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domingo, abril 15, 2007

CUENTOS DE CANTERBURY // SECCION VII

CUENTOS DE CANTERBURY
SECCIÓN SÉPTIMA



1. EL CUENTO DEL MARINO.
2. SIGUEN LAS ALEGRES PALABRAS ENTRE EL ANFITRIÓN, EL MARINO Y LA PRIORA.
3. PRóLOGO AL CUENTO DE LA PRIORA.
4. EL CUENTO DE LA PRIORA.
5. LAS ALEGRES PALABRAS ENTRE EL HOSPEDERO Y CHAUCER
6. EL CUENTO DE SIR TOPACIO.
7. INTERRUPCIÓN.
8. EL CUENTO DE MELIBEO.
9. LAS ALEGRES PALABRAS ENTRE EL ANFITRIÓN Y EL MONJE.
10. EL CUENTO DEL MONJE.
11. PRÓLOGO DEL CAPELLÁN DE MONJAS.
12. EL CUENTO DEL CAPELLÁN DE MONJAS.
13. EPÍLOGO AL CUENTO DEL CAPELLÁN DE MONJAS.


1. EL CUENTO DEL MARIN

En Saint Denis vivió una vez un comerciante muy rico, al que, dada su riqueza, se le tenía por astuto. Su espo­sa era de una gran belleza, muy sociable y a la que gus­taban sobremanera las reuniones (cosa que origina más gas­tos de lo que valen todas las cortesías y halagos que prodigan los hombres en fiestas y bailes). Estas frases corteses y estos saludos pasan como sombras chinescas y compadezco al que tiene que pagar por ellos. Siempre es el pobre marido al que le toca rascarse el bolsillo. Para su propio crédito debe adornar­nos a nosotras, las mujeres, con los vestidos y joyas que utili­zamos en los bailes. Y si resulta que no puede o no quiere correr con el gasto y piensa que es un despilfarro, entonces alguien tiene que pagar el pato o prestarnos dinero, y ahí es donde halla el peligro.
Este excelente comerciante poseía una casa con mucha servidumbre. Os quedaríais maravillados de la cantidad de personas que acudían a ella, gracias a la hospitalidad de su es­posa o debido tal vez a su gran belleza. Pero dejad que prosi­ga el relato. Entre sus diversos invitados -venían de todos los rangos- había un monje, tipo osado y guapetón, de unos treinta años, según creo, que frecuentaba muchísimo la casa. Este apuesto monje se había familiarizado hasta tal punto con el buen hombre que, desde que se conocieron, llegó a gozar en la casa del amigo de la máxima intimidad.
Como que tanto el comerciante como el monje habían nacido en el mismo pueblo, el monje reclamó un parentes­co, que el comerciante, a su vez, nunca negó, pues le daba placer a su corazón y le hacía tan feliz como a un pájaro en primavera. Así fue como quedaron unidos por una eterna amistad y se juraron recíprocamente considerarse hermanos de por vida.
Este monje, el hermano Juan, era un derrochador empe­dernido cuando se alojaba en la casa. Mostraba gran ahín­co en ser generoso y resultar agradable, y nunca se olvidaba de dar propina, aunque fuese al paje de menos categoría en el lugar. Siempre que iba, daba a su anfitrión y a cada uno de los criados un regalo adecuado a su posición en la casa. Con lo que los criados estaban tan contentos de su llegada como los pájaros del amanecer. Y de esto ya basta, por el momento.
Sucedió que un día el comerciante dispuso lo necesario para marcharse a la ciudad de Brujas a comprar mercancías, por lo que envió al hermano Juan un mensajero a París invi­tándole a pasar unos días en Saint Denis con él y con su es­posa, antes de partir hacia Brujas, como había previsto.
Este excelente monje del que hablo gozaba de la confian­za de sus superiores y poseía influencia, por lo que había ob­tenido permiso del abad para salir a inspeccionar graneros y granjas distantes siempre que quería. Pronto, pues, llegó a Saint Denis. ¿Quién mejor recibido que nuestro hermano Juan, nuestro queridísimo y fino primo? Como de costum­bre, trajo consigo un barril de malvasía y otro de dulce vino italiano y, además, una pieza de caza. Voy a dejar ahora al comerciante y al monje comiendo, bebiendo y divirtiéndose de lo lindo durante un día o dos.
Al tercer día, el comerciante se levantó y empezó a prestar atención a sus negocios. Subió a su casa de contabilidad, muy probablemente para ver cómo estaban las cosas para él aquel año, calcular los gastos y establecer si había tenido o no beneficios. Para ello extendió ante sí los libros y las bolsas de dinero encima del mostrador, y [como sea que su tesoro era muy grande] cerró bien la puerta de su casa de contabili­dad, dando órdenes al mismo tiempo de que, mientras estu­viera allí, nadie le interrumpiera en sus cuentas. Así permane­ció encerrado hasta bien tocadas las nueve de la mañana.
El hermano Juan se había levantado también al romper el alba y deambulaba arriba y abajo por el jardín rezando devo­tamente su oficio. Mientras éste paseaba de un lado para otro, la buena mujer se deslizó al jardín sin ser vista y le salu­dó como había hecho muchas otras veces anteriormente. Le acompañaba una niña que ella tenía bajo su custodia y que todavía estaba sujeta a su autoridad.
-Hermano Juan, mi querido primo -dijo ella-. ¿Cómo es que te has levantado tan temprano? ¿Pasa algo? -Sobrina -replicó él-, cinco horas de sueño por la no­che deberían ser suficientes, excepto para algún anciano fati­gado como uno de estos hombres casados que duermen en­cogidos como una liebre después de ser perseguida sañuda­mente por una jauría. Pero ¿por qué estás tan pálida, querida sobrina? Estoy segurísimo que nuestro buen amigo ha estado trabajando desde que anocheció. ¿No sería mejor que fuese a tomar un buen descanso?
Al decir eso, lanzó una alegre carcajada y se ruborizó de su propio pensamiento.
Pero la hermosa esposa negó con la cabeza
-Dios lo sabe todo -dijo ella-. No, primo, no es eso en absoluto, sino que en el cuerpo y el alma que Dios me dio, no hay mujer en todo el reino de Francia que obtenga menos placer de este triste juego. Oh, sí, puedo cantar:
¡Ay, y qué triste estoy como jamás he estado!
Pero no me atrevo a contar a nadie lo que me pasa. Real­mente estoy tan asustada y preocupada, que he llegado a pensar en salir del país o terminar conmigo.
El monje la miró fijamente.
-¡Ay, sobrina! -le respondió-. Que Dios suprima el miedo o la pena que te puedan impulsar a suicidarte. Pero dime: ¿.cuál es el problema? Quizá pueda yo aconsejarte o ayudarte en tu dificultad. Así que cuéntame tus preocupacio­nes, que no saldrá de mí. Mira, juro sobre este libro de ora­ciones que nada me hará jamás traicionar tu confianza mien­tras viva, para bien o para mal.
-Y yo te digo lo mismo -añadió ella-. Juro por Dios y por este libro de oraciones que aunque me despedazaran nunca diré ni una palabra de lo que tú me digas, incluso si por ello tuviera que ir al infierno, y no por ser primos, sino únicamente por cariño y confianza.
Después de haber efectuado estos juramentos se besaron y empezaron a abrir sus corazones el uno al otro, con toda li­bertad.
-Primo -dijo ella-, si hubiera tenido tiempo, que no lo he tenido, especialmente en este lugar, te habría contado la historia de un martirio: todo lo que he sufrido de mi es­poso desde que me convertí en su esposa, aunque tú eres su primo...
-¡No! -exclamó el monje-. Por Dios y por San Mar­tín, él no es más primo mío que esta hoja que cuelga del ár­bol. Por San Diomsio de Francia que si así le llamo es única­mente para tener más excusas para verte, pues te amo muy por encima de cualquier otra mujer. ¡Lo juro en mi calidad de monje! Dime lo que te sucede; apresúrate, no sea que baje él, en cuyo caso te vas.
-Querido amor mío -empezó ella-, ¡oh, queridísimo hermano Juan!, preferiría callarme esto, pero debo decirlo: ya no aguanto más. En lo que a mí me afecta, mi marido es el peor hombre que haya vivido jamás desde que el mundo es mundo. Como esposa no está bien que explique a perso­na alguna sobre nuestros asuntos privados, en la cama o en cualquier otra parte. ¡Dios no permita que diga nada de ellos! Ya sé que una esposa no debería decir nunca nada en descrédito de su marido, pero a ti sólo te diré esto, y que Dios me perdone; de cualquier modo que lo mires, no vale lo que una mosca. Pero lo que más me saca de quicio es su tacañería. Tú sabes muy bien que las mujeres -yo la prime­ra- deseamos instintivamente seis cosas: que nuestros res­pectivos esposos sean valientes, inteligentes, ricos y también generosos; considerados con sus esposas y fogosos en la cama. Pero, por Nuestro Señor que derramó su sangre por nosotros, resulta que antes del próximo domingo tengo que pagar el vestido que debo llevar, para hacerle quedar bien; cien francos o quedar arruinada. Antes preferiría no haber nacido que soportar el escándalo o la desgracia -aparte de que si mi esposo lo descubre alguna vez, estoy totalmente perdida-, por lo que tengo que pedirte que me prestes esta cantidad, o tendré que morir. Hermano Juan, por favor, prés­tame estos cien francos, y si lo haces, te juro que no te decepcionaré con mi agradecimiento. Te lo devolveré puntualmen­te, y si hay algo que quieras, cualquier cosa que te agrade, cualquier servicio que pueda hacer por ti, lo haré, y, si no lo hiciere, que Dios me castigue más que al traidor Ganelón de Francia.
El buen monje replicó con estas palabras:
-Amada mía, estoy verdaderamente apenado por ti. Te doy mi palabra de honor que, cuando tu esposo haya mar­chado a Flandes, te ayudaré a salir de este pequeño apuro. Te traeré los cien francos.
Entonces, cogiéndola por el talle, la estrechó fuertemente entre sus brazos y la besó una y otra vez.
Vete ahora -dijo él- lo más silenciosamente que pue­das y comamos tan pronto consigas arreglarlo, pues por mi reloj de bolsillo son las nueve de la mañana. Vete ahora y séme tan fiel como yo lo soy para ti.
-Que Dios no permita que te falte -dijo ella marchán­dose alegre como una alondra a decir a los cocineros que se apresurasen para poder comer sin más dilación. Entonces su­bió a ver a su esposo y llamó decididamente a la puerta de la casa de contabilidad.
-¿Quién está ahí? preguntó él.
-Por San Pedro, soy yo -repuso ella-. ¿Cuándo vas a comer? ¿Cuánto tiempo más estarás con tus sumas y cálcu­los y libros mayores y otras tonterías? ¡Que el diablo lleve las cuentas! ¿Es que Dios no te ha dado ya bastante? ¡Cielos, baja y deja tus bolsas de dinero solas por un rato! ¿No te da vergüenza dejar al hermano Juan ayunando miserablemente toda la mañana? Oigamos misa y luego vayamos a comer.
-Querida esposa -añadió el comerciante-. Qué poco entiendes los intríngulis de los negocios. Por Dios y por San Ivo, apenas si dos de cada doce comerciantes tienen ganancias constantes durante toda su vida de trabajo. Tenemos que poner buena cara a las cosas, mantener las apariencias, vivir nuestra vida lo mejor que podamos y guardar en secreto to­dos nuestros asuntos del negocio hasta la muerte; y si es pre­ciso, tomar unas vacaciones y salir en peregrinación para es­capar de los acreedores. Por esto es necesario que no quite ojo a este mundo tan extraño, pues en los negocios siempre se está a merced de la suerte y de las circunstancias.
»Me voy a Flandes mañana, al romper el alba, pero regre­saré lo antes que pueda. Por consiguiente, querida esposa, por favor, sé amable y complaciente con todos. Vigila bien las mercancías y procura que la casa funcione bien, pues dis­pones de todo lo que se pueda necesitar para ella. No careces de ropa y víveres y tienes mucho dinero en tu bolsa.
Después de decir esto, cerró la puerta de la casa de conta­bilidad y bajó las escaleras sin dilación. La misa fue celebra­da prontamente, las mesas puestas con diligencia y se dirigie­ron rápidamente a comer, donde el comerciante obsequió espléndidamente al monje.
Poco después de la comida el hermano Juan puso sem­blante serio y se llevó al comerciante para tener una conver­sación privada con él.
-Primo, veo que te marchas a Brujas. Que Dios te prote­ja y San Agustín te guíe. Cuídate cuando cabalgues, primo, y sé moderado en la mesa, especialmente con este calor que hace. No es preciso que hagamos ceremonias, por lo que te deseo buen viaje y que Dios te proteja de todo daño. Y si hubiere algo que quisieras que hiciese por ti, y que yo pue­da hacer, no te prives de pedírmelo, que lo realizaré como tú desees.
»Antes de que te vayas hay una cosa que quisiera pedirte, si puedo. ¿Me podrías prestar cien francos durante una sema­na o dos? Es para ganado que tengo que comprar para una de nuestras granjas que -¡Dios nos salve!- ojalá fuese tuya. Te aseguro que te lo devolveré puntualmente; aunque fuesen mil francos, no te haría esperar ni un cuarto de hora. Sólo te pido que lo mantengas en secreto, pues esta noche todavía tengo que comprar el ganado. Y ahora, queridísimo primo, adiós y mil gracias por tu hospedaje y amabilidad.
El buen comerciante repuso suavemente:
-Hermano Juan, mi querido primo, es algo muy peque­ño lo que me pides. Mi dinero es tuyo siempre que lo nece­sites, y no sólo mi dinero, sino también mi mercancía. Toma lo que desees. ¡No quiera Dios que sea escaso! Pero no es pre­ciso que te diga una cosa sobre nosotros los comerciantes: el dinero es nuestro arado. Podemos conseguir crédito mientras nuestro nombre tenga fama. Pero no es ninguna broma estar corto de dinero en metálico. Devuélvemelo cuando te con­venga; me complace poder ayudarte hasta donde pueda.
Entonces fue a buscar los cien francos y sigilosamente se los entregó al hermano Juan. Aparte de él y del comerciante, nadie sabía nada del préstamo. Así que durante un rato be­bieron, charlaron y pasearon a sus anchas hasta que el herma­no Juan regresó a la abadía montado en su caballo.
A la mañana siguiente, el comerciante se puso en camino hacia Flandes. Su aprendiz resultó un guía excelente y llega­ron sin novedad a la ciudad. Y allí se afanó en rematar sus transacciones, efectuando sus compras a crédito. Ni jugó a los dados ni bailó; en pocas palabras, se portó como un co­merciante. Por eso le dejo negociando.
El domingo siguiente al de la partida del comerciante el her­mano Juan llegó a Saint Denis con una nueva tonsura y una barba acabada de afeitar. Toda la casa, hasta el más pequeño sirviente, se sintió feliz de que el «señor hermano Juan» hubie­ra regresado. Pero vayamos al grano. La hermosa esposa había hecho este trato con el hermano Juan: había aceptado pasar toda la noche en sus brazos a cambio de los cien francos. Este acuerdo se cumplió escrupulosamente; ambos pasaron la no­che alegremente ocupados hasta el alba, momento en que el hermano Juan partió nuevamente después de despedirse de la servidumbre. Ningún miembro de ella albergaba la menor sos­pecha hacia el monje, ni tampoco ningún habitante de la ciu­dad. El se encaminó hacia su alojamiento, en la abadía u otra parte. No diré nada más de él por ahora.
Cuando la transacción hubo terminado, el comerciante regresó a Saint Denis, en donde celebró un festejo y se divir­tió con su mujer. Ahora bien, le contó que había pagado un precio tan alto por su mercancía que tendría que negociar un préstamo, pues había aceptado pagar veinte mil coronas den­tro de muy breve plazo. Por lo que tomó algún dinero y par­tió hacia París para que sus amigos le prestaran el resto. Cuando llegó a la ciudad, lo primero que hizo fue ir a hacer una visita al hermano Juan, debido a su gran cariño y afecto por él. No a pedirle ni a tomarle dinero prestado, sino para ver cómo estaba de salud y comentar con él sus tratos comer­ciales, como suelen hacer los buenos amigos cuando se encuentran. El hermano Juan le acogió muy cordialmente y le otorgó un trato distinguido.
Por su parte, el comercian­te le contó con todo lujo de detalles los tratos beneficiosos que -gracias a Dios- había efectuado comprando mercan­cías. La única pega era que, de algún modo, tenía que conse­guir un préstamo para poder vivir tranquilo.
El hermano Juan replicó:
-Me satisface muchísimo que hayas vuelto a tu casa sano y salvo. ¡Ay, Dios mío! Si fuese rico, no te faltarían las vein­te mil coronas, pues tú bien me prestaste dinero el otro día. No sé cómo agradecértelo. ¡Por Dios y por Santiago! Sin em­bargo, yo devolví el dinero a tu buena esposa y lo puse en tu arcón. Ella seguro que lo sabrá por ciertas prendas de agrade­cimiento que le, haré recordar. Y ahora, si me perdonas, no puedo estar más tiempo contigo, pues nuestro abad está a punto de partir de la ciudad y debo reunirme con su séquito. Da recuerdos a tu buena esposa, mi dulce sobrina. Y ahora, adiós, primo, hasta la vista.
El comerciante, un hombre astuto y sensato, tomó presta­do a crédito y luego hizo el pago a través de unos banqueros lombardos de París, que le devolvieron la fianza. Contento como unas pascuas regresó a su hogar, pues sabía que, a pe­sar de los gastos que había tenido, volvía a casa con un mi­llar de francos limpios de polvo y paja.
Su esposa estaba junto al portal esperándole como solía hacerlo y pasaron la noche celebrándolo, pues había regresa­do rico y libre de deudas. Por la mañana, el comerciante vol­vió a abrazar a su esposa y a besarle la cara, y, ¡puf!, otra vez sintió el hervor de la sangre.
-¡Basta! -exclamó ella-. Ya has tenido bastante. ¿Dón­de iríamos a parar?
Pero se volvió hacia él, incitante, hasta que él al final le dijo:
-Realmente estoy un poco molesto contigo, mujer, y me aflige bastante. ¿Sabes por qué? Pues te lo diré: por lo que se tú has sido la causa de cierto enfriamiento entre mi primo y yo. Tenías que haberme advertido que él te ha pagado cien francos a cambio de prendas de mayor valor y ha pensado que no se lo agradecía bastante, cuando le salí a hablar de tomar dinero prestado, o al menos así me lo pareció por la cara que puso. Pero, que el Cielo me sea testigo, nunca pensé pe­dirle nada. Por lo que, por favor, no lo hagas otra vez, querida; dime siempre antes de que marche si algún deudor ha sal­dado su deuda en mi ausencia, ya que, de lo contrario, por tu poco cuidado, es posible que le pida lo que ya ha devuelto.
Su esposa, ni asustada ni consternada, replicó seca y deci­didamente:
-Me importa un rábano este monje embustero, el herma­no Juan. ¿Qué me importan sus prendas? Él me trajo una cantidad de dinero, ya lo sé, ¡mala suerte para su bocaza de monje! Nuestro Señor sabe que yo estaba perfectamente se­gura de que me la había dado por causa tuya, para que la gas­tase vistiendo alegremente, porque es primo tuyo y por la hospitalidad que ha tenido aquí. Pero ya veo que estoy en una posición falsa, por lo que te daré una respuesta muy cor­ta. Tú tienes peores deudas que yo. Yo te pagaré pronto y en­jugaré mi deuda un poco cada día, y si te decepciono, bue­no... soy tu mujer: ¡embísteme! Te pagaré en cuanto buena­mente pueda. Te doy mi palabra de que no he despilfarrado el dinero, sino que me lo he gastado todo en vestir, y ya que lo he sabido emplear tan bien y todo para hacerte quedar bien, ¡por el amor de Dios!, no estés enojado. Oye, en lugar de enojarte, ríe y sé feliz. Aquí está mi hermoso cuerpo como prenda. No pienso pagarte sino es en la cama. Por lo que, querido, perdóname, date la vuelta y ¡vuelve a sonreír!
El comerciante vio que aquello no tenía remedio: era inú­til reñirla por cosas que no podían enmendarse.
Te perdono, querida -dijo él-, pero no te atrevas a di­lapidar así otra vez. Y ten más cuidado con mi dinero. ¡Es una orden!
Así termina mi cuento, y que Dios haga que nuestras cuentas cuadren al final de nuestros días.

AQUÍ TERMINA EL CUENTO DEL MARINO

2. SIGUEN LAS ALEGRES PALABRAS ENTRE EL ANFITRIÓN, EL MARINO Y LA PRIORA
-Bien dicho, Hostia -exclamó el anfitrión-. ¡Vida larga de traficante marino tengas! ¡Que Dios con­ceda mil carretadas de años malos! ¡Compañeros! ¡Cuidado con estas tretas! ¡Este monje colocó un mono en la capucha del mercader! ¡Y en la sala de su esposa también!
¡Por San Agustín! ¡No deis cobijo a monjes en vuestra casa! Pero dejemos esto y busquemos otro narrador entre este grupo. Y con estas palabras y con modales de doncella dijo: -Señora priora, con vuestro permiso, con tal de no eno­jarnos, considero que ahora os toca contarnos un cuento, si queréis. ¿Queréis cumplir vuestra obligación?
La priora contestó:
Acepto gustosa. Lo intentaré.



3. PRÓLOGO AL CUENTO DE LA PRIORA


¡Señor, Dios nuestro!.
-¡Señor, Señor! ¡Cuán maravilloso es tu nombre en el universo mundo! -dijo-. No sólo te alaban los hombres de elevada dignidad, sino tam bién surge tu alabanza de la boca de los infantes que, al to­mar el pecho, también ensalzan tu nombre.
Por consiguiente es en tu honor, y en el del blanco lirio que te engendró, sin ser mancillada por varón, que relato este cuento de la mejor forma posible. No por ello voy a acrecentar su honor, pues ella es, después de su Hijo, la mis­ma fuente de bondad y honra y la misma salvación.
¡Oh Virgen Madre! ¡Madre Virgen de bondad! ¡Oh zarza incombustible, consumiéndose ante Moisés! ¡Tú que hiciste rebajar a la Deidad, gracias a tu humildad, por mediación del Espíritu que iluminó tu corazón! ¡Tú que concebiste al Padre de la Sabiduría!, ¡ayúdame a contar esto con reverencia!
¡Señora! No hay lengua ni saber que expresar puedan tu bondad, magnificencia, virtud y profunda humildad. A ve­ces, tú, Señora, antes de que los mortales acudamos a ti, en tu bondad previsora y con tu intercesión, obtienes luz para cada uno de nosotros de forma que ésta nos guíe hacia tu bendito Hijo.
Mi habilidad descriptiva es escasa, Reina bendita. ¿Cómo voy a proclamar tu dignidad y mantener los argumentos que quiero demostrar? Del mismo modo que un bebé de un año a duras penas puede expresar una palabra, así soy yo. Por consiguiente, ¡ten piedad de mí! ¡Guíame a lo largo del rela­to que te dedico!



4. EL CUENTO DE LA PRIORA


Había en Asia una gran ciudad cristiana en la que exis­tía un ghetto. Estaba protegido por el gobernante del país gracias al asqueroso lucro obtenido por la usura de los judíos, aborrecida por Jesucristo y por los que le si­guen; la gente podía circular libremente por él, pues la calle no tenía barricadas y estaba abierta por ambos extremos. Abajo, en el extremo más lejano, se levantaba una pequeña escuela cristiana en la que una gran multitud de niños reci­bían instrucción año tras año. Se les enseñaban las cosas acostumbradas a los niños pequeños durante la infancia, es decir, leer y cantar. Entre ellos se hallaba el hijo de una viu­da, un muchachito de siete años, un chico del coro que acos­tumbraba ir diariamente a la escuela; también solía arrodillar­se y rezar una Avemaría como se le había enseñado, siem­pre que viese la imagen de la Madre de Jesucristo por la calle. Pues la viuda había educado a su hijo a venerar siempre a Nuestra Señora de este modo, y él no lo olvidaba, pues un niño inocente siempre aprende con rapidez. Por cierto que cada vez que pienso en ello, me acuerdo de San Nicolás, que también había reverenciado a Jesucristo en la misma tier­na edad.
Cuando este niño pequeño se sentaba en la escuela con su cartilla, estudiando su librito, oía a otros niños que cantaban Alma Redemptoris mientras practicaban con sus libros de himnos. Disimuladamente él se acercó cada vez más, todo lo que se atrevió. Escuchó atentamente la letra y la música has­ta que se aprendió el primer verso de memoria. Debido a sus pocos años, desconocía lo que significaba en latín, hasta que un día empezó a pedir a un compañero que le explicase el significado en su lengua materna y por qué se cantaba. Mu­chas veces se arrodilló ante su amigo rogándole que le tradu­jese y explicase la canción, hasta que finalmente su compañe­ro mayor le dio esta respuesta:
-He oído decir que la canción fue compuesta para salu­dar a Nuestra Señora y pedirle que sea nuestra ayuda y soco­rro cuando muramos. Esto es todo lo que puedo decirte so­bre ello. Estoy aprendiendo a cantar, pero no sé mucho de gramática.
-¿Así que esta canción está hecha en honor de la Madre de Jesucristo? -preguntó el inocente-. Entonces haré cuanto pueda para aprenderla antes de la Navidad, aunque me riñan por no saber la cartilla y me peguen tres veces cada hora. La aprenderé para honrar a Nuestra Señora.
Y así, este amigo se la enseñaba secretamente cada día al regresar a casa hasta que la supo de memoria y la cantó con aplomo, palabra por palabra, entonada con la música.
sí, cada día, esta canción pasaba dos veces por su garganta: una, al ir a la escuela, y la otra, al regresar a casa; pues todo su co­razón lo tenía puesto en la Madre de Nuestro Señor.
Como ya he dicho, este niño iba siempre cantando alegre­mente Alma Redemptons cuando, al ir o al venir, atravesaba el ghetto, pues la dulzura de la Madre de Jesucristo había traspa­sado tanto su corazón, que no podía contenerse de cantar alabanzas en su honor mientras iba de camino. Pero nuestro primer enemigo, la serpiente de Satanás, que ha construido su nido de avispas en el corazón de cada judío, se encolerizó y gritó:
-¡Oh, pueblo judío! ¿Os parece bien que un muchacho como éste deba andar por donde le plazca, mostrándoos su desprecio al cantar canciones que insultan vuestra fe?
Desde entonces, los judíos empezaron a conspirar para mandar al niño fuera de este mundo. Para ello contrataron a un asesino, un hombre que tenía un escondite secreto en una callejuela. Cuando el muchachito pasó, este infame ju­dío le agarró con fuerza, le cortó el cuello y lo arrojó dentro de un pozo seco. Sí, lo echó en un pozo negro en el que los judíos vacían sus intestinos. Pero ¿de qué puede aprovecha­ros vuestra malicia, oh condenada raza de nuevos Herodes? El crimen se descubrirá, esto es cierto, y precisamente en el lugar que servirá para aumentar la gloria de Dios. La sangre clama contra vuestro perverso crimen.
-¡Oh, mártir perpetuamente virgen! -exclamó la prio­ra-, que sigas eternamente cantando al blanco Cordero ce­lestial del que escribiera en Patmos San Juan Evangelista di­ciendo que los que preceden al Cordero cantando una nue­va canción, jamás han conocido cuerpo de mujer.
Toda la noche estuvo la viuda esperando el regreso del niño, pero en vano. Tan pronto clareó, salió a buscarlo a la escuela y por todas partes, con el corazón encogido y el ros­tro lívido de temor, hasta que, al fin, averiguó que la última vez que había sido visto se hallaba en el ghetto. Con su cora­zón estallando de piedad maternal, medio enloquecida, fue a todos los sitios a los que su imaginación febril pensaba pro­bablemente encontrar a su hijo, mientras invocaba a la dulce Madre de Jesucristo. Por fin se decidió a buscarle entre los judíos. De forma lastimera pidió y rogó a todos y a cada uno de los judíos que vivían en el ghetto que le dijeran si el niño había pasado por allí, pero le respondieron que no. Luego, Jesús en su misericordia quiso inspirar a la madre a que lla­mase a su hijo en voz alta cuando se hallaba junto al pozo en el que había sido arrojado.
¡Dios Todopoderoso, cuyo elogio cantan las bocas de los inocentes, contempla aquí tu poder magnífico! Con el cue­llo cortado, esta gema y esmeralda de castidad, este brillante rubí de entre los mártires, empezó a cantar Alma Redemptoris con voz tan fuerte, que todo el lugar resonó.
Los cristianos que pasaban por la calle se agolparon a mi­rar maravillados. A toda prisa mandaron a buscar al prebos­te. Éste vino de inmediato, y después de haber alabado a Jesucristo, rey de los cielos, y a su Madre, gloria de la especie humana, ordenó que se atase a los judíos. Con lamentacio­nes que acongojaban, subieron al niño, que seguía cantando su canción, y le llevaron en solemne procesión a una abadía cercana. Su madre se hallaba caída junto al féretro, sin fuer­zas, como una segunda Raquel, y la gente trataba en vano de apartarla de él.
Después, el preboste dispuso que cada uno de los judíos que habían intervenido en el crimen fuese torturado y eje­cutado de forma vergonzosa, pues no quería tolerar una semejante maldad de índole tan abominable en su jurisdic­ción. «El mal debe recibir su pago debido.» Por eso los hizo descuartizar con caballos salvajes y luego ser colgados de acuerdo con la ley.
Durante todo este tiempo el niño inocente yacía en su fé­retro ante el altar mayor mientras se cantaba la misa. Luego, el abad y sus monjes se apresuraron a darle sepultura, pero cuando le rociaron con agua bendita y ésta cayó sobre el niño, éste cantó nuevamente Alma Redemptons Mater. Ahora bien, el abad, que era un santo varón, como lo son o deberían serlo siempre los monjes, empezó a preguntar al niño y le dijo:
-Querido niño, te conjuro por la Santísima Trinidad que me digas: ¿cómo puedes cantar, cuando todos podemos ver que tienes el cuello completamente cercenado?
-Mi cuello está cortado hasta el hueso del pescuezo -respondió el niño-, y, según todas las leyes de la Natura­leza, debería haber muerto hace mucho tiempo, si no fuera porque Jesucristo ha querido, como podéis leer en las Sagra­das Escrituras, que su gloria sea recordada y perdure. Por ello, en honor de su Santa Madre, puedo todavía cantar Alma con voz clara y fuerte. En lo que a mí concierne, siempre he ama­do este manantial de gracia, la dulce Madre de Jesucristo, por lo que cuando tuve que entregar mi vida, ella vino y me pidió que cantase este himno, incluso en mi muerte, como aca­báis de oír. Y mientras yo cantaba, me pareció que Ella colo­caba una perla sobre mi lengua. Por consiguiente, canto, como siempre debo cantar, en honor de esta bendita Virgen, hasta que me quiten la perla, pues ella me dijo: «Mi niño, vendré a buscarte cuando te quiten la perla de la lengua. No temas, que no te abandonaré.»
Entonces, aquel santo varón -el abad-, cuando el niño suavemente entregó su espíritu, le extrajo con cuidado la len­gua y tomó la perla. Al ver este milagro, el abad derramó abundantes lágrimas y se echó de bruces a tierra, permane­ciendo inmóvil y como encadenado al suelo, mientras los demás monjes se postraban también sobre el pavimento, llo­rando y proclamando las alabanzas de la Madre de Jesucristo. Entonces se levantaron y sacaron al mártir del féretro y encerraron su tierno cuerpecito en una tumba de mármol claro. ¡Que Dios nos conceda el privilegio de reunimos con él!
¡Oh, joven Hugo de Lincoln, muerto por los viles judíos, como es muy bien sabido (pues hace poco tiempo que ocu­rrió el suceso), ruega por nosotros, gente débil y pecadora! ¡Que Dios en su misericordia multiplique sus bendiciones sobre nosotros, por causa de su Santa Madre María! Así sea.

5. LAS ALEGRES PALABRAS ENTRE EL HOSPEDERO Y CHAUCER

Todos se emocionaron ante el relato milagroso. Daba gusto verlo. Finalmente, el anfitrión comenzó a chan­cearse y se dirigió a mí y me dijo:
-¿Qué clase de hombre eres? Parece como si intentases cazar una liebre. Siempre llevas la mirada clavada en tierra. Acércate y levanta los ojos con alegría. Hagan sitio, señores; déjenle que ocupe su lugar. Tiene una cintura tan esbelta como la mía. Sería como un muñeco en brazos de una her­mosa y pequeña mujer. Hay algo de enigmático en su aspec­to: nunca habla jocosamente. Di algo ahora. Otros ya han hablado. Cuéntanos ahora mismo un cuento alegre.
-Anfitrión -dije-, espero que no te molestes. Sólo co­nozco un cuento muy antiguo, con rima y todo. De los otros no sé ninguno.
-Está bien -dijo-. Por tu cara adivino que vamos a es­cuchar algo delicado.


1. EL CUENTO DE SIR TOPACIO

EL PRIMER ENVITE

Escuchad, señores, con la mejor voluntad,
y creedme si os cuento
las alegres aventuras
de aquel caballero de tanto arrojo
en tomeos y en batallas
que se llamó sir Topacio.

Nació en un país lejano:
en Flandes, más allá del mar.
Popering fue el lugar.
Su padre era de alto rango,
pues era señor de aquel país;
gracias al Cielo hay que dar.

Sir Topacio creció hecho un apuesto doncel;
su rostro era blanco como la más blanca harina;
sus labios, rojos como una rosa,
y su color parecía teñido de escarlata.
Es la pura verdad si digo que
tenía una hermosa nariz.

Color de azafrán tenían su barba y su pelo,
y hacían juego con su cinto preciso;
sus botas eran de cuero español;
sus calzas pardas procedían de la feria de Brujas;
su ropaje de seda era incomparable,
y le había costado muchos sueldos.

Era cazador de silvestres venados,
y solía cabalgar y practicar la cetrería junto al río
con un halcón posado en el puño.
Además, era muy buen arquero,
y luchando con el cuerpo no tenía rival,
pues siempre ganaba sus apuestas.

Muchas doncellas en su cámara
habían suspirado por él con loco deseo
(mejor habría sido que hubieran dormido).
Pero él era casto, y nada libertino,
y más dulce que la flor del zarzal,
que aporta un fruto escarlata.

En verdad voy a cantar
lo que sucedió aquel día.
Sir Topacio salió a cabalgar;
montó en su corcel gris,
y, empuñando una lanza, marchó a galope,
con una larga espada al cinto.

Atravesó galopando un hermoso bosque
lleno de fieras salvajes,
sí, y de gamos y liebres.
Galopó hacia Oriente y Occidente,
y explicaré ahora cómo casi
cayó en una falaz añagaza.

Allí florecían hierbas de toda clase,
como el regaliz, y la raíz del ajenjo,
y clavos, y muchas más.
Y las nueces que ponéis en la cerveza,
sea negra o clara,
o guardáis para mejor ocasión.

Y los pájaros cantaban, ¡no lo puedo callar!
El gavilán y la cotorra,
daba gusto escucharles.
El zorzal macho tocó su flauta,
y la paloma torcaz lo hizo en la cascada.
Su canto era fuerte y claro.

Y cuando él oyó cantar al zorzal,
el caballero quedó lleno de ansias amatorias,
y, clavando las espuelas al caballo, huyó de allí como un loco;
su buen corcel siguió galopando,
empapado hasta los huesos de tanto que sudaba,
con ambos costados bañados de sangre.

Luego, sir Topacio se sintió tan fatigado
de galopar, pisando la tierna hierba.
Tan ardiente era su coraje,
que allí mismo desmontó
para dar un respiro al caballo,
al que dio también forraje.

«Oh, Santa María, ¡haz que el Cielo me bendiga!
¿Por qué este amor me causa tanto desasosiego
y me ata con su soga?
Toda la noche pasada soñé, ¡ay de mí!,
que la reina de los Elfos sería mi enamorada
y dormiría bajo mi manto.

Yo solamente amaré a la reina de las Hadas.
Ninguna mujer he visto jamás
que fuese adecuada para ser mi pareja en la ciudad.
Todas las demás mujeres no me importan:
yo seguiré la pista a la reina de los Elfos
por valles y praderas.»

Entonces subió a su montura,
galopó saltando cercas y charcos,
para encontrar a la reina de las Hadas.
Cabalgó mucho tiempo al trote y al galope,
hasta que al fin encontró, en un lugar secreto
el país de las Hadas.

Tan silvestre;
pues en aquel país no había nadie
que se atreviese a enfrentársele:
ni mujer ni infante.
Hasta que vino un forzudo gigante,
que se llamaba sir Elefante:
un hombre peligroso, por cierto.
Él dijo: «Señor caballero: por Misa, Mesa y Masa,
yo vivo por aquí; galopad, pues, a vuestra casa,
o mataré a vuestro corcel,
con la maza.
Pues aquella reina de las Hadas
con arpa, y flauta y tamboril,
hizo de este lugar, su casa y plaza.»

El caballero dijo: «Señor, creedme:
mañana me enfrentaré a vos,
cuando lleve la armadura.
Y a fe mía, si tengo ocasión,
pagaréis con esta gruesa lanza
y cantaréis otra canción.

Vuestro rostro
será traspasado desde la mejilla al espinazo
antes de que sean más de las nueve y media,
y aquí haré el trabajo.»

Sir Topacio tuvo que retirarse precipitadamente;
este gigante hizo caer sobre él
una lluvia de pedruscos que lanzaba con su terrible honda.
Pero escapó, ¡vaya si escapó sir Topacio!
Y fue todo gracias al Cielo, a la Providencia
y a su propio noble comportamiento.

Sin embargo, escuchad, maestros, mi cuento
más contentos que un ruiseñor,
y os haré saber cómo sir Topacio,
el de las esbeltas pantorrillas,
galopando a través de puentes y orillas,
volvió de nuevo a la ciudad.

A sus alegres hombres les mandó
que hiciesen jarana y jolgorio,
pues tenía que salir a luchar y a vencer
a un monstruo gigante, que tenía tres cabezas.
Todo ello por amor y liviandad
de una que brillaba con tanto esplendor.

«Llamad para que vengan, llamad a todos mis juglares
-dijo él-, y pedidles que cuenten algún cuento,
mientras me coloco la armadura encima.
Algún romance que sea verdaderamente propio de un rey,
de obispo, papa o cardenal,
y también de un enamorado triste.»

Primero le trajeron vino exquisito,
aguamiel en cazos de arce y pino,
toda clase de especias reales,
y galletica de jengibre de la buena, buena,
y regaliz y dulces cominos,
y azúcar, que va tan bien.

Luego se colocó su piel de marfil,
calzones del más puro lino.
También se puso una camisa,
y encima de la camisa no dejó de
ponerse guata y una cota de malla
para proteger su corazón.

Y encima una magnífica cota de malla,
trabajo de artesanía costosísimo
hecho del acero más fuerte.
Y sobre todo ello, su armadura y coraza,
más blanca que la flor del lirio,
en la que iba a tomar el campo.
Su escudo era de oro rojísimo,
adomado con una gran cabeza de verraco
y un carbunclo al lado.
Y luego juró por la cerveza y el pan
que el gigante pronto estaría muerto,
¡pasara lo que pasara!

Sus grebas eran de resistente cuero.
Envainó su espada en marfil
y llevó un yelmo de metal.
Sobre una montura de ballenas se sentaba,
y como el sol su brida brillaba
o como la luna y las estrellas.

Su lanza estaba hecha del mejor ciprés,
lo que quiere decir que era de guerra,
no de paz: tan afiladamente había sido pulida la punta.
Su corcel era gris moteado,
y fue a paso lento todo el rato,
y suavemente caminó por ahí,
en el país.

Bien, caballeros: éste es el primer envite.
Si queréis saber más de él,
ya veré qué puedo hacer.

Ahora, cerrad la boca, por caridad,
todo cortés caballero y hermosa dama,
y escuchad mi cuento
de batalla y de caballería,
de cortejo y de cortesía,
que estoy a punto de contar.

Se habla de todas estas magníficas historias antiguas
de Hom y de sir Ypotis,
de Bevis y de sir Guy;
de Libelao y de sir Pleyndamour.
Pero sir Topacio se lleva la palma
de la caballería real.

Montó en su noble caballo gris
y avanzó rápidamente,
como chispa de una llama.
Sobre su penacho había una torre
en donde estaba plantada una flor de lirio.
¡Que Dios lo proteja de toda deshonra!

Este caballero era tan aventurero,
que nunca pemoctaba en casa alguna,
sino que se envolvía en su capa.
Su almohada era su reluciente yelmo,
mientras su caballo pacía junto a él
comiendo pasto verde y bueno.

Y él bebía agua del pozo,
como lo hacía el caballero sir Percival,
cuya armadura era tan bonita.
Hasta que un día...

7. INTERRUPCIÓN

Hasta, por caridad cristiana -exclamó nuestro anfi­trión-. Me estás cansando con este parloteo. Tomo a Dios por testigo para asegurar que me duelen los oídos de escuchar las sandeces que pronuncias. ¡Que el diablo se lleve estos cuentos! A esto es lo que yo lla­mo aleluyas o canciones de ciego.
-¿Por qué? -dije yo-. ¿Por qué interrumpes mi cuento y no lo has hecho con el de otro, cuando es la mejor balada que conozco?
-¡Dios todopoderoso! -replicó-. En pocas palabras, si es que lo quieres saber, te diré que este rimado de mierda no vale nada. No haces nada más que perder el tiempo. En una palabra, señor, no más rimas. Veamos si sabes relatar uno de aquellos romances antiguos o, por lo menos, algo en prosa que sea edificante o divertido.
-Con mucho gusto -le respondí-. Por Dios que os contaré un relato corto en prosa que probablemente os com­placerá, creo; en caso contrario, es que sois muy dificil de contentar. Es un cuento muy edificante, con moraleja -aun­que debo aclarar que distintas personas lo explican de mane­ras diferentes. Por ejemplo, ya sabéis que cuando los evangelistas describen la Pasión de Jesucristo, no expresan cada uno de ellos de igual forma cómo ocurrieron las cosas; sin embar­go, cada uno de ellos dice la verdad, y todos concuerdan en el significado general, aunque en la manera de decirlo pueda haber diferencias. Algunos de ellos explican más cosas; otros, menos. Pero cuando ellos -es decir, Mateo, Marcos, Lucas y Juan- escriben su conmovedora Pasión, no hay duda de que ellos querían darle idéntico significado. Por consiguien­te, caballeros, os ruego que no me culpéis si he introducido cambios en el cuento, si -es un decir- utilizo más prover­bios de lo corriente en este pequeño relato para reforzar el efecto, o si no me sirvo de las mismas palabras que hubieseis podido escuchar anteriormente, pues no hallaréis diferencia entre la idea general y el pequeño tratado del que he sacado este magnifico cuento. Por lo tanto, escuchad lo que voy a decir, y, esta vez, dejadme terminar.

8. EL CUENTO DE MELIBEO

Cierto joven llamado Melibeo, hombre rico y podero­so, engendró de Prudencia, su mujer, una hija, a la que dieron el nombre de Sofia.
Sucedió un día que Melibeo salió al campo para solazarse y dejó en casa a su esposa e hija después de haber atrancado fuertemente las puertas. Sin embargo, tres antiguos enemigos suyos estaban al acecho, y con la ayuda de escaleras apoyadas en el muro del edificio, penetraron en él por los ventanales e infligieron malos tratos a su esposa e hirieron a su hija en cin­co zonas, a saber: en los pies, en las manos, en los oídos, en la boca y en la nariz. Y se dieron a la fuga, dejándola por muerta.
Cuando, más tarde, Melibeo regresó a su casa y contem­pló aquel panorama rompió en llantos y gemidos y se rasgó las vestiduras.
Prudencia, su mujer, intentó calmarle, suplicándole que dejara de llorar, pero él arreciaba en sus lamentos.
Con todo, la noble Prudencia se acordaba de la máxima de Ovidio en su obra Remedio de amor: «Quien interrumpe a la madre cuando llora la muerte de su hijo está loco. Porque, durante cierto tiempo, debe dejarla que desahogue su llanto; y, pasado aquél, intentará lograr que cesen las lágrimas con dulces palabras». Por este motivo dejó la digna Prudencia que su marido sollozara un rato. Luego, después de un tiem­po prudencial, le habló de la siguiente manera:
-¿Por qué, señor mío, te comportas de un modo tan in­sensato? Pues, indudablemente, tu profundo dolor es in­discreto. Si Dios quiere, tu hija sanará y saldrá del peligro. Y aunque sucediera que ahora estuviera muerta, no deberías permitir que tal circunstancia te destruyera. Séneca afirma: «El hombre prudente no debe sentir mucho la muerte de sus hijos, sino soportarla con paciencia, del mismo modo que es­pera la suya propia».
La respuesta de Melibeo fue inmediata. Dijo:
-¿Cómo puede uno dejar de llorar cuando existe una ra­zón profunda para lamentarse?
El mismo Jesucristo Nuestro Señor lloró la muerte de su amigo Lázaro.
-Sé muy bien -respondió Prudencia- que al afligido no se le prohibe llorar con moderación. El apóstol San Pa­blo, en su Epístola a los romanos, escribe: «Uno debe reír con los que ríen y llorar con los que lloran». Pues si un llanto moderado está permitido, no así el desmesurado, ya que la máscara del llanto debe medirse según la doctrina de Séneca: «A la muerte de tu amigo no permitas que tus ojos se inun­den de lágrimas ni que estén excesivamente secos, y aunque las lágrimas acudan a tus ojos, no las dejes correr libremen­te». Así, en cuanto pierdas a un amigo, has de intentar bus­carte otro. Esta conducta es más inteligente que llorar al ami­go perdido, pues la pérdida no tiene remedio. En consecuen­cia, si te dejas llevar por la sabiduría, expulsarás el dolor de tu corazón. Jesús de Sirach afirma: «Quien tiene el corazón ale­gre y contento se conserva vigoroso a través de los años, pero un corazón entristecido reseca los huesos». Y también aña­de que la tristeza de corazón ocasiona numerosas muertes.
»Salomón declara: "La tristeza daña al corazón del mismo modo que la polilla a la lana de los vestidos y la carcoma al árbol". Y así debemos tener paciencia, tanto si perdemos nuestra prole como nuestra hacienda. Recuerda al paciente Job, que, a pesar de haber perdido a sus hijos y a su fortuna y soportar graves tribulaciones corporales, afirmaba: "El Se­ñor me lo dio, el Señor me lo quitó. Que se cumpla su vo­luntad. Alabado sea el nombre del Señor".
Melibeo replicó a todo ello:
-Tus palabras son certeras y provechosas, pero el dolor embarga mi corazón y no sé lo que debo hacer.
A lo que Prudencia replicó:
-Manda llamar a tus auténticos amigos y a tus familiares prudentes. Cuéntales la situación, escucha sus consejos y guíate por ellos. Salomón afirma: «Actúa siempre por conse­jos, y jamás te arrepentirás».
Entonces Melibeo, siguiendo el parecer de su esposa, Pru­dencia, convocó a numerosas personas: cirujanos, médicos, gente joven y madura, e incluso diversos enemigos suyos que se habían reconciliado con él. También acudieron va­rios de esos vecinos que -como de costumbre- se guían más por temor que por verdadera amistad. Asimismo se reu­nieron rastreros aduladores y sabios juristas, especialistas en Derecho.
Melibeo relató su desgracia a toda esa asamblea, y de sus palabras se deducía que su corazón abrigaba cruel enojo y es­taba dispuesto a vengarse de sus enemigos y anhelaba decla­rarles la guerra.
Un cirujano, en representación de los prudentes, se levan­tó y habló a Melibeo en los siguientes términos:
-A los cirujanos nos incumbe, señor, comportarnos con todos del mejor modo posible, allí donde se nos reclame, sin causar jamás perjuicio a nuestros enfermos. Por consiguiente, es frecuentísimo que cuando dos contendientes se hieren mutuamente, el mismo cirujano acude a curar a los dos. Así, el fomentar las guerras o partidismos no nos conviene a nuestra profesión. Por lo que respecta a tu hija, aunque tiene heridas graves, la cuidaremos noche y día con tal solícito cui­dado, que con la ayuda del cielo, se pondrá buena en poco tiempo.
Los médicos efectuaron casi idénticos comentarios, aun­que añadieron que «así como las enfermedades se curan con los humores opuestos, así los hombres entablan la guerra a modo de venganza».
Sus envidiosos vecinos, fingidos amigos falsamente recon­ciliados, y los aduladores ponían rostros compungidos y em­peoraban y agravaban la situación; alababan sin mesura la fuerza, poder y caudal de Melibeo y de sus amigos y despre­ciaban a sus adversarios, y confesaban sin ambages que debe­ría tomar cumplida venganza de sus enemigos y declararles la guerra.
Entonces se levantó un segundo abogado, con el consen­so y consejo de otro colega, y le dijo lo siguiente: -Señorías, el asunto que nos ha reunido aquí es serio y de entidad: el agravio y maldad cometidos son de extremada gravedad, habida cuenta de los muchos daños que pueden derivarse en el futuro y también el poder y caudal de las par­tes implicadas; por todas estas razones, sería peligrosísimo dar un consejo equivocado. Por consiguiente, Melibeo, ésta es nuestra opinión: Cuida, sobre todo, de ti mismo de tal for­ma que no hayas menester guarda ni centinela que te custodie. Además, coloca en tu hogar una guardia suficiente para la se­guridad de tu persona y de tu hogar. Sin duda, no podemos juzgar de provecho el decidir con tan poca reflexión el decla­rar la guerra o vengarse: no podría hacerse de modo que se ob­tuviera provecho. Para solucionar este asunto se precisa tiem­po y tranquilidad. Lo afirma el refrán: «Quien decide con prontitud, pronto se arrepiente» Se considera también sabio al juez que capta un asunto con prontitud y lo juzga con cal­ma. Pues, aunque toda demora resulta fastidiosa, cuando se trata de dictar sentencia o proyectar una venganza -dentro de lo prudente y razonable-, no es digna de censura.
»Jesucristo demostró esto con su ejemplo. Cuando le pre­sentaron la mujer adúltera, no quiso Él, a pesar de saber lo que iba a contestar, dar una respuesta precipitada; prefirió de­liberar y, por dos veces, escribió en la tierra. En consecuen­cia, precisamos deliberar, y luego, con el auxilio divino, te aconsejaremos del modo más conveniente.
Los jóvenes se rebelaron unánimemente, y casi todos gri­taron alborotadamente, con menosprecio a los discretos an­cianos, que se debe batir en caliente al hierro y que la venganza se ha de tomar cuando las ofensas se acaban de come­ter. Y con gran clamor exclamaban: «¡Guerra, guerra!»
Se levantó entonces uno de esos sabios ancianos y, hacien­do ademán para acallar y reclamar la atención de la asam­blea, dijo:
-Señores, muchos de estos partidarios de la guerra igno­ran lo que ella significa. En sus inicios, la guerra tiene unas puertas tan amplias y espaciosas, que todos pueden encontrarlas y entrar a su antojo, pero nunca resulta fácil saber cómo terminará. Una vez iniciada, muchos jóvenes que to­davía no han nacido morirán en la lucha o en la miseria o bien vivirán de modo penoso. Y por esta causa, antes de em­pezar una guerra, siempre se han de celebrar muchas delibe­raciones y consultas previas.
El anciano intentó respaldar sus afirmaciones con más ar­gumentos, pero la mayoría le respondió con abucheos pi­diéndole que acabase pronto. A decir verdad, el que predica a quien rechaza escucharle ocasiona enojo con sus palabras. Pues jesús de Sirach afirma que la música en medio del llan­to desagrada, es decir, que lo mismo aprovecha hablar a quien nuestras palabras disgustan, como cantar ante el que llora. Y aquel hombre sesudo, al ver que no le escuchaban, se sintió ofendido. Porque ya lo aconsejaba Salomón: «No te esfuerces en hablar allí donde no te quieren escuchar». Este hombre prudente pensaba: «En verdad reza el refrán común que el buen consejo siempre falta cuando es más necesario.»
En esta asamblea de Melibeo se hallaban muchas personas que le susurraban algo en privado y luego, en público, le aconsejaban lo contrario.
Sin embargo, cuando constató que la mayoría de los pre­sentes tomaba partido por la guerra, aceptó su criterio y res­paldó plenamente su decisión.
Pero Prudencia, al darse cuenta de que su esposo optaba por el camino de vengarse de sus enemigos con las armas, se le acercó en el momento más oportuno, y le dijo con tono humilde:
-Señor, te ruego del modo más sincero que no prestes atención y no obres con precipitación. Pues Pedro Alfonso afirma: «No te apresures a retomar el bien o el mal; así tu amigo esperará y tu enemigo vivirá más tiempo en el te­mor. El refrán aconseja: «Se precipita correctamente quien espera con prudencia», y «No se obtiene provecho de la mal­vada precipitación».
Esta fue la respuesta de Melibeo a Prudencia, su esposa: -No me propongo seguir tu opinión por poderosos mo­tivos y razones. Pues, ciertamente, si pretendiera cambiar, con tu consejo, lo que ha sido acordado y dispuesto de tan­tas maneras, me tomarían por loco. En segundo lugar, afir­mo que todas las mujeres son malas: no hay entre ellas una sola buena. Tal como afirma Salomón, «entre mil hombres sólo encuentro a uno bueno; pero, a decir verdad, jamás en­contré, entre todas las mujeres, a una buena». En consecuen­cia, caso de seguir tu consejo, parecería que te daba autori­dad sobre mí (Dios no permita que esto ocurra). Jesús de Si­rach afirma que «si la mujer manda, es contraria al marido». Y Salomón declara: «Jamás des poder sobre ti a tu mujer, a tu hijo o a tu amigo. Más vale que tus hijos te pidan lo que ne­cesiten que estés en sus manos». Si obrara según tu opi­nión, mi decisión debería permanecer secreta durante algún tiempo; eso no es factible, pues está escrito que la charlatane­ría de la mujer sólo puede esconder lo que no sabe. Además, el filósofo afirma: «Las mujeres superan a los hombres en mal consejo.» Por estos motivos no debo seguir el tuyo.
Una vez Prudencia escuchó con gran paciencia y manse­dumbre cuanto su esposo tuvo a bien comunicarle, pidió li­cencia para hablarle y, después, se expresó en estos términos:
-Tengo argumentos para rebatir tu primera razón. Cam­biar de parecer cuando una cosa varía o se ve de distinta ma­nera que al principio, no constituye locura. Si, por causa jus­tificada, tú dejas de ejecutar lo que habías jurado o prometi­do, no por ello se te considerará como perjuro o falso. El libro ya dice que el hombre sabio no miente cuando dirige sus propósitos a lo mejor. Y aunque los tuyos han sido acep­tados y ratificados por muchos, no debes aplicarlos si no te placen. Pues lo útil y lo verdadero de las cosas se encuentra más en poca gente discreta y prudente que en las grandes concurrencias donde todos gustan y hablan a su antojo. Ver­daderamente semejante multitud carece de seriedad.
»En tu segunda razón presupones la maldad en todas las mujeres; por ello -si estoy en lo cierto-, pones a todas las mujeres en el mismo rasero y, como dice el Libro, "todo le desagrada a quien todo desdeña". Y Séneca añade: "El sa­bio no debe despreciar a nadie, sino enseñar lo que sabe sin presunción u orgullo. Y las cosas que desconozca no debe avergonzarse de aprenderlas e inquirirlas de sus inferiores". Es fácil de comprobar que ha habido multitud de mujeres buenas. A decir verdad, Jesucristo Nuestro Señor jamás hu­biera consentido en nacer de mujer si todas las mujeres hu­biesen sido malvadas. Y además, cuando Jesucristo Nuestro Señor resucitó de la muerte a la vida, prefirió -por la gran bondad que se da en la mujer- aparecerse antes a las muje­res que a los hombres.
»Y aunque Salomón afirme que jamás encontró mujer buena, no se deduce el que todas fueran malas; pues aunque él no encontrase ninguna, no es menos cierto que muchos otros hombres han hallado mujeres buenas y honradas. O aca­so Salomón quería indicar que no encontró una mujer abso­lutamente buena; es decir, que, tal como lo recuerda Él en su Evangelio, la bondad absoluta no se da en persona alguna, sino en Dios, ya que no existe una sola criatura que no carez­ca de parte de la perfección divina, su Creador.
»Tu tercera razón es ésta: afirmas que si te dejas guiar por mi opinión, parecería que me dabas poder y autoridad sobre ti. Con todo respeto, señor, esto no es así. Pues si lo fuera -el que el hombre se aconsejara únicamente con los que ejercen autoridad sobre él-, nadie pediría consejo con fre­cuencia. Sin embargo, el hombre que pide consejo acerca de algo mantiene la opción de seguirlo o rechazarlo.
»En cuanto a tu cuarto argumento -la charlatanería de las mujeres oculta su ignorancia, lo que significa que una mujer es incapaz de encubrir lo que sabe-, debes entender, señor, que esta afirmación hace referencia a las mujeres parlanchi­nas y malvadas; de ellas los hombres declaran que "tres cosas sacan a un hombre de casa, a saber: humo, goteras, y mujer malvadas". De ellas Salomón comenta que "sería preferible morar en el desierto que con mujer pendenciera". y con tu permiso, señor, esto no reza conmigo; has constatado mi exagerado silencio y gran paciencia, así como visto que sé mantener secreto lo que debe permanecer oculto.
»Por lo que respecta al quinto argumento, que la mujer su­pera al hombre en mal consejo, Dios sabe que está aquí fue­ra de lugar. Compréndelo: pides consejo para obrar el mal; y si obras de este modo y tu mujer refrena tu malvado propó­sito y te convence con argumentos y buenos consejos, es dig na de loa y no de vituperio. Así debes captar el pensamiento del filósofo cuando afirma: “La mujer supera al hombre en malvado consejo.”
»Y como quiera que vituperas todos los argumentos de las mujeres, te mostraré con numerosos ejemplos cómo muchas se han comportado estupendamente y sus consejos han sido provechosos y saludables. También algunos hombres han afirmado que los consejos de las mujeres han sido excesiva­mente costosos o escasamente dignos de loa. También algunos afirman que el consejo femenino es de elevado coste o de poco valor. Pero aunque existan muchas mujeres malva­das y de pérfido consejo, con todo, los hombres han encon­trado numerosas mujeres que aconsejan con gran sabiduría y discreción.
»Mira cómo Jacob obtuvo la bendición de su padre, Isaac, y la primacía sobre el resto de sus hermanos gracias a los bue­nos consejos de su madre, Rebeca. Los buenos consejos y conducta de Judit libraron a su ciudad natal, Betulia, de las manos de Holofernes, que la había sitiado con intención dé arrasarla. Abigail libró a su marido, Nabal, del rey David, que pretendía su muerte y, con su buen consejo y compren­sión, aplacó la cólera del rey. El pueblo de Dios prosperó bajo el rey Asuero por el buen consejo de Ester.
»Se podían dar otros muchos ejemplos de buen consejo fe­menino. Además, cuando Dios creó a Adán pensó: "No es bueno que el hombre esté solo; démosle alguien semejante a él que le ayude". Si las mujeres no fueran buenas y sus con­sejos útiles y justos, el Señor, Dios de los cielos, no las habría creado, ni las habría denominado ayuda del hombre, sino confusión del mismo. Y lo que antiguamente dijo un sabio viene aquí muy a cuento: "El jaspe es mejor que el oro; la sa­biduría, mejor que el jaspe; la mujer, preferible a la sabiduría, y mejor que la mujer, nada."
»Podría arguir, señor, muchos otros razonamientos para demostrarte que existen muchas mujeres buenas, de con­sejo acertado y prudente. Y así, si quieres confiar en mi consejo, señor, te prometo que tendrás a tu hija sana y sal­va, y, además, conseguiré que salgas con honor de este embrollo.
Melibeo, después de escuchar el discurso de Prudencia, su esposa, dijo:
Ahora veo cuán verdadero es el dicho de Salomón. Él afirma que las palabras proferidas con discreción y orden son como panales de miel que proporcionan dulzura al espíritu y salud corporal. Mujer, tus dulces palabras, y también porque he comprobado tu tremenda honradez y discreción, me mueven a dejarme guiar en todo por tu consejo.
-Ahora, señor -dijo Prudencia-, ya que te dignas de­jarte llevar por mi opinión, quiero manifestarte cómo has de proceder al elegir tus consejeros.
»En primer lugar debes pedir al Altísimo en todas tus obras que Él sea tu primer consejero, instructor y consolador, al igual que Tobías mandaba a su hijo: "Bendecirás a Dios y le pedirás que encamine tus pasos en todo tiempo". Procu­ra, pues, que tus decisiones tengan como punto de mira al Señor. Santiago declara: "Si cualquiera de vosotros ha me­nester sabiduría demándela a Dios".
»Después de esto te autoconsultaras y examinarás bien tus pensamientos para ver qué es lo más provechoso para ti. Y luego apartarás de tu corazón tres cosas que se oponen a un consejo correcto, a saber: ira, codicia y atolondramiento.
»En primer lugar, y por muchas razones, el que se aconse­ja consigo mismo ha de carecer de ira. Lo primero es que el iracundo siempre se cree capaz de hacer lo que no puede. En segundo lugar, el colérico no puede discernir adecuadamen­te. En tercer lugar, según Séneca, "el airado y enojado no puede hablar de algo sin vituperarlo". Y así, con sus malva­das palabras, induce a otros a la cólera.
»Tal como afirma el apóstol, debes apartar la codicia de tu corazón: "La codicia es la raíz de todos los males". Cierta­mente, puedes creer que el codicioso no logra juzgar ni pen­sar, sino únicamente satisfacer su codicia, sin que jamás pue­da encontrarse satisfecho, ya que cuanto más tenga, más co­diciará.
»Asimismo, señor, has de apartar de tu corazón al atolon­dramiento, pues estarás incapacitado para juzgar una idea re­pentina con criterio recto; al contrario, debes examinarla con frecuencia. Pues, tal como escuchaste con anterioridad, el re­frán corriente dice que «quien pronto decide, pronto se arrepiente». Por supuesto, señor, el hombre no siempre se halla en idéntica disposición, ya que, en ocasiones, cosas que pa­recen buenas de realizar, otras veces se consideran de modo contrario.
»Una vez te hayas aconsejado contigo mismo y llegado a una decisión después de prolongada deliberación, debes ante todo guardar secreto. No reveles a nadie tu decisión, a menos que estés seguro de que, al hacerlo, mejore tu situación. Jesús de Sirach lo advierte: "No reveles tu secreto o tu locura ni a amigo ni a enemigo, pues todos te escucharán, te pondrán buena cara y te alabarán en tu presencia, pero te menospre­ciarán a tus espaldas".
»Otro sabio afirma: "Resulta dificil hallar quien sea capaz de guardar un secreto." Y en el Libro se lee: "Mientras alma­cenas tu secreto en tu corazón, lo guardas en una prisión; si lo descubres a otro, te tenderá una trampa." Y, por consi­guiente, es preferible esconder tu consejo en el interior de tu corazón que rogar que tenga los labios sellados al que se lo revelaste.
»Séneca afirma: "Si aconteciera que no pudieras ocultar tu consejo, ¿cómo osas rogar a una persona que lo guarde con seguridad?" Con todo, si estás convencido que el revelar un secreto a alguien te va a colocar en situación más ventajo­sa, entonces lo manifestarás del modo siguiente. En primer lugar tu expresión no delatará si deseas la paz o la guerra, o eso o aquello, sin dejar traslucir tu voluntad e intenciones. Has de saber que, por lo general, los consejeros son amantes de la lisonja, y especialmente los de los grandes señores, en consecuencia, procuran proferir siempre cosas agradables y gratificantes, aunque sean falsas o inútiles. Por ellos los hom­bres afirman que el hombre rico recibe buen consejo en con­tadas ocasiones, a no ser el suyo propio.
»A continuación ponderarás quiénes son tus amigos y tus enemigos. Busca, entre los primeros, el más fiel, prudente, anciano y experto en aconsejar. Consúltale según convenga.
»Primero debes llamar a los amigos leales. Salomón afirma que así como el corazón de un hombre se deleita en un sa­bor que es dulce, del mismo modo el consejo de un amigo leal proporciona dulzura al alma. También dice que "no exis­te nada comparable a un verdadero amigo". Ciertamente, ni el oro ni la plata se pueden comparar con la buena volun­tad de un amigo auténtico. Y también afirma que "un ver­dadero amigo es un baluarte inexpugnable, y encontrar a uno es un tesoro inapreciable".
»A continuación deberás también tener en cuenta si esos auténticos amigos están dotados de prudencia y discreción. En el Libro se lee: "Recurre al consejo de los prudentes". Y por tal motivo pídelo a tus amigos maduros que han acu­mulado dilatada experiencia y presenciado muchas cosas, y son de probada fiabilidad. También en el Libro se lee que "la sabiduría radica en los viejos, y la prudencia, en la longevi­dad". Y Tulio asegura: "Las grandes hazañas no siempre se llevan a término con la fuerza o con la actividad corporal, sino con el buen consejo, con la autoridad de las gentes y con el saber; estas tres cosas no disminuyen con los años, sino que se acrecientan y fortalecen a diario".
»Y, además, tendrás siempre presente esta norma general. En primer lugar recurre al consejo de pocos amigos, pues Sa­lomón asegura: "Aunque tengas muchos e íntimos amigos, escoge entre mil a quien te ha de aconsejar". Pues aunque de entrada sólo te confies a unos pocos, siempre puedes aconsejarte con más en caso de necesidad. Pero comprueba siempre que tus confidentes reúnan las susodichas tres con­diciones, a saber: autenticidad, prudencia y vasta experien­cia. Y nunca obres bajo los dictámenes de un solo confiden­te, pues a veces conviene ser aconsejado por muchos. Ya lo declara Salomón: "La salvaguardia de las cosas radica en te­ner muchos consejeros".
»Ahora que ya sabes en dónde buscar tus confidentes, te enseñaré qué clase de consejos debes seguir. De entrada, evi­ta los consejos necios. Pues Salomón afirma: "No sigas la opinión de los necios, pues sólo aconsejan según los dictá­menes de su inclinación y sus apetitos". El Libro declara: "El necio se distingue por pensar mal de todo el mundo con ligereza, y con igual ligereza se imagina en posesión de todas las virtudes".
»Rehúye asimismo la aparición del adulador que, en vez de declarar la verdad de las cosas, procura alabarte y lison­jearte. Ya lo dijo Tulio: "La lisonja es la peor de las pestilencias de la amistad ". El Libro declara: "Rehúye y teme más las dulces y lisonjeras palabras del adulador que las acres re­criminaciones de un amigo que te canta las verdades."
»Salomón afirma que las palabras del adulador constitu­yen una insidia para cazar a los inocentes. También opina que quien profiere dulces y placenteras palabras a un amigo le está tendiendo una red bajo sus pies para atraparle. Y, por consiguiente, afirma Tulio: "No dejes que tus oídos sean pro­pensos a los aduladores y no te dejes aconsejar por palabras lisonjeras".
»Y Catón comenta: "Pondera bien y rechaza las palabras agradables y dulces".
»Rehúye igualmente el consejo de tus enemigos con los que te hubieras reconciliado. El Libro proclama que nadie re­torna incólume al favor de su antiguo enemigo. E Isopo de­clara: "No confies en aquel con quien guerreaste o tuviste enemistad, y no le descubras tu secreto." Y Séneca nos des­cribe el por qué: "Es imposible que no quede rescoldo don­de hubo gran fogata largo tiempo".
»Por consiguiente, Salomón aconseja: "Jamás confies en tu antiguo adversario ". A pesar de que el enemigo se haya reconciliado, dé señales de humildad y doblegue la cerviz, ja­más has de fiarte de él. Sin duda, simulará mansedumbre para provecho propio y no por afecto hacia ti, creyendo, ya que no le hubiera sido posible lograrlo por las armas, poder­te vencer con esta falsía.
»Ya lo advierte Pero Alfonso: "No frecuentes la compañía de tus antiguos enemigos, pues te devolverán mal por bien".
»Evita igualmente el mal consejo de tus servidores que te tributan grandes muestras de reverencia, porque bien puede suceder que obren impulsados por temor y no por afecto. Ya afirmó con fundamento el filósofo: "Nadie es completamen­te sincero con quien le teme mucho." Y Tulio corrobora: "Por grande que sea el poder de un emperador, no dura mu­cho si su pueblo no alberga más amor que temor".
»Elude también el consejo de los proclives al vino, ya que son incapaces de guardar un secreto. Salomón lo afirma: "Donde la embriaguez campa, no hay nada secreto".
»Desconfia sobremanera de los que te aconsejan una cosa en privado y otra opuesta en público. Casiodoro sentencia que es una falsía el fingir hacer o decir algo en público y obrar lo contrario en privado. También has de sospechar de los consejos de los malvados, pues el Libro sentencia: "El consejo de los malvados está repleto de fraude".
»David añade: "Bienaventurado el que no sigue el consejo de los malos".
»Evita asimismo el consejo de los jóvenes, pues carece de madurez.
»Ahora que te he indicado, señor, de quiénes deben acon­sejarte, te explicaré -de acuerdo con el pensamiento de Tu­lio de qué modo has de analizar el que te den. Ante todo, en el estudio de tu consejero debes tener en cuenta mu­chas circunstancias. En primer lugar, has de considerar que en lo que te propongas y sobre lo que verse el consejo, debes manifestar y sostener la verdad, a saber, has de relatarlo de modo claro. Pues el que habla con falsedad no puede recibir buen consejo acerca de un asunto sobre el que miente.
»A continuación ponderarás si lo que piensas ejecutar con el consenso de tus consejeros sigue los cánones de lo razona­ble, y si cae dentro de tus posibilidades, y si la mayoría y lo más selecto de tus consejeros están o no de acuerdo contigo.
»Seguidamente debes considerar si el odio, la guerra, la paz, el perdón, el provecho o el daño serán las secuelas del consejo tomado. De entre ellas seleccionarás la más provechosa y dejarás las otras.
»Luego ponderarás de qué raíz se genera el asunto delibe­rado y el fruto capaz de engendrar y producir. También con­siderarás el origen de todas esas causas que las producen.
»Y cuando hayas examinado tu consejo del modo que te acabo de comentar, y detectado la parte mejor y más prove­chosa, y recibido la aprobación de mucha gente sabia y expe­rimentada, entonces considerarás si lo puedes ejecutar y lle­varlo a feliz término. Resulta indudable: no es razonable que uno empiece algo que no tenga posibilidades de realizarlo adecuadamente; asimismo nadie debe echar sobre sus espal­das fardo que no pueda llevar. Ya reza el refrán: "Quien mu­cho abarca, poco aprieta." Y Catón añade: "Intenta ejecutar lo que caiga dentro de tus posibilidades, no sea que la carga se te vuelva tan insoportable que te veas precisado a abando­narla ".
»Y si se te planteara la duda entre ejecutar algo o no, opta por padecer antes de empezarlo. Pedro Alfonso comenta:
"Opta por el no antes que por el sí cuando puedas hacer algo de lo que luego te arrepentirás". A saber, es preferible per­manecer callado a hablar. Así, pues, por poderosos motivos captarás que si puedes llevar a cabo algo de lo que te arrepen­tirás, es preferible que sufras antes que comenzarlo. Bien afir­man los que propugnan que nadie intente ejecutar algo si po­nen en duda sus posibilidades reales.
»Después de ello, una vez examinado tu consejo del modo descrito con anterioridad, y sabedor de que puedes llevarlo a término, debes mantenerlo con firmeza hasta el final.
»Ahora parece razonable y adecuado que te explique cuan­do y cómo se puede cambiar de opinión sin ser digno de re­proche.
»A decir verdad, se puede cambiar de opinión y criterio cuando se dan nuevas circunstancias o las causas que lo mo­tivaron desaparecen. Tal como la ley lo afirma: "A nuevos he­chos corresponden nuevos consejos." Y Séneca apostilla: "Cambia de decisión si ésta ha llegado a oídos de tu enemi­go". También puedes variar tu decisión si, por error o por otra causa, puede derivarse daño o perjuicio. Cambia de opi­nión si tu consejo es poco honrado o procede de una causa que así sea. Pues las leyes declaran que "todos los mandatos que no son honestos carecen de valor; y lo mismo reza para los mandatos imposibles, o que no se pueden observar o lle­var a cabo con bien.
»Y adopta esta norma general de conducta: afirmo que un consejo absolutamente inamovible bajo circunstancia alguna es realmente malo.
Cuando Melibeo hubo escuchado las enseñanzas de Pru­dencia, su esposa, le replicó con las siguientes palabras: -Señora, hasta ahora me has enseñado de un modo glo­bal a elegir y conservar a mis consejeros adecuada y propia­mente. Pero me gustaría conocer tu opinión sobre los que, de hecho, en las presentes circunstancias, he elegido. -Señor -repuso ella-, te suplico humildemente que no te enfrentes a mis argumentos de un modo obcecado ni tomes a mal que te diga cosas desagradables. Pues Dios sabe que es mi propósito hacerlo para tu bien, tu provecho, y tam­bién para tu honor. A decir verdad, espero de tu bondad to­mes con paciencia mis palabras. Confia en mí plenamente, pues los consejos que has pedido en este asunto no son pro­piamente tales, sino más bien un impulso o arrebato de lo­cura, y en la decisión adoptada te has equivocado de varias formas.
»Primero y ante todo, erraste al convocar a tus consejeros, pues debiste haber llamado de entrada a unos pocos, y des­pués, en caso necesario, habrías podido apelar a más. De he­cho, has convocado repentinamente a consejo a mucha gen­te pesada y de discurso plomizo.
»Tampoco acertaste al no llamar sólo a amigos fieles, pro­bados y experimentados, sino más bien a gente extraña y ha­lagadora, aduladores con falsía y antiguos enemigos, y a per­sonas que te respetan, pero que no te aman. Y tampoco acer­taste al convocar a la ira, a la codicia y al atolondramiento. Estas tres cosas se oponen a un consejo bueno y provechoso. Ni tú ni tus consejeros habéis contrarrestado estos tres senti­mientos de vuestros corazones.
»Igualmente obraste mal en manifestar a tus consejeros tu pensamiento o intención de pelear enseguida como vengan­za. Por tus palabras detectaron cuáles eran tus móviles. Y por ello te aconsejaron de acuerdo con tus pensamientos antes que con tu conveniencia.
»También erraste al suponer que te bastaba con escuchar los menguados consejos de esos confidentes, cuando en rea­lidad tenías necesidad perentoria de más opiniones y deliberación para llevar a cabo tus propósitos.
»También erraste al no examinar tu objetivo de la manera anteriormente descrita, ni en la manera pertinente a este caso. Y erraste, además, al no discriminar a tus consejeros, es decir, entre tus auténticos amigos y tus confidentes embauca­dores, sin enterarte de los propósitos de tus viejos y leales amigos, sino que reuniste todos los pareceres en una mezco­lanza y optaste por el de la mayoría. Y ya sabes de sobra que los locos son siempre más numerosos que los cuerdos, de donde se colige que en las asambleas multitudinarias se tiene más en cuenta al número que a la sabiduría de las personas, y siempre prevalece el consejo insensato.
Melibeo replicó de nuevo y dijo:
Admito que me he equivocado, pero como me has di­cho antes que no es vituperable el cambiar a los consejeros en ciertos casos y por razones justas, estoy dispuesto a cam­biarlos del modo que tú dispongas. El refrán afirma que el pecar es humano, pero, sin duda, empecinarse en el pecado es diabólico.
A esto replicó Prudencia con las siguientes palabras: -Examina las opiniones y veamos quién te aconsejó me­jor y habló del modo más sensato. Y ya que debemos efec­tuar esta tensión, empecemos por los médicos y cirujanos, que fueron los primeros en hablar. Y ya que ellos lo hicieron con discreción y sabiduría, tal como conviene a su condi­ción, pues tratan a todos con honra y provecho sin molestar a nadie, y aplican su competencia profesional en curar a los que tienen bajo su cuidado, opino que merecen una elevada y soberana recompensa por sus nobles palabras.
»Señor, del mismo modo que te han dado la respuesta ade­cuada, así se esmerarán en cuidar a tu estimada hija. Y aun­que sean amigos tuyos, no permitas que no te cobren honorarios; al contrario, debes recompensarles con inequívoca lar­gueza.
»En lo que se refiere a la afirmación de los médicos respec­to a este caso, a saber, que una enfermedad se cura con la contraria, me apetecería saber cómo la has entendido y cuál es tu criterio.
Melibeo replicó:
-Esta es mi opinión: ya que mis adversarios actuaron en mi contra, yo debo responder con algo que se les opon­ga; pues, ya que me vengaron y ofendieron, así yo me he de vengar y ofenderles. De este modo un contrario se opo­ne al otro.
La señora Prudencia apostilló:
-Vaya, vaya. ¡Con qué ligereza tiende el hombre a satis­facer sus propias inclinaciones y placer! Sin lugar a dudas, la afirmación de los médicos no ha de interpretarse de este modo. Resulta cierto que la maldad no se opone a la maldad, ni la venganza a la venganza, ni la injuria a la injuria; antes bien, son parecidas. Por consiguiente, una venganza no se aplaca con otra, ni un error con otro, sino que se encrespan y enconan mutuamente. Las palabras de los médicos deben interpretarse de este modo. Lo bueno se opone a lo malo, la paz a la guerra, la venganza al perdón, la discordia a la con­cordia, y así por el estilo. En resumen, la maldad se vence con la bondad, la guerra con la paz, y así con todo lo demás.
»El apóstol San Pablo lo refrenda en muchos lugares. Afir­ma: "No devuelvas mal por mal, ni palabras injuriosas con palabras injuriosas; al contrario, haz bien a quien te perjudi­ca y bendice a quien te maldice". Y en muchos otros pasa­jes recomienda la paz y la armonía.
»Pero ahora comentaré la opinión suministrada por los ju­ristas y sabios. Éstos consideran que, sobre todo, deberías custodiar tu persona y tu casa, y que, dadas las circunstan­cias, deberías obrar cautelosa y reflexivamente.
»En lo referente al primer punto, la defensa de tu persona, debes comprender que quien está en guerra, sobre todo, ha de suplicar devota y humildemente a Jesucristo para que sea su protector y valedor ante el peligro. Indudablemente, sin la ayuda de Jesucristo Nuestro Señor, nadie en este mundo pue­de recibir suficiente socorro y consejo. El profeta David es de la misma opinión cuando declara: "Si el Señor no la guarda, en vano trabajan los que custodian la ciudad".
»Después, señor, confia tu seguridad personal a fieles, co­nocidos y probados amigos, y pídeles que te ayuden. Catón afirma: "Si precisas ayuda, pídesela a tus amigos, pues el me­jor médico siempre será un auténtico amigo.
»Aléjate de las personas ajenas y de los embusteros y des­confía de su compañía. Pedro Alfonso amonesta: "No te ha­gas acompañar en tu camino de hombre extraño, a no ser que sea antiguo conocido tuyo. Y si se encuentra contigo de modo casual y sin tu consentimiento, inquiere de un modo sutil sobre su vida anterior, y no le digas adónde vas, sumi­nístrale una dirección falsa. Y si portare una lanza, colócate a su diestra; y si espada, a su siniestra".
»Te lo recalco: evita la gente que antes mencioné y recha­za su compañía y sus consejos. No presumas de fortaleza de modo que desestimes la de tus enemigos; no te apoyes en tu jactancia: el prudente siempre teme a sus enemigos. Salo­món ya lo afirma: "Dichoso quien todo lo teme, porque, sin duda, mal le irán las cosas a quien por alocada osadía de su corazón y por atrevimiento alberga mucha arrogancia".
»A continuación debes estar siempre prevenido contra las insidias e injerencias, pues Séneca declara: "El hombre pru­dente y temeroso del mal, los evita, y quien elude la tenta­ción no cae en ella. Aun cuando te creas en lugar seguro, procu­ra defender tu persona. Rehúye el descuidar tu propia protec­ción ante tus enemigos, bien sean grandes o pequeños." Sé­neca comenta: "Quien está bien aconsejado teme incluso al menor de sus enemigos". Y Ovidio comenta que "la dimi­nuta comadreja puede matar al enorme toro y al ciervo salva­je».
»También leemos en el Libro: "Una pequeña espina pue­de ocasionar un pinchazo muy doloroso a un rey, y un perro apresar a un jabalí."
»Sin embargo, no te digo que debas ser tan cobarde que ti­tubees donde no existe causa alguna de temor. El Libro co­menta que "algunos sienten deseos de engañar, pero temen ser engañados". Recela también ser envenenado y aléjate de la compañía de los insolentes, pues se lee en el Libro: "No te juntes con los insolentes y huye de sus palabras como el ve­neno."
»Y por lo que respecta al punto segundo -el de la solíci­ta defensa de tu casa-, quisiera saber tu opinión y decisión sobre este asunto.
La respuesta de Melibeo fue la siguiente:
-Esta es mi sincera respuesta: que debo proteger mi casa con torreones, al estilo de los castillos y otros edificios, y con armaduras y artillería; con todo ello podré defender mi per­sona y vivienda de forma que mis enemigos teman aproxi­marse a ella.
Prudencia respondió:
-Resulta de elevado coste y afán protegerse con altos to­rreones y grandes edificios, que son, en ocasiones, fruto del orgullo. Y una vez ejecutadas las obras, éstas no valen un rá­bano si no se defienden con amigos leales, auténticos, pru­dentes y probos. Y debes captar que la mejor y más aguerri­da guarnición de un hombre rico -con vistas a la protec­ción personal y de sus bienes- radica en la estima de sus súbditos y vecinos. Pues así comenta Tulio: "Existe una clase de defensa inexpugnable e indestructible: el amor que a un señor profesan sus ciudadanos y su pueblo."
»Ahora, señor, abordemos el punto tercero. Tus antiguos y prudentes consejeros afirman que no debes obrar con preci­pitación, sino con extremo cuidado y deliberación. Juzgo, en verdad, que tal afirmación rezuma prudencia y verismo. Tu­lio lo refrenda: "Prepáralo con extremo cuidado antes de em­pezar cualquier asunto".
»Te exhorto a que en temas de venganza, bélicos, de lucha y de fortificación te prepares con gran ahínco antes de em­prenderlos. Tulio exclama: "Una minuciosa preparación an­tes de la batalla ocasiona una victoria rápida". Y Casiodo­ro: "La resistencia se acrece cuando más largo es el preaviso".
»Pero ahora toquemos la decisión acordada por tus veci­nos -tus reverenciadores exentos de amor, tus antiguos ene­migos reconciliados, tus aduladores-, que te dieron en privado un consejo determinado y el opuesto en público; y también el consejo de la gente joven: el de vengarse y pelear inmediatamente.
»Ciertamente, señor, tal como he dicho con anterioridad, erraste sobremanera al convocarles a consejo. Razones ex­puestas con anterioridad descalifican a tales consejeros con claridad. Sin embargo, bajemos a pormenorizar.
»En primer lugar, has de proceder según el pensamiento de Tulio. La verdad de este asunto o de este consejo, cier­tamente, no precisa grandes investigaciones; notorios son los autores de esos agravios e injurias y la naturaleza de los mismos.
»Acto seguido revisarás el segundo requisito que Tulio menciona al respecto. Éste inserta algo que denomina "con­sentimiento", es decir, qué, quiénes y cuántos son los que res­paldan bien la decisión de una rápida venganza o la de estar acordes con tus enemigos.
»Indudablemente, por lo que respecta al primer punto, es notoria la clase de gente que opta claramente por una deci­sión rápida: los que te aconsejan emprender la guerra de in­mediato no son amigos tuyos.
»Consideremos ahora a aquellos amigos a los que tú apre­cias como a ti mismo. Aunque tienes poder y riquezas, estás solo, ya que no tienes un hijo varón, sino una hija; ni tam­poco hermanos, primos hermanos ni parientes próximos que induzcan a tus enemigos a no atacarte o a destruirte por temor. Eres consciente de que tu hacienda, con el tiempo, deberá distribuirse entre varios, y cuando cada uno haya re­cibido esa menguada recompensa, poco anhelo tendrán de vengar tu muerte.
»Por otra parte, tres son tus enemigos, con numerosa des­cendencia, hermanos, primos y otros parientes próximos; así, aunque exterminases a dos o tres de ellos, quedarían muchos para vengarse de ti y aniquilarte. Y aunque tus parientes fuesen más fieles y fuertes que los de tu enemigo, son, sin embargo, lejanos y tú tienes poca relación con ellos; al contrario, los de tu enemigo guardan estrecha relación con él. En lo tocante a este tema, su posición es, pues, mejor que la tuya.
»Sopesa igualmente si el consejo de los que abogan por la venganza se ajusta a razón. Bien sabes que la respuesta es "no", pues el derecho y la razón prohiben la venganza, que es privativa del juez, el único con jurisdicción sobre ella, se­gún los requerimientos legales.
»En lo referente al punto que Tulio denomina "consenti­miento", considera si tu poderío y tu fuerza pueden llevar a término tu propósito y el de tus consejeros. Ciertamente puedes responder negativamente, pues hablando con propie­dad sólo se puede hacer lo lícitamente ejecutable. Así, desde el punto de vista legal, no puedes vengarte por tu cuenta. En consecuencia, no estás facultado a llevar a cabo tu propósito.
»Vayamos ahora al tercer punto, que Tulio denomina "consecuencia". Aquí la consecuencia es la venganza que te propones; pero de ella se derivaría otra venganza, peligros y guerras, y otros daños innumerables ajenos a la guerra, que de momento no vislumbramos.
»El cuarto punto de Tulio, "engendramiento", considera que la ofensa por ti padecida se ha originado en el odio de tus enemigos. Tu venganza engendraría otra venganza y, como ya hemos mencionado, muchos problemas y dilapida­ciones de riqueza.
»Finalmente, señor, llegamos al último punto que Tulio etiqueta con el nombre "causas". Comprende que el agravio recibido se debe a determinadas causas que los sabios deno­minan Onensy Efficiens, Causa longinqua y Causapropinqua, es decir, la causa remota y la causa próxima. La causa remota es Dios Todopoderoso, causa remota de todo. La causa proxi­ma fueron tus adversarios. La causa accidental fue el odio. La causa material, las cinco heridas de tu hija. La causa formal, la actuación de tus enemigos, que, mediante escaleras, fran­quearon los ventanales. La causa final la constituía la muerte de su hija, que, si no se llevó a término, no fue por no habér­selo propuesto. Por lo que respecta a la causa remota -cuál fue el motivo que les indujo a venir o qué les sucederá a ellos en tal caso-, sólo puedo hacer conjeturas o suposiciones, sin juzgar. Supongo que acabarán mal, pues el Libro de los De­cretos afirma: "Lo que comenzó mal, rara vez y con muchísi­ma dificultad concluirá bien".
»A continuación, señor, si me preguntaren por qué Dios permite que los hombres cometan semejante vileza, no sa­bría hallar la respuesta adecuada. El apóstol afirma que "los juicios y la sabiduría de Dios son insondables y ningún hom­bre puede comprenderlos ni escudriñarlos adecuadamen­te". Sin embargo, según ciertas suposiciones y conjeturas, creo y mantengo que Dios, que es justo y equitativo, debe haberlo permitido por una causa recta.
»Tu nombre, Melibeo, significa "hombre que liba miel". Has libado muchísima miel de dulces riquezas temporales y mundanas delicias y honores, que te han embriagado, y has olvidado a Jesucristo tu Creador. No le has prestado el honor y reverencia debidos, y no has observado las palabras de Ovi­dio, que afirma: "Bajo la miel de los bienes temporales se encubre el veneno que mata al alma". Y Salomón apostilla: "Si encuentras miel, sáciate; pero si la ingieres sin mesura, la vomitarás y te verás menesteroso y pobre".
»Acaso Cristo, en retorno, haya apartado su rostro y sus clementes oídos de ti, permitiendo que recibas un castigo idéntico a tu falta. Has pecado contra Jesucristo Nuestro Se­ñor al permitir que los tres enemigos de la Humanidad, a sa­ber, el mundo, el demonio y la carne, se apoderaran de tu vo­luntad a través de tus ventanas corporales, y al no presentar enérgica resistencia contra sus acometidas y tentaciones. Así, te han inflingido cinco heridas en cinco lugares; en otras pa­labras, los pecados mortales han penetrado en tu corazón por tus cinco sentidos. Y del mismo modo Jesucristo Nues­tro Señor ha querido y permitido que tus tres enemigos en­tren en tu casa por las ventanas e hirieran a tu hija del consa­bido modo.
Melibeo replicó:
-A decir verdad, veo que te esfuerzas sobremanera con tus palabras a convencerme de modo que no tome venganza de mis enemigos, mostrándome los peligros y perjuicios que podrían derivarse de semejante actitud. Pero aquel que sope­se los peligros y perjuicios inherentes a toda venganza, jamás optará por ella, pues le sería perniciosa, ya que ésta discrimi­na los malos de los buenos, y los que se proponen vengarse refrenan su propósito cuando consideran las penas y castigos que recaen sobre los culpables.
Prudencia replicó:
-Admito que de la venganza se deriven muchos bienes y males. Pero la venganza no incumbe a los particulares, sino únicamente a los jueces y a quienes tienen jurisdicción contra los malhechores. Aún más: así como un individuo par­ticular peca al vengarse de otro, así también peca el juez que no castiga a quien se lo merece. Lo corrobora Séneca: "El que reprende a los malos es buen señor." Y Casiodoro aña­de: "El hombre teme cometer delitos cuando es consciente y sabe que esto desagrada a los jueces y soberanos." Otro apos­tilla: "El juez que teme administrar justicia engendra hom­bres malvados." Y San Pablo, en su Epístola a los romanos, afir­ma que "los jueces no blanden la lanza sin motivo", sino para penalizar a los malhechores y defender a los que obran el bien.
»Si quieres, pues, vengarte de tus enemigos, dirígete o pre­senta recurso al juez que goza de jurisdicción contra ellos, y éste los castigará según las exigencias y requerimientos de la ley.
Melibeo respondió:
-Esta clase de venganza no me gusta en absoluto. Des­pués de meditarlo mucho, encuentro que la Fortuna me ha sido favorable desde niño, y me ha ayudado a superar nume­rosos y dificiles lances. Así, pues, la pondré a prueba ahora, con la ayuda de Dios, que me ayudará a vengar mi ofensa.
A lo que Prudencia respondió:
-Si quisieras seguir mi consejo, no te apoyarías en la For­tuna ni probarías suerte, porque, como afirma Séneca: "Lo efectuado con precipitación, y confiando en la Fortuna, ja­más llega a buen fin." Y el mismo Séneca añade: "Cuanto más clara y brillante es la Fortuna, más frágil y quebradiza." No te fles, pues, de ella, ya que es inconstante e inestable. Cuanto más seguro estés de su ayuda, entonces te fallará y te engañará. Al afirmar que la Fortuna te ha mimado desde tu infancia, tanto menos debes confiar ahora en su favor. Séne­ca afirma: "El hombre favorecido por la Fortuna se convier­te en un imbécil integral." Así, pues, ya que ansías vengarte y no te satisface el castigo judicial, considerando que el basado en la Fortuna es arriesgado e incierto, sólo te queda un cami­no: apela al juez Supremo, vengador de todas las afrentas y maldades. El, como personalmente atestigua, te vengará: "Deja la venganza en mis manos, y la llevaré a cabo". Melibeo respondió:
-Si no me vengo de las afrentas sufridas a manos de esos hombres, estoy incitando o invitando a que me infieran más. Pues escrito está: "Si no vengas una antigua afrenta, incitas a tus enemigos a que te infieran otras nuevas." También si adopto una actitud tolerante me pueden afligir con tantos agravios que sea incapaz de soportarlos o resistirlos, y por ello ser tenido por flojo o débil. Es un dicho común: "Una paciencia excesiva te acarreará numerosos e insoportables su­frimientos."
A lo que Prudencia respondió:
-Convengo en que el exceso de aguante no es provecho­so; pero de esto no se deriva que quien sufre una afrenta deba vengarse de ella cuando semejante acción corresponde a los jueces, que son los designados para castigar los insultos y maldades. Así los dos apotegmas que has mencionado se aplican únicamente a los magistrados, pues cuando éstos se muestran tolerantes y poco severos, están como invitando e incitando a que un malhechor cometa nuevos agravios y maldades. También un hombre sabio dijo que "el juez que no castiga a un villano, le manda y ordena que cometa nue­vas faltas". Si los magistrados y soberanos toleran blanda­mente a los malhechores de su jurisdicción, puede suceder que éstos, al acrecentar su fuerza .y poder, terminen por arro­jar de su escaño a quienes no atajaron sus desmanes.
»Pero supongamos ahora que estás autorizado a vengarte. Afirmo que, actualmente, no estás suficientemente capacita­do para ejecutarla. Si te comparas con tus adversarios, verás, como antes te he hecho ver, que te aventajan en muchos te­rrenos. Así, declaro que, por el momento, te conviene mos­trarte tolerante y paciente.
»Aún más. De sobra conoces el común refrán: "El que combate con uno más fuerte o poderoso que él está loco; es peligroso luchar con uno de igual a igual, es decir, con uno que posee pareja fuerza, y hacerlo con uno más débil, es ne­cedad." Por tanto, uno debe rehuir la pelea con todas sus fuerzas. Salomón declara: "Gran cumplido es abstenerse de peleas y refriegas". "Y si aconteciera o sucediera que uno de gran fuerza o poder te afrentase, procura e intenta refrenar el agravio antes que vengarlo." Porque Séneca afirma que "quien se querella con otro más poderoso que él, en gran pe­ligro se pone". Y Catón dice: "Sé tolerante cuando te ofen­de alguien más fuerte o de más elevada dignidad que tú; por­que quien una vez te agravió, puede desagraviarte y serte útil en otra circunstancia".
»Pero aún en el caso de que poseas a la vez fuerzas y poder para ejecutar tu venganza, creo que en muchas ocasiones de­bes evitar vengarte, y optar por soportar con paciencia y ser tolerante con los agravios que te infirieron, sobre todo si tie­nes en cuenta tus propios fallos personales. Por ellos el pro­pio Dios ha permitido, como te he relatado antes, que sufras tribulación. Pues el poeta sentencia que "debemos soportar pacientemente las tribulaciones, pensando y considerando que nos las hemos merecido".
»San Gregorio afirma: "Cuando uno considera sus nume­rosas faltas y pecados, entonces las penas y tribulaciones que sufre le parecen más leves; y cuanto más seria y profunda­mente medita en sus pecados, más livianas y llevaderas le parecerán." En consecuencia, debes humillarte y estar dispues­to a imitar la paciencia de Jesucristo Nuestro Señor, como aconseja San Pedro en sus Epístolas: "Jesucristo ha sufrido por nosotros y dado ejemplo para que todos le imitemos y siga­mos, pues Él jamás pecó o profirió palabra maligna. No mal­decía cuando los hombres le maldecían, ni los amenazaba cuando le atormentaban".
»El aguante que los santos del Paraíso mostraron cuando fueron afligidos por la tribulación sin culpa alguna debe tam­bién moverte a ser paciente. Piensa, además, que las tribula­ciones de este mundo son de poca duración y pasan presto, y, en cambio, la paciencia en la aflicción produce eterna ale­gría en el hombre. Lo indica el apóstol en su Epístola con es­tas palabras: "La alegría de Dios es perdurable", es decir, eterna. También creo y sostengo con firmeza que el impa­ciente, o el que no quiere serlo, es un hombre ignorante y mal criado. Salomón declara al respecto que "la paciencia re­fleja la instrucción y la sabiduría de un hombre". Y en otro lugar sostiene que "el paciente se conduce con gran pruden­cia". Y continúa el mismo Salomón: "El colérico e iracun­do alborota, el paciente se refrena y tranquiliza". Y sigue: "La paciencia es preferible a la gran fortaleza; y el autodomi­nio del propio corazón es más loable que el conquistar im­portantes ciudades por la fuerza o poder". Y, por consi­guiente, dice Santiago en su Epistolas que "la virtud que co­rona la perfección es la paciencia".
Melibeo respondió:
Admito, señora Prudencia, que la paciencia es la corona de la perfección, pero no todos pueden alcanzar la que pro­pugnas. Ni yo mismo soy un hombre perfecto: mi corazón no hallará la paz hasta que yo me vengue. Mira cómo mis enemigos, a pesar del riesgo que corren al agraviarme, no albergan estos pensamientos, sino que buscan satisfacer sus malvados designios y propósitos. Y, así, considero que la gen­te no debe reprocharme el que, para vengarme, me arriesgue un poco, ni que cometa un grave exceso vengando un ultra­je con otro.
Prudencia respondió:
-¡Ay! Manifiestas tu propósito y tus inclinaciones, pero bajo ningún concepto uno debe cometer exceso o injusticia con fines reivindicativos. Casiodoro afirma que «quien ven­ga un ultraje obra tan mal como el que lo comete»

I. En con­secuencia, tu venganza se debe ajustar a derecho, es decir, a la ley, sin excesos ni afrentas. Y también pecas si quieres ven­garte de las afrentas de tus enemigos de un modo ajeno a la legalidad. Y, en consecuencia, Séneca declara que «uno no debe vengar una maldad con otra». Y si afirmas que el de­recho demanda que un hombre defienda la violencia con la violencia y la agresión con la agresión, tendrás razón si seme­jante defensa se efectúa sin dilación o interrupción, como au­todefensa, no como venganza. Resulta pertinente que uno ponga moderación en su defensa, de modo que nadie pueda aducir crueldad o fogosidad excesivas, cosas ambas contra­rias a la razón. De sobra conoces que ahora no ejecutarías una acción defensiva, sino vindicativa; en consecuencia, tu actuación no sería moderada. De ahí deduzco que la pacien­cia es buena, pues Salomón declara que «el impaciente reci­birá gran daño».
Melibeo adujo:
-Te lo concedo: no es de extrañar que resulte perjudica­do quien es impaciente e iracundo en temas que no le tocan o no son de su incumbencia. Pues la ley declara que «quien se entromete o inmiscuye en cosas que no le tocan, es culpa­ble». Y Salomón dice que «quien se entromete en alboro­to o refriega ajenas es semejante al que coge un perro por orejas». Pues del mismo modo que quien agarra un perro ajeno por las orejas resultará posiblemente mordido, tam­bién parece razonable que resulte perjudicado quien, por impaciencia, interviene en negocio ajeno que no le incumbe.
»Pero conoces perfectamente que este hecho, es decir, mi aflicción y ultraje, me han afectado mucho. Por consiguien­te, no es de extrañar que esté impaciente y airado. Además, en perjuicio de tu opinión, no logro adivinar los graves da­ños que se puedan derivar de mi venganza, ya que soy más rico y poderoso que mis enemigos. De sobra sabes que con dinero y abundante caudal se arreglan los asuntos terrenos. Salomón lo corrobora: "Todo obedece al dinero".
Al ver Prudencia cuán engreído estaba su esposo de su di­nero y riquezas y cómo menospreciaba el poder de sus ene­migos, se le dirigió en estos términos:
Acepto, mi amado señor, tu riqueza y poder, y que el di­nero ganado legítimamente, y usado adecuadamente, es bue­no. Pues así como el cuerpo humano no puede vivir sin alma, tampoco puede hacerlo sin bienes temporales. Tam­bién se pueden ganar numerosos amigos a través de las rique­zas. Y por ese motivo afirma Pánfilo: «La hija de un boye­ro acaudalado podrá elegir esposo entre mil, pues ninguno de entre ellos la rechazará o la desairará.» También el mismo Pánfilo declara: «Si eres muy feliz -es decir, si eres muy rico-, entonces encontrarás multitud de camaradas y ami­gos. Si tu suerte se tuerce y te empobreces, despídete de los unos y los otros: te encontrarás -con la excepción de los pobres- solo y aislado.» El mismo Pánfilo añade incluso que «el siervo o esclavo por nacimiento se convierte en digno y respetable con sus riquezas». Y así como de la riqueza se des­prenden grandes beneficios, así también se derivan multitud de daños y perjuicios de la pobreza. La pobreza extrema im­pele al hombre a numerosos perjuicios. Por esto, Casiodoro denomina a la pobreza madre de la ruina, a saber, madre de los derramamientos y destrucciones. En consecuencia, Pedro Alfonso confirma: «Quien -bien por haber nacido libre, bien por su linaje- se ve forzado a comer de las limosnas de su enemigo, por ser pobre, sufre una de las mayores adversi­dades de este mundo».
»Lo mismo opina Inocencio cuando en uno de sus libros afirma: "La situación del pobre mendigo es triste y desafortu­nada. Porque, si no mendiga, perece de hambre; y si pide, constreñido por la necesidad, perece de vergüenza; y la nece­sidad siempre le impele a pedir". Y, por consiguiente, afir­ma Salomón que "es preferible morir a poseer semejante po­breza". También el mismo Salomón añade: "Es preferible perecer de muerte amarga que vivir de este modo". Por to­dos estos motivos y por muchos otros- estoy conforme en que las riquezas bien obtenidas y aplicadas son provecho­sas. Así, quiero enseñarte a actuar correctamente en la adqui­sición y disposición de bienes.
»En primer lugar, no demuestres avidez por las riquezas, sino que búscalas poco a poco, con calma y de modo reflexi­vo. Pues quien codicia riquezas se entrega al robo y a toda suerte de maldades. Al respecto afirma Salomón: "Quien se apresura a enriquecerse no puede mantenerse inocente". Y también: "Las riquezas ganadas con rapidez se alejan de él pronto y velozmente; pero las que vienen poco a poco, siem­pre se acrecen y multiplican".
»Señor, incrementa tu patrimonio con tu esfuerzo e inteli­gencia, para tu propio provecho, sin causar perjuicio o injus­ticia a terceros. En la ley se lee que "el ocasionar daño a otra persona no enriquece a nadie". Es decir, existe un impedi­mento y prohibición legal para enriquecerse a costa del per­juicio apeno. Y Tulio comenta que "ningún agravio, ni temor mortal, ni nada que pudiera acontecerle, va tanto contra la naturaleza como el fomentar el propio provecho a expensas del mal de otra persona".
»Y aunque los poderosos y magnates se enriquecen con más facilidad que tú, no debes ser negligente o lento en afa­narte en tu beneficio: huye siempre de la ociosidad. Salomón observa que "la ociosidad es la madre de numerosas maldades". Y el mismo Salomón añade que "quien se afa­na y ocupa en roturar la tierra comerá pan: pero el perezoso desocupado y sin trabajo se verá sumido en la misena y mo­rirá de hambre". El perezoso e indolente nunca encuentra tiempo para trabajar. Ya lo dijo el poeta: "En invierno, el pe­rezoso se excusa de trabajar a causa del frío, y en verano, del calor excesivo." Y Catón exhorta: "No te acostumbres a dor­mir demasiado, porque el descanso prolongado engendra y alimenta numerosos vicios". Y, en consecuencia, San Jeró­nimo declara: "Haz buenas obras para que el diablo, nuestro enemigo, no te encuentre ocioso", porque el diablo no hace sucumbir fácilmente a quien está empeñado en el bien obrar.
»Así, huye de la ociosidad en la adquisición de bienes, y después, utiliza tus ganancias, finto de tu habilidad y. esfuer­zo, de forma que no te consideren ni mezquino ni cicatero, ni excesivamente pródigo y liberal. Catón afirma: "Utiliza los bienes ganados de modo que no te puedan llamar tacaño o avaro; el ser pobre de corazón y rico en bienes es suma­mente vergonzoso para un hombre". Y asimismo dice: "Gasta con mesura tus ganancias", pues los que dilapidan y despilfarran tontamente sus bienes, intentan, al perderlos, arrebatar los del prójimo.
»Declaro, pues, que debes huir de la avaricia y utilizar tus bienes de forma que nadie te acuse de enterrarlos, sino de que los guardas bajo tu control y poder.
Un sabio critica al avaricioso en un par de versos: "¿Por qué y para qué entierra uno sus bienes movido por extrema avaricia si sabe sobrada­mente que necesariamente ha de morir? En esta vida presen­te, la muerte es el fin de todos." ¿Y por qué causa o razón se aferra y apega tan afanosamente a sus posesiones de modo que todos sus sentidos no se pueden alejar o apartar de ellas, si harto sabe, o tendría que saber, que, cuando muera, no se llevará nada de este mundo? Por consiguiente, San Agustín afirma que "el avaro se parece al infierno, que cuanto más de­vora, más insaciable se muestra".
»Pero así como debes evitar se te considere tacaño o avaro, igualmente has de evitar se te tache de excesivamente pródi­go. Tulio afirma sobre este tema: "No tengas escondidos y so­terrados tus bienes patrimoniales de modo que permanezcan ajenos a tu piedad y generosidad -es decir, dar parte a los que padecen gran penuria-; pero tampoco los tengas tan evidentes que sean comunes a todos".
»Después -en lo tocante a la disposición y uso de tus bie­nes-, debes tener siempre en tu pensamiento tres cosas, a saber: Dios Nuestro Señor, tu conciencia y tu reputación. Bajo ningún concepto, pues, hagas algo que en algún modo desagrade a tu Hacedor. Pues según afirma Salomón, "mejor es poseer pocos bienes y el amor de Dios, que tener muchas riquezas y perder la estima de Nuestro Señor". Y el profe­ta declara: "Es preferible ser un buen hombre y tener pocas riquezas y posesiones, que tener muchas y ser reputado como malo".
»Yo voy todavía más lejos. Todos tus esfuerzos en enrique­certe han de cumplir los requisitos de una buena conciencia. El apóstol declara que "lo que más nos debe alegrar aquí en este mundo es el testimonio de una buena conciencia" Y el hombre sabio sentencia: "Cuando su conciencia no se halla en pecado, la riqueza de un hombre es buena".
»En la obtención y disfrute de tus bienes debes poner un gran afán y diligencia en conservar y guardar tu reputación. Salomón afirma que "le es más útil y preferible a uno preser­var la reputación que poseer muchos bienes". Y así afirma en otro lugar: "Pon gran diligencia en conservar tus amigos y tu buen nombre, porque eso es más duradero, aunque no sea de tanto precio".
»Indudablemente no merece el sobrenombre de caballe­ro, si, además de Dios y su conciencia, se despreocupa de todo, incluso de su reputación. Y Casiodoro afirma que "el amor y deseo de una buena fama es señal de noble co­razón". Y San Agustín sentencia: "Dos son las cosas nece­sarias: la buena conciencia y reputación; a saber, buena con­ciencia en tu interior, y buena reputación ante tu prójimo. Y quien se confie en su buena conciencia hasta el extremo que se despreocupa y desprecia su buena reputación, es un cretino integral".
»Señor, ahora que te he mostrado cómo debes adquirir y utilizar las riquezas, analicemos de qué forma la confianza que tienes en tu hacienda te mueve a buscar peleas y renci­llas. Te aconsejo que no inicies las hostilidades confiando en tus posesiones, pues éstas son insuficientes para financiar la guerra. Un filósofo afirma al respecto: "Quien busca la gue­rra a cualquier precio, jamás tendrá lo suficiente para finan­ciarla, porque cuanto más posea, mayores gastos tendrá en pos de la victoria y de la honra."Y Salomón declara que "cuanto mayor sea la riqueza de un hombre, más dilapidado­res de sus bienes tendrá".
»En consecuencia, mi querido señor, aunque mucha gen­te te respalde por tus riquezas, no resulta bueno ni conve­niente romper las hostilidades si puedes vivir en paz preser­vando tu honor y tu propio provecho. Las victorias de este mundo no dependen ni del valor humano ni del número o multitud de tropas, sino de la voluntad de Dios Omnipoten­te, en cuyas manos estamos. Y, por consiguiente, judas Ma­cabeo, el caballero de Dios, al disponerse a luchar contra sus adversarios, viendo que éstos eran numerosisimos y más fuertes que su ejército, dirigió a su reducida hueste la siguien­te arenga: "Nuestro Señor y Todopoderoso Dios igual puede otorgar la victoria a los pocos como a los más numerosos; la victoria en la lucha no se basa en el número de combatien­tes, sino en el Dios del Cielo, Nuestro Señor".
»Mi querido amo, ya que no existe nadie que tenga la se­guridad divina en la victoria, ni de que Dios le ama, debe siempre temer mucho romper las hostilidades porque en los peligros bélicos sucumben tanto los débiles como los pode­rosos. Leemos en Reyes II: "Los hechos bélicos son fortuitos e inciertos”, pues igual alcanza una lanzada a uno como a otro. Y ya que existe tal peligro en la guerra, el hombre debe hacer lo posible para evitarla porque, como declara Salo­món: "Quien ama el peligro perecerá en él"
Cuando la señora Prudencia hubo concluido su exposi­ción Melibeo respondió:
-Me doy cuenta, señora Prudencia, por tus hermosas pa­labras y argumentos que has esgrimido, que la guerra te desa­grada; pero no me has aconsejado sobre mi actuación para la situación presente.
Ella respondió:
Te aconsejo que llegues a un acuerdo y firmes la paz con tus enemigos. En sus Epístolas, Santiago afirma que «con la paz y la concordia las pequeñas riquezas se acrecientan, mientras que las grandes fortunas se pierden por la guerra y la discor­dia». Y bien sabes que la unidad y la paz son una de las ma­yores y más elevadas cosas de este mundo. Por este motivo Jesucristo Nuestro Señor dijo a los apostoles «Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios».
Melibeo apostilló:
-¡Ay! Veo claramente ahora que no tienes en estima ni mi honor ni mi dignidad. Te consta que mis enemigos han iniciado este combate y querella con un ultraje, y te consta, asimismo, que ni buscan ni piden la paz. ¿.Acaso pretendes que sea yo quien vaya y me humille y me someta a ellos y su­plique su favor? En verdad, esto no me reportaría honra alguna, ya que es opinión común que si el orgullo desmedido engendra desprecio, tal acontece con la exagerada humildad. Al oír estas palabras puso un rostro de enojo y replicó:
-Sin duda, señor, si no te ha de disgustar, te diré que es­timo -siempre ha sido así- tu bien y reputación como los míos propios; ni vos ni nadie me ha visto jamás hacer lo contrario. De cualquier forma, no me he equivocado al aconse­jarte la paz y la concordia. El hombre sabio aconseja que sea otro quien comience la contienda y tú quien inicie la reconciliación. Y el profeta declara: «Huye del mal y obra el bien; y, en cuanto de ti dependa, busca la paz y síguela». Sin embargo, no te digo que atosigues a tus enemigos con tus peticiones de paz, en vez de esperar a que ellos vengan a ti, porque conozco que tu dureza de corazón te impedirá ha­cer algo por complacerme. Salomón sentencia: «El de cora­zón empedernido encontrará finalmente la calamidad y la desgracia».
Al ver Melibeo el rostro de disgusto de su esposa, Pruden­cia, le replicó con estas palabras:
-Señora, te suplico que no te enojes por mis opiniones, pues te consta que estoy enfadado y airado, lo que no es de extrañar: los iracundos no son muy conscientes de lo que di­cen o hacen. Por esta causa declara el profeta que los ojos llo­rosos no ven con claridad. Aconséjame y díctame lo que te plazca, pues estoy presto a complacerte; porque, aunque me reprendas por mi necedad, no por eso dejaré de amarte y ad­mirarte. Pues Salomón afirma que «el que reprende al necio, encontrará más amor que el que le embauca con tiernas pa­labras»Entonces, la señora Prudencia le contestó:
-Sólo pongo un talante enojado y airado para tu propio provecho. Salomón lo corrobora: «Más digno de alabanza es reprender al necio por sus locuras que alabarle y reírse de sus desvaríos». Y el mismo Salomón añade que «el rostro adusto de un hombre (es decir, su seriedad y rigidez) corrige y enmienda al necio”.
Melibeo respondió:
-No puedo refutar tus numerosas opiniones, pues me las presentas y argumentas con solidez. Dime brevemente tu consejo y voluntad, que estoy dispuesto a ejecutarlo y llevar­lo a cabo.
Entonces, la señora Prudencia le desveló su propósito con estas palabras:
-Te aconsejo, sobre todo, que hagas las paces con Dios y te reconcilies con Él y su gracia. Pues, como te he relatado con anterioridad, por tus culpas, Dios ha permitido que te sobrevinieran estas penas y aflicciones. Y si obras como te digo, Dios te enviará a tus enemigos a postrarse a tus pies, dispuestos a ejecutar tu voluntad y deseos. Pues Salomón dice: «Cuando la condición de un hombre es agradable y placentera a los ojos de Dios, Él cambia el corazón de sus ad­versarios y les compele a pedir a ese hombre su paz y fa­vor. Te suplico que me autorices a hablar con tus enemi­gos en privado, sin que ellos sepan tus intenciones y propó­sitos. Y después, al enterarme de sus designios, te podré aconsejar con mayor seguridad.
-Señora -repuso Melibeo-, haz como deseas y quie­res, que yo me pongo a tu entera disposición y obediencia. Cuando la señora Prudencia vio la buena disposición de su esposo, deliberó y ponderó reflexivamente la posible for­ma de rematar este asunto con una feliz conclusión y térmi­no. Y envió recado a esos adversarios para encontrarse a so­las con ellos en momento oportuno: les mostró con pruden­cia los grandes beneficios derivados de la paz y los graves pe­ligros inherentes a la guerra; y les manifestó con suavidad su obligación de arrepentirse por la injuria y afrenta inferidas a Melibeo, su señor, a ella misma y a su hija.
Cuando ellos escucharon las bondadosas palabras de la señora Prudencia, mostraron tal sorpresa y arrobamiento, que se vieron inundados de gozo indescriptible; y le respondieron:
-¡Ay!, señora, nos has mostrado los beneficios de la man­sedumbre, tal como afirmó el profeta David. Con tu inu­sitada bondad, nos ofreces un perdón inmerecido que deberíamos suplicar humilde y contritamente. De donde se coli­ge cuán acertada es la sentencia de Salomón cuando afirma: «Las palabras conciliadoras incrementan y multiplican las amistades, y ablandan y tornan bondadosos a los malos».
»En consecuencia, sometemos este asunto, litigio y causa a tu parecer, y declaramos estar prestos a acatar las decisiones y órdenes de nuestro señor Melibeo. Así, pues, te encarece­mos, nuestra buena y amada señora, con toda la humildad de que somos capaces, que te dignes poner en práctica tus li­berales y generosas opiniones emanadas de tu gran bondad. Declaramos haber inferido a Melibeo tal afrenta que rebasa los límites de lo perdonable. Nos reconocemos en deuda con él y nos comprometemos a cumplir sus órdenes y decisiones.
»Sin embargo, podría suceder que, debido a su gran pesar e irritación por este agravio, resolviera imponemos algún se­verísimo castigo. Te suplicamos, señora, que, en tal caso, tu piedad femenina impida que seamos despojados de nuestros bienes y condenados a muerte por nuestra locura.
-Muy peligroso y grave es, ciertamente -respondió Pru­dencia-, que uno se entregue por entero al parecer y volun­tad de su enemigo, colocándose bajo su arbitrio y poder. Salomón advierte: «Creed mi opinión, gentes, pueblos y sacer­dotes de la Santa Iglesia; jamás deis poder o dominio en vida sobre vosotros a vuestro hijo, ni a vuestra esposa, ni a vues­tro amigo, ni a vuestro huérfano». Y si Salomón veda que se otorgue potestad sobre el cuerpo a hermano o amigo, con mayor razón prohibe que uno se entregue a su adversario. Con todo éste es mi consejo: no desconfiéis de mi amo, por­que me consta que es un hombre pacífico y amable, compa­sivo, pródigo y sin codicia de hacienda o riqueza; lo que más le importa en este mundo es la buena fama y la dignidad. Además, estoy completamente seguro de que me consultará en este asunto, y yo, mediante la gracia de Dios Nuestro Se­ñor, me las agenciaré para lograr que os reconciliéis con no­sotros.
Ellos contestaron al unísono:
-Digna señora, sometemos a tu voluntad y albedrío nuestra vida y nuestros bienes. En la fecha que tú decidas acudiremos a cumplir nuestro deber y promesa tal como se­ñale tu bondad: estamos dispuestos a acatar tu voluntad y la de nuestro señor Melibeo.
Prudencia, una vez escuchadas esas palabras, indicó a aquellos hombres que salieran sigilosamente. Cuando ella volvió junto a su marido le contó el arrepentimiento de sus enemigos y el reconocimiento humilde de sus faltas y su dis­posición a sufrir cualquier castigo; únicamente suplicaban clemencia y perdón a quien habían afrentado.
Melibeo respondió:
Aquel que confiese y se arrepienta de su falta sin discul­parse, es digno del perdón e indulgencia que pide. Séneca opina: «Si hay confesión, existe perdón y gracia.» Efectivamente, la confesión acompaña a la inocencia. Y en otro lu­gar afirma el mismo pensador: «Merece el perdón quien con­fiesa y se avergüenza de su culpa.» En consecuencia, acepto firmar la paz, pero antes creo conveniente pedir la opinión y aprobación de nuestros amigos.
Prudencia, rebosante de gozo, repuso:
Acabas de hablar de un modo muy sensato, pues así como pediste, para pelear, la opinión, aprobación y ayuda de tus amigos, tampoco debes hacer las paces con tus enemigos sin sus consejos. Leemos en la ley: «Es harto natural y conve­niente que desate las cosas quien las ató».
Prudencia envió a continuación, sin dilación, recado a sus amigos y parientes más antiguos, leales y prudentes. En pre­sencia de Melibeo les dio detallada cuenta de los aconteci­mientos, tal como he referido con anterioridad, demandán­doles su opinión y parecer sobre la decisión más convencida a adoptar.
Cuando los amigos de Melibeo hubieron deliberado sobre el asunto de referencia, se mostraron acérrimos partidarios de mantener la paz y la tranquilidad, y sugirieron a Melibeo que, con ánimo conciliador, otorgara gracia y perdón a sus adversarios.
Prudencia, una vez oído el consejo de sus amigos y la con­siguiente aprobación de Melibeo, su esposo, se alegró íntima­mente al ver que todo se desarrollaba según sus intenciones, y dijo:
-Reza un viejo proverbio que no debe dejarse para maña­na lo que se pueda hacer hoy. En consecuencia, señor, te en­carezco que envíes a tus enemigos emisarios discretos e inte­ligentes para que, en tu nombre, declaren que, si quieren pac­tar la paz y un acuerdo, han de presentarse aquí sin demora.
Esta indicación se cumplimentó sin dilación. Los culpa­bles enemigos de Melibeo, al escuchar las palabras de los en­viados, se regocijaron de las nuevas; respondieron a Melibeo y a sus parientes con tono humilde, respetuoso y agradecido, y, en cumplimiento de las indicaciones recibidas, se dispusie­ron a ir con los emisarios.
En consecuencia, se encaminaron hacia la corte de Meli­beo acompañados de unos pocos y auténticos amigos como testigos y mediadores.
Al encontrarse en presencia de Melibeo, éste les dirigió las siguientes palabras
-A decir verdad, vosotros, sin causa, motivo ni razón jus­tificada, me habéis ultrajado y ofendido sobremanera, al igual que a Prudencia, mi mujer, y a mi hija. Irrumpisteis en mi casa de un modo violento y me agravasteis de forma que sois reos de muerte. Quiero saber, pues, si dejáis el castigo y reparación de este ultraje en manos mías y de mi mujer.
En nombre de todos, el más sabio de los tres respondió como sigue:
-Harto sabemos, señor, que somos indignos de presen­tamos ante tu noble, digna y señorial corte; nuestras faltas y los profundos agravios que hemos causado a un señor de tan alta categoría como tú, nos hacen acreedores a morir. Con todo, al pensar en la gran bondad y misericordia que todos te atribuyen, hemos decidido doblegarnos ante tu elevada y compasiva nobleza. Estamos dispuestos a aceptar tus deter­minaciones. Te suplicamos que tu clemente misericordia ten­ga en consideración nuestra humilde sumisión y sincero arrepentimiento y nos condone el criminal ultraje cometido. Nos consta que el peso de tu bondad, reflejada en tu gran compasión y magnanimidad, supera la maldad de nuestros crímenes y culpas. Te suplicamos, pues, que nos perdones la horrenda afrenta que cometimos contra tu dignidad.
Ante estas palabras, Melibeo los hizo incorporar y, con gran afabilidad, aceptó sus promesas y ofrecimientos, que respaldaron con garantías y juramentos, y les emplazó para una fecha determinada; entonces les daría a conocer su sen­tencia.
Después de haber acordado esto regresaron a su casa, y Prudencia juzgó conveniente preguntar qué venganza iba a aplicar Melibeo a sus enemigos.
Melibeo respondió:
-Les confiscaré todas sus riquezas y los desterraré de por vida.
Prudencia alegó:
-Esa sería una decisión cruel e indiscreta, porque tú ya tienes riquezas suficientes y no necesitas las ajenas. Si obraras así, te tildarían fácilmente de codicioso. De este vicio todos deben huir, ya que, como afirma el apóstol, «la raíz de to­dos los males es la codicia».
»En consecuencia, seria preferible perder parte de tus pro­pios bienes que enriquecerte de este modo. Mejor es perder bienes con honor que enriquecerse con deshonor y afrentas: todos debemos esforzamos en tener buena reputación. No basta, al respecto, gozar de buen nombre: debemos procurar siempre obrar de modo que se acreciente. Escrito está: "Cuando no se renueva y reafirma, la antigua buena fama de uno se desvanece pronto".
»Tocante a desterrarlos, lo encuentro poco racional y exa­gerado, precisamente por el total abandono con que a ti se te han entregado. Porque está escrito que "quien abusa del po­der y fuerza otorgados, merece perder sus privilegios". Pero, aunque pudieras condenarles a esta pena según derecho -creo tal sea el caso-, creo que no deberías actuar así. Ha­cerlo equivaldría probablemente a reanudar la guerra.
»En consecuencia, si quieres sumisión, tu sentencia ha de ser muy moderada. Debes saber que "cuanto más considera­do es el mandato, mayor es la obediencia". Intenta, pues, vencer tus impulsos en este tema, pues Séneca sentencia: "Quien a su corazón vence, doblemente vence". Y Tulio añade: "Lo más digno de loa en un Señor es verle benévolo, sencillo y fácilmente conciliador".
»En consecuencia, pues, te exhorto a que no seas vengati­vo. De este modo preservarás tu buen nombre, tu piedad y misericordia serán dignas de alabanza, y tu actuación no será motivo de posterior arrepentimiento. "Maldito triunfo si ori­gina victoria arrepentida", afirma Séneca.
»En consecuencia, te animo a que brote la clemencia en tu alma y corazón para que Dios Omnipotente se apiade de ti en el juicio Final, ya que, como Santiago afirma en sus Epís­tolas, "se juzgará sin misericordia al que no la tuvo con el pró­jimo"
Al oír Melibeo los loables argumentos y sólidas razones de su esposa, reconoció cuán discretamente le aconsejaba y en­señaba, y se doblegó a la voluntad de Prudencia, por captar la buena intención que la guiaba. Aceptó después obrar en consecuencia, siguiendo las exhortaciones de su mujer, y dio gracias a Dios, fuente única de bondad y virtud, por haberle otorgado esposa tan discreta.
Por este motivo, al llegar la fecha en que sus adversarios comparecieron ante él, les habló en tono muy afectuoso y les dijo:
-Vosotros procedisteis mal y me ultrajasteis, movidos por vuestro orgullo, presunción y locura, actuando con negligen­cia e ignorancia. Sin embargo, al ver y considerar vuestra gran humildad, y al constatar la contrición y arrepentimien­to de vuestra culpa, yo me siento impelido a ser clemente y a perdonaros.
»Así, os admito en mi favor y os perdono por entero todos loa agravios, maldades e insultos que contra mí y los míos habéis cometido, para que Dios, en su infinita misericordia, en la hora de la muerte, nos perdone los pecados cometidos en este mundo miserable. Indudablemente, si acudimos con­tritos y arrepentidos de nuestras faltas ante la presencia de Dios Nuestro Señor, Él es tan bueno y compasivo que nos condonará nuestros yerros y nos acogerá en su bienaventu­ranza eterna. Amén.

9. LAS ALEGRES PALABRAS ENTRE EL ANFITRIÓN Y EL MONJE

Cuando hube concluido el relato de Melibeo y la se­ñora Prudencia y su bondad, el hospedero comentó: -Como que soy un hombre honrado, y por los preciados huesos de Madrián: habría preferido que mi mujer hubiera escuchado este cuento a beber un barril de cerveza. Nunca se muestra paciente conmigo como Prudencia con Melibeo. ¡Por los huesos de Cristo! Siempre que me dispon­go a propinar una paliza a mis sirvientes surge ella con gran­des varas y espeta: «¡Mata todos estos perros! ¡No les dejes un hueso sano!»
»Si alguno de mis vecinos no la saluda en la iglesia o la ofende, tan pronto como llegamos a casa se enfurece y excla­ma: "¡Infeliz cobarde; venga a tu mujer! Por el cuerpo de Cristo, dame tu cuchillo. Tú quédate con mi rueca y vete a hilar!" De la mañana hasta la noche la cantinela es la misma: "Desgraciada de mí que me casé con un lechero o con un mono cobarde, que se deja intimidar por cualquier tipo, y que no se atreve a respaldar los derechos de su mujer."
»Esta es mi rutina diaria. A menos que luche, me debo es­cabullir. De otro modo estoy perdido si muestro el menor in­dicio de tardanza o menos intrepidez que un león. Por su culpa algún vecino me matará. Soy peligroso empuñando la navaja, pero no me atrevo a enfrentarme con ella. Por cierto que sus brazos son fuertes. Os daríais cuenta si la ofendiéreis o contradijeseis. Pero dejemos este tema y continuemos.
-Señor monje -dijo-, no haga cara compungida. Aho­ra le toca a usted. ¡Mirad! ¡Casi hemos llegado a Roches­ter!.
»Adelante, que nos queremos divertir. Pero, por mi honor, que no sé vuestro nombre. ¿Quizá sir John? ¿0 sir Albón? ¿0 sir Tomás? ¿En qué monasterio residís? Vive Dios que te­néis la piel suave. En nada se parece a un espíritu o peniten­te. Hay buenos pastos donde vivís. Debéis, sin duda, ser al­gún oficial, algún digno sacristán o despensero. Seguro que sois el amo cuando estáis en vuestra casa. No sois un enclaus­trado ni un novicio, sino un administrador astuto y discreto. Y ¿qué decir de vuestra corpulencia y tez? Un bonito ejem­plar para esta ocasión. Le pido a Dios que confunda al que os hizo entrar en religión. Ya habríais estrujado a más de una mujer. Si tuvierais tanta licencia como potencia para dedi­caros al placer de procrear habríais engendrado muchas cria­turas. ¿Quién os puso en este amplio redil? Si yo fuera Papa -que Dios me perdone-, no sólo a vos, sino a muchas ca­bezas tonsuradas que corren por ahí les daría esposa. ¡El mundo está perdido! La religión ha escogido la mejor parte de la procreación. Nosotros, los laicos, somos en esto ena­nos. De árboles débiles brotan vástagos enfermizos. Esto hace a nuestros herederos flojos y frágiles sin capacidad de engendrar. Esto ocasiona que nuestras mujeres intenten con­quistar a los frailes. Esperan mejores servicios de ellos que de nosotros en los placeres del amor. ¡Rediez! No les pagan con luxemburgos. No se enfade, señor monje, aunque bromee. Las verdades surgen entre broma y broma.
Este noble monje replico sin inmutarse:
-Me esmeraré, tal como conviene a mi honradez, en contaros uno, dos o tres cuentos. Y si escucháis, de ahora en adelante os relataré la vida de San Eduardo. O, si no, os puedo narrar algo trágico. En mi celda tengo al menos cien narraciones.
»La palabra tragedia implica una cierta clase de historia, tal como se ve en los libros de la Antigüedad, de aquellos que sucumbieron por la gloria; de gente que se deslizó del estado de prosperidad al de calamidad. Esto les ocasionó la muerte. Estos cuentos aparecen versificados en hexámetros, o versos de seis pies. También se compone en prosa y en versos de muy distinta estructura. Creo que con esta explicación basta.
»Si queréis oír, escuchad. Perdonadme si no sigo un orden cronológico estricto, ya sea acerca de papas, emperadores o reyes. Me saltaré el orden de aparición según los dictados de los eruditos. Algunos los pondré antes que otros, tal como los recuerde. Perdonad mi ignorancia.

10 EL CUENTO DEL MONJE

A guisa de tragedia, lamentaré las desgracias de los que cayeron desde su alta posición a la irremediable adver­sidad, pues es bien cierto que, cuando la diosa Fortu­na decide abandonarnos, nadie puede disuadirla. Que nadie conñe ciegamente en la prosperidad, sino que tome ejemplo de estos antiguos y verdaderos casos.

LUCIFER
Empezaré con Lucifer, aunque no era hombre, sino ángel. Pues a pesar de que la diosa Fortuna no pueda dañar a los án­geles, a causa de su pecado cayó de su alta posición hasta el infierno, donde todavía está. Lucifer, el más brillante de los ángeles, es ahora Satanás, y nunca escapará a la desgracia en que cayó.

ADÁN
Tomad como ejemplo a Adán, no engendrado de impuro esperma humano, sino moldeado por el mismísimo dedo de Dios en el campo donde ahora se halla Damasco. Dominó a todo el Edén, excepto un solo árbol. Ningún hombre en la Tierra ha poseído jamás las riquezas de Adán, hasta que su mala conducta le llevó, de gran prosperidad, al trabajo, la mi­seria y el infierno.

SANSÓN
Ved, por ejemplo, a Sansón, cuyo nacimiento fue anuncia­do por un ángel mucho antes de que aconteciera, y se consa­gró a Dios Todopoderoso y recibió grandes honores hasta que perdió la vista. Nunca hubo otro de su fuerza y del valor que le acompaña; pero contó su secreto a su mujer, y ésta le precipitó a la desgracia. Sansón, ese grande y poderoso ada­lid, que mató un león mientras transitaba por un camino ha­cia una boda, destrozándolo totalmente con sus dos manos como única arma. Pero su traicionera mujer insistió una y otra vez hasta que se enteró de su secreto. Entonces la traido­ra lo delató a sus enemigos y lo dejó por otro marido.
En su rabia y furor, Sansón cogió trescientos zorros y, atándolos por sus colas, los juntó y prendió fuego, con lo que ardieron todas las cosechas del país, incluso viñas y olivos. También mató, él solo, a un millar de hombres con una quijada de asno por toda arma. Después de haberlos matado, sintió tanta sed que creyó morir y rogó al Señor que se apia­dase de su desgracia y le enviara de beber. Entonces de una de las muelas de aquella reseca quijada de asno surgió un ma­nantial del que sació su sed. De este modo Dios acudió en su ayuda, como dice el Libro de los jueces.
Una noche en Gaza, a pesar de los filisteos que se hallaban en la ciudad, arrancó las puertas de la misma a viva fuerza y, cargándoselas a la espalda, las subió a la cima de una colina, donde todos las pudieron ver. Si el gran y poderosísimo San­són, tan querido y honrado por los demás, no hubiera reve­lado su secreto a mujeres, el mundo jamás habría contempla­do a otro igual.
Por mandato del mensajero angélico no tocaba el vino ni bebía bebidas fuertes, ni permitía que navajas o tijeras se acercasen a su cabeza, pues toda su fuerza residía en ellas. Pero el que gobernó en Israel durante veinte inviernos segui­dos pronto tuvo que derramar abundantes lágrimas: las mu­jeres le traerían la ruina. Contó a su amada Dalila que toda su fuerza radicaba en su cabellera, y ella lo vendió traicione­ramente a sus enemigos. Pues un día, mientras dormía en su regazo, ella hizo que le cortasen el cabello y le pelasen y dejó a sus enemigos que descubrieran su secreto. Cuando le en­contraron en este estado, le ataron fuertemente y le sacaron los ojos. Antes de cortarle el cabello y pelarlo, nada habría podido mantenerle atado; ahora, estaba prisionero en una cueva y le obligaban a mover un pequeño molino.
¡Ya puede ahora el gran Sansón, el más fuerte de los hombres, que llegó a juez de Israel y vivió con riqueza y esplendor, llorar sin ojos, arrojado desde la felicidad a la sima de la desgracia!
Este fue el final del pobre cautivo. Un día sus enemigos prepararon una fiesta y le obligaron a estar ante ellos sirvien­do de blanco. Ocurría todo en un templo lleno de gente. Pero al final él causó terror y estragos, pues sacudió dos co­lumnas hasta que cayeron, y entonces el templo entero se de­rrumbó. Así pereció junto con sus enemigos, es decir, todos los príncipes y unas tres mil personas sucumbieron allí al hundirse el gran templo de piedra. No hablaré más de San­són. Pero quedad advertidos por esta antigua y sencilla frase: que ningún hombre diga nada a su esposa que quiera man­tener realmente en secreto, en particular si afecta a la seguri­dad de su vida o la integridad de sus miembros.

HÉRCULES

Sus trabajos cantan la alabanza y gran renombre de Hér­cules, el más grande de los conquistadores, pues en su día fue un prodigio de fuerza. Él mató al león de Nemea y se apoderó de su piel; humilló el orgullo de los centauros, acabó con las arpías, aquellas feroces y crueles aves; se apo­deró de las manzanas de oro del dragón; hizo salir al can Cerberol, el perro del infierno; mató a Busiro, el cruel ti­rano, y obligó a su caballo a devorarle la carne y los hue­sos; mató a la feroz y venenosa Hidra; rompió uno de los dos cuernos de Aqueloo mató a Caco en su caverna de piedra y a aquel poderoso gigante Anteo; destrozó al temible oso de Erimantos y durante algún tiempo trans­portó la bóveda celeste sobre sus hombros. Ningún hom­bre había eliminado tantos monstruos como él desde el principio de los tiempos. Su nombre corría de boca en boca por todo el mundo como sinónimo de fuerza y mag­nanimidad; visitó todos los reinos del mundo y, según Tro­feo, levantó un pilar en cada extremo del mundo para mar­car sus limites.
Este noble héroe tenía una amante llamada Dejanira, loza­na como una rosa de mayo. Los eruditos afirman que ella le envió una vistosa camisa nueva -una camisa fatal- que, desgraciadamente, había sido envenenada con tanto ingenio que antes de transcurrido medio día de llevarla puesta, la car­ne empezó a desprendérsele de los huesos. No obstante, hay personas doctas que la exoneran de culpa y acusan a un tal Neso, aunque Hércules llevó esta camisa sobre su cuerpo desnudo hasta que el veneno ennegreció su carne. Cuando descubrió que no tenía remedio y que iba a morir envenena­do, se cubrió de brasas ardientes, pues prefirió morir por fue­go antes que a causa de un veneno.
Así murió Hércules, famoso y poderoso. Y ahora pregun­to: «¿Quién puede, ni por un momento, confiar en la velei­dosa Fortuna?» Los que siguen los caminos de este mundo turbulento caen en desgracia frecuentemente antes de saber qué es lo que pasa. Es sabio el que se conoce a sí mismo. Es­tad, pues, en guardia, porque cuando la caprichosa Fortuna desea engañar, espera y derriba al encumbrado del modo más inesperado.

¿Qué lengua puede describir adecuadamente el poderoso trono, el precioso tesoro, el glorioso cetro y la real majestad del rey Nabucodonosor, que conquistó por dos veces la ciudad de Jerusalén y se llevó los vasos sagrados del tem­plo? El reglo trono se hallaba en Babilonia, su gloria y or­gullo. Castró a los más hermosos hijos de la real casa de Is­rael y los convirtió a todos en eunucos. Entre sus esclavos se hallaba Daniel, que era el más avispado entre todos los hijos de Israel, pues interpretó los sueños del rey cuando no hubo sabio en Caldea que supiera adivinar su correcto sig­nificado. Este rey vanidoso y sediento de gloria encargó que le hicieran una estatua de oro de sesenta codos de altu­ra y siete de ancho, y ordenó que jóvenes y viejos saludasen y reverenciasen esta imagen; los que se negaran a obedecer serían quemados en un horno al rojo vivo. Pero ni Daniel ni sus dos jóvenes compañeros quisieron acatar semejante orden.
Orgulloso y encumbrado, este rey de reyes creyó que el Dios que está sentado en su gloria jamás le privaría de su ele­vada posición; sin embargo, perdió repentinamente su cetro, se convirtió en algo parecido a una bestia y anduvo por al­gún tiempo entre animales salvajes, comiendo heno como si fuera un buey y durmiendo al aire libre y bajo la lluvia. Sus cabellos crecieron como plumas de águila y sus uñas como las garras de un ave de presa, hasta que algunos años después Dios le perdonó y le devolvió la facultad de razonar. Enton­ces dio gracias a Dios, mientras las lágrimas le resbalaban por el rostro. Durante el resto de su vida vivió en temor de pecar o abusar; hasta el día en que se le puso en el féretro, supo que Dios era todo poder y misericordia.

BALTASAR
Su hijo Baltasar gobernó el reino después que su padre pasó a mejor vida; sin embargo, no hizo el menor caso de las enseñanzas recibidas por su padre, sino que fue de corazón orgulloso, vivió con pompa y magnificencia y, además, fue un empedernido idólatra. Su elevada posición le afirmó en su orgullo; sin embargo, la Fortuna lo derribó y dividió su reino.
Un día en que daba una fiesta para sus nobles, con el fin de ponerles más alegres, llamó a sus oficiales y les dijo: -Id a buscar todos aquellos vasos que mi padre se llevó del templo de Jerusalén en los días de su triunfo, y demos gracias a los dioses del cielo por el honor que nuestros ante­pasados nos legaron.
Su esposa, sus nobles y sus concubinas bebieron a más no poder de diversos vinos en estos vasos sagrados. Entonces el rey levantó la vista y miró a la pared, en donde vio una mano sin brazo que escribía deprisa sobre la misma. Al contemplar esta visión, tembló de miedo y dio un gran suspiro, mientras la mano que tanto le había asustado escribía: «Mane, Tecel Fa­res», y nada más.
Ningún mago en todo el país supo interpretar el significa­do de lo escrito excepto Daniel, que pronto lo explicó di­ciendo:
-¡Oh, rey! Dios dio a tu padre gloria, honor, un reino, un tesoro e ingresos; pero él era orgulloso y no tenía temor de Dios, por lo que Este tomó venganza y le despojó de su rei­no. Fue arrojado de la compañía de los hombres para vivir entre asnos y comer sus pastos, como un animal, bajo el sol y la lluvia, hasta que por gracia divina y razonamiento enten­dió que el Dios de los cielos tiene dominio sobre las criatu­ras y los reinos. Entonces Dios se compadeció de él y le re­puso en su reino con su aspecto normal. Ahora, tú, su hijo, sabiendo que todo eso es verdad, eres orgulloso como lo fue tu padre, te rebelas contra Dios y eres su enemigo; además has tenido el descaro y la audacia de beber en sus vasos sagrados, y de los mismos han bebido tu mujer y tus meretrices profanándolos. Para colmo, tú rindes culto perverso a falsos dioses. Por ello te esperan grandes sufrimientos. Créeme, la mano que escribió «Mane, Tecel Fares» sobre la pared fue en­viada por Dios. Tu reinado ha terminado: has sido pesado y has sido encontrado en falta. Tu reino será dividido y entregado a los medos y a los persas.
Aquella misma noche el rey fue muerto y su trono ocupa­do por Darío, aunque no tenía ningún derecho sobre él. Señores, la moraleja de esta historia es: no hay seguridad en el poder. Cuando la veleidosa Fortuna quiere perder a un hombre, le quita su reino, sus riquezas y sus amigos, tanto de alta como de baja condición. Los amigos que un hombre hace en la prosperidad creo que le convertirán en enemigos en la adversidad, proverbio que no sólo es cierto, sino que puede aplicarse universalmente.

ZENOBIA
Sobre la fama de Zenobia, la reina de Palmira, los persas escribieron que era tan osada y tenía tal dominio de las ar­mas que ningún hombre la sobrepasaba en fortaleza, linaje y otros nobles atributos. Por sangre, descendía de reyes persas. No diré que fuera la más hermosa de las mujeres, pero su fi­gura no tenía defecto.
Desde su infancia evitaba todo trabajo femenino y solía sa­lir a los bosques, en donde, con sus grandes flechas de caza, derramó la sangre de más de un venado salvaje. Corría tan velozmente que incluso podía capturarlos. Al llegar a la edad adulta, solía matar leones, leopardos y osos despedazándo­los, y hacía lo que quería con ellos con sólo sus manos. So­lía buscar atrevidamente los cubiles y guaridas de bestias sal­vajes y vagar durante la noche por las montañas, durmiendo al aire libre. Podía luchar con cualquier joven, por ágil que fuera, y someterlo por la fuerza; en sus brazos nada podía re­sistirle. Mantuvo su doncellez incólume, despreciando el verse sometida a cualquier hombre.
Sin embargo, al final, a pesar de sus largas dudas y dilacio­nes, sus amigos lograron casarla con Odenato. Debéis saber que él compartía sus gustos y sus ideas. Sin embargo, una vez estuvieron unidos, vivieron alegre y felizmente, pues se ama­ban recíprocamente con gran ternura, excepto por una cosa: bajo ningún concepto le permitía acostarse con ella más de una vez en cada ocasión, pues su único objeto era traer al mundo a un hijo que pudiera crecer y multiplicar la raza. Si, después del acto, ella veía que no había quedado embaraza­da, entonces consentía en que él hiciera su voluntad una vez más, pero sólo una vez; y si veía que había quedado embara­zada, entonces este placer le quedaba vedado a él por cuaren­ta largas semanas, después de las cuales ella le permitía de nuevo repetir el acto. Ya podía Odenato rabiar o rogar, que no conseguía nada más de su esposa. Pues ella afirmaba que era vergonzoso y lascivo por parte de una mujer el que su mari­do le hiciera el amor por alguna otra razón.
Odenato le dio dos hijos varones, que ella crió y educó en la virtud y en la sabiduría. Pero volvamos a nuestra historia. En ninguna parte del mundo se podía encontrar una persona más juiciosa y honorable, generosa sin ser despilfarra­dora, más cortés, más decidida e infatigable en la guerra. Es imposible describir la magnificencia de su vajilla y vestimen­ta. Iba enteramente vestida de oro y gemas preciosas; el que fuera a cazar no le privaba de encontrar el tiempo suficiente para conseguir dominar en profundidad diversas lenguas: su mayor deleite consistía en aprender por los libros cómo lle­var una vida virtuosa.
Pero, para abreviar esta historia, diré que ella y su marido eran dos formidables guerreros, que conquistaron y retuvie­ron con mano firme muchos grandes reinos de Oriente y va­rias espléndidas ciudades que pertenecían a la majestad im­perial de Roma. Sus enemigos jamás lograron hacerla huir mientras Odenato estuvo vivo. Ahora bien, los que quieran leer sobre sus batallas contra el rey Shapur y otros, y cómo se desarrollaron estos acontecimientos, por qué ella hizo sus conquistas y qué título o derecho tenía sobre ellas, su poste­rior desgracia y pena y cómo fue asediada y capturada, deben consultar a mi maestro, el Petrarca. Os aseguro que escribió lo suficiente sobre el asunto.
Cuando Odenato murió, ella retuvo sus reinos y luchó personalmente contra sus enemigos con tal fiereza, que no quedó príncipe o emperador en aquellas tierras que no se sin­tiera alborozado si no le declaraba la guerra. Establecieron alianzas formales con ella para poder vivir en paz y la deja­ron montar o cazar a su antojo. Ni Claudio, emperador de Roma, ni Galieno, que le había precedido, ni ningún arme­nio, egipcio, sirio o árabe, reunió jamás el valor suficiente para enfrentarse con ella, pues temían que les matase con sus propias manos o les hiciera huir con todo su ejército.
Sus dos hijos vestían regiamente, como correspondía a los herederos del reino de su padre. Sus nombres eran Herrvia­no y Timalao, según los persas. Pero la veleidosa Fortuna siempre mezcla hiel con miel. Esta poderosa reina no pudo durar mucho, y aquélla hizo que desde el trono cayera en la más abyecta desgracia y ruina.
Cuando el gobierno de Roma recayó en las manos de Au­reliano, éste planeó vengarse de la reina y marchó contra Ze­nobia con sus legiones. Logró hacerla huir y, finalmente, la capturó. Mandó encadenar a Zenobia y a sus dos hijos y re­gresó a Roma. Entre las otras cosas que ese gran romano, Au­reliano, capturó se hallaban su carro de combate, todo él recubierto de oro y joyas, que trajo consigo para que el pue­blo lo pudiera ver. Ella caminó delante de él, en su triunfo, con su corona de reina, con cadenas de oro alrededor de su cuello y ropajes con gemas incrustadas.
¡Ay, Fortuna! Ella, que, una vez, fue el terror de reyes y emperadores, es ahora contemplada por la turba. Ella, que en los ataques más furibundos vestía yelmo y asaltaba las más fuertes ciudadelas, debe llevar ahora cofia de mujer; la que sostuvo en sus manos florido cetro, debe ahora llevar una rueca y ganarse el sustento.

PEDRO, REY DE ESPAÑA
Noble y honorable Pedro, gloria de España, a quien la Fortuna elevó en tan gran esplendor, tenemos todos los mo­tivos de lamentar tu muerte desgraciada. Tu hermano te arrojó de tu propia patria; más tarde, durante un asedio, fuiste engañado mediante una estratagema y conducido a una tienda en donde él mismo te asesinó y te sucedió en tu reino y prebendas.
¿Quién ideó esta villanía y este infame pecado? Un águila negra sobre campo de nieve, cogida en una rama pintada en rojo como una brasa ardiendo. ¿Quién ayudó al asesino en lo que necesitaba?
Un nido de maldad. No un Oliver de Carlomagno, siem­pre escrupuloso en lealtad y honor, sino un Oliver-Ganelón corrompido por sobornos, fue el que llevó al noble rey a la trampa.

PEDRO, REY DE CHIPRE
Tú también, ¡oh noble Pedro, rey de Chipre!, por tus do­tes guerreras ganaste la ciudad de Alejandría. Muchísimos pa­ganos sufrieron pena por tu causa, y por ello tus propios va­sallos te tuvieron envidia y te asesinaron una mañana en tu propio lecho, por tu proeza caballeresca como único motivo. De este modo, la Fortuna, que gobierna y guía su rueda, lle­va a los hombres de la alegría a la pesadumbre.

BERNABÉ, REY DE LOMBARDÍA
¿Por qué no debo contar tu mala fortuna, gran Bernabé, vizconde de Milán, dios de placer y azote de Lombardía, des­de que escalaste cima tan encumbrada? El hijo de tu herma­no -que te debía lealtad por partida doble, por ser tu sobri­no y tu yerno- hizo que murieras en su cárcel; el porqué o el cómo, lo ignoro; sólo sé que te mataron.

UGOLINO, CONDE DE PISA
Por piedad no existe lengua que pueda describir cómo el conde Ugolino murió lentamente de hambre. A poca distan­cia, en las afueras de Pisa, se levanta la torre en la que fue en­carcelado con sus tres hijos pequeños, el mayor de los cuales apenas si contaba cinco años de edad. ¡Oh, Fortuna, qué cruel eres enjaulando a tales pajaritos! En la misma cárcel fue condenado a morir el obispo de Pisa, Rogelio, que le había acusado en falso y por cuya acusación la gente se levantó y le encarceló, como he descrito. El escaso alimento y bebida que se le daba apenas si era suficiente, además de ser poco nutritivo y de mala calidad. Un día, aproximadamente a la hora en que, de costumbre, se le entraba la comida, el carce­lero cerró las grandes puertas de la torre. El prisionero le oyó claramente, pero calló; no obstante, algo le dijo en su cora­zón que pensaba dejarle morir de hambre.
-¡Ay! ¿Por qué nací? -exclamó, y sus ojos se inundaron de lágrimas.
Su hijo menor, de tres años de edad, le dijo:
-Padre, ¿por qué estás llorando? ¿Cuándo traerá el carce­lero nuestra comida? ¿No te queda ya pan? Tengo tanta ham­bre, que no puedo dormir. ¡Ojalá quisiera Dios que me durmiera para siempre! Así no notaría el hambre que me roe la barriga. ¡No hay nada que desee tanto como un mendrugo de pan!
Así hablaba el niño, día tras día, hasta que, acostándose en el regazo de su padre, le dijo:
-Adiós, padre mío. Me muero. Dio un beso a su padre y expiró.
Cuando su padre, con el corazón destrozado, vio que ha­bía muerto, en su dolor se mordía los brazos y gritaba: -¡Oh, Fortuna! Te acuso de ser responsable de toda mi pena con tu rueda traicionera.
Sus otros hijos, pensando que se mordía los brazos de hambre, en vez de mordérselos de pena, le dijeron:
-¡Oh, padre, no hagas eso! Come antes de nuestra carne, la carne que tú nos diste: ¡tómala y come!
Estas fueron exactamente sus palabras; un día o dos des­pués de aquello, se acostaron en el regazo de su padre y expi­raron. El propio conde se desesperó y también pereció de hambre. Tal fue el fin del poderoso conde de Pisa, a quien la Fortuna le privó de su elevada situación.
Pero basta de esta trágica historia; el que desee una versión más extensa del relato debe leer al gran poeta de Italia, Dan­te, pues lo describe desde el principio al final sin omitir palabra.

NERÓN
Aunque Nerón era tan perverso como cualquier diablo en el pozo más hondo del infierno, tenía bajo su dominio las cua­tro partes del mundo, según nos cuenta Suetomo. Le encanta­ban las joyas y sus ropajes estaban bordados, de pies a cabeza, con rubíes, zafiros y perlas blancas. Ningún emperador vistió con mayor suntuosidad que él, o fue más vanidoso y exigente. Una vez había llevado una túnica, no quería volverla a ver. Po­seía un almacén de redes de hilo de oro para ir a pescar en el Tíber cuando se le ocurría divertirse así. Su menor deseo era ley, y la Fortuna le obedecía como si fuera amiga suya.
Mandó incendiar Roma para su diversión y matar a sus se­nadores para oírles llorar y gritar; dio muerte a su hermano y se acostó con su hermana. De su madre hizo un lastimoso es­pectáculo: abrió su vientre para contemplar el lugar en que había sido concebido. ¡Ay! ¡Qué poco sentimiento tuvo para con su propia madre! Ni una sola lágrima cayó de sus ojos al verla. Simplemente observó:
-Era una mujer de buen ver.
Ya podéis preguntaros cómo es que pudo emitir un juicio ante su belleza muerta. Mandó que le trajeran vino, que be­bió en el acto, pero sin mostrar ninguna señal de pena. Cuando el poder es aliado de la crueldad, el veneno discurre demasiado profundamente.
De joven, este emperador tuvo un tutor quien, a menos que los libros mientan, era el modelo de la sabiduría moral de su época. Éste le enseñó cultura y modales. Nerón fue inteligente y tratable mientras este tutor le tuvo a su cargo, y pasó mucho tiempo antes de que el despotismo o cualquier otro vicio osara entrar en su corazón. Nerón admiraba muchísimo a este tal Séneca, pues de él estoy hablando, porque solía reñirle con mucha circunspección por sus vicios, utili­zando palabras en vez de golpes, pues le decía:
-Señor, un emperador debe ser virtuoso y detestar la opresión.
Por esto, Nerón hizo que se suicidase abriéndose las venas de los brazos mientras se bañaba, muriendo desangrado. De joven, Nerón había sido acostumbrado a permanecer de pie ante su tutor, lo que más tarde le pareció como un insulto y, por ello, le mandó que se suicidase. Sin embargo, Séneca mismo eligió morir de esta manera en el baño, antes de sufrir otras torturas. De esta forma Nerón mató a su querido tutor.
Llegó el día en que la Fortuna se cansó de proteger la enor­me arrogancia de Nerón, y, aunque era fuerte, ella lo era más aún. «Por Dios, debo de estar loca -pensó-. Situar a un hombre tan hundido en los vicios en una posición tan eleva­da y dejar que le llamen emperador. Voy a derribarle de su trono, precisamente cuando menos lo espere.»
Una noche, el pueblo se levantó contra él a causa de sus muchos delitos. Al verlo, Nerón se escapó sigilosamente por las puertas del palacio; iba solo y llamó a una puerta, tras la cual confiaba encontrar ayuda; pero cuanto más gritaba y más fuerte aporreaba la puerta, tanto más deprisa ponían ce­rrojos los de dentro, para que no entrara. Llegó un momen­to en que se dio cuenta de que se había engañado. No atre­viéndose a seguir llamando, se fue. Por todas partes el pueblo gritaba y vociferaba buscándolo, hasta que él con sus propios oídos les oyó chillar:
-Dónde está Nerón, ese maldito tirano?
Casi se volvió loco de miedo y rogó piadosamente a los dioses que le socorrieran, pero el socorro no llegó nunca. Medio muerto de terror corrió hacia un jardín para ocultarse, en donde encontró a dos campesinos sentados junto a una enorme fogata. Les rogó a los dos que le cortasen la ca­beza para que, después de su muerte, no se cometiera igno­minia alguna que le deshonrara. No sabiendo qué hacer para escapar a su destino, se suicidó: la diosa Fortuna rió su pro­pia broma.

HOLOFERNES
En su día, ningún capitán del rey había subyugado más reinos, era más omnipotente en el campo de batalla o poseía mayor arrogancia y magnificencia que Holofemes, a quien la Fortuna abrazó amorosamente y le llevó por donde quiso, hasta que un día, antes de saber lo que pasaba, se encontró sin cabeza. No sólo los hombres le temieron por miedo a perder su libertad o sus riquezas, sino que él les obligó tam­bién a renunciar a su fe.
-Nabucodonosor es Dios -declaró-, y ningún otro dios debe ser adorado.
Nadie se atrevió a contradecir su edicto, excepto en la pla­za fuerte de Betulia, donde Eliakim era sacerdote.
Ahora observad la muerte de Holofemes: una noche ya­cía completamente beodo en su tienda, tan espaciosa como un granero y se hallaba en medio de sus tropas, cuando, a pesar de su poder y esplendor, una mujer, Judit, le cercenó la cabeza mientras dormía. Sin ser vista por las tropas, se deslizó fuera del campamento, llevándose la ca­beza a la ciudad.

EL ILUSTRE REY ANTÍOCO
¿Qué necesidad hay de relatar la deslumbrante majestad del rey Antíoco, su gran arrogancia y sus perversos delitos? Jamás hubo otro como él. Leed en el libro de los Macabeos lo que fue, los orgullosos alardes que hizo, cómo cayó de la cima de la prosperidad y de qué forma tan mise­rable murió en la falda de una colina. La Fortuna había exaltado su orgullo hasta tal punto, que él creyó realmente que podría alcanzar las estrellas, pesar cada montaña en la balanza y contener las mareas del mar. Pero, sobre todo, odiaba al pueblo de Dios. Pensando que Dios nunca podría doblegar su orgullo, los condenó a muerte sometiéndolos a tormentos y a sufrimientos espantosos. Pero, como los ju­díos habían infligido una aplastante derrota a Nicanor y Ti­moteo, concibió tal odio hacia ellos que ordenó que, a toda prisa, le preparasen su carro de guerra, jurando al mis­mo tiempo con gran rabia que partiría inmediatamente ha­cia Jerusalén, sobre la que haría sentir su furia y cólera con la mayor crueldad.
Pero sus planes pronto fueron estorbados. Dios lo castigó duramente por esas amenazas con una herida invisible e in­curable que le corroía las entrañas, hasta que no pudo resis­tir el dolor. Un castigo verdaderamente justo, puesto que ha­bía torturado las entrañas de tantos otros. A pesar de su tor­mento, no cejó en sus perversos propósitos y ordenó a sus tropas que se preparasen para salir inmediatamente; sin em­bargo, antes de saber qué pasaba, Dios castigó todos sus alar­des y arrogancias, pues cayó pesadamente de su carro, hirién­dose de tal modo que no podía andar ni cabalgar, sino que tenía que ser llevado en una silla a causa de sus magulladuras en la espalda y los costados.
Horripilantes gusanos se arrastraban por su cuerpo; de esta forma tan ignominiosa cayó sobre él la venganza de Dios. Hedía tan horriblemente, que ninguno de los que le atendían de día o de noche podían soportar el olor. Durante este tormento, lloró y se lamentó y supo que Dios es el Se­ñor de la Creación. El hedor de su carroña producía náu­seas tanto a él mismo como a todas sus tropas; nadie podía transportarle. Con este mal olor y en medio de terribles do­lores expiró miserablemente en la cima de una montaña. Así fue cómo el malvado asesino, que tantas lágrimas y la­mentaciones había producido, recibió el castigo que mere­ce la arrogancia.

ALEJANDRO MAGNO
La historia de Alejandro Magno es tan sabida, que todas las personas con uso de razón conocen todas o algunas de sus hazañas. Conquistó todo el mundo por la fuerza, excep­to cuando sus oponentes pidieron la paz, gracias a su formi­dable reputación. Dondequiera que fue, humilló el orgullo de hombres y bestias desde un extremo al otro de la Tierra. No puede establecerse comparación entre él y los demás con­quistadores. Todo el mundo tembló de terror ante él. Fue modelo de caballerosidad y magnanimidad, la diosa Fortuna le nombró heredero de todos sus honores. Tan lleno estaba él de valor leonino, que nada, salvo el vino y las mujeres, po­día frenar su ambición de grandes trabajos y grandes hechos de armas. ¿De qué serviría elogiarle nombrando a Darío y cien mil otros reyes, príncipes, duques y condes valientes a los que ven­ció y sometió? ¿Qué más puedo decir sino que todo el mundo, de parte a parte, era suyo? Aunque hablase eternamente de su gran proeza caballeresca, no bastaría. Según el libro de los Ma­cabeos, reinó durante doce años. Era hijo de Felipe de Macedo­nia, el primer rey de Grecia. ¡Oh noble y excelente Alejandro! ¿Quién tenía que decir que serías envenenado por tu propia gente? jugando a dados con la diosa Fortuna, transformó tu seis en uno, sin derramar una lágrima.
¿Quién pondrá lágrimas en mis ojos para lamentar la muerte de este ser noble y generoso que gobernó el mundo entero como si fuera un reino y aún no lo consideró suficien­te, tan lleno estaba de espíritu de ambición? ¿Quién me ayu­dará a acusar a la traicionera Fortuna y a condenar al veneno, culpables ambos de tal infamia?

JULIO CÉSAR
A base de sabiduría, valor y enormes esfuerzos, el conquis­tador Julio se elevó desde su humilde condición a la de rey, conquistando todo el Occidente, por tierra y por mar, por la diplomacia o por las armas, haciéndolo tributario de Roma, de la que más tarde se convirtió en emperador, hasta que la Fortuna le dio la espalda.
En Tesalia el gran César luchó contra su suegro Pompeyo, que tenía a su mando a toda la caballería de Oriente. En su proeza exterminó o hizo prisioneros a todos excepto los po­cos que huyeron con Pompeyo. Esta hazaña maravilló al Oriente entero. Y pudo dar gracias a la diosa Fortuna, que tan bien se había portado con él.
Dejadme que, de momento, me lamente por Pompeyo, el noble gobernante de Roma, que huyó después de esta batalla. Uno de sus hombres, un vil traidor, le decapitó y se la llevó a julio confiando ganarse su favor. A tal fin lle­vó la Fortuna al desgraciado Pompeyo, conquistador de Oriente.
Julio regresó nuevamente a Roma triunfante y coronado de laureles; pero, con el tiempo, Bruto Casio, que siempre había envidiado su gran eminencia, tejió en secreto una sutil conspiración contra Julio (como luego relataré) y eligió el lu­gar preciso en que debía ser apuñalado. julio fue al Capitolio un día, como acostumbraba, y allí fue asaltado de repente por el traidor Bruto y otros de sus enemigos, que le apuñala­ron con sus dagas, cubriéndole de heridas. Sin embargo, a menos que la Historia se equivoque, sólo se quejó de la pri­mera puñalada, o a lo sumo de la segunda.
Tan noble era el corazón de César y tanto amaba el honor y la decencia que, a pesar del dolor que le causaban las heri­das mortales, se echó el manto sobre los muslos para que na­die pudiera ver sus partes. Mientras moría, medio incons­ciente y sabiendo que la muerte se le acercaba sin remedio, se acordó de la decencia.
Si queréis leer la historia completa, consultad a Lucano, a Suetonio y a Valerio, que han escrito la historia desde el principio hasta el fin, y veréis cómo la Fortuna fue primero amiga y luego enemiga de estos grandes conquistadores. Que ningún hombre confie en su favor, antes bien, que perma­nezca siempre alerta. Si no, ved el ejemplo de estos dos con­quistadores.

CRESO
El opulento Creso fue un tiempo rey de Lidia, al que el propio Ciro reverenciaba con admiración, pero en medio de todo su orgullo fue hecho prisionero y conducido al fuego para morir abrasado. Sin embargo, cayó del cielo tal diluvio que apagó las llamas, lo que le permitió escapar. Pero no tuvo en cuenta el aviso, y la diosa Fortuna acabó colgándole de una horca, pues, tras escapar, no pudo aguantarse y enta­bló nueva guerra. Como sea que la diosa Fortuna mandó la lluvia para permitirle huir, él estaba convencido de que sus enemigos no podrían matarle. Además, una noche tuvo un sueño que le agradó tanto y le llenó de tanto orgullo, que su corazón se inclinó a la venganza.
Soñó que estaba encaramado en un árbol. Allí Júpiter la­vaba su espalda y sus costados, mientras Febo le traía una toalla con la que secarse. Quedó tan hinchado de orgullo, que pidió a su hija, que estaba junto a él, que le explicara el significado, pues sabía que ella poseía una gran sabiduría. La hija interpretó el sueño de este modo:
-El árbol representa una horca. Júpiter te manda lluvia y nieve. Febo con su toalla limpia representa a los rayos sola­res. Padre, es seguro que serás colgado, te lavará la lluvia y te secará el sol.
De este modo su hija, cuyo nombre era Fania, le dio un claro aviso. A pesar de todo, Creso, el orgulloso rey, murió colgado; su trono regio no le sirvió de nada.
La moraleja de todas las tragedias es la misma: que la For­tuna siempre ataca a los reinos prepotentes cuando menos lo esperan. Pues, cuando los hombres confian en ella, se desva­nece y oculta tras una nube su cara resplandeciente.

11. PRÓLOGO DEL CAPELLÁN DE MONJAS

Basta, señor -exclamó el caballero-. Con lo que nos has relatado ya tenemos de sobra. Para mu­cha gente, un poco de desgracia ya es suficiente.
A mí, sin duda alguna, me desagradan los relatos acerca de la caída de los poderosos y lo contrario me alegra: ver cómo un hombre de condición humilde asciende y prospera afincán­dose en la prosperidad. Estas cosas causan gozo y son las que deberían contarse.
-Sí -comentó el anfitrión-. Por las campanas de San Pablo, dices verdad. Este monje fanfarronea demasiado. Mencionó a la Fortuna vestida con manto de nube o cosa pa­recida. También nombró a la tragedia, como habéis escucha­do. ¡Rediez! El llorar y lamentarse sobre lo acontecido no tie­ne remedio. También es penoso escuchar cosas tristes, tal como habéis dicho. Señor monje: basta. ¡Vaya usted con Dios! Vuestro relato molesta al grupo. No vale un comino: falta alegría y jolgorio. Por consiguiente, señor monje, don Pedro -que así se llamaba-, le ruego que nos cuente algo diferente. Si no hubiera sido por el tintineo de las campani­llas que cuelgan de su brida hubiéramos todos caído al suelo dormidos, a pesar de que el barro es aquí muy profundo. Ha­bría contado en vano su historia, pues, como dicen los sa­bios, el carecer de auditorio no ayuda a narrar un cuento. Si alguien relata algo interesante, siempre capto el mensaje. Se­ñor, díganos algo sobre caza, por favor.
-No -replicó el monje-. No tengo ganas de jugar. De­mos oportunidad a otro.
Entonces el anfitrión, con lenguaje rudo y directo, se diri­gió enseguida al capellán de monjas:
-¡Acérquese, señor cura, venga, acérquese, mosén Juan! Cuéntenos algo que alegre nuestro corazón. Anímese, aun­que cabalgue sobre un jamelgo. ¿Qué importa que su mon­tura sea pobre y escuálida? Si le va, no se preocupe. ¡Manten­ga el corazón alegre! Allí está el meollo de la cuestión.
-Sí, sí, señor. Intentaré ser lo más alegre posible, pues, de otra forma, merecería vuestros reproches.
Al instante inició su relato.
Así habló a todos y cada uno de nosotros este dulce cura, este hombre de Dios, mosén Juan.

12. EL CUENTO DEL CAPELLÁN DE MONJAS

Una pobre viuda, algo entrada en años, vivía en una casita situada junto a una arboleda en un valle. Ha­bía llevado una vida muy sufrida Y sencilla, desde que dejó de ser esposa, pues tenía pocas propiedades e ingre­sos. Se mantenía ella y sus dos hijas, pasando con lo que Dios les enviaba: poseía tres grandes marranas, no más, tres vacas y una oveja llamada Molí. La sala y el cenador donde ella despachaba sus frugales comidas estaban cubiertas de ho­llín. No tenía necesidad de salsas picantes, porque ningún alimento delicado llegaba a sus labios. Su dieta alimenticia corría pareja con su vivienda. Y, así, nunca cayó enferma por comer demasiado; una dieta moderada, ejercicio y un cora­zón satisfecho eran toda su medicina. Ninguna clase de gota le impedía bailar, ningún tipo de apoplejía le preocupaba; no bebía vino, ni blanco ni tinto. La mayor parte de los platos que se servían en su mesa eran blancos y negros: leche y pan moreno -alimentos que nunca le faltaban-, tocino frito y, algunas veces, uno o dos huevos; pues ella era lechera de poca monta.
Tenía un patio vallado y rodeado de un foso seco por el ex­terior, en el que guardaba un gallo denominado Chantecler. Cantando no tenía rival en todo el país. Su voz era más dul­ce que la del órgano que sonaba en la iglesia los días de misa.
Su canto era más exacto que un reloj o el del campanario de la abadía. Sabía por instinto cada revolución de la línea equi­noccial en aquella población, pues cada quince grados, a la hora precisa, solía cantar matemáticamente. Su cresta era más roja que el mejor coral, y su perfil, almenado como el muro de un castillo. Su pico, negro, brillaba como el azaba­che; sus patas y dedos, de color azul celeste, y las uñas, más blancas que un lirio; sus plumas tenían el color del oro bruñido.
Este noble gallo tenía a su cargo siete gallinas para su goce; eran sus compañeras y amantes, todas con notable parecido a él en colorido. La que tenía los colores más bonitos en el cuello la llamaban la hermosa Madame Pertelote. Era cortés, tenía mucho tacto, elegancia y sabía ser buena compañera. Poseía tanta belleza, que el corazón de Chantecler le pertene­cía y estaba firmemente encadenado al suyo desde que ella tenía sólo una semana. ¡Qué feliz era él en su amor! Al rom­per el alba, ¡qué delicia oírles cantar en dulce acorde «mi amor se ha ido»! Pues, en aquellos tiempos, me han contado que los animales y los pájaros sabían hablar y cantar.
Pues bien, sucedió que una mañana temprano, mientras Chantecler estaba sentado con sus esposas junto a la bella Per­telote sobre la percha de la vivienda, empezó a gemir como un hombre que tiene una maligna pesadilla cuando duerme. Al oír Pertelote aquel alboroto se asustó y exclamó:
-Corazón, cariño, ¿qué te pasa? ¿Por qué gimes así? ¡Vaya dormilón estás hecho! Deberías avergonzarte. Chantecler replicó:
-Por favor, no te preocupes. Soñaba que estaba ahora mismo en un aprieto tal, que mi corazón todavía está tem­blando de miedo. ¡Ojalá Dios haga propicio mi sueño y libre mi cuerpo de entrar en una sucia mazmorra! Pues soñé que mientras paseaba de un lado a otro por nuestro patio vi a una criatura, parecida a un perro, con ademán de agarrarme y ha­cerme pasar a mejor vida. Tenía el color amarillo rojizo, pero la punta de la cola y las de las orejas eran negras, al revés que el resto de su pelo; tenía un hocico estrecho y dos ojos de mi­rada penetrante. Todavía estoy medio muerto de miedo por su aspecto. No es extraño que gimiera.
-Vamos, vamos -replicó ella-. ¿No te da vergüenza, pusilánime? Por Dios que está en los cielos, acabas de perder mi corazón y mi amor. Juro aquí mismo que no puedo amar a un cobarde. Pues, digan lo que digan las mujeres, lo cierto es que todas deseamos a ser posible maridos que sean valien­tes, sabios, generosos y merecedores de nuestra confianza; no queremos tacaños, ni estúpidos, ni los que se asustan a la vista de un arma; tampoco los fanfarrones. ¡Por el amor de Dios! ¿Cómo tienes la desfachatez de decir a tu enamorada que hay algo que te da miedo? ¿Es que no posees corazón de hombre con esta barba que tienes? ¡Ay de mí! ¿Es que te asustan los sueños? Dios sabe que los sueños no son más que estupideces. Los sueños son el resultado de excesos en el co­mer; algunas veces los causan los vapores en el estómago y una mezcla de humores en superabundancia. Perdóname, pero estoy segura de que el sueño que tuviste anoche provie­ne del exceso de bilis roja en la sangre, que es la que hace que la gente tenga terribles pesadillas referentes a flechas, lenguas roas de fuego, enormes bestias enfurecidas de color rojo, lu­chas y perros de todas las formas y tamaños. Exactamente lo mismo que el humor negro de la melancolía hace que mu­chos griten en sus pesadillas mientras duermen, al sentir el temor de osos o toros negros, o de ser arrastrados por dia­blos negros también. Te podría contar otros humores que causan mucho trastorno a la gente mientras duerme, pero quiero terminar cuanto antes. Por cierto, ¿no fue Catón, aquel hombre tan sabio, el que dijo una vez: «No hagas caso de los sueños»?
»Ahora, señor -prosiguió ella-, cuando bajes de los ba­rrotes, tómate algún laxante, por favor. Por mi vida y mi alma, el mejor consejo que puedo darte es que te purgues de estos dos humores. Esta es la verdad. Para ahorrar tiempo, como no hay farmacéutico en la ciudad, te indicaré yo mis­ma los tipos de hierba que te ayudarán a recuperar la salud. En nuestro propio patio encontraré las hierbas cuyas propie­dades naturales te purgarán de la cabeza a los pies. Pero, ¡por el amor de Dios, no te olvides! Tú tienes un temperamento muy colérico, por lo que procura que el sol del mediodía no te encuentre lleno de humores calientes, ya que si éste es tu estado, apuesto seis peniques a que agarras las fiebres tercia­nas o una calentura que te causará la muerte. Durante un par de días debes seguir una dieta ligera de gusanos antes de to­mar laxantes: adelfilla, centaura, palomina, eléboro (todas crecen aquí), euforbio, tamujos, o la hierba hiedra de nuestro hermoso jardín. Pícalas aquí mismo donde crecen y cómete­las. ¡Ánimo, marido, por el amor de Dios! ¡No tengas miedo a esa pesadilla! Eso es todo.
-Señora -repuso el gallo-, mil gracias por tu informa­ción. Sin embargo, por lo que se refiere a Catón, que tanto renombre tuvo por su sabiduría, a pesar de que escribió que no debemos preocupamos de los sueños, por Dios que en­contrarás muchas opiniones contrarias en libros antiguos es­critos por hombres de mayor autoridad que Catón; puedes muy bien creerme. Han demostrado perfectamente, por ex­periencia, que los sueños son augurios de las alegrías y penas que sufriremos en nuestra vida actual. No es preciso discutir­lo: la experiencia aporta la prueba.
»Una de nuestras mayores autoridades nos cuenta esta his­toria: Un día, dos amigos emprendieron un piadoso peregri­naje y sucedió que llegaron a una ciudad en la que había tal acumulación de gente y tanta escasez de alojamiento, que no pudieron encontrar ni una casita en la que alojarse juntos. Por lo que, necesariamente, tuvieron que separarse por aque­lla noche, yendo cada uno a su posada y aceptando el alber­gue que se les ofrecía. Uno de ellos fue hospedado en un es­tablo de bueyes de labranza que estaba lejos, al fondo de un patio; el otro, porque lo quiso la suerte que nos gobierna a todos, encontró un alojamiento bastante bueno. Ahora bien, mucho antes del amanecer, sucedió que este último soñó que mientras él estaba en cama, su amigo le llamaba gritando:
»-¡Ay de mí! Seré asesinado esta noche en este establo de bueyes donde me alojo. Ven en mi ayuda, hermano, o mori­ré. ¡Ven deprisa!
»El hombre se despertó sobresaltado, lleno de pánico, pero cuando estuvo totalmente desvelado, cambió de posi­ción en la cama y no hizo más caso, pensando que su sue­ño había sido absurdo. Pero lo volvió a soñar dos veces más, y la tercera vez le pareció que su amigo se le acercaba y le decía:
“Ahora ya estoy muerto. ¡Mira estas heridas manchadas de sangre! Levántate temprano por la mañana y en la puerta occidental de la ciudad verás un carro lleno de estiércol en que, secretamente, han ocultado mi cadáver. No lo dudes: detén aquel carro. Si quieres saber la verdad, fui asesinado por mi oro”.Y con el rostro lívido y miradas lastimeras me dio todos los detalles de su asesinato.
»Te lo aseguro: el hombre pudo comprobar que su sueño era absolutamente cierto, pues a la mañana siguiente, tan pronto se hizo de día, se encaminó a la posada de su amigo. Cuando llegó al establo de los bueyes, empezó a llamarle a gritos, pero el posadero le dijo:
-Su amigo se ha ido, señor. Salió de la ciudad al romper el día.
»Recordando sus sueños, el hombre entró en sospechas y se dirigió sin dilación a la puerta occidental de la ciudad, en donde halló un carro de estiércol que se encaminaba a abo­nar un campo, tal como el hombre muerto le había descrito. Entonces a voz en grito pidió venganza y justicia por el deli­to cometido:
»-Mi amigo ha sido asesinado esta misma noche. Está dentro de este carro, tieso y rígido, con su boca totalmente abierta. Id a buscar a los magistrados, cuya misión es la de mantener el orden en la ciudad. ¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Mi ami­go yace muerto ahí dentro!
»¿Qué más tengo que añadir a la historia? La gente llegó corriendo y arrojó el contenido del carro al suelo. Allí, en medio del estiércol, encontraron al hombre recién asesinado.
»Ved cómo Nuestro Señor siempre revela los crímenes, pues es justo y verdadero. "Ningún crimen queda oculto." Esto lo vemos diariamente. El asesinato es tan odioso y abo­minable ante la justicia de Dios, que no puede sufrir que quede oculto, aunque permanezca en secreto dos o tres años. "Ningún crimen queda oculto." Esta es mi opinión.
»Entonces, los regidores de la ciudad detuvieron al carrete­ro y al posadero y torturaron a cada uno y pusieron al otro en el potro hasta que confesaron su crimen y fueron ahorcados.
»De esto se desprende que los sueños deben ser tratados con respeto. Además, en el capítulo siguiente del mismo li­bro encontré y no exagero, créeme- la historia de dos hombres que, por alguna razón, habrían estado ya cruzando el mar hacia un país lejano, de no haber sufrido el viento en contra y haber tenido que aguardar en una ciudad cercana al puerto. Un día, sin embargo, al anochecer, el viento cambió de dirección y sopló tal como ellos deseaban. Así, pues, se fueron alegremente a dormir, con la intención de zarpar tem­prano al día siguiente. Pero a uno de los hombres, cuando dormía, le ocurrió una cosa maravillosa.
»Antes del alba tuvo un sueño extraordinario: le pareció que un hombre estaba de pie al lado de su cama mandándo­le que se quedara diciendo:
-Si zarpas mañana, te ahogarás; esto es todo lo que ten­go que decirte.
»El hombre se despertó y contó a su amigo lo que había soñado, pero su amigo, que dormía al lado, se burló de él. —Ningún sueño me asustará e impedirá que atienda mis asuntos -le replicó-. No doy la menor importancia a tu sueño. No es más que una trampa. La gente siempre está so­ñando con las lechuzas, monos y toda clase de cosas de las que nadie entiende el sentido; cosas que nunca fueron ni ja­más serán. Pero ya veo que lo que tú quieres es quedarte aquí perdiendo el tiempo y no aprovechar la marea. Bien, Dios sabe que lo siento, pero ¡buenos días!
»Y diciendo esto, salió y zarpó. Pero antes de que el viaje por mar hubiera llegado a mitad de la singladura (no me pre­guntes por qué o qué fue lo que no marchó), la quilla del bar­co fue arrancada por algún accidente y el barco se fue a pique con su tripulación a la vista de otros navíos cercanos que ha­bían zarpado al mismo tiempo.
»Por lo que ves, queridísima Pertelote, de estos ejemplos clá­sicos se desprende que no debemos dejar de hacer caso de los sueños, pues, como digo, no hay duda alguna de que hay muchos sueños que debemos temer.
»Y ¿qué me dices del sueño de Kenelmo? Lo leí en la vida de San Kenelmo, el hijo de Kenulfo, el gran rey de Mercia. Un día antes de ser asesinado, tuvo una visión de su sueño. Su institutriz lo interpretó en todos sus detalles y le advirtió que se guardase de una traición; pero como solamente tenía siete años, no hacía mucho caso de los sueños; tan santo era su espíritu. ¡Por Dios! Daría mi camisa porque hubieses leí­do la historia como la leí.
»Doña Pertelote, te estoy diciendo la pura verdad: Macro­bio, el que escribió sobre el sueño de Escipión en África, afirma su veracidad y dice que advierten sobre futuros peligros. Además, te ruego que consultes el Antiguo Testamen­to. ¡A ver si Daniel pensaba que los sueños eran una estu­pidez! Lee también acerca de José, y verás si los sueños, al­gunas veces -no digo siempre-, son o no son avisos de acontecimientos del futuro. Piensa en Faraón, el rey de Egip­to, y en su mayordomo y su panadero. ¿Encontraron acaso que sus sueños carecían de consecuencias?
»Cualquiera que investigue la historia de diversos reinos podrá leer centenares de historias extraordinarias acerca de sueños. Por ejemplo, ¿qué te parece lo de Creso, el rey de Li­dia? ¿No soñó que estaba sentado en un árbol, lo que signi­ficaba que sería colgado? Y, luego, está también Andrómaca, la esposa de Héctor. La misma noche antes de que Héctor perdiera la vida, ella soñó que él perecería si iba a combatir aquel día. Ella le advirtió, pero fue inútil: él se fue a luchar sin hacer caso, y Aquiles lo mató. Pero ésta es una historia demasiado larga para contarla ahora: ya es casi de madrugada. Tengo que marcharme. Para terminar, déjame decirte sólo esto: ese sueño indica peligro para mí, y añadiré que no voy a tomar ningún laxante: son venenosos, lo sé muy bien. ¡Al diablo con ellos! ¡No los aguanto!
»Ahora dejemos este asunto y hablemos de otros más agra­dables. Doña Pertelote, te aseguro que, en una cosa, Dios sí ha sido bondadoso conmigo. Siempre que veo el encanto de tu rostro y estos círculos escarlatas que te rodean los ojos, todos mis temores desaparecen. Es una verdad del Evangelio que Mulieresthominis confusio; señora, el significado en latín es: la mujer constituye la completa alegría y felicidad del hom­bre. Pues, como te decía, cuando por la noche noto tu blando costado junto al mío -¡qué lástima que nuestro ba­rrote sea tan estrecho que no pueda montarte!-, me siento tan lleno de alegría y estoy tan contento que desafio todos los sueños y visiones.
Diciendo esto, bajó, pues ya era de día, y todas las gallinas tras él. Cacareó para llamarlas, pues había encontrado un gra­no de maíz en el patio. Estaba regio y majestuoso y ya no te­mía nada; emplumó a Pertelote veinte veces y la montó otras tantas, antes de terminar el día. Parecía un adusto león; se pa­voneaba andando de arriba abajo, como si le disgustase pisar el suelo; cuando encontraba un grano de maíz cloqueaba y todas sus mujeres acudían rápidamente. Pero dejaré a Chan­tecler alimentándose como un príncipe real en su palacio y re­lataré la aventura que le sucedió.
El mes de marzo (en que empezó el mundo y Dios creó al hombre) había transcurrido por entero y habían pasado treinta y dos días desde ese primero de marzo, cuando Chan­tecler caminando orgulloso con sus siete mujeres al lado, le­vantó la mirada hacia el Sol (que se hallaba a veintiún grados y más en el signo de Tauro) y supo por simple instinto que eran las nueve. Lanzó un alegre quiquiriquí y añadió:
-El Sol se ha elevado más de cuarenta y un grados en el cielo. Doña Pertelote, reina de mi corazón, escucha a estos pá­jaros felices. ¡Cómo cantan! ¡Mira cómo brotan estas hermo­sas flores!
Sin embargo, un momento después se iba a encontrar en grave apuro, pues ya se sabe que a la felicidad le sigue la aflic­ción. Dios sabe muy bien que los goces terrenales pronto pa­san; y un retórico que sepa escribir poesía elegante podrá confirmar que esto es cierto sin temor a faltar a la verdad. ¡Es­cúchenme los hombres sabios! Empeño mi palabra de que este relato es tan cierto como el libro de sir Lancelot del Lago, a quien las mujeres tanto veneran. Pero volvamos al tema.
Vaticinado con antelación por un «sueño» supraterrenal, sucedió que un zorro, negro como el carbón, taimado y sin principios, que había vivido durante tres años en un bosque­cillo cercano, había penetrado, a través del seto, en el interior del corral que el orgulloso Chantecler solía frecuentar con sus esposas. Se agazapó en un campo de coles donde permane­ció oculto hasta casi mediodía, esperando el momento pro­picio de abalanzarse sobre Chantecler, igual que hacen los ase­sinos que aguardan el momento de matar.
¡Oh, traidor criminal que acechas en tu guarida! ¡Oh, tú, segundo Iscariote, nuevo Ganelón! ¡Falso hipócrita! ¡Oh, tú, segundo Sinon, ese griego que aportó a Troya la aflicción total! ¡Ah, Chantecler; maldito el día en que bajaste volando desde los barrotes al corral! Tu sueño bien te advirtió de que aquél podía ser un día peligroso para ti.
Pero sucede que, como opinan algunos algunos sabios, lo que Dios prevé debe pasar indefectiblemente. Cualquier sa­bio erudito os podrá contar que, sobre este asunto, surgen muchas discusiones entre las diversas escuelas, y que más de cien mil sabios han opinado sobre ello. Con todo, yo no puedo llegar al fondo de la cuestión como aquel santo teólo­go San Agustín, Boecio o el obispo Bradwardine y deciros si la divina presciencia de Dios constriñe necesariamente a uno a que realice cualquier acto en particular (cuando indico «ne­cesariamente» quiero decir «sin más» o si uno está en situa­ción de decidir libremente lo que hará o dejará de hacer, in­cluso cuando Dios sabe por anticipado que el acto en cues­tión tendrá lugar antes de que ocurra o si el hecho de que lo sepa no constriñe en absoluto excepto por «necesidad condi­cional»). En tales problemas no entro en absoluto.
Mi cuento, como podéis oír, sólo trata de un gallo que hizo caso omiso del consejo de su mujer (con resultados de­sastrosos) y bajó al corral la misma mañana siguiente al sueño que os he contado. Los consejos de las mujeres suelen ser fatales. El primer consejo de mujer nos trajo a todos dolor e hizo que Adán fuera expulsado del Paraíso en el que era tan feliz y estaba tan cómodo. Pero pasemos esto por alto, pues no quiero ofender a nadie al despreciar los consejos femeni­nos. Lo digo en broma. Leed los autores que tratan el tema y sabréis lo que tienen ellos que contar sobre las mujeres. Yo me limito a transmitiros las palabras del gallo -no las mías-, según las cuales las mujeres son divinidades. Precisa­mente yo no me puedo imaginar que pueda provenir de ellas algún mal.
Pertelote estaba muy feliz tomando un baño de polvo en la arena y todas sus hermanas se hallaban por allí cerca toman­do el sol, mientras Chantecler cantaba con más alegría que una sirena en el mar -Fisiólogo afirma que cantan bien y con alegría-, cuando su ojo se posó en una mariposa que revoloteaba por las coles y vio al zorro allí escondido, agaza­pado y al acecho. Se le heló un quiquiriquí en la garganta y sintió temor como un hombre poseído por el pánico y chi­lló: «coco-coc»; ya se sabe que un animal siente deseos irre­frenables de huir cuando ve a su enemigo natural, aunque ja­más haya puesto sus ojos en él.
Así, cuando Chantecler le divisó habría huido si el zorro no hubiera exclamado inmediatamente:
-Buenos días, señor, ¿adónde va usted? ¿Cómo es que le inspiro temor, si soy su amigo? Sería un monstruo si le oca­sionara algún mal o daño. No he venido a espiarle; la verda­dera razón por la que estoy aquí es para oírle cantar. De ver­dad le digo que tiene una voz tan bonita como un ángel del cielo, aparte de que pone más sentimiento cantando que Boecio o cualquier otro cantor. Su buen padre -¡que Dios le bendiga!- y también su madre solían tener la amabilidad de visitar mi casa para gran satisfacción mía. Me gustaría po­derle agasajar en mi casa también. Pues en lo que se refiere a cantar, que me vuelva ciego si jamás escuché a alguien cantar por la mañana mejor que lo hacía su padre, a no ser vos mismo. Realmente todo lo que cantaba le salía del corazón. Para alcanzar las notas más altas, se ponía tan tenso que parecía que los ojos estuvieran clavados; se levantaba de puntillas y, estirando su largo y esbelto cuello, lanzaba su potente qui­quiriquí. Además era un gallo de gran perspicacia y no había nadie en la comarca que le superase en canto o sabiduría. He leído en la obra Burnel el asno, entre otros versos, algo so­bre aquel famoso gallo a quien el hijo de un sacerdote, cuan­do todavía era joven y alocado, le quebró una pata y ello le costó al sacerdote el perder el puesto; pero, ciertamente, no puede establecerse comparación entre la inteligencia de aquel gallo y la sabiduría y discreción de su padre. Ahora, se­ñor, por caridad, ¡cantad! y veamos si sois capaz de imitar a vuestro padre.
Chantecler empezó a aletear, encantado por este halago y sin sospechar traición alguna. Vosotros, nobles, sabed que hay más sicofantes y aduladores en vuestras cortes que mien­ten para complaceros que los que os dicen la verdad. Leed lo que afirma el Eclesiastés sobre la adulación y precaveros so­bre su astucia. Chantecler se empinó sobre las puntas de los pies con el cuello estirado para fuera y los ojos fijos y empe­zó a cantar lo más fuerte que pudo. En un santiamén, Maese Russef, el zorro, saltó sobre él, agarró a Chantecler por la gar­ganta, se lo arrojó al lomo y se lo llevó al bosquecillo, pues no había nadie que pudiera perseguirle.
¡Oh destino ineludible! ¡Qué lástima que Chantecler aban­donara los barrotes! ¡Qué lástima también que su esposa no prestase la atención debida a los sueños premonitorios! Por cierto, que toda esa mala suerte tuvo lugar en viernes. ¡Oh, Venus, diosa del placer!, Chantecler era tu adorador y te servía con todas sus fuerzas, más por el goce que por multiplicar tu raza ¿Cómo se explica que le permitieras morir en el día que te pertenece?
¡Oh, querido y excelso maestro Godofredo, que tan emo­tivamente hiciste la elegía de la muerte del noble rey Ricardo cuando pereció atravesado por una flecha! ¡Ojalá tuviera yo tu arte y tu maestría en quejarte amargamente del viernes, como lo hiciste, pues fue en viernes cuando ese rey murió! ¡Entonces podría demostrarte cómo compongo una elegía sobre la agonía y el terror de Chantecler!
A buen seguro que las damas troyanas no profirieron tal grito de lamentación cuando (según se nos cuenta en La Eneida) cayó Ilión, y Pirro, con la espada desenvainada, aga­rró al rey Príamo por la barba y le mató, como el que lanza­ron aquellas gallinas al huir despavoridas después de ver cómo se llevaban a Chantecler.
Ahora bien, la que más chilló fue Doña Pertelote: mucho más que la esposa de Asdrúbal cuando murió su esposo. Los romanos incendiaron Cartago, y ella, llena de frenética angustia, se arrojó voluntariamente a las llamas para encon­trar la muertel. Así, aquellas desconsoladas gallinas grita­ron igual que las esposas de los senadores cuando Nerón, mandó incendiar la ciudad de Roma, y mató a sus inocen­tes esposos por ello. Ahora, permitidme que vuelva a mi historia.
La pobre viuda, al oír chillar y lamentarse a las gallinas, sa­lió corriendo de la casa con sus dos hijas, a tiempo de ver al zorro huir al bosque llevándose al gallo cargado sobre sus lomos:
-¡Socorro, socorro, detengan al ladrón! ¡Un zorro, un zorro!
Gritaron y corrieron detrás de él, seguidos de una multi­tud de hombres provistos de porras.
Todos llegaron corriendo -Coll, el perro; Talbot y Gar­lans, con Malkin, la doncella, que todavía tenía la rueca en la mano; las vacas y los terneros, y hasta los mismísimos cer­dos, acudieron a punto de reventar, aterrorizados por los la­dridos de los perros y los gritos de hombres y mujeres. Aulla­ban como diablos en el infierno. Los patos graznaron como si estuviesen a punto de degollarlos; los gansos levantaron el vuelo hacia los árboles, llenos de pánico; incluso las abejas salieron zumbando de sus colmenas. Os digo que Jack Straw y su turba, cuando salieron a linchar flamencos, ja­más profirieron gritos tan horrendos y ensordecedores como aquel día persiguiendo al zorro. Llevaban trompetas de la­tón, madera, asta y hueso y soplaron, zumbaron y sonaron hasta que pareció que el cielo iba a derrumbarse.
Ahora, escuchen, señores, y vean cómo la Fortuna repenti­namente muda de parecer y hunde el orgullo de su enemigo. El gallo, desde los lomos del zorro, se las arregló para ha­blarle, a pesar del terror que sentía, y le dijo:
-Señor, yo de usted gritaría a los perseguidores: «¡Corred a casa, estúpidos! ¡Que la peste os atrape! ¡Ahora que he lle­gado al bosque, hagáis lo que hagáis no soltaré al gallo, y dad por seguro que me lo zamparé ahora mismo!»
El zorro repuso:
-En verdad que lo haré.
Y, al hablar, el gallo aprovechó la ocasión: se zafó de las fauces del zorro y se subió a lo alto de un árbol.
Cuando el zorro vio que el gallo se le había escapado, ex­clamó:
-¡Ah, Chanteder! Me parece que me porté muy mal con­tigo cuando te asusté al arrancarte del corral. Pero te aseguro que no pensaba hacerte daño. Baja y te diré lo que iba a ha­cer. ¡Por Dios que te diré la verdad!
-¡Oh, no! -replicó el gallo-. Que la maldición caiga sobre ambos, y más sobre mí si logras engañarme otra vez. No vas a convencerme con tus halagos que cierre mis ojos otra vez. Cualquiera que voluntariamente mantiene cerrados los ojos cuando debería tenerlos abiertos de par en par, me­rece que Dios le castigue.
-No -dijo el zorro-. Que Dios le envíe mala suerte al que tenga tan poco control de sí mismo que charle cuando debería tener la boca cerrada.
Esto es lo que ocurre por ser descuidado y atolondrado y creer en la adulación. Amigos míos, si creéis que esta historia no es más que una farsa que concierne a un gallo y a una ga­llina, recordad la moraleja. San Pablo dice que todo lo que está escrito, lo está para nuestra instrucción y educación. Por tanto, tomad el grano y dejad la paja.
Ahora, Padre nuestro, que sea tu voluntad, como dice Nuestro Señor, y que nos haga a todos buenos y nos lleve consigo al Cielo.

AQUÍ TERMINA EL CUENTO DEL CAPELLÁN DE MONJAS

13. EPÍLOGO AL CUENTO DEL CAPELLÁN DE MONJAS

-Señor capellán de monjas -apostilló el anfitrión inmediatamente-. Benditas sean tus posaderas y tus testículos. ¡Qué cuento tan divertido este de Chantecler! Por mi vida que si fueses laico serías un perfecto jodedor de gallinas. Porque si tienes tanto deseo como poder sexual, necesitarías varias gallinas, seguramente más de siete veces diecisiete. Ved los músculos que tiene este garboso cura. ¡Qué pecho tan ancho y vaya cuello! Tiene la mirada de un gavilán. No precisa maquillarse los ojos ni de rojo abrasi­lado ni de carmín. ¡Bendito seas por este tu cuento!
Después de este comentario, con regocijado ademán, dijo a otro lo que veréis.

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