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viernes, febrero 01, 2008

UN CANTANTE MUERTO // EL LIBRO DE LOS MARTIRES // MICHAEL MPORCOCK

UN CANTANTE MUERTO

En memoria, entre otros, de Smíling Míke y John the Bog



CAPITULO UNO

—No es la velocidad, Jimi —dijo Shakey Mo—, es la H que saliste a buscar.
Jimi no estaba animado.
—Sí, desde luego, no me hizo mucho bien.
—Ni mucho mal, en realidad, a la larga —dijo Shakey Mo riéndose. Apenas podía sujetar el
volante.
La gran ranchera Mercedes con remolque enfiló otra curva mal iluminada. La lluvia caía
abundante sobre el parabrisas. Encendió los faros. Con la mano izquierda sacó un cartucho de la
caja que había en el suelo, a su lado, y lo metió en el estéreo. El tamborileo enérgico y firme y
los caprichosos sintetizadores del último álbum de Hawkwind, le hicieron sentirse mucho mejor.
—Esto sí da energía —dijo Mo.
Jimi se retrepó en su asiento. Cabeceó, relajado. La música llenó el vehículo.
Shakey Mo seguía teniendo alucinaciones anfetamínicas que se formaban ante él en la
carretera. La cruzaban ejércitos desfilando; había nazis instalando puestos de control; de pronto
aparecían niños persiguiendo pelotas; y se alzaban grandes fuegos y aparecían y desaparecían
vampiros y espectros. Le costaba trabajo controlarse lo suficiente para seguir conduciendo entre
todo aquello. Eran imágenes familiares ya para él y no iba a desmoronarse por ellas. Se sentía,
además, muy satisfecho de estar con Jimi. Desde su vuelta (o resurrección, como Mo la llamaba
en privado) Jimi no había tocado una guitarra ni cantado una nota, prefiriendo escuchar la
música de otros. Le estaba costando mucho superar lo que le había pasado en Ladbroke Grove.
Hacía poco que había empezado a recuperar el color y aún llevaba la camisa de seda blanca y
los vaqueros de cuando Shakey Mo le vio por vez primera, apoyado en la capota de aquel
hidroavión de Imperial Airways que iba camino del campo de aterrizaje de Derwentwater. Qué
verano aquel, pensaba Mo. Maravilloso.
La cinta empezó a girar por segunda vez. Mo se dispuso a cambiar de música, pero luego lo
pensó y apagó el estéreo.
—Estupendo —Jimi estaba caviloso de nuevo. Parecía casi dormido, allí tumbado sobre el
asiento, fijos los ojos en aquella sombría carretera.
—Tiene que empezar a moverse pronto el asunto otra vez —dijo Mo—. No puede durar,
¿verdad? Quiero decir, está todo tan muerto. ¿De dónde va a llegar la marcha, Jimi?
—Lo que a mí me preocupa, amigo, es de dónde sigue llegando. ¿Entiendes?
—Supongo que tienes razón —Mo no entendía.
Pero Jimi tenía que tener razón.
Jimi había sabido muy bien siempre lo que hacía, incluso cuando murió. Eric Burdon había ido
a la televisión a decirlo. "Jimi sabía que era el momento de irse", dijo; lo mismo pasaba con los
discos y las actuaciones. Algunos no parecían tan integrados como otros. Algunos eran incluso
algo dispersos. Resulta difícil conectar. Pero Jimi sabía muy bien lo que se hacía. Había que
tener fe en él.
Mo sentía el peso de sus responsabilidades. Era un buen pipa, pero los había mejores. Gente
más equilibrada a la que se podía confiar un gran secreto. Aunque Jimi no lo había dicho era
evidente que pensaba que aún no estaba el mundo preparado para su regreso. Pero, ¿por qué
no habría elegido a un roadie de primera fila? Había que prepararlo todo para la gran actuación.
Quizás en el Estadio Shea o en el Albert Hall o en el Olympia de París... de cualquier modo, un
lugar clásico. ¿O en un festival? Un festival especial celebrando la resurrección. Woodstock o
Glastonbury. Algo completamente nuevo, un nuevo lugar sagrado. ¿La India, acaso? Ya lo diría
Jimi cuando llegase el momento. Cuando Jimi se había puesto en contacto con él y le había
dicho donde recogerlo, Mo había dejado muy pronto de hacer preguntas. Con toda su antigua
suavidad, Jimi había dejado a un lado las preguntas. Había sido amable, pero era evidente que
no quería contestar.
Mo respetaba su silencio.
La única petición realmente dolorosa que Jimi le había hecho había sido la de que Mo dejase
de poner sus viejos discos, incluido Hey Joe!, el primer sencillo
Hasta entonces Mo había oído todos los días algo de Jimi. En su habitación de Lancaster
Road, en el camión cuando trabajaba para Light y más tarde para The Deep Fix, incluso cuando
se fue a la Residencia durante su breve conversión a la cientología, había conseguido enchufar
los auriculares al cassette una hora o así. Aunque la presencia física de Jimi significaba mucho y
eliminaba los peores síntomas del síndrome de abstinencia, resultaba difícil. No existía cantidad
de mandrax, anfetas o alcohol capaz de contrarrestar la necesidad que tenía de música y, en
consecuencia, los temblores eran cada día peores. Mo a veces pensaba que era como si pagase
un precio por la confianza que Jimi depositaba en él. Era buen karma, así que no le importaba.
De todos modos, estaba acostumbrado a los temblores. Uno podía acostumbrarse a cualquier
cosa. Contempló los nervudos y tatuados brazos que se extendían ante él, las manos que
sujetaban el volante. La serpiente del mundo se agitaba de nuevo. Negra, roja y verde,
serpeaba lentamente por su piel abajo, rodeaba su muñeca y empezaba a subir lentamente otra
vez hacia el codo. Fijó de nuevo los ojos en la carretera.


CAPITULO DOS

Jimi había caído en un sueño profundo. Estaba tumbado en el asiento, detrás de Mo, la
cabeza apoyada en el estuche vacío de la guitarra. Respiraba despacio, casi como si algo le
presionase el pecho.
Arriba, el cielo amplio y rosado, a lo lejos, una hilera de azules colinas. Mo estaba cansado.
Sentía alzarse la vieja paranoia. Cogió otro porro de la guantera y lo encendió, pero sabía que la
yerba no le ayudaría gran cosa. Necesitaba dormir un par de horas.
Sin despertar a Jimi, desvió el vehículo a un lado de la carretera, junto a un río ancho de
poco fondo lleno de piedras arcillosas, lisas y blancas. Abrió la puerta y bajó despacio hasta la
yerba. No estaba seguro de dónde se encontraba; quizás en algún punto del Yorkshire. Había
colinas a todo alrededor. Era una tibia mañana de otoño, pero Mo tenía frío. Bajó hasta la orilla
y se arrodilló allí; cogió con las manos agua clara y bebió. Luego se tumbó y se tapó la cara con
el raído sombrero de paja. La situación era muy difícil en aquel momento. Quizás por eso
tardase Jimi tanto en recuperarse.
Mo se sentía mucho mejor cuando despertó. Debía ser cerca de mediodía. Notaba el calor del
sol en la piel. Aspiró una buena bocanada de aire fresco y se quitó cautelosamente el sombrero
de la cara. El vehículo con sus accesorios de cromo aún seguía allí sobre la yerba, junto a la
carretera. Mo sentía la boca seca. Bebió otro trago de agua y se levantó, sacudiendo las gotas
plateadas de sus dedos marrones. Se acercó lentamente hasta el vehículo, abrió la puerta y
miró por el borde del asiento del conductor. Jimi no estaba allí, pero llegaron sonidos de detrás
de la mampara de separación. Mo cruzó los dos asientos y corrió la puerta. Jimi estaba sentado
en una de las camas. Había colocado la mesa y dibujaba en un gran cuaderno rojo. Cuando
entró Mo, sonreía remoto.
—¿Dormiste bien? —le preguntó.
Mo asintió.
—Lo necesitaba —dijo.
—Claro —dijo Jimi—. Debía conducir un poco yo.
—No te preocupes, salvo que quieras mejorar la velocidad.
—No.
—Voy a preparar algo de desayuno —dijo Mo—. ¿Tienes hambre?
Jimi negó con un gesto. No había comido nada en todo el trayecto desde que había dejado el
hidroavión y había pasado a aquel vehículo junto a Mo. Mo se preparó unas salchichas con
judías en el pequeño hornillo, abriendo la puerta de atrás para que el remolque no se llenara de
olor a comida.
—Quizá vaya a darme un baño —dijo mientras llevaba el plato a la mesa y se sentaba lo más
lejos posible de Jimi para no molestarle.
—Bueno —dijo Jimi, absorto en su dibujo.
—¿Qué haces? Parece una historieta. Yo estoy muy metido en el rollo de los comics.
Jimi se encogió de hombros.
—Son sólo garabatos.
Mo terminó de comer.
—Cuando volvamos a parar en la autopista, compraré unos tebeos. Hay algunos de esos
nuevos que son demasiado, sabes.
—¿De veras? —la sonrisa de Jimi era sardónica.
—Fantásticos de veras. Guerras cósmicas, cambios temporales. Todo el rollo de siempre pero
distinto, sabes. Mejor, más grande, más espectacular. Algo sensacional, amigo. Tengo ganas de
que los veas. Compraré algunos.
—Muy bien —dijo Jimi, distante; pero era evidente que no había escuchado.
Cerró el cuaderno y se retrepó en los almohadones, cruzando los brazos sobre el peto de la
camisa de seda blanca. Como si pensara de pronto que podría haber herido los sentimientos de
Mo, añadió:
—Sí, a mí también me enrollaban mucho los tebeos. ¿Conoces los japoneses? Esos libros
gordos. Amigo, eso si que es demasiado. Chavales ardiendo. Violaciones, todo el rollo —se echó
a reír de pronto, moviendo la cabeza—. ¡Oh, amigo!
—¿Sí? —Mo se rió también, vacilante.
— ¡De veras! —Jimi se acercó a la puerta, puso una mano en ella y contempló el día—.
¿Dónde estamos, Mo? Esto se parece a Pennsylvania. El valle Delaware. ¿Lo conoces?
—No he estado nunca en Estados Unidos.
—¿Dónde estamos exactamente?
—Creo que en algún sitio de Yorkshire. Probablemente al norte de Leeds. Eso de allá podría
ser el Lake District.
—¿Es de allí de donde vine yo?
—De Derwentwater.
—Bien, bien —dijo Jimi.
Jimi parecía más animado aquel día. Quizá le llevase tiempo almacenar toda la energía que
necesitaba para cuando decidiese por fin mostrarse al mundo. Habían viajado de forma
completamente errática. Jimi había dejado que Mo decidiese la ruta. Habían cruzado Gales, los
Picos, el Territorio Oeste, la mayor parte de los Home Countjnes, habían estado en todas partes
salvo en Londres. Jimi había mostrado cierta resistencia a ir a Londres. El motivo era claro:
malos recuerdos. Mo había ido varias veces a la ciudad, dejando el vehículo con Jimi a las
afueras y yendo hasta Londres caminando y en auto-stop para conseguir anfetas. Cuando podía
compraba algo de coca. Le gustaba echar una esnifada o dos de vez en cuando. Había tenido
ganas de explicar a sus viejos camaradas lo de Jimi en casa de Finch, en la esquina de
Portobello Road, pero Jimi le había dicho que no contase nada, así que cuando la gente le
preguntaba qué andaba haciendo, dónde vivía últimamente, tenía que dar respuestas vagas. Por
el dinero no había problema. Jimi no tenía, pero Mo había conseguido mucho con la venta del
descapotable Dodge blanco. Se lo habían dado los de The Deep Fix al poner punto final a sus
giras. Y había una gran bolsa de droga en el vehículo, además, era suficiente para dos personas
durante varios meses, aunque a Jimi tampoco parecía atraerle aquel rollo.
Jimi volvió a la oscuridad del interior del vehículo.
—¿Qué te parece si nos ponemos otra vez en marcha?
Mo cogió el plato, el cuchillo y el tenedor, bajó al río, los lavó y volvió a guardarlos en el
armario. Luego se colocó al volante y puso en marcha el vehículo. El motor encendió de
inmediato. El vehículo se puso en marcha suavemente, hacia el norte, saltando sobre la yerba
hasta volver al asfalto. Estaban en una carretera estrecha que sólo permitía el tráfico en una
dirección, pero no apareció nadie detrás de ellos, ni delante, hasta que la dejaron y entraron en
la A-65, en dirección a Kendal.
—¿No te importa que vayamos al Lake District? —preguntó Mo.
—Me parece estupendo —dijo Jimi—. Yo soy el Guerrero Gaviota Loco, hombre —sonrió—.
¿Por qué no vamos hacia el mar?
—No está lejos de aquí —Mo señaló hacia el oeste—. ¿La Bahía de Morecambe?


CAPITULO TRES

Las cimas del acantilado estaban cubiertas de una yerba tan suave como la de una pista de
golf. Bajo ellos suspiraba el mar. Jimi y Mo estaban muy animados y cabrioleaban por allí como
crios.
A lo lejos, bordeando la curva de la Bahía, se veían las torres metálicas y las atracciones y los
puestos de fuegos de Morecambe, pero allí estaba desierto y silencioso, salvo por los
esporádicos gritos de las gaviotas.
Mo se echó a reír, luego lanzó gritos nerviosos mientras Jimi bailaba tan cerca del borde del
acantilado que parecía que iba a caerse.
—Calma, Jimi.
—No te preocupes, hombre. Ya no pueden matarme.
Sonreía, una sonrisa amplia, eufórica; daba la sensación de notable salud.
— ¡No pueden matar a Jimi, hombre!
Mo le recordó en escena. Control absoluto. Moviéndose entre las luces estroboscópicas, la
gran guitarra adelantada, señalando a todos y cada uno de los miembros del público, haciendo
que todos se sintiesen en contacto personal con Jimi.
—¡Sí señor! —Mo empezó a reír.
Jimi seguía corriendo por el borde del acantilado, moviendo los brazos extendidos.
—Están en bote. ¡Sí, amigo! No pueden hacernos nada!
—¡Sí señor!
Jimi se acercó con los brazos abiertos, planeando, y se dejó caer en la yerba junto a Mo.
Jadeaba. Sonreía.
—La cosa vuelve a ponerse en marcha, Mo, fresca y nueva.
Mo asintió, riendo aún entre dientes.
—Sé muy bien que ya está ahí, amigo.
Mo alzó la vista. Había gaviotas por todas partes. Chillaban. Parecían un público. Sintió que
las odiaba. Había tantas en el cielo.
—No dejes que esos avechuchos de mierda se te metan en la garganta —dijo Mo, ceñudo de
pronto. Se levantó, volvió al vehículo.
—Mo. ¿Qué pasa, hombre?
Jimi se mostraba solicito, como siempre, pero a Mo cada vez le deprimía más. La bondad de
Jimi había sido la causa de su muerte. Había estado cortés con todo el mundo, no podía
evitarlo. Y se le habían echado encima. Le habían dejado seco.
—Volverán a engancharte, hombre —dijo Mo—. Sé que lo harán. Siempre. Y no podrás hacer
nada. Por mucha energía que acumules, sabes, te la chuparán toda y pedirán más. Quieren tu
sangre, amigo. Quieren tu esperma y tus huesos y tu carne, amigo. Volverán a agarrarte.
Volverán a devorarte.
—No. Esta vez... esta vez no.
—Veremos —dijo burlón Mo.
—¿Es qué quieres hundirme, hombre?
Mo empezaba a crisparse.
—No, pero...
—No te preocupes, hombre, ¿vale? —la voz de Jimi tenía un tono suave y seguro.
—No puedo expresarlo con palabras, Jimi. Es una especie de premonición, sabes.
—¿Es qué crees que las palabras han servido alguna vez para algo? —dijo Jimi soltando su
vieja risa, su risa profunda—. Estás loco, Mo. Vamos, pongámonos en marcha. ¿Adonde quieres
ir?
Pero Mo no contestó. Sentado al volante, contempló a través del parabrisas el mar y las
gaviotas.
Jimi estaba conciliador.
—Mira, Mo —dijo—. Procuraré tener cuidado, ¿de acuerdo? Me lo tomaré con mucha calma,
¿o crees quizá que no te necesito?
Mo no sabía por qué pero se sentía de pronto muy deprimido.
—Mo, tú estarás conmigo vaya adonde vaya —dijo Jimi.


CAPITULO CUATRO

Al salir de Carlisle vieron a un autoestopista. Un chaval joven flaco y demacrado. Se apoyaba
en un cartel de tráfico. Tuvo energía suficiente para alzar la mano. Mo pensó que debían
recogerle. Jimi dijo "Como quieras" y pasó a la parte de atrás, cerrando la puerta, mientras Mo
paraba para recoger al chaval.
—¿Adonde vas? —dijo Mo.
—¿Vale Fort William? —dijo el autoestopista.
—Sube —dijo Mo.
El chaval dijo llamarse Chris.
—¿Eres de un grupo musical? —preguntó. Echó un vistazo a la cabina y vio las viejas
etiquetas y el estéreo y lo tatuajes de Mo y las huellas de la pintura en la cara, su camiseta
Cawthorn, la chaqueta de cuentas, los gastados vaqueros con remiendos descoloridos, las botas
vaqueras de cuero que Mo había comprado el año anterior en el Emperador de Wyoming, en
Notting Huí Gate.
—Estuve con The Deep Fix —dijo Mo.
El autoestopista tenía los ojos enrojecidos y hundidos en las cuencas. El pelo, negro, largo y
tupido, le caía a los lados del pálido rostro. Llevaba una raída camisa de dril, una cazadora
vaquera blanca bastante sucia y las dos perneras de los vaqueros estaban agujereadas en las
rodillas. Calzaba mocasines. Estaba nervioso e inquieto.
—¿Sí?
—Sí —dijo Mo.
—¿Qué hay detrás? —dijo Chris, volviéndose para mirar la puerta corredera—. ¿Equipo?
—Podríamos decir que sí.
—Llevo tres años haciendo auto-stop, noche y día —dijo Chris. Llevaba sobre las piernas una
bolsa caqui gastada y manchada de aceite.
—¿Te importa que dé una cabezada de vez en cuando?
—No —dijo Mo.
Llegaron a una gasolinera. Mo decidió parar allí y llenar el depósito. Cuando volvió a subir,
Chris estaba dormido.
Mientras esperaba para volver a incorporarse al tráfico, Mo tomó un puñado de pildoras.
Algunas se le cayeron de la mano. No se molestó en cogerlas. Tenía una sensación lúgubre y
depresiva.
Chris despertó cuando atravesaban Glasgow.
—¿Esto es Glasgow?
Mo asintió. No podía calmar su paranoia. Miraba irritado los coches que iban delante mientras
avanzaban despacio por las calles. Todos los escaparates de todas las tiendas tenían un
enrejado metálico de protección. Los bares eran como casamatas. Se sentía muy irritado, sin
saber por qué.
—¿Adonde vas tú? —preguntó Chris.
—Fort William.
—Es una suerte para mí. ¿Sabes dónde puedo conseguir yerba en Fort William?
Mo estiró el brazo y empujó hacia el autoestopista una lata de tabaco.
—Quédate con eso.
Chris cogió la lata y la abrió.
— ¡Magnífico! ¿De veras puedo? ¿Todo?
—Claro —dijo Mo. Le resultaba odioso Chris, le resultaba odioso todo el mundo. Sabía que
aquel estado de ánimo se disiparía.
—Caramba, muchas gracias, hombre —Chris metió la lata en su bolsa.
—Liaré uno cuando salgamos de la ciudad, ¿vale?
—Vale.
—¿Para quien estás trabajando ahora? —dijo Chris—. ¿Para una banda?
—No.
—¿Estás de vacaciones?
El chaval parecía un poco acelerado. Probablemente fuese sólo la falta de sueño.
—Más o menos —dijo.
—Yo también. Bueno, la cosa empezó así, estoy en la universidad, en Exeter. O estaba,
decidí dejarlo. No voy a volver a ese saco de mierda. Me bastó con un curso. Pensaba ir hasta
las Hébridas. Conozco a uno que vive allí en una comuna, en una de las islas. Tienen ganado
propio, ovejas, cabras, una vaca, no tienen que aguantar a nadie. Ya sabes. Libertad auténtica.
A mí me parece estupendo.
Mo asintió.
Chris se echó hacia atrás el pelo negro y grasiento.
—Quiero decir, compara algo como eso con un sitio como éste. ¿Cómo lo soportará la gente?
Es un infierno.
Mo no contestó. Se inclinó hacia adelante, cambiando de marcha al cambiar las luces.
—Es terrible, sí —dijo Chris; luego vio la caja de cartuchos a sus pies—. ¿Puedo poner algo
de música?
—Adelante —dijo Mo.
Chris cogió un álbum viejo, Who's Next. Intentó meterlo en la ranura al revés. Mo se lo quitó
de la mano y lo metió bien. La música le hizo sentirse mejor. Por el rabillo del ojo advirtió que
Chris intentaba hablar hasta que se dio cuenta de que no podía hacerse oír.
Mo dejó que la cinta se repitiese una y otra vez mientras salían de Glasgow. Chris lió unos
porros y Mo fumó un poco; empezaba a superar la paranoia. Hacia las cuatro de la tarde se
sentía mejor y apagó el estéreo. Iban ya por Loch Lomond. El helechal se volvía marrón y
brillaba como bronce donde daba el sol. Chris se había quedado otra vez dormido, pero
despertó al cesar la música.
—Demasiado —dijo contemplando el paisaje—. Increíble.
Bajó el cristal de la ventanilla.
—Es la primera vez que vengo a Escocia —dijo.
—¿De veras? —dijo Mo.
—¿Cuánto falta para que lleguemos a Fort William?
—Unas horas. ¿Por qué vas a Fort William?
—Conozco a una chica. Es de allí. Su padre es químico o algo parecido.
Mo dijo entonces suavemente, casi sin darse cuenta:
—Adivina a quién tengo ahí detrás.
—¿Una chica?
—No.
—¿Quién?
—Jimi Hendrix.
Chris abrió la boca. Miró a Mo, resopló queriendo incorporarse al juego.
—¿De veras? ¿No me digas? Así que Hendrix, ¿eh? ¿Qué es, un vehículo refrigerado?
La fantasía parecía animarle.
—¿Crees que si le descongeláramos nos tocaría algo? —añadió, moviendo la cabeza y
sonriendo.
—Está sentado ahí detrás. Vivo. Soy su chófer.
—¿De veras?
—Sí.
—Fantástico.
Chris estaba ya medio convencido. Mo soltó una carcajada. Chris miró la puerta. Después
guardó un rato de silencio.
Como una media hora después, dijo: —Hendrix fue el mejor, sabes. Era el rey, amigo. No
sólo la música, sino también el estilo. Todo. Cuando me dijeron que había muerto, no podía
creerlo. Aún no puedo creerlo, sabes.
—Claro —dijo Mo—. Bueno, está ahí detrás.
—¿Sí? —Chris volvió a reírse, inseguro—. ¿Ahí dentro? ¿Puedo verle?
—Aún no esta preparado.
—Claro —dijo Chris.
Era ya de noche cuando llegaron a Fort William. Chris bajó tambaleante del vehículo.
—Gracias, hombre. Esto está muy bien, sabes. ¿Tú dónde paras?
—Yo sigo ruta —dijo Mo—. Ya nos veremos.
—Sí. Ya nos veremos.
Chris aún tenía aquella expresión de desconcierto. Mo sonrió para sí mientras arrancaba, en
dirección a Odan. En cuanto el vehículo se puso en marcha se abrió la puerta y Jimi saltó sobre
los asientos para sentarse al lado.
—¿Le hablaste a ese chico de mí?
—No me creyó —dijo Mo.
Jimi se encogió de hombros.
Empezaba a llover otra vez.


CAPITULO CINCO

Estaban tumbados, allí, entre el brezo húmedo, mirando hacia las colinas. No había nadie en
kilómetros a la redonda, ni caminos ni pueblos ni caseríos. El aire estaba quieto y vacío salvo
por un halcón que planeaba tan arriba, tan alto, que casi se perdía de vista.
—Esto está bien, ¿eh? —dijo Mo—. Es fantástico.
Jimi sonrió levemente.
—Es magnífico —dijo.
Mo sacó del bolsillo una barrita de caramelo y le ofreció a Jimi, que rehusó. Mo se puso a
comer la barrita de caramelo.
—¿Qué crees tú que soy? —dijo Jimi.
—¿Qué quieres decir?
—Si soy un demonio o un ángel, comprendes...
—Tú eres Jimi —dijo Mo—. Para mí eso basta.
—O sólo un espectro —dijo Jimi—. Quizá sea sólo un espectro.
Mo empezó a temblar.
—No —dijo.
—¿O un asesino? —Jimi se incorporó e hizo una pose—: El Asesino Sónico. O el Mesías,
quizás —soltó una carcajada—. ¿Quieres escuchar mis sabias palabras?
—Ese no es el asunto —dijo Mo, ceñudo—. Palabras. Tú donde tienes que estar, Jimi, es en
el escenario. Con tu guitarra. Tú estás por encima de toda esa mierda... De todo ese rollo.
Hagas lo que hagas, está bien hecho, sabes.
—Si tú lo dices, Mo.
Jimi estaba en una especie de bajada. Se agachó y se sentó con las piernas cruzadas entre
los heléchos, y se alisó los blancos vaqueros y se sacudió el barro de las botas negras de charol.
—¿Qué es todo este rollo Easy Rider en realidad? ¿Qué coño hacemos aquí?
—¿No te gustó Easy Rider? —dijo Mo, asombrado.
—Lo mejor desde Lassie viene a casa —dijo Jimi encogiéndose de hombros—. Lo único que
demostró fue que Hollywood aún podía desconectarlos, sabes. Cogieron a un par de friquis de
mentira y ganaron un montón de pasta. Un auténtico robo. Y los chavales se lo tragaron. ¿En
qué me convierte a mí eso?
—Tú nunca engañaste a nadie, Jimi.
—¿No? ¿Cómo lo sabes?
—Bueno, nunca lo hiciste.
—La misma mierda insulsa en todas partes. Están muy mal las cosas.
Jimi había cambiado de tema, dando un salto que Mo no podía seguir.
—No tocan más que mierda falsa de los años cincuenta, Simón and Garfunkel. ¡Dios mío! Eso
nunca valió nada.
—Las cosas van en olas. No puedes estar arriba siempre.
—Claro —dijo Jimi zumbón—. Este para todos los soldados que luchan en Chicago. Y
Milwaukee. Y Nueva York... Y Vietnam. Abajo la guerra y la contaminación. ¿Qué significó todo
eso?
—Bueno... —Mo tragó los restos de la barrita de caramelo—. Bueno... es importante,
hombre. Quiero decir, tantos chavales que murieron...
—Mientras nosotros hacíamos una fortuna. Y soltábamos mucha mierda sentimental. Ahí fue
donde nos equivocamos. O estás en el asunto de la conciencia social o en el negocio del
espectáculo. Es una estupidez pensar que se pueden combinar ambas cosas.
—No, hombre, puedes decir cosas que la gente las oiga.
—Dices siempre lo que quiere el público. El público de Frank Sinatra lo único que recibe es su
propia mierda transmitida por Frank Sinatra. Jimi Hendrix da a su público lo que ese público
quiere oír. ¿Y es a eso a lo que quiero volver yo?
Pero Mo se había perdido. Mo observaba cómo subían culebreando por sus brazos los
tatuajes. Dijo vagamente:
—Necesitas una música para cada momento. Los New Riders no tienen nada de malo, por
ejemplo, si quieres salir de un viaje paranoico. Y con Hendrix subes. Ese es el asunto. Como los
estimulantes y los calmantes, sabes.
—Vale —dijo Jimi—. Tienes razón. Pero lo estúpido es lo otro. ¿Por qué quieren que digas
cosas continuamente? Si eres sólo un músico, basta con que lo seas cuando estás actuando o
grabando un disco. Todo lo demás debería eliminarse. Si quieres hacer sesiones benéficas,
conciertos gratuitos, muy bien, allá tú. Pero tus opiniones deberían ser privadas. Quieren
convertirnos en políticos.
—Yo creo que no —dijo Mo, mirando fijamente sus brazos—, que nadie pide eso. Que haces
lo que quieres hacer.
—Nadie lo pide, pero tú siempre tienes la sensación de que has de dárselo —Jimi dio vuelta,
se quedó boca arriba, se rascó la cabeza—. Y luego les culpas de ello.
—No todos piensan que le deben algo a alguien —dijo suavemente Mo mientras la piel de sus
brazos se ondulaba sobre la carne.
—Quizá sea eso —dijo Jimi—. Quizá sea eso lo que te mata. Dios mío, sí, y psicológicamente
eso significa que te ves metido en un lío espantoso. Dios, es como suicidarse, amigo. Horrible.
—Te mataron ellos —dijo Mo.
—No, hombre, no. Fue suicidio.
Mo veía culebrear brazos arriba a la serpiente del mundo. ¿Podía ser aquel Hendrix un
impostor?


CAPITULO SEIS

—¿Qué vas a hacer entonces? —dijo Mo.
Estaban en la carretera, camino de Skye y se les estaba acabando la gasolina.
—Fue una pijada volver —dijo Jimi—. Pensé que, en cierto modo, era mi deber.
Mo se encogió de hombros.
—Quizá lo sea, sabes.
—Y quizá no.
—Sí, claro.
Mo vio que se acercaban a una gasolinera. La aguja señalaba Vacío y parpadeaba en el panel
una luz roja. Siempre pasaba aquello. Pero nunca se había quedado varado. Miró al espejo y vio
sus propios ojos demenciales mirándose. Por un instante se preguntó si debería girar un poco el
espejo para ver si reflejaba también la imagen de Jimi. Apartó el pensamiento. Más paranoia.
Tenía que superarla.
Mientras el encargado llenaba el depósito, Mo fue al lavabo. Entre otras pintadas más
comunes que había en la pared, leyó: "Hawkwind es el As". Quizá Jimi tuviese razón. Quizá su
tiempo hubiese terminado, quizá debiera haber seguido muerto. Mo se sentía muy mal. Hendrix
había sido su único héroe. Se subió la cremallera de la bragueta y el esfuerzo agotó la poca
energía que le quedaba. Se derrumbó contra la puerta y empezó a deslizarse hacia el suelo
encharcado. Tenía la boca seca. Le palpitaba el corazón muy deprisa. Intentó recordar cuántas
pastillas había tomado últimamente. Quizá estuviese al borde de la sobredosis.
Alzó las manos hasta el picaporte de la puerta y consiguió ponerse de pie. Se inclinó sobre el
inodoro y metió los dedos hasta la garganta. Todo giraba. El inodoro estaba vivo. Una boca
ávida que intentaba tragarle. Las paredes se movían aprisionándole. Oyó un ruido silbante. No
pasó nada. Dejó de intentar vomitar. Se volvió, se serenó lo más que pudo, apartó a un lado al
hombrecillo blanco que intentaba agarrarle, abrió la puerta, salió de allí. Fuera, el ayudante
estaba cerrando ya el depósito de gasolina. Luego se limpió las manos con un trapo y volvió a
guardarse el trapo en el mono, diciendo algo. Mo encontró algo de dinero en el bolsillo de atrás
y se lo dio. Oyó una voz.
—¿Se encuentra bien, amigo?
El hombre le había dirigido una mirada de auténtico interés.
Mo murmuró algo y entró torpemente en el vehículo.
El hombre corrió al arrancar Mo agitando monedas y billetes verdes.
—¿Qué? —dijo Mo.
Consiguió bajar el cristal de la ventanilla. La cara del encargado de la gasolinera se convirtió
en una máscara diabólica y perversa. Mo sabía lo suficiente como para no preocuparse por ello.
—¿Qué?
Creyó oír al encargado decir: "Ya ha pagado tu amigo".
—Sí, pagué yo —dijo Jimi a su lado.
—Quédeselo de todos modos —dijo Mo.
Tenía que llegar pronto a la carretera. En cuanto empezase a conducir recuperaría el control
de sí mismo. Cogió un cartucho al azar de la caja. Lo metió en la ranura. La cinta empezaba
hacia la mitad de un álbum de los Stones. Jagger cantando Lel it bleed ejerció sobre Mo un
efecto calmante. Las culebras dejaron de subir y bajar por sus brazos y la carretera se hizo ante
él más firme y clara. Nunca le habían gustado demasiado los Stones. Eran unos mierdas, en
realidad, aunque había que admitir que Jagger tenía un estilo propio que nadie podía copiar.
Pero, en el fondo, mierdas como los demás malos viajeros actuales, como Morrison y Alice
Cooper. De pronto pensó que estaba perdiendo el tiempo con aquello de no pensar más que en
grupos musicales, pero ¿en qué otra cosa podía pensar? ¿cómo, si no, podías ver tu vida? Para
él el rollo místico no significaba gran cosa. La cientología era un cuento. O al menos él no podía
ver nada interesante allí. Los tipos que andaban en aquel rollo parecían más colgados que la
gente a la que teóricamente querían ayudar. Esto era muy corriente. Casi todos los que te
decían que querían ayudarte querían comerte el coco de una u otra forma. Había conocido ya a
muchos tipos de friquis. Sufíes, Haré Krishnas, niños de Jesús, meditadores, los de la Luz Divina.
Todos sabían hablar mejor que él, pero todos parecían necesitar más de él de lo que podían
darle. Llegabas a la gente cuando viajabas. El ácido le había ayudado mucho en ese sentido.
Gracias a él, podía desenmascarar fácilmente a los farsantes. Y precisamente por esa prueba,
Jimi no podía ser un farsante. Jimi era un tipo legal. Tal vez estuviera ya jodido, pero era legal,
sí.
La carretera, larga y blanca, se convirtió de pronto en una piedra enorme. Mo no podía saber
si la piedra era o no real. Siguió hacia ella, luego cambió de idea y frenó bruscamente. Un coche
rojo que iba detrás hizo un viraje brusco y pasó aullando a través de la piedra, que desapareció.
Mo se estremeció de pies a cabeza. Sacó la cinta de los Stones y la cambió por American Beauty
de los Grateful Dead. La puso muy baja.
—¿Te encuentras bien? —dijo Hendrix.
—Claro. Un poco nervioso —Mo volvió a poner en marcha el vehículo.
—¿Quieres parar y dormir un poco?
—Ya veremos, más tarde.
Anochecía cuando Jimi dijo:
—Parece que nos dirijimos hacia el sur.
—Sí —dijo Mo—. Necesito volver a Londres.
—¿Tienes que comprar?
—Sí.
—A lo mejor esta vez voy contigo.
—¿Sí?
—Bueno, puede que no.


CAPITULO SIETE

Cuando llegó a Ladbroke Grove, después de ir en autoestop hasta la estación de metro más
próxima, Mo estaba totalmente agotado. Tenía la cabeza llena de imágenes: imágenes de Jimi,
de la primera vez que le había visto en televisión interpretante Hey, Joe (Mo aún estaba
estudiando entonces), imágenes de Jimi actuando en Woodstock, en festivales y conciertos por
todo el país. Jimi, con grandes sombreros de plumas, extrañas camisas multicolores, varios
anillos en cada dedo, con la Strat blanca, lanzando la guitarra sobre la cabeza, pulsando las
cuerdas con los dientes, metiéndola por debajo de las piernas abiertas, haciéndola gemir y
aullar y palpitar, haciendo lo que nadie había logrado hacer con la guitarra. Sólo Jimi podía
hacer que una guitarra cobrase vida de aquel modo, convertir la máquina en una criatura
orgánica, polla y mujer al mismo tiempo, serpiente deslizante. Mo se miró los brazos, pero
estaban quietos. El sol empezaba a ponerse cuando enfiló Lancaster Road, arrastrado más por
una mezcla de costumbre e impulso que por cualquier energía o sentido de la finalidad. Ahora
tenía otra imagen en su cabeza, la imagen de Jimi como un ladrón espiritual, Jimi sorbiendo la
energía del público. En vez de un mártir, pasaba a ser un vampiro. Mo sabía que la paranoia no
se había asentado aún del todo y que cuanto antes consiguiese unos estimulantes mejor. No
podía culpar a Jimi de sentirse como se sentía. Llevaba dos días sin dormir. No era más que eso.
Jimi se lo había dado todo al público, incluso la propia vida. ¿Cuántos habían muerto por Jimi en
cambio?
Subió penosamente las escaleras de la casa de Lancaster Road y tocó el tercer timbre de
abajo. No hubo respuesta. Mo temblaba mucho. Se afirmó en las escaleras de hormigón e
intentó calmarse, pero empeoraba. Le pareció que iba a desmayarse.
Se abrió tras él la puerta.
—¿Mo?
Era la chica de David, Jenny, llevaba un vestido de brocado púrpura. Tenía el pelo
embadurnado con aleña húmeda.
—¿Mo? ¿Te encuentras bien?
Mo tragó saliva y dijo:
—Hola, Jenny. ¿Dónde está Dave?
—Bajó al Mountain Grill a comer algo. Se fue hace una media hora. ¿Te encuentras bien, Mo?
—Cansado. ¿Dave tiene estimulantes?
—Tenía un montón de mandis.
Mo asimiló la noticia.
—¿Puedes darme un par de libras de ellos tú misma?
—Sería mejor que se los pidieras tú, Mo. No sé los compromisos que tiene.
Mo asintó, se irguió lentamente.
—¿Quieres entrar y esperar, Mo? —dijo Jenny.
Mo negó con un gesto.
—Bajaré hasta el Mountain. Hasta luego, Jenny.
—Adiós, Mo. Ten cuidado.
Mo subió penosamente Lancaster Road y dobló por Portobello. Creyó ver la ranchera
Mercedes con remolque, negra y cromada, cruzar al fondo de la calle. Los edificios parecían
echársele encima. Los veía sonreír y mirarse burlones. Les oía hablar de él. Todo estaba
desdibujado y confuso. Una mujer le tiró algo. Siguió caminando hasta que llegó al Mountain
Grill y cruzó vacilante la puerta. El café estaba lleno de friquis pero no conocía a nadie. Todos
tenían expresiones malévolas, recelosas; cuchicheaban.
—Cabrones —murmuró, pero ellos fingieron no oír. Vio a Dave.
— ¡Dave! ¡Dave, amigo!
Dave alzó la vista, sonriendo burlón.
—¿Qué hay, Mo? ¿Cuándo volviste a la ciudad?
Llevaba unos pantalones de dril nuevos y limpios con remiendos nuevos. Uno de ellos decía:
"Star Rider".
—Acabo de llegar.
Mo se inclinó sobre la mesa, sin hacer caso de los que estaban por medio y murmuró en el
oído de Dave:
—Creo que tienes mandis.
Dave se puso serio.
—Sí. ¿Quieres ahora?
Mo asintió.
Dave se levantó muy despacio y pagó la cuenta a la mujer gorda y morena de la caja.
—Gracias, María.
Dave cogió a Mo por el hombro y le sacó del café. Mo se preguntaba si Dave se propondría
entregarle. Recordaba que habían corrido rumores sobre él más de una vez.
Mientras caminaban, Dave dijo suavemente:
—¿Cuántas necesitas, Mo?
—¿A cuánto?
—Puedo dártelas a diez peniques pieza —dijo Dave.
—Me llevaré cinco libras. ¿Cien, no?
—Cincuenta.
Volvieron a enfilar Lancaster Road y Dave abrió la puerta con dos llaves, una yale y otra de
cerradura embutida. Subieron por una escalera peligrosa y oscura. La habitación de Dave era
sombría, había un intenso olor a incienso, las contras que cerraba la ventana estaban pintadas.
Jenny, sentada en un colchón en el rincón, oía a los Ases en el estéreo. Estaba cosiendo.
—Hola, Mo —dijo—. Veo que le encontraste.
Mo se sentó en el colchón del rincón opuesto.
—¿Cómo van las cosas, Jenny? —dijo.
No le gustaba Dave, pero Jenny le agradaba. Se esforzaba mucho por ser educado. Dave
sacó de un mueble de cajones una caja, de debajo de un montón de cortinas de borlas. Mo miró
más allá de él y vio a Jimi allí de pie. Vestía una camisa de seda pintada a mano toda llena de
rosas. Llevaba al cuello un talismán de jade con cadena de plata. Tenía la Strat blanca en la
mano. La tocaba, con los ojos cerrados. Mo dedujo casi inmediatamente que estaba mirando un
cartel.
Dave contó cincuenta mandis y los metió en un tubo de aspirinas. Mo sacó dinero del bolsillo
de los vaqueros. Le dio un billete de cinco libras a Dave y Dave le dio el tubo. Mo abrió el tubo y
sacó un puñado de pastillas y se las tragó enseguida. El efecto no era demasiado, pero en
cuanto las tomó se sintió mejor. Se levantó.
—Ya nos veremos, Dave.
—Hasta cuando quieras, hombre —dijo Dave—. Puede que nos veamos en casa de Finch
esta noche.
—Sí.


CAPITULO OCHO

Mo no podía recordar como empezó la pelea. El estaba sentado tranquilamente en un rincón
del bar bebiéndose su bitter, cuando aquel mierda grande y gordo que andaba siempre
armando líos decidió meterse con él. Recordaba que se había levantado y le había pegado al
mierda aquel. Luego se organizó un gran follón y él tiró al gordo por encima de la barra, aunque
no recordaba cómo. Y unos cuantos conocidos le sacaron de allí y le llevaron a un sótano de
Oxford Carden, donde escuchó un poco de música.
Fue Band of Gypsies lo que le despertó. Oyendo Machine Gun comprendió de pronto que no
le gustaba. Fue adonde estaban los discos y buscó otros álbumes de Hendrix. Puso Are You
Experienced, el primer álbum, y Electric Ladyland y le gustaron mucho más. Luego puso otra
vez Band of Gypsies.
Examinó la habitación a oscuras. Todos parecían absolutamente pirados.
—Murió en el momento justo —se dijo—. Su tiempo había acabado, sí. No debería haber
vuelto.
Buscó en el bolsillo el tubo de pastillas. No parecían quedar ya muchas. Quizás alguien le
hubiese birlado algunas en el bar. Tomó unas cuantas más y cogió la botella de vino de la mesa
y bebió un trago para pasarlas. Puso Are You Experienced otra vez y volvió a tumbarse.
—Eso era bueno, sí —dijo, y se quedó dormido.
Tembló un poco. Su respiración se hizo más y más lenta. Cuando empezó a vomitar dormido
nadie se dio cuenta. Por entonces, todos estaban idos ya. Tosió quedamente y luego quedó
inmóvil.


CAPITULO NUEVE

Más o menos una hora después, entró en la habitación un negro. Alto, elegante. Irradiaba
energía. Vestía camisa blanca de seda y vaqueros blancos. Calzaba brillantes botas de charol.
Una chica empezaba a incorporarse cuando él entró en la habitación. Pareció sorprenderse.
—Hola —dijo el recién llegado—. Busco a Shakey Mo. Teníamos que irnos.
Miró los cuerpos dormidos y luego examinó más detenidamente uno que estaba algo
apartado de los otros. Tenía la cara y la camisa vomitadas. La piel de un verde sucio y espectral.
El negro pasó por encima de los otros y se arrodilló junto a Mo, le puso una mano en el
corazón, le tomó el pulso.
La chica le miraba con expresión estúpida.
—¿Está bien?
—Sobredosis —dijo quedamente el recién llegado—. Está muerto. ¿Quieres un médico o algo,
querida?
—Oh, Dios mío —dijo ella.
El negro se levantó y se encaminó hacia la puerta.
—Eh —dijo ella—. Eres igual que Jimi Hendrix, ¿lo sabías?
—Claro.
—No puedes ser... no lo eres, ¿verdad? Quiero decir, Jimi está muerto.
Jimi movió la cabeza y esbozó su vieja sonrisa.
—Cuentos, nena. No pueden matar a Jimi —y se fue, con una carcajada.
La chica bajó la vista hacia aquel cuerpo pequeño y destrozado cubierto de su propio vómito.
Se tambaleó un poco, frotándose los muslos. Frunció el ceño. Luego, salió de la habitación todo
lo deprisa que le permitía el vestido largo de algodón y se lanzó a la calle. Estaba casi
amaneciendo y hacía frío. El hombre alto de la camisa y los vaqueros blancos no parecía notar
el frío. Subió a una ranchera Mercedes grande con remolque que estaba aparcada en la esquina.
La chica echó a correr tras la ranchera cuando ésta arrancó y rodó un poco, hasta que tuvo
que parar en la luz roja del cruce de Ladbroke Grove.
—Espera —gritó—. ¡Jimi!
Pero el vehículo se puso en marcha antes de que pudiera alcanzarlo.
Vio que se dirigía hacia el norte, hacia Kilburn.
Se enjugó el sudor frío de la cara. Tenía que ser una pasada. Ojalá aquel tipo no estuviese
muerto cuando volviera al piso.
No le hacía ninguna falta un muerto.

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