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jueves, abril 19, 2012

LEYENDAS de BECQUER -- La ajorca de oro

La ajorca de oro


I
Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira el vértigo;
hermosa con esa hermosura que no se parece en nada a la que soñamos en
los ángeles, que, sin embargo, es sobrenatural; hermosura diabólica, que tal
vez presta el demonio a algunos seres para hacerlos sus instrumentos en la
tierra.
Él la amaba; la amaba con ese amor que no conoce freno ni límites; la
amaba con ese amor en que se busca un goce y sólo se encuentran martirios;
amor que se asemeja a la felicidad, y que, no obstante, parece infundir el cielo
para la expiación de una culpa.
Ella era caprichosa, caprichosa: y extravagante como todas las mujeres
del mundo.
Él, supersticioso, supersticioso y valiente, como todos los hombres de su
época.
Ella se llamaba María Antúnez.
Él, Pedro Alfonso de Orellana.
Los dos eran toledanos, y los dos vivían en la misma ciudad que los vio
nacer.
La tradición que refiere esta maravillosa historia, acaecida hace muchos
años, no dice nada más acerca de los personajes que fueron sus héroes.
Yo, en mi calidad de cronista verídico, no añadiré ni una sola palabra de
mi cosecha para caracterizarlos mejor.
II
Él la encontró un día llorando y le preguntó:
-¿Porqué lloras?
Ella se enjugó los ojos, le miró fijamente, arrojó un suspiro y volvió a
llorar.
Pedro entonces, acercándose a María, le tomó una mano, apoyó el codo
en el pretil árabe desde donde la hermosa miraba pasar la corriente del río, y
tornó a decirle:
-¿Por qué lloras?
El Tajo se retorcía gimiendo al pie del mirador entre las rocas sobre que
se asienta la ciudad imperial. El sol trasponía los montes vecinos, la niebla de
la tarde flotaba como un velo de gasa azul, y sólo el monótono ruido del agua
interrumpía el alto silencio.
María exclamó:
-No me preguntes por qué lloro, no me lo preguntes: pues ni yo sabré
contestarte, ni tú comprenderme. Hay deseos que se ahogan en nuestra alma
de mujer, sin que los revele más que un suspiro; ideas locas que cruzan por
nuestra imaginación, sin que ose formularlas el labio; fenómenos
incomprensibles de nuestra naturaleza misteriosa, que el hombre no puede ni
aún concebir. Te lo ruego, no me preguntes la causa de mi dolor; si te la
revelase, a
Cuando estas palabras expiraron, ella tornó a inclinar la frente y él a
reiterar sus preguntas.
La hermosa, rompiendo al fin su obstinado silencio, dijo a su amante con
voz sorda y entrecortada:
-Tú lo quieres, es una locura que te hará reír; pero no importa: te lo diré,
puesto que lo deseas.
Ayer estuve en el templo. Se celebraba la fiesta de la Virgen; su imagen,
colocada en el altar mayor sobre un escabel de oro, resplandecía como un
ascua de fuego; las notas del órgano temblaban dilatándose de eco en eco por
el ámbito de la iglesia, y en el coro los sacerdotes entonaban el Salve, Regina.
Yo rezaba, rezaba absorta en mis pensamientos religiosos, cuando
maquinalmente levanté la cabeza y mi vista se dirigió al altar. No sé por qué
mis ojos se fijaron desde luego en la imagen; digo mal, en la imagen no: se
fijaron en un objeto que hasta entonces no había visto, un objeto que, sin poder
explicármelo, llamaba sobre sí toda mi atención... No te rías... aquel objeto era
la ajorca de oro que tiene la Madre de Dios en uno de los brazos en que
descansa su divino Hijo... Yo aparté la vista y torné a rezar... ¡Imposible! Mis
ojos se volvían involuntariamente al mismo punto. Las luces del altar,
reflejándose en las mil facetas de sus diamantes, se reproducían de una
manera prodigiosa. Millones de chispas de luz rojas y azules, verdes y
amarillas, volteaban alrededor de las piedras como un torbellino de átomos de
fuego, como una vertiginosa ronda de esos espíritus de llamas que fascinan
con su brillo y su increíble inquietud...
Salí del templo, vine a casa, pero vine con aquella idea fija en la
imaginación. Me acosté para dormir; no pude... Pasó la noche, eterna con
aquel pensamiento... Al amanecer se cerraron mis párpados, y, ¿lo creerás?,
aún en el sueño veía cruzar, perderse y tornar de nuevo una mujer, una mujer
morena y hermosa, que llevaba la joya de oro y de pedrería; una mujer, sí,
porque ya no era la Virgen que yo adoro y ante quien me humillo; era una
mujer, otra mujer como yo, que me miraba y se reía mofándose de mí. -¿La
ves? -parecía decirme, mostrándome la joya-. ¡Cómo brilla! Parece un círculo
de estrellas arrancadas del cielo de una noche de verano. ¿La ves? Pues no es
tuya, no lo será nunca, nunca... Tendrás acaso otras mejores, más ricas, si es
posible; pero ésta, ésta, que resplandece de un modo tan fantástico, tan
fascinador... nunca... nunca... Desperté; pero con la misma idea fija aquí,
entonces como ahora semejante a un clavo ardiendo, diabólica, incontrastable,
inspirada sin duda por el mismo Satanás... ¿Y qué?... Callas, callas y doblas la
frente... ¿No te hace reír mi locura?
Pedro, con un movimiento convulsivo, oprimió el puño de su espada,
levantó la cabeza, que en efecto había inclinado, y dijo con voz sorda:
-¿Qué Virgen tiene esa presea?
-¡La del Sagrario! -murmuró María.
-¡La del Sagrario! -repitió el joven con acento de terror:
-¡la del Sagrario de la Catedral!...
Y en sus facciones se retrató un instante el estado de su alma,
espantada en una idea.
¡Ah! ¿por qué no la posee otra Virgen? -prosiguió con acento enérgico y
apasionado-; ¿por qué no la tiene el arzobispo en su mitra, el rey en su corona
o el diablo entre sus garras? Yo se la arrancaría para ti, aunque me costase la
vida o la condenación. Pero a la Virgen del Sagrario, a nuestra Santa Patrona,
yo... yo que he nacido en Toledo, ¡imposible, imposible!
-¡Nunca! -murmuró María con voz casi imperceptible-; ¡nunca!
Y siguió llorando.
Pedro fijó una mirada estúpida en la corriente del río. En la corriente, que
pasaba y pasaba sin cesar ante sus extraviados ojos, quebrándose al pie del
mirador entre las rocas sobre que se asienta la ciudad imperial.
III
¡La catedral de Toledo! Figuraos un bosque de gigantes palmeras de
granito que al entrelazar sus ramas forman una bóveda colosal y magnífica,
bajo la que se guarece y vive, con la vida que le ha prestado el genio, toda una
creación de seres imaginarios y reales.
Figuraos un caos incomprensible de sombra y luz, en donde se mezclan
y confunden con las tinieblas de las naves los rayos de colores de las ojivas;
donde lucha y se pierde con la oscuridad del santuario el fulgor de las
lámparas.
Figuraos un mundo de piedra, inmenso como el espíritu de nuestra
religión, sombrío como sus tradiciones, enigmático como sus parábolas, y
todavía no tendréis una idea remota de ese eterno monumento del entusiasmo
y la fe de nuestros mayores, sobre el que los siglos han derramado a porfía el
tesoro de sus creencias, de su inspiración y de sus artes.
En su seno viven el silencio, la majestad, la poesía del misticismo, y un
santo horror que defiende sus umbrales contra los pensamientos mundanos y
las mezquinas pasiones de la tierra.
La consunción material se alivia respirando el aire puro de las montañas,
el ateísmo debe curarse respirando su atmósfera de fe. Pero si grande, si
imponente se presenta la catedral a nuestros ojos a cualquiera hora que se
penetra en su recinto misterioso y sagrado, nunca produce una impresión tan
profunda como en los días en que despliega todas las galas de su pompa
religiosa, en que sus tabernáculos se cubren de oro y pedrería; sus gradas de
alfombra y sus pilares de tapices.
Entonces, cuando arden despidiendo un torrente de luz sus mil lámparas
de plata; cuando flota en el aire una nube de incienso, y las voces del coro y la
armonía de los órganos y las campanas de la torre estremecen el edificio
desde sus cimientos más profundos hasta las más altas agujas que lo coronan,
entonces es cuando se comprende, al sentirla, la tremenda majestad de Dios
que vive en él, y lo anima con su soplo y lo llena con el reflejo de su
omnipotencia.
El mismo día en que tuvo lugar la escena que acabamos de referir, se
celebraba en la catedral de Toledo el último de la magnífica octava de la
Virgen.
La fiesta religiosa había traído a ella una multitud inmensa de fieles; pero
ya ésta se había dispersado en todas direcciones, ya se habían apagado las
luces de las capillas y del altar mayor, y las colosales puertas del templo
habían rechinado sobre sus goznes para cerrarse detrás del último toledano,
cuando de entre las sombras, y pálido, tan pálido como la estatua de la tumba
en que se apoyó un instante mientras dominaba su emoción, se adelantó un
hombre que vino deslizándose con el mayor sigilo hasta la verja del crucero.
Allí la claridad de una lámpara permitía distinguir sus facciones.
Era Pedro.
¿Qué había pasado entre los dos amantes para que se arrestara al fin a
poner por obra una idea que sólo el concebirla había erizado sus cabellos de
horror? Nunca pudo saberse. Pero él estaba allí, y estaba allí para llevar a cabo
su criminal propósito. En su mirada inquieta, en el temblor de sus rodillas, en el
sudor que corría en anchas gotas por su frente, llevaba escrito su pensamiento.
La catedral estaba sola, completamente sola, y sumergida en un silencio
profundo.
No obstante, de cuando en cuando se percibían como unos rumores
confusos: chasquidos de madera tal vez, o murmullos del viento, o ¿quién
sabe?, acaso ilusión de la fantasía, que oye y ve y palpa en su exaltación lo
que no existe; pero la verdad era que ya cerca, ya lejos, ora a sus espaldas,
ora a su lado mismo, sonaban como sollozos que se comprimen, como roce de
telas que se arrastran, como rumor de pasos que van y vienen sin cesar.
Pedro hizo un esfuerzo para seguir en su camino; llegó a la verja y subió la
primera grada de la capilla mayor. Alrededor de esta capilla están las tumbas
de los reyes, cuyas imágenes de piedra, con la mano en la empuñadura de la
espada, parecen velar noche y día por el santuario, a cuya sombra descansan
todos por una eternidad.
-¡Adelante! -murmuró en voz baja, y quiso andar y no pudo. Parecía que
sus pies se habían clavado en el pavimento. Bajó los ojos, y sus cabellos se
erizaron de horror: el suelo de la capilla lo formaban anchas y oscuras losas
sepulcrales.
Por un momento creyó que una mano fría y descarnada le sujetaba en
aquel punto con una fuerza invencible. Las moribundas lámparas que brillaban
en el fondo de las naves como estrellas perdidas entre las sombras, oscilaron a
su vista, y oscilaron las estatuas de los sepulcros y las imágenes del altar, y
osciló el templo todo con sus arcadas de granito y sus machones de sillería.
¡Adelante! -volvió a exclamar Pedro como fuera de sí, y se acercó al ara,
y trepando por ella, subió hasta el escabel de la imagen. Todo alrededor suyo
se revestía de formas quiméricas y horribles; todo era tinieblas y luz dudosa,
más imponente aún que la oscuridad. Sólo la Reina de los cielos, suavemente
iluminada por una lámpara de oro, parecía sonreír tranquila, bondadosa y
serena en medio de tanto horror.
Sin embargo, aquella sonrisa muda e inmóvil que le tranquilizara un
instante concluyó por infundirle temor; un temor más extraño, más profundo
que el que hasta entonces había sentido.
Tornó empero a dominarse, cerró los ojos para no verla, extendió la
mano con un movimiento convulsivo y le arrancó la ajorca de oro, piadosa
ofrenda de un santo arzobispo; la ajorca de oro cuyo valor equivalía a una
fortuna.
Ya la presea estaba en su poder; sus dedos crispados la oprimían con
una fuerza sobrenatural; sólo restaba huir, huir con ella; pero para esto era
preciso abrir los ojos, y Pedro tenía miedo de ver, de ver la imagen, de ver los
reyes de las sepulturas, los demonios de las cornisas, los endriagos de los
capiteles, las fajas de sombras y los rayos de luz que, semejantes a blancos y
gigantescos fantasmas, se movían lentamente en el fondo de las naves,
pobladas de rumores temerosos y extraños.
Al fin abrió los ojos, tendió una mirada, y un grito agudo se escapó de
sus labios.
La catedral estaba llena de estatuas, estatuas que, vestidas con luengos
y no vistos ropajes, habían descendido de sus huecos y ocupaban todo el
ámbito de la iglesia, y le miraban con sus ojos sin pupila.
Santos, monjas, ángeles, demonios, guerreros, damas, pajes, cenobitas
y villanos se rodeaban y confundían en las naves y en el altar. A sus pies
oficiaban, en presencia de los reyes, de hinojos sobre sus tumbas, los
arzobispos de mármol que él había visto otras veces inmóviles sobre sus
lechos mortuorios, mientras que arrastrándose por las losas, trepando por los
machones, acurrucados en los doseles, suspendidos de las bóvedas,
pululaban, como los gusanos de un inmenso cadáver, todo un mundo de
reptiles y alimañas de granito, quiméricos, deformes, horrorosos.
Ya no puedo resistir más. Las sienes le latieron con una violencia
espantosa; una nube de sangre oscureció sus pupilas; arrojó un segundo grito,
un grito desgarrador y sobrehumano, y cayó desvanecido sobre el ara.
Cuando al otro día los dependientes de la iglesia le encontraron al pie del altar,
tenía aún la ajorca de oro entre sus manos, y al verlos aproximarse, exclamó
con una estridente carcajada:
-¡Suya, suya!
El infeliz estaba loco.

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