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domingo, abril 15, 2007

CUENTOS DE CANTERBURY // SECCION X

SECCIÓN DÉCIMA

1. PRÓLOGO DEL PÁRROCO.
2. EL CUENTO DEL PÁRROCO.
3. LA DESPEDIDA DEL AUTOR.

1. PRÓLOGO DEL PÁRROCO

Para cuando el intendente hubo terminado el cuento, el sol estaba tan bajo que, según pude estimar, su elevación no era mayor de veintinueve grados. Por mis cálculos, debían de ser las cuatro, ya que en aquel momento mi som­bra era, más o menos, de once pies, mientras que mi estatu­ra es de seis. Además, la exaltación de la luna
-quiero decir Libra- estaba todavía en ascensión mientras nos acercába­mos a las afueras de un pueblo. Aquí, como de costumbre, nuestro anfitrión se hizo cargo de nuestro feliz grupo y se di­rigió a nosotros con estas palabras:
-Señores todos, necesitamos ahora solamente un cuento más. Mis reglas e instrucciones han sido llevadas a cabo, y creo que hemos escuchado uno de cada rango y estado de los que forman nuestro grupo; mi plan ha sido casi cumplido del todo. ¡Que Dios dé buena suerte al que cuente el último y más alegre cuento de todos!
-Señor cura -continuó-, ¿sois un vicario o quizá un párroco? ¡Vamos, sacadlo ahora! Sea lo que sea, no estro­peéis nuestro juego, pues todos, salvo vos, han contado su cuento. Aflojaos el cinturón y dejadnos ver lo que lleváis en la bolsa. Ahora en serio: a juzgar por vuestra apariencia, pa­recéis capaz de enhebrar el hilo con un tema de importancia. ¡Por los huesos de un gallo! Contadnos una fábula, ¡corcho!
-No conseguiréis fábulas de mí -replicó el párroco--. Pues, en su Epístola a Timoteo, Pablo riñe a los que se apartan de la verdad y cuentan fábulas y tonterías así. ¿Por qué mi mano debe sembrar la broza cuando lo que deseo es poder sembrar el grano de trigo? Por tanto, digo que, si queréis oír algún asunto moral y edificante y estáis dispuestos a prestar­me atención, entonces tendré sumo gusto, con la bendición de Cristo, en daros el placer legítimo que pueda.
»Pero soy un sureño, no lo olvidéis; no soy partidario de esta aliteración rum-ram-raf, ni creo que la rima sea mucho mejor, Dios lo sabe. Por tanto, si no os importa, no usaré es­tos artificios, sino que os contaré un cuento satisfactorio en prosa para terminar con el juego y ponerle fin. Que Jesús, en su gracia, se digne enviarme el ingenio necesario para que pueda mostraros, en este esfuerzo mío, el camino de ese per­fecto y glorioso peregrinaje conocido como la Jerusalén Ce­lestial
6. Si estáis de acuerdo, empezaré mi cuento inmediata­mente, por lo que decidme qué opináis. No puedo ser más justo.
»Sin embargo, someto esta homilía que sigue a la correc­ción de los eruditos, pues no estoy versado en textos. Podéis estar seguros de que solamente sintetizo su significado gene­ral. Por tanto, os declaro que espero ser corregido.
A esto pronto asentimos todos. Es decir, a darle la oportu­nidad de una audiencia y, por consiguiente, terminar con algo virtuoso y edificante, que parecía ser lo correcto. Por lo que le pedimos a nuestro anfitrión que le dijese que todos le rogábamos que relatase su cuento.
El anfitrión era nuestro portavoz.
-Señor cura -le dijo-. ¡Os deseo la mejor suerte! Dad­nos vuestra homilía, pero apresuraros, pues el sol se está po­niendo. Dadnos vuestra cosecha, pero no os toméis demasia­do tiempo. ¡Que Dios os dé su gracia para que os salga un buen trabajo! Decid lo que queráis, que os escucharemos sa­tisfechos.
Y así empezó el párroco su sermón.

2. El CUENTO DEL PÁRROCO


Paraos en los caminos, ved y preguntad cuáles son las sendas antiguas, cuáles el recto camino y se­guidlo, y hallaréis refrigerio para vuestras almas.

Nuestro dulce Señor de los Cielos, que no quiere que hombre alguno perezca, sino que todos alcan­cen el conocimiento de Él y de la vida perdurable, así nos exhorta a través del profeta jeremías con estas pa­labras:
«Permaneced en los caminos, ved y preguntad cuáles son las antiguas sendas (a saber, las enseñanzas primitivas), cuál el buen camino; transitadlo y hallaréis refrigerio para vues­tras almas.»
Los caminos de espiritualidad que conducen a los creyen­tes a Jesucristo Nuestro Señor y a la gloria son numerosos. Entre ellos existe uno lleno de nobleza y muy conveniente, imprescindible para todo hombre o mujer que, a causa del pecado, se ha desviado del recto camino a la Jerusalén Celes­tial. Esta vía recibe el nombre de penitencia. Todos deberían escuchar con alegría y escudriñar con todas sus fuerzas la na­turaleza de la penitencia, el porqué recibe tal nombre y qué variedades presentan sus diversas obras, facetas y manifesta­ciones, y lo que pertenece y se adecua a ella.
San Ambrosio afirma que la penitencia es el dolor del hombre por el mal realizado, y nada hay por la que él deba manifestar más pesar. Cierto doctor manifiesta: «La peniten­cia es la lamentación mostrada por el hombre ante su peca­do y el tormento que le producen sus errores.» La penitencia, en circunstancias determinadas, es el verdadero arrepenti­miento de alguien que conserva el dolor y la pena por sus pecados. Y para que la penitencia sea verdadera, deberá en primer lugar lamentar las faltas cometidas, tener el firme pro­pósito en su corazón de confesarse oralmente, cumplir la pe­nitencia, no volver a realizar algo de lo que uno deba lamen­tarse o sentir pesar, y tener el propósito de perseverar en el bien; en caso contrario, su penitencia resulta inútil. Porque, como afirma San Isidoro: «El que a renglón seguido hace algo de lo que debe arrepentirse, no es un verdadero peniten­te, sino un embaucador y un embustero.»
El lamentarse y perseverar en el pecado no resulta prove­choso. Con todo, se debe esperar que, siempre que uno cae, por elevada que sea su reincidencia, pueda levantarse me­diante la penitencia si se le concede tal gracia. Porque, como dice San Gregorio: «Apenas se puede levantar del pecado quien está abrumado por el peso de las malas obras»
. Y, por consiguiente, la Santa Madre Iglesia asegura la salvación de los penitentes que evitan y desechan el pecado antes de que éste los rechace a ellos. La misma Santa Iglesia confía en la salvación de aquel que peca y se arrepiente de corazón en el último momento a causa de la gran misericordia de Jesucristo Nuestro Señor; pero optad por el camino más seguro.
Y ahora, una vez descrita su naturaleza, deberéis saber que tres son los actos de la penitencia. El primer acto afecta a quien recibe el bautismo después de haber pecado. San Agustín afirma: «A menos que se arrepienta de los pecados de su vida anterior, no puede emprender una vida nueva». Pues, ciertamente, si se le bautiza sin estar arrepentido de su culpa anterior, recibe el carácter bautismal, pero sin la gracia ni la remisión de sus pecados, hasta que esté verdaderamen­te arrepentido.
Otro defecto es éste: el que los hombres caigan en pecado mortal después de haber recibido las aguas bautismales. El tercer defecto consiste en que los hombres, después del bau­tismo, cometen pecados veniales a diario. De eso afirma San Agustín que «la penitencia de las gentes humildes y buenas constituye la penitencia de cada día».
La penitencia es de tres clases. Una es pública; otra, co­mún, y la tercera, privada. La penitencia pública es de dos es­pecies: una consiste en ser expulsado del seno de la Santa Madre Iglesia durante la cuaresma por degollar a niños y por otros pecados semejantes; la otra -aplicada a quien ha peca­do abiertamente de modo que la falta se ha divulgado por la comarca- consiste en hacer penitencia pública obligada después del juicio condenatorio de la Santa Iglesia.
La penitencia común es la que se aconseja en general a los hombres en ciertos casos, como, por ejemplo, el ir poco abri­gados o descalzos durante una peregrinación. La penitencia privada es aquella que los hombres practican a diario por pe­cados particulares: se confiesan en privado y reciben tam­bién penitencia privada.
A continuación te enterarás de los requisitos y condicio­nes para una penitencia verdadera y perfecta. Esta se funda­menta en tres premisas: contrición de corazón, confesión oral, y cumplimiento de la penitencia. Por ello afirma San Juan Crisóstomo: «La penitencia doblega al hombre a acep­tar como resignación cualquier castigo que se le señale, con arrepentimiento de corazón y confesión oral, con satisfac­ción y toda suerte de obras de humildad.» Y en esto consiste la verdadera penitencia.
De nuevo, irritamos a Jesucristo Nuestro Señor de tres mo­dos: por pecado de pensamiento, por descuido en el hablar y por obras malvadas y pecaminosas. Y en contra de estas perversas acciones se erige la penitencia, que puede ser com­parada a un árbol. La raíz de este árbol es la contrición, que, al igual que la de un arbusto, penetra en tierra y se esconde en el corazón verdaderamente arrepentido. El tallo que so­porta a los vástagos y a las hojas de la confesión y a los fru­tos de la satisfacción brota de las raíces de la contrición.
Jesucristo declara al respecto en su Evangelio: «Haced dig­nos frutos de penitencia». Pues por este fruto los hombres pueden conocer a este árbol (no por la raíz escondida en el corazón humano, ni por las ramas, ni por las hojas de la con­fesión). Y, en consecuencia, Jesucristo Nuestro Señor afirma lo siguiente: «Por sus frutos los conoceréis».
También de esta raíz surge una simiente de gracia, y esta semilla es fuente salvífica: es una semilla viva y ardiente. La gracia de esta simiente procede de Dios mediante el recuerdo del día del juicio y de las penas infernales. Sobre el tema, Sa­lomón afirma que el hombre rechaza el pecado por el te­mor de Dios. El vigor de esta semilla radica en el amor a Dios y en el deseo de gloria sempiterna. Esta fuerza atrae el corazón del hombre hacia Dios y le hace odiar el pecado. Pues, en verdad nada sabe tan bien a un niño como la leche de su nodriza, y nada le resulta más repugnante que esa mis­ma leche mezclada con otro alimento. Del mismo modo, el hombre pecador amante del pecado cree que éste es para él más dulce que cualquier otra cosa.
Pero en cuanto se enseñorea de él un comprometido amor hacia Jesucristo nuestro Señor y el deseo de vida perdurable no existe en realidad para él práctica más detestable. Pues ciertamente, la ley de Dios se recapitula en el amor a Él; a este efecto el profeta David afirma: «He amado tu ley y re­chazado la maldad y el odio». Aquel que ama a Dios, guar­da su ley y su palabra. Este es el árbol que el profeta Daniel contempló en espíritu con ocasión de la visión del rey Nabu­codonosor cuando le aconsejó que hiciera penitencia. La pe­nitencia es el árbol de la vida para aquellos que la aceptan; y bendito sea aquel que vive de modo penitente, según la má­xima de Salomón.
En esta penitencia o contrición uno debe distinguir cuatro elementos, a saber: en qué consiste la contrición, cuáles son las causas que impelen a uno a tener un corazón contrito, cómo se debe alcanzarla y qué utilidad tiene para el alma.
La contrición es el dolor sincero de los propios pecados, acompañado del firme propósito de confesarse, hacer peni­tencia y no reincidir jamás en ellos. Y este dolor, en palabras de San Bernardo, tendrá las siguientes características: «Será grave y profundo, y extremadamente vivo y acerbo en el co­razón.» En primer lugar, porque el hombre ha pecado contra su Señor y Creador, y tanto más profundo y acerbo cuando que ha pecado contra su Padre celestial; y estas cualidades se incrementan al considerar que ha irritado a Aquel que le ha redimido con su preciosísima sangre y le ha rescatado de las ligaduras del pecado, de la crueldad del demonio y de las pe­nas del infierno.
Seis son las causas que deben impeler al hombre a la contri­ción. Primera, el recuerdo de los propios pecados. Pero consi­dera que ese recuerdo no es para él agradable en manera algu­na, sino motivo de vergüenza y dolor por sus culpas. Pues Job afirma: «Los hombres pecadores ejecutan actos dignos de con­fusión». Y, por consiguiente, comenta Ezequías: «Los recor­daré todos los años de mi vida con amargura de corazón».
Dice Dios en el Apocalipsis: «Recuerda de dónde has caí­do». Pues antes de pecar erais hijos de Dios y miembros de su reino, pero a causa de vuestros pecados habéis quedado esclavizados y corruptos, os habéis convertido en miembros del maligno, odiados por los ángeles, denunciados por la Santa Iglesia, y en alimento de la falsa serpiente y combusti­ble perpetuo del fuego infernal. Y aún más corrupto y repro­bable, por nuestras frecuentes transgresiones, como hace el perro que ingiere todo lo que ha vomitado. Y con todo ello queda mancillado por su insistente contumancia en el peca­do y en los hábitos pecaminosos, por lo que te corromperás en tu pecado cual bestia en sus excrementos. Semejante modo de pensar impele a que el hombre se avergüence de su pecado y no se solace en él tal como Dios declara a través del profeta Ezequiel: «Acuérdate de tus caminos y te desagrada­rán». Verdaderamente los pecados son las sendas que con­ducen al infierno.
El segundo motivo por el cual se debe despreciar al peca­do es éste. Como afirma San Pedro: «El que peca se con­vierte en esclavo del pecado»; es decir, el pecado esclaviza al hombre. Y, por consiguiente, el profeta Ezequiel dice: «Deambulé despreciándome a mí mismo». Y, ciertamente, se debe despreciar el pecado y apartarse de esa esclavitud y acción depravada. Y consideradlo: ¿cuál es la opinión de Sé­neca en este asunto? Afirma lo siguiente: «Aunque creyese que ni Dios ni el hombre lo llegasen jamás a conocer, recha­zaría el pecado.» Y el mismo Séneca también declara: «Para mayores cosas he nacido que para esclavizarme a mi cuerpo, o convertir a éste en esclavo».
No existe servidumbre más corrupta en hombre o mujer que el entregar el propio cuerpo al pecado. En tal caso, su es­clavitud y corrupción superan a la más depravada y esclaviza­da situación de viviente, hombre o mujer, más despreciable. Cuanto de más alto cae el hombre, mayor es su esclavitud, y mas vil y rechazable a los ojos de Dios y del mundo. ¡Oh buen Dios! ¡Cómo el hombre debe despreciar el pecado, ya que por culpa de él ha perdido su anterior libertad y se ha transformado en siervo!
Por consiguiente, afirma San Agustín: «Si desprecias a tu siervo porque ha obrado mal o pecado, entonces, si tú pecas debes despreciarte a ti mismo». Considera tu valía de forma que no te mancilles. ¡Ay!, cuánto se debe despreciar la servi­dumbre y esclavitud del pecado, y qué amarga vergüenza propia se debe sentir; pues el Dios de infinita bondad los ha colocado en un elevado estado, otorgado sabiduría, fortaleza corporal, salud, belleza, prosperidad y rescatado de la muer­te con la sangre de su corazón y, con todo, corresponden a esta bondad con una vileza antinatural, asesinando a sus pro­pias almas. ¡Oh buen Dios! Vosotras, mujeres de tan gran be­lleza, acordaos de aquella máxima de Salomón: «La mujer hermosa que mancilla su cuerpo es como un anillo de oro en el morro de una marrana». Pues al igual que una marrana escarba en todas las basuras, así sumerge aquélla su beldad en las pestilentes basuras del pecado.
La tercera causa que debe impeler a uno a la contrición es el temor al día del juicio y a las horribles penas del infierno. Pues, como San Jerónimo afirma: «Tiemblo cada vez que re­cuerdo el día del Juicio; cada vez que como, o bebo, o hago cualquier otra cosa, me parece que resuena en mis oídos la trompeta: resucitad, vosotros que estábais muertos, y venid a ser juzgados.» ¡Oh Dios de bondad! ¡Cuánto se debe temer a semejante juicio! Pues, como afirma San Pablo: «Todos se­remos convocados ante el trono de Jesucristo Nuestro Se­ñor»; y nadie podrá ausentarse de esta convocatoria gene­ral. Pues, ciertamente, de nada servirán los pretextos o las ex­cusas legales. Y no sólo se nos juzgarán nuestras faltas, sino también se conocerán públicamente todas nuestras acciones.
En palabras de San Bernardo: «De nada servirán los pre­textos o los fingimientos. Daremos allí cuenta de toda pala­bra ociosa». Tendremos allí un juez al que no podremos engañar o corromper. Y ¿por qué? Ciertamente, todos nuestros pensamientos quedarán patentes ante él, que no se dejará corromper ni ante las súplicas ni ante los sobor­nos. Por consiguiente, declara Salomón: «La ira de Dios no dejará incólume a persona alguna a causa de las súplicas o de ofrendas». Y, por tanto, no existe posible escapatoria al día del Juicio.
Por ello como San Anselmo comenta: «Los pecadores es­tarán angustiadísimos en tal ocasión. En el estrado se sentará el iracundo y severo juez, y a sus pies se abrirá el horrendo foso infernal para destruir a los que no reconozcan sus peca­dos (que se mostrarán públicamente ante Dios y ante toda criatura). Y a su izquierda, para apoyar y arrastrar a las almas pecadoras a las penas del infierno, una legión inimaginable de demonios. Y en el interior de sus corazones las personas tendrán remordimientos de conciencia, y, al mismo tiempo, toda la tierra empezará a arder. ¿Adónde irá entonces el mi­serable pecador a refugiarse? Ciertamente, no podrá escon­derse: deberá adelantarse y presentarse».
Como ciertamente afirma San Jerónimo: «La tierra le ex­pulsará de su seno, al igual que el mar y el aire, que estará lle­no de truenos y relámpagos.»
Ahora, ciertamente, me figuro que para quien tenga bien presente todo eso, el pecado no será para él motivo de satis­facción, sino de gran pesar ante el temor de las penas del in­fierno. Y así declara Job a Dios: «Permíteme, Señor, que por un instante llore y me lamente antes de emprender el viaje sin retomo a la sombría tierra cubierta por la oscuridad de la muerte, a la tierra de las sombras y la aflicción, donde reina esa oscuridad mortal, donde no existe orden alguno, sino un horrible temor que durará por siempre» Mirad: aquí po­déis ver al orgullo atenazado de Job, lamentando y llorando sus faltas, pues verdaderamente un día de lamentación es me­jor que todos los tesoros del Universo. Y aunque un hombre se reconcilie con Dios a través de la penitencia en este mun­do, y no mediante ofrendas, debe rogar a Dios que le conce­da tiempo para llorar y lamentar sus faltas. Pues es cierto que toda la pena que un hombre pudiera experimentar desde que el mundo es mundo se reduce a la nada comparada con la del infierno.
La razón por la cual Job define el infierno como «la tierra de la oscuridad» es doble: por un lado, el término «tierra» sig­nifica estabilidad sin zozobra; por otro, «oscuridad» significa que en el infierno existe una carencia de luz fisica. Pues la luz oscura que surge de las entrañas del fuego sempiterno produ­cirá tormento por doquier: le mostrará al condenado los ho­rrendos demonios que le torturan.
«Cubierto por la oscuridad de la muerte»: es decir, que el condenado no gozará de la visión de Dios, ya que la misma constituye la vida perdurable. «La oscuridad de la muerte» es el cúmulo de pecados que el condenado ha cometido y que le privan de ver la faz de Dios, al igual que una nube oscura que se interpone entre el sol y nosotros. «La tierra de las aflic­ciones», porque hay tres modos de fallar respecto a tres cosas que la gente de este mundo tiene en elevada estima, a saber: honores, placeres y riquezas. En vez de honor tienen ver­güenza y confusión infernal. Pues bien sabéis que los hom­bres denominan «honor» al respeto que una persona otorga a otra; pero en el infierno ni el honor ni el respeto existen. En verdad, no habrá más muestras de respeto para un rey que para un villano.
Al respecto, Dios afirma mediante el profeta jeremías: «Despreciaré a los que me desprecian». Al «honor» también se le denomina gran autoridad; allí nadie servirá a otro excep­to para dañarle y atormentarle. «Honor» también equivale a elevada dignidad y nobleza, pero en el infierno todos serán pisoteados por los demonios. Y Dios afirma: «Los horripilan­tes demonios transitarán por las cabezas de los condena­dos». Su humillación y degradación será tanto más elevada cuanto mayor haya sido su posición en esta vida. Además, en contraste con las riquezas de este mundo, sufrirán los escar­nios de la escasez.
Y esta pobreza se cifrará en cuatro cosas: en la carencia de tesoros, acerca de las cuales afirma el profeta David: «Los ri­cos que abrazan y dejan absorber su corazón por las riquezas de este mundo dormirán el sueño de la muerte y sus manos estarán vacías sin tesoro alguno».Y además la incomodidad del infierno consistirá en la falta de alimento y bebida. Pues así afirma Dios en palabras de Moisés: «Conocerán las pun­zadas del hambre, las aves del averno los devorarán de modo horrendo hasta morir, y la hiel del dragón será su bebida y sus bocados los venenos del mismo».
Incluso más, su tormento también abarcará la falta de ves­tido, pues carecerán de ellos totalmente: irán desnudos ex­cepto por el fuego abrasador y otras inmundicias. Y su alma estará desnuda de toda suerte de virtudes, pues éstas forman su vestimenta. ¿Dónde quedan, pues, los alegres ropajes, las suaves sábanas y las tenues camisas? Considerad lo que Dios opina de ellos a través del profeta Isaías: «Tu jergón será de larvas y tu manta de gusanos infernales». Todavía más: se atormentarán por la falta de amigos, pues el que tiene buenas amistades no es pobre. Pero allí carecerán de ellas, pues ni Dios ni criatura alguna será su amigo y todos se odiarán en­tre sí de un modo exacerbado.
«Los hijos y las hijas se rebelarán contra sus padres, los pa­rientes contra los parientes, y se increparán y despreciarán re­cíprocamente, tanto de día como de noche», tal como afirma Dios en boca del profeta Miqueas. Y los cariñosos hijos que otrora se amaron con tanta sensualidad se devorarían unos a otros si pudieran. Pues, ¿por qué deberían amarse en medio de los tormentos del infierno si existía un odio recí­proco en el próspero transcurso de esta vida?
Pues podéis estar seguros, su amor sensual era un odio mortífero, tal como declara el profeta David: «El que ama a la maldad, odia su alma. Y aquel que odia a su propia alma es incapaz de amar a ninguna otra persona. Y, por con­siguiente, no existe ni amistad ni consuelo; cuanto más pró­ximo al parentesco camal, tanto más se lanzarán increpacio­nes, maldiciones, y odio mortífero se profesarán entre ellos.
Más aún, carecerán de todos los placeres sensuales. Pues ciertamente, el placer sensual se deriva de los cinco sentidos vista, oído, olfato, gusto y tacto. Pero en el infierno su vista estará repleta de humo y oscuridad y, en consecuencia, carga­da de lágrimas; y su oído, lleno de «lamentos y crujir de dien­tes», tal como afirma Jesucristo; sus fosas nasales estarán henchidas de un hedor maloliente. Y, como afirma el profe­ta Isaías: «Su gusto sabrá a amarga hiel.» Y el sentido del tacto en todo su cuerpo estará cubierto de «un fuego inextin­guible y de gusanos imperecederos», tal como Dios afirma en boca de Isaías.
Y como no albergarán la esperanza de morir de dolor, y mediante esta suerte escapar de él, captarán las palabras de Job cuando afirma: «Allí reinarán las sombras de la muer­te». Ciertamente la sombra guarda semejanza con la cosa que la proyecta, pero ambas difieren entre sí. De igual modo acontece con las penas del infierno. Son como mortales por la horrible angustia que engendran. ¿Por qué motivo? El con­denado se tortura como si fuera a morir al instante, pero cierta­mente no morirá. Pues, como afirma San Gregono: «Estas desgraciadas criaturas morirán sin morir, y finalizarán sin finali­zar, y desfallecerán sin fallecer.» Pues su muerte estará siempre avivada, y su fin siempre comenzará, y sus faltas no fallarán. Al respecto afirma San Juan Evangelista: «Seguirán a la muerte y no la arrastrarán, desearán morir y ésta huirá de ellos».
También Job afirma que en el infierno reina un completo desorden. Y aunque Dios ha creado todo de acuerdo con un orden, y nada hay desordenado, sino que todas las cosas están organizadas y clasificadas; con todo, los condenados estarán desordenados, pues la tierra no producirá frutos. El profeta David afirma: «Dios hará que la tierra sea -para ellos- infructuosa. Las aguas no desprenderán humedad para esos malditos, ni el aire frescor, ni el fuego luz.» San Ba­silio, asimismo, comenta: «Dios dará el ardor del fuego de este mundo a los condenados del infierno, pero la claridad y la luz las reserva para sus hijos en el cielo», al igual que un hombre justo da la carne a sus hijos y los huesos a los perros. Y para que no tengan esperanza de escapar, dice el santo Job que finalmente habrá allí horror y horrible temor sin fin.
El horror es siempre el temor del daño venidero, y este te­mor morará eternamente en el corazón de los condenados. Y en consecuencia, han perdido toda esperanza debido a siete causas.
La primera, porque Dios, que es su juez, será inmisericor­de con ellos; no podrán agradecerle a Él o a sus santos, ni po­drán hablarle, ni evadirse de los tormentos, ni podrán esgri­mir mérito alguno para liberarse de sus penas. Y, por consi­guiente, manifiesta Salomón: «El hombre malvado perece, y cuando esté muerto, no abrigará esperanza para escaparse de su dolor.» Quien, pues, comprenda estos tormentos, y piense que los ha merecido a causa de sus pecados, cierta­mente estará más proclive a lamentarse y a llorar que a can­tar y a jugar. Pues, como escribe Salomón al respecto: «Quien conozca los tormentos reservados y ordenados para los peca­dos, se arrepentirá.» «Este conocimiento -afirma San Agus­tín- hace que el hombre tenga un corazón contrito.»
El cuarto punto que induce a un hombre a la contrición radica en el recuerdo doloroso del bien que ha dejado de eje­cutar durante su vida terrena, y también en tener presente el bien perdido. A saber, las buenas obras omitidas son, además de las acciones meritorias llevadas a cabo antes de caer en pe­cado mortal, las ejecutadas mientras permaneció en pecado. En realidad, las buenas obras practicadas antes de incurrir en pecado han quedado desvirtuadas, suprimidas y anuladas por la falta mencionada. El resto de las buenas acciones ejer­cidas mientras permaneció en pecado no le cuentan para nada por lo que respecta a la vida perdurable celestial.
Entonces todas las acciones meritorias que han sido anu­ladas por el frecuente pecado -es decir, las acciones ejecuta­das mientras estuvo en gracia de Dios- no podrán renacer sin verdadera penitencia. Y acerca del tema Dios declara, por boca del profeta Ezequiel, que si «el justo se desviare de su justicia y cometiese la maldad según las abominaciones que suele ejercer el impío, todas cuantas obras buenas hubiere he­cho, se echarán en olvido: por la infidelidad en que ha incu­rrido y por el pecado que ha cometido, por eso morirá».
Sobre este mismo versículo San Gregorio comenta lo si­guiente. Que se debería captar esencialmente esto: que cuan­do hemos cometido un pecado mortal, para nada sirve recor­dar o rememorar las buenas obras ejecutadas con anterio­ridad; en otras palabras, ellas no nos alcanzarán la vida perdurable del cielo. Pero, con todo, esas mismas buenas ac­ciones resucitan y se actualizan de nuevo, y ayudan y sirven para lograr la vida perdurable celestial cuando estamos con­tritos. Aunque, verdaderamente, las buenas obras ejecutadas por los hombres en estado de pecado mortal puede que ja­más tengan validez.
Ciertamente, algo que nunca estuvo dotado de vida no puede resucitar; y, con todo, a pesar de que resulten estériles para lograr la vida perdurable, sirven, sin embargo, para abre­viar las penas del infierno; también para lograr bienes tempo­rales, o para que Dios quiera aclarar e iluminar el corazón del hombre pecador para que se arrepienta; asimismo sirven para que uno se acostumbre a realizar buenas obras de modo que el enemigo ejerza menos influencia sobre el alma.
Y así Jesucristo misericordioso no quiere que obra buena alguna se pierda, para que sea de utilidad. Pero del mismo modo que las buenas acciones que los hombres ejecutan en estado de gracia perecen todas a causa del subsiguiente peca­do, y que todas aquellas ejecutadas por el hombre mientras permanece en estado de pecado mortal están completamen­te muertas a la vida perdurable, bien podría cantar el hombre que no obra el bien aquella reciente canción francesa: He perdido mi tiempo y mis esfuerzos. Pues, en verdad, el pecado despoja al hombre de la bondad de la naturaleza y también de la bondad de la gracia. Porque, de hecho, la gracia del Espíri­tu Santo opera como el fuego que jamás está ocioso; pues el fuego deja de ser efectivo en cuanto se apaga, y del mismo modo la gracia cesa de obrar en cuanto deja de estar presen­te. Así, el hombre pecador pierde la gracia de la gloria, que sólo es prometida a los hombres buenos que trabajan y se es­fuerzan. El arrepentimiento es posible, pues aquel que, mien­tras viva, debe toda su vida a Dios, no posee ninguna bon­dad para pagar su deuda con Dios, el dador de toda la vida. Puedes tener la seguridad de que «rendirá cuenta -tal como afirma San Bernardo- de todos los bienes recibidos en esta vida, y de cómo los ha gastado, hasta el punto que incluso deberá dar cuenta de una hora de su tiempo y de un segun­do de una hora, si lo ha malgastado».
La quinta cosa que debe inducir al hombre a la penitencia es el recuerdo de la Pasión que Jesucristo Nuestro Señor pa­deció a causa de nuestros pecados. Porque, como afirma San Bernardo: «Mientras vivas recordarás las penalidades que Nuestro Señor Jesucristo sufrió durante su predicación, la fa­tiga del camino, las tentaciones cuando ayunó, sus largas ve­ladas en oración, sus lágrimas compasivas por la buena gen­te, las miserias, comentarios vergonzosos y calumnias que los hombres dijeron de él, los escupitajos asquerosos que le diri­gieron a su rostro, los bofetones que le propinaron, los escar­nios de las muchedumbres, y las reprimendas que los hom­bres le dirigieron, los clavos con los que fue clavado en la cruz, y todo lo demás que sufrió durante la pasión por sus pecados, sin culpa alguna por su parte.»
Y comprenderéis que el pecado del hombre altere funda­mentalmente toda clase de orden y jerarquía. Pues es cierto que Dios, la razón, la sensualidad y el cuerpo del hombre es­tán ordenados de modo que cada uno de estos elementos ejerzan predominio sobre los otros. Y así, Dios debería preva­lecer sobre la razón, y la razón sobre la sensualidad, y la sen­sualidad sobre el cuerpo del hombre. Pero en verdad el hom­bre, al pecar, distorsiona todo este orden o jerarquía. Y, por consiguiente, ya que la razón humana no quiere estar sujeta y obedecer a Dios, que es, por derecho, su Señor, pierde por consiguiente el predominio que debiera poseer sobre la sen­sualidad y también sobre el cuerpo.
¿Por qué? La sensualidad se rebela, pues, contra la razón, y de este modo la razón pierde el dominio sobre la sensuali­dad y el cuerpo. Porque así como la razón se rebela contra Dios, así también la sensualidad se rebela contra la razón y el cuerpo. Y, ciertamente, Jesucristo Nuestro Señor nos redimió con su preciosísima sangre de este desorden y rebelión; y es­cuchad de qué manera.
Al rebelarse la razón contra Dios, siguiese que el hombre se hace capaz de arrepentirse y morir. Esto sufrió Jesucristo Nuestro Señor por la Humanidad después de haber sido trai­cionado por su discípulo, arrestado y maniatado, de forma que la sangre fluía, como afirma San Agustín, de sus clavadas manos. Y todavía más, ya que la razón del hombre no ha subyugado su sensualidad cuando debía, por ello es merece­dor a sentirse avergonzado. Por este motivo aceptó Jesucristo Nuestro Señor el que le escupieran al rostro. E incluso más: ya que el cuerpo cautivo del hombre se rebela contra la ra­zón y la sensualidad, por ello es merecedor de la muerte. Muerte que Jesucristo Nuestro Señor sufrió en la cruz por la Humanidad. No hubo parte alguna de su cuerpo que se vie­ra libre de grandísimo dolor y amargo sufrimiento. Y todo eso sufrió Jesucristo Nuestro Señor, que jamás pecó: «Estoy sometido a grandísimos tormentos por cosas que jamás me­recí, y excesivamente mancillado por desgracias que la Hu­manidad ha merecido.» Y, en consecuencia, bien podría afir­mar el pecador, como dice San Bernardo: «Maldita sea la amargura de mis faltas, por cuya culpa tuvo que padecerse tan acerbamente.» Pues, en verdad, después de los variados desórdenes de nuestra malicia, la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo puso orden a diversas cosas tal como a continua­ción se relata.
De hecho, el alma pecadora del hombre es traicionada por el diablo mediante la codicia de la prosperidad temporal, y despreciado por el engaño cuando se afana por los placeres camales, y con todo, le tortura la impaciencia de la adversi­dad, y es escupido por la servidumbre y sujeción del pecado, y finalmente perece. Por estos desórdenes del hombre peca­dor Nuestro Señor Jesucristo fue traicionado en primer lugar, y a renglón seguido, maniatado para que nosotros quedára­mos liberados del pecado y del dolor. Fue a continuación menospreciado. Él, que debiera haber sido objeto de honra, por encima de todo. A continuación su rostro fue infame­mente escupido, Él que debía ser el ansiado objeto de con­templación de toda la Humanidad y de toda la milicia an­gélica.
Luego, aquel que estaba sin pecado, fue azotado. Y, final­mente, murió crucificado. A continuación se cumplió la pro­fecía del profeta Isaías, cuando afirma que fue herido por nuestros pecados y mancillado por nuestras felonías. En re­sumen, ya que Jesucristo cargó sobre sí el dolor de toda nues­tra maldad, el hombre pecador debe llorar mucho y lamen­tarse, pues por sus pecados el Hijo del Dios de los Cielos ha­bría estado sometido a todos estos sufrimientos.
La sexta cosa que debe incitar al hombre a la contrición es la espera de tres logros, a saber: el perdón de los pecados, la gracia de Dios para alcanzarlo y la gloria del cielo con la cual Dios recompensará al hombre por sus buenas obras. Y por­que Jesucristo nos otorga estos dones a causa de su magnani­midad y bondad soberanas, por eso se le llama: Jesús Nazare­nus rex Iudeorum. Iesus, es decir, «salvador» o salvación, en el cual los hombres cifran alcanzar el perdón de los pecados, que es propiamente la salvación de los mismos. Y, por consi­guiente, dijo el ángel a José: «Le pondrás por nombre Jesús, pues Él salvará a su pueblo de sus pecados. No se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo por el cual deba­mos ser salvados».
Sobre este tema afirma San Pedro: «No existe nombre bajo el cielo que se pueda dar a un hombre mediante el cual uno pueda ser salvo, excepto Jesús». Nazarenus equivale a «flore­ciente»; a través de El la Humanidad espera la remisión de los pecados y la concesión de la correspondiente gracia para lograrlo. Pues la esperanza del fruto en el momento adecua­do reside en la flor, y en el perdón de los pecados la esperan­za de la gracia para lograrlo: «He aquí que estoy a la puerta, y llamo -afirma Jesús-. Si alguno escuchare mi voz y me abriese la puerta, tendrá el perdón de sus pecados, y entraré a él y cenaré con él», por las buenas obras que realizará; esas obras constituyen el alimento de Dios, «y cenará conmi­go» por la inmensa alegría que le proporcionaré. Así el hom­bre esperará que Dios le otorgue su reino, tal como afirma en el Evangelio, por sus obras de penitencia.
Ahora sabrás de qué forma. Afirmo que el arrepentimien­to debe ser universal y total, es decir, uno deberá tener since­ro arrepentimiento de todos sus pecados de pensamiento con delactación sensual, pues tal deleite es sumamente peli­groso. Dos son los modos de consentir. Uno de ellos recibe el nombre de consentimiento afectivo; en tal caso una perso­na se inclina a pecar y se refocila pensando en dicho pecado: detecta perfectamente que ha quebrantado la ley de Dios, y, con todo, su razón no aparta este malvado deleite o apetito, aunque uno sea consciente de que le aleja del temor de Dios. Por más que la razón sea plenamente consciente de este que­brantamiento a la ley de Dios, no rechaza este deleite o ape­tito pecaminoso. A pesar de que la razón no consienta en co­meter este pecado de obra, algunos doctores afirman que se­mejante delectación prolongada, aunque nimia, se toma muy peligrosa.
Asimismo uno debería arrepentirse, especialmente por todo lo que ha deseado en contra de la ley de Dios con per­fecto consentimiento de su razón, pues no existe duda de ello: el consentir constituye pecado mortal. Ciertamente, no existe pecado mortal que no se albergue primeramente en el pensamiento y después en la delectación, y luego en el con­sentimiento, para acabar en la acción. Por consiguiente, afir­mo que muchos hombres jamás se arrepienten de tales pen­samientos y delectaciones: solamente se confiesan de los pe­cados externos de obra. En consecuencia, afirmo que tales malvados pensamientos y delectaciones constituyen sutiles engaños de aquellos que se condenarán.
Aún más: el hombre debe arrepentirse tanto de sus malas palabras como de sus perversas acciones, pues, ciertamente, el arrepentimiento de un solo pecado sin el de los restantes, o el hacerlo de los restantes y no de uno singular, de nada sir­ve. Estad plenamente convencidos: el Dios Todopoderoso está lleno de bondad y, por ende, perdona todos los pecados, o en caso contrario no lo está.
Al respecto afirma San Agustín: «Sé con certeza que Dios es enemigo de todo pecador.» ¿Y cómo, pues el que se escla­viza a un pecado obtendrá el perdón de los restantes? No. Por otra parte, la contrición debería ser extremadamente pe­nosa y llena de angustia. Y, en consecuencia, Dios le otorga la plenitud de su misericordia. Así, «cuando mi alma estaba poseída por la angustia, recordé a Dios para que le llegase mi súplica».
Todavía más: la contrición deber ser perseverante y uno debe tener el firme propósito de confesarse y de enmendar su conducta. Pues, ciertamente, mientras procure la contri­ción siempre se puede esperar el perdón. Y de él se deriva la aversión al pecado que destruye el poder de la culpa tanto en uno mismo como en otros. Por lo cual afirma David: «Los que amáis a Dios, odiáis la maldad.» Pues estad seguros, amar a Dios significa amar lo que Él ama y odiar lo que Él odias.
La última cosa que el hombre entenderá por penitencia es ésta: ¿para qué sirve la contrición? Afirmo que a veces la con­trición limpia al hombre de pecado. Sobre ello sentencia Da­vid: «Me formulé el propósito de confesarme, y Tú, Dios, me absolviste de mi pecado». Y así como la contrición no sirve para nada sin el firme propósito de confesarse, si uno tiene la oportunidad, así la confesión o absolución sin con­trición de nada vale. Incluso más: la contrición destruye las cárceles del infierno y transforma en débil y frágil toda la for­taleza demoníaca, y restablece los dones del Espíritu Santo y todas las virtudes; también limpia al alma de pecado, la libe­ra de las penas del infierno, de la compañía del diablo, de la esclavitud del pecado, y establece todos los bienes espiritua­les y la unión y comunión con la Santa Iglesia. Más aún: transforma al pecador de hijo de ira en hijo de Dios.
Todas estas afirmaciones se prueban por las Escrituras. En consecuencia, el que quiera comprender estas cosas, pruden­te es, ya que verdaderamente carecerá de fuerzas para pecar durante toda su vida: al contrario, se abandonará en cuerpo y alma al servicio de Jesucristo, y, al hacerlo, le rendirá home­naje. Pues, ciertamente, nuestro dulce Señor Jesucristo nos ha librado tan graciosamente de nuestras locuras, que si Él no tuviese misericordia de nuestras almas, entonaríamos to­dos una triste canción.

FINALIZA LA PRIMERA PARTE DE LA PENITENCIA Y SIGUE LA SEGUNDA

La segunda parte de la penitencia consiste en la confesión, signo de la contrición. A continuación deberéis captar en qué consiste, si debe o no debe hacerse, y cuáles son los re­quisitos apropiados a una verdadera confesión.
En primer lugar debéis saber que la confesión consiste en la sincera manifestación de los pecados a un sacerdote. Es de­cir, «sincera», pues se debe confesar a él todas las circunstan­cias inherentes a su pecado en cuanto sea posible. Todo debe decirse, sin paliativos, ni amagos, ni edulcorantes; sin enva­necerse de las buenas acciones. Incluso más: es preciso com­prender el origen de los pecados, cómo se reiteran y su natu­raleza.
Sobre el origen de los pecados San Pablo afirma lo siguien­te: que así como el pecado entró en este mundo a través de un hombre, y por él la muerte, así, del mismo modo, la muerte entró en todos los hombres que pecaron. Y este hombre era Adán, a través del cual, cuando rompió el man­dato divino, el pecado entró en este mundo. Y, por consi­guiente, aquel que primeramente fue tan poderoso que no debería haber muerto se convirtió en uno necesariamente su­jeto a la muerte, independientemente de su voluntad, y con él toda su progenie de este mundo que en tal hombre pecó. Considera el estado de inocencia cuando Adán y Eva deambulaban por el Paraíso desnudos, sin sentirse para nada avergonzados, cómo la serpiente, el más astuto de los anima­les que Dios había creado, le dijo a la mujer:
-¿Conque os ha mandado Dios que no comáis frutos de todos los árboles del Paraíso?
-Del fruto de los árboles que hay en el Paraíso sí come­mos -replicó la mujer-. Mas del fruto del árbol que está en medio del Paraíso mandónos Dios que no comiéramos ni lo tocásemos, para que no muramos.
-¡Oh! Ciertamente no moriréis -dijo la serpiente-. Sabe Dios que el día que comiéreis de él se os abrirán vues­tros ojos: seréis como dioses, conocedores del bien y del mal.
La mujer vio, pues, que el fruto del árbol era bueno para comer, bello a los ojos, y de hermoso aspecto. Cogió del fru­to y lo comió, y dio de él a su marido, el cual también comió y al instante se les abrieron a entrambos los ojos; y como echasen de ver que estaban desnudos, asieron unas hojas de higuera y se hicieron unos delantales para camuflar sus órga­nos genitales.
De todo ello se puede colegir que el pecado mortal se ini­cia con una sugerencia del diablo, representado aquí por la serpiente; y luego, la delectación carnal, simbolizada en este caso por Eva; y a continuación, el consentimiento de la men­te, figurada aquí por Adán.
Medítalo bien. Aunque sea cierto que el maligno tentase a Eva, es decir, la carne, y la carne se deleitase en la hermosura del fruto prohibido, con todo, ciertamente, hasta que la mente, es decir, Adán, consintió en comer del fruto, conser­vó su estado de inocencia original.
Del mismo Adán quedamos contagiados del pecado origi­nal, pues él es el progenitor fisico de todos nosotros: somos engendrados de una sustancia vil y corrupta. Y cuando a nuestro cuerpo se le insufla el alma, inmediatamente con­traemos el pecado original, y lo que al principio fue solamen­te aflicción de la concupiscencia se convierte en aflicción y pecado. Y, por consiguiente, todos hemos nacido hijos de la ira y de eterna condenación, si no fuera por el bautismo que recibimos y nos redime de la culpa. Pero, en verdad, el tor­mento que permanece en nosotros recibe el nombre de con­cupiscencia. Y esta concupiscencia, cuando radica en el alma de modo desordenado y mal dispuesto, le hace apetecer, a través del apetito camal, los pecados de la carne por la visión de los objetos terrenales, y el apetito de honores mediante el orgullo de corazón.
Por lo que respecta al primer apetito, es decir, a la concupis­cencia derivada de las exigencias de nuestros órganos genitales, que fueron legítimamente creados por el recto juicio de Dios, afirmo que cuando el hombre no obedece a Dios, su Señor, entonces la carne se rebela contra él mediante la concupiscen­cia, que alimenta y da pie al pecado. Por consiguiente, mien­tras uno se sienta acuciado por la concupiscencia resulta impo­sible que no sea tentado y su carne no le incline a pecar.
Y así será mientras viva. Puede que el poder del bautismo y de la gracia a través de la penitencia refuerce esta debilidad y fragilidad, pero aunque quede refrenado por la enferme­dad, o por el mal obrar de hechicería o bebidas frías, la con­cupiscencia jamás será saciada.
Mira lo que San Pablo afirma al respecto: «Porque la carne tiene deseos contrarios a los del espíritu y el espíritu los tiene contrarios a los de la carne, como que son cosas entre sí opuestas; por cuyo motivo no hacéis vosotros todo lo que queréis». El mismo San Pablo, después de sus sufrimientos en el mar y en tierra firme -en el mar, un día y una noche con grandes peligros y sufrimientos; en tierra firme, hambre, sed, frío, desnudez- y apedreamiento casi hasta morir, dijo con todo: «¡Oh, qué hombre tan infeliz soy! ¿Quién me li­bertará de este cuerpo tan miserable?». Y San Jerónimo, después de haber morado largo tiempo en el desierto donde no tenía otra compañía que los animales salvajes, donde su único alimento eran las hierbas y su única bebida el agua, su lecho, la desnuda tierra, por lo que su piel se tornó negra como la de un etíope a causa del calor y casi agrietada por la intemperie, a pesar de todo afirmaba que sentía bullir en su cuerpo el fervor de la lascivia.
Por consiguiente, sé con toda seguridad que se engañan los que afirman que no son tentados en su cuerpo. Com­prueba el testimonio del apóstol Santiago cuando afirma que «cada uno es tentado por su propia concupiscencia»; es de­cir, que cada uno tiene motivo y ocasión de ser tentado por este incentivo pecaminoso que radica en nuestro cuerpo. Por ello afirma San Juan Evangelista: «Si afirmamos que estamos sin pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no radica en nosotros».
Ahora os enteraréis de qué modo ese pecado se incremen­ta o crece en el hombre.
La primera cosa se refiere al acicate pecaminoso que he mencionado anteriormente: la concupiscencia camal. Su se­cuela es la sujeción al demonio, es decir, a los fuelles diabóli­cos con los que él insufla en el hombre el fuego de la concu­piscencia camal. Y después de ello, el hombre sopesa si hará o no aquello que ha sido objeto de tentación. A continua­ción, si uno se resiste y capea la primera acometida de su car­ne y del diablo, entonces no peca. En caso contrario, siente entonces las llamaradas del placer. Acto seguido bien le val­dría ser cauto y cuidadoso, no fuera que entonces consintie­ra en pecar; y después lo haría si tuviera ocasión y tiempo propicios.
Moisés opina al respecto, a través del diablo: «El diablo lo dice: Acosaré y perseguiré al hombre con tentaciones malig­nas, y le apresaré acuciándole e instigándole a pecar. Escoge­ré mi presa o mi víctima con deliberación, y mi deseo se verá logrado a través del placer sexual. Esgrimiré mi espada en el consentimiento». Pues, ciertamente, así como una espada escinde algo en dos, así el consentimiento aleja al hombre de Dios. «Y entonces le haré perecer con mi propio brazo ha­ciéndole pecan»; así afirma el diabólico. De hecho, en tales circunstancias, la muerte se enseñorea del alma del hombre. Y de este modo cae en pecado mediante la tentación, la de­lectación y el consentimiento. En tal caso el pecado se llama actual.
Hay dos clases de pecado: mortal y venial.
Cuando uno ama a una criatura más que a Jesucristo nues­tro Creador, entonces se comete pecado mortal. Se comete pecado venial cuando se ama a Jesucristo menos de lo debi­do. Pues, en verdad, el cometer un pecado venial es muy pe­ligroso, ya que disminuye el siempre creciente amor que los hombres debieran profesar a Dios. Y por ello, si un hombre comete muchos pecados veniales, seguramente, a menos que él de vez en cuando los borre mediante la confesión, le pue­den muy fácilmente disminuir el amor que profesaba a Jesucristo Nuestro Señor. Y así se desliza uno del pecado venial al mortal.
En la práctica, cuanto más uno agrava su alma con peca­dos veniales, tanto más proclive se es a caer en pecado mor­tal. En consecuencia, no seamos negligentes en desembara­zarnos de los pecados veniales. Pues, tal como afirma el pro­verbio, «poquito a poco hilaba la vieja el copo». Y atended a este ejemplo. A veces una poderosa ola del mar arremete con tan gran violencia, que echa a pique a un barco. Y el mismo daño ocasiona a veces la acción de diminutas gotas de agua que penetran en la bodega por una pequeña hendidura y en el fondo del barco, si la tripulación es tan negligente que no achica la inundación oportunamente. Y, por consiguiente, aunque existe una diferencia entre estas dos causas de hundi­miento, éste acontece en ambas ocasiones. Así ciertamente sucede también en ocasiones con el pecado venial y con esas embarazosas faltas veniales cuando se incrementan hasta tal punto que las cosas terrenales a las que uno está apegado, las cuales le llevan a pecar venialmente, cautivan su corazón tan­to como el amor de Dios, y a veces incluso más. Y, en conse­cuencia, el amor de cualquier cosa que no está basado en Dios ni ejecutado principalmente por su amor, aunque uno lo ame menos que a Dios, es, con todo, pecado venial.
Se da pecado mortal cuando el amor por algo crece en el corazón tanto o más que el amor de Dios. Como dice San Agustín: «El pecado mortal se da cuando uno aparta su cora­zón de Dios, que es la genuina e inalterable soberana bon­dad, y lo entrega a un objeto que puede cambiar y es perece­dero.» Así sucede con todo, excepto con Dios celestial. Suce­de que si uno entrega su amor -que de modo indiscutible debe ofrendarlo enteramente a Dios-, ciertamente quedará tanto o más privado de Dios cuanto más entregue aquél; en consecuencia, comete pecado. El que se aparta de Dios no le entrega todo lo que le debe, a saber, todo el amor de su co­razón.
Ahora que habéis captado de un modo genérico la natura­leza del pecado venial, resultará apropiado describir especial­mente aquellos pecados que acaso uno no los considere como tales, y que, por tanto, no se confiese de ellos y, a pe­sar de todo, sean verdaderos pecados, tal como los eruditos escriben. A saber, en toda ocasión que se come o se bebe más de lo necesario a la manutención corporal, en cierto modo se comete pecado. Y, asimismo, cuando se habla más de lo ne­cesario también se peca. Lo mismo sucede cuando no se atiende con benignidad a las lamentaciones de los pobres. También cuando uno goza de salud corporal y no quiere ayunar cuando debe, sin causa justificada. Al igual que cuan­do se duerme más de lo debido o cuando por cualquier ra­zón se llega tarde a la iglesia o a otras obras caritativas. Igual­mente cuando usa de su mujer sin el supremo deseo de en­gendrar por el honor de Dios o con el propósito de realizar con su esposa el débito conyugal. Igual sucede si, pudiéndo­lo hacer, no se visita a los enfermos y presos. Asimismo si ama a su esposa o a sus hijos u otro objeto material más de lo razonable. También si reduce o suprime las limosnas al ne­cesitado; si adereza los alimentos con más delicadeza de lo necesario o los ingiere con avidez, por glotonería; si falta al silencio en la iglesia o durante los servicios divinos, o si ha­bla palabras ociosas o vanas o maliciosas, pues de todas ellas deberá rendir cuenta en el día del juicio. También cuando promete o asegura hacer cosas que luego no puede cumplir. O cuando por ligereza o indiferencia habla cuando se burla de su prójimo. O cuando sospecha mal sin fundamento de cosas que no conoce bien. Estas y otras innumerables formas son, como afirma San Agustín, materia pecaminosa.
A continuación comprenderás que, aunque no existe hu­mano sobre la faz de la tierra que pueda evitar todos los pe­cados veniales, con todo, se pueden refrenar por el ardiente amor que se profesa hacia Jesucristo Nuestro Señor, por las oraciones, la confesión y otras obras buenas, de modo que perjudiquen de forma mínima. En sentencia de San Agustín: «Si uno ama a Dios de tal modo que todas sus acciones refle­jan el amor de Dios, y las ejecuta verdaderamente por amor hacia El, pues le ama con ardor, considera hasta qué punto una gota de agua que cae en un horno de crepitante fuego lo afecta o perjudica; así también un pecado venial afecta a uno que está imbuido del amor de Jesucristo.» Los hombres pue­den también apartarse del pecado venial recibiendo digna­mente el preciosísimo Cuerpo de Jesucristo, santificándose también con agua bendita, mediante limosnas, recitando el Confesor durante la misa y durante las Completas mediante la bendición de los obispos y sacerdotes, y con otras buenas obras.

SIGUEN LOS SIETE PECADOS CAPITALES
CON SUS CLASES, CIRCUNSTANCIAS Y VARIEDADES

De la soberbia


Ahora es necesario enumerar los siete pecados capitales mortales, a saber, los pecados capitales.
Todos corren en la misma traílla, aunque de modos diver­sos. Se les llama capitales, pues son la fuente y el origen de todos los otros pecados. La soberbia, u orgullo, es la raíz de estos siete pecados, pues de él se originan todos los males. De esta raíz brotan diversas ramas, como la ira, envidia, pere­za u holgazanería, avaricia o codicia (para que todos lo en­tiendan), glotonería y lujuria. Y cada uno de estos pecados capitales posee ramas y ramificaciones, tal como se desarro­llará en los apartados siguientes.
Y aunque nadie puede contar exhaustivamente el núme­ro de brotes y los perjuicios derivados del orgullo, con todo, voy a enumerar algunos de ellos, tal como bien ve­réis. Son: la desobediencia, vanidad, hipocresía, desprecio, arrogancia, descaro, jactancia de corazón, insolencia, alti­vez, impaciencia, contumacia, presunción, irreverencia, perti­nacia, vanagloria, y otras muchas ramificaciones que no puedo mencionar.
El desobediente es aquel que rechaza y menosprecia con desdén los mandamientos de Dios, de su superior y de su di­rector espiritual. El que se envanece de las obras buenas o malas realizadas es un vanidoso. Hipócrita es quien esconde lo que es y se muestra diferente de lo que realmente es. Des­pectivo es aquel que desdeña a su prójimo, es decir, a su co­rreligionario, o aquel que ejecuta con desdén lo que debe hacer.
Arrogante es el que cree que posee en su ser cualidades de las que carece, o cree que debería poseer por sus merecimien­tos, o también considera que es lo que en realidad no es. Descarado es aquel que no se avergüenza de sus faltas. La jac­tancia de corazón se da cuando uno se alegra por el mal rea­lizado. La insolencia refleja un desprecio mental hacia el va­lor, conocimiento, don de la palabra y comportamiento de los otros.
Ser altivo equivale a no soportar ni al superior ni al igual. El impaciente es aquel que no soporta que se le advierta o reprenda por sus defectos, y se querella a sabiendas contra la verdad y se aferra a su locura. El contumaz se opone -a través de su indignación- a todo poder y autoridad que ra­dica en sus superiores. La presunción, llamada también exceso de confianza, hace emprender tareas que uno no debe ni puede.
La irreverencia se da cuando uno no rinde cuando debe y, a su vez, espera se le reverencie.
Cuando alguien se aferra a sus devaneos y tiene demasia­do apego a su propio juicio, entonces se dice que es pertinaz.
La vanagloria consiste en hacer ostentación y delectarse en la grandeza temporal envaneciéndose en el status de este mundo terreno.
La charlatanería hace hablar a uno en exceso ante los de­más, y charlar de modo ininterrumpido, sin poner cuidado alguno en lo que se dice.
Se da, con todo, una clase particular de soberbia: la de quien espera ser saludado antes de que él lo haga, aunque uno sea acaso menos digno que el otro; y también pretende o ansía sentarse, o preceder en las comitivas a los demás, o ser el primero en dar el beso de la paz en la misa, o ser incen­sado, o llevar la ofrenda antes que el prójimo, y cosas por el estilo a las que no tiene derecho; en una palabra, su cora­zón y su propósito están totalmente imbuidos por el deseo de ser honrados y glorificados ante los demás.
Existen dos clases de orgullo: uno radica en el interior del corazón y el otro en el exterior. Los vicios anteriormente mencionados, y otros muchos, pertenecen al orgullo inte­rior; las otras clases de orgullo son exteriores.
Sin embargo, cada una de estas clases de orgullo es indicio de otro, al igual que el alegre haz de hojas en la taberna sim­boliza el vino de la bodega.
Así acontece con muchos aspectos relacionados con las palabras, con el comportamiento y con el excesivo adorno en la vestimenta. Pues ciertamente, si el vestir no constituye­ra pecado, Cristo no hubiera observado y mencionado el tra­je de aquel hombre rico en el Evangelio. Como afirma San Gregorio, el dispendio en el vestir es vituperable, por su ca­restía, por su delicadeza, su rareza, su elegancia, su superficia­lidad y por su exagerada parvedad. Por desgracia, ¿por qué los hombres no pueden ver en la actualidad el pecaminoso coste del lujo en el vestir, su superficialidad, y también en su excesiva parvedad?
Por lo que respecta al primer pecado, la exageración en el vestir que tanto lo encarece en perjuicio de la gente radica no sólo en el coste del bordado, los encajes primorosos, las telas listadas, las tiras onduladas, pliegues verticales, dobleces, re­bordes, sino también en parejos despilfarros de vanidad. Igualmente se dan costosos adornos de piel en los vestidos, y numerosas perforaciones con los cinceles para practicar oja­les, y variados recortes de flecos con las tijeras; del mismo modo, los mencionados vestidos, al ser exageradamente lar­gos, los arrastran, tanto los hombres como las mujeres, por las inmundicias y barro, bien a caballo o también a pie, ya que todo lo que se arrastra, al ser gastado, raído y consumi­do, se echa a perder y se consume por el lodo, en vez de dar­lo a los pobres, con el consiguiente daño para los menciona­dos menesterosos.
Todo ello acontece de diversos modos. Cuanto más tela se malgasta, tanto más afecta a la gente, debido a su escasez. Y todavía más: no resulta conveniente el dar vestidos calados y con flequillos a la gente humilde, pues son inadecuados para paliar sus necesidades, a saber, resguardarles de las incle­mencias climáticas.
Por lo que respecta al vicio opuesto, la desordenada y ho­rrible parvedad en el vestir se refleja en esos menguados ves­tidos o jubones, que al ser tan cortos, con depravado propó­sito, no cubren las partes vergonzosas del hombre. Por des­gracia, algunos de ellos muestran el bulto de los órganos genitales y los repelentes miembros henchidos, de modo que se parecen a una hernia, envueltos en sus calzones; y tam­bién hacen ostentación de sus nalgas como si fueran las po­saderas de una mona en plena luna llena.
Incluso más. Los viles y henchidos miembros que se adivi­nan gracias a la moda, al dividir las calzas en rojo y blanco, parece como si se hubieran desollado la mitad de sus órga­nos vergonzosos y secretos; y si colocaran las calzas de otro modo, como blanco y negro, o blanco y azul, o negro y rojo, etcétera, resulta como si, por la diferencia de color, media parte de sus miembros íntimos estuviera infectada por la eri­sipela o el cáncer u otra enfermedad por el estilo. El espec­táculo que proporcionan sus posaderas resulta horripilante, pues esta zona del cuerpo por donde se evacuan los fétidos excrementos se muestra a los demás con orgullo, en detri­mento de la modestia que Jesucristo y sus seguidores guarda­ron en vida de modo palpable.
Con referencia a los exagerados atavíos femeninos, Dios sabe que aunque los rostros de algunas mujeres parezcan muy púdicos y bondadosos, con todo, manifiestan su carác­ter orgulloso y disoluto en los adornos de su vestimenta. No afirmo que la decencia en la indumentaria masculina y feme­nina sea inconveniente, sino que, ciertamente, la superflui­dad y la parvedad exagerada son dignas de reproche.
El pecado del ornato o atavío se encuentra asimismo en el terreno de la equitación, como en las monturas excesivamen­te regaladas, mantenidas por deleite, y que al ser tan primo­rosas y cebadas, resultan muy costosas. Lo mismo vale para los numerosos y viciosos criados mantenidos a causa de los corceles; y también para los lujosos arneses, sillas de montar, gruperas, petos y bridas, recubiertos de ricos paños y hermo­sas barras y láminas de oro y plata. Al respecto afirma Dios por boca del profeta Zacarías: «Confundiré a los jinetes de se­mejantes monturas».
Esta gente no presta atención de qué modo el Hijo del Dios de los cielos cabalgó a lomos de un asno, cuyos úni­cos arreos eran los humildes vestidos de sus discípulos. Tam­poco se lee que jamás utilizara otra montura. Lo menciono para referirlo al pecado de exceso, y no por los que se hacen busto honor en casos razonables.
Y aún más: ciertamente, el orgullo aparece de manifiesto al llevar un séquito numeroso cuando resulta de poca o nula utilidad. A saber, cuando la comitiva es dañina o perjudicial a los demás, por la insolencia de una posición elevada, o por ocupar un cargo. Pues, en verdad, tales señores venden su au­toridad al dios de los infiernos al mantener la maldad de su tropa. O también cuando esta gente de baja condición, como los que cuidan de las posadas, ocultan los hurtos co­metidos por sus empleados con las tretas más diversas. Esta clase de personas son como las moscas que van tras la miel, como los perros que siguen a la presa. Las personas citadas asfixian espiritualmente a sus superiores. Así, pues, afirma el profeta David al respecto: «Una muerte indigna sobrevendrá a tales amos, y Dios les hará descender a los abismos inferna­les, pues en su casa mora la nequicia y la iniquidad», y no el Dios de los Cielos. Y verdaderamente si se enmiendan, así como Dios otorgó su bendición a Labán por los servicios de Jacob, y a Faraón por los servicios de José, así Dios otorgará su maldición a semejantes señores que financian la iniquidad de su servidumbre, a menos que enmienden sus errores.
La soberbia en la mesa se da también con mucha frecuen­cia, pues es cierto que a los ricos se les convida a los banque­tes, mientras que a los pobres se les mantiene apartados o se les aleja de ellos.
Asimismo se da en los excesos de los variados manjares y, especialmente, en las sofisticadas empanadas y platos de car­ne, fuentes flambeadas y decoradas con papiros almenados, y otros dispendios que da vergüenza incluso figurárselos. Al igual que la excesiva suntuosidad de vasos y rebuscado acom­pañamiento musical que excitan todavía más a los placeres lascivos.
Si todo esto implica el distraer el corazón de Nuestro Se­ñor Jesucristo, entonces, ciertamente, es pecado. Y en ver­dad, en este campo, los deleites pueden ser de tal magnitud, que fácilmente inducen a caer al hombre en pecado mortal.
Es indudable que las ramificaciones derivadas del orgullo, a saber, cuando proceden de la malicia premeditada, cons­ciente y querida, o del hábito, constituyen pecado mortal.
Ahora nos podríamos preguntar de dónde procede y nace el orgullo. Respondo que, en ocasiones, se deriva de los be­neficios de la Naturaleza y, a veces, de los de la Fortuna y, en ocasiones, de la Gracia. Es cierto: los beneficios de la Na­turaleza consisten en los bienes corporales y espirituales. Ciertamente los beneficios corporales son la salud, la fuerza, la actividad, la belleza, la alcurnia y la libertad. Los bienes de la Naturaleza referidos al espíritu son: la cordura, la agu­deza intelectual, el ingenio sutil, las facultades naturales y una memoria feliz. Los bienes de la Fortuna se basan en las riquezas, los elevados puestos de autoridad y los honores de la gente. Los bienes de la Gracia están formados por la sabi­duría, la capacidad de soportar aflicciones espirituales, la bondad, la meditación, la resistencia a las tentaciones y co­sas por el estilo.
Ciertamente gran locura sería cifrar su orgullo en cualquie­ra de estos beneficios que se han mencionado con anteriori­dad. Por lo que respecta a los favores de la Naturaleza, Dios sabe que a veces los poseemos tanto para nuestro perjuicio como para provecho propios. En lo referente a la salud cor­poral, por cierto harto efímera, también da pie muy a menu­do a la enfermedad espiritual. Pues Dios sabe que la carne es enemiga encarnizada del espíritu, y, por consiguiente, cuan­to más sano está el cuerpo, más estamos en peligro de caer. Asimismo extrema locura constituye el enorgullecerse de la fortaleza fisica, pues ciertamente la carne codicia en contra del espíritu, y cuanto más fuerte ésta sea, más enferma puede resultar aquélla.
Y además de todo esto, la fortaleza fisica y la intrepidez mundanas originan frecuentemente peligros y desgracias para muchas personas. También el enorgullecerse de la no­bleza de cuna constituye gran locura, pues muy a menudo la alcurnia despoja al alma de su nobleza. Todos procedemos de una madre y un padre; todos, tanto ricos como pobres, procedemos de una naturaleza infecta y corrupta. Pues, de hecho, la nobleza digna de encomio es la que adorna la dis­posición natural del hombre con cualidades y virtudes. Pues creed que, por poder que tenga, el hombre pecador se con­vierte en esclavo del pecado.
Los indicios comunes de nobleza son: el alejamiento del vicio y de la bajeza y servidumbre del pecado de palabra, obra y apariencia; asimismo, el ejercicio de la virtud, de la de­licadeza y de la pureza, y el ser liberal, a saber, generoso con moderación, pues el que se excede en la mesura es un loco y un pecador. Otro indicio estriba en recordar los beneficios recibidos de los demás y en ser clemente con los súbditos buenos. Sobre ello Séneca afirma: «No hay nada más adecua­do a un hombre de elevada posición que la conveniencia y piedad. Y, por consiguiente, estas moscas que los hombres denominan abejas, al nombrar a su reina, escogen a una sin aguijón para que no pueda picar».
Otro se basa en que uno posea un corazón noble y dili­gente para lograr metas virtuosas y elevadas. Pues verdadera­mente es completa locura que uno se enorgullezca de los dones de la gracia, ya que esos dones espirituales, que le de­bieran haber inclinado a la bondad y a su curación, se con­vierten para él, tal como afirma San Gregorio, en veneno y confusión.
También el que se envanece de los bienes de la Fortuna está loco de remate. Pues, en ocasiones, uno es por la maña­na un gran señor, y antes del anochecer se convierte en un miserable y desgraciado. A veces, también, la prosperidad material ocasiona la muerte. En algunas circunstancia los pla­ceres son origen de una grave enfermedad que acarrea la muerte. Ciertamente la aprobación del vulgo es con frecuen­cia demasiado falsa y frágil para fiarse de ella: hoy alaban, mañana vituperan. Dios lo sabe: el ansia de la aprobación del vulgo ha ocasionado la muerte a muchos hombres prós­peros.

Remedios contra el pecado de soberbia

Puestas así las cosas, una vez enterados de lo que sea el or­gullo, de sus clases y de sus causas y orígenes, comprenderéis la naturaleza del remedio contra el pecado de soberbia: la humildad o mansedumbre. Esa es una virtud por la cual uno adquiere el genuino conocimiento de si mismo, y no tiene estimación ni aprecio alguno por lo que respecta a sus méri­tos, y siempre tiene en cuenta su fragilidad.
Se dan tres clases de humildad: la humildad del corazón, la humildad de palabra y la de obras. La humildad del cora­zón se subdivide en cuatro. La primera, cuando uno se con­sidera a sí mismo indigno ante el Dios de los Cielos; la se­gunda se da cuando no se desprecia a nadie; la tercera, cuan­do uno no se preocupa de que los hombres le tengan en estima; la cuarta, cuando no se entristece si le humillan.
La humildad de palabra es de cuatro clases: la moderación y sencillez en el hablar, el confesar de palabra lo que él real­mente es en su corazón, y el alabar la bondad ajena sin disi­mularla.
La humildad en el obrar se divide también en cuatro cla­ses. La primera consiste en colocar a los demás antes que a uno mismo; la segunda, en escoger el lugar más bajo de to­dos; la tercera, en aceptar un buen consejo con agrado; la cuarta, en aceptar de buen grado las decisiones de sus jefes o superiores. Ciertamente, éste es un proceder eminentemente humilde.

Sigue la envidia

Después de la soberbia, paso a referirme al desagradable pecado de la envidia, que, según palabras de los sabios, es el pesar por la prosperidad ajena y, según escribe San Agustín, es el dolor por la prosperidad y la alegría por el mal ajenos. Este vil pecado se opone francamente al Espíritu Santo. Aun­que todo pecado va contra el Espíritu Santo, sin embargo, por cuanto en tanto la bondad corresponde al mismo Espíri­tu, y la envidia se deriva propiamente de la malicia, ataca, por consiguiente, frontalmente, a la bondad del susodicho espíritu.
Esta malicia es de dos especies, a saber: empecinamiento del corazón en la maldad; en tal caso la carne del hombre se toma tan ciega, que uno no considera que ha pecado ni se preocupa de haberlo cometido: es el atrevimiento demonía­co. La otra clase de malicia se da cuando se lucha contra la verdad a sabiendas de que lo es, y también cuando se com­bate la gracia que Dios ha otorgado a su prójimo. Todo ello a causa de la envidia.
Ciertamente, la envidia es el peor de todos los pecados. In­dudablemente, los restantes pecados atentan, en ocasiones, contra una sola virtud en concreto; mas la envidia se opone a todas las virtudes y bondades, pues es el pesar por lo bue­no de los otros; y en esto se diferencia de los restantes peca­dos. Difícilmente existe algún pecado, si exceptuamos a la envidia con su inherente carga de angustia y dolor, que no conlleve algún deleite.
Voy a enumerar a continuación las diferentes clases de en­vidia. En primer lugar está el dolor por la bondad y prosperi­dad ajenas. Por su naturaleza, la prosperidad es materia de alegría; luego la envidia es un pecado contra la Naturaleza. La segunda clase de envidia es la alegría por el mal ajeno, la cual asemeja a uno al diablo, que siempre se alegra del daño causado a los demás. La calumnia procede de estas dos cla­ses, y este pecado de calumnia o detracción es de diversas es­pecies.
Algunos hombres alaban al prójimo con depravada in­tención, pues siempre tienen por finalidad el urdir intri­gas. Siempre encuentran un «pero» final que tiene más va­lor de vituperio que todo el resto del encomio. La segun­da variedad consiste en que si un hombre es bondadoso y hace o dice algo con buena intención, el calumniador ter­giversará todo lo bueno para satisfacer sus perversos desig­nios. La tercera consiste en disminuir la bondad de su pró­jimo. La cuarta clase de calumnia es ésta: si uno habla bien de otro, entonces, para despreciar a aquel que recibe la alabanza de los hombres dirá el calumniador: «A fe mía, fulano de tal es todavía mejor que él.» La quinta cla­se consiste en asentir y escuchar con alegría la maledicen­cia sobre otras personas. Este pecado es muy grave y siem­pre se incrementa según el malvado propósito del calum­niador.
Después de la calumnia sigue la difamación o murmura­ción. A veces tiene su origen en la impaciencia hacia Dios o hacia el hombre. Es contra Dios cuando uno se lamenta de las penas del infierno o de la pobreza o de la pérdida de ri­quezas, o de las lluvias y tempestades, o maldice de que los malvados gocen de prosperidad, o de que los hombres justos sufran adversidades. Y todas estas cosas deben padecerlas los hombres con paciencia, ya que provienen del recto juicio y disposición divinos.
Algunas veces las quejas provienen de la avaricia, como cuando judas se lamentó de que la Magdalena ungiese la ca­beza de Nuestro Señor Jesucristo con un ungüento precio­so. Esta clase de murmuración es la que se da cuando un hombre maldice del bien que hace o cuando se lamenta de sus bienes.
A veces la murmuración dimana del orgullo, como cuan­do Simón el Fariseo murmuró de que la Magdalena se acer­cara a Jesús y se arrojara a sus pies para llorar sus pecados.
En otras ocasiones la murmuración procede de la envidia, al descubrirse una falta oculta de alguien o acusarle de algo que es falso.
La murmuración también se da entre los criados que se quejan cuando sus amos les ordenan ejecutar tareas razona­bles; y a pesar de que no se atreven a resistirse abiertamente a los mandatos de sus amos, sin embargo, hablan mal, se la­mentan y murmuran con verdadero desprecio. Semejantes comentarios reciben, por parte de la gente ignorante, el ape­lativo de Padrenuestro del diablo, aunque está claro que el diablo jamás tuvo un Padrenuestro. En ocasiones las quejas se derivan de la ira o cólera secretas que, como luego explica­ré, alimentan el odio en el corazón.
A continuación también viene la amargura de corazón, por la cual cualquier buena obra ajena le parece a uno amar­ga y desabrida. Sigue luego la discordia, que desata toda cla­se de amistad. A renglón seguido, el desdén hacia el prójimo, por bien que éste actúe siempre. Sigue la acusación. Por ella uno siempre busca ocasión de molestar al prójimo. Es ésta ocupación semejante a la del diablo, siempre, día y noche, al acecho para acusarnos.
Sigue la malignidad. Mediante ella se busca molestar al prójimo en privado si se puede, y, en caso contrario, no se ponen reparos hasta, incluso, en quemar su vivienda furti­vamente, o envenenar o sacrificar su ganado, y cosas seme­jantes.

Remedios contra los pecados de envidia

Ahora mencionaré los remedios contra el desagradable pe­cado de la envidia. El primero y más importante consiste en amar a Dios y al prójimo como a uno mismo, pues, cierta­mente, no se puede dar uno sin el otro. Y considera que por prójimo debes entender el nombre de tu hermano. En ver­dad, todos poseemos un padre y una madre carnales, es de­cir, Adán y Eva; y también un padre espiritual, a saber, el Dios de los Cielos. Todos estamos obligados a amarlo y de­searle todos los bienes. Y, en consecuencia, afirma Dios: «Ama a tu prójimo como a ti mismo», es decir, hasta la salva­ción de su vida y de su alma.
Todavía más. Le amarás de palabra, le amonestarás y corre­girás con dulzura, le confortarás en sus aflicciones, y rogarás por él con todo tu corazón. Y le amarás de obra de tal suer­te que por amor le harás a él lo que quisieras te hicieran a ti. Y, por consiguiente, no le lastimarás corporalmente, ni le da­ñarás de palabra, ni a sus bienes, ni a su alma, incitándole con ejemplos malvados. No desearás a su mujer ni a sus po­sesiones. También debes comprender que bajo el nombre de prójimo es preciso incluir a los enemigos.
Ciertamente, el hombre tiene la obligación de amar a su enemigo por mandato divino. En efecto, debes amar a tu amigo en Dios. Te lo digo, amarás a tu enemigo por amor de Dios, por su mandato. Pues si resultara razonable que un hombre odiara a su enemigo, Dios no nos recibiría en su amor, pues serían sus enemigos.
Para contrarrestar los tres agravios que el enemigo nos in­fiere, uno debe corresponder de tres modos. A saber, contra el odio y rencor de corazón, debe colocar el amor de cora­zón. Contra las reprensiones y palabras dañinas, orará por su enemigo. Y responderá con buenas obras a las malvadas de su enemigo.
Pues Cristo afirma: «Amad a vuestros enemigos, orad por los que os maldicen, y también por los que os acosan y per­siguen; y haced el bien a los que os odian». Mira, pues, cómo nos manda Jesucristo que nos comportemos con nues­tros enemigos. Pues ciertamente la Naturaleza nos incita a amar a nuestros amigos, y en verdad que nuestros enemigos tienen más necesidad de amor que nuestros amigos. Y, de he­cho, los hombres deben volcarse en hacer el bien a los más necesitados, pues, al obrar así, rememoramos el amor de Jesucristo, que murió por sus enemigos. Y cuanto más difícil de cumplir resulta este amor, tanto más grande es el mérito, y, por consiguiente, el amor de Dios ha contrarrestado el ve­neno diabólico.
Pues así como el diablo es derrotado por la humildad, igualmente el amor hacia nuestros enemigos le hiere mortal­mente. Con certeza, pues, el amor es el medicamento que arroja el veneno de la envidia fuera del corazón del hombre. Las subdivisiones de esta sección se explican con más detalle en los siguientes apartados.

Sigue la ira

Después de la envidia paso a describir el pecado de ira. Porque, sin duda, aquel que siente envidia de su prójimo, en­contrará de inmediato en él un objeto de ira, de palabra o de obra. Y la ira procede tanto de la soberbia como de la envi­dia, pues aquel que es orgulloso o envidioso se torna iracun­do con facilidad.
Este pecado de ira, tal como lo describe San Agustín, con­siste en la malvada voluntad de vengarse de palabra o de obra. Según los sabios, la ira es la ardiente sangre de un cora­zón inflamado, por la cual uno quiere causar daño a aquel que odia.
Pues, en efecto, el corazón del hombre, por el enardeci­miento en incitación de su sangre, se vuelve tan desordena­do, que pierde el control de su juicio y de su razón.
Comprenderéis con facilidad que la ira es de dos clases. Una de ellas es buena; la otra, maligna. La primera consiste en el celo por el bien, a través del cual uno se irrita contra la maldad; y, en consecuencia, un hombre prudente afirma que la ira es mejor que la mofa. Esta variedad de ira nace de la be­nignidad y carece de amargura; no es ira contra el hombre, sino contra sus pecados. Lo afirma el profeta David: «Estre­meceos, pero no pequéis».
La ira maligna es de dos clases, a saber: súbita o arrebata­da, sin advertencia o consentimiento de la razón. El signifi­cado o sentido de esto es que la razón humana no asiente a esta ira arrebatada, y, por consiguiente, es pecado venial. Otra ira -muy aviesa por cierto- es la derivada de la cruel­dad del corazón, con premeditación y deliberación, con ma­ligna intención de venganza. Y si la razón consiente, enton­ces se comete pecado mortal. Esta ira no resulta muy agrada­ble a los ojos de Dios: perturba su morada y expulsa al Espíritu Santo del corazón del hombre, y aniquila y destruye la semejanza con Dios -es decir, la gracia que reside en el alma humana- e inserta en él la semejanza con el diablo, alejando al hombre del Creador, su legítimo dueño.
Esta ira otorga al diablo verdadero placer: es el horno de­moníaco que se enciende con el fuego del infierno. Pues, sin duda, así como el fuego resulta más eficaz que cualquier otro medio para destruir los objetos materiales, así la ira es pode­rosa para aniquilar todas las cosas espirituales. Considera cómo esa hoguera de pequeñas ascuas casi amortiguadas bajo las cenizas se reaviva en contacto con el azufre. Así, igualmente, la ira se avivará de nuevo en contacto con el or­gullo que recubre el corazón humano. Pues, evidentemente, el fuego no se origina de la nada, sino que reside en la mis­ma cosa de forma natural: el fuego se obtiene del pedernal y del hierro.
De igual suerte acontece con el orgullo: a menudo origina la ira, como el rencor la alimenta y fomenta. Hay una espe­cie de árbol, afirma San Isidoro, que cuando el hombre hace fuego con él, y recubre sus carbones con cenizas, la ho­guera dura un año o más. Así acontece con el rencor. Cuan­do anida en el corazón del hombre, dura ciertamente quizá de una a otra Pascua o más. Pero sin duda que semejante hombre, durante este periodo, está muy alejado de la miseri­cordia de Dios.
La anteriormente mencionada hoguera diabólica está ali­mentada por tres malvados: el orgullo, que siempre enciende y aviva el fuego con palabras aviesas y contenciosas; sigue la envidia, que mantiene un hierro candente en el corazón hu­mano con un par de largas tenazas de hondo rencor; y final­mente, el pecado de rebelión, o pendencia y querella, que lo azuza y forja con aviesos reproches.
Este maldito pecado perjudica tanto al hombre mismo como a su prójimo. Pues, sin duda, casi todo el daño que el hombre ocasiona a su prójimo proviene de la ira. En verdad, la ira desatada hace ejecutar todo lo que el diablo ordena, pues no deja a salvo ni a Cristo ni a su dulce Madre.
Y, por desgracia, con este enfado o ira desatados, muchos sienten su corazón lleno de inquina hacia Jesucristo y hacia sus santos. ¿No es éste acaso un pecado perverso? Cierta­mente lo es. Por desgracia, priva al hombre de su entendi­miento y razón, y de toda la bondad de su vida espiritual que debería proteger a su alma. Sin duda, también le arrebata el debido señorío del bien, que reside en el alma del hombre, y el amor al prójimo. Asimismo lucha siempre de continuo contra la verdad, le roba la paz de su corazón y trastorna su alma.
De la ira se originan esos pestilentes engendros. En primer lugar, el odio, que es la antigua ira; luego, la discordia, por la cual uno deja a su antiguo amigo al que ha amado tanto tiempo. A continuación vienen las guerras, y todos los perjuicios -tanto corporales como materiales- que uno oca­siona al prójimo.
De este maldito pecado de ira también proceden los ho­micidios. Comprended que el homicidio, es decir, el asesina­to, se ejecuta de formas diversas. Algunos homicidios son es­pirituales; otros, corporales.
El homicidio espiritual es de tres especies. La primera pro­cede del odio. Tal como afirma San Juan: «El que odia a su hermano es un homicida». La difamación es también ho­micidio. De los maledicentes afirma Salomón que tienen dos espadas con las cuales exterminan a sus prójimos. Pues, sin duda, tan avieso resulta arrebatar su buen nombre como su vida. También es homicidio el dar un consejo malvado y fraudulento y el imponer impuestos y tributos dañinos. So­bre ello afirma Salomón: «Estos crueles señoríos son como leones rugientes y hambrientos», pues retienen o recortan las pagas, salarios o gajes de sus sirvientes, o también practi­can la usura o se abstienen de dar limosnas a los menestero­sos. Por ello, el hombre sabio afirma: «Alimentad a aquel que está a punto de perecer de hambre»; si no lo alimentas, lo sacrificas. Y todos éstos son pecados mortales.
El homicidio corporal se produce de cuatro formas. Uno es legal: la justicia condena a muerte a un culpable. Sin em­bargo, cuide la justicia en obrar correctamente, y que no lo haga por el placer de verter sangre, sino para mantener la ley. El segundo homicidio es el de necesidad. En tal caso uno mata a otro -no hay otro modo de evitar la muerte- en de­fensa propia. Pero resulta indudable que si se puede uno es­capar sin dar muerte a su atacante y lo mata, comete pecado, y deberá hacer penitencia por pecado mortal.
También si un hombre por azar o por casualidad lanza una piedra con la que mata a un hombre, es un homicida. Igualmente, si una mujer se acuesta sobre su hijo durante la noche por negligencia, es una homicida y comete pecado mortal. Asimismo si uno impide la concepción de un ser, y vuelve estéril a una mujer mediante brebajes de hierbas vene­nosas -por culpa de ellas no puede concebir- o da muer­te a un niño con brebajes emponzoñados, o introduce cier­tos objetos en sus partes privadas para matar al feto, o peca contra la Naturaleza -el hombre o mujer arroja el esperma de modo o lugar que la concepción no se pueda llevar a cabo-, o si una mujer que ha concebido asesina a su hijo dañándose a sí misma, es homicida.
¿Qué decir también de las preñadas que asesinan a sus hi­jos por el temor del qué dirán? Sin duda, es un horrendo ho­micidio. También es homicidio si un hombre se acerca a una mujer con deseos lujuriosos, y por ello el niño perece, o tam­bién si golpea a sabiendas a una mujer, lo que ocasiona la muerte del niño. Todos estos actos son homicidios y horren­dos pecados mortales.
De la ira también se derivan muchos otros pecados, tanto de palabra como de pensamiento y obra. Por ejemplo, aquel que vitupera a Dios, o le echa las culpas por algo de lo que sólo él es culpable, o desprecia a Dios y a sus santos, como hacen esos malditos jugadores en numerosas comarcas. Co­meten este maligno pecado cuando albergan en su corazón sentimientos de entera maldad hacia Dios y sus santos. Tam­bién, cuando tratan de forma irreverente al sacramento euca­rístico: este pecado es de tal gravedad, que a duras penas pue­de ser perdonado, si no fuese que la misericordia de Dios so­brepasa a todas las acciones. Tan grande y benigno es Él.
De la ira también se deriva la furia venenosa. Cuando a uno se le amonesta en la confesión a abandonar el pecado, entonces se pone iracundo y contesta con menosprecio y en­fado, y defiende y excusa su pecado por la debilidad de su carne, o por haber pecado para congraciarse con sus camara­das, o también, dice, porque el maligno le sedujo; o que lo hizo por su juventud, o porque era de temperamento tan fo­goso que no se pudo controlar, o que tal es su destino a cier­ta edad; o porque asegura se deriva de la casta de sus antepa­sados y otras cosas por el estilo.
La gente de tal clase se recubre de tal forma con sus peca­dos, que no quiere desembarazarse de ellos. Pues, sin duda, ninguna persona que se autoexcusa arteramente de sus peca­dos podrá liberarse de ellos hasta que los reconozca humilde­mente.
Después de este pecado viene el de jurar, que va directa­mente contra el mandamiento de Dios: esto acontece a me­nudo por ira y por cólera. Dios declara: «No tomarás el nom­bre de Dios en vano». También Nuestro Señor Jesucristo afirma en palabras de San Mateo: «No juréis de ninguna ma­nera: ni por el Cielo, pues es el trono de Dios, ni por la Tie­rra, pues es el escabel de sus pies, ni por Jesucristo, pues es la ciudad del gran Rey. Ni tampoco juréis por vuestra cabeza, pues no está en vuestra mano el hacer blanco o negro un solo cabello. Sea, pues, vuestro modo de hablar sí sí, no no; que lo que pase de esto, de mal principio proviene».
Por amor de Cristo no juréis tan pecaminosamente de modo que desmembréis de modo inicuo el alma, corazón, huesos y cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo. Pues, cierta­mente, parece que os figuráis que los malvados judíos no desmembraron ya suficientemente la preciada persona de Cristo para que todavía lo hagáis vosotros.
Si aconteciera que la ley os impeliera a prestar juramento, guiaros entonces por la ley de Dios, tal como dice Jeremías en el capítulo cuarto: «Observarás tres condiciones: jurarás con verdad, con justicia y con rectitud». Es decir, jurarás en verdad, pues toda mentira va contra Jesucristo, ya que Cristo es la verdad misma. Y piensas bien esto: que todo aquel que jura sin estar obligado por la ley conservará en su casa esta plaga mientras cometa juramentos ilegítimos.
Jurarás también con justicia cuando estés obligado por tu juez a ser testigo de la verdad. Tampoco jurarás ni por envi­dia, ni por favor, ni por soborno, sino por rectitud y para de­clarar, para gloria de Dios y ayuda de los cristianos. Y, en con­secuencia, todo hombre que toma el nombre de Dios en vano, jura de palabra en falso, toma sobre sí mismo el nom­bre de Cristo para llamarse cristiano, y no vive de acuerdo con los ejemplos de Cristo y sus enseñanzas, toma el nom­bre de Dios en vano.
Considera también lo que San Pedro afirma en los Hechos (cap. IV): Non est aliud nomen sub coelo, etc. «No hay otro nombre -afirma San Pedro-- bajo el cielo dado a los hom­bres por el cual puedan ser salvos.» Es decir, por el nombre de Jesucristo. Considerad también cómo por el preciado nombre de Cristo, como afirma San Pablo en su Epístola a los filipenses (cap. II): E nomine Jesu, etc. «Que al nombre de ] esús se doblen todas las rodillas de los seres celestiales, o terrenos, o de los infiernos, pues es tan sublime y digno de reverencia, que el maligno en los infiernos tiembla al oírlo».
Entonces parece que los hombres juran tan horriblemente por su nombre, lo desprecian todavía con más atrevimiento que los malvados judíos, o incluso el diablo, que al oír su nombre tiembla.
Así, pues, ya que el jurar, a menos que sea en juicio, está tan terminantemente prohibido, mucho peor será el hacerlo en falso y sin necesidad. ¿Qué vamos a decir de aquellos que se deleitan en jurar y consideran esa costumbre como varo­nil y novedosa y que no cesan de formular grandes juramen­tos, aunque sea por una causa fútil? Sin duda, es éste un ho­rrible pecado.
El jurar repetidamente sin premeditación es también peca­do. Pero consideremos ahora el horrendo pecado del exorcis­mo y del conjuro, tal como hacen esos falsos exorcistas y practicantes de la nigromancia en baldes de agua o sobre ob­jetos relucientes, círculos, o sobre la hoguera o un omóplato de oveja. Sólo puedo afirmar que obran con maldad y de modo condenable en contra de Cristo y de la fe de la Santa Iglesia.
¿Qué vamos a decir de los que creen en las adivinaciones a través del canto o del vuelo de los pájaros, o de las bestias, o en el echar suertes, o en el chirriar de las puertas o en el crujir de las casas, en las roeduras de los ratones y otras vile­zas semejantes? Ciertamente, todo esto lo prohíbe Dios y la Santa Iglesia. Todos los que se adhieren a estas inmundas creencias están recusados hasta que se enmienden. Los he­chizos para las heridas y enfermedades humanas o animales, caso de surtir algún efecto, es por un azar tolerante de Dios, por lo que la gente debería dar más crédito y reverencia a su nombre.
Mencionaré, acto seguido, a la mentira que, por lo co­mún, resulta de utilizar una palabra con falso significado con el propósito de engañar a los correligionarios. Algunas men­tiras no producen ventaja alguna a nadie; otras originan bie­nestar y provecho a uno y malestar y perjuicio a otro. Otras veces se miente para salvaguardar la vida o la hacienda. Otras se miente por el placer de mentir, y, a tal efecto, urdirán una lar­ga trama que adornarán con todo detalle, a pesar de que todo es falso. Otras mentiras se derivan del mantener la pala­bra; otras, de la ligereza impremeditada y cosas por el estilo.
Vayamos ahora al vicio de la adulación, que no fluye vo­luntariamente a no ser por temor o por codicia.
La adulación consiste en una falsa alabanza. Los adulado­res son las nodrizas diabólicas que alimentan a sus hijos con la leche de la lisonja. Pues es verdad que Salomón afirma que la lisonja es peor que la detracción. A veces la detracción convierte en más humilde a un hombre arrogante por temor a la misma detracción. Es cierto que la adulación vuelve al hombre más altanero de pensamiento y de porte. Los adula­dores son los hechiceros diabólicos, pues hacen pensar a uno de si mismo que no hay nadie comparable a él. Son como ju­das: traicionan a uno para venderlo a sus enemigos, es decir, al diablo. Los aduladores son los capellanes diabólicos que cantan el Placebo. Detecto la adulación en los pecados de ira, pues, a menudo, si un hombre está encolerizado con otro, entonces adulará a alguien para que le apoye en su lucha.
Mencionaremos a continuación las maldiciones que bro­tan de un corazón iracundo. En general, la maldición consis­te en todo género de potencia dañina. El maldecir de este modo despoja al hombre, tal como afirma San Pablo, del rei­no de Dios. Y muy a menudo, ésta recae sobre el mismo maledicente, cual pájaro que regresa de nuevo a su mismo nido. En particular, los hombres han de evitar maldecir a sus hijos y entregar su propia prole al diablo, en cuanto a ellos corresponda: el hacerlo es ciertamente peligroso y constituye pecado grave.
Hablemos a continuación de la querella y de los repro­ches, que constituyen gravísimas heridas en el corazón hu­mano, pues deshacen las costuras de la amistad en el corazón del hombre. Porque, en efecto, a duras penas puede alguien estar de acuerdo con aquel que, mediante la calumnia, le ha injuriado e increpado abiertamente. Como afirma Jesús en el Evangelio, es gravísimo pecado.
Y considérese igualmente al que censura a los demás o reprocha a otra persona algún triste defecto corporal, como «leproso», «jorobado», «villano» o algún pecado cometido. Si le reprocha el daño que sufre, entonces dirige la repri­menda a Jesucristo Nuestro Señor, pues el mal es fruto de un justo y consentido mensaje divino, sea la lepra, lesión o enfermedad.
Si se censura implacablemente al hombre por su pecado llamándole «lascivo», «borrachín» y otros calificativos por el estilo, en este caso cae en la regocijada esfera del demonio, que siempre se alegra cuando el hombre peca. Sin duda, la censura sólo puede brotar de un corazón vil: con mucha fre­cuencia, de la abundancia del corazón habla la boca.
Y debéis comprender esto: siempre que un hombre deba reprender a otro, ha de evitar la censura y el reproche. Pues, ciertamente, si no adopta precauciones, puede reavivar con suma facilidad el fuego de la ira y de la cólera, en vez de apagarlo, y quizá sacrifique a aquel a quien pudo corregir con benevolencia. Tal como afirma Salomón: «Una lengua afable es el árbol de la vida», a saber, la vida espiritual.
Indudablemente, un deslenguado mata el alma del que censura y también del censurado. Observad la advertencia de San Agustín: «No existe nada tan parecido al hijo del diablo como aquel que regaña con frecuencia.»
San Pablo también añade: «El reprender no es adecuado a un siervo de Dios». Y ya que la riña es cosa villana entre toda suerte de gentes es, sin duda, todavía más impropia en­tre marido y mujer, pues entonces jamás reina la tranquili­dad. Y por tal motivo comenta Salomón: «Casa descubierta y con goteras y mujer reñidora son parejas». El hombre que mora en casa con muchas goteras, aunque evite las de un lugar, otras caerán sobre él en otro sitio. Así acontece con la mujer reñidora: si no riñe con él en una ocasión, lo hará en otra. Y así, «mejor es un bocado de pan con alegría que casa llena de suculencias con discordias», manifiesta Salomón. Tal como dice San Pablo: «¡Oh vosotras, mujeres, permaneced sujetas a vuestros maridos de modo convenien­te! Y vosotros, esposos, amad a vuestras esposas» (A los colo­senses, cap. III).
Pasemos, acto seguido, a mencionar el desprecio. Es éste un depravado pecado, especialmente cuando se desprecia a un hombre por su bien obrar. Ya que, ciertamente, los que desprecian se comportan como el repugnante sapo, que es incapaz de soportar el suave aroma de una vid en flor. Estos desdeñosos son copartícipes del diablo, ya que sienten gran alegría si el demonio gana y gran pena si sale derrotado. Son enemigos de Jesucristo, pues odian lo que Él ama, es decir, la salvación de las almas.
Hablemos ahora del mal consejo. Aquel que da un mal consejo es un traidor, ya que engaña a quien en él confía, como Achitofel a Absalón. Pero, no obstante, un mal con­sejo opera, en primer lugar, contra él mismo. Como afirma el sabio, toda falsa forma de vida tiene una propiedad inhe­rente: que al pretender dañar a otro hombre se perjudica a sí mismo en primer lugar. Y es preciso saber que el hombre no ha de recibir consejo de personas mentirosas, ni de gente ira­cunda ni apesadumbrada, ni de la que notoriamente ama su propio provecho de modo desmesurado, ni de la excesiva­mente mundana, en especial por lo que se refiere a los con­sejos espirituales.
Viene ahora el pecado de los sembradores e introductores de discordia entre su prójimo -pecado éste que Jesucristo aborrece de plano. Cosa nada sorprendente, pues Él mismo murió para pacificar. Infieren ellos a Jesucristo mayor afrenta que quienes le crucificaron, pues Dios quiere que la armonía reine entre los hombres, ya que la estimó más que a su pro­pio cuerpo, entregado por la unidad. Por consiguiente, los que están dispuestos a sembrar la discordia son comparables al diablo.
Viene luego el pecado de doblez en el que incurren los que hablan bien ante los demás y mal detrás de ellos; y tam­bién los que aparentan hablar con buenas intenciones o por chanza o broma y, con todo, albergan torcidos propósitos.
También está el que divulga confidencias, y es uno, por ende, difamado. De hecho, es muy difícil resarcirse de los daños.
La amenaza, que viene a continuación, es una tremenda locura, pues el que amenaza a menudo, amaga, en muchísi­mas ocasiones, más de lo que puede llevar a cabo.
¿Y qué decir de las palabras ociosas? El que las profiera, al igual que el que las oye, no obtiene provecho alguno. Pues por palabras ociosas entendemos las que no son necesarias o sin intención de obtener algún provecho natural. Y aunque esas palabras ociosas constituyen pecado venial, con todo, deberíamos desconfiar, ya que de ellas daremos cuenta a Dios.
Sigue después la murmuración, que siempre es pecado. Como afirma Salomón: «Es un pecado de completa locura.» Y, por consiguiente, cuando a un sabio le preguntaron cómo los hombres pueden agradar a sus congéneres, él les contes­tó: «Obrad con frecuencia el bien, y murmurad poco». ­
A continuación viene el pecado de los burlones, que son los monos diablo, pues hacen reír a la gente con sus gracias, como con las monadas de aquellos animales. San Pa­blo prohíbe este proceder. Considerad cómo esas santas y virtuosas palabras confortan a los que se esfuerzan al ser­vicio de Jesucristo. Así las malvadas palabras y pullas de los chistosos confortan a los que están al servicio del diablo. Todos estos pecados de la lengua se derivan de la ira y de otros vicios.

Siguen los remedios contra los pecados de ira

El remedio contra la ira es la virtud que los hombres lla­man mansedumbre. Ésta consiste en la afabilidad y también en lo que se ha venido a denominar paciencia o tolerancia.
La afabilidad aleja y modera las apetencias y apetitos ínti­mos de la naturaleza humana de tal modo que no surgen ni por cólera ni por ira. La resignación acepta como manse­dumbre todas las molestias e injusticias provenientes del hombre que afectan al exterior de la persona.
San jerónimo afirma, por consiguiente, que la afabilidad no causa ni dice daño a nadie, ni por cosa dañina que los hombres hagan o digan, no se enciende contra la razón. Esta virtud es, a veces, natural, pues, como afirma el filósofo, el hombre es muy sensible, de natural afable y capaz de ser di­rigido hacia la bondad; pero cuando la afabilidad está con­formada por la gracia, entonces es todavía más paciente.
La paciencia -el otro remedio contra la ira- es una vir­tud que soporta con dulzura todas las cualidades humanas y, al mismo tiempo, no se irrita por mal alguno que se le oca­siona. El filósofo afirma que «la paciencia es aquella virtud que soporta con agrado todos los ultrajes de la adversidad y todas las palabras malignas». Esta virtud hace al hombre se­mejante a Dios y lo transforma en hijo predilecto suyo, tal como afirma Jesucristo.
Tal virtud desconcierta a tu enemigo, pues, tal como explica el hombre sabio: «Aprende a sufrir si quieres vencer a tu enemigo».
Y has de saber que el hombre soporta cuatro tipos de agra­vios exteriores. Contra ellos debe adoptar cuatro formas de paciencia.
El primer agravio procede de las palabras malignas. Este es el agravio que Jesucristo sufrió sin quejarse, con toda pacien­cia, cuando los judíos le despreciaron y reprendieron con tanta frecuencia. Soporta, pues, pacientemente, ya que el hombre sabio afirma que «si luchas con un necio, por más que éste esté alegre o iracundo, no tendrás descanso».
El otro agravio exterior consiste en causar perjuicio a tus propiedades. Esto lo sufrió Jesucristo con mucha paciencia al ser despojado de todas sus posesiones en vida, sus vestidos incluidos.
El tercer agravio consiste en dañar el cuerpo de alguien. Eso lo padeció Cristo durante toda su pasión con gran man­sedumbre. La cuarta afrenta es el ultraje de obra. Por consi­guiente, afirmo que la gente que somete a sus subordinados a trabajos excesivos, o en días inadecuados, como en los fes­tivos, comete ciertamente pecado grave. Eso mismo también lo padeció Jesucristo de modo muy paciente, y con ello nos enseñó a tener resignación, al llevar sobre sus benditos hom­bros la cruz en la que iba a sufrir muerte ignominiosa. De ello la Humanidad puede aprender a ser paciente, pues cier­tamente no sólo los cristianos son pacientes por el amor de Jesucristo y por el galardón de la vida beatífica perdurable; de hecho, los mismos paganos que jamás fueron cristianos recomendaron y practicaron esta virtud.
En cierta ocasión un sabio que quería azotar a un discípu­lo suyo por un importante error que le había irritado sobre­manera trajo un bastón para azotar al niño. Cuando éste vio el bastón, le espetó a su maestro:
-¿.Qué piensas hacer?
-Te voy a azotar para que te enmiendes -le replicó su maestro.
Verdaderamente -contestó el niño-, primero debes corregirte a ti mismo por haberte impacientado por culpa de un niño.
-Gran verdad es ésta -comentó el maestro con grandes lloros-. Hijo mío, aquí tienes el bastón y corrígeme por mi poca paciencia.
De la paciencia se deriva la obediencia, por la cual el hom­bre es sumiso a Cristo y a todos aquellos a quienes debe ser obediente en Cristo. Y acepta perfectamente que la obe­diencia entera implica el ejecutar voluntariamente y con prontitud, con alegría de corazón, todas sus obligaciones. Mediante esta virtud llevamos a la práctica la doctrina de Dios y de los superiores, a los cuales debemos someternos con toda justicia.

Sigue la pereza

Después del pecado de ira y envidia, mencionaré el de la pereza. Pues si la envidia ciega el corazón del hombre, y la ira lo desestabiliza, la acidia o pereza le toma pesado, malhumo­rado y colérico. La envidia y la ira dejan un poso de amargu­ra en el corazón; esa amargura es madre de la acidia y priva al amor de toda bondad. De modo que la pereza consiste en la angustia de un corazón turbado. Sobre ella afirma San Agustín: «Es el pesar de lo bueno y alegría de lo malo».
De hecho, este pecado es digno de vituperio, pues ocasio­na una ofensa a ]esucristo en tanto en cuanto aleja al hom­bre de su fiel y diligente dependencia de Jesucristo, tal como afirma Salomón. Pero la acidia no practica esta diligencia; al contrario, ejecuta todo a disgusto y con tristeza, dejadez y falsa excusa, con holgazanería y desgana. Por todo lo cual dice la Escritura: «Maldito sea quien cumple el servicio de Dios con negligencia».
En consecuencia, la acidia se opone a todo estado del hombre. Uno es el de inocencia, como lo fue el de Adán an­tes de la caída, estado que le impulsaba a adorar y alabar a Dios; otro estado es el del hombre pecador, en el cual las per­sonas están obligadas a adorar y alabar a Dios para que se le remitan sus faltas y para que Él les conceda el verse libres de ellas; el tercer estado es el de gracia, y en él uno está obliga­do a hacer penitencia.
Sin duda, la acidia es contraria y opuesta a todas estas co­sas, ya que no se deleita en diligencia alguna. Así, pues, de hecho, este inicuo pecado de acidia es a la vez enemigo ace­rrimo de la vida corporal, pues no toma providencia alguna acerca de las necesidades del cuerpo, pues por su negligencia dilapida, arruina y destruye todos los bienes temporales.
La cuarta característica es la pereza; por ella uno se aseme­ja a los condenados del infierno por culpa de su holgazane­ría y vagancia, ya que éstos están tan esclavizados, que son incapaces de actuar o pensar bien. La pereza es la primera causa que obstaculiza o impide el que el hombre realice el bien, y, por ello, tal como dice San Juan, Dios considera abo­minable tal pecado.
A continuación viene la indolencia, que se resiste a acep­tar cualquier molestia o sufrimiento. Pues en verdad la indo­lencia es tan delicada y sensible que, como afirma Salo­món, con ella el hombre se resiste a soportar incomodida­des o molestia alguna y, por ende, destruye todo cuando se hace.
Contra este corrumpido pecado de acidia e indolencia el hombre debería ejercitarse en obrar el bien, y acumular cora­je virtuoso y varonil, pensando que Jesucristo Nuestro Señor recompensa toda buena acción por mínima que sea.
La costumbre del trabajo es algo muy grande, ya que hace, como afirma San Bemardo, que el trabajador posea fuertes brazos y recia musculatura; la indolencia, por el contrario, los vuelve débiles y delicados.
Viene después el temor de comenzar a obrar el bien, pues, ciertamente, el que es proclive al pecado se figura que aco­meter buenas acciones es notoria empresa y se imagina que las circunstancias del bien obrar son tan incómodas y fatigo­sas de aguantar, que no se atreve a emprender el camino del bien,, tal como afirma San Gregorio.
A continuación tenemos la esperanza vana, que consiste en desesperar de la divina misericordia, la cual, a veces, tiene su origen en una pena exacerbada; y en otras, en un exagera­do temor, pensando que uno ha pecado tanto, que esa mise­ricordia resultará inútil, aunque uno se arrepienta y abando­ne la senda del pecado. Como afirma San Agustín, esta clase de miedo desesperado entrega el corazón a toda suerte de pe­cados. Si este vituperable pecado llega a su culminación, se denomina pecado contra el Espíritu Santo. Esta terrible falta es tan peligrosa, que si uno está sumido en ella, no alberga te­mor alguno en cometer cualquier felonía o pecado.
Por consiguiente, éste es, sobre todos los pecados, el más desagradable y opuesto a Jesucristo. De hecho, el que deses­pera se asemeja a un campeón cobarde y apocado que admi­te la derrota sin necesidad. ¡Ay, ay! Su desespero y su cobar­día resultan vanos. Sin duda, la misericordia divina siempre está dispuesta a perdonar a cualquier penitente y es superior a todas sus obras. Por desgracia, ¿no puede el hombre medi­tar sobre el Evangelio de San Lucas (cap. XV), donde, como afirma Cristo, «habrá en el Cielo el mismo júbilo por un pe­cador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia»?.
Considerad igualmente, en el susodicho Evangelio, el jolgorio y alegría de aquel buen hombre cuando su hijo, pródigo y arrepentido, regresó a la casa paterna. ¿No puede la Humanidad recordar también, como relata el Evangelio de San Lucas (cap. XXIII), cuando el ladrón que fue crucifi­cado junto a Jesucristo dijo: «Señor, acuérdate de mí cuan­do estés en tu reino»? La respuesta de Jesucristo fue ésta:
«En verdad, en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso».
En efecto, no existe falta humana alguna que no pueda ser destruida en vida por la penitencia, en virtud de la pasión y muerte de Jesucristo. Así, pues, ¿por qué desesperarse si la misericordia divina está tan dispuesta y es tan magnánima? Pedid y se os dará.
Luego viene la somnolencia, a saber, el sueño indolente que causa en el hombre modorra y torpeza corporal y espiri­tual. Este pecado tiene su origen en la pereza. En verdad, de acuerdo con los postulados de la razón, no se debe dormir por la mañana, a menos de causa justificada. Sin duda, las horas matutinas son las más adecuadas para que el hombre se ponga en oración, para pensar en Dios y honrarle y dar li­mosna al primer menesteroso que llega en nombre de Jesucristo. Mirad lo que declara Salomón: «El que por la maña­na esté despierto y me busque, me hallará».
A renglón seguido viene la negligencia o dejadez, que no se preocupa de nada. Y del mismo modo que la ignorancia es la madre de todos los males, la negligencia es, sin duda, la nodriza del mismo. La negligencia no se preocupa de si se obra bien o mal al ejecutar una acción.
Referente al remedio de estos dos pecados, el sabio decla­ra lo siguiente: «Quien teme a Dios no se abstiene de ejecu­tar lo que debe.» Y quien ama a Dios se mostrará diligente en agradarle y dedicarse con todas sus fuerzas al bien obrar.
Sigue después la ociosidad, que es la puerta de todos los males. El hombre ocioso se asemeja a un lugar sin cercas: el diablo puede penetrar por cualquier lado y disparar sobre él, indefenso, ocasionándole toda suerte de tentaciones. Esta ociosidad es el albañal de todos los malos e inicuos pensa­mientos y de todas las murmuraciones, necedades y de toda impureza. Ciertamente el Cielo lo alcanzan quienes se es­fuerzan, no así los ociosos. Además, David declara que «los que están en la labor de los hombres, no serán azotados con los hombres», es decir, en el purgatorio. Parece, pues, que si ésos, por tanto, no hacen penitencia, serán atormentados con el demonio en el infierno.
A continuación tenemos el pecado que los hombres de­nominan tarditas. Éste consiste en la tardanza o aplaza­miento excesivo del hombre en desear volver a Dios. Verda­deramente este pecado constituye gran insensatez. Es como si alguien cayera en una fosa y no quisiera levantarse. Y este pecado se origina en una falsa esperanza: uno piensa que gozará de larga vida; pero esta esperanza falla con mucha frecuencia.
Sigue después la holgazanería. Ésta consiste en iniciar una buena acción y a continuación dejarla y abandonarla de in­mediato, como hacen los que deben supervisar a una perso­na y no cuidan de ella en cuanto surge cualquier tropiezo o molestia. Éstos son los párrocos modernos que, a sabiendas, dejan que sus ovejas vayan corriendo hacia el lobo que se ha­lla agazapado entre breñales, o descuidan su propio ministe­rio. De todo ello se deriva la pobreza y la destrucción de todo, tanto al nivel espiritual como temporal.
Acto seguido viene una clase de frialdad que congela por entero el corazón del hombre. Le sigue la poca devoción que ciega al hombre de tal modo que, como afirma San Bernar­do, su alma adquiere tal languidez, que le resulta imposible leer o cantar en los lugares sagrados, u oír o meditar sobre de­voción alguna, o dedicarse a cualquier obra buena manual, y todo lo encuentra desabrido y pesado. Se toma, pues, lento y somnoliento, y pronto a la cólera y rápidamente proclive a la envidia y al odio.
Sigue a continuación el pecado de la mundana aflicción que se denomina melancolía. Como declara San Pablo, mata al hombre. Pues, efectivamente, tal aflicción origina la muer­te corporal y espiritual, ya que de ella proviene el que uno se asquee de la propia existencia. Semejante pesar abrevia con muchísima frecuencia la vida humana antes de que llegue su hora por vía natural.

Remedio contra el pecado de acidia

Contra este terrible pecado de acidia y sus correspondien­tes ramificaciones existe una virtud, la fortitudo o fortaleza, que es una inclinación a menospreciar todo lo molesto. Esta virtud es tan poderosa y fuerte, que se atreve a resistir con efi­cacia y a evitar discretamente las ocasiones peligrosas, así como a luchar contra las asechanzas del maligno. En efecto, vitaliza y refuerza el alma, de igual modo que la pereza la re­baja y debilita: la fortaleza sabe sufrir con perseverante pa­ciencia las tribulaciones que sean menester.
Esta virtud es de variadas clases. La primera se denomina magnanimidad, es decir, grandeza de ánimo. Pues, induda­blemente, se precisa gran fortaleza contra la pereza, para que ésta no devore el alma mediante el pecado de melancolía o la aniquile por la desesperación. Esta virtud lleva a la gente a emprender tareas difíciles y costosas, por voluntad propia, siempre de forma prudente y razonable. Y por cuanto el dia­blo combate al hombre más con artificio y astucia que a base de fuerza, por consiguiente, los hombres han de oponérsele con la inteligencia, la razón y el buen sentido.
Siguen después las virtudes de la fe y esperanza en Dios y sus santos. Con su ayuda se llevan a cabo y realizan las bue­nas obras en las que uno se propone perseverar con firmeza.
A continuación se encuentra la seguridad o firmeza me­diante la cual uno no vacila en afanarse en el futuro con las buenas obras comenzadas.
Sigue luego la magnificencia, a saber, el que uno lleve a cabo y realice numerosas obras buenas. Y ésta es la finalidad por la que se han de llevar a cabo las buenas obras, ya que mediante su realización se obtiene un gran galardón.
Viene, a renglón seguido, la constancia, es decir, la firme­za de voluntad, que debe hallarse en todo corazón con fe in­quebrantable, así como en las palabras, comportamiento, as­pecto y obras.
Asimismo existen remedios especiales contra la pereza en diferentes obras, y en la meditación sobre las penas del in­fierno y los goces del cielo, y en la confianza en la gracia que le otorgará el Espíritu Santo para ejecutar sus buenos propó­sitos.

Sigue la avaricia

Después de la pereza mencionaré a la avaricia y a la codi­cia. De este pecado afirma San Pablo que «es la raíz de todos los males» (Timoteo, VI). Indudablemente, cuando el cora­zón humano se halla perturbado y confundido en sí mismo y el alma no encuentra solaz en Dios, entonces busca inútil consuelo en las cosas mundanas.
Según la definición de San Agustín, la avaricia consiste en el apetito de poseer bienes temporales. Otros afirman que la avaricia radica en comprar muchos objetos terrenales y en no dar nada a los que pasan estrechez. Debéis comprender que la avaricia no consiste sólo en poseer propiedades o bie­nes, sino también, a veces, en la ciencia y en los honores, ya que la avaricia abarca todo deseo inmoderado.
La diferencia entre codicia y avaricia consiste en que la pri­mera ambiciona las cosas que no se poseen, y la segunda guarda y conserva sin justa necesidad las que se tienen.
Ciertamente la avaricia es un pecado plenamente vitupera­ble, pues en la Sagrada Escritura se condena y maldice ese vi­cio, ya que ocasiona ofensa a Jesucristo Nuestro Señor. Efec­tivamente, le despoja del amor que le deben los hombres e impele a que el hombre avariento deposite más esperanza en sus propiedades que en Jesucristo, y a que ponga más empe­ño en conservar sus riquezas que en el servicio de Jesucristo. Y, por consiguiente, afirma San Pablo en su Carta a los efesios, V que «un hombre avariento es esclavo de la idolatría».
¿Qué diferencia existe entre un idólatra y un avaro sino que el primero tal vez sólo posee uno o dos ídolos, mientras que el segundo tiene muchos? Pues, de hecho, para él, cada moneda de su arca es un ídolo. Y, ciertamente, el pecado de idolatría es lo primero que Dios prohíbe en los Diez Manda­mientos, como resulta patente en el capitulo XX del Éxodo: «No tendrás falsos dioses delante de mí ni ordenarás escultu­ras para ti». De este modo, el hombre malvado, debido al maldito pecado de la avaricia, al preferir sus riquezas a Dios, se convierte en idólatra.
De la codicia se derivan estos dominios lacerantes por los cuales los hombres soportan impuestos, tributos y pagos que rebasan con mucho los límites de la razón y del deber. E igual­mente perciben de sus súbditos exacciones, que con más exactitud podrían denominarse extorsiones. Sobre estas exac­ciones y redenciones de siervos, los administradores de algu­nos señores afirman que son justas, ya que el siervo no posee bien temporal alguno que no sea de su señor, tal como ellos afirman. Pero, de hecho, el comportamiento de estos señores es injusto, pues despoja a sus súbditos de los bienes que nun­ca les han dado (San Agustín, De Civitate Dei, IX). Es cier­to: el pecado es la condición de esclavitud y su primera cau­sa (Génesis, V).
Por ende, podéis percataros que el pecado engendra escla­vitud, mas no por naturaleza. Por lo cual, esos señores no de­berían vanagloriarse de sus posesiones, ya que por condición natural ellos no son amos de esclavos: la esclavitud viene, en primer lugar, como consecuencia del pecado. Y además, allí donde la ley afirma que las posesiones temporales de los va­sallos pertenece a sus señores, se debe entender que esto in­cumbe a los bienes del emperador, cuyo deber consiste en defender los derechos de sus vasallos, pero no robarles o des­plumarles.
Por esta razón declara Séneca: «Tu prudencia debe incli­narte a ser benigno con tus siervos». Esos a quienes deno­minamos tus esclavos son criaturas de Dios, pues los humil­des son amigos de Jesucristo, es decir, son íntimos del Señor.
Considera asimismo que los villanos y los señores tienen una misma y común semilla: al igual que el señor, el rústico puede alcanzar la salvación. El villano sufre la misma suerte que su señor. Te aconsejo, por tanto, que te comportes con tu siervo como querrías que tu señor se comportara contigo si te hallaras en esclavitud. Todo pecador es esclavo del peca­do. Te aconsejo, pues, a ti, señor, que obres de tal modo con tus siervos que te tengan más amor que temor. Ciertamente sé -es algo razonable- que hay clases y clases; y es justo que los hombres cumplan con sus obligaciones dondequiera que sea menester; pero ciertamente las extorsiones y los des­precios de nuestros subalternos resultan reprobables.
Por otra parte, debéis comprender bien que los conquista­dores o tiranos esclavizan con bastante frecuencia a quienes han nacido de sangre tan real como la de sus conquistadores. El nombre de esta esclavitud no fue conocido hasta que Noé manifestó que su hijo Cam, a causa del pecado, sería esclavo de sus hermanos.
¿Qué diremos, pues, de los que roban y extorsionan a la Santa Madre Iglesia? Indudablemente, la espada que se da a un caballero recién armado significa que debe defender a la Santa Madre Iglesia y no robarla ni despojarla. Quien así obra traiciona a Jesucristo. Y, como señala San Agustín: «Esos son los lobos demoniacos que estrangulan a las ovejas de Jesucristo»; en realidad, son peores que lobos, pues cuan­do éstos tienen lleno su vientre, dejan de sacrificar ovejas. Pero de hecho, los saqueadores y destructores de los bienes de la Santa Madre Iglesia no obran así, pues la saquean cons­tantemente.
Ahora, según he dicho, ya que el pecado fue la primera causa de servidumbre, acontece que cuando el mundo ente­ro estuvo en pecado, entonces todos incurrieron en esclavi­tud y servidumbre. Mas, ciertamente, cuando llegó el mo­mento de la gracia, Dios ordenó que algunas personas tuvie­ran más categoría y condición. Y, por consiguiente, en algunas regiones donde se compran esclavos, al convertirse a la fe, se les libra de servidumbre. En consecuencia, el señor debe a su siervo lo que éste a aquél. El Papa se denomina a sí mismo siervo de los siervos de Dios; pero -por cuanto el estado de la Santa Madre Iglesia no podría subsistir ni podría mantenerse el provecho común, ni la paz y tranquilidad so­bre la Tierra si Dios no hubiera dispuesto la existencia de per­sonas de clase más alta y otras de inferior rango- se creó el dominio para defender y proteger a sus súbditos o inferiores, de acuerdo con la razón, en la medida en que ello fuera pri­vativo del soberano, y no para arruinar y avasallar a los súb­ditos. Por este motivo afirmo que los señores que se compor­tan cual lobos y devoran injustamente las posesiones o bie­nes de la gente pobre, sin compasión y sin tasa, recibirán la misericordia de Jesucristo con el mismo rasero con el que mi­dieron a los menesterosos, si no se enmiendan.
A continuación viene el engaño entre mercaderes. Y se ha de saber que la transacción es de dos clases: material y espiri­tual. La primera es lícita y permitida; la segunda, lícita y des­honrosa. Sobre el tráfico material que es lícito y honrado he de decir: que allí donde Dios ha dispuesto que algún reino o región sea autosuficiente, entonces resulta justo y permitido que de su abundancia se ayude a otra región más necesitada. Y, por tanto, debe haber traficantes que transporten las mer­cancías de una región a otra. Las otras transacciones que se practican con fraude, engaño y perfidia, con embustes y fal­sos juramentos, son culpables y dignas de vituperio.
La simonía consiste en el tráfico propiamente espiritual. Se basa en el propósito de comprar cosas espirituales, a saber, lo concerniente al divino santuario y a la cura de almas. Semejan­te intento, si uno pone empeño en llevarlo a cabo -a pesar de que este deseo no surta efecto-, constituye materia de peca­do mortal, y si es una ordenación, ésta es ilegítima. Recibe el nombre de simonía por Simón el Mago, que quiso comprar con bienes materiales el don que Dios había concedido a San Pedro y a los apóstoles por mediación del Espíritu Santo. Por ende, sabed, pues, que los que venden y compran cosas espiri­tuales son llamados simoníacos, bien sea por medio de bienes materiales, persuasión, o por las recomendaciones de los ami­gos seculares o espirituales. Los seculares son de dos clases: de la parentela o de las amistades. Sin duda, si interceden en fa­vor de aquel que es indigno e incapaz, existe simonía si ése acepta el beneficio; si es digno y apto, no existe falta.
La otra clase se da cuando un hombre o una mujer supli­can a los demás que favorezcan a alguien por el afecto desor­denado que sienten hacia esa persona: actuar así es infame si­monía. Pero, a decir verdad, se entiende que el servicio por el cual los hombres otorgan cosas espirituales a los inferiores ha de ser honrado y no de otro modo; y también ha de ser sin contrato y que la persona sea capaz. Pues, tal como declara San Dámaso, «todos los pecados del mundo, comparados con éste, son nada», pues, después del de Lucifer y del An­ticristo, es éste el mayor de todos los pecados posibles.
Por este pecado Dios pierde la Iglesia y el alma que resca­tó con su preciosísima sangre; los culpables son aquellos que entregan las siete iglesias a quienes no son dignos. Pues colo­can en ella a ladrones que roban las almas de Jesucristo y arruinan su patrimonio. A causa de semejantes e indignos sa­cerdotes y párrocos los hombres ignorantes guardan menos respeto a los sacramentos de la Santa Madre Iglesia. Y tales dadores de iglesias expulsan de ellas a los hijos de Jesucristo y colocan en su lugar a los del diablo. Venden las almas -los corderos bajo su custodia- al lobo para que las devore. Y, por consiguiente, jamás participarán en el parto de los corderos, es decir, de la bienaventuranza del Cielo.
Ahora vienen los juegos de azar con sus secuelas, como tableros y rifas, de lo cual se derivan las trampas, falsos jura­mentos, pendencias y querellas, blasfemias y reniegos de Dios, odio al prójimo, dilapidación de bienes, pérdida de tiempo y, en algunos casos, asesinato. Evidentemente, los jugado­res, al practicar su oficio, no pueden dejar de cometer peca­do grave.
De la avaricia también proceden las mentiras, el hurto, el testimonio y juramento falsos. Y debéis saber que todos esos pecados graves van frontalmente contra los Mandamientos de Dios, tal como he dicho. El falso testimonio puede ser de palabra y de obra. En el de palabra, tu falso testimonio des­poja a tu prójimo de su buen nombre; o le privas de sus bie­nes o de su herencia cuando tú, a causa de la cólera o por so­borno, o por envidia, levantas falso testimonio contra él, o le acusas o excusas mediante él, o también si te excusas me­diante él, o también si te excusas a ti mismo con falsedad. ¡Cuidad vosotros, notarios y juristas! Ciertamente, Susana, al igual que muchísimas otras personas, estuvo en grandísima aflicción y pena por culpa de un falso testimonio.
También el pecado de robo va expresamente contra el mandato divino de dos modos: material o espiritualmente. Es material si arrebata, contra su voluntad, los bienes del pró­jimo, bien sea mediante la fuerza o con engaño, con o sin mesura. El ejecutado con falsedad es robo; como, por ejem­plo, el tomar en préstamo de los bienes ajenos con el propó­sito de jamás devolverlos, y cosas por el estilo. El sacrilegio -es decir, el hurto de cosas santas o consagradas a Cristo­- es un robo espiritual. Es de dos maneras: una por razón del lugar santo, iglesia o cementerio: todo ignominioso pecado cometido en tales lugares o cualquier violencia que se ejecu­te allí puede considerarse sacrilegio. También lo cometen los que sustraen arteramente los derechos que pertenecen a la Santa Madre Iglesia. Y de un modo general y llano: robar de un santo lugar un objeto sagrado o una cosa profana, o un objeto sagrado de un sitio profano, es sacrilegio.

Remedio contra la avaricia

Debéis saber a continuación que el remedio contra la ava­ricia consiste en la compasión y piedad interpretadas en sen­tido lato. Uno puede preguntarse: «¿Por qué la misericordia y la piedad son remedio de la avaricia?» Ciertamente, el ava­ro no muestra piedad ni compasión hacia el necesitado, pues se complace en la custodia de sus tesoros en vez de auxiliar y socorrer a su igual en Cristo. Por este motivo hablaré prime­ro de la misericordia. ­
La misericordia, como afirma el filósofo, es una virtud por la cual el espíritu del hombre se estimula con el dolor del afli­gido. Después de esta misericordia viene la piedad en la ejecución de caritativas obras de misericordia. De hecho, estas cosas encaminan al hombre hacia la misericordia de Jesucristo, el cual se entregó a sí mismo por nuestras culpas, y murió por apiadarse de nosotros y nos perdonó nuestros pecados originales. Así nos libró de las penas del infierno y redujo por la penitencia las del purgatorio, concediéndonos gracia para obrar el bien y obtener, finalmente, la gloria del Cielo.
Las obras de misericordia son: prestar, entregar, perdonar, y liberar, tener un corazón compasivo, compadecerse de las desgracias del prójimo, y también castigar en caso necesario.
La prudente largueza es otro remedio contra la avaricia. Pero verdaderamente aquí también cabe considerar la gracia de Nuestro Señor Jesucristo y de sus bienes temporales, así como también de los perdurables que Él nos otorgó. Igual­mente se ha de tener presente que hemos de morir sin saber cuándo, dónde o cómo; y también que uno debe abandonar todo lo que posee exceptuando solamente lo que ha emplea­do en obrar bien.
Pero como algunos son exagerados, se debe evitar la loca prodigalidad denominada despilfarro. Ciertamente, el pródigo insensato dilapida su fortuna en vez de regalarla. De hecho, el que da algo por vanagloria a los trabajadores y a la gente para que propaguen su fama por doquier, comete pecado y no es ca­ritativo. Se puede comparar a un caballo que procura más bien abrevar en aguas turbias o sucias que en un claro manantial. Y como esos tales dan donde no deben, se les aplica la maldi­ción de Cristo contra los condenados en el día del juicio.

Sigue la gula

Tras la avaricia sigue la gula, que también va expresamen­te contra los mandamientos de Dios. La gula consiste en el apetito inmoderado de comer y beber, o bien en satisfacer ese mismo desmesurado apetito. Como bien lo patentiza, el pecado de Adán y Eva corrompió a todo el Universo.
Considerad también lo que San Pablo
121 afirma de la gula:


«Hay muchos, como os decía repetidas veces y aún ahora lo digo con lágrimas, que se portan como enemigos de la cruz de Cristo. El paradero de los cuales es la perdición, cuyo Dios es el vientre, y que hacen gala de lo que es su desdoro, aferrados a las cosas terrenas.»
El adicto a este pecado de glotonería es incapaz de resis­tir pecado alguno. Se hallará sometido a la servidumbre de todos los vicios: se esconde y descansa entre los tesoros del diablo.
Este pecado es de varias clases. La primera es la embria­guez, verdadera sepultura de la razón humana. Por consi­guiente, cuando un hombre se embriaga, pierde la razón, y esto constituye pecado mortal. Pero ciertamente, cuando uno no está acostumbrado a bebidas fuertes, y acaso desco­noce la fuerza, o tiene mareos en la cabeza, o ha trabajado, todo lo cual le ha llevado a beber en exceso, aunque de re­pente quede embriagado, no comete pecado mortal, sino venial.
La segunda clase de glotonería radica en que la mente se vuelve confusa, porque la embriaguez le despoja de su discre­ción intelectual.
La tercera clase de glotonería consiste en devorar la comi­da con modales desaforados. La cuarta surge cuando se per­turban los humores corporales debidos a haber ingerido ali­mentos en cantidad excesiva. La quinta es indolencia por el exceso en el beber, razón por la cual a veces uno olvida, an­tes de la mañana, lo que hizo la víspera o incluso la noche anterior.
Desde otro punto de vista, según San Gregorio hay otras especies de glotonería. La pnmera consiste en ingerir alimentos antes de hora. La segunda, procurarse alimentos o bebidas excesivamente refinados. La tercera, tomarlos sin moderación. La cuarta, poner gran esmero y cuidado en co­cinar y aderezar la comida. La quinta, comer con excesiva avidez. Con estos cinco dedos, la mano del diablo arrastra a la gente al pecado.

Remedio contra el pecado de gula

Contra la gula, como afirma Galeno existe el remedio de la abstinencia, pero eso no lo considero meritorio si se practica sólo con vistas a la salud corporal.
San Agustín quiere que se practique la abstinencia por vir­tud y con paciencia. La abstinencia, dice, vale poco si uno la practica con una recta finalidad, y si no se la vigoriza con pa­ciencia y caridad; y si no se lleva a cabo por amor de Dios y con la esperanza de alcanzar la bienaventuranza celestial.
Las compañeras de la abstinencia son: la templanza, la ver­güenza, la moderación, la sobriedad y la frugalidad. La tem­planza, que escoge el término medio en todo; la vergüenza, que evita toda acción deshonesta; la suficiencia, que no bus­ca refinados alimentos o bebidas ni se preocupa de aderezar la comida con exceso; la moderación, que refrena racional­mente el desordenado deseo de comer; la sobriedad, que hace lo propio con el beber; la frugalidad, que modera el pla­cer de estar muellemente sentado durante largo tiempo ante los manjares. Debido a la frugalidad, algunos se colocan, motu proprio, en el último lugar de la mesa.

Sigue la lujuria

Después de la gula viene la lujuria, pues estos dos pecados son parientes tan próximos, que son prácticamente insepara­bles. Sabe Dios que semejante práctica resulta muy desagra­dable a los ojos de Dios, pues El afirma: «No seas lascivo». Y, por consiguiente, en el Antiguo Testamento este pecado era castigado con grandes penas. Si una esclava era sorpren­dida en este pecado, había de morir apaleada. Y si fuera mu­jer noble, sería lapidada. Y si la hija de un obispo, colocada en la hoguera por mandato divino.
Además, por el pecado de lujuria Dios anegó el Universo con el diluvio. Y, acto seguido, los rayos abrasaron cinco ciu­dades, sumiéndolas en los infiemos.
Hablaremos ahora de ese hediondo pecado de la lujuria que se denomina adulterio entre casados, a saber, si uno, o ambos, están casados. San Juan declara que los adúlteros estarán en el infierno en un ardiente estanque de fuego y azu­fre; de fuego, a causa de su lujuria; de azufre, por el hedor de su impureza. Ciertamente, el quebrantamiento de este sacra­mento es cosa horrible. Dios mismo lo instituyó en el Paraí­so y Jesucristo lo confirmó, como lo atestigua San Mateo en su Evangelio: «El hombre abandonará padre y madre, y tomará esposa, y ambos serán una sola carne». Este sacra­mento simboliza la unión de Cristo con su Iglesia.
Y no solamente Dios prohibió la comisión del adulterio, sino que también mandó que no se desease a la mujer del prójimo. En este mandamiento, observa San Agustín, se pro­híben todos los deseos lascivos de cometer acciones lujuriosas. Mirad lo que dice San Mateo en su Evangelio: «Quien­quiera que mira a una mujer con deseo lujurioso, ha cometi­do adulterio en su corazón». De ahí podéis colegir que no sólo se prohíbe el acto pecaminoso, sino también el deseo de cometerlo.
Este maldito pecado daña gravemente a los que lo come­ten. Y en primer lugar, al alma, a la que impele a pecar y aca­rrea la pena de muerte eterna. También causa grave perjuicio al cuerpo, pues lo agota, consume y arruina, y sacrifica su sangre al demonio infernal: dilapida su hacienda y su ser. Y si es ciertamente ignominioso que un hombre dilapide su ha­cienda con mujeres, con todo, más ignominioso resulta que por tal inmundicia las mujeres dilapiden su hacienda y su cuerpo con los hombres. Como afirma el profeta, este peca­do priva de su buen nombre y reputación al hombre y a la mujer, resulta muy agradable al diablo, pues por él conquista a la mayoría de las personas de este mundo. Y así como un mercader se dedica con agrado a las transacciones más renta­bles, igualmente el demonio se deleita en esta basura.
Este pecado constituye la otra mano del diablo, que con sus cinco dedos los induce hacia esta hediondez.
El primer dedo lo constituyen las locas y desenfadadas mi­radas de un hombre y una mujer que, como el basilisco, ma­tan con el veneno de sus ojos: a la codicia de los ojos sigue la del corazón.
El segundo dedo lo forman los tocamientos pecamino­sos; y por ello afirma Salomón que quien toca y manosea a una mujer le acontece como a quien palpa a un escorpión venenoso que pica y mata rápidamente con su veneno, o como a quien toca pez caliente con los dedos: le quedan destrozados.
Las palabras impuras son el tercer dedo que actúan como el fuego: abrasan el corazón instantáneamente.
El cuarto dedo es el besar. Ciertamente loco de remate sería quien besara la boca de un horno o crisol. Más locos aún son los que dan besos lujuriosos, pues esa boca es la del infierno. Y especialmente estos viejos libidinosos, empeñados en be­sar para probar aunque no puedan hacer. Ciertamente se pa­recen a los perros que cuando se pasan junto a un rosal u otra planta levantan la pata y, aunque no tengan ganas, simu­lan orinar.
Muchos hombres piensan que el ejecutar impudicias con su esposa no es pecaminoso: sin duda, esta opinión es falsa. Dios, sabe que uno puede herirse con su propia daga y em­borracharse con vino de su mismo tonel. En verdad, el que ama a su esposa o hijo, o a cualquier otra cosa mundana más que a Dios, convierte a aquéllos en ídolos y se torna idólatra. Uno debería amar a su esposa con discreción, paciencia y moderación, como si fuera su hermana.
El quinto dedo de la diabólica mano es la hedionda ac­ción de la lujuria. Sin duda, el diablo colocó los cinco dedos de la gula en el vientre del hombre; con los cinco dedos de la lujuria lo levantó en vilo para arrojarlo en las calderas in­fernales. Allí el hombre encontrará gusanos y llamas inextin­guibles, lágrimas y lamentos, hambre y sed agudas, y diablos horribles que pisotearán a los condenados sin descanso, para siempre.
Hay diversas especies de lujuria, como la fornicación que se da entre hombre y mujer no desposados, que es materia de pecado mortal y va contra natura: lo que se opone y des­truye a la Naturaleza va contra ella. La razón humana tam­bién le dice a uno que esto es pecado mortal, pues Dios la prohibió. Y San Pablo adjudica a los lascivos una recompen­sa privativa de sólo los que incurren en pecado mortal.
Otro pecado de lujuria consiste en arrebatar la virginidad de una doncella. Hacer tal cosa es despojarla del más eleva­do estado de la presente vida, privándola del precioso fruto que la Escritura denomina «el céntuplo». No encuentro otra forma de traducir la expresión latina centesimus fructus.
El que tal obra ocasiona daños y perjuicios que rebasan todo cálculo; igual sucede cuando el ganado rompe una cer­ca o produce irreparables daños en los sembrados. Porque tanto puede recuperarse la virginidad como volver a crecer un brazo escindido del tronco. Bien sé que, si hace peniten­cia, la mujer podrá alcanzar el perdón, pero jamás recuperar la virginidad.
Y aunque he mencionado hasta cierto punto el adulterio, resultará beneficioso mostrar otros peligros inherentes, a fin de evitar este denigrante pecado. La palabra «adulterio» signi­fica en latín aproximarse a la cama ajena donde los que ante­riormente formaron una sola carne entregan su cuerpo a otros. Como el sabio afirma, de este pecado se derivan mu­chos perjuicios. En primer lugar, quebrantamiento de la fe, donde reside la clave del Cristianismo. Un Cristianismo con una fe rota y perdida se toma vacío y yermo.
Este pecado constituye también un hurto, pues éste con­siste generalmente en despojar a alguien de algo en contra de su voluntad. Sin duda, éste es el hurto más vil que darse pue­da: cuando una mujer roba su propio cuerpo a su marido y lo entrega a un lujurioso, lo profana, y roba su alma a Cristo y la entrega al diablo. Es éste un hurto más infame que irrumpir en una iglesia y robar el copón, pues estos adúlteros quebrantan espiritualmente el templo de Dios y hurtan el vaso de la Grada, esto es, el cuerpo y el alma, y, como afirma San Pablo, Dios los destruirá.
Ciertamente, cuando la mujer de su señor le incitó a pecar, José se espantó de tal robo en extremo, y le dijo a ella: «Mi­rad, señora, cómo mi Señor ha puesto bajo mis cuidados to­das sus posesiones: ninguna de ellas se escapa de mi control, excepto su mujer. ¿Acaso puedo yo incurrir en semejante maldad y pecar de modo tan hombre contra Dios y contra mi señor? No lo permita Dios.» ¡Por desgracia, esta entereza es muy rara en la actualidad!
El tercer perjuicio es la impureza ocasionada por quebran­tar el mandato divino y mancillar al fundador del matrimo­nio, es decir, a Jesucristo. Pues, de hecho, al ser el sacramen­to del matrimonio tan digno y tan noble, su quebrantamien­to tanto más aumenta la gravedad del pecado. Dios instituyó el matrimonio en el Paraíso, durante el estado de gracia ori­ginal, para multiplicar el género humano al servicio de Dios.
Por consiguiente, las infracciones son más graves. De su quebrantamiento surgen a menudo falsos herederos que co­pan injustamente las herencias de los demás. Y, por ende, Cristo los apartará del reino de los cielos, la herencia de los que obran bien. También, con frecuencia, a causa de esta vio­lación, las gentes se casan o pecan con sus propios deudos, sin saberlo, y especialmente aquellos libidinosos que fre­cuentan los burdeles de estas inmundas mujeres que deben ser comparados a unos retretes públicos donde los hombres evacuan sus excrementos.
¿Qué diré de los alcahuetes que viven del horrendo peca­do de la prostitución, y obligan a las mujeres a entregar un porcentaje determinado de su relación carnal? ¿Qué diré de los que prostituyen a su propia mujer e hijos? Indiscutible­mente tales pecados son horrendos.
Comprended también que el adulterio se colocó adecua­damente entre el robo y el homicidio, pues es el mayor robo que darse pueda, tanto a nivel corporal como espiritual. Se asemeja al homicidio, pues escinde y rompe en dos lo que fue una sola carne; y, por ello, según la antigua ley divina, sus quebrantadores eran condenados a muerte. Pero, sin em­bargo, según la ley de Cristo, que es una ley de piedad, Él dijo a la mujer sorprendida en adulterio -y que debería ha­ber sido lapidada hasta la muerte de acuerdo con la vigente ley de los judíos-: «Vete y no quieras pecar más», o «no pe­ques más».
Sin duda, el castigo de adulterio es el tormento infernal, a menos que uno se regenere por la penitencia.
Sin embargo, existen más clases de este maldito pecado. Por ejemplo, cuando uno de los culpables -o ambos- es religioso, o ha recibido órdenes, y es subdiácono, diácono, sacerdote o miembro de una Orden Hospitalaria. Cuanto más elevada sea su jerarquía, mayor será su pecado. Lo que más agrava su culpabilidad es el quebrantamiento de su voto de castidad después de haber sido ordenado. Incluso más el haber recibido las órdenes sagradas es el principal de todos los tesoros divinos, y signo especial y emblema de castidad, para mostrar que los que profesan la castidad llevan la más preciada de las vidas. Los ordenados están especialmente consagrados a Dios y forman parte de su séquito; por tal mo­tivo, cuando cometen pecado mortal, traicionan a Dios, y a su pueblo de un modo especial, pues viven del y para el pue­blo, y mientras su traición. persiste, sus oraciones de nada sir­ven al pueblo.
Los sacerdotes son ángeles por la dignidad de su ministe­rio pero, como bien afirma San Pablo, «Satanás transforma a algunos en ángeles de luz». A decir verdad, el sacerdote em­pedernido en el pecado mortal puede compararse a un ángel de las tinieblas transformado en un ángel de la luz: se aseme­ja a un ángel de luz, aunque en realidad lo sea de las tinie­blas. Tales sacerdotes son hijos de Elí; según se lee en el Li­bro de los Reyes, aquéllos eran hijos de Belial, es decir, del diablo. Pues Belial significa «sin yugo», y así se comportan es­tas personas. Se consideran que están libres y sin yugo, como un buey desuncido que elige la vaca que más le gusta de la ciudad.
Así acontece con ellos y las mujeres. Pues al igual que un toro suelto basta para dañar a toda una ciudad, así acontece con un sacerdote malvado y corrupto en toda una parroquia o región. Como afirma la Escritura, estos sacerdotes no cum­plen con su ministerio sacerdotal ante su rebaño y no cono­cen a Dios. No se satisfacen, como expresa el Libro, con la carne hervida que se les había ofrecido, sino que arrebatan por la fuerza carne asada. Cierto es que, como a estos perver­tidos no les basta la carne asada y guisada con los que las gen­tes les sustentan con tanto respeto, quieren arrebatar, ade­más, la carne cruda de las hijas y esposas de los feligreses.
Sabed que semejantes mujeres, al prostituirse, causan gra­vísimo daño a Cristo y a su Santa Iglesia y a todas las almas y santos, ya que los privan de los que deberían celebrar el culto de Cristo y de la Santa Iglesia y rogar por las almas de los fieles. Y, por consiguiente, esos sacerdotes, al igual que sus amantes que capitulan ante su lascivia, incurren en la condena de la judicatura eclesiástica mientras no se en­mienden.
La tercera especie de fornicación se da entre esposo y espo­sa cuando los esposos al unirse sólo van en busca del placer camal, tal como señala San Jerónimo, sin considerar otra cosa que esa unión. Se figuran que el matrimonio todo lo le­gitima. El diablo ejerce gran influencia sobre esa gente, tal como el ángel Rafael comunicó a Tobías, pues al unirse carnalmente apartan a Jesucristo de su corazón y se entregan a toda suerte de impurezas.
La cuarta especie es la unión carnal entre consanguíneos o parientes por matrimonio, o bien entre con quienes sus pa­dres o parientes incurrieron en el pecado de lujuria. Este pe­cado los rebaja al nivel de los perros, que no tienen en cuen­ta el parentesco en sus ayuntamientos. Este parentesco es de dos clases: espiritual y fisico. Con los padrinos o con sus hi­jos se tiene un parentesco espiritual; pues así como el padre carnal es quien engendra a un hijo, asimismo el padrino es el padre espiritual. Por lo cual, una mujer no puede unirse con su padrino o sus hijos, como tampoco puede hacerlo con sus hermanos carnales.
La quinta especie es ese abominable pecado sobre el que uno casi no debería hablar ni escribir, a pesar de que la Sagra­da Escritura lo relata con claridad. Los hombres y mujeres in­curren en este pecado con intenciones y modos diversos. Pero aunque menciona, ciertamente, este horrible pecado, la Sagrada Escritura queda tan impoluta como el sol que ilumi­na el estiércol.
Al soñar también se incurre en otro pecado de lujuria. Este pecado se da con frecuencia en aquellos que son célibes y también en las personas corruptas: es el pecado denominado polución, que tiene cuatro procedencias: por debilidad cor­poral, a causa del exceso de humores orgánicos; por enferme­dad que, como explica la Medicina, motiva una retención floja; por exceso en el comer y beber, y por las imágenes im­puras que la mente humana alberga al acostarse y le hacen pecar. En consecuencia, uno debe ser precavido y discreto para no incurrir en culpa grave.

De los remedios contra la lujuria

La castidad y la continencia, que moderan los desorde­nados apetitos que se derivan de los deseos carnales, son los mejores remedios contra la lujuria. Y quien más refre­ne las malvadas instigaciones de este ardoroso pecado, tan­to más mérito tendrá. Esto puede lograrse de dos modos, a saber: mediante la castidad matrimonial y castidad en la viudez.
Porque el matrimonio consiste en la legitima unión de un hombre y de una mujer que, en virtud del sacramento, reci­ben un vínculo indisoluble de por vida, es decir, mientras los dos viven. Como el Libro dice, es éste un grandísimo sacra­mento. Dios, tal como he mencionado, lo instituyó en el Pa­raíso, y Él quiso nacer de un matrimonio. Y para santificar­lo asistió a una boda, cambiando allí el agua en vino: éste fue el primer milagro que Cristo hizo ante sus discípulos.
Uno de los genuinos efectos del matrimonio radica en pu­rificar de la fornicación y henchir la Santa Madre Iglesia de legítima prole, ya que tal es la finalidad del matrimonio, y ésta toma en pecado venial la unión entre los casados y uni­fica sus almas, al igual que sus cuerpos. Este es el verdadero matrimonio instituido por Dios antes del pecado original, cuando la ley natural prevalecía en el Paraíso. Y se ordenó que un hombre tuviera sólo una mujer, y una mujer un solo hombre, tal como afirma San Agustín, por muchas razones.
En primer lugar, el matrimonio simboliza la unión de Cristo con su Santa Iglesia. En segundo lugar, que el hom­bre es cabeza de la mujer (en cualquier caso así debería ser por derecho divino). Pues si una mujer tuviera más de un hombre, entonces tendría más de una cabeza, y eso sería algo horrible a los ojos de Dios; además, tampoco una mujer po­dría agradar a tantos a la vez. Asimismo la paz y el sosiego no reinarían cuando cada uno reclamara su propiedad. Además, ninguno reconocería a sus propios hijos, ni sabría a quién le­gar la herencia; y la mujer, al estar unida a tantos hombres, recibiría menos amor.
Sigue ahora el comportamiento que un hombre debe te­ner con respecto a su mujer, particularmente en lo referente a dos extremos, a saber: la tolerancia y reverencia, como Cris­to indicó al crear a la primera mujer. No la formó de la cabe­za de Adán, a fin de que no exigiera gran autoridad. Es cosa bien sabida: allí donde las mujeres ostentan mucho poder, pronto se origina gran confusión. No es preciso suministrar ejemplos: la experiencia diana nos debe bastar.
Tampoco, en efecto, creó Dios a la mujer del pie de Adán, a fin de que no fuese considerada excesivamente baja, cosa que ella no toleraría con paciencia. Dios la creó de una cos­tilla de Adán para que ella fuera la compañera del hombre. Éste debe guardar para con su mujer fidelidad, sinceridad y amor, porque San Pablo dice: «Un hombre debe amar a su mujer como Cristo amó a su Santa Iglesia: la amó tanto, que murió por ella». Esto mismo debe hacer el hombre por su mujer, en caso necesario.
Consideremos, acto seguido, cómo la mujer, tal como de­clara San Pedro, debe vivir sometida a su esposo. Ante todo debe servirle con obediencia. Y también, como ordena la ley, una mujer casada, mientras permanezca en tal estado, carece de facultad para prestar juramento o testimonio sin permiso de su esposo, su señor; y así, a lo menos, tienen que ser las cosas según la razón. También debe servirle con todo honor y vestir de modo decoroso.
Bien sé que la esposa debe intentar agradar a su esposo, aunque no con atavíos recargados. San Jerónimo afirma que las esposas que se engalanan con sedas y púrpura lujosa no pueden vestir esto en Cristo. ¿Cuál es asimismo la opinión de San Juan en este asunto? San Gregorio también comen­ta que quien viste costosos atuendos lo hace sólo por vani­dad, para ser honrado a los ojos de los demás.
Gran insensatez demuestra la mujer que luce hermosos ro­pajes, pero es interiormente indigna. Una esposa debe, al contrario, exteriorizar recato en las miradas, rostro y risas, y discreción en sus palabras y obras. Y sobre todas las cosas materiales debería amar a su esposo de todo corazón y guar­darle fidelidad corporal. Esos mismos deberes incumben al marido con respecto a su mujer. Ya que todo su cuerpo per­tenece a su marido, así acontece con el corazón; en caso con­trario, el matrimonio no es perfecto.
La unión sexual entre esposo y esposa se produce por tres razones. La primera, con el fin de procrear prole para el servicio de Dios, pues ésta es la finalidad primordial del matrimonio; la segunda, para rendirse mutuamente al dé­bito conyugal, pues ninguno de los dos tiene poder sobre su propio cuerpo; la tercera, a fin de evitar la lascivia y las bajezas.

Casarse de una cuarta manera es pecado mortal.
La primera es loable; asimismo sucede con la segunda, pues, como se declara en la ley, aquella que paga a su esposo el débito conyugal, aunque encuentre placer y se deje llevar por los deseos lascivos de su corazón, tiene el mérito de la castidad. La tercera clase es pecado venial y, ciertamente, a duras penas se puede estar exento de él a causa de nuestra co­rrupción y delectación.
Por la cuarta manera entendemos la unión por pasión amorosa y por ninguna de las antedichas causas, sino sólo para satisfacer el ardiente placer; con mucha frecuencia es, sin duda, pecado mortal. Y, a pesar de ello, algunos intentan hacerlo más veces de lo que su apetito requiere.
El segundo modo de castidad lo practican las viudas castas que evitan los abrazos de los hombres y ansían los de Jesucristo. Son éstas las otrora esposas que han perdido a su es­poso, y también las mujeres entregadas a la lujuria que se han regenerado por la penitencia. Y, a decir verdad, constituiría harto mérito para ella el que una mujer guardara la castidad con el consentimiento de su esposo. Estas mujeres que se mantienen castas deben ser limpias de corazón al igual que de cuerpo y pensamiento, y con mesura en el porte y en el vestir, asi como en el comer y en el beber, en el hablar y en el obrar. Son el vaso o el cofre de la bienhadada Magdalena, que difundió el perfume por toda la Santa Iglesia.
La tercera manera de ser casto consiste en la virginidad e implica la santidad de corazón y limpieza corporal; en tal caso la mujer se convierte en esposa de Jesucristo y lleva una vida angélica: es la gloria de este mundo y se parangona con los mártires; posee lo que la lengua no puede expresar o la imaginación concebir. Jesucristo fue virgen, y nació de una virgen.
Otro remedio contra la lujuria consiste en apartarse de las cosas que son ocasión de pecado, como las comodidades, y el comer y beber en exceso; pues, de hecho, cuando el cal­dero hierve, el mejor remedio es retirarlo del fuego. Tam­bién el sueño prolongado y profundo alimenta la lujuria con facilidad.
Otro remedio consiste en evitar la compañía de aquellos por los que posiblemente uno será tentado, pues, aunque se resista a la tentación, no deja de ser peligroso. Cierta­mente, una pared blanca, aunque no esté lamida por las lla­mas, no por ello dejará de ennegrecerse. Pienso que nadie debe confiar en su propia perfección aunque tenga más for­taleza que Sansón, sea más santo que David y más sabio que Salomón.
Después de todo esto os he aclarado en la medida de lo posible los siete pecados capitales y algo mas de sus ramifica­ciones y remedios. Por cierto, si pudiera, os explicaría los Diez Mandamientos. Pero dejo tarea tan sublime a los teólo­gos. Con todo, albergo la divina esperanza de haber tocado en este tratado todos y cada uno de ellos.

Sigue la segunda parte de la penitencia

Ahora, por lo que respecta a la segunda parte de la peni­tencia -la confesión oral, tal como os declaré en el capítulo primero-, afirmo con San Agustín que: «Cada palabra y obra, y todo deseo humano contrario a la ley de Jesucristo, es pecado.» Lo cual se aplica al pecado del deseo, de palabra y de hecho, a través de los cinco sentidos, a saber: vista, oído, olfato, gusto y tacto.
Resulta bueno saber aquello que agrava en gran manera todos estos pecados. Y al calibrar el pecado se ha de tener en cuenta quién es el que peca, si es varón o hembra, joven o viejo, noble o sirviente, liberto o siervo, sano o enfermo, ca­sado o soltero, ordenado o no, prudente o necio, clérigo o seglar, si la mujer con la que se pecó es pariente de sangre o espiritual o no, si alguno de su parentela ha pecado con ella o no, y muchas otras facetas.
También tiene importancia el considerar si se comete adul­terio o fornicación, o no; con o sin incesto; con doncella o no; incurriendo o no en homicidio; si los pecados fueron graves o leves cuánto tiempo se ha vivido en pecado.
Otra circunstancia es el lugar de la comisión del pecado: si en casa ajena o propia, en el campo o en la iglesia o en el ce­menterio, en una iglesia consagrada o no. Pues si la iglesia es­taba consagrada y un hombre o mujer derraman su fluido se­minal en tal lugar y pecan, o se produce una maligna tenta­ción, la iglesia cae en entredicho hasta que el lugar sea reconciliado por el obispo; y el sacerdote que cometió seme­jante vileza no podrá celebrar el sacrificio eucarístico por el resto de su vida, y si tal hiciera, cada vez que lo celebrase in­curriría en pecado mortal.
La cuarta circunstancia se da cuando los intermediarios o los instigadores incitan al pecado o se es cómplice; muchos desgraciados irán a acompañar al demonio infernal a causa de las malas compañías. Por consiguiente, los que instigan o consienten en el pecado son cómplices del mismo y de la condenación del pecador.
La quinta circunstancia radica en el número de veces que uno ha pecado, incluso si ha sido de pensamiento, y con qué frecuencia se ha caído. Pues el que peca a menudo desprecia la misericordia de Dios, agrava su culpa y se muestra esquivo a Jesucristo; su debilidad para resistir al pecado aumenta y, por tanto, peca con más facilidad; y cuanto más tarde se le­vanta, tanto más le cuesta confesarse, en especial con su con­fesor habitual. Por consiguiente, con frecuencia tales perso­nas, al reincidir en sus antiguos desmanes, abandonan por completo a su confesor, o bien reparten sus confesiones en­tre distintos sacerdotes. Pero, a decir verdad, esa confesión re­partida no les merece la misericordia divina por sus pecados.
La sexta circunstancia a considerar es el examen de los mó­viles y tentaciones que arrastran al pecado; si ella es de origen propio o se debe a instigación de terceras personas; o si el que peca con una mujer, lo hizo con consentimiento de ella o por la fuerza, o si la mujer, a pesar de su cuidado, fue vio­lada o no. Incumbe a ella el decirlo, si fue por codicia o por pobreza, y otros móviles con ellas relacionados.
La séptima circunstancia consiste en la forma en que el hombre cometió pecado o la mujer consintió a que la gente pecase con ella. Al confesarse deberá, pues, el hombre expli­car con claridad y todo detalle si pecó con prostitutas co­rrientes o con otras mujeres; si pecó en días festivos o no, en época de ayuno o no; si antes de confesarse, o después de su última confesión; si con su pecado infringió una penitencia impuesta. También debe precisar quién le proporcionó con­sejo o ayuda y si hubo hechicería o ardid.
Todas estas circunstancias, bien sean grandes o pequeñas, gravan la conciencia humana. Y también el sacerdote, que es tu juez, puede dictaminarte una penitencia adecuada, con es­tas luces, a tu grado de contrición. Pues debes saber perfecta­mente que, después que un hombre ha profanado su bautis­mo mediante el pecado, sólo le resta el camino del arrepen­timiento de la confesión y de la satisfacción. En especial las dos primeras, si se tiene un confesor a mano para que nos ab­suelva, y la tercera si se dispone de vida suficiente para llevar­la a cabo.
El que anhele, pues, hacer confesión verdadera y fructífe­ra debe saber que han de convenir en ella cuatro requisitos. En primer lugar, uno debe confesarse con profunda amargu­ra de corazón. Como dijo el rey Ezequías a Dios: «Recorda­ré todos los años de mi vida con amargura de corazón».
Esta condición de dolor de corazón tiene cinco manifesta­ciones. La primera implica vergüenza de haber ofendido a Dios -no para cubrir u ocultar el pecado- y de haber man­cillado el alma. A este efecto afirma San Agustín: «El cora­zón se abruma por vergüenza de su pecado». Y quien sien­te gran vergüenza merece alcanzar la misericordia divina. Tal era la confesión del publicano que no osaba levantar los ojos, pues había ofendido al Dios de los Cielos, y por su hu­millación obtuvo enseguida el perdón divino. Con razón dice San Agustín que estas personas humildes son las que es­tán más próximas del perdón y de la remisión.
La humildad es otro de los signos de la confesión. De ella afirma San Pedro: «Humillaos ante el poder de Dios». La poderosa mano de Dios se muestra en la confesión, pues, por ella, Dios te perdona tus pecados, cosa que sólo está en sus manos. Esta humildad debe radicar en el corazón y en el porte exterior, pues el que es humilde de corazón con Dios, también así debe humillarse corporalmente ante el sacerdote que ocupa el lugar de Dios. Por lo cual, de ningún modo debe ocupar el pecador un lugar tan elevado como el de su confesor, ya que Cristo es el soberano y el sacerdote el inter­cesor entre Cristo y el pecador; y el pecador -por razones evidentes el último- debe arrodillarse ante él a sus pies, a menos que lo impida una dolencia.
Y no debe considerar qué hombre se sienta ante él, sino en nombre de quién está este hombre sentado. Porque si al­guien ofende a un dignatario y viene después en busca de cle­mencia y perdón, no empezará a sentarse junto a él: lo con­sideraría ofensivo e indigno de obtener gracia o perdón.
El tercer signo de arrepentimiento consistirá en que, si se puede, se den abundantes lágrimas durante la confesión. Y si no fuera posible llorar con los ojos corporales, llore el cora­zón lágrimas espirituales. De este tipo fue la confesión de San Pedro, pues después de haber renegado de Jesucristo, sa­lió afuera y lloró amargamente.
El cuarto signo consiste en que la vergüenza no estorbe a tu confesión. Tal fue la confesión de la Magdalena, que se acercó a Jesucristo y le declaró sus pecados, sin preocuparse de los asistentes al festín.
El quinto signo consistirá en que un hombre o mujer acepten sumisos la penitencia que se les fije por sus pecados, pues, ciertamente, Jesucristo fue obediente hasta la muerte a causa de los pecados de la Humanidad.
El segundo requisito para una genuina confesión será el hacerlo con prontitud. De hecho, cuanto más se posponga la curación de una herida, tanto más tardaría en sanarse, con lo que con más facilidad se le infectaría y le llevaría rápidamen­te a la muerte. Así acontece con el pecado que uno aguarda en confesarse. Debe, por tanto, confesarse uno con pronti­tud. Muchos motivos abonan esta actitud, sin que el menor sea el temor a morir, que a menudo sobreviene inesperada­mente en cuanto al tiempo y al lugar. Por ende, posponer la confesión de una falta, nos hace proclives a cometer otras: cuanto más tarda uno en confesarse, más nos alejamos de Jesucristo. Si aguardamos al lecho de muerte, difícilmente po­dremos confesamos, y, en caso afirmativo, recordar todos los pecados; nos lo impedirá la mortal enfermedad. Y por cuan­to nos ha prestado oído a los requerimientos de Jesucristo en vida, en su lecho de muerte le suplicará, pero Él no le presta­rá mucha atención.
La confesión debe reunir cuatro circunstancias. Debe prepa­rarse de forma meditada: la precipitación nunca aportó prove­cho. Uno debe confesarse de los pecados de soberbia y de en­vidia, así como de los otros, con sus clases y circunstancias. Debe también repasar mentalmente el número y gravedad de sus pecados y el tiempo que se ha vivido en ellos. Y también el tener contrición de sus faltas y propósito firme de enmien­da de nunca más pecar con el auxilio de la gracia de Dios, y asi­mismo albergar el temor del pecado y estar en guardia ante las ocasiones de pecar, a las que estamos proclives.
Además has de confesarte de todos los pecados a un solo confesor, y no unos a uno y otros a otro, es decir, con el pro­pósito de dividir tu confesión por vergüenza o temor: esto ocasiona el estrangulamiento de la propia alma. Ciertamen­te, Jesucristo es la bondad absoluta; en El no existe imperfec­ción alguna, de modo que, o lo perdona todo por completo, o no perdona nada.
No digo que si se tiene asignado un penitenciario para ciertos pecados se tenga la obligación de manifestarle los pe­cados que uno ya ha confesado con anterioridad a su párro­co, a menos que le apetezca hacerlo por humildad. Al obrar así no dividimos a la confesión. Tampoco se incurre en esa división si tienes permiso de tu párroco para confesarte con un sacerdote discreto y honrado, cuando te apetezca; en tal caso podrás manifestarle todos tus pecados sin omitir falta al­guna que se recuerde.
Cuanto te confieses con tu párroco, manifiéstale también todos los pecados que has cometido desde tu última confe­sión con él. Obrar así no implica dividir la confesión.
La confesión verdadera exige otras circunstancias adicio­nales. La primera es confesarse motu proprio, no por obliga­ción, o por vergüenza, o por enfermedad u otros motivos por el estilo.
Resulta razonable que quien ha pecado voluntariamente, voluntariamente también confiese su culpa, y que nadie sino el pecador debe manifestar su pecado, sin negarlo, escamo­tearlo, ni enfadarse con el sacerdote cuando éste le exhorte a abandonar el pecado.
La segunda condición consiste en que la confesión sea le­gítima, a saber: que penitente y confesor sean creyentes en el seno de la Santa Madre Iglesia y que no desconfíen, como Caín y Judas, de la misericordia de Jesucristo. Además, el pe­nitente debe confesarse de sus culpas y no de las ajenas; asi­mismo debe acusarse y avergonzarse de su propia malicia y pecados, y no de los de otro. Con todo, si un tercero fue el instigador o motivador del pecado que está confesando, o si por su condición la culpa se agravase, o para que la culpa sea confesada por completo se ha de manifestar la persona cóm­plice del pecado, entonces la puede nombrar de modo que sea sólo a efectos de la confesión y no por maledicencia.
Tampoco -acaso por humildad- dirás mentiras al con­fesarte manifestando pecados que nunca has cometido. San Agustín afirma que «si por humildad uno miente acerca de sí mismo, aunque antes no estuviera en pecado, a causa de la mentira, se convierte en pecador. El pecado debe tam­bién manifestarse oralmente, excepto en caso de mudez, y no por escrito; ya que has pecado, debes conllevar la ver­güenza consiguiente. Durante la confesión no enmascararás tu pecado con palabras sutiles, pues en tal caso te engañas a ti mismo, pero no al sacerdote. Se han de manifestar con lla­neza, por necio o terrible que el pecado fuera.
También te confesarás con un sacerdote que sea discreto y te aconseje; tampoco te confesarás por vanagloria ni hipocre­sía, ni por causa alguna que no sea por temor de Jesucristo y la salvación del alma. Tampoco acudirás repentinamente al sacerdote para confesarte alegremente de tu pecado, en son de chanza o a modo de cuento, sino debes hacerlo con gra­vedad y devoción profundas.
Confiésate a menudo por norma. Si caes con frecuencia, confiésate con frecuencia también. Confesar repetidamente un pecado ya confesado implica doble mérito. Pues, como afirma San Agustín, «antes lograrás así la remisión de la cul­pa, de la pena, y la gracia de Dios».
Es obligatorio confesarse al menos una vez al año, pues, ciertamente, todo se renueva durante este periodo.
Ahora que os he descrito en qué consiste la confesión sin­cera, paso a la segunda parte de la penitencia.

Termina la segunda parte de la confesión y sigue la tercera parte, la penitencia sacramental o satisfacción

La tercera parte es la penitencia sacramental, que general­mente consiste en las obras de caridad y castigos corporales. Las obras de caridad se dividen en tres, a saber: contrición de corazón, por la que uno se ofrece a sí mismo a Dios; piedad de las faltas ajenas; y la tercera, dar buen consejo y auxilio corporal y espiritual a quien lo necesita, y en especial en lo referente a la manutención.
Considera que las personas suelen necesitar alimento, ves­tido y cobijo, consejo amable, que se les visite en caso de en­fermedad y prisión, y sepultura al fallecer. Cuando no te re­sulte posible visitarle personalmente debes hacerle llegar tus mensajes y regalos. Estas son generalmente las limosnas u obras de caridad procedentes de los hacendados ricos en pru­dencia. Y esas obras de misericordia les serán recordadas al hombre en el día del juicio.
Estas limosnas han de darse de los bienes propios, de modo diligente y con discreción. Sin embargo, si no puedes guardar el sigilo, a pesar de ser visto por los demás, no por eso dejes de llevarlas a cabo. Hazlo de forma que no requie­ras el agradecimiento del mundo, sino el de Jesucristo. Pues como declara San Mateo en el capítulo V: «No se puede ocultar una ciudad edificada sobre un monte. Ni se enciende una lámpara para ocultarla bajo un celemin, sino sobre un candelabro, para que dé luz a los habitantes de una casa. Así debe acontecer con vuestra luz: que ilumine a los hombres, de modo que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».
Hablaré a continuación de los actos corporales de peniten­cia: oraciones, vigilias, ayunos, enseñanzas virtuosas. Pues habéis de saber que el manifestar algún piadoso deseo de co­razón dirigido a Dios mediante palabras es también objeto de las plegarias. De este modo se alejan los males y se obtie­nen bienes espirituales y duraderos e, incluso a veces, bienes temporales.
A decir verdad, de entre todas las oraciones, Jesucristo en­cerró en el Padrenuestro la mayoría de sus peticiones. Sin duda, en tres privilegios radica su inigualable dignidad. Tie­ne por autor al mismo Jesucristo; es corta, para que pueda aprenderse y retenerse en la mente con facilidad, y así reci­tarla más a menudo, y de este modo el hombre se canse poco al decirla, y no tenga excusas para aprenderla: es con­cisa y fácil. Además, el Padrenuestro engloba en sí todas las oraciones.
Para los maestros en teología dejo la apología de esta ora­ción tan santa, digna y excelente. Sólo diré que al pedir a Dios que perdone tus culpas así como tú perdonas las de tus deudores, cuida mucho de no estar alejado de la caridad. Esta santa oración reduce asimismo el pecado venial, y, por tanto, cae específicamente dentro del ámbito penitencial.
El Padrenuestro ha de recitarse con fe genuina y verdade­ra, levantando el corazón a Dios de modo ordenado, devoto y discreto, y siempre sometiendo nuestra voluntad a la divi­na. También debe recitarse con gran humildad y pureza de corazón, con honradez, y sin tener presente el daño al prójimo, sea hembra o varón. Y debe prolongarse con las obras de caridad. Es también útil contra los vicios del espíritu, pues, como declara San jerónimo: «El ayuno evita los peca­dos de la carne y la plegaria los pecados del espíritu.»
A continuación debes saber que la vigilia se encuentra en­tre los actos de la penitencia fisica. Jesucristo nos enseña: «Ve­lad y orad para que no caigáis en tentación».
Debéis también saber que el ayuno consiste en tres cosas: abstenerse de las comidas y bebidas corporales, de los place­res mundanos y del pecado mortal, es decir, que uno debe precaverse contra el pecado mortal con pleno ahínco.
Compréndase que fue Dios quien ordenó ayunar. Y éste tiene cuatro requisitos: longanimidad para con los necesita­dos, alegría espiritual de corazón -sin estar molesto y eno­jado a causa del ayuno- y la moderación en el comer en las horas acostumbradas; es decir, cuando uno ayune no debe comer a deshora ni estar más tiempo en la mesa.
La mortificación, la enseñanza de palabra, por escrito o por el ejemplo, forman también parte de los castigos corpo­rales. Igualmente se incluye el uso -por amor de Jesucristo- de cilicios, estameñas o púas a flor de piel. Pero cuida que este tipo de penitencia corporal no te haga más amarga­do, acre o descontento de ti mismo. Mejor será arrojar un ci­licio que la seguridad en Cristo Jesús. A este efecto afirma San Pablo: «Vosotros, los elegidos de Dios, revestíos de mise­ricordia de corazón, bondad, paciencia y de análogos ata­víos». Esas prendas satisfacen más a Jesucristo que los cili­cios, estameñas o púas.
Los golpes de pecho, las flagelaciones, genuflexiones, las tribulaciones, el sufrir con paciencia las injusticias, así como los padecimientos por enfermedad, o pérdida de bienes ma­teriales o el óbito de la mujer, de un hijo, o de amigos, tam­bién forman parte de los castigos corporales.
Hay cuatro cosas que impiden el hacer penitencia: el te­mor, la vergüenza, esperanza y desespero o desesperación.
Menciono en primer lugar el temor, por el cual uno se fi­gura que se es capaz de padecer un castigo corporal. A este temor hay que oponer el pensamiento de que los sufrimien­tos corporales son cortos y nimios comparados con las penas del infierno, tan duras y largas que no tienen fin.
Contra la vergüenza que siente un hombre en confesarse, y especialmente por lo que respecta a esos hipócritas que se consideran tan perfectos que no tienen necesidad de confe­sión contra ella, uno debería pensar que si no se está racio­nalmente avergonzado de obrar con indignidad, ciertamente tampoco debe estarlo de hacer buenas obras, entre las que se encuentra la confesión.
Uno debería también pensar que Dios ve y conoce todos los pensamientos y acciones. Nada hay que quede para Él es­condido o encubierto. También los hombres deben recordar­se de la vergüenza del Juicio Final que recaerá en los que en esta vida no hayan hecho penitencia y no se hayan confesa­do. Todo lo que ha permanecido oculto en este mundo se verá con claridad meridiana por todas las criaturas, las del cielo, las de la tierra y las del infierno.
Por lo que respecta a la esperanza de los que son tardos y reacios a confesarse, digamos que es de dos clases. Uno cifra la esperanza de vivir largo tiempo y adquirir muchos bienes para deleite propio; tras lo cual se confesará, pues, como él mismo afirma, sea éste el momento más oportuno de hacer­lo. La otra clase radica en la confianza excesiva en la miseri­cordia de Cristo.
Como remedio al primer error tendrá presente que no po­seemos garantía alguna de vivir y también que todas las ri­quezas de este mundo son efímeras y se disipan como la sombra en las paredes. San Gregorio aclara que incumbe a la inmensa justicia divina el que nunca se borre la pena de los que jamás se separaron voluntariamente del pecado, sino que siempre perseveraron en él. A una voluntad perpetua de pecar corresponde un castigo igualmente perpetuo.
La desesperación es de dos clases: una radica en desconfiar de la misericordia de Jesucristo, y la otra, en la imposibilidad de perseverar largo tiempo en el bien. La primera nace de que uno juzga haber pecado con tanta gravedad y reinciden­cia, que le parece imposible alcanzar la salvación. Ciertamen­te contra esta maldita desesperación uno debería meditar que la Pasión de Jesucristo posee más fuerza para desatar que el pecado tiene para atar.
El remedio contra la segunda clase de desesperación con­siste en pensar que, mediante la penitencia, podemos levan­tarnos tantas veces como caemos. Pues, por tiempo que haya uno permanecido en pecado, la misericordia de Cristo está presta a acogerle y perdonarle. Contra la desesperación que juzga que no debería perseverar en el bien durante mucho tiempo, considerará que la debilidad diabólica nada puede hacer sin el consentimiento humano; y también, si así quisie­ra, poseerá la fuerza y ayuda divinas y de la Santa Madre Igle­sia, al igual que la protección de los ángeles.
Tras lo cual conviene saber los frutos de la penitencia. Se­gún las palabras de Jesucristo, la eterna bienaventuranza del Cielo, donde el gozo carece de contrapunto del dolor y de la aflicción. Allí se desvanecen todos los males de la vida pre­sente y estamos a salvo de las penas del infierno. Allí gozará de la compañía beatífica de los que se alegran para siempre en la felicidad ajena. En este lugar, el otrora oscuro y mezqui­no cuerpo humano resplandecerá como el sol; este mismo cuerpo antes enfermizo, frágil, débil y mortal, se convierte en inmortal, tan fuerte y lleno de salud, que nada puede perju­dicarle; allí no habrá ni hambre, ni frío, ni sed; al contrario, el alma vivirá repleta de la visión del perfecto conocimiento divino.
Este reino de bienaventuranza puede alcanzarse gracias a la pobreza de espíritu; la gloria, con humildad; el goce ple­no, con hambre y sed; el sosiego, con esfuerzo; y la vida, con la muerte y mortificación del pecado.


3. LA DESPEDIDA DEL AUTOR

Ahora ruego a todos aquellos que oigan o lean este pe­queño tratado que, si hay algo en él que les complaz­ca, que se lo agradezcan a Jesucristo Nuestro Señor de quien procede toda sabiduría y bondad. Pero si encuentran algo que no les agrade, entonces les ruego que lo atribuyan a mi incompetencia y no a mi falta de voluntad, pues con mu­cho gusto hubiese hablado mejor de lo que puedo. Como dice la Biblia: «Todo lo que se escribe, se escribe para nuestra enseñanza.» Tal ha sido mi objetivo.
Por consiguiente, os pido humildemente, por el amor de Dios, que recéis por mí, para que Cristo tenga piedad de mí y me perdone mis culpas, particularmente mis traducciones, y escritos de obras de vanidad humana, de las cuales me des­cargo en esta retracción: Trolo y Cresida, La Casa de la Fama, La leyenda de las buenas mujeres, El libro de la duquesa, El Parla­mento de las aves, aquellos de Los Cuentos de Canterbury que tienden hacia el pecado, El libro del león y muchos otros libros si pudiese acordarme de ellos; y también algunas canciones y trovas lascivas. Que Cristo, en su gran compasión, me perdo­ne el pecado.
En cambio, de las traducciones de la Consolación, de Boe­cio, y otros libros de leyendas de santos y obras de moralidad y devoción, de todas ellas doy gracias a Nuestro Señor Jesucristo y a su Bendita Madre y a todos los santos del Cielo, ro­gándoles que me envíen la gracia que me permita lamentar mis pecados y estudiar la salvación de mi alma, desde ahora hasta el día de mi muerte; y que me concedan la gracia de la verdadera penitencia, confesión y castigo en esta vida, a tra­vés de la gracia misericordiosa de aquel que es Rey de Reyes y Sacerdote sobre todos los Sacerdotes, el cual nos redimió con la preciosa sangre de su corazón. Ojalá pueda ser uno de los que se salven el día del juicio Final. Qui cum patre et Spiri­tu Sanctu vivit et regnat Deus per omnia secula. Amen.

AQUÍ TERMINA EL LIBRO DE LOS CUENTOS DE CANTERBURY COMPILADOS POR GEOFFREY CHAUCER, DE CUYA ALMA TENGA JESUCRISTO PIEDAD. ASÍ SEA.

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