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domingo, mayo 13, 2007

RELATOS CORTOS // CUENTOS

RELATOS CORTOS


1 “Cuento de la Moral”

“El Sueños del Pequeño Abderraman”

Aquel día había empezado mas o menos como todos. Un jolgorio de pájaros
alegres que revoloteaban en el jardín, despertó al pequeño Abderraman. La ventana de
su dormitorio estaba abierta de par en par, y el sol entraba con bondad, acompañado de un suave aroma a primavera.
De fondo, y en el silencio de la paz palaciega de la mañana, se podía oír el rumor
del agua jugueteando en la fuente. Aquel sonido y algunos rayos de luz que se filtraban
por las minúsculas gotas de agua que escapadas flotaban por el ambiente,
proporcionaban a la estancia una agradable sensación de frescor.
A los pies del lecho donde el pequeño descansaba, sus concubinas habían dejado
algunas fuentes con fruta fresca, néctares, miel, frutos secos, leche y algunas tortas de
harina para que desayunara. Su padre militaba por la península, a la conquista de nuevas
tierras para el reino, así que no pondría demasiada atención en su clase de álgebra y
calculo. Sabía que nadie le tomaría la lección mas tarde.
Pronto llegó Oman, su profesor. Era un hombre serio, de apariencia severa,
tremendamente respetado por todos por su demostrada sabiduría.
Saludó con esmerado protocolo, aunque se reflejaba en sus formas, una cierta
mueca de ternura. Se sentó en el pupitre. Abrió el viejo libro de Matemáticas mas o
menos por la mitad, al tiempo que Abderraman bostezaba de aburrimiento.
-¡Mi pequeño y encantador niño!, ¿Te aburren mis clases?. ¡Sí!, ya veo que sí.
Eso debe de ser por el influjo de la primavera sobre su sangre. La primavera amuerma
el cuerpo y abre el alma, disponiéndola alegre y sin remedio para amar. No se preocupe
Señor, hoy no hablaremos de ciencias, ni de letras, ni de historia ni de geografía, ni de
aburridos idiomas. La clase hoy versará de temática y dinámica distintas a la
acostumbrada, pues es cierto que de todo hay que saber, para hacernos hombres dignos
ante los ojos de Alá.- Lo que sentenció cerrando el libro con cuidado y tomando al
pequeño por el hombro acercándolo hasta el poyete del balcón más cercano.
Se asomaron ambos, y al tiempo el profesor le fue explicando con paciencia que
todo lo que se veía, era hermoso y tenía su sentido dentro del orden cósmico. Todo,
absolutamente todo lo de dentro del mundo obedecía a un delicado equilibrio, fuera del
cual nada era posible. Afirmó que el sol derramaba su luz como alimento y calor sobre
las plantas, las que lo bebían, sacando la energía necesaria para lucir sus atractivos
colores y pródiga vitalidad. Las flores eran nutrientes de insectos y herbívoros, que a su
vez lo eran de otros que se alimentaban de su carne, para terminar sin remedio
muriendo, volviendo de nuevo a la tierra de donde nacían las platas, en una renovación
constante de la vida.
–En el fondo todos somos una misma cosa, aunque cada uno tengamos que
cumplir funciones diferentes. Usted mismo bien ha podido ser anteriormente una
pantera, un elefante o un árbol gigante de esos que existen en la selva de mas allá del
mar y quien sabe, si cuando muera no ha de ser hermano de esa ánfora de barro que hoy
contiene su dulce miel. Llega a la vida como príncipe, y volverá a la tierra tras morir y
quien sabe si regresara algún día como esclavo, es por ello que de nada sirve la
vanagloria, pues estas piedras que hoy lanzamos nos podrían caer mañana sobre nuestro
propio tejado, por lo que es preferible ser justo y prudente.
Así, el sabio maestro fue enseñando aquella mañana a su dócil discípulo el
secreto de saber encontrar la belleza en el significado de todas las cosas que lo rodeaba.
–En la compresión de la pequeñas cosas, radica el conocimiento de las grandes.
Es por ello que no hay palacios sin piedras.- decía el sabio. –Todos los que tienen ojos
miran, pero no todos los que miran ven. Para mirar solo hace falta tener ojos, pero para
ver es necesario mirar y comprender. Es muchísimo mejor no hacer algo, negándose con
energía si sabemos que al hacerlo lo haremos mal. Es preferible una cosa no hecha a una
cosa hecha mal-
El pequeño Abderraman se estaba quedando atónito ante el aluvión inesperado
de sabiduría con el que estaba siendo obsequiado por el maestro, mientras contemplaba
el paradisíaco paisaje del frondoso jardín de la Alhambra.
Aún se quedó muchísimo más perplejo, con la mente en blanco, cuando el
profesor, tras su plática, le pidió que le preguntara algo sobre lo que acababa de
aprender. El niño no sabía que preguntar. Se calló, cerró sus ojos unos instantes
esforzándose por abrir su imaginación y al abrirlos preguntó por fin –Dígame Maestro:
¿Es Usted la persona más sabia del mundo?.
El Maestro se quedó turbado por la pregunta tan inesperada, sin saber que
responder.
–¡Por supuesto que no!- terminó negando con un halo de falsa indignación en la
voz.
-¿Quién puede presumir pues de serlo? ¿Quizás el Sultán?- Volvió a preguntar el
niño.
–No, no es el Sultán.-
-¿Entonces quien?-
-Mirad, ¿veis allí a lo lejos, sobre la ladera de aquel altísimo monte, unas oscuras
murallas?
-Si.
-Pues allí vive el hombre más sabio del mundo.
-Que lo traigan a la corte.- Ordenó el pequeño
-Es imposible Señor.- Dijo el Maestro. –No se conoce a nadie que haya podido
llegar hasta allí. Existen infinidades de leyendas que cuentan como esas murallas están
protegidas por maleficios insalvables que caerán sobre quien ose atravesarlas. Además
aquellas murallas están situadas en empinada y escarpada loma por donde difícilmente
se puede subir sin el peligro de que en el momento menos pensado una roca escapada
desde arriba, le rompa a uno la cabeza. Aquel lugar se encuentra protegido por fuerzas
extrañas y desconocidas y bien sé que no hay soldado capaz de obedecer la orden de ir
hasta allí. Créame mi joven Abderraman, que es de necio ordenar al súbdito lo
imposible de cumplir, poniendo con ello en evidencia la limitación del propio poder.
El pequeño príncipe, obedeció el sabio consejo, aunque la curiosidad había
anidado en su corazón.
Por la noche, tumbado en su lecho para descansar, no podía olvidar las palabras
del sabio maestro y aunque temía los maleficios que protegían con extrañas fuerzas a las
murallas donde habitaba el hombre mas sabio del mundo, deseaba mas que nada
poderlo conocer, imaginándoselo como un poderoso y rico señor, revestido de lujosa
ropa y joyas. Tan grande era su deseo, que no podía conciliar el sueño. Daba vueltas y
vueltas sobre el lecho, pensando siempre en lo mismo, hasta que de repente, y sin saber
bien por qué, tomó la decisión de ir el mismo a conocer al Sabio de las murallas.
Se equipó lo mejor que pudo, y usando las sábanas, las mantas y las cortinas de
su estancia, se descolgó por el balcón, escapando del palacio tras atravesar por los
oscuros y silenciosos jardines.
La noche era distinta fuera del amurallado recinto que lo protegía. Fuera de la
Alhambra hacía mas frío, y parecía como si mil ojos de fieras lo observaran ocultos en
la maleza con perversas intenciones. El niño, desprotegido fuera de su corte, sintió por
primera vez una extraña sensación, jamás antes sentida. Era algo así como una profunda
desprotección, un abandono total, una fría soledad, era sencillamente miedo.
Abderraman estaba sintiendo miedo por primera vez en su vida.
Tanto miedo tenía el niño que corrió como nunca sin mirar atrás, adentrándose
en el oscuro paraje en busca de la colina donde se encontraba las murallas. Llegó hasta
la base y subió con decisión, cuidando de que ninguna roca que cayera desde lo alto le
hiciera daño.
Tanta era su fe, que cuando menos lo esperaba, se encontró a los pies de la
muralla, y aún seguía vivo. El muro de piedra era tremendamente alto,
impresionantemente grande y no sabía bien como podría atravesarlo, así que comenzó a
rodearlo por ver si encontraba algún resquicio por donde poder salvarlo.
Caminó y caminó durante largas horas alrededor, en busca de una puerta o
agujero para pasar al interior, pero no encontró ninguno. Tanto caminó, que sus piernas
empezaron a fallarle. Le faltaba el aliento y empezaba a estar totalmente extenuado.
Abderramán pensó que debía estar enfermando. Nunca antes había sentido tanto
cansancio.
Junto a la muralla, había un solitario árbol que crecía frondoso. El pequeño
príncipe se acercó hasta él y se tumbó debajo, para protegiéndose de la relente con la
intención de descansar un rato. Empezó a sentir mucho frió. Se estaba quedando helado.
Tenía tanto frío, que no podía moverse de allí, convencido de que había sido
derrotado por el maléfico poder extraño que protegía a la muralla.
Asustado, cansado, hambriento y casi helado terminó por quedarse totalmente
dormido, tumbado debajo del árbol sobre la tierra.

I

-¿Quién es Usted?- Preguntó Abderraman al ver a un humilde anciano frete al él
tras despertarse. Atónito observó que estaba tumbado sobre un confortable lecho de
hojas, dentro de una choza.
-Yo soy quien tu buscas.- Dijo el anciano
-No señor, se equivoca. Yo busco al sabio de la muralla.
-¿Y quien creéis que soy yo?
-No se, no se, es usted demasiado pobre para ser quien dice ser.
-¿Pobre yo?- El anciano comenzó a reír a carcajadas. Abderraman lo miraba
sorprendido.
-¿No tenéis vos más hambre que yo? – El pequeño niño no dijo nada, mientras
miraba cada vez con los ojos mas abiertos.- ¿No estáis temblando de frío hasta el
extremo de casi caer incluso enfermo?, ¿No estáis tan cansado que ni podéis poneros en
pie?. Decidme Joven, ¿acaso no os produzco un miedo aterrador que hace que se os
erice la piel al escucharme y os tiemblen las piernas?.
El pequeño afirmó con la cabeza.
-Entonces ¿quien es más pobre de los dos?, ¿Seré yo en mi austeridad o vos con
vuestros altísimos título Reales?. Yo me siento satisfecho y confortado y vos
insatisfecho por vuestra curiosidad y martirizado por vuestra valentía. La verdadera
sabiduría no reside donde vos pensáis. La verdadera sabiduría se protege en la
austeridad. Igualmente la verdadera riqueza del hombre es la que se encuentra en su
corazón y no fuera de él. A veces, la mayoría de ellas, las joyas y los elegantes vestidos
atavían a la gente más pobre, pues tienen sus corazones huecos y vacíos. Levantaos por
favor Señor, levantaos y acompañadme a ver mi verdadera fuerza.-
El niño se levantó del lecho ayudado por el sabio, quien lo dirigió hasta la puerta
de la choza mostrándole el exterior. Fuera había un grandísimo vergel sembrando con
cientos de olivos, naranjos y otras muchas plantas, que el sabio cultivaba.
- Ahí, en mi trabajo por mantener esta tierra viva, radica la esencia de mi mayor
sabiduría. De mi entrega a la tierra nace, como nacen esas plantas, mi mas profunda
libertad, y de ella mi felicidad y de la felicidad mi mayor fortuna. ¿Seguís pensando que
yo no soy sabio?, ¿Seguís pensando que yo no soy rico?. – En anciano sonreía ante el
mutismo el príncipe.

II

Un jolgorio de pájaros alegres que revoloteaban en el jardín, despertó al pequeño
Abderraman. La ventana de su dormitorio estaba abierta de par en par, y el sol entraba
con bondad, acompañado de un suave aroma a primavera.
De fondo, y en el silencio de la paz palaciega de la mañana, se podía oír el rumor
del agua jugueteando en la fuente. Aquel sonido y algunos rayos de luz que se filtraban
por las minúsculas gotas de agua que escapadas flotaban en el ambiente,
proporcionaban a la estancia una agradable sensación de frescor.
A los pies del lecho donde el pequeño descansaba, sus concubinas habían dejado
algunas fuentes de fruta fresca, néctares, miel, frutos secos, leche y algunas tortas de
harina para que desayunara, entonces él recordó de repente lo ocurrido y pensó que todo
había sido un sueño.
Se levantó sobresaltado y se asomó al balcón. Miró a la ladera de la montaña
más alta y comprobó por si mismo que allí no había, ni había podido haber nunca, por lo
escarpado del lugar, ninguna muralla.
No obstante, fuera sueño o no, había aprendido algo muy importante. A partir de
entonces procuraría ser más feliz practicando la prudencia, la austeridad, la sinceridad,
la nobleza y la bondad como únicos caminos válidos, para alcanzar el esplendor de su
mayor sabiduría.
Sin felicidad, nada tiene sentido.


1 “Cuento Trágico”


“Navidades”


Fueron mas o menos siete u ocho copas de whisky las que se tomó aquella tarde
antes de que lo echaran del bar de la Estación Marítima.
Nada mas levantar sus codos de la barra, uno de los camareros amablemente le
invitó a salir, tomándolo del brazo con suavidad y dirigiéndolo sin remedio hacia el
exterior. Era Nochebuena, y en el ambiente se presentía la fiesta.
Abelardo estaba borracho, tan borracho que le costó mucho atravesar entre las
puertas abiertas de cristal que daban al muelle sin hacerse daño. Una vez fuera, sintió
en su cara el golpetazo gélido del aire invernal. Hacía mucho frío, demasiado para ir
dando tumbos junto al mar. En un gesto procuró abrigarse inútilmente levantando el
cuello de la gabardina que empezaba a empaparse por la humedad reinante. Comenzó a
caminar, guardar el equilibrio, en dirección al edificio de la Aduana. Quería salir de
allí, no obstante, a pesar de su embriaguez, no se acercó demasiado al borde del muelle,
sabía que aquella noche corría un inminente peligro de caer al agua y morir ahogado.
Esa idea de morir ahogado siempre lo había atormentado. Temía al agua del mar
sobre todas las cosas, en especial en noches como esa en la que se le aparecía tan negra,
tan inmensa, tan fría y tan brava como una poderosa bestia salvaje sedienta de vida,
como si aquello fuera la representación del mismo infierno. Cuando sentía aquel
profundo e inhumano miedo, se refugiaba tierra adentro, buscando cualquier lugar
donde no viera el agua ni oyera su rugido constante, así que tras cruzar la verja del
recinto portuario y adentrarse en la ciudad caminando por las desérticas calles, se sintió
mucho mas aliviado.
Las frías y mudas farolas derramaban su luz amarillenta desde arriba. No había
tráfico, solo algún despistado atravesaba el asfalto con rapidez rompiendo
momentáneamente aquel inusual silencio.
Abelardo, de repente y sin darse cuenta, dejó de tener miedo, pues había dejado
de pensar en el agua de la mar. Tampoco tenía ya tanto frió, pues la cálida luz de las
farolas parecían romper el gélido viento y reconfortarlo, pero a pesar de ello, se sentía
triste, profundamente triste y quizás fuera porque en noches como esa, era cuando mas
se daba cuenta de lo solo que estaba en este mundo.
Mientras caminaba se preguntaba de que le había servido ser un hombre de
éxito, un hombre de bien, un hombre de provecho, como decía su padre. Para que
servían sus títulos, su carrera, su posición social. Era un hombre respetado, un hombre
quizás admirado, un hombre envidiado por su profesionalidad y su dedicación, pero
todo ello en el fondo de poco le había valido. Todo ello era una extraña parafernalia que
revestía su vida de una trágica mentira. Una mentira despiadada que se revelaba de vez
en cuando y que dejaba de manifiesto su soledad, su abandono por todos.
Tras los cristales de las ventanas ajenas se presentía el calor de los hogares. Tras
los cristales de las iluminadas ventanas de los demás, se podía ver la felicidad de
aquellos que compartía su cena con la familia en Nochebuena. El no tenía familia, y sus
amigos tampoco lo eran tanto como para que lo acompañaran aquella noche. Sus amigos
no lo eran tanto porque sus amigos realmente no eran sus amigos. Algunos a los que él
llamaba amigo simplemente eran compañeros de trabajo, otros solo colegas y el resto
sencillamente eran conocidos. Amigos, amigos de verdad, ahora que pensaba en ello no
tenía ninguno.
Mas desesperado, desolado y triste que borracho, decidió seguir subiendo
aquella empinada calle en busca de la plaza de las Flores, donde tenía su ático. Quería
tumbarse en la cama y buscar bajo las sábanas esa sensación de confort, de calidez que
experimentaba cuando era pequeño, cada vez que su madre lo acurrucaba entre sus
brazos, sobre sus pechos y lo acunaba mimándolo. Entonces sí que se sentía seguro,
entonces sí que se sentía protegido, pero su madre hacía ya mas de veinte años que
había muerto. Ni siquiera recordaba ya con claridad las facciones de su cara. Miró al
cielo alzando la cabeza implorando no sé que cosa, pero su mirada se perdió por un
infinito inmenso, tan negro y tan frió como la propia mar. Estaba rodeado por todas
partes de infierno, de ingrata soledad, y se sintió más pequeño que nunca.
Tanto frió había menguado el efecto del alcohol. Ya no estaba tan borracho, ya
no daba tumbos al andar, no obstante, la tristeza que se había apoderado de su alma,
crecía y crecía en su interior hasta el extremo de llegar a sentirse angustiado, asfixiado,
sin aire. Caminaba despacio porque se sentía terriblemente cansado. Las piernas
parecían no responderle con claridad. De vez en cuando el sonido de las risas de los
niños, o de las carcajadas de los mayores, escapadas del interior de las casas que
adosaban la calle, le llegaban a él como lejanas. Desde su tristeza era testigo inadvertido
de la felicidad del resto, y ello acrecentaba aún mas su sentimiento de soledad. Se
preguntó ¿por qué?. ¿Por que él?, ¿por que a él?. Recordó entonces aquel cuento que
tanto le gustó de niño y que lo marcó para siempre, aquel que hablaba de tres fantasmas
que se les aparecían a un avaro llamado “Scrooge”. Se preguntó por que estaba tan solo.
¿Sería él quizás un “Scrooge” de la vida?. No podía jurarlo, pero estaba convencido de
que nunca había hecho mal a nadie.
Justo antes de llegar al portal de su casa, en el momento en el que su
desesperación se hacía incontenible, percibió un agradable aroma que le resultaba
conocido. Olía a... Se volvió en busca de respuesta y vio que “La Marina” estaba
abierta. La luz brillante del interior le resultó reconfortante. Se volvió y entró en aquel
bar, donde desayunaba cada mañana antes de empezar a trabajar en la oficina del banco.
Nunca antes había sentido tanto aprecio ni apego por Jaime, el canijo, narigudo y
antipático camarero, a quien saludó con una alegría inusual. Jaime extrañado por tan
sorprendente e inesperada reacción afectuosa lo miró con desconfianza desde la
máquina de café que manipulaba con destreza.
Abelardo se pidió uno, para mitigar su fatiga, y mientras contemplaba como el
liquido negruzco se precipitaba sobre la inmaculada taza blanca, observó que al otro
lado del local, sentada en un una mesa solitaria, se encontraba una señorita. Se preguntó
quien sería y por que estaba allí. Se imagino que aquella mujer estaba mas o menos en
su misma situación y sintió inicialmente pena de ella.
Jaime, el camarero, había notado el interés que la chica había despertado sobre
Abelardo, y le indicó con la mano en un gesto cordial que se acercara, compinchandose
con un guiño, en la maniobra de ligue.
Al poco tiempo Abelardo salía del bar, tras haberse tomado su café, acompañado
por la mujer en dirección a su casa.
Ya no estaba para nada borracho, del frió ni se acordaba y su tristeza se había
disuelto en el aire como el azúcar en su café.
Estuvieron hablando largo rato antes de que ella, de repente lo acariciara en la
cara. Era muy bonita. Tenía una melena rubia muy elegante, sus ojos eran verdes, su
cuerpo esbelto. Abelardo respondió a aquella caricia rodeándola con sus brazos por la
cintura y besándola en los labios. Tras el beso ambos se fundieron en amor y se
convirtieron en uno. Se amaron con desesperación, con una pasión digna de ser narrada
por los mas insignes autores del romanticismo medieval.
Abelardo no podía creerlo. El destino da a veces vueltas inesperadas sin
explicación alguna. Hace tan solo unas horas estaba inmerso en una profunda
desesperación y en cambio ahora era el hombre más feliz del mundo.
Fuera, en la calle, se oía el jolgorio de la gente joven que correteaban de un lado
para otro en las pandillas escandalizando, tras la cena.
Cuando Abelardo y aquella preciosa mujer terminaron de amar, él pretendió
acunarla en sus brazos con cariño, pero ella, mirándolo con sorpresa, se liberó del
abrazo, se levantó de la cama y entró en el lavabo. Pensaba él que quizás necesitaba
asearse, aunque se quedó perplejo al verla aparecer en la habitación completamente
vestida.
De repente todos sus sueños, todas sus esperanzas revividas hacían tan solo un
momento, volvieron a derrumbarse como un castillo de arena golpeado en la playa por
una ola. Una ola de infierno que entró de repente en la estancia enfriándolo y
oscureciéndolo todo. Allí estaba ella, de pié, delante de la cama, con la mano extendida
exigiendo los honorarios por los servicios prestados.
Al principio Abelardo se quedó confuso, luego perplejo, y terminó reaccionando
con violencia. Fue como si el diablo de su interior se hubiera desatado en un momento.
Un halo de odio y de rabia se apoderó de él y levantándose de un brinco, la abofeteó con
fuerza. Ella cayó desplomada. Desde el suelo, sangrándole la boca y llorando no paraba
de insultar. El la miraba desnudo desde el otro lado de la habitación, descargando su
agónica rabia en su mirada colérica sin decir nada. La levantó del suelo y con la misma
fuerza con la que la golpeó, la expulso de su casa empujándola escalera abajo. La chica
no se cayo por los escalones de puro milagro, guardando el equilibrio a duras penas.
Cuando recuperó en el rellano la estabilidad, lo amenazó de muerte. El simplemente
cerro de un portazo, obviándola.


II


No podía conciliar el sueño. En el fondo sentía todo lo que había pasado.
Cuando se tranquilizó, terminó por aceptar la situación e incluso comprenderla. Aquella
chica no era responsable en absoluto de su ingenuidad. El remordimiento se estaba
apoderando de su alma y lo mortificaba por instantes cada vez más. Terminó
vistiéndose para salir de la casa en busca de ella, pagarle y pedirle perdón por lo
ocurrido.
Al llegar abajo, se encontró con Jaime, el camarero de “La Marina”. Le extrañó
verlo en su portal, pero ni por asomo adivinó cuales eran sus verdaderas intenciones.
Mientras terminaba de bajar la escalera, le preguntó si había vuelto a ver a la chica, al
tiempo que se acercaba confiado hasta la cancela, dirección a la puerta de la calle con la
intención de salir. Jaime sin contestar a la pregunta, sacó desde atrás un bate de béisbol
con el que lo golpeó con crueldad y por sorpresa una y otra vez, partiéndole la cabeza
hasta dejarlo tendido, sin vida, sobre el suelo, sin haberle dado tiempo ni a la mas
mínima queja.
Era evidente, que aquel lugar donde Abelardo desayunaba, por las noche era
algo mas que una cafetería y que Jaime, el antipático camarero, era igualmente algo mas
que un camarero.


III

Al la mañana siguiente, cuando los primeros rayos de luz empezaron a despuntar
por el horizonte, unos guardias civiles descubrían flotando en el mar el cadáver de un
hombre con la cabeza abierta. Fuera del muelle, ajenas al revuelo, las campanas de
todas las iglesias de la ciudad tocaban a gloria anunciando a todos que era Navidad.


3 “Cuento Autobiográfico”

“El Almendro”


Si existe algo que resplandezca sobremanera en mi infancia, es sin duda el
grandísimo almendro que crecía con esplendor, mas o menos en el centro del corral
donde yo jugaba.
Aquel impresionante árbol, fue mi mejor cobijo en innumerables ocasiones.
Algunos días, al regresar del colegio, subía a sus ramas, perdiéndome en su
altura en busca de soledad. Me quedaba tumbado en el regazo que formaba su tronco
oscuro, casi vertical, con la rama más importante y allí contemplaba el color azul
turquesa del cielo en los atardeceres.
Meditaba en una comunión perfecta con el medio, elevándose mi espíritu a
dimensiones grandiosas. A veces deseaba ser aire para acariciar con suavidad las verdes
hojas o pájaro para lanzarme al vacío y reflotar en el espacio, surcando desde lo alto
sobre el magnífico paisaje, aunque la mayoría, simplemente descansaba, abiertos mis
sentidos, queriendo percibir sobre la piel de mi cara, el frescor dulce de la brisa
veraniega, el zumbido interminable y coqueto de las pequeñas olas de la mar lamiendo
las sapinas secas sobre la arena de la orilla, y el alborozo lejano de los chiquillos
correteando por la plazoleta de la Iglesia.
Momentos, rotos casi siempre por mi hermana, quien desde abajo se adentraba
con su infantil mirada, con sus inocentes ojos en aquel lugar secreto y me llamaba
gritando.
A los pies del árbol labré mi primer huerto, levantando surcos negros en la tierra
que bebía sedienta las húmedas gotas del mi sudor caliente.
A sus pies, oculto en rincones de desahuciados gallineros y conejeras, mis
primeros descubrimientos sobre mi condición más humana, hojeando revistas
extraviadas por sabe Dios que clase de hombres descuidados. Eran fotos de mujeres,
mostrando a mi curiosidad temprana, el gozo de contemplar la carne desnuda,
imaginando las caricias, en aquellos que fueron mis primeros sueños como hombre.
Las campanas viejas y amigas, rompiendo los silencios mañaneros y aquellos
hombres rudos, reunidos en el bar que había en la playa, bebiendo jaras de cerveza,
hablando de sus cosas, bajo un sol escandaloso que acuchillaba a eso de las doce del
medio día.
Yo bajaba montado en bicicleta, pasando por el lado de los perros que dormían
tumbados en las aceras y que eran botín de cientos de voraces moscas.
En fila, limitando los caminos, hileras de chumberas y cañaverales, por donde se
perdían los gatos que huían de ser manoseados. En uno de aquellos recovecos, oculto
con maldad, el viejo “Arrastraculo” que exento de moral, llamaba a los niños, que
engolfados con los gatos se acercaban. En sus manos un gato oscuro, demasiado
pequeño para tener hechuras de gato de verdad. Un gato sucio que salía de su bragueta,
y que mostraba a los pequeños sin pudor, pidiéndoles que lo acariciaran. Un gato que
una vez mi madre quiso ver, tras contárselo mi hermana, y degolló con violencia para
desgracia del viejo que jamás volvió a las tunas.
Después de las cervezas al medio día en el bar de la playa, aquellos hombres
rudos, subían con los carrillos cargados de pescado. Róbalos, zapatillas, herreras y
mojarras que pregonaban vendiéndolas. Mi madre las compraba y las limpiaba en la
acequia cortándoles debajo de sus bocas, haciéndoles una raja por donde sacaba las
tripas. Las descamaba, las enjuagaba en el grifo y se las fría a mi padre. El se las comía
mientras yo lo contemplaba. - “!Come, niño!”- me decía desde el otro lado de la mesa.
A mí jamás me gustó el pescado. Siempre me olió mal, como los conejos.
Lo de los conejos era distinto. A los conejos los mataba mi padre, atándolos por
sus patas traseras a la rama más baja de mi almendro. Los trincaba por las orejas con
una mano y con el canto de la otra los desnucaba de un golpe certero. Luego les rasgaba
la piel, arrancándosela de cuajo y quedaba el conejo desnudo con un aspecto asqueroso.
Les abría la barriga y sacaba sus mal olientes tripas, echándolas en una
palangana de plástico, dándoselas al perro para que se las comiera. Las tripas se
retorcían mientras estaban calientes, pero luego terminaban de morir y se llenaban
también de moscas.
Al conejo se dejaba lo menos una noche colgado de la rama, para que la relente
ablandara su carne, y al día siguiente mi madre lo guisaba en amarillo, que era como
mas sabroso estaba.
Mientras mi madre cocinaba, poniendo sus ollas de aluminio al fuego, también
barría, limpiaba, fregaba y tendía. Tender lo hacía en los alambres acerados que había
en el corral. En ellos la ropa se inflaba de aire, sobre todo los días de levante, dando la
apariencia de estar llenas de personas invisibles. Yo asustaba a mi hermana, pero esta, a
pesar de ser más pequeña, exenta de miedo se iba hasta los seres invisibles y los mataba
a escobazos, manchando toda la ropa. Mi madre se enfadaba, cuando esto ocurría. Yo
me escondía en mi almendro y mi hermana simplemente la correteaba hasta que mi
madre se cansaba y jadeante se retiraba vencida.
Recuerdo como algo muy especial el día de mi primera comunión. Mi madre no
quiso comprarme el vestidito blanco de almirante con galones dorados que a mi me
gustaba. Me vistió con un pantalón claro y una chaqueta marrón, pues decía que de esa
forma, aquella ropa me serviría para otras ocasiones, y bien que me sirvió, pues un poco
mas y casi tengo que ir a hacer la mili con ella puesta.
Aquel día fantástico, a pesar de no vestir con el traje que me gustaba, recuerdo
como algo sublime el hecho de engalanarnos desde temprano. A mí me levantaron el
primero, pues mama sabía que yo era mucho más formal que mi hermana y no me
ensuciaría.
Como iba a recibir el cuerpo de Cristo, debía estar en ayunas para tan gran e
importante momento de mi vida, así que no puede desayunar. Mamá y papa tampoco lo
hicieron, pero si mi hermana, quien se tomó un apetitoso vaso de leche con cacao y su
correspondiente ración de galletas y todo ello antes de vestirse, pues mama si que sabía
que si no era de esa forma, la niña terminaría manchándose y era una pena después de
tanto sacrificio.
Cuando por fin salimos al callejón para ir a la iglesia, yo mire para el corral y me
quedé perplejo, maravillado ante la preciosísima visión de mi almendro florido de
millones de minúsculas florecillas blancas nacaradas que brillantes, parecían ataviar
también al árbol para la ocasión, deslumbrándome el alma. ¡Que bonito estaba!. Pensé
que mas o menos así debía de ser el cielo ese del que me habían hablado.
Luego con los años, he visto otras floraciones espectaculares, como la de los
cerezos por los campos del norte, o la amarilla de los jaramagos y los vinagrillos de los
esteros, pero, a pesar de ser preciosas, no llegaron a impresionarme como la floración de
mi amigo el viejo almendro de mi corral.
A nosotros nos terminaron echaron del lugar, aludiendo no se que razones de
mayores que entonces no comprendí demasiado bien. Aquel corral y mi casa fueron
adquiridos por un desalmado que terminó tapando la tierra con una torta de hormigón y
cortando el almendro porque decía que daba bichos.
Los caminos se fueron perdiendo, bajo el asfalto negro de nuevas carreteras.
Mamá murió, se apagó la luz de sus ojos y su voz dejó de sonar para siempre, como las
campanas, aquellas pequeñas campanas que mañaneaban cada domingo. También
cortaron las tunas y en la playa ya no está aquel bar. Los hombres, aquellos hombres
rudos de la mar, todos muertos como mama, y yo, yo aquí, solo, recordando inmerso en
un vacío difícil de explicar.
Algunas veces ahora, cuando voy con mi mujer y mi hijo a la vera de la mar, me
quedo embelesado mirando el infinito, y mientras el pequeño juega con la arena ella me
pregunta que es lo que estoy mirando. –Miro a mi almendro- respondo, pero no me
entiende. Se que a veces piensa que estoy loco, y es que en la mar no crecen árboles.


4 “Cuento Sátiro”


“El Cumpleaños de Tía Marta”



Mañana será el cumpleaños de tía Marta. A tía Marta es difícil regalarle
algo. Ella es muy exigente. El año pasado le regalé unas zapatillas de paño, de
esas que suelen ser oscuras y forradas por dentro y se ofendió muchísimo porque
decía que ese regalo era para gente de la tercera edad. Yo no sé bien a que edad
piensa ella que pertenece, si fuera por años, debería de estar en la cuarta o en la
quinta.
Siempre me acuerdo del cumpleaños de tía Marta porque es justamente
después del aniversario de la muerte de mama.
Mamá murió un día antes, atropellada por un autobús precisamente
cuando estaba preparando la fiesta para la celebración de su cumpleaños.
Aquello no fue motivo para que la fiesta se anulara, ni muchísimo menos,
todo lo contrario. Aquel año celebramos el cumpleaños de tía Marta con más
alegría que nunca. No se me olvidan las últimas palabras de mamá, tirada en la
carretera, con las ruedas del autobús marcadas en su vientre rompiéndola en dos:
-“Hijo mío, hijo mío,- me dijo la pobre- no te preocupes por mi, y recoge todas
las latas de cervezas que están rodando por la acera de enfrente. Son para la
fiesta de tu tía. No se te olvides de meterlas en el refrigerador, porque la verdad
es que tiene leches beber cerveza caliente. No me llores ahora. Ahora lo único
importante es la fiesta de tu tía. Ve y disfruta, pásalo bien y brinda por mí, y
cuando la fiesta termine ven a verme entonces al cementerio, allí sí, allí lloras un
ratito frente a mi tumba, pero llora alto, que te pueda oír bien, que ya sabes que
últimamente estoy fatal del oído.”-
-No te preocupes mama, que así lo haré.
-Muy bien hijo, muy bien, así me gusta.
-¿Y ahora que?. ¿Te dejo toda tirada y desangrándote?
-Si, déjame, déjame.- Y diciendo esto mama la palmó dando su ultimo
suspiro pronunciando un ¡Hay!, muy cursi.
Mamá siempre fue una santa, un poquitin pija, pero una santa muy santa.
Cuando terminamos de celebrar el cumpleaños aquel año, como me había
dicho mama, me fui para el cementerio, y allí estaba la pobre, toda enterradita.
Me puse a llorar y lloré alto, muy alto, lo mas alto que pude para que
mama me oyera, como ella me dijo. Lloré tan alto que todas las ancianas que
rezaban por allí, suspendieron sus oraciones por un instante para mirarme
escandalizadas. Alguna incluso salió corriendo del sitio, huyendo como alma
que persigue el diablo. Era gracioso ver a la vieja vestida de negro con las
enaguas remangadas y corriendo por las calles del cementerio como si fuera
“Card Lewis” en las Olimpiadas de “Barcelona 92”.
Desde entonces voy al cementerio cada año y siempre consulto el regalo
de Tia Marta con mama, pero este año ha sido imposible. Mamá ha debido de
enterarse de mis obsesiones con Angélica, mi compañera, y como no le gustan
esas cosas del sexo, debe andar algo enfadada, pues por mas que le rezo, y por
mas que le lloro, en esta ocasión está pasando de mi y no me dice que regalar a
su hermana.
¡Bueno!, pues peor para tía Marta. Como no se que regalarle y ando un
poquito mal de liquidez, podría regalarle... ¡Leches!, ¡releches!, ¡Que gran idea!,
podría regalarle el Arcángel de granito que preside el panteón de la familia
Ristori. Los Ristori están ya todos muertos y nadie echará de menos al Ángel
ese de piedra. Total, a tía Marta siempre le encantó el arte y la la escultura en
particular.
Existe un gran problema. Al Arcángel no hay quien lo separe del suelo.
Primero porque está perfectamente anclado y pegado con cemento del bueno, y
segundo porque debe de pesar una barbaridad. Desde lejos no parecía tan
grande. Vamos, que aunque se pudiera arrancar, esta estatua debe de pesar un
hartón. Yo no creo que pueda llevarla desde el cementerio hasta casa de tía
Marta cargando con ella. Terminaría muerto.
Trato de buscar alguna forma de llevar ese peso pesado a casa de tía
Marta, pero no, no hay forma. Cuanto más lo pienso más difícil se me hace.
Seguro que hay otras soluciones más factibles. Miro a mi alrededor buscando
algo que me inspire qué regalar a tía Marta, y ¡leches!, ¡releches!, como no había
caído antes, le regalaré un ramo de flores. Las flores son muy bonitas y también
les encanta. Además, por aquí hay muchas.
Arrancaré algunas rosas de los ramos, rosas rojas que son las que más me
gustan. Esas que tiene la lápida tercera de la segunda fila son geniales. Ya está
ya las tengo, ya son mías. Cogeré algunos gladiolos y unos cuantos crisantemos.
Ahora trataré de formar el ramo.
Formar un ramo de flores es tarea sumo complicada. Por mas que he
mareado a las flores no he conseguido disponerlas en forma original y
estéticamente aceptable. Les he dado tantas vueltas que las flores al final se han
chuchurido. Mas vale que las tire. Está bien que se regalen flores gratis del
cementerio a una tía en su cumpleaños, pero no flores marchitas, ya eso sería el
colmo de los colmos. ¿Qué puedo hacer?, ¿cómo podré componer un ramo sin
que se me estropeen las flores?. ¡Ahhh!, ya sé lo que haré. Le regalaré a tía
Marta el ramo de mama. Total, ella este año no se lo ha merecido. ¡Ea!, toma ya,
por no hablarme, y para que sigas enfadada por que me guste tocarle las piernas
a mi compañera Angélica. Ahora te aguantas, y si quieres flores, te esperas hasta
el año que viene.
¡Mira que hacerme venir hasta el cementerio para luego quedarse mas
callada que una muerta...!
Desde luego algunas veces a mama no hay quien la entienda.


5 “Cuento de Humor”


El Grillo Erótico


La verdad es que no sé que les está ocurriendo a los grillos últimamente. Yo
nunca había visto tanto grillo junto. Es como si estuvieran haciendo una revolución de
grillos, manifestaciones de grillos. Grillos contra la intolerancia. Grillos contra la
marginación. Hay tanto y tanto grillo que la cosa se está poniendo un poquito negra.
Además, los grillos son impertinentes y maleducados, cosa que es lógica debido
a su alto número. Ya se sabe la unión hace la fuerza. Únete y vencerás. Pues eso, que
últimamente hay un hartón de grillos.
La otra noche, estaba en un bar tomando una copita. Con eso moderno del
insomnio me cuesta mucho trabajo quedarme dormido, así que decidí salir a tomar algo.
Yo sé que a mama eso de beber alcohol en los bares no le gusta nada, pero como
últimamente no me riñe para nada..., pues que le vallan dando.
El bar estaba ligeramente oscuro, aunque reinaba en su interior una perfecta,
tenue y relajante luminosidad muy equilibrada para la hora que era. La música sedosa
que se oía, invitaba a una conversación relajada y romántica. Todos se dispersaban por
los rincones más apartados en pequeños grupos cerrados e íntimos. Yo, que estaba solo,
como siempre, de pié, apoyado sobre la barra, envidándolos, mientras los miraba desde
lejos.
Realmente me hubiera gustado mucho estar sentado en una de esas mesas bajitas
de madera, de las que están por las esquinas, sentado con Angélica, cortejándola. La
verdad es que no entiendo por que nunca quiere salir conmigo. Ella es soltera como yo,
y está sola como yo y ambos tenemos mas o menos la misma edad. Quizás sea porque
aún no la he invitado. Ahora que lo pienso es cierto, yo jamás la he invitado a salir. Lo
mismo se lo propongo y acepta encantada. No, creo que no. Otra vez soñando despierto.
Otra vez diciendo tonterías. Últimamente no paro de pensar estupideces. En fin para
que comerme el coco. No merece la pena. Lo mejor es que trate de ligar con alguna de
las que llegan por aquí de vez en cuando. Lo mismo hasta tengo suerte.
¡Mira!, ¡mira!, ahí entra caza mayor. Pues si que está bien esa morena jaquetona.
La verdad es que está pero que muy bien. Muy bien, muy bien. Vamos, que está para
beneficiársela. Trataré de llamar su atención poniendo mi típica y ensayada pose de
hombre interesante. Así, así, mostrando frialdad y estupor. ¡Que se note mi carácter!.
¡Joder!, llevo casi veinte minutos con la maldita pose y nada de nada. Me está
entrando una punzada de dolor fortísima en la espalda de estar tanto tiempo estirado y la
tía ni mira. Toseré un poco, a ver si repara en mí. ¡Que no!, ¡que no hay nada que
hacer!, que ni tosiendo.
Si fumara al menos le pediría fuego por abrir la conversación.
De repente algo negro se acerca hacia mi volando. Es un bicho asqueroso y
extraño que me golpea en un ojo. ¡Hay!, Hay!, que dolor mas grande. Del manotazo que
me he dado a mi mismo por apartarlo, me he arrancado de cuajo las gafas que han salido
inoportunamente volando y han aterrizado con descaro, justo debajo del pié que en ese
mismo instante tiene la morena levantado. Baja el pies y ¡Crafff!. La tía acaba de
cargarse mis gafas.
Hasta ese momento nadie había reparado en mi. Pero de repente, todo se
paralizó. Todos pendientes, mirando atentos mi extraña reacción.
-¡Ha sido un bicho- He dicho dirigiéndome a todos un tanto asustado tratando
de justificar el desproporcionado respingo que he pegado. – Ha sido un bicho que se me
ha metido en el ojo y que de un golpe me ha arrancado las gafas.-
-Ya debió de ser grande el bicho- Se oye una voz chuflona de entre la penumbra.
Todos ríen. Todos salvo yo, claro. Una vez mas he vuelto a hacer el ridículo.
Cuando menos me lo esperaba, cuando mi único anhelo era terminar de apurar lo
que me restaba de la copa y largarme de allí, la morena se ha dirigido a mí, así como por
sorpresa.
-Lo siento mucho señor.
-No se preocupe, no es nada.
-Le he roto sus gafas.
-Si, bueno, no importa. Hasta ahora las mujeres que he conocido me han roto
todas la cara. Usted al menos me ha roto solo las gafas.-
Ella comienza a reírse a carcajadas.
-¿Y como se llama Usted?
-Don Pablo Salguero, para servirla a Usted, a Dios y a la Patria.- Le he dicho
tomando su mano para besarla.
- ¿Pero que hace hombre?, ¿pero que hace?
- Perdone Usted mi indolencia, solo trataba de ser cortes y besarle la mano.
- Venga ya hombre, no me sea usted antiguo. A las mujeres no se les besa ya
la mano.
Ese reproche me ha dejado un poco fuera de juego, la verdad, no me lo esperaba.
Me cuesta seguir la conversación. No sé por donde seguir.
- ¿Y que hace Usted aquí tan solo, Don Pablo?- Me dice ella.
- Pues ya ve Usted. Busco novia.
- ¿Novia?- Vuelve a reírse la señora.
- Si señora, novia de las formales.
- Ya veo, ya.
- ¿Y Usted, señora?, ¿También...?
- No, no, yo no busco novia.
- Ya me imagino, ya. Buscará usted novio.
- Bueno, novio, novio, lo que se dice un novio no es precisamente lo que yo
ando buscando, aunque si lo encuentro, pues mira...
- ¿Entonces que es lo que busca?.
- Pues mire Usted lo que se tercie.
La respuesta ha hecho que me ponga muy nervioso. Creo que a esta morena me
está tirando los tejos.
-Pues yo me tercio. He dicho valiente.
-¿Usted se tercia?- pregunta coqueta.
-Si señora, me tercio, me tercio.- Ella ha vuelto a reír a carcajadas.
Pero lo mío es de película de miedo. Lo mío no tiene nombre, lo mío es
desastroso, horrible. Lo mío es mala suerte, lo mío es para cortarse las venas, para
suicidarse, para colgarse de un almendro seco.
Cuando me encontraba en lo mejor de lo mejor. Cuando aquella señora estaba
entrando en esa etapa que llaman “de la exaltación de la amistad”, tras haberse tomado
tres o cuatro whiskys con cola, mí amigo el bicho, ese hijo de p... por el que me
arranqué de un manotazo las gafas de la cara, ha vuelto a aparecer con traición,
nocturnidad y alevosía, surgiendo por sorpresa de mi espalda, lanzándose en vuelo
rasante hacia mi amiga, cayéndole en la pierna derecha. Ella, histérica, ha comenzado a
gritar y a dar saltitos. Yo he tratado de ayudarla, en la medida de mis posibilidades.
Tras comprobar que el bicho era un simple grillo, he intentado apartárselo de su
pierna, pero el insecto, sabiondo ha empezado a corretear cuesta arriba, dirección al pan
de higo, ya me entienden, y es que a estos bichos lo dulce les gusta mucho, que digo
yo que será por eso. Yo con mi mano tratando de evitar la tragedia. Mi amiga gritando y
dando saltitos y el grillo subiendo.
Leches!, ¡releches!, tanto ha subido el grillo, que ha llegado donde no debía.
Tanto empeño he puesto yo en impedirlo que al final he dado con la mano donde
no quería. Mi amiga, como siempre ocurre, me ha abofeteado el rostro, ¡Flash!, ¡Ay que
dolor!, y yo..., yo..., ya lo decía yo, al final todas me pegan. ¡Crip! ¡Crip! ¡Crip!.


6 “Cuento de Pena”


“Leopoldo el Besucón”


Hoy es uno de esos días en los que uno no se levanta bien de ánimos. Es un día
gris, melancólico y triste. Me miro y veo en mi a la protagonista de un anuncio de
compresas. ¡Hay!, ¡hay!, que mal me siento hoy.
Me siento tan mal que no tengo ni ganas de ir a trabajar. Hoy me tomaré el día
libre.
Desde mi cuarto oigo como el agua de la ducha de Angélica se precipita en
minúsculas gotas agresivas y furiosas sobre su cuerpo desnudo. Seguro que se ha vuelto
a dejar abierta la ventana. Oigo el chapoteo y me inquieto. Me pongo muy nervioso.
Una fuerza interior incontenible me incita a mirar por la ventana. Quiero verla. Deseo
verla, pero no, no sería correcto espiarla cuando se asea.
El agua sigue sonando con cierto recochineo. El agua sigue corriendo,
martirizándome. Trato de taparme los oídos, pero no sirve de nada. El ruido provocador
se me ha metido en la cabeza y ya es tarde, demasiado tarde. No lo oigo, pero lo
imagino, que es peor, mucho peor. Ahora la veo dentro de mi cabeza enjabonándose,
acariciando su suave cuerpo con una manopla húmeda. ¡Mírala!, mírala como me mira.
¡Mírala!, mírala como se ríe.
No puedo contenerme, no puedo. Mis ojos niños quieren volver a pecar y nada
puedo hacer por impedírselo. No quiero pero no puedo contenerme, no puedo, no
puedo. Con indiscreción, alevosía y muy a mi pesar, digamos que a cara de perro
traicionero, levanto una balda de mi persiana. Mis ojos no pueden esperar más. Mi
mirada se escapa furtiva. La pasión me golpea en la garganta y... ¡leches!, ¡releches!,
que asco. No es Angélica quien se ducha. Esta maldita visión que me ha cogido por
sorpresa, ha hecho que me diera una punzada repentina en la cornea. Me ha dado un
repelus en el ojo. ¡Que dolor más grande!. No es de Angélica el cuerpo desnudo que se
muestra frente a mí. Es su madre. Su obesa, anciana y viuda madre quien se ducha con
la ventana de par en par. ¡Que gorda!. ¡Que vieja!, ¡Que pliegues de pellejos colgantes!.
¡Que escalofríos más malos!. ¡Que miedo!, que miedo me ha dado cuando la señora me
ha mirado sonriendo y me ha guiñado un ojo.
-Raaak. Raaak. Cierro la persiana con desprecio. Me prometo a mí mismo
clausurar esta abertura en breve y para siempre. Lo antes que sea posible, tapiaré esta
ventana, a pesar incluso de quedarme totalmente a oscuras.
A eso de las doce del la mañana he salido a la calle por dar una vuelta y
tomarme un aperitivo. Antes por supuesto he llamado a la oficina y me he justificado
ante el jefe, a quien le he puesto una excusa bananera sobre mi falta de asistencia, pero
total, como soy funcionario cualquier cosa cuela.
A mí siempre me ha encantado tomarme los aperitivos en el bar Madrid. El bar
Madrid siempre me ha gustado mas que ningún otro porque suele estar muy concurrido
y de personas muy variopintas.
Yo sé bien que por mi físico o por mi... bueno... por ese “no se qué” que tengo,
suelo pasar para los demás por ser un hombre raro. Nada más fuera de la realidad, pues
yo soy muy normal, quizás muchísimo más normal que el resto, y por eso la diferencia.
Por eso me siento tan bien en el bar Madrid. Porque hay gente que son mas raras
que yo. Me gusta el bar Madrid, porque me pido una cerveza y una tapa y me la ponen
corriendo. Me gusta porque la barra, de madera de caoba vieja, pintada y repintada a
través de los años, de color oscuro, está justamente a la altura de mi codo y me apoyo
estupendamente. Me gusta por que me gusta, y no tengo que darles a nadie
explicaciones al respecto.
Pues nada, pues eso, que al entrar en el bar Madrid para tomarme mi aperitivo,
alguien me ha hablado.
-Invítame a un cigarrito.- Me ha dicho un viejo desdeñoso y mugriento que
borracho acaba de entrar por la puerta.
-No fumo- le he dicho tratando de cortarle.
-Pues dame cinco duritos para comprarme uno.
Yo, que no es que sea más bueno que nadie, que simplemente soy más tonto que
todos, he sacado mi cartera y le he dado una propina de cuarenta duracos al pobre
desalmado que apesta a rayos y centellas.
-Tome- Le he dicho con cordialidad.
-Gracias Señor, es Usted todo un Caballero.
Y ni corta ni perezosa el viejo pestoso me ha dado un abrazo con sus mugrientos
y canijos brazos renegridos. Me apretaba contra sí, impregnándome del nauseabundo
olor que manaba de su cuerpecillo.
-¡Suélteme señor!- le he dicho tratándome de librar de él.
-Venga Usted a mis brazos- Seguía el borracho diciéndome apretándome mas
aún.
-¡Que me suerte, leche!.
-Que no le suelto, que es Usted un señor.
-Ya, pero es que como no me suelte me va hacer vomitar, ¡joper!.
Cuando por fin he conseguido librarme de aquel pulpo mal afeitado, él muy
agradecido ha querido también obsequiarme con algo. Ha sacado del bolsillo de su
mugrienta camisa un bolígrafo y se ha puesto a rellenar una quiniela. Al terminarla me
la ha regalado como si fuera un boleto premiado. Yo, que no es que sea bueno, que es
que soy tonto, he vuelto a pagarle otra cervecita y el viejo se ha emocionado tanto que
me ha asaltado a traición y ha vuelto intentado besarme en la boca, el asqueroso.
-¡¿Pero que hace?!-
-¡Dame un beso campeón!- me ha dicho mostrándome con descaro su exagerada
lengua roja que apestaba a rayos y centellas. En su boca sucia solo hay un solo diente.
Eso si, un diente muy grande, muy renegrido por debajo y muy amarillo en el resto.
-¡Dame un beso campeón! – insiste el viejo abrazado a mi cuello de nuevo. No
veas el trabajo que me ha costado librarme del tío.
-¡Pero suélteme, hombre!. ¡Usted apesta!.
-Ya lo sé, es que me he meado encima. ¡Dame un beso!.
-Que no hombre que no.
-Bueno pues te lo doy yo a ti.
-Que no, que no, que le huele a usted el aliento un montón. Déjeme tranquilo
hombre, déjeme tranquilo por favor.
El viejo por lo visto se ha ofendido, se ha separado al instante y por fin se
marcha.
Menos mal que ya me lo he podido quitar de encima, pero su olor su olor se ha
quedado conmigo, me ha impregnado todo ¡que asco!, ¡que asco!.
Es tan fuerte su olor, que al pasar por la alameda, al salir del bar Madrid,
justo cuando pasaba por el banco donde dormía una señora indigente, esta se ha
levantado y se ha puesto a buscar oteando a su alrededor diciendo: -¿Donde estas mi
amor?, ¿dónde estas cariño mío?, que no puedo verte, pero puedo olerte. Ven conmigo
Leopoldo, ven conmigo mi amor.
Vamos, lo que me faltaba, a la vista de tanta pasión, lo único que he podido
hacer es salir corriendo para casa para darme una ducha de urgencia con sesión
extraordinaria de masaje estropajero. ¡Joper! ¡Joper!, y a ver si puedo librarme de esta
manada de perros callejeros que no paran de seguirme desde que salí del bar.
¡Espero que al menos la quiniela de Leopoldo sea lo menos de catorce!.


7 “Cuento de Gitanos”


“Pastorita”


Aquella noche tenía un brillo especial. La luna llena se reflejaba sobre el agua de
la alberca y parecía como si fuera un queso que ondulaba, bailando al son de la suave
brisa.
La tierra húmeda desprendía un agradable frescor, y el aroma con el que la
dama de noche embriagaba, endulzaba el olfato e invitaba a relajarse, tumbado sobre la
hierba, contemplando los luceros del cielo.
Solo se oían lejanos, los grillos y algún que otro búho cazador que al acecho,
vigilaba su presa, escrutando el tiempo en busca del mejor momento para lanzarse sobre
ella. Un perro aullaba, quizás asustado, mientras que el resto del mundo ya dormía.
Del otro lado de las tunas, acercándose por el camino de piedras, una patulea de
gitanos que alborotaban rompiendo el sacrosanto silencio de la huerta.
Aquellos extraños hombres que habitaban en las casuchas de lata cercanas a la
playa, siempre me habían dado miedo y al tiempo me habían fascinado. Un halo de
fascinante misterio los envolvía.
Ellos vivían al margen de la gente, de espaldas al resto, y a pesar de ser los más
humildes, parecían ser los más felices, a juzgar por lo contentos que parecían siempre
estar. Solían cantar todos juntos por las noches, en las que se sentaban alrededor de una
hoguera, a la intemperie, tocando las palmas, haciendo que los cuerpos delgados de los
mas jóvenes, de piel oscura, tostada y aceituna, se contonearan en la noche como si
fueran humo, en una danza que se me antojaba mágica.
Escandalizaban en la madrugada, llevando a empujones a la joven Pastorita.
Era aquella chica, la única con la que yo había hablado en alguna ocasión. Yo
solía jugar sobre la pajereta de piedra ostionera que separaba aquel camino de pedruscos
de la limpia arena de la plaza de la iglesia. Era para mí aquel muro descarnado, un
singular camino por donde mis coches de carrera improvisaban una imaginaria carretera
llena de sobresaltos. Pastorita de vez en cuando se acercaba por la plaza, y se quedaba
mirando. A mí me daba la impresión de que quería jugar, pero yo no decía nada. Ella
era gitana y yo temía que terminara robándome el juguete.
Llegaban envueltos de tanta violencia, que sentí pavor y me oculté en la sombra,
tras las hierbas. A la joven la empujaban y la golpeaban. Una señora gruesa,
probablemente la mayor, incluso la insultaba. Pastorita lloraba sin consuelo. Al pasar a
mi vera, procuré fijarme en su cara lo mejor que pude. Estaba mojada, impregnada de
lagrimas amargas que descolocaban el hollín oscuro de su piel en mayúsculos churretes
que brillaban. La llevaban a manotazos, como a una virgen a la que fueran a sacrificar.
Cuando los gitanos pasaron y cuando se encontraron a una prudente distancia, yo
salí corriendo para mi casa, aterrado, aunque preguntándome a donde llevarían a
Pastorita.
No comenté aquello con nadie, aunque lo que sí es cierto es que a la mañana
siguiente fue encontrado, tirado en una huerta abandonada, el cuerpo de un pequeño
niño recién nacido, a quien alguien le había arrancado el corazón.
Yo presentía que aquella misteriosa aparición tenía algo que ver con lo que había
visto, pero como ya digo, siempre me faltó valor para preguntar o simplemente para
decir algo al respecto.
Pasaron los años desde aquella noche, y yo dejé de ser niño y me marché de allí.
Con el tiempo volví a encontrarme con Pastorita alguna que otra vez. Ella era una gitana
adulta, mal vestida, poco aseada, que solía pedir limosnas por el mercado de la ciudad.
En alguna que otra ocasión me pidió también a mi, ofreciéndose para echarme la
buenaventura. Era obvio que ella no me reconocía. Yo a ella si, a pesar del paso del
tiempo y del cambio físico que ambos habíamos experimentado.
Un día cualquiera, uno de esos que sin saber por que te coge el cuerpo con un
poco mas valor que el resto, cuando ella se acercaba hasta mí, pidiendo por las mesas,
me levanté, saqué algunas monedas de mi cartera para dárselas, pero antes de que se
marchara la tomé del brazo y llamándola por su nombre la saludé. Ella pareció
asustarse mucho. Con mi talante amable traté de hacerle ver que mis intenciones no eran
malas y que nada tenía que temer. Yo solo pretendía aclarar aquella duda, que como una
herida abierta, seguía escociendo en mi alma, por lo que le pregunté con arrojo sobre
aquella noche. Le dije que yo había estado allí, que lo vi todo. A ella se le descompuso
la cara. De una pequeña bolsita de cuero que llevaba colgada del cuello, sacó siete
pequeños granates rojos que parecían lágrimas, me las enseñó, las depositó en mi mano
y salió corriendo despavorida. Traté de seguirla, pero nada mas salir del bar donde nos
encontrábamos se perdió adentrándose en el tumulto de personas que iban y venían por
las calles del mercado.
Pasaron largos meses hasta que de nuevo volví a encontrarme con ella. Aquellas
lagrimitas rojas de cristal que me dio, aún me llenó mas de intriga y de curiosidad.
Al principio se mostró reacia a hablar conmigo. Era lógico. Se sentía muy
asustada, pero al fin pude convencerla un día para que se sentara y me narrara lo que
ocurrió aquella triste y lamentable noche.
Ella comenzó contándome como hace muchos años, crecía feliz en aquellas
chabolas de la Casería de Ossio, donde se crió. Su vida era mas o menos agradable y
despreocupada, dado que por su condición gitana, ni siquiera iba a la escuela,
dedicándose todo el tiempo a gandulear, jugando con los perros y los gatos casi salvajes
que crecían por allí. Todo cambió drásticamente cuando ella se desarrolló y dejó de ser
niña para convertirse en mujer. Cuando aquello ocurrió su vida se complico mucho, ya
que su padre, un gitano viejo, borracho y sin moral, empezó a requerirla por las noches
en la intimidad oscura de su covacha. Al principio solo la acariciaba, luego con el
tiempo, la desnudaba, masturbándose grotescamente mientras la observaba a la luz de
una vela, el muy cerdo, y al final ocurrió lo que Pastorita tanto temía. Una noche que
llegó mas borracho que nunca, la trincó por el pelo, la adentro en su cuartucho, le
arrancó la ropa y la poseyó.
Aquella experiencia traumática debió de ser fortísima. Ella sufrió muchísimo.
Me pongo en su piel y no sé si yo hubiera sido capaz de aguantar tanto. Lo cierto es que
a partir de aquella primera vez, fueron muchas las noches en que aquel desalmado e
inhumano padre requería de los favores sexuales de su propia hija.
Tanto fue el cántaro a la fuente que al final ocurrió lo que era lógico prever.
Pastorita quedó preñada para vergüenza suya y de su gente.
En ese ambiente hostil ella fue engordando su embarazo, viendo como poco a
poco iba siendo repudiada por el resto de gitanos, y así, relegada al ultimo puesto de su
condición social, Pastorita fue viviendo aquellos amargos nueve meses, los nueve
meses mas tristes que ella recordaba, llevando en sus entrañas al hijo de su padre, quien
era para su desgracia, también su propio hijo.
Aquella noche que quedó marcada en mi memoria, fue precisamente cuando
ella, influida por el misterioso poder de la luna llena, se disponía a parir. La gitana mas
vieja, lo dispuso todo, y cuando dio la orden todos se organizaron en escandalosa
procesión para llevar a Pastorita hasta la cima del cerro, atravesando por el angosto
camino de cantos rodados. Allí, según cuenta una leyenda, antiguamente los habitantes
del lugar hacían sacrificio de sus primogénitos a Dios, sobre un altar de piedra que
seguía en pié. Cuando llegaron, la anciana situó sobre el suelo a la joven preñada y
abriendo sus piernas sacó de entre ellas a una pequeña criatura. La alzó mostrándosela a
todos, diciendo que aquel niño era la reencarnación del pecado mas grande. Aún lo
elevó mas alto y al final, con una verborrea difícil de entender se lo ofreció a la Luna,
diosa de la noche, reina poderosa que todo lo podía, invocando su protección y su
perdón. Luego, colocando al pequeño boca arriba sobre el altar, lo atravesó clavándole
una daga fría, rasgando su carnecita en dos, extrayendo el pequeño corazón con la
mano. La vieja bruja, lo devoró y al comérselo cayó de rodillas perdiendo el
conocimiento. Pastorita seguía allí tumbada sobre la tierra, sujetada por su propia gente,
sin poder hacer nada, contemplando como los finos hilillos de sangre que se escapaban
del cuerpo muerto de su hijo, caían desde la piedra hasta el suelo, goteando y
cristalizando al tiempo de tocar tierra.
Esas gotas de cristal que ella me diera, era sangre del bebe que su pueblo
condenó a morir nada mas nacer. Pastorita las recogió cuando pudo y las conservó como
reliquia.
Aquella historia me parecía increíble de creer, no obstante, era difícil dudar de
su veracidad al mirar a la cara de aquella mujer mientras la contaba.
Pastorita, la gitana, sigue pidiendo desde entonces a los transeúntes que pasean
por las calles que van al mercado. Algún que otro día he vuelto a verla. Parece que el
contarme aquella historia le hizo mucho bien y desde entonces la veo mas feliz.
Yo, por fin quedé tranquilo, satisfecha mi curiosidad, y en cuanto a los pequeños
cristalitos rojos, fueran o no sangre del aquel niño que encontraron muerto sin corazón,
por si acaso los enterré en tierra santa, rogando a Dios por el eterno descanso de su
alma. A veces paso por aquel lugar donde enterré las gotas, y rezo allí. Es curioso ver
como siempre, cada primavera, renacen en el mismo sitio siete flores rojas que me
parecen preciosísimas.

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