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martes, diciembre 16, 2008

LA MUJER DEL SUEÑO -- Wilkie Collins

LA MUJER DEL SUEÑO -- Wilkie Collins
I

No hacía mucho más de seis semanas que desempeñaba mi profesión en el campo, cuando me enviaron a un pueblo como médico cercano, para consultar a un colega residente allí sobre un caso de una enfermedad muy grave.
Mi caballo había caído conmigo al fin de una larga cabalgata, la noche anterior, y se había lastimado, por suerte, mucho más de lo que había lastimado a su amo. Al verme privado de los servicios del animal, partí hacia mi destino en coche (en esa época no había ferrocarriles), y esperaba regresar en el mismo vehículo, hacía la tarde.

Después de terminar con la consulta, me dirigí a la posada principal del pueblo para esperar el coche. Cuando éste llegó iba repleto por dentro y por fuera. No me quedaba otro remedio que regresar a casa lo más barato que pudiese, alquilando un birlocho. El precio que me pidieron por tal favor me pareció tan exorbitante que decidí buscar una posada de menores pretensiones, e intentar hacer un trato mejor con un establecimiento menos próspero.
Pronto encontré una casa prometedora, deslucida y tranquila, con un anticuado letrero, que evidentemente no pintaban desde hacía años. En este caso el posadero se conformó con una pequeña ganancia, y en cuanto nos pusimos de acuerdo hizo sonar la campana del patio para pedir el birlocho.
–¿Robert aún no ha regresado de la diligencia que fue a hacer? –preguntó el posadero, dirigiéndose al criado que contestó al llamado de la campana. –No, señor, aún no.
–Bueno, entonces debes despertar a Isaac. – ¡Despertar a Isaac! –repetí–. Eso suena bastante poco común. ¿Ustedes los palafreneros duermen de día?
–Este lo hace –dijo el posadero, sonriendo para sí de modo bastante extraño.
–Y además sueña –agregó el criado–. Nunca olvidaré el susto que me dio la primera vez que lo oí.
–Bueno, eso no tiene importancia –replicó el propietario un poco amoscado–. Anda y despierta a Isaac. El caballero espera su birlocho.
La conducta del posadero y del criado expresaba mucho más que lo que decían. Empecé a sospechar que podía encontrarme sobre la pista de algo profesionalmente interesante para mí como médico, y pensé que me gustaría darle un vistazo al palafrenero antes de que el criado lo despertara.
–Aguarden un momento –intervine–. Desearía ver a este hombre antes de que lo despierten. Soy médico; y si ese raro modo de dormir y soñar que tiene el hombre proviene de algo que no marcha en su cerebro, tal vez pueda decirles qué hacer con él.
–Creo que más bien descubrirá que su mal no tiene remedio, señor –dijo el posadero–. Pero si quiere verlo, estoy seguro de que no habrá inconvenientes.
Encabezó la marcha a través del patio y por un pasillo hasta los establos, abrió una de las puertas, y, quedándose afuera, me dijo que entrara a mirar.
Me encontré en un establo de dos pesebres. En uno de ellos un caballo masticaba su cereal; en el otro un anciano dormía sobre la paja.
Me agaché y lo miré con atención. Era un rostro marchito, angustiado. Las cejas estaban dolorosamente contraídas; tenía la boca bien apretada, y las comisuras de los labios hacia abajo. Las, mejillas huecas y arrugadas, y el escaso cabello entrecano, hablaban de una pena o un sufrimiento pasado. Cuando lo mire por primera vez respiraba convulsivamente, y en un instante más empezó a hablar en sueños.
–¡Despierten! –le oí decir, en un susurro rápido, a través de los dientes apretados–. ¡Eh, despierten! ¡Asesinato!
Movió lentamente el brazo delgado hasta apoyarlo sobre su garganta, se estremeció un poco, y se dio vuelta sobre la paja. Después el brazo se apartó de la garganta, la mano se tendió hacia afuera, y se cerró hacia el costado sobre el que se había vuelto, como si imaginara estar agarrando el borde de algo. Vi que sus labios se movían, y me incliné un poco más sobre él. Seguía hablando en sueños.
–Ojos gris claro –murmuraba–, y el párpado izquierdo caído; cabello color lino, con un toque dorado... está bien mamá: hermosos brazos blancos, con un leve vello... pequeñas manos de damita, con una sombra rojiza bajo las uñas. El cuchillo... siempre el maldito cuchillo... primero de un lado, después del otro. ¡Aja! ¿Dónde está el cuchillo, demonia?
En las últimas palabras su voz se alzó, y él se inquietó de pronto. Lo vi estremecerse sobre la paja; su rostro marchito se contorsionó, y alzó las dos manos con un brusco espasmo histérico. Golpearon contra la parte inferior del pesebre bajo el cual estaba acostado, y el golpe lo despertó. Apenas tuve tiempo de deslizarme a través de la puerta y cerrarla antes de que abriera los ojos del todo, y recobrara el sentido.
–¿Sabe usted algo sobre la vida pasada de este hombre? –le dije al posadero.
–Sí, señor, conozco bastante al respecto –fue la respuesta–. Y es una historia rara, nada común. La mayor parte de la gente no la cree. Sin embargo es cierta, a pesar de todo. Caramba, no tiene más que mirarlo –siguió el posadero, abriendo otra vez la puerta del establo–. ¡Pobre diablo! Está tan agotado por sus noches de insomnio que ya ha vuelto a dormirse.
–No lo despierte –dije–. No tengo apuro por el birlocho. Espere que regrese de su diligencia el otro hombre; y, entretanto, le propongo que me sirva algo de comer y una botella de jerez, y que la comparta conmigo.
Tal como lo había previsto, el corazón de mi anfitrión se ablandó una vez que bebió su propio vino. Pronto fue comunicativo sobre el hombre que dormía en el establo, y poco a poco pude extraerle toda la historia. Por extravagantes e increíbles que los hechos puedan parecer a todos, los relato aquí tal como los oí y tal como pasaron.

II

Hace algunos años vivía en los suburbios de un gran puerto marítimo de la costa oeste de Inglaterra un hombre de condición humilde, llamado Isaac Scatchard. Sus medios de vida provenían de los empleos que podía conseguir como palafrenero, y de vez en cuando, cuando las cosas le iban bien, de contratos transitorios para prestar servicios como mozo de cuadra en fincas privadas. Aunque era un hombre cumplidor, formal y honesto, no tenía fortuna con su oficio. Su mala suerte era proverbial entre sus vecinos. Siempre estaba perdiendo buenas oportunidades sin que la culpa fuera suya, y siempre servía los períodos más largos con gente amiga que no era puntual en el pago de los salarios. "Desdichado Isaac" era el apodo que tenía en su barrio, y nadie podía decir que no se lo merecía de sobra.
Con una porción de adversidad mucho mayor que la que debe soportar un hombre por lo común, a Isaac sólo le quedaba un consuelo, y era del tipo más triste y negativo. No tenía esposa ni hijos que aumentaran sus angustias o se agregaran a la amargura de sus diversos fracasos en la vida. Podía deberse a simple insensibilidad, o podía tratarse de un generoso rechazo a implicar a otros en su propio destino desafortunado; pero el hecho indudable era que había llegado a la madurez sin casarse, y, lo que es mucho más destacable, sin exponerse ni una vez, de los dieciocho a los treinta y ocho años, a la cordial acusación de haber tenido una amada.
Cuando no trabajaba vivía a solas con su madre viuda. La señora Scatchard era una mujer superior al promedio de su baja condición social, en cuanto a inteligencia y modales. Había conocido días mejores, como suele decirse, pero nunca se refería a ellos en presencia de visitas curiosas; y, aunque era cortés con todos quienes se acercaban a ella, nunca cultivó amistades íntimas entre sus vecinos. Se las ingeniaba, con bastante esfuerzo, para cubrir sus sencillas necesidades haciendo trabajo pesado para sastres, y siempre lograba mantener, una casa decente a la que su hijo podía regresar cada vez que su mala suerte lo dejaba indefenso en el mundo.
Un frío otoño en que Isaac se acercaba con rapidez a la cuarentena, y en el que estaba, como de costumbre, desocupado sin que fuera culpa de él, emprendió una larga caminata tierra adentro desde la cabaña de la madre hasta la finca de un caballero, donde había oído que necesitaban un mozo de cuadra.
Faltaban sólo dos días para su cumpleaños; y la señora Scatchard, con su cariño de siempre, le hizo prometer, antes de partir, que regresaría a tiempo de pasar el aniversario con ella, en el modo más festivo que sus pobres medios pudieran permitirles.
A él no le costaba cumplir con el pedido, aún suponiendo que durmiera en el camino una noche a la ida y otra a la vuelta.
Iba a emprender la marcha desde el hogar el lunes por la mañana y, consiguiera o no el puesto, iba a regresar para el almuerzo de cumpleaños el miércoles a las dos.
Como llegó a destino el lunes por la noche, demasiado tarde para ir a solicitar el puesto de mozo de cuadra, durmió en la posada de la aldea, y el martes bien temprano se presentó en la casa del caballero para cubrir la vacante. Su mala suerte lo persiguió, inexorable como siempre. Los excelentes testimonios escritos acerca de su carácter que pudo mostrar no le sirvieron de nada; su larga marcha había sido en vano: en la víspera le habían dado el puesto de mozo de cuadra a otro hombre.
Isaac aceptó esta nueva desilusión resignado y como algo previsto. Lento de inteligencia por naturaleza, tenía la sensibilidad opaca y el paciente carácter flemático que distingue con frecuencia a los hombres con poderes mentales de pesado funcionamiento. Agradeció al mayordomo del caballero con su serena urbanidad de siempre por haberle concedido una entrevista, y partió sin que se advirtiera una depresión desacostumbrada en su rostro o conducta.
Antes de emprender el camino de regreso, hizo algunas averiguaciones en la posada, y se aseguró que podía ahorrarse unos kilómetros siguiendo un camino nuevo. Provisto de instrucciones completas, que se hizo repetir varias veces, en cuanto a las diversas vueltas que debía dar, emprendió el camino del retorno, y caminó durante todo el día deteniéndose sólo una vez para comer pan y queso. En el momento en que caía la oscuridad, empezó a llover y el viento aumentó, y para peor se encontró en una región que no conocía bien, aunque sabía que estaba a unos quince kilómetros del hogar. La primera casa que encontró para informarse fue una solitaria posada junto al camino, al borde de un denso bosque. Aunque el lugar parecía desolado, era una visión agradable para un hombre perdido que además estaba hambriento, sediento, con los pies doloridos, y mojado. El posadero era amable y de aspecto respetable, y el precio que le pidieron por una cama era bastante razonable. En consecuencia Isaac decidió quedarse a dormir cómodamente en la posada por esa noche.
Era hombre de carácter sobrio. Su comida consistió en dos lonjas de tocino, una rodaja de pan casero, y una pinta de cerveza. No se fue a acostar inmediatamente después de esta comida moderada, sino que se quedó sentado con el posadero, hablando acerca de sus malas perspectivas y su larga racha de mala suerte, y pasando de estos tópicos a los temas de los caballos y las carreras. Ni él, ni el posadero, ni los pocos peones que pasaban el tiempo en la taberna dijeron nada que pudiese haber excitado en lo más mínimo la muy escasa y opaca capacidad imaginativa de Isaac Scatchard.
Poco después de las once cerraron la casa. Isaac acompañó al posadero y sostuvo la vela mientras eran aseguradas las puertas y las ventanas de la planta baja. Notó con sorpresa la solidez de los cerrojos y las trancas, y los postigos forrados de hierro.
–Aquí estamos bastante aislados, sabe –dijo el posadero–. Aún no hicieron muchos intentos de entrar por la fuerza, pero siempre conviene asegurarse. Si no tenemos a nadie durmiendo aquí, soy el único hombre de la casa. Mi esposa y mi hija son tímidas, y la joven criada se parece a sus amas. ¿Otro vaso de cerveza antes de acostarse? ¡No! Créame que no puedo entender cómo un hombre tan sobrio como usted puede estar sin ocupación. Aquí es donde va a dormir. Esta noche usted es nuestro único huésped, y creo que se dará cuenta de que mi patrona ha hecho todo lo posible para que esté cómodo. ¿Está seguro de que no quiere otro vaso de cerveza? Muy bien. Buenas noches.
El reloj del pasillo marcaba las once y media cuando subieron al dormitorio, cuya ventana daba sobre el bosque del fondo de la casa.
Isaac cerró la puerta con llave, dejó su vela sobre la cómoda, y se dispuso a acostarse con gesto cansado. El helado viento otoñal aún soplaba, y su gemido solemne, monótono, creciente, recorriendo el bosque, era triste y horrible de oír en el silencio nocturno. Isaac se sentía extrañamente desvelado. Cuando se tendió en la cama, decidió dejar la vela encendida hasta empezar a adormilarse, porque había algo deprimente hasta lo insoportable en la sola idea de quedarse despierto en la oscuridad, oyendo el gemido fúnebre, incesante del viento en el bosque.
El sueño lo invadió sin que se diera cuenta. Se le cerraron los ojos, y cayó dormido sin que se le ocurriera apagar la vela.
La primera sensación de la que tuvo conciencia después de hundirse en el sueño fue un extraño escalofrío que lo recorrió bruscamente de pies a cabeza, y un terrible dolor punzante en el corazón, como nunca había sentido. El escalofrío sólo perturbó su sueño; el dolor lo despertó de inmediato. En un instante pasó del estado de sueño al estado de vigilia: los ojos bien abiertos, las percepciones mentales despejadas de pronto, como por milagro.
La vela había ardido casi hasta el último fragmento de sebo, pero la punta del pabilo sin cortar acababa de caer, y la luz era por el momento plena y clara en la pequeña habitación.
Entre el pie de la cama y la puerta cerrada se erguía una mujer con un cuchillo en la mano mirándolo.
El impacto del horror le dejó sin palabras, pero no perdió la nitidez sobrenatural de sus facultades, y no apartó los ojos de la mujer. Ella no dijo una palabra mientras se miraban a la cara, pero empezó a moverse lentamente hacia el costado izquierdo de la cama.
La siguió con los ojos. Era una mujer rubia, hermosa, con cabellos color lino y ojos gris claro, con el párpado izquierdo un poco caído. El notó esos detalles y los fijó en su mente antes de que la mujer llegara al costado de la cama. Sin decir palabra, sin expresión en el rostro, sin un ruido que siguiera a cada paso, ella se acercó más, y más... se detuvo... y alzó lentamente el cuchillo. El se llevó el brazo derecho a la garganta para protegerla; pero cuando vio que el cuchillo bajaba, movió la mano a través de la cama hacia el costado derecho, y sacudió el cuerpo de tal modo que el cuchillo descendió sobre el colchón, a una pulgada de su hombro.
Isaac fijó la mirada en el brazo y la mano de la mujer cuando retiró lentamente el cuchillo de la cama: un brazo blanco, bien formado, con un hermoso vello cubriendo levemente la piel clara: una delicada mano de dama, coronada por la belleza de un rubor rosado debajo y alrededor de las uñas.
Ella retiró el cuchillo, y se dirigió otra vez lentamente al pie de la cama; se detuvo un momento allí mirándolo; después siguió –aún sin hablar, aún sin expresión en el bello rostro impávido, aún sin un sonido que siguiera a sus pasos furtivos– siguió hacia el costado derecho de la cama, donde él estaba tendido ahora.
Cuando se aproximó alzó el cuchillo otra vez, y él se apartó hacia la izquierda. Ella golpeó el colchón, como antes, con un movimiento deliberadamente perpendicular y hacia abajo del brazo. Esta vez los ojos de él fueron de la mujer al cuchillo. Era como una de esas grandes navajas que les había visto usar a los peones para cortar pan y tocino. Los dedos pequeños y delicados no ocultaban más que dos tercios de la empuñadura: Isaac advirtió que estaba hecha de cuerno de gamo, limpia y brillante como la hoja, de aspecto flamante.
Ella retiró el cuchillo por segunda vez, lo ocultó en la ancha manga de su vestido, después se detuvo junto a la cama, observándolo. Por un instante él la vio de pie en esa posición, después el pabilo de la vela cayó en el candelero; la llama disminuyó hasta ser un puntito azul, y el cuarto quedó a oscuras.
Un instante, o menos, si es posible, pasó así, y después el pabilo llameó humeante por última vez. Isaac aún miraba ansioso sobre el lado derecho de la cama cuando brilló el último resplandor, pero no vio nada. La mujer rubia del cuchillo se había ido.
El convencimiento de que se encontraba una vez más a solas debilitó el dominio del miedo que lo había dejado mudo hasta ese momento. La agudeza sobrenatural que la misma intensidad del pánico había comunicado misteriosamente a sus facultades lo abandonó de pronto. Se le confundieron las ideas, el corazón le latía como desbocado, sus oídos se abrieron por primera vez desde la aparición de la mujer a la sensación del gemido funesto, incesante del viento entre los árboles. Con la terrible convicción de la realidad de lo que había visto aún intensa en su interior, saltó de la cama, y gritando: " ¡Asesinato! ¡Eh, despierten! ¡Despierten!" se abalanzó hacia la puerta de cabeza en la oscuridad.
Estaba bien cerrada con llave, exactamente como la había dejado al acostarse.
Sus gritos habían alarmado a la casa. Oyó las exclamaciones aterrorizadas, confusas de las mujeres; vio que el dueño de casa se acercaba por el pasillo con su vela de junco ardiendo en una mano y un arma en la otra.
–¿Qué pasa? –preguntó el posadero sin aliento. Isaac sólo pudo contestar con un susurro.
–Una mujer, con un cuchillo en la mano –dijo con voz entrecortada–. En mi cuarto: una mujer rubia, de pelo amarillo; trató de clavarme un cuchillo dos veces.
Las mejillas pálidas del posadero palidecieron aún más. Miró a Isaac con angustia al resplandor titilante de la vela, y su rostro empezó a enrojecer otra vez; su voz se alteró tanto como su piel.
–Ella parece haberle errado dos veces –dijo.
–Esquivé el cuchillo cuando bajaba –siguió Isaac, con el mismo susurro asustado–. Se clavó las dos veces en la cama.
El posadero llevó la vela de inmediato al interior del dormitorio. En menos de un minuto volvió a salir al pasillo con un violento ataque de furia.
–¡Que el diablo los lleve, a usted y su mujer del cuchillo! La ropa de la cama no tiene una sola marca. ¿Qué pretende, metiéndose en la casa de un hombre, y sacando a la familia de las casillas de puro susto, por un sueño?
Me iré de su casa dijo Isaac con voz débil–. Mejor estar en el camino, en la lluvia y la oscuridad, en camino a casa, que otra vez en ese cuarto, después de lo que vi en él. Permítame una luz para vestirme, y dígame cuánto tengo que pagar.
–¡Pagar! –exclamó el posadero, entrando al dormitorio, de mal humor, con la luz– Encontrará su cuenta sobre el mostrador cuando baje. No lo habría recibido a usted ni por todo el dinero del mundo si hubiese sabido por anticipado que soñaba y chillaba de ese modo. Fíjese en la cama. ¿Dónde hay un tajo de cuchillo? Fíjese en la ventana: ¿está forzada la cerradura? Fíjese en la puerta (que yo mismo le oí cerrar con llave): ¿está rota? ¡Una mujer asesina con un cuchillo en mi casa! ¡Tendría que darle vergüenza!
Isaac no contestó una palabra. Se vistió a las apuradas, y después bajaron juntos.
–¡Casi las dos y veinte! –dijo el posadero, cuando pasaron junto al reloj–. ¡Linda hora de la madrugada para aterrorizar a la gente honesta!
Isaac pagó la cuenta, y el posadero lo acompañó hasta la puerta delantera, preguntándole con una sonrisa de desdén, mientras abría las sólidas trancas y cerraduras, si "la mujer asesina había entrado por allí".
Se separaron sin una palabra. La lluvia había cesado, pero la noche era oscura, y el viento más frío que nunca. A Isaac le importaba poco la oscuridad, o el frío, o la in–certidumbre sobre el camino de regresó. Si lo hubiesen echado a un páramo en una borrasca, le habría resultado un alivio después de lo que había sufrido en el dormitorio de la posada.
¿Qué era la mujer rubia del cuchillo? ¿La criatura de un sueño, o esa otra criatura del mundo desconocido que los hombres llaman fantasma? No podía sacar nada en limpió del misterio: seguía sin sacar nada en limpio incluso en el mediodía del miércoles, cuando se encontró, después de extraviarse varias veces, una vez mas en el umbral de su casa.

III

Su madre salió a recibirlo con ansiedad. La cara de él le comunicó en un instante que algo andaba mal.
–He perdido el puesto; pero así es mi suerte. Anoche tuve un mal sueño, madre... o tal vez vi un fantasma. Sea como fuere, me asustó mucho, y aún no me siento bien.
–Isaac, tu cara me da miedo. Entra y acércate al fuego... entra y cuéntale todo a tu madre.
El estaba tan ansioso por contar como ella por oír; porque en todo el camino a casa había tenido la esperanza de que su madre, con su inteligencia más rápida y sus conocimientos superiores, pudiese ser capaz de aclarar el misterio que él mismo no podía resolver. Su recuerdo del sueño aún era mecánicamente vivido, aunque sus ideas eran confusas por completo.
El rostro de la madre palideció cada vez más a medida que él hablaba. No lo interrumpió ni una sola palabra; pero cuando terminó, acercó su silla a la de él, le rodeó el cuello con un brazo y le dijo:
–Isaac, tuviste tu mal sueño el miércoles a la madrugada. ¿Qué hora era cuando viste a la mujer rubia con el cuchillo en la mano?
Isaac reflexionó sobre lo que le había dicho el posadero cuando pasaron junto al reloj al irse de la posada; calculó lo mejor que pudo el tiempo transcurrido entre el momento en que abrió la puerta del dormitorio y aquel en que pagó la cuenta antes de irse, y contestó:
–Alrededor de las dos de la mañana.
La madre le soltó de pronto el cuello, y se estrujó las manos con un gesto de desesperación.
–Este miércoles es tu cumpleaños, Isaac, y tú naciste a las dos de la mañana.
La inteligencia de Isaac no era lo bastante aguda como para que se le contagiara el temor supersticioso de la madre. Se asombró, y también se alarmó un poco, cuando ella se levantó de pronto de la silla, abrió su antiguo pupitre, tomó pluma, papel y tinta y después le dijo:
–Tu memoria es pobre, Isaac, y ahora que soy vieja, la mía no es mucho mejor. Quiero que los dos sepamos todo acerca de este sueño, dentro de unos años, tan bien como lo sabemos ahora. Cuéntame otra vez lo que me contaste hace un minuto, cuando hablaste del aspecto de esa mujer.
Isaac obedeció, y quedó maravillado cuando vio que la madre asentaba cuidadosamente en el papel cada palabra que él pronunciaba.
"Ojos gris claro" escribió ella, cuando llegaron a la parte descriptiva, "con el párpado izquierdo un poco caído; cabello color lino, con un toque dorado; brazos blancos, con un leve vello; pequeñas manos de dama, con una sombra rojiza alrededor de las uñas; gran navaja con empuñadura de cuerno de gamo, que parecía flamante". A estos detalles la señora Scatchard agregó el año, el mes, el día de la semana, y la hora de la madrugada en que la mujer del sueño se le había aparecido al hijo. Después encerró cuidadosamente con llave el papel en el pupitre.
Ni en ese día ni en ningún día posterior pudo el hijo inducirla a volver al punto del sueño. Ella se guardaba celosamente para sí lo que pensaba, y hasta se negó a mencionar otra vez el papel de su pupitre. No pasó mucho tiempo antes de que Isaac se cansara de tratar de quebrar el resuelto silencio de su madre; y el tiempo, que tarde o temprano desgasta todas las cosas, desgastó poco a poco la impresión que el sueño le había provocado. Empezó a pensar en él con indiferencia, y terminó por no pensar en él para nada.
El resultado se produjo con mayor facilidad debido a la sucesión de algunos cambios importantes que mejoraron sus perspectivas y que comenzaron no mucho después de la noche de su terrible experiencia en la posada. Al fin cosechó la recompensa de su largo y paciente sufrimiento bajo la adversidad al conseguir un puesto excelente, que ocupó durante siete años, y dejándolo, a la muerte de su amo, no sólo con una referencia excelente, sino también con una buena pensión anual que se le otorgó como recompensa por haber salvado la vida de su ama en un accidente carretero. Fue así como Isaac Scatchard regresó a casa de su anciana madre, siete años después de la época del sueño en la posada, con una suma anual a su disposición suficiente para mantenerlos a los dos en la comodidad y la independencia por el resto de sus vidas.
La madre, cuya salud había empeorado mucho en los últimos años, sacó provecho del cuidado que tenían con ella y del hecho de verse libre de aprietos económicos, de tal modo que cuando llegó el cumpleaños de Isaac pudo sentarse a la mesa sin inconvenientes y cenar con él.
Ese día, al caer la noche, la señora Scatchard descubrió que una botella de tónico que acostumbraba tomar, y en la que creía que quedan aún una o dos dosis, estaba vacía. Isaac se ofreció de inmediato para ir a la farmacia y hacerla llenar. Era una noche de otoño tan fría y lluviosa como en la memorable ocasión en que se había perdido y dormido en la posada cercana al camino.
Cuando estaba por entrar a la farmacia se cruzó con una mujer vestida pobremente que salía y pasó con rapidez junto a él. Lo poco que pudo ver de su cara lo impactó, y la siguió con lo ojos mientras ella bajaba los escalones de entrada.
–¿Se fijó en esa mujer? –dijo el aprendiz de farmacéutico detrás del mostrador–. En mi opinión algo no marcha bien en ella. Me ha pedido láudano para ponerse en un diente enfermo. El patrón salió hace una hora, y le dije que yo no podía venderle veneno a extraños en ausencia de él. Ella se rió de un modo–raro, y dijo que regresaría dentro de media hora. Si espera que el patrón se lo dé, creo que se verá desilusionada. Es un caso de suicidio, señor, si alguna vez lo hubo.
Estas palabras aumentaron hasta lo inconmensurable el brusco interés por la mujer que Isaac había sentido al verle por primera vez la cara. Una vez que hizo llenar la botella de medicamento, la buscó con ojos ansiosos a su alrededor en la calle. Ella caminaba lentamente de un lado a otro por el costado opuesto del camino. Con el corazón latiéndole con fuerza, para su gran sorpresa, Isaac cruzó y le habló.
Le preguntó si tenía algún problema. Ella señaló su chal desgarrado, el vestido barato, el sombrero sucio y aplastado; después se movió hasta quedar bajo una lámpara, como para que la luz le diera sobre el rostro torvo, pálido, pero aún muy hermoso.
–Parezco una mujer acomodada y feliz, ¿verdad? –dijo, con una risa amarga.
Hablaba con una pureza de entonación que Isaac no había oído nunca antes sino en labios de una dama. Las más triviales acciones de la mujer parecían poseer la elegancia fluida y negligente de una mujer bien educada. Su piel, a pesar de toda la palidez de la pobreza, era delicada, como si hubiera disfrutado de cada una de las comodidades sociales que el dinero puede comprar. Incluso las manos, finamente conformadas, sin guantes como estaban, no habían perdido su blancura.
Poco a poco, en respuesta a las preguntas de Isaac, se desplegó, la triste historia de la mujer. No es necesario relatarla aquí; puede leerse una y otra vez en los informes policiales y en las noticias breves acerca de intentos de suicidio.
–Me llamo Rebecca Murdoch –dijo la mujer cuando terminó–. Me quedan nueve peniques, y pensé en gastarlos en una farmacia para asegurarme el pasaje al otro mundo. Por difícil que sea, no puede ser para mí peor que esto, ¿así que por qué detenerme?
Además de la compasión y la tristeza naturales que se agitaron en su corazón ante lo que oía, Isaac sintió que obraba en él una influencia misteriosa durante todo el tiempo que la mujer estuvo hablando, una influencia que confundía sus ideas por completo y casi lo privaba de los poderes del habla. Todo lo que pudo decir ante las últimas palabras temerarias de la mujer fue que le impediría atentar contra su vida, aunque tuviese que seguirla toda la noche para lograrlo. Su seriedad áspera y temblorosa parecieron impresionarla.
–No le ocasionaré ese problema –contestó, cuando el repitió la amenaza–. Al hablarme con bondad usted ha hecho que le tenga afecto a la vida. No son necesarias protestas ni promesas. Usted puede creerme, venga mañana a las doce al Prado de Fuller, y me encontrará viva, para dar cuenta de mí misma. ¡No! Nada de dinero. Mis nueve peniques me conseguirán un lugar para pasar la noche.
Se despidió con un movimiento de cabeza. El no intentó seguirla: no sintió sospechas de que lo engañara.
–Es extraño, pero no puedo dejar de creerle –se dijo para sus adentros, y se alejó, aturdido, hacia su casa.
Al entrar, su mente seguía absorbida de un modo tan completo por su nuevo centro de interés que no advirtió lo que su madre estaba haciendo cuando él entró con la botella de medicamento. Había abierto el viejo pupitre mientras no estaba, y ahora leía con atención el papel que estaba en su interior. En todos los cumpleaños de Isaac, desde que había asentado los detalles del sueño de sus propios labios, acostumbraba leer el mismo papel, y meditar sobre él en secreto.
Al día siguiente Isaac fue al Prado de Fuller.
Había hecho bien en creerla sin reservas. Allí estaba ella, de lo más puntual, para dar cuenta de sí misma. Las últimas débiles defensas que quedaban en el corazón de Isaac contra la fascinación que una palabra o una mirada de la mujer empezaban a ejercer de modo inescrutable sobre él se hundieron y desaparecieron ante ella para siempre en aquella mañana memorable.
Cuando un hombre previamente insensible a la influencia de las mujeres entabla una relación en la edad madura, son raros los casos, cualesquiera sean las circunstancias de advertencia, en que se encuentra capaz de librarse de la tiranía de la nueva pasión dominante. El encanto de que le hablara familiar, amable y agradecidamente una mujer cuyo lenguaje y modales seguían conservando el suficiente refinamiento anterior como para insinuar la alta clase social a la que había pertenecido, habría sido un lujo peligroso para un hombre de la posición de Isaac a la edad de veinte años. Pero era mucho más que eso – era la ruina segura para él– ahora que su corazón se abría sin límites a una influencia nueva en esa época intermedia de la vida en que los sentimientos fuertes de cualquier tipo, una vez implantados, echan raíces con mayor terquedad en la naturaleza moral de un hombre. Unas pocas entrevistas furtivas posteriores a esa primera mañana en el Prado de Fuller completaron su infatuación. En menos de un mes a partir del momento en que la conociera, Isaac Scatchard había consentido en darle a Rebecca Murdoch un nuevo interés por la existencia, y una oportunidad de recobrar el carácter que había perdido, al prometerle que la haría su esposa.
Ella había tomado posesión no sólo de sus pasiones, sino también de sus facultades; Isaac concentraba toda su mente en cuidarla. Ella lo dirigía en todos los aspectos: incluso lo instruyó acerca de cómo darle a su madre la novedad sobre el casamiento cercano del modo más seguro posible.
–Si le cuentas primero cómo me conociste y quién soy –le dijo la astuta mujer–, ella removerá cielo y tierra para impedir nuestro casamiento. Dile que soy hermana de un compañero de trabajo... pídele que me vea antes de entrar en más detalles, y deja el resto a mi cargo. Pienso hacer que me ame casi tanto como tú, Isaac, antes de que se entere de quién soy realmente.
El motivo del engaño bastaba para santificarlo a los ojos de Isaac. La estratagema propuesta lo aliviaba de una gran angustia, y tranquilizaba su conciencia incómoda en relación a la madre. Aún así, había algo que faltaba para que su felicidad fuera perfecta, algo que no podía precisar, algo misteriosamente imposible de rastrear, y sin embargo algo que se hacía sentir de modo perpetuo; no cuando Rebecca Murdoch estaba ausente, ¡sino, por extraño que suene, cuando se encontraba en presencia de ella! Ella era la amabilidad personificada con él. Nunca le hacía sentir su inteligencia inferior y sus modales inferiores. Mostraba la más tierna ansiedad por complacerlo en las más pequeñas trivialidades; pero, a pesar de todos estos atractivos, él nunca podía sentirse del todo en paz a su lado. Ya en el primer encuentro, mezclada a su admiración, hubo, cuando la miró a la cara, una sensación leve, involuntaria de duda acerca de si esa cara le era del todo desconocida. Ninguna intimidad posterior había tenido el menor efecto sobre esa incertidumbre inexplicable, fastidiosa.
Ocultando la verdad tal como le habían indicado, anunció su compromiso matrimonial a la madre con precipitación y confundido, el mismo día en que lo contrajo. La pobre señora Scatchard mostró la absoluta confianza que tenía en su hijo echándole los brazos al cuello y felicitándolo por haber encontrado al fin, en la hermana de un compañero de trabajo, una mujer que lo consolara y lo cuidara después de la muerte de su madre. No veía la hora de conocer a la mujer que había elegido su hijo, y fijaron el día siguiente para la presentación. Era una brillante mañana soleada, y la salita de la pequeña cabaña estaba inundada de luz cuando la señora Scatchard, feliz y expectante, vestida para la ocasión con su galas domingueras, se sentó a esperar al hijo y su futura nuera.
Fiel a la hora fijada, Isaac hizo entrar con apuro y nerviosidad a su prometida en el cuarto. Su madre se levantó para recibirla –avanzó unos pasos, sonriendo– miró a Rebecca de lleno en los ojos, y se detuvo de pronto. Su rostro, que un momento antes se veía rozagante, se puso blanco en un instante; sus ojos perdieron su expresión de ternura y amabilidad, y fueron invadidos por un sordo terror; sus manos tendidas cayeron a los costados, y retrocedió unos pasos tambaleando con una exclamación en voz baja dirigida a su hijo.
–Isaac –susurró, agarrándolo con fuerza del brazo cuando él le preguntó alarmado si estaba enferma–. Isaac, ¿la cara de esa mujer no te recuerda nada?
Antes de que pudiese contestar, antes de que pudiese darse vuelta hacia donde estaba Rebecca, atónita y enfurecida por la recepción, en el otro extremo del cuarto, su madre le señaló con impaciencia su pupitre, y le dio la llave.
–Ábrelo –dijo, con un susurro rápido, entrecortado.
–¿Qué significa esto? ¿Por qué me tratan como si no tuviera nada que hacer aquí? ¿Tu madre quiere insultarme? –preguntó Rebecca, iracunda.
–Ábrelo, y dame el papel que está en el cajón de la izquierda, ¡Rápido! ¡Rápido, por Dios! –dijo la señora Scattchard, encogiéndose aún más de terror.
Isaac le dio el papel. Ella lo miró con ansiedad por un instante, después siguió a Rebecca, que ahora empezaba a alejarse altanera para abandonar el cuarto, y la tomó del hombro... le alzó bruscamente la manga larga y suelta de su vestido, y le miró la mano y el brazo. Algo parecido al miedo empezó a invadir la expresión furiosa del rostro de Rebecca cuando se libró de las manos de la anciana.
–¡Loca! –dijo para sí–. Y pensar que Isaac nunca me lo dijo.
Con estas palabras, abandonó el cuarto.
Isaac se apresuraba a seguirla cuando su madre se dio vuelta y lo detuvo. A él le estrujó el corazón ver la desdicha y el terror en el rostro de la anciana mientras lo miraba.
–Ojos gris claro –dijo la madre, en tono grave, lúgubre, espantado, señalando hacia la puerta abierta–; el párpado izquierdo un poco caído; cabello color lino, con un toque dorado; brazos blancos, con un leve vello; pequeñas manos de dama, con un matiz rojizo bajo las uñas... ¡La mujer del sueño, Isaac, la mujer del sueño!
La leve duda penetrante de la que nunca había podido librarse en presencia de Rebecca Murdoch quedó fijada para siempre. Entonces él había visto su rostro antes... siete años antes, el día de su cumpleaños, en el dormitorio de la posada solitaria.
–¡Ten cuidado! ¡Oh, hijo mío, ten cuidado! ¡Isaac, Isaac, deja que se vaya, y quédate conmigo!
Algo oscureció la ventana de la salita cuando esas palabras fueron dichas. Un brusco escalofrío recorrió a Isaac, y miró de soslayo la sombra. Rebecca Murdoch había regresado. Estaba atisbando con curiosidad por sobre el bajo antepecho de la ventana.
–He prometido casarme, madre –dijo él–. Y debo casarme.
Le subieron lágrimas a los ojos mientras hablaba, que le enturbiaron la visión, pero pudo alcanzar a distinguir el rostro fatal afuera, alejándose otra vez de la ventana.
La madre bajó aún más la cabeza.
–¿Te sientes mal?–susurró él.
–Me siento deshecha, Isaac.
El se inclinó y la besó. La sombra, en el momento en que lo hacía, regresó a la ventana, y el rostro fatal atisbo con curiosidad una vez más.

IV

Tres semanas después de ese día Isaac y Rebecca eran marido y mujer. Todo lo que había de tenaz y obstinado sin esperanzas en la naturaleza moral del hombre parecía haberse ceñido alrededor de su pasión fatal, y haberla fijado de modo inatacable en su corazón.
Después de la primera entrevista en la salita de la cabaña ninguna consideración convencería a la señora Scatchard de ver otra vez a la esposa de su hijo, o incluso de hablar de ella cuando Isaac se esforzaba por defender la causa de la mujer después del casamiento.
Esta conducta no estaba provocada en ningún sentido por el descubrimiento de la degradación en la que había vivido Rebecca. No era esa la cuestión entre madre e hijo. La única cuestión era el parecido temiblemente exacto entre la mujer viva, de carne y hueso, y la mujer espectral del sueño de Isaac.
Rebecca, por su parte, no sentía ni expresaba la menor pena ante el distanciamiento entre ella y su suegra. Isaac, para conservar la paz, nunca había negado su primera idea acerca de que la vejez y la larga enfermedad habían afectado la mente de la señora Scatchard. Incluso le permitió a su esposa increparlo por no habérselo confesado en la época del compromiso, en vez de arriesgarse a insinuar la verdad. El sacrificio de su integridad ante su única ilusión imperiosa le parecía algo sin importancia, y después de los sacrificios que ya había hecho le costó poco a su conciencia.
El momento de despertar de su ilusión –el momento cruel y lamentable– no estaba lejos. Después de unos meses tranquilos de vida matrimonial, cuando terminaba el verano, y el año avanzaba hacia el mes de su cumpleaños, Isaac descubrió que su esposa cambiaba el modo de tratarlo. Se volvió malhumorada y "desdeñosa; entabló amistad con personas del tipo más peligroso a despecho de sus objeciones, amenazas y órdenes; y, peor aún, no pasó mucho tiempo sin que, después de cada nuevo roce con el esposo, aprendiera a buscar el olvido letal de la bebida. Poco a poco, después del primer lastimoso descubrimiento de que su esposa tenía amistad con borrachos, se impuso a Isaac la escandalosa certeza de que ella misma había llegado a ser una borracha.
El se encontraba en un triste estado depresivo desde cierto tiempo antes de que se presentaran estas calamidades domésticas. La salud de la madre, como podía advertir con demasiada claridad cada vez que iba a visitarla a la cabaña, empeoraba con rapidez, y él se recriminaba en secreto ser la causa del sufrimiento físico y mental que ella soportaba. Cuando a su remordimiento en relación a la madre se agregó la vergüenza y la desdicha ocasionadas por el descubrimiento de la degradación de la esposa, se derrumbó bajo esa dura prueba doble: su rostro empezó a cambiar rápidamente, y parecía lo que era, un hombre con el espíritu quebrado.
La madre, que aún luchaba con valor contra la enfermedad que la iba llevando a la tumba, fue la primera en notar el triste cambio en él, y la primera en enterarse de su último y peor problema con la esposa. El día en que el hijo le hizo la humillante confesión sólo pudo llorar amargamente, pero en la próxima oportunidad que la visitó, la anciana había tomado una decisión respecto a las aflicciones domésticas que lo acosaban, una decisión que lo asombró y hasta lo alarmó. La encontró vestida para salir, y cuando le preguntó la causa recibió esta respuesta:
–No me queda mucho tiempo en este mundo, Isaac, y no me sentiré tranquila en mi última hora a menos que haga todo lo posible hasta el fin para que mi hijo sea feliz. Voy a descartar mis miedos y sentimientos, y acompañarte a ver a tu esposa, y hacer lo que esté a mi alcance para que ella reaccione. Dame el brazo, Isaac, y déjame hacer por mi hijo lo último que puedo antes de que sea demasiado tarde.
El no pudo desobedecerle, y caminaron juntos lentamente hacia su desdichado hogar.
Era apenas la una de la tarde cuando llegaron a la cabaña donde él vivía. Era la hora del almuerzo, y Rebecca estaba en la cocina. Así que él pudo llevar sin inconveniente a su madre a la salita, y preparar después a la esposa para la entrevista. Por fortuna a esa hora de la mañana ella había bebido poco, y estaba menos malhumorada y caprichosa que de costumbre.
Regresó junto a la madre con la mente tolerablemente tranquila. Pronto entró su esposa a la salita, y el encuentro entre ella y la señora Scatchard se desarrolló mejor de lo que él se había atrevido a prever, aunque observó con secreta preocupación que la madre, por más decidida que estuviera a controlarse en otros aspectos, no podía mirar a su esposa a la cara cuando le hablaba. Por lo tanto fue un alivio para él cuando Rebecca empezó a tender el mantel.
Tendió el mantel, trajo la tabla del pan, y cortó una rodaja para su esposo, después regresó a la cocina. En ese momento Isaac, que aún vigilaba con ansiedad a la madre, se sobresaltó al ver en el rostro de la anciana el mismo cambio horroroso que lo había alterado tanto en la mañana en que Rebecca y ella se conocieron. Antes de que pudiera decir una palabra, ella le susurró, con una mirada de terror:
–Llévame... llévame otra vez a casa, Isaac. Ven conmigo, y no regreses nunca.
Le daba miedo pedir una explicación; sólo pudo hacerle un gesto para que se callara, y ayudarla a llegar con rapidez a la puerta. Cuando pasaron junto a la tabla del pan ella se detuvo y la señaló.
–¿Viste con qué cortó el pan tu esposa? –preguntó en voz baja.
–No, mamá... No estaba prestando atención. ¿Qué era?
–¡Mira!
Miró. Una gran navaja nueva, con empuñadura de cuerno de gamo, descansaba con la hogaza de pan sobre la tabla. El tendió una mano temblorosa para tomarlo; pero en el mismo instante hubo un ruido en la cocina, y la madre le aferró el brazo.
–¡El cuchillo del sueño! Isaac, me desmayo de miedo. Llévame ante de que ella regrese.
Le costaba sostenerla. La realidad visible, tangible del cuchillo lo llenaba de pánico, y destruía por completo cualquier leve duda que hubiese podido acariciar hasta ese momento en relación a la misteriosa advertencia onírica de casi ocho años atrás. Mediante un último esfuerzo desesperado, pudo controlarse lo necesario para ayudar a salir a la madre de la casa, tan en silencio que la "Mujer del Sueño" (ahora pensaba en ella con ese nombre) no los oyó irse desde la cocina.
–¡No vuelvas, Isaac... no vuelvas! –le imploró la señora Scatchard, cuando él se dio vuelta para irse, después de dejarla otra vez sana y salva en su habitación.
–Debo hacerme del cuchillo –contestó él, en voz baja. La madre intentó detenerlo otra vez, pero él se apuró a salir sin decir una palabra más.
Al regresar encontró que la esposa habla descubierto la partida en secreto de los dos. Había estado bebiendo, y tenía un furioso ataque de cólera. Había arrojado la comida bajo la rejilla del hogar; el mantel no estaba sobre la mesa de la salita. ¿Dónde estaba el cuchillo?
El lo pidió, tontamente. Ella se alegró ante la oportunidad de irritarlo que el pedido le ofrecía.
–¿Así que él quiere el cuchillo? ¿Puede darle a ella un motivo? ¡No! Así que no lo tendrá... ni aunque lo pida de rodillas.
Las recriminaciones posteriores hicieron surgir el hecho de que ella lo había comprado en una liquidación, y que lo consideraba de propiedad personal. Isaac comprendió la inutilidad de tratar de obtener el cuchillo por las buenas, y decidió buscarlo más tarde, en secreto. La búsqueda fue infructuosa. Llegó la noche, y se fue de la casa para caminar por las calles. Ahora le daba miedo dormir en el mismo cuarto con ella.
Pasaron tres semanas. Aun rabiosa con él, la mujer no quería entregar el cuchillo; y él seguía dominado por el temor de dormir con ella en el mismo cuarto. Se paseaba por las noches, o dormitaba en la salita, o se quedaba sentado junto al lecho de la madre. Antes de que terminara la primera semana del nuevo mes su madre murió. Faltaban apenas diez días para el cumpleaños del hijo. Ella había anhelado vivir para el aniversario. Isaac estuvo presente en el momento de la muerte, y las últimas palabras de la anciana en este mundo fueron para él:
–¡No vuelvas, hijo mío, no vuelvas!
Se vio obligado a volver, aunque sólo fuese para vigilar a la esposa. Exasperada al extremo por la desconfianza que él le tenía, había buscado vengativamente agregar un aguijón a su pena, en los últimos días de la enfermedad de la madre, declarando que haría valer su derecho de asistir al entierro. A pesar de todo lo que él pudo decir o hacer, ella se atuvo con malvada persistencia a lo prometido, y en el día designado para el entierro le impuso su presencia –enardecida y descarada debido a la bebida– al esposo, y declaró que participaría de la procesión fúnebre hasta la tumba de la madre.
Aquel ultraje final, acompañado por todo lo que había de más insultante en aspecto y conducta, lo enloqueció por un momento. La golpeó.
En cuanto propinó el golpe se arrepintió. Ella se acurrucó, silenciosa, en un rincón del cuarto, y lo miró con fijeza; era una mirada que le enfrió su sangre caliente y lo hizo temblar. Pero en ese momento no había tiempo de pensar en un medio de hacer las paces. Sólo le restaba arriesgarse a lo peor hasta que el funeral terminase. Sólo había un modo de sentirse seguro. La encerró con llave en el dormitorio de ella.
Cuando regresó unas horas después, la encontró sentada, muy cambiada en el aspecto y la actitud, junto a la cama, con un bulto sobre el regazo. Se levantó, y lo enfrentó serenamente, y habló con una extraña calma en la voz, una extraña tranquilidad en los ojos, una extraña compostura en los modales.
–Ningún hombre me ha golpeado dos veces –dijo–. Y mi esposo no tendrá una segunda oportunidad. Abre la puerta y déjame partir. A partir de este momento no volveremos a vernos.
Antes de que él pudiese contestar pasó a su lado y abandonó la habitación. El la vio alejarse por la calle.
¿Regresaría?
Vigiló y esperó durante toda la noche, pero no hubo sonido de pasos cerca de la casa. La noche siguiente, abrumado por la fatiga, se acostó vestido en la cama, con la puerta cerrada con llave–, la llave sobre la mesa, y la vela encendida. Su sueño no se vio perturbado. Se sucedieron la tercera, la cuarta, la quinta, la sexta noche, y nada ocurrió. Estaba acostado en la séptima, aún vestido, aún con la puerta cerrada con llave, la llave sobre la mesa y la vela encendida, pero más tranquilo.
Más tranquilo, y en perfectas condiciones físicas cuando se durmió. Pero su descanso se vio perturbado. Despertó en dos oportunidades, sin sensación de inquietud. Pero en la tercera ocasión se trataba del inolvidable escalofrío que había sentido en la noche de la posada solitaria, aquel espantoso dolor punzante en el corazón, que una vez más lo despertó de inmediato.
Abrió los ojos hacia el costado izquierdo de la cama, y allí estaba...
¿Otra vez la Mujer del Sueño? ¡No! Su esposa; la realidad viviente, con el rostro espectral del sueño, con la actitud espectral del sueño; el blanco brazo alzado, el cuchillo apretado en la delicada mano blanca.
Saltó casi en él instante mismo en que la vio, y sin embargo sin la suficiente rapidez como para impedir que ella ocultara el cuchillo. Sin una palabra por parte de él, sin una exclamación por parte de ella, la inmovilizó en una silla. Le tanteó la manga con una mano, y allí donde la Mujer del Sueño había escondido el cuchillo, allí lo había escondido si esposa: el cuchillo con mango de cuerno de gamo, de aspecto flamante.
En medio de la desesperación de ese momento espantoso su cerebro estaba sereno, su corazón en calma. La miró fijamente con el cuchillo en la mano, y dijo estas palabras finales:
–Me dijiste que no íbamos a volver a vernos, y regresaste. Ahora me toca a mí irme, y me iré para siempre. Digo que no volveremos a vernos, y no quebraré mi palabra.
La dejó, y empezó a caminar en la noche. Afuera había un viento frío, y "el olor de la lluvia reciente saturaba el aire. La campana distante de una iglesia dio el cuarto de hora mientras él caminaba con rapidez más allá de las últimas casas del suburbio. Preguntó al primer policía que encontró a qué hora correspondía el cuarto que acababa de sonar.
El hombre se fijó en su propio reloj.
–A las dos.
Las dos de la mañana. ¿Qué día del mes era el que acababa de empezar? Lo calculó a partir de la fecha del funeral de la madre. El paralelo fatal era completo: ¡era su cumpleaños!
¿Había escapado del peligro mortal que el sueño le pronosticara? ¿O sólo había recibido una segunda advertencia?
En cuanto esa duda ominosa se impuso en su mente, se detuvo, reflexionó, y se dirigió otra vez hacia la ciudad. Aun estaba decidido a cumplir con su palabra de que ella no lo viera nunca más, pero ahora se le había ocurrido la idea de hacerla vigilar y seguir. Tenía el cuchillo; el mundo se abría ante él; pero una nueva desconfianza hacia ella... un temor vago, indecible, supersticioso lo había invadido.
–Debo saber adonde va, ahora que cree que la he dejado –se dijo, mientras se acercaba con paso cansado a la casa.
Aún estaba a oscuras. El había dejado la vela encendida en el dormitorio; pero cuando alzó los ojos hacia la ventana, no vio luz. Se acercó furtivamente a la puerta. Recordaba que al irse la había cerrado; al probarla ahora, la encontró abierta.
Esperó afuera, sin perder de vista la casa, hasta que rompió el día. Entonces se atrevió a entrar: prestó atención, y no escuchó nada; se fijó en la cocina, en el lavadero, en la salita, no encontró nada; al fin subió al dormitorio: estaba vacío. En el piso había una ganzúa, que revelaba cómo había entrado la mujer por la noche, y ésa era la única huella que había dejado.
¿Adonde se había dirigido? No hubo lengua mortal que pudiera contestarle. La oscuridad había ocultado su huida; y cuando llegó el amanecer, nadie podía saber dónde la había sorprendido la luz.
Antes de abandonar la casa y la ciudad para siempre, Isaac le dio instrucciones a un amigo y vecino para que vendiera los muebles por lo que pudiera conseguir y que empleara el producto de la venta en contratar a la policía para que le siguiera el rastro a la mujer. Las órdenes fueron cumplidas con honestidad y se gastó todo el dinero, pero las pesquisas no llevaron a nada. La ganzúa del piso del dormitorio seguía siendo la única y última pista inútil de la Mujer del Sueño.
A esta altura del relato el posadero hizo una pausa, y, volviéndose hacia la ventana del cuarto en el que estábamos sentados, miró en dirección a los establos.
–Eso es lo que me contaron –dijo–. Lo poco que falta lo sé por experiencia personal. Dos o tres meses después de los hechos que acabo de contarle, Isaac Scatchard vino a verme, marchito y envejecido prematuramente, como usted lo vio hoy. Vino con sus referencias personales y me pidió un empleo. Sabiendo que tenía un lejano parentesco con mi esposa, lo tomé a prueba en consideración a ello, y me cayó bien a pesar de sus costumbres raras. Es tan sobrio, honesto y voluntarioso como puede serlo un hombre en Inglaterra. En cuanto al hecho de que se mantiene despierto por la noche, y duerme en los momentos de ocio del día, ¿quién puede asombrarse después de oír su historia? Además, nunca se opone a que lo despierten cuando lo necesitan, así que no hay mucho de qué quejarse, después de todo.
–Supongo que teme que regrese ese sueño espantoso, y despertar de él en la oscuridad, ¿verdad? –dije.
–No –replicó el posadero–. El sueño sé le ha repetido con tanta frecuencia que ahora lo soporta resignado. Lo que lo mantiene despierto toda la noche es la esposa, como me ha dicho a menudo.
–¿Cómo! ¿Nunca se supo nada de ella?
–Nunca. Isaac tiene un solo pensamiento permanente respecto a ella: que está viva y que lo busca. Creo que no se quedaría dormido a las dos de la mañana ni por todo el oro del mundo. Dice que las dos de la mañana es la hora en que ella lo encontrará, uno de estos días. Durante todo el –año las dos de la mañana es la hora en que le gusta estar más seguro de que tiene la gran navaja encima. No le importa estar a solas siempre que esté despierto, salvo en la noche previa a su cumpleaños, cuando cree con firmeza que su vida peligra. Desde que está aquí, pasó un solo cumpleaños, y ese día se quedó sentado junto al sereno toda la noche. "Ella me está buscando", es todo lo que dice cuando alguien le habla de la única angustia de su vida; "ella me está buscando." Puede tener razón. Ella puede estar buscándolo. ¿Quién puede saberlo?
–¿Quién puede saberlo? –dije.

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