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GOTICO

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martes, diciembre 16, 2008

¿QUIEN SABE? -- GUY DE MAUPASSANT

¿QUIEN SABE? -- GUY DE MAUPASSANT
I


¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Así que al fin voy a escribir lo que me ha pasado! ¿Pero podré? ¿Me atreveré? ¡Es algo tan extravagante, tan inexplicable, tan incomprensible, tan loco!
Si no estuviese seguro de lo que vi, seguro de que no hubo en mi razonamiento falla alguna, ningún error en mis comprobaciones, ninguna laguna en el orden inflexible de mis observaciones, me creería un simple alucinado, juguete de una visión extraña. Después de todo, ¿quién sabe?
Hoy me encuentro en un asilo; pero entré voluntariamente, ¡por prudencia, por miedo! Sólo una persona conoce mi historia. El médico de aquí. Voy a escribirla. No sé muy bien por qué. Para librarme de ella, porque la siento en mí como una pesadilla intolerable.
Es como sigue:

Siempre he sido un solitario, un soñador, una especie de filósofo aislado, benévolo, que se conforma con poco, sin amargura contra los hombres ni rencor contra el cielo. He vivido siempre solo, debido a una especie de malestar que se insinúa en mí ante la presencia de los demás. ¿Cómo explicarlo? No podría. No me niego a ver gente, conversar, cenar con amigos, pero cuando los siento durante un largo rato cerca de mí, incluso a los más íntimos, me cansan, me enervan, y experimento un deseo creciente, torturante de verlos irse o de irme yo, de estar solo.
Este deseo es más que una simple necesidad, es una necesidad irresistible. Y si la presencia de las personas con las que me encuentro continuase, si yo debiese, no escuchar, sino oír por largo tiempo sus conversaciones, sin duda me ocurriría un accidente. ¿Cuál? ¡Ah! ¿Quién sabe? ¿Tal vez un simple síncope? ¡Sí! ¡Es probable!
Me gusta tanto estar solo que ni siquiera puedo soportar la cercanía de otros seres durmiendo bajo mi techo; no puedo vivir en París porque allí agonizo indefinidamente. Muero moralmente y siento tanto mi cuerpo como mis nervios atormentados por esa multitud inmensa que hormiguea que vive a mi alrededor, incluso cuando duerme. ¡Ah! El sueño de los demás me resulta aun más penoso que sus palabras. Y nunca puedo descansar cuando sé, cuando siento, detrás de un muro, existencias interrumpidas por esos eclipses periódicos de la razón.
¿Por qué soy así? ¿Quién sabe? Tal vez la causa es muy simple: me fatiga muy pronto todo lo que no pasa en mí. Y hay muchas personas en mi situación.
Sobre la tierra somos dos razas. Los que necesitan a los demás, aquellos a quienes los demás distraen, ocupan, descansan, y a quienes la soledad atormenta, agota, anula, como la ascensión de un glaciar terrible o la travesía del desierto, y aquellos a quienes los demás, por el contrario, cansan, aburren, molestan, irritan, mientras que el aislamiento los calma, los baña de descanso en la independencia y la fantasía de lo que piensan.
En pocas palabras, se trata de un fenómeno psíquico normal. Unos están dotados para vivir hacia afuera, los otros para vivir hacia adentro. Mi atención externa es de corta duración y se agota pronto, y, cuando llega a sus límites, experimento, en todo mi cuerpo y toda mi inteligencia, una malestar intolerable.
Un resultado de eso es que me apego, que me había apegado mucho a los objetos inanimados, que adquieren, para mi, una importancia de seres, y que mi cusa se ha convenido, se había convertido, en un inundo donde vivía una vida solitaria y activa, en medio de cosas, tic muebles, de chucherías familiares, simpáticas como rostros para mí. La había llenado de ellos poco a poco, la había adornado, y en su interior me sentía contento, satisfecho, muy feliz, como en brazos de una mujer amable cuya caricia cotidiana se ha convertido en una necesidad serena y dulce.
Había hecho construir esta casa en un hermoso jardín que la aislaba de los caminos, y a la entrada de una ciudad donde podía encontrar, dado el caso, los recursos sociales que, en ciertos momentos, deseaba. Todos mis criados dormían en una dependencia alejada, en el fondo del huerto, al que rodeaba un alto muro. El oscuro manto envolvente de las noches, en el silencio de mi vivienda perdida, oculta, ahogada bajo las hojas de los grandes árboles, me resultaba tan tranquilizador y tan beneficioso, que todas las noches vacilaba, durante muchas horas, antes de acostarme, para saborear más tiempo.
Aquel día habían representado Sigurd en el teatro de la ciudad. Era la primera vez que escuchaba aquel hermoso drama musical y mágico, que me había dado un gran placer.
Retornaba a pie, con paso vivo, la cabeza llena de frases sonoras, y los ojos abstraídos en bonitas visiones. Estaba oscuro, oscuro, pero oscuro al extremo de que apenas si distinguía la ruta, y en más de una ocasión estuve a punto de caer a la cuneta. Desde el control hasta casa hay un kilómetro aproximadamente, tal vez un poco más, o sea veinte minutos de marcha lenta. Era la una de la mañana, la una o la una y media; el cielo se aclaró un poco delante mío y apareció la media luna, la triste media luna del cuarto menguante. La media luna creciente, la que se alza a las cuatro o las cinco de la tarde, es límpida, alegre, lustrada de plata, pero la que se alza después de medianoche es rojiza, lúgubre, inquietante: es la verdadera media luna del Sabbat.
Todos los noctámbulos tienen que haber hecho esta observación. La primera, aunque sea delgada como un hilo, emite una leve luz alegre que regocija el corazón, y proyecta sobre la tierra sombras nítidas; la última difunde apenas un resplandor moribundo, tan tenue que casi no forma sombras.
Divisé desde lejos la masa sombría de mi jardín, y de no sé dónde me vino una especie de malestar ante la idea de entrar allí. Camine con pasos más lentos. El clima era suave. La gran arboleda parecía una tumba donde mi casa estaba enterrada.
Abrí mi barrerá y penetré en la larga avenida de sicómoros, que se alejaba hacia el edificio, arqueada en forma de cúpula, como un alto túnel, atravesando macizos opacos y rozando parches de césped donde los grupos de flores formaban, bajo las tinieblas empalidecidas, manchas ovales de matices imprecisos.
Al acercarme a la casa, me invadió una turbación extraña. No se oía nada. Entre las hojas no corría ni un soplo de aire. "¿Qué me pasa?" pensé. Hacía diez años que regresaba así a casa sin que se hubiese presentado la menor inquietud. No tenía miedo. Nunca tengo miedo, por la noche. Si hubiese visto a un hombre, a un merodeador, a un ladrón, me habría invadido la rabia, y hubiese saltado sobre él sin vacilar. Además estaba armado. Tenía mi revólver. Pero no lo toqué, porque quería resistir esa influencia de temor que nacía en mí.
¿Qué era? ¿Un presentimiento? ¿El presentimiento misterioso que se apodera de los sentidos de los hombres cuando están por ver lo inexplicable? ¿Puede ser? ¿Quién sabe?
A medida que avanzaba, sentía estremecimientos en la piel, y cuando estuve ante el muro, de tejas cerradas, de mi enorme vivienda, sentí que necesitaba esperar unos minutos antes de abrir la puerta y entrar. Me senté entonces en un banco, bajo las ventanas de mi salón. Me quedé allí, un poco vibrante, con la cabeza apoyada contra la pared, los ojos abiertos sobre la sombra de las hojas. Durante esos primeros instantes, no noté nada insólito a mi alrededor. Sentía zumbidos en los oídos; pero es algo que me ocurre con frecuencia. A veces me da la impresión de que oigo pasar trenes, que escucho sonar campanas, que oigo marchar una multitud.
Muy pronto los zumbidos se hicieron más nítidos, más precisos, más reconocibles. Me había equivocado. No era el bordoneo común de mis arterias lo que introducía en mis orejas los rumores, sino un ruido muy singular, aunque muy confuso, que venía, sin la menor duda, del interior de mi casa.
Lo distinguía a través de la pared, aquel ruido continuo, más una agitación que un ruido, una vaga agitación de muchas cosas, como si sacudieran, desubicaran, arrastraran suavemente todos mis muebles.
¡Oh! Dudé durante un rato bastante largo de la precisión de mi oído. Pero una vez que lo pegué contra una teja para percibir mejor el trastorno extraño de mi vivienda, quedé convencido, seguro, de que en casa pasaba algo anormal e incomprensible. No tenía miedo, pero estaba... cómo expresarlo... pasmado de asombro. No amartillé mi revólver: adivinaba muy bien que no lo necesitaba. Esperé.
Esperé mucho tiempo, sin poder decidirme a nada, con el espíritu lúcido, pero locamente ansioso. Esperé, parado, oyendo siempre el ruido que aumentaba, que adquiría, por momentos, una intensidad violenta, que parecía convertirse en un gruñido de impaciencia, de cólera, de tumulto misterioso.
Después, de pronto, avergonzado de mi cobardía, tomé mi manojo de llaves, elegí la que necesitaba, la hundí en la cerradura, la hice girar dos veces, y empujando la puerta con todas mis fuerzas, la hice pegar contra el tabique.
El golpe sonó como un tiro de fusil, y he aquí que al ruido explosivo respondió, de arriba abajo de mi casa, un tumulto extraordinario. Fue tan súbito, tan terrible, tan ensordecedor que retrocedí unos pasos y, aunque siguiera sintiendo que era inútil, saqué el revólver de la funda.
Seguí esperando, ¡oh!, poco tiempo. En seguida oí un pataleo extraordinario sobre los escalones de la escalera, sobre los pisos de madera, sobre las alfombras, un pataleo, no de calzado, de suelas humanas, sino de muletas, de muletas de madera y muletas de hierro que vibraban como címbalos. Y de pronto divisé, en el umbral, un sillón, mi gran sillón de lectura, que salía meneándose. Se alejó por el jardín. Lo seguían otros, los de mi salón, después los canapés bajos que se arrastraban como cocodrilos sobre sus patas cortas, después todas mis sillas, con saltos de cabras, y los pequeños taburetes que trotaban como conejos.
¡Oh! ¡Qué emoción! Me deslicé al interior de un macizo de arbustos donde me quedé agachado, contemplando el desfile de mis muebles, porque se iban todos, uno tras otro, rápida o lentamente, según el tamaño o el peso. Mi piano, mi gran piano de cola, pasó con un galope de caballo desbocado y un murmullo musical en el flanco, los objetos más pequeños se deslizaban sobre la arena como hormigas, los cepillos, la cristalería, las copas, a las que el claro de luna colgaba fosforescencias de luciérnagas. Las telas reptaban, desplegándose en charcos como los pulpos de mar. Vi aparecer mi escritorio, una rareza del siglo pasado, que contenía todas las cartas que he recibido, toda la historia de mi corazón, ¡una vieja historia que me ha hecho sufrir tanto! Y allí dentro también iban mis fotografías.
Súbitamente, dejé de tener miedo, me lancé sobre él y lo agarré como se agarra a un ladrón, como se agarra a una mujer que huye, pero él iba con un impulso irresistible, y a pesar de mis esfuerzos, y a pesar de mi cólera, no pude ni siquiera disminuir su marcha. Como me resistí desesperado a aquella fuerza espantosa, caí a tierra luchando contra él. Entonces me hizo rodar, me arrastró sobre la arena, y ya los muebles, que lo seguían, empezaban a marchar sobre mí, pisoteándome las piernas y lastimándolas; después, cuando lo solté, los demás pasaron sobre mi cuerpo como una carga de caballería sobre un soldado desmontado.
Loco de espanto al fin, pude arrastrarme fuera de la gran alameda y ocultarme otra vez entre los árboles, para ver cómo desaparecían los objetos más ínfimos, los más pequeños, los más modestos e ignorados por mí, que me habían pertenecido.
Después escuché, a los lejos, en el interior de mi vivienda resonante ahora como las mansiones vacías, un ruido formidable de puertas que volvían a cerrarse. Restallaron de arriba a abajo, hasta que la del vestíbulo, que yo mismo había abierto, insensato, para aquella partida, se cerró al fin, la última.
Yo también huí, corriendo hacia la ciudad, y no recobré la sangre fría hasta que estuve en las calles, y me crucé con trasnochadores. Iba a llamar a la puerta de un hotel donde me conocían. Había golpeado, con las manos, mi ropa, para quitarle el polvo, y conté que había perdido mi manojo de llaves, que incluía la del huerto, donde dormían mis criados en una dependencia aislada, detrás de la tapia que defendía mis frutos y legumbres de la visita de los merodeadores.
Me hundí hasta los ojos en la cama que me dieron. Pero no pude dormir, y esperé el día escuchando los fuertes latidos de mi corazón. Había ordenado que avisaran a mi gente al amanecer, y mi camarero llamó a la puerta a las siete de la mañana.
Su rostro parecía trastornado.
–Anoche ocurrió una gran desgracia, señor –dijo.
–¿De qué se trata?
–Robaron todos los muebles del señor, todo, todo, hasta los objetos más pequeños.
La noticia me agradó. ¿Por qué? ¿Quién sabe? Me sentía muy dueño de mí, seguro de disimular, de no decir nada a nadie sobre lo que había visto, de ocultarlo, de enterrarlo en mi conciencia como un secreto espantoso. Contesté:
–Entonces se trata de las mismas personas que me robaron las llaves. Habrá que avisar en seguida ala policía. Voy a levantarme y estaré con usted en instantes.
La pesquisa duró cinco meses. No se descubrió nada, no encontraron ni mi más pequeña chuchería, ni el más leve rastro de los ladrones. ¡Demonios! Si hubiese contado lo que sabía... Si lo hubiese contado... me habrían encerrado, a mí, no a los ladrones, sino al hombre que había visto semejante cosa.
¡Oh! Supe callarme. Pero no volví a amueblar mi casa. Era inútil por completo. Aquello habría recomenzado, siempre. No quería entrar otra vez allí. No entré otra vez. No volví a verla.
Vine a París, al hotel, y consulté médicos por el estado de mis nervios, que me inquietaba mucho desde aquella noche deplorable.
Me conminaron a viajar. Seguí el consejo.


II

Empecé con una excursión por Italia. El sol me hizo bien. Durante seis meses vagué de Génova a Venecia, de Venecia a Florencia, de Florencia a Roma, de Roma a Nápoles. Después recorrí Sicilia, tierra admirable por su naturaleza y sus monumentos, reliquias que dejaron los griegos y los normandos. Pasé a África, atravesé pacíficamente ese gran desierto amarillo y calmo, en el que vagan camellos, gacelas y árabes errantes, donde, en el aire leve y transparente, no flota ninguna obsesión, ni de día ni de noche.
Regresé a Francia por Marsella, y a pesar de la alegría provenzal, la luz disminuida del cielo me entristeció. Experimenté, al retoñar al continente, la impresión extraña de un enfermo que se cree curado y al que un sordo dolor previene de que el foco del mal no ha desaparecido.
Después regresé a París. Al cabo de un mes, me aburría. Era en otoño, y antes del invierno quería hacer una excursión por Normandía, que no conocía.
Empecé por Rouen, desde luego, y durante ocho días, vague distraído, encantado, entusiasmado por aquella ciudad de la Edad Media, por aquel sorprendente museo de extraordinarios monumentos góticos.
Ahora bien, una tarde, hacia las cuatro, cuando entré en una calle inverosímil por la que corre un río negro como la tinta bautizado "Agua de Robec", mi atención, hasta entonces fija en la fisonomía extravagante y antigua de las casas, fue atraída de pronto por una serie de tiendas de cambalacheros que se sucedían una al lado de la otra.
¡Ah! ¡Habían elegido bien su lugar, aquellos sórdidos traficantes de antiguallas, en esa callejuela fantástica, por sobre la corriente de agua siniestra, bajo los techos puntiagudos de tejas y pizarra donde aún chirriaban las veletas del pasado!
Al fondo de los comercios negros, uno veía amontonarse arcones esculpidos, lozas de Rouen, de Nevers, de Moustiers, estatuas pintadas, otras de roble, Cristos, vírgenes, santos, adornos de iglesia, casullas, capas eclesiásticas, hasta cálices y un viejo tabernáculo de madera dorada del que habían desalojado a Dios. Oh, qué cavernas singulares esas casas altas, esas casas grandes, repletas, del sótano al desván, de objetos de todo tipo, cuya existencia parecía terminada, que sobrevivían a sus dueños naturales, a su siglo, a su época, a sus modas, para ser comprados, como curiosidades, por las nuevas generaciones.
Mi cariño por las chucherías se reavivó en aquella ciudad de anticuarios. Iba de tienda en tienda, cruzando con dos trancos los puentes de cuatro tablones podridos que se proyectaban sobre la corriente nauseabunda del Agua de Robec.
¡Santo Dios! ¡Qué conmoción! Uno de mis más bellos armarios se me apareció a la entrada de una cúpula atestada de objetos que parecía la entrada a las catacumbas de un cementerio de muebles antiguos. Me acerqué con todos los miembros temblando, temblando de tal modo que no me atreví a tocarlo. Adelanté la mano, vacilé. Sin embargo era él: un armario Luis XIII único, reconocible para cualquiera que lo hubiese podido ver una sola vez. Mirando de pronto más allá, hacia las profundidades más oscuras de esa galería, divisé tres de mis sillones cubiertos del mejor tapizado, después, aún un poco más lejos, mis dos mesas Enrique II, tan raras que venían a verlas desde París.

¡Imaginen! ¡Imaginen el estado de mi alma!
Y avancé, aturdido, agónico de emoción, pero avancé, porque soy valiente, avancé como un caballero de épocas tenebrosas que penetra en una cueva de sortilegios. Reencontré, paso a paso, todo lo que me había pertenecido, mis arañas, mis libros, mis cuadros, mis géneros, mis armas, todo, salvo el escritorio con mis cartas, que no podía ver.
Seguía, bajando a galerías oscuras para volver a subir en seguida a los pisos superiores. Estaba solo. Llamé, no contestaron. Estaba solo; en aquella casa vasta y tortuosa como un laberinto no había nadie.
Llegó la noche, y tuve que sentarme, en las tinieblas, sobre una de mis sillas, porque no quería irme de allí. De vez en cuando gritaba: " ¡Eh, eh de la casa!"
Estaba allí, con seguridad, desde hacía más de una hora, cuando escuché, pasos leves, lentos, no sé dónde. Estuve a punto de escapar; pero me controlé, llamé de nuevo, y divisé un resplandor en el cuarto vecino.
–¿Quién está allí?–dijo una voz. –Un comprador –contesté.
–Es bastante tarde para entrar de ese modo a una tienda –replicaron.
–Lo espero a usted hace más de una hora –dije a mi vez.
–Puede volver mañana.
–Mañana ya no estaré en Rouen.
No me animaba a avanzar, y él no se acercaba. Y seguía viendo el resplandor de su luz que iluminaba un tapiz en el que dos ángeles volaban sobre los muertos de un campo de batalla. También era mío.
–¡Y bien! ¿Se acerca usted? –Lo espero –contestó.
Me levanté y me dirigí hacia él.
En medio de una pieza grande se encontraba un hombre muy pequeño, muy pequeño y muy gordo, gordo como un fenómeno de feria, como un espantoso fenómeno.
Tenía una barba rara, de pelos desparejos, escasos y amarillentos. ¡Y ni un cabello en la cabeza! ¿Ni un cabello? Como sostenía la vela en alto para verme, su cráneo se me aparecía como una pequeña luna en aquel vasto aposento atestado de muebles viejos. El rostro era inflado y arrugado, los ojos imperceptibles.
Regateé por tres sillas que me pertenecían, y pagué de inmediato una buena suma por ellas, dando simplemente el número de mi departamento del hotel. Tenían que entregarlas allí al día siguiente, antes de las nueve.
Después salí. El volvió a guiarme hasta la puerta con mucha cortesía.
Me dirigí de inmediato al comisario en jefe de la policía, a quien le conté el robo de mis muebles y el descubrimiento que acababa de hacer.
Acto seguido pidió por telégrafo datos al juzgado que había tenido a su cargo el asunto del robo, rogándome que esperase la respuesta. Una hora después, ésta llegó de modo del todo satisfactorio para mí.
–Voy a hacer arrestar a ese hombre e interrogarlo de inmediato –me dijo el comisario–, porque puede haber sospechado algo y hecho desaparecer las cosas que le pertenecen a usted. Le ruego que vaya a cenar y pase otra vez dentro de dos horas. Ya lo tendré aquí y lo someteré a un nuevo interrogatorio en su presencia.
–Lo haré con gusto, señor. Le agradezco de todo corazón.
Fui a cenar al hotel, y comí como nunca. A pesar de todo estaba bastante satisfecho. Lo teníamos.
Dos horas después regresé a la oficina del funcionario policial, que me esperaba.
–¡Y bien, caballero! –dijo al verme–. No encontramos a su nombre. Mis agentes no pudieron ponerle la mano encima.
–¡Ah! –me sentí desfallecer.
–Pero... ¿Encontraron su casa? –pregunté. –Claro que sí. Incluso la vamos a vigilar y custodiar hasta que regrese. En cuanto a él, desapareció. –¿Desapareció?
Desapareció. Por lo común pasa la noche en lo de su vecina, también cambalachera, una especie de bruja, la viuda Bidoin. Ella no lo vio esta noche y no puede darnos ningún dato sobre él. Habrá que esperar hasta mañana.
Me fui. ¡Ah, qué siniestras, inquietantes y embrujadas me parecieron las calles de Rouen!
Dormí muy mal, siempre despertando de una pesadilla.
Como no quería parecer demasiado inquieto o apurado, esperé a las diez de la mañana para presentarme otra vez en la policía.
El comerciante no había reaparecido. Su negocio seguía cerrado.
–Tomé todas las medidas necesarias –me dijo el comisario–. El juzgado está al tanto del asunto; iremos juntos a esa tienda y la haremos abrir. Usted me indicará todo lo que le pertenece.
Fuimos en coche. Nos esperaban algunos agentes, con un cerrajero ante la puerta de la tienda, que fue abierta.
Al entrar no vi ni mi armario, ni mis sillones, ni mis mesas, ni nada, nada de lo que había amueblado mi casa, pero nada, mientras que en la víspera no podía dar un paso sin encontrar uno de mis objetos.
El comisario, sorprendido, me miró al principio con desconfianza.
–Dios mío, caballero –le dije–, la desaparición de los muebles coincide extrañamente con la del cambalachero.
Sonrió.
–¡Es cierto! Usted hizo mal en comprar y pagarle, ayer. Eso le dio la alarma.
–Lo que me parece incomprensible –seguí–, es que todos los lugares ocupados por mis muebles ahora están ocupados por otros.
–¡Oh! –respondió el comisario–. Tuvo la noche, y cómplices, sin duda. Esta casa debe de comunicarse con las casas vecinas. No tema, caballero, voy a ocuparme con gran energía de este caso. El rufián no se nos escapará por mucho tiempo, porque vigilaremos su madriguera.
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¡Ah, mi corazón, mi corazón, mi pobre corazón, cómo golpeaba!
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Me quedé quince días en Rouen. El hombre no regresó. ¡Demonios, demonios! ¿Quién podría haber puesto en aprietos o sorprender a aquel hombre?
Ahora bien, el decimosexto día, por la mañana, recibí de mi jardinero, guardián de mi casa saqueada y vacía, la extraña carta que sigue:

"Señor:
"Tengo el honor de informarle que anoche pasó algo que nadie comprende, y la policía menos que nosotros. Todos los muebles regresaron, todos sin excepción, todos, hasta los objetos más pequeños. Ahora la casa está como en la víspera del robo. Es como para perder la cabeza. Ocurrió en la noche del viernes al sábado. Los caminos quedaron arruinados, como si hubiesen arrastrado todo desde la barrera hasta la puerta. Como en el día de la desaparición.
"Esperamos sus órdenes, señor. Su muy humilde servidor.
Philippe Raudin"

¡Ah! ¡De ninguna manera! ¡Ah, no! ¡Ah, no! ¡No regresaré jamás!
Llevé la carta al comisario de Rouen.
–Es una restitución muy hábil –dijo–. Hagámonos los muertos. Tarde o temprano atraparemos al hombre.
...................................
Pero no lo atraparon. No. No lo atraparon, y tengo miedo de él, ahora, como si fuera una bestia feroz y suelta que me persigue.
¡Inencontrable! ¡Es inencontrable, ese monstruo con cráneo de luna!. No lo agarrarán jamás. No regresará a su casa. Qué le importa a él. Sólo yo puedo reencontrarlo, y no quiero.
¡No quiero! ¡No quiero! ¡No quiero!

Y si vuelve, si entra en su tienda, ¿quién podrá probar que mis muebles estaban allí? Contra él sólo está mi testimonio; y me doy cuenta muy bien de que se vuelve sospechoso.
¡Ah, no! Esta existencia ya no era posible. Y no podía guardar el secreto de lo que había visto. No podía seguir viviendo como todos con el temor de que recomenzaran cosas semejantes.
Vine a ver al médico que dirige este asilo, y le conté todo.
Después de interrogarme por largo rato, me dijo:
–¿Consentiría usted, señor, en quedarse un tiempo aquí?
–De buena gana, señor.
–¿Tiene usted dinero? –Sí, señor.
–¿Quiere un pabellón aislado? –Sí, señor.
–¿Querrá recibir amigos?
–No, señor, no, a nadie. El hombre de Rouen podría atreverse a perseguirme hasta aquí, por venganza.
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Y estoy solo, solo por completo, desde hace tres meses. Estoy casi tranquilo. Sólo tengo un temor... Si el anticuario enloqueciera... y si lo trajeran a este asilo... Ni siquiera las prisiones son seguras.
(6 de abril de 1890)

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