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domingo, abril 15, 2007

CUENTOS DE CANTERBURY // SECCION IV

SECCIÓN CUARTA

1. PRÓLOGO DEL ERUDITO.
2. EL CUENTO DEL ERUDITO.
3. PRÓLOGO DEL MERCADER.
4. EL CUENTO DEL MERCADER
5. EPÍLOGO.


1. PRÓLOGO DEL ERUDITO


Selvor erudito de Oxford -dijo nuestro anfitrión-. Vais haciendo camino en vuestra cabalgadura, mustio y callado como una chica recién casada cuando por primera vez se sienta a la mesa a comer. No os he oído una sola palabra de vuestra boca en todo el día. Supongo que estáis meditando sobre algún problema filosófi­co; pero, como bien dice Salomón, hay un tiempo para cada cosa. Vamos, por favor, animaos. Éste no es tiempo para an­dar meditando. Mantened vuestra promesa y contadnos al­gún cuento agradable, pues todos los que hemos entrado en el juego tenemos que obedecer las reglas. Solamente que no queremos sermones ni que tratéis de hacernos llorar por nuestros pecados como acostumbra un fraile por cuaresma; y procurad también que vuestro relato no nos haga caer dor­midos. Contadnos un estupendo cuento de aventuras y guar­daos vuestras flores de retórica y vuestras figuras de dicción hasta que necesitéis el lenguaje de altos vuelos que la gente utiliza para escribir a los reyes y a otros de elevada alcumia. Para esta ocasión os rogamos que habléis sencillamente para que podamos entender lo que decís.
-Anfitrión -repuso el buen erudito, de buen talante-, me hallo bajo vuestra vara de mando; de momento sois el que gobierna, por lo que me declaro perfectamente dispues­to a doblegarme a lo que ordenéis (dentro de lo razonable, claro está).
Os contaré un cuento que oí en Padua de un excelente erudito que era merecidamente respetado por todo lo que hacía y decía. Ahora está ya muerto y enterrado. Pido a Dios descanso para su alma.
Este erudito se llamaba Francisco Petrarca, el laureado poeta, cuya dulce elocuencia iluminó a toda Italia de poesía; de idéntica forma que Lignano lo hizo con la filosofia, el de­recho y otras ramas especiales del saber. Pero la muerte, que no nos permitirá que vivamos en este mundo ni durante un abrir y cerrar de ojos, se los llevó a ambos; todos nosotros de­bemos morir.
Pero sigamos con lo que estaba diciendo de este hombre distinguido que me contó esta historia. Dejadme explicar que antes de escribir la parte principal del cuento, compuso un prólogo de estilo retórico, en el que daba una descripción del Piamonte y de la región alrededor de Saluzzo. También habló de los Apeninos, aquellas altas colinas que forman el límite de la Lombardía occidental y, en particular, del monte Viso, en el que el río Po tiene su origen, empezando por un pequeño pozo y luego creciendo mientras fluye hacia el Este, en dirección a Emilia, Ferrara y Venecia. Todo esto será muy largo de dar en detalle, y realmente, en mi opinión, pa­rece irrelevante excepto para introducir su relato. Pero aquí está su cuento, que podéis escuchar, si queréis.


2. EL CUENTO DEL ERUDITO

En la parte occidental de Italia, al pie del nevado monte Viso, se ubica una llanura rica y feraz, salpicada de ciu­dades y castillos fundados en tiempos de nuestros an­tepasados. Otras muchas hermosas vistas pueden contem­plarse en esta magnífica región, llamada Saluzzo. Un mar­qués era dueño de la comarca, como sus antepasados lo fue­ron antes que él. Cada uno de sus súbditos, fuese rico o pobre, obedecía sus menores deseos. Así, de este modo, por el favor que le dispensaba la Fortuna, vivió largo tiempo en completa felicidad, amado y temido tanto por los nobles como por los plebeyos. En cuanto a su linaje, pertenecía a la más elevada cuna en Lombardía; de aspecto bien parecido, fuerte y lleno de juventud; era además muy honorable y cor­tés, así como bastante prudente en el gobierno de su país, sal­vo por un par de cosas en las que no llegaba a perfecto. Este joven príncipe atendía al nombre de Walter.
Pero si algo había que reprocharle era esto: no pensaba ja­más en lo que podría suceder en el futuro. Su mente se con­centraba totalmente en el placer del momento, como por ejemplo en cazar y en la práctica de la cetrería por aquella co­marca. Prácticamente se despreocupaba de todos sus demás deberes. Y lo peor de todo: pasase lo que pasase, no quería tomar esposa.
Sin embargo, su pueblo lo lamentaba tanto, que un día acudieron a él en tropel, y uno de ellos -que era el más sa­bio y el de mayor experiencia, o sea el hombre al que era más probable prestase oídos el príncipe, quizá porque sabía cómo exponer casos peliagudos como ése- habló así al mar­qués:
-Oh, noble marqués; vuestra humanidad nos da confian­za, así como osadía, para deciros lo que nos preocupa, siem­pre que sea necesario. Ahora, que Vuestra Gracia se digne permitirnos que expongamos nuestra triste queja. Que vues­tros oídos no se nieguen a escuchar nuestra voz.
»Aunque a mí este asunto no me afecta más que a cual­quiera de los aquí presentes, sin embargo, como sea que, amado príncipe, siempre me habéis distinguido con vuestro favor, soy el que más se atreve a pediros que prestéis atención a nuestra petición. Después haced, señor, lo que consideréis mejor.
»Realmente, señor, nosotros os apreciamos y estimamos a vos y a vuestras obras, y siempre ha sido de este modo; tan­to es así que no podemos imaginar que se pueda vivir mejor y con mayor felicidad, salvo por una cosa, señor. Por favor, si os decidiérais a elegir esposa, entonces los corazones de vuestros súbditos estarían completamente tranquilos. Dig­naos doblegar vuestra alta cerviz bajo este feliz yugo que los hombres llaman desposorio o matrimonio: es el yugo de do­minio, no de esclavitud. Además, señor, considerad, entre vuestros pensamientos más selectos, cómo nuestros días van discurriendo de uno u otro modo; tanto si dormimos como si estamos en vigilia, si cabalgamos o vagamos por ahí, el tiempo siempre huye y no espera a nadie.
»Y, aunque vos estáis todavía en la primera flor de vuestra juventud, la edad provecta se va acercando, silenciosa como una tumba. Mientras, la muerte nos amenaza a todas edades, derribando a hombres de toda clase y condición: nadie esca­pa; pues, tan seguro como que cada uno de nosotros sabe que debe morir, asimismo ignora totalmente el día en que le sobrevendrá la muerte.
»Entonces creed en la sinceridad de nuestras intenciones, pues nunca hasta el momento presente hemos rehusado prestaros obediencia. Así, pues, señor, si estáis dispuesto a aceptar, os elegiremos una esposa nacida en la familia más noble y encumbrada de todo el país, para que -hasta don­de nosotros seamos capaces de juzgar- la elección parezca honorable a los ojos del Cielo. Por el amor de Dios que está en lo alto, libradnos de esta perpetua preocupación tomando esposa.
»Pues si ocurriera (¡Dios no lo quiera!) que a vuestra muer­te terminase vuestro linaje y algún sucesor extranjero se en­cargase de vuestra herencia, ¡ay de nosotros, pobres de noso­tros! Por consiguiente, os emplazamos a que os caséis cuan­to antes.
Esta humilde petición y sus miradas suplicantes llegaron al corazón del marqués.
-Mi amado pueblo, vosotros queréis forzarme a hacer algo que nunca pensé en hacer -replicó él-. Yo disfruto con mi libertad, una cosa que raras veces se consigue estan­do casado; pero aunque hasta ahora estuve libre, debo ahora hacerme esclavo. Veo la sinceridad de vuestras intenciones, y, como siempre he hecho, confiaré en vuestro buen sentido. Por tanto, libre y voluntariamente, consiento en casarme lo antes que pueda. Pero en lo que concierne a vuestra oferta de hoy de elegirme esposa, dejadme que os libre de la carga de tal elección. Os pido que abandonéis vuestra idea.
»El Cielo sabe muy bien que los hijos a menudo no se pa­recen a los padres, pues toda bondad proviene de Dios y no del tronco del que uno es engendrado y parido. Confio en la bondad de Dios, y, por consiguiente, le confió a Él mi matri­monio, mi rango, posición y tranquilidad de espíritu: que se haga su voluntad. Dejadme, pues, solo en la elección de es­posa acepto esta responsabilidad. Pero os pido -por vues­tras vidas os conmino- a que me prometáis que honraréis a la esposa que elija como si fuese la mismísima hija del emperador, de palabra y de hechos, tanto aquí como en cualquier otra parte mientras ella viva.
»Además, me debéis jurar que ni os opondréis a mi elec­ción ni murmuraréis en contra de ella. Ya que, a petición vuestra, renuncio a mi libertad, os lo aseguro también: en la que allí ponga mi corazón, con ella me casaré; y, a menos que aceptéis estas condiciones, os tendré que pedir que no me habléis nunca más de este asunto.
A todo ello juraron su conformidad de todo corazón y por unanimidad. Solamente le pidieron, antes de marcharse, que tuviese la bondad de fijar, lo antes posible, una fecha determi­nada para la boda. Pues incluso entonces el pueblo temía, en cierto modo, que, después de todo, el marqués no se casase.
Él mencionó un día que le venía bien y en el que se casa­ría sin falta. Añadió que si fijaba la fecha era porque se lo ha­bían pedido. Por su parte, todos ellos se arrodillaron y con gran humildad y sumisión le dieron las gracias. Luego, ha­biendo conseguido su propósito, regresaron a sus hogares.
El marqués mandó en el acto a sus oficiales que dispusie­ran los festejos de la boda. Dio todas las órdenes que creyó necesarias a sus caballeros y escuderos personales, quienes las obedecieron haciendo cada uno todo lo posible para honrar la ocasión.

ACABA AQUÍ LA PRIMERA PARTE Y COMIENZA LA SEGUNDA

No lejos del magnífico palacio en el que el marqués esta­ba planeando su matrimonio se hallaba una aldea agradable­mente situada en la que residían algunos pobres pueblerinos; guardaban su ganado y se ganaban la vida como podían con el sudor de la frente, hasta donde permitía la fertilidad del suelo.
Entre esta gente vivía un hombre que se consideraba más pobre aún que los demás (sin embargo, el Padre Celestial se sabe que mandó su gracia a un humilde pesebre). Los aldea­nos le llamaban Janícula. Este hombre tenía una hija de muy buen ver que atendía por Griselda.
Pero si tengo que hablar de la belleza de la bondad, enton­ces ella era la más hermosa que alumbra el sol. Como había sido criada en la pobreza, jamás un deseo sensual había man­cillado su corazón; su bebida provenía con mayor frecuencia del pozo que del barril de vino; como amaba la virtud, esta­ba más compenetrada con el trabajo pesado que con la dulce holganza.
Sin embargo, a pesar de su juventud, su pecho virgen al­bergaba una gran firmeza y madurez de espíritu. Cuidaba de su pobre padre, ya entrado en años, con la mayor devoción y cariño. Ella solía hilar junto a su rueca mientras vigilaba cómo sus pocas ovejas pacían en el campo, y solamente hol­gaba cuando dormía.
Al regresar a casa, a menudo traía raíces y otras hierbas que troceaba y hervía para comer; luego hacía su lecho, un duro camastro, en modo alguno blando; y así mantenía vivo a su padre mostrándole toda la devoción y dedicándole todos los cuidados que todo buen hijo da a su progenitor.
El marqués había observado frecuentemente a esta deshe­redada criatura cuando había salido a cazar montado en su cabalgadura. Sin embargo, cuando por casualidad veía a Gri­selda, no era con los luminosos ojos de conquistador que la miraba, sino que, frecuentemente, contemplaba su porte con un semblante serio, apreciando en el fondo de su corazón no solamente su feminidad, sino también su gran bondad, la cual tanto de hecho como por la apariencia sobrepasaba en mucho la de cualquier otra persona tan joven. Aunque la gente co­rriente no percibe muy bien la virtud, por su parte él pudo es­timar sus cualidades en su justa medida. Resolvió para sí que si alguna vez se casaba, la desposaría a ella y sólo a ella.
Llegó el día de la boda, y nadie sabía quién sería la esposa. Muchos se extrañaron de esta excentricidad y decían privada­mente entre sí: «¿No habrá terminado nuestro príncipe toda­vía con sus simplezas? ¿Es que, después de todo, no va a ca­sarse? ¡Ay! La lástima de eso es que ¿por qué nos engaña y se engaña a sí mismo?»
Sin embargo, el marqués había encargado para Griselda unos broches y anillos con gemas montadas en oro y lapislá­zuli. Incluso había ordenado confeccionar un vestido a la medida de ella, cuya talla se había tomado de una muchacha de su misma envergadura; asimismo había encargado todos los demás accesorios que corresponden a una boda de tal im­portancia.
La mañana del día de la boda se acercaba, y todo el pala­cio estaba engalanado, el salón del banquete y los aposentos privados, cada uno en el estilo conveniente, mientras que las cocinas y las despensas estaban llenas a rebosar con las más deliciosas viandas que se pueden encontrar a lo largo y an­cho de Italia.
Suntuosamente vestido, acompañado por señores y da­mas a los que había invitado a la boda, por los jóvenes caba­lleros de su séquito y precedido por sonoros acordes musicales, el marqués real tomó el camino más corto hacia el pue­blo del que he hablado antes. Griselda (el Cielo sabe que estaba muy lejos de pensar que toda aquella pompa fuese por su causa) se había ido al pozo en busca de agua. Regre­saba a casa presurosamente, pues había llegado hasta sus oí­dos que el marqués pensaba casarse aquel día y esperaba poder ver algo de aquel espectáculo. «Me pondré en el por­tal de nuestra casa con otras chicas amigas mías, y así podré ver a la marquesa -pensó ella-; procuraré terminar el tra­bajo que tengo en casa lo antes posible, y así me quedará tiempo para verla si es que ella toma este camino para diri­girse al castillo.»
En el mismo momento que cruzaba la puerta, llegó el marqués y la llamó. Ella, al instante dejó el cubo del agua en el suelo de su establo para bueyes que estaba cerca del um­bral de la citada puerta, cayó de rodillas y allí se quedó en esa posición con el rostro solemne, esperando, callada, a que el príncipe dijese lo que deseaba; con el semblante pensativo, el marqués se dirigió a la muchacha y le habló en un tono de suma gravedad:
-¿Dónde está vuestro padre, Griselda? -preguntó. -Está aquí y dispuesto -replicó ella de forma humilde y reverente.
Sin perder un instante, se encaminó a buscar a su padre en el interior de la casa para llevarlo ante el marqués. Éste tomó al anciano de la mano y, llevándoselo aparte, le dijo:
Janícula, no debo, no puedo ocultar por más tiempo el deseo más ferviente de mi corazón. Si me lo concedéis, ocu­rra lo que ocurra, antes de marcharme me llevaré a vuestra hija para que sea mi mujer hasta que la muerte nos separe. Estoy completamente seguro de vuestra lealtad, ya que nacis­teis fiel vasallo mío, y doy por sentado que aquello que a mí me complazca os complacerá a vos igualmente. Así, pues, dadme una clara respuesta a la propuesta que os acabo de ha­cer: ¿me aceptáis como vuestro yerno?
Desconcertado y sorprendido por esta repentina oferta, el anciano enrojeció y se quedó allí de pie temblando de pies a cabeza, con lo que apenas si le quedó voz para musitar:
-Señor, vuestros deseos son mis deseos. Jamás me inter­pondría en vuestro camino; vos sois mi amado príncipe: dis­poned este asunto exactamente como queráis.
El marqués repuso suavemente:
-Sin embargo, querría que vos y Griselda charlaseis priva­damente en vuestro aposento por la razón siguiente: quiero preguntarle a ella si está dispuesta a ser mi esposa y someter­se a mis deseos; y quiero que esto ocurra en presencia vues­tra, pues no quiero decir nada que vos no oigáis.
Mientras ellos se hallaban en el aposento poniéndose de acuerdo (ya os lo contaré luego), la gente que se hallaba fue­ra se apretujó alrededor de la casa maravillándose de la forma atenta y digna de elogio con que ella cuidaba a su querido padre. Pero Griselda, no habiendo visto antes nada parecido, quizá estaba más asombrada que ellos -estaba sin habla, lo que no es de extrañar, al tener a un visitante tan importante en aquel lugar. Su cara había perdido todo su color. Ella no estaba acostumbrada a tales visitantes. Pero para proseguir la historia, esto es lo que el marqués dijo a aquella amable mu­chacha de buen corazón:
-Griselda, debéis entender claramente que tanto a vues­tro padre como a mí nos resulta satisfactorio que yo me case con vos; supongo que estáis también bien dispuesta a ello. Pero, no obstante, debo formularos estas preguntas, ya que todo debe hacerse con tanta premura: ¿consentís, o bien os gustaría pensarlo bien? Os pregunto si estáis preparada a complacer todos mis deseos sin dilación; que yo tenga libertad de hacer lo que me parezca mejor, tanto si esto os pro­porciona placer o dolor; que vos nunca murmuréis o protes­téis; que cuando yo diga «sí», vos no digáis «no», ni de pala­bra o frunciendo el ceño. Jurad esto y yo os juraré nuestra alianza, aquí y ahora.
-Señor -replicó ella perpleja por estas palabras y tem­blando de respeto-, no soy digna no merezco el honor que me ofrecéis; cualquier deseo vuestro es también el mío. Y aquí mismo juro que nunca, voluntariamente, os desobedeceré ni con los hechos ni de palabra, aunque ello me cueste la vida y no tengo el menor deseo de morir.
-¡Griselda mía! Con esto basta -dijo él.
Con el semblante grave caminó hacia la puerta seguido de Griselda. Entonces se dirigió al pueblo:
-Esta que está aquí a mi lado es mi esposa. Pido que todo aquel que me ame, la ame y honre también a ella. Esto es todo lo que tengo que decir.
Y para que ella no llevase al palacio nada de su anterior atavío ordenó a las mujeres que allí mismo la desnudasen. Las damas no estaban lo que se dice complacidas de tener que tocar las ropas que ella portaba. Sin embargo, vistieron a la doncella de blanca piel con los nuevos ropajes de pies a ca­beza, peinando sus cabellos desgreñados y en desorden, colo­cando una guimalda sobre su cabeza con sus delicados dedos y cubriéndola con toda suerte de joyas. Pero ¿por qué efectuar el relato de sus adornos? Cuando ella estuvo transformada por toda esta magnificencia, la gente apenas si podía recono­cerla, debido a su deslumbrante belleza.
El marqués se desposó con ella con un anillo traído a ese fin. Entonces la puso sobre un caballo blanco como la nieve de lento caminar y, sin más dilación, la escoltó hasta su pala­cio. Alegres multitudes salieron para aclamarla y conducirla allí; luego pasaron el resto del día en pleno jolgorio hasta la puesta del sol.
Para acelerar el relato diré que Dios favoreció a la nueva marquesa con su gracia de tal modo que parecía imposible que pudiese haber nacido y se pudiese haber criado rústicamente en alguna casucha o establo de bueyes, sino que más bien parecía haber sido educada en el palacio de su empera­dor. Ella llegó a ser tan amada y respetada por todos, que la gente de su aldea natal, que la habían conocido desde que nació, dificilmente hubieran creído -si no lo hubiesen sabi­do- que era la hija de aquel Janícula de que os hablé antes, ya que parecía una criatura totalmente distinta.
Pues aunque había sido siempre virtuosa, las cualidades de su mente, buenas por naturaleza, establecidas como estaban en el más caritativo de los corazones, pronto alcanzaron la cúspide de la perfección. Era siempre tan discreta y amable, su elocuencia tan encantadora y ella misma inspiraba tal res­peto, que pudo ganarse los corazones de todo el mundo; to­dos los que llegaron a ver su rostro, la amaron. Su bondad adquirió renombre no sólo de la ciudad de Saluzzo, sino también en las comarcas circundantes, pues siempre que ha­bía uno que hablaba bien de ella, otro lo confirmaba. Y así la fama de su maravillosa bondad se extendió hasta que lle­gó un momento que hombres y mujeres, jóvenes y viejos, viajaban a Saluzzo simplemente para verla.
De este modo se casó Walter, aunque humildemente -o más bien espléndidamente-, y tuvo un matrimonio hono­rable y lleno de buenos auspicios. Vivió cómodamente en su casa con la paz de Dios rodeándole y su fama fue grande en­tre la gente. Y debido a que él se había dado cuenta de que la virtud se aloja frecuentemente en los de condición humil­de, la gente le tuvo por persona de gran sabiduría, que, por cierto, no abunda.
No solamente valía Griselda para todas las artes domésti­cas, sino que cuando la circunstancia lo requería, sabía pro­curar el bien general. En todo el país no hubo pelea, rencor y ofensa que ella con su sabiduría no pudiese apaciguar. Tan­to si eran los nobles como si eran otros del país los que esta­ban enemistados, ella sabía reconciliarlos, incluso cuando su esposo se hallaba ausente. Sus dichos eran tan sabios y bien pensados, sus juicios tan equitativos, que la gente creía que había sido enviada por el Cielo para salvarles y deshacer to­dos los entuertos.
No mucho después del matrimonio de Griselda, ésta dio a luz a una niña. Ella hubiese preferido un hijo varón; no obs­tante, el marqués y el pueblo estuvieron encantados, pues la llegada de una hija en primer lugar demostraba que no era es­téril, por lo que existía toda probabilidad de tener un hijo varón.

ACABA AQUÍ LA SEGUNDA PARTE Y EMPIEZA LA TERCERA

Mientras la niña era todavía amamantada sucedió (como ocurre algunas veces) que el marqués sintió deseos de com­probar la constancia de su mujer. No podía librarse de este extraordinario deseo de probar a su esposa. Dios sabe que no había tal necesidad de ponerla en este brete, pues la había probado antes con bastante frecuencia y siempre la había encontrado pura; por lo que ¿qué necesidad había de someter­la a prueba una y otra vez? Algunos pueden aplaudir el ges­to por lo astuto. Por mi parte diré que no está nada bien que un hombre someta a su mujer a prueba y a angustias y temo­res innecesarios.
Así es cómo actuó el marqués. Una noche fue solo, con el semblante grave y el ceño fruncido, al aposento en que ella estaba y dijo:
-¡Griselda! Supongo que no habréis olvidado el día en que os rescaté de la pobreza y os llevé a vuestra alta posición actual. Solamente digo, Griselda, que no creo que la dignidad actual en la que os he colocado os haga olvidar el hecho de que os encontré en una condición misérrima. ¿Qué felici­dad podíais haber buscado? Ahora fijaos bien en cada pala­bra que diga: no hay nadie que pueda oírnos excepto noso­tros dos. Vos misma sabéis perfectamente bien cómo fue que llegasteis a esta casa, no hace mucho tiempo de ello. Ahora bien, aunque os amo y aprecio muchísimo, mis nobles no os ven de igual modo. Ellos dicen que es un escándalo y una des­gracia que os deban lealtad y estén sometidos a vos, una sim­ple pueblerina.
»Y no hay duda alguna de que hablan así, especialmente desde que nació nuestra hija. Yo, como siempre, deseo vivir con ellos en paz y tranquilidad. Dadas las circunstancias, no puedo correr riesgos. Debo librarme de nuestra hija del me­jor modo que pueda (no como yo quisiera, sino como desea mi pueblo). Dios sabe que es algo que va muy en contra de mis deseos. No obstante, no haré nada sin que lo sepáis. Sin embargo, deseo que consintáis en ello. Poned ahora vuestra paciencia a prueba, tal como me jurasteis y prometisteis en vuestro pueblo el día que nos casamos.
Ella escuchó todo esto sin que se produjese la menor alte­ración en su rostro, voz o compostura. Según todas las apa­riencias, no sintió resentimiento alguno, sino que replicó:
-Mi señor, todas las cosas están a vuestra disposición. Mi hija y yo somos completamente vuestras y obedeceremos gustosamente. Lo que es vuestro, podéis conservarlo o distri­buir; haced lo que queráis. Como el Cielo que es mi salva­ción, nada que os complazca puede desagradarme a mí, ni hay nada que desee tener o tema perder más que vos únicamente. Este es y siempre será el deseo de mi corazón. Ni el tiempo ni la muerte podrá borrarlo o desviar mi corazón de vos.
Aunque esta respuesta hizo feliz al marqués, sin embargo lo disimuló, pues, cuando se volvió para salir de la habita­ción, su aspecto y porte eran inexorables.
Poco tiempo después de esto -un poco más tarde tan sólo-, reveló la verdad confidencialmente a un individuo que envió a su mujer. Este hombre de confianza iba en cami­no de ser una especie de asistente que se había revelado fia­ble en asuntos de importancia. Se puede confiar en esta cla­se de individuos para que efectúen los trabajos sucios.
El príncipe se daba perfecta cuenta de que este oficial, al mismo tiempo que le era leal, temía su cólera. En cuanto éste entendió lo que su dueño quería, caminó rápidamente hacia el aposento de Griselda donde entró.
-Señora -dijo él-. Perdonadme si ejecuto lo que es mi deber efectuar. Vos sabéis perfectamente que las órdenes de un príncipe no pueden ser eludidas, por mucho que deban lamentarse o ser deploradas. Pero la gente debe necesaria­mente obedecer sus órdenes, y yo formo parte de esta gente; qué le vamos a hacer: se me ha ordenado que me lleve a esta niña.
Aquí se interrumpió, agarró brutalmente a la criatura e hizo como si fuera a matarla allí mismo. Griselda (que debía soportar todo lo que el marqués desease) permaneció sentada, callada y mansa como un cordero y dejó que el cruel asis­tente hiciese su trabajo.
Siniestra era la mala reputación de aquel hombre, siniestro su rostro, siniestro su hablar y siniestra la hora de su apari­ción. La pobre Griselda creyó que él mataría aquí y allí a la hija a la que amaba tan tiemamente; sin embargo, no lloró ni suspiró, sino que se sometió voluntariamente al deseo del marqués. Al cabo, sin embargo, habló. Humildemente rogó al asistente que tuviese el buen corazón de permitirle que be­sase a su hija antes de que muriese. Su cara estaba llena de pe­sar cuando apretó a la criaturita contra su pecho. La meció en sus brazos y la besó; entonces hizo la señal de la cruz, di­ciendo con su voz dulce:
-Adiós, hija mía; nunca te volveré a ver; pero te he per­signado. Que Nuestro Señor en el Cielo, que murió por no­sotros en la cruz de la madera, te bendiga. Hijita mía, confio tu alma a su cuidado, pues esta noche morirás por causa mía.
Incluso para su nodriza, lo juro, aquel panorama hubiese resultado insoportable; con cuánta mayor razón tenía excusa una madre para llorar. Pero, sin embargo, ella permaneció fir­me e impasible, soportando toda aquella desgracia, y dijo dulcemente al oficial:
-Volved a coger a la doncellita. Ahora id a cumplid la or­den de vuestro señor, pero permitidme que os pida un favor: a menos que vuestro señor os lo haya prohibido, enterrad este pequeño cuerpo en algún lugar en el que los pájaros y los animales salvajes no puedan despedazarlo.
A esta petición el asistente no respondió palabra, sino que recogió a la niña y se marchó.
El asistente volvió a donde estaba su señor y le dio cuenta breve, pero completamente, de todas las palabras y compor­tamiento de Griselda y puso en sus brazos a su amada hijita. El príncipe parecía tener algunos remordimientos; pero, no obstante, persistió en su propósito, como suelen hacer los príncipes cuando quieren salirse con la suya. Pidió a aquel sujeto que se llevase a la niña secretamente, que la envolvie­se con sumo cuidado para que pudiese ser transportada en una caja o bien abrigada, advirtiendo que, a menos que qui­siera morir decapitado, nadie debía conocer lo que se propo­nía, ni de dónde venía ni adónde iba.
Tenía que llevársela a Bolonia, a la casa de la hermana del marqués (que en aquellos tiempos era condesa de Panico), explicarle las circunstancias y pedirle que hiciese todo lo que pudiese para educar a la niña como convenía a su noble con­dición; pero le pedía encarecidamente que bajo ningún concep­to revelase a nadie su identidad.
El oficial se fue y cumplió su cometido. Pero volvamos ahora con el marqués. Éste se hallaba alerta, preguntándose si podría percibir algún cambio en el comportamiento de su esposa hacia él o descubrirlo por alguna palabra de ella. Pero jamás la encontró sino fuera amable e inmutable como siem­pre. Desde todos los puntos de vista, ella seguía estando tan animada y siendo tan sumisa y dispuesta a servirle y amarle como antes. Nunca profirió ella palabra sobre su hijita. La desgracia no la había cambiado en lo más mínimo, ni jamás hizo mención de su nombre bajo circunstancia alguna.

TERMINA LA TERCERA PARTE Y EMPIEZA LA CUARTA

Estando así las cosas pasaron cuatro años y quedó nueva­mente preñada; pero esta vez Dios quiso que pariese un her­moso varón para Walter. Cuando se lo dijo al padre, no sólo él, sino todo el país, se regocijaron con el niño, dando gracias al Señor y alabándole. Pero un día, cuando el niño tenía ya dos años y la nodriza le había destetado ya, el marqués tuvo el capricho de probar a su esposa todavía más si era posible. Sin embargo, ¡qué inútil ponerla a prueba otra vez! Pero es que los hombres casados no conocen límite cuando encuen­tran a una mujer paciente.
-Mi querida esposa -dijo el marqués-. Como ya sa­béis, mi pueblo ha tomado muy mal nuestro matrimonio, y ahora, especialmente desde que nació nuestro hijo, peor que nunca. Sus murmuraciones taladran mi corazón; tan crueles son los rumores que me llegan a los oídos, que mi espíritu está casi quebrantado. Ahora andan diciendo esto: «Cuando Walter se vaya, la familia de Janícula tendrá que sucederle y convertirse en nuestra dueña, no tenemos otra elección.» No cabe duda de que esto es lo que se dice por ahí, y yo tengo que tener en cuenta las murmuraciones de esta clase, pues aunque no lo dicen claramente ante mí, realmente tales ideas me asustan. Querría vivir en paz, si me dejan, y, por consiguiente, estoy dispuesto a librarme de mi hijo en secreto, de igual modo como me libré de su hermana aquella noche. Os lo advierto para que no os pongáis fuera de vos repentina­mente por la pena. Tened paciencia en esto, os lo pido enca­recidamente.
-He dicho y siempre diré -replicó ella- que, en ver­dad, no deseo nada sino complaceros a vos; no siento pena en absoluto, aunque maten a mi hija y a mi hijo (por orden vuestra, claro). No he tenido otra participación en mis dos hijos que primero el embarazo y luego la pena. Vos sois nues­tro dueño; haced lo que queráis con lo que es vuestro; no me pidáis consejo, pues del mismo modo que dejé todas mis ro­pas en casa cuando vine hacia vos por primera vez, del mis­mo modo dejé mi voluntad y mi libertad allí y acepté vues­tros atavíos. Por consiguiente, os pido que hagáis lo que de­seéis, y yo obedeceré en lo que os plazca. Por cierto, que si yo pudiese anticiparme a vuestros deseos y los supiese antes de que me dijeseis cuál es vuestro capricho, no dejaría de eje­cutarlo. Pero ahora que sé lo que queréis y lo que deseáis que se cumpla, seré constante y firme en todo lo que queréis. Y si supiese que mi muerte os tenía que dar tranquilidad, enton­ces, para complaceros, gustosamente moriría. La muerte no es nada en comparación con nuestro amor.
Al darse cuenta de la constancia de su esposa, el marqués sintió verguenza y bajó los ojos. Quedó pasmado de lo que ella podía aguantar con tanta entereza. Entonces se fue, con una resuelta expresión en el rostro, aunque en su fuero inter­no estallaba de felicidad.
Su temible secuaz se llevó a su hermoso hijito de la misma forma en que se había apoderado de su hija, o incluso con mayor crueldad si cabe. Sin embargo, ella no mostró señal de pena -tanta era su paciencia-, pero besó también a su hijo y lo persignó, pidiendo únicamente a aquel sujeto que, si po­día, lo enterrase en la tierra para preservar a sus tiernas y de­licadas extremidades de las aves y de las bestias de presa. Pero no obtuvo respuesta de ninguna clase. El hombre se marchó como si aquello no significase nada para él; pero llevó con todo cuidado al niño a Bolonia.
Cuanto más pensaba sobre el asunto, más se maravillaba el marqués por su paciencia y, si no hubiese estado seguro de cuánto amaba a sus hijos, hubiese sospechado de que ella pa­saba por todo aquello por astucia, malicia o dureza de cora­zón. Pero sabía perfectamente que, después de él, a quienes ella amaba más era a sus hijos.
Ahora preguntaré a las damas presentes si no consideran que todas estas pruebas no eran ya suficientes. ¿Qué más po­dría idear este implacable marido para comprobar la fidelidad y constancia hacia alguien tan inexorable como él? Pero hay un tipo de personas que una vez han decidido tomar de­terminada senda, no pueden ya resistir, sino que se atienen a su propósito primitivo, como un mártir atado a la estaca del suplicio. Tal era el caso del marqués, que persistía en poner a su mujer a prueba según su propósito inicial.
Estaba siempre atento a cualquier palabra o gesto que de­latase que ella había cambiado algo con respecto a él. Pero no pudo detectar variación alguna: continuó con el mismo talante y comportamiento de siempre; incluso, con los años, se volvió, si fuera posible, todavía más fiel y devota si cabe.
Al final pareció como si entre los dos hubiese una única voluntad, pues fuese lo que fuese el deseo de Walter, se con­vertía también en el de ella, hasta que, gracias al Cielo, todo llegó a su fin. Ella demostró cómo, a pesar de todas las tribu­laciones, una esposa no debe tener otros deseos propios que los de su esposo.
Ahora bien, corrían historias escandalosas acerca de Wal­ter por todas partes: que si por haberse casado con una po­bre, en la crueldad de su corazón había mandado perversa y secretamente asesinar a sus dos hijos. Tal era el hablar de las gentes. Y no es de extrañar, pues no llegó ninguna palabra a los oídos del pueblo de que no hubiesen sido asesinados.
Por ello, sucedió que si hasta entonces había sido amado mucho por su pueblo, el oprobio de su mala fama hizo que llegasen a odiarle. No obstante, él no cejó en sus crueles propósitos por ningún motivo. Su mente estaba totalmente ocu­pada en seguir poniendo a prueba a su mujer.
Cuando su hija cumplió doce años de edad, envió su men­sajero a la corte de Roma (a la que astutamente había mante­nido informada de sus intenciones) y les dio instrucciones para que falsificasen los documentos que fuesen necesarios para su inhumano proyecto. Dichos documentos debían de­cir que el Papa, para calmar la opinión de su pueblo, le pedía que, si quería, se casase nuevamente. Realmente llegó a soli­citarles que falsificasen bulas papales que dijesen que tenía permiso, por dispensa pontificia, de repudiar a su primera mujer, para que la disensión y mala voluntad entre él y su pueblo desapareciesen. Así decía la bula, que se publicó en su totalidad.
Como era de esperar, la gente se lo creyó a pies juntillas. Pero cuando la noticia llegó a Griselda, tengo entendido que su corazón se llenó de pena. Sin embargo, con la firmeza acostumbrada, ella resolvió -¡pobre infeliz!- soportar las adversidades de la fortuna, siempre procurando el placer de aquel al que había entregado alma y corazón, como su ver­dadero solaz terrenal.
Para no alargar la historia, diré que el marqués escribió una carta especial para llevar a cabo sus planes y la envió se­cretamente a Bolonia. Solicitó formalmente al conde de Panago (que se había casado con su hermana) para que, públi­camente, trajese a casa a sus dos hijos con una escolta de ho­nor. Una cosa exigió escrupulosamente, y fue que si se le preguntaba al conde de quién eran aquellos hijos no lo dije­se a nadie, pero que, en cambio, divulgase que la niña iba a desposarse con el marqués de Saluzzo.
El conde cumplió lo que le pidió, y el día previsto se puso en marcha, camino de Saluzzo, con un gran séquito de nobles bien pertrechados para dar escolta a la doncella y a su joven hermano, que cabalgaba a su lado. La muchacha en ciernes iba ataviada para la boda y cubierta de deslum­brantes joyas, mientras que su hermanito, de siete años, iba brillantemente vestido a su propio estilo. Así cabalgaron día a día camino de Saluzzo en medio de gran suntuosidad y regocijo.
Entretanto, el marqués, para poder estar absolutamente convencido de que seguía siendo tan constante como siem­pre, buscó el modo de hacer sufrir la máxima prueba a su es­posa con su acostumbrada crueldad. Un día, durante una au­diencia pública, se dirigió a ella en voz alta:
-Realmente, Griselda, ha sido bastante agradable tenerte por esposa, más por vuestra fidelidad y obediencia que por vuestra riqueza y linaje. Pero cuando pienso en ello, cada vez me convenzo más de que cuanto más elevada es la posición de uno, tanto mayor es su sujeción al servicio. Un labrador tiene más libertad en darse gusto que yo mismo, pues mi pueblo me fuerza con su diario clamor a que tome otra espo­sa. Y además debo deciros que el Papa ha otorgado su con­sentimiento para ello con el fin de impedir que hubiera di­sensiones y mala voluntad entre el pueblo. Por cierto que os diré esto: mi nueva esposa está en camino hacia aquí. Prepa­raos para dejar este lugar sin dilación. En cuanto a la dote que vos me trajisteis, como favor especial os permitiré que os la llevéis con vos. Volved a la casa de vuestro padre. Nadie puede tener suerte siempre. Seguid mi consejo y soportad los embates de la fortuna con ecuanimidad.
Le respondió ella, sin embargo, con fortaleza:
-Señor, supe y siempre he sabido que nadie puede en modo alguno comparar vuestro esplendor con mi pobreza. Esto es innegable. Nunca me consideré digna de ser vuestra esposa en modo alguno. No, ni tan sólo vuestra doncella de cámara. Y en esta casa de la que me hicisteis dueña pongo a Dios por testigo (que Él dé consuelo a mi espíritu) que nunca pensé que era la señora sino la humilde criada de vuestra señoría, por encima de todas las demás criaturas terrenales, y lo seguiré siendo mientras dure mi vida. Os doy gracias a vos y al Cielo, al que rezo que os recompense, por el tiempo que me habéis honrado con vuestra generosidad y me habéis exaltado hasta un puesto del que no soy digna. No diré nada más. Volveré a mi padre gustosamente y viviré con él por el resto de mi vida. Y allí donde me crié de niña, viviré y moriré como viuda, limpia de cuerpo y de alma y de todas las co­sas. Pues como os entregué mi virginidad y soy, sin duda, vuestra fiel esposa, Dios impida que la esposa de un príncipe tan grande tome como esposo o compañero a otro hombre.
»En cuanto a vuestra nueva esposa, que Dios en su gracia os conceda alegría y prosperidad, pues gustosamente le cede­ré mi sitio en el que he sido tan feliz. Ahora, mi señor, ya que os place que yo, cuyo corazón estuvo en vos, me vaya, iré a donde gustéis.
»En cuanto a vuestra oferta de devolverme la dote que yo aporté, estoy lejos de olvidar cuál fue; nada espléndido: sola­mente mis pobres harapos; sería dificil para mí el encontrar­los ahora. ¡Oh, Dios bendito! ¡Cuán noble y amable me pa­recisteis en aspecto y palabra el día en que nos casamos! Sin embargo, se dice y es verdad -al menos yo en mi caso así lo creo, puesto que ha resultado cierto- que «el amor cambia cuando envejece». Pero os aseguro, mi señor, que ni las pena­lidades ni la muerte harán que me arrepienta de palabra o de obra de haberos dado todo mi corazón.
»Mi señor, vos sabéis que me despojasteis de mis misera­bles harapos en la casa de mi padre y que, generosamente, me vestisteis con ropas magníficas. Es evidente que lo único que os traje fue mi fidelidad, mi desnudez y mi virginidad. Aquí, pues, hoy os devuelvo mis ropas y también mi anillo de boda, para siempre más. Os puedo asegurar que el resto de vuestras joyas están en vuestro aposento. Desnuda llegué de casa de mi padre y desnuda debo regresar a ella. Gustosa­mente me someteré a todos vuestros deseos, pero espero que no tengáis intención de que salga de vuestro palacio total­mente en cueros.
»Vos no podéis permitir una cosa tan deshonrosa como que el vientre que guardó vuestros hijos quede al natural y a la vista de todos y de todo el pueblo cuando me vaya. Os ruego encarecidamente que no me hagáis caminar despojada como un gusano por el camino. Mi amado señor, recordad que fui vuestra esposa, aunque indigna, y que, por consi­guiente, la doncellez que os traje y que ahora no puedo lle­var me autorice a que me concedáis volver con un sayo como el que solía llevar, con el que ocultar el vientre de la que una vez fue vuestra esposa. Y para que no os enojéis, mi señor, aquí me despido de vos.
-Guardad el sayo que lleváis -dijo él- y lleváoslo con vos.
Sin embargo, a él le costó pronunciar estas palabras por piedad y remordimiento, pero le volvió la espalda. Ella se despojó allí mismo delante del pueblo y partió con su sayo hacia la casa de su padre, con la cabeza desnuda y con los pies descalzos. El pueblo la siguió llorando, y mientras cami­naban maldecían a la diosa Fortuna; pero ella mantuvo a sus ojos secos de lágrimas y en todo el trecho no profirió ni una sola palabra.
Su padre pronto se enteró de la noticia. Maldijo el día y la hora en que nació. Sin duda este pobre anciano siempre ha­bía sentido cierta aprensión sobre el casamiento de su hija. Desde el mismo principio sospechó que una vez que el prín­cipe hubiese satisfecho su apetito sexual, sentiría haber des­prestigiado su rango por haber elegido tan bajo, y que enton­ces se libraría de ella lo antes posible.
El clamor de la gente le anunció su proximidad y se apre­suró a salir al encuentro de su hija. Llorando amargamente la cubrió con su viejo abrigo como mejor supo, pero no pudo envolverla porque la tela era corta y muchísimo más vieja y desgastada de lo que ya estaba el día de la boda.
Así, pues, esta flor de esposa paciente residió algún tiem­po con su padre. Nunca demostró ni con la palabra ni con la mirada, ni en público ni en privado, que se le hubiese causa­do daño alguno; su rostro no delataba tampoco en lo más mínimo que recordase o echase de menos su elevada posi­ción perdida. Tampoco esto podía maravillar o sorprender a nadie, pues cuando era marquesa siempre se había distingui­do por una actitud carente de pretensiones. No sentía espe­cial predilección por los manjares delicados ni tenía un espí­ritu amante de los placeres; al contrario, estaba llena de ama­bilidad paciente, era discreta, sin pretensiones, siempre honorable y, con respecto a su esposo, constante y sumisa. La gente habla de Job y, muy especialmente, de su humildad; cuando les entra en gana, los eruditos suelen ser bastante elo­cuentes al respecto -particularmente de la humildad en los hombres-, pero aunque aquéllos dedican pocos elogios a la mujer, la verdad es que ningún hombre jamás llega a ser ni la mitad de humilde y fiel que una mujer; y si no es así, ahora me entero.
Cuando el conde de Panago llegó a Bolonia, la noticia se extendió por todas partes. También llegó a oídos de todo el mundo el que había traído consigo a una nueva marquesa con tal pompa y esplendor, que por toda la Lombardía occi­dental ningún ser humano había contemplado jamás un es­pectáculo de mayor magnificencia.
Antes de la llegada del conde, el marqués (que sabía de ella, pues era el que lo había planeado todo) envió unos mensajeros para que le trajesen a la pobre e inocente Grisel­da; y ella, con el corazón sumiso y el rostro feliz, aunque no anidasen grandes esperanzas en su pecho, acudió [presta­mente] a su requerimiento. Se arrodilló ante él y le saludó respetuosamente.
-Griselda -dijo él-, estoy completamente decidido a que esta muchacha con la que voy a contraer matrimonio sea recibida mañana en mi casa como si fuese una reina, y que todo el mundo esté situado y servido de acuerdo a su rango y agasajado con todos los honores que pueda darle. Natural­mente, no dispongo de ninguna mujer capaz de ordenar y disponer las habitaciones como yo quisiera; por ello estaría muy contento si os pudieseis cuidar de ello. Además, estáis familiarizada con todos mis gustos. No os importe el que vuestros vestidos sean andrajosos y feos: la cuestión es que cumpláis con vuestra tarea de la mejor manera posible.
-Mi señor -respondió ella-, no solamente soy feliz de poder hacer lo que deseáis, sino que es también mi deseo ser­viros y complaceros lo mejor que sepa desde mi humilde puesto, hasta que me caiga rendida; y siempre será así. Pues nunca, en el bienestar o en la aflicción, el alma que se aloja en mi pecho os dejará de amar con la mayor y más verdade­ra lealtad.
Y, después de decir esto, empezó a poner orden en la casa, preparando las mesas y haciendo las camas. No ahorró es­fuerzos, conminando a las camareras que, por amor de Dios, se apresuraran, barriesen y fregasen, mientras que ella, más ocupada que nadie, preparaba el salón del banquete y los aposentos privados.
El conde llegó a media mañana trayendo a los dos nobles niños con él. La gente salió corriendo a ver el costoso espec­táculo; y ahora, por primera vez, empezaron a comentar unos con otros que Walter no era ningún tonto. Si quería cambiar de esposa, todavía salía ganando, pues la vieron mu­cho más bella que Griselda y mucho más joven; el fruto del matrimonio resultaría mejor, y, debido a la alta cuna de la nueva desposada, más aceptable que la otra. Y había que ver la cara tan hermosa que también tenía su hermanito. Ambos cayeron bien a la multitud, y todos alabaron ahora la con­ducta del marqués.
«¡Qué inconstante es la gente! Siempre veleidosa, siempre infiel, inconstante y variable como una veleta; siempre rego­cijándose con los últimos rumores. Continuamente crecien­do y menguando y siempre llena de chismes y habladurías que no valen ni un ochavo. Se equivoca en sus juicios, y su constancia no resiste el menor embate. El que confie en la gente, en el pueblo, es un idiota a carta cabal.»
Tales eran los comentarios de los ciudadanos más juicio­sos mientras la multitud lo miraba todo boquiabierta, feliz de tener una nueva marquesa por la simple novedad que ello constituía.
No diré nada más sobre eso, sino que pasaré a hablar nue­vamente de Griselda y de su paciencia y laboriosidad. Griselda se ocupó incansable de todo lo que se refería a la fiesta de la boda. Sin que le afectase en lo más mínimo lo grosero y andrajoso de su vestido, salió alegre a la puerta con los demás a saludar a la nueva marquesa, después de lo cual volvió a sus quehaceres. Recibió a los invitados con tal ani­mosa aptitud, cada uno de acuerdo con su rango, que éstos, lejos de encontrar defectos a su recepción, se preguntaban maravillados cómo una mujer tan pobremente vestida podía ser tan cortés y cumplidora. Todos elogiaron merecidamente su tacto.
Entretanto, ella nunca cesaba en sus sinceras alabanzas a la muchacha y a su hermano, que le salían de su corazón rebo­sante de amabilidad y espontaneidad. Nadie pudo haberles alabado más. Pero al fin, cuando los nobles entraron para ocu­par su sitio en el festín, el marqués mandó venir a Griselda, que estaba atareada en el salón. Con tono zumbón preguntó a Griselda:
-¿Qué opinas de la belleza de mi esposa?
-La encuentro muy bella, señor -replicó ella-. Creed­me, jamás vi muchacha más hermosa. ¡Qué Dios le conceda felicidad! Espero que Él os envíe felicidad a ambos por el res­to de vuestras vidas. Una sola cosa os pido -permitidme que os lo advierta-: no hagáis con esta dulce muchacha lo que habéis hecho con otras: repudiarlas. Ella ha sido criada y educada con mayor delicadeza, y no creo que pudiese sopor­tar las penalidades tan bien como otra que hubiese sido cria­da en la pobreza.
Cuando Walter vio ahora su paciencia, su animosa com­postura que no contenía ni un ápice de malicia, sin dejar de ser siempre firme como un valladar y carente de resentimien­tos a pesar de la frecuencia con que él la había atormentado, el obstinado marqués sintió compasión en su corazón por la inquebrantable constancia de su esposa y exclamó:
-¡Queridísima Griselda! Con esto ya tengo suficiente. No temas ni sufras más. He puesto a prueba vuestra fidelidad y la bondad de vuestro corazón, tanto en la riqueza como en la pobreza, hasta donde jamás mujer alguna fue probada. Amadísima esposa, estoy seguro de vuestra constancia.
Luego, tomándola entre sus brazos, la besó. Ella estaba tan sorprendida que no se dio cuenta ni entendió lo que se le de­cía; era como si, de repente, la hubiesen arrancado del sueño. Pero, al final, volvió en sí de su estupefacción.
-Griselda -dijo él-, por Jesucristo que murió por noso­tros, vos sois mi esposa. No tengo otra espesa ni jamás ten­dré otra. Tan cierto como que Dios salvará mi alma. Esta es vuestra hija, esa cine habéis pensado que era mi nueva espo­sa; y este muchacho será seguramente mi heredero, como siempre he querido que lo fuera. El es realmente el hijo de vuestras entrañas. Les tuve escondidos en Bolonia; recupe­radlos, pues ahora no podréis decir que habéis perdido a nin­guno de vuestros dos hijos.
»En cuanto a esta gente que pueda decir que obré por ma­licia o por crueldad, que tomen buena nota de que lo hice para probar la fidelidad de una esposa. ¿Cómo podía Dios permitir que matase a mis propios hijos? Mi intención fue te­nerlos escondidos hasta que estuviese seguro de vuestra reso­lución y fuerza de voluntad.
Cuando ella oyó esto cayó al suelo desmayada, con el co­razón destrozado de alegría. Cuando se recobró llamó a sus dos hijos para que se le acercasen y los estrechó entre sus bra­zos, llorando patéticamente y besándolos tiernamente como cualquier madre, su rostro y sus cabellos bañados en saladas lágrimas. ¡Qué emocionante resultó verla desvanecerse y oír­le decir con débil voz!:
-Mil veces gracias, mi señor, por haber salvado a mis dos hijos. No me importa ya morirme aquí y ahora, con tal que me améis y tenga vuestro favor. ¿Qué importa ya la muerte o que mi alma me abandone? ¡Oh, hijos míos! ¡Oh, hijitos de mi alma! Vuestra apenada madre siempre pensó que habíais sido devorados por crueles perros o por bestias horribles, pero Dios en su bondad y vuestro buen padre os han conser­vado sanos y salvos.
De repente, y en aquel mismo instante, resbaló hasta el suelo abrazada tan fuertemente a sus dos hijos, que costó grandes esfuerzos rescatarlos de su primer abrazo. Las lágri­mas se deslizaban por los rostros contritos de los presentes, que apenas si resistían seguir en aquel aposento.
Walter la consoló hasta que su profundísima pena remitió. Cuando se recuperó de su desmayo, ella sintió verguenza; pero todo el mundo la mimó hasta que recobró su compostura.
Entonces, Walter la trató con cariñosa solicitud hasta que daba gozo ver la felicidad que reinaba entre ambos, ahora que estaban juntos nuevamente. Cuando las damas tuvieron ocasión la llevaron a su aposento y la despojaron de sus bas­tas ropas y la vistieron con una resplandeciente túnica dora­da y le colocaron sobre la cabeza una corona en la que había montadas varias piedras preciosas. Luego la condujeron has­ta el salón del banquete, donde le rindieron los debidos ho­nores. Y así terminó felizmente este día conmovedor, pues todos los presentes, hombres y mujeres, lo celebraron en grande y pasaron toda la jornada con alegría y regocijo hasta que las estrellas empezaron a brillar en el firmamento. A to­dos los presentes les pareció que este banquete era más sun­tuoso y magnífico que las celebraciones de los esponsales.
Ambos vivieron prósperamente en paz y armonía duran­te largos años. Su hija contrajo unas buenas nupcias, pues se casó con uno de los príncipes más nobles de toda Italia. Walter mandó que el padre de su esposa viniese a vivir con ellos en la corte en pacífico retiro, hasta que su alma aban­donó su cuerpo terrenal. Cuando a Walter le llegó la hora, su hijo le sucedió en paz y tranquilidad. También tuvo suer­te en su matrimonio, aunque no hizo sufrir ninguna prueba severa a su esposa. El mundo no es tan duro como antes. Esto es cierto.
Ahora escuchad lo que el Petrarca tiene que decir al res­pecto:
«Este cuento no ha sido contado para que las esposas imi­ten la mansedumbre de Griselda; sería más de lo que podrían soportar aunque quisiesen. Debe servir más bien para que to­dos, sea cual sea su condición, permanezcan tan constantes como Griselda en la adversidad.»
Esa es la razón por la que el Petrarca contó este cuento, que compuso en el más elevado de los estilos. Pues si una mujer fuese tan paciente hacia un simple mortal, con cuánta mayor razón deberíamos aceptar sin una queja todo lo que Dios nos envía. Resulta completamente razonable que Él ponga a prueba a todos los que Él mismo ha creado. Sin em­bargo, como dice Santiago en su Epístola, nunca probará has­ta tal extremo a los que Él ha redimido. Sin duda está siem­pre probándonos. Por nuestro propio bien siempre permite que seamos atormentados de diversas formas por el cruel lá­tigo de la adversidad, no porque quiera estar seguro de nues­tra fuerza de voluntad, pues está plenamente enterado de to­das nuestras debilidades desde antes de nuestro nacimiento. Lo que dispone siempre es para nuestro bien. Entonces, viva­mos en la virtud y en la fortaleza. Pero, antes de que me vaya, permitidme, señores, que diga unas palabras. Actualmente sería dificil encontrar tres Griseldas, o incluso sólo dos, en toda la ciudad. El oro que ellas representan está actualmente adulterado con latón, que si actualmente se pusiera a prueba el metal de la moneda (aunque parece ser buena), con más probabilidad se rompería en dos pedazos antes que si se do­blase.
Así que, en honor de la Comadre de Bath (quiera Dios mantenerla a ella y a todo su sexo en el puesto de mando o las cosas irían demasiado mal), les cantaré una canción que espero les anime, pues me siento en forma. Descansemos pues de [hablar de] los asuntos serios. Ahora escuchad mi canción. Ahí va:

EPÍLOGO DE CHAUCER

Griselda murió, también su paciencia.
están más muertos que un clavo de ataúd;
advierto a todos los maridos en audiencia
que no asalten en alud
de sus mujeres la paciencia, esperando encontrar
una Griselda; de seguro que quebrantan su testuz.
Vosotras, esposas de alta cuna, famosas por la prudencia.
Si dejaseis que la humildad clavara
vuestras lenguas, o bien a los estudiosos evidencia
dieseis, para que aquí os contara
un cuento más increíble que el de Griselda, de presencia tan cara.
¡Vigilad que Chichevache no fuese y os devorara!

Imitad a Eco, cuya propia voz no silencia,
su actitud es de antífona;
no os volváis insensatos de tanta inocencia.
Poned los pies al suelo, tomad el control
y fijad esta lección en vuestra conciencia;
bien general para todos brillará como el sol.

Vosotras, superesposas, alzaos en propia defensa.
Cada una es grande y fuerte como un camello.
¿Cómo permitís que un hombre os haga ofensa?
Y vosotras, esposas menores, aunque flojas en batalla,
sed feroces como tigres o diablos.
La brama fuerte, como el viento en los molinos, no falla.

¿Por qué debéis temer, o hacerles reverencia?
Pues si vuestro marido se cubre de malla,
las cortantes flechas de vuestra elocuencia
traspasarán su pectoral coraza y su dura pantalla.
Seguid mi consejo, sed celosas; no perdáis las agallas,
y le acobardará vuestra presencia.

Si sois bellas y hermosas, cuando otros estén presentes,
mostrad vuestras galas y belleza.
Si fueseis feas, utilizad la largueza
para ganar amigos y estar en su mente.
Sed alegres y ligeras como el viento de Oriente,
y dejad para él que se queje, preocupe, llore y lamente.

AQUÍ TERMINA EL CUENTO DEL ERUDITO

3. PRÓLOGO DEL MERCADER

Esto de llorar, quejarme, lamentarme y tener molestias de día y de noche es algo que conozco muy bien, como lo saben otros muchos hombres casados -dijo el mercader-, o, por lo menos, así lo creo, ya que es lo que me ocurre; lo sé muy bien. Tengo una esposa, la peor que po­dáis imaginar; si estuviese casada con el diablo, podría jurar­lo: le superaría.
»Pero ¿de qué sirve daros ejemplos de su terrible genio?; ella es una arpía completa. Existe una gran y profunda dife­rencia entre la gran paciencia de Griselda y el rencor y los de­seos de venganza que anidan en mi mujer. ¡Y un cuerno vol­vería yo a caer en la trampa si ahora fuese libre! Nosotros, los hombres casados, vivimos siempre angustiados y afligidos. ¡Probadlo si no, y veréis que os digo la verdad, por Santo To­más de la India!.
»Este mal es de la mayoría, no digo de todos, Dios me per­done. ¡Ah, buen maese anfitrión!, creedme, no llevo casado más de dos meses; sin embargo, creo que ningán solterón de toda la vida pudiese empezar a relataros algo tan penoso como lo que podría yo contar aquí referido a la maldad de mi mujer. No, ni aunque me arrancaseis el corazón.
-Bueno, Dios os bendiga, mi querido mercader –dijo nuestro anfitrión-; ya que sabéis tanto del asunto, os pido encarecidamente que nos contéis algo de ello.
-Con mucho gusto -repuso él-, pero mi corazón está demasiado compungido para seguir hablando de mi propia aflicción.

4. EL CUENTO DEL MERCADER

Hace tiempo, en Lombardía vivía un noble caballero, nacido en Pavía, con gran prosperidad. Había perma­necido soltero durante sesenta años, solazando su cuerpo con las mujeres que le gustaban, como suelen hacer­lo estos insensatos mundanos. Ahora, sea por un acceso de piedad o de chochez -no sé decir cuál-, al pasar de los se­senta, a dicho caballero le entraron unas ganas irreprimibles de contraer matrimonio y se pasaba todos los días y todas las noches buscando a la mujer de sus sueños. Rezó a Dios para que le permitiese catar las delicias de la vida que consiguen marido y mujer cuando viven unidos por el sagrado vínculo con el que Dios unió a hombre y mujer.
-Todos los demás sistemas de vida no valen un comino -decía él-. Son las delicias puras del himeneo las que con­vierten esta tierra en un edén.
Así habló el anciano caballero con toda su sabiduría.
Y es verdad, tan cierto como que Dios está en el Cielo, que el casarse es una cosa excelente, especialmente cuando un hombre es viejo y tiene el pelo canoso, pues entonces una esposa constituye su más preciada posesión. Por consiguiente, decidió agenciarse una esposa, joven y bonita, para que le diese un heredero y vivir con ella una vida de alegría y solaz, y no hacer como estos solterones que gimen y se quejan cuando sufren cualquier contrariedad amorosa; lo que les pasa que es que no tienen hijos. Y es que, realmente, es jus­to que los solterones se metan en líos y pasen apuros, porque construyen sobre arenas movedizas y encuentran inestabili­dad allí donde buscan seguridad.
Los pájaros y las bestias viven en plena libertad, sin que nada ni nadie les oprima, mientras que el estado de casado obliga al hombre a vivir una vida feliz y ordenada, atado al yugo del himeneo. ¿Y por qué no debe su corazón rebosar de alegría y sentirse feliz? ¿Quién puede ser tan obediente como una esposa? ¿Quién puede, pregunto, ser más fiel y di­ligente para cuidarlo en salud y enfermedad? Ella no le deja­rá ni cuando nade en la abundancia ni cuando le aflijan las penas, ni se cansará de amarle y servirle, aunque caiga en cama hasta el día de su muerte.
Y, sin embargo, algunos hombres cultos –Teofrasto es uno de ellos- dicen que no es así. ¿Y qué pasa si a Teofras­to le hubiese dado por mentir? «No tomes esposa con la intención o pretensión de economizar, pensando recortar tus gastos domésticos -dijo él-. Un criado fiel se preocupará mucho mejor de vigilar tus posesiones que tu propia mujer, que exigirá la mitad de tu parte mientras viva. Y luego, como que Dios es mi salvación, si caes enfermo, tus verdaderos amigos o un criado honrado te cuidarán mucho mejor que una mujer que está simplemente esperando, como ha espera­do ya mucho, el momento de apoderarse de tus bienes. Y si llevas a una esposa a tu mansión, muy pronto puedes convertirte en un cornudo.»
Estos pensamientos y un centenar de otros peores fueron escritos por este individuo, ¡que Dios le maldiga! ¡Al cuerno con Teofrasto! No prestéis atención a tales tonterías y haced­me caso.
Realmente una esposa es un don de Dios; todas las demás cosas buenas -tierras, rentas, pastos, propiedad común o va­lores mobiliarios- son realmente regalos de la diosa Fortu­na y tan efimeros como una sombra proyectada sobre un muro. Pero no temáis: dejadme que os diga que, francamen­te, una esposa es un objeto duradero y permanecerá en vues­tra casa muchísimo más tiempo del que quizá contabais.
El matrimonio es un sacramento cardinal; a mi modo de ver, un hombre sin esposa es despreciable. Su vida es inútil y solitaria. Hablo, por supuesto, de los laicos, y no lo digo por decir. Si me escucháis, os diré por qué razón la mujer ha sido hecha para ayudar a su compañero. Cuando Dios Todopode­roso creó a Adán, le vio desnudo y solo, y con su gran bon­dad dijo: «Hagamos ahora una compañera para que ayude a este hombre; una criatura como él mismo».
Y entonces creó a Eva. Por ello resulta evidente y constitu­ye una prueba positiva de que la mujer es la ayuda y la como­didad del hombre, es su solaz y su paraíso en la tierra. Obe­diente y virtuosa como es, no pueden ambos por menos que ser felices viviendo unidos. Son una sola carne, y una car­ne, según lo veo, no tiene más que un solo corazón, ven­gan alegrías o penas.
¡Una esposa! ¡Santa María nos bendiga a todos! ¿Qué pe­nalidades pueden sobrevenir a un hombre que tenga esposa? Realmente no puedo pensar en cuáles. Ninguna lengua puede describir y ningún corazón puede imaginar la felici­dad que se goza entre dos. Si él es pobre, ella le ayuda en su trabajo; vigila todos sus bienes, sin despreciar ni una migaja; lo que complace al esposo es una delicia para ella; cuando él dice «sí», ella nunca contesta «no». «Haz esto», profiere él. «Enseguida», replica ella.
¡Oh, qué bendita e inestimable es la condición del hime­neo! Tan alegre y también virtuosa. Tan ensalzada y buena. Todo hombre que no sea ratón debería pasarse la vida dando a Dios las gracias, de rodillas, por concederle una esposa, o bien rezándole para que le envíe una que le dure hasta el fin de sus días. Pues entonces su vida se asienta sobre una base segura.
En mi opinión, un hombre jamás puede equivocarse, siempre que siga el consejo de su mujer. Puede mantener la cabeza bien alta; pues son tan juiciosas como fieles (haced siempre lo que las mujeres aconsejan si queréis seguir el ejemplo de los hombres inteligentes).
Mirad cómo Jacob -según los eruditos-adoptó la exce­lente sugerencia de su madre Rebeca y anudó la piel de una oveja alrededor de su cuello, consiguiendo así la bendición de su padre. La historia cuenta también cómo Judit salvó al Pueblo Elegido con su sabio consejo y decapitó a Holofernes cuando dormía. Pensad en Abigail y cómo rescató a su ma­rido, Nabal, con sabios consejos cuando ya estaba a punto de ser ejecutado; o fijaos en Esther, cuyo acertado consejo li­bró al Pueblo Elegido de tribulaciones y permitió que Mardoqueo fuese honrado por Asuero.
Como dice Séneca, no hay nada que supere a una espo­sa complaciente. Soportad la lengua de vuestra esposa, según recomienda Catón. Ella debe mandar y uno debe tolerarlo; pero, sin embargo, como favor, ella te obedecerá. Tu mujer es la dueña de la bolsa doméstica. Cuando estés enfermo, no sirve de nada llorar y lamentarse si uno no tiene a una espo­sa que vigile la casa. Si queréis actuar con sensatez, os pre­vengo a que améis a vuestras esposas de la misma forma que Jesucristo amó a su Iglesia. Si os amáis a vosotros mismos, entonces amaréis a vuestra esposa, pues nadie odia su propia sangre, sino que la cuida y protege mientras le quede aliento. Por tanto, os advierto, amad a vuestra esposa o nunca pros­peraréis. A pesar de los chistes que se hacen sobre ello, el ma­rido y su mujer han elegido el único sendero seguro para la gente de este mundo; puesto que están tan íntimamente uni­dos, ningún mal puede acontecer a ninguno de ellos, en es­pecial a la mujer.
Con estas ideas en la cabeza, Enero (el caballero del que os estoy hablando) deseaba para su vejez esa vida de felicidad y virtuosa tranquilidad que es el dulcísimo matrimonio.
Un día mandó venir a sus amigos para darles cuenta de las conclusiones de su larga meditación. Con el semblante pro­fundamente serio empezó su perorata:
-Amigos míos, soy viejo y tengo el pelo canoso, y Dios sabe que estoy con un pie en la tumba. Debo ponerme a pensar un poco en mi alma. He disipado insensatamente mi cuerpo, pero ¡gracias a Dios! esto puede remediarse. Pues he decidido casarme lo antes posible. Por tanto, hacedme el fa­vor de efectuar los preparativos para mi matrimonio inmediato con alguna muchacha joven y bonita. Pues no quiero esperar. Por mi parte mantendré un ojo abierto, a ver si en­cuentro a alguien con quien pueda casarme sin más dilación. No obstante, como yo soy uno y vosotros varios, es mucho más probable que vosotros descubráis una novia adecuada para mí que yo mismo, por lo que he decidido tener aliados. Sin embargo, una advertencia, queridos amigos: nada me in­ducirá a tomar una esposa de edad. Ella no debe pasar de los dieciséis. Esto es innegociable. Mi gusto puede ser el del pes­cado hecho, pero la carne, joven; un lucio será mejor que un pequeño lucio, pero la carne de ternera joven es mejor que la de buey. No quiero tener a una mujer de treinta años -no son más que forraje, simple paja-, forraje de invierno. Y, además, Dios sabe que estas viejas viudas saben más tru­cos que Lepe y pueden promover tantas trifulcas como se les antoje. Nunca viviría en paz con una de ellas. Las distintas es­cuelas hacen a un erudito más juicioso. Lo mismo ocurre cuando una mujer ha tenido varios maridos. En cambio, una mujer joven puede ser moldeada, de la misma forma que uno puede hacerlo con una cera caliente. En resumen, que no pienso tomar a ninguna mujer entrada en años por estas razones.
»Suponed que tuviese la desgracia de no encontrar placer con ella. Entonces tendría que pasar el resto de mi vida en constante adulterio e irme directamente al infierno al morir. No podría engendrar hijos con ella, y -dejadme que os lo diga- antes me dejaría comer por los perros que tolerar que mi herencia fuese a parar a manos extrañas. No digo tonte­rías. Sé por qué los hombres deben casarse. Además, que me doy perfecta cuenta que mucha de la gente que habla del ma­trimonio sabe menos del mismo que el mozo de mis esta­blos de las razones por las que tengo que tomar esposa. Si un hombre no puede vivir en castidad, entonces debe procurar­se una esposa, no por la simple concupiscencia o por el amor, sino por la legítima procreación de hijos, para mayor gloria de Dios; y así, de este modo, evitar fornicación, pagan­do el tributo cuando corresponde, cada uno de los cónyuges ayudando al otro en la aflicción como un hermano a su her­mana y, luego, vivir en santa continencia. Pero, señores, yo no soy de este tipo, no os sepa mal. Creo poder alardear de que mis miembros se sienten fuertes y que puedo llevar a cabo lo que cualquier hombre deba hacer, puesto que yo soy el mejor juez en eso.
»Aunque tenga el pelo canoso, soy el árbol que florece an­tes de que el fruto madure. Y un árbol en flor no está ni muerto ni seco. Solamente es mi cabeza la que se siente canosa; mi corazón y mis miembros están verdes y lozanos como un laurel durante todo el año. Bien, ahora que habéis oído lo que tenía que deciros, os ruego que satisfagáis mis deseos.
Diversas personas le contaron diferentes cosas sobre el ma­trimonio. Algunos lo condenaban y otros, por el contrario, lo alababan; pero al final (ya sabéis cómo surgen controver­sia durante una discusión entre amigos) surgió una disputa entre sus dos hermanos. El nombre de uno de ellos era Pla­cebo, el otro se llamaba Justino.
Decía Placebo:
-Hermano Enero, no habría la mínima necesidad de que tú pidieras el consejo de nadie aquí, si no fuera por la consu­mada sagacidad y prudencia que te hace, mi señor hermano, tan reacio a descartar aquel proverbio de Salomón que a todos se nos puede aplicar: «No hagáis nada sin asesoramiento -esto es lo que dijo-, y no tendréis luego que arrepentiros».
»Pero, mi querido hermano, aunque lo dijo el propio Sa­lomón, tan seguro como de que Dios es mi salvación, creo que tu propia opinión es la mejor de todas. Pues, hermano, te lo aseguro, llevo toda la vida de cortesano y es bien sabi­do que tengo gran prestigio (aunque sea indigno de él) entre los señores de elevada prosapia; sin embargo, nunca me he peleado con ninguno. El hecho es que jamás les contradije. Siempre tuve presente que un señor sabe de las cosas más que yo, por lo que, diga lo que diga, en cuanto de mí depen­de, afirmo lo mismo que él o algo parecido. No hay asno ma­yor que un consejero al servicio de algún gran señor que se atreva a creer o incluso a suponer que su consejo es mejor que las ideas de su amo. No, creedme: los señores no son nada tontos. Tú mismo has desplegado aquí hoy un razona­miento tan contundente, una piedad y capacidad tales, que no puedo por menos que estar de acuerdo con tu opinión y confirmar todas y cada una de las palabras que has pronun­ciado.
»¡Por Dios! No hay hombre en toda la ciudad, o incluso, si me apuras, en toda Italia, que hubiese podido hablar me­jor que tú hoy. El propio Jesucristo estaría satisfecho de oír­te. Verdaderamente requiere mucho ánimo el que un hom­bre de avanzada edad tome a una joven por esposa. ¡Por mi vida! Tenéis el corazón donde corresponde. Haced exacta­mente lo que queráis en este asunto, pero creo que lo mejor en esto es: dicho y hecho.
Justino, que había estado sentado escuchando silenciosa­mente lo que se decía, repuso a Placebo:
-Escucha, hermano, y, por favor, hazlo con paciencia. Después de haber dicho lo que piensas, puedes escuchar mi opinión.
»Séneca, entre sus muchos proverbios sabios, puso de re­lieve que uno debe actuar con suma prudencia cuando se tra­ta de ver a quién van las tierras o las propiedades de uno. Pues bien, si yo tendría que ir con sumo cuidado para ver a quién entrego mis pertenencias, con cuánto mayor cuidado habré de vigilar a quien otorgo mi cuerpo a perpetuidad. Te advierto senamente: no es un juego de niños el elegir esposa sin la debida reflexión. A mi modo de ver, es esencial averiguar si es discreta, morigerada o dada o la bebida; si se trata de una mujer casquivana, o si, de algún modo, es una arpía, una regañosa, una manirrota; si es rica, pobre o si es un ma­rimacho.
»Y aunque es imposible hallar al caballo perfecto en todos los aspectos -en este mundo es imposible hallar el ideal, ni entre los humanos ni entre las bestias-, debe ser más que suficiente el que una esposa posea más buenas cualidades que malas. Ahora bien, se necesita tiempo para averiguarlo. Y he derramado más de una lágrima en secreto, Dios lo sabe bien, desde que me procuré una esposa. Cualquiera que se lo proponga puede cantar elogios del himeneo, pero la verdad es que en él no encuentro más que líos, deberes y gastos to­talmente desprovistos de bendiciones. Y eso que mis vecinos y en especial las mujeres, a tropel- me aseguran que ten­go la esposa más constante y complaciente que respira. Pero yo soy el que mejor sabe dónde me duele el zapato.
»En lo que a mí concierne, puedes hacer lo que te parez­ca, pero reflexiona seriamente -tú eres un hombre viejo­antes de meterte en el matrimonio, en especial con una mu­jer que sea joven y bonita. Por el Dios que creó el agua, la tie­rra y el aire, el más joven de los que está aquí ya tiene más que trabajo para conservar su esposa para él solo. Confla en lo que te digo: no le darás placer a ella más de tres años a lo sumo. Las esposas requieren toda clase de atenciones. Y, por favor, no te enfades por lo que te he dicho.
-Bueno -contestó Enero-. ¿Has terminado? A la mier­da tu Séneca y tus proverbios; no es más que jerga de erudi­tos que no vale ni un cargamento de malas hierbas. Acabas de escuchar que gente más juiciosa que tú está de acuerdo conmigo. ¿Qué dices a ello, Placebo?
-Yo simplemente digo que sólo un villano pondría obs­táculos al matrimonio. No digo más -repuso él. Seguidamente y, sin más, se levantaron, estando todos de acuerdo en que debería casarse con quien quisiera cuando lo desease.
Día tras día, el alma de Enero estaba llena de extraordina­rias fantasías y complejas conjeturas sobre su matrimonio; noche tras noche, figuras y rostros arrebatadores discurrían por su mente, como si alguien hubiese tomado un espejo pu­lido y lo hubiese situado en la plaza del mercado para con­templar la multitud de figuras que pasasen junto al mismo. De esta forma, Enero veía en su mente a las chicas que vivían cerca de él. No sabía por cuál decidirse. Pues si una tenía un rostro hermoso, otra poseía tal prestigio de amabilidad y ecuanimidad entre la gente, que todo el mundo la proponía. Algunas eran ricas, pero tenían mala fama. Al fin, medio se­rio, medio en broma, descartó de su corazón a todas las de­más y se fijó en una a la que eligió para sí.
El amor es siempre ciego y no sabe ver. Se la imaginó en su corazón, cuando él se disponía a acostarse: su alegre belle­za, sus tiernos años, su diminuta cintura y sus brazos esbeltos y largos, su comportamiento sensato y su noble sangre, su porte femenino y sus modales pausados. Habiéndose de­cidido por ella, pensó que no podía haber hecho mejor elección. Y una vez tomada su decisión, dejó de creer en la sen­satez de los demás. No sabía ver la menor objeción o, por lo menos, así se engañaba a sí mismo. Entonces envió una invi­tación a sus amigos solicitando el placer de su compañía cuanto antes, pues tenía la intención de abreviar el trabajo que ellos se tomaban en su beneficio. Ya no había necesidad de que ellos fuesen a caballo de aquí para allá. Él ya había en­contrado su refugio.
Pronto llegaron Placebo y sus amigos. Lo primero que hizo fue rogarles que, por favor, no le discutiesen la decisión que había tomado, pues con ella no solamente complacía a Dios, explicó, sino que constituía la auténtica base de su feli­cidad personal.
Había, según dijo, una doncella en la ciudad, famosa por su belleza, y aunque no era de elevado rango, para él su ju­ventud y belleza eran suficientes. Declaró que tomaría a esta doncella por esposa y viviría cómodamente y en santidad, y dio gracias a Dios de que la poseería por completo, de forma que ningún otro hombre compartiría su deleite. Luego les rogó que le ayudasen para que sus propósitos no fracasaran, en cuyo momento su corazón descansaría.
-Ahora no tengo nada que me preocupe -declaró-, excepto una cosa que atormenta mi conciencia y que os revelaré, ya que estáis todos aquí. Hace mucho tiempo que oí decir que nadie puede tener dos paraísos (quiero decir uno aquí en la tierra y otro allí en el Cielo). Pues aunque uno se mantenga apartado de los siete pecados capitales y de sus ramificaciones y, sin embargo, si se encuentra tanto placer y deleite en el matrimonio, me preocupa que a mi avanzada edad pueda llevar aquí una vida tan agradable, placentera, sin penas ni preocupaciones, que llegue a tener mi Cielo aquí en la Tierra. Pues si el verdadero Cielo se consigue con infinito sufrimiento y grandes tribulaciones, ¿cómo podré yo entrar en la bienaventuranza eterna junto a Cristo, si vivo en el placer como todos los demás hombres con sus esposas? Esto es lo que me preocupa, y os pido a ambos que resolváis mi duda.
Justino, que detestaba su insensatez, le dio una respuesta animosa (aunque, para abreviar, no la fundamentó con citas eruditas).
-Señor -dijo él-, si éste es el único obstáculo, puede ser que Dios, en su infinita bondad, disponga las cosas de forma que puedas arrepentirte de la vida de casado en la que aseguras que no existen ni penalidades ni preocupaciones, in­cluso antes de que la Santa Iglesia te despose.
»Dios me confunda si no le da a un hombre casado más frecuentes oportunidades para arrepentirse que a un hombre soltero. Por consiguiente, señor -es el mejor consejo que puedo darte-, no te desesperes; ten presente que ella puede resultar ser tu purgatorio. Ella puede ser el instrumento de Dios, el azote de Dios, con lo que tu alma saldrá pitando ha­cia el Cielo con mayor rapidez que una flecha sale de su arco. Espero que puedas comprobar, más adelante, que no hay ni nunca habrá felicidad suficiente en el matrimonio que impida o sea obstáculo para tu salvación. Desde luego, con tal que tú regules los placeres de tu esposa a lo que resulte conveniente y razonable, eso es, que no le des a ella demasia­da satisfacción amatoria y, por supuesto, que te mantengas apartado de los demás pecados. Esto es todo lo que te tengo que decir -soy una persona muy estúpida-, pero no te preocupes por ello, hermano. No hablemos más del asunto. La Comadre de Bath, si le has prestado atención, ha expues­to sus puntos de vista de una forma clara y concisa sobre el asunto en cuestión, esto es, el matrimonio. Ahora, queda en paz y que Dios te guarde.
De esta forma se despidieron Justino y su hermano. Cuan­do vieron ellos que no había nada que hacer, mediante mu­cho astuto forcejeo, arreglaron las cosas de tal modo que la muchacha -que se llamaba Mayo- se casase con Enero lo antes posible. Pero creo que sería malgastar el tiempo si tu­viese que detallar todas las actas y documentos con los que ella recibió como dote las tierras de él o explicaros su rico y suntuoso ajuar.
Finalmente llegó el día en que ambos fueron a la iglesia para recibir el santo sacramento. Salió el sacerdote con la es­tola rodeándole el cuello y le pidió a ella que fuese como Sara y Rebeca en sabiduría y fidelidad ante los votos matri­moniales. Entonces rezó las oraciones de costumbre, les san­tiguó y pidió la bendición de Dios sobre ellos y efectuó los sagrados ritos que están prescritos.
De este modo quedaron casados formalmente y tomaron asiento junto a otras personalidades en el estrado, en el festín de la boda. El palacio de Enero se llenó de música, alegría y diversión con los mejores manjares de toda Italia. Sonaron en su honor instrumentos de sonido más dulce que cual­quier música ejecutada por Orfeo o por Amfión de Tebas. Cada plato fue anunciado mediante un floreo de clarines to­cados por juglares con más fuerza que el trompeteo de Joab y con mayor claridad que la trompa que tocó Tiodamas en Tebas, cuando la ciudad se hallaba en peligro.
Por cada lado Baco vertía el vino, mientras Venus sonreía a todos, pues Enero se había convertido en el caballero de ella y estaba a punto de ensayar sus fuerzas en el himeneo, como solía hacerlo cuando era libre. Y así danzó la diosa con una antorcha llameante en su mano, ante la novia y todos los allí reunidos. Llegaré incluso a afirmar que Himen, el dios de las bodas, jamás había visto a un novio más feliz.
Calla la boca, tú, poeta Marciano; tú, que escribiste sobre la alegre boda entre Filología y Mercurio y sobre las cancio­nes que cantaron las musas. Tanto tu lengua como tu pluma son demasiado pálidas y delicadas para retratar un matrimo­nio como ése. Cuando la tierna juventud se casa con la en­corvada vejez, el yugo resiste toda descripción. Probad de ha­cer la descripción y veréis si miento.
Resultaba encantador ver sentada allí a Mayo. Contem­plarla era como un cuento de hadas: la reina Ester nunca di­rigió al rey Asuero una mirada así o hizo un gesto tan recatado. No sabré describir ni la mitad de su belleza, pero os diré esto: parecía una clara mañana del mes de mayo llena de belleza y delicias. Y cada vez que Enero miraba el rostro de ella caía como en un trance de arrobamiento, empezando a gozar anticipadamente en su fuero interno el abrazo noc­turno que él le daría mucho más apretado que el de Pans a Helena. Sin embargo, se sentía, por otra parte, como com­pungido al pensar lo que tendría que ofenderla aquella no­che: «¡Ah! ¡Pobre criatura! ¡Ojalá Dios te conceda fuerzas para soportar toda mi lujuria; siento tal ardor y tales deseos! Tengo miedo que no sepas soportarlo. ¡Por Dios, que haré todo lo que pueda! ¡Que Dios haga que llegue la noche y dure eternamente y que se vayan todos los presentes!» Al fi­nal hizo todo cuanto pudo (sin ser grosero) para echarlos de ahí discretamente y que se marcharan de la mesa.
Cuando, llegado el tiempo, se levantaron de la mesa, to­dos bailaron y bebieron largamente y luego se fueron por toda la casa esparciendo especias olorosas. Todos se sentían felices y muy animados. Todos, salvo uno: un escudero lla­mado Damián, que hacía mucho tiempo que cortaba y ser­vía la carne en la mesa del caballero. Su señora Mayo le tenía tan arrebatado el seso, que estuvo a punto de extraviar la ra­zón, tal era su dolor.
Al bailar con la antorcha en la mano, Venus le tentó con tanta crueldad, que él estuvo a punto de desmayarse o morir allí mismo; por lo que se fue rápidamente a la cama. De mo­mento no diré nada más sobre él; sólo le dejaré allí llorando y lamentándose, hasta que la sonriente Mayo se apiadara de él. ¡Oh, fuego peligroso, el que se nutre de la paja de los le­chos! ¡Enemigo doméstico simulando servilismo! ¡Oh, cria­do traicionero, doméstico infiel, como astuto y traidor áspid en el pecho! ¡Que Dios nos evite el conocerte!
¡Oh, Enero, borracho de alegría por tu matrimonio, mira cómo Damián, tu propio escudero, nacido siervo tuyo, pla­nea tu deshonor! ¡Que Dios te permita descubrir al enemigo que albergas en tu casa! Pues no existe plaga peor en todo el mundo que un enemigo dentro de tu propio hogar, siempre presente ante ti.
A estas horas el sol había terminado su recorrido diario por el cielo y estaba a punto de ocultarse. No podía perma­necer más tiempo por encima del horizonte en aquella lati­tud. La noche extendió su áspero manto oscuro sobre el he­misferio. Así, gracias a todas estas acciones, la alegre multitud empezó a despedirse de Enero. Con gran regocijo cabalga­ron hacia sus casas, donde atendieron sus asuntos tranquila­mente y, llegada la hora, fueron a acostarse. Así que se hubie­ron marchado, el impaciente Enero insistió en ir a la cama sin esperar ya más. En primer lugar bebió vino caliente muy cargado de especias para darse coraje -hipocrás, salvia y ja­rabe-, pues poseía mucho acopio de fuertes afrodisíacos como los que el maldito monje Constantino anotó en su li­bro De Coitu. Enero se lo tragó sin la menor vacilación.
-Por el amor de Dios, apresuraos -dijo él a sus amigos más íntimos-. Sed corteses, pero haced que todos se vayan de la casa.
Ellos lo hicieron como se les pidió. Se bebió un último brindis, se corrieron las cortinas y la novia fue llevada al le­cho, callada como una muerta.
Después de que el sacerdote hubiera bendecido el lecho y que todos se hubiesen marchado de la habitación, Enero es­trujó a su preciosa Mayo -su paraíso, su media naranja­fuertemente entre sus brazos, acariciándola y besándola una y otra vez, frotando su erizada y dura barba (que era igual que papel de lija y punzante como una zarza) contra su tier­no cutis. Exclamó:
-¡Ay, esposa mía! Tengo que tomarme ciertas libertades contigo y ofenderte gravemente antes de que me una marital­mente contigo. Pero, no obstante, recuerda esto: no hay buen artesano que efectúe una buena tarea apresuradamen­te; por ello, tomémonos el tiempo necesario y hagámoslo bien. No importa el rato que estemos retozando: los dos estamos atados por el sagrado vínculo del himeneo -¡bendito sea este yugo!-, y nada de lo que hagamos puede ser peca­do. Un hombre no puede pecar con su esposa -sería como cortarse con su propia daga-, pues la ley permite nuestros juegos amorosos.
Por lo que él estuvo «trabajando» hasta que empezó a cla­rear. Entonces tomó un pedazo de pan y lo mofó con un vino que contenía fuertes especias. Después se sentó muy tie­so en la cama y empezó a cantar y gorjear en voz alta y cla­ra; luego besó a su esposa y se dedicó al juego amoroso. Re­tozaba como un potrillo, farfullaba como una urraca. Mien­tras cantaba y hacia voz de falsete, chirriando como un totoposte, la arrugada piel de su cuello se movía flácida ami­ba y abajo.
Dios sabe lo que pensaría Mayo contemplándole allí sen­tado con su gorro de dormir y su cuello huesudo. No le gus­taban nada todos sus juegos y jolgorio. Finalmente, dijo él:
-Ahora que ya ha llegado el día, me dormiré. No me puedo aguantar despierto ni un minuto más.
Y, reclinando su cabeza, durmió hasta las nueve. Luego, cuando fue hora, Enero se levantó y vistió; pero la hermosa Mayo no se movió de su aposento hasta el cuarto día, que es lo mejor que pueden hacer las recién desposadas -todo tra­bajador debe descansar de vez en cuando-, pues de lo con­trario no duraría mucho. Y esto es válido para toda criatura viviente, sea pájaro, animal o persona.
Ahora volveré a referirme al desgraciado Damián y os con­taré cómo sufría de amor. Pero esto es lo que me gustaría de­cirle: «¡Ay, pobre Damián! Contéstame si puedes: ¿cómo piensas declarar tu pasión a tu señora, la hermosa Mayo? Ella no puede sino rechazarte. Además, si hablas, ella tendrá que delatarte. Todo lo que puedo decirte es:. ¡que Dios te ayude!»
El enamorado Damián se quemaba en las llamas de Venus hasta que casi llegó a perecer de puro deseo, por lo que, no pudiendo seguir sufriendo así, se lo jugó todo a una carta. Subrepticiamente se agenció un estuche de escribir y escribió una misiva en la que vertió su pena en forma de queja o can­ción dedicada a su bella dama Mayo. Dicha misiva la colocó en una bolsita de seda que colgó debajo de su camisa y la puso cerca de su corazón.
La Luna, que se hallaba en el segundo grado de Tauro el mediodía del día en que Enero se casó con la bella Mayo, ha­bía corrido ya hasta el signo de Cáncer, pero Mayo seguía en su habitación, como era costumbre entre la gente de alcur­nia. Una novia no debía nunca comer en el salón de los banquetes hasta transcurridos cuatro días o, por lo menos, tres. Entonces podía comer en público.
Habiendo completado el cuarto día, contado de mediodía a mediodía, Enero y Mayo ocuparon sus asientos en el salón de los banquetes, después de oír misa solemne. A ella se la veía tan lozana como un bello día de verano. Y dio la casua­lidad de que el buen caballero pensó en Damián y exclamó:
-¡Por Santa María! ¿Cómo es que Damián no está de servi­cio? ¿Está enfermo todavía? ¿Qué es lo que le pasa?
Los demás escuderos, que se hallaban de pie junto a él, le excusaron, diciendo que una enfermedad le impedía cumplir con sus obligaciones. Ninguna otra razón podía alejarle de sus deberes.
-Lamento saberlo -dijo Enero-, pues, por mi alma que es un buen escudero y si se muriese sería una catástrofe. Es tan sensato, discreto y de fiar como el que más de su ran­go. Además, es un tipo muy varonil, útil y muy capaz. Le vi­sitaré lo antes que pueda después de comer y me llevaré a Mayo conmigo para animarle lo más posible.
Esto mereció la aprobación general de los presentes, por la amabilidad y magnanimidad que mostraba en querer conso­lar a su escudero en su enfermedad. Todos creyeron que se trataba de un acto muy caballeroso.
-Señora -dijo Enero-. Así que terminemos de comer, cuando os marchéis del salón con vuestras damas, no os ol­vidéis de visitar todas a Damián. Divertidle -se trata de una persona noble -y anunciadle que iré a verle tan pronto haya descansado un poco. No tardéis, pues os estaré esperando a que vengáis a dormir en mis brazos.
Y habiendo dicho esto, llamó al escudero que estaba a car­go del salón y empezó a darle diversas instrucciones.
La hermosa Mayo, ayudada por sus damas, fue directa­mente a ver a Damián y se sentó al lado de su cama para ani­marle lo mejor que supo. Damián, viendo su oportunidad, sin otra señal que un suspiro considerablemente largo y pro­fundo, colocó subrepticiamente en la mano de ella la bolsita que contenía el papel en el que había depositado sus anhe­los. Y, en voz baja, susurró:
-¡Piedad! No me descubráis, pues soy hombre muerto si esto llega a saberse.
Ella escondió la bolsita en el hueco de su pecho y se fue; y esto es todo lo que conseguiréis de mí. Pero ella volvió jun­to a Enero, que estaba cómodamente sentado al lado de la cama. Enero la tomó entre sus brazos, la cubrió toda de be­sos una y otra vez y pronto se echó a dormir. En cuanto a Mayo, hizo ver que tenía que visitar cierto lugar, al que, como sabéis, todos tenemos que ir de vez en cuando. En cuanto ella hubo leído la nota, la hizo pedazos y los arrojó cuidadosamente al retrete.
Ahora, ¿qué pensamientos eran más bulliciosos que los de la bella Mayo? Se acostó al lado del viejo Enero, que siguió durmiendo hasta que le despertó su propia tos. Entonces le pidió que se desnudara del todo, pues quería algo de diver­sión y los vestidos de ella se lo impedían. De buen o de mal grado, ella le obedeció. No me atrevo a decir cómo se despachó él, ni si a ella aquello le pareció un paraíso o el infierno, pues no quiero ofender los oídos de las personas refinadas. Les dejaré ocupados hasta que sonó la campana de vísperas y tuvieron que levantarse.
Si se debió al destino, a la casualidad, a la Naturaleza o a la influencia de las estrellas; o si las constelaciones se halla­ban en posición favorable en el firmamento para lograr que una mujer jugase el juego de Venus, o para ganar su amor (los estudiosos dicen que hay un momento para cada cosa), no sabría ciertamente decirlo; pero que sea Dios -sabedor allá en las alturas que nada sucede sin una causa o motivo- el juez, pues yo voy a guardar silencio. La verdad es que aquel día Damián causó muy buena impresión a la compasiva y hermosa Mayo, quien no pudo sacarse del corazón la idea de hacerle feliz. «Una cosa es cierta: me importa un comino a quien pueda saberle mal -pensó ella-, pues puedo prome­ter a Damián ahora mismo que le amo más que a ninguna criatura viviente, aunque solamente posea la camisa que lle­va puesta.»
¡Con qué rapidez invade la piedad los corazones nobles! Esto demuestra la maravillosa generosidad de las mujeres cuando se empeñan en serlo. Algunas -muchas de ellas­son unas tiranas de corazón de piedra que hubieran tolerado que Damián hubiese muerto allí mismo antes que conceder­le sus favores, gozando todo el tiempo de su orgullosa cruel­dad, sin importarles nada ser sus asesinas.
Llena de compasión, la dulce y comprensiva Mayo le escri­bió de su puño y letra una carta en la que ella le concedía todo su corazón. Nada faltaba, excepto la hora y el lugar en que ella podría satisfacer sus deseos, pues él iba a tener todo lo que qui­siera. Y un día, en cuanto ella vio la oportunidad, Mayo visitó a Damián y, discretamente, deslizó la carta debajo de su almo­hada, para que la leyese si quería. Rogándole que se repusiese, ella le tomó a él de la mano y se la apretó con fuerza, aunque con tal sigilo, que nadie se percató de ello. Mayo regresó a donde estaba Enero, en cuanto él la mandó llamar.
Cuando, a la mañana siguiente, Damián se levantó, toda su enfermedad y desesperación habían desaparecido. Des­pués de peinarse, arreglarse y atusarse, después de haber he­cho todo lo que pudo para hacerse atractivo a los ojos de su dama, se presentó a Enero, como el perro de un cazador, todo él presto a la obediencia. Se hizo agradable a todos (la adulación es la que consigue esto, si sabéis dosificarla) hasta que todos estuvieron dispuestos a hablar bien de él, gozando así el favor de su dama. Aquí dejaré ahora a Damián que siga con sus asuntos y proseguiré con mi historia.
Algunos eruditos creen que la felicidad más pura se en­cuentra en la diversión. Si es así, el excelente Enero cierta­mente hizo cuanto pudo para llevar una vida de lujo y vivir tal como correspondía a un caballero. Su casa, sus muebles y su tren de vida cuadraban tanto con su rango como el de un rey.
Entre otras cosas hermosas, había mandado construir un parque con un perímetro amurallado, todo en piedra. No sé de jardín más hermoso que aquél. Realmente creo que inclu­so al autor del Roman de la Rose le costaría describir su en­canto; incluso Príapo, aunque es el Dios de los jardines, no lograría describir justamente dicho jardín y su pozo que se hallaba bajo un laurel, siempre verde. Dicen que alrededor de este pozo, Plutón y su reina Proserpina y su tropel de ha­das solían divertirse con música y danzas.
Este anciano y digno caballero gozaba mucho paseando y estando largos ratos en este jardín. No permitía a nadie, sal­vo a él mismo, que guardara la llave. Por ello siempre llevaba una pequeña llave de entrada con la que abrir la cerradura de la verja, cuando así le venía en gana. Y si, durante el verano, le parecía que tenía que ejercer el débito conyugal con su en­cantadora mujer, entonces lo visitaba acompañado de Mayo, no entrando nadie más que ellos dos, practicando allí mucho mejor las cosas que no habían hecho en la cama.
Enero y su esposa pasaron así bastantes días felices. Pero para Enero, como para todos los demás hombres, la dicha te­rrenal no puede durar eternamente.
¡Oh, imprevisto azar! ¡Oh, inestable fortuna! Eres engaño­sa como el escorpión, cuya cabeza fascina a la presa a la que quiere picar y cuya cola venenosa significa la muerte. ¡Oh, alegría insegura! ¡Oh, dulce y extraño veneno! La monstruo­sa Fortuna, sutilmente, escamotea sus dones bajo la aparien­cia de la estabilidad, hasta que todos y cada uno caen en su engaño. ¿Por qué habiendo sido gran amiga de Enero le en­gañas así? Ahora le has quitado la vista de sus dos ojos, y es tanta su pena, que quisiera estar muerto.
¡Qué desgracia para el noble y generoso Enero! En medio de toda su felicidad y prosperidad se quedó ciego. ¡Con qué lamentos lloró y se quejó! Y, para colmo, el fuego de los ce­los le quemaba el corazón -pues temía que su esposa se en­caprichase-, y llegó a desear que alguien matase a ambos, a ella y a él mismo. Vivo o muerto, no podía soportar la idea de que ella fuese la amante o la esposa de otro. Quería que ella viviese el resto de su vida, vestida completamente de ne­gro como si fuese viuda y solitaria como una palomita que hubiese perdido a su pareja. Pero después de un mes o dos, su pena empezó a remitir,
Al ver que la cosa no tenía remedio, aceptó su desgracia con paciencia y resignación; pero hubo algo en lo que no ce­dió, y eran sus continuos celos. Éstos eran tan dominantes, que no permitía que Mayo fuese a ninguna parte -su pro­pia mansión, las casas de los demás, cualquier lugar, en suma- sin tener su mano posado sobre ella todo el tiempo. La hermosa Mayo derramó muchas lágrimas por ello, pues amaba a Damián con tal cariño, que pensaba que o bien de­bería tenerlo como deseaba, o que moriría allí mismo de deseo. Por lo que esperaba que, a cada momento, el corazón le estallase.
En cuanto a Damián, se volvió el hombre más triste que jamás se haya visto, pues en ningún momento podía decir una palabra a la bonita Mayo sobre nada que viniese a cuento, que Enero no la escuchase, pues su mano estaba siempre en la de ella. Sin embargo, con señales secretas y escribiéndole notas, pudo comunicarse con Mayo, y así ella logró averiguar qué maquinaciones le rondaban por la mente.
¡Ah, Enero! ¿De qué te hubiese servido poder ver hasta el horizonte más lejano? Lo mismo da ser ciego y engañado, que tener ojos y, sin embargo, ser también engañado. Argos tenía cien ojos, pero, como muchos otros, a pesar de su mu­cho mirar, estaba ciego, como todo el mundo sabe, estando convencido de todo lo contrario. Lo que quiero decir es: «Ojos que no ven, corazón que no siente.»
La hermosa Mayo, de la que estaba hablando ahora mis­mo, sacó un molde de cera de la llave que Enero llevaba de la puertecita enrejada por la que solía entrar a su jardín; y Da­mian, sabiendo exactamente la idea que ella albergaba en su mente, fabricó, en secreto, un duplicado de la llave. No hay más que decir. Muy pronto algunos acontecimientos nota­bles tuvieron lugar con relación a dicha puertecita enrejada, de los cuales, si aguardáis un poco, os enteraréis.
¡Oh noble Ovidio, qué gran verdad dices, cuando afirmas que por ingeniosa y elaborada que sea la estratagema, el amor siempre encuentra el modo de superarla! Tomad lec­ción de Píramo y Tisbe: aunque cuando ambos fueron custo­diados por todos lados, sin embargo llegaron a un entendi­miento susurrándose a través de un muro. Y bien, ¿quién hubiese podido imaginar un truco semejante?
Pero volviendo al relato. Durante la primera semana del mes de junio sucedió que Enero, alentado por su mujer, tuvo la ocurrencia de divertirse a solas con ella en el jardín. Así que una mañana le dijo:
-¡Levántate, esposa mía, mi dama, mi amor! Dulce palo­mita, se oye el canto de la tórtola, ya no es invierno, se han acabado ya las lluvias! Ven conmigo, ven con tus ojazos de palomita. Tus pechos son más dulces que el vino. El jardín está completamente rodeado por un muro. ¡Ven, pues, mi novia, blanca como la nieve blanca! No hallo mancha en ti. Ven, pues, y gocemos, pues a ti te elegí por esposa y para mi solaz.
Estas eran las frases lujuriosas que utilizó. Mayo hizo se­ñas a Damián para que se adelantase con su llave. Dicho y hecho: Damián abrió con su llave la puertecita enrejada y se coló dentro sin que nadie le viese u oyese. Una vez dentro, se agazapó silenciosamente debajo de un arbusto. Enero, cie­go como una piedra, cogió a Mayo por la mano y se fue solo con ella a su jardín encantador. Rápidamente cerró la puerta enrejada de golpe y dijo:
-Ahora, esposa mía, aquí no hay nadie más que yo y que tú, la criatura a la que más amo. Pongo al Cielo por testigo: antes me apuñalaría yo mismo hasta morir que llegar a ofen­derte, mi querida y fiel esposa. Por amor de Dios, recuerda cómo fue que te elegí, ciertamente no por consideraciones mercenarias, sino simplemente por el amor que te tenía. Séme fiel, aunque sea viejo y ciego, y te diré el por qué. Con ello saldrás ganando tres cosas: la primera, el amor de Cris­to; la segunda, honor y honra para ti; la tercera, toda mi ha­cienda, ciudad y castillos serán tuyos; redacta el documento como quieras, y te aseguro, como que Dios es mi Salvador, que todo quedará arreglado antes de que mañana se ponga el sol. Pero, primeramente, bésame para sellar nuestro pacto. No me culpes si soy celoso. Mis pensamientos están tan uni­dos a ti, que siempre que pienso en tu belleza -y luego en mi desagradable edad avanzada-, aunque me tuviese que morir, realmente no podría soportar estar sin tu compañía. Te quiero tanto... Esta es la pura verdad. Ahora, querida espo­sa mía, bésame y caminemos por ahí.
A esta palabras dio la hermosa Mayo una suave respuesta; pero antes de nada rompió a llorar.
-También yo tengo un alma que cuidar, y no hablemos de mi honra, este delicado capullo de esposa que confié en tus manos cuando el sacerdote unió mi cuerpo al tuyo. Por eso, si no te importa, queridísimo señor mío, ésta es mi res­puesta: rezo a Dios para que nunca amanezca el día en que avergüence a mi familia y manche mi buen nombre con la infidelidad. Si no es así, hazme sufrir una muerte más terri­ble que la que haya sufrido jamás mujer alguna. Es decir, si alguna vez cometiese este delito, desnúdame, méteme en un saco y ahógame en el río más cercano. ¡Soy una dama, no una meretriz! Pero ¿por qué digo yo esto? Vosotros, los hom­bres, tenéis siempre tan poca confianza en las mujeres, que nunca dejáis de formularles reproches. Esto es lo que siempre estáis haciendo: desconfiar y denigrar a las mujeres. Mientras hablaba, ella divisó a Damián agachado detrás del arbusto. Tosió y le hizo señal con el dedo de encaramar­se a un árbol cargado de fruta: allí trepo él. La entendía mu­cho mejor, por rara que fuese la señal que hiciese, que su pro­pio esposo, Enero, pues ella le había explicado en una carta todo lo que tenía que hacer. Aquí dejaré a Damián sentado encima de un peral, mientras Enero y Mayo caminan felices por ahí.
El día era claro, y el cielo, azul; Febo -que por mis cuen­tas se hallaba entonces en Géminis, no lejos de su máxima declinación septentrional, Cáncer, que es la exaltación de Júpiter- enviaba sus rayos dorados para con su calor animar las flores. Sucedió que aquella clara mañana, Plutón, el rey del Averno, acompañado por muchas damas del séquito de su esposa, la reina Proserpina -a quien había arrebatado del Etna mientras se hallaba recogiendo flores en los campos (podéis leer en Claudiano el relato de cómo se la llevó en su horrible carro)-, se hallaba sentado sobre un banco de verde césped fresco en el otro extremo del jardín hablando con su reina.
-Mi querida esposa -decía-, nadie puede negarlo: la experiencia confirma diariamente las traiciones que vosotras las mujeres inflingís a los hombres. Te puedo dar una decena de cientos de millares de ejemplos destacados de vuestra fal­sedad y veleidades. ¡Oh, tú, sapientísimo Salomón, rico en­tre los ricos, lleno de sabiduría y de gloria, qué memorables son tus proverbios para cualquiera que tenga seso e inteligen­cia! Pues así elogia la bondad de los hombres: «A un hombre encontré yo entre mil; pero a una mujer no la puedo encon­trar entre todas.» Así habló el rey. Y él conocía muy bien la maldad existente en vosotras, las mujeres. Tampoco creo que Jesús, el hijo de Sirach, hable usualmente de las mujeres con respeto.
»¡Que la peste y azufre caiga sobre vuestros cuerpos! ¿No ves a ese honorable caballero a punto de que su propio es­cudero le ponga cuernos, sólo porque el pobre hombre es viejo y ciego? Mira a aquel libertino encaramado en el árbol. Ahora le voy a conceder un favor real: en el momento en que su mujer empiece a engañarle, el anciano caballero recobrará la vista. Así podrá ver claramente lo puta que es ella: un reproche que se le puede hacer a ella y a otras muchas como ella.
-¿Con que sí, eh? -dijo Proserpina-. Pues bien, enton­ces juro por Saturno, el padre de mi madre, que le facilitaré a ella una respuesta completa, y no sólo a ella, sino que todas las mujeres en el futuro, por causa de ella, cuando se les sor­prenda en pleno delito, se disculparán con un semblante tan severo, que sus acusadores tendrán que bajar los ojos. Ni una sola perecerá por falta de respuesta. Aunque un hombre lo vea todo con ambos ojos, nosotras las mujeres pondremos una cara tan atrevida, con lágrimas, votos y recriminaciones ingeniosas, que vosotros, los hombres, pareceréis tan estúpi­dos como gansos.
»¿Y qué me importa todas tus autoridades? Yo veo que este judío, este Salomón de que hablas, se topó con muchas mujeres tontas; sin embargo, aunque no encontró ninguna buena mujer, existen docenas de otros hombres que encon­traron mujeres completamente fieles, buenas y virtuosas -por ejemplo, las que ahora viven en el Cielo de Cristo, de­mostrando su constancia hasta el martirio-. Además, la his­toria de Roma recuerda a más de una esposa fiel y buena. Ahora, señor, no perdáis los estribos: aunque Salomón dije­se realmente que no encontró a ninguna buena mujer, por fa­vor, considerad a qué se refería el hombre: él quería decir que la bondad soberana solamente reside en Dios, no en hombre o mujer alguna.
»Pues bien, ¿por qué en nombre del único y verdadero Dios haces tantos elogios a este Salomón? ¿Qué importancia tiene que construyese un templo al Señor y que fuese rico y glorioso? También edificó templos para falsos dioses. ¿Cómo pudo hacer una cosa tan prohibida? Perdóname, tú puedes adorar su reputación tanto como quieras, pero sigue siendo un libertino, un idólatra que olvidó a su Dios verdadero en su ancianidad. Y si Dios no le hubiese salvado, de acuerdo con la Biblia, por amor de su padre, hubiese perdido su rei­no antes de lo esperado. Todas estas calumnias que vosotros, los hombres, escribís sobre las mujeres me importan un co­mino, pero tenía que hablar o estallaba. ¡Soy una mujer! Si se habla mal de nosotras, los buenos modales no me impedi­rán vilipendiar al hombre que trate de calumniarnos. Antes que callar, me haría cortar el cabello.
-Calmaos, señora -dijo Plutón-. Me rindo. Pero te­niendo en cuenta que afirmé bajo juramento que le devolve­ría la vista, debo mantener mi palabra. Te lo digo claramen­te: soy un rey, y no me está bien mentir.
-¡Y yo soy la reina de las Hadas! -replicó ella-. Ella tendrá su respuesta, lo garantizo. No malgastemos más pala­bras sobre el asunto. Realmente no quiero seguir ya discu­tiendo contigo.
Ahora volvamos nuevamente junto a Enero, que está sen­tado en el jardín con la hermosa Mayo cantándole «Siempre te amaré y sólo a ti», con la alegría de un jilguero. Él paseó largamente por los caminos del jardín y, al fin, llegó al pie del peral sobre el que se hallaba Damián, sentado alegremente arriba, entre las nuevas hojas verdes.
La hermosa Mayo, brillándole los ojos y con el rostro en­cendido, suspiró y dijo:
-¡Ay de mí! Pase lo que pase, quiero tener algunas de esas peras que veo allí arriba. Me ha entrado tal frenesí por comer algunas de esas peritas verdes, que creo que moriré si no lo­gro comerlas. ¡Por amor de Dios, haz algo! Déjame que te lo diga: una mujer en mi estado puede tener un apetito tan grande de comer fruta, que fácilmente puede morir si no la consigue.
-¡Cáspita! -exclamó él-. Si tuviese al menos un mu­chacho aquí para que trepase o si, al menos, no fuera ciego... -No importa -dijo ella-. Si solamente quisieses abra­zar el peral y me soltases ya sé que no confias en mí-, me sería fácil trepar si pudiese apoyar mi pie en tu espalda.
-Naturalmente -dijo él-. Haré eso y más: tendrás la sangre de mi corazón.
El se inclinó doblándose y ella pudo subirse a su espalda, se agarró a una rama y se encaramó. Por favor, no os ofen­dáis, damas: soy un tipo rudo y no sé andarme con rodeos. Damián no perdió el tiempo: le tiró el sayo hacia arriba y pe­netró en ella.
Cuando Plutón vio este agravio vergonzoso, devolvió la vista a Enero y le hizo ver tan bien como antes. Nadie se en­contraba más feliz que Enero al recuperar la vista. Pero sus pensamientos estaban todavía fijos en su mujer, por lo que al poner sus ojos en el árbol constató que Damián había colo­cado a su esposa de una forma que me resulta imposible ex­plicar sin ser rudo. En aquel momento emitió un rugiente aullido, como el de una madre cuyo hijo está muriéndose, [y gritó:]
-¡Socorro! ¡Es un crimen! ¡Detened al ladrón! ¿Qué es lo que buscas? ¡Puta! ¡Eres una puta descarada!
-¿Qué te pasa? -repuso ella-. Ten un poco de pacien­cia y utiliza el cerebro. Acabo de curar tu ceguera. Por mi alma te juro que no miento. Me dijeron que lo mejor para curar tus ojos y que tú vieses de nuevo era que forcejease con un hombre en lo alto de un árbol. Dios sabe que mis inten­ciones eran buenas.
-¿Forcejear? -gritó él-. ¡Esta sí que es buena! ¡Pero si llegó a entrar! ¡Que Dios os envíe una muerte vergonzosa! Él te la metió. Lo he visto con mis propios ojos. ¡Que me aspen si no lo he visto!
-En este caso mi medicina no funciona -dijo ella-, pues si tú pudieses ver, no me hablarías así. Solamente ves a ramalazos. No ves todavía como es debido.
-Gracias-a Dios, veo tan bien como antes con mis dos ojos -replicó él-. Y palabra de honor que eso era lo que parecía estar haciendo contigo.
-Estás borracho, completamente borracho, mi querido señor -dijo ella-. ¿Estas son las gracias que me das por ha­ber contribuido a que vieses? ¡Ojalá no hubiera tenido tan buen corazón!
-Vamos, vamos, querida -repuso él-, quítate todo eso de la cabeza; baja, queridísima, y si he hablado incorrecta­mente, que Dios me perdone; ya he sido suficientemente castigado. Pero, ¡por el alma de mi padre!, creí que había vis­to a Damián encima de ti y tu vestido completamente levan­tado sobre su pecho.
-Bueno, señor, podéis pensar lo que gustéis. Pero un hombre al despertarse no se entera de las cosas adecuada­mente ni ve perfectamente hasta que está totalmente despier­to. Del mismo modo, un hombre que ha estado ciego duran­te mucho tiempo no va a ver instantáneamente igual de bien que un hombre que hace un día o dos que ha recuperado la visión. Antes de que vuestra vista haya tenido tiempo de asentarse, es posible que os equivoquéis frecuentemente so­bre lo que creáis ver. Tened cuidado, por favor. Pues, por el Señor de los Cielos, que más de un hombre cree haber visto una cosa que no era. Que vuestras equivocaciones no os lle­ven a emitir juicios erróneos.
Y, con esto, ella bajó del árbol de un salto.
¿Quién había más feliz que Enero? La besó y abrazó una y otra vez y acarició suavemente su vientre; luego la condu­jo de regreso a su palacio.
Ahora, caballeros, os deseo felicidad, pues aquí termina mi cuento de Enero. ¡Que Dios y su Madre, Santa María, nos bendigan a todos!

AQUÍ TERMINA EL CUENTO DEL MERCADER

5. EPÍLOGO

Entonces nuestro anfitrión exclamó:
-¡Bueno! ¡Dios sea loado! ¡Que Dios me guarde de una esposa así! Ved qué trucos y añagazas utilizan las mujeres. Siempre, como abejas, laborando para estafar­nos, ¡pobres de nosotros! Y siempre retorciendo la verdad, como el cuento del mercader nos ha demostrado claramen­te. Tengo una esposa, es cierto, y, aunque es pobre, es fiel; pero es una furia y una matraca con su lengua.
»Además, tiene muchos otros defectos; pero no importa, dejémoslo. Pero ¿sabéis qué? aquí, entre nosotros, ojalá no estuviese unido a ella. Sin embargo, sería un estúpido si os re­latase sus defectos. ¿Sabéis por qué? Llegaría a sus oídos; al­guien de nuestro grupo se sentiría impulsado a contarlo; a quién, no hace falta decirlo. Las mujeres saben muy bien cómo propalar estos asuntos; sin embargo, no tengo cabeza para contarlo todo, por lo que mi cuento ha terminado.

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