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viernes, febrero 01, 2008

ESPERANDO EL FIN DEL TIEMPO ... // EL LIBRO DE LOS MARTIRES // MICHAEL MPORCOCK

ESPERANDO EL FIN DEL TIEMPO...


Soplaban vientos crudos sobre Tanet-tur-Taac, y el hedor a sal del mar llegaba a la nariz de
Suron y la impregnaba día y noche porque las aguas estaban subiendo mientras la luna caía.
Vientos crudos desgajaban las nubes sobre Tanet y a veces llevaban nieve y a veces llevaban
lluvia caliente y a veces sólo hacían olas en el mar.
Con el largo pelo flotando al viento, Suron-riel-J'ryec miraba fijamente la luna y tras ella a la
estrella Kadel, que en otros tiempos había estado tan lejos de Tanet, el último mundo del Borde.
Había varias estrellas grandes en el cielo ahora, y pronto ellas y sus planetas serían un cuerpo
inmenso. También Tanet formaría pronto parte de aquel cuerpo.
Desde donde estaba, en la torre más alta de la ciudad, Suron podía ver las montañas
distantes y alteró su visión para captar cierta zona concreta con una perspectiva más detallada.
Estaba seguro de haber visto moverse algo, allí, de nuevo. Pero el viento revolvía la nieve en las
laderas. Quizás hubiera sido eso lo que había visto.
Suron miró tras sí, hacia las esbeltas torres de la ciudad que se llamaba Rion-va-mëy
(Esperanza Inevitable), una ciudad que era también una máquina. Suron había construido Rionva-
mëy y había bautizado a la ciudad-máquina diseñada para hacer de Tanet un mundo
completamente independiente de su sol, para apartarlo de la fuerza de atracción de la Masa
antes de que fuera demasiado fuerte para cruzar el espacio intergaláctico y hallar una galaxia
que aún siguiera en equilibrio. Por eso habían elegido para su experimento aquel mundo del
Borde, porque era el mundo menos habitable que había en los confines de la galaxia.
Y la galaxia estaba condenada a sufrir un cambio monstruoso en el que nada seguiría como
antes.
La galaxia estaba condensándose.
Ellos ya sabían qué iba a suceder, pues sus científicos habían llegado a desentrañar la
naturaleza de los cuerpos inmensos y oscuros que yacían en el centro de la galaxia.
Megaquasares con una masa tan grande que ni siquiera los fotones podían escapar a ellos,
habían empezado a engrosar su masa con todos los cuerpos que penetraban en su campo
gravitatorio.
Y ahora, toda la galaxia vacía dentro de aquel campo y todos los soles y sus satélites eran
arrastrados inexorablemente hacia allí, mientras los megaqúasares se consolidaban en una sola
masa, tan inmensa, que no podía inventarse ningún nombre real para denominarla. Los que
aludían a ella, no podían darle más nombre que el de Masa.
Suron contempló de nuevo el cielo, mientras el día se iba oscureciendo rápidamente. Su plan
había fracasado al hacerse evidente que era demasiado tarde. Rion-va-mëy, era la máquina más
perfeccionada que hubiese inventado nunca la humanidad. Podía proporcionar un medio
artificial complejo, alterar un planeta tan fácilmente como una nave espacial, pero jamás podría
utilizarse para su propósito básico. Lo único que le cabía hacer, era ayudar a Tanet a eludir la
inevitable colisión unos cuantos días más.
Apenas funcionaba ya como una ciudad, pues la mayoría de sus ciudadanos se habían ido al
comprender que el plan de Suron había fracasado. Se habían ido con la esperanza de llegar a
sus mundos natales antes de que sus soles se los tragasen, soles que serían a su vez tragados
por otros soles mayores hasta que la Masa se lo tragase todo.
Suron se había quedado, Tanet era ya su mundo. Lo amaba. Y aquél que amaba a Suron se
quedó con él.
Al principio, el proceso había sido gradual. Unos cuantos miles de años atrás apenas si había
sido perceptible. Hacía mil años, sin embargo, que se había hecho patente lo que se fraguaba.
Cien años antes, la Masa había absorbido a la mitad de los soles y planetas de la galaxia y ahora
los soles y planetas del Borde iban aproximándose entre sí.
Unos días más, pensaba Suron, e iniciaremos el último viaje hacia el interior. Y en menos de
un año, si eran correctas las teorías de los científicos, la Masa se desmoronaría debido a su
propia gravitación y se iniciaría de nuevo el proceso entrópico. Nuevas estrellas, nuevos
planetas: un nuevo ciclo.
¿Se repetiría a sí mismo el ciclo?, se preguntaba Suron. ¿Estaba programada la galaxia para
formarse y reformarse eternamente? ¿Renacería la humanidad y recrearía su historia quizás por
millonésima vez?
Desde la cúspide de la torre más alta, con el cuerpo pálido expuesto a los elementos, Suron
contemplaba las aguas. Habían alcanzado ya algunas de las estructuras más lejanas. Miró de
nuevo hacia la luna que dominaba el cielo. Estaba un poco más cerca que el día anterior; y
Tanet estaba un poco más cerca de su sol, y las estrellas estaban reunidas en un grupo algo
más compacto.
Falta poco, pensó.
Pasó la breve noche. El color del cielo pasó de azul oscuro a violeta y a verde claro y las
nubes se alejaron por el horizonte y desaparecieron. Asomó el sol y Suron sintió al instante su
calor.
Se oyó un susurro detrás de Suron.
—Así que no sirvió de nada.
Mis'rn-bur-Sen, colocó una mano suave sobre el brazo de Suron.
—El sol está más cerca, Suron.
Suron se volvió y sonrió a su marido.
—Soñé con la humanidad. ¿Qué fue lo que no sirvió de nada?
Mis'rn se acercó a la balaustrada. Su piel era transparente como la de Suron y mostraba las
venas y órganos de su cuerpo hermafrodita. El cálido viento ondulaba su pelo claro.
—Toda la lucha, y el dolor, y la muerte. Todos los esfuerzos de quienes aspiraban a ayudar al
género humano a lograr la tranquilidad y la seguridad, que tan recientemente conseguimos.
Todo inútil, Suron. La humanidad ha sido engañada. Cuando triunfaba sobre su condición, sobre
la mortalidad, sobre el entorno, la naturaleza aún sigue gastando sus bromas, aún logra hallar
un medio de destruirnos.
Suron sonrió y dijo:
—Una visión un poco antropomórfica del universo. ¿No nos basta saber que la humanidad
triunfó al fin, que logró alcanzar lo que los antiguos habían llamado "un estado de gracia"? ¿No
es el afecto que nos tenemos, una especie de recompensa por tantos milenios de lucha?
Mis'rn inclinó la cabeza.
—Quizás —dijo.
La torre tembló. Se oscureció el cielo al llegar nuevas nubes barriendo el horizonte. El
estruendo del mar ahogó el rumor del viento. Suron puso la punta de un largo dedo sobre la
balaustrada y trazó un círculo.
Un campo de fuerza formó una cúpula invisible sobre la torre y el azotar del viento y el aullar
del mar quedaron bloqueados. Suron y Mis'rn se miraron fijamente, en el nuevo silencio.
—Pero nuestros hijos han muerto —dijo al fin Mis'rn.
Hacía unos cincuenta años que ambos habían dado a luz al hijo del otro, simultáneamente.
Los dos vastagos habían permanecido en el planeta en el que habían nacido y los dos estaban
ya consumidos.
Suron había aceptado este hecho sin amargura, pero Mis'rn, cuyo temperamento se
complementaba con el de Suron, aún se afligía. Y por eso Suron confortaba ahora a su marido.
Expresaba sin palabras su comprensión y Mis'rn comunicaba sin palabras su gratitud. La torre
volvió a estremecerse.
—¿Cuál fue tu sueño sobre la humanidad? —preguntó Mis'rn.
—No recuerdo las imágenes, sólo el ambiente. Yo estaba allí y soñaba y luego despertaba y,
Mis'rn, me sentía feliz.
—Has compartido eso conmigo. Ojalá pudiese tener un sueño así. Pero todos mis sueños,
cuando los tengo, son de conflictos y desastres.
Suron señaló hacia las montañas.
—Después de mi sueño, creí ver moverse algo allá, en las laderas. Quizás formase parte del
sueño.
—Eso creo. Somos los únicos que quedamos en Tanet. Y aquí no hay animales. De eso se
encargaron nuestros ancestros.
—Sin embargo, sentí el impulso de ir a las montañas... a mirar.
—Es demasiado peligroso, Suron. Toda la energía de la ciudad se está utilizando para resistir
la fuerza de atracción de nuestro sol y para impedir que la luna nos caiga encima. Si sales de su
radio de acción, quizá no pudiara protegerte.
—Lo sé.
Suron cogió una mano de Mis'rn y susurró algo.
Fueron transportados inmediatamente al corazón mismo de la torre, a una estancia de luz
suave y cambiante, que irradiaba elementos nutritivos en sus organismos. Luego, hicieron el
amor de un modo tierno y dulce... apenas sin tocarse,mientras se movían por la habitación en
un gracioso y emocionante ballet.
Y la torre tembló una vez más y la luz parpadeó, un instante antes de reanudar sus
transformaciones.
Mis'rn detuvo su danza y Suron vio los rastros de una emoción olvidada que empezaban a
surgir en su rostro. La emoción era miedo.
—Hemos de aceptarlo, Mis'rn —dijo—. Bautizamos esta ciudad con el nombre de Esperanza
Inevitable, porque era inevitable que tuviésemos esperanza. Pero ahora esa esperanza está
muerta. Hemos de aceptarlo.
—No puedo —murmuró Mis'rn—. El sueño ayudó a nuestros ancestros de este modo cuando
no podían tolerar las implicaciones de la realidad. Por eso dormían.
—Lo intentaré.
Suron trazó un signo determinado sobre la pared de luz cambiante, y el aire del centro de la
estancia cuchicheó y susurró y apareció un lecho.
Mis'rn se dirigió hacia el lecho y se tendió en él, mirando, desde allí, a Suron.
—Cierra los ojos —dijo Suron, y Mis'rn los cerró—. Yo vendré a despertarte —prometió.
Y Suron volvió a lo alto de la torre, pestañeando ante la intensa luz. Hizo que la cúpula se
oscureciera para poder contemplar el paisaje.
En las montañas se había fundido la nieve. El mar se movía inquieto alrededor de las torres
más bajas. El monstruoso sol cruzaba el cielo.
Suron centró los ojos de modo que la ladera de la montaña pareció acercarse.
Cuidadosamente, inspeccionó cada roca amarillenta, cada sombra de un negro intenso, todas
las hendiduras. Pero sólo se movían las sombras por la rápida carrera del sol por el cielo.
Y luego, cuando Suron dirigió su mirada a las lomas más altas, vio una sombra que se movía
en dirección opuesta y que desaparecía tras uno de los largos colmillos de roca que un temblor
reciente de tierra había cortado del cuerpo principal de la montaña.
Así que era cierto, había allí una criatura viva. ¿Un hombre?
Suron estaba seguro de que ningún hombre podía sobrevivir bajo el calor a menos que
llevara ropa protectora adecuada.
¿Un visitante, entonces, de uno de los mundos internos?
Imposible. Ninguna nave espacial podía soportar las inmensas fuerzas gravitatorias que
existían ya en el espacio. Y no había ningún receptor de materia en funcionamiento en Tanectur-
Taac.
Suron se preguntó si la criatura habría venido de una galaxia próxima.
Tomó una decisión. Sin dejar de mirar fijamente hacia la ladera, esperó con toda calma a que
llegase el oscurecer.
Ahora la oscuridad era ya completa en Tanet, pero cuando el sol llegó al extremo del
horizonte y la luna empezaba a asomar su masa monstruosa sobre las cimas de los montes y el
cielo se volvía de un azul intenso y las estrellas hacían su aparición de nuevo, Suron dejó Rionva-
mey, la ciudad-máquina de Esperanza Inevitable.
Sobre la espalda desnuda, llevaba un equipo de campo de fuerza ligero que le protegería
contra los elementos y le serviría de medio de propulsión sobre las rocas.
Se elevó unos centímetros del suelo, voló contra el viento, mientras las nubes se espesaban y
el cielo se oscurecía, trayendo las primeras nieves del anochecer.
Suron aumentó la temperatura de su cuerpo para contrarrestar el frío, y los copos de nieve
que caían sobre sus hombros desnudos, se fundieron inmediatamente.
Tras él, la ciudad había cambiado de color. Ahora tenia un peculiar tono anaranjado. Suron
sabía que sus recursos estaban casi agotados. El mar cubría aún más las torres, y las que
quedaban, habían empezado de nuevo a balancearse y a estremecerse.
Suron llegó al pie de las laderas de las montañas y empezó a ascender.
El cielo se volvió de una púrpura intenso y el viento rasgó las nubes, de modo que la luna
pudo verse otra vez. Estaba aún más cerca. Suron tuvo casi la sensación de que si alzaba una
mano podría tocarla. Dominaba el paisaje.
Mirando al frente, creyó ver la sombra móvil, cerca de la cima de la montaña. Aumentó su
velocidad.
Llegó a la cima. El viento era ya tan fuerte que se vio obligado a utilizar más potencia para
que no le desplazase de su condición. La luna parecía amenazar aplastarle. Parecía llenar todo el
cielo.
Justo debajo de él, surgió un cuadrúpedo antropoide de detrás de una roca. Se aferraba a la
ladera, el cuerpo peludo cubierto de nieve, el pelo alisado por el viento. Sus ojos inteligentes
miraron a Suron y Suron lo identificó.
Se le escapó un grito de sorpresa.
El antropoide movió la cabeza y le observó receloso. Abrió la boca y habló, y el aullar del
viento ahogó sus palabras.
Suron descendió por la ladera hacia la criatura.
El ser retrocedió y desapareció. Suron vio que la roca ocultaba una fisura de la ladera... una
cueva.
Entró en la cueva sin vacilar.
Llegó luz. La cueva era artificial. Era una habitación o quizás una más de una serie, y su
contenido había sido destrozado y dispersado por los temblores de tierra. La criatura estaba
plantada sobre sus cuatro piernas en medio de la habitación, rodeada de desperdicios y sentada
en una silla de extraña forma. Miraba muy seria a Suron.
—Creí que tu especie estaba extinta —dijo Suron, luego añadió ceñudo: —¿Entiendes mi
lengua?
La respuesta fue clara, firme, musical:
—La entiendo. Mi especie fue... extinguida. La destruyó la tuya hace mucho tiempo.
—No lo sabía —dijo Suron.
—Había vegetación y belleza. Había paz. Hace eras, tu gente llegó con fuego y quemó toda la
belleza, asesinó a todos los míos. Yo me oculté en las profundidades de la tierra. Luego tu gente
se fue. Nunca pude descubrir por qué destruyeron nuestro mundo.
—¿Cómo aprendiste nuestra lengua?
—Un viajero —dijo la criatura, señalando con una mano. Suron vio un cráneo. Era el cráneo
de un hombre pre-hermafrodita. Debía tener siglos.
—¿Le mataste tú?
—Murió. Eramos amigos, creo.
—¿Y él no sabía por qué quemaron vuestro planeta?
—Hablaba de una guerra. Dijo que este mundo probablemente ocupase una importante
posición táctica... algo parecido. Dijo que si hubieran sabido de nosotros quizás no lo hubiesen
quemado, pero supusieron que criaturas que caminaban con cuatro patas no eran inteligentes...
como si tuviera algo que ver.
—Mis ancestros hacían en otros tiempos diferenciaciones entre seres que razonaban como
ellos y otros de carácter menos inquisitivo,
—Los que estaban contentos fueron destruidos.
—Así fue, sí. Pero tú sobreviviste todos estos años.
—Sí... al parecer, para morir con los que me robaron la felicidad. ¿Se debe esta catástrofe a
otra de vuestras acciones?
—No lo creo. Yo me llamo Suron-riel-J'ryec.
—Yo soy Mollei Coyshkaery. ¿Cuál es entonces la causa de esto?
Suron se lo explicó.
La criatura antropoidea pareció animarse.
—Así que nadie ganó. Lo que nos pasó a nosotros os está pasando a vosotros.
—Con una diferencia: no quedará nadie para recordar a la humanidad, cuando desaparezca.
—Se lo tiene merecido.
—Supongo que sí.
—Tú no eres como mi amigo —dijo Mollei señalando el cráneo—. Eres más tranquilo... tienes
un aspecto distinto.
—Nuestra raza había empezado a evolucionar hacia especies completamente distintas.
Eramos casi inmortales, lo mismo que tú. No teníamos conflictos entre nosotros ni enemigos
que nos amenazasen. Dedicábamos nuestro tiempo a adaptarnos a lo que veíamos. Habríamos
evolucionado aún más, pero —Suron hizo una pausa— habíamos aprendido el hábito del amor,
y habíamos olvidado el hábito del odio.
—Yo aún no he aprendido a odiar —dijo Mollei—. Y ahora ya es demasiado tarde.
—Lo siento.
—¿Crees que es bueno odiar?
—Creo que es bueno conocer todos los sentimientos —el cráneo atraía de nuevo la mirada de
Suron.
Mollei se sacudió la nieve derretida de la piel. De pronto, soltó con expresión meditabunda:
—Antes había música. Hace tanto que no oigo música.
—Quizás vuelvas a oírla.
—¿Qué quieres decir?
—Hay quien cree que la galaxia pasa por un ciclo perpetuo de nacimiento, muerte y
renacimiento... que su historia se repite una y otra vez con diferencias sólo secundarias.
—Pero eso significa que volveré a conocer el dolor. Tus palabras no me traen ningún
consuelo, Suron-riel-J'ryec.
—Admito —dijo Suron con un suspiro— que la idea también es aterradora.
—No parece afectarte lo que está a punto de suceder.
—Es inevitable, Mollei Coyshkaery.
La caverna se balanceó. A pesar de su campo de fuerza, Suron se vio lanzado contra la
pared. Con él se desplazaron objetos. El cráneo chocó contra la pared y se fragmentó. Mollei
intentó salvarse, pero quedó atrapado justo debajo de Suron, gritando de dolor e intentando
incorporarse. Caían piedras del techo. Un gran estruendo lo llenó todo, mientras la caverna
seguía estremeciéndose. Luego, todo volvió a quedar quieto.
Suron descendió hasta el ángulo que formaban el suelo y la pared, donde estaba tendido
Mollei. Su mirada expresaba dolor. Era evidente que tenía algunos huesos rotos.
—Ha sido el peor de todos —murmuró Mollei—. Me pregunto qué lo provocaría...
—Ha caído ya la luna. Creo que a cierta distancia de nosotros.
—¿Qué significa eso?
—Significa que dentro de poco tu planeta se hundirá en su sol, casi en el mismo instante en
que el sol se una a otras estrellas. Estamos desplazándonos todos hacia el centro, Mollei. Unas
cuantas horas después de morir, nuestra galaxia no será más que una masa. Después, se cree
que la masa explotará y la galaxia empezará de nuevo.
—La muerte llega rápido —balbució la criatura—, pero la vida tarda tanto tiempo en
formarse...
—¿Vendrás conmigo a Rion-va-méy, mi ciudad? —preguntó Suron—. Hay allí medios para
aliviar tu dolor.
—Estoy muñéndome —dijo Mollei—. Déjame morir solo.
—Como quieras.
Suron buscó la entrada de la cueva, pero había quedado bloqueada al caer la luna. Volvió
junto a la criatura agonizante.
—Parece que estoy atrapado.
Mollei se incorporó sobre un codo y señaló una entrada.
—Hay varias salidas. Quizás alguna no esté bloqueada.
—Gracias.
—Adiós, Suron-riel-J'ryec.
Suron se dio cuenta de que empezaba a debilitarse la potencia de su campo magnético.
Cruzó el oscuro umbral y ensanchó los ojos para poder ver en el negror de la sala contigua.
Había allí cuadros y artefactos de todas clases. Se dio cuenta de que Mollei había utilizado el
sistema de cuevas como museo: un monumento a su raza asesinada. Suron experimentó lo que
imaginó podría ser sentido de culpabilidad.
Se abrió paso a través de varias cámaras similares, deteniéndose sólo a contemplar un
relieve muy antiguo que parecía indicar que la raza de Mollei había tenido en otros tiempos
enemigos indígenas... era una escena de guerra. Las criaturas simiescas expulsaban
triunfalmente a un tipo de gente asexual similarmente armadas.
Y luego vio una hendidura en el techo por la que entraba luz.
Suron aumentó la potencia y subió hasta el techo, cruzó la hendidura y salió a la superficie
del planeta.
Gimió cuando la luz golpeó sus ojos y se los tapó con las manos. Sabía que le quedaba poca
potencia en su campo magnético, pero aumentó la intensidad del campo aún más y se aisló del
calor asfixiante y de la luz lo más que pudo.
Miró hacia abajo, hacia la montaña, y luego hacia el mar.
El mar hervía. Nubes de vapor rodeaban lo que quedaba de Rion-va-mëy. Inmensas fisuras
negras se abrían en la montaña. Empezó a descender todo lo rápido que se atrevía.
La pantalla que cubría su cuerpo, temblequeaba. Suron sabía que si se estropeaba, moriría...
moriría con peores sufrimientos y mucho más deprisa de como habían muerto sus ancestros, de
piel más gruesa.
Cruzó sobre una grieta recién formada y, mientras la cruzaba, el extremo más alejado de él
empezó a pandearse y a ensancharse más y más. Inundó sus oídos un estruendo monstruoso.
Todo el planeta se estremeció.
Con una sensación de pánico creciente, llegó por fin al otro lado.
Una de las torres cayó y luego, otra se balanceó y se desplomó también. Suron se dio cuenta
de que al fin la máquina se había estropeado.
El cielo se hizo aún más brillante y parecía que el calor calcinaba su piel. La superficie del
lejano mar burbujeaba ya y pudo oír el silbar de sus aguas al convertirse en vapor.
La pantalla volvió a fallar y los pies de Suron golpearon las ardientes rocas.
La torre más alta, que aún seguía en pie, se hallaba a cierta distancia. Vio que uno de los
grandes haces de energía que habían mantenido unido el planeta, se pandeaba y luego se
quebraba como cuando se corta un alambre de acero. Las diversas secciones saltaron en el aire
vibrando y retorciéndose y luego cayeron. Se desplomó otra torre en el mar hirviente.
Suron se sintió mareado. Se le nubló la vista. Se dio cuenta de que iba a morir muy pronto,
sin poder regresar a la habitación donde yacía dormido Mis'rn.
El caos absoluto le rodeaba, una confusión aterradora de rocas volando y de remolinos de
vapor.
Ya no podía ver Rion-va-mëy. Quizás había desaparecido para siempre la ciudad de
Esperanza Inevitable. El sol se hizo aún mayor. Suron gritaba de dolor. Luego, sin cejar en su
avance se desmayó.
—¡Suron!
Hacía más fresco. Abrió los ojos y vio los de Mis'rn-bur-Sen. Había en ellos ansiedad.
—Suron. ¡Estás vivo!
—Sí, estoy vivo. Pero debería estar muerto.
—Desperté y te busqué. Me di cuenta de que te habías ido a la montaña. Cogí una nave y te
busqué hasta hallarte sin sentido. Te traje a nuestra torre.
—¿Entonces sigue aún en pie?
—Por poco tiempo. He desviado hacia ella toda la energía que quedaba.
—Creí que estabas dormido, marido mío.
—Algo me despertó... imagino que fue la luna al caer, o la sensación de que estabas en
peligro. O quizás ambas cosas. Tuve sueños profundos, Suron... sobre la humanidad.
—¿Y te angustiaban? —Suron se levantó del lecho e intentó mantenerse de pie sobre el suelo
tambaleante. La luz de las paredes ya no cambiaba de color. Era de un verde claro continuo.
—Me consolaron, Suron. Es mejor morir amando a la humanidad que odiándola.
Suron asintió con un cabeceo.
—Mollei estará ya muerto.
—¿Mollei?
—Encontré en la montaña a una criatura, Mis'rn. El último habitante indígena de Tanet-tur-
Taac. Nuestros ancestros destruyeron a los suyos con fuego. Destruyeron toda la vegetación del
planeta. El sobrevivió durante siglos y sin embargo nunca conoció el odio... sólo la inseguridad y
el desconcierto. No sabía por qué matamos a su pueblo.
—¿Lo sabes tú?
—Sólo sé que la humanidad mató a muchas otras razas al extenderse por la galaxia.
—¿Y ahora tú odias a la humanidad?
—No. Pero comprendo el desconcierto de Mollei. Pues ahora la humanidad está destruida.
Probablemente seamos los últimos que siguen vivos. Y pronto habremos muerto.
—Pero nos destruye una naturaleza irracional.
—¿Y no fue esa fuerza la que eliminó a los habitantes de este planeta?
—Les matamos nosotros.
—Sí. Pero puede que sólo nos imaginemos que realmente lo hicimos. Utilizamos nuestros
pensamientos para justificar acciones que teníamos que realizar de todos modos...
Mis'rn cabeceó. Se trasladó a uno de los dos lechos y se tumbó en él.
—Es cierto que no conquistamos nada —dijo—. Y ahora estamos conquistados.
—Nos conquistamos a nosotros mismos. Y una vez logrado eso, morimos.
—¿Crees que ése fue el objetivo de nuestra existencia?
—Jamás pensé que nuestra existencia tuviese un "objetivo". Y sin embargo nuestros
ancestros creían en ello. Que habíamos nacido para aprender a amar y que haciéndolo nos
integrábamos con el universo.
Mis'rn cerró los ojos.
—¿Por qué no dejas entrar un poco de luz, Suron, para que podamos ver una vez más este
mundo?
Suron tocó la pared y trazó un signo. El muro exterior se hizo opaco y luego transparente y la
luz cegadora inundó la estancia. Con ella llegó el calor, pero esta vez le dieron la bienvenida.
Suron ocupó su lugar en su lecho y se tendió. Extendió la mano y tocó la de Mis'rn.
—Y ahora vamos a dormir —dijo. Y se durmieron en amor.
Y entonces Suron y Mis'rn soñaron con la humanidad.
Soñaron con todo lo que había luchado por ser, con todo lo que había logrado ser, con todos
sus fracasos. Y era un sueño de amor.
Soñaron con las estrellas y los planetas de su galaxia y con los que habían abandonado el
planeta Tierra hacía muchos milenios, con los que habían explorado y destruido y se habían
embrutecido por creer que el conocimiento proporcionaba amor y tranquilidad.
Y pareció que soñaban la historia toda de la galaxia, desde su nacimiento hasta su muerte,
que presenciaban la formación de cada estrella y de cada planeta, que vivían la vida de toda
criatura individual que había alcanzado la existencia en aquellos planetas.
Y en sus sueños acabaron comprendiendo que el Tiempo era una idea sin sentido y que la
Muerte no significaba nada y apenas muy poco la Identidad.
Y mientras ellos soñaban ardió la última torre y Tanet-tur-Taac cayó en el rugiente corazón
de su sol. Luego este sol se unió a la Estrella Kadel y un centenar de soles más se agruparon
para formar un globo ardiente y único.
Fue el último fuego que fugazmente ardió en la oscuridad. Luego, también él cayó en la
Masa.
Y donde había habido una galaxia hubo sólo tinieblas.
Pero ya empezaba a sucederle algo a la Masa, empezó a implosionar bajo su propio inmenso
peso.
Quizá Suron y Mis'rn o algo que había sido ellos siguiese soñando, al menos hasta el
momento en que empezasen a reaparecer relámpagos de luz y la galaxia empezase a renacer
tal como podrían renacer también Suron y Mis'rn, una eternidad después.
Pues Tiempo nada significaba y nada significaba Muerte e Identidad significaba sólo un poco


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