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viernes, febrero 01, 2008

ADIOS MIRANDA // EL LIBRO DE LOS MARTIRES // MICHAEL MPORCOCK

ADIÓS MIRANDA


Adiós, Miranda
Adiós, Miranda.
Miranda.
Giraba y planeaba sobre el agua gris como un ave marina. Estaba completamente loco.
Adiós, Miranda.
Su quejumbrosa risa era desagradable, en contraste con los sonidos del mar. Contenia
excesivo dolor. Quien la oía, sólo podía reaccionar contra semejante sonido, intentar que cesara
lo antes posible. Pero no podían cogerle. Nicholas sabía volar.
¡Miranda!
—Ojalá tuviese un arma, Miranda.
—¿Le matarías, padre?
—Pues claro que le mataría. ¿Por qué hará esto?
—Porque está loco, padre. ¿Le matarás si consigo un arma?
—Claro que sí. Es insoportable. Nos está atormentando deliberadamente.
—Le amaba.
—Ya lo sé. Le amaste. Pero eso no excusa el que venga a rondar aquí aullando. Como un
pájaro de mal agüero, que es lo que parece.
—Es amor, padre... amor hecho locura. Habría que pegarle un tiro. Creo que es lo que
quiere.
—Por lo menos es lo que quiero yo.
Seguían allí encerrados, en la casita del promontorio. No querían salir. El llevaba fuera ya dos
días y dos noches. El loco volador. Bueno, no debería haberles contado lo de aquella...
levitación... debería habérselo guardado para él solo. Un hombre no tiene por qué saber. Pero
una vez que sabe, ha de actuar en consecuencia. El no podía dejar que su hija se casara con
un, un... espectro.
Y ahora mira lo que había pasado. Al fin había dado con ellos. Miranda ya había dicho que les
encontraría.
Dios mío, si al menos tuviera un arma...
Por favor, sal y dime adiós, Miranda.
Estaba otra vez en el tejado.
Soy yo... Nicholas.
Junto a la chimenea, sí, chillando con voz estertórea, como si fuera un pájaro.
Dime adiós, Miranda.
Ella se tapó los oídos. Tenía la cara crispada por el dolor que le causabe la voz de él. Un
dolor físico.
— ¡Deténle, padre!
—¿Cómo? Si tuviera un arma... le mataría a tiros.
—Tenemos que conseguir un arma.
—¿Dónde? ¿Dónde podemos conseguir un arma?
—Tendrás que ir al pueblo.
—Estando él ahí fuera no.
Oh, Miranda. Sólo adiós.
—¡Adiós, adiós, adiós! ¡Vete, Nicholas! ¡Vete! ¡Por favor!
—Lo mismo dijiste ayer.
—Sí, pero mañana iré. ¿Es que él no duerme?
¡Miranda! ¡Adiós!
Saltó sobre su padre, desgarrando con sus pálidas manos.
—Vete, padre. ¡Consigue el arma! ¡Un arma! ¡Un arma!
—Mañana —dijo el padre, forcejeando con ella—. Estáte quieta ya. Dije que iba mañana y lo
haré.
Sus dedos amarillos la agarraron con fuerza.
—¡Basta ya, Miranda!
—¡El arma!
—¡Vete Nicholas!
Su respiración era un rumor apenas audible. Estaba sucia, con la cara arrugada, el cuchillo
aún en la mano. La sangre de su padre empapaba el cadáver de su padre.
Sólo adiós, Miranda. Nada más. Te quiero.
Su cuerpo delgado se estremeció.
Fue hacia la puerta, caminando con mucho cuidado. Estiró el brazo hacia el cerrojo y la
manga marrón de su vestido se deslizó por un brazo magullado. Descorrió el cerrojo.
—¡Vete, Nicholas!
Le llegó la voz de él de entre las nubes rotas.
—¡Miranda!
El aire era cortante, tan cortante como su voz.
Alzó la vista sobre el tejado de la casa y vislumbró su cuerpo loco volando muy deprisa,
planeando. Oyó pasar su cuerpo sobre ella, le vio girando sobre el mar, oyó la voz, aguda,
dolorida: Adiós, Miranda. Y advirtió que el corazón golpeaba con fuerza su carne bajo el pecho.
Cogió el cuchillo.
¡Miranda!
—Oh... —dijo, cuando el cuchillo la atravesó y empezó a desplomarse, primero contra la
balanceante puerta, luego hacia atrás. Cayó con ruido sordo sobre las piedras del suelo.
Cuando él volvió, vio que la luz se derramaba por la puerta, libre ya de la casa, perdiéndose
en la noche. Aterrizó junto a la puerta, pero estaba físicamente demasiado débil para caminar,
así que entró en la casa deslizándose y vio los cadáveres.
Quedó desconcertado. Su rostro oscuro, ajado y flaco, se agitó con el esfuerzo de pensar,
pero el pensar ya no estaba a su alcance.
¿Miranda?
Movió despacio la cabeza, pero de nada sirvió.
Su cuerpo retrocedió, cruzó la puerta, deslizándose a unos centímetros del suelo.
Adiós, Miranda.
Se fue volando, gritando aún, aunque, extrañamente, en el grito ya no había dolor

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