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viernes, febrero 01, 2008

EL GRAN CONQUISTADOR // EL LIBRO DE LOS MARTIRES // MICHAEL MPORCOCK

EL GRAN CONQUISTADOR


CAPITULO UNO

Sentía que era mucho más que un hombre. No era un dios, siquiera, sino muchos... Parecía
haber un centenar de entidades distintas retorciéndose en su interior, agitándose para liberarse.
Cada miembro, cada proyección de hueso parecía ser parte de otro ser.
Estaba tendido sobre el lecho cubierto de pieles, sudando, dominado por una actividad
mental y corporal que era incapaz de controlar. Alejandro el Grande gemía atormentado.
La rolliza corintia escupió en los juncos del suelo de la taberna.
— ¡Esto para el rey-dios!
Pero el silencio que la rodeó le hizo desistir de ampliar el tema. El tracio llamado Simón de
Bizancio alzó la copa de bronce, la manga de su camisa de seda bordada se deslizó brazo abajo
mostrando la atezada piel, mientras tomaba un sorbo de dulce vino persa. Percibió la inquietud
que se reflejaba en los otros juerguistas por lo que había dicho la mujer y, como era hombre
cauto, retiró el brazo de la rolliza cintura de la corintia y la apartó de sí.
Bajó la vista. Volvió el rostro lleno de cicatrices y sonrió dirigiéndose a un viejo soldado
persa.
—¿Dices que estuviste en el ejército que Darío lanzó contra Alejandro?
—Así es... conducía un carro. Su caballería nos rodeó.
—¿Y qué piensas de él?
—¿De Alejandro? No sé. En determinado momento, estuve muy cerca de él y vi que un
lancero le asestaba un golpe. Le alcanzó en el muslo. Alejandro lanzó un grito... no por el dolor
sino cuando vio manar su propia sangre. No podía creerlo. Por unos breves instantes fue un
blanco fácil, mientras estaba allí mirándose fijamente el muslo, tocando la sangre con el dedo e
inspeccionándola. Luego, gritó algo (no entendí en qué lengua) y otra vez recuperó el control de
sí mismo. Dijeron que la herida había sanado con rapidez sobrenatural.
—Afirma ser hijo de Zeus —dijo desde las sombras la corintia—, pero hay muchos persas que
dicen que es un engendro del malvado Ariman.
Simón frunció los labios y cogió la copa de vino.
—Quizá sea sólo un mortal —sugirió—. Un mortal de vitalidad extraordinaria.
—Quizá —dijo el soldado persa—. Yo sólo sé que ha conquistado el mundo.
—Me dijeron que había interrumpido su campaña india en el río Indo... ¿por qué lo hizo? —
dijo Simón.
—Sus macedonios dicen que ellos le obligaron a hacerlo, pero yo no lo creo. Hasta Alejandro
debe cansarse... ésa es mi teoría. Creo que necesitaba descansar y recuperarse. Apenas si ha
dormido durante su campaña; debemos movernos continuamente, arrastrados por la conquista.
Quién sabe lo que le impulsa a conquistar... o lo que le fuerza a hacer un alto temporal y a no
proseguir con sus victorias...
—Los indios tienen una religión muy antigua y muy profunda de la que sabemos muy poco —
dijo un comerciante cartaginés de mediana edad, enjuto y huesudo—. ¿No será que sus dioses
son más poderosos que los nuestros? ¿Más poderosos que Alejandro?
Se acarició la barba veteada de gris. Sus varios anillos relampaguearon en la penumbra del
local.
—Esta conversación es herejía en los tiempos que corren —previno el persa, pero se veía
claramente que estaba considerando la idea.
—La gente no habla más que del macedonio —dijo el enjuto comerciante—. Le alaban o le
maldicen desde el Bosforo al Nilo. Pero ¿qué es sino un hombre que ha tenido suerte? Los
acontecimientos le han moldeado, no él a ellos. Debe mucho al rey Filipo, que fue un padre
previsor y a su extraña madre, la reina Olimpia, pues los dos, cada uno a su modo, prepararon
el mundo para sus conquistas. ¿Qué motivo tenía, por ejemplo, para sus vagabundeos por
Persia de hace unos años? ¿Por qué, en vez de seguir avanzando, se embarcó en una
persecución inútil de Darío? La única razón posible era que las circunstancias aún no le eran
propicias.
—Me gusta pensar también eso de los grandes hombres —dijo Simón, sonriendo—. Pero me
incorporaría a su ejército por mi propio interés.
—Así que para eso estás en Babilonia... me preguntaba qué harías tú aquí, amigo. ¿De dónde
eres? —el cartaginés se sirvió más vino de un pellejo.
—Nací en Tracia, pero soy bizantino de adopción. Allí estuve siete años de capitán de
infantería. Pero luego me entró el deseo de conocer Oriente y como Alejandro va hacia Oriente,
decidí unirme a su ejército. Tengo entendido que ahora está en Babilonia...
—Así es. Pero puede que te resulte difícil verle... lógicamente él no se encarga en persona de
la contratación de mercenarios.
El tono del persa era amistoso.
—He oído hablar tanto de ese hombre, o ese dios, que me he hecho el propósito de
conocerle, si eso es posible.
—Que tengas buena suerte, amigo. Puede matarte o ascenderte. Es hombre de actitudes
extremas.
—¿No lo son acaso todos los grandes conquistadores?
—Eres muy culto para ser mercenario —dijo el cartaginés, sonriendo.
Simón recogió del banco la espada corta enfundada.
—Y tú muy curioso, amigo. Has de saber que en Bizancio se fomentan todas las artes, igual
que se hacía en la antigua Grecia... incluidas las de la cultura y la filosofía.
El persa soltó una carcajada.
—Eso es lo que dicen en Bizancio. Yo por mi parte no creo que ninguna ciudad pueda ser tan
ilustrada. Vosotros los occidentales soñáis con una Grecia que no existió nunca... toda vuestra
filosofía se basa en una necesidad de perfección. Una perfección que nunca se puede alcanzar
porque no existió nunca. ¡Créeme, los albañales de Bizancio apestan!
—No tanto como la envidia persa —dijo Simón, y se fue antes de que la discusión llegase a
su término.
Pero el persa a quien dejó atrás, allá en la taberna, no estaba enfadado. Se reía a carcajadas
limpiándose la boca con el muñón del brazo.
Simón oyó la risa cuando cruzaba la sombreada plaza del bar en la que apenas se veían
mercaderes y público. Era ya casi de noche. Algunos mercaderes que empaquetaban sus
mercancías alzaron la vista cuando pasó él, alto, delgado, un luchador, vestido de cuero viejo y
gastado, hacia la calle de los artesanos del bronce, donde tenía un amigo.
La dorada Babilonia se acuclillaba a su alrededor como un monstruo muy viejo, contenía
todos los conocimientos, todos los secretos. Sus calles, las altas casas, los palacios y templos,
sorbían los últimos rayos de sol por sus paredes bruñidas. Subió Simón la empinada escalera y
llegó hasta una pequeña casa blanca sin ventanas. Llamó.
Esperó pacientemente un rato mientras iba extendiéndose la noche. Por fin alguien corrió la
aldaba, al otro lado, y se abrió la puerta. Brilló un ojo. La puerta se abrió más.
El enjuto Hano sonrió, dándole la bienvenida.
—Entra, Simón. ¡Así que llegaste a nuestra espléndida Babilonia!
Simón entró. Estaba muy oscuro, hacía mucho calor; en la casa flotaba el olor
desagradablemente acre del metal. El viejo fenicio le cogió del brazo y le condujo por aquel
oscuro pasillo.
—¿Piensas quedarte en Babilonia, hijo? —dijo Hano, y luego, antes de que Simón pudiera
responder a su pregunta, añadió—: ¿Qué tal la espada?
—Quiero ver a Alejandro —dijo Simón; le desagradaba que el viejo le cogiese del brazo, pese
a estimarle mucho—. Y la espada es magnifica, conserva el filo después de una docena de
combates... Mi propósito es ponerla al servicio de Alejandro.
Hano le apretó el brazo con más fuerza cuando entraron en una estancia oscura llena de
humo. En el centro brillaba un rojo brasero. En las paredes, tiznadas por el humo, había armas
(espadas, escudos, lanzas) y repartidos por la estancia varios lechos y mesas pequeñas. A
Simón le entró el humo en los plumones y se puso a toser. Hano señaló un lecho.
—Siéntate, Simón —dijo.
Y se fue arrastrando los pies a otro lecho, al otro lado del brasero. Se estiró en él, se rascó la
huesuda nariz y luego dijo:
—Alejandro tiene muchas espadas.
—Lo sé... pero quiero que me hagas el favor de facilitarme una entrevista con él.
—Te debo amistad y más aún —dijo Hano—, pues me salvaste de una muerte terrible aquella
vez, en Tebas hace nueve años. Pero aunque supongo lo que pretendes de mí me siento reacio
a ayudarte.
—¿Por qué?
—Quizá sean sólo recelos de viejo, pero las cosas que he oído últimamente son muy
inquietantes. Alejandro se proclama hijo de Zeus, Júpiter, Amón. Otros dicen que el demonio
persa Ariman le posee. Todo lo cual puede ser o no ser cierto... pero todos los oráculos, de aquí
a Pela, profetizan tribulaciones y conflictos para el mundo y el rey que lo rige. Quizá fuera más
prudente que te unieses a una caravana cualquiera de las que van a Oriente...
Y dicho esto, Hano apartó la túnica de lana, mostrando una pierna pálida y repugnante.
Luego alzó una mano arrugada y casi la lanzó contra la pierna y empezó a rascar allí con uñas
como garras.
—Estoy harto de esta chachara de dioses y demonios. ¿Es que nadie puede contentarse
simplemente con creer en los hombres y en lo que los hombres podrían ser si no atribuyesen
sus desdichas a dioses invisibles en vez de a su propia ineficacia? La vida no es fácil, vivirla bien
y con gracia es ardua tarea... pero, ¡por Hades!, no permitamos que se complique aún más con
deidades y ninfas acuáticas.
Simón escupió en el brasero, que llameó y chisporroteó.
Hano se rascó el muslo, abriendo aún más la túnica para poder hacerlo, mostrando una
extensión mayor de carne repugnante.
—He visto manifestaciones sobrenaturales del mal, hijo mío.
—Tú has visto lo que deseaba que vieses un cerebro aturdido.
—¿Qué pasa? Vamos, pongamos fin a esta conversación antes de que digas más herejías y
nos detengan a los dos.
—Herejía y traición, si es cierto lo que se dice de Alejandro.
Simón apartó la vista de las piernas del viejo, la fijó en el brasero.
Hano cambió de tema.
—En Utopía —le dijo a Simón—, aún tendrías que seguir buscando mayor perfección. Y te
llamas realista, Simón... la perfección no es una realidad.
—Las realidades pueden crearse —dijo Simón.
—Cierto —aceptó Hano—. Pero, por el mismo principio, pueden hacerse irreales las
realidades... y reales las irrealidades. ¿Y si hubiese seres sobrenaturales? ¿Cómo los
encuadrarías dentro de tu teoría?
—Nunca se planteará ese problema.
—Esperémoslo.
El fenicio volvió hacia Simón su viejo y arrugado rostro. La luz del brasero le teñía de un
marrón rojizo, mostrando unos rasgos que mezclaban cinismo, fatalismo y buen carácter. Por
fin, Hano dijo:
—Está bien.
Y se levantó y recorrió la atestada estancia cogiendo una jarra de una estantería, un tarro de
otra y un pellejo de vino de otra de más allá.
Pronto le llegó a Simón el aroma de las yerbas de la cazuela que estaba en el brasero, en la
que Hano preparaba vino para su huésped.
—Me ayudarás —dijo Simón.
—Alejandro me debe un favor. Pero tiene extrañas formas de pagar sus deudas y en
circunstancias normales no sería tan tonto como para recordárselo.
—¿Qué hiciste por él?
—Cubrir de ópalos negros la empuñadura de una espada hecha con metal de las estrellas.
— ¡Menudo favor! —dijo Simón riéndose.
Hano frunció el ceño, pero afablemente.
—¿No te das cuenta de lo que eso significa? Significa que no podías tocar directamente el
hierro ni cualquier cosa que pudiese transmitir su fuerza hasta su cuerpo. El ópalo negro es una
de las pocas gemas que sirven para cortar el flujo.
—¿De veras?
—De veras. Alejandro tiene un punto débil. El hierro le hace daño.
—Si yo tuviese un secreto así, mataría al hombre que lo guardase —dijo Simón caviloso.
—No si fueses Alejandro y el hombre fuese muy caro a Olimpia.
— ¡Conoces tú a la reina Olimpia!
—Olimpia quiere mantenerme vivo para que pueda transmitirle secretos.
—Oscuros secretos, han de ser sin duda, si tienen algo de cierto las historias que cuentan de
ella.
—Ni siquiera rozan la verdadera realidad de lo que es ella.
—¿De verdad utiliza serpientes en esos ritos?
—Claro... y también cabras negras.
Simón lanzó un juramento.
Hano le entregó una copa de vino. Después de beber, dijo:
—Estoy impaciente por conocer al rey-dios... ¿cómo puedes ayudarme?
—Te daré una carta y una señal que has de llevar a Alejandro. Pero sé prudente, hijo mío, sé
prudente.


CAPITULO DOS

Aunque raras veces lo admitía, a Simón le inquietaba la idea de un mundo sobrenatural de
dioses y de espíritus. De haber sido factible, se habría hecho sin duda ateo militante, pero
mantenía en secreto sus opiniones y hacía lo posible por no analizarlas e incluso por no pensar
en ellas.
Cuando llegó al gran palacio dorado de Alejandro, se detuvo y lo contempló muy admirado.
Le iluminaban cientos de antorchas, muchas de las cuales rodeaban sobre largos postes el
palacio; otras llameaban en sus muchos bastiones.
Salieron a su encuentro dos guardianes. Eran babilonios de altos yelmos y pelo y barba
aceitados. Le amenazaron con las jabalinas.
Simón dijo en torpe babilonio:
—Vengo a ver al rey Alejandro... ¡traigo una señal y una carta para él!
Le trataron con cierto respeto aunque le despojaron de la espada y le condujeron a la puerta
principal, donde, tras interrogarle, fue admitido.
Le hicieron esperar varias veces, mientras le examinaban atentamente e interrogaban una
serie de visires y esbirros del rey, pero al final le pasaron a una gran cámara.
Las grandes ventanas dejaban entrar la vacilante luz de las antorchas. En el centro había un
gran lecho de bronce, plata y oro cubierto de sedas y pieles.
Alejandro estaba reclinado en aquel lecho. Había estado sudando. Simón se dio cuenta. Su
nariz le contaba además la misma historia.
Olía muy mal aquello. Mucho peor que la transpiración ordinaria. Simón no era capaz de
identificar aquel olor.
Se acercó al inmenso lecho con cierto nerviosismo.
Y de pronto, el rey Alejandro sonrió y extendió una mano perfecta.
—Tengo entendido que tienes una carta para mí... y una señal.
—Así es, aquí están —Simón le dio la carta y el pequeño talismán a Alejandro, estudiando el
extraño rostro del rey. Era en parte infantil y en parte viejo y sensual. Tenía la nariz larga y
anchos los labios, ojos de gruesos párpados y el pelo castaño y rizado. A Simón le turbaba un
poco la falta de ceremonial, la cordial sonrisa del rey. ¿Era aquél el rey-dios? ¿El engendro del
mal?
Alejandro leyó la carta enseguida, cabeceando para sí.
—¿Te habló Hano de mi deuda con él?
—No, señor —dijo Simón prudentemente.
—Hano tiene muchos secretos... pero es un viejo y es generoso y se reserva pocos, según
tengo entendido.
—Me pareció extrañamente reservado, señor —contestó Simón, preocupado por la vida de su
amigo—. Ni siquiera yo, que le salvé la vida una vez en Tebas, puedo conseguir que me
responda claramente a las preguntas que le hago.
Alejandro alzó los ojos curioso, mirando fijamente a Simón a la cara.
—Así que deseas incorporarte a mi ejército. Hano te recomienda como soldado... sugiere que
te incorpore a mi estado mayor. Yo elijo a mis oficiales con mucho cuidado, Simón de Bizancio.
—Sólo quiero una prueba, señor.
—La tendrás.
Alejandro examinó de nuevo la carta.
—Eres de Bizancio, según veo. Mi padre Filipo fue rechazado por esa ciudad hace unos
años... Pero eso no significa que yo no pueda estimar a esa ciudad... quizá lo contrario. Es bien
sabido que la detestaba y puedo admirar a una ciudad que resistiese su ataque —Alejandro
volvió a sonreír—. Aunque no resistió mucho contra el hijo de Filipo, ¿verdad?
—No, señor.
Alejandro tenia una vitalidad casi tangible, pero evidentemente no estaba bien. Aquella
enfermedad no se limitaba sólo a su cuerpo, según pudo apreciar Simón.
Alejandro meditaba, acariciando un pequeño amuleto.
—Necesito un heraldo... un hombre que pueda viajar entre el sitio donde yo esté de campaña
y la capital de Macedonia.
—Creí que ahora vuestra base era Persia, señor.
—Has oído sin duda las críticas de los griegos y de los macedonios. Dicen que he olvidado
mis propias tierras por los lujos y placeres del Oriente. Es mentira. No puedo regresar
continuamente a Pela, queda demasiado lejos. Persia es una base de operaciones mucho mejor.
Aún me faltan por conquistar algunos acres del mundo, Simón... y todos están en Oriente.
Alejandro se hundió en sus sedas, contemplando al tracio.
—Nos servirás como mensajero a mi madre y a mí.
Simón se llevo la mano a los labios y dijo cortesmente:
—Yo esperaba más bien incorporarme al ejército.
Alejandro frunció ligeramente el ceño.
—Y eso harás, por supuesto. No te preocupes, tendrás que luchar... y que aprender cosas
nuevas. Me satisface que seas hombre ilustrado. La mayoría de mis capitanes son elegidos por
varias cualidades: valor, lealtad... y conocimientos. Tú pareces reunir valor y conocimiento...
pero tengo que comprobar tu lealtad, ¿me entiendes?
Simón cabeceó, asintiendo.
—Es natural, señor.
—Bueno, entonces... —Alejandro se interrumpió al abrirse las puertas de la cámara detrás de
Simón. El tracio se volvió a mirar a la puerta.
Entró un visir que vestía una larga túnica dorada.
Se postró ante el lecho del rey.
—Hijo de Zeus —murmuró—, un mensaje.
—¿Es secreto?
—No, señor... dicen que es ya del dominio público.
—Habla entonces... ¿de qué se trata? —Alejandro se incorporó de nuevo en el lecho.
—Una matanza, señor... en Lonarten... una unidad de vuestra caballería macedonia perdió el
control... mataron a varios centenares de mujeres y niños. Hay rumores de canibalismo, de ritos
repugnantes...
El visir se detuvo al ver dibujarse una sonrisa en los labios sensuales de Alejandro.
—La gente —continuó el visir— pide que intervengáis... una compensación.
Alejandro volvió a sonreír. A Simón le repugnaba aquello. Advirtió que el rey apretaba las
ropas de la cama como si intentase controlarse. Gruñó una vez, levemente.
Luego, con gran esfuerzo, dijo:
—Debemos poner fin a... debemos parar...
Luego echó hacia atrás la hermosa cabeza y lanzó una carcajada. Era una risa maligna, una
alegría malévola y horrible que llenó la estancia, resonando y atronando en los horrorizados
oídos de Simón.
—No dejes escapar a los que han venido a quejarse —gritó Alejandro—. Les venderemos
como eunucos a los harenes de Turquía. Hay que enseñarles que un dios no actúa como un
simple rey... ¡Tienen que aprender a no poner en entredicho la palabra o las acciones del Hijo
de Zeus!
El visir volvió a salir apresuradamente de la habitación.
Simón, olvidando su propia seguridad, se inclinó hacia Alejandro y le gritó en la cara
crispada:
—Estás loco... por tu propia seguridad, no permitas que continúen esas matanzas. Tus
soldados pueden provocar una revolución... Perderás tu imperio.
Alejandro abrió aún más los ojos. De entre las sedas y las pieles brotó una mano que asió la
oreja de Simón. Crispó la boca Alejandro e incluso se le movieron los dientes cuando masculló:
— ¡Inventaré una muerte para ti!
Simón asió la muñeca intentando librarse de la mano de Alejandro. Estaba atónito, temblaba,
le estremecía ver la fuerza en alguien claramente enfermo. Sentía la presencia de algo más que
la locura. ¿Qué había convertido al cordial y eficaz soldado en aquella manifestación de mal?
¿Cómo podían coexistir en un cuerpo cualidades tan distintas? El terror nubló su mente.
Con un tirón brusco, se libró de la presa del rey y retrocedió jadeante.
—Dicen que eres un engendro de Ariman... y yo no lo creía —balbució.
Alejandro frunció el ceño, apartó las ropas del lecho y saltó al suelo, avanzando hacia Simón
con las manos extendidas.
—Soy Hijo de Zeus... nací de un dios y de una mortal para regir el mundo. Humíllate, hereje,
pues tengo poder para enviarte al Hades.
—Todos los hombres tienen ese poder —dijo Simón, y se volvió y corrió hacia las grandes
puertas, las abrió y antes de que pudieran detenerle, huyó por los pasillos, ciego a todo salvo a
la necesidad de escapar de aquel aullante loco que le seguía.
Recordaba poco la huida, de las dos luchas (en la primera había obtenido, no sabía muy bien
cómo, un arma), de su agotadora carrera por las calles de Babilonia, seguido por hordas de
soldados.
Corría.
Había corrido prácticamente hacia la muerte, pues varios guerreros le acorralaron en un
callejón sin salida. Se volvió, resollando como un animal para defenderse. Acuclillado, la espada
dispuesta, esperó mientras avanzaban hacia él cautelosos.
No habían previsto tanta ferocidad. Al primero lo derribó en un abrir y cerrar de ojos. Tajó el
brazo de otro.
Frente a él, como flotando sobre la escena real, delante veía la gran cabeza sensual de
Alejandro atronando aún con una risa demencial.
Simón había visto locos muchas veces. Pero lo de Alejandro era algo más que locura. Dio un
mandoble y erró, cayó hacia adelante, dio una voltereta, cruzó la espada en la cara para
rechazar un golpe que brotó de la confusa noche. Se hizo a un lado, lanzó otro tajo, se irguió y
el borde de su espada seccionó la yugular de un hombre.
Luego, corría de nuevo. Le dolían todos los miembros, pero un miedo terrible, miedo a algo
más que la muerte o la tortura, le empujaba y le empujaba hacia adelante, hacia la huida.
Cuando aquellos hombres silenciosos de oscuros ropajes surgieron de la noche y le rodearon,
hirió a uno, pero su espada pareció chocar con metal, su mano quedó inerte. Cayó la espada
sobre las piedras de la calle.
Ante él se alzó la cara de Alejandro, riendo, riendo. Aquel gozo estruendoso y maligno le
llenó la cabeza. Luego todo el cuerpo. Hasta que le pareció que él, Simón, era Alejandro, que
disfrutaba de aquel chiste sangriento, de aquella alegría malévola y perversa que fluía
incontrolable del temblor de su cuerpo.
Luego, una especie de paz y nebulosos y misteriosos sueños en que vio extrañas formas que
se movían entre el humo de un millón de braseros rojos y fulgurantes.
Sintió una superficie dura y lisa bajo la espalda.
Abrió los ojos receloso.
Un rostro flaco, blanco y de labios muy finos le miraba solícito.
—Soy Abaris —dijo.
—Yo Simón de Bizancio —dijo el tracio.
—¿Has visto las tinieblas? —era una pregunta sólo a medias.
—Sí —contestó Simón, intrigado.
—Nosotros somos seres de la luz. Los magos te dan la bienvenida. Aquí estamos seguros.
—¿Magos? Son sacerdotes de Persia... pero tú no eres persa.
—Así es.
—¿Abaris? Hay un Abaris legendario... un hechicero, según creo... un sacerdote de Apolo que
cabalgaba en una flecha...
El mago no respondió a esto, se limitó simplemente a sonreír.
—Has incurrido en la cólera de Alejandro. ¿Cuánto dirías que te quedaba de vida?
—Una extraña pregunta. Diría, que el tiempo que mi ingenio y mi habilidad me permitiesen
eludir la persecución de sus soldados.
—Te equivocas.
Simón se incorporó en el amplio banco y miró a su alrededor. Había otros dos sacerdotes
sentados mirándole al otro lado de la desnuda habitación. Por un agujero del techo se filtraba la
luz.
—¿Te debo de veras la vida?
—Creemos que sí... pero nada nos debes. Nos gustaría ayudar del mismo modo a todos los
enemigos de Alejandro.
—Yo no soy enemigo suyo... él lo es mío.
—Has podido ver lo que él es... ¿Aún puedes decir eso?
Cabeceó Simón.
—Soy enemigo suyo —aceptó, y luego corrigió—: O al menos enemigo de lo que él
representa.
—Exacto... también nosotros somos enemigos de lo que Alejandro representa.
Simón ladeó la cabeza, sonrió levemente.
—Bueno... hemos de tener cuidado. Está loco, eso es todo. Representa un mal material, no
sobrenatural.
Por unos instantes, Abaris apartó la vista impaciente y ceñudo. Luego, sus rasgos volvieron a
asumir la expresión anterior.
—Es una audacia ser incrédulo en estos tiempos.
—Audacia o no, es lo que soy —Simón bajó las piernas del banco. Se sentía increíblemente
débil.
—Nosotros los magos adoramos a Ormus —dijo Abaris—. Y Alejandro representa
simplemente a Ariman.
—Esas son las facetas gemelas de vuestra deidad única, ¿no es cierto? —dijo Simón; luego
añadió, con un cabeceo—: sé algunas cosas de vuestro culto... es más limpio que la mayoría.
Adoráis al Fuego, al Sol y a la Luz... con un mínimo de ritual.
—Cierto. Poco ritual necesita el que confía en su alma.
A Simón le satisfizo esto.
—Nos gustaría que te aliases con nosotros, los magos —dijo quedamente Abaris—. A cambio,
te protegeremos de los esbirros de Alejandro.
—Ya te dije, y no es que quiera parecer ingrato, que mi ingenio y mi habilidad serán los que
me salven de los guerreros del macedonio.
—Nos referimos a sus servidores sobrenaturales.
Simón movió la cabeza.
—Respeto vuestras creencias... pero personalmente no puedo aceptarlas.
Abaris se inclinó hacia delante y dijo, suave pero firme:
—Tienes que ayudarnos. Alejandro y su madre son dos posesos. Hace años que lo sabemos.
Hace años que intentamos combatir a las fuerzas que les poseen... y estamos perdiendo. Ya has
visto que Ariman controla a Alejandro. ¡Tienes que ayudarnos!
Simón dijo entonces:
—Habéis envuelto el simple hecho de la locura de Alejandro en un sudario de especulación
sobrenatural.
Abaris movió la cabeza y no dijo nada. Simón continúo:
—He visto a muchos hombres volverse locos por las riquezas y el poder... Alejandro es
distinto. Cuando muera sobrevivirán sus buenas obras, pero el tiempo eliminará las malas.
—Eres ingenuo, joven. Sí, también Aquiles creía que... —Abaris se mordió los labios y guardó
silencio.
—¿Aquiles? Murió hace mil años. ¿Cómo sabes lo que creía?
Abaris apartó la vista.
—No puedo saberlo, por supuesto —dijo, con los ojos bajos.
—Me das motivos para pensar que eres realmente el Abaris de la leyenda —dijo Simón,
sonriendo. Bromeaba. Pero la broma sonó a veras incluso a sus oídos.
—¿Puede un hombre vivir más de mil años? —dijo Abaris.
—No —dijo Simón—. Imposible.
Lo dijo con ferocidad casi, porque era lo que deseaba creer.
Allí fuera, en un palacio de Babilonia, estaba el mal, pensaba. Pero no era, no podía ser... no
debía ser sobrenatural.
Abaris dijo entonces:
—Alejandro ha reinado casi trece años: un número místico. Nuestros oráculos profetizaron
que el momento decisivo sería a los trece años de reinado. Ahora, según tememos, Alejandro y
las fuerzas que actúan a través de él, impondrán el dominio incontrolado en el mundo del mal...
si alguien no se lo impide, y las posibilidades son muy remotas.
—Queréis que os ayude en esto. He de contestaros que no. Para ayudaros, tendría que
creeros... y no puedo creeros.
Abaris pareció aceptarlo. Cuando volvió a hablar lo hizo con voz remota, como en un trance.
—Ariman... la multiplicidad de Ariman a los que designamos por ese nombre único, eligieron
a Olimpia hace muchos años. Ariman necesitaba un canal a través del cual actuar y, por
entonces, no había nacido ningún mortal que mejor sirviese para sus propósitos. Así que tomó
posesión de Olimpia. Filipo, aquel gran hombre, grande y equivocado, iba habitualmente a la
isla de Samotracia en peregrinaje y un año, Olimpia procuró estar allí. A Olimpia le bastó con
una poción amorosa. Filipo se enamoró de ella. Tuvieron un hijo: Alejandro.
—Eso es pura murmuración —dijo cansinamente Simón—. Es como las charlas de las viejas
en los mercados.
—Ormuz te proteja si alguna vez descubres la verdad —fue todo lo que le dijo Abaris.
Simón se incorporó tembloroso.
—Si puedo hacer algo para pagar lo que habéis hecho por mí, un acto cualquiera... estoy
dispuesto.
Abaris meditó un instante. Luego sacó de la túnica un pergamino. Lo desplegó y examinó la
extraña escritura. No era persa, según apreció Simón, que no pudo determinar qué era.
Abaris le entregó el pergamino.
—Te proporcionaremos un caballo y un disfraz. ¿Podrás llevar esto hasta Pela? ¿Entregarás
este mensaje a nuestros hermanos?
—Contad con ello —dijo Simón, aunque se daba cuenta de que el viaje hasta la ciudad de
Macedonia sería muy peligroso.
—Viven ocultos —explicó Abaris—, pero te explicaremos cómo encontrarlos. También te
proporcionaremos armas, un caballo, y un disfraz especial.
—Os lo agradezco mucho —dijo Simón, sonriendo.
—Te concederemos un día para descansar y para que las yerbas que te demos a beber
cumplan su función... luego podrás partir. No tendrás problema, nuestra magia te protegerá y
conocemos un camino secreto para salir de la ciudad.
Simón volvió a echarse en el banco.
—Las yerbas medicinales serán bien recibidas —dijo—, y algo que me ayude a dormir sin
soñar.
Fuera, los cortesanos se miraban sin atreverse a entrar en la sala donde un hombre gruñía.
Un individuo bajo, de aire inteligente, que llevaba atuendo militar, se volvió a otro de rostro
tranquilo.
—¿Por qué estaba tan deseoso de atrapar al tracio, Anaxarco?
El otro cabeceó y dijo:
—No tengo ni idea. Tengo entendido que era de mi ciudad natal, de Abdera, aunque después
ese fue a Bizancio. Mi gente dice que los de Abdera son estúpidos, pero han nacido allí hombres
muy ilustres.
—Y tú, por supuesto, eres uno de ellos —dijo el soldado, sonriendo irónicamente.
—He de serlo por fuerza, siendo como soy un filósofo del séquito de Alejandro —dijo
Anaxarco.
El guerrero dio varios pasos nerviosos pasillo arriba, se irguió, luego soltó una maldición.
—Por el aliento de la salamandra, ¿es que nunca vamos a acabar nuestras conquistas? ¿Qué
le pasa a Alejandro, Anaxarco? ¿Cuánto tiempo lleva así? Llegaron rumores a Egipto, y yo los
deseché.
—Está enfermo, Ptolomeo, eso es todo —dijo Anaxarco, pero no creía en sus propias
palabras.
— ¡Eso es todo!
—Aunque no hubiese oído al oráculo de Libia hablar de los terribles conflictos de este mundo
y los otros, estaría inquieto. Están pasando muchas cosas, Anaxarco... cubren el mundo nubes
de tragedia.
—La situación es difícil, Ptolomeo... pero sólo está enfermo. Es una fiebre.
De detrás de las puertas llegó otro espantoso gruñido, un gruñido terrible, aterrador, de
aflicción espantosa. No parecía deberse a dolor físico, sino a un calvario del espíritu mucho más
pofundo.
—Una fiebre insólita —dijo Ptolomeo. Se dirigió hacia las puertas, pero Anaxarco le impidió el
paso.
—No, Ptolomeo... no saldrías de ahí con la razón intacta, te lo advierto.
Ptolomeo miró un instante al filósofo, luego se volvió y se alejó casi corriendo pasillo abajo.
En la estancia cerrada, el hombre (o el dios) gruñía espantosamente. Era como si los huesos
de su rostro estuviesen fragmentándose para formar seres individuales. ¿Qué era él? Ni él podía
estar seguro. Había tenido certeza muchos años de su propio poder, seguridad de que su
grandeza era suya propia. Pero ahora, al pobre y atormentado Alejandro se le hacía patente que
no era nada, sólo un instrumento, un agente a través del cual actuaban muchas fuerzas, e
incluso aquellas fuerzas estaban unidas bajo un nombre común. Supo luego también que
aquellas fuerzas habían penetrado en muchos otros en el pasado y que, si fallaban sus fuerzas,
penetrarían en muchos más hasta realizar del todo su misión.
Parte de él suplicaba la muerte.
Parte de él intentaba combatir lo que estaba en él.
Parte de él planeaba... crimen.
Simón, envuelto en una capa y armado, picó espuelas a su caballo y se lanzó al galope por
las resecas llanuras de Babilonia, los pliegues de la capa flotando como las alas de un halcón
que se abatiese sobre su presa.
Bufaba el caballo, relumbraban sus firmes patas, sus grandes ojos, le palpitaba el corazón.
Simón llevaba dos horas cabalgando sin novedad.
Pero de pronto el aire frío de la noche se pobló de espantosos sonidos.
Desenvainó la espada y siguió cabalgando, diciéndose que aquel ruido eran los buitres
batiendo las alas.
Luego se dibujó frente a él una forma. Simón tuvo el vislumbre de un rostro humano
demacrado y pálido. Pero no era totalmente humano. Se agitaban culebras sobre su cabeza,
goteaba sangre de sus ojos. El caballo se detuvo de pronto y retrocedió relinchando. Simón
cerró los ojos ante aquella visión.
—Las yerbas que me dieron los magos me provocan visiones —dijo con voz sonora y
temblorosa.
Pero no era capaz de creerlo. Las había visto.
Las Euménides: ¡Las Furias de la leyenda!
Porque la cara que había visto era un rostro de mujer.
Los sonidos parecían aproximarse más, parecían más amenazadores. Simón espoleó al
aterrado caballo. Afilados rostros femeninos con serpientes por pelo, manando sangre de unos
ojos malignos, las manos como garras, volaban y chillaban alrededor suyo. Era una pesadilla.
Luego, de pronto, se oyó a lo lejos un sordo retumbar, como rumor lejano de oleaje. Y fue
acercándose cada vez más, hasta que la noche se abrió a la claridad, una extraña luz dorada
que parecía atravesar el negro, partiéndolo en fragmentos. Los seres alados, atrapados en la
claridad, giraron vagamente, chillando y gimiendo. Desaparecieron.
La luz se apagó.
Simón siguió cabalgando. Y siguió insistiendo para sí que lo que había presenciado era una
alucinación. Algo que provocaba en su cerebro exhausto la poción de los magos.
El resto de la noche estuvo lleno de asquerosos sonidos, de vislumbres de cosas que volaban
o se retorcían. Pero, convencido de que soñaba, horrorizado pero aferrándose a la razón y a la
cordura, Simón siguió espoleando su caballo camino de Pela.
Corcel y jinete descansaban sólo unas horas de vez en cuando.
El viaje duró días hasta que, al fin, con los ojos hundidos en las cuencas por el cansancio,
demacrado y pálido, embotado el pensamiento, llegó a la capital de Macedonia y buscó al mago
en los barrios pobres de casas de adobe de la ciudad.
Masiva, jefe de la orden secreta en Pela, era un númida alto y apuesto. Recibió cordial a
Simón.
—Nos informaron de tu llegada e hicimos todo lo posible, cuando estabas ya lo bastante
cerca, por guardarte de los peligros que enviaron contra ti los servidores de Alejandro.
Simón no contestó. Le entregó el pergamino en silencio.
Masiva lo abrió, lo leyó, frunció el ceño.
—Esto no lo sabíamos —dijo—. Olimpia ha enviado ayuda a Alejandro a Babilonia.
El sacerdote no dio ninguna explicación, así que Simón tampoco la pidió.
Masiva cabeceó pensativo.
—No comprendo como un ser humano puede soportar tanto —dijo—. Pero en fin, ella
dispone de ayuda que no es humana...
—¿Qué hay de las historias que se cuentan de ella? —preguntó Simón, pensando que al fin
podría hallar cierta verdad donde antes no había oído más que rumores y alusiones.
—Los simples hechos relacionados con sus actividades son aquí conocidos de todos —le
explicó Masiva—. Una ardiente iniciada en una serie de cultos misteriosos, en todos los cuales se
adoran a las fuerzas de las tinieblas. Son los ritos nefandos habituales, las iniciaciones secretas,
las fiestas orgiásticas. Tres de las principales, teóricamente, no tienen ninguna relación entre sí,
son los cultos de Orfeo, Dionisios y Demeter. Se dice que Alejandro fue concebido en uno de
esos ritos. En cierto modo es verdad, pues Olimpia fue elegida por el Señor de las Tinieblas
cuando era muchacha y participaba en los ritos de un culto similar.
Simón movió la cabeza impaciente al oír esto.
—Te pedí hechos, no suposiciones.
Masiva pareció sorprendido.
—No me he permitido ninguna suposición, amigo mío. Toda la ciudad vive aterrada por
Olimpia y sus amigos y servidores. El mal es tan denso aquí que la gente normal apenas si
puede respirar debido a su hedor.
—Bueno —dijo cortante Simón—, espero que la información te sea útil. Yo cumplí mi deber.
¿Puedes recomendarme ahora algún lugar para hospedarme?
—No hay ninguno que sea absolutamente recomendable en esta maldita ciudad. Puedes
probar en La Torre de Cimbria. Tengo entendido que es buen sitio. Pero no te fíes, duerme con
la espada en la mano.
—Lo haría de cualquier modo —dijo Simón sonriendo—. Con Alejandro persiguiéndome y
estando aquí en su ciudad natal.
—Eres valiente, tracio... no seas estúpido.
—Por mí no te preocupes, amigo mío.
Simón salió de la casa, volvió a montar en su caballo y se encaminó al bario de las tabernas,
donde acabó localizando La Torre de Cimbria.
Estaba a punto de entrar, cuando oyó rumor de gente corriendo en una calleja, a un lado del
edificio. Luego gritó una chica. Simón sacó la espada y se lanzó por la calleja y, como se había
endurecido tanto con sus espantosas visiones, apenas se fijó en los deformes seres que
amenazaban a una asustadísima muchacha; sólo advirtió que iban armados y que eran
evidentemente poderosos. La chica estaba aterrada y al borde del desmayo. Uno de aquellos
seres deformes sacó una tosca manaza para sujetarla, pero lanzó un grió de dolor cuando la
espada de Simón se clavó en su omoplato.
Los otros se volvieron, empuñaron sus armas. Simón puso a dos fuera de combate antes de
que pudieran desenvainarlas. El cuarto le lanzó una estocada, pero torpemente. Murió al
instante, con el cuello tajado.
En vez de darle las gracias, la chica contempló aterrada los cadáveres.
—Eres un necio —murmuró.
—¿Un necio? —dijo Simón asombrado.
—Has matado a cuatro servidores de la reina Olimpía. ¿Es que no les reconociste, o no
reconociste su uniforme?
—Acabo de llegar a Pela.
—Entonces huye de inmediato... si quieres seguir vivo.
—No sin dejarte en un lugar seguro. De prisa... tengo un caballo esperando en la calle.
La sostuvo con un brazo, aunque ella protestase, y la ayudó a acomodarse en la silla.
Luego se coloco detrás.
—¿Dónde vives?
—Junto a la muralla oeste... pero date prisa, por Hera, pues de lo contrario descubrirán los
cadáveres y nos darán caza.
Siguiendo las instrucciones de la muchacha, Simón guió el caballo a la luz difusa del
anochecer.
Llegaron a una casa grande y acogedora, rodeada de un jardín de altos muros. Cruzaron la
entrada y ella desmontó y cerró. Apareció un viejo a la entrada del patio.
—¿Camila? ¿Qué pasa?
—Ya te explicaré luego, padre. Que los criados lleven el caballo a la cuadra y asegúrate de
que todas las puertas están cerradas: los servidores de Olimpia intentaron raptarme. Este
hombre me libró de ellos... pero murieron cuatro.
—¿Muertos? ¡Dios mío!
El viejo frunció los labios. Llevaba una toga suelta y tenía un firme y duro rostro de patricio.
Era evidente que se trataba de un noble. Su hija no se parecía a él.
Pasaron enseguida a Simón a la casa. Pidieron a los sirvientes que llevasen pan, queso y
fruta. Simón comió a satisfacción. Mientras comía, contó lo que quiso divulgar de su historia.
Merates, el patricio, escuchaba sin hacer comentarios.
Cuando acabó Simón, Merates no hizo tampoco ningún comentario directo, sino que dijo,
medio para sí:
—Si el rey Filipo no hubiese seguido su plan, habría paz y progreso en este mundo asolado
por la guerra. Maldigo el nombre de Alejandro... y a la serpiente que lo engendró. Si hubiese
quedado Alejandro en manos de su padre como educador, es probable que hubiese sido capaz
de llevar a la práctica el gran plan de Filipo. Pero su tortuosa madre introdujo en su mente otras
ideas, le volvió contra su padre. Ahora sopla el mal en todos los vientos, sopla en el este y el
oeste, y en el sur y en el norte... y los perros de las tinieblas babean y muerden y aullan tras la
estela sangrienta de Alejandro.
Camila se estremeció. Había cambiado su ropa de calle por un vestido de seda azul, holgado
y diáfano, llevaba su negro y largo pelo suelto y le caía por la espalda y brillaba como vino
oscuro.
—Aunque Alejandro esté fuera, en sus conquistas —dijo—, Olimpia aterroriza Pela más que
nunca. Busca a todos los jóvenes que le parecen adecuados para que participen en sus lúgubres
rituales. Lleva diez meses o más que intenta que yo me una también, y hoy perdió la paciencia
e intentó raptarme. Se enterará de que alguien mató a sus servidores... pero no tiene por qué
saber que fuiste tú, Simón.
Simón asintió con un gesto. Le resultaba difícil hablar en presencia de la oscura belleza de
aquella muchacha, nada le había embriagado nunca tanto como aquella belleza.
Eran tiempos de tribulaciones. Eran tiempos de grandes hazañas y logros científicos. Tiempos
de obsceno mal y desmesurada osadía. Alejandro reflejaba su época. Ordenaba una matanza y
acto seguido honraba a una ciudad conquistada por el valor que había desplegado
combatiéndole. El soberbio caballo Bucéfalo había llevado a su dueño con su resplandeciente
armadura por todo el mundo conocido. El fuego destruía antiguos emporios y civilizaciones,
perecían degollados los sabios y se ahogaban los inocentes en la oleada arrasadora de aquellas
conquistas. Hizo, sin embargo, que se edificasen nuevas ciudades y que se construyesen
bibliotecas. Hubo sabios que le siguieron (él era discípulo de Aristóteles) y constituyó un enigma
para todos. Grecia, Persia, Babilonia, Asiría, Egipto, cayeron a sus pies. Cuatro razas poderosas,
cuatro antiguas civilizaciones perecieron bajo el yugo de Alejandro. La gente especulaba sobre si
sería fuerza de tinieblas o de luz, si destrozaría el mundo o lo uniría en una paz perdurable. Un
enigma.
Pero corría ya el año 323 antes de Cristo y Alejandro tenía treinta y dos años y llevaba doce
reinando. Pronto habría reinado los trece...
En las oscuras cavernas de la creación, habitando en una multitud de dimensiones, el mal
prosperaba, incubando y planeando... crimen.
Las fuerzas de la luz y las de las tinieblas habían combatido durante trece años en el alma y
el cuerpo del pobre Alejandro, sin que el orgulloso, grandioso y arrogante conquistador del
mundo lo supiera. Pero ya proclamaban las estrellas llegado el momento.
Y Alejandro sufría...
Galopaban jinetes hacia los confines del orbe. Brillantes pendones ondeaban al viento,
mientras los ejércitos cruzaban las tierras ribereñas del Mediterráneo. Gemían las naves con el
peso de guerreros armados. Corría la sangre como vino y el vino como agua. Se pudrían los
cadáveres en las ruinas de fortalezas calcinadas y la tierra se estremecía al paso de Alejandro.
Y ahora cabalgaban mensajeros a los campamentos de sus capitanes, para convocarlos. Era
preciso hacerlo. La conquista final debía iniciarse. Pero no sería el triunfo de Alejandro. El triunfo
pertenecería a un conquistador más grande. Algunos le llamaban Ariman. Los capitanes de
Alejandro montaron enseguida en sus carros y partieron hacia Babilonia. Muchos hubieron de
cruzar océanos, continentes.
Los oráculos todos, profetizaban desastre... unos decían que para Alejandro, otros que para
el mundo. Jamás, decían, había nublado el mal al mundo tanto como entonces.
Ariman había preparado el mundo por medio de Alejandro. Pronto Las Fuerzas de la Luz
serían destruidas definitivamente, y, aunque pudiese llevar varios siglos más concluir su obra,
Ariman podría iniciar sus planes de conquista y luego de destrucción.
Disponía de más instrumentos para sus planes.


CAPITULO CUATRO

Simón se retrepó en un banco y acarició los cálidos hombros de Camila.
—¿Acaso no reclaman siempre los héroes legendarios esa recompensa a las doncellas que
salvan? —le preguntó burlón.
Ella le sonrió con afecto.
—No sé si recuerdas que la legendaria Camila nunca quiso nada con los hombres. Tengo el
propósito de emularla.
—Una verdadera lástima.
—Quizá para ti, pero no para mí...
Simón simuló suspirar.
—Muy bien —dijo—. Ya veo que tendré que esperar hasta que acabes sucumbiendo a mi
indudable encanto.
Sonrió ella de nuevo.
—Llevas una semana aquí y aún no he sucumbido.
—Fue bueno que tu padre me diese el puesto de capitán de su cuerpo de guardia, sobre todo
considerando que se arriesga a que le detengan si Olimpia descubre alguna vez que maté a sus
sirvientes.
—Merates es un hombre bueno y sabio —dijo seria Camila—. Uno de los pocos que quedan
en Pela. Fue íntimo de Filipo, que le admiraba mucho. Pero el hijo de Filipo no quiso saber nada
de los consejeros de su padre, así que ahora Merates vive en tranquilo apartamiento.
Simón se había enterado ya de que Camila era hija adoptiva de Merates, que había sido
engendrada por una esclava peoniana muy amada y querida de sus amos que había muerto
siendo ella niña.
Simón sentía un profundo respeto por el anciano noble y aunque resultase peligroso,
pensaba quedarse en Pela y quizás establecerse allí. Ya se había enamorado de Camila.
Y, en fin, la cortejaba y si bien ella no le daba razón alguna para que dejara de hacerlo,
tampoco le alentaba demasiado, por otra parte. Le consideraba un soldado de fortuna y un
aventurero. Quizá quisiese llegar a estar segura de él.
Pero eran tiempos sombríos y Simón, pese a su racionalismo, no podía por menos de
advertirlo. Sentía que se arremolinaba la tormenta y estaba inquieto.
Un día que estaba instruyendo a un grupo de esclavos en el arte de usar el escudo, entró
Merates precipitadamente en el patio.
—Simón... quiero hablar un momento contigo.
El tracio apoyó la espada en la pared y entró con Merates en la casa.
Y con lágrimas en los ojos Merates le dijo:
—Camila ha desaparecido. Tenía que ir al mercado... es una visita que hace todos los meses
para liquidar nuestras cuentas con los mercaderes con quienes comerciamos. Hace cuatro horas
que se fue y aún no ha vuelto... nunca suele tardar más de una...
Simón se puso tenso.
—¿Olimpia? ¿Tú crees que...?
Merates asintió.
Simón se volvió, fue rápidamente a su aposento, donde se puso el cinturón de cuero en que
llevaba la espada que le habían dado los magos.
Echó una manta sobre la grupa del caballo, salió montado en él del establo agachando la
cabeza en el umbral, cruzó el portón de la casa y enfiló las calles de Pela camino del centro.
En el mercado preguntó por ella. Hacía unas dos horas que había salido de allí. Meditó unos
instantes y se dirigió luego hacia los barrios pobres de la ciudad, desmontó delante de una
puerta y llamó.
Masiva, el negro sacerdote númida, abrió personalmente. Llevaba ropas de esclavo... era un
disfraz.
—Entra, Simón. Es una alegría verte.
—Necesito ayuda, Masiva. Y a cambio, quizá pueda ayudarte en algo.
Masiva le hizo pasar.
—¿De qué se trata?
—Estoy seguro de que la reina Olimpia ha raptado a Camila, la hija de Merates.
Masiva le miró imperturbable.
—Es posible... Camila tiene fama de ser virgen y de ser muy hermosa. Olimpia busca esas
cualidades. Corromperá a Camila o la obligará a participar activamente en los ritos... o si no, le
hará desempeñar un papel pasivo.
—¿Pasivo? ¿Qué quieres decir?
—La sangre de las vírgenes es necesaria para ciertos hechizos.
Simón se estremeció.
—¿Puedes ayudarme? ¡Dime dónde puedo encontrarla!
—Esta noche empiezan los Ritos de Coticia. Ahí has de buscarla.
—¿Dónde se celebran?
—Ven, te trazaré un plano. Es muy probable que perezcas en el intento, Simón. Pero te
convencerás de que lo que te dijimos era cierto.
Simón miró fijamente al negro. Masiva le miró a su vez, imperturbable.
La llamaban Cotis y se la adoraba como a una diosa en Tracia, Macedonia, Atenas y Corinto.
Su nombre había estado ligado durante siglos a fiestas licenciosas... pero jamás se le había
rendido tanto culto como entonces, en Pela, donde la reina Olimpia danzaba con serpientes en
su honor. Aunque sólo era parte de un Poder Maligno mayor, florecía y se desplegaba en las
almas atormentadas de sus acólitos y de sus víctimas.
La casa se alzaba aislada en la cima de un cerro.
Simón la identificó gracias a la descripción de Masiva. Era de noche, una noche plateada por
la escarcha y la luz de la luna, pero había actividad entre las sombras y había formas de
malignos augurios. Simón, el aliento blanco en la oscuridad, siguió subiendo la ladera camino de
la casa.
A la puerta le recibió un esclavo.
—Bien venido. ¿Eres Bapte o hereje?
Bapte, según Simón había sabido por Masiva, era el nombre que a sí mismos se daban los
adoradores de Cotis.
—Vine a participar en la coticia de esta noche, esa es la verdad —dijo Simón, y liquidó al
esclavo.
Dentro ya de la casa, alumbrado por una sola lámpara el aceite, Simón localizó la puerta que
dio acceso a una negrura fétida. Se inclinó y entró allí abajo deslizándose hacia las entrañas del
cerro. Las paredes del túnel estaban resbaladizas de pegajoso musgo, el aire era espeso y
resultaba difícil respirar. El agudo silbar de la espada al salir de la funda fue muy confortante.
Resbalaba en las piedras cubiertas de musgo del pasadizo, y a medida que se acercaba a su
objetivo, el corazón le palpitaba más fuerte y sentía agarrotada la garganta, pues percibía parte
de la emoción que había sentido al enfrentarse a la locura de Alejandro.
Oyó entonces un sordo canturreo, mitad gimiente éxtasis, mitad triunfal encantamiento. El
sonido aumentó, insinuándose en sus oídos hasta que quedó atrapado un instante en aquel
éxtasis terrible y maligno en que estaban sumidos los participantes. Controló los deseos de huir,
los deseos aún más fuertes de unirse a ellos, y siguió avanzando, la espada flameando en el
puño. El hierro resultaba al menos confortante, aunque aún se negaba a creer que actuase allí
una fuerza sobrenatural.
El mal danzaba alrededor, casi tangible, mientras seguía avanzando. Su temperamento, tan
racional y escéptico, era una ventaja. Sin ésta habría sucumbido fácilmente.
El cántico se hinchó en un gran estruendo de goce maligno y en él oyó un nombre que se
repetía una y otra vez:
—Cotis. Cotis. Cotis. Cotis.
Medio hipnotizado por el sonido, se acercó tambaleante a una cortina y la corrió.
Lo que vio le hizo retroceder.
La atmósfera estaba muy cargada de humo de incienso. Una luz dorada llameaba en altas
velas negras sobre un ara. Del ara se elevaba una columna, y atada a la columna vio a Camila.
Parecía desmayada.
Pero no era eso lo que le había repugnado tanto, sino la visión de las cosas que
hormigueaban alrededor del ara. No eran ni hombres ni mujeres, eran neutros. Quizá hubiesen
sido hombres alguna vez. Eran jóvenes y bien parecidos. Tenían el pelo largo y rostros afilados,
huesos prominentes, y en los ojos chispeaba un gozo maligno. A un lado del altar, Simón vio a
una anciana desnuda. Su cara correspondía a una mujer de unos sesenta años, pero el cuerpo
parecía más joven. Alrededor se entrelazaban grandes serpientes, acariciándola. Ella tarareaba y
dirigía el canto. Había muchachas bailando con los neutros, cabrioleando y moviéndose.
—Cotis. Cotis. Cotis.
Las velas chisporroteaban luz y proyectaban saltarinas sombras por las paredes de la cueva.
Luego, apareció en la cima de la columna a la que estaba atada Camila, una extraña
luminosidad de un naranja dorado que pareció retorcerse y enroscarse al pie mismo de ella.
Otras formas se unieron a los bailarines humanos. Formas retorcidas con grandes cuernos y
rostros de animales y patas de cabra.
Simón avanzó hacia la columna esgrimiendo la espada como medio instintivo de protección
contra el denso mal que había en la caverna.
— ¡Basta! —acudió a sus labios un nombre y lo gritó—: ¡En el nombre de Ormuz, basta ya!
Una inmensa agitación de risa inhumana llegó de la hirviente claridad de sobre la columna y
Simón vio que se perfilaban en ella figuras. Figuras que tenían forma humana y parecían al
mismo tiempo ser parte integrante de un inmenso rostro, arrugado e hinchado, la gran boca
desdentada abierta y los ojos cerrados.
De pronto se abrieron los ojos y parecieron clavarse en Simón. Las imágenes más pequeñas
se retorcían por aquel rostro, que se reía de nuevo. Con bilis en la garganta, la cabeza
estallando, Simón enarboló la espada y se abrió paso a través de los cuerpos sudorosos de los
adoradores. Estos sonreían malévolamente, pero no intentaban detenerle.
Simón temía el hechizo infernal de aquellos ojos.
—Ormuz es demasiado débil para protegerte, mortal —dijo la boca—. Aquí reina Ariman...
que pronto regirá el mundo a través de su instrumento, Alejandro.
Simón siguió su camino hacia la columna, hacia Camila y hacia aquel rostro burlón que había
sobre ella.
—Ormuz no te ayudará, mortal. Somos muchos y más fuertes. ¡Mírame! ¿Qué ves?
Simón no contestó. Apretó con más fuerza la empuñadura de su espada y se aproximó más.
—¿Nos ves a todos? ¿Ves a quien los celebrantes llaman Cotis? ¿Ves al maligno?
Simón siguió avanzando tambaleante, recorriendo los últimos pasos que le separaban del ser
enroscado que había en la columna. Olimpia echó entonces la cara hacia adelante, las
serpientes silbando, chasqueando las bífidas lenguas.
—Cógela, tracio... mi hijo te conoce... cógela y tendremos un sacrificio doble aquí esta noche.
Con su mano libre, Simón empujó los cuerpos escamosos de las culebras e hizo retroceder
tambaleándose a la mujer.
Con una parsimonia como de trance, cortó luego las ligaduras que ataban a Camila a la
columna. Pero de la columna brotaron muchas manos, manos naranja y oro, que le asieron en
un tembloroso pero extasiado abrazo.
Aulló y golpeó aquellas manos que, al contacto con el acero, retrocedieron de nuevo
hundiéndose en su centelleante cuerpo original.
Luego sintió Simón por su cuerpo las manos pegajosas de los acólitos. Simón sacó entonces
un puñado de yerbas de su ropa, yerbas que le había dado Masiva, y las arrojó en las llamas de
las velas. Brotó un humo acre que hizo retroceder a los desnudos celebrantes. La aparición
misma pareció desvanecerse levemente, perder luz.
Luego Simón dio un salto, la espada centelleando como plata, y cruzó a través de la cara
nebulosa que bufaba y reía alternativamente. La espada golpeó la piedra de la columna.
Desesperadamente, echó hacia atrás el brazo para asestar un nuevo golpe, pero no tuvo
fuerzas. Se sentía como un hombre viejo y cansado.
— ¡Ormuz! —gritó, mientras golpeaba una vez más.
De nuevo el rostro se burlaba de él; de nuevo las manos doradas brotaron a abrazarle de
modo que su cuerpo se estremecía con un gozo terrible, debilitante.
Luego, Simón sintió como si fuese todos sus ancestros y llegó a él la visión de la oscuridad y
el caos que habían poseído sus antepasados.
Y este conocimiento, aunque aterrador, contenía un conocimiento superior: la conciencia de
que las Fuerzas de las Tinieblas habían sido vencidas en el pasado y podían ser vencidas de
nuevo.
Esto le dio fuerzas. Ariman-Cotis comprendió que, de algún modo, Simón había logrado
renovada energía y su forma se concentró en sí misma y empezó a bajar por la columna hacia
Camila.
Pero Simón asió a Camila, la apartó de la columna y la depositó en el suelo. Luego lanzó las
yerbas llameantes en la cara de la aparición.
Un gruñido horroroso inundó el aire. Y por un instante, la cara se desvaneció por completo.
Simón cogió a Camila y cruzó entre la multitud, tajando los cuerpos desnudos con su brillante
espada. Manaba la sangre y reaparecían rostros, aullando de risa.
Muchos pequeños rostros se unieron a la fiesta, gorjeando su alegría y apartándose de la
entidad mayor para caer sobre la sangre de los heridos.
Simón observó, con cierto alivio, que aquellos seres no podían pasar a través del humo de las
yerbas, y por entonces, toda la estancia estaba llena de aquel olor acre.
— ¡Nada puede destruirlo, mortal! —aulló Ariman-Cotis—. ¡Acuchilla a más! ¡Dame más!
Podrás escapar ahora, pero muy pronto jugaré con los dos. Los cazadores de mi servidora
Olimpia os seguirán por toda la tierra. No podréis escapar. Y cuando seáis nuestros... ambos os
convertiréis en mis más dóciles esclavos...
Simón llegó a la entrada de la caverna con la inconsciente Camila en brazos, y corrió por el
resbaladizo túnel arriba. Ahora Simón sabía. Ya no podía racionalizar. Había visto demasiado.
Ahora sabía que la razón había abandonado el mundo y que los antiguos dioses habían
vuelto para reinar una vez más.


CAPITULO CINCO

El cuerpo era bastante fuerte. Ariman lo había probado a su satisfacción. Habia dado a su
instrumento fuerza y vitalidad sobrehumanas y éste lo había utilizado para los que creía sus
propios propósitos.
Aunque Alejandro poseía ya escasa personalidad propia, estaba preparado. Pronto, pueblos
enteros serían esclavos de Ariman, sus cuerpos todos quedarían sometidos a él. Caerían sobre el
mundo unas tinieblas nunca vistas. Ormuz y las potencias de la luz serían vencidas para
siempre.
Ariman tenía muchas facetas, muchos nombres. Satán era uno de ellos.
Los capitanes de Alejandro estaban reunidos. Le eran leales, cumplirían sus órdenes: se
convertirían en asentes de Ariman e impondrían el infierno en la tierra.
Año 323 antes de Cristo. Época de lúgubres presagios. Encrucijada de la historia.
Alejandro se levantó del lecho. Caminó como un autómata y llamó a sus esclavos. Le lavaron,
le vistieron, le pusieron su armadura dorada.
— ¡Salve, Júpiter Amón! —entonaron cuando salió de la estancia y se encaminó con paso
firme a la cámara donde le aguardaban sus generales y consejeros.
Ptolomeo se levantó al entrar Alejandro. Su amo no parecía distinto, y, sin embargo, tenía un
aire extraño y remoto.
—Salve, Júpiter Amón —dijo, con una profunda inclinación. Normalmente, se negaba a
designar a Alejandro con el nombre del Dios, pero en esta ocasión sentía temor, quizá recordase
cómo había matado Alejandro a su íntimo amigo Clito en Bactria.
Anaxarco también se inclinó. Los otros diez hicieron lo mismo.
Alejandro se sentó en el centro de la gran mesa. Las juntas de cuero de la armadura dorada
rechinaron cuando se inclinó. Sobre la mesa había comida y mapas. Alejandro se metió un trozo
de pan en la boca y desenrolló un mapa, masticando. Los doce hombres esperaban nerviosos a
que hablara. Mientras estudiaba el mapa, Alejandro alzó la copa. Ptolomeo la llenó de vino de
una botella de bronce de largo cuello. Alejandro bebió el vino de un trago. Ptolomeo volvió a
llenar la copa.
Simón y Camila habían huido de Pela. La noche era como tener una capa pegajosa encima y
hendían el cielo los relámpagos. La lluvia les daba en la cara y les azotaba. Las gotas eran como
pequeñas lanzas.
Camila cabalgaba detrás de Simón, siguiéndole en una fuga aterradora hacia Oriente.
No podían seguir otra dirección y Simón necesitaba encontrar a Abaris el Mago y pedirle
ayuda, aunque Alejandro siguiese aún viviendo en Babilonia.
De pronto, oyeron tras ellos a los cazadores de Olimpia, grandes perros aullando, el rumor de
los cuernos de caza y gritos salvajes azuzando a los perros. Y aquellos cazadores no eran
mortales... Ariman se los había prestado a Olimpia para que ambos pudiesen jugar con los
humanos fugitivos.
Camila y Simón captaban vislumbres de sus perseguidores... seres de leyenda. Vastagos de
Cerbero, el can de tres cabezas que guardaba las puertas de Hades... perros con cola de
serpiente y culebras enroscadas al cuello; grandes cabezas lisas con repugnantes ojos y con
dientes inmensos.
Los cazadores cabalgaban en la progenie de Pegaso, caballos alados que se deslizaban sobre
el suelo, blancos, maravillosos, rápidos como el viento del norte.
Y sobre los caballos: los cazadores. Los sonrientes espectros de malvados muertos,
vomitados del Hades para que actuasen por Ariman. Tras ellos iban las mujeres leopardo, las
ménades, las adoradoras de Baco.
Y tras todo esto iba una vociferante multitud de espectros de malvados muertos vomitados
del Hades profundidades del infierno. Llevaban dos semanas persiguiendo así a Simón y Camila
y éstos tenían plena conciencia de que podrían haberles capturado muchas veces. Ariman (tal
como había amenazado) estaba jugando con ellos.
Pero aún así, seguían espoleando sus caballos y por fin llegaron al Bosforo. Alquilaron una
embarcación y salieron a mar abierto.
Entonces llegaron a acosarles los nuevos fantasmas. Formas marinas, monstruos
rectiliformes, seres de relumbrantes ojos que nadaban justo bajo la superficie y que de vez en
cuando posaban manos como zarpas en los costados de su embarcación.
Simón comprendió al fin que todo aquello estaba calculado para atormentarles y
enloquecerles, para que cediese a la maligna voluntad de Ariman.
Camila, Simón lo percibía, empezaba ya a vacilar.
Pero él seguía manteniéndose firme en su cordura... y en su objetivo. Quisieran o no los
hados, él sabía lo que debía hacer. Había asumido una misión. Se negaba a atender lo que no
fuese eso... y su fuerza ayudaba a Camila.
Pronto el maligno comprendería; Simón estaba convencido de que no podía quebrantar su
espíritu y entonces estarían sentenciados, porque Ariman tenía poder para destruirle. Rezó a
Ormuz, en el que ahora creía con un fervor nacido de su profunda necesidad de algo a lo que
poder aferrarse, y rezó por poder disponer de un poco más de tiempo... tiempo pera llegar a
Babilonia y hacer aquello que se había propuesto.
Cabalgaron sobre las llanuras desoladas del Asia Menor y todas las noches de su viaje
aullaron tras ellos los fieros cazadores. Hasta que Simón pudo al fin volverse de cuando en
cuando y reírse de ellos, insultándoles con palabras que eran delirios casi demenciales.
Tenía poco tiempo y lo sabía.
Una noche, mientras grandes nubes cruzaban el cielo, se perdieron.
Simón había planeado seguir el Eufrates en cuyas riberas se hallaba Babilonia, pero en la
confusión de la ululante noche perdió el rumbo y no vieron el río hasta la mañana siguiente.
Cabalgaron hacia él aliviados. Los días les pertenecían; a la luz del sol no salían los fantasmas a
atormentarlos. Simón supo, con un sentimiento de emoción, que pronto estarían en Babilonia
con Abaris y los magos que les ayudarían contra las hordas de Ariman.
Cabalgaron todo el día, siguiendo el reseco lecho del río, agostado por el calor del abrasador
sol: Simón calculaba que al oscurecer estarían ya en los arrabales de Babilonia. Y menos mal,
porque sus caballos eran ya flacos esqueletos que resbalaban vacilantes por el lecho del río y
Camila se tambaleaba, pálida y débil en su montura.
El sol empezó a hundirse lívido ya en el horizonte, y mientras espoleaban a los agotados
caballos, llegó a sus oídos el lejano ulular de las ménades, los alucinantes aullidos de la
progenie de Cerbero. La pesadilla de las noches empezaría muy pronto otra vez.
—Quiera Ormuz que lleguemos a tiempo a la ciudad —dijo cansinamente Simón.
—Otra noche así y pierdo la razón —contestó Camila.
Los gritos desgarradores e inhumanos de las bacantes aumentaban, y, volviéndose en la silla,
Simón vio tras sí las confusas formas de sus perseguidores, formas que iban haciéndose más
nítidas a medida que la oscuridad aumentaba.
Doblaron un recodo del río y ante ellos se perfiló la forma de una ciudad.
Pero luego, al aproximarse, las esperanzas de Simón se desvanecieron bruscamente.
¡Aquellas ruinas desoladas, aquel inmenso lugar desierto, no era Babilonia! ¡Aquella ciudad
muerta era un lugar donde un hombre podía morir, también!
Los ejércitos de Alejandro estaban agrupándose ya. Y se agrupaban sin saberlo ellos, no para
una conquista material sino para una conquista mucho mayor: para destruir el poder de la Luz y
asentar el reino perdurable de los poderes de las Tinieblas.
Se agrupaban grandes ejércitos, todo metal y cuero y carne disciplinada.
Año 323 antes de Cristo, un hombre enfermo, cuya vitalidad manaba de una fuente
sobrenatural, un poseso, regía el mundo conocido, controlaba a sus habitantes, daba órdenes a
sus soldados.
Alejandro de Macedonia. Alejandro Magno. Hijo de Zeus, Júpiter Amón. El había unido el
mundo bajo un solo rey: él mismo. Y unido, caería...
En Babilonia, la ciudad más antigua del mundo antiguo, Alejandro daba órdenes a sus
capitanes. Babilonia abarcaba 144 millas cuadradas, flanqueando por ambos lados el gran río
Eufrates, rodeada de muros de ladrillo, cerrada por grandes puertas de bronce. Dominaba la
ciudad el Templo de Baal, que consistía en ocho plantas cuya anchura iba disminuyendo
gradualmente. Se subía a él por unas escaleras que ascendían en espiral por la parte exterior
del edificio. Instalado en la cima de la última torre, Alejandro contemplaba la poderosa ciudad
que había elegido como base de sus operaciones militares. Desde allí, podía ver los fabulosos
jardines colgantes construidos por Nabucodonosor, sobre terrazas alzadas una sobre otra por
medio de arcos. Las calles de la ciudad tenían un trazado geométrico, se cortaban todas en
ángulos rectos.
Babilonia, cuya progenie abarcaba ya siglos, que había producido científicos, sabios, artistas,
grandes reyes y grandes sacerdotes, magníficos guerreros y poderosos conquistadores;
Babilonia, cuyos dueños, los caldeos, adoraban a los cuerpos celestes y se guiaban por ellos
para hacer sus leyes.
Babilonia, ciudad de grandes secretos y de iluminación. Babilonia, que sería abatida por la
plaga considerada más terrible y malévola de la historia del mundo. Las fuerzas de la luz
estaban todas dispersas, las conquistas de Alejandro las habían quebrantado, y el mismísimo
Alejandro se había convertido en foco de las fuerzas del mal. El mundo se hundiría muy pronto
en las tinieblas.
Los hijos de la luz luchaban desesperadamente por dar un medio de contenerlo, pero estaban
debilitados, eran sólo un puñado de forajidos. Pequeños grupos, el principal formado por los
magos de Persia, intentaban seguir luchando contra él... pero era casi inútil. Lentos, firmes,
implacables, el malvado Ariman y sus servidores ganaban terreno.
Y Simón de Bizancio no había logrado llegar a Babilonia para ponerse en contacto con los
magos.
Simón y Camila jamás habían visto una ciudad tan grande. Las murallas en ruinas abarcaban
una extensión fantástica... donde aún seguían intactas, podían cruzarse tres carros en su cima y
tenían una altura de más de treinta metros. Se alzaban por todas partes centenares de torres
destrozadas, y su altura era doble que la de la muralla.
Pero el viento gemía en las torres y grandes buhos de ojos inmensos y terribles, que parecían
los únicos habitantes de la ciudad, ululaban y volaban alrededor de ellas.
Camila tendió su mano hasta encontrar la de Simón. El se la estrechó para tranquilizarla,
para transmitirle una tranquilidad que él mismo no sentía.
Aún se oían, detrás, los cazadores. Agotados, no podían seguir ya y sus cerebros exhaustos
les decían que allí, entre las ruinas, no encontrarían refugio.
El lento repiqueteo de los cascos de sus cabalgaduras renonaba en la ciudad vacía, mientras
seguían una ancha avenida llena de matorrales entre las sombras de los desmoronados
edificios. Simón ya se había dado cuenta de que la ciudad había sido destruida por el fuego.
Pero hacía frío allí, un frío estremecedor bajo la luz de aquella luna inmensa que colgaba en el
cielo como un fatal presagio. Los gritos de los cazadores se unieron al ulular de los buhos, una
horrenda sinfonía de música lúgubre y aterradora.
Pero ya no podían correr más delante de sus perseguidores. Debían esperar... a que les
capturasen.
Luego, de pronto, Simón vio que se perfilaba ante ellos una forma oscura iluminada por la
luna. Sacó la espada y detuvo al caballo. Estaba demasiado cansado para atacar, esperó que
aquel ser se aproximase.
Pero cuando estuvo más cerca, echó hacia atrás la capucha que ocultaba su rostro y Simón
lanzó un suspiro de alivio y de asombro.
— ¡Abaris! ¡Iba a buscarte a Babilonia! ¿Qué haces aquí?
—Te esperaba, Simón.
El sacerdote sonrió cordial y afable. También él parecía muy cansado. Su rostro alargado
estaba muy pálido y se marcaban profundas arrugas bordeando su boca.
—¿Esperándome? ¿Cómo podías saber que iba a perderme e iba a acabar aquí?
—Los hados ordenaron que así fuese. No me preguntes más.
—¿Dónde estamos?
—En las ruinas de la olvidada Nínive.Fue una gran ciudad en otros tiempos, mayor que
Babilonia, casi tan poderosa. Los medos y los babilonios la asolaron hace trescientos años.
—Nínive —murmuró Camila—. Hay leyendas sobre ella.
—Olvida las que hayas oído y recuerdo esto: aquí estaréis seguros, pero no por mucho
tiempo. Los restos de los seguidores de Ormuz se refugiaron aquí y están aquí agrupados...
pero no tienen fuerza suficiente para resistir mucho a los terribles servidores de Ariman.
—Ahora comprendo qué pasó —dijo Simón—. Seguimos la ribera del Tigris en vez de la del
Eufrates.
—Así es.
Tras ellos, más cerca cada vez, llegaban los terribles aullidos. Abaris hizo señas de que le
siguieran.
Les llevó por una oscura calle lateral y luego por un laberinto de callejas llenas de escombros,
matorrales y fango. Se detuvo ante una casita de dos plantas que aún estaba prácticamente
intacta, corrió un cerrojo, les indicó que entrasen. Entraron a caballo. La casa era mucho más
grande de lo que parecía y Simón supuso que la componían varias. Había unas doscientas
personas en una gran estancia detrás de la casa por la que habían entrado. Estaban sentados
en el suelo, con las piernas cruzadas, en posturas que indicaban extremo cansancio. Muchos de
ellos eran sacerdotes. Simón identificó varios cultos.
Había caldeos, la casta rectora de Babilonia, orgullosos y arrogantes, sacerdotes egipcios de
Osiris, un rabino hebreo. A otros, Simón no les identificaba y Abaris cuchicheó respuestas a sus
preguntas. Había brahamanes de la India, pitagóricos de Samos y Crotona de Truria, parsis de
los desiertos de Kerman y del Indostán, druidas del lejano norte, de las islas sombrías del límite
del mundo. Sacerdotes ciegos de los cimerios, que, según la historia, eran los antepasados de
los tracios y de los macedonios.
Alejandro había destruido sus templos, los había dispersado. Sólo en el lejano norte y en el
lejano oriente seguían organizados los sacerdotes de la luz y habían enviado representantes a
Nínive para ayudar a sus hermanos.
La cólera de Alejandro se había centrado sobre todo en los seguidores de Zoroastro, los
magos persas y caldeos, la más fuerte de las sectas que adoraban a las fuerzas de la luz y la
justicia.
Allí estaban todos, hombres cansados, agotados por un combate que no exigía armas
materiales pero que sorbía su vitalidad mientras pugnaba por mantener a raya a Ariman.
Abaris presentó a Simón y a Camila a los reunidos, y parecía saber la mayor parte de su
historia, cómo habían estado presentes en la Coticia, cómo habían huido de Pela y acosados por
las hordas infernales, cruzado el Bosforo y llegado, al fin, a la destruida Nínive.
Afuera, las calles de Nínive estaban henchidas de una muchedumbre repugnante, bestias
extrañas de todo género, ánimas en pena y malévolos moradores del infierno. Perros de tres
cabezas y colas de serpiente, caballos alados, quimeras, basiliscos, esfinges, centauros y grifos,
salamandras que vomitaban fuego. Todos vagaban por las calles en ruinas, persiguiendo la
presa de Ariman. Pero había un sector al que no podían pasar, una zona que desprendía
emanaciones que significaban muerte para ellos, así que la evitaban.
Simón y Camila estaban seguros de momento. Pero sólo era una tregua, pues mientras
estaban en Nínive, a salvo de las fuerzas del mal, Alejandro paseaba por las torres doradas de
Babilonia y preparaba el mundo para la conquista final.


CAPITULO SEIS

—Alejandro mató a tu amigo Hano, el fenicio, hace una semana —dijo Abaris a Simón.
—¡Ojalá las arpías le saquen los ojos! —gritó Simón.
—No evoques a las arpías —dijo Camila—. Ya tenemos bastantes enemigos que combatir.
Con una leve sonrisa, Abaris indicó una mesita que había en un rincón.
—Será mejor que comáis algo. Debéis estar muy cansados.
La pareja se puso a comer agradecida, y a beber el especiado vino de los magos, vino que
proporcionaba un vigor sobrenatural. Mientras comían, Abaris dijo:
—Ariman habita ya constantemente el cuerpo de Alejandro. Se propone realizar su última
campaña, por el norte y el este, para someter a las tribus bárbaras de las Calías y de la Isla de
las sombras, aplastar a los reyes indios y regir luego el mundo entero. Y parece que va a lograr
hacerlo por mediación de su instrumento, de Alejandro... el mundo entero obedece ya los
caprichos de Alejandro; él es quien manda a los soldados y a una muchedumbre de reyes y
príncipes tributarios. Será muy fácil...
—Pero hay que impedirlo —dijo Simón—. ¿No tenéis ningún medio de impedirlo?
—Llevamos meses intentando combatir a las fuerzas del mal sin éxito. Casi hemos
renunciado ya y esperamos el advenimiento de las tinieblas.
—Creo que sé lo que se puede hacer —dijo Simón—, y será un método más limpio que el que
hayáis podido utilizar cualquiera de vosotros. Con vuestra ayuda, debo llegar a Babilonia... y con
vuestra ayuda haré lo que debo.
—Muy bien, amigo mío —dijo Abaris—. Dime qué necesitas.
Sonaban timbales y trompetas de bronce. Levantaban polvo por el aire ardiente los pies de
los soldados de Alejandro. Ásperas voces de oficiales gritaban órdenes y los capitanes
cabalgaban con militar empaque al frente de sus tropas. Las cimeras de pelo teñido de caballo
se balanceaban resplandecientes bajo el sol, piafaban los caballos con sus jaeces y arreos rojos,
azules y amarillos, brillaban las armaduras de bronce como oro y repiqueteaban los escudos al
chocar con las jabalinas, se alzaban las lanzas como trigo sobre las cabezas de los soldados, las
puntas cegadoras y relampagueantes.
Los toscos guerreros avanzaban en ordenadas filas: hombres de Macedonia, de Tracia, de
Grecia, de Bactria, de Babilonia y Persia, asirios, árabes, egipcios, hebreos.
Millones de soldados. Millones de almas preparadas para la destrucción y la matanza.
Y al mando, un hombre: Alejandro Magno. Alejandro con su yelmo de oro en forma de
halcón, erguido sobre las escaleras del templo de Baal de Babilonia, preparaba a sus huestes
para la conquista final. Alejandro, con el atavío de un monarca persa, regidor absoluto del
mundo civilizado. En su mano derecha una espada resplandeciente, en la izquierda el cetro del
legislador. En su cuerpo, poseyéndolo, fluyendo a través de él, dominándolo: el tenebroso mal;
Arimán, Señor de las Tinieblas, dispuesto a cometer el crimen total: la destrucción de la justicia,
el advenimiento del milenio tenebroso.
Los ejércitos acampaban alrededor de Babilonia, y a Simón le resultó fácil entrar en la ciudad,
pues llegaban muchos mercenarios a alistarse bajo la bandera de Alejandro.
El tracio iba envuelto en lo que parecía una sencilla capa negra de soldado, pero dentro,
forrándola, había un material más rico marcado con curiosos símbolos; la Capa de los Magos
servía para proteger del mal y para mantener a Simón, de momento, a salvo de las atenciones
de Arimán.
Aquel día permaneció en la plaza que rodeaba el templo de Baal y oyó hablar a Arimán a
través de Alejandro. Corría peligro haciendo esto, lo sabía, pero tenía que ver de nuevo al
hombre.
Alejandro hablaba al populacho:
—Pueblo de Babilonia, soldados míos, mañana se iniciarán nuestras últimas conquistas.
Pronto no habrá palmo de suelo ni gota del océano independiente de nosotros; yo, Júpiter
Amón, he venido a la tierra a limpiarla de herejes, a destruir a los incrédulos y a traer al mundo
una era nueva. Los que murmuren contra mí, perecerán. Los que se me opongan, sufrirán
tortura, desearán la muerte. Los que obstaculicen mis planes... esos no morirán, sino que serán
enviados vivos al Hades. Los ejércitos están ya organizados. Controlamos ya la mayor parte de
mundo, sólo quedan algunos sectores al norte y algunos al este. Dentro de unos meses también
serán nuestros. Adórame, pueblo, pues Zeus, nacido de una mujer llamada Olimpia, ha vuelto
del Olimpo, padre del hijo, hijo y padre unificados. ¡Soy Júpiter Amón y mi voluntad es divina!
El pueblo gritaba entusiasmado ante estas palabras y todos se inclinaron ante el dios-hombre
que tan orgulloso se erguía sobre ellos.
Sólo Simón siguió de pie, la capa astrosa y polvorienta, delgado, los ojos brillantes. Miraba a
Alejandro, que le vio casi de inmediato, abrió la boca para ordenar la destrucción del incrédulo y
luego volvió a cerrarla.
Durante un largo instante, los dos hombres se miraron fijamente a los ojos: uno
representaba eí mal absoluto, el otro las Fuerzas de la Luz.
En aquella gran ciudad enmudecida, nada parecía agitarse y el aire sólo arrastraba leves
rumores de los preparativos militares que tenían lugar pasadas las murallas.
Se produjo una extraña comunicación entre ellos. Simón tenía la sensación de estar
asomándose a los Abismos del Infierno y percibía sin embargo algo más que acechaba en
aquellos ojos: algo más limpio, sumergido hacía mucho, borracho casi.
Luego se puso en movimiento, subió corriendo las escaleras que ascendían en espiral
alrededor del templo.
Siguió subiendo, veinte, cincuenta, cien escalones y aún no llegaba hasta Alejandro, que
seguía allí erguido como una estatua, esperándole.
El emperador-dios se volvió al fin cuando Simón llegó a la sección más alta. Como si Simón
no estuviese allí, retrocedió por las columnas en sombras con paso seguro y entró en el edificio.
Fue allí donde Simón se vio con él frente a frente.
La luz del sol penetraba a través de las columnas y una red de sombra y luz entrecruzaba el
lugar. Alejandro estaba sentado ahora en un inmenso trono dorado, el mentón apoyado en una
mano, la espalda inclinada, como si meditase. Las escaleras conducían hasta el estrado en el
que estaba el trono. Simón se detuvo en el primer escalón y contempló al conquistador del
mundo.
Alejandro se irguió en su trono y unió las manos ante sí. Sonrió lentamente, una sonrisa
irónica al principio, que se crispó en una mueca de malicia y odio.
—Hay en Menfis un toro sagrado —dijo lentamente Alejandro— llamado Apis. Es un oráculo.
Hace siete años fui a Menfis a oír al toro sagrado para asegurarme de si tenía o no de verdad
poderes profetices. Cuando me vio, recitó un verso. Eso fue hace siete años, y no lo he
olvidado.
Simón se envolvió aún más en la Capa de los Magos.
—¿Qué decía ese verso? —preguntó en un tenso semisusurro.
Alejandro cabeceó y dijo:
—No lo entendí hasta hace poco. Decía:
La Ciudad que tu padre perdió caerá en tus manos,
La Ciudad que engendra necios empuñará una espada.
La Ciudad que tu padre perdió será su hogar.
La Ciudad que convertiste en tu hogar sentirá su filo.
Simón caviló un momento y asintió luego, comprendiendo.
—Bizancio, Abdera, Bizancio... Babilonia —dijo.
—¿Tiene buen filo esa espada tuya? —preguntó Alejandro, y cambió de forma.
Una deslumbrante niebla dorado-anaranjada brotó de pronto y se elevó, y una figura negra y
escarlata se perfiló en el centro. Se parecía vagamente a Alejandro, pero era el doble de alto, el
doble de ancho y sostenía un báculo con extrañas figuras talladas en la mano.
—¡Bien! —gritó Simón—. Al fin muestras tu verdadera forma. ¡Llevas el Cetro de Ariman, ya
lo veo!
—Así es, mortal, sólo Ariman puede sustentarlo.
De debajo de la Capa de los Magos, sacó Simón una jabalina corta y un pequeño escudo de
unos veinte centímetros de diámetro. Situó el escudo ante su cara y a través de él pudo ver
formas inquietantes y extrañas allí donde se erguía la forma de Ariman. Estaba viendo la
verdadera forma de Ariman, no el cuerpo alterado y metamorfoseado de Alejandro.
Echó hacia atrás el brazo y lanzó la jabalina hacia un punto concreto de aquella intrincada
forma sobrenatural.
Y brotó de la figura un gruñido ultraterreno. Ariman alzó los brazos y relampagueó el cetro y
lanzó un rayo, una centella negra y cegadora contra Simón, que alzó de nuevo el escudo y la
rechazó, aunque se vio lanzado hacia atrás y fue a dar de espaldas contra una lejana columna.
Se puso en pie de un salto, sacó la espada, y vio que, tal como Abaris le había dicho, Alejandro
había recuperado su forma habitual.
El rey-dios se tambaleaba ceñudo. Se volvió y vio a Simón allí de pie, con la espada en la
mano.
—¿Qué es esto? —dijo.
—¡Disponte a luchar conmigo, Alejandro! —gritó Simón.
—¿Pero por qué?
—Nunca sabrás el por qué.
Simón saltó hacia él.
Alejandro sacó su hermosa espada, un arma delicada pero de firme temple, hecha de un
luminoso metal caído de las estrellas; la empuñadura era de ónix negro.
Repiqueteó el hierro con tono musical, tan finas eran las dos hojas. Fintaron los dos
hombres, pararon, lanzaron estocadas a la manera griega, utilizando las puntas de las espadas
en vez de los filos.
Alejandro se adelantó ágilmente, agarró a Simón por la muñeca y echó hacia atrás su
espada, luego lanzó la suya, pero Simón esquivó justo a tiempo y la espada sólo le rozó el
muslo. Alejandro lanzó una maldición muy humana y sonrió a Simón al viejo estilo.
—Eres rápido, amigo.
A Simón le desagradó esto. Resultaba más duro combatir a un guerrero tan cordial y
animoso, mucho más que al Alejandro de antes. Casi era injusto... tenia que hacerlo, sin
embargo.
Entrando y saliendo de la red de luz y sombra, los dos hombres bailaban, se deslizaban, se
aproximaban, las espadas relampagueando, y la música de su choque retumbaba en el templo
de Baal.
Luego entraron corriendo soldados de Alejandro, pero éste les gritó:
—Atrás... no sé por qué me atacó este hombre, pero jamás combatí con un espadachín tan
excelente y no quiero perder esta ocasión. Si gana él, dejadle libre.
Los guardias retrocedieron desconcertados.
La lucha continuó durante dos horas, siempre igualada. Llegó la oscuridad, la luz del
crepúsculo invadió el templo con sus rayos de un rojo ensangrentado. Como divinidades
arquetípicas, ellos seguían luchando, parando, fintando, empleando todas las tácticas que
dominaban.
Luego, Alejandro, cuya anterior enfermedad le había debilitado, tropezó, y Simón vio su
oportunidad, se detuvo, cavilando qué hacer. De repente se lanzó sobre su adversario y le
asestó en el pecho un terrible golpe.
—¡Vete... con Caronte! —gritó.
Alejandro retrocedió hasta derrumbarse con estruendo sobre los escalones del estrado del
trono. Los soldados que presenciaban la lucha se lanzaron de nuevo hacia ellos, pero Alejandro
les contuvo con un gesto.
—No contéis a nadie como fue mi fin —balbució—. He unido el mundo... Dejadlo unido,
confiado en que un... un... dios creó, creó esa unidad. Quizás eso sirva para asegurar la paz...
Despedidos, los guardias volvieron a bajar perplejos las escaleras del templo y Simón y el
agonizante Alejandro quedaron allí solos en la penumbra, mientras se alzaba el viento y arrojaba
un aliento gélido entre las silenciosas columnas.
—Ahora te recuerdo —dijo Alejandro, que empezaba a sangrar ya por la boca—. Tú eres el
tracio. ¿Qué pasó?... recuedo que hablé contigo, y luego el resto está nublado de tinieblas y
caos... ¿qué pasó luego?
Simón movió la cabeza y dijo:
—Llámalo locura. Una locura que cayó sobre ti.
En las sombras, detrás del trono, vio que empezaba a formarse una niebla negra.
Rápidamente gritó:
—¡Abaris! ¡Deprisa!
Entonces apareció el sacerdote. Había subido sigilosamente las escaleras y se había quedado
detrás de una columna. Le seguían otros. Les hizo señas de que se acercaran. Iniciaron un
extraño y hermoso cántico, avanzando hacia la forma nebulosa de detrás del trono, haciendo
extraños pases en el aire.
Tras ellos, apareció Camila, que quedó perfilada en un hueco entre dos columnas; el viento
agitaba su pelo.
Alejandro asió el brazo de Simón.
—Recuerdo una profecía... una profecía del Oráculo de Menfis. ¿Cómo era?
Simón citó el oráculo.
—Sí —balbució Alejandro—. Entonces, tú eres la espada que empuñó la ciudad de los necios,
Abdera...
—¿Qué hemos de recordar de ti, Alejandro? —preguntó quedamente Simón. Parecía haber
una gran commoción detrás del trono, envuelto ahora en el cántico de los Magos. Alejandro alzó
la vista. Los sacerdotes parecían esforzarse por mantener a raya a una horrible fuerza que
aunque gemía y lloraba ante ellos era aún muy poderosa.
—¿Recordar? ¿Acaso no me recordará siempre el mundo? Mi sueño fue unirlo y darle paz.
Pero una pesadilla interrumpió ese sueño, creo...
—El sueño de tu padre y el tuyo —dijo Simón.
—Mi padre... yo le odiaba... sin embargo fue un rey bueno y sabio, y me educó con un
objetivo. Aristóteles fue mi maestro, como sabes. Pero tuve otro. Mi madre Olimpia me enseñó
cosas extrañas que ya no puedo recordar.
—Esperemos que nadie vuelva nunca a conocerlas —murmuró Simón.
—¿Qué ha pasado? —volvió a preguntar Alejandro. Luego cerró los ojos—. ¿Qué hice?
—Nada hiciste que no fuese para bien del mundo —le dijo Simón.
Alejandro había muerto.
—Pero —añadió quedamente el tracio mientras el emperador aflojaba la mano y su brazo
inerte caía sobre el escalón de mármol— lo que te poseía causó grandes males. No pudiste
evitarlo. Naciste para morir...
Luego, se incorporó y llamó:
—Abaris, Abaris... ha muerto.
Cesaron los cánticos. La forma negra aún planeaba allí; venas naranja y oro, negras y
escarlata, palpitaban en ella como vasos sanguíneos. Simón y los sacerdotes retrocedieron.
La forma se lanzó hacia el cadáver de Alejandro, se abatió sobre él. El cadáver se estremeció
espasmódicamente, pero luego volvió a quedar inmóvil. Y un rostro, el rostro que Simón había
visto en los ritos de Cotis en Pela, apareció nítido un instante.
—¡Habrá otros, no temáis! —dijo Ariman, y se desvaneció.
Abaris se acercó al cadáver de Alejandro e hizo un pase magnético sobre la herida. Cuando
Simón miró, vio que no había rastro ya de ella; ni cicatriz siquiera.
—Diremos que murió de una fiebre —dijo suavemente Abaris—. Todo el mundo sabía que
estaba enfermo. Nos creerán... Dejaremos que sean los caldeos quienes hablen al pueblo, pues
rigieron durante mucho tiempo la ciudad antes de que llegase aquí Alejandro.
—Sabía que un limpio acero pondría fin a este asunto —dijo Simón.
Abaris le miró con una sonrisa levemente cínica.
—Si nuestra magia no hubiese expulsado a Ariman del cuerpo de Alejandro durante el tiempo
que tú necesitabas, jamás se habría logrado.
—Supongo que es cierto lo que dices.
—No había otra solución —continuó Abaris—. Ariman actúa a través de muchas personas,
pero necesita un instrumento humano único para llevar a cabo su Gran Plan. Nacieron varios en
el pasado.Y nacerán más en el futuro. Conquistadores fanáticos dispuestos a dominar el mundo.
Hombres de vitalidad sobrehumana, con energía suficiente para dominar grandes masas de
individuos y empujarles a hacer la voluntad de uno solo. Sí, Ariman, sea cual sea el nombre que
tome, volverá a intentarlo, eso es seguro.
—Entretanto —dijo Simón mientras Camila se le acercaba—, hemos logrado detener a Ariman
esta vez.
—¿Quién sabe? —dijo Abaris—: La historia mostrará si lo hicimos a tiempo o no.
—No estoy seguro —dijo Simón muy serio— de lo que en realidad era Alejandro. Pudo haber
sido una fuerza benéfica o maléfica. Fue ambas cosas al principio. Pero el mal se impuso al fin.
¿Obré bien matándole? ¿No se habrían alterado las fuerzas dentro de él, de modo que el bien
pudiese haber seguido con su plan de unir al mundo en paz?
—Quizá fuese posible —dijo pensativo el sacerdote—. Pero los hombres ponemos límites a
nuestros propósitos... así es más fácil. Quizá con el tiempo no nos quedemos cortos, sino que
aprendamos a elegir los senderos más duros y logremos así resultados más positivos. Tal como
están las cosas, procuramos únicamente lograr un equilibrio. Quizás un día se realice el sueño
de Alejandro y se una el mundo. Ojalá sea una unidad inspirada por Ormuz. Entonces, quizá sea
posible construir.
Suspiró Simón ya más tranquilo.
—Entretanto, tal como dices, procuramos únicamente mantener el equilibrio. Reza a Ormuz,
sacerdote, y reza para que los hombres dejen un día de necesitar a sus dioses.
—Ese día puede llegar y si no me equivoco, los propios dioses lo agradecerán.
Abaris se inclinó y dejó a Simón y a Camila mirándose. Siguieron haciéndolo largo rato, hasta
que se abrazaron.

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