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viernes, diciembre 05, 2008

EL CLERIGO MALVADO -- LOVECRAFT

EL CLERIGO MALVADO
H. P. LOVECRAFT

Un hombre grave que parecía inteligente, con ropa discreta y barba
gris, me hizo pasar a la habitación del ático, y me habló en estos términos:
— Sí, aquí vivió él..., pero le aconsejo que no toque nada. Su
curiosidad le vuelve irresponsable. Nosotros jamás subimos aquí de noche;
y si lo conservamos todo tal cual está, es sólo por su testamento. Ya sabe lo
que hizo. Esa abominable sociedad se hizo cargo de todo al final, y no
sabemos donde está enterrado. Ni la ley ni nada lograron llegar hasta esa
sociedad.
— Espero que no se quede aquí hasta el anochecer. Le ruego que no
toque lo que hay en la mesa, eso que parece una caja de fósforos. No
sabemos qué es, pero sospechamos que tiene que ver con lo que hizo.
Incluso evitamos mirarlo demasiado fijamente.
Poco después, el hombre me dejó solo en la habitación del ático.
Estaba muy sucia, polvorienta y primitivamente amueblada, pero tenía una
elegancia que indicaba que no era el tugurio de un plebeyo. Había estantes
repletos de libros clásicos y de teología, y otra librería con tratados de
magia: de Paracelso, Alberto Magno, Tritemius, Hermes Trismegisto,
Borellus y demás, en extraños caracteres cuyos títulos no fui capaz de
descifrar. Los muebles eran muy sencillos. Había una puerta, pero daba
acceso tan sólo a un armario empotrado. La única salida era la abertura del
suelo, hasta la que llegaba la escalera tosca y empinada. Las ventanas eran
de ojo de buey, y las vigas de negro roble revelaban una increíble
antigüedad. Evidentemente, esta casa pertenecía a la vieja Europa. Me
parecía saber dónde me encontraba, aunque no puedo recordar lo que
entonces sabía. Desde luego, la ciudad no era Londres. Mi impresión es que
se trataba de un pequeño puerto de mar.
El objeto de la mesa me fascinó totalmente. Creo que sabía
manejarlo, porque saqué una linterna eléctrica — o algo que parecía una
linterna — del bolsillo, y comprobé nervioso sus destellos. La luz no era
blanca, sino violeta, y el haz que proyectaba era menos un rayo de luz que
una especie de bombardeo radiactivo. Recuerdo que yo no la consideraba
una linterna corriente: en efecto, llevaba una normal en el otro bolsillo.
Estaba oscureciendo, y los antiguos tejados y chimeneas, afuera,

2 The evil clergyman.

parecían muy extraños tras los cristales de las ventanas de ojo de buey.
Finalmente, haciendo acopio de valor, apoyé en mi libro el pequeño objeto
de la mesa y enfoqué hacia él los rayos de la peculiar luz violeta. La luz
pareció asemejarse aún más a una lluvia o granizo de minúsculas partículas
violeta que a un haz continuo de luz. Al chocar dichas partículas con la
vítrea superficie del extraño objeto parecieron producir una crepitación,
como el chisporroteo de un tubo vacío al ser atravesado por una lluvia de
chispas. La oscura superficie adquirió una incandescencia rojiza, y una
forma vaga y blancuzca pareció tomar forma en su centro. Entonces me di
cuenta de que no estaba solo en la habitación... y me guardé el proyector de
rayos en el bolsillo.
Pero el recién llegado no habló, ni oí ningún ruido durante los
momentos que siguieron. Todo era una vaga pantomima como vista desde
inmensa distancia, a través de una neblina... Aunque, por otra parte, el
recién llegado y todos los que fueron viniendo a continuación aparecían
grandes y próximos, como si estuviesen a la vez lejos y cerca, obedeciendo
a alguna geometría anormal.
El recién llegado era un hombre flaco y moreno, de estatura media,
vestido con un traje clerical de la iglesia anglicana. Aparentaba unos treinta
años y tenía la tez cetrina, olivácea, y un rostro agradable, pero su frente
era anormalmente alta. Su cabello negro estaba bien cortado y pulcramente
peinado y su barba afeitada, si bien le azuleaba el mentón debido al pelo
crecido. Usaba gafas sin montura, con aros de acero. Su figura y las
facciones de la mitad inferior de la cara eran como la de los clérigos que yo
había visto, pero su frente era asombrosamente alta, y tenía una expresión
más hosca e inteligente, a la vez que más sutil y secretamente perversa. En
ese momento -acababa de encender una lámpara de aceite- parecía
nervioso; y antes de que yo me diese cuenta había empezado a arrojar los
libros de magia a una chimenea que había junto a una ventana de la
habitación (donde la pared se inclinaba pronunciadamente), en la que no
había reparado yo hasta entonces. Las llamas consumían los volúmenes con
avidez, saltando en extraños colores y despidiendo un olor indeciblemente
nauseabundo mientras las páginas de misteriosos jeroglíficos y las
carcomidas encuadernaciones eran devoradas por el elemento devastador.
De repente, observé que había otras personas en la estancia: hombres con
aspecto grave, vestidos de clérigo, entre los que había uno que llevaba
corbatín y calzones de obispo. Aunque no conseguía oír nada, me di cuenta
de que estaban comunicando una decisión de enorme trascendencia al
primero de los llegados. Parecía que le odiaban y le temían al mismo
tiempo, y que tales sentimientos eran recíprocos. Su rostro mantenía una
expresión severa; pero observé que, al tratar de agarrar el respaldo de una
silla, le temblaba la mano derecha. El obispo le señaló la estantería vacía y
la chimenea (donde las llamas se habían apagado en medio de un montón
de residuos carbonizados e informes), preso al parecer de especial disgusto.
El primero de los recién llegados esbozó entonces una sonrisa forzada, y
extendió la mano izquierda hacia el pequeño objeto de la mesa. Todos
parecieron sobresaltarse. El cortejo de clérigos comenzó a desfilar por la
empinada escalera, a través de la trampa del suelo, al tiempo que se volvían
y hacían gestos amenazadores al desaparecer. El obispo fue el último en
abandonar la habitación.
El que había llegado primero fue a un armario del fondo y sacó un
rollo de cuerda. Subió a una silla, ató un extremo a un gancho que colgaba
de la gran viga central de negro roble y empezó a hacer un nudo corredizo
en el otro extremo. Comprendiendo que se iba a ahorcar, corrí con la idea
de disuadirle o salvarle. Entonces me vio, suspendió los preparativos y
miró con una especie de triunfo que me desconcertó y me llenó de
inquietud. Descendió lentamente de la silla y empezó a avanzar hacia mí
con una sonrisa claramente lobuna en su rostro oscuro de delgados labios.
Sentí que me encontraba en un peligro mortal y saqué el extraño
proyector de rayos como arma de defensa. No sé por qué, pensaba que me
sería de ayuda. Se lo enfoqué de lleno a la cara y vi inflamarse sus
facciones cetrinas, con una luz violeta primero, y luego rosada. Su
expresión de exultación lobuna empezó a dejar paso a otra de profundo
temor, aunque no llegó a borrársele enteramente. Se detuvo en seco; y
agitando los brazos violentamente en el aire, empezó a retroceder
tambaleante. Vi que se acercaba a la abertura del suelo y grité para
prevenirle; pero no me oyó. Un instante después, trastabilló hacia atrás,
cayó por la abertura y desapareció de mi vista.
Me costó avanzar hasta la trampilla de la escalera, pero al llegar
descubrí que no había ningún cuerpo aplastado en el piso de abajo. En vez
de eso me llegó el rumor de gentes que subían con linternas; se había roto
el momento de silencio fantasmal y otra vez oía ruidos y veía figuras
normalmente tridimensionales. Era evidente que algo había atraído a la
multitud a este lugar. ¿Se había producido algún ruido que yo no había
oído? A continuación, los dos hombres (simples vecinos del pueblo, al
parecer) que iban a la cabeza me vieron de lejos, y se quedaron paralizados.
Uno de ellos gritó de forma atronadora:
— ¡Ahhh! ¿Conque eres tú? ¿Otra vez?
Entonces dieron media vuelta y huyeron frenéticamente. Todos
menos uno. Cuando la multitud hubo desaparecido, vi al hombre grave de
barba gris que me había traído a este lugar, de pie, solo, con una linterna.
Me miraba boquiabierto, fascinado, pero no con temor. Luego empezó a
subir la escalera, y se reunió conmigo en el ático. Dijo:
— ¡Así que no ha dejado eso en paz! Lo siento. Sé lo que ha
pasado. Ya ocurrió en otra ocasión, pero el hombre se asustó y se pegó un
tiro. No debía haberle hecho volver. Usted sabe que es lo que él quiere.
Pero no debe asustarse como se asustó el otro. Le ha sucedido algo muy
extraño y terrible, aunque no hasta el extremo de dañarle la mente y la
personalidad. Si conserva la sangre fría, y acepta la necesidad de efectuar
ciertos reajustes radicales en su vida, podrá seguir gozando de la existencia
y de los frutos de su saber. Pero no puede vivir aquí, y no creo que desee
regresar a Londres. Mi consejo es que se vaya a América.
— No debe volver a tocar ese... objeto. Ahora, ya nada puede ser
como antes. El hacer — o invocar — cualquier cosa no serviría sino para
empeorar la situación. No ha salido usted tan mal parado como habría
podido ocurrir..., pero tiene que marcharse de aquí inmediatamente y
establecerse en otra parte. Puede dar gracias al cielo de que no haya sido
más grave. — Se lo explicaré con la mayor franqueza posible. Se ha
operado cierto cambio en... su aspecto personal. Es algo que él siempre
provoca. Pero en un país nuevo, usted puede acostumbrarse a ese cambio.
Allí, en el otro extremo de la habitación, hay un espejo; se lo traeré. Va a
sufrir una fuerte impresión..., aunque no será nada repulsivo.
Me eché a temblar, dominado por un miedo mortal; el hombre
barbado casi tuvo que sostenerme mientras me acompañaba hasta el espejo,
con una débil lámpara (es decir, la que antes estaba sobre la mesa, no el
farol, más débil aún, que él había traído) en la mano. Y lo que vi en el
espejo fue esto:
Un hombre flaco y moreno, de estatura media, y vestido con un
traje clerical de la iglesia anglicana, de unos treinta años, y con unos lentes
sin montura y aros de acero, cuyos cristales brillaban bajo su frente cetrina,
olivácea, anormalmente alta.
Era el individuo silencioso que había llegado primero y había
quemado los libros.
Durante el resto de mi vida, físicamente, yo iba a ser ese hombre

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