan nuestro de
cada día... No; no es algo tan puro, si se trata un asunto como éste."
—Sé que podrá conseguirlo—dijo Myra, con vehemencia—. Usted es de los
buenos; tiene experiencia, ¿no es así?
—Sí, señora Sands—repuso Tito—. Tengo experiencia. Sí, posiblemente pueda
atrapar a este hombre. Hacerle tragar el anzuelo. No debería costarme mucho.
—Asegúrese de que su "paciente" le ofrezca una fuerte suma—subrayó Myra, con
voz amarga y tensa—. Lurton caerá, si ve que será bien retribuido. Eso es lo que le
interesa, a pesar de lo que usted y el maldito público pueda creer. He vivido muchos
casos con él y conozco sus pensamientos más íntimos.
Antes de continuar sonrió brevemente.
—Me parece vergonzoso que yo deba decirle como realizar su tarea —dijo—, pero
es obvio que se como hacerlo.
—Aprecio su ayuda —dijo Tito, con cierta torpeza.
—No, no es verdad. Usted cree que estoy haciendo algo malintencionado, por puro
despecho.—Yo no creo nada—arguyó Tito—. Yo sólo tengo hambre. Tal vez usted no cene
antes de las ocho y media o nueve, pero yo tengo espasmos pilóricos y debo comer a
las siete. Con su permiso. Voy a cerrar.
Se puso de pie empujando hacia atrás el sillón del escritorio. No repitió su
invitación de llevarla a cenar.
Buscando con la mirada su abrigo y su cartera, Myra Sands preguntó:
—¿Ha localizado a Cally Vale? ¿Dónde, en caso de que así sea?
—No he tenido suerte dijo Tito, sintiéndose incómodo.
Myra lo miró fijamente.
—Pero, ¿por qué no puede localizarla? —repitió—. Tiene que estar en alguna
parte.
No parecía estar muy convencida de su afiliación.
—Los funcionarios del tribunal tampoco pueden hallarla—señaló Tito—. Pero estoy
seguro de que aparecerá para el juicio.
El también se preguntaba por qué su personal no había podido encontrar a la
amante de Lurton Sands; después de todo, una persona no podía esconderse más que
en un determinado número de lugares, y los instrumentos para detección y seguimiento
de pistas, en especial durante las dos últimas décadas, habían alcanzado un nivel de
eficiencia sobrenatural.
Myra exclamó:
—Comienzo a creer que usted no es tan bueno. Me pregunto si no debería confiar
este asunto a alguien más eficiente.
—Usted decide—afirmó Tito.
Su estómago le dolía. Los espasmos pilóricos aumentaban. Se preguntaba si
aquella noche tendría alguna oportunidad de comer.
—Debe encontrar a la señorita Vale —reiteró—. Ella conoce todos los pormenores
de su actividad; es más, anda paseando por ahí la sangre del corazón que él le ha
entregado.
—De acuerdo, señora Sands—declaró Tito. Internamente, su dolor aumentaba.
Un joven negro, de cabellos muy oscuros, dijo con voz suave:
—Señora Sands, hemos venido a verla porque hemos leído sobre usted en el
periódico. Decía que era muy capaz y también que atendía a la que no poseía mucho
dinero. Nosotros no tenemos dinero ahora, pero quizá podamos pagarle adelante.
Bruscamente, Myra Sands exclamó:
—No os preocupéis por eso ahora.
Mirando de arriba abajo al muchacho y a la chica agregó:
—Veamos... Vuestros nombres son Art y Rachel, ¿no? Sentaos los dos y
conversemos.
Sonrió con su cálida y profesional sonrisa de bienvenida, reservada sólo a los
clientes; jamás al personal, ni siquiera a su esposo; o mejor dicho como pensaba ahora
de Lurton, su ex esposo.
La muchacha, Rachel, dijo con voz suave:
—Tratamos de que nos convirtieran en bibs, pero dijeron que primero debíamos
consultar a un consejero. Estoy..., bueno, verá usted, de un modo yo... tenía que
acabar embarazada. Lo siento.
Bajó la cabeza temerosamente, avergonzada tiempo que sus mejillas se tornaban
de color escarlata.
—Está muy mal que no le dejen a uno matarse como hace unos años. Porque eso
sería la solución —murmuró.
—Esa ley no era buena—afirmó Myra—. Por perfecto que sea el sueño prolongado,
sin duda es preferible al antiguo camino de la autodestrucción adoptada sobre la base
individual. ¿Cuánto hace estás encinta, querida?
—Un mes y medio, más o menos—respondió—Rachel Chaffy, levantando apenas
la cabeza.
Pudo hacer frente a la mirada de Myra; unos instantes al menos.
—Pues el proceso terapéutico no presenta dificultades—comentó Myra—. Es cosa
de todos los días. Podemos quedar para hoy al mediodía y haber terminado esta tarde
a las seis. En cualquiera de las muchas clínicas especializadas, gratuitas, que posee el
Gobierno en la zona. Aguardad un momento
Su secretaria había abierto la puerta del consultorio y le hacía señas.
—¿Qué quieres, Tina?
—Hay una llamada urgente para usted, señora Sands.
Myra encendió el videófono de su escritorio la pantalla se formaron los rasgos de
Tito Cravelli que resoplaba agitadamente.
—Señora Sands—dijo—. Discúlpeme por llamarla a su oficina tan temprano. Pero
es que casi todos los aparatos de seguimiento que hemos venido utilizando han
cumplido su horario de trabajo y están de vuelta en casa. Pensé que le interesaría
saber que Cally Vale no está en ningún lugar de la Tierra. Está del todo comprobado;
es definitivo.
Hizo una pausa, esperando que Myra hablara.
—Entonces, ha emigrado —opinó ésta, tratando de imaginarse la frágil y delicada
señorita Vale en la geografía de Marte o Ganímedes.
—No—aseveró Tito, agitando la cabeza con energía—. Hemos investigado eso,
por supuesto. Cally no ha emigrado. Parece ilógico, pero así es. Tiene duda de que
progresemos; estamos enfrentados a una situación imposible.
No parecía muy feliz por ello. Su rostro se había ensombrecido.
—No está en la Tierra y no ha emigrado—recalcó Myra.
Era obvio. ¿Cómo no lo había pensado antes, apenas Cally Vale se perdió de
vista?
—Ha ingresado en un almacén del Estado. Cally es una bib—afirmó.
La única posibilidad que quedaba.
—Estamos buscando allí—anunció Tito, con muy poco entusiasmo—. Admito que
es posible, pero no estoy muy convencido. Personalmente creo que debe haber
pensado algo nuevo, algo más original. Apostaría todo lo que tengo a que es así. El
tono de su voz se había vuelto insistente:
—Pero de todos modos revisaremos los noventa y cuatro almacenes del Ministerio
de Bienestar Social Especial. Eso por lo menos llevará dos días. Y al ver a la pareja
que esperaba en silencio, se interrumpió—: Mientras tanto... Quizá sea que lo discuta
con usted más tarde; no corre prisa.
—Tal vez lo que sugieren los periódicos haya ocurrido —pensó Myra—. Tal vez
sea cierto que Lurton la ha matado. De ese modo, Frank Fenner no podrá acudir a
declarar.
—¿Usted cree que Cally Vale está muerta?—preguntó Myra, bruscamente.
Ignoraba por completo a los Chaffy; aunque estaban sentados frente a ella, no
contaban en aquel momento: aquello era mucho más importante.
—No estoy en posición de... —comenzó a decir Tito.
Myra cortó la comunicación y la imagen de Tito se desvaneció.
—No estoy en posición de opinar—terminó de decir por él—. Pero, ¿quién lo está
entonces? ¿Lurton? "Tal vez ni él sepa dónde está Cally. Ella puede haberle
abandonado. Puede haberse ido al satélite Salón de los placeres y haberse unido a ese
ejército de chicas usando un nombre falso—pensó, imaginando a la amante de su
marido convertida en una esas criaturas asexuadas, mecánicas y automáticas de
Thisbe Olt—. ¿Cuál será Cally? ¿Una, dos, tres, cuatro? Sólo que la elección no
depende de uno, depende de ellos. Siempre. Es allí donde debieras estar, Cally—decía
Myra, interiormente, riendo—. Por el resto de tu vida. Por los próximos doscientos
años.
Luego se dirigió a la pareja:
—Disculpad la interrupción—encareció—. Y continuad, por favor.
—Bueno—dijo Rachel Chaffy, turbada—. Art yo sentimos que... hemos...
pensado... no querer provocarlo. No sé por qué, señora Sands. Sé que deberíamos
hacerlo. Pero no podemos.
Hubo un silencio.
—No sé para qué habéis venido a verme—exclamó Myra—. Si ya habéis tomado la
decisión. Es obvio que estéis un poco asustados... Al fin y al cabo, sois muy jóvenes.
Pero yo no voy a persuadiros. Una decisión de este tipo debe ser vuestra.
En una voz muy baja, Art puntualizó:
—No estamos asustados, señora Sands. No es eso. Queremos..., bueno,
querríamos tener el niño. es todo.
Myra Sands no supo qué decir. Nunca, en sus años de profesión, se había
enfrentado a algo así. Estaba desconcertada.
Creía que éste iba a ser un mal día. Este caso y la llamada de Tito eran demasiado
para ella. Y tan temprano. Aún no eran las nueve de la mañana.
En el sótano de Transcursores Instantáneos Pethel, Ventas y Reparaciones, Rick
Erickson se preparaba, por segundo día consecutivo, a entrar en el tanscursor averiado
del doctor Lurton Sands.
Aún no había encontrado lo que buscaba. Sin embargo, no tenía intención de darse
por vencido. Intuía que estaba cerca. Que no tardaría en encontrarlo.
Detrás de él, una voz dijo:
—¿Qué está haciendo, Rick?
Sobresaltado, Erickson miró en derredor. En la puerta del taller de reparaciones
estaba parado su patrón, Darius Pethel, con todo su peso enfundado en un arrugado
traje de lana marrón, de anticuado corte, veterano, que acostumbraba usar.
—Escuche—indicó Erickson—. Este es el transcursor del doctor Sands. Puede
tomárselo en solfa, yo creo que tiene escondida a su amante en él.
—¿Qué? —rió Pethel.
—Hablo en serio. No creo que esté muerta, y lo sé después de haber hablado con
Sands lo suficiente como para saber que él podría matarla si lo creyera necesario; es
esa clase de hombre. Además, nadie ha podido encontrarla; ni siquiera la mujer de
Sands. ¡Naturalmente! No la pueden encontrar, porque Lurton ha dejado aquí su
aparato, fuera de la vista. El sabe que está aquí, pero los demás no. Y no quiere que se
lo entreguemos, pese a lo que diga: quiere dejarlo aquí, aquí mismo, en este sótano.
Mirándolo fijamente, Pethel exclamó:
—¡Pedazo de alcornoque! ¿Es esto lo que has estado haciendo durante su tiempo
de trabajo? ¿Fantaseando historias de detectives?—¡Esto es importante! —replicó Erickson— ¡Aunque no le rinda ningún beneficio! Y
hasta puede que gane algo; si tengo suerte y la encuentro, vez usted pueda
cambiársela por dinero a la esposa de Sands.
Después de una pausa, Pethel se encogió de hombros filosóficamente.
—De acuerdo—manifestó—. Si es así, búsquela. Si llega a encontrarla...
Detrás de él apareció el vendedor de la firma, Stuart Hadley.
—¿Qué es lo que pasa, Dar? —preguntó jovialmente, tan alegre e interesado como
siempre.
—Rick está buscando a la amante del doctor Sands —informó Pethel, señalando
con el pulgar hacia el artefacto.
—¿Es guapa? ¿Tiene buena figura?—interrumpió Hadley.
Parecía hambriento.
—Debes de haber visto sus fotos en los periódicos—dijo Pethel—. Es muy
hermosa. ¿O crees que si no fuera algo excepcional el doctor hubiera arrugado su
matrimonio? Ven, Hadley, te necesito arriba. No podemos quedarnos los tres aquí
abajo. ¡A ver si alguien nos roba la caja registradora!
Comenzó a subir las escaleras.
—¿Y está aquí dentro? —preguntó extrañado Hadley, mientras se inclinaba para
espiar el interior del transcursor—. No la veo, Dar.
—Ni yo tampoco —farfulló Darius Pethel—. Y tamoco Rick, pero sigue buscando...
¡y en horas de trabajo! ¡Maldita sea! Escuche, Rick: si la encuentra ella es mi amante,
porque usted está trabajando para mí.
Los tres se rieron de lo que había dicho.
—De acuerdo—aceptó Rick, que estaba apoyado en sus rodillas y su mano libre,
mientras con el destornillador en la otra raspaba la superficie del transcursor—. Podéis
reíros y yo convengo que es gracioso. Pero no me detendré. Naturalmente, la grieta no
es visible— si lo fuera, el doctor Sands no se hubiera atrevido a dejar esto aquí. Tal
piense que soy un bruto, pero no tanto: la ha anulado y muy bien.
—Grieta —repitió Pethel, frunciendo el ceño y bajando de nuevo los escalones que
le separaban del sótano—. ¿Quiere decir como la que años atrás encontró Henry Ellis?
¿Esa ruptura en la pared del tubo que conducía a la antigua Israel?
—Eso es —contestó brevemente Rick, sin dejar de raspar.
Su ojo experto, altamente entrenado, había descubierto de súbito una ligera
irregularidad, una pequeña deformación. Inclinándose hacia delante, llevó su mano
hasta allí.
Sus dedos pasaron a través de la pared del tubo y desaparecieron.
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—¡Demonios!—dijo. Intentó mover sus dedos invisibles, sin sentir al principio; luego
tocó el borde superior dé la grieta.
—La he encontrado—exclamó—. ¡Darius! Miró a su alrededor, pero Pethel se
había ido.
—¡Darius!—volvió a gritar, sin recibir respuesta, entonces se volvió hacia Hadley,
diciendo—: ¡Maldita sea!
—¿Qué cosa ha encontrado?—preguntó Hadley entrando con cautela en el tubo—.
¿A Cally?
Rick Erickson introdujo la cabeza en la grieta.
Extendió los brazos en busca de algo a que agarrarse; cayó pesadamente al suelo
y maldijo. Al abrir sus ojos vio, hacia arriba, un cielo azul pálido unas pocas nubes
tenues. Y a su alrededor, un prado. Había abejas, o algo más o menos parecido a las
abejas, zumbando en torno a unas flores blancas del tamaño de un platillo y de tallos
muy altos.
El aire olía dulcemente, como si las flores hubieran impregnado la atmósfera con su
aroma.
"Estoy aquí—se dijo—. He conseguido llegar aquí donde Sands ha escondido a su
amante, para evitar que testifique a favor de su esposa en el juicio o la audiencia o
como quiera que se llame. Se incorporó con cautela. Detrás de él descubrió un débil
resplandor: el nexo con el tubo del transcursor que le conectaba al sótano del
establecimiento de Kansas City—. No quiero perder la conexión— pensó
precavidamente—. Si me pierdo, tal vez no sea capaz de regresar y eso puede ser
malo."
"¿Dónde me encuentro?—se preguntó—. Debo averiguarlo... ahora. La gravedad
es igual que en la Tierra. Debe de ser la Tierra, pues—decidió—. ¿Mucho tiempo
atrás? ¿Mucho tiempo en el futuro? Descubre qué es esto; ¡al diablo con la amante de
Sands. ¡Al diablo con él y sus problemas personales! Él no cuenta."
Miró desesperadamente a su alrededor buscando algún otro signo de vida; algún
animal o ser humano, algo que le dijera qué época era, si pasada o futura.
"El período Trilobites, tal vez. No, no puede ser Trilobites: fíjate en esas abejas.
Esta es la grieta que investigaciones Terran ha tratado de descubrir hace treinta años—
se dijo—. Pero el cretino que la encontró la utilizaba para sus viles propósitos, para el
solo fin de esconder a su querida. ¡Vaya tarado!"
Erickson echó a andar lentamente, paso a paso. Tras de allí se movía una figura.
Protegiendo sus ojos del resplandor del cielo, para descubrir qué era. ¿Un hombre
primitivo? ¿Un Cro-Magnon o algo parecido? ¿Un majestuoso habitante del futuro, tal
vez? Sus ojos bizquearon: era mujer; lo supo por los cabellos. Llevaba pantalones
anchos y corría hacia él. Cally —pensó—. La amante del doctor Sands viene hacia mí.
Pensará que soy Sands. Presa del pánico, se detuvo. ¿Qué hago?—se preguntó—. Es
mejor regresar y pensarlo bien."
Comenzó a volverse en la dirección en que había venido. Por el rabillo del ojo vio
que los brazos de la muchacha se levantaban peligrosamente. ¡No! —pensó—. ¡No lo
haga!"
Trató de alcanzar el pequeño y confuso aro del transcursor que conectaba los dos
mundos, pero sobre su cabeza pasó el brillo rojizo de un rayo láser dirigido a él.
"No me has dado"—pensó, aterrorizado—. Pero... —escudriñó el aire buscando la
entrada, la encontró. Comenzó a introducirse en ella. Pero la próxima vez... —temió—.
¡La próxima vez que lo dispare!—gritó sin mirarla. Su voz resonó en el prado de flores
donde estaban las abejas.
El segundo rayo láser le alcanzó en la espalda. Extendió la mano y la vio pasar a
través de él desapareciendo por el otro lado. Se había salvado pero él no. Ella le había
matado; era demasiado tarde ahora, demasiado tarde para escapar.
"¿Por qué no habrá aguardado?—se preguntó ¿Por qué no habrá esperado a ver
quién era. Debía de estar asustada."
De nuevo el golpe seco del rayo láser. Esta vez le alcanzó en la nuca y eso fue
todo. No había retorno para él, no podría regresar a la seguridad del tubo.
Rick Erickson estaba muerto.
Situado en el otro extremo del transcursor del doctor Sands, Stuart Hadley esperó
nerviosamente hasta que vio aparecer los dedos de Rick Erickson a través de la pared
cercana al piso; los dedos se crispaban como por algún dolor. Hadley se agachó y
cogió a Rick por la muñeca.
"Trata de regresar", supuso y tiró del brazo con toda su fuerza.
Lo que consiguió arrastrar dentro del tubo fue un cadáver.
Se incorporó aterrado; vio los nítidos orificios y comprendió que Erickson había sido
asesinado con un rifle láser, probablemente a distancia. Trastabillando a lo largo del
tubo, alcanzó el mando del transcursor e interrumpió el paso de energía. La débil luz
del aro de entrada se desvaneció en seguida y entonces supo—o así lo esperó—que
ahora, quienesquiera que hubieran matado a Rick Erickson, no podrían venir tras él.
—¡Pethel!—gritó—. ¡Venga aquí abajo!
Corrió hasta el intercomunicador que había en la mesa de trabajo de Rick.
—Señor Pethel—dijo—. Venga al sótano en seguida. Erickson está muerto.
Instantes después, Darius Pethel, junto a él, examinaba el cadáver del técnico.
—Debe de haber encontrado lo que buscaba, —murmuró Pethel, pálido y
tembloroso—. Pero ha pagado cara su curiosidad; muy cara.
—Tendríamos que llamar a la policía—observó Hadley.
—Sí —admitió Pethel, anonadado—. Por supuesto. Veo que ha cortado la energía.
Bien hecho. Será mejor que le dejemos solo. Pobre diablo; verdaderamente pobre
diablo; mire lo que ha ganado por haberlo imaginado todo. Fíjese, tiene algo en la
mano.
Se inclinó y abrió los dedos de Erickson. La mano agarraba un puñado de hierba.
—No hay trasplante que le salve—comentó Pethel—. Porque el rayo le dio en la
cabeza. Alcanzó el cerebro. De todos modos, el mejor cirujano de trasplante es Sands
y él no haría nada por ayudarle. puede estar seguro.
—Un lugar donde hay hierba...—murmuró Hadley—. ¿Dónde estará? En la Tierra,
no. No ahora, no.
—Debe de ser en el pasado—señaló Pethel—. O es posible viajar muy atrás en el
tiempo.
¿No es fantástico? —La aflicción transformó su rostro—. Vaya comienzo: un buen
individuo muerto... —dijo—. ¿Cuántos le seguirán? Imagínese la importancia que
tendrá para este hombre su reputación, hasta el punto de permitir una cosa así. O tal
vez no esté enterado; tal vez le haya dado el arma a la chica para que se defienda.
Digo en el caso de que los detectives de su mujer la encontraran. Por otra parte, no
estamos seguros de que lo haya hecho ella; puede haber sido alguna otra persona, no
Cally Vale. ¿Qué sabemos nosotros? Todo lo conocemos es que Erickson está muerto.
Y que en su teoria algo fallaba básicamente.
—Usted podrá concederle a Sands el beneficio de la duda, si quiere—apuntó
Hadley—. Pero yo no.
Luego se puso de pie, suspiró estremecido e insistió:
—Llamamos a la policía, ¿no? Llame usted; no podría hacerlo. Llame usted,
Pethel.
Con poca firmeza, Pethel caminó hacia el videófono que había en la mesa de
Erickson, extendiendo su mano torpemente, como si su sentido del deber hubiera
comenzado a desintegrarse. Cogió el receptor y se volvió hacia Hadley, diciéndole:
—Espere, es un error. ¿Sabe a quién debería llamar? A los fabricantes. Debemos
informar esto en Investigaciones Terran; es lo que están buscando. Ellos tienen
prioridad.
Mirándole muy serio, Hadley protestó:
—Yo... no estoy de acuerdo.
—Esto es más importante de lo que usted o yo pensamos—dijo Darius Pethel,
comenzando a marcar el número—. Más importante que Sands y Cally Vale o
cualquiera de nosotros. Aun habiendo muerto uno de los nuestros. Ni siquiera eso
cuenta. ¿Sabe en qué estoy pensando? En la posible emigración. Usted vio la hierba
en la mano de Erickson. Sabe lo que significa. Significa que la muchacha que hay al
otro lado, o quienquiera que haya matado a Rick puede irse al diablo. Significa que
cualquiera o todos nosotros juntos, nuestros sentimientos y nuestra vida si es necesario
pueden emigrar.
Oscuramente, Stuart Hadley comprendió. O eso pensó.
Entonces dijo a Pethel:
—Pero es probable que la chica mate al próximo viajero.
—Deje que se ocupe IT de eso—indicó Pethel, lentamente—. Es problema de ellos.
Tienen policía particular y guardias armados que usan en las patrullas de vigilancia;
que los envíen primero a ellos.
Su voz continuó áspera:
—¿Qué les supone perder un par de hombres? La vida de millones de personas
está en juego ahora. da cuenta, Hadley? ¿Comprende?
—Sí —respondió Hadley, asintiendo con la cabeza.
—Además—explicó Pethel, más calmado ahora—, el caso está legítimamente
dentro de la jurisdicción de IT, porque ocurrió en uno de sus transcursores. Fue un
accidente; piense que ha sido eso. Entre un de entrada y otro de salida. Inevitable,
tremendo. Como es natural, la compañía debe saberlo.
Volvió la espalda a Hadley, concentrándose en el videófono.
—Estoy tramando algo—informó Salisburv Heim al candidato presidencial Jim
Briskin— que no le va a gustar. He estado hablando con George Walt.
En el acto, Jim Briskin exclamó:
—No hay trato. No con ellos. Sé lo que quieren y me opongo, Sal.
—Si no negocias con George Walt —afirmó Jim—, tendré que renunciar a ser tu
asesor. Desde ese discurso de recreación planetaria, simplemente no aguanto más.
Las circunstancias se presentan muy mal para nosotros, tal como están no podemos,
encima, permitir que George Walt se pongan en contra nuestra.
—Aún no te has enterado—señaló Jim Briskin después de una pausa—de algo
peor. Ha llegado un telegrama de Bruno Mini. Está encantado con tu discurso y viene
hacia aquí, según sus palabras para aunar esfuerzos.
Heim insinuó:
—Pero todavía estás a tiempo de...
—Mini ya ha hablado con los corresponsales de los periódicos. Es demasiado tarde
para echarse atrás. Lo siento.
—Vas a perder.
—De acuerdo. Perderé entonces.
—Lo que me saca de quicio —expresó Heim amargamente—es que, aun si ganas
las elecciones no podrás hacer todo lo que te propones; un hombre no puede alterar
tanto las cosas. El satélite Salón de los placeres continuará existiendo; los i continuarán
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existiendo y también Nonovulid y consejeros de abortos: podrás hacer alguna que otra
modificación, pero no...
Dejó de hablar porque Dorothy Gill había entrado buscando a Jim.
—Hay una llamada para usted, señor Bris —anunció la joven—. La persona dice
que es urgente, pero que no va a quitarle mucho tiempo. También dice que usted no le
conoce, así que no ha dado su nombre.
Y agregó:
—Es Col. Si eso le ayuda a identificarle.
—Pues no—dijo Jim—. Pero le atenderé de todos modos.
Se alegraba de poder interrumpir la conversación con Sal; a su rostro asomaba el
alivio.
—Traiga el videófono aquí, Dotty.
—Sí, señor Briskin.
Desapareció y al instante estuvo de vuelta con el rato.
Jim le dio las gracias. Luego presionó un botón y al soltarlo, la pantalla del
videófono se iluminó. En ella se formó el rostro moreno y agradable de un hombre de
ojos penetrantes, bien vestido y evidentemente agitado.
—¿Quién es éste?—se preguntó Sal Heim—. Yo lo conozco. He visto su fotografía
en alguna parte. Luego identificó al hombre. Era el famoso investigador neoyorquino
que trabajaba para Myra Sands; un hombre llamado Tito Cravelli, un individuo duro.
¿Para qué quería a Jim?
La imagen de Tito Cravelli comenzó a hablar:
—Señor Briskin, tengo mucho interés en almorzar con usted. En privado. Hay algo
que quiero proponerle a solas que es de vital importancia para usted. Tan vital que
nadie más debe estar presente.
"Puede ser un intento de asesinato—pensó Sal—. Algún fanático de ASEO enviado
por Verne el y su pandilla de petimetres."
—Es mejor que no vayas, Jim—recomendó en voz alta.
—Tal vez, pero de todos modos iré —declaró y mirando a la pantalla, preguntó—:
¿En dónde y a qué hora?
Tito Cravelli repuso:
—Hay un pequeño restaurante en el barrio bajo de Nueva York, en la manzana
número quinientos en la Quinta Avenida; suelo comer siempre allí: la comida es hecha
a mano. Se llama Scotty's Place. ¿Qué le parece? Digamos a las trece, hora de Nueva
York.
—Aceptado—dijo Jim—. En Scotty's Place trece. He estado otras veces allí.
Atienden bien a los Cols.
—Todo el mundo atiende bien a los Cols, estoy entre ellos—aseguró Tito, cortando
la comunicación. La pantalla se oscureció.
—Esto no me gusta nada—manifestó Sal Heim.
—De todos modos, estamos en bancarrota recordó Jim, sonriendo
lacónicamente—. ¿No lo decías hace un minuto? Creo que ha llegado el momento de
intentarlo todo. De probar cualquier cosas, incluso ésta.
—¿Qué le diré a George Walt? Están esperando. Quedamos en que yo organizaría
una visita tuya al satélite dentro de las veinticuatro próximas horas o sea, antes de las
nueve de esta noche.
Antes de continuar, Sal Heim sacó su pañuelo y se enjugó la frente:
—A partir de entonces...
—A partir de entonces—prosiguió Jim por él— emprenderán una campaña
sistemática contra mí.
Sal asintió.
—Puedes comunicar a George Walt—dijo kin—que en el discurso que pronunciaré
hoy en Chicago voy a comenzar abogando por la clausura del satélite. Y si salgo
elegido...
—Ya lo saben—mencionó Sal—. Hay un informante.
—Siempre hay un informante —puntualizó sin perturbarse en lo más mínimo.
Sal llevó la mano al bolsillo interior de su chaqueta y extrajo un sobre lacrado.
—Aquí tienes mi renuncia.
Hacía tiempo que la llevaba consigo.
Jim Briskin aceptó el sobre; lo guardó sin abrirlo. Confío en que escucharás el
discurso de esta tarde, Sal—expresó—. Va a ser muy importante.
Sonrió tristemente a su ex asesor de campaña; la pena que le causaba la ruptura
de aquella relación se reflejaba en los profundos surcos de su rostro, la escisión había
tardado en producirse; pero estaba en la atmósfera desde sus primeras discusiones.
No obstante, Jim estaba dispuesto a continuar de todos modos. Y a hacer lo que
debía ser hecho.
Mientras volaba en un taxi hacia Scotty's Place, Briskin pensaba:
"Por lo menos ahora no tengo que tomarle el pelo a Furton Sands; no tengo por
qué seguir las indicaciones de Sal en ningún sentido, puesto que si ya no es mi asesor,
no puede decirme lo que debo hacer." En cierto modo era un alivio. Pero a un nivel
profundo, Jim Briskin se sentía muy infeliz.
"Voy a tener problemas desenvolviéndome sin la ayuda de Sal—comprendía—. No
quiero seguir adelante sin él..."
Pero ya estaba hecho. Sal, con su esposa Patricia, había ido a su casa en
Cleveland, a tomar un siempre postergado descanso. Y Jim Briskin, junto a su escritor
de discursos, Phil Danville, y su secretaria de prensa, Dorothy Gill, viajaba en dirección
opuesta hacia el centro de Nueva York, con sus pequeños comercios y restaurantes,
sus viejos y decadentes edificios de apartamentos y todas sus anticuadas oficinas
microscópicas, donde continuamente tenian lugar las transacciones más peculiares y
ocultas; un mundo que intrigaba a Briskin, pero también un mundo que apenas
conocía; había estado apartado de él la mayor parte de su vida.
Phil Danville, que estaba sentado a su lado, habló:
—Puede ser que regrese, Jim. Tú sabes cómo se pone Sal cuando está saturado
de problemas, estalla y cae en pedazos. Pero después de haraganear una semana...
—Esta vez no será así—afirmó Jim—. La separación es irreversible.
—A propósito —comentó Dorothy—. Antes de irse, Sal me dijo quién es el hombre
que va a encontrarse con usted. Sal le reconoció. ¿No se lo ha dicho? Es Tito Cravelli,
el detective de Myra Sands.
—No lo sabía—repuso Jim.
Sal no le había dicho nada. El tiempo en que Heim le brindaba los beneficios de su
experiencia había concluido.
Se detuvo brevemente en la sede republical-liberal de Nueva York para dejar a Phil
Danville y a Dorothy Gill, y luego siguió solo a encontrarse con Tito Cravelli.
Cuando llegó a Scotty's Place, Cravelli estaba esperándole, nervioso y algo fuera
de sí, en una cabina al fondo del restaurante.
—Gracias, señor Briskin —dijo Tito Cravelli mientras Jim se sentaba frente a él—
apuró el resto de café que quedaba en su taza y expiicó—: Seré breve; lo que pido a
cambio de mi información es mucho. Quiero su promesa formal de que cuando le elijan
presidente, porque gracias a esto le elegirán, me dará un puesto en su gabinete.
Luego quedó en silencio.
—Hombre—observó Jim, suavemente—. ¿No quiere nada más?
—Me lo he ganado—manifestó Cravelli—. Por haberle conseguido esta
información. Tuve acceso a ella a través de alguien que trabaja para mí en...
Se interrumpió de súbito y especificó:
~Quiero el cargo de secretario de Justicia. Creo que podré desempeñarlo bien...
Creo que seré un buen secretario de Justicia. Y si no, usted puede despedirme. Pero
primero tendrá que darme la oportunidad de probar.
—Dígame cuál es su información. No puedo prometerle tal cosa sin saber de qué
se trata.
Cravelli vaciló:
—Una vez que se la haya dicho... No, no es necesario— usted es honesto, Briskin.
Todo el mundo lo sabe. Bien, hay un camino para que pueda desembarazarse del
problema de los bibs. Puede ponerlos de nuevo en actividad, en plena actividad.
—¿Dónde?
—Aquí no—respondió Cravelli—. En la Tierra no. Un hombre que trabaja para mí y
que descubrió esto de un empleado de Investigaciones Terran. ¿Qué le sugiere eso?
Después de una pausa, Jim Briskin contestó:
—Que han conseguido abrir una brecha.
—Ellos, no. Ha sido una pequeña firma. Un revendedor de Kansas City, mientras
reparaba un transcursor instantáneo. La abrieron ellos; o mejor dicho, la encontraron, la
descubrieron. El transcursor está ahora en IT; los ingenieros de la fábrica están
estudiándolo. Se lo llevaron al Este sin perder tiempo apenas el revendedor les avisó.
Sabían lo importante que era. Tan bien como usted o yo o mi hombre, el vendedor.
—¿Adónde conduce la grieta? ¿A qué período?
—A ningún período de tiempo. Evidentemente. La conversión parece haberse dado
en términos espaciales, según se ha podido determinar. Un planeta con una masa casi
igual a la de la Tierra, atmósfera similar, fauna y flora bien desarrolladas, pero no es la
Tierra: han conseguido una fotografía del cielo y sobre ella han realizado una lectura
estelar. Dentro de unas horas habrán trazado una carta celeste exacta y sabrán a qué
sistema pertenece. Aparentemente está a una distancia enorme de aquí. Demasiado
lejos para que nuestras naves espaciales intenten llegar allí, por lo menos durante unos
cuantos años. Esta grieta, este paso directo, tendrá que ser utilizado cuanto menos
durante dos décadas más.
La camarera llegó en busca de la petición de Jim.
—Un Perkin's Syn-Cof—pidió éste, distraído.
La camarera se fue.
—Cally Vale está allí—dijo Cravelli.
—¡¿Qué?!
—El doctor la llevó. Esa es la causa de que el vendedor se pusiera al habla
conmigo; como usted sabrá, yo estaba contratado para encontrar a Cally y hacer que
se presentara a declarar en el juicio. Es un lío; disparó con láser a un empleado del el
vendedor de Kansas City, su único y extraordinario técnico en transcursores. Había
pasado al otro lado para explorar. Lástima por él. Pero en el marco de todas las
cosas...
—Sí —concedió Jim Briskin. Cravelli tenía razón; era en realidad un precio mínimo.
Estando en juego tantos millones de vidas y tantos otros millones potencialmente.
—Como era de esperar, IT ha declarado todo esto ultrasecreto. Ha extendido una
amplia red de seguridad. Yo he sido muy afortunado al enterarme. Si no hubiera tenido
desde antes a ese hombre allí...
Terminó la frase con un gesto.
—Le daré el cargo que me pide—prometió Jim—Secretario de Justicia. No me
parece el más indicado, pero creo que es justo.
"Vale la pena—se dijo—. Cien veces. Para mí y para cualquier otro ser sobre la
Tierra, bibs y no bibs todos por igual."
Desbordando alivio y regocijo, Tito Cravelli exclamó:
—¡Maravilloso! ¡No puedo creerlo! ¡Es estupendo!
Extendió su mano para estrechar la de Jim, pero no se dio cuenta. Su mente
estaba demasiado ocupada como para pensar en felicitar a Tito Cravelli. Pensó: "Sal
Heim se fue demasiado pronto. Debía haberse quedado." Ahí la intuición política de Sal
Heim; en el momento crucial le había fallado.
Sentada en su oficina, la consejera Myra Sands, leía una vez más el breve informe
de Tito Cravelli. Pero ya, al otro lado de su ventana, la máquina de noticias de uno de
los periódicos más importantes había dado la primicia de que Cally Vale había sido
encontrada; la policía ya lo había hecho público.
"No creí que Tito lo lograra —se dijo Myra—. Estaba equivocada. Se ha ganado el
sueldo, por alto que sea".
Enseguida se regodeó, pensando: "Será un gran juicio."
De una oficina cercana, probablemente la firma de corretajes de la puerta contigua,
se escuchó amplificado el sonido de una voz de hombre, luego descendió a un
volumen más razonable. Alguien había encendido el televisor y veía al candidato
presidencial republicano-liberal pronunciar su último discurso.
"Tal vez yo también debiera escucharlo", pensó Myra, y se decidió a encender el
televisor de su escritorio.
La pantalla se iluminó y en ella aparecieron los oscuros y acentuados rasgos de
Jim Briskin. Myra hizo girar su silla en dirección al aparato, dejando de lado, por el
momento, el informe de Tito. Al fin y al cabo, cualquier cosa que dijera James Briskin
se había vuelto importante; fácilmente él podría el próximo presidente.
—...Una acción inicial de mi parte—decía Briskin—, y que muchos de vosotros
podréis reprochar pero que es muy cara a mis sentimientos, será iniciar una acción
legal en contra del satélite llamado Salón de los placeres. He reflexionado mucho sobre
este propósito; la mía no es una decisión apresurada, por el contrario, mucho más vital
que eso, creo que veremos al satélite Salón de los placeres convertido en algo
totalmente inocuo. Eso será lo mejor. El rol de la sexualidad en nuestra sociedad podrá
retornar a su cauce biológico: como medio hacia la procreación antes que como un fin
en sí mismo...
"¿De veras?—pensó Myra, jocosamente—. ¿Y como?"
—Voy a daros parte de una noticia, de la que ninguno de vosotros ha oído hablar—
continuó Briskin—. Provocará en vuestras vidas un cambio fundamental tan grande, de
hecho, que es imposible que alguien pueda prever su alcance en este momento.
Finalmente, se abre para nosotros una nueva posibilidad de emigración. En
Investigaciones Terran, la...
En el escritorio de Myra, el videófono comenzó a sonar. Myra, maldiciendo por la
interrupción, bajó el volumen del televisor y tomó el receptor.
—Habla la señora Sands—dijo—. ¿Podría volver a llamar dentro de unos minutos,
por favor? Gracias. Estoy terriblemente ocupada ahora.
Era Art Chaffy, el joven moreno.
—Queríamos saber qué ha decidido usted—farfulló en tono de disculpa, pero sin
cortar la comunicación—. Es muy importante para nosotros, señora Sands.
—Sé que lo es, Art—arguyó Myra—. Pero si pudieras aguardar algunos minutos, tal
vez media hora...
Se esforzaba por escuchar lo que James Briskin decia en el televisor. Apenas
podía desentrañar el murmullo de palabras. ¿Cuál era la noticia? ¿Adónde iban a
emigrar? ¿A una zona virgen?
"Bueno, no podía ser de otro modo —reflexionó Myra—. Pero, ¿dónde es? ¿Va a
extraer este mundo virgen de la manga, como por arte de magia, Briskin? Porque si es
así, querría ver cómo lo hace, valdría la pena el espectáculo."
—De acuerdo —respondió Art Chaffy—. Llamaré más tarde, señora Sands. Y
discúlpeme por haberla molestado.
Colgó.
—Deberíais estar escuchando el discurso de Briskin—observó Myra, a media voz,
mientras hacía rodar su silla hacia el televisor, e inclinándose, movió el control del
volumen—. Vosotros más que nadie. La voz de Briskin tenía ahora un nivel claramente
mayor.
—...Y según los informes de que dispongo—decía gravemente—, tiene una
atmósfera casi idéntica a la de la Tierra, a la vez que su masa es similar
"¡Dios mío!—se dijo Myra, afligida—. En ese caso me quedaré sin trabajo. Nadie
volverá a precisar a los agentes de mi especialidad. Pero francamente me alegro igual.
Es una tarea que querría ver cumplida. De una vez por todas."
Con las manos tensas, escuchó el resto del trascendental discurso de James
Briskin desde Chicago.
"¡Caramba! —exclamó para sí—. Este descubrimiento es un trozo de historia viva.
Si es cierto. Si no es sólo un truco propagandístico."
En algún lugar dentro de ella, sabía que era verdad. Porque Jim Briskin no era la
clase de persona que podía inventar algo así.
En la sucursal de Oakland, California, del Ministerio de Bienestar Social Especial,
Herbert Lackmore también escuchaba el discurso del candidato presidencial Jim Briskin
desde Chicago, transmitido por todos los canales de televisión desde el satélite.
"Esta vez le elegirán—comprendió Lackmore—. Tal como temía, tendremos por fin
un presidente Col. Y si lo que dice es cierto, esto de la emigración a un mundo virgen
con fauna y flora similares a de la Tierra, significa que despertarán a todos los bibs. De
hecho—caía en la cuenta con un dejo de temor—, quiere decir que no habrá más bibs.
Ni uno más.
También significaba que el trabajo de Herb Lackmore llegaría a su fin. Y en
seguida.
"Por culpa suya —dijo Lackmore para sí— quedaré sin trabajo; igual que todos los
Cols que llegan aquí día y noche. Seré como uno de esos adolescentes mexicanos o
portorriqueños que no tienen perspectivas ni ilusiones. Todo lo que he logrado en años
y años de trabajo, desbaratado por esto. Completamente."
Los dedos temblorosos de Herb Lackmore buscaban en las páginas de la guía
telefónica local.
Era el momento de hablar—y unirse—a la organización de Verne Engel,
autodenominada ASEO.
Porque ASEO no se quedaría con los brazos cruzados ante una eventualidad de tal
naturaleza; no si pensaban como él.
Era el momento de que ASEO interviniera. Y no necesariamente de un modo
pacífico; era demasiado tarde para usar medios no violentos. Ahora se imponía algo
más. Mucho más. La situación había dado un vuelco terrible y se hacía necesario
rectificarla por medio de una acción rápida y directa.
"Y si ellos no quieren —pensó Lackmore—, lo haré yo. No tengo miedo; sé cómo
hacerlo."
El rostro de Jim Briskin aparecía decidido cuando dijo desde la pantalla de
televisión:
—...Proporcionará una solución natural a las presiones que ejerce la sociedad
sobre cada uno de nosotros. Podremos elegir con libertad al menos...
—¿Sabes lo que esto significa?—preguntó George a su hermano Walt.
—Sí, lo sé—respondió Walt—. Que ese imbécil de Sal Heim no consiguió
absolutamente nada de lo que habíamos acordado. Tú sigue mirando a Briskin; yo
hablaré con Verne Engel y concertaré ciertos arreglos con él. Es un sujeto en quien
podemos confiar.
—De acuerdo—aceptó George, asintiendo con la cabeza compartida.
Mantuvo su ojo fijo en el televisor, mientras su hermano marcaba el número en el
videófono.
—Todo ese cotorreo inútil con Sal Heim—refunfuñó Walt, callándose cuando su
hermano le codeó señalándole que quería escuchar a Briskin—. La culpa...
Volvió su ojo a la pantalla del videófono.
En la puerta de la oficina apareció Thisbe con una túnica de piel de cervatillo que
alternaba con franjas de magnífica transparencia.
—Ha regresado el señor Heim—informó a los hermanos—. Para veros. Parece
abatido.
—No tenemos nada que hablar con él—señaló con ira George.
—Dígale que se vaya a la Tierra—agregó Walt. Y a partir de este momento, el
satélite estará cerrado para él; no podrá visitar a ninguna de nuestras chicas, no
importa lo que ofrezca. Hay que dejarle morir como un miserable, consumido por la
frustración. No se merece otra cosa.
George le recordó ácidamente:
—Heim no necesitará venir a nosotros, si Briskin está diciendo la verdad.
—Claro que está diciendo la verdad—afirmó Walt—. Es demasiado tonto para
mentir; no sabe hacerlo.
Su llamada se había conectado a un circuito privado. En la pantalla del videófono
apareció la imagen de uno de los sirvientes personales de Verne Engel, vestido con el
brillante uniforme plateada verde de ASEO.
—Póngame directamente con Verne —ordenó Walt, usando la boca común justo
cuando George iba a añadir más advertencias a Thisbe—. Dígale que le habla Walt,
desde el satélite.
—Vete de aquí—dijo George a Thisbe, cuando Walt terminó de hablar—. Estamos
ocupados.
Thisbe clavó su mirada en él y luego cerró la puerta tras de sí.
El rostro enjuto y vacilante de Verne Engel cobró vida en la pantalla.
—Veo que por lo menos la mitad de vosotros está siguiendo ese populachero
sermón de Briskin—apuntó Engel—. ¿Cómo habéis decidido quién de vosotros me
llamaba y quién escuchaba a ese Col?
Sus falsos rasgos se contrajeron en una mueca despectiva.
—Oiga, ya está bien de bromas—protestaron simultáneamente George Walt.
—Disculpadme. No quise ofenderos—adujo Engel sin cambiar su expresión—.
Bueno, ¿en qué puedo serviros? Sed breves, por favor; yo también quiero escuchar
esa perorata.
—Usted va a precisar ayuda —dijo Walt a Engel—. Si es que piensa detener a
Briskin ahora. Este discurso lo va a encumbrar y no creo que las transmisiones que
habíamos planeado para combatirle sean suficientes. El discurso es condenadamente
inteligente. ¿No crees, George?
—No cabe duda—repuso George, con el ojo fijo el televisor—. Y mejora a cada
instante. Apenas está empezando; es muy persuasivo el maldito.
Con su ojo fijo en la pantalla del videófono, Walt continuó:
—Ha oído cómo nos ha atacado Briskin; debe haber escuchado esa parte... Es
seguro que todo país la ha oído. La recreación planetaria no era suficiente; también
tenía que emprenderla con nosotros. Planes muy ambiciosos para un Col, pero es
evidente que tanto él como sus asesores creen que puede cumplirlos Veremos. El
momento es crucial. ¿Qué piensa hacer usted, Engel?
—Tengo mis planes—aseguró Engel—. Tengo mis planes.
—¿Aun piensa en la no violencia?
No hubo respuesta verbal, pero el rostro de Engel se contrajo sospechosamente.
—Venga al Salón —propuso Walt—, y aquí hablaremos. Creo que mi hermano y yo
podremos hacer una donación a ASEO, del orden de los diez u o millones, digamos.
¿Será suficiente? Con ese dinero debería poder comprar lo que necesita.
Pálido por la conmoción, Engel tartamudeó:
—Seguro, George o Walt, quienquiera que sea.
—Entonces, suba lo antes posible—indicó Walt y colgó, diciendo a su hermano—:
Creo que él lo hará por nosotros.
—Un tarado así no puede hacer nada bien—objetó George, con amargura.
—¿Qué diablos quieres que hagamos, entonces? —inquirió Walt.
—Haremos lo que se pueda. Ayudaremos a Engel, le incitaremos, le obligaremos,
si hace falta. Pero no podemos cifrar nuestras esperanzas en él. No por completo, por
lo menos. Debemos hacer algo por nuestra cuenta para asegurarnos. Es imprescindible
asegurarnos; esto es muy serio. Ese Col está en verdad decidido a clausurarnos el
negocio.
Ambos ojos se volvieron hacia la pantalla del televisor, y ambos, George Walt, se
sentaron en su especialmente ancho canapé para escuchar el discurso.
En el lujoso apartamento que poseía en Reno, doctor Lurton Sands escuchaba,
absorto ante su televisor, el discurso que el candidato Col, James Briskin dirigía desde
Chicago. Sabía muy bien lo que significaba para él. Sólo había un lugar al que Briskin
pudiera referirse como "un mundo lozano y virgen".
Obviamente, Cally había sido hallada.
Lurton Sands fue hasta su escritorio, cogió una pistola láser y la deslizó en el
bolsillo de su chaqueta.
"Me sorprende que pudiera hacerlo —pensó—. Beneficiarse a costa de
perjudicarme: evidentemente le he subestimado. Ahora, todas las vidas que yo podría
haber salvado se perderán. Por causa de esto. Briskin es el responsable..., me ha
quitado de las manos el poder de curar, ha debilitado las fuerzas que trabajan por el
bien del hombre."
Sands llamó por videófono a una compañía local e taxis a reacción:
—Quiero un taxi para ir a Chicago—pidió—. Lo más rápido posible.
Dio su dirección y salió apresurado hacia el ascensor.
"Myra, sus detectives y los periódicos tienen otro cómplice para asediarnos a Cally
y a mí. Ahora se les ha unido Briskin. ¿Cómo ha podido ponerse de su lado? ¿No he
demostrado claramente lo que soy capaz de hacer al servicio de las necesidades del
hombre? Briskin tiene que estar al corriente; esto no puede ser mera ignorancia por su
parte."
Sands, frenético ya, se preguntó:
"¿Será posible que Briskin quiera que los enfermos mueran? Toda esa gente que
aguarda que yo acuda a ellos, que necesita de mi ayuda..., ayuda que después de mi
muerte nadie más podrá brindarles."
Palpando la pistola láser que llevaba en el bolsillo, dijo en voz alta, sombrío:
—¡Qué fácilmente te equivocas respecto a otras personas!
"Pueden engañarte con tanta facilidad —pensó— o desorientarte deliberadamente.
¡Deliberadamente, sí!"
El taxi a reacción llegó a toda velocidad, se detuvo junto al bordillo y sus puertas se
deslizaron hacia atrás.
Cuando terminó su discurso, Jim Briskin se acomodó en la butaca y supo que esta
vez, por lo menos, había hecho un excelente trabajo. Había sido el mejor discurso de
su carrera política, y en algunos aspectos, el único en verdad decente.
"Y ahora, ¿qué?—se preguntó—. Sal se ha ido y junto con él, Patricia. He
agraviado a los poderosos e inmensamente ricos hermanos George Walt por no
mencionar a Thisbe. Y los de Investigaciones Terran, que tampoco son poca cosa, se
pondrán furiosos por haber divulgado lo de la brecha. Pero nada de esto importa.
Tampoco el hecho de verme obligado a nombrar a un conocido detective secretario de
Justicia; ni siquiera eso cuenta. Mi deber era pronunciar este discurso, apenas Tito trajo
la información. Y es exactamente lo que hecho. Al pie de la letra. Pase lo que pase."
Llegando hasta él, Phil Danville le dio unas palmadas calurosas en la espalda.
—Fue un magnífico alboroto, Jim —le felicitó—. Te has lucido.
—Gracias, Phil—murmuró Jim.
Estaba cansado. Saludó con un gesto a los cámaras, y junto a Danville, marchó a
reunirse con la camarilla del partido, que aguardaba al fondo del estudio.
—Necesito un trago—les dijo, mientras varios le extendían sus manos, deseosos
de estrecharla . Después de lo que he dicho...
"Me pregunto qué hará la oposición —se dijo— ¿Qué dirá Bill Schwarz? Nada,
¿qué puede decir? He corrido el velo de la cuestión y no voy a echarme atrás. Ahora
que todos saben que hay un lugar al que podemos emigrar, el traslado se pondrá en
marcha. Por multitudes. Gracias a Dios, los almacenes estarán vacíos. Como debieron
estarlo desde hace años."
"Ojalá hubiera sabido esto antes de promocionar las técnicas de recreación
planetaria de Bruno Mini. Podía haberlo evitado..., lo mismo que la ruptura con Sal.
Pero de todos modos —se tranquilizó— seré elegido."
Dorothy Gill le dijo suavemente:
—Jim, creo que ha triunfado.
—Claro que sí—aseguró Phil Danville, sonriendo satisfecho—. ¿Qué tal, Dotty? Ya
no estamos como hace un rato, ¿eh? ¿Cómo consiguió esa información sobre IT Jim?
Debe de haberle costado...
—Ya lo creo—repuso Jim, brevemente—. Me ha costado mucho. Pero recuperaré
el costo con creces.
—Y ahora, tomemos un trago—señaló Phil. Hay un bar en la esquina; lo he visto
cuando venía hacia aquí. Vamos.
Se dirigió hacia la puerta y Jim Briskin le siguió con las manos en los bolsillos.
Descubrió que la acera estaba atestada de gente. Una multitud que le saludaba y
vitoreaba; devolvió el saludo, al tiempo que observaba que entre los entusiastas había
tantos blancos como Cols.
"Buen síntoma", pensó, mientras el grupo se movía con lentitud hacia el bar que
Phil Danville había mencionado, a través del camino abierto por la policía de Chicago
entre la densa turba. Una muchacha pelirroja, muy pequeña, que llevaba un
deslumbrante traje holgado propio de chicas del Salón de los ptaceres, llegó con
presteza hasta Jim, forcejeando y escurriéndose entre los presentes.
—Señor Briskin...—llamó.
Jim se detuvo con desgana, preguntándose que sería y qué querría. Era una de las
chicas de Thisbe Olt, seguramente.
—Dígame—manifestó Briskin, sonriéndole.
—Señor Briskin—expuso la pequeña pelirroja. En el satélite corre un rumor;
George Walt están tramando algo con Verne Engel, el sujeto de ASEO.
Cogió a Jim por el brazo, asiéndole con fuerza para detenerl
—...Planean asesinarle, o algo así. Cuídese, por favor.
Su rostro estaba tenso por el temor.
—¿Cómo se llama usted?
—Sparkey Rivers. Yo... trabajo allí, señor Briskin.
—Gracias, Sparkey—dijo Jim—. No te olvidaré. Tal vez algún día te dé un cargo en
el gabinete.
Continuó sonriéndole, pero ella no devolvió la sonrisa.
—Sólo estoy bromeando —aclaró Briskin—. No estés tan preocupada.
—Creo que van a matarle—insistió Sparke.
—Tal vez—repuso Jim, encogiéndose de hombros.
Era muy posible que lo hicieran. Se inclinó levemente hacia delante y besó a la
chica en la frente.
—Cuídese usted también—agregó y continuó andando junto a Phil Danville y
Dorothy Gill.
Después de unos instantes, Phil le preguntó
—¿Qué piensas hacer, Jim?
—Nada. ¿Qué puedo hacer? Esperar, nada más. Apurar mi trago.
—Debería buscar protección—insinuó Dorothy—. Si algo le ocurriera..., ¿qué
haríamos nosotros? ¿Qué sería del resto de nosotros?
Jim declaró:
—La posibilidad de emigración quedará en pie, aún sin mí. Podréis despertar a los
durmientes. Como la Cantata 140 de Bach, Despierta, la voz nos llama. Esa debe ser
vuestra consigna, de ahora en adelante.
—Este es el bar—señaló Phil Danville.
Frente a ellos, un guardia uniformado mantenía la puerta abierta. Entraron uno por
uno.
—Fue maravilloso que esa muchacha me previniera—observó Jim.
Cerca de él, una voz masculina le interrogó:
—¿El señor Briskin? Soy Lurton Sands hijo. Tal vez haya leído sobre mí en los
periódicos.
—¡Oh, sí! —respondió Jim, sorprendido, extendiendo su mano como bienvenida—.
Me alegro de verlee, doctor Sands. Querría...
—¿Me permite hablar, por favor? —le cortó Sands—. Debo decirle algo. Por culpa
suya se han dañado mi vida y mi trabajo humanitario de dos vidas. No conteste; no
quiero discutir con usted. Sólo se lo digo, para que comprenda el porqué. Sands echó
mano a su bolsillo Ahora tenía la ola láser directamente apuntada al pecho de Jim
Briskin.
—No alcanzo a comprender —puntualizó— qué acto de mi dedicación a los
enfermos ha podido dolerle, haciéndole volverse en contra mía; pero todos lo están,
¿por qué no usted?
Apretó el gatillo de la pistola. El arma no disparó Lurton Sands bajó hacia ella sus
ojos incrédulos.
—Myra, mi mujer —dijo, como disculpándose— Ha quitado la cápsula de energía.
Sin duda ha creído que la usaría contra ella.
Arrojó la pistola a un lado.
Hubo un instante de silencio y luego Briskin dijo con sequedad:
—Bien, doctor, ¿y ahora qué?
—Nada, Briskin. Nada. Si hubiera tenido más tiempo, hubiera podido cerciorarme
de que la pistola tenía su carga, pero tuve que apurarme para llegar aquí antes de que
usted partiera. Su discurso ha sido en verdad heroico; ciertamente a mucha gente
causará la impresión de que pretende aliviar los problemas de la humanidad... Desde
luego, usted y yo sabemos que no es así. Dicho sea de paso..., sabe usted que no va a
poder despertar a todos los bibs, no podrá realizar del todo esa tarea, porque algunos
están muertos. Yo soy el responsable de eso. Sobre cuatrocientos, aproximadamente.
Jim Briskin le miró asombrado.
—Así es—afirmó Sands—. He tenido acceso a los almacenes del MBSE. ¿Sabe lo
que eso significa? Cada órgano que he tomado ha dado lugar a un hombre muerto..., o
que no podrá vivir cuando le llegue el turno. Pero supongo que tarde o temprano debía
ocurrir.
—¿Sería capaz de hacer eso?—preguntó Jim Briskin.
—Ya lo he hecho —corrigió Sands—. Pero recuerde esto: sólo he matado
potencialmente. Mientras que, en cambio, he salvado a los que sufren ahora, a los que
están vivos y conscientes en el presente, a los que dependen en exclusiva de mi
habilidad.
Dos hombres de la policía de Chicago se abrieron paso hacia él; el doctor Sands se
apartó con brusquedad, irritado, pero los guardias le cogieron, llevándole entre ellos.
Blanco por el susto, Danville observó:
—Ahí lo tienes, Jim. Casi fue eso, ¿no? La historia se repite.
Durante el incidente, se había interpuesto entre y Sands, protegiendo a Briskin.
—Sí —alcanzó a decir Jim.
Su boca estaba seca. Se sentía resignado. Si bien Lurton Sands no había podido
asesinarle, llegado el momento, cualquier otro podría hacerlo. Era demasiado fácil. La
tecnología de las armas se había perfeccionado asombrosamente en los últimos cien
años; cualquiera lo sabía: el asesino ni siquiera tenía que estar en la zona. Igual que un
acto de magia diabólica, podía hacerlo a distancia. Los instrumentos eran baratos y
estaban al alcance de cualquiera... incluso, de acuerdo con la historia, de cualquier
ignorante, de alguien insignificante y despreciable, sin amigos, dinero o un propósito
fanático o convicción política que le justificara.
El episodio con Lurton Sands no era más que un mero presagio.
—Bien —murmuró Phil Danville, suspirando—. Creo que debemos continuar. ¿Qué
quieres tomar?
—Un Black Russian—decidió Jim—. Vodka y...
—Sí, ya sé—interrumpió Phil. Su rostro estaba aún marcado por el temor y la
conmoción cuando dirigió al mostrador para pedirlo.
Jim se dirigió a Dorothy Gill:
—Si me mataran, habré cumplido ya mi tarea. No dejo de pensar en eso una y otra
vez—dijo—. He puesto en público conocimiento la existencia de la brecha de IT y eso
basta.
—¿Piensa eso en realidad? —preguntó Dorothy, mirándole sin parpadear—. ¿Es
tan pesimista respecto a sus posibilidades?
—Sí—afirmó Jim. Tenía sus buenos motivos.
"Tengo el presentimiento —pensó— de que no es época para que un negro llegue
a ser Presidente."
Los planes secretos de ASEO le llegaron por medio de un individuo llamado Dave
De Winter. De Winter había ingresado en el movimiento durante sus comienzos,
proporcionando informes a Tito desde entonces. Ahora, presurosamente, De Winter
contaba a su jefe la más reciente—y urgente—noticia.
—Lo intentarán esta noche a última hora. El hombre que lo va a hacer no es
miembro del partido. Su nombre es Herb Lackmore o Luckmore, y con el equipo que
van a proporcionarle no necesita ser un tirador experto. El equipo, al que llaman
guijarro fue financiado por George Walt, esos dos mutantes dueños del Salón de los
placeres.
Tito Cravelli pensó:
"De esto depende mi cargo de secretario de Justicia."
—Ya entiendo—dijo—. ¿Dónde puedo encontrar a ese tal Lackmore?
—En su casa de Oakland, California. Probablemente comiendo; son más o menos
las seis allí.
Tito extrajo de su caja de caudales un rifle láser desmontable, de poderoso alcance
y mira telescópica; lo dobló y lo ocultó en su bolsillo. Aquel rifle era estrictamente ilegal,
pero poco importaba ahora; lo que Cravelli intentaba hacer iba contra ley, con cualquier
clase de arma que usara.
Pero ya era demasiado tarde para encontrar Lackmore o Luckmore, o como se
llamase. Cuando Lackmore hubiera salido en dirección al Este para interceptar a Jim
Briskin; sus vuelos, el de Lackmore y el suyo, se cruzarían. Sería mejor localizar a
Briskin, quedarse cerca de él y atrapar a Lackmore cuando apareciera. Claro está que
Lackmore no tenía por qué aparecer en el sentido más estricto de la palabra, teniendo
el tipo de arma que le habían dado los hermanos mutantes. Podía estar a quince
kilómetros del lugar... y alcanzar a Briskin.
"George Walt tendrán que disuadirle decidió Cravelli—. Es el único medio seguro...,
pero es relativamente seguro. Debo ir al satélite. Ahora. Si que pretendo lograr algo."
Los gemelos George Walt no esperarían que fuera no estaban al corriente de sus
tratos con Jim Briskin; contaba con eso. Además, en el satélite había tres personas que
trabajaban para él; tres de las chicas. Esto le proporcionaba tres lugares distintos para
esconderse mientras estuviera allí. Luego, después de haberse ocupado de George
Walt, esos lugares podrían representar la diferencia entre salvarse o morir.
Claro está, eso sería si George Walt no quisieran llegar a un acuerdo con él, si
prefirieran pelear. Si había lucha, perderían; Tito Cravelli era un tirador excepcional.
Por otra parte, la iniciativa estaba de su lado.
¿Dónde se encontraba en aquel momento el Salón los placeres? Buscó en el
periódico la página de retenimientos y espectáculos. Si estaba, por decir lugar, sobre la
India, no había esperanzas; no podría alcanzarlo a tiempo.
De acuerdo con el horario que figuraba en el periodico, el satélite Salón de los
placeres estaba parado sobre Utah. Podía alcanzarlo en menos de una hora.
Tenía tiempo suficiente.
—Muchísimas gracias —dijo a Dave De Winter que estaba de pie, incómodamente
en el centro la oficina, vestido con el uniforme plateado y verde de ASEO—. Regresa
junto a Engel. Yo me mantendré en contacto contigo.
Dejó la oficina a toda prisa, descendiendo las escaleras hasta la planta baja.
En cuestión de minutos viajaba en dirección al satélite.
Cuando el taxi descendió sobre la plataforma del Salón de los placeres, Cravelli se
precipitó por rampa, compró un billete a la rubia empleada desnuda y se lanzó
velozmente hacia la entrada número cinco, buscando la puerta de Francy. Creía
recordar que era la 705..., pero sus nervios le hicieron dudar. Quinientas puertas
alineadas en un corredor tras otro... y alrededor suyo, por todas partes, los retratos
animados de las muchachas, contoneándose y exhibiéndose, tratando de cautivar su
atención, tentándole a disfrutar de mil placeres.
"Tendré que consultar el cartel indicador—decidió—. Me llevará un tiempo
precioso, ¿pero qué otra solución me queda
Corrió febrilmente por un pasillo hasta llega un panel con indicaciones y señales
luminosas y todos los nombres de las chicas, encendiéndose y apagándose según los
cuartos se ocupaban o quedaban libres de clientes.
Era el 507 y estaba desocupado.
Cuando abrió la puerta, Francy le saludó y se incorporó, parpadeando, sorprendida
de verle.
—Señor Cravelli —exclamó insegura—, ¿ocurre algo?
Su cuerpo suave estaba apenas cubierto por una blusa pálida de tela delgada y
barata. Dejó la cama y fue hacia Tito.
—¿En qué puedo servirle? —murmuró—. ¿Está usted por...?
—No es por placer—le informó Tito—. Abróchate la maldita camisa y escucha.
¿Hay algún modo de que hagas venir aquí a George Walt?
Francy pensó un instante.
—Normalmente no visitan los cuartos —aseguró—. Yo...
—Supón que hubiera problemas. Un cliente que niega a pagar.
—No, aparecería un fornido guardián. George Walt vendrían si creyeran que el FBI
o alguna otra policía hubiera llegado hasta aquí y estuviera arrestándonos.
La joven señaló un pulsador oscuro que había en la pared.
—Están aqui para esas emergencias—informó—. Tienen una fuerte neurosis con
esta cuestión de la policía, creen que vendrá inevitablemente, de un momento a otro...,
deben tener un gran complejo de culpabilidad. El pulsador está conectado directamente
con su oficina.
—Úsalo—dijo Cravelli.
Extrajo el rifle de su bolsillo y, sentándose sobre cama de Francy, comenzó a
montarlo. Pasaron los minutos.
Escuchando con atención junto a la puerta, Francy
preguntó:
—¿Qué es lo que va a pasar aquí, señor Cravelli? Espero que no...
—Calla—dijo Cravelli de modo tajante.
La puerta se abrió.
Los mutantes George Walt se detuvieron en la entrada, con una mano en el
picaporte y las otras tres empuñando tres extraños trozos de metal tubular.
Tito Cravelli les apuntó con el rifle láser y anunció:
—No tengo intención de mataros a ambos, sólo a uno de los dos. Así dejaría al otro
con medio cerebro muerto, un ojo muerto y un cuerpo en descomposición unido a él.
No creo que eso os seduzca ¿Podéis amenazarme vosotros con algo igualmente
desagradable? En verdad, lo dudo.
Hubo un silencio. Luego, uno de ellos—Tito no sabía cuál—inquirió:
—¿Qué..., qué es lo que quiere?
El rostro estaba demudado, lívido; los dos ojos miraron atónitos uno a Tito y el otro
a su rifle.
—Pasad y cerrad la puerta —ordenó Tito Cravelli.
—¿Por qué?—preguntaron George Walt—. ¿Qué es lo que pretende?
—¡Entrad! —exclamó Tito, y esperó.
Los mutantes entraron. La puerta se cerró tras ellos. Se quedaron mirando a Tito,
asiendo aún los trozos de metal.
—Habla George —dijo entonces la cabeza— ¿Quién es usted? Seamos
razonables; si está disconforme con el servicio que ha recibido de esta mujer... No,
hombre, ¿no ves que es un asalto a mano armada?
La cabeza se había interrumpido al apoderar el otro hermano del aparato vocal:
92
—Ha venido a robarnos—continuó—; ha traído el arma consigo, ¿comprendes?
—Vais a llamar a Verne Engel —indicó Tito—. Y él va a llamar a su pistolero,
Herbert Lackmore. Todos vais a hacer que ese tal Lackmore deje lo que tiene entre
manos y regrese. Lo haremos desde vuestra oficina; naturalmente, no podríamos
llamar desde este cuarto. Tú, Francy ve delante de ellos; muéstrame el camino. De
prisa, por favor; no nos sobra el tiempo.
En su interior, el esfínter pilórico comenzó a retorcerse por los espasmos; apretó
los dientes y, por instante, cerró los ojos.
Un trozo de metal pasó silbando junto a su cabeza.
Tito Cravelli disparó con su rifle láser a George Walt. Uno de los dos cuerpos se
contrajo, herido en el hombro.
—¿Veis? —observó Tito—. Sería terrible para aquel que sobreviviera.
—Sí—gimió la cabeza, meneándose torpemente, como una calabaza, de arriba
abajo—. Haremos lo que nos diga, sea usted quien sea. Llamaremos a Engel;
arreglaremos todo. Por favor.
Ambos ojos, cada uno fijo en un lugar distinto, parecían salirse de sus órbitas
debido al miedo. El derecho, que estaba del lado que había recibido la herida del láser,
se había vuelto opaco por el dolor.
—Así me gusta—dijo Tito.
"Aún puedo ser secretario de Justicia", pensó, intimándoles con el rifle láser,
encaminó a George Walt hacia la puerta."
El arma con que había sido provisto Herb Lackmore contenía una costosa réplica
de la masa encefálica de James Briskin. Sólo era necesario colocar el instrumento a
menos de tres kilómetros de Bris kin, ensamblarle un manubrio y, por medio del
conmutador, detonarla.
Lackmore había llegado a la conclusión de que era un mecanismo que causaba
muy poca—o ninguna— satisfacción personal. No obstante, cumpliría su función; a la
larga, era lo único que importaba.
Y sin duda le aseguraba la huida, o, por lo menos se la facilitaba
considerablemente.
En aquel momento, las nueve en punto de la noche, Jim Briskin estaba en un
cuarto del Galt Plaza Hotel, en Chicago, conferenciando con sus asistentes y
consejeros; algunos piquetes de ASEO, que deambulaban frente al hotel de
primerísima clase le habían visto entrar y habían dado parte a Lackmore.
"Me pregunto de dónde habrán salido los fondos para comprar este aparato —se
decía Lackmore—. Porque estas cosas cuestan un montón de dinero"
Cuando minutos más tarde hacía los últimos preparativos, desde la acera en
sombras surgieron unas siluetas macizas y erguidas que se acercaron al vehículo. Las
siluetas llevaban uniformes verdes y plateados, que resplandecían tenuemente, como
la luz de la luna.
Cautelosamente, con su aguzada suspicacia, Lackmore abrió la ventanilla de la
micronave.
—¿Qué queréis?—preguntó a los dos miembros de ASEO.
—Salga —dijo con brusquedad uno de ellos.
—¿Por qué?
A Lackmore se le había helado la sangre. No se movió. No podía.
—Ha habido una alteración en los planes. Engel lo acaba de decir por el
intercomunicador portatil. Tiene que entregarnos ese guijarro.
—No —dijo Lackmore.
ASEO se había rendido en el último momento. El no sabía con exactitud por qué,
pero así era. El asesinato no se llevaría a cabo como estaba previsto: era todo lo que
sabía, todo lo que le importaba. Rápidamente, comenzó a ensamblar el manubrio.
—¡Engel ha dicho que no lo haga!—gritó el hombre de ASEO—. ¿Entiende?
—Entiendo—repuso Lackmore y tanteó, buscando el detonador.
53
La puerta de su vehículo se abrió de golpe. Uno de los hombres le cogió por el
cuello, le sacó de un tirón del asiento y le arrastró, golpeándolo y pateándolo, desde la
nave hasta la acera. El otro le arrebató el guijarro y, con mucha rapidez y pericia,
desenroscó el detonador de la costosa arma.
Lackmore luchaba y se resistía. No se daba por vencido.
Más le hubiera valido hacerlo. El hombre de ASEO que tenía el guijarro ya había
desaparecido en la oscuridad de la noche; se había esfumado con el arma. El guijarro y
los acariciados proyectos de Lackmore se habían malogrado.
—Te mataré —resollaba inútilmente Lackmore intentando zafarse del corpulento
hombre de ASEO.
—Tú ya no matarás a nadie—respondió el hombre, apretando cada vez más el
cuello de Lackmore. No era una pelea igualada. Herb Lackmore estaba desventaja.
Había permanecido demasiados años con los brazos cruzados detrás de un escritorio y
un mostrador del gobierno.
Lentamente, con evidente placer, el hombre de ASEO le hizo picadillo. Para ser un
supuesto devoto del culto a la no violencia, era sorprendente lo bien que lo hizo.
Desde la oficina de los mutantes, con su mullida alfombra de pelusa de escarabajo
de Titán, Tito Cravelli llamó por videófono a Jim Briskin, al Gal Plaza Hotel de Chicago.
—¿Cómo está? ¿Bien?—le preguntó.
Una de las enfermeras del satélite Salón de placeres procuraba en vano curar al
gemelo herido que trabajaba en silencio bajo la vigilancia de Cravelli, que sostenía su
rifle láser, y de Francy que estaba junto a la puerta con una pistola que Tito había
encontrado en el escritorio de los mutantes.
—Estoy perfectamente bien —respondió Briskin sorprendido.
Era evidente que podía ver a George Walt detrás de Cravelli.
Tito dijo:
—He cogido a una serpiente por la cola y no puedo dejarla escapar. ¿Se le ocurre
alguna sugerencia? He evitado que le asesinaran pero, ¿cómo diablos voy a salir de
aquí?
Había comenzado a preocuparse.
Después de meditarlo. Briskin contestó:
—Puedo llamar a la policía de Chicago...
—Olvídelo. No vendrían—observó Cravelli— no tienen jurisdicción aquí arriba; se
ha comprobado cientos de veces: esto no forma parte de los Estados Unidos..., ni
hablar, pues, de Chicago.
Briskin declaró:
—Está bien. Puedo enviar algunos voluntarios del partido para que le ayuden. Irán
donde yo les diga. Tenemos algunos que vienen de enfrentarse con la gente de Engel
en las calles; ellos sabrán qué hacer.
—Eso es más razonable—comentó Cravelli, aliviado.
Pero su estómago aún le estaba atormentando; apenas podía soportar el dolor y se
preguntaba si habría algún modo de obtener un vaso de leche.
—La tensión me está venciendo—agregó—. Y no he podido cenar. Tendrán que
venir muy pronto o, francamente, no resistiré. He pensado sacar a George Walt del
satélite, pero temo no poder llegar hasta plataforma de despegue. Tendríamos que
pasar través de demasiados empleados del Salón de los placeres.
—Está usted exactamente sobre Nueva York—informó Jim Briskin—. De modo que
no llevará mucho tiempo mandarle la gente. ¿Cuántos quiere que vayan?
—Por lo menos un autobús completo. De hecho, todos los que pueda mandar. No
querrá perder a su futuro secretario de Justicia, ¿verdad?
—No especialmente.
Briskin parecía tranquilo, pero sus negros ojos brillaban intensamente. Tirando con
suavidad de su gran bigote, reflexionó sobre la situación.
—Creo que yo también iré—anunció.
—¿Por qué?
—Para asegurarme de que usted se salve.
—Como usted quiera—advirtió Tito—. Pero no se lo aconsejo. Las cosas están un
poco peligrosas por aquí. ¿Conoce alguna muchacha del satélite que pueda guiarle
hasta la oficina de George Walt?
—No—repuso Briskin y, al momento, cambiando de expresión, corrigió—: Aguarde.
Conozco una. Hoy estaba aquí, en Chicago, pero tal vez haya vuelto subir.
—Es probable—opinó Cravelli—. Revolotean aquí para allá como luciérnagas.
Corra el riesgo si le parece. Le veré luego. Y cuídese.
Dicho esto, colgó.
Cuando se disponía a subir al gran autobús a reacción, ocupado por voluntarios del
partido republicano-liberal, Jim Briskin se encontró frente a dos rostros familiares.
—No puedes ir al satélite—le dijo Sal Heim, deteniéndole.
Patricia estaba detrás de él, visiblemente preocupada; llevaba un abrigo largo y
temblaba de frío bajo el viento que llegaba de los lagos por la noche.
—Es muy peligroso —insistió Sal—. Conozco a George Walt mejor que tú,
¿recuerdas? Al fin y al cabo, fui yo quien te propuso que negociaras con ellos; pretendí
que ésa fuera mi contribución.
Pat añadió:
—Si vas, Jim, no regresarás nunca de allí. Lo sé. Quédate aquí conmigo.
Se aferró a su brazo, pero Jim consiguió zafarse.
—Debo ir—le dijo—. Mi guardaespaldas está allí y debo salvarle; ha hecho mucho
por mí, para no acudir en su ayuda.
—Yo iré en tu lugar —declaró Sal.
Bien mirado, era una buena oferta. No obstante Jim debía corresponder a Tito
Cravelli por todo lo que había hecho; sea como fuere, debía encargarse de que Tito
saliera sano y salvo del satélite Salón de los placeres.
—Gracias —respondió Jim—. Pero lo único que puedo ofrecerte es que vengas
conmigo.
Lo había dicho en broma.
—De acuerdo. Iré contigo—afirmó Sal y, volviéndose a Pat, apuntó—: pero tú te
quedas aquí abajo. Si regresamos, te veremos inmediatamente... y si no, nunca más.
Vamos, Jim.
Subió los escalones del autobús, uniéndose a los que esperaban dentro.
—Cuídate mucho—rogó Pat a Jim.
—¿Qué te ha parecido mi discurso?—preguntó Jim.
—Estaba bañándome; sólo he escuchado una parte. Pero, aun así, creo que es el
mejor que has pronunciado. Sal también lo cree, y él lo ha escuchado integro. Ahora
comprende que ha cometido un lamentable error; debió haberse quedado a tu lado.
—Es una lástima que no lo haya hecho.
—¿No crees, después de todo, que es mejor tarde que...?
—Sí—dijo Jim—. Es mejor tarde que nunca.
Volviéndose, siguió a Sal, que entraba en el autobús.
Lo había dicho, pero no era cierto. Habían ocurrido demasiadas cosas; era
demasiado tarde. El y Sal se habían separado para siempre. Y ambos lo sabían..., o
más bien, lo temían. Y buscaban instintivamente un nuevo acercamiento, sin saber muy
bien cómo lograrlo.
Cuando el autobús comenzó a girar,—ascendiendo vertiginosamente, Sal se inclinó
hacia Jim y comentó:
—Te has desenvuelto magníficamente desde la última vez que te vi, Jim. Déjame
felicitarte. No es ironía, sino todo lo contrario.
—Gracias—contestó brevemente Jim.
—Pero nunca me perdonarás que te hava presentado mi renuncia cuando lo hice,
¿no es cierto? No puedo culparte.
Sal permaneció en silencio.
—Podrías haber sido secretario de Estado—señaló Jim.
Sal hizo un gesto asintiendo.
—Así es la vida—se lamentó—. De todos modos espero que ganes, Jim. Sé que
será así, después ese discurso; sin lugar a dudas, fue una obra de arte el prometer el
oro y el moro a todo el mundo. Además hay que decir que serás un gran Presidente.
Alguien de quien todos nos enorgulleceremos.
Sonrió cálidamente y luego preguntó:
—¿Te estoy dando la lata, Jim?
El satélite Salón de los placeres estaba frente a ellos; desde uno de los pechos que
hacían las veces de plataforma, el pezón de luz rosada guió el descenso de la nave.
Indudablemente era una invitación para todos los que llegaban. El principio Yin se
cumplía en el espacio, aumentando en proporciones cósmicas.
—Es increíble que George Walt puedan caminar —comentó Jim— unidos por la
base del cráneo como están. Debe ser tremendamente incómodo.
—¿Qué quieres decir?—interrogó Sal, ahora tenso e irritado.
—Nada en especial—repuso Jim Briskin—. Parece lógico que uno de los hermanos
hubiera
sacrificado al otro por motivos prácticos.
—¿Acaso los has visto alguna vez?
—No.
Jim ni siquiera había estado en el satélite.
—Es que están encariñados el uno con el otro —indicó Sal.
El autobús a reaccion comenzó a posarse sobre el campo de aterrizaje; el girar
permanente del satélite provocaba un flujo magnético constante, suficiente para atraer
hacia sí los objetos más pequeños.
Jim Briskin pensó:
"Es aquí donde hemos cometido nuestro error. Nunca debimos permitir que este
lugar se volviera atractivo..., en ningún sentido."
No se mostraba muy ingenioso, pero era lo más sagaz que podía pensar en
aquellas circunstancias.
"Tal vez Pat tuviera razón—se decía—. Tal vez yo, ni igualmente Sal Heim, no
regresemos de este lugar."
Hubiera preferido pensar en cualquier otra cosa; el satélite Salón de los placeres no
era precisamente el lugar que hubiera elegido para finalizar sus días.
"Es irónico —concluyó— venir aquí ahora, por primera vez, en este momento de mi
vida."
Las puertas del autobús se deslizaron hacia atrás apenas la nave dejó de girar.
—Aquí estamos —dijo Sal, incorporándose con rapidez—. Vamos allá.
Junto a los voluntarios del partido, caminó hacia la entrada más cercana.
Transcurrido un instante, Jim Briskin les siguió.
La hermosa morena desnuda que estaba de servicio en la entrada, sonrió,
mostrando sus blanquísimos dientes y dijo:
—Sus billetes, por favor.
—Somos todos nuevos explicó Sal, sacando su billetera—. Pagaremos al contado.
—¿Hay algunas chicas en particular a las que queréis visitar?—preguntó la
empleada, guardando el dinero en la caja registradora.
Jim Briskin indicó:
—Una chica llamada Sparkey Rivers.
—¿TODOS VOSOTROS?—exclamó la muchacha, parpadeando y encogiéndose
de hombros luego, discretamente—. Está bien, caballeros. De gustibus non
disputandum est. Puerta número tres. Id con cuidado y no os empujéis, por favor. Ella
está en el cuarto 395.
Señaló hacia la puerta número tres y el grupo fue en esa dirección
Al otro lado de la puerta número tres, Jim Briskin vio largas filas de puertas doradas
y resplandecientes; sobre algunas de ellas había luces encendidas y comprendió que
en ese momento deberían estar desocupadas de clientes. Y, sobre cada puerta vio
curiosas fotografías animadas de las muchachas que estaban dentro. Las fotografías
les llamaban, intentaban atraerles o lloriqueaban mimosas, a medida que cada uno de
ellos se acercaba buscando el cuarto 395.
—¡Hola, guapo!
—Ven, cariño...
—¿Cómo estás, tesoro?
—Date prisa, simpático... Te estoy esperando...
Sal Heim informó:
—Es por aquí. Pero no necesitas ir, Jim, yo puedo llevarte directamente a la oficina.
"¿Podré confiar en ti?", se preguntó Jim Briskin.
—Está bien—dijo. Y esperó no haberse equivocado.
—Por este ascensor—indicó Sal—. Aprieta el botón C.
Entraron en el ascensor— el resto del grupo le siguió, apretujándose tras ellos. Más
de la mitad quedó fuera, en el corredor.
—Vosotros seguidnos—ordenó Sal—. Lo más rápido posible.
Jim oprimió el botón C y la puerta del ascensor se cerró silenciosamente.
—Me siento deprimido—comentó a Sal—. No se por qué.
—Es el lugar. No es para ti. Pero si fueras vendedor de corbatas, o vajillas de plata
o pieles de insectos, te gustaría. Vendrías todos los días, si la salud te lo permitiera.
—No lo creo—opinó Jim—. No importa cuál fuera mi profesión.
El lugar iba en contra de su forma de ser, de todos sus principios éticos... y
estéticos.
La puerta del ascensor se abrió suavemente.
Sal marchó con Jim delante del grupo, a través del silencioso pasillo alfombrado. Al
entrar en el despacho, saludó neutralmente:
—Hola, George Walt.
Los dos mutantes estaban ante su gran escritorio de madera de cerezo, sentados
en el ancho sillón especialmente construido para ellos. Uno de los cuerpos colgaba del
otro como un saco fláccido y un ojo, marchito y vacío, miraba sin ver.
Con voz chillona, la cabeza gimió:
—Se está muriendo. Incluso creo que está muerto; usted sabe que está muerto.
El ojo activo miraba recriminando malignamente a Tito Cravelli, que, con su rifle
láser en la mano, se hallaba al otro lado de la habitación. Una de las manos con vida
sacudió con desespero el brazo inerte del otro cuerpo.
—¡Di algo!—exclamó histéricamente.
Con inmensa dificultad, el cuerpo ileso se puso en pie— entonces, su silencioso
compañero chocó contra él. Con horror, George —¿o Walt?— apartó de sí el gravoso
saco sin vida.
Un débil espasmo vital animó al saco colgante; no estaba del todo muerto. En el
rostro de su hermano surgió una arrebatadora esperanza. De repente, la criatura se
tambaleó de forma grotesca en dirección a la puerta.
—¡Corre!—gritó la cabeza, al tiempo que el cuerpo procuraba escapar
torpemente—. ¡Aún puedes hacerlo!
La impetuosa criatura doble rodó sobre los sorprendidos voluntarios que estaban
en la puerta, cayendo todos al suelo en un confuso montón; el mutante
aterrado, luchando por quitarse de encima el cuerpo herido que le oprimía en medio del
desorden.
Jim Briskin, al ver que George Walt asomaba cabeza, se zambulló para atraparle.
Consiguió asir un brazo y tiró de él hacia arriba.
El brazo se separó del cuerpo.
Jim se quedó mirándolo, mientras George Walt saltaba sobre sus cuatro piernas,
abalanzándose hacia el corredor.
Sin apartar su mirada, Jim alcanzó el brazo a Heim.
—Es artificial—dijo.
—Eso parece—asintió Sal, atónito.
Y, arrojando el brazo a un lado, se lanzó velozmente tras George Walt; Jim se unió
a él y juntos persiguieron a los mutantes a través del corredor alfombrado. El
organismo de tres brazos se movía con dificultad, con los dos cuerpos entrechocando y
separándose continuamente. Al fin cayó al suelo con todos sus miembros extendidos y
Sal se arrojó sobre el cuerpo derecho, cogiéndolo por la cintura.
El cuerpo íntegro quedó suelto: brazos, piernas y tronco. Pero sin la cabeza. El otro
cuerpo—con la cabeza—, se las arregló de manera sorprender para levantarse y seguir
corriendo.
George Walt no era un mutante, sino un individuo normalmente constituido. Jim
Briskin y Sal Heim le vieron irse; acompañaba con sus brazos el vigoroso movimiento
de sus piernas.
Después de una larga pausa, Jim dijo:
—Vamos..., larguémonos de aquí.
—Eso es—asintió Sal, volviéndose a mirar a los voluntarios del partido, que habían
llegado tras ellos. Tito Cravelli salió de la oficina, con el rifle en la mano; vio el cuerpo
que había sido parte de los mutantes y comprendió instintivamente, levantó su mirada
cuando el gemelo restante desaparecía tras una esquina del corredor.
—Ya no podemos atraparlos—dijo—. Jamás.
—Atraparlo—corrigió mordazmente Sal Heim—. ¿Quién de los dos sería el
sintético, George o Walt? ¿Por qué toda esta farsa? No lo entiendo.
—Uno de ellos debió morir hace mucho tiempo.
Sal y Jim le miraron intrigados.
—Seguro—afirmó Tito—. Lo que ha ocurrido hoy, debe haber pasado antes. Eran
mutantes de nacimiento, de acuerdo; pero luego, uno de los cuerpos debió fallecer y el
sobreviviente se hizo construir otra parte sintética. No hubiera podido subsistir solo,
porque el cerebro... Bueno, habéis visto como estaba el sobreviviente; sufría de un
modo horrible. Imaginad cómo estaría la primera vez cuando...
—Sin embargo, ha sobrevivido—subrayó Sal.
—Mejor para él—dijo Tito sin ironía—. Francamente, me alegro de que así fuera; lo
merecía. Se arrodilló e inspeccionó el tronco.
—Me parece que éste es George—comentó—. Espero que puedan restaurarlo a
tiempo.
Luego se puso de pie y añadió:
—Ahora, volvamos a la plataforma; quiero irme de aquí. Y después quiero un vaso
de leche descremada caliente. Un vaso bien grande.
Seguidos por los voluntarios del partido, los tres hombres avanzaron en silencio
hacia el ascensor. Nadie los detuvo. El corredor, por fortuna, estaba desierto. No había
siquiera fotografías que tratar de atraerles con sus encantos.
Cuando llegaron de nuevo a Chicago, Patricia Heim estaba esperándoles.
—¡Gracias a Dios! —exclamó, echándose en brazos de su marido—. ¿Qué ha
pasado? Me parecía que tardabais muchísimo, pero no ha sido tanto; sólo habéis
estado fuera una hora.
—Te lo contaré más tarde —dijo bruscamente Sal—. Ahora sólo quiero descansar.
—Creo que dejaré de pedir la clausura del Satélite de los placeres—anunció Jim de
pronto.
—¿Qué?—preguntó Sal, perplejo.
—Creo que he sido demasiado rígido —dijo Jim—. Demasiado puritano. Preferiría
no truncar su existencia: me parece que se la ha ganado.
Se sentía aturdido, incapaz de pensar en realidad en eso.
Lo que más le había impresionado, lo que le había hecho cambiar, no era la
transformación de George Walt en dos entidades distintas, una artificial, otra genuina,
sino la revelación de Lurton Sands sobre los numerosos bibs mutilados.
Había estado pensándolo, tratando de hallar una solución. Si se despertaba a los
bibs mutilados, debería hacerse en último término. Y para ese momento tal vez hubiera
suficientes órganos en el banco de la ONU. Pero había otra posibilidad en la que ese
momento reparaba. La existencia conjunta de los hermanos George Walt probaba la
funcionalidad de los órganos totalmente mecánicos. Jim Briskin en esto una esperanza
para las víctimas de Lurton Sands. Posiblemente se pudiera llegar a un trato con
George Walt; se les dejaría en paz a cambio de que ellos, revelaran el nombre del
fabricante de sus altamente perfeccionados órganos artificiales. Era muy probable que
se tratara de una firma de Alemania Occidental; tales organizaciones estaban
adelantadas allí en esa clase de experimentos. También podía tratarse de ingenieros
contratados exclusivamente por el satélite y que tuvieran residencia permanente en él.
De todos modos, cuatrocientas vidas representaban una cantidad importante, y se
justificaba cualquier esfuerzo por salvarlas "Incluso—decidió—, el de persuadir a
George Walt."
~—Vayamos a tomar algo caliente—propuso Pat—. Estoy congelada.
Llave en mano, se dirigió hacia la puerta de la sede central del partido RL.
—Aquí podremos preparar un poco de café atóxico sintético.
Mientras esperaban que la cafetera se calentara, Tito sugirió:
—¿Por qué no deja que el satélite decaiga por si solo? Cuando comience la
emigración, la demanda sus servicios será cada vez menor. Usted dejó entrever algo
de eso en su discurso desde Chicago.
—Como tú bien sabes, yo ya he estado arriba otras veces—recordó Sal—. Y no he
muerto. Tito también estado allí y tampoco ha muerto o se ha degenerado.
—Está bien, está bien —dijo Jim—. Si George Walt no se meten conmigo, yo haré
lo mismo con ellos. Pero si siguen persiguiéndome o si no me ayudan en este asunto
de la construcción de órganos artificiales entonces será necesario hacer algo. En
cualquier caso, el bienestar de esos cuatrocientos bibs es lo principal.
—El café está listo —anunció Pat, comenzando a servirlo.
Después de sorber un trago, Sal Heim dijo:
—¡Qué bien sabe!
—Tienes razón —asintió Jim Briskin. En verdad, esa taza de café sintético atóxico
caliente, debía ser (sólo los Cols de clase baja que vivían los dormitorios del Estado
bebían café verdadero) exactamente lo que necesitaba. Le hizo sentir mucho mejor.
En noviembre, a pesar de las abusivas transmisiones de televisión enviadas desde
el satélite Salón de los placeres, o tal vez a causa de las mismas, Briskin había
conseguido sobrepasar la popularidad de Bill Schwarz y, por consiguiente, ganó las
elecciones presidenciales.
De modo que, por fin, casi cien años más tarde de lo que se esperaba, Salisbury
Heim podía decir "Los Estados Unidos tienen un Presidente negro. La nueva época del
entendimiento humano ha comenzado al fin. O al menos confiemos en que así sea"
—Lo que necesitamos—dijo Patricia, pensativa, mientras ambos examinaban un
duplicado de los últimos resultados del escrutinio—es celebrarlo con una fiesta.
—Estoy agotado para eso—repuso Sal—. Una cerveza, puede ser. Pero luego a
casa, a dormir.
Fuera, una multitud de simpatizantes gritaba de alegría; el barullo se filtraba hasta
el interior de la sede de la campaña. Sal Heim se dirigió hacia la ventana para
observar.
"Un voto para Jim Briskin —pensó, recordando el lema de la campaña electoral—
es un voto para la humanidad." Gastado ya y demasiado simplificado desde siempre, el
lema encerraba en el fondo una verdad sustancial. De modo que, tal vez, sus riñas con
Jim habían valido la pena.
Con sus grandes pies sobre el brazo del sofá, Danville dijo:
—Han sido mis espléndidos discursos los que te abierto el camino, Jim. ¿Cuál será
mi recompensa ahora?—bromeó—. Estoy esperando.
—No hay nada en la Tierra que alcance a recompensar tal ayuda—respondió Jim
Briskin, distraídamente.
—Míralo—dijo Danville a Dorothy Gill—. Ni siquiera ahora es feliz. Va a echar a
perder la fiesta, Pat.
—¡Qué va! Jamás lo haría—aseguró Jim, incorporándose, con su mayor
predisposición.
Después de todo, los demás tenían razón; aquél era el gran momento. Pero para
él, en verdad, el gran momento histórico había comenzado a diluirse y desaparecer, era
demasiado inaprehensible, estaba tejido demasiado sutilmente en la trama de la
realidad cotidiana. Además, los problemas que le aguardaban hacían impedirle reparar
en cualquier otra cosa. No obstante así debía ser.
Un guardia del Servicio Secreto se aproximó a él. —Señor Briskin—le dijo—.
Hemos interceptado en el vestíbulo a un hombre que quiere hablar con él.
—Algún entusiasta—comentó Pat.
—Un asesino—exclamó Tito, buscando su arma en el bolsillo.
—No —afirmó el guardia—. Es un hombre que viene por negocios.
Jim abrió la puerta que daba al vestíbulo y miró hacia allí, intrigado. Tal como había
asegurado guardia, no era un entusiasta ni un asesino. El hombre que esperaba para
hablar con él, grueso e iba vestido con una antigua chaqueta, era Bruno Mini.
Extendiendo su mano, Mini expresó caluroso:
—Pues sí que me ha costado entrevistarme con usted, señor Presidente Electo. He
tratado de conseguirlo a lo largo de toda su campaña.
Buscó en su alborotado portafolios y añadió ~
—Usted y yo tenemos una cantidad de negocios vitales que tratar, señor Ahora
puedo revelarle que el planeta con el que he planeado comenzar, yhay duda de que
para usted será una sorpresa, Urano. Tan al alcance de la mano como está y tan
grande como es. Ahora bien; usted me preguntara ¿por qué?
—No—respondió Jim—. No le preguntó por qué.
Estaba resignado. Tarde o temprano, aun después del descubrimiento del mundo
virgen, en el que habían comenzado a trabajar los primeros exploradores de Terran,
Mini tenía que entrevistarse con él. A fin de cuentas, era casi un alivio. Tales cosas
estaban ya predeterminadas en la vida; podía verlo con claridad en la cara rubicunda y
excitada de Bruno Mini, y en sus ojos saltones.
—Permítame describirle las ventajas de Urano —expuso Mini, rebosante de
alegría. Y comenzó a entregar a Jim un abrumador fárrago de documentos, que extraía
incansablemente de su portafolio lo más rápido posible.
"Serán cuatro años difíciles—pensó Jim Brisk estoicamente—. ¿Cuatro? No me
extrañaría que fueran ocho."
Tal como marcharon las cosas, tuvo razón. Fueron ocho años.
FIN

miércoles, diciembre 24, 2008

CUENTOS INDISCRETOS -- Hector Hugh Munro


CUENTOS INDISCRETOS


Saki
(Hector Hugh Munro)

(1870 - 1916)

 



LA VENTANA ABIERTA

Mi tía bajará dentro de un momento, Sr. Nuttel – dijo una niña de 15 años muy dueña de si-. Mientras tanto le tocará conformarse conmigo.
Framton Nuttel se esforzó por decir algo que halagara apropiadamente a la sobrina presente sin descartar de modo desconsiderado a la tía por venir. Personalmente dudaba más que nunca de que esas visitas formales a una serie de personas completamente extrañas sirvieran mayor cosa para ayudar a la cura de nervios que, según se suponía, estaba siguiendo.
- Yo sé qué va a pasar – le dijo su hermana cuando él se estaba preparando para emigrar a ese retiro rural -; te vas a enterrar allá abajo sin hablar con un ser viviente, y con el atontamiento vas a tener los nervios peor que nunca. Te voy a dar cartas de presentación para todas las personas que conozco allá. Algunas hasta donde me acuerdo, eran muy agradables.
Framton se preguntaba si la Sra. Sappleton, a quien le traía una de las cartas de presentación, entraría en el departamento de las agradables.
- ¿Conoce mucha gente de por aquí? – le preguntó la sobrina cuando le pareció que ya habían tenido suficiente comunicación silenciosa.
- Casi a nadie – dijo Framton – mi hermana estuvo aquí en la parroquia, como sabe, hace unos cuatro años, y me dio cartas de presentación para la gente del lugar. Dijo esto último en un tono evidente de excusa.
- ¿Entonces, prácticamente no sabe nada de mi tía? – continuó la segura jovencita.
- Sólo su nombre y dirección – admitió el visitante. No sabía si la señora Sappleton era casada o viuda. Algo indefinible en la habitación parecía sugerir la idea de que allí viviera un hombre.
- Su gran tragedia ocurrió apenas hace tres años – dijo la niña -, eso fue después de la época en que estaba su hermana.
- ¿Su tragedia? – preguntó Framton; le parecía de algún modo que encontrar tragedias en esa región de descanso estaba fuera de lugar.
- Usted se preguntará, tal vez, por qué mantenemos esa ventana abierta de par en par, en una tarde de octubre – dijo la sobrina, indicando una gran puerta ventana que se abría sobre un prado.
- Hace mucho calor para esta época del año – dijo Framton -; ¿pero esa ventana tiene algo que ver con la tragedia?
- Por esa puertaventana, hace exactamente tres años, salieron el marido y los dos hermanos menores de mi tía, para su sesión de tiro del día. Jamás volvieron. Al cruzar el pantano para ir a su lugar favorito para tirarle a las becadas, a los tres se los tragó un fangal traicionero. Había sido un verano húmedo espantoso y pedazos de terreno que otros años habían sido seguros, se hundían sin saber a qué horas. Sus cuerpos nunca se recobraron. Eso fue lo peor de todo. – aquí la voz de la niña perdió su entonación segura y se quebró de modo muy humano -. La pobre tía piensa que volverán algún día, ellos y el perrito de cacería que se hundió con ellos, y que van a volver a entrar por esa puerta como siempre lo hacen. Por eso es que se deja abierta la puertaventana todas las tardes hasta cuando ya está completamente oscuro. La pobre tía me ha dicho muchas veces cómo salieron, su esposo con su chaqueta impermeable blanca en el brazo, y Ronnie, su hermano menor, cantando “¿Bertie, por qué brincas?” como siempre lo hacía, en broma porque ella decía que la canción le ponía los nervios de punta. ¿Sabe una cosa?, a veces en tardes tranquilas como esta tengo la idea soterrada de que van a entrar por esa puerta ventana...
Terminó con un ligero estremecimiento. Para Framton fue un alivio ver entrar a la tía con un millón de excusas por demorarse tanto en aparecer.
- Espero que Vera lo haya estado entreteniendo – dijo.
- Me ha dicho cosas muy interesantes – dijo Framton.
- Ojalá no le moleste la ventana abierta – dijo la señora Sappleton en tono ligero -, mi marido y mis hermanos ya regresas de su cacería, y siempre entran por allí. Hoy han estado cazando becadas en los pantanos, de modo que me van a volver un asco mis pobres tapetes. Como siempre los hombres, ¿cierto?.
Charló alegremente sobre la cacería y la escasez de aves, y sobre la esperanza de patos en el invierno. A Framton, todo eso la parecía el horror puro. Hizo un esfuerzo desesperado pero no completamente exitoso para llevar la conversación a un tema menos espantoso; se daba cuenta de que la dueña de casa le prestaba apenas un fragmento de su atención, y de que sus ojos constantemente miraban más allá de él hacia la ventana abierta y el prado que estaba detrás. Era una coincidencia verdaderamente desgraciada que él estuviera haciendo su visita en ese trágico aniversario.
- Los médicos están de acuerdo en aconsejarme completo reposo, abstenerme de excitaciones mentales y evitar cualquier clase de ejercicio violento – anunció Framton, quien partía de la base de esa ilusión bastante difundida, según la cual los complementos extraños y las amistades casuales están hambrientas de conocer, hasta el más insignificante detalle, las enfermedades de que uno sufre, sus causas y su manera de curarse -. En materia de dietas no están tan de acuerdo – prosiguió.
- ¿No? – dijo la señora Sappleton, en una voz que fue reemplazada por un bostezo en el último momento. Luego, de pronto, puso evidente atención pero no a lo que estaba diciendo Framton.
- ¡Por fin llegaron! – exclamó -. ¡apenas a tiempo para el té, y no parecen venir embarrados hasta las cejas!.
Framton, un poco trémulo, se volvió hacia la sobrina con una mirada que pretendía llevarle su piadosa comprensión. La niña miraba a través de la ventana abierta con ofuscación y horror en los ojos. Con un escalofrío de miedo innombrable, Framton se dio vuelta en su asiento y miró en la misma dirección.
En la creciente penumbra tres figuras atravesaban el prado hacia la puertaventana, todos llevaban escopetas bajo el brazo, y uno de ellos, además, llevaba una chaqueta blanca colgando de los hombros. Un cansado perro de cacería castaño los seguía pegado a sus talones. Se acercaban a la casa sin hacer ruido, y de pronto una voz ronca y juvenil comenzó a cantar desde la sombra: “Te lo dije Bertie, ¿por qué brincas así?”. Framton agarró desesperadamente su bastón y su sombrero, apenas si notó la puerta del salón, la entrada de gravilla, y la puerta del frente en su retirada a la carrera. Un ciclista que venía por el camino tuvo que estrellarse con seto para evitar atropellarlo.
- Aquí estamos, querida – dijo el que llevaba la chaqueta blanca al entrar por la puertaventana -; había bastante barro, pero la mayor parte está seca.
¿Quién era ese que salió corriendo apenas entramos?
- Un hombre sumamente extraño, un tal señor Nuttel – dijo la señora Sappleton -; no podía hablar sino de sus enfermedades, y salió corriendo sin decir una palabra para despedirse o excusarse cuando ustedes llegaron. Parecía que hubiera visto un fantasma. – Yo creo que fue el perro – dijo la sobrina tranquilamente -; me contó que les tenía terror a los perros. Una vez lo persiguió una manada de perros Parias hasta un cementerio a orillas del Ganges, y tuvo que pasar la noche en una tumba recién abierta con los perros gruñendo y mostrándole los dientes o los hocicos llenos de espuma muy cerca de su cabeza. Lo suficiente para acobardar a cualquiera.
La novela improvisada era la especialidad de la niña.



TOBERMORY


Era una tarde fría y lluviosa de finales de agosto, esa época indefinida en que las perdices todavía se refugian del frío y no hay nada que cazar – a menos que tenga al norte el canal de Bristol, en cuyo caso se puede legalmente galopar detrás de los gordos siervos colorados. La casa de Lady Blemley no limitaba por el norte con el canal de Bristol, por lo cual, esa misma tarde había una numerosa reunión de sus invitados alrededor de la mesa del té. Y a pesar de la escasez de la temporada y de la trivialidad de la ocasión, no había huellas en la reunión de esa fatigada inquietud que indica el temor a la pianola y el anhelo disimulado de jugar al Bridge. La franca y boquiabierta atención de todos los reunidos se dirigía hacia la personalidad hogareña negativa del señor Cornelius Appin. De todos los invitados, era éste el que había llegado a casa de Lady Blemley con la reputación más incierta. Alguien había dicho que era “inteligente” y había sido invitado con la esperanza moderada, por parte de su anfitriona, de que cuando menos alguna parte de esa inteligencia contribuyera al entretenimiento general. Hasta la hora del té, la señora había sido incapaz de descubrir en qué dirección, si había alguna, se manifestaba esa inteligencia. No era ni ingenioso, ni campeón de croquet, no era hipnotizador, ni creador de escenas de teatro aficionado. Tampoco sugería su exterior la clase de hombre a quien las mujeres están dispuestas a perdonarle una amplia medida de deficiencia mental. Se había limitado a ser sólo el señor Appin, y él Cornelius parecía una muestra de obvia fanfarronería bautismal; y ahora afirmaba que había lanzado al mundo un descubrimiento junto al cual la invención de la pólvora, de la imprenta y de la locomoción a vapor eran fruslerías insignificantes. La ciencia había dado pasos asombrosos en muchas direcciones en los últimos años, pero esto parecía hacer parte del dominio de lo milagroso más que de la proeza científica.
- ¿Y usted nos pide realmente que creamos – decía sir Wilfrid -, que ha descubierto un método de instruir a los animales en el arte del habla humana, y que el viejo y querido Tobermory ha resultado ser su primer discípulo exitoso?
- Es un problema en el que he trabajado desde hace diecisiete años – dijo el señor Appin -, pero sólo hace ocho o nueve meses que he sido recompensado con muestras de éxito. Por supuesto, he experimentado con miles de animales, pero sólo recientemente con los gatos, esas maravillosas criaturas que se han asimilado tan perfectamente a nuestra civilización sin perder nada de sus instintos silvestres altamente desarrollados. Aquí y allá, entre los gatos, uno tropieza con un intelecto superior que sobresale, lo mismo que pasa entre los seres humanos, y cuando me hice amigo de Tobermory, hace una semana, vi al momento que estaba en contacto con un “super- gato” de extraordinaria inteligencia. Había avanzado mucho en el camino del éxito en mis experimentos recientes; con Tobermory, como dicen, llegué a la meta.
El señor Appin concluyó su notable declaración en una voz que procuró despojar de cualquier inflexión triunfante. Nadie dijo “basura”, aunque los labios de Clovis se movieron en una contorsión trisilábica que probablemente invocaba esa imagen de la mentira.
- ¿Quiere decir – preguntó la señorita Resker, después de una breve pausa – que usted le ha enseñado a Tobermory a decir y a entender palabras fáciles de una sílaba?.
- Mi querida señorita Resker – dijo el hacedor de milagros, pacientemente – Se les enseña de esa manera fragmentaria a los niños, a los salvajes y a los adultos retrasados; cuando uno ha logrado resolver el problema de llegar a entenderse con un animal de inteligencia altamente desarrollada, no tiene necesidad de esos métodos vacilantes. Tobermory puede hablar nuestra lengua de una manera impecable.
Esta vez Clovis dijo claramente: “¡Más que basura!”. Sir Wilfrid fue más cortés, pero igualmente escéptico. -¿No sería mejor que trajéramos al gato y juzgáramos nosotros mismos? – sugirió Lady Blemley.
Sir Wilfrid fue en busca del animal, y los reunidos se acomodaron en la lánguida expectativa de presenciar una sesión más o menos hábil de ventriloquía aficionada.
Un minuto después, sir Wilfrid estaba de vuelta en el salón con el rostro blanco detrás de la quemadura del sol y los ojos dilatados de excitación.
- ¡Por Dios, es cierto!
- Su agitación era inconfundiblemente genuina, y sus oyentes se le acercaron con la emoción del interés que se despierta.
Dejándose caer en un sillón, continuó sin aliento, “lo encontré dormitando en el salón de fumar y le dije que viniera a tomar el té. Parpadeó mirándome como hace siempre, y yo le dije, “Ven Toby, no nos hagas esperar”, ¡Por Dios, me contestó con la voz más espantosamente natural, que vendría cuando le diera la gana! ¡Por poco me caigo muerto!”.
Appin les había predicado a algunos oyentes absolutamente incrédulos; la declaración de sir Wilfrid, produjo una convicción inmediata. Un coro de exclamaciones exaltadas como para la torre de Babel, se levantó alrededor del científico que gozaba callado del primer fruto de su estupendo descubrimiento.
En medio del clamor, Tobermory entró al salón y avanzó con su paso aterciopelado y su estudiada despreocupación a través del grupo que se sentaba alrededor de la mesa del té.
Un súbito silencio de embarazo y temor cayó sobre los reunidos. En cierto modo, parecía algo vergonzoso dirigirse en términos de igualdad a un gato doméstico de reconocida capacidad dental.
- ¿Quieres un poco de leche, Tobermory? – preguntó Lady Blemley en una voz más bien forzada.
- No me caería mal – fue la respuesta expresada en un tono de tranquila indiferencia. Un estremecimiento de excitación contenida pasó entre los oyentes, y era de perdonarse que Lady Blemley sirviera la leche con la mano un poco temblorosa.
- Me temo que derramé bastante – dijo ella en tono de excusa.
- Después de todo, no es mi leche concentrada – fue el comentario de Tobermory.
Otro silencio cayó sobre el grupo, y luego la señorita Resker, en su mejor estilo de visitadora de distrito, le preguntó si el lenguaje humano había sido difícil de aprender. Tobermory la miró a la cara un momento y luego fijó la vista serenamente en la media distancia. Era obvio que las preguntas aburridas estaban por fuera de su esquema de la vida.
- ¿Qué piensa de la inteligencia humana? – preguntó Mavis Pellington débilmente.
- ¿La inteligencia de quién en particular? – preguntó con frialdad Tobermory.
- Bueno, la mía, por ejemplo – dijo Mavis con una ligera risita.
- Me pone usted en una situación embarazosa – dijo Tobermory cuyo tono y actitud no sugería ni una pizca de embarazo -. Cuando se discutió su inclusión en esta reunión, sir Wilfrid prontestó que usted era la mujer más tonta que él conocía, y dijo que había una gran diferencia entre la hospitalidad y el cuidado de los débiles mentales. Lady Blemley contestó que su falta de cerebro era precisamente la cualidad que le había ganado su invitación, porque usted era la única persona que le venía a la mente que fuera lo bastante idiota para comprarle su auto viejo. Ya sabe, el que llaman “La Envidia de Sísifo”, porque anda muy bien cuesta arriba si uno lo empuja.
Las protestas de Lady Blemley hubieran tenido mayor efecto si no le hubiera sugerido a Mavis, casualmente esa misma mañana, que el automóvil en cuestión, era precisamente lo que ella necesitaba para su casa de Devonshire.
El mayor Barfield se lanzó con todo su peso a efectuar un ataque por el otro costado.
- ¿Qué dices de tus escarceos con esa gata color carey en los establos, ah?
En el momento en que afirmó tal cosa todo el mundo se dio cuenta del desatino.
- Uno no discute usualmente esas cosas en público – dijo Tobermory fríamente -. Después de haber observado por encima su manera de proceder desde que llegó a esta casa, me imagino que no le parecería conveniente que yo cambiara la conversación hacia sus propios asuntitos.
El pánico que sobrevino a continuación no se limitó al mayor.
- ¿Querrías ir a ver si el cocinero ya te tiene lista la cena? – sugirió Lady Blemley apresuradamente, pretendiendo ignorar que faltaban por lo menos dos horas para que fuera la de la cena de Tobermory.
- Gracias – dijo Tobermory -, no la tomo tan encima del té. No quiero morirme de la indigestión. – Los gatos tienen siete vidas, como bien sabes – dijo sir Wilfrid con entusiasmo.
- Es posible – contestó Tobermory -, pero no tenemos sino un solo hígado.
- ¡Adelaida! – dijo la señora Cornett -; ¿vas a animar a ese gato a que salga a chismorrear sobre nosotros en el cuarto de los sirvientes?
- El pánico se había generalizado verdaderamente. Una delgada balaustrada ornamental pasaba en frente de la mayoría de las ventanas de las alcobas en Las Torres, y se recordaba con desaliento que este era el paseo favorito de Tobermory a todas las horas en que pudiera echarles ojo a las palomas y sabe Dios a qué otras cosas además. Si se proponía hacer reminiscencias de la misma manera franca de ese momento el efecto iba a ser más que desconcertante. La señora Cornett, que gastaba mucho tiempo en el tocador, y cuya piel tersa tenía fama de ser puntual pero inconstante, parecía tan desazonada como el mayor. La señorita Scrawen, quien escribía poesía intensamente sensual y llevaba una vida intachable simplemente se mostraba irritada; si uno es metódico y virtuoso en la intimidad, no quiere necesariamente que todo el mundo lo sepa. Bertie Van Tahn, que era tan depravado a los diecisiete que hacía mucho había renunciado a ser peor, se puso de un color de gardenia opaco, pero no cometió el error de salir corriendo del salón como Odo Finsberry, un joven caballero que según se pesaba estaba estudiando para eclesiástico, y que se perturbó posiblemente con la idea de los escándalos que podía oír sobre otras personas. Clovis tuvo la presencia de ánimo de mantener un aspecto controlado; en su interior calculaba cuánto tardaría en conseguir una caja de ratones bonitos en el almacén de moda, como una especie de pago por el silencio.
Incluso en una situación delicada como ésta, Agnes Resker no se resignaba a quedarse atrás.
- ¿Por qué razón se me ocurrió alguna vez venir aquí? – preguntó con tono dramático. Tobermory aceptó inmediatamente la apertura.
- A juzgar por lo que usted le dijo a la señora Cornett en el campo de croquet, ayer, usted venía en busca de comida. Usted describió a l o Belmleys como la gente más aburrida que conocía, pero dijo que eran lo suficientemente inteligentes par tener un cocinero de primera clase; de otro modo les sería muy difícil invitar a alguien que viniera otra vez.
- ¡No hay una palabra de verdad en eso!- que lo diga la señora Cornett – exclamó la desconcertada Agnes.
- La señora Cornet le repitió después lo que usted dijo a Bertie Van Than – continuó Tobermory -, y dijo, “esa mujer es una verdadera practicante de La Marcha del Hambre, iría a cualquier parte por cuatro comidas completas al día”, y Bertie Van Tahn dijo... en ese momento, por misericordia, la crónica se detuvo. Tobermory había alcanzado a ver que el gatazo amarillo de la parroquia se abría paso por entre los arbustos hacia un ala del establo. Como un rayo desapareció con la ventana abierta.
Con la desaparición de su en extremo brillante alumno, Cornelios Appin se encontró acorralado por un huracán de preguntas amargas, vituperantes y ansiosas, y por un ruego aterrador. La responsabilidad por la situación era toda suya y el debía impedir que las cosas se pusieran peor.
¿Podría Tobermory transmitir su peligroso don a otros gatos? Era la primera pregunta que tenía que contestar. Era posible, replicó que pudiera haber iniciado a la gata del establo, su íntima amiga, en sus nuevas habilidades, pero no era probable que sus enseñanzas hubieran ido más allá por el momento.
- Entonces – dijo la señora Cornett -, Tobermory puede ser un gato valioso y un gran consentido, pero estoy segura de que estarás de acuerdo, Adelaida, en que tanto él como la gata del establo deben hacerse desaparecer sin demora
- ¿No creerás que he gozado con el último cuarto de hora, cierto? - dijo amargamente Lady Blemley -. Mi esposo y yo queremos mucho a Tobermory, por lo menos lo queríamos antes que le infundieran esa horrible habilidad; pero ahora, por supuesto, lo único posible es destruirlo tan pronto como se pueda.
- Podemos poner un poco de estrictina en las sobras de pescado que se come a la hora de la cena – dijo sir Wilfrid -, e iré y ahogaré yo mismo a la gata del establo. El cochero estará muy triste de perder su gata, pero le diré que a los dos gatos se les prendió una especie de sarna muy contagiosa y que tememos que se extienda a las perreras.
- ¡Pero mi gran descubrimiento! – exclamó el señor Appin. -; después de todos mis años de investigación y experimentos...
- Puede ir a experimentar entre las vacas de la granja que están bajo un control apropiado – le dijo la señora Cornett -, o con los elefantes de los jardines zoológicos. Se dice que son muy inteligentes, y tienen la ventaja que no merodean alrededor de nuestras alcobas ni se meten debajo de las sillas y cosas así.
Un arcángel que hubiera anunciado en medio de un éxtasis la llegada de la nueva era y luego hubiera notado que tenía que posponerla indefinidamente por coincidir, de manera imperdonable, con la inauguración de las regatas de Henley, y a duras penas, estaría más abatido que Cornelius Appin ante el recibimiento de su maravilloso hallazgo. La opinión pública, sin embargo, estaba en su contra; de hecho, si se hubiera consultado el parecer general en torno a la materia, es probable que una minoría muy fuerte hubiera votado a favor de incluirlo en la dieta de estrictina.
Algunas reservas de tren defectuosas y un deseo nervioso de ver que las cosas se llevaran a término impidieron la inmediata dispersión del grupo, pero la cena de esa noche no fue un éxito social. Sir Wilfrid había pasado un rato bastante difícil con la gata del establo y posteriormente con el cochero. Agnes Resker ostentosamente limitó su comida a un pedazo de tostada, el cual mordió como si se tratara de un enemigo personal; mientras Mavis Pelligton guardaba un vengativo silencio a lo largo de la cena. Lady Blemley mantuvo un flujo de lo que ella esperaba que fuera conversación, pero su atención estaba fija en la entrada. Un plato de sobras de pescado cuidadosamente dosificado estaba listo en el aparador, pero llegaron los postres y Tobermory no apareció ni en el comedor ni en la cocina.
La cena sepulcral fue alegre comparada con la subsiguiente sobremesa en el cuarto de fumar. Comer y beber por lo menos habían servido de distracción y de excusa para el embarazo general. Ni pensar en jugar al bridge con esa tensión de nervios, y después que Odo Finsberry le dio una lúgubre versión de Melisenda en el Bosque a un público helado, la música tácitamente se descartó. A las once toda la servidumbre se fue a la cama, diciendo que, como de costumbre, la ventanita de la despensa se había dejado abierta para el uso privado de Tobermory. Los invitados se leyeron todas las revistas de actualidad, y poco a poco fueron cayendo en la Biblioteca Badminton y en los volúmenes empastados de Punch. Lady Blemley hacía visitas periódicas a las despensa volviendo todas las veces con una expresión de franca depresión que hacía inútil cualquier pregunta.
A las dos de la mañana, Clovis rompió el silencio dominante. “No volverá esta noche. Probablemente está en el periódico local en este momento, dictando el primer capítulo de sus reminiscencias. El libro de Lady como se llame no podrá competir con ellas. Serán el acontecimiento del día.”
Habiendo contribuido a la alegría general, Clovis se fue a la cama. A largos intervalos los demás miembros siguieron su ejemplo. Los sirvientes que traían el té de la mañana hicieron un anuncio uniforme en respuesta a una pregunta uniforme. Tobermory no había vuelto. El desayuno, si fuera posible, fue una reunión más desagradable que la cena, pero antes que terminara la situación se tranquilizó. El cadáver de Tobermory se encontró en el seto del cual lo trajo el jardinero que acababa de encontrarlo. Por los mordiscos que tenía en la garganta y por el pelo amarillo, era evidente que había caído en desigual combate con el gatazo de la parroquia.
A medio día, la mayoría de los invitados se había ido de Las Torres, y después de almuerzo, Lady Blemley había recobrado el ánimo lo suficiente para escribir una carta extremadamente antipática a la parroquia sobre la muerte de su valioso consentido.
Tobermory había sido el único alumno exitoso de Appin, y estaba destinado a no tener sucesor. Unas semanas después, un elefante del Jardín Zoológico de Dresden, que nunca había dado señales de irritabilidad, se soltó y mató a un inglés que aparentemente lo había estado molestando. El apellido de la víctima se mencionó de modo diverso en los periódicos como Appin y Eppelin, pero su nombre de pila fue fielmente citado como Cornelius.
- Si estaba tratando de enseñarle los verbos irregulares alemanes al pobre animal – dijo Clovis, se merecía lo que le pasó.


LOS HUÉSPEDES


El Paisaje que se ve desde nuestras ventanas es verdaderamente encantador –dijo Annabel-; esos huertos de cerezos y esos prados verdes, y el río que serpentea a lo largo del valle, y la torre de la iglesia asomándose entre los olmos, todo eso hace una verdadera pintura. Ha algo, aquí terriblemente soñoliento y lánguido, sin embargo; el estancamiento parece ser la nota dominante. Nunca pasa nada; tiempo de sembrar y de cosechar, una ocasional epidemia de sarampión o una tempestad moderadamente destructiva, y un poco de excitación por las elecciones más o menos una vez cada cinco años, eso es todo lo que tenemos para alterar la monotonía de nuestras existencias. ¿Más bien horrible, no es cierto?
- Por el contrario – dijo Matilda – me parece suave y reposado; pero por supuesto, tú sabes que yo he vivido en países en los que sí pasan cosas, muchísimas al mismo tiempo, cuando uno no está preparado para que pasen todas a la vez.
- Eso, por supuesto, es algo distinto – dijo Annabel.
- No podría olvidar – dijo Matilda -, la vez que el obispo de Bequar nos hizo una visita inesperada; iba a poner la primera piedra de la casa de una misión o algo por el estilo. – Yo pensaba que allá ustedes estaban siempre preparados para que les cayeran huéspedes de emergencia – dijo Annabel.
- Yo estaba totalmente preparada para media docena de obispos – dijo Matilda -; pero lo desconcertante fue descubrir, después de conversar un poco, que éste en particular era un primo lejano mío de una rama de la familia que se había peleado amarga y ofensivamente con la mía por un servicio de postre Crown Derby; ellos se habían quedado con él, y nosotros debíamos tenerlo en virtud de no se qué legado, o más bien, nosotros lo teníamos y ellos debían tenerlo, ya no me acuerdo cuál de las dos cosas; de todos modos, sé que ellos se portaron vergonzosamente. Y ahora me llegaba uno en olor de santidad, como quien dice, y reclamando la tradicional hospitalidad del oriente.
- Era bastante difícil, pero hubieras podido dejar que tu marido lo atendiera la mayor parte del tiempo. – Mi marido estaba a cincuenta millas en el monte, haciendo entrar en razón, o lo que él se imaginaba que era la razón, a la gente de un pueblito que creía que uno de sus jefes era un tigre reencarnado.
- ¿Un tigre, que? – Un tigre reencarnado, ¿has oído hablar de los hombres – lobos que son una mezcla de hombre, lobo y de mono?. Bueno en esos lugares tienen hombres – tigres, o creen que los tienen, y tengo que decir que en ese caso, hasta donde llegaban las pruebas no desvirtuadas, tenían todas las bases para creerlo. Sin embargo, como hemos renunciado a los juicios por hechicería desde hace unos trescientos años, no nos gusta que otra gente mantenga nuestras prácticas desechadas; no parece respetuoso con nuestra posición mental y moral.
- Espero que no tratarás mal al obispo – dijo Annabel.
- Bueno, por supuesto era mi huésped, de modo que tenía que ser exteriormente con él, pero él era lo suficientemente falto de tacto para desenterrar incidentes de la vieja pelea y tratar de demostrar que se podía decir algo en defensa de la forma como se había portado su lado de la familia; incluso si hubiera sido así, lo cual yo no admito ni por un instante, mi casa no era el lugar para decirlo. No discutí la cuestión, pero le di permiso a mi cocinero para ir a visitar a sus ancianos padres a unas noventa millas de distancia. El cocinero de emergencia no era especialista en curries; de hecho no creo que la cocina de cualquier manera o forma fuera uno de sus puntos fuertes. Creo que originalmente había venido como jardinero, pero como nunca pretendimos tener nada que se pudiera considerar jardín, se empleaba como ayudante del pastor de cabras, puesto que en el cual entiendo que era completamente satisfactorio. Cuando el obispo supo que yo le había dado al cocinero un permiso especial e innecesario, se dio cuenta de las interioridades de la maniobra, y de ese momento en adelante escasamente nos hablamos. Si alguna vez has tenido en tu casa un obispo con quien no te hablas, te darás una idea de la situación.
Annabel confesó que nunca había pasado por una experiencia tan inquietante. – Luego – continuó Matilda -, para complicar más las cosas, el Gwadlipichee se desbordó, algo que pasaba a veces cuando las lluvias se prolongaban más de la cuenta y el piso bajo de la casa y todos los edificios exteriores quedaron sumergidos. Nos las arreglamos para soltar los caballos a tiempo, y el mayordomo los llevó nadando a la colina más cercana. Una o dos cabras, el pastor jefe, su esposa y varios de sus niñitos llegaron a refugiarse en la galería. Todo el resto del espacio disponible se llenó de gallinas y pollos mojados y embarrados; uno no sabe realmente cuántas gallinas tiene hasta que se inundan los cuartos de los sirvientes. Desde luego, ya había pasado por algo parecido en las inundaciones anteriores pero nunca había tenido una casa llena de cabras y muchachitos y de gallinas medio ahogadas, con la adición de un obispo con quien apenas me hablaba.
- Debió ser una experiencia dura – comentó Annabel.
- Se iban a presentar más molestias. Yo no iba a permitir que una simple inundación común barriera la memoria de ese servicio de postre Crown Derby, y le hice saber al obispo que su espaciosa alcoba en la que había un escritorio y su pequeño cuarto de baño con suficientes jarras de agua fría, era su parte de la casa y que el espacio estaba bastante congestionado, dadas las circunstancias. Sin embargo, como a las tres de la tarde, cuando se acababa de despertar de su siesta, hizo una súbita incursión en el cuarto que normalmente era el recibo, pero que ahora era comedor, bodega, cuarto de aperos, y otra media docena de cuartos temporales. A juzgar por la bata de mi huésped, éste parecía pensar que también debía servirle como cuarto de vestir. – Me temo que no tiene dónde sentarse – dije fríamente -, la galería está llena de cabras.
- Hay una cabra en mi alcoba – observó con la misma frialdad y más que una sospecha de reproche sardónico.
- No me diga – dije yo -, ¡otra sobreviviente! Yo pensaba que todas las otras cabras habían perecido.

- Esta cabra en particular ha perecido por completo – dijo-, en este momento, la está devorando un leopardo. Por eso salí de la alcoba; a algunos animales les desagrada que los miren cuando están comiendo.
- El leopardo, por supuesto, era muy fácil de explicar; había estado rondando por los corrales de las cabras cuando vino la inundación, y se había trepado por la escalera exterior que llevaba al baño del obispo, trayéndose una cabra por si acaso.
Probablemente el baño le pareció demasiado húmedo y encerrado para su gusto, y transfirió sus operaciones gastronómicas a la alcoba en donde el obispo estaba echando su siesta.
- ¡Qué situación tan aterradora! – exclamó Annabel -; imagínate, tener un leopardo hambriento en la casa, con una inundación rodeándote por todas partes.
- Hambriento en lo más mínimo – dijo Matilda -; estaba lleno de carne de cabra, y tenía toda el agua que quisiera si le daba sed, y probablemente lo único que quería en ese momento era dormir sin que lo molestaran. De todos modos, creo que cualquiera admitirá que tener el único cuarto de huéspedes disponible ocupado por un leopardo es un predicamento embarazoso, además, la galería abarrotada de cabras, niñitos, gallinas mojadas, más un obispo con el cual una apenas hablaba plantado en su único cuarto de estar. No sé cómo pasé esas horas eternas, y, claro está, las comidas no hacían sino empeorar las cosas. El cocinero de emergencia tenía todas las excusas para mandarnos sopa aguada y arroz desbaratado, y como ni el pastor de cabras ni su mujer eran nadadores expertos, no se podía llegar al sótano. Por fortuna, el Gwadlipichee baja tan rápidamente como se desborda y poco antes de la madrugada, el mayordomo vino chapoteando con los caballos a los cuales el agua apenas les pisaba los cascos. Entonces surgió una molestia debida al hecho de que el obispo quería partir antes que lo hiciera el leopardo; y como éste último estaba instalado en medio de los artículos personales de aquel, había una obvia dificultad para alterar el orden de l partida. Le hice notar al obispo que los gustos y los hábitos del leopardo no son los de una nutria, y que éste prefiere naturalmente caminar que chapotear, y que en todo caso una comida compuesta por una cabra entera, regada con el agua de la tina, justificaba cierta cantidad de reposo; si hacía que le dispararan para asustarlo y que huyera, como sugería el obispo, el leopardo lo único que podía hacer sería salir de la alcoba para venir al cuarto de estar ya muy congestionado. Realmente fue un alivio bastante grande cuando ambos se fueron. Ahora, tal vez, entiendas mi aprecio por un lugar campestre en donde no pasan cosas.




CATÁSTROFE DE UN JOVEN TURCO

El ministro de Bellas Artes (a cuyo ministerio se había anexado últimamente la nueva subsección de Ingeniería Electoral) le hizo una visita de trabajo al gran visir. De acuerdo con la etiqueta oriental, discurrieron un rato sobre temas indiferentes. El ministro se detuvo a tiempo para omitir una referencia casual a la Maratón que se había corrido, cuando recordó que el gran visir tenía una abuela persa y podía considerar la alusión a Maratón como una falta de tacto.
A continuación el ministro entró en el tema de su entrevista.
- ¿Bajo la nueva constitución, las mujeres tendrán el voto? – preguntó repentinamente.
- ¿Tener el voto? ¿Las mujeres? – exclamó el visir con cierta estupefacción -. Mi querido pashá, la nueva carta tiene cierto sabor de absurdo así como está; no tratemos de convertirlo en algo completamente ridículo. Las mujeres no tienen alma, ni inteligencia, ¿por qué demonios van a tener el voto?
- Sé que suena absurdo – dijo el ministro -, pero en occidente están considerando esa idea seriamente.
- Entonces deben estar equipados con mayor solemnidad de la que yo les reconocía. Después de una vida de esfuerzos especiales por mantener mi gravedad, escasamente puedo reprimir mi inclinación a sonreír ante tal sugerencia. Mire usted, nuestras mujeres en la mayoría de los casos no saben leer ni escribir. ¿Cómo pueden ejecutar la operación de votar?
- Se les pueden mostrar los nombres de los candidatos y en donde pueden marcar con una cruz.
- Discúlpeme ¿cómo dijo? – lo interrumpió el visir.
- Con una medialuna, quiero decir – se corrigió el ministro-. Sería algo que le gustaría al Partido Turco Juvenil – agregó.
- Bueno – dijo el visir -, si vamos a cambiar las cosas, lleguemos al extremo de una vez. Daré instrucciones para que a las mujeres se les reconozca el voto.

La votación ya llegaba a su fin en la circunscripción de Lakoumistan. El candidato del Partido Turco Juvenil, según se sabía, iba ganando por trescientos o cuatrocientos votos, y estaba ya redactando su discurso, para dar las gracias a los electores. Su victoria era casi un hecho, porque había puesto a funcionar toda la maquinaria electoral de occidente. Había empleado hasta automóviles. Pocos de sus partidarios habían ido a las urnas en esos vehículos, pero gracias a la inteligente manera como los manejaron sus conductores, muchos de sus opositores habían ido a dar a la tumba, a los hospitales locales o se habían abstenido de votar por alguna otra razón. Y luego pasó algo inesperado. El candidato rival, Alí el Escogido, entró en escena con sus esposas y las mujeres de su casa, que llegaban más o menos a seiscientas. Alí no había desperdiciado mucho tiempo en literatura electoral, pero se le había oído afirmar que cada voto que le dieran a su adversario quería decir otro saco arrojado al Bósforo. El juvenil candidato turco, que se había adaptado a la costumbre occidental de una sola esposa y escasamente alguna amante, contempló impotente cómo su adversario llenaba las urnas hasta alcanzar la mayoría triunfante.
- ¡Cristabel Colón! – exclamó invocando de modo algo confuso el nombre de un pionero distinguido -, ¿quién lo hubiera pensado?
- Extraño – murmuró Alí -, que alguien que peroraba de manera tan elocuente acerca de la Balota Secreta, no haya tenido en cuenta el Voto Velado.
Y, de regreso a casa con sus electoras, murmuró para sus barbas esta improvisación sobre una estrofa del poeta herético de Persia:
Alguien rico en metáforas y pareceres
Ama el verbo afilado como un cuchillo;
Y yo que en estos casos soy un chiquillo
Sólo llego a las urnas con mis mujeres.





EL PROGRAMA DE GALA



Era un día auspicioso en el calendario romano; el del nacimiento del popular y talentoso joven emperador Plácidus Supérbus. Todo el mundo en Roma se disponía a celebrar una gran fiesta, el clima era el mejor y, naturalmente el circo imperial estaba colmado. Unos minutos antes de la hora fijada para el comienzo del espectáculo, una sonora fanfarria de trompetas proclamó llegada del César, y el Emperador ocupó su asiento en el Palco Imperial entre las aclamaciones vociferantes de la multitud. Mientras la gritería del público se apagaba se comenzaba a oír un saludo aún más excitante, en la distancia próxima: el rugido furioso e impaciente de las fieras enjauladas en los Bestiarios Imperiales.
- Explícame el programa – le ordenó el emperador al maestro de ceremonias a quien había mandado llamar a su lado. Este eminente funcionario tenía un aspecto preocupado.
- Gracioso César – anunció -, se ha imaginado y preparado el más promisorio y entretenido de los programas para vuestra augusta aprobación. En primer lugar habrá una competencia de carros de un brillo y un interés insólitos; tres cuadrigas que nunca han sido derrotadas competirán por el trofeo de Herculano, junto con la bolsa que vuestra imperial generosidad ha agregado. Las probabilidades de las cuadrigas competidoras son tan parejas como es posible y hay grandes apuestas entre el populacho. Los tracios Negros son tal vez los favoritos.
- Ya sé, ya sé – interrumpió el César quien había oído hablar toda la mañana, hasta el cansancio, del mismo tema -, ¿qué más hay en el programa?
- La segunda parte del programa – dijo el funcionario imperial – consiste en un gran combate de bestias salvajes, escogidos especialmente por su fuerza, su ferocidad y sus habilidades en la lucha. Aparecerán simultáneamente en al arena catorce leones y leonas de Nubia, cinco tigres, seis osos sirios, ocho panteras persas y tres del Norte de África, un buen número de lobos y linces de las selvas teutónicas, y siete gigantescos toros salvajes de la misma región. Habrá también jabalíes de un salvajismo nunca visto, un rinoceronte de la Costa Bárbara, algunos feroces hombres – mono, y una hiena que está rabiosa, según se dice.
- Promete estar bien – dijo el emperador.
- Prometía estar bien, oh César - dijo el funcionario con gran dolor -, prometía estar maravillosamente; pero entre la promesa y su cumplimiento se ha interpuesto una nube.
- ¿Una nube? ¿Qué nube? – preguntó el César frunciendo el ceño.
- Las Sufragistas – explicó el funcionario -; amenazan con interferir con la carrera de cuadrigas.
- ´¡Me gustaría verlas hacerlo! – exclamó el emperador indignado.
- Temo que vuestro imperial deseo se cumpla de un modo desagradable – dijo el maestro de ceremonias -; estamos tomando todas las precauciones posibles y custodiando todas las entradas al
ci
rco y a los establos con triple guardia; pero se rumora que al darse la señal para la entrada de las cuadrigas, quinientas mujeres bajarán con cuerdas desde los asientos del público e invadirán toda la pista de carrera. Naturalmente, en esas circunstancias no se puede correr una carrera y el programa se arruinará.
- El día de mi cumpleaños – dijo Plácidus Supérbus -, no se atreverán a hacer algo tan ultrajante.
- Mientras más augusta sea la ocasión, más deseosa están de hacerse propaganda y de hacérsela a su causa – dijo el acosado funcionario -, no tienen escrúpulo ni siquiera en interrumpir con motines las ceremonias de los templos.
- ¿Quiénes son esas Sufragistas? – preguntó el emperador -. Desde cuando volví de mi expedición a Panonia no he oído hablar sino de sus excesos y sus manifestaciones.
- Son una secta política de origen muy reciente, y su objetivo parece ser apoderarse de una gran parte del poder político. Los medios que están empleando para convencernos de su capacidad para ayudar a administrar las leyes consisten en la tolerancia con el salvajismo, y el tumulto, en la destrucción y el desafío a toda autoridad. Ya han dañado algunos de los tesoros públicos más valiosos históricamente, y que nunca podrán reemplazarse.
- ¿Es posible que el sexo al que admiramos y honramos de tal modo pueda producir esas hordas de furias? – preguntó el emperador.
- Se necesita gente de toda clase para formar un sexo – observó el maestro de ceremonias que poseía algún conocimiento mundano -, también – continuó ansiosamente -, se necesita muy poco para echar a perder un programa de gala.
- Tal vez la perturbación que usted prevé no resulte ser más que una amenaza vana- dijo el emperador para consolarlo.
- Pero si cumplen lo que intentan – dijo el funcionario -, el programa se arruinará por completo.
El emperador no dijo nada. Cinco minutos después sonaron las trompetas para anunciar el comienzo del espectáculo. Un murmullo de excitación anticipada recorrió las filas de los espectadores, y las últimas apuestas sobre la gran carrera se intercambian apresuradamente. Las puertas que daban a los establos se abrieron lentamente, y una tropa de asistentes a caballo recorrió la pista para asegurarse de que todo estaba listo para la importante competencia. Otra vez sonaron las trompetas, y entonces, antes que saliera la primera cuadriga, se levantó un tumulto salvaje de gritos, risas, protestas furiosas, y estridentes gritos de desafío. Centenares de mujeres bajaban a la arena con la ayuda de sus cómplices. Un momento después, corrían y bailaban en grupos frenéticos por toda la pista en la que debían competir los carros.
Ninguna cuadriga de caballos adiestrados se le hubiera enfrentado a esa muchedumbre frenética; era evidente que la carrera no se podía realizar de ninguna manera. Alaridos de desilusión y de rabia se levantaban de los espectadores, alaridos de triunfo de las mujeres dueñas de la pista les contestaban como un eco. Los vanos esfuerzos de los guardias del circo por echar fuera a la horda invasora sólo se sumaban a la gritería y a la confusión; tan pronto como sacaban a las Sufragistas de una parte de la pista, éstas invadían otra.
El maestro de ceremonias estaba casi delirante de rabia y mortificación. Plácidus Supérbus, quien permanecía calmado y sereno como de costumbre, le hizo una seña y le dijo unas palabras al oído. Por primera vez en esa tarde, se vio sonreír al atribulado funcionario.
Sonó una trompeta desde el palco imperial; un silencio instantáneo cayó sobre la turba excitada. Tal vez el Emperador, como último recurso, iba a anunciar alguna concesión a favor de las Sufragias.
- Cierren las puertas de los establos – ordenó el maestro de ceremonias -, y abran todas las de los cubiles de las fieras. El deseo imperial es que la segunda parte del programa se realice primero.
Tal como se vio, el maestro de ceremonias no había exagerado en lo mínimo la probable brillantez de esa parte del espectáculo. Los toros salvajes eran realmente salvajes, y la hiena que tenía fama de estar rabiosa hizo honor a su repuación de manera total.



LA LOBA

Leonard Bilsiter era una de esas personas que no han podido encontrar este mundo atractivo o interesante, y que han buscado una compensación en un mundo nunca visto de su propia experiencia o imaginación, o invención. Los niños tienen éxito en esa clase de cosas, pero se contentan con convencerse ellos mismos sin vulgarizar sus creencias tratando de convencer a los demás. Las creencias de Leonard Bilster eran para “unos pocos”, lo que quería decir cualquiera que le pusiera atención.
Sus andanzas en lo desconocido hubieran podido no llevarlo más allá de las perogrulladas corrientes del visionario casero, si un accidente no hubiera reforzado su repertorio de sabiduría misteriosa. En compañía de un amigo que tenía interés en una mina en los Urales, había hecho un viaje a través de la Europa Oriental en el momento en que la gran huelga del ferrocarril ruso pasaba de la amenaza a la realidad; su iniciación lo sorprendió en el viaje de regreso, en algún lugar más allá de Perm, y fue mientras esperaba un par de días conoció a un distribuidor de arneses y artículos de metal, quien provechosamente ahuyentó el tedio de la larga parada iniciando a su compañero de viaje inglés en un sistema fragmentario de folklore que había aprendido de los mercaderes y los nativos Trans-Baikales. A su regreso a casa, Leonard se mostraba muy gárrulo sobre sus experiencias de la huelga rusa, pero opresivamente reticente sobre ciertos oscuros misterios a los que aludía con el título sonoro de Magia Siberiana. La reticencia se desgastó en una semana o dos bajo la influencia de la general y completa falta de curiosidad, y Leonard empezó a hacer alusiones más detalladas a los enormes poderes que esta nueva fuerza esotérica, para usar su propia descripción de ella, le confería a los pocos iniciados que sabían cómo manejarla. Su tía, Cecilia Hoops, que amaba lo sensacional quizá más de lo que amaba lo verdadero, le hacía una propaganda tan clamorosa como cualquiera hubiera pedido, esparciendo un recuento de cómo había convertido un trozo de verdura en una torcaza delante de sus propios ojos. Como manifestación de la posesión de poderes sobrenaturales, en algunos círculos, la historia se desestimaba dado el respeto que se le tenía a la imaginación de la señora Hoops.
Aunque las opiniones se dividieran sobre si Leonard era un hacedor de milagros o un charlatán, lo cierto es que llegó a pasar el fin de semana en casa de Mary Hampton con la fama de ser eminentemente en una u otra de estas dos profesiones, y no estaba dispuesto a rehuir la publicidad que le tocara en suerte.
Las fuerzas esotéricas y los poderes insólitos figuraban abundantemente en toda conversación en la que participaran él o su tía, y sus propias actuaciones, pasadas y posibles eran el tema de misteriosas insinuaciones y enigmáticas confesiones.
- Me gustaría que me convirtiera en un lobo, señor Bilsiter – le dijo la dueña de casa en el almuerzo, al día siguiente a su llegada.
- Mi querida Mary – le replicó el coronel Hampton -, nunca imaginé que tuvieras ansias de un asunto como ese.
- Una loba por supuesto – continuó la señora Hampton -; sería demasiado complicado cambiar de sexo y de especie así de pronto.
- No creo que se deba hacer chistes en esta materia – dijo Leonard.
- No estoy bromeando, le aseguro que hablo completamente en serio. Sólo que no tenemos sino ocho personas que jueguen al bridge, y se nos descompleta una de las mesas. Mañana llegará más gente. Mañana por la noche, después de la cena...
- En nuestro imperfecto conocimiento actual de estas fuerzas ocultas, creo que debemos acercarnos a ellas con humildad y no con burla – observó Leonard, con tal severidad que el tema se abandonó enseguida.
Clovis Sangrail había asistido, en un silencio desacostumbrado, a la discusión sobre las posibilidades de la magia siberiana; después del almuerzo se llevó a lord Pabham al relativo escondite del cuarto de billar y le hizo una pregunta exploratoria.
- ¿Tiene usted algo parecido a una loba en su colección de animales salvajes? ¿Una loba de moderado buen genio?
Lord Pabham lo pensó.
- Está Luisa – dijo -, un espécimen bastante fino de loba de los bosques. La cambié hace un par de años por unos zorros árticos. La mayoría de mis animales se vuelven bastante domésticos antes de que pasen mucho tiempo conmigo; creo que Luisa tiene un temperamento angelical, para lo que son las lobas. ¿Por qué me hace esa pregunta?
- Pensaba si me la podría prestar mañana por la noche – dijo Clovis con la amabilidad intrascendente de alguien que pide prestado un pasa-cuellos o una raqueta de tenis.
- ¿Mañana por la noche?
- Si, los lobos son animales nocturnos, de modo que las horas de la noche no le harán daño – dijo Clovis con el aire de quien ha tomado todo en cuenta -; uno de sus hombres puede traerla de Pabham Park después del atardecer, y con algo de ayuda podemos meterla a escondidas en el invernadero en el mismo momento en que Mary Hampton haga una salida disimulada.
Lord Pabham se quedó mirando a Clovis durante un momento de comprensible extrañeza, luego su rostro se llenó de una red de arrugas de pura risa.
- Ah, ese es el chiste, ¿cierto? Usted va a hacer un poco de magia siberiana por su cuenta. ¿Y la señora Hampton está de acuerdo en ayudarle en la conspiración?
- Mary está comprometida a ayudarme en todo, si usted nos garantiza el buen genio de Luisa.
- Yo respondo por Luisa – dijo lord Pabham.
Al día siguiente los asistentes a la reunión habían aumentado, y el instinto autopublicitario de Bilsiter había crecido debidamente con el estímulo de un público más numeroso.
Durante la cena, esa noche, se extendió largamente sobre el tema de las fuerzas ocultas y los poderes no demostrados, y el flujo de su impresionante elocuencia no había disminuido nada cuando se estaba sirviendo el café en el estudio como preparación para una migración general hacia la sala de juego. Su tía le aseguraba una atención respetuosa a sus declaraciones, pero su alma amante de lo sensacional ansiaba algo más dramático que la mera demostración verbal.
- ¿Por qué no haces algo para convencerlos de tus poderes, Leonard? – le rogó -. Convierte algo en otra cosa. Él puede, si decide hacerlo – le informó a los presentes.
- ¡Ay!, si, hágalo – dijo Mavis Wellington con mucha seriedad, y casi todos los presentes le hicieron eco. Hasta los que no creían que fuera posible estaban dispuestos a divertirse con un poco de prestidigitación de aficionado.
Leonard sentía que algo tangible se esperaba de él.
- ¿Alguno de los presentes tiene – dijo -, una moneda de cobre o algún pequeño objeto sin mayor valor?
- ¿No nos va a hacer desaparecer monedas o algo tan primitivo como eso, verdad?- dijo Clovis despectivamente.
- Me parece muy antipático de su parte no concederme mi petición de convertirme en loba – exclamó Mary Hampton, mientras se dirigía al invernadero para darles a sus guacamayos su regalo usual de sobras del postre.
- Ya le he advertido sobre el peligro de burlarse de estos poderes – dijo Leonard solemnemente.
- No creo que usted pueda hacerlo – dijo Mary con una risa desafiante desde el invernadero -, lo reto a que lo haga si puede. Lo desafío a que me convierta en loba.
Mientras decía esas palabras, se perdió de vista detrás de un macizo de azaleas.
- Señora Hampton – empezó Leonard con mayor solemnidad, pero pudo continuar. Un soplo de aire helado pareció recorrer el salón, y al mismo tiempo los guacamayos estallaron en gritos ensordecedores.
- ¿Qué diablos les pasa a esos malditos pájaros, Mary? – exclamó el coronel Hampton; en el mismo momento, un grito aún más estridente de Mavis Wellington hizo que todos se levantaran de sus asientos. En distintas actitudes de horror incontenible o de defensa instintiva se enfrentaban con la fiera gris de aspecto maligno que los miraba desde un surco de helechos y azaleas.
La señora Hoops fue la primera en recobrarse del caos general de terror y aturdimiento.
- ¡Leonard! – le gritó chillonamente a su sobrino -, ¡conviértela otra vez en la señora Hampton ahora mismo! Puede saltarnos encima en cualquier momento. ¡Conviértela otra vez!
- Yo... yo no se cómo – balbució Leonard, que parecía más asustado y horrorizado que cualquiera.
- ¡Cómo! – gritó el coronel Hampton - ¡Usted se ha tomado la abominable libertad de convertir en loba a mi esposa, y ahora se para tranquilamente y dice que no puede volverla a convertir en ella misma!
Para ser estrictamente justos con Leonard, hay que decir que la tranquilidad no era algo por lo que se distinguiera en ese momento.
- Le aseguro que yo no convertí a la señora Hampton en loba; nada más lejos de mis intenciones. – Protestó.
- ¿Entonces, donde está ella, y cómo vino a dar ese animal al invernadero? – preguntó el coronel.
- Desde luego debemos aceptar su afirmación de que usted no convirtió a la señora Hampton en loba – dijo Clovis cortésmente -, pero estará usted de acuerdo en que las apariencias están en contra suya.
- ¿Vamos a seguir con todas estas recriminaciones con ese animal ahí parado listo a hacernos pedazos? – gimió Mavis indignada.
- Lord Pabham, usted sabe mucho de animales salvajes – sugirió el coronel Hampton.
- Los animales salvajes a que yo estoy acostumbrado – dijo lord Pabham -, vienen con sus credenciales en orden, de distribuidores muy conocidos, o se han criado en mi propio zoológico. Nunca me había encontrado con un animal que sale tranquilamente de un macizo de azaleas, dejando a una anfitriona encantadora y muy querida inexplicablemente desaparecida. Hasta donde uno puede juzgar por las características externas – continuó -, tiene la apariencia de una hembra bien desarrollada del lobo de los bosques de Norteamérica, una variedad de la especie común de Canis lupus.
- Economícese el nombre en latín – gritó Mavis, mientras el animal avanzaba uno o dos pasos por el salón -, ¿no puede atraerla con comida y encerrarla donde no pueda hacer daño?
- Si es realmente la señora Hampton, que acaba de comerse una muy buena cena, no creo que la comida le atraiga mucho – dijo Clovis.
- Leonard – rogó lagrimosamente la señora Hoops -, ¿aunque lo que pasa no sea culpa suya, no puedes usar tus grandes poderes para convertir este animal espantoso en algo que no haga daño, antes que nos muerda a todos, en conejo o algo así?
- No creo que al coronel Hampton le guste que anden cambiando a su esposa en una serie de animales curiosos como si estuviéramos jugando a las máscaras con ella – objetó Clovis.
- Lo prohibo terminantemente – tronó el Coronel.
- A la mayoría de los lobos con los que he tenido que ver les ha gustado el azúcar –dijo lord Pabham – si les parece puedo ensayar con ésta.
Tomó un cubo de azúcar del platillo de su taza de café y se lo tiró a la expectante Luisa, que lo agarró en el aire. Un suspiro de alivio salió del grupo, una loba que comía azúcar cuando por lo menos podía haberse dedicado a hacer pedazos a los guacamayos les había hecho perder parte de sus terrores. El suspiro se convirtió en un murmullo de agradecimiento cuando lord Pabham se llevó el animal fuera del salón con un supuesto regalo de más azúcar. Al momento, hubo una invasión al invernadero que había quedado vacío. No había rastros de la señora Hampton, excepto el plato con la cena de los guacamayos.
- ¡La puerta está cerrada con llave por dentro! – exclamó Clovis, que le había dado la vuelta a la llave sin que nadie lo notara cuando fingía estarla ensayando.
Todos se volvieron hacia Bilsiter.
- Si usted no ha convertido en loba a mi esposa – dijo el coronel Hampton -, ¿quiere hacerme el favor de explicarme a dónde ha ido a parar, puesto que obviamente no podía pasar a través de una puerta cerrada con llave? No voy a obligarlo a explicarme cómo apareció de pronto en el invernadero una loba de los bosques norteamericanos, pero creo que tengo algún derecho de inquirir en qué pasó con la señora Hampton.
Las reiteradas negativas de responsabilidad de Bilsiter fueron recibidas con un murmullo de impaciente rechazo.
- Me niego a quedarme una hora más bajo este techo – declaró la señora Pellington.
- Si nuestra anfitriona ha abandonado realmente la forma humana – dijo la señora Hoops -, ninguna de las señoras del grupo puede quedarse tranquilamente. ¡Yo me niego en absoluto a aceptara como persona de respeto a un lobo!
- Es una loba – dijo Clovis para calmarla.
No se discutió más cuál sería la etiqueta correcta de esas circunstancias poco usuales. La entrada súbita de Mary Hampton le quitó todo interés inmediato a la discusión.
- Alguien me ha hipnotizado – exclamó la señora Hampton enojada -, me encontré a mí misma en la repostería comiendo azúcar de la mano de lord Pabham. Odio que me hipnoticen y el doctor me ha prohibido el azúcar.
Se le explicó la situación hasta donde era posible llamar a tal cosa explicación.
- ¿Entonces usted realmente me convirtió en loba, señor Bilsiter?- exclamó emocionada.
Pero Leonard había quemado el navío en el que hubiera podido embarcarse en un mar de gloria. No pudo sino negar débilmente con la cabeza.
- Fui yo el que se tomó esa liberdad – dijo Clovis -; no sé si saben que por casualidad pasé un par de años en el nordeste de Rusia, y tengo algo más que la relación de un turista con la magia de esa región. A uno no le gusta hablar de estos extraños poderes, pero de tiempo en tiempo, cuando se oyen decir tantas tonterías sobre ellos, se siente tentado de mostrar lo que puede lograr la magia siberiana en manos de alguien que realmente la conoce. Yo caí en esa tentación. ¿Me dan un poco de brandy? El esfuerzo me dejó un poco débil.
Si Leonard Bilsiter, en ese momento, hubiera podido transformar a Clovis en cucaracha y luego parársele encima, hubiera ejecutado las dos operaciones de muy buena gana.






GABRIEL - ERNESTO

Hay un animal salvaje en sus bosques – dijo el artista Cunningham, mientras lo llevaban a la estación. Era la única observación que había hecho durante el trayecto, pero como Van Cheele había hablado sin parar, el silencio de su compañero no había sido notorio.
- Un zorro extraviado o dos y unas cuantas comadrejas de la región. Nada más formidable que eso – dijo Van Cheele. El artista no dijo nada.
- ¿Qué quería decir con animal salvaje? – le dijo Van Cheele más tarde, cuando estaban en el andén.
- Nada. Mi imaginación. Aquí está el tren – dijo Cunningham.
Esa tarde, Van Cheele salió a dar uno de sus frecuentes paseos por su boscosa propiedad. Tenía una garza disecada en su estudio, y sabía los nombres de un gran número de flores salvajes, de modo que su tía tenía tal vez alguna justificación para describirlo como un gran naturalista. En todo caso, era un gran andarín. Tenía la costumbre de tomar nota mental de todo lo que veía durante esos paseos, no tanto para ayudar a la ciencia contemporánea, como para disponer de temas de conversación más tarde. Cuando las campanillas azules comenzaban a florecer, él se encargaba de informar a todo el mundo de ese hecho; la época del año hubiera podido advertir a sus oyentes de la probabilidad de que esto ocurriera, pero por lo menos pensaba que él les estaba siendo absolutamente franco.
Sin embargo, lo que vio Van Cheele esa tarde en particular era algo muy lejano de su experiencia corriente. En una saliente de piedra lisa sobre un pozo profundo en el claro de un bosquecillo de robles, un muchacho de unos dieciséis años estaba echado secándose deliciosamente los miembros bronceados al sol. Tenía el pelo mojado, partido por una zambullida reciente y pegado a la cabeza, y sus ojos castaños claros, tan claros que tenían casi un brillo atigrado, se dirigían a Van Cheele con cierta atención perezosa. Era una aparición inesperada, y Van Cheele se encontró envuelto en el desusado proceso de pensar antes de hablar. ¿Dé dónde en el mundo podía provenir ese muchacho de aspecto salvaje? A la esposa del molinero se le había perdido un chico hacía unos dos meses, se suponía que se lo había llevado la corriente que movía el molino, pero aquel era un bebé y no un muchacho crecido como este.
- ¿Qué estás haciendo ahí? – le preguntó.
- Obviamente, asoleándome – replicó el muchacho.
- ¿Dónde vives?
- Aquí en estos bosques.
- No puedes vivir en los bosques – dijo Van Cheele.
- Son unos bosques muy bonitos – dijo el muchacho con cierto tono condescendiente en la voz.
- ¿Pero dónde duermes de noche?
- No duermo de noche; es cuando estoy más ocupado.
Van Cheele empezó a tener el irritante sentimiento de estar lidiando un problema que lo eludía.
- ¿De qué te alimentas? – preguntó.
- Carne – dijo el muchacho.
Y pronunció la palabra con una lenta delicia, como si estuviera saboreándola.
- ¡Carne! ¿Qué carne?
- Ya que le interesa, conejos, perdices, liebres, aves de corral, corderitos recién nacidos, y niños cuando consigo alguno; en general están encerrados con llave por la noche, cuando yo hago la mayor parte de la cacería. Hace ya dos meses que no pruebo carne de niño.
Haciendo caso omiso de la irritante naturaleza de la última frase, Van Cheele trató de llevar al muchacho al tema de la posible caza furtiva.
- Estás hablando por tu sombrero cuando mencionas lo de alimentarse con liebres (por el aspecto del muchacho no era un símil muy afortunado). Las liebres de nuestras colinas no son fáciles de cazar.
- Por la noche yo cazo en cuatro patas – fue la respuesta más o menos enigmática.
- ¿Supongo que lo que dices es que cazas con un perro? – aventuró Van Cheele.
El muchacho se dio vuelta lentamente sobre la espalda y se rió con una extraña risa baja que tenía algo agradable de broma y algo desagradable de gruñido.
- No creo que ningún perro tuviera muchas ganas de andar conmigo, especialmente por la noche.
Van Cheele empezó a sentir que ese muchacho de ojos y hablar extraño tenía algo pavoroso.
- No puedo permitirle permanecer en estos bosques – declaró en tono autoritario.
- Creo que usted preferiría tenerme aquí y no en su casa – dijo el joven.
La perspectiva de ese animal desnudo y salvaje en la casa ordenada y perfecta de Van Cheele evidentemente era alarmante.
- Si no te vas, tendré que obligarte – dijo Van Cheele.
El muchacho se volvió como un rayo, se sambulló en el pozo, y en un momento ya había recorrido con su cuerpo mojado y brillante la mitad de la distancia de la otra orilla hasta el lugar donde estaba Van Cheele. En una nutria el movimiento no hubiera sido nada especial; en un muchacho, a Van Cheele le pareció suficientemente sobrecogedor. Se resbaló al hacer un movimiento involuntario para retroceder y se encontró casi postrado en la orilla húmeda, con aquellos ojos atigrados no muy lejos de los suyos. Casi instintivamente se llevó la mano a la garganta. El muchacho volvió a reírse, con una risa en la que el gruñido había hecho desaparecer casi toda la alegría, y luego, con otro de sus movimientos asombrosamente rápidos, desapareció corriendo hacia un tupido macizo de hierbas y helechos.
- ¡Qué animal salvaje tan raro! – dijo Van Cheele mientras se ponía de pie. Y luego se acordó de la observación de Cunningham, “hay un animal salvaje en sus bosques”.
De regreso a casa sin prisa, Van Cheele empezó a darle vueltas en la mente a una serie de acontecimientos locales que podían atribuirse a la existencia de este asombroso muchacho salvaje.
Algo había estado haciendo que escaseara los animales silvestres últimamente en aquellos bosques, las gallinas desaparecían de las granjas, las liebres ya casi no se encontraban, y le habían llegado noticias de corderos a los que se habían llevado de sus rebaños en las colinas. ¿Sería posible que ese muchacho salvaje estuviera cazando en la región en compañía de algún perro inteligente? El muchacho había hablado de cazar “en cuatro patas” durante la noche, pero también había insinuado que a ningún perro le gustaría acercársele “especialmente de noche”. Era verdaderamente intrigante. Y luego, mientras Van Cheele repasaba las distintas depredaciones que se habían cometido en el último mes o dos, de pronto se detuvo tanto en su camino como en sus especulaciones. El niño perdido del molino hacía dos meses, la teoría aceptada era que se había caído entre la corriente del molino y ésta se lo había llevado, pero la madre siempre había declarado haber oído un grito en el lado de la casa que daba a la colina, en la dirección contraria a la del arroyo. Era impensable por supuesto, pero él habría preferido que el muchacho no hubiera hecho esa aterradora alusión a haber comido carne de niño hacía dos meses. Cosas tan horribles no debían decirse ni en broma.
Van Cheele, contra su costumbre, no se sentía dispuesto a mostrarse comunicativo sobre su descubrimiento en el bosque. Su posición como consejero de la parroquia y juez de paz se vería comprometida de cierto modo por el hecho de estar albergando en su propiedad a una personalidad de tan dudosa fama; había incluso la posibilidad de que le pasaran una costosa cuenta por el valor de los corderos y las gallinas que se habían perdido. Esa noche a la cena estaba desusadamente callado.
- ¿se te comieron la lengua? – le dijo su tía-. Cualquiera diría que te encontraste con un lobo.
Van Cheele, que no conocía ese viejo dicho, pensó que la observación era bastante tonta; si se hubiera encontrado con un lobo en su propiedad su lengua hubiera estado extraordinariamente ocupada con el tema.
Al día siguiente al desayuno, Van Cheele se daba cuenta de que su desazón por el episodio del día anterior no había desaparecido del todo y resolvió tomar el tren hasta la población vecina, buscar a Cunningham, y enterarse de qué era lo que realmente había visto, obligándole a hablar con insistencia acerca de un animal salvaje en sus bosques. Tomada esa resolución, su alegría habitual volvió en parte, y empezó a musitar una pequeña melodía mientras se dirigía al estudio a fumarse su cigarrillo de costumbre. Al entrar al estudio, la melodía abruptamente dio paso a una invocación piadosa. Graciosamente extendido en la otomana, en una actitud de reposo casi exagerada, estaba el muchacho de los bosques. Estaba más seco que la última vez que lo había visto Van Cheele, pero por otra parte sin ninguna alteración notable de su apariencia.
- ¿Cómo te atreves a venir aquí? – le preguntó Van Cheele furioso.
- Usted me dijo que no podía quedarme en los bosques – dijo el muchacho calmadamente.
- Pero no te dije que vinieras aquí. ¡Supón que te hubiera visto mi tía! Y con la intención de minimizar semejante catástrofe, Van Cheele apresuradamente cubrió todo lo posible a su no bienvenido visitante bajo los pliegues del periódico de la mañana. En ese momento, la tía entró a la habitación.
- Este es un pobre muchacho que ha perdido su camino y perdido la memoria. No sabe quién es ni de dónde viene – explicó Van Cheele desesperadamente, mirando atemorizado a la cara del vagabundo para saber si agregaba a la franqueza inoportuna a sus otras propensiones salvajes.
La señorita Van Cheele estaba enormemente interesada.
- Tal vez tenga alguna marca en la ropa interior – sugirió.
- Parece haber perdido eso también – dijo Van Cheele, dándole tironcitos nerviosos al diario de la mañana para mentenerlo en su lugar.
Un niño desnudo y sin hogar le atraía tanto a la señorita Van Cheele como un gatito perdido o un perrito sin dueño.
- Tenemos que hacer todo lo que podamos por él – decidió, y, en poquísimo tiempo, un mensajero despachado a la parroquia, en donde había un joven paje, había regresado con un juego de ropa y los accesprios necesarios como camisa, cuello, zapatos, etc. Vestido, limpio, y arreglado, el muchacho no había perdido nada de su expresión aterradora, a los ojos de Van Cheele, pero su tía lo encontraba encantador.
- Debemos llamarlo de algún modo mientras averiguamos quién es realmente – dijo ella -. Gabriel – Ernesto, me parece; son nombres apropiados y simpáticos.
Van Cheele estaba de acuerdo, pero en su interior dudaba sobre si se los estarían poniendo a un muchacho apropiado y simpático. Sus recelos no disminuyeron por el hecho de que su manso y viejo perro de cacería se había escapado de la casa apenas llegó el muchacho, y seguía tiritando y ladrando obstinadamente en el otro lado del huerto, mientras que el canario, usualmente tan activo vocalmente como el propio Van Cheele, se había encerrado en su mutismo de píos aterrados. Más que nunca se resolvió a consultar a Cunningham sin pérdida de tiempo.
Mientras él se dirigía a la estación, su tía hacía los arreglos para que Gabriel–Ernesto le ayudara a divertir a los niños de la escuela dominical, esa tarde en el té.
Al principio, Cunningham no estaba dispuesto a mostrarse comunicativo.
- Mi madre murió de una enfermedad cerebral – explicó -, de manera que usted comprenderá por qué me niego a confiarle a nadie cualquier cosa de naturaleza fantástica e imposible que haya visto o pensado que he visto.
- ¿Pero qué fue lo que vio? – insistió Van Cheele.
- Lo que creí ver fue algo tan fuera de lo común, que nadie, en su sano juicio le daría crédito como a algo realmente sucedido. Yo estaba la última tarde que estuve con usted, medio escondido entre los arbustos de la entrada del huerto viendo la puesta del sol. De pronto me di cuenta de la presencia de un muchacho desnudo; pensé que fuera un muchacho que se había estado bañando en algún pozo cercano, y que se había quedado en la falda de la colina también mirando el atardecer. Su actitud sugería de tal modo la de un fauno silvestrede la mitología pagana que inmediatamente se me ocurrió contratarlo como modelo, y lo hubiera llamado un momento después. Pero justo en ese momento el sol dejó de verse, y todos los colores naranja y rosado desaparecieron del paisaje, dejándolo frío y gris. En ese mismo momento, pasó algo asombroso, ¡el muchacho también desapareció!
- Qué, ¿se desvaneció en la nada? - preguntó Van Cheele excitado.
- No; esa es la parte horrible del asunto – contestó el artista -, en la falda de la colina, en donde había estado el muchacho hacía un segundo, estaba un lobo grande, de color negruzco, con los colmillos brillantes y los ojos amarillos crueles. Uno creería...
Pero Van Cheele no se detuvo por algo tan fútil como lo que se creía. Ya estaba corriendo a toda velocidad hacia la estación del tren. Desechó la idea de un telegrama. “Gabriel – Ernesto es un hombre-lobo” era un esfuerzo desesperadamente inadecuado para hablar de lo que pasaba, y su tía lo tomaría por un mensaje en una clave de la cual él no le había dado la contraseña. Su única esperanza era alcanzar a llegar a casa antes de la puesta del sol. El taxi que tomó en el otro extremo del viaje en tren lo llevó con lo que parecía una lentitud exasperante por los caminos rurales, que ya se ponían rosados y malva bajo la luz del sol poniente. Su tía estaba recogiendo algunos bizcochos sin terminar cuando él llegó.
- ¿Dónde está Gabriel-Ernesto? – preguntó casi gritando.
- Está llevando a casa al pequeño de los Toop – dijo la tía -. Se estaba haciendo tan tarde que no me pareció seguro dejarlo ir solo. Qué bonito atardecer, ¿cierto?
Pero Van Cheele aunque consciente del resplandor del cielo al occidente, no se quedó a comentar su belleza. A una velocidad para la cual estaba escasamente dotado corría a lo largo del estrecho sendero que llevaba a casa de los Toop. A un lado corría la rápida corriente que movía el molino, del otro estaba la franja de loma pelada.
Un resplandor mortecino de sol poniente todavía se veía en el horizonte, y tras la próxima vuelta del camino podía estar la pareja dispareja que buscaba. De pronto el color de las cosas desapareció, y la luz gris se posó con un leve temblor sobre el paisaje. Van Cheele oyó un estridente grito de terror, y dejó de correr.
Nunca se volvió a saber nada del pequeño Toop o de Gabriel-Ernesto, pero se encontró la ropa de este último tirada en el camino, de modo que se supuso que el niño había caído al agua y que el muchacho se había desnudado y se había lanzado en un vano intento de salvarlo. Van Cheele y unos trabajadores que andaban por allí cerca en esos momentos testificaron sobre el fuerte grito del niño que habían oído hacia el lugar en donde se encontraron las ropas. La señora Topos, que tenía otros once hijos, se resignó decentemente a su desgracia, pero la señorita Van Cheele hizo un duelo sincero por su muchacho expósito perdido. Por iniciativa suya, se puso una placa en memoria de éste en la iglesia parroquial. A Gabriel-Ernesto, muchacho desconocido, que sacrificó valientemente su vida por la de otro.
Van Cheele complacía a la tía en la mayoría de sus asuntos, pero se rehusó por completo a contribuir con su dinero a una placa en memoria de Gabriel-Ernesto.



EL NARRADOR DE CUENTOS



Era una tarde calurosa y el coche del tren estaba sofocante como correspondía; la próxima parada era Templecombe, a una hora de viaje. Los ocupantes del compartimiento eran una niña pequeña, una más pequeña y un niño pequeño. Una tía de los niños ocupaba el asiento de una esquina, y en el rincón más alejado del otro lado, iba un señor solo que era extraño al grupo, pero las niñas pequeña y el niño se habían adueñado del compartimiento. Tanto la tía como los niños practicaban la conversación de un modo limitado y persistente, que recordaba las atenciones de una mosca casera cuando se niega a desanimarse. La mayoría de las frases de la tía parecían comenzar por “no habas” y casi todo lo que decían los niños empezaba con un “¿por qué?”. El hombre solo no decía nada en voz alta.
- No, Cyril, no – exclamó la tía, cuando el pequeño comenzó a golpear los cojines del asiento produciendo una nube del polvo a cada golpe.
- Ven y mira por la ventana – agregó. El niño se acercó de mala gana a la ventana.
- ¿Por qué están sacando esas ovejas del potrero? – preguntó.
- Me parece que las están llevando a otro potrero donde hay más pasto. – dijo débilmente la tía.
- Pero si hay montones de pasto en ese potrero – protestó el niño -, no hay sino pasto. Tía, hay montones de pasto.
- Tal vez el pasto del otro potrero es mejor – sugirió la tía a la loca.
- ¿Por qué es mejor? – fue la pregunta inmediata e inevitable.
- ¡Mira esas vacas! – exclamó la tía. En casi todos los potreros a lo largo de la vía férrea había vacas y novillos, pero la tía hablaba como si hubiera descubierto una rareza.
- ¿Por qué es mejor el pasto de otro potrero? – insistía Cyril.
El hombre solo comenzó a fruncir el ceño. Era un hombre duro y desconsiderado, decidió la tía en su interior. Ella era completamente incapaz de llegar a ninguna conclusión satisfactoria sobre el pasto del otro potrero.
La niña más chiquita creó una variante cuando comenzó a recitar “por el camino de Mandalay”. No sé sabía sino el primer renglón, pero hacía el máximo uso posible de sus limitados conocimientos. Repetía el renglón una y otra vez en una voz ensoñadora pero resuelta y muy audible; al hombre le parecía como si alguien le hubiera apostado a que no era capaz de decir el renglón en voz alta dos mil veces sin parar. Cualquiera que fuera quien la había apostado parecía estar perdiendo.
- Vengan acá y les cuento un cuento – dijo la tía, cuando el señor la miró a ella dos veces y luego miró la cuerda de la alarma.
Los niños se acercaron a la tía sin ningún interés. Era evidente que, con ellos no gozaba de gran fama como contadora de cuentos. En voz baja y confidencial, interrumpida a intervalos frecuentes por las preguntas petulantes hechas en voz alta por sus oyentes, empezó a contar una poco animada historia, deplorablemente insulsa, sobre una niñita que era buena, y se hacía amiga de todo el mundo por lo buena que era, y al final la gente la salvaba de un toro bravo por que admiraban su carácter moral.
- ¿No la hubieran salvado si no hubiera sido buena? – preguntó la más grande de las niñitas. Era exactamente la pregunta que hubiera querido hacer el hombre.
- Bueno, si – admitió la tía de manera insegura -, pero no creo que hubieran corrido tan rápidamente a ayudarle si no la hubieran querido tanto.
- Es el cuento más estúpido que he oído – dijo la mayor de las niñitas con inmensa convicción.
- No atendí después de la primera parte, era tan estúpido – dijo Cyril.
La niña más pequeña no hizo ningún comentario sobre el cuento, pero hacía rato que había vuelto a repetir en voz baja su renglón favorito.
- No parece usted un éxito como contadora de cuentos – dijo de pronto el hombre desde su rincón.
La tía saltó inmediatamente a defenderse del ataque inesperado.
- Es un asunto muy complicado contar cuentos que los niños puedan entender y apreciar al mismo tiempo – dijo secamente.
- No estoy de acuerdo con usted – dijo el señor.
- Tal vez le gustaría contarles un cuento – fue la réplica de la tía.
- Cuéntenos un cuento – le pidió la mayor de las niñas.
- Había una vez – empezó el señor -, una niñita llamada Bertha, que era extraordinariamente buena.
El interés de los niños, despierto durante unos instantes empezó a decaer al momento; todos los cuentos se parecían horriblemente, sin importar quien los contara.
- Hacía todo lo que le decían, siempre decía la verdad, mantenía su ropa limpia, se comía las galletas como si fueran torta de bodas, se aprendía las lecciones a la perfección, y era de muy buenos modales.
- ¿Era bonita? – preguntó la mayor de las niñas.
- No tan bonita como ustedes – dijo el señor -, pero espantosamente buena.
Hubo una ondulante reacción a favor del cuento, la palabra espantoso en conexión con la bondad era una novedad que se ensalzaba a sí misma.
Parecía introducir un tono de verdad que estaba ausente de los cuentos de la tía sobre la vida infantil.
- Era tan buena – continuó el señor -, que se ganó varias medallas de bondad, que siempre llevaba pegadas al vestido con alfileres. Tenía una medalla de obediencia, otra de puntualidad, y una tercera de buena conducta. Eran grandes medallas de metal y tintineaban una contra otra cuando ella caminaba. Ningún otro niño en la ciudad donde vivía tenía tantas medallas, de modo que todo el mundo sabía que ella debía ser una niña superbuena.
- Espantosamente buena – repitió Cyril.
- Todo el mundo hablaba de su bondad, y el príncipe del país llegó a saber de ella, y dijo que como era tan buena tenía permiso para ir una vez a la semana a pasear por el parque real, que quedaba en las afueras de la ciudad. Era un bello parque y a ningún niño se le permitía entrar, de modo que era un gran honor para Bertha que la dejaran visitarlo.
- ¿Había ovejas en el parque? – preguntó Cyril.
- No - dijo el señor -, no había ovejas.
- ¿Por qué no había ovejas? – fue la pregunta siguiente a es respuesta.
La tía se permitió una sonrisa, que hubiera podido describirse como una mueca de burla.
- No había ovejas en el parque – dijo el señor -, porque la madre del príncipe había soñado que a su hijo lo mataría o una oveja o un reloj le cayera encima. Por esa razón el príncipe nunca tuvo ni ovejas en el parque ni relojes en su palacio.
- ¿Al príncipe lo mató una oveja o un reloj? – preguntó Cyril.
- Sigue vivo, de modo que no sabemos si el sueño se cumplirá – dijo el señor con tono despreocupado-, de todas maneras, no había ovejas en el parque pero sí montones de cerditos corriendo por todas partes.
- ¿De qué color eran?
- Negros con las caras blancas, blancos con manchas negras, negros del todo, grises con parches blancos, y algunos completamente blancos.
El narrador hizo una pausa para dejar que la idea completa del parque y sus tesoros entrara en la imaginación de los niños; luego continuó:
- Bertha se puso bastante triste por no encontrar flores en el parque. Les había prometido a sus tías, con lágrimas en los ojos, que no cortaría ni una sola de las flores del bondadoso príncipe, y pensaba cumplir su promesa, de modo que, por supuesto, no encontrar flores que cortar la hacía sentirse tonta.
- ¿Por qué no había flores?
- Porque los cerdos se las habían comido todas – dijo el señor con prontitud -. Los jardineros le habían dicho al príncipe que no podía tener flores y cerdos juntos, así que decidió tener cerdos y no flores.
Hubo un murmullo de aprobación ante la excelente decisión del príncipe, mucha gente hubiera decidido lo contrario.
- El parque tenía muchas otras cosas deliciosas. Había estanques con peces dorados, azules y verdes, y árboles con loros preciosos que decían cosas inteligentes apenas se les hablaba, y pájaros cantores que se sabían todas las tonadas populares de moda. Bertha se paseaba de un lado a otro y gozaba inmensamente y pensaba: “Si yo no fuera tan extraordinariamente buena, no me hubieran dejado venir a este bello parque y gozar de todo lo que hay en él” y sus tres medallas tintineaban y le ayudaban a recordar lo maravillosamente buena que era. Justo en ese momento, un enorme lobo entró a merodear en el parque a ver si podía agarrar un cerdito gordo para comérselo en la cena.
- ¿De qué color era? – preguntaron los niños, mientras su interés aumentaba por momentos.
- De color barro por completo, con la lengua negra y unos ojos grises claros que brillaban con ferocidad indecible. Lo primero que vio en el parque fue a Bertha; su delantal estaba tan inmaculadamente blanco y limpio que se podía notar a gran distancia. Bertha vio que el lobo se dirigía hacia ella, y empezó a desear que nunca la hubieran dejado entrar al parque. Corrió lo más rápido que pudo, y el lobo se le vino detrás a grandes saltos. Logró llegar a un macizo de arbustos de mirto y se escondió en la parte más espesa. El lobo olfateaba entre las ramas, con la negra lengua afuera del hocico y los ojos grises claros brillantes de rabia. Bertha estaba espantosamente aterrada, y decía para sí misma: “si no hubiera sido tan extraordinariamente buena ahora estaría a salvo en el pueblo”. Sin embargo, el aroma del mirto era tan fuerte que el lobo no podía olfatear a Bertha en su escondite, y los arbustos eran tan espesos que hubiera podido buscar mucho tiempo sin encontrarla, de modo que pensó que sería mejor irse a cazar más bien un cerdito. Bertha temblaba fuertemente con el susto de tener al lobo olfateando tan cerca, y al temblar, la medalla de obediencia golpeaba contra las de buena conducta y puntualidad. El lobo ya se marchaba cuando oyó el ruido de las medallas que tintineaban y se detuvo a escuchar; sonaron otra vez en un arbusto muy cercano. Se lanzó entre los arbustos, con un resplandor de ferocidad y de triunfo en los ojos grises claros, y arrastró a Bertha y la devoró hasta el último trocito. Todo lo que quedó de ella fueron los zapatos, pedazos de ropa, y las tres medallas ganadas por su bondad.
- ¿Alguno de los cerditos murió?
- No, todos se salvaron.
- El cuento empezó mal – dijo la menor de las niñas -, pero tiene un final muy bonito.
- Es el cuento más bonito que he oído en mi vida – dijo la mayor de las niñas, con inmensa decisión.
- Es el único cuento bonito que yo he oído en mi vida – dijo Cyril.
- ¡Es un cuento muy poco apropiado para niños pequeños! Usted ha socavado los efectos de años de enseñanza cuidadosa.
- De cualquier modo – dijo el señor, recogiendo sus pertenencias para bajarse del vagón – los tuve quietos diez minutos, que fue más de lo que usted pudo hacer.
“¡Infeliz mujer! – observó para sí mismo mientras recorría el andén de la estación de Templecombe -; durante los próximos seis meses o algo así, esos niñitos la acosarían en público para que les cuente un cuento poco apropiado.”

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