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viernes, febrero 01, 2008

FLUJO // EL LIBRO DE LOS MARTIRES // MICHAEL MPORCOCK

FLUJO


Max File se echó hacia delante y dirigió una pregunta impaciente hacia el compartimento del
conductor.
—¿Cuánto falta para que lleguemos? —Luego recordó que aquel coche no tenía conductor.
Normalmente, como comandante en jefe de la Fuerza Nuclear Defensiva Europea, se permitía el
lujo de un chófer, pero aquel día su lugar de destino era secreto y ni siquiera él lo sabía.
El plan de ruta estaba guardado en la computadora del controlador automático del vehículo.
Se retrepó en el asiento, considerando que era inútil preocuparse.
El coche dejó la Ruta Principal como unos ochocientos metros antes de llegar al circuito
central de tráfico, que lanzaba vehículos y mercancías al sistema urbano circundante como una
gigantesca rueda giratoria. El coche se dirigía a los sectores más viejos de la ciudad, los más
próximos al suelo. File agradecía esto, aunque no se lo confesase a sí mismo. Sobre él seguía
aún aquel zumbar que abarcaba todo el horizonte y aquel vibrante murmullo de aquel paraíso
de ingenieros, pero era, al menos, más difuso. El ruido era de igual intensidad, pero más
caótico. Y a File le resultaba por ello más agradable. El coche se vio obligado a detenerse por
dos veces, ante las densas avalanchas de peatones que brotaban de las estaciones ferroviarias
públicas a presión, las caras crispadas y sudorosas, camino del trabajo.
File se mantenía impasible en estas paradas, aunque ya iba con retraso a la reunión. ¿Qué
sentido podía tener, se preguntaba, aquel Gargantúa que se asentaba aullando sin cesar, sobre
el continente? Jamás dormía; nunca cesaba de aullar, orgulloso, su propio poder. Y por muy
benévola que Europa fuese hacia sus cientos de millones de habitantes, no había duda de que
estos eran, todos y cada uno, sus esclavos.
¿Cómo habría surgido, cuál sería su fin? El exceso de desarrollo era ya tan notorio
internamente que los seres humanos apenas encontraban sitio para vivir allí. Mirando desde el
espacio, pensaba, no debían verse seres humanos. Debía parecer sólo una máquina de
movimientos rápidos y maravillosa potencia, sin ningún objetivo.
Max File no tenía gran fe en la capacidad de la Comunidad Económica Europea para
prolongar indefinidamente su existencia. Se había desarrollado muy deprisa, pero lo había hecho
sola, sin las ventajas de una planificación humana racional. Por eso podían percibirse ya,
pensaba, las semillas del derrumbe inevitable.
Pacientemente, el coche se lanzó a toda marcha a través de la multitud, enfiló un canal
despejado y siguió luego su complicada ruta. Más tarde, se abrió camino por un laberinto de
señales, direcciones y cruces elevados antes de parar frente a un pequeño edificio de tres
plantas que poseía un áspero pero sólido sello de autoridad.
Había guardias a la entrada, claro indicio de la gravedad de la emergencia. File fue escoltado
hasta la quinta planta. Allí le hicieron pasar a una cámara sin ventanas, con artesonado de
madera e iluminación agradable y pródiga. En la mesa oval se había reunido ya el gobienro de la
Comunidad Económica Europea, que esperaba silencioso su llegada. Los ministros alzaron la
vista cuando entró.
Constituían un grupo extrañamente tranquilo y serio, con sus clásicos trajes, todos oscuros,
el papel en blanco ante ellos en limpios cuadrados. Predominaba una atmósfera de prudente
contención. La mayoría de los ministros sólo dirigieron a File cabeceos distantes cuando entró y
luego bajaron parcamente los ojos, como antes. File devolvió los cabeceos. Les conocía a todos,
aunque no íntimamente. Todos tendían siempre, por alguna razón, a guardar las distancias con
él, pese a la elevada posición de que disfrutaba... y a la que parecía destinado desde la niñez.
Sólo el primer ministro, Strasser, se levantó a darle la bienvenida.
—Siéntese File, por favor —dijo.
File estrechó la mano que le ofrecía el viejo y luego se dirigió a su sitio. Strasser empezó a
hablar de inmediato; era evidente que pretendía que la reunión fuese breve y fructífera.
—Como todos sabemos —empezó—, la situación en Europa ha llegado al borde de la guerra
civil. Sin embargo, la mayoría de nosotros sabe también que no estamos hoy aquí para analizar
un plan de acción. Me dirijo especialmente a usted, File. Estamos aquí para comprender nuestra
posición y para proponer una misión.
Strasser se sentó e hizo un gesto protocolario al individuo que estaba a su derecha. Standon,
pálido y huesudo, inclinó la cabeza hacia File y dijo:
—Cuando nos sentamos por primera vez a analizar este problema, pensamos que no difería
de las demás crisis de la Historia... consideraríamos primero los objetivos y la intención de las
facciones políticas y económicas enfrentadas, y luego, decidiríamos a quien respaldar y a quien
combatir. Pronto descubrimos nuestro error. Comprendimos primero que Europa es sólo una
entidad política, no una entidad nacional, con lo que desaparécela la base más elemental de
actuación. Luego intentamos abarcar todo el sistema que consideramos Europa... y fracasamos.
¡Europa es inviable como una economía industrial!
Hizo una pausa y pareció brotar justo debajo de la superficie de su cara una extraña
emoción. Se agitó inquieto y siguió luego con tono más firme.
—Somos el primer gobierno de la Historia que tiene conciencia de no saber controlar los
acontecimientos y está dispuesto a admitirlo. El continente que tenemos a nuestro cargo se ha
convertido en el fenómeno más descomunal, complejo y tenso que haya existido jamás en la
superficie del planeta. No sabemos controlarlo, como no sabemos controlar el mecanismo que
rige el crecimiento de un organismo vivo concreto. Algunos somos de la opinión de que la
industria europea se ha convertido en realidad en un organismo vivo... pero un organismo que
no tiene la sensatez y la certeza de un buen desarrollo que tiene un organismo natural. Nació al
azar y siguió luego sus propias leyes. Hay uno entre nosotros —indicó al severo Brown Gothe,
que se sentaba al otro lado de la mesa— que compara a Europa con un cáncer.
A File le pareció curiosa la gran similitud que había entre las conclusiones del ministro y sus
propios pensamientos de unos minutos antes.
—Europa sufre de compresión —continuó Standon—. Todo está tan presurizado, energías y
procesos están tan sólidamente apoyados unos en otros, que todo el sistema se ha fundido en
un plenum sólido. En el plano político, no hay sencillamente espacio para maniobrar. No
podemos determinar, por tanto, el curso de los acontecimientos ni por computación ni por
cálculo ni por sentido común, y no podemos conocer las consecuencias de ninguna acción
determinada. En suma, ignoramos por completo el futuro, participemos o no en él.
File echó un vistazo a los reunidos. La mayoría de los ministros aún contemplaban
pasivamente sus cuadernos de notas. Uno o dos, con Strasser y Standon, le miraban
expectantes.
—Yo he llegado a la misma conclusión —dijo—. Pero supongo que habrán decidido ustedes
algo.
—No —dijo vigorosamente Standon—. Esa es la base del asunto. Si las cosas estuviesen tan
claramente definidas, no habría este problema... no tendríamos más que elegir uno de los dos
campos. Pero no hay dos facciones... hay tres o cuatro... tres o cuatro, con más de fondo. La
idea misma de qué es mejor pierde sentido cuando no sabemos lo que va a pasar. Lógicamente,
el único criterio de lo indeseable es la destrucción de la Comunidad, pero incluso en tal caso,
¿quién sabe? Quizá nuestro crecimiento haya llegado a ser tan monstruoso que no tengamos ya
posibilidad de seguir existiendo. No hay ideales que nos guíen y, en cualquier caso, ya no hay
una dirección deliberada en lo que a Europa se refiere.
Standon apartó los ojos de File y pareció meditar un instante.
—Podían añadir —dijo—, que después de disponer de varias semanas para pensar sobre el
asunto, opinamos que ha sucedido siempre esto en los asuntos políticos. Lo que le dio al
estadista del pasado la ilusión de que tenía libertad para determinar los acontecimientos, fue
sólo el que quedaba espacio libre aún para maniobrar. Ahora ya no lo hay, y la ilusión se ha
disipado, y nos damos cuenta de nuestra impotencia, y todo resulta mucho más aterrador, al
mismo tiempo.
Hizo otra pausa, se encogió de hombros, y luego continuó:
—Por ejemplo, Europa, debido a su inmensidad, podría absorber gran número de explosiones
nucleares de fusión y seguir funcionando. No hace falta que añada que, en el momento actual,
puede adquirir tales armas cualquier empresa grande. Creemos incluso que hay algunas bombas
de pequeña potencia en manos de grupos minoritarios.
File reflexionó con la mayor tranquilidad posible. De pronto, la crisis había saltado los límites
de las consideraciones prácticas para caer en los dominios de la filosofía. Parecía absurdo, pero
no cabía más que admitir el hecho.
File apreciaba la cautela de aquellos hombres tan serenos. Temía como ellos la tiranía, pero
había muchas advertencias en la Historia contra las medidas preventivas precipitadas. Fue para
evitar la tiranía para lo que asesinaron a César los conspiradores, y al cabo de unas horas, las
consecuencias de su estúpida acción habían sumergido al estado en un caos aterrador peor aún
de lo que ellos habían imaginado. Los ministros tenían razón: no había lo que llaman voluntad
libre, y el estado sólo era manejable si era tan simple como para no salirse nunca de sus raíles.
—Supongo que se habrá hecho todo lo posible por intentar determinar el curso de los
acontecimientos —dijo—. Que se habrá recurrido a la cibernética...
Standon le dirigió una sonrisa tolerante.
—Se ha hecho todo —dijo.
Como si esto fuese una clave, habló un tercer hombre. Appeltoft, cuyo sector concreto era el
de la ciencia y la tecnología, era más joven que los otros y algo más apasionado. Alzó la vista
para dirigirse a File.
—Nuestra única esperanza estriba en destruir a tiempo como se estructuran los
acontecimientos... esto puede parecer sumamente teórico, considerando que se trata de un
problema grave y real, pero así están las cosas. Con el fin de emprender una acción eficaz en el
presente, es necesario que conozcamos antes el futuro, y esta es la misión que pensamos
encomendarle a usted. El Complejo Investigador de Ginebra ha descubierto un medio de
depositar a un hombre unos cuantos años en el futuro y volverle a traer. Le enviaremos a usted
a diez años en el futuro para que descubra qué va a suceder, cómo van a evolucionar los
acontecimientos. Luego volverá usted, y nos informará de lo que descubra y utilizaremos esa
información para encauzar nuestras acciones y también para analizar, científicamente, las leyes
que rigen el discurrir del tiempo. Esperamos dar así con un método de gobierno humano que
puedan utilizar las generaciones futuras y eliminar, quizás, el elemento azar de los asuntos
humanos.
A File le impresionaba mucho aquel método tan directo y tan poco convencional que había
adoptado el Gabinete para resolver su dilema.
—Saldrá usted inmediatamente —le dijo Appletoft, interrumpiendo sus pensamientos—.
Después de esta conferencia, volaremos usted y yo a Ginebra, donde los técnicos tienen
dispuesto el aparato.
Y añadió, con una sombra de amargura en la voz:
—Hubiese preferido ir yo mismo, pero... —se encogió de hombros e hizo un débil gesto de
decepción, indicando al resto del Gabinete.
—Una pregunta —dijo File—. ¿Por qué me han elegido a mí?
Los ministros se miraron. Habló Starsser.
—El motivo es su educación, Max —dijo respetuoso—. Las dificultades con que nos
enfrentamos ahora empezaron a aparecer hace una generación. El gobierno de entonces decidió
educar a un pequeño grupo de niños según un nuevo sistema pedagógico. El propósito era
lograr individuos capaces de comprender con detalle y abarcar la inmensidad de la civilización
moderna, a través del aprendizaje compulsivo de cada materia. El experimento fue un fracaso.
Todos los compañeros suyos perdieron la razón. Usted sobrevivió, pero no se convirtió en el
producto que habíamos previsto. Para impedir un desequilibrio mental se eliminó, en su caso,
por medios hipnóticos, gran parte de la información inoculada. El resultado es usted tal como
es: un super-diletante, con una profunda curiosidad y una capacidad realmente grande de
mando. Le asignamos el puesto que ostenta en la actualidad, y nos olvidamos totalmente de
usted. Ahora es la persona ideal para nuestros propósitos.
File sintió un sobresalto en su interior: sobre todo porque aquel relato coincidía
perfectamente con sus propias sospechas respecto a sus orígenes. Consiguió recuperarse de la
sorpresa y no sumergirse en la introspección.
—Así que fui el único que consiguió superarlo. No entiendo por qué.
Standon miró fijamente a File a la tenue luz. Una vez más aquella extraña capa de emoción
pareció agitarse en él, por debajo de sus rasgos, pero sin afectar a los músculos ni a la piel.
—Por su tenacidad, señor File. Porque suceda lo que suceda, tiene usted capacidad para dar
con una salida.
File salió del edificio aún más consciente de sus especulaciones que antes. Appletoft salió con
él, y el coche les llevó suavemente hacia el centro aéreo más próximo.
Ahora tenía ya un clavo del que colgar sus pensamientos. El orden de sucesión del tiempo.
Sí, no había duda de que la explicación de los titánicos fenómenos a través de los cuales le
estaban llevando, se hallaba en el orden de sucesión del tiempo.
Miró a su alrededor, comprobando lo literalmente cierto que era lo que acababan de
explicarle los ministros.
Tras la formación de la Comunidad Económica, a la que acabaron incorporándose todos los
países europeos, había aumentado fantásticamente la capacidad del continente. El desarrollo
económico se había potenciado tanto, que llegó a hacerse imprescindible apuntalar toda la
estructura desde abajo. Poco a poco, este apuntalamiento llegó a hacerse inmenso, hasta que la
Comunidad quedó ligada al suelo, un monstruo rígido e inmutable, canturreando y bramando de
energía.
No se había materializado siquiera la airosa promesa arquitectónica del siglo anterior. Las
construcciones ante las que pasaba el vehículo tenían un aire de pesadez wagneriana y
bloqueaban la luz del sol.
Se volvió a Appletoft:
—Así que dentro de una hora estaré a diez años en el futuro. ¡Es una proposición absurda!
Appletoft se echó a reír, como para indicar que percibía la paradoja.
—Pero, dígame —continuó File—. ¿Ignoramos la naturaleza del tiempo hasta el punto que
me dijo y podemos llegar, sin embargo, a viajar en él?
—Sabemos más de lo que usted cree sobre la naturaleza del tiempo, lo que ignoramos es su
estructura y su orden —le explicó Appletoft—. Lo que nos permite transmitir a través del tiempo,
no nos da ninguna clave de esto... en realidad, nos indica que no hay orden de sucesión en el
tiempo, lo que es prácticamente absurdo.
Appletoft hizo una pausa. Su actitud hacia File hacía pensar a éste que el científico aún no
aceptaba la idea de que no le dejasen ser el primero que viajase en el tiempo, aunque intentase
ocultarlo. File no se lo reprochaba, desde luego. Cuando un hombre ha trabajado fanáticamente
por algo, debe ser un golpe serio ver que un completo desconocido se aprovecha de los frutos
de su trabajo.
—Persisten dos teorías —continuó al fin Appletoft—. La primera, que es la que yo apoyo, es
el enfoque racional de sentido común: pasado, presente y futuro sucediéndose en una línea
interminable, en la que cada acontecimiento tiene una posición definida. La idea no se ha
prestado, por desgracia, a la formulación matemática. La otra idea, que sostienen algunos de
mis colegas, es la siguiente: El tiempo no es en absoluto un flujo que avanza hacia delante.
Existe como una constante: todas las cosas están sucediendo en realidad al mismo tiempo, pero
los seres humanos aún no han logrado percepciones innatas que les permitan verlo así.
Imagínese un escenario circular con una sucesión de elementos desarrollándose en torno,
representando, digamos, periodos de la vida de un hombre. En ese caso, los interpretarían
distintos autores, pero, en la realidad del tiempo, es el mismo hombre quien interpreta todos los
papeles. Según esto, una alteración de una escena afecta a todas las escenas subsiguientes, en
circulo completo hasta el principio.
—Así que el tiempo es cíclico... ¿lo que hagas en el futuro puede influir en tu pasado futuro,
como si dijésemos?
—Sí, según la teoría... Se han deducido algunas fórmulas, pero no son totalmente correctas.
Todo lo que sabemos, en realidad, es que podemos llegar a depositarle a usted en el futuro y
probablemente volver a traerle.
— ¡Probablemente! ¿Han tenido fallos?
—El 33 por ciento de los animales que utilizamos en los experimentos no volvieron —dijo
tranquilamente Appletoft.
Desde el centro aéreo, tardaron menos de una hora en llegar al complejo investigador de
Ginebra. Desde el receptor aéreo del tejado, Appletoft le condujo hasta los laboratorios
subterráneos, recorriendo un trayecto de casi un kilómetro hacia abajo. Por último, sacó del
bolsillo una anticuada llave-cadena, unida a una pequeña radio-llave. Accionó el mecanismo y a
unos metros de ellos se abrió una puerta.
Entraron en una cámara pintada de azul con las paredes cubiertas de lo que parecían
entradas de programas computados. Allí estaban esperando varios técnicos vestidos de blanco.
En el centro de la habitación había una silla, instalada sobre un pedestal. Un pequeño brazo
giratorio contenía una cajita con indicadores e instrumentos sobre las superficies externas. Pero
lo más notable eran tres barras traslúcidas que parecían irradiar desde detrás de la silla, una
dirigida totalmente en linea recta hacia arriba, y las otras dos en ángulos rectos a ambos lados.
El suelo estaba cubierto de bastidores en los que se apoyaba una red de hélices y canales
electrónicos semiconductores, que salían de la silla como tela de araña. File intentó interpretar
la instalación en la jerga seudocientífica, que era su medio de comprender la tecnología
contemporánea. Electrones... indeterminación. .. ¿para qué serían aquellas tres varillas?
—Este es el aparato de transmisión en el tiempo —le dijo Appletoft sin preámbulos—. El
aparato concreto permanecerá aquí en el presente: sólo se transmitirá en el tiempo esa silla,
con usted encima.
—¿Así que lo controlarán todo ustedes desde aquí?
—No exactamente. Será un "vuelo potenciado", como si dijésemos, y llevará usted los
controles. Pero la unidad energética seguirá aquí. Si la misión se complica, puede que podamos
hacer algo y puede que no. Probablemente ni siquiera lo sepamos. Las tres varillas acopladas a
la silla, representan las tres dimensiones espaciales. Cuando giren fuera del verdadero espacio,
empezará el movimiento en el tiempo.
Cruzando con cuidado entre los bastidores, llegaron a la silla. Appletoft explicó para qué
servían los controles y los instrumentos.
—Este es el indicador de velocidad... no podrá usted controlarlo, es todo automático. Este
mando de aquí es el de "parada" y "arranque"... está indicado, como puede ver. Y éste indica el
punto en el tiempo que ocupa usted, en años, días, horas y segundos. Todo lo demás está
programado. Como ve, ahora el marcador indica cero. Cuando llegue usted, indicará
aproximadamente diez años.
—Unidad de tiempo, ¿verdad? —repuso File—. Lo que podría tener dos significados, según lo
que acaba usted de explicarme.
—Es usted astuto —dijo Appletoft con un cabeceo—. Desde un punto de vista pragmático, mi
visión pesonal del tiempo en línea recta está más próxima al funcionamiento del transmisor
temporal. Y, de cualquier modo, es más fácil de entender.
File estudió el aparato, casi un minuto, sin decir palabra. El silencio se prolongaba. Aunque él
no se diese cuenta, crecía la tensión.
—Bueno, no podemos seguir así eternamente —cortó Appletoft con súbita ferocidad—.
¡Pongamos en marcha este trasto! ¡No disponemos de todo el día!
File le miró con perplejo reproche.
—Perdóneme —dijo Appletoft tranquilizándose—, pero si viese usted la envidia que le tengo.
Será el primero que tenga oportunidad de descubrir el secreto del tiempo, que es el secreto del
universo mismo.
Bueno, pensó File, contemplando la cara vivaz y flaca del joven ministro, si hubiese tenido su
resolución, podría haber sido un científico y haber hecho descubrimientos en vez de ser un
diletante de mierda.
—Un diletante —murmuró en voz alta.
—¿Eh? —dijo Appletoft—. Bueno, adelante, empecemos.
File se colocó en el asiento de la parte posterior de la silla. Unas lentes de cámara apoyadas
en los hombros.
—¿Sabe usted lo que tiene que buscar? —preguntó por fin Appletoft.
—Por supuesto. Además... tengo tantas ganas de ir como usted.
—Entonces de acuerdo. La máquina está lista. Presione la palanca de "puesta en marcha".
Pasará automáticamente a "parada" al final del viaje.
File obedeció. Al principio no pasó nada. Luego le dio la impresión de que las varillas
traslúcidas, que podía ver por el rabillo del ojo, giraban en el sentido de las agujas del reloj,
aunque no pareciesen cambiar de posición. La estancia parecía girar al mismo tiempo en
dirección opuesta... se trataba de nuevo de movimiento sin cambio de posición.
El efecto era exactamente como el de haber bebido demasiado. File se sentía mareado. Miró
el indicador de velocidad. Un minuto por minuto... ¡marcando tiempo! Uno y medio, dos...
El laboratorio se esfumó con un extraño parpadeo. Estaba en una neutra niebla gris,
abandonado a las sensaciones.
La primera sensación fue la de que participaba en el movimiento rotatorio... que le impulsaba
con fuerza hacia la izquierda. Al aumentar su ángulo con la vertical, aumentó la segunda
sensación: un impulso creciente, una velocidad acumulada hacia un destino sin nombre.
000001.146.15.0073... los números se deslizaban deprisa a la derecha, despacio a la
izquierda. 000002-3-4-5-6-7.
Luego, volvió la náusea, la sensación de estar girando.. .en la otra dirección ya. Las luces le
cegaban.
000010.000.00.0000
En cuanto se acostumbró a ella, la luz pasó a resultar en realidad poco intensa. Aún estaba
en el laboratorio, pero el laboratorio estaba desierto, iluminado por luces de emergencia que
brillaban débilmente en el techo. No estaba en ruinas, no había indicio alguno de violencia, pero
aquello llevaba tiempo deshabitado, era evidente.
Bajó de la silla, se dirigió a la puerta, utilizó la radio-llave que le había dado Appletoft, salió y
cerró luego la puerta. Siguió por el pasillo, cruzó los otros departamentos.
No podía estar desierto todo el recinto, sólo habían transcurrido diez años. Debía haber
sucedido de pronto algo terrible.
Frunció el ceño, irritado consigo mismo. Claro que tenía que haber ocurrido algo, por eso
estaba allí.
Las calles de los niveles altos de Ginebra estaban también desiertas. Divisó a lo lejos las
cimas de los montes, que asomaban entre las carreteras metálicas. Faltaba el estruendo de la
ciudad. Se oían algunos ruidos, pero eran apagados e irregulares.
Al montar en una rampa intermedia, vio a una o dos personas, solas. Nunca había visto tan
poca gente. El medio más rápido de averiguar lo sucedido sería localizar la biblioteca y leer algo
sobre la historia reciente. Eso podría darle alguna pista.
Llegó al edificio que se alzaba a través de varias capas de calle desierta. Sobre la entrada
había un inmenso letrero negro que decía:
HOMBRES SOLO
Desconcertado, File entró en la fresca penumbra y se acercó al tenso joven de la ventanilla
de información.
—Perdone —dijo, y dio un respingo al ver que el individuo sacaba una pistola de debajo del
mostrador y le apuntaba.
—¿Qué quieres?
—He venido a consultar textos recientes que traten del desarrollo de Europa en los últimos
diez años —dijo File.
El joven frunció los finos labios. Sin dejar de apuntarle con el arma, dijo:
—¿Desarrollo?
—Soy un investigador serio... lo único que quiero es conseguir cierta información.
El joven dejó el arma y, con una mano, pulsó las teclas de un archivador. Sacó dos tarjetas y
se las entregó a File.
—Planta quinta, sala 543. La llave es ésta. Cierre la puerta cuando entre. La semana pasada,
un grupo de mujeres consiguió atravesar las barricadas y estuvieron a punto de achicharrarnos.
Se ve que les gusta la carne precocida.
File frunció el ceño pero no dijo nada. Se dirigió hacia los ascensores.
—No sabes demasiado de nuestra biblioteca para ser un investigador —dijo el joven—. El
ascensor lleva ya cuatro años sin funcionar. Las mujeres controlan todas las fuentes básicas de
energía.
Aún en un dilema, File subió andando hasta la quinta planta, localizó la sala que quería, abrió
la puerta, entró, cerró luego con llave...
Se sentó ante el visor, pulsó los botones adecuados en el cuadro de mandos y empezaron a
aparecer las páginas en la pantalla.
'Mmmmmm... Veamos... Investigaciones de los miembros de la Fundación Dalmeny. Artículo
VII: RESULTADOS PARCIALES DEL EXPERIMENTO BAVARO...
—Guerra civil inminente, el Consejo la evita de modo temporal prometiendo que a través de
la investigación podrían satisfacerse las peticiones de que se diese solución a los problemas de
la Sobrecompresión. Esto, como hoy sabemos, era una maniobra de obstrucción, pues, más
tarde, admitieron que no tenían capacidad para predecir el resultado de ninguna tendencia. La
facción encabezada por el difunto Stefan Untermeyer, una de las más poderosas, exigió que se
le permitiese llevar a cabo un experimento controlado.
—El Consejo, impotente, cedió al fin y se seleccionó una gran parte de Baviera para que
pudiese realizarse el plan de la facción Untermeyer. Este plan exigía la segregación sexual. Se
separaba a hombres y mujeres y se aplicaba a ambos un psicocondicionamiento intensivo
destinado a que odiasen al sexo opuesto. Luego se aprobaron leyes que castigaban con la pena
de muerte, el contacto con el sexo opuesto. Esta ley hubo de aplicarse con frecuencia, aunque
no con la que en principio se había imaginado. Curiosamente Untermeyer fue uno de los
primeros a quienes hubo de aplicarse la ley.
—Resulta difícil hoy realizar una valoración clara de los resultados de este experimento (del
que tan deprisa se perdió el control y que condujo a una verdadera guerra entre los sexos, aún
vigente, con tantos casos de canibalismo en que cada sexo considera perfectamente legal
devorar a los miembros del otro) pero es evidente que las medidas de reasimilación han tenido
hasta ahora escaso éxito y que, dado que este credo se ha extendido ya por Alemania,
Escandinavia y por todas partes, es muy probable que se produzca una reducción espectacular
de la vida en el norte de Europa. A la larga, claro está, se producirá una repoblación cuando las
hordas nómadas de Francia y España presionen hacia el norte. Europa, una vez arruinada, seré
presa fácil de conquista, y cuando América y el Oriente Unido pongan fun a sus pleitos, por la
fuerza o por la negociación pacífica, la única salvación de Europa quizás sea ponerse al abrigo
de una de esas potencias. Aunque, como sabemos, ambas potencias tienen problemas similares
a los de esta Europa agonizante.
File frunció los labios, consultó la otra tarjeta y pulsó una serie de teclas.
—Nadie podría haber predicho esto. Pero parece que aún empeorará la situación. Veamos
qué es esto: RESULTADOS DEL COMITÉ VINER PARA LA INVESTIGACIÓN DE LA
DESINTEGRACIÓN SOCIAL EN EL SUR DE EUROPA.
—Los objetivos del Comité eran los siguientes: Investigar la desintegración de la sociedad
europea pre-experimental en el sur de Europa y proponer medidas para reorganizar la sociedad
y convertirla en un conjunto operativo.
—Como es del dominio público, el Consejo Europeo concedió permiso al Grupo de Faseo
Demográfico para realizar un experimento en Grecia. El grupo, utilizando los principios de la
animación suspendida, descubiertos unos años antes por Batchovski, introdujo un control
absoluto de la natalidad y colocó a tres cuartas partes de la población griega en animación
suspendida, considerándose que la otra cuarta parte sería suficiente para desempeñar los
servicios públicos y sociales y así, razonando, muy racionalmente al parecer, que de este modo
se evitaría una mayor explosión demográfica, el exceso de población sería menor y podría
aminorarse el crecimiento de nuestra sociedad. Después de un tiempo, pasaría la primera cuarta
parte a animación suspendida y sería sustituida por la cuarta parte siguiente, etc. Este proceso
fásico, parecía la solución más razonable al llamado Problema de Europa.
—Sin embargo, al librar a la población de la claustrofobia, el sistema produjo un efecto de
agorafobia extrema. La gente, acostumbrada a vivir muy agrupada, empezó a mostrarse
inquieta y la tensión que había precedido a la aplicación del Experimento del Grupo de Paseo
Demográfico, se orientó por nuevos canales. Las masas, con indicios de neurosis extrema
completamente enloquecidas y sordas a cualquier razón, atacaron las llamadas Bóvedas de
Animación Suspendida y exigieron la liberación de sus parientes y amigos. Las autoridades
intentaron dialogar, pero, en el tumulto que siguió, fueron o asesinadas o puestas en fuga. Las
masas, incapaces de manejar las máquinas que mantenían al resto de la población en animación
suspendida, las destruyeron, matando a los que habían intentado despertar.
—Cuando el Comité llegó al sur de Europa, se encontró con una sociedad en decadencia. Se
habían hecho pocas tentativas de remontar la situación, la gente vivía en las aglomeraciones
urbanas, inmensas y despobladas, en pequeños grupos, combatiendo el azote de las bandas
errantes de Francia, España e Italia, donde un fanático religioso había iniciado antes,
inesperadamente, una guerra santa contra una sociedad automatizada pero manejable. Este
movimiento de "vuelta a la naturaleza", creció como bola de nieve. Se destruyeron las
instalaciones energéticas y se importaron millones de toneladas de tierra de África para sepultar
las ruinas. En el caos que siguió, la gente se disputaba por la fuerza, los escasos restos de
alimentos que podían cultivarse en la tierra seca importada y en los Espacios de Vacaciones.
Inglaterra, que sufría ya los efectos de este desastre y no podía obtener suministros suficientes
para alimentar de modo adecuado a su propia población, envió ayuda al principio, pero se vio
obligada a prescindir de esta medida para resolver sus propios problemas: La propagación
súbita de una enfermedad desconocida, similar al tifus, que, según se descubrió, había llegado a
través de unos refugiados yugoeslavos, víctimas de la introducción en el mercado de un
producto alimenticio sintético que contenía los gérmenes. Cuando llegamos al sur de Europa, se
habían desintegrado los servicios públicos de todo el continente y sólo la Fundación Dalmeny
(que nos había patrocinado) y media docena de grupos menores bien organizados, lograban
mantener realmente alguna actividad académica...
File iba leyendo estos textos deprimentes, pálido y serio. Comprobó minuciosamente los
documentos una y otra vez; se retrepó en su asiento y meditó.
El carácter brutal de los experimentos le dejaba atónito. No podía haber mejor confirmación
de lo que se había dicho en la reunión del Gabinete, y le hacía dudar ya de que pudiese hacerse
algo para evitar la catástrofe. Si tan ciegos y necios eran los hombres, ¿cómo iba a poder
salvarles ni siquiera la mente incisiva de Appletoft? Aún suponiendo que lograse hacer un
análisis claro y manejable de los acontecimientos, a partir de la información obtenida por File...
Comprendía que ese aspecto del asunto quedaba fuera de su competencia y quizás la
confianza de Appletoft tuviese sentido. Se apresuró a regresar al laboratorio, montó en la silla
de la máquina del tiempo y apretó la palanca de "puesta en marcha". 000009.000. 0000003...
Pronto le rodeó como antes una niebla grisácea. Rotación e impulso empezaron a grabase en
sus sentidos.
Luego, empezaron a bailar como locos los indicadores, 009000.100,02.40 -
000175.000.03.08000 - 630946. 020.44.1125.
Algo había ido mal. Intentó desesperadamente parar la máquina e inspeccionar los controles,
pero todos los indicadores marcaban cero.
Y el laboratorio había desaparecido. Le rodeaba la oscuridad.
Estaba en el limbo.
—00000.000.00.0000
File no supo cuánto estuvo viajando por el vacío.
Poco a poco, la niebla empezó a volver, y luego, tras lo que le pareció un tiempo
interminable, giró ante sus ojos una masa confusa de impresiones.
Por último, la máquina del tiempo quedó quieta, pero File no se paró a ver qué había. Apretó
de nuevo el botón de "puesta en marcha".
No pasó nada. File inspeccionó todos los indicadores, uno tras otro, mirando detenidamente
uno, que, según le había dicho Appletoft. registraba el "potencial-tiempo" de la máquina, es
decir, su capacidad de viajar por el tiempo.
El indicador marcaba cero. File estaba varado.
El treinta y tres por ciento de nuestros animales no regresan. El comentario de Appletoft se
deslizó sardónicamente en su memoria.
Las cámaras que tenía sobre los hombros canturreaban casi imperceptiblemente, mientras
grababan la escena en microcinta. File alzó sombríamente la cabeza y echó un vistazo
alrededor.
La vista era maravillosa pero extraña. El paisaje consistía en un polvo de un naranja oscuro,
sobre el que vagaban lo que parecían nubes, masas púrpura que rodaban y corrían por la
superficie del desierto. En el horizonte de aquel estéril escenario, se veían los perfiles de
edificios grotescos... ¿o eran sólo formaciones rocosas?
Miró hacia arriba. No había en el cielo nubes; eran, evidentemente. demasiado densas para
flotar en aire libre. Un pequeño sol colgaba, bajo y rojo, en un cielo azul oscuro, donde
atisbabán unas estrellas desvaídas.
Le latía el corazón muy aprisa: cuando lo advirtió, se dio cuenta de que su respiración era
más profunda de lo habitual, y que cada tercera inspiración era casi un jadeo. ¿Estaría tan
alejado de su propia época que era diferente hasta la atmósfera?
¡Skrrak! El sonido llegaba con un tono frágil y quebradizo, atravesando el fino aire. File volvió
la cabeza, sorprendido.
Avanzaba hacia él un grupo de bípedos, sustentados en huesudas y delicadas extremidades
entre estratos de nubes púrpuras que les cubrían hasta la rodilla; estaban a unos cientos de
metros de distancia. Eran humanoides, pero huesudos, feos y claramente no humanos. El jefe,
que debía medir unos 2,10 de altura, gritaba y señalaba a File y a la máquina.
Otro hacía señas con las manos: "¡So Skrrak -dek svala yaa!"
Eran unos diez individuos y llevaban lanzas largas y finas. Tenían el torso y las piernas
cubiertos de vello tupido. En la cabeza triangular, destacaban grandes arcos de huesos sobre los
ojos y bajo ellos, de modo que parecían llevar casco. Cuando se acercaron más, con cautela,
como en cámara lenta, vio que se agitaban en sus cabezas finos mechones de pelo.
Cuando se aproximaron, File vio que algunos llevaban extrañas armas, como rifles, y que el
jefe llevaba un instrumento en forma de caja con una especie de lente a un lado, con la que
estaba apuntando en su dirección.
File sintió el calor de un pálido rayo verde e intentó esquivarlo. Pero la extraña criatura le
siguió habilidosamente.
Tras uno o dos segundos, se alzó un ronroneo en su cerebro. Bloquearon su mente
fantásticos colores, que se disgregaban en ondas blancas y doradas. Llamearon luego detrás de
sus ojos formas geométricas. Luego palabras. Al principio en el cerebro, luego en los oídos.
—¿Cual es tu tribu, forastero?
Estaba oyendo el lenguaje gutural de aquel extraño ser y tratando de comprenderlo. La
criatura pulsó una palanca de la parte superior de la caja y el rayo se apagó.
—Soy de otro tiempo —dijo File con naturalidad.
Los guerreros agitaron las armas, inquietos. El jefe hizo un torpe gesto, como si su estructura
ósea le quitase facilidad de movimiento.
—Eso sería una explicación.
—¿Explicación?
—Conozco a todas las tribus, y tú no correspondes a ninguna de ellas.
El guerrero desvió su enorme cabeza para examinar brevemente el horizonte. Luego
continuó:
—Nosotros somos los yulks. A menos que pienses irte de inmediato, será mejor que nos
acompañes.
—Pero, mi máquina...
—También nos la llevaremos. No querrás que la destruyan los raxas, que no permiten que
exista más criatura o artefacto que ellos.
File caviló unos segundos. La silla y sus tres varillas eran fáciles de transportar, pero, ¿era
prudente moverla?
Y volvió a pulsar, tranquilamente, el inútil mecanismo de "puesta en marcha". ¡Maldita sea! Si
la máquina no funcionaba ya, ¿qué más daba que le llevase a la Luna? Y sin embargo, irse con
aquellos extraños seres cuando su único objetivo era volver al Complejo de Ginebra, parecía el
más disparatado de los absurdos.
Le embargaba una sensación agobiante de fracaso.
Empezaba a darse cuenta de que no podría volver nunca a Ginebra. Los científicos ya sabían
que había un fallo en su sistema de transmisión temporal. Estaba ya seguro de que la silla, con
sus tres varillas, había perdido todo contacto con el equipo del laboratorio. De hecho, ya no era
una máquina del tiempo, lo cual significaba que estaba condenado a quedarse allí el resto de su
vida.
Desesperado, dio su consentimiento. Cuatro guerreros cargaron con la silla y el grupo se
lanzó a cruzar el ocre desierto, examinándolo nervioso mientras lo recorrían.
Siempre que podían evitaban las móviles nubes, pero a veces los bancos de vapor púrpura
pasaban sobre ellos, arrastrados por la brisa, y tenían que cruzar a través de una niebla
bermeja. File se dio cuenta de que aquellos seres extraños empuñaban con más fuerzas sus
armas cuando pasaba esto. ¿Qué temerían? Hasta en aquel mundo desolado y semidesierto
había conflictos v dramas...
Un viaje de una hora les llevó hasta un poblado de tiendas arracimadas en la ladera de una
colina baja. Hacia la mitad de la ladera, se veía un sector cuidadosamente cultivado de una
vegetación tan rala que parecía que sólo a duras penas podía mantenerse en aquel estéril
desierto. Sobre el campamento había cinco vehículos aéreos, todos de más de treinta metros de
longitud, unas gráciles máquinas de popas anchas y achatadas y aguzadas proas. Una corta
cubierta despejada se proyectaba de popa a proa por la parte superior de cada vehículo, y
delante, había como un encaje de ventanas.
File contempló asombrado aquellas embarcaciones. Eran un curioso contraste con las
viviendas claramente nómadas de abajo, entre las que había pálidas hogueras y se secaban
pieles de animales.
Acababan de preparar una comida. La máquina del tiempo de File la llevaron a una tienda
vacía y a él le convidaron a comer con el jefe. Cuando entró en la mayor tienda del poblado y
vio a la nobleza de aquella pequeña tribu agrupada en torno a una cazuela de verduras, con las
armas al lado, se dio cuenta de qué le evocaban.
Saurios.
Empezaron a comer en cuencos de cristal. Daba la sensación de que aquella gente sabía
trabajar los silicatos del desierto y con la misma destreza con la que construían vehículos
aéreos... si es que no se lo habían robado a gente más civilizada.
File descubrió, también, en el curso de la comida, que la máquina con la que el guerrero le
había disparado en el desierto era sumamente eficaz. Le había reeducado totalmente, de modo
que pudiese hablar y pensar en otro idioma, aunque al mismo tiempo pudiese, si quería,
distanciarse ligeramente, apreciar la ajenidad de los sonidos que brotaban tanto de su boca
como de las de los yulks.
El jefe se llamaba Gzerhteak, un sonido casi imposible para oídos europeos. Respondió
mientras comían, a las preguntas de File, con la mayor frialdad.
Por lo que le explicaron, File supuso que aquello era la Tierra en una época remota, una
Tierra millones, quizás billones de años por delante de su propia época, y que estaba casi
totalmente desierta. Había unas ocho tribus viviendo en un radio de unos cuantos cientos de
kilómetros, y cuando no estaban disputando entre ellas, estaban librando una lucha interminable
por la existencia, tanto contra las condiciones penosas de un mundo agonizante, como con los
raxas, criaturas que no eran vida orgánica en absoluto, sino que consistían en cristales
minerales, conglomerados en formas geométricas, y dotados, de algún modo misterioso, de
capacidad de percepción y de movimiento.
—Hace cincuenta generaciones —le explicó el jefe de los yulks—, no había raxas en el
mundo. Luego, empezaron a crecer. Prosperan en el desierto estéril, que es todo alimento para
ellos, mientras que nosotros vamos extinguiéndonos. Nada podemos hacer, salvo luchar.
Además, la atmósfera de la Tierra se estaba volviendo irrespirable. Se producía muy poco
oxígeno fresco, dado que no había ya más vegetación que la de las plantaciones. Aparte de eso,
brotaban vapores nocivos, por una acción químicogeológica del terreno y afloraban a través de
la arena, procesos volcánicos muy lentos que se originaban en las profundidades. Sólo en
algunos sectores, como aquella región en la que vivían las tribus, se podía respirar aún la
atmósfera, y eso por que la relativa inmovilidad de ésta impedía que se mezclasen los diversos
gases.
A File le agobiaba aquella imagen deprimente de valor y desesperación. ¿Sería aquel el
resultado final de la incapacidad del hombre para controlar los acontecimientos, o sería el
derrumbe de la Comunidad Económica Europea un suceso insignificante perdido en una historia
mucho más amplia? Se sentía inclinado a pensar que era asi; pues estaba seguro de que las
criaturas que estaban sentadas allí, comiendo con él, no eran siquiera descendientes del género
humano.
Saurios. El antiguo orden del mundo animal se había desvanecido.
Los hombres habían muerto. Sólo quedaban aquellos restos, saurios elevados a un estado
humanoide, que intentaban sobrevivir en un mundo que había cambiado de idea.
Probablemente las otras tribus de las que hablaban los yulks, fuesen también humanoides,
procedentes de diversos animales inferiores.
—Mañana es la gran batalla —dijo el jefe de los yulks—. Emplearemos todos nuestros
recursos contra los raxas, que vienen decididos a destruir las últimas plantaciones de las que
dependemos. Pasado mañana sabremos de veras lo que nos queda de vida.
Max File apretó los puños impotente. Su destino estaba decidido. Al final, también él ocuparía
su puesto con los guerreros yulks en la última batalla contra el enemigo de la humanidad.
Appletoft hizo un gesto de impotencia y miró a Strasser. ¿Qué podía hacer él? El había hecho
todo lo posible.
—¿Qué pasó? —dijo el primer ministro.
—Le trasladamos a diez años en el futuro. Conectamos con él al principio del viaje de vuelta
y luego, de repente... desapareció... Nada. Ya le dije que habíamos perdido el treinta y tres por
ciento de los animales que utilizamos en los experimentos, ya le advertí del riesgo.
—Lo sé... pero, ¿lo ha intentado usted todo? Ya sabe lo que puede significar el que no
vuelva...
—Por supuesto que lo hemos intentado todo. Seguimos investigando, intentando localizarle,
pero en cuanto salimos de la vía-tiempo de la Tierra, todo es caótico para nuestros
instrumentos... debe haber algún fallo en nuestra concepción del tiempo. Podemos seguir
tanteando... pero buscar una aguja en un pajar, no es nada, comparado con esto...
—Bueno, hay que seguir intentándolo. Porque si no lo recuperamos pronto, nos veremos
obligados a permitir a la facción Untermeyer que siga adelante en Baviera y no tenemos medio
de predecir los resultados.
Appletoft lanzó un profundo suspiro y volvió a su laboratorio.
—Pobre diablo —dijo Standon cuando salió de la cámara.
—Este no es el momento ni el lugar apropiados para sentimentalismos, Standon —dijo
Strasser en tono culpable...
La Tierra aún giraba en el mismo espacio de tiempo y tras un sueño de unas ocho horas File
dejó la tienda y estiró sus miembros en aquel aire sutil, despertado por un rumor de tintineante
metal. Acababa de amanecer y los soldados de la tribu se disponían a salir al combate. Las
mujeres y los niños contemplaban, temblando, a la procesión de hombres que iba perdiéndose
en el desierto. Unos cuantos iban a caballo de una especie de reptiles, todos ellos enjaezados
para el combate. A unos siete metros por encima de sus cabezas, flotaban las cinco aeronaves,
que seguían impacientemente la dirección que marcaba el jefe desde abajo.
File vagaba por el campamento, nervioso e inquieto. Hacia una hora después del amanecer,
volvieron los restos de las fuerzas.
Volvían derrotados. Sólo habían sobrevivido un tercio. No regresó ninguna aeronave y File se
había enterado la noche antes, de que, aunque la tribu conservaba los conocimientos científicos
y tecnológicos necesarios para construir más, era una empresa que agotaba al máximo sus
recursos y era casi seguro que no se iniciase la construcción de otra.
La humanidad había agotado su fuerza y era imposible ya recuperarla. Las inteligencias
minerales llamadas Raxas, continuarían su implacable avance sin que nadie las detuviese.
El último en regresar fue el jefe yulk. Magullado, cubierto de sangre y chamuscado por los
rayos energéticos que le habían rozado, se sometió a los cuidados de las mujeres y luego, como
siempre, reunió a los nobles para su comida vespertina.
Por fin, fueron saliendo uno tras otro los cansados guerreros camino de sus tiendas. Y File
quedó sólo con Gzerhteak.
Miró al viejo a los ojos.
—No hay esperanza —dijo bruscamente.
—Lo sé. Pero no tienes ninguna necesidad de quedarte.
—No hay elección —contestó, con un suspiro—. Mi máquina está rota. Debo compartir
vuestra suerte.
—Quizás podamos reparar tu máquina. Pero te lanzarás a lo desconocido...
File hizo un gesto con la mano y dijo:
— ¡Cómo, vais a poder arreglar mi máquina!
El jefe se levantó y le guió a la tienda donde estaba la máquina. Una breve orden en la noche
hizo que llegase un muchacho con una caja de herramientas. El jefe estudió la máquina de File,
alzó un panel para ver detrás de los instumentos. Hizo por último unos cuantos ajustes,
añadiendo un artilugio que tardó unos veinte minutos en fabricar con resplandecientes trozos de
alambre. El medidor del potencial-tiempo, empezó a elevarse por encima de cero.
File miraba atónito.
—Nuestra ciencia es muy antigua y muy sabia —dijo el jefe—, aunque en la actualidad sólo
tengamos un conocimiento rutinario de ella. Aún así, yo, como padre de la tribu, sé lo suficiente
para cuando un hombre como tú me dice que se ha quedado varado en el tiempo, conocer la
causa.
File estaba perplejo ante el curso de los acontecimientos.
—Cuando llegue a casa... —empezó a decir.
—Jamás llegarás a casa. Ni vuestros científicos conseguirán nunca desvelar el tiempo.
Nuestra antigua ciencia tiene una máxima: ningún hombre comprende el tiempo. Tu máquina
viaja ya por su propia potencia. Si te vas de aquí, no harás más que escapar de este lugar y
probar fortuna en otro.
—Debo intentarlo —dijo File—. No puedo seguir aquí, mientras haya esperanza de volver.
Pero aún así, se resistía.
El jefe pareció adivinar sus pensamientos.
—No te pese abandonarnos —dijo—. Tu posición es clara... lo mismo que la nuestra. Ni a ti ni
a nosotros puede ayudarnos nadie.
File asintió y se acomodó en la silla de la máquina. Mientras limpiaba el polvo y la arenilla con
las mangas de la camisa, se le ocurrió mirar en el grabador de datos. No tenía mucha esperanza
de que fuera posible, pues no había cifras para indicar la antigüedad de aquella Tierra.
Pero cuando leyó el indicador quedó asombrado. 000008.324.01.7954. ¡Habían pasado
menos de nueve años desde su salida del Complejo de Ginebra!
Se acomodó en la máquina del tiempo y apretó la palanca.
Rotación interna en el sentido de las agujas del reloj. Rotación externa en sentido contrario...
luego el impulso hacia adelante. Se sumergió en el curso del Tiempo.
Pasaron minutos sin que apareciera indicio alguno de que fuese a salir automáticamente de
su viaje. Probó fortuna apretando la palanca de "parada".
Con un giro residual de las varillas traslúcidas, la máquina se depositó a sí misma en una
orientación espaciotemporal normal. Alrededor de File, se formó un paisaje asombroso, jamás
había soñado nada igual.
¿Era cristal? La victoria definitiva de los cristalinos raxas. Por un instante, aquel fantástico
paisaje, con su brillante y matemática exuberancia, le hizo pensar, deslumbrado, que así era.
Pero luego vio que no podía ser... o que si era, los raxas habían superado su herencia mineral.
Era un mundo de forma geométrica, pero también era un mundo de movimiento continuo...
o, más bien, dado que el movimiento era tan súbito como para resultar instantáneo, de
transformación constante. Deslumbrantes extensiones y repliegues, todos en los planos
horizontal y vertical, cegaban sus ojos. Cuando miró más detenidamente, vio que, en realidad,
no estaba presente por parte aíguna la forma tridimensional. Todo eran formas bidimensionales,
que se unían transitoriamente para dar la ilusión de forma.
Los colores, también... experimentaban transformaciones y gradaciones que proclamaban la
acción de principios matemáticos regulares: como la separación prismática en el espectro ideal.
Pero aquí las manifestaciones eran infinitamente más sutiles e ingeniosas, eran como música
tenue y sutil, de cincuenta instrumentos, que pudiese brotar de los siete tonos de la escala
diatónica.
File miró la grabadora de datos. Le decía que se encontraba a 15 años de distancia de
Appletoft, que esperaba ansioso su regreso en el Complejo de Ginebra.
Probó de nuevo.
Se onduló y se estremeció, azotado por una cálida brisa, un mundo exuberante de frondosa
vegetación ante él. Un rebaño de animales como armadillos, pero del tamaño de caballos,
pasaron cruzando el claro donde había ido a posarse la máquina de File. Sin detenerse, el jefe
volvió la cabeza para hacerle una dócil y despectiva inspección y se volvió luego a gruñirles algo
a los que le seguían. También ellos le dirigieron una mirada superficial y se perdieron luego tras
una pantalla de ondulantes árboles-yerba. Oyó el rumor de sus movimientos, por el bosque, a lo
lejos.
Otra vez.
Roca pelada. El cielo colgaba arriba con rastros de lo que parecían nubes de polvo. Allí, el
terreno estaba limpio hasta de la más fina mota de polvo, pues soplaba un viento intenso y frío.
Debía barrer el polvo hacia la atmósfera e impedirle precipitarse, arañando las rocas hasta
convertirlas en una superficie bruñida y chispeante. Le costaba trabajo creer que aquel azotado
paisaje luminoso fuese, en realidad, la superficie de un planeta. Era como una exposición.
Otra vez.
Ahora estaba en el espacio, protegido por algún campo que la máquina del tiempo parecía
crear a su alrededor. Algo tan inmenso como Júpiter colgaba donde debería haber estado la
Tierra.
Otra vez.
De nuevo el espacio. Un sol escarlata derramando sangrienta luz sobre él. A su izquierda,
una pequeña y luminosa estrella, como una bengala de magnesio ardiendo, alanceó sus ojos.
Un imposible trío de planetas giraba majestuoso sobre él, y no había entre ellos más distancia
que entre la Tierra y la Luna.
Miró de nuevo la grabadora de datos: A veintitantos años del punto de partida.
¿Dónde estaba el orden de sucesión del tiempo? ¿Dónde estaba el proceso que había ido a
descubrir? ¿Qué podía sacar Appletoft de aquello?
¿Cómo iba a encontrar a Appletoft?
Puso otra vez la máquina en marcha, desesperado. Su desesperación pareció dar resultados:
adquirió velocidad, lanzándose con insensata energía y ya no estaba en el Limbo, podía ver algo
del universo que cruzaba.
Al cabo de un rato, tuvo la impresión de que estaba quieto, de que era la máquina la que se
mantenía estática mientras que el tiempo y el espacio no. El universo se derramaba a su
alrededor, desordenado tumulto de fuerzas y energía, sin dirección, sin propósito.
Y siguió viajando, hora tras hora, como si intentase escapar de algo que no podía afrontar.
Pero al fin no pudo ya eludirlo. Y mientras contemplaba el caos a su alrededor, comprendió.
¡El tiempo no tenía orden! No era un flujo continuo. Carecía de una dirección positiva: no iba
ni hacia adelante ni hacia atrás, no giraba en círculo; tampoco permanecía quieto. Era un puro
azar.
El universo carecía de lógica. Era sólo caos.
No tenía propósito, ni principio, ni fin. Sólo existía como una masa anárquica de gases,
sólidos, líquidos, formas accidentales y fragmentarias. Se conformaba a veces en formas como
un caleidoscopio, de modo que parecía tener leyes, parecía tener dirección y forma.
Pero, en realidad, no había más que caos, más que estado de flujo permanente: eso era lo
único constante. ¡El tiempo no se gobernaba por leyes! ¡La ambición de Appletoft era un
imposible!
El mundo del que había llegado allí, o cualquier otro mundo, en realidad, podía disociarse en
sus elementos componentes en cualquier instante; o podía haber accedido al ser en cualquier
instante anterior, con los recuerdos de todos incluidos? ¿quién sería el más sabio? Toda la
Comunidad Económica Europea quizás hubiese existido sólo en el medio segundo que le había
llevado presionar la palanca de puesta en marcha de la máquina del tiempo. ¡No era extraño
que no lograse encontrarla!
Caos, flujo, muerte eterna. No había solución a ningún problema. Cuando File comprendió
esto, aulló horrorizado. No podía contenerse. Su velocidad aumentó proporcionalmente a su
desesperación y su miedo, más y más rápido, hasta que se precipitó demencialmente por un
remolino.
Más deprisa, más allá...
El universo informe empezó a desvanecerse a su alrededor, mientras él recorría una inmensa
distancia más allá de los límites de la velocidad. La materia se desintegraba, desaparecía. Y él,
aterrado, seguía aún hasta que la máquina del tiempo se derrumbó bajo él y la materia de su
cuerpo se desintegró y se desvaneció.
Era una inteligencia desencarnada que cruzaba el vacío. Luego, empezaron a desvanecerse
sus emociones. Sus pensamientos. Su identidad. La sensación de movimiento se desmoronó.
Max File había muerto. Nada podía sentir, oír, ver, ni saber.
Colgaba allí, sólo conciencia. No pensaba: ya no tenía ningún aparato con el que pensar. No
tenía nombre. No tenía recuerdos. Ni cualidades, atributos o sentimientos. Estaba solo allí. Ego
puro.
Lo mismo que la nada.
No había tiempo. Una décima de segundo era igual que un billón de eras.
Por eso no había podido File, asignar, más tarde, periodo alguno a su intermedio de vacío,
sin matizaciones. Sólo percibió algo cuando empezó a salir.
Al principio, era sólo un vago sentimiento, como algo nebuloso. Luego, empezaron a ligarse a
él más cualidades. Empezó el movimiento. La materia caótica se hizo remotamente perceptible...
partículas desorganizadas, energías fluyentes y líneas ondulantes.
Brotó un nombre en su conciencia: Max File. Luego, un pensamiento: yo soy eso.
La materia se congregó poco a poco a su alrededor y pronto tuvo de nuevo cuerpo y una
serie completa de recuerdos. Podía ya aceptar la existencia de un universo sin organización.
Suspiró: al mismo tiempo, la máquina del tiempo se configuró bajo él.
Lo único que podía hacer ya, era intentar volver a Ginebra, por muy remota que fuese la
posibilidad. ¡Qué curioso que toda Europa, con todos sus problemas considerados graves, no
fuese más que una agrupación caótica de partículas sin organización! Pero al menos era el
hogar... aunque sólo existiese unos segundos.
Y ante la posibilidad de poder volver a aquellos dos segundos, pensó con angustioso gozo, se
disolvería con ellos y se vería libre de aquella odiosa extensión de vida que recorría.
Y, sin embargo, pensaba, ¿cómo regresar? Sólo buscando, sólo buscando...
Calculó (aunque sus cálculos estaban sujetos, por supuesto, a un considerable margen de
error) que dedicó varios siglos a buscar en aquel torbellino insensato. No se hizo más viejo; no
sintió sed ni hambre: no respiraba... cómo seguía latiendo su corazón sin respirar era para él un
misterio, pero era en eso, en el centro de su sentido del tiempo en lo que basaba su cálculo de
la duración de su búsqueda. De vez en cuando tropezaba con otras breves manifestaciones,
otros fugaces conglomerados de caos. Pero ya no le interesaba, no encontraba la Tierra de la
época de la Comunidad Económica Europea.
No había esperanza. Podía buscar eternamente.
Empezó, desesperado, a retirarse de nuevo, a convertirse en una entidad desencarnada y
buscar el olvido, escapar de sus tormentas por la muerte en vida. Y, cuando estaba a punto de
prescindir del último vestigio de identidad, descubrió su nuevo e insospechado poder.
Dirigió casualmente su inteligencia a una agrupación de forcejeantes partículas distantes.
Bajo el impacto de su voluntad... ¡se movió!
Interesado, dejo de retirarse, pero no intentó volver de nuevo a su propio yo... tenía la
sensación de que, como Max File, era impotente. Como un yo casi sin identidad... quizá...
Permitió que se formara en su mente una imagen (fue casualmente la de una mujer). La
dirigió hacia el caos informe. Instantáneamente, frente al flujo oscuro, encendida por
desordenados ramalazos de luz, brotó una mujer de la materia caótica. Se movió, le miró, le
dirigió una sonrisa lánguida.
No había duda. No era sólo una imagen. Era viva, perfecta y sensible.
Se desprendió, asombrado, automáticamente de la imagen mental y transmitió una
cancelación. Se disipó la mujer, sustituida por el caos de partículas y energía de antes. La nube
permaneció unida un momento, luego se dispersó.
Era un gozo recién descubierto. ¡Podía hacer cualquier cosa! Se pasó eras experimentando,
creando todo cuanto pudo crear... una vez se formó un mundo completo a sus pies, con
civilizaciones, un pequeño sol y astronaves investigando.
Lo canceló inmediatamente. Bastaba saber que todas sus intenciones, incluso su
pensamiento más vago y más grande, se traducía con todo detalle.
Ahora tenía medios de regresar a casa... y ahora podía resolver, de una vez por todas, el
problema del gobierno.
Pero, si no podía encontrar Europa, ¿no podía acaso crearla entera? ¿No sería eso algo
equivalente? El de si sería o no en realidad la misma Europa era, sin duda, un problema
fisiológico. Eso creía Nietzsche, recordó File... su esperanza de inmortalidad personal. Dado que
habría de volver en el universo interminable, los descubrimientos de File habían reforzado en
realidad este punto de vista, no moriría. Dos objetos idénticos compartían la misma existencia.
¿Y por qué no resolver el problema del gobierno en esta segunda Europa? ¿Había alguna
razón por la que no pudiese crear una comunidad que no tuviese las semillas de la destrucción?
Una Comunidad Económica con estabilidad, cuyo prototipo había faltado.
Empezó a emocionarse. Derrotaría al Flujo, lograría alzar, así, frente al caos del resto del
universo, una estructura que perduraría. Por lo demás, sería todo igual hasta en sus más
mínimos detalles...
Se puso a trabajar, agrupando pensamientos, recuerdos e imágenes, grabándolos en el caos
circundante. Empezó a formarse materia. Puso en movimiento la máquina del tiempo, viajando
por el mundo que estaba creando...
De pronto, se vio de nuevo envuelto en brumas. Girando... rotación sin cambio de posición...
impulso hacia delante...
Corrieron los números en el indicador: 000008 -7-6 -5-4...
Luego, todo se estabilizó a su alrededor y posó la máquina. Estaba en el laboratorio de
Appletoft, en Ginebra. Los técnicos vagaban por los extremos de la habitación, más allá de las
barreras de bastidores. La máquina del tiempo, con las varillas traslúcidas señalando
dramáticamente en tres direcciones, descansaba sobre un tosco pedestal de madera.
File se incorporó, agarrotado, dolorido y polvoriento, en el áspero asiento. Appletoft se
avalanzó hacia él, le ayudó a bajar ansioso, entusiasmado.
—¡Lo conseguiste, amigo! Fue perfecto como viaje de prueba... al menos, desde aquí.
Hizo una seña por encima del hombro:
—¡Coñac para el amigo! Pareces agotado, Max. Tienes que descansar, ya lo contarás todo...
File asintió sonriendo, sin contestar. Era casi perfecto...
Pero no habia sospechado siquiera con qué eficacia le habían enseñado un nuevo idioma.
Appletoft le había hablado en la lengua torturante de los yulks.

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