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lunes, abril 30, 2007

RABINDRANATH TAGORE // POEMAS DE KABIR

RABINDRANATH TAGORE

POEMAS DE KABIR



I

¿Dónde me buscas, oh, servidor mío? ¡Mírame! Estoy junto a ti.
No estoy en el templo ni en la mezquita, ni en el santuario de La Meca, ni en la mo­rada de las divinidades hindúes.
No estoy en los ritos y las ceremonias; ni en el ascetismo y sus renunciaciones.
Si me buscas de veras me verás enseguida; y llegará el momento en que me encuentres.

Kabir dice:
Dios, ¡oh, Santo!, es el aliento de todo lo que respira.



II



Inútil preguntar a un santo cuál es la casta a que pertenece; puesto que los sacerdotes, los
guerreros, los mercaderes y las treinta y seis cas­tas de la India, todos aspiran igualmente a Dios. Hasta resulta una locura preguntar cuál puede ser la casta de un santo; barberos, la­vanderas, carpinteros, todos buscan a Dios. El propio Raidas era un buscador de Dios. El Rishi Swapacha pertenecía a la casta de los curtidores.
Hindúes y musulmanes, también ellos al­canzaron el límite donde se borran todas las marcas diferenciales.


III


¡Oh, amigo! Espera en El durante tu vida, conoce durante tu vida, comprende durante tu vida, pues en la vida está tu liberación.
Si no desatas tus ligaduras durante la vida, ¿qué esperanza de liberación tendrás en la muerte?
Creer que el alma se unirá a El sólo porque ha­ya abandonado el cuerpo, es una idea absurda. Si lo hallamos ahora, lo hallaremos luego. De lo contrario, permaneceremos en la ciudad de la muerte.
Si te unes a El en el presente, lo estarás en la Eternidad.
Báñate en la Verdad; conoce al Maestro Verdadero; ten fe en su Nombre.


Kabir dice:
Lo que nos socorre es el Espíritu de bús­queda constante; soy esclavo de ese Espíritu.



IV



No vayas al jardín florido, no vayas, ¡oh, amigo!
En ti están el jardín y sus flores.
Inclínate sobre el loto de los mil pétalos y contempla allí la Infinita Belleza.


V


¿Cómo podré, ¡oh, hermano!, renunciar a Maya?
Cuando deshice el nudo de mis cintas to­davía se me quedó más sujeto el vestido; cuando me quité el vestido, aún me cubrían el cuerpo sus pliegues.
Y así, cuando abandono mis pasiones, mi cólera persiste.
Y cuando renuncio a la cólera aún queda la envidia.
Y cuando venzo a la envidia todavía per­sisten mi vanidad y mi orgullo.
Cuando el espíritu se libera, arrojando a Maya, aún se queda prendido en la letra.

Kabir dice:
Òyeme bien, querido Sadhu: la verdadera senda no es fácil de encontrar.


VI



La luna brilla en mi interior; pero mis ojos ciegos no pueden verla.
La luna está en mí, lo mismo que el sol. Sin que lo toquen, el tambor de la eterni­dad resuena en mi interior; pero mis oídos sordos no pueden oírlo.
Así, en tanto que el hombre reclame el Yo y lo Mío, sus obras serán como cero. Cuando todo amor del yo y de lo mío ha­ya muerto, entonces es cuando se consuma­rá la obra del Señor.
Que el trabajo no tenga otro afán que el conocimiento.
Alcanzado el conocimiento, déjese el afán. El afán de la flor es el fruto; cuando el fru­to madura, la flor se marchita.
El ciervo contiene el almizcle, aunque no lo busca en sí mismo sino husmeándolo en la hierba.


VII


Cuando se revela a sí mismo, Brahma des­cubre lo invisible.
Como el grano está en la planta; como la sombra en el árbol; como el espacio en el cielo; como infinidad de formas están en el espacio, así, desde el más allá del Infinito, el Infinito viene, y el infinito se prolonga en lo finito.
la caricatura está en Brahma y Brahma es­tá en la caricatura; son para siempre distin­tos; aunque estén para siempre unidos.
El mismo es el árbol, el grano y el germen. El mismo es la flor, el fruto y la sombra. El es el sol, la luz y todo lo que se ilumina. Es Brahma, la criatura y la ilusión.
Es la forma múltiple, el espacio infinito. Es el aliento, la palabra, la idea.
Es lo limitado y lo ilimitado, y más allá de lo limitado y de lo ilimitado, es el Ser puro.
Es el espíritu inmanente en Brahma y en la criatura.
El Alma suprema se ve en el interior del al­ma.
El punto último se ve en el Alma suprema. Y en ese punto aún se reflejan las creacio­nes.
Kabir es bendito porque goza de esta vi­sión suprema.


VIII


El vaso terrestre acuna las campiñas y los boscajes; en él se halla el Creador.
En ese vaso están los siete océanos y las in­numerables estrellas. Dentro están el artífice y su piedra de toque.
En él resuena la voz del Eterno, que hace surgir la primavera.

Kabir dice:
Oyeme, amigo mío: mi Señor bienamado se halla en ese vaso.



IX



¿Cómo podría yo jamás pronunciar esas palabras misteriosas?
¿Cómo podría yo decir: El no es como es­to y es como aquello?
Si digo que El está en mí, el universo se es­candaliza de mis palabras.
Si digo que está fuera de mí, miento.
De los mundos internos y externos, El ha­ce una unidad indivisible.
Lo consciente y lo inconsciente son los ta­buretes de sus pies.
Ni se manifiesta ni se oculta; no es revela­do ni irrevelado.
No hay palabras para decir lo que El es.


X

Atrajiste mi corazón hacia ti, ¡oh, Fakir! Me hallaba dormido en mi alcoba y tú me despertaste con tu impresionante voz, ¡oh, Fakir!
Me hundía en las profundidades del océa­no de este mundo y Tú me has salvado, sos­teniéndome en tu brazo, ¡oh, Fakir!
Una sola palabra de Ti, no dos, y me libe­ras de todas las cadenas, ¡oh, Fakir!

Kabir dice:
Has unido tu corazón a mi corazón, ¡oh, Fakir!



XI



Yo, antes, jugaba día y noche con mis compañeras, y ahora tengo miedo.
El palacio de mi Señor está tan alto, que mi corazón tiembla de subir; pero no debo ser miedosa si quiero gozar de Su amor.
Mi corazón ha de buscar a mi Bienamado, he de quitarme el velo y unir a El todo mi ser. Mis ojos serán dos lámparas de amor.

Kabir dice:
Oyeme, amiga mía. El comprende quién lo ama. Si no languideces de amor por el Único Bienamado, es inútil que adornes tu cuerpo; es en vano que te pongas ungüento sobre los párpados.


XII


Cuéntame, ¡oh, cisne!, tu antigua historia. ¿De qué país vienes?, ¡oh, cisne!
¿Hacia qué riberas encaminas tu vuelo? ¿Dónde descansarás, ¡oh, cisne!, y qué es lo que buscas?
Despiértate esta misma mañana, ¡oh, cis­ne!, levántate y sígueme.
Hay un país donde no imperan ni la duda ni la tristeza; donde ya no existe el terror de la muerte.
Allí, los bosques primaverales están en flo­res y la brisa nos trae un perfume que dice: "El soy Yo".
Allí, la abeja del corazón penetra profun­damente en la flor, sin aspirar a otro goce.


XIII


¿Quién te servirá, oh, Señor increado? Cada fiel adora al Dios que él se crea; ca­da día recibe sus favores.
Algunos no lo buscan a El, al Perfecto, a Brahma, al indivisible Señor.
Creen en diez Avatares; pero un Avatar que sufra las consecuencias de sus actos, no puede ser el Espíritu infinito.
El Uno Supremo debe ser otro.
Los yoguis, los sanyasi, los ascetas, dispú­tanse entre sí.


Kabir dice:
¡Oh, hermano!, aquel que ha visto la irra­diación de Su amor, ese está salvado.




XIV



El río y sus olas forman una misma superficie: ¿Qué diferencia hay entre el río y sus olas? Cuando la ola se levanta, es agua, y al caer, sigue siendo agua.
Decidme dónde está la diferencia.
Porque la hayan nombrado ola, ¿ya no se la considerará como agua?
En el seno del Supremo Brahma, los mun­dos se engarzan como las cuentas de un ro­sario.
Contempla ese rosario con los ojos de la sabiduría.

XV


Donde reina la Primavera, señora de las es­taciones, se escucha una música misteriosa. Torrentes de luz caen por doquiera.
Pocos hombres pueden alcanzar esas riberas, donde millones de Krishna se mantienen cruzados de brazos; donde millones de Vish­nú se prosternan; donde millones de brah­manes leen los Vedas; donde millones de Shiva se abstraen en la contemplación.
Allí, millones de Indra y de innumerables semidioses tienen al cielo por morada.
Allí, millones de Saraswati, diosas de la música, tañen la vina.
Allí, mi Señor se revela a Sí mismo, y el perfume del sándalo y de las flores se espar­ce en todos los dominios del espacio.


XVI


Entre los polos de lo consciente y de lo in­consciente, el espíritu oscila.
Columpio donde están suspendidos todos los seres y todos los mundos y cuya oscila­ción nunca cesa.
A él se aferran millones de seres; en él se
columpian la luna y el sol en su carrera. Transcurren millones de edades y el co­lumpio sigue en su movimiento.
Todo oscila: el cielo y la tierra, y el aire y el agua, y el Señor mismo, ahí personificado. Y la visión de todo ello ha hecho de Kabir el servidor de su Dios.


XVII


La luz del sol, de la luna y de las estrellas fulgura con vivo resplandor: la melodía amorosa asciende cada vez más, acompasa­da al ritmo del amor puro.
Día y noche, el coro llena los cielos; y Ka­bir dice:
Mi único Bienamado me deslumbra co­mo el relámpago.
¿Sabéis cómo dicen su adoración los instantes?
Blandiendo su círculo de luces, el univer­so, día y noche, canta adorando. Allí-dice Kabir-, la adoración no cesa jamás.
Allí está en su trono el Señor del universo. El mundo entero ejecuta su obra y comete sus yerros; pero pocos son los amantes que conocen al Bienamado.
Como se mezclan las aguas del Ganges y del Jumna, así se mezclan en el corazón del hombre piadoso las dos corrientes del amor y del sacrificio.
En su corazón, el agua sagrada se esparce día y noche, y así concluye el ciclo de los natalicios y de los óbitos.
¡Qué inefable reposo en el Espíritu Supre­mo! Sólo lo goza quien lo busca.
Sujeto por las cuerdas del amor; va y vie­ne el columpio oceánico del gozo, y hay un
potente estallido de canciones.
¡Ved aquel loto que florece sin agua! Y Kabir dice:
La abeja de mi corazón liba su néctar. ¡Maravilloso loto florecido en el corazón del universo!
Sólo las almas puras conocen sus delicias verdaderas.
La música vibra por doquiera y el corazón participa en el gozo del mar infinito.

Kabir dice:
Sumérgete en ese océano de dulzura y deja que vuelen lejos todos los errores de la vida y de la muerte.


Ya ves cómo aquí se sacia la sed de los cinco sentidos; ya no existen las tres formas de la miseria.


Kabir dice:
Estamos en lo Inaccesible; miraos aden­tro y veréis cómo brillan en vosotros los ra­yos de luna de Dios escondido.


Ahí late el ritmo de la vida y de la muerte. Ahí surgen los arrobamientos, todo el es­pacio radiante de luz.
Ahí se escucha la misteriosa música que es la del amor de los tres mundos.
Ahí arden los millones de lámparas del sol y de la luna.
Ahí resuenan por doquiera los amorosos cánticos, llueven ondas de luz y el adorador saborea con delicias el celeste néctar.
Ved la vida y la muerte: ya no hay entre ellas separación alguna.


Kabir dice:

El sabio enmudecerá, pues la Verdad no puede hallarse en los libros ni en los Vedas. Me he asociado al armonioso equilibrio del Uno.
He bebido la copa de lo inefable. Encontré la clave del misterio. Alcancé la raíz de la Unión.
Viajando sin camino llegué al país sin do­lor, y la gracia del Gran Señor ha descendi­do, dulcísima, en mí.
Se canta al Dios infinito como si fuera inaccesible; pero en mis meditaciones, sin mis ojos, yo lo he visto.
Es, de cierto, el país sin sufrimientos, y nadie sabe el camino que a El conduce.
Sólo aquel que encontró ese camino va más allá de la región de los dolores. Maravilloso país, que no puede pagarse con ningún mérito.
El sabio lo ve; el sabio lo canta.
Tal es la última palabra; pero ¿cómo ex­presar su maravilloso sabor?

Aquel que la saborea una vez, sólo él sabe el gozo que puede dar.


Kabir dice:
Al conocerla, el ignorante se convierte en sabio y el sabio se queda mudo, en silencio­sa adoración.

El adorador se embriaga totalmente.
Su sabiduría y su desprendimiento son per­fectos.
Bebe en la copa de las inspiraciones y de las aspiraciones del amor.
Allí, todo el cielo se llena de armonías y la música suena sin cuerdas y sin pulsaciones. Allí, no cesa nunca el juego de la alegría y del dolor.

Kabir dice:
Si te sumerges en el océano de vida, vivi­rás en el país de la suprema felicidad.

¡Qué frenesí de éxtasis contiene cada ho­ra! El adorador exprime y bebe la esencia de las horas. Vive con la vida de Brahma... Digo la verdad porque acepté la verdad en mi vida.
Estoy consagrado a la verdad porque ahu­yenté lejos de mí todas las falsas apariencias.

Kabir dice:
Así se libra el adorador, de todo miedo, así lo abandonan todas las ideas erróneas so­bre la vida y sobre la muerte.


Allí, el cielo se llena de música. Allí, llueve néctar.
Allí, vibran las cuerdas del arpa y suenan los tambores.
¡Qué secreto esplendor irradia ese castillo del cielo!
Ya no hay amaneceres ni puestas de sol. En el océano de revelaciones que es la luz del amor, el día y la noche no forman más que uno.
Alegría eterna; ni dolor ni luchas.
Allí he bebido, llena hasta los bordes, la copa de la dicha, de la dicha perfecta.
No hay lugar allí para el error.


Kabir dice:
Allí he sido testigo de los juegos de la única felicidad.
He conocido en mí mismo el juego del universo; he escapado al error de este mun­do.
Lo externo y lo interno se han hecho para mí un solo cielo.


Lo infinito y lo finito se han unido. Me embriago con la visión del Todo.
La luz invade el universo; es la lámpara del amor ardiendo en el candelero del saber.


Kabir dice:
Allí no puede deslizarse error alguno, y ya no existe el conflicto de la vida con la muerte.


XVIII



La región central del cielo, donde el espí­ritu reposa, está radiante de una música de luz.
Allí, florece la pura y cándida armonía, donde mi Señor halla sus delicias.
En el prodigioso esplendor de su cabellera piérdese el fulgor de millones de soles y de lunas.

Kabir dice:
Ven, ¡oh, Dharmadas! y contempla el triun­fo de mi Señor omnipotente.


¿Dónde la acción y el reposo en esa ribera? No hay agua a la vista; ni barco, ni marino. No hay ni una sola cuerda para empujar el barco ni hombre alguno para sirgar.
Ni tierra, ni cielo, ni tiempo; nada existe ahí: ni río, ni ribera.
No hay ahí ni cuerpo, ni espíritu.
¿Dónde podrías aplacar la sed de tu alma? Nada encontrarás en esa nada.
Sé fuerte y vuélvete a ti mismo. Ahí te ha­llarás en tierra firme
Considera esto, ¡oh, corazón mío! No te vayas a ninguna otra parte.


XIX



¡Oh, corazón mío! El Espíritu Supremo, el Dueño omnipotente está junto a ti. ¡Despierta, despiértate!
Corre a echarte a los pies de tu Biena­mado, pues tu Señor está muy cerca. Estuviste dormido durante siglos innumerables, ¿y no quieres despertar esta mañana?


XX

¿Qué ribera quieres alcanzar, corazón mío? Ningún viajero ante ti. Ningún camino.

Kabir dice:
Rechaza toda imaginación y fortalécete en lo que eres.




XXI

Cada morada enciende sus lámparas. Co­mo eres ciego, no las ves.
Un día tus ojos se abrirán de pronto y ve­rás; y las cadenas de la muerte caerán por sí solas.
Nada que decir, nada que escuchar, nada que hacer.
Aquel que vive, aunque muerto, no mori­rá jamás.
Porque vive en soledad, dice el asceta que Su casa está muy lejos.
Tu Señor está junto a ti y, sin embargo, tre­pas a lo alto de la palmera para buscarlo. El sacerdote brahmán va de casa en casa, para iniciar al pueblo en la fe.
Pero ¡ay!, la verdadera fuente de vida está a tu lado mientras te pones a adorar la pie­dra que tú mismo levantaste.

Kabir dice:
No puedo decir cuán adorable es mi Se­ñor. El ascetismo, el rosario, las virtudes y los vicios, nada de todo ello existe para El.


XXII



Mi corazón suspira, ¡oh, hermano!, por el verdadero Dueño que llena la copa del amor para ofrecérmela tras de haber bebido.
Levanta el velo y Brahma se revela a mis ojos.
Descubre en El los mundos y me hace oír la música misteriosa. Me muestra que las alegrías y las penas son una misma cosa. Todas sus palabras están llenas de amor.
Kabir dice:
En verdad, nada ha de temer quien posea semejante Dueño para llevarlo a seguro re­fugio.


XXIII


Las sombras de la noche. caen espesas y profundas; ensombrecen el corazón y en­vuelven el cuerpo y el espíritu.
Abre tu ventana al poniente y piérdete en el cielo del amor.
Bebe la miel azucarada que destilan los
pétalos del loto del corazón.
Déjate penetrar en las olas del mar. ¡Húndete en su esplendor!
Escucha y oye el rumor de las caracolas y de las campanas.

Kabir dice:
Contempla, ¡oh, hermano!, al Señor en ese vaso, que es mi cuerpo.



XXIV


Llevo en el fondo del corazón aquel amor que me hace vivir en este mundo una vida sin límites.
Así vive el loto en el agua, y en el agua flo­rece.
Aunque el agua no pueda tocar sus pétalos abiertos por sobre su nivel.
Así vive la esposa que penetra en las llamas de la pira, al mandato del amor.
Arde y deja gemir a sus compañeras; pero jamás deshonra al amor.
Difícil es cruzar el océano del mundo; sus aguas son muy profundas.
Kabir dice:
Oyeme, ¡oh, Santo hombre! Pocos son los que logran llegar a la otra orilla.


XXV



Mi Señor se oculta y, a maravilla, mi Señor se revela.
Mi Señor me aherroja duramente y mi Se­ñor hace que caigan mis cadenas.
Mi Señor me trae voces de tristeza y voces de alegría, y es El mismo quien dosifica los contrastes.
Ofrendaré a mi Señor mi cuerpo y mi es­píritu.
Daré mi vida antes que olvidar a mi Señor.

XXVI


Todas las cosas están creadas por Dios. El Amor es Su cuerpo.
No tiene forma, ni cualidad, ni decaden­cia.
Trata de unirte a El.
Ese Dios indeterminado toma millares de formas a los ojos de las criaturas:
Es puro e indestructible.
Su forma es infinita e insondable.
Danza extasiado y Su danza describe mil formas vaporosas.
El cuerpo y el espíritu desbordan felicidad cuando los toca Su gozo infinito.
Está inmerso en toda conciencia, en todo júbilo, en todo dolor.
No tiene principio ni fin.
Contiénese entero en su Beatitud.


XXVII


La misericordia de mi verdadero Maestro es la que me ha dado a conocer lo descono­cido.
Por El sé caminar sin pies, ver sin ojos, oír sin orejas, beber sin labios, volar sin alas. En el país donde no hay ni sol, ni luna, ni noche, ni día, he amado y he meditado. Sin comer he saboreado la dulzura del néctar; sin agua he aplacado mi sed.
El gozo compartido es la plenitud del go­zo. ¿Ante quién podía expresarse jamás? Kabir dice:
Mi Maestro es más grande que los mun­dos, e inmensa la buena ventura de su discí­pulo.


XXVIII


Ante lo incondicionado danza lo con­dicionado.
"Tú y yo no somos más que uno", procla­man las trompetas.
El Maestro avanza y saluda a su discípulo: tal es la mayor de las maravillas. Gorakhmatte le pregunta a Kabir:
-Dime, ¡oh, Kabir!, ¿cuándo comenzó tu vocación?
¿Dónde nació tu amor? Kabir responde:
-Cuando Aquel cuyas formas son múlti­ples aún no había empezado su representa­ción; cuando no había ni maestro ni discí­pulo; cuando todavía no existía el mundo,
cuando el Uno supremo estaba solo, enton­ces fue cuando me hice asceta; entonces, ¡oh, Gorakh! Brahma atrajo mi corazón a El.
Cuando me instruí en la doctrina de los ascetas, Brahma no estaba coronado, ni Vishnú ungido de rey, ni había nacido aún la potencia de Shiva.
Fue en Benarés donde tuve una revela­ción repentina, y Ramananda me iluminó. Traía conmigo la sed del infinito, he acu­dido a la cita de mi Dios.
Con toda simplicidad me uniré con la simple Unidad.
Y surgirá mi amor.
¡Marcha, oh, Gorakh, al ritmo de esa mú­sica!


XXX


Sobre ese árbol hay un ave; danza en el gozo de la vida.
Nadie sabe dónde está.
¿Y quién podrá decir el estribillo de su canción?
Entre lo más espeso y sombrío del ramaje, allí tiene su nido. Viene de noche y echa a volar por la mañana. Yo no la comprendo.
Nadie puede decirme qué ave es esa, la que canta en mi alma.
Sus plumas no tienen color ni dejan de te­nerlo.
No tiene forma ni perfil.
Se guarece a la sombra del amor.
Duerme en el seno de lo inaccesible, de lo infinito y de lo eterno, y nadie sabe cuándo echa a volar; y nadie sabe cuándo ha de volver. Kabir dice:
Profundo es el misterio, ¡oh, santo her­mano! Deja que los sabios descubran la morada del ave.


XXXI


Día y noche me apesadumbra una cruel angustia y no puedo dormir.
Suspiro pensando en la cita que ha de dar­me mi Bienamado y ya no siento el placer de vivir en la casa paterna.
Las puertas del cielo están abiertas; entro en el templo; encuentro a mi Esposo y de­posito a sus pies la ofrenda de mi cuerpo y de mi espíritu.


XXXII


¡Danza, corazón mío! Danza hoy de gozo. Los cánticos de amor llenan de música los días y las noches, y el mundo vive atento a sus melodías.
Locas de júbilo, la vida y la muerte danzan
al ritmo de esa música.
Los montes, el océano y la tierra danzan. Entre sollozos y carcajadas la humanidad danza.
Tu Señor está en ti; ¿a qué abrir los ojos ha­cia el mundo exterior?
Kabir dice:
Oyeme, hermano mío: mi Señor me ha arrebatado y me ha unido a El.


XXXIII


¿Cómo podría quebrarse el amor que nos une?
Cual la hoja del loto reposando sobre el agua, así eres tú, mi Señor, y yo soy tu es­clavo.
Cual el ave nocturna contempla la luna en la noche, así eres tú, mi Señor, y yo soy tu esclavo.
Desde el comienzo hasta el fin de los tiem­pos está el amor entre Tú y yo. ¿Cómo po­dría extinguirse ese amor?

Kabir dice:
Cual el río penetra en el océano, así mi corazón penetra en ti.


XXXIV


¡Tristes están mi espíritu y mi cuerpo! Te necesitan.
Ven a mi casa, ¡oh, mi Bienamado! Cuando me llaman "tu prometida" me avergüenzo de que mi corazón aún no haya poseído tu corazón.
¿Qué amor es, pues, este amor mío?
No tengo hambre; no tengo sueño; nunca hallo reposo, ni en El ni fuera de El.
Como el agua para el sediento, así es el
Novio para la novia.
¿Quién le llevará el mensaje a mi Biena­mado?
Kabir está angustiado. Agoniza de no ha­berlo visto.


XXXV


¡Despierta, oh, amiga, no duermas más! Se acabó la noche; ¿quieres perder tam­bién la jornada?
Otras que despertaron a tiempo, ya reci­bieron sus joyas.
Todo lo perdiste tú, ¡oh, loca!, durante el sueño.
Tu Amado es prudente, y tú insensata, ¡oh, mujer!
Nunca preparaste el lecho de tu esposo. Te pasaste los días en inútiles juegos.
Tu juventud se ha marchitado en vano, puesto que no has conocido a tu Señor.
¡Despierta, despiértate! Mira: tu lecho está vacío. Durante la noche, El te ha abandonado.

Kabir dice:
Sólo despierta aquella cuyo corazón está traspasado por las flechas de su palabra.


XXXVI



Cuando el sol brilla, ¿dónde está la noche? Y es de noche cuando el sol ha retirado su luz.
Donde hay conocimiento, ¿puede persistir la ignorancia? Y si hay ignorancia, el cono­cimiento debe perecer.
Si hay lujuria, ¿cómo puede haber amor? Donde está el amor, no existe la lujuria. Empuña la espada y corre a la batalla. Com­bate, ¡oh, hermano!, mientras dure tu vida. Corta la cabeza de tu enemigo para darle
así una muerte rápida. Vuélvete luego, para inclinar la frente ante el triunfo de tu Rey. El hombre valiente no abandona jamás el combate; el que huye no es un verdadero combatiente.
En el coto cerrado de nuestro cuerpo se li­bra una gran guerra contra las pasiones, la cólera, el orgullo y la envidia.
Donde más arrecia la batalla es en el Rei­no de la Verdad, del contentamiento y de la pureza, y la espada más activa es la tizona que lleva su nombre.

Kabir dice:
Cuando un valeroso caballero entra en li­za, la multitud de los cobardes se pone en fuga.
Denodado y áspero combate el que libra aquel que busca la Verdad.
Su voto es más difícil de cumplir que el del guerrero o el de la viuda que quiere reu­nirse con su esposo.
Pues el guerrero combate durante unas horas y la lucha de la vida con la muerte concluye muy pronto.
Pero la batalla de aquel que busca la Ver­dad prosigue día y noche, y sin que cese mientras dura su vida.


XXXVII


La cerradura del error cierra la cancela: ábrela con la llave del amor.
Al abrir la puerta, despertarás al Bienamado. Kabir dice:
No pases, ¡oh, hermano!, sin aprovechar tan buena ventura.


XXXVIII


El cuerpo, ¡oh, amigo!, es Su lira.
Tiende las cuerdas y hace sonar la melodía de Brahma.
Si las clavijas se aflojan o las cuerdas se rompen, entonces, instrumento de polvo, vuel­ve el cuerpo al polvo.

Kabir dice:
Sólo Brahma y ningún otro puede crear semejantes melodías.


XXXIX



Amo muy de veras a quien puede devolver su hogar al viajero extraviado.
En el hogar está la verdadera unión, en el hogar está la dicha de la vida.
¿Por qué abandonaré mi hogar para andar errante por el bosque?
Si Brahma me hace alcanzar la verdad, ha­llaré en el hogar la servidumbre y la libertad a un tiempo.
Amo a quien tiene el poder de hundirse profundamente en el seno de Brahma, a quien posee la facultad de sumirse en la contemplación.
Amo a quien conoce a Brahma y puede quedarse en meditación sobre su suprema Verdad.
Amo a quien puede ejecutar la melodía del infinito, uniendo en su vida el amor y el sacrificio.

Kabir dice:
El hogar es la morada verdadera; en el hogar está lo real, el hogar hace que al­cancemos a Aquel que es realidad.
Quédate, pues, donde estás y todo lo ten­drás a su tiempo.



XL


Nada mejor, ¡oh, santo hombre!, que unir­se simplemente a El.
Desde el día en que hallé a mi Dios, los juegos de nuestro amor ya no han cesado. No cierro los ojos, no tapo mis oídos, no mortifico mi cuerpo.
Miro con los ojos muy abiertos, sonrío, y por doquiera contemplo Su hermosura. Murmuro su nombre, y todo cuanto veo me habla de El.
Todos mis actos constituyen un culto que rindo a mi Dios.
La aurora y el crepúsculo me parecen iguales.
Las contradicciones ya no existen para mí. Por doquiera que voy, en El me afano.
Todo cuanto hago lo hago en Su servicio. Al acostarme me prosterno a Sus pies. Sólo El es adorable a mis ojos; no conoz­co otro.
De mi boca ya no salen palabras impuras. Día y noche canto Sus alabanzas.
De pie o sentado, no puedo olvidarlo, porque el ritmo de Su canción lo llevo en mis oídos.

Kabir dice:
Un gozo frenético abrasa mi corazón y descubre todos los misterios ocultos en mi alma. Estoy sumergido en una inmensa feli­cidad que supera toda alegría y todo dolor.




XLI

En los baños sagrados no hay más que agua, y sé de su ineficacia, pues me he ba­ñado en ellos.
Las sagradas imágenes carecen de vida; no pueden hablar; lo sé, puesto que las he con­vocado a gritos.
Los Puranas y el Corán, no son más que palabras; aparté el velo y lo vi.
Kabir deja que hable la experiencia; todo el resto es mentira, lo sabe muy bien.


XLII


Me río cuando oigo decir que el pez tiene sed en el agua.
No alcanzas a ver que lo real está en tu ho­gar y andas errante de bosque en bosque. ¡En ti está la Verdad! Donde quiera que va­yas, a Benarés o a Mathura, si no encuentras tu alma, el mundo no tendrá realidad para ti.


XLIII

El pendón oculto se halla izado en el templo del cielo.
Allí se despliega el baldaquín azul adorna­do de luna y constelado de brillantes.
Allí brilla la luz del sol y de la luna. Sosiégate, alma, y contempla ese esplendor en silencio.

Kabir dice:
Quien bebe de ese néctar cae en el delirio.


XLIV


¿Quién eres? ¿Y de dónde vienes?
¿Dónde reside el Espíritu Supremo y cómo puede mezclarse en todos los juegos de la Creación?
El fuego está en la madera; pero ¿quién lo despierta de súbito?
La madera conviértese en cenizas; y, ¿adón­de va la fuerza del fuego?
El verdadero Maestro nos enseña que el Espíritu no tiene límite ni fin.

Kabir dice:
Brahma adapta su palabra a la inteli­gencia de sus oyentes.




XLV


¡Oh, santo!, purifica tu cuerpo con toda simplicidad.
Como el grano está en el bananero; como las flores, los frutos y la sombra de las hojas están en el grano, así el germen está en el cuerpo, y en ese germen el cuerpo se en­cuentra a sí mismo.
El fuego, el aire, el agua, la tierra y el éter no están fuera de El.
Considera esto, ¡oh, Kazi; oh, Pundit! ¿Qué cosa hay que no esté en nuestra alma?
El cántaro lleno de agua flota en el agua, contiene agua y está rodeado de agua.
No hay que darle a esto nombre alguno, no vaya a despertarse el error del dualismo. Kabir dice:
Escucha la palabra, la verdadera, que es tu esencia; El se dice la palabra a Sí mismo, y El mismo es el Creador.


XLVI


Es un árbol extraño; crece sin raíces y lle­va frutos sin haber dado flores.
No tiene ramas ni hojas; es un loto puro. En él cantan dos aves: una es el Maestro; la otra, su discípulo.
El discípulo escoge los abundantes frutos de la vida y los saborea; el Maestro lo con­templa gozoso.
Lo que Kabir dice es difícil de comprender: El ave no puede ser alcanzada, aunque resulta claramente visible. El que no tiene forma está en el seno de todas las formas.


XLVII


He aplacado la angustia de mi alma y mi corazón se regocija. En el estado en que es­toy, he visto al Supremo Camarada.
Permaneciendo esclavo me liberé; me des­prendí de las garras de toda mezquindad. Kabir dice:
Alcancé lo inaccesible y en mi corazón tornasolan los colores del amor.


XLVIII


Lo que tú ves no existe, y para lo que exis­te no tienes palabras.
A menos de ver, no crees; lo que te dicen no puedes admitirlo.
Quien tiene discernimiento aprende por las palabras, y el ignorante se queda con la boca abierta.
Algunos contemplan lo Informe y otros meditan sobre la forma; pero el sabio sabe que Brahma está por encima de ambos.
La hermosura de Brahma no puede verse con los ojos. La vibración de su palabra no puede llegar hasta el oído.

Kabir dice:
Aquel que ha encontrado a la vez el amor y el sacrificio, no se abisma jamás en la muerte.



XLIX



La flauta del Infinito toca sin jamás inte­rrumpirse, y canta Su amor.
Cuando el Amor renuncia a todo límite, al­canza la Verdad.
¡Cuán lejos se esparce su perfume! No tie­ne fin; ningún obstáculo se le opone.
La forma de su melodía brilla como un mi­llón de soles.
La vina hace vibrar incomparablemente las notas de la verdad.


L



¡Me acucia, caro amigo, encontrar a mi Bienamado!
Mi juventud ha florecido y el dolor de ver­me separada de El me oprime el seno. Yerro sin rumbo por los senderos del saber, aunque he recibido noticias Suyas a través
de esos senderos.
Tengo una carta de mi Bienamado; en esa carta hay un mensaje inefable, y ahora ya no le temo a la muerte.


Kabir dice:
¡Oh, mi caro amigo! He recibido como presente al Único Inmortal.


LI


Cuando estoy separada de mi Bienamado mi corazón se llena de tristeza.
Ningún reposo durante el día, ningún sue­ño durante la noche.
¿A quién confiaré mis penas?
La noche es oscura. Las horas transcurren sin que El vuelva.
La ausencia de mi Señor hace que me es­tremezca y tiemble de miedo.


Kabir dice:
¡Oyeme, amiga mía! No hay júbilo como el de encontrar al Bienamado.



LII


¿Qué flauta es esa cuya música me llena de alegría?
La llama arde sin lámpara. El loto florece sin raíces.
Las flores se abren en los claustros. El ave nocturna vuela hacia la luna. El ave de lluvia apetece la lluvia.
Pero, la que amor consagra su vida el eter­nal Amante?



LIII



¿No has oído los acordes de la misteriosa música?
En medio de la cámara suena, gentil y dul­cemente pulsada, el arpa de la dicha.
No hay que salir para escucharla.
Si no has saboreado el néctar del Único Amor, ¿de qué te servirá purificarte de toda mancha?
El kazi investiga el sentido de los ver­sículos del Corán e instruye a los hombres; pero si su corazón no está anegado en el amor divino, ¿de qué le servirá ser maestro?
El yogui tiñe de rojo sus vestiduras; pero si no conoce los colores del amor, ¿de qué le servirá el color de sus vestidos?


Kabir dice:
Ya esté en el templo o en el balcón de mi morada, en un campo o en un jardín de flo­res, os digo, en verdad, que en todo mo­mento mi Señor se deleita conmigo.


LIV



¡Sutil es el sendero del amor!
No hay en él preguntas ni silencios; toda criatura se aniquila a sus pies, se hunde en el gozo de buscarlo a El, se sumerge en las profundidades de su amor como el pez en el agua.
El enamorado siempre está dispuesto a ofrecer su vida en servicio de su Señor. Kabir revela el secreto de ese amor.


LV


Es verdadero Santo aquel que puede reve­lar a ojos humanos la forma de lo informe. Es verdadero Santo aquel que enseña el camino simple que ha de seguirse para al­canzarlo a El sin ocuparse de ritos ni de ce­remonias.
Es verdadero Santo aquel que no te hace
cerrar las puertas, ni retener el aliento, ni re­nunciar al mundo; el que te hace ver al Es­píritu Supremo doquiera haya inteligencia; el que te enseña a conservar la calma en me­dio de la actividad.
Inmerso para siempre en la felicidad y sin temor alguno en el corazón, el Santo mantie­ne, en medio de los placeres, la armonía de su vida.
La infinita presencia del Ser infinito está en todas partes: en la tierra, en el agua, en el cielo, en el aire.
Tan firme como el trueno, la sede del bus­cador se halla establecida por sobre el vacío del espacio.
El que está en el interior, está en el exterior. Lo veo a El y a ningún otro.


LVI


Recibe la palabra de donde surgió el universo.
Esta palabra es: Maestro. Lo he escuchado y me he convertido en discípulo.
¿Cuántos son los que han comprendido es­ta palabra?
Trata tú de comprenderla, ¡oh, Santo! Los Vedas y los Puranas la proclaman. El mundo se asienta en ella.
Los rishis y los devotos la dicen; pero na­die conoce su misterio.
El padre de familia abandona su hogar cuando la escucha.
Los seis filósofos la comentan.
El espíritu de renunciación emana de ella. De esa palabra nació el mundo de las formas. Esa palabra lo revela todo.

Kabir dice:
¡Pero quién sabe de dónde viene esa pa­labra!




LVII



¡Vacía la copa! ¡Embriágate! ¡Bebe el divi­no néctar de Su nombre!
Kabir dice:
Oyeme, querido Sadhu: desde la coroni­lla a la planta de los pies, el hombre está en­venenado por la inteligencia.




LVIII



Si no conoces a tu propio Señor, ¿de qué te enorgulleces?
Renuncia a toda elocuencia. jamás te uni­rán a El las simples palabras.
No te dejes engañar por el testimonio de las Escrituras.
El amor difiere mucho de la letra, y el que con toda sinceridad lo busca, lo encuentra.



LIX



La dulzura de vagar sobre el océano de la vida inmortal me ha liberado de todo vano parloteo.
Como el árbol está en el grano, todos los males están en la charlatanería.


LX


Cuando, al fin, hayas encontrado el océa­no de la felicidad, no te vayas sediento. Vuelve en ti y no seas loco; la muerte te acecha.
Aquí tienes, ante ti, el agua pura. Bébela hasta saciarte.
No persigas el espejismo; ten sed de néctar. Dhruva, Prahlad y Shukadeva bebieron de él. Raidas lo probó.
Los santos se embriagan de amor; tienen sed de amor.
Kabir dice:
Escucha, hermano mío: la guarida del miedo se ha desplomado.

Ni por un instante miraste al mundo fren­te a frente.
Con la falsedad tejes tu esclavitud; tus pa­labras están llenas de engaños.
Con el fardo de deseos que llevas en la cabeza, ¿cómo podrías andar ligero?

Kabir sigue diciendo:
Guarda en ti la verdad, el espíritu de sa­crificio y el amor.


LXI


¿Quién le ha enseñado a la viuda a dejar consumir su cuerpo sobre la hoguera de su esposo difunto?
¿Y quién le ha enseñado al amor a encon­trar su felicidad en el sacrificio?


LXII


¿Por qué, corazón mío, eres tan impaciente? Aquel que vela por las aves, por las beste­zuelas y por los insectos.
Aquel que cuidaba de ti cuando todavía estabas en el seno de tu madre: ¿dejará de protegerte ahora que ya saliste de él?
¿Cómo puedes, ¡oh, corazón mío!, apar­tarte de la sonrisa de tu Dios y andar errante tan lejos de El?
Abandonaste a tu Bienamado para pensar en futilezas, ¿y te asombras de la banalidad de tu obra?


LXIII

¡Cuán difícil me es encontrar a mi Señor!
El pájaro de lluvia, alterado, llama a la llu­via a grandes gritos. Morirá en la espera an­tes que beber de otra agua.
Atraído por los sones de la música, la cer­vatilla se acerca; arriesga la vida para escu­charlos; pero el temor no la hace retroceder.
La viuda se queda sentada junto al cuerpo de su esposo; el fuego no le da miedo. ¡No sientas temor alguno por esa miseria que es tu cuerpo!



LXIV


Cuando ya me extraviaba, ¡oh, hermano!, el verdadero Maestro me enseñó el camino. Entonces dejé los ritos y las ceremonias; ya no volví a sumergirme en las aguas sagradas. Comprendí que sólo yo era el loco; que to­do el mundo a mi alrededor estaba cuerdo y que yo era motivo de escándalo y de befa.
A partir de ese día, ya no ruedo por el pol­vo en señal de obediencia; ya no toco la campana del templo; ya no coloco ningún ídolo en su trono; ya no pongo flores ante las imágenes en signo de adoración.
Lo que le place al Señor no son las auste­ridades ni las mortificaciones de la carne. No le eres grato porque andes casi en cue­ros y mortifiques tus sentidos.
El hombre bueno y leal que permanece se­reno en medio de la agitación del mundo, el que ama como a sí mismo a todas las criatu­ras de la tierra, ese hombre alcanza al Ser In­mortal, y el verdadero Dios está con él.

Kabir dice:
Aquel cuyas palabras son puras y que no tiene orgullo ni envidia, conoce Su verdade­ro Nombre
.



LXV



El asceta tiñe sus vestiduras, en lugar de te­ñirse el alma, con los colores del amor. Permanece sentado en el templo, abando­nando a Brahma, para adorar una piedra; se agujerea las orejas; lleva una larga barba y sórdidos andrajos; parece un chivo.
Anda por el desierto yugulándose el deseo, y acaba pareciéndose al eunuco.
Se rapa la cabeza y tiñe sus vestidos; lee el Gita y se convierte en un charlatán.

Kabir dice:
Tú, que obras como él, marchas hacia las puertas de la muerte atado de pies y manos.


LXVI



No sé cuál es mi Dios.
El mullah grita hacia El. ¿Por qué?
¿Está sordo el Señor? Pues bien que oye re­sonar hasta las sutiles articulaciones del in­secto que marcha...
Reza tu rosario; píntate en la frente la cifra de tu Dios; envuélvete en andrajos mancha­dos y vistosos...
Si en tu corazón hay un arma de muerte, ¿cómo podrás poseer a Dios?


LXVII


Cuando escucho la melodía de su flauta ya no soy dueño de mí.
La flor se abre sin que la primavera haya llegado, y ya la abeja ha recibido su perfu­mado mensaje.
Retumba el trueno, fulgen los relámpagos; en mi corazón saltan las olas.
Cae la lluvia y mi alma languidece pen­sando en mi Señor.
Allí donde el ritmo del mundo nace y muere a la vez, allí es donde mi corazón lo alcanza.
Allí flotan al viento los pendones ocultos. Kabir dice:
Mi corazón se muere de vivir.


LXVIII



Si Dios está en la mezquita, ¿a quién per­tenece el mundo?
Si Rama, ¡oh, peregrino!, está en la imagen que tú adoras, ¿qué ocurre allí donde no hay imágenes?
Hari está en Oriente; Alá, en Occidente. Mírate el corazón y allí encontrarás a la vez a Karim y a Rama.
Todos los hombres y todas las mujeres del mundo son sus formas vivientes.

Kabir es el hijo de Alá y de Rama.
El es mi Maestro; El es mi mentor espiri­tual
.


LXIX



Aquel que es modesto y se conforma con su suerte; aquel que es justo; aquel cuyo es­píritu está henchido de resignación y de paz.
Aquel que lo ha visto y lo ha tocado, es el que se halla libre de temor y de angustia. Para él, la idea de Dios es como un un­güento de sándalo esparcido por la piel. Para él no hay otro goce que esa idea. Una bella armonía rige su trabajo y su re-
poso; de él emana un resplandor de amores. Kabir dice:
Toca los pies de Aquel que es uno, indi­visible, inmutable, apacible, de Aquel que llena de desbordante alegría los vasos terres­tres y cuya forma es el amor.


LXX


Reúnete con los buenos, donde el Biena­mado tiene su morada.
Aprende de ellos todas tus ideas, todo tu amor y todo tu saber.
¡Redúzcase a cenizas la asamblea en que Su Nombre no sea pronunciado!
No vaciles más; piensa sólo en el Bienamado. Que tu corazón no adore a otros dioses. No es bueno adorar a otros dueños.

Kabir reflexiona y dice:
Si obras de otro modo jamás encontrarás al Bienamado.



LXXI



La joya se ha perdido en el fango y todos quieren encontrarla. Estos la buscan por un lado, aquellos por otro; algunos la ven en el agua, otros entre las piedras.
Pero el discípulo Kabir, que la aprecia en su verdadero valor, la ha envuelto cuidado­samente en su corazón como en los pliegues de su manto.


LXXII


El palanquín ha venido por mí, para lle­varme a la morada de mi esposo; un temblor
de felicidad me agita el corazón.
Mas los portadores me han conducido a un bosque solitario, donde no conozco a na­die.
Beso suplicante vuestros pies, ¡oh, portado­res! Aguardad un momento todavía. Dejadme volver a casa de mis padres y de mis amigos para despedirme de ellos.
El discípulo Kabir canta:
Abandona tus ventas y tus compras, ¡oh, santo l, deja ahí tus beneficios y tus pérdidas pues no hay tiendas ni mercados en el país adonde te encaminas.



LXIII


No conoces, ¡oh, corazón mío!, todos los secretos de esta ciudad de amor. Ignorante
viniste, ignorante te vas.
¿Qué hiciste de esta vida?, ¡oh, amigo mío! Cargaste sobre tu cabeza un pesado fardo de piedras, ¿quién te aliviará de esa carga? Tu Amigo se encuentra en la otra orilla y nunca me preguntas cómo podrías llegar hasta su encuentro.
El barco se ha roto; mientras, tú sigues sen­tado en el banco, sin avanzar y a merced del oleaje.
¿A quién tendrás al final por Amigo?, te pregunta el servidor Kabir. Estás solo, sin compañeros, y as¡ habrás de soportar las consecuencias de tus actos.


LXXIV


Los Vedas dicen que lo incondicionado es­tá por encima del mundo de las condiciones. ¿Qué ganas, ¡oh, mujer!, con discutir si El
está por encima de todo o si está en todo? Brahma se te revelará día y noche, vestido de luz, sentado en un trono de luz.

Kabir dice:
El verdadero Maestro es todo luz.


LXXV


¡Abre tus ojos de enamorado y contémpla­lo a El, que reina en el universo! Considera el universo y persuádete de que ese es tu país.
Cuando hayas encontrado a tu verdadero Maestro, El despertará tu corazón.
El te dirá los secretos del amor y del sacri­ficio, y conocerás entonces que El sobrepa­sa al universo.
Ese mundo es la ciudad de la Verdad; el laberinto de sus senderos fascina el corazón.
Podemos alcanzar la meta sin cruzar la ru­ta, en un deporte que no acaba jamás.
Allí donde el círculo de los múltiples goces danza en torno del Creador, allí están los juegos de la eterna felicidad.
Cuando los conozcamos concluirá el ciclo de todas nuestras aceptaciones y renunciamientos. Entonces dejará de quemarnos la llama de la concupiscencia.
Es el reposo último y sin límite.
El ha extendido sobre el mundo entero las formas de Su amor.
Del resplandor, que es Verdad, surgen per­petuamente las ondas de las formas nuevas, y El penetra esas formas.
Todos los jardines, todos los boscajes, to­das las masas de vegetación están pobladas de flores, y el aire juguetea con ellas.
Allí, el cisne juega un juego maravilloso. Allí, los sones de la misteriosa música giran en torno de la infinita Unidad.
Allí brilla, en el punto central, el trono de Aquel que contiene todas las cosas y donde el Gran Ser tiene su sede.
La luz de millones de soles se desvanece, confusa, ante el esplendor de uno solo de sus cabellos.
Por el camino, ¡qué dulces melodías hace oír el arpa! Sus notas traspasan el corazón. La eterna fontana de vida deja correr su cho­rro donde juegan sin fin el nacer y el morir.
Y se llama nada Aquel que es la Verdad de las verdades, Aquel en quien están conteni­das todas las verdades.


LXXVI


En El se perpetúa la creación, superior a to­da filosofía y que ninguna filosofía podría concebir.
Hay un mundo sin fin, ¡oh, hermano mío!,
y hay el Ser sin nombre, de quien sólo pue­de hablarse en silencio.
El mundo ilimitado sólo es conocido de aquel que lo alcanzó. Es muy otro de cuan­to se ha dicho y escuchado.
Ni formas, ni cuerpo, ni extensión, ni aliento existe en él. ¿Cómo podría decirte lo que es? Está en el camino de lo infinito, sobre el que desciende la gracia del Señor, y el que lo alcanza queda liberado de nacer y de morir.

Kabir dice:
Estos sentimientos no pueden expresarse con palabras de la boca: como tampoco pue­den escribirse en el papel.


LXXVII


¡Oh, corazón mío! ¡Vámonos al país don­de mora el Bienamado!
La enamorada llena allí su cántaro en el pozo y, sin embargo, no tiene cuerda para retirarlo del agua.
En ese país las nubes no cubren el cielo; pero la lluvia cae allí en ráfagas suavísimas. ¡Oh, espíritu puro! No te quedes sentado en el umbral de tu puerta.
Sal y báñate en esa linfa bienhechora. Maravillosa comarca donde reina un per­petuo claro de luna. Nunca está sombría. ¿Y quién habla de un solo sol? Ese país está iluminado por los rayos de millones de astros.



LXXVIII


Kabir dice:
¡Oh, Sadhu! Escucha mis inmortales pa­labras. Si quieres tu bien, presta mucha aten­ción: te has separado del Creador, de quien tú has nacido; has perdido la razón; has me­recído la muerte.
Todas las doctrinas, todas las enseñanzas vienen de El; en El se regocijan. Tenlo por cier­to y no tengas miedo.
¡Deja que te dé noticias de esta gran ver­dad!
¿Qué nombre salmodias? ¿En qué meditas? ¡Sal de semejante laberinto!
El está en el corazón de todas las cosas. ¿Por qué refugiarte en una vana desolación? Si colocas al Maestro lejos de ti, lo único que honras es su alejamiento.
Si realmente el Maestro está lejos, ¿qué es lo que creó este mundo?
Por no creer que El esté aquí andas erran­te, cada vez más lejos, y lo buscas en vano y entre lágrimas.
Allí donde El está lejos no se lo puede al­canzar; donde está cerca, El es la verdadera felicidad.
Temeroso de que su servidor sufra, El lo penetra profundamente.
Conócete, pues, ¡oh, Sadhu!, pues El está en ti desde la coronilla hasta los pies. Canta de alegría y afiánzate inquebranta­ble en tu corazón.


LXXIX


No soy ni piadoso ni ateo.
No vivo ni según los mandamientos ni se­gún mi corazón.
Ni hablo ni escucho.
No soy libre ni prisionero.
No tengo afecciones ni desafecciones.
No estoy lejos de nadie; no estoy cerca de nadie.
No iré al infierno ni al cielo.
Me afano por todo, aunque estoy ausente de todo afán.
Pocos me comprenden; que Aquel que me entiende halle la paz.
Kabir no trata jamás de crear ni de destruir.


LXXX



El verdadero Nombre no se parece a nin­gun otro.
Distinguir entre lo condicionado y lo incon­dicionado no es más que cuestión de palabras. Lo incondicionado es el grano; lo condi­cionado es la flor y el fruto.
El saber es la rama; el Nombre la raíz. Busca la raíz. Serás feliz cuando la en­cuentres.
La raíz te llevará a la rama, a la hoja, a la flor y al fruto.
Será tu encuentro con el Señor, será la rea­lización de tu gozo; será la reconciliación de lo condicionado y de lo incondicionado.


LXXXI


En el comienzo, El estaba solo y se basta­ba a sí mismo.
No había entonces ni comienzo, ni me­dio, ni fin.
No había ojos, ni noche, ni día.
No había tierra, ni aire, ni cielo, ni fuego, ni agua, ni ríos como el Ganges y el Jumna; ni mares, ni océanos, ni olas.
No había vicios ni virtudes, ni libros sagra­dos como los Vedas, los Puranas o el Corán.
Kabir reflexiona y dice:

Todo era entonces silencio y paz. El Ser Supremo permanecía inmerso en el seno profundo de sí mismo.
El Dueño no come, ni bebe, ni vive, ni muere.
No tiene forma, ni color, ni vestido.
No pertenece a un clan, ni a una casta, ni a nada...
¿Cómo podría yo describir su gloria?
No tiene forma y, sin embargo, no está sin formas.
No tiene nombre.
Carece de color y no es incoloro. No tiene morada.


LXXXII


Kabir medita y dice:
El que no tiene casta ni país, ni forma, ni cualidad, llena el espacio.
El Creador ha puesto en el Ser el juego de la dicha, y de la palabra "Om" nació la creación. La tierra es su gozo; su gozo es el cielo. Su gozo es el esplendor del sol y de la luna.
Su gozo es el comienzo, el medio y el fin. Su gozo es visión, sombra y luz.
Los océanos y las olas son su gozo.
Su gozo, las Saraswati, el Jumna y el Gan­ges.
El Dueño es uno: vida y muerte, unión y separación son los juegos de su gozo.
Sus juegos son el sol y el agua y el univer­so entero.
Sus juegos, la tierra y el cielo.
En el juego se desarrolla la creación; en el juego se establece.
El mundo entero -dice Kabir- reposa so­bre su juego; pero el jugador permanece des­conocido.


LXXXIII


El arpa difunde una suave música y la danza continúa sin danzantes.
La música se toca sin tañerla; se escucha sin oídos, pues El es el oído y El escucha. La puerta está cerrada; pero el incienso es­tá en el interior y nadie ve la cita.
El sabio comprende estas palabras.


LXXXIV


El Mendigo mendiga, pero no alcanzo a verlo.
¿Qué le pediré al Mendigo? Me da sin que yo le pida nada.

Kabir dice:
Soy suyo, y dejo que se cumpla el destino.


LXXXV



Mi corazón reclama la morada de mi Bie­namado.
A la que pierde la ciudad de su esposo, igual le da el gran camino que el abrigo de un techo.
Mi corazón de nada se alegra; mi espíritu y mi cuerpo divagan sin cesar.
Su palacio tiene un millón de puertas; pe­ro entre El y yo media un vasto océano. ¿Cómo lo cruzaré? No tiene fin, ¡oh, ami­go!, la extensión de esa ruta.
¡Qué maravillosa obra es esa lira!
Bien templada, arrebata el corazón; pero rotas las clavijas o distendidas las cuerdas, ya no interesa a nadie.
Les digo, riendo, a mis padres: "Es preciso que vaya a ver esta misma mañana a mi Se­ñor".
Ellos se encolerizan, no quieren dejarme ir y dicen: "Esta criatura cree haber adquirido tan gran dominio sobre su Esposo como pa­ra obtener de El todo cuanto quiere; de ahí
su impaciencia por encontrar a su Señor.
Ahora, querido amigo, alza ligeramente mi velo, que es esta mi noche de amor.

Kabir dice:
¡Escúchame! Mi corazón está impaciente por encontrar a mi Bienamado, permanezco en mi lecho, sin sueño. Acuérdate de mí cuando despunte el alba.


LXXXVI


Sirve a tu Dios, presente en este templo, que es la vida.
No seas loco, pues las sombras de la no­che pronto se espesan.
Me ha esperado durante la eternidad de las edades; por amor a mí, El ha perdido su
corazón.
¡Y yo ignoraba la felicidad que tan cerca tenía! Mi amor aún no se había despertado. Pero ahora mi amante me ha dado a co­nocer el sentido de los sones que percibie­ron mis oídos.
Ahora he realizado mi felicidad.

Kabir dice:
¡Contempla cuán grande es mi ventura! ¡He recibido la infinita caricia de mi Bie­namado!



LXXXVII


La tormenta se acumula en el cielo. Escucha la honda voz de su fragor.
La lluvia viene del Oriente y murmura su monótono plañir.
Presta atención a tus cercados, para que la
lluvia no los invada y los arrase.
Prepara el suelo de la liberación y deja que sólo se ahoguen bajo la tormenta los pa­rásitos del amor y del sacrificio.
Sólo el labrador precavido podrá festejar el fin de la cosecha. Sólo él podrá llenar de grano sus vasijas y alimentar a los sabios y a los santos.


LXXXVIII


Este día me es caro entre todos los días, porque hoy mi Señor bienamado es huésped de mi casa.
Mi cámara y mi corazón resplandecen con Su presencia.
Mis ardientes deseos cantan Su nombre y se pierden en Su infinita belleza.
Lavo Sus pies, contemplo Su rostro y ante El me prosterno, llevándole como ofrendas
mi cuerpo, mi alma y todo cuanto tengo. ¡Qué día de felicidad es este en que mi Bienamado, mi tesoro, viene a mi casa! Todos los malos pensamientos huyen volan­do de mi corazón cuando diviso a mi Señor. Mi amor lo ha conmovido, mi corazón languidece por Su nombre, que es la Verdad. Así canta Kabir, el servidor de todos sus servidores.


LXXXIX


¿Qué sabio podría escuchar la música so­lemne que se eleva hacia el cielo?
El es la fuente de toda música; El llena con ese surtidor, hasta los bordes, todos los vasos hu­manos, permaneciendo desbordante El mismo.
Aquel que vive corporalmente siempre es­tá sediento, porque el objeto de sus afanes es
imperfecto, aunque siempre surgen en él, y cada vez más hondas, estas palabras, donde van fusionados el amor y el sacrificio: "El es esto; esto es El".

Kabir dice:
Esas son, ¡oh, hermano !, las palabras su­premas.


XC


¿Dónde iré que aprenda a conocer a mi Bienamado?

Kabir dice:
Jamás hallarás el bosque si no conoces el árbol, jamás lo encontrarás si lo buscas en las abstracciones.


XCI


He aprendido el sánscrito; deja, pues, que todos los hombres me llamen sabio.
Pero ¿de qué me valdrá todo mi saber si yerro a la ventura, si mi garganta se reseca de sed, si me abrasa el ardor de mi deseo? Kabir dice:
Resulta perfectamente inútil que lleves en la cabeza toda esa carga de orgullo y vani­dad, tírala al polvo y corre al encuentro del Bienamado. Dirígete a El como a tu Señor que es.


XCII


Separada de su amado, la mujer hila en su rueca.
La ciudad de su cuerpo, con el palacio de
su espíritu, se alza en su hermosura.
La rueca del amor, hecha con las joyas del saber, gira en el cielo.
¡Qué hilos tan sutiles teje la mujer y cómo los refina su amor y su respeto!

Kabir dice:
Trenzo la guirnalda de los días y de las noches; cuando venga mi Amado y toque yo Sus pies, le ofrendaré mis lágrimas.


XCIII


Bajo el gran quitasol de mi Rey brillan mi­llones de soles, de lunas y de estrellas.
El es el Espíritu de mi espíritu; El es la Pu­pila de mis pupilas.
¡Que mi espíritu y mis ojos no formen más que uno! ¡Que mi amor alcance a mi Bienamado!
¡Que la fiebre ardiente de mi corazón pue­da encontrar alivio!

Kabir dice:
Cuando el amor y el Amado se unen, es cuando el amor alcanza la perfección.



XCIV


Mi país, ¡oh, santo!, es un país sin dolor. Les clamo a todos a gritos: al rey como al mendigo, al emperador como al fakir. ¡Quien quiera que busque abrigo junto al Altísimo, que venga a mi país!
¡Que venga el triste y fatigado y que depo­site allí su fardo!
Ven aquí, hermano, para que puedas pasar más fácilmente a la otra orilla.
Este es un país sin tierra ni cielo, sin luna ni estrellas. La radiante Verdad es lo único que brilla en el triunfo de mi Señor.

Kabir dice:
¡Oh, hermano amadísimo! Nada es esen­cial sino la Verdad.


XCV



Estuve con mi Señor en la casa de mi Se­ñor; pero no viví con El; ignoré Sus caricias y mi juventud pasó como un sueño.
En la noche de mis bodas, mis amigas can­taban a coro; me ungieron con los ungüen­tos de la alegría y del dolor.
Pero al concluir la ceremonia abandoné a mi Señor y me fui; mis amigas, en el cami­no, intentaron en vano consolarme.

Kabir dice:
Iré a la casa de mi Señor con mi Amado a mi lado, y haré entonces que suene la trompeta del triunfo.


XCVI



Reflexiona bien, ¡oh, dulce amigo de mi corazón! Si verdaderamente amas, ¿por qué duermes?
Si lo has encontrado, date a El enteramen­te y únete a El.
¿Por qué lo pierdes después de haberlo ha­llado?
Si una profunda necesidad de sueño cierra tus ojos, ¿por qué perder el tiempo haciendo la cama y arreglando las almohadas?

Kabir dice:
Te he enseñado las vías del amor. Aunque hubieras de ofrendar tu cabeza, ¿para qué llorar?


XCVII


El Señor está en mí, el Señor está en ti, co­mo la vida está en cada simiente. Renuncia a un falso orgullo, ¡oh, mi servidor!, y busca en ti a tu Señor.
Un millón de soles irradia Su luz.
Un océano azul se extiende en el cielo. La fiebre de la vida se aplaca y todos mis pecados se lavan cuando permanezco en el seno mismo del mundo.
Escucha las campanas y los tambores de la Eternidad. ¡Regocíjate en el amor!
La lluvia cae sin agua y los ríos son torren­tes de luz.
Sólo el Amor puede penetrar al mundo, y
pocos son los que saben estas cosas.
Están ciegos los que quieren verlas a la luz de la razón, de esa misma razón que es la causa del alejamiento.
¡El Palacio está tan distante de la razón! ¡Bendito Kabir, que puede, en el seno de la dicha infinita, cantar en sí mismo el cántico del encuentro del alma con el Alma, el cán­tico del olvido de las penas, el cántico que supera todo cuanto penetra en nosotros y to­do cuanto emana de nosotros!


XCVIII


Se acerca el mes de marzo. ¿Quién me unirá a mi Bienamado?
¿Cómo encontraré palabras para expresar la hermosura de mi Amado? El y la belleza son una misma cosa.
Su color está en todas las imágenes del
mundo; es un hechizo del cuerpo y del es­píritu.
Quienes conocen su hermosura saben cuán inefables son los juegos de Su creación. Kabir dice:
Oyeme, hermano mío, pocos son los que han hecho ese descubrimiento.


XCIX


Sé, ¡oh, Narad!, que mi Amado no puede estar lejos.
Cuando mi Amado se despierta, yo me despierto; cuando El duerme, yo duermo. ¡Aniquilado sea quien aflija a mi Biena­mado!
Allí donde se cantan Sus alabanzas, allí vi­vo yo.
Cuando El camina, yo camino ante El. Mi corazón suspira por mi Bienamado. Una peregrinación sin fin se sucede a Sus pies y millones de devotos se prosternan so­bre ellos.

Kabir dice:
El Bienamado revela, El mismo, la gloria del verdadero amor.


C


¡Cuelga hoy mismo el columpio del amor! Suspende tu cuerpo y tu espíritu entre los brazos del Bienamado, para un éxtasis de los goces del amor.
Acerca los ojos al torrente de lágrimas de los nubarrones cargados de lluvia, y cúbrete el corazón con las sombras de la noche.
Aproxima el rostro a Su oído y murmúrale las más hondas aspiraciones de tu alma. Kabir dice:
¡Escúchame, hermano! Lleva la visión de tu Bienamado en el corazón.


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