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sábado, abril 19, 2008

El Principito -- Antoine De Saint Exupéry

El Principito

Antoine De Saint Exupery






Capítulo 1
***
___


Cuando yo tenía seis años vi en un libro sobre la selva virgen que se
titulaba "Historias vividas", una magnífica lámina. Representaba una
serpiente boa que se tragaba a una fiera. Esta es la copia del dibujo.
En el libro se afirmaba: "La serpiente boa se traga su presa entera,
sin masticarla. Luego ya no puede moverse y duerme durante los
seis meses que dura su digestión".
Reflexioné mucho en ese momento sobre las aventuras de la jungla
y a mi vez logré trazar con un lápiz de colores mi primer dibujo. Mi
dibujo número 1 era de esa manera.
Enseñé mi obra de arte a las personas mayores y les pregunté si mi
dibujo les daba miedo.
-¿por qué habría de asustar un sombrero? - me respondieron.
Mi dibujo no representaba un sombrero. Representaba una serpiente
boa que digiere un elefante. Dibujé entonces el interior de la
serpiente boa a fin de que las personas mayores pudieran
comprender. Siempre estas personas tienen necesidad de
explicaciones. Mi dibujo número 2 era así.
Las personas mayores me aconsejaron abandonar el dibujo de serpientes boas, ya fueran abiertas o cerradas, y
poner más interés en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. De esta manera a la edad de seis años
abandoné una magnífica carrera de pintor. Había quedado desilusionado por el fracaso de mis dibujos número 1
y número 2. Las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños
tener que darles una y otra vez explicaciones.
Tuve, pues, que elegir otro oficio y aprendía pilotear aviones. He volado un poco por todo el mundo y la
geografía, en efecto, me ha servido de mucho; al primer vistazo podía distinguir perfectamente la China de
Arizona. Esto es muy útil, sobre todo si se pierde uno durante la noche.A lo largo de mi vida he tenido multitud de
contactos con multitud de gente seria. Viví mucho con personas mayores y las he conocido muy de cerca; pero
esto no ha mejorado demasiado mi opinión sobre ellas.
Cuando me he encontrado con alguien que me parecía un poco lúcido, lo he sometido a la experiencia de mi
dibujo número 1 que he conservado siempre. Quería saber si verdaderamente era un ser comprensivo. E
invariablemente me contestaban siempre: "Es un sombrero". Me abstenía de hablarles de la serpiente boa, de la
selva virgen y de las estrellas. Poniéndome a su altura, les hablaba del bridge, del golf, de política y de corbatas.
Y mi interlocutor se quedaba muy contento de conocer a un hombre tan razonable.

Capítulo 2
***
___


Viví así, solo, nadie con quien poder hablar verdaderamente, hasta cuando
hace seis años tuve una avería en el desierto de Sahara. Algo se había
estropeado en el motor. Como no llevaba conmigo ni mecánico ni pasajero
alguno, me dispuse a realizar, yo solo, una reparación difícil. Era para mí una
cuestión de vida o muerte, pues apenas tenía agua de beber para ocho días.
La primera noche me dormí sobre la arena, a unas mil millas de distancia del
lugar habitado más próximo. Estaba más aislado que un náufrago en una
balsa en medio del océano. Imagínense, pues, mi sorpresa cuando al
amanecer me despertó una extraña vocecita que decía:
- ¡Por favor... píntame un cordero!
-¿Eh?
-¡Píntame un cordero!
Me puse en pie de un salto como herido por el rayo
Me froté los ojos. Miré a mi alrededor. Vi a un
extraordinario muchachito que me miraba gravemente.
Ahí tienen el mejor retrato que más tarde logré hacer
de él, aunque mi dibujo, ciertamente es menos
encantador que el modelo. Pero no es mía la culpa.
Las personas mayores me desanimaron de mi carrera
de pintor a la edad de seis años y no había aprendido
a dibujar otra cosa que boas cerradas y boas abiertas.
Miré, pues, aquella aparición con los ojos redondos de
admiración. No hay que olvidar que me encontraba a
unas mil millas de distancia del lugar habitado más
próximo. Y ahora bien, el muchachito no me parecía ni
perdido, ni muerto de cansancio, de hambre, de sed o
de miedo. No tenía en absoluto la apariencia de un
niño perdido en el desierto, a mil millas de distancia
del lugar habitado más próximo. Cuando logré, por fin,
articular palabra, le dije:
- Pero… ¿qué haces tú por aquí?
Y él respondió entonces, suavemente, como algo muy
importante:
-¡Por favor… píntame un cordero!
Cuando el misterio es demasiado impresionante, es
imposible desobedecer. Por absurdo que aquello me
pareciera, a mil millas de distancia de todo lugar
habitado y en peligro de muerte, saqué de mi bolsillo
una hoja de papel y una pluma fuente. Recordé que yo
había estudiado especialmente geografía, historia,
cálculo y gramática y le dije al muchachito (ya un poco
malhumorado), que no sabía dibujar.
- No importa - me respondió-, píntame un cordero!
Como nunca había dibujado un cordero, rehíce para él
uno de los dos únicos dibujos que yo era capaz de
realizar: el de la serpiente boa cerrada. Y quedé
estupefacto cuando oí decir al hombrecito:
- ¡No, no! Yo no quiero un elefante en una serpiente. La
serpiente es muy peligrosa y el elefante ocupa mucho
sitio. En mi tierra es todo muy pequeño. Necesito un
cordero. Píntame un cordero.
Dibujé un cordero. Lo miró atentamente y dijo:
¡No! Este está ya muy enfermo. Haz otro.
Volví a dibujar.
Mi amigo sonrió dulcemente, con indulgencia.
-¿Ves? Esto no es un cordero, es un carnero. Tiene Cuernos…
Rehice nuevamente mi dibujo: fue rechazado igual que los anteriores.
-Este es demasiado viejo. Quiero un cordero que viva mucho tiempo.
Falto ya de paciencia y deseoso de comenzar a desmontar el motor,
garrapateé rápidamente este dibujo, se lo enseñé, y le agregué:
-Esta es la caja. El cordero que quieres está adentro. Con gran sorpresa
mía el rostro de mi joven juez se iluminó:
-¡Así es como yo lo quería! ¿Crees que sea necesario mucha hierba
para este cordero?
-¿Por qué?
-Porque en mi tierra es todo tan pequeño…
Se inclinó hacia el dibujo y exclamó:
-¡Bueno, no tan pequeño…! Está dormido…
Y así fue como conocí al principito.

Capítulo 3
***
___

Me costó mucho tiempo comprender de dónde venía. El principito, que me hacía muchas preguntas, jamás
parecía oír las mías. Fueron palabras pronunciadas al azar, las que poco a poco me revelaron todo. Así,
cuando distinguió por vez primera mi avión (no dibujaré mi avión, por tratarse de un dibujo demasiado
complicado para mí) me preguntó:
-¿Qué cosa es esa? -Eso no es una cosa. Eso vuela. Es un avión, mi avión.
Me sentía orgulloso al decirle que volaba. El entonces gritó:
-¡Cómo! ¿Has caído del cielo? -Sí -le dije modestamente. -¡Ah, que curioso!
Y el principito lanzó una graciosa carcajada que me irritó mucho. Me gusta que mis desgracias se tomen en
serio. Y añadió:
-Entonces ¿tú también vienes del cielo? ¿De qué planeta eres tú?
Divisé una luz en el misterio de su presencia y le pregunté bruscamente:
-¿Tu vienes, pues, de otro planeta?
Pero no me respondió; movía lentamente la cabeza mirando detenidamente mi avión.
-Es cierto, que, encima de eso, no puedes venir de muy lejos…
Y se hundió en un ensueño durante largo tiempo. Luego sacando de su bolsillo mi cordero se abismó en la
contemplación de su tesoro.
Imagínense cómo me intrigó esta semiconfidencia sobre los otros planetas. Me esforcé, pues, en saber algo más:
-¿De dónde vienes, muchachito? ¿Dónde está "tu casa"? ¿Dónde quieres llevarte mi cordero?
Después de meditar silenciosamente me respondió:
-Lo bueno de la caja que me has dado es que por la noche le servirá de casa. -Sin duda. Y si eres bueno te
daré también una cuerda y una estaca para atarlo durante el día.
Esta proposición pareció chocar al principito.
-¿Atarlo? ¡Qué idea más rara! -Si no lo atas, se irá quién sabe dónde y se perderá…
Mi amigo soltó una nueva carcajada.
-¿Y dónde quieres que vaya? -No sé, a cualquier parte. Derecho camino adelante…
Entonces el principito señaló con gravedad:
-¡No importa, es tan pequeña mi tierra!
Y agregó, quizás, con un poco de melancolía:
-Derecho, camino adelante… no se puede ir muy lejos.

Capítulo 4
***
___

De esta manera supe una segunda cosa muy importante: su planeta de origen era
apenas más grande que una casa.
Esto no podía asombrarme mucho. Sabía muy bien que aparte de los grandes
planetas como la Tierra, Júpiter, Marte, Venus, a los cuales se les ha dado nombre,
existen otros centenares de ellos tan pequeños a veces, que es difícil distinguirlos
aun con la ayuda del telescopio. Cuando un astrónomo descubre uno de estos
planetas, le da por nombre un número. Le llama, por ejemplo, "el asteroide 3251".
Tengo poderosas razones para creer que el planeta del cual venía el principito era el
asteroide B 612. Este asteroide ha sido visto sólo una vez con el telescopio en 1909,
por un astrónomo turco.
Este astrónomo hizo una gran demostración de su descubrimiento en un congreso
Internacional de Astronomía. Pero nadie le creyó a causa de su manera de vestir.
Las personas mayores son así. Felizmente para la reputación del asteroide B 612,
un dictador turco impuso a su pueblo, bajo pena de muerte, el vestido a la europea.
Entonces el astrónomo volvió a dar cuenta de su descubrimiento en 1920 y como
lucía un traje muy elegante, todo el mundo aceptó su demostración.
Si les he contado de todos estos detalles sobre el asteroide B 612 y hasta les he
confiado su número, es por consideración a las personas mayores. A los mayores
les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan
sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: "¿Qué tono tiene su
voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?" Pero en cambio
preguntan: "¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana
su padre?" Solamente con estos detalles creen conocerle. Si les decimos a las
personas mayores: "He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las
ventanas y palomas en el tejado", jamás llegarán a imaginarse cómo es esa casa.
Es preciso decirles: "He visto una casa que vale cien mil pesos". Entonces exclaman
entusiasmados: "¡Oh, qué preciosa es!"
De tal manera, si les decimos: "La prueba de que el principito ha existido está en que era un muchachito
encantador, que reía y quería un cordero. Querer un cordero es prueba de que se existe", las personas mayores
se encogerán de hombros y nos dirán que somos unos niños. Pero si les decimos: "el planeta de donde venía el
principito era el asteroide B 612", quedarán convencidas y no se preocuparán de hacer más preguntas. Son así.
No hay por qué guardarles rencor. Los niños deben ser muy indulgentes con las personas mayores.
Pero nosotros, que sabemos comprender la vida, nos burlamos tranquilamente de los números. A mí me habría
gustado más comenzar esta historia a la manera de los cuentos de hadas. Me habría gustado decir:
"Era una vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un
amigo…" Para aquellos que comprenden la vida, esto hubiera parecido más real.
Porque no me gusta que mi libro sea tomado a la ligera. Siento tanta pena al contar estos recuerdos.
Hace ya seis años que mi amigo se fue con su cordero. Y si intento describirlo aquí es sólo con el fin de no
olvidarlo. Es muy triste olvidar a un amigo. No todos han tenido un amigo. Y yo puedo llegar a ser como las
personas mayores, que sólo se interesan por las cifras. Para evitar esto he comprado una caja de lápices de
colores. ¡Es muy duro, a mi edad, ponerse a aprender a dibujar, cuando en toda la vida no se ha hecho otra
tentativa que la de una boa abierta y una boa cerrada a la edad de seis años! Ciertamente que yo trataré de
hacer retratos lo más parecido posibles, pero no estoy muy seguro de lograrlo. Uno saldrá bien y otro no tiene
parecido alguno. En las proporciones me equivoco también un poco. Aquí el principito es demasiado grande y
allá es demasiado pequeño. Dudo también sobre el color de su traje. Titubeo sobre esto y lo otro y unas veces
sale bien y otras mal. Es posible, en fin, que me equivoque sobre ciertos detalles muy importantes. Pero habrá
que perdonármelo ya que mi amigo no me daba nunca muchas explicaciones. Me creía semejante a sí mismo y
yo, desgraciadamente, no sé ver un cordero a través de una caja. Es posible que yo sea un poco como las
personas mayores. He debido envejecer.

Capítulo 5
***
___

Cada día yo aprendía algo nuevo sobre el planeta, sobre la partida y sobre
el viaje. Esto venía suavemente al azar de las reflexiones. De esta manera
tuve conocimiento al tercer día , del drama de los baobabs.
Fue también gracias al cordero y como preocupado por una profunda duda,
cuando el principito me preguntó:
-¿Es verdad que los corderos se comen los arbustos?
-Sí, es cierto.
-¡Ah, qué contesto estoy!
No comprendí por qué era tan importante para él que los corderos se comieran los arbustos. Pero el principito
añadió:
-Entonces se comen también los Baobabs.
Le hice comprender al principito que los baobabs no son arbustos, sino árboles tan grandes como iglesias y que
incluso si llevase consigo todo un rebaño de elefantes, el rebaño no lograría acabar con un solo baobab.
Esta idea del rebaño de elefantes hizo reír al principito.
-Habría que poner los elefantes unos sobre otros…
Y luego añadió juiciosamente:
-Los baobabs, antes de crecer, son muy pequeñitos.
-Es cierto. Pero ¿por qué quieres que tus corderos coman los baobabs?
Me contestó: "¡Bueno! ¡Vamos!" como si hablara de una evidencia. Me
fue necesario un gran esfuerzo de inteligencia para comprender por mí
mismo este problema.
En efecto, en el planeta del principito había, como en todos los planetas, hierbas buenas y hierbas malas. Por
consiguiente, de buenas semillas salían buenas hierbas y de las semillas malas, hierbas malas.
Pero las semillas son invisibles; duermen en el secreto de la tierra, hasta que un buen día una de ellas tiene la
fantasía de despertarse. Entonces se alarga extendiendo hacia el sol, primero tímidamente, una encantadora
ramita inofensiva. Si se trata de una ramita de rábano o de rosal, se la puede dejar que crezca como quiera.
Pero si se trata de una mala hierba, es preciso arrancarla inmediatamente en cuanto uno ha sabido reconocerla.
En el planeta del principito había semillas terribles… como las semillas del baobab. El suelo del planeta está
infestado de ellas. Si un baobab no se arranca a tiempo, no hay manera de desembarazarse de él más tarde;
cubre todo el planeta y lo perfora con sus raíces. Y si el planeta es demasiado pequeño y los baobabs son
numerosos, lo hacen estallar.
"Es una cuestión de disciplina, me decía más tarde l principito. Cuando por la mañana uno termina de
arreglarse, hay que hacer cuidadosamente la limpieza del planeta. Hay que dedicarse regularmente a arrancar
los baobabs, cuando se les distingue de los rosales, a los cuales se parecen mucho cuando son pequeñitos. Es
un trabajo muy fastidioso pero muy fácil".
Y un día me aconsejó que me dedicara a realizar un hermoso dibujo, que hiciera comprender a los niños de la
tierra estas ideas. "Si alguna vez viajan, me decía, esto podrá servirles mucho. A veces no hay inconveniente en
dejar para más tarde el trabajo que se ha de hacer; pero tratándose de baobabs, el retraso es siempre una
catástrofe. Yo he conocido un planeta, habitado por un perezoso que descuidó tres arbustos…"
Siguiendo las indicaciones del principito, dibujé dicho planeta. Aunque no me
gusta el papel de moralista, el peligro de los baobabs es tan desconocido y los
peligros que puede correr quien llegue a perderse en un asteroide son tan
grandes, que no vacilo en hacer una excepción y exclamar: "¡Niños, atención a
los baobabs!" Y sólo con el fin de advertir a mis amigos de estos peligros a que se
exponen desde hace ya tiempo sin saberlo, es por lo que trabajé y puse tanto
empeño en realizar este dibujo. La lección que con él podía dar, valía la pena. Es
muy posible que alguien me pregunte por qué no hay en este libro otros dibujos
tan grandiosos como el dibujo de los baobabs. La respuesta es muy sencilla: he
tratado de hacerlos, pero no lo he logrado. Cuando dibujé los baobabs estaba
animado por un sentimiento de urgencia.


Capítulo 6
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¡Ah, principito, cómo he ido comprendiendo lentamente tu vida
melancólica! Durante mucho tiempo tu única distracción fue la
suavidad de las puestas de sol. Este nuevo detalle lo supe al
cuarto día, cuando me dijiste:
-Me gustan mucho las puestas de sol; vamos a ver una puesta
de sol…
-Tendremos que esperar…
-¿Esperar qué?
-Que el sol se ponga.
Pareciste muy sorprendido primero, y después te reíste de ti mismo. Y me dijiste:
-Siempre me creo que estoy en mi tierra.
En efecto, como todo el mundo sabe, cuando es mediodía en Estados Unidos, en Francia se está poniendo el
sol. Sería suficiente poder trasladarse a Francia en un minuto para asistir a la puesta del sol, pero
desgraciadamente Francia está demasiado lejos. En cambio, sobre tu pequeño planeta te bastaba arrastrar la
silla algunos pasos para presenciar el crepúsculo cada vez que lo deseabas…
-¡Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces!
Y un poco más tarde añadiste:
-¿Sabes? Cuando uno está verdaderamente triste le gusta ver las puestas de sol.
-El día que la viste cuarenta y tres veces estabas muy triste ¿verdad?
Pero el principito no respondió.

Capítulo 7
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Al quinto día y también en relación con el cordero, me fue revelado este otro secreto de la vida del principito. Me
preguntó bruscamente y sin preámbulo, como resultado de un problema largamente meditado en silencio:
-Si un cordero se come los arbustos, se comerá también las flores ¿no?
-Un cordero se come todo lo que encuentra.
-¿Y también las flores que tienen espinas?
-Sí; también las flores que tienen espinas.
-Entonces, ¿para qué le sirven las espinas?
Confieso que no lo sabía. Estaba yo muy ocupado tratando de destornillar un perno demasiado apretado del
motor; la avería comenzaba a parecerme cosa grave y la circunstancia de que se estuviera agotando mi
provisión de agua, me hacía temer lo peor.
-¿Para qué sirven las espinas?
El principito no permitía nunca que se dejara sin respuesta una pregunta formulada por él. Irritado por la
resistencia que me oponía el perno, le respondí lo primero que se me ocurrió:
-Las espinas no sirven para nada; son pura maldad de las flores.
-¡Oh!
Y después de un silencio, me dijo con una especie de rencor:
-¡No te creo! Las flores son débiles. Son ingenuas. Se defienden como pueden. Se creen terribles con sus
espinas…
No le respondí nada; en aquel momento me estaba diciendo a mí mismo: "Si este perno me resiste un poco
más, lo haré saltar de un martillazo". El principito me interrumpió de nuevo mis pensamientos:
-¿Tú crees que las flores…?
No, no creo nada! Te he respondido cualquier cosa para que te calles. Tengo que ocuparme de cosas serias.
Me miró estupefacto.
-¡De cosas serias!
Me miraba con mi martillo en la mano, los dedos llenos de grasa e inclinado sobre algo que le parecía muy feo.
-¡Hablas como las personas mayores!
Me avergonzó un poco. Pero él, implacable, añadió:
-¡Lo confundes todo…todo lo mezclas…!
Estaba verdaderamente irritado; sacudía la cabeza, agitando al viento sus cabellos dorados.
-Conozco un planeta donde vive un señor muy colorado, que nunca ha olido una flor, ni ha mirado una estrella y
que jamás ha querido a nadie. En toda su vida no ha hecho más que sumas. Y todo el día se lo pasa repitiendo
como tú: "¡Yo soy un hombre serio, yo soy un hombre serio!"… Al parecer esto le llema de orgullo. Pero eso no
es un hombre, ¡es un hongo!
-¿Un qué?
-Un hongo.
El principito estaba pálido de cólera.
-Hace millones de años que las flores tiene espinas y hace también millones de años que los corderos, a pesar
de las espinas, se comen las flores. ¿Es que no es cosa seria averiguar por qué las flores pierden el tiempo
fabricando unas espinas que no les sirven para nada? ¿Es que no es importante la guerra de los corderos y las
flores? ¿No es esto más serio e importante que las sumas de un señor gordo y colorado? Y si yo sé de una flor
única en el mundo y que no existe en ninguna parte más que en mi planeta; si yo sé que un buen día un
corderillo puede aniquilarla sin darse cuenta de ello, ¿es que esto no es importante?
El principito enrojeció y después continuó:
-Si alguien ama a una flor de la que sólo existe un ejemplar en millones y
millones de estrellas, basta que las mire para ser dichoso. Puede decir
satisfecho: "Mi flor está allí, en alguna parte…" ¡Pero si el cordero se la
come, para él es como si de pronto todas las estrellas se apagaran! ¡Y esto
no es importante!
No pudo decir más y estalló bruscamente en sollozos.
La noche había caído. Yo había soltado las herramientas y ya no
importaban nada el martillo, el perno, la sed y la muerte. ¡Había en una
estrella, en un planeta, el mío, la Tierra, un principito a quien consolar! Lo
tomé en mis brazos y lo mecí diciéndole: "la flor que tú quieres no corre
peligro… te dibujaré un bozal para tu cordero y una armadura para la
flor…te…". No sabía qué decirle, cómo consolarle y hacer que tuviera
nuevamente confianza en mí; me sentía torpe. ¡Es tan misterioso el país de
las lágrimas!



Capítulo 8

***
___


Aprendí bien pronto a conocer mejor esta flor. Siempre había habido en el
planeta del principito flores muy simples adornadas con una sola fila de
pétalos que apenas ocupaban sitio y a nadie molestaban. Aparecían entre la
hierba una mañana y por la tarde se extinguían. Pero aquella había germinado
un día de una semilla llegada de quién sabe dónde, y el principito había
vigilado cuidadosamente desde el primer día aquella ramita tan diferente de
las que él conocía. Podía ser una nueva especie de Baobab. Pero el arbusto
cesó pronto de crecer y comenzó a echar su flor. El principito observó el
crecimiento de un enorme capullo y tenía le convencimiento de que habría de
salir de allí una aparición milagrosa; pero la flor no acababa de preparar su
belleza al abrigo de su envoltura verde.
Elegía con cuidado sus colores, se vestía lentamente y se ajustaba uno a uno sus pétalos. No quería salir ya
ajada como las amapolas; quería aparecer en todo el esplendor de su belleza. ¡Ah, era muy coqueta aquella
flor! Su misteriosa preparación duraba días y días. Hasta que una mañana, precisamente al salir el sol se
mostró espléndida.
La flor, que había trabajado con tanta precisión, dijo bostezando:
-¡Ah, perdóname… apenas acabo de despertarme… estoy toda despeinada…!
El principito no pudo contener su admiración:
-¡Qué hermosa eres!
-¿Verdad? -respondió dulcemente la flor-. Ha nacido al mismo tiempo que el sol. El principito adivinó
exactamente que ella no era muy modesta ciertamente, pero ¡era tan conmovedora!
-Me parece que ya es hora de desayunar - añadió la flor -; si tuvieras la bondad de pensar un poco en mí...
Y el principito, muy confuso, habiendo ido a buscar una regadera la roció abundantemente con agua fresca.
Y así, ella lo había atormentado con su vanidad un poco sombría. Un día, por
ejemplo, hablando de sus cuatro espinas, dijo al principito:
-¡Ya pueden venir los tigres, con sus garras!
-No hay tigres en mi planeta -observó el principito- y, además, los tigres no
comen hierba.
-Yo nos soy una hierba -respondió dulcemente la flor.
-Perdóname...
-No temo a los tigres, pero tengo miedo a las corrientes de aire. ¿No tendrás
un biombo?
"Miedo a las corrientes de aire no es una suerte para una planta -pensó el
principito-. Esta flor es demasiado complicada…"
-Por la noche me cubrirás con un fanal… hace mucho frío en tu tierra. No se está muy a gusto; allá de donde yo
vengo…
La flor se interrumpió; había llegado allí en forma de semilla y no era posible que conociera otros mundos.
Humillada por haberse dejado sorprender inventando un mentira tan ingenua, tosió dos o tres veces para
atraerse la simpatía del principito
-¿Y el biombo?
-Iba a buscarlo, pero como no dejabas de hablarme…
Insistió en su tos para darle al menos remordimientos.
De esta manera el principito, a pesar de la buena voluntad de su amor, había
llegado a dudar de ella. Había tomado en serio palabras sin importancia y se
sentía desgraciado.
"Yo no debía hacerle caso -me confesó un día el principito- nunca hay que
hacer caso a las flores, basta con mirarlas y olerlas. Mi flor embalsamaba el
planeta, pero yo no sabía gozar con eso… Aquella historia de garra y tigres
que tanto me molestó, hubiera debido enternecerme".
Y me contó todavía:
"¡No supe comprender nada entonces! Debí juzgarla por sus actos y no por
sus palabras. ¡La flor perfumaba e iluminaba mi vida y jamás debí huir de allí!
¡No supe adivinar la ternura que ocultaban sus pobres astucias! ¡Son tan
contradictorias las flores! Pero yo era demasiado joven para saber amarla".


Capítulo 9
***
___


Creo que el principito aprovechó la migración de una bandada de pájaros silvestres para su evasión. La mañana
de la partida, puso en orden el planeta. Deshollinó cuidadosamente sus volcanes en actividad, de los cuales
poseía dos, que le eran muy útiles para calentar el desayuno todas las mañanas. Tenía, además, un volcán
extinguido. Deshollinó también el volcán extinguido, pues, como él decía, nunca se sabe lo que puede ocurrir. Si
los volcanes están bien deshollinados, arden sus erupciones, lenta y regularmente. Las erupciones volcánicas
son como el fuego de nuestras chimeneas. Es evidente que en nuestra Tierra no hay posibilidad de deshollinar
los volcanes; los hombres somos demasiado pequeños. Por eso nos dan tantos disgustos.
El principito arrancó también con un poco de melancolía los últimos
brotes de baobabs. Creía que no iba a volver nunca. Pero todos
aquellos trabajos le parecieron aquella mañana extremadamente
dulces. Y cuando regó por última vez la flor y se dispuso a ponerla al
abrigo del fanal, sintió ganas de llorar.
-Adiós -le dijo a la flor. Esta no respondió.
-Adiós -repitió el principito.
La flor tosió, pero no porque estuviera resfriada.
-He sido una tonta -le dijo al fin la flor-. Perdóname. Procura ser feliz.
Se sorprendió por la ausencia d reproches y quedó desconcertado,
con el fanal en el aire, no comprendiendo esta tranquila
mansedumbre.
-Sí, yo te quiero -le dijo la flor-, ha sido culpa mía que tú no lo sepas; pero eso no tiene importancia.
Y tú has sido tan tonto como yo. Trata de ser feliz. . . Y suelta de una vez ese fanal; ya no lo quiero.
-Pero el viento...
-No estoy tan resfriada como para... El aire fresco de la noche me hará bien. Soy una flor.
-Y los animales...
-Será necesario que soporte dos o tres orugas, si quiero conocer las mariposas; creo que son muy hermosas. Si
no ¿quién vendrá a visitarme? Tú estarás muy lejos. En cuanto a las fieras, no las temo: yo tengo mis garras.
Y le mostraba ingenuamente sus cuatro espinas. Luego añadió:
-Y no prolongues más tu despedida. Puesto que has decidido partir, vete de una vez.
La flor no quería que la viese llorar : era tan orgullosa..


Capítulo 10
***
___

Se encontraba en la región de los asteroides 325, 326, 327, 328, 329 y 330. Para ocuparse en algo e instruirse
al mismo tiempo decidió visitarlos.
El primero estaba habitado por un rey. El rey, vestido de púrpura y armiño, estaba sentado sobre un trono muy
sencillo y, sin embargo, majestuoso.
-¡Ah, -exclamó el rey al divisar al principito-, aquí tenemos un súbdito!
El principito se preguntó:
"¿Cómo es posible que me reconozca si nunca me ha visto?"
Ignoraba que para los reyes el mundo está muy simplificado. Todos los hombres son súbditos.
-Aproxímate para que te vea mejor -le dijo el rey, que estaba orgulloso de ser por fin el rey de alguien. El
principito buscó donde sentarse, pero el planeta estaba ocupado totalmente por el magnífico manto de armiño.

Se quedó, pues, de pie, pero como estaba cansado, bostezó.
-La etiqueta no permite bostezar en presencia del rey -le dijo el monarca-. Te lo prohíbo.
-No he podido evitarlo -respondió el principito muy confuso-, he hecho un viaje muy largo y apenas he dormido...
-Entonces -le dijo el rey- te ordeno que bosteces. Hace años que no veo bostezar a nadie. Los bostezos son
para mí algo curioso. ¡Vamos, bosteza otra vez, te lo ordeno!
-Me da vergüenza... ya no tengo ganas... -dijo el principito enrojeciendo.
-¡Hum, hum! -respondió el rey-. ¡Bueno! Te ordeno tan pronto que bosteces y que no bosteces...
Tartamudeaba un poco y parecía vejado, pues el rey daba gran importancia a que su autoridad fuese respetada.
Era un monarca absoluto, pero como era muy bueno, daba siempre órdenes razonables.
Si yo ordenara -decía frecuentemente-, si yo ordenara a un general que se
transformara en ave marina y el general no me obedeciese, la culpa no sería
del general, sino mía".
-¿Puedo sentarme? -preguntó tímidamente el principito.
-Te ordeno sentarte -le respondió el rey-, recogiendo majestuosamente un
faldón de su manto de armiño.
El principito estaba sorprendido. Aquel planeta era tan pequeño que no se
explicaba sobre quién podría reinar aquel rey.
-Señor -le dijo-, perdóneme si le pregunto...
-Te ordeno que me preguntes -se apresuró a decir el rey.
-Señor. . . ¿sobre qué ejerce su poder?
-Sobre todo -contestó el rey con gran ingenuidad.
-¿Sobre todo?
El rey, con un gesto sencillo, señaló su planeta, los otros planetas y las estrellas.
-¿Sobre todo eso? -volvió a preguntar el principito.
-Sobre todo eso. . . -respondió el rey.
No era sólo un monarca absoluto, era, además, un monarca universal.
-¿Y las estrellas le obedecen?
-¡Naturalmente! -le dijo el rey-. Y obedecen en seguida, pues yo no tolero la indisciplina.
Un poder semejante dejó maravillado al principito. Si él disfrutara de un poder de tal naturaleza, hubiese podido
asistir en el mismo día, no a cuarenta y tres, sino a setenta y dos, a cien, o incluso a doscientas puestas de sol,
sin tener necesidad de arrastrar su silla. Y como se sentía un poco triste al recordar su pequeño planeta
abandonado, se atrevió a solicitar una gracia al rey:
-Me gustaría ver una puesta de sol... Deme ese gusto... Ordénele al sol que se ponga...
-Si yo le diera a un general la orden de volar de flor en flor como una mariposa, o de escribir una tragedia, o de
transformarse en ave marina y el general no ejecutase la orden recibida ¿de quién sería la culpa, mía o de él?
-La culpa sería de usted -le dijo el principito con firmeza.
-Exactamente. Sólo hay que pedir a cada uno, lo que cada uno puede dar -continuó el rey. La autoridad se
apoya antes que nada en la razón. Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, el pueblo hará la revolución. Yo
tengo derecho a exigir obediencia, porque mis órdenes son razonables.
-¿Entonces mi puesta de sol? -recordó el principito, que jamás olvidaba su pregunta una vez que la había
formulado.
-Tendrás tu puesta de sol. La exigiré. Pero, según me dicta mi ciencia gobernante, esperaré que las condiciones
sean favorables.
-¿Y cuándo será eso?
-¡Ejem, ejem! -le respondió el rey, consultando previamente un enorme calendario-, ¡ejem, ejem! será hacia...
hacia... será hacia las siete cuarenta. Ya verás cómo se me obedece.
El principito bostezó. Lamentaba su puesta de sol frustrada y además se estaba aburriendo ya un poco.
-Ya no tengo nada que hacer aquí -le dijo al rey-. Me voy.
-No partas -le respondió el rey que se sentía muy orgulloso de tener un súbdito-, no te vayas y te hago ministro.
-¿Ministro de qué?
-¡De... de justicia!
-¡Pero si aquí no hay nadie a quien juzgar!
-Eso no se sabe -le dijo el rey-. Nunca he recorrido todo mi reino. Estoy muy viejo y el caminar me cansa. Y
como no hay sitio para una carroza...
-¡Oh! Pero yo ya he visto. . . -dijo el principito que se inclinó para echar una ojeada al otro lado del planeta-. Allá
abajo no hay nadie tampoco. .
-Te juzgarás a ti mismo -le respondió el rey-. Es lo más difícil. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo, que
juzgar a los otros. Si consigues juzgarte rectamente es que eres un verdadero sabio.
-Yo puedo juzgarme a mí mismo en cualquier parte y no tengo necesidad de vivir aquí.
-¡Ejem, ejem! Creo -dijo el rey- que en alguna parte del planeta vive una rata vieja; yo la oigo por la noche. Tu
podrás juzgar a esta rata vieja. La condenarás a muerte de vez en cuando. Su vida dependería de tu justicia y la
indultarás en cada juicio para conservarla, ya que no hay más que una.
-A mí no me gusta condenar a muerte a nadie -dijo el principito-. Creo que me voy a marchar.
-No -dijo el rey.
Pero el principito, que habiendo terminado ya sus preparativos no quiso disgustar al viejo monarca, dijo:
-Si Vuestra Majestad deseara ser obedecido puntualmente, podría dar una orden razonable. Podría ordenarme,
por ejemplo, partir antes de un minuto. Me parece que las condiciones son favorables...
Como el rey no respondiera nada, el principito vaciló primero y con un suspiro emprendió la marcha.
-¡Te nombro mi embajador! -se apresuró a gritar el rey. Tenía un aspecto de gran autoridad.
"Las personas mayores son muy extrañas", se decía el principito para sí mismo durante el viaje.

Capítulo 11
***
___


El segundo planeta estaba habitado por un vanidoso:
-¡Ah! ¡Ah! ¡Un admirador viene a visitarme! -Gritó el vanidoso al divisar a lo
lejos al principito.
Para los vanidosos todos los demás hombres son admiradores.
-¡Buenos días! -dijo el principito-. ¡Qué sombrero tan raro tiene!
-Es para saludar a los que me aclaman -respondió el vanidoso.
Desgraciadamente nunca pasa nadie por aquí.
-¿Ah, sí? -preguntó sin comprender el principito.
-Golpea tus manos una contra otra -le aconsejó el vanidoso.
El principito aplaudió y el vanidoso le saludó modestamente levantando el
sombrero.
"Esto parece más divertido que la visita al rey", se dijo para sí el principito, que
continuó aplaudiendo mientras el vanidoso volvía a saludarle quitándose el
sombrero.
A los cinco minutos el principito se cansó con la monotonía de aquel juego.
-¿Qué hay que hacer para que el sombrero se caiga? -preguntó el principito.
Pero el vanidoso no le oyó. Los vanidosos sólo oyen las alabanzas.
-¿Tú me admiras mucho, verdad? -preguntó el vanidoso al principito.
-¿Qué significa admirar?
-Admirar significa reconocer que yo soy el hombre más bello, el mejor vestido, el más rico y el más ïnteligente
del planeta.
-¡Si tú estás solo en tu planeta!
-¡Hazme ese favor, admírame de todas maneras!
-¡Bueno! Te admiro -dijo el principito encogiéndose de hombros-, pero ¿para qué te sirve?
Y el principito se marchó.
"Decididamente, las personas mayores son muy extrañas", se decía para sí el principito durante su viaje.


Capítulo 12
***
___


El planeta siguiente estaba habitado por un bebedor. Fue una
visita muy corta, pues hundió al principito en una gran melancolía.
-¿Qué haces ahí? -preguntó al bebedor que estaba sentado en
silencio ante un sinnúmero de botellas vacías y otras tantas
botellas llenas.
-¡Bebo! -respondió el bebedor con tono lúgubre.
-¿Por qué bebes? -volvió a preguntar el principito.
-Para olvidar.
-¿Para olvidar qué? -inquirió el principito ya compadecido.
-Para olvidar que siento vergüenza -confesó el bebedor bajando la cabeza.
-¿Vergüenza de qué? -se informó el principito deseoso de ayudarle.
-¡Vergüenza de beber! -concluyó el bebedor, que se encerró nueva y definitivamente en el silencio.
Y el principito, perplejo, se marchó.
"No hay la menor duda de que las personas mayores son muy extrañas", seguía diciéndose para sí el principito
durante su viaje.


Capitulo 13
***
___


El cuarto planeta estaba ocupado por un hombre de negocios. Este
hombre estaba tan abstraído que ni siquiera levantó la cabeza a la
llegada del principito.
-¡Buenos días! -le dijo éste-. Su cigarro se ha apagado.-
Tres y dos cinco. Cinco y siete doce. Doce y tres quince. ¡Buenos
días! Quince y siete veintidós. Veintidós y seis veintiocho. No tengo
tiempo de encenderlo. Veintiocho y tres treinta y uno. ¡Uf! Esto suma
quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y
uno.
--¿Quinientos millones de qué?
-¿Eh? ¿Estás ahí todavía? Quinientos millones de... ya no sé... ¡He trabajado tanto! ¡Yo soy un hombre serio y
no me entretengo en tonterías! Dos y cinco siete...
¿Quinientos millones de qué? -volvió a preguntar el principito, que nunca en su vida había renunciado a una
pregunta una vez que la había formulado.
El hombre de negocios levantó la cabeza:
-Desde hace cincuenta y cuatro años que habito este planeta, sólo me han molestado tres veces. La primera
hace veintidós años, fue por un abejorro que había caído aquí de Dios sabe dónde. Hacía un ruido insoportable
y me hizo cometer cuatro errores en una suma. La segunda vez por una crisis de reumatismo, hace once años.
Yo no hago ningún ejercicio, pues no tengo tiempo de callejear. Soy un hombre serio. Y la tercera vez... ¡la
tercera vez es ésta! Decía, pues, quinientos un millones...
-¿Millones de qué?
El hombre de negocios comprendió que no tenía ninguna esperanza de que lo dejaran en paz.
-Millones de esas pequeñas cosas que algunas veces se ven en el cielo.
-¿Moscas?
-¡No, cositas que brillan!
-¿Abejas?
-No. Unas cositas doradas que hacen desvariar a los holgazanes. ¡Yo soy un hombre serio y no tengo tiempo de
desvariar!
-¡Ah! ¿Estrellas?
-Eso es. Estrella
-¿Y qué haces tú con quinientos millones de estrellas?
-Quinientos un millones seiscientos veintidós mil seteientos treinta y uno. Yo soy un hombre serio y exacto.
-¿Y qué haces con esas estrellas? -¿Que qué hago con ellas?
-Sí.
-Nada. Las poseo.
-¿Que las estrellas son tuyas?
-Sí.
-Yo he visto un rey que...
-Los reyes no poseen nada... Reinan. Es muy diferente.
-¿Y de qué te sirve poseer las estrellas?
-Me sirve para ser rico.
-¿Y de qué te sirve ser rico?
-Me sirve para comprar más estrellas si alguien las descubre.
"Este, se dijo a sí mismo el principito, razona poco más o menos como mi borracho".
No obstante le siguió preguntando :
-¿Y cómo es posible poseer estrellas?
-¿De quién son las estrellas? -contestó punzante el hombre de negocios.
-No sé. . . De nadie.
-Entonces son mías, puesto que he sido el primero a quien se le ha ocurrido la idea.
-¿Y eso basta?
-Naturalmente. Si te encuentras un diamante que nadie reclama, el diamante es tuyo. Si encontraras una isla
que a nadie pertenece, la isla es tuya. Si eres el primero en tener una idea y la haces patentar, nadie puede
aprovecharla: es tuya. Las estrellas son mías, puesto que nadie, antes que yo, ha pensado en poseerlas
-Eso es verdad -dijo el principito- ¿y qué haces con ellas?
-Las administro. Las cuento y las recuento una y otra vez -contestó el hombre de negocios-. Es algo difícil. ¡Pero
yo soy un hombre serio!
El principito no quedó del todo satisfecho.
-Si yo tengo una bufanda, puedo ponérmela al cuello y llevármela. Si soy dueño de una flor, puedo cortarla y
llevármela también. ¡Pero tú no puedes llevarte las estrellas!
-Pero puedo colocarlas en un banco.
-¿Qué quiere decir eso?
-Quiere decir que escribo en un papel el número de estrellas que tengo y guardo bajo llave en un cajón ese
papel.
-¿Y eso es todo?
-¡Es suficiente!
"Es divertido", pensó el principito. "Es incluso bastante poético. Pero no es muy serio".
El principito tenía sobre las cosas serias ideas muy diferentes de las ideas de las personas mayores.
-Yo -dijo aún- tengo una flor a la que riego todos los días; poseo tres volcanes a los que deshollino todas las
semanas, pues también me ocupo del que está extinguido; nunca se sabe lo que puede ocurrir. Es útil, pues,
para mis volcanes y para mi flor que yo las posea. Pero tú, tú no eres nada útil para las estrellas...
El hombre de negocios abrió la boca, pero no encontró respuesta.
El principito abandonó aquel planeta.
"Las personas mayores, decididamente, son extraordinarias", se decía a sí mismo con sencillez durante el viaje.

Capítulo 14
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El quinto planeta era muy curioso. Era el más pequeño de todos, pues apenas cabían en él un farol y el farolero
que lo habitaba. El principito no lograba explicarse para qué servirían allí, en el cielo, en un planeta sin casas y
sin población un farol y un farolero. Sin embargo, se dijo a sí mismo:
"Este hombre, quizás, es absurdo. Sin embargo, es menos absurdo que el rey, el vanidoso, el hombre de
negocios y el bebedor. Su trabajo, al menos, tiene sentido. Cuando enciende su farol, es igual que si hiciera
nacer una estrella más o una flor y cuando lo apaga hace dormir a la flor o a la estrella. Es una ocupación muy
bonita y por ser bonita es verdaderamente útil".
Cuando llegó al planeta saludó respetuosamente al farolero:
-¡Buenos días! ¿Por qué acabas de apagar tu farol?
-Es la consigna -respondió el farolero-. ¡Buenos días!
-¿Y qué es la consigna?
-Apagar mi farol. ¡Buenas noches! Y encendió el farol.
-¿Y por qué acabas de volver a encenderlo?
-Es la consigna.
-No lo comprendo -dijo el principito.
-No hay nada que comprender -dijo el farolero-. La consigna es la
consigna. ¡Buenos días!
Y apagó su farol.
Luego se enjugó la frente con un pañuelo de cuadros rojos.
-Mi trabajo es algo terrible. En otros tiempos era razonable; apagaba el farol por la mañana y lo encendía por la
tarde. Tenía el resto del día para reposar y el resto de la noche para dormir.
-¿Y luego cambiaron la consigna?
-Ese es el drama, que la consigna no ha cambiado -dijo el farolero-. El planeta gira cada vez más de prisa de
año en año y la consigna sigue siendo la misma.
-¿Y entonces? -dijo el principito.
-Como el planeta da ahora una vuelta completa cada minuto, yo no tengo un segundo de reposo. Enciendo y
apago una vez por minuto.
-¡Eso es raro! ¡Los días sólo duran en tu tierra un minuto!
-Esto no tiene nada de divertido -dijo el farolero-. Hace ya un mes que tú y yo estamos hablando.
-¿Un mes?
-Sí, treinta minutos. ¡Treinta días! ¡Buenas noches!
Y volvió a encender su farol.
El principito lo miró y le gustó este farolero que tan fielmente cumplía la consigna. Recordó las puestas de sol
que en otro tiempo iba a buscar arrastrando su silla. Quiso ayudarle a su amigo.
-¿Sabes? Yo conozco un medio para que descanses cuando quieras...
-Yo quiero descansar siempre -dijo el farolero.
Se puede ser a la vez fiel y perezoso.
El principito prosiguió:
-Tu planeta es tan pequeño que puedes darle la vuelta en tres zancadas. No tienes que hacer más que caminar
muy lentamente para quedar siempre al sol. Cuando quieras descansar, caminarás... y el día durará tanto
tiempo cuanto quiero
-Con eso no adelanto gran cosa -dijo el farolero-, lo que a mí me gusta en la vida es dormir.
-No es una suerte -dijo el principito.
-No, no es una suerte -replicó el farolero-. ¡Buenos días!
Y apagó su farol.
Mientras el principito proseguía su viaje, se iba diciendo para sí: "Este sería despreciado por los otros, por el
rey, por el vanidoso, por el bebedor, por el hombre de negocios. Y, sin embargo, es el único que no me parece
ridículo, quizás porque se ocupa de otra cosa y no de sí mismo . Lanzó un suspiro de pena y continuó
diciéndose:
"Es el único de quien pude haberme hecho amigo. Pero su planeta es demasiado pequeño y no hay lugar para
dos... "
Lo que el principito no se atrevía a confesarse, era que la causa por la cual lamentaba no quedarse en este
bendito planeta se debía a las mil cuatrocientas cuarenta puestas de sol que podría disfrutar cada veinticuatro
horas.


Capítulo 15
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___


El sexto planeta era diez veces más grande. Estaba habitado por un anciano que escribía grandes libros.
-¡Anda, un explorador! -exclamó cuando divisó al principito.
Este se sentó sobre la mesa y reposó un poco. ¡Había viajado ya
tanto!
-¿De dónde vienes tú? -le preguntó el anciano.
-¿Qué libro es ese tan grande? -preguntó a su vez el principito-.
¿Qué hace usted aquí?
-Soy geógrafo -dijo el anciano.
-¿Y qué es un geógrafo?
-Es un sabio que sabe donde están los mares, los ríos, las
ciudades, las montañas y los desiertos.
-Eso es muy interesante -dijo el principito-. ¡Y es un verdadero oficio!
Dirigió una mirada a su alrededor sobre el planeta del geógrafo; nunca había visto un planeta tan majestuoso.
-Es muy hermoso su planeta. ¿Hay océanos aquí?
-No puedo saberlo -dijo el geógrafo.
-¡Ah! (El principito se sintió decepcionado). ¿Y montañas?
-No puedo saberlo -repitió el geógrafo.
-¿Y ciudades, ríos y desiertos?
-Tampoco puedo saberlo.
-¡Pero usted es geógrafo!
-Exactamente -dijo el geógrafo-, pero no soy explorador, ni tengo exploradores que me informen. El geógrafo no
puede estar de acá para allá contando las ciudades, los ríos, las montañas, los océanos y los desiertos; es
demasiado importante para deambnlar por ahí. Se queda en su despacho y allí recibe a los exploradores. Les
interroga y toma nota de sus informes. Si los informes de alguno de ellos le parecen interesantes, manda hacer
una investigación sobre la moralidad del explorador.
-¿Para qué?
-Un explorador que mintiera sería una catástrofe para los libros de geografía. Y también lo sería un explorador
que bebiera demasiado.
-¿Por qué? -preguntó el principito.
-Porque los borrachos ven doble y el geógrafo pondría dos montañas donde sólo habría una.
-Conozco a alguien -dijo el principito-, que sería un mal explorador.
-Es posible. Cuando se está convencído de que la moralidad del explorador es buena, se hace una
investigación sobre su descubrimiento.
-¿ Se va a ver?
-No, eso sería demasiado complicado. Se exige al explorador que suministre pruebas. Por ejemplo, si se trata
del descubrimiento de una gran montaña, se le pide que traiga grandes piedras.
Súbitamente el geógrafo se sintió emocionado:
-Pero... ¡tú vienes de muy lejos! ¡Tú eres un explorador! Vas a describirme tu planeta.
Y el geógrafo abriendo su regístro afiló su lápiz. Los relatos de los exploradores se escriben primero con lápiz.
Se espera que el explorador presente sus pruebas para pasarlos a tinta.
-¿Y bien? -interrogó el geógrafo.
-¡Oh! Mi tierra -dijo el principito- no es interesante, tod es muy pequeño. Tengo tres volcanes, dos en actividad
y uno extinguido; pero nunca se sabe...
-No, nunca se sabe -dijo el geógrafo.
-Tengo también una flor.
-De las flores no tomamos nota.
-¿Por qué? ¡Son lo más bonito!
-Porque las flores son efímeras.
-¿Qué significa "efímera"?
-Las geografías -dijo el geógrafo- son los libros más preciados e interesantes; nunca pasan de moda. Es muy
raro que una montaña cambie de sitio o que un océano quede sin agua. Los geógrafos escribimos sobre cosas
eternas.
-Pero los volcanes extinguidos pueden despertarse -interrumpió el principito-. ¿Qué significa "efímera"?
-Que los volcanes estén o no en actividad es igual para nosotros. Lo interesante es la montaña que nunca
cambia.
-Pero, ¿qué significa "efímera"? -repitió el principito que en su vida había renunciado a una pregunta una vez
formulada.
-Significa que está amenazado de próxima desaparición.
-¿Mi flor está amenazada de desaparecer próximamente?
-Indudablemente.
"Mi flor as efímera -se dijo el principito- y no tiene más que cuatro espinas para defenderse contra el mundo. ¡Y
la he dejado allá sola en mi casa!" Por primera vez se arrepintió de haber dejado su planeta, pero bien pronto
recobra su valor.
-¿Qué me aconseja usted que visite ahora? -preguntó.
-La Tierra -le contestó el geógrafo-. Tiene muy buena reputación...
Y el principito partió pensando en su flor.


Capítulo 16
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El séptimo planeta fue, por consiguiente, la Tierra.
¡La Tierra no es un planeta cualquiera! Se cuentan en él ciento once reyes (sin olvidar, naturalmente, los reyes
negros) , siete mil geógrafos, novecientos mil hombres de negocios, siete millones y medio de borrachos,
trescientos once millones de vanidosos, es decir, alrededor de dos mil millones de personas mayores.
Para darles una idea de las dimensiones de la Tierra yo les diría que antes de la invención de la electricidad
había que mantener sobre el conjunto de los seis continentes un verdadero ejército de cuatrocientos sesenta y
dos mil quinientos once faroleros.
Vistos desde lejos, hacían un espléndido efecto. Los movimientos de este ejército estaban regulados como los
de un ballet de ópera. Primero venía el turno de los faroleros de Nueva Zelandia y de Australia. Encendían sus
faroles y se iban a dormir. Después tocaba el turno en la danza a los faroleros de China y Siberia, que a su vez
se perdían entre bastidores. Luego seguían los faroleros de Rusia y la India, después los de Africa y Europa y
finalmente, los de América del Sur y América del Norte. Nunca se equivocaban en su orden de entrada en
escena. Era grandioso.
Solamente el farolero del único farol del polo norte y su colega del único farol del polo sur, llevaban una vida de
ociosidad y descanso. No trabajaban más que dos veces al año.


Capítulo 17
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Cuando se quiere ser ingenioso, sucede que se miente un poco. No he sido muy honesto al hablar de los
faroleros y corro el riesgo de dar una falsa idea de nuestro planeta a los que no lo conocen. Los hombres
ocupan muy poco lugar sobre la Tierra. Si los dos mil millones de habitantes que la pueblan se pusieran de pie y
un poco apretados, como en un mitin, cabrían fácilmente en una plaza de veinte millas de largo por veinte de
ancho. La humanidad podría amontonarse sobre el más pequeño islote del Pacífico.
Las personas mayores no les creerán, seguramente, pues siempre se imaginan que ocupan mucho sitio. Se
creen importantes como los baobabs. Les dirán, pues, que hagan el cálculo; eso les gustará ya que adoran las
cifras. Pero no es necesario que pierdan el tiempo inútïlmente, puesto que tienen confianza en mí.
El principito, una vez que llegó a la Tierra, quedó sorprendido de no ver a nadie. Tenía miedo de haberse
equivocado de planeta, cuando un anillo de color de luna se revolvió en la arena.
-¡Buenas noches! -dijo el principito.
-¡Buenas noches! -dijo la serpiente.
-¿Sobre qué planeta he caído? -preguntó el principito.
-Sobre la Tierra, en Africa -respondió la serpiente.
-¡Ah! ¿Y no hay nadie sobre la Tierra?
-Esto es el desierto. En los desiertos no hay nadie. La Tierra es muy grande -dijo la serpiente.
El principito se sentó en una piedra y elevó los ojos al cielo.
-Yo me pregunto -dijo- si las estrellas están encendidas para que cada cual pueda un día encontrar la suya. Mira
mi planeta; está precisamente encima de nosotros... Pero... ¡qué lejos está!
-Es muy bella -dijo la serpiente-. ¿Y qué vienes tú a hacer aquí?
-Tengo problemas con una flor -dijo el principito.
-¡Ah!
Y se callaron.
-¿Dónde están los hombres? -prosiguió por fin el principito. Se está un poco solo en el desierto...
-También se está solo donde los hombres -afirmó la serpiente.
El principito la miró largo rato y le dijo: -Eres un bicho raro, delgado como un dedo...
-Pero soy más poderoso que el dedo de un rey -le interrumpió la serpiente.
El principito sonrió:
-No me pareces muy poderoso... ni siquiera tienes patas... ni tan siquiera
puedes viajar...
-Puedo llevarte más lejos que un navío -dijo la serpiente.
Se enroscó alrededor del tobillo del principito como un brazalete de oro.
-Al que yo toco, le hago volver a la tierra de donde salió. Pero tú eres puro
y vienes de una estrella...
El principito no respondió.
-Me das lástima, tan débil sobre esta tierra de granito. Si algún día echas mucho de menos tu planeta, puedo
ayudarte. Puedo...
-¡Oh! -dijo el principito-. Te he comprendido. Pero ¿por qué hablas con enigmas?
-Yo los resuelvo todos -dijo la serpiente.


Capítulo 18
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El principito atravesó el desierto en el que sólo encontró una flor de tres pétalos, una flor de nada.
-¡Buenos días! -dijo el principito.
-¡Buenos días! -dijo la flor.
-¿Dónde están los hombres? -preguntó cortésmente el principito.
La flor, un día, había visto pasar una caravana.
-¿Los hombres? No existen más que seis o siete, me parece.
Los he visto hace ya años y nunca se sabe dónde
encontrarlos. El viento los pasea. Les faltan las raíces. Esto
les molesta.
-Adiós -dijo el principito.
-Adiós -dijo la flor.


Capítulo 19
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El principito escaló hasta la cima de una alta montaña. Las únicas montañas que él había conocido eran los tres
volcanes que le llegaban a la rodilla. El volcán extinguido lo utilizaba como taburete. "Desde una montaña tan
alta como ésta, se había dicho, podré ver todo el planeta y a todos los hombres..." Pero no alcanzó a ver más
que algunas puntas de rocas.
-¡Buenos días! -exclamó el principito al acaso.
-¡Buenos días! ¡Buenos días! ¡Buenos días! -respondió el eco
-¿Quién eres tú? -preguntó el principito.
-¿Quién eres tú?... ¿Quién eres tú?... ¿Quién eres tú?... -contestó el
eco.
-Sed mis amigos, estoy solo -dijo el principito.
-Estoy solo... estoy solo... estoy solo... -repitió el eco.
"¡Qué planeta más raro! -pensó entonces el principito-, es seco,
puntiagudo y salado. Y los hombres carecen de imaginación; no hacen
más que repetir lo que se les dice... En mi tierra tenía una flor: hablaba
siempre la primera... "

Capítulo 20
***
___

Pero sucedió que el principito, habiendo atravesado arenas, rocas y nieves, descubrió finalmente un camino. Y
los caminos llevan siempre a la morada de los hombres.
-¡Buenos días! -dijo.
Era un jardín cuajado de rosas.
-¡Buenos días! -dijeran las rosas.
El principito las miró. ¡Todas se parecían tanto a su flor!
-¿Quiénes son ustedes? -les preguntó estupefacto.
-Somos las rosas -respondieron éstas.
-¡Ah! -exclamó el principito.
Y se sintió muy desgraciado. Su flor le había dicho que era la única de su especie en todo el universo. ¡Y ahora
t.enía ante sus ojos más de cinco mil .todas semejantes, en un solo jardín!
Si ella viese todo esto, se decía el principito, se sentiría vejada, tosería muchísimo y simularía morir para
escapar al ridículo. Y yo tendría que fingirle cuidados, pues sería capaz de dejarse morir verdaderamente para
humillarme a mí también... "
Y luego continuó diciéndose: "Me creía rico con una flor única
y resulta que no tengo más que una rosa ordinaria. Eso y mis
tres volcanes que apenas me llegan a la rodilla y uno de Ios
cuales acaso esté extinguido para siempre. Realmente no soy
un gran príncipe... " Y echándose sobre la hierba, el principito
lloró.

Capítulo 21
***
___

Entonces apareció el zorro:
-¡Buenos días! -dijo el zorro.
-¡Buenos días! -respondió cortésmente el principito que se
volvió pero no vío nada.
-Estoy aquí, bajo el manzano -díjo la voz.
-¿Quién eres tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres!
-Soy un zorro -dijo el zorro.
-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!
-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado.
-¡Ah, perdón! -dijo el principito.
Pero después de una breve reflexión, añadió:
-¿Qué significa "domesticar"?
-Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?
-Busco a los hombres -le respondió el principito-. ¿Qué significa "domesticar"?
-Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único
que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?
-No -díjo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? -volvió a preguntar el principito.
-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa "crear vínculos... "
-¿Crear vínculos?
-Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil
muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro
entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del
otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...
-Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado...
-Es posible -concedió el zorro-, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.
-¡Oh, no es en la Tierra! -exclamó el principito.
El zorro pareció intrigado:
-¿En otro planeta?
-Sí.
-¿Hay cazadores en ese planeta?
-No.
-¡Qué interesante! ¿Y gallinas?
-No.
-Nada es perfecto -suspiró el zorro.
Y después volviendo a su idea:
-Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos
los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sól.
Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la
tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los
campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me
recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me
domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.
El zorro se calló y miró un buen rato al principito:
-Por favor... domestícame -le dijo.
-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas
cosas.
-Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no fienen tiempo de conocer
nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, Ios hombres no
tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!
-¿Qué debo hacer? -preguntó el príncipito.
-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio ún poco lejos de mí, así, en el suelo;
yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada
día podrás sentarte un poco más cerca...
El principito volvió al día siguiente.
-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si
vienes, por ejempló, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo
empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz
me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré
así lo que vale la feliçidad. Pero si tú vienes a cualquier hora,
nunça sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son
necesarios.
-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.
-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que
hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea
diferente a otra.
Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves
entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día
fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando eI día de la partida:
-¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré.
-Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...
-Ciertamente -dijo el zorro.
- Y vas a llorar!, -dijo él principito.
-¡Seguro!
-No ganas nada.
-Gano -dijo el zoro- he ganado a causa del color del trigo.
Y luego añadió:
-Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré
un secreto.
El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:
-No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie.
Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y
ahora es único en el mundo.
Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:
-Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer
indudablemente que mí rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas,
porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo
dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta
callarse. Porque es mi rosa, en fin.
Y volvió con el zorro.
-Adiós -le dijo.
-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : sólo con el corazón se puede ver bien;
lo esencial es invisible para los ojos.
-Lo esencial es invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse.
-Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.
-Es el tiempo que yo he perdido con ella... -repitió el principito para recordarlo.
-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre
de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa...
-Yo soy responsable de mi rosa... -repitió el principito a fin de recordarlo

Capítulo 22
***
___


-¡Buenos días! -dijo el principito.
-¡Buenos días! -respondió el guardavías.
-¿Qué haces aquí? -le preguntó el principito.
-Formo con los viajeros paquetes de mil y despacho los trenes que los llevan, ya a la derecha, ya a la izquierda.
Y un tren rápido iluminado, rugiendo como el trueno, hizo temblar la caseta del guardavías.
-Tienen mucha prisa -dijo el principito-. ¿Qué buscan?
-Ni siquiera el conductor de la locomotora lo sabe -dijo el guardavías.
Un segundo rápido iluminado rugió en sentido inverso.
-¿Ya vuelve? -preguntó el principito.
-No son los mismos -contestó el guardvías-. Es un cambio.
-¿No se sentían contentos donde estaban?
-Nunca se siente uno contento donde está -respondió el guardavías.
Y rugió el trueno de un tercer rápido iluminado.
-¿Van persiguiendo a los primeros viajeros? -preguntó el principito.
-No persiguen absolutamente nada -le dijo el guardavías-; duermen o bostezan allí dentro. Unicamente los niños
aplastan su nariz contra los vidrios.
-Unicamente los niños saben lo que buscan -dijo el principito. Pierden el tiempo con una muñeca de trapo que
viene a ser lo más importante para ellos y si se la quitan, lloran...
-¡Qué suerte tienen! -dijo el guardavías.

Capítulo 23
***
___

-¡Buenos días! -dijo el principito.
-¡Buenos días! -respondió el comerciante.
Era un comerciante de píldoras perfeccionadas que quitan la sed. Se toma una por semana y ya no se sienten
ganas de beber.
-¿Por qué vendes eso? -preguntó el principito.
-Porque con esto se economiza mucho tiempo. Según el cálculo hecho por los expertos, se ahorran cincuenta y
tres minutos por semana.
-¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?
-Lo que cada uno quiere... "
"Si yo dispusiera de cincuenta y tres minutos -pensó el principito- caminaría suavemente hacia una fuente..."

Capítulo 24
***
___


Era el octavo día de mi avería en el desierto y había escuchado la historia del comerciante bebiendo la última
gota de mi provisión de agua.
-¡Ah -le dije al principito-, son muy bonitos tus cuentos, pero yo no he reparado mi avión, no tengo nada para
beber y sería muy feliz si pudiera irme muy tranquilo en busca de una fuente!
-Mi amigo el zorro..., me dijo...
-No se trata ahora del zorro, muchachito...
-¿Por qué?
-Porque nos vamos a morir de sed...
No comprendió mi razonamiento y replicó:
-Es bueno haber tenido un amigo, aún si vamos a morir. Yo estoy muy contento de haber tenido un amigo zorro.
"Es incapaz de medir el peligro -me dije - Nunca tiene hambre ni sed y un poco de sol le basta..."
El principito me miró y respondió a mi pensamiento:
-Tengo sed también... vamos a buscar un pozo...
Tuve un gesto de cansancio; es absurdo buscar un pozo, al azar, en la inmensidad del desierto. Sin embargo,
nos pusimos en marcha.
Después de dos horas de caminar en silencio, cayó la noche y las estrellas comenzaron a brillar. Yo las veía
como en sueño, pues a causa de la sed tenía un poco de fiebre. Las palabras del principito danzaban en mi
mente.
-¿Tienes sed, tú también? -le pregunté. Pero no respondió a mi pregunta, diciéndome simplemente:
-El agua puede ser buena también para el corazón...
No comprendí sus palabras, pero me callé; sabía muy bien que no había que interrogarlo.
El principito estaba cansado y se sentó; yo me senté a su lado y después de un silencio me dijo:
-Las estrellas son hermosas, por una flor que no se ve...
Respondí "seguramente" y miré sin hablar los pliegues que la arena formaba bajo la luna.
-El desierto es bello -añadió el principito.
Era verdad; siempre me ha gustado el desierto. Puede uno sentarse en una duna, nada se ve, nada se oye y sin
embargo, algo resplandece en el silencio...
-Lo que más embellece al desierto -dijo el principito- es el pozo que oculta en algún sitio...
Me quedé sorprendido al comprender súbitamente ese misterioso resplandor de la arena. Cuando yo era niño
vivía en una casa antigua en la que, según la leyenda, había un tesoro escondido. Sin duda que nadie supo
jamás descubrirlo y quizás nadie lo buscó, pero parecía toda encantada por ese tesoro. Mi casa ocultaba un
secreto en el fondo de su corazón...
-Sí -le dije al principito- ya se trate de la casa, de las estrellas o del desierto, lo que les embellece es invisible.
-Me gusta -dijo el principito- que estés de acuerdo con mi zorro.
Como el principito se dormía, lo tomé en mis brazos y me puse nuevamente en camino. Me sentía emocionado
llevando aquel frágil tesoro, y me parecía que nada más frágil había sobre la Tierra. Miraba a la luz de la luna
aquella frente pálida, aquellos ojos cerrados, los cabellos agitados por el viento y me decía : "lo que veo es sólo
la corteza; lo más importante es invisible... "
Como sus labios entreabiertos esbozaron una sonrisa, me dije: "Lo que más me emociona de este principito
dormido es su fidelidad a una flor, es la imagen de la rosa que resplandece en él como la llama de una lámpara,
incluso cuando duerme... " Y lo sentí más frágil aún. Pensaba que a las lámparas hay que protegerlas: una
racha de viento puede apagarlas...
Continué caminando y al rayar el alba descubrí el pozo.


Capítulo 25
***
___


-Los hombres -dijo el principito- se meten en los rápidos pero no saben dónde van ni lo que quieren. . . Entonces
se agitan y dan vueltas...
Y añadió:
-¡No vale la pena!...
El pozo que habíamos encontrado no se parecía en nada a los pozos saharianos. Estos pozos son simples
agujeros que se abren en la arena. El que teníamos ante nosotros parecía el pozo de un pueblo; pero por allí no
había ningún pueblo y me parecía estar soñando.
-¡Es extraño! -le dije al principito-. Todo está a punto: la roldana, el balde y la cuerda...
Se rió y tocó la cuerda; hizo mover la roldana. Y la roldana gimió como una vieja veleta cuando el viento ha
dormido mucho.
-¿Oyes? -dijo el principito-. Hemos despertado al pozo y canta.
No quería que el principito hiciera el menor esfuerzo y le dije:
-Déjame a mí, es demasiado pesado para ti.
Lentamente subí el cubo hasta el brocal donde lo dejé bien seguro.
En mis oídos sonaba aún el canto de la roldana y veía temblar al sol
en el agua agitada.
-Tengo sed de esta agua -dijo el principito-, dame de beber...
¡Comprendí entonces lo que él había buscado!
Levanté el balde hasta sus labios y el principito bebió con los ojos cerrados. Todo era bello como una fiesta.
Aquella agua era algo más que un alimento. Había nacido del caminar bajo las estrellas, del canto de la roldana,
del esfuerzo de mis brazos. Era como un regalo para el corazón. Cuando yo era niño, las luces del árbol de
Navidad, la música de la misa de medianoche, la dulzura de las sonrisas, daban su resplandor a mi regalo de
Navidad.
-Los hombres de tu tierra -dijo el principito- cultivan cinco mil rosas en un jardín y no encuentran lo que buscan.
-No lo encuentran nunca -le respondí. -Y sin embargo, lo que buscan podrían encontrarlo en una sola rosa o en
un poco de agua...
-Sin duda, respondí. Y el principito añadió:
-Pero los ojos son ciegos. Hay que buscar con el corazón.
Yo había bebido y me encontraba bien. La arena, al alba, era color de miel, del que gozaba hasta sentirme
dichoso. ¿Por qué había de sentirme triste?
-Es necesario que cumplas tu promesa -dijo dulcemente el principito que nuevamente se había sentado junto a
mi.
-¿Qué promesa?
-Ya sabes... el bozal para mi cordero... soy responsable de mi flor.
Saqué del bolsillo mis esbozos de dibujo. El principito los miró y dijo riendo:
-Tus baobabs parecen repollos...
-¡Oh! ¡Y yo que estaba tan orgulloso de mis baobabs!
-Tu zorro tíene orejas que parecen cuernos; son demasiado largas.
Y volvió a reír.
-Eres injusto, muchachito; yo no sabía dibujar más que boas cerradas y boas abiertas.
-¡Oh, todo se arreglará! -dijo el principito-. Los niños entienden.
Bosquejé, pues, un bozal y se lo alargué con el corazón oprimido:
-Tú tienes proyectos que yo ignoro...
Pero no me respondió.
-¿Sabes? -me dijo-. Mañana hace un año de mi caída en la Tierra...
Y después de un silencio, añadió:
-Caí muy cerca de aquí...
El principito se sonrojó y nuevamente, sin comprender por qué, experimenté una extraña tristeza.
Sin embargo, se me ocurrió preguntar:
-Entonces no te encontré por azar hace ocho días, cuando paseabas por estos lugares, a mil millas de distancia
del lugar habitado más próximo. ¿Es que volvías al punto de tu caída?
El principito enrojeció nuevamente.
Y añadí vacilante.
-¿Quizás por el aniversario?
El principito se ruborizó una vez más. Aunque nunca respondía a las preguntas, su rubor signifícaba una
respuesta afirmativa.
-¡Ah! -le dije- tengo miedo.
Pero él me respondió:
-Tú debes trabajar ahora; vuelve, pues, junto a tu máquina, que yo te espero aquí. Vuelve mañana por la tarde.
Pero yo no estaba tranquilo y me acordaba del zorro. Si se deja uno domesticar, se expone a llorar un poco...


Capítulo 26
***
___

A1 lado del pozo había una ruina de un viejo muro de piedras.
Cuando volví de mi trabajo al día siguiente por la tarde, vi desde
lejos al principito sentado en lo alto con las piernas colgando. Lo
oí que hablaba.
-¿No te acuerdas? ¡No es aquí con exactitud!
Alguien le respondió sín duda, porque él replicó:
-¡Sí, sí; es el día, pero no es este el lugar!
Proseguí mi marcha hacia el muro, pero no veía ni oía a nadie. Y
sin embargo, el principito replicó de nuevo.
-¡Claro! Ya verás dónde comienza mi huella en la arena. No
tienes más que esperarme, que allí estaré yo esta noche.
Yo estaba a veinte metros y continuaba sin distinguir nada.
El principito, después de un silencio, dijo aún
Tienes un buen veneno? ¿Estás segura de no hacerme sufrir mucho?
Me detuve con el corazón oprimido, siempre sin comprender.
-¡Ahora vete -dijo el principito-, quiero volver a bajarme
Dirigí la mirada hacia el pie del muro e instintivamente di un brinco. Una serpiente de esas amarillas que matan a
una persona en menos de treínta segundos, se erguía en dirección al principito. Echando mano al bolsillo para
sacar mi revólver, apreté el paso, pero, al ruido que hice, la serpiente se dejó deslizar suavemente por la arena
como un surtidor que muere, y, sin apresurarse demasiado, se escurrió entre las piedras con un lígero ruido
metálico.
Llegué junto al muro a tiempo de recibir en mis brazos a mi principito, que estaba blanco como la nieve.
-¿Pero qué historia es ésta? ¿De charla también con las serpientes?
Le quité su eterna bufanda de oro, le humedecí las sienes y le di de beber, sin atreverme a hacerle pregunta
alguna. Me miró gravemente rodeándome el cuello con sus brazos. Sentí latir su corazón, como el de un pajarillo
que muere a tiros de carabina.
-Me alegra -dijo el principito- que hayas encontrado lo que faltaba a tu máquina. Así podrás volver a tu tierra...
-¿Cómo lo sabes?
Precisamente venía a comunicarle que, a pesar de que no lo esperaba, había logrado terminar mi trabajo.
No respondió a mi pregunta, sino que añadió:
-También yo vuelvo hoy a mi planeta...
Luego, con melancolía:
-Es mucho más lejos... y más difícil...
Me daba cuenta de que algo extraordinario pasaba en aquellos momentos. Estreché al principito entre mis
brazos como sí fuera un niño pequeño, y no obstante, me pareció que descendía en picada hacia un abismo sin
que fuera posible hacer nada para retenerlo.
Su mirada, seria, estaba perdída en la lejanía.
Tengo tu cordero y la caja para el cordero. Y tengo tambíén el bozal.
Y sonreía melancólicamente.
Esperé un buen rato. Sentía que volvía a entrar en calor poco a
poco:
-Has tenido miedo, muchachito...
Lo había tenido, sin duda, pero sonrió con dulzura:
-Esta noche voy a tener más miedo...
Me quedé de nuevo helado por un sentimiento de algo irreparable. Comprendí que no podía soportar la idea de
no volver a oír nunca más su risa. Era para mí como una fuente en el desierto.
-Muchachito, quiero oír otra vez tu risa...
Pero él me dijo:
-Esta noche hará un año. Mi estrella se encontrará precisamente encima del lugar donde caí el año pasado...
-¿No es cierto -le interrumpí- que toda esta historia de serpientes, de citas y de estrellas es tan sólo una
pesadilla?
Pero el principito no respondió a mi pregunta y dijo:
-Lo más importante nunca se ve...
-Indudablemente...
-Es lo mismo que la flor. Si te gusta una flor que habita en una estrella, es muy dulce mirar al cielo por la noche.
Todas las estrellas han florecido.
-Es indudable...
-Es como el agua. La que me diste a beber, gracias a la roldana y la cuerda, era como una música ¿te
acuerdas? ¡Qué buena era!
-Sí, cierto...
-Por la noche mirarás las estrellas; mi casa es demasiado pequeña para que yo pueda señalarte dónde se
encuentra. Así es mejor; mi estrella será para ti una cualquiera de ellas. Te gustará entonces mirar todas las
estrellas. Todas ellas serán tus amigas. Y además, te haré un regalo...
Y rió una vez más.
-¡Ah, muchachito, muchachito, cómo me gusta oír tu risa!
-Mi regalo será ése precisamente, será como el agua...
-¿Qué quieres decir?
La gente tiene estrellas que no son las mismas. Para los que viajan, las estrellas son guías; para otros sólo son
pequeñas lucecítas. Para los sabios las estrellas son problemas. Para mi hombre de negocios, eran oro. Pero
todas esas estrellas se callan. Tú tendrás estrellas como nadie ha tenido...
-¿Qué quieres decir? -Cuando por las noches mires al cielo, al pensar que en una de aquellas estrellas estoy yo
riendo, será para ti como si todas las estrellas riesen. ¡Tú sólo tendrás estrellas que saben reír!
Y rió nuevamente.
-Cuando te hayas consolado (siempre se consuela uno) estarás contento de haberme conocido. Serás mi amigo
y tendrás ganas de reír conmigo. Algunas veces abrirás tu ventana sólo por placer y tus amigos quedarán
asombrados de verte reír mirando al cielo. Tú les explicarás: "Las estrellas me hacen reír siempre". Ellos te
creerán loco. Y yo te habré jugado una mala pasada...
Y se rió otra vez.
-Será como si en vez de estrellas, te hubiese dado multitud de cascabelitos que saben reír...
Una vez más dejó oír su risa y luego se puso serio.
-Esta noche ¿sabes? no vengas...
-No te dejaré.
-Pareceré enfermo... Parecerá un poco que me muero... es así. ¡No vale la pena que vengas a ver eso...!
-No te dejaré.
Pero estaba preocupado.
-Te digo esto por la serpiente; no debe morderte. Las serpientes son malas. A veces muerden por gusto...
-He dicho que no te dejaré.
Pero algo lo tranquilizó.
-Bien es verdad que no tienen veneno para la segunda mordedura...
Aquella noche no lo vi ponerse en camino. Cuando le alcancé marchaba
con paso rápido y decidido y me dijo solamente:
-¡Ah, estás ahí!
Me cogió de la mano y todavía se atormentó:
-Has hecho mal. Tendrás pena. Parecerá que estoy muerto, pero no es
verdad.
Yo me callaba.
-¿Comprendes? Es demasiado lejos y no puedo llevar este cuerpo que
pesa demasiado.
-Seguí callado.
-Será como una corteza vieja que se abandona. TIo son nada tristes las viejas cortezas...
Yo me callaba. El principito perdió un poco de ánimo. Pero hizo un esfuerzo y dijo:
Será agradable ¿sabes? Yo miraré también las estrellas. Todas serán pozos con roldana herrumbrosa. Todas
las estrellas me darán de beber.
Yo me callaba.
-¡Será tan divertido! Tú tendrás quinientos millones de cascabeles y yo quinientos millones de fuentes...
El principito se calló también; estaba llorando.
-Es allí; déjame ir solo.
Se sentó porque tenía miedo. Dijo aún:
-¿Sabes?... mi flor... soy responsable... ¡y ella es tan débil y tan inocente! Sólo tiene cuatro espinas para
defenderse contra todo el mundo...
Me senté, ya no podía mantenerme en pie.
-Ahí está... eso es todo...
Vacíló todavía un instante, luego se levantó y dio un paso. Yo no
pude moverme.
Un relámpago amarillo centelleó en su tobillo. Quedó un instante
inmóvil, sin exhalar un grito. Luego cayó lentamente camo cae un
árbol, sin hacer el menor ruido a causa de la arena.



Capítulo 27
***
___


Ahora hace ya seis años de esto. Jamás he contado esta historia y los compañeros que me vuelven a ver se
alegran de encontrarme vivo. Estaba triste, pero yo les decía: "Es el cansancio".
AI correr del tiempo me he consolado un poco, pero no completamente. Sé que ha vuelto a su planeta, pues al
amanecer no encontré su cuerpo, que no era en realidad tan pesado... Y me gusta por la noche escuchar a las
estrellas, que suenan como quinientos millones de cascabeles...
Pero sucede algo extraordinario. AI bozal que dibujé para el principito se me olvidó añadirle la correa de cuero;
no habrá podido atárselo al cordero. Entonces me pregunto:
"¿Qué habrá sucedido en su planeta? Quízás el cordero se ha comido la flor..."
A veces me digo: "¡Seguro que no! El príncipito cubre la flor con su fanal todas las noches y vigila a su cordero".
Entonces me siento dichoso y todas las estrellas ríen dulcemente.
Pero otras veces pienso: "Alguna que otra vez se distrae uno y eso basta. Si una noche ha olvidado poner el
fanal o el cordero ha salido sin hacer ruido, durante la noche...". Y entonces los cascabeles se convierten en
lágrimas...
Y ahí está el gran misterio. Para ustedes que quieren al principito, lo mismo que para mí, nada en el universo
habrá cambiado si en cualquier parte, quien sabe dónde, un cordero desconocido se ha comido o no se ha
comido una rosa...
Pero miren al cielo y pregúntense: el cordero ¿se ha comido la flor? Y veréis cómo todo cambia...
¡Ninguna persona mayor comprenderá jamás que esto sea verdaderamente importante!
Este es para mí el paisaje más hermoso y el más triste del mundo.
Es el mismo paisaje de la página anterior que he dibujado una vez
más para que lo vean bien. Fue aquí donde el principito apareció
sobre la Tierra, desapareciendo luego.
Exaxnínenlo atentamente para que sepan reconocerlo, si algún
día, viajando por Africa cruzan el desierto. Si por casualidad pasan
por allí, no se apresuren, se los ruego, y deténganse un poco,
precisamente bajo la estrella. Si un niño llega hasta ustedes, si
este niño ríe y tiene cabellos de oro y nunca responde a sus
preguntas, adivinarán en seguida quién es. ¡Sean amables con él!
Y comuníquenme rápidamente que ha regresado. ¡No me dejen
tan triste!



FIN

lunes, abril 14, 2008

EN FAMILIA --GUY DE MAUPASSANT


EN FAMILIA
GUY DE MAUPASSANT
...el terrible duelo, tras el fallecimiento...

El tranvía de Neuilly había dejado atrás la puerta Maillot y corría en línea recta a todo lo largo de la gran avenida que
va a parar al Sena. La maquinilla, enganchada a su vagón, pitaba para que se apartasen de su camino, escupía su vapor,
jadeaba como corredor al que falta el aliento, y sus émbolos se movían con ruidos precipitados de piernas de hierro. Caía
sobre la calle el pesado calor de una tarde de verano, y, aunque no soplaba brisa alguna, ascendía del suelo un polvillo
blanco, calizo, opaco, asfixiante y cálido que se pegaba a la húmeda piel, cegaba la vista, penetraba en los pulmones.
La gente salía a la puerta de sus casas, en busca de aire.
El vagón de pasajeros tenía bajadas las ventanillas, y todas sus cortinas ondeaban, sacudidas por la rápida carrera. Eran
pocas las personas que iban dentro, porque en días tan calurosos la gente prefería viajar en la imperial o en las
plataformas. Iban obesas señoras de vestidos presuntuosos, burguesas de barriada que suplen la distinción de la que
carecen con una tiesura inoportuna, oficinistas cansados del despacho, de caras amarillentas, cintura doblada y un hombro
algo más alto que otro, del mucho trabajar encorvados sobre la mesa. La expresión intranquila y triste de sus rostros
revelaba también preocupaciones domésticas, constantes apuros monetarios y viejas esperanzas definitivamente fracasadas;
porque todos ellos formaban parte de ese ejército de pobres hombres raídos que vegetan económicamente en mezquinas casas de yeso, que tienen por jardín un arríate y se alzan en medio esos campos de los alrededores de París, en los que
aprovechan los residuos de todos los pozos negros.
Muy próximo a la portezuela, un hombre bajito, gordo, de cara abotagada y barriga que le caía entre la piernas, vestido
todo él de negro, conversaba con otro alto y seco, de aspecto desaliñado con un traje blanco muy sucio y un viejo panamá
en la cabeza. Se expresaba el primero con lentitud, y sus titubeos daban a veces la impresión de tartamudez; era el señor
Caraván y ocupaba el cargo de oficinal primero en el Ministerio de Marina. El otro había sido antaño oficial de Sanidad a
bordo de un barco mercante y acabó estableciéndose en la plazoleta de Courbevoie, en donde ejercitaba sobre la
desgraciada población los inseguros conocimientos de medicina que había recogido en su vida aventurera. Se llamaba Chenet,y se hacía llamar doctor. Corrían malas lenguas sobre su moralidad.
El señor Caraván llevó siempre la vida rutinaria de los burócratas. Todas las mañanas desde hacía treinta años marchaba
indefectiblemente a su despacho por el mismo camino, y se tropezaba, a la misma hora y en los mismos lugares, con las
mismas caras de hombres que se dirigían a sus negocios y por idéntico camino regresaba todas las tardes, encontrando
rostros idénticos, que iba viendo envejecer.
Todos los días compraba por unas monedas su periódico en la esquina del faubourg Saint-Honoré; iba luego en busca de dos
panecillos, y penetraba finalmente en el Ministerio, a la manera del reo que se constituye en prisión. Una vez dentro, se
dirigía con paso rápido y corazón desasosegado a su despacho temiendo siempre encontrarse con una reprimenda motivada por cualquier posible negligencia suya.
Ningún incidente vino jamás a variar la rutina monótona de su existencia porque nada le afectaba como no fuesen los
asuntos de oficina, el escalafón y las gratificaciones. No sabía hablar de otra cosa que de los asuntos del servicio lo
mismo cuando se encontraba en el Ministerio que cuando estaba con los suyos —porque se había casado con la hija de un
colega que no llevó consigo dote alguna.
Atrofiado por la tarea embrutecedora y cotidiana, no había en su espíritu lugar para pensamientos esperanzas, ensueños
que no guardasen relación con su Ministerio. Pero todos sus goces de empleado tenían un dejo de amargura que los echaba a perder: el acceso a los cargos de jefe y subjefe de los señores comisarios de Marina, de los hojalatero, mote que se les
daba por sus galones de plata. Este era el tema que todas las noches, mientras cenaba, le daba ocasión para exponer ante
su esposa, que compartía sus rencores, los irrebatibles argumentos que demostraban la iniquidad que suponía desde todo
punto de vista el dar puestos en París a unas gentes cuyo puesto estaba en el mar.
Era ya viejo, pero su vida se había deslizado sin que él se diese cuenta, porque había pasado, sin transición del colegio
al Ministerio y si en aquél temblaba de los pasantes, en éste siguió temblando de los jefes, que le inspiraban verdadero
pánico. El umbral del despacho de estos déspotas de oficina lo azogaba de pies a cabeza y de aquel terror continuo le
había quedado su cortedad, la actitud humilde y una como tartamudez nerviosa.
Conocía de París lo que puede conocer un ciego al que su perro deja cada día bajo la misma puerta, y los hechos y
escándalos que leía en su periódico barato no tenían para él otro alcance que el de unos cuentos fantásticos, inventados
a capricho para distracción de los pobres empleados. Pasaba por alto las informaciones políticas, que ya su periódico le
servía desfiguradas y a gusto del partido que lo pagaba; él era hombre de orden, reaccionario, sin partido determinado,
pero enemigo de todas las “novedades”. Por las tardes, cuando subía por la avenida de los Campos Elíseos, miraba aquella
agitada muchedumbre de paseantes y la marca retumbante de los carruajes con los ojos de un viajero extrañado que
atraviesa países lejanos.
Por haber cumplido aquel mismo año los treinta de servicio obligatorio, lo habían condecorado a primeros de enero con la
cruz de la Legión de Honor, que sirve a las administraciones militarizadas para recompensar la larga y lamentable
servidumbre —que ellas califican de leales servicios prestados— de estos tristes galeotes, remachados a la carpeta verde.
Aquella inesperada dignidad alteró de arriba abajo sus costumbres, revistiéndolo de una idea nueva y elevada de su
capacidad. Suprimió en adelante los pantalones de color y las americanas de fantasía, y ya sólo vistió pantalones negros
y levita larga, en la que su “cinta”, muy ancha, resaltaba más. De la noche a la mañana se transformó en otro Caraván, de
hablar hueco, porte majestuoso, protector, que se afeitaba todas las mañanas, se limpiaba con más esmero las uñas y se
mudaba cada dos días de ropa interior, movido de un legítimo sentimiento de decoro y de respeto a la Orden nacional.
Estando en casa, no se le caía de la boca lo de “mi cruz”. Le acometió un orgullo tan desmedido, que se le hacía
insoportable el ver cinta alguna en el ojal de la solapa de los demás. Las condecoraciones extranjeras, sobre todo, lo
sacaban de quicio— “no se debía tolerar que nadie las llevase en Francia”—, y tenía especial inquina al doctor Chenet, a
quien todas las tardes encontraba en el tranvía luciendo siempre un distintivo, fuese blanco, azul, anaranjado o verde.
Por lo demás, desde el Arco de Triunfo hasta Neuilly, la conversación de aquellos dos hombres nunca variaba. Al igual que
los días precedentes empezaron en esta ocasión por ocuparse de ciertos abusos locales que los exasperaban a los dos,
poniendo al alcalde de Neuilly por los suelos. Caraván, cosa inevitable estando con un médico, abordó el capítulo de las
enfermedades, con la esperanza de espigar gratuitamente algunos consejos interesantes, y quién sabe si una consulta,
dándose maña para que no se le viese el juego. Es preciso decir que su madre le traía intranquilo de un tiempo a esta
parte. La acometían síncopes frecuentes y prolongados, pero no admitía que la cuidasen como era debido, aunque había
cumplido ya los noventa.
Caraván se mostraba enternecido con la avanzada edad de su madre, y hacía con insistencia al doctor Chenet la misma
pregunta: “¿Ve usted a mucha gente de sus años?”. Y se frotaba las manos de gusto, no precisamente porque estuviese muy
interesado en que aquella buena señora se eternizase sobre la tierra, sino porque la prolongada vida de la madre era como
una promesa para el hijo.
Siguió diciendo: “La verdad es que en mi familia se vive largo. Tengo la certeza de que yo mismo, salvo accidente, me
moriré de viejo.” El oficial de Sanidad le lanzó una mirada compasiva, examinó un instante la cara coloradota de su
vecino, el gordo cerviguillo, la panza que le colgaba entre las piernas de una gordura flácida, el contorno apoplético de
oficinista sedentario y sin nervio, y, como resultado de ese examen, se echó atrás de un papirotazo el panamá de color
arratonado que le cubría la cabeza, y contestó con retintín:
—De eso hay mucho que hablar, compadre porque su vieja es de temperamento nervioso, y usted es gordo y fofo.
Caraván se calló, desconcertado.
El tranvía llegó a la estación. Los dos compañeros echaron pie a tierra, y el señor Chenet convidó a un trago de vermut
en el café del Globo, que se hallaba enfrente, y del que uno y otro eran clientes habituales. El dueño, amigo de ambos,
les alargó dos dedos de la mano, y ellos le dieron un apretón por encima de las botellas del mostrador; después se
dirigieron a una mesa en la que había tres aficionados al dominó que no se habían movido de allí en toda la tarde. Se
cruzaron frases cordiales, y el inevitable “¿Qué hay de nuevo?”. Los jugadores siguieron con su partida. Cuando los
recién llegados se retiraron, les dieron las buenas tardes. los jugadores les alargaron las manos sin alzar la cabeza y
cada cual se fue a comer a su casa.
Ocupaba Caraván, cerca de la plazoleta de Courbevoie una casita de dos pisos, y en el bajo estaba instalado un peluquero.
Dos dormitorios el comedor y la cocina, con un juego único de sillas, desencoladas y vueltas a encolar, que pasaban de
una habitación a otra, según lo exigía el momento, componían el departamento que la señora Caraván se entretenía en
limpiar, en tanto que su hija María Luisa, de doce años, y su hijo Felipe Augusto, de nueve, se entregaban a toda clase
de travesuras en los arroyos de la avenida, alternando con los pilluelos del barrio.
Caraván había instalado a su madre en el piso superior; ésta se había hecho popular en aquellos alrededores por su
avaricia, y su delgadez hacía decir a la gente que el Señor había echado mano, al hacerla, de sus mismos principios de
ahorro. Siempre malhumorada, no pasaba día sin riñas y arrebatos furiosos. Apostrofaba desde su ventana a los vecinos que
salían a la puerta de sus casas, los vendedores ambulantes de frutas y verduras, a los barrenderos y a los muchachos, y
éstos, en venganza, la iban siguiendo de lejos cuando salía a la calle, y le gritaban: “¡Ensuciacamas!”
Una criadita normanda, de un atolondramiento increíble, atendía los quehaceres de la casa, y dormía en el segundo piso,
junto a la vieja, por si le sobrevenía algún accidente.
Al entrar Caraván en casa, su mujer, atacada de la enfermedad crónica de hacer limpieza, sacaba brillo con un trapo de
franela a la caoba de las sillas, desparramadas por la soledad de las habitaciones. Siempre tenía puestos los guantes de
hilo; se adornaba la cabeza con una cofia de cintajos multicolores, que se le ladeaba sobre una o reja, y cuando alguien
la sorprendía con la cera, el cepillo, el limpiametales o la lejía, recitaba el mismo estribillo:
—No soy rica; todo es sencillo en mi casa, y el único lujo que puedo permitirme es el de la limpieza, que, después de
todo, suple a cualquier otro.
Estaba dotada de un sentido práctico tenaz, y su marido se dejaba llevar en todo por ella. Primero en la mesa, y después
en la cama, charlaban todas las noches largo y tendido de los asuntos de la oficina, y aunque él le llevaba veinte años,
se desahogaba con ella como con un director espiritual y no se apartaba de sus consejos.
Jamás había sido bonita, y en aquella época era fea, menuda y flaca. Su desmañada manera de vestir ocultó siempre ciertos
débiles atributos femeninos que se hubieran puesto de realce con un poco de arte en la disposición de su tocado. Las
faldas parecían colgarle siempre de un lado, y tenía el hábito, que llegaba a tomar visos de tic nervioso, de rascarse a
cada momento, en cualquier parte, sin preocuparse de los que estaban delante. En cuestión de adornos de su persona, no
iba más allá de los cintajos de seda, entrelazados profusamente en las cofias presuntuosas que usaba en casa.
Así que vio entrar a su marido, se levantó, y besándole en las patillas, le preguntó:
—¿Te acordaste de ir a casa de Potin, querido?
La pregunta se refería a un encargo que él había prometido hacer.
Se dejó caer, aterrado, en una silla: era la cuarta vez que lo olvidaba.
—Es una fatalidad —decía—, es una fatalidad: me paso el día pensando en que tengo que ir, pero así que llega la hora de
salir se me va de la memoria.
Al verlo afligido, ella le dijo para consolarlo:
—¿Qué más da? Ya te acordarás mañana. Y ¿qué hay de nuevo por el Ministerio?
—Un acontecimiento: otro hojalatero más que ha sido nombrado subjefe.
Ella se puso muy seria:
—¿En qué oficina?
—En la de compras al extranjero.
Ella mostró enfado:
—Entonces ha sido para el puesto de Ramón, precisamente el que yo hubiera querido para ti. ¿Y Ramón? ¿Retirado?
El balbució: “¡Retirado!”. Esto la encolerizó, y la cofia se le vino al hombro:
—Se acabó, pues. No hay que pensar en ese momio. Y ¿cómo se llama el tal comisario?
—Bonassot.
Echó ella mano al anuario que tenía siempre al alcance, y buscó: “Bonassot. Tolón. Nació en 1851. Alumno comisario en
1871. Subcomisario en 1875”. De súbito le preguntó:
—¿Es de los que han navegado?
Esta pregunta tranquilizó a Caraván. Su panza se vio sacudida por un acceso de regocijo:
—Lo mismo que Balin, lo mismísimo que Balin, su jefe —y agregó, riéndose con más fuerza, una broma muy gastada que a los del Ministerio los divertía muchísimo-: Que no los envíen de inspección al apostadero naval de Point-du-Jour, porque se
marearían en la escampavía.
Pero su mujer seguía muy seria, como si no le hubiese oído, y al fin murmuró rascándose la barbilla:
—¡Qué lástima, no disponer de un diputado! Si alguien contase en la Cámara todo lo que ocurre en esa casa, el ministro
saltaría en el acto...
Le cortaron la frase los gritos que estallaron en la escalera. María Luisa y Felipe Augusto, que regresaban de la calle,
se propinaban, a medida que subían, bofetadas y puntapiés. La madre se precipitó furiosa, tomó a cada uno por un brazo, y
de una sacudida vigorosa los metió en el departamento.
Al ver a su padre, corrieron hacia él: los besó con ternura, con fruición; luego se sentó, los puso sobre sus rodillas y
lió con ellos una charla íntima.
Felipe Augusto era un rapazuelo feo de ver, despeinado, sucio de los pies a la cabeza, con expresión de idiota. María
Luisa se asemejaba ya a su madre, se expresaba igual que ella, repetía sus dichos y hasta imitaba sus gestos. También
ella preguntó:
—Y ¿que hay de nuevo por el Ministerio?
A lo que el padre contestó, regocijado:
—Que tu amigo Ramón el que viene a cenar con nosotros todos los meses, nos abandona Lísita. Han puesto en su lugar a un nuevo subjefe.
Clavó ella la mirada en la cara de su padre, y le dijo con un tono de lástima, propio de niña precoz:
—Otro más que te ha echado a la cola, ¿no es eso?
Al padre se le cortó la risa, y no contestó; después, para cambiar de conversación, preguntó a su mujer, que se había
puesto a limpiar los vidrios:
—¿Mamá sin novedad, arriba?
La señora Caraván dejó de frotar, se volvió, enderezó la cofia que se le escapaba hacia la espalda y contestó con labios
trémulos:
—De tu madre te quiero hablar, precisamente ¡Me ha hecho una de las suyas! Figúrate que la señora Lebaudin, la mujer del
peluquero, subió hace un rato para pedirme prestado un paquete de almidón; yo había salido y tu madre la ha echado de la
puerta, tratándola de mendiga. Me ha tenido que oír la vieja; aunque se ha hecho la desentendida, como siempre que se le
cantan las verdades; pero que te conste que está tan sorda como yo; todo lo suyo es cuquería, y la prueba la tienes en
que se ha subido derechita a su cuarto, sin decir esta boca es mía.
Caraván, corrido, no contestó y en ese instante hizo acto de presencia la criadita para anunciar precisamente que la cena
estaba lista. Entonces él echó mano a un palo de escoba que tenían siempre oculto, y dio tres golpes en el cielo raso.
Luego pasaron al comedor, y la señora Caraván, la joven, sirvió la menestra, mientras esperaban que bajase la anciana.
Esta se retrasaba, y la sopa iba enfriándose, en vista de lo cual se pusieron a comer sin prisa; quedaron vacíos los
platos y volvieron a esperar. La señora Caraván, furiosa, la tomó con su marido:
—Lo hace a propósito, ¿comprendes? Porque sabe que te pones siempre de su parte.
El marido, muy perplejo y cogido entre dos fuegos, envió a Maria Luisa en busca de su abuela, y se quedó inmóvil, con los
ojos bajos, mientras su mujer daba golpecitos rabiosos con la punta de su cuchillo en el extremo inferior de su vaso.
La puerta se abrió de improviso y volvió a entrar la niña, sola, sin aliento y muy pálida, diciendo precipitadamente:
—Abuela está caída en el suelo.
Caraván se puso en pie de un salto, tiró la servilleta sobre la mesa y se lanzó hacia el piso de arriba, resonando en la
escalera su paso firme y precipitado. Su mujer, que supuso que era todo una treta de su suegra, le siguió sin prisa,
encogiéndose despectivamente de hombros.
La anciana yacía cuan larga era boca abajo, en medio de la habitación. Cuando su hijo dio vuelta al cuerpo apareció su
cara seca e inmóvil, de piel amarillenta, arrugada, curtida, con los ojos cerrados, apretados los dientes flaca y rígida.
De rodillas junto a ella, gimoteaba Caraván:
—¡Pobre madre mía, pobre madre mía!
Pero la otra señora Caraván dictaminó, después de mirarla unos momentos:
—¡Bah! Otro síncope más, y eso es todo. Créeme, lo ha hecho para estropeamos la cena.
Trasladaron el cuerpo a su cama, lo desnudaron por completo, y todos —Caraván, su mujer y la criada— se dedicaron a darle fricciones. Pero por más que hicieron no volvió en sí. Enviaron entonces a Rosalía en busca del doctor Chenet. Vivía en
el muelle, en dirección a Suresne. La distancia era grande y la espera fue larga. Pero, al fin llegó, y después de
examinar, palpar y auscultar a la anciana, pronunció el veredicto:
—Esto se acabó.
Caraván se arrojó sobre el cuerpo, sacudido por sollozos precipitados. Besaba convulsivamente la cara rígida de su madre,
llorando con tal profusión, que su lágrimas caían como gotas de agua sobre el rostro de 1a difunta.
La otra señora Caraván sufrió un acceso bastante decoroso de dolor; en pie detrás de su marido, lanzaba débiles gemidos y
se frotaba con obstinación los ojos.
De improviso se enderezó Caraván; tenía el rostro abotagado, los ralos cabellos en desorden y estaba feísimo con la
sinceridad de su dolor.
—¿Está usted seguro, doctor..., completamente seguro?
El oficial de Sanidad se acercó rápidamente, manipuló el cadáver con destreza profesional, y en seguida expresó:
—Vea, amigo; fíjese en este ojo.
Levantó el párpado y apareció bajo su dedo la mirada de la anciana, como cuando estaba viva, con la pupila un poco más
dilatada tal vez. Caraván recibió un golpe en pleno corazón, y el espanto caló hasta el tuétano de sus huesos. El señor
Chenet cogió el brazo crispado, tiró de los dedos para abrirlos con fuerza y con la expresión airada de quien discute con
un contradictor, siguió diciendo:
—¿Y esta mano? ¿Qué me dice de esta mano? Tranquilícese: yo no me equivoco nunca en casos como éste.
Caraván se dejó caer otra vez sobre la cama, se revolcó, casi casi berreó; su mujer, entre tanto, sin dejar de lloriquear,
hacía lo necesario. Acercó la mesa de noche, la cubrió con un paño blanco, colocó encima cuatro velas, las encendió,
sacó de detrás del espejo de la chimenea un manojo de boj que estaba allí colgado, lo colocó en medio de las velas sobre
un plato y llenó éste de agua clara, a falta de agua bendita. Cruzó por su cabeza un pensamiento, y cogiendo un pellizco
de sal lo echó en el agua, imaginando sin duda que así suplía la bendición.
Cuando terminó de ejecutar aquel simbolismo, inseparable de la muerte, permaneció en pie, inmóvil. El oficial de Sanidad,
que la había ayudado, le dijo por lo bajo:
—Hay que llevarse de aquí a Caraván.
Hizo una señal afirmativa, se acercó a su marido, que seguía sollozando de rodillas, y lo alzó por un brazo, a tiempo que
el señor Chenet lo levantaba del otro. Empezaron por sentarlo en una silla; su mujer, besándole en la frente, le echó un
pequeño sermón. El oficial de Sanidad apoyaba sus razonamientos, le recomendaba entereza, valor, resignación; en fin,
todo lo que nadie tiene en las desgracias fulminantes. Cuando ya no tuvieron nada que decir, volvieron a cogerlo del
brazo y se lo llevaron.
Lagrimeaba, como un muchacho grande, con hipos convulsivos, desmadejado, con los brazos colgantes y las piernas flojas;
bajó la escalera sin darse cuenta, moviendo maquinalmente los pies.
Lo dejaron en el sillón que ocupaba siempre para comer, frente a su plato casi vacío, que aún tenía la cuchara metida en
un resto de sopa. Y allí se quedó, sin moverse, con la mirada clavada en su vaso, tan entontecido que ni pensar podía.
En un rincón del comedor hablaba la señora Caraván con el médico: se enteraba de las formalidades que había que llenar,
pedía informes prácticos. El señor Chenet, que parecía estar esperando algo, acabó por coger su sombrero y se despidió
diciendo que no había cenado. Ella exclamó entonces:
—Pero cómo, ¿no ha cenado usted? Quédese, doctor. quédese. Se le servirá de lo que hay, porque ya supondrá que nosotros no estamos para comer gran cosa.
Rehusó, excusándose; ella insistió:
—Quédese, se lo ruego. En momentos como éste, se agradece la compañía de los amigos. Además, tal vez usted consiga que marido se consuele un poco. Está muy necesitado de que le den ánimos.
El doctor asintió con la cabeza, y dejó el sombrero encima de un mueble.
—Siendo así, acepto, señora.
Dio ella instrucciones a Rosalía, que estaba como desatinada y tomó asiento a la mesa, según dijo, “para hacer que comía,
y acompañar al doctor”. Se volvió a servir la sopa fría. El señor Chenet aceptó otro plato. Vino después una fuente de
cuajada a la lionesa, que esparció un aroma de cebolla, decidiéndose la señora Caraván a probarla.
—Está sabrosísima —dijo el doctor.
La señora se sonrió:
—¿Verdad que sí? —se volvió hacia su marido para decirle—: Haz por comer un poco, mi pobre Alfredo, aunque sólo sea para echar alguna cosa al estómago. Piensa en que tienes que velar.
Caraván alargó dócilmente el plato, lo mismo que se habría metido en cama si se lo hubiesen pedido, obedeciendo en todo,
sin resistencia y sin reflexión. Y comió.
El doctor se sirvió a sí mismo por tres veces: la señora Caraván pinchaba de cuando en cuando con su tenedor una buena
presa, y la engullía con calculado descuido.
Cuando sacaron una ensaladera rebosante de macarrones, murmuró el doctor:
—¡Caramba!... Esto parece cosa buena.
La señora Caraván no dejó esta vez a nadie sin servir. Llenó hasta los platillos en que metían sus dedos los niños, y
éstos, sin nadie que se ocupase de ellos, bebían vino puro y se acometían a puntapiés por debajo de la mesa.
El señor Chenet trajo a colación el gusto de Rossini por este plato italiano. De pronto soltó esta gracia:
—Se podría hacer un cuplé:
El maestro Rossini
pedía macarrones...
Pero nadie le prestaba atención. La señora Caraván se quedó de pronto pensativa, y repasaba mentalmente las probables
consecuencias de aquel acontecimiento, mientras que su marido hacía bolitas de pan entre los dedos, las colocaba luego en
el mantel y se quedaba mirándolas fijamente con expresión estúpida. Le abrasaba una sed ardiente, y a cada momento se
llevaba a la boca el vaso lleno de vino hasta los bordes. La conmoción y el dolor habían hecho perder el aplomo a su
razón; ésta parecía flotar, girar ingrávida en el repentino estupor de los comienzos de una digestión difícil.
Por su parte, el doctor bebía como una cuba y daba ya señales de estar borracho. la misma señora Caraván, que no bebía
más que agua, sufría la reacción que sigue a toda sacudida nerviosa, se mostraba excitada, inquieta, y su cabeza estaba
algo confusa.
El señor Chenet empezó a referir anécdotas, que a él le parecían chistosas, de escenas mortuorias En los suburbios de
París, donde abunda la población procedente de provincias, se tropieza uno con la indiferencia propia del campesino hacia
los difuntos. ya pueden ser éstos el padre o la madre. Hay una irrespetuosidad una inconsciencia feroz, que es corriente
en el campo, pero muy rara en la capital.
—La semana pasada, sin ir más lejos —agregó. me llaman de la calle de Puteaux y allá voy. Me encuentro con que el enfermo era ya cadáver, y junto a la cama a la familia, que se bebía tranquilamente una botella de anís, que habían comprado el
día anterior, para satisfacer un capricho del moribundo.
La señora Caraván no le escuchaba; toda su atención estaba concentrada en la herencia. El señor Caraván se había quedado con el cerebro vacío y era incapaz de comprender nada.
Se sirvió el café, muy cargado, como para levantar los ánimos. Se le regó de coñac, y cada taza hizo subir a las mejillas
de los bebedores un súbito rubor, confundiendo aún más las últimas ideas de aquellos espíritus ya vacilantes.
El doctor echó mano de pronto a la botella del aguardiente, y sirvió a todos la última. No hablaban; embotados por el
suave calor de la digestión, embebidos, a pesar suyo, en el bienestar puramente animal que el alcohol proporciona después
de comer, saboreaban muy despacio el coñac azucarado, que formaba un almíbar amarillento en el fondo de las tazas.
Los chicos se habían quedado dormidos y Rosalía los acostó.
Maquinalmente empujado por la necesidad de aturdirse que domina a los desgraciados se sirvió Caraván aguardiente varias
veces. Sus ojos, de mirada estúpida, resplandecían.
El doctor se levantó, al fin, para marcharse y cogió a su amigo del brazo:
—¡Ea!, venga conmigo —le dijo—. Le sentará bien un poco de aire fresco. No conviene estarse quieto cuando nos domina la
pena.
El otro obedeció dócilmente, se puso el sombrero, tomó el bastón y salió; los dos, agarrados del brazo, fueron caminando
hacia el Sena, bajo la claridad de las estrellas.
Flotaban hálitos embalsamados en la noche calurosa, porque era la estación en que todos los jardines del contorno se
cuajan de flores, y sus perfumes que duermen durante el día, parecen despertar cuando llega el crepúsculo, y se esparcen
diluidos en las brisas ligeras que corren por la oscuridad.
La ancha avenida estaba desierta y silenciosa, flanqueada por dos hileras de faroles de gas, que se alargaban hasta el
Arco de Triunfo. Allá lejos, envuelto en roja neblina, rebullía París ruidosamente. Era como un retumbo continuo, al que
de tiempo en tiempo parecía responder a lo lejos, en la llanura, el silbido de un tren, que se acercaba a toda marcha, o
que huía, cruzando la provincia, hacia el Océano.
Al recibir aquellos dos hombres en la cara el aire de la calle, se quedaron al pronto sorprendidos; el doctor se tambaleó,
y Caraván sintió que se multiplicaban los vértigos que venían acometiéndole desde la cena. Caminaba como entre sueños,
con la inteligencia embotada, paralizada, sin que el dolor le aguijonease embargado por una especie de insensibilidad
moral que le hacía incapaz de sufrir; parecía que le hubiesen quitado un peso del alma, y los tibios vapores que se
esparcían en la noche aumentaban esta sensación de alivio.
Cuando llegaron al puente, torcieron a mano derecha, y el río les lanzó en pleno rostro una fresca bocanada. Corría,
melancólico y sosegado, delante de un cortinaje de altos álamos, y las estrellas nadaban en el agua, zarandeadas por la
corriente. La neblina blancuzca que flotaba en el ribazo de enfrente enviaba a sus pulmones un olor de humedad; Caraván
se detuvo bruscamente, sorprendido por aquel aroma del río que agitaba en su corazón memorias muy lejanas.
Volvió a ver de improviso a su madre, la de otros tiempos, la de su niñez, de rodillas y encorvada delante de la puerta
de su casa, allá en Picardía, lavando en el arroyuelo que cruzaba el jardín la ropa amontonada a su lado. En medio del
silencio sereno del campo oía el golpear de la ropa sobre la tabla y su voz que gritaba: “Alfredo, tráeme jabón”. Era
este mismo olor de agua que corre, la misma neblina que se desprendía de las tierras empapadas la misma vaporosidad
pantanosa; aquel sabor le había quedado para siempre imborrable, y volvía a sentirlo precisamente la noche misma en que
su madre acababa de morir.
Se detuvo como envarado por un suave arrebato de desesperación. Fue un relámpago que aclaró de golpe todo el alcance de su desgracia; aquel soplo errante que se atravesó en su camino lo precipitó en el negro abismo de los dolores
irremediables Sintió el alma desgarrada por aquel separarse para siempre. Quedaba su vida truncada por la mitad; su
juventud entera desaparecía, engullida por aquella muerte. Allí acababa el antiguamente, se esfumaban las memorias de la
adolescencia; nadie quedaba ya para hablarle de las cosas de antes, de las personas que conoció en otros tiempos, de su
tierra, de él mismo, de las intimidades de su vida pasada. Era un pedazo de su mismo ser el que había dejado de existir;
en adelante, correspondía morir al resto.
Empezó a llamar, uno tras otro, a sus recuerdos. Apareció la mamá de más joven, vestida de prendas que se habían ajado
sobre ella, que de tanto usarlas parecían inseparables de su persona; la veía en mil momentos que ya tenía olvidados: con
rasgos que ya se habían borrado, con sus gestos, las inflexiones de su voz, con sus costumbres, manías, indignaciones,
con las arrugas de su cara, los movimientos de sus dedos descarnados y en todas las actitudes familiares que ya no
volvería a tener más.
Lanzó algunos gemidos, agarrándose al doctor. Sus flácidas piernas temblaban; toda su voluminosa persona sufría las
sacudidas de los sollozos, mientras que balbucía:
—¡Madre mía, pobre madre, pobre madre mía!...
Pero su compañero, que seguía borracho y que soñaba con acabar la velada en ciertos lugares que frecuentaba en secreto,
se impacientó con aquel acceso agudo de dolor, lo hizo sentarse en la hierba de la orilla y lo abandonó al poco rato con
el pretexto de que tenía que ver a un enfermo.
Caraván lloró largo rato; cuando se le agotaron las lágrimas; cuando todo su dolor se derritió en agua, como quien dice,
experimentó otra vez alivio, sosiego, tranquilidad súbita.
Había salido la luna, y bañaba el horizonte con su luz plácida. Los grandes álamos se erguían con reflejos de plata, y la
niebla se alzaba sobre la llanura como nieve flotante; ya no nadaban las estrellas en el río; lo revestía una capa de
nácar y seguía deslizándose, rizado por escalofríos brillantes. La atmósfera era suave y perfumada la brisa. El sueño de
la tierra estaba impregnado de languidez y Caraván bebía aquella suavidad de la noche; aspiraba profundamente y tenía la
sensación de que un frescor, un sosiego, una paz sobrehumana le iba calando hasta la extremidad de sus miembros.
Sin embargo, no se resignaba a dejarse invadir por aquel bienestar, y repetía:
—Madre mía, pobre madre.
Y hacía fuerza para llorar, recurriendo a una especie de sentido del deber de hombre honrado; pero todo era en vano, y
los mismos pensamientos que hacía poco le habían arrancado tan grandes sollozos no despertaron ya en él tristeza alguna.
Se levantó con el propósito de volver a su casa, y deshizo lo andado con paso lento, envuelto en la tranquila
indiferencia de la naturaleza serena, y con el corazón apaciguado, a pesar suyo.
Al llegar al puente, distinguió la linterna del último tranvía que estaba preparado para arrancar y, más allá, los
ventanales iluminados del café del Globo.
Lo acometió la necesidad de contarle a alguien la catástrofe, de excitar la conmiseración, de hacerse el interesante.
Adoptó una expresión compungida, empujó la puerta del establecimiento y avanzó hacia el mostrador, en el que el dueño
vociferaba como siempre. Había calculado ya la impresión que produciría: todos los concurrentes se pondrían en pie al
verlo, yendo hacia él con la mano extendida: “Pero ¿qué le pasa?”. Nadie reparó en el desconsuelo que se retrataba en su
rostro. Puso los codos sobre el mostrador y se apretó la frente entre las manos, murmurando:
—¡Dios mío, Dios mío!
El dueño se quedó mirándolo.
—¿Se siente enfermo, señor Caraván?
Este contestó:
—No, querido amigo; es que acaba de fallecer mi madre.
El dueño dejó escapar un “¡Ah!” distraído: pero en aquel instante gritó desde el fondo del local un cliente:
—Oiga, un bock, por favor.
El dueño le contestó en el acto con su vozarrón:
—Ahora mismo. ¡Bruum! Ya está —y se precipitó con su servicio, dejando a Caraván estupefacto.
Los tres aficionados al dominó seguían jugando, absortos y como pegados a los asientos, en la misma mesa en que los vio
antes de cenar. Caraván se acercó para mendigar compasión. Advirtiendo que no se daban por enterados de su presencia, se decidió a hablar:
—Después que estuve aquí me ha ocurrido una gran desgracia.
Los tres alzaron un poco la cabeza al mismo tiempo, pero sin quitar ojo a las fichas que tenían en la mano.
—¿Sí? ¿Qué ha sido?
—Acaba de fallecer mi madre.
Uno de los jugadores murmuró: “¡Vaya!”, con ese tono de lástima que suena a falso, de los indiferentes. Otro, que no
encontró de momento palabras, movió la cabeza y dejó escapar una especie de silbido triste. El tercero reanudó el juego,
como diciéndose para sus adentros: “Si no es más que eso....”
Caraván esperaba una de esas frases que, como suele decirse, brotan del corazón. Al ver la acogida que se le dispensaba,
se alejó, indignado de la tranquilidad que demostraban ante el dolor de un amigo, aunque para entonces aquel dolor se
había embotado de tal manera que ni él mismo lo sentía.
Se marchó.
Su mujer, en camisón, le esperaba sentada en una silla baja, junto a la ventana abierta, dándole siempre vueltas a la
idea de la herencia.
—Desnúdate —le dijo—. Tenemos que hablar; pero lo haremos en la cama.
El levantó la cabeza, señalando el techo con la mirada:
—Pero... arriba no hay nadie.
—Sí, señor; está Rosalía con ella, y tú la relevarás a las tres, cuando hayas echado un sueño.
Por lo que pudiera ocurrir, Caraván se quedó en calzoncillos, se ató un pañuelo alrededor del cráneo y se reunió con su
mujer, que acababa de meterse entre las sábanas.
Permanecieron un rato sentados, el uno junto al otro. Ella meditaba. A pesar de la hora que era, su cofia lucía un nudo
rosa y se ladeaba hacia una oreja, para no apartarse de la invencible costumbre de todas las que se ponía.
De improviso, volvió la cara hacia su marido, y le dijo:
—¿Sabes si tu madre ha hecho testamento?
El titubeó:
—Yo creo... que no... Desde luego que no... no lo ha hecho.
La señora Caraván clavó su mirada en los ojos de su marido, y cuchicheó con voz rabiosa:
—Pues se ha portado cochinamente, después de diez años que llevamos matándonos por servirle, dándole casa y poniéndole mesa. No habría sido tu hermana capaz de hacer por ella lo que nosotros, ni yo tampoco lo habría hecho de haber sabido el
pago que me esperaba. Te digo que eso es una mancha para su memoria. Me dirás que nos abonaba una pensión; pero no es dinero con. lo que se pagan las atenciones de los hijos; se deja constancia de ellas, después de la muerte, con un
testamento. Eso es lo que hacen las gentes que tienen dignidad. De modo, pues, que me he molestado y me he desvivido en
balde. ¡Es una indecencia! ¡Es una verdadera indecencia!
Caraván, fuera de sí, repetía:
—Mujer, mujer, por favor; yo te lo ruego.
Ella acabó por calmarse, y volvió al tono de sus diarias conversaciones:
—Habrá que avisar a tu hermana mañana temprano.
El dijo con sobresalto:
—Es cierto; no se me había ocurrido. Le pondré un telegrama en cuanto amanezca.
Ella le interrumpió, como mujer que lo tiene todo previsto:
—No, envíaselo entre las diez y las once, para que tengamos tiempo de desenvolvernos antes que lleguen, porque desde
Charenton hasta aquí tienen para dos horas o más. Les diremos que no sabías lo que hacías. Con avisarles por la mañana
habremos cumplido.
Caraván se dio una palmada en la frente y exclamó con el acento de cortedad que adoptaba siempre para referirse a su jefe,
porque sólo con pensar en él ya se echaba a temblar:
—Habrá que avisar también al Ministerio.
Ella replicó:
—¿Avisar? ¿Por qué? En momentos como éste, nadie puede molestarse por un olvido. Si me hicieses caso, no avisarías; tu
jefe se tendría que callar y le harás pasar un berrinche.
—¡Pero bien gordo que lo va a pasar cuando vea que falto! Tienes razón, tu idea es genial. Se le van a atragantar las
palabras cuando le diga que ha muerto mi madre.
El chupatintas, encantado de la jugarreta, se frotaba las manos, imaginándose la cara que pondría su jefe. En aquel
momento, y en la habitación de encima de él, yacía el cuerpo de la anciana, y a su lado dormía la criada.
La señora Caraván permanecía en actitud recelosa, como obsesionada por un problema difícil de expresar. Pero, al fin, se
decidió:
—Tu madre te dijo que era para ti su reloj, el de la muchacha del emboque, ¿no es cierto?
El rebuscó en su memoria, y contestó:
—Sí, en efecto; pero de esto hace mucho tiempo; fu cuando vino a vivir aquí. Me dijo: “El reloj será para ti, me cuidas
bien”.
La señora Caraván, tranquilizada con esto, se expresó ya con todo sosiego:
—Siendo así, habrá que ir por él, creo yo, porque si damos tiempo a que venga tu hermana, no consentirá que lo tomemos.
El titubeaba:
—¿Crees tú?...
Ella se molestó.
—¡Naturalmente que lo creo! Una vez que lo tengamos aquí, si te he visto no me acuerdo; nuestro y nada más que nuestro.
Lo mismo que la cómoda que tiene en su habitación, la de la cubierta de mármol: ésa me la dio a mí un día que estaba de
buenas. Bajaremos las dos cosas al mismo tiempo.
Caraván no parecía muy convencido.
—¡Pero mujer, contraemos una gran responsabilidad!
Ella se revolvió, furiosa:
—¿De veras? ¿Vas a ser el mismo de siempre? Eres capaz, por no dar un paso, de dejar que tus hijos mueran de hambre; de eso eres tú capaz. Puesto que ella me la dio, nuestra es la cómoda; no vas a decir que no. Y si le molesta a tu hermana,
que venga a decírmelo a mí. Mucho se me da a mí de tu hermana. ¡Ea, levántate, y traeremos en seguida las cosas que tu
madre nos ha dado!
Trémulo y derrotado, salió Caraván de la cama y fue a meterse los pantalones; pero ella no le dejó:
—¿Para qué te vas a vestir? Sube en calzoncillos, no hay necesidad de más; yo iré tal como estoy.
Los dos echaron a andar en ropas menores; subieron las escaleras sin hacer ruido, abrieron con precaución la puerta y
penetraron en la habitación. Las cuatro velas encendidas alrededor del plato de boj bendito parecían ser los únicos
guardianes de la anciana, que descansaba rígida, porque Rosalía dormía con leve ronquido, repantigada en su poltrona, con
las piernas estiradas, las manos cruzadas encima de la falda, la cabeza caída a un lado y la boca abierta.
Caraván se posesionó del reloj. Era uno de tantos cachivaches grotescos que produjo en abundancia el arte imperial. Una
figura de chica joven, de bronce dorado, con la cabeza adornada de flores variadas, tenía en la mano un emboque cuya bola
servía de péndulo.
—Dámelo a mí, y coge tú el mármol de la cómoda —le dijo su mujer.
Obedeció, dando resoplidos, y se echó al hombro el mármol con no pequeño esfuerzo.
Hicieron un viaje. Caraván se agachó al pasar la puerta y bajó las escaleras temblando; su mujer caminaba de espaldas,
alumbrándole con una mano y sujetando con la otra el reloj, debajo del brazo.
Una vez dentro de su departamento, dejó ella escapar un profundo suspiro:
—Lo más difícil está hecho; vamos por lo demás.
Pero los cajones del mueble estaban completamente llenos de ropa de la anciana. Había que esconderla en algún lado.
La señora Caraván tuvo una inspiración:
—Súbeme el baúl de madera de pino que hay en el vestíbulo. No vale ni dos francos. Aquí estará perfectamente.
Una vez el baúl arriba, comenzó el traslado.
Uno tras otro, iban sacando los puños y cuellos postizos, las camisas, las cofias, todos los modestos trapos de aquella
buena mujer que estaba tendida allí, a sus mismas espaldas, y los iban colocando metódicamente en el baúl de madera, de
forma que cayese en el engaño la señora Braux, la otra hija de la difunta, a la que esperaban que llegase sin falta al
día siguiente.
Terminada esta tarea, bajaron en primer lugar los cajones y después el cuerpo del mueble, agarrándolo cada uno de un lado.
Estuvieron largo rato calculando en qué sitio quedaría mejor. Optaron por colocarlo en el dormitorio, frente a la cama,
entre las dos ventanas.
Puesta la cómoda en su sitio, colocó en ella la señora Caraván su propia ropa. El reloj quedó encima de la chimenea de la
sala; la pareja se quedó estudiando el efecto que producía. Su satisfacción fue completa e inmediata.
—¡Magnífico! —exclamó ella.
Y él respondió:
—Sí, magnífico.
Entonces se acostaron. Apagó ella la vela, y al poco rato dormían todos en los dos pisos de la casa.
Era pleno día cuando Caraván abrió los ojos. Despertó con la cabeza algo aturdida, y tardó algunos minutos en acordarse
del acontecimiento. Le dio un gran vuelco el corazón y saltó de la cama, muy emocionado, con ganas de llorar.
Subió inmediatamente a la habitación del piso superior. Rosalía continuaba durmiendo, en la misma postura de la víspera,
porque se había pasado toda la noche en un solo sueño. La envió a su trabajo, cambió las velas gastadas por otras y se
quedó contemplando a su madre, mientras cruzaban por su cerebro los pensamientos aparentemente. profundos, las
vulgaridades religiosas y filosóficas que asaltan a las inteligencias corrientes en presencia de la muerte.
Al oír que lo llamaba su mujer, bajó. Había preparado ella una lista se todo lo que tenía que hacer por la mañana, y se
la entregó. Al ver todos aquellos renglones, se quedó Caraván aterrado:
1º Declarar la defunción en la Alcaldía.
2º Avisar al médico que certifica las defunciones.
3º Encargar el féretro.
4º Pasar por la iglesia.
5º Avisar a la funeraria.
6º Ir a la imprenta a buscar las esquelas.
7º A casa del notario.
8º Poner un telegrama a la familia.
Y una barahúnda de otros pequeños encargos. Cogió su sombrero y se marchó.
Como la noticia había corrido, empezaron a llegar vecinas para ver a la muerta.
En la peluquería de la planta baja se había desarrollado ya una escena a este propósito entre la mujer y el marido, que
estaba afeitando a un cliente.
La mujer, sin dejar de hacer calceta, murmuro:
—Otra que se ha ido; pero ésta era una avara como no hay muchas. La verdad es que yo no le tenía ninguna simpatía, pero
no tendré más remedio que ir a verla.
El marido refunfuñó mientras enjabonaba la barba del paciente:
—¡Vaya un capricho! ¡Hay que ser mujer para eso! No les basta con fastidiar a la gente en vida, que ni aun después de
muerto le dejan a uno tranquilo.
Pero su esposa, sin desconcertarse, siguió diciendo:
—No puedo resistirlo; tengo que ir. No pienso en otra cosa desde que ha amanecido. Creo que si no la viese no conseguiría
olvidarme de ella en toda mi vida. Cuando la haya mirado bien y me haya quedado con su cara, me sentiré tan satisfecha.
El de la navaja se encogió de hombros y se explayó con el señor a quien estaba raspando la mejilla:
—¿Me quiere usted decir qué ideas tienen en la cabeza estas condenadas mujeres? Lo que es a mí, maldita la gracia que me
hace ver a un muerto.
Pero su mujer había escuchado sus palabras y le contestó sin turbarse:
—¿Y qué quieres? Somos así.
Dejó encima del mostrador su trabajo de punto y subió al primer piso.
Habían llegado ya dos vecinas y conversaban acerca del suceso con la señora Caraván, que les daba toda clase de detalles.
Se dirigieron a la cámara mortuoria. Las cuatro penetraron a paso de lobo; rociaron, una después de otra, la sábana con
el agua salada, se arrodillaron, se persignaron, mascullando una oración; volvieron a ponerse en pie y permanecieron
largo rato contemplando el cadáver con ojos dilatados y boca de asombro, mientras la nuera de la difunta se tapaba la
cara con un pañuelo, simulando un hipo desesperado.
Cuando ésta se volvió para salir de allí, descubrió, en pie junto a la puerta, a María Luisa y a Felipe Augusto, en
camisa los dos, mirando con curiosidad. Olvidó su fingido dolor y se lanzó hacia ellos con la mano en alto, gritando
iracunda:
—¿Queréis largaros de aquí, condenados?
Al subir diez minutos después con una nueva hornada de vecinas, y después de rociar nuevamente con el agua sobre la
suegra con el ramo de boj, de rezar, lloriquear cumplir con todos los ritos, se volvió a tropezar con sus dos hijos, que
otra vez le habían seguido los pasos. Otra vez les dio ella de coscorrones, por no faltar a su deber pero en la siguiente
ocasión ya no se preocupó de ellos y siempre que volvía con nuevas visitas, los rapazuelo iban detrás, se arrodillaban
también en un rincón y repetían invariablemente cuanto veían hacer a su madre.
A primera hora de la tarde fue disminuyendo la muchedumbre de curiosas. Al rato, ya no vino nadie. La señora Caraván bajó
a su casa, para ocuparse de todos los preparativos de la ceremonia fúnebre, y la muerta se quedó completamente sola.
La ventana de la habitación estaba abierta. Penetraba un calor tórrido, con bocanadas de polvo; cerca del cuerpo inmóvil
danzaban las llamas de las cuatro velas. Algunas mosquitas trepaban, iban y venían por la sábana, por el rostro de ojos
cerrados, por las dos manos estiradas.
Maria Luisa y Felipe Augusto habían salido a corretear por la avenida. Se vieron en seguida rodeados de camaradas,
principalmente de chicas, que son las más despiertas y las que primero presienten los misterios de la vida. Preguntaron
éstas como si ya fuesen personas mayores:
—¿Se ha muerto tu abuela?
—Sí, ayer por la noche.
—Y ¿cómo es un muerto?
Maria Luisa explicaba, daba detalles de las velas, del manojo de boj, de la cara. Se despertó una gran curiosidad en
todos los pequeños y pidieron subir a ver a la muerta.
María Luisa organizó inmediatamente un primer viaje con cinco chicas y dos chicos: los mayores, los más atrevidos. Los
obligó a descalzarse para que no los sintieran; se escabulló la banda dentro de la casa y subió con la ligereza de una
tropa de ratoncillos.
Dentro ya de la habitación, arregló la hija el ceremonial, imitando a su madre. Condujo solemnemente a sus camaradas, se
arrodilló, hizo la señal de la cruz, movió los labios, roció el lecho, y cuando los chicos, apelotonados, se acercaban
con temor, curiosidad y placer para contemplar el rostro y las manos, ella estalló de improviso en falsos sollozos,
cubriéndose los ojos con su pañuelo. Se calmó bruscamente, acordándose de los que esperaban a la puerta, y se llevó
corriendo a todos los presentes, para regresar en seguida con otro grupo, y luego con otro, porque todos los rapazuelos
de los alrededores, hasta los mendigos desarrapados, acudían para participar en aquella diversión desconocida. Y en cada
visita repetía la nieta de cabo a rabo, con absoluta perfección, todos los pasos y muecas de la madre.
Pero acabó por cansarse. Atraídos por otro juego, se alejaron los chicos. Entonces se quedó la anciana abuela
completamente olvidada por todo el mundo.
La sombra inundó la habitación, y la inquieta llama de las velas hacía bailar destellos sobre el rostro, seco y arrugado.
Caraván subió a eso de las ocho, cerró la ventana y puso otras velas. Entraba ya con toda naturalidad, como si llevase
viendo durante meses el cadáver. Hasta comprobó que aún no presentaba síntomas de descomposición, y se lo comunicó a su mujer cuando iban a sentarse para cenar. Ella contestó:
—Pero si parece de madera; es capaz de conservarse un año.
Nadie habló una palabra mientras comían la menestra. Los niños, que habían correteado todo el día, dormitaban en sus
sillas, extenuados de fatiga, y todos callaban.
La luz de la lámpara se amortiguó de improviso.
La señora Caraván se apresuró a subir la mecha, pero el aparato carraspeó, y la luz se apagó. ¡Se habían olvidado de
comprar aceite! Mandar por él a la tienda retrasaría la cena; se buscaron velas, pero no había más que las que estaban
encendidas arriba, en la mesilla de noche.
La señora Caraván, rápida en tomar decisiones, envió a Maria Luisa en busca de dos. Quedaron esperándola a oscuras.
Se oyeron con toda claridad los pasos de la niña en la escalera, Hubo unos segundos de silencio; se la oyó luego que
bajaba precipitadamente. Abrió la puerta, espantada, aún más emocionada que la víspera, cuando anunció la catástrofe, y
murmuró casi ahogándose:
—¡Ay papá; la abuelita está vistiéndose!
Caraván se enderezó tan violentamente, que su silla fue a dar con la pared. Balbució:
—¿Que se está...? Pero ¿qué es lo que dices?
María Luisa repitió, agarrotada por la emoción:
—Que sí..., que se viste..., que la abuelita se está vistiendo para bajar.
Se precipitó como un loco escaleras arriba; le seguía su mujer, presa del más completo aturdimiento. Se detuvo aquél
delante de la puerta del segundo piso, trémulo de espanto, sin atreverse a entrar. ¿Qué es lo que iban a ver sus ojos?
Más valerosa, la señora Caraván dio vuelta al cerrojo y penetró en la habitación.
La estancia parecía más sombría; una figura alargada y flaca se movía en el centro. Era la vieja, que estaba en pie; al
salir del sueño letárgico, medio inconsciente todavía, se había puesto de lado, se incorporó sobre un codo y apagó tres
de las velas que ardían junto al lecho mortuorio. Después, recobrando fuerzas, se levantó para buscar sus trapos. La
falta de la cómoda la desorientó al principio, pero fue desocupando el baúl hasta encontrar sus prendas, y se vistió
tranquilamente. Vació el plato de agua, volvió a colocar el manojo de boj detrás del espejo, puso las sillas en su sitio,
y se disponía a bajar cuando aparecieron ante ella el hijo y la nuera.
Caraván tuvo un arranque, le tomó las manos, la besó, con lágrimas en los ojos; su mujer, a espaldas suyas, repetía con
tono hipócrita:
—¡Qué felicidad! ¡Oh, qué felicidad!
Sin enternecerse, sin dar siquiera muestras de comprender, rígida como una estatua y glacial la mirada, se limitó la
vieja a preguntar:
—¿Estará pronto la comida?
El, sin saber lo que decía, balbució:
—Sí, te estábamos esperando, mamá.
La cogió del brazo con una solicitud extraordinaria mientras que la señora Caraván, la joven, con la vela la mano para
alumbrarlos, bajaba de espaldas las escaleras, escalón por escalón, lo mismo que había bajado la noche anterior delante
de su marido cargado con el mármol.
Al llegar al primer piso estuvo a punto de tener un encontronazo con unas personas que subían. Eran los parientes de
Charenton: la señora Braux, seguida de su esposo.
Alta, gruesa, con barriga de hidrópica, que la obligaba a echar el torso hacia atrás, abrió los ojos de espanto estuvo a
pique de echar a correr. El marido, zapatero socialista, pequeño y de barba cerrada, que le llegaba hasta la nariz, un
verdadero mono, refunfuñó sin pizca de emoción:
—Pero ¡cómo! ¿Es que acaba de resucitar?
Cuando la señora Caraván vio quiénes eran, quiso decirles algo con muecas desesperadas, y luego en voz alta:
—¡Cómo! ¡Vosotros aquí! ¡Qué sorpresa más agradable!
La señora Braux, atónita, no sabía qué pensar, y contestó a media voz:
—Nos pusimos en camino al recibir vuestro telegrama suponiendo que todo había terminado.
Su marido, detrás de ella, la pellizcaba para que se callase, y con sonrisa maliciosa, que su barba tupida no dejaba ver,
exclamó:
—Habéis sido muy amables invitándonos. Nos pusimos en camino inmediatamente.
Esta manera de expresarse era una alusión a la hostilidad que desde hacía tiempo reinaba entre los dos matrimonios. Como
la vieja llegaba en ese instante al descansillo, se adelantó con vehemencia y restregó en su mejillas la pelambrera de su
cara, gritándole a la oreja, porque era sorda:
—¿Cómo seguimos, madre? Siempre tan tiesa, ¿eh?
La señora Braux, pasmada de ver bien viva a la que calculaba encontrar muerta, ni siquiera se decidía a besarla,
obstruyendo con su enorme barriga el descansillo y cortando el paso a todos.
La anciana, inquieta y recelosa, pero sin abrir la boca, miraba a toda aquella gente, y sus ojillos, grises, duros e
inquisidores, iban del uno al otro, rezumando pensamientos demasiado claros, que embarazaban a sus hijos.
Caraván dijo, queriendo aclarar la situación:
—Ha estado algo enferma, pero ya pasó; ahora se encuentra perfectamente ¿Verdad, madre?
La vieja, entonces, reanudando la marcha, contestó con voz resquebrajada y como lejana:
—Ha sido un síncope; oía todo lo que hablabáis.
Siguió a estas palabras un silencio lleno de perplejidades. Entraron en el comedor, y se sirvió una cena improvisada en
pocos minutos.
El único que se mantenía sereno era el señor Braux. Su cara de maligno gorila se contraía con muecas, y dejaba caer
frases de doble sentido que ponían en evidente aprieto a todos.
El timbre del vestíbulo sonaba a cada instante, y a cada llamada entraba desatinada Rosalía en busca de Caraván , y éste
salía precipitadamente tirando su servilleta. Su cuñado llegó a preguntarle si es que era aquel su día de recibir. A lo
que contestó balbuciendo:
—Son nada más que encargos.
Le trajeron un paquete, y en su atolondramiento procedió a abrirlo: recuadradas de negro, aparecieron las esquelas.
Enrojeció hasta los ojos, cerró el paquete y se lo metió en el pecho.
Su madre no lo había visto; tenía clavados obstinadamente los ojos en su reloj, cuyo emboque dorado columpiaba encima de
la chimenea. El silencio era glacial, y el embarazo de todos, cada vez mayor.
De pronto la vieja, volviendo hacia su hija la cara arrugada de bruja, puso en la mirada un escalofrío de malignidad, y
dijo:
—Ven el lunes con tu pequeña, que quiero verla.
La señora Braux contestó, radiante:
—Sí, mamá.
La señora Caraván, la joven, palideció y desfallecía de angustia.
Los dos hombres, entre tanto, se fueron soltando a hablar, enzarzándose, sin motivo que valiese la pena, en una discusión
política. Braux, que defendía las doctrinas revolucionarias y comunistas, bregaba irritado, y le brillaban los ojos en el
rostro peludo:
—¡Caballero —gritaba—, la propiedad es un robo que se hace al trabajador; la tierra es de todos; las herencias son una
infamia y una vergüenza!...
Calló bruscamente, corrido, como quien se da cuenta que acaba de soltar una majadería. Después agregó, con menos
vehemencia:
—No es ésta ocasión para discutir esos temas.
Se abrió la puerta y apareció el doctor Chenet. Tuvo un instante de azaramiento, se rehízo en seguida y se acercó a la
vieja:
—¡Ajá, la abuelita! Hoy la encuentro bien. Me daba en las narices, créame; y hace un momento, subiendo la escalera, me lo
decía a mí mismo: apuesto a que me la encuentro levantada a la abuela.
Le dio unas suaves palmaditas en la espalda, y agregó:
—Fuerte como el Puente Nuevo; van ustedes a ver cómo nos entierra a todos.
Tomó asiento, aceptando el café que le ofrecían, interviniendo en la conversación de los dos hombres, y apoyando a Braux,
porque él también había andado mezclado en la Commune
13
La vieja se sintió cansada, y quiso retirarse. Caraván se apresuró a ayudarla. Ella clavó los ojos en los de él, y le
dijo:
—Lo que vas a hacer tú es subirme en seguida mi reloj y mi cómoda.
Se cogió del brazo de su hija y desapareció con ella, mientras él balbucía:
—Sí, mamá.
Los esposos Caraván quedaron consternados, mudos, perdidos en un horrible desastre, mientras Braux se frotaba las manos
de gusto, paladeando su café.
Loca de ira, la señora Caraván se fue de improviso hacia él, gritándole a voz en cuello:
—Usted es un ladrón, un tunante, un canalla... Le escupo a usted a la cara..., le..., le...
Se ahogaba, sin dar con la frase; pero él se reía, y continuaba bebiendo.
Su mujer, que regresaba en aquel mismo instante, se fue hacia su cuñada, y las dos, una voluminosa, de barriga
amenazadora, la otra, epiléptica y seca, de voz altanera y mano trémula, se lanzaron a boca llena montones de injurias.
Chenet y Braux se interpusieron y éste cogió a su mujer por los hombros y la echó fuera, gritándole:
—Basta ya, pedazo de burra, no hace falta alborotar tanto.
Se oyó cómo se alejaban por la calle, riñendo.
El señor Chenet se despidió.
Los esposos Caraván quedaron frente a frente.
Entonces él se dejó caer en una silla, le corrió por las sienes un sudor frío, y murmuró:
—¿Y qué le digo yo mañana a mi jefe?


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